viernes, 29 de marzo de 2013

Viajar, ver, y meditar.

Distancia


Desde 600 kilómetros, en la fera ferotge del nacionalismo catalán, aún se ven más minúsculas las totalitarias esperanzas de quienes aspiran a mandar sin otro control que una posible constitución cortada a la medida de las aspiraciones uniformizadoras de quienes limitan sus expectativas politicas con el odio, el afán de imposición y la arrogancia de quienes se creen superiores y poco menos que un pueblo escogido. Madrid es una metrópolis que, comparada con la capital del Principado, impresiona lo suyo. Desde allí, todo lo nuestro de acá se ve como empequeñecido, como si de Villar del Río se tratara. Las soflamas sobre el gobierno de "los mejores", sobre la superioridad innata de "lo catalán" respecto de los pobres "aldeanos" del resto de la península resultan no sólo patéticas, sino propias de un sainete de los que escribía Silvia del Río, referencia ésta que pocos nacionalistas de esos setciències de aldea como el alcalde de San Vicenç dels Horts sabrán descifrar sin mucho apoyo documental de Google. Desde la cutre capital del Reino, con una estética municipal que tira de espaldas, unas calles llenas de socavones, casi como en los años sesenta, prueba magnífica de la tradición secular de la incuria municipal, aún destaca con mayor intensidad la amanerada gesticulación estética de quienes se consideran el obligo del mundo desde su insignificancia política y su declive económico, alentado por sus políticas de segregación lingüística y política. Desde el Museo del Prado, desde el gigantismo del complejo Ferial Juan Carlos I, desde la cordialidad hospitalaria a la que se han rendido todos los aguerridos emisarios nacionalistas que han pisado sus calles, desde la Rahola hasta el Ridao, desde el Thyssen y el Princesa Sofía, desde els Joglars, desde el turismo masivo que escoge una de las principales ofertas pluridisciplinares del país, y, sobre todo, desde las torrijas, invento soberbio con el que apenas pueden competir los panellets, desde toda esta distancia y estas realidades, ¡qué insignificantes se ven las arrogancias catalanas separatistas, qué pobre su promesa de futuro independiente, qué sosa su uniformidad al son del flabiol! ¡Deberíamos trasladar Cataluña 600 kilómetros para oxigenarla y devolverla, después, remozada y con nueva savia, a su lugar original!  

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