viernes, 6 de septiembre de 2013

A la vejez, español de allá...

Paradojas catalanas

         Que los hijos que rondan la cincuentena no puedan encargarse día y noche de sus padres es una realidad tan aceptada que a nadie sorprende que el mercado laboral haya generado una demanda de cuidadores que se hagan cargo de esas personas próximas a la muerte o a la invalidez. Lo sorprendente es, aquí en Cataluña, que la mayoría de esos cuidadores son de origen sudamericano, lo que, para un buen número de mayores catalanoparlantes que por fin han conocido una Cataluña catalana en la que un gobierno -el de unos pocos, que no de todos- impone la lengua catalana, multa por usar el castellano e ignora no sólo el bilingüismo real de la sociedad sino que desprecia a la mayoría que tienen el castellano como lengua materna, más del 60% de los catalanes; que para esos mayores, digo, no deje de ser una paradoja que se vean forzados, en sus postrimerías, a desempeñarse lingüisticamente en la lengua de Cervantes. Es cierto que todos ellos, en mayor o menor medida, por razones históricas, lo dominan y son competentes, si bien no es menos cierto que el castellano con el que han de vérselas no es el de Valladolid o Logroño, sino con variantes que, a veces, se les hace difícil de entender. Es curiosa esa relación catalanohispánica que se ha forjado en tantos hogares y que, por la dedicación, afecto y profesionalidad de esos cuidadores ha significado una nueva perspectiva en la "cuestión catalana". Sé de hogares en los que la cerrazón secesionista de los hijos choca con la incomprensión de esos mayores que agradecen los cuidados y la compañía, sobre todo la compañía, de esos nuevos inmigrantes que les permiten llevar una vida próxima a la calidez humana. Son trabajadores, es cierto, pero realizan un trabajo que no se puede hacer a desgana o mecánicamente, como las impersonales relaciones sociales habituales nos tienen acostumbrados. Me cruzo a menudo con estas parejas desiguales por las avenidas y los parques cercanos a mi domicilio, o coincido con ellas en los supermercados, y doy fe de la naturalidad, espontaneidad y concordia con que se conducen. Incluso diría que muchos de esos ancianos dan gracias por haberse librado de la tortura reivindicativa de unos hijos que no hacen sino echar pestes de a quienes ellos defienden desde una tolerancia que no pueden hallar, para su tristeza, en esos vástagos suyos retorcidos por la ideología del rencor.

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