martes, 29 de julio de 2014

Gràcies, MI (molt indigne)Pujol.




      Ahora que todos hacen leña del árbol caído y chistes del que no tuvo tiempo para arreglar esos asuntillos familiares de los cuatro cuartos de l'avi hasta que los sabuesos de la Agencia Tributaria, no la que Vd. quería, claro, esa de "casa nostra", seva, en realidad, y que váyase a saber qué supuesto trato distinguido le habría deparado, sino la de todos, la respaldada por la soberanía nacional; antes de que esos sabuesos, digo, se le hubieran tirado a la yugular de los evasores con nombres, apellidos y folletinesco origen de los fondos, pues algunos lo remontan a la "espantá" con riñón folrat de Banca Catalana, ésta sí que la seva de la ceba; ahora, digo, que tan mal dadas le vienen, quiero yo alzar mi voz agradecida a su persona. 
      Gracias a Vd. presidente incombustible de un ideal sectario y totalitario, reafirmé durante 23 años mi compromiso con mi lengua castellana hasta niveles que, a veces, me han vuelto incomprensible para quienes lo dominan como aficionados o lo desprecian como fanáticos, porque desde las primeras elecciones que Vd. ganó con un mísero 27%, a pesar de lo cual ya se entronizó como virrey del 80% de los catalanes, como aún sus herederos sostienen contra el viento y la marea de las encuestas reales de los votos; desde ese día, insisto, inicié una costumbre que he mantenido hasta su ocaso político, y que ahora sigo por puro vicio. 
       Aquella noche infausta del 20 de marzo de 1980, sabidos los resultados, me acerqué a mi mesa de trabajo y cogí el Casares, su famoso Diccionario ideológico de la lengua castellana que, a pesar del título, poca ideología, en la acepción común de esta palabra, tiene, más allá de algunas definiciones donde le asoma la suya, poco recomendable. Lo abrí y, como si de leer En busca del tiempo perdido se tratase, comencé a leerlo por la A y no lo solté hasta haber leído la última palabra de la Z. No solo lo leí, claro está, sino que llevado por mi afán de eterno aprendiz, incluso tomé notas. En las siguientes elecciones le tocó el turno al Diccionario de uso del español, de María Moliner, ¡esa proeza femenina hecha amor y pasión lexicográficos! En las siguientes, para regodeo y placer de mi menda lectorenda, me eché entre pecho y espalda los 6 tomos, ¡6 hermosos tomos! del Diccionario crítico-etimológico castellano e hispánico de Joan Corominas y José Pascual, y sin que ni el tiempo ni la autoridad competente me lo impidieran... En la siguiente le tocó el turno al Diccionario de dudas de la lengua española, Manuel Seco. Más tarde el canónico Diccionario de la lengua española, vigésima tercera edición, de la RAE y, finalmente, volcado por ese proceso hacia la especialización, el Diccionario etimológico indoeuropeo de la len gua española, de Edward  A. Roberts y Bárbara Pastor.
          ¡Cómo no voy a estarle yo agradecido al MI Pujol! Lamento que mi diletantismo lexicográfico tenga un origen tan impresentable, pero como la vida da tantas vueltas, ¿acaso hubiera leído yo, sin ese aliciente de las derrotas políticas y morales autonómicas, todos esos diccionarios que me han hecho pasar tantas horas de inenarrable placer?
Como de bien nacidos es ser agradecidos, que sirvan estas líneas de sincero agradecimiento al pésimo ladrón y defraudador que ha sido ese político innoble que, después de ponerse el mundo por montera y pontificar  con tanta desvergüenza, ha acabado, fiel virrey, remedando al rey del que tanto escarnio han hecho los secesionistas que el encabezaba, como gran capgrós del Movimiento Nacional: "lo siento, me he equivocado y no lo volveré a hacer, lo prometo". ¡Ay, los colofones que pone la Historia, perdón, la historieta...!

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