domingo, 27 de julio de 2014

La invasió sobtada


Va para el año que la familia ecuatoriana con sus tres hijos lleva instalada en nuestra finca. Un buen día, al coincidir en el ascensor, Jorge Enrique me saludo con cierto énfasis: "Bon dia tenguis, Joan". Yo me quedé un poco chocado, no solo por la catalanización de mi nombre -aunque renuncié a ponerme en plan Carod y le ahorré al  buen vecino la defensa numantina de mi nombre de pila bautismal y registro civil, algo que en modo alguno podía hacer el impostado Josep Lluís del Carod-, sino, sobre todo, por el tono de orgullo con que se adelantó a mi soso buenos día del castellano que ambos compartimos como lengua de cuna, y obvié, por supuesto, la leve humillación de corregirle el subjuntivo. Lo comenté con mi oíslo y ella me corroboró no solo el cambio diomático del marido, sino también de Dulce Fernanda, su señora esposa, quien, a duras penas, me reveló mi oíslo, quise hacerle entender no sabía que oferta de llus y escuérpora había trobado en el mercato. "¿Estás aprendiendo catalán?", le preguntó mi oíslo. "Bueno, més o mens", contestó con cierta resignación la joven ecuatoriana. Mi oíslo, que es una lince psicológica, enseguida intuyó que en esa medio confesión había un trasunto del que acabaría enterándose. De hecho, no caímos en la cuenta de que desde hacía unos tres meses habían dejado de oírse por el patio de luces los insistentes ritmos de los Sanjuanitos que celebran la identificación con la Pacha mama, y en modo alguno creímos que las canciones de Lluís Llach, las canciones tradicionales de Serrat, el ball de la civada, y tantas otras, provenían de su piso, en vez del del secessionista, vía cubanyera al balcó, Artur Mengual, que está uno por encima del de ellos. Nos costó un poco enterarnos bien de qué era lo que ocurría, pero como los niños no pueden  guardar secretos y menos cuando expertos adultos sonsacadores les preguntan por tan sonados cambios en sus vidas, acabamos sabiéndolo todo con  espardenyes i d'altre senyals, porque Jorge Enrique, llevado de un celo extraordinario ni siquiera dudó en implantar como parte del vestuario oficial de la casa las espardenyes y la barretina, para todos sus miembros, con, al parecer, no poca vergüenza sufrida por los hijos adolescentes.
            En el interior de la casa, al parecer, se había desterrado el castellano y entre los miembros de la familia sólo se hablaban en catalán chapurriao -Not to be confused with the Lapao...- En vez de las reproducciones del monumento a los Próceres de la Independencia y de las impresionantes paisajes de las Islas Galápagos y del impresionante volcán Tunguragua, que nos enseñaron con tanto orgullo la primera vez que nos invitaron a tomar café, ahora colgaban de las paredes del salón una foto aérea de Montserrat y otra del Pi de les tres branques, antes del salvaje atentado.  
              Con ímprobos esfuerzos, los chiquillos vinieron a decirnos, de forma harto sutil pero transparente, que a su padre le había entrado un ataque de catalanitis que los traía a todos por el callejón de la amargura. Entre los canelones, la escudella , la butifarra con secas, y el sempiterno fuet de Vic para todos los bocadillos, sin excepción, se había vuelto todo un poco extraño. Por otro lado, el hijo pequeño, aún en primaria, había sido inscrito ya en una colla castellera para convertirse en el primer anxaneta de origen ecuatoriano, mientras que ellos no paraban de, cada sábado, bailar sardanas una detrás de otra, cortas y largas. 
                  Cuando, finalmente, interesados por ese proceso de fusión catalanista, más que propiamente integración,  interpelamos directamente a Jorge Enrique por ese cambio suyo, de su familia, tan extraordinario, tuvimos, mi oíslo y yo, que soportar una mitin integracionista que parecía un eco de la acción evangelizadora de Àngel Colom, encargado por el truhán Pujol, de llevar la buena nueva del evangelio catalanista, en plan Domund, a los indígenas de tierras allende el mar. 
                    Dulce Fernanda, al principio, creyó que su marido  había sufrido una enajenación, o una cataluñización, que lo había transformado por entero. Y en cierto modo era así. Ahora, en vez de diarios de su tierra, Jorge Enrique no llevaba otros diarios que Ara o la versión catalana de La Vanguardia, más esta última que la recogía gratis en las cercanías; y en casa, fuimos testigos de ello, se veía con fruición Alò3 y sus filiales. Y hace dos días, ha desplegado en su balcón, una cubanyera de 24 metros cuadrados que a ha conseguido que nos confundan con un edificio oficial e la Generalitat.
                     Mi oíslo y yo tuvimos la misma intención: nos lanzamos al volumen del inmenso Pere Calders y leímos la invasió subtil, madre espiritual de la presente invasió sobtada.

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