lunes, 1 de septiembre de 2014

El panfilismo humanístico.



A propósito de un manifiesto buenista o el Observador de lo Cotidiano se calza coturnos que le vienen grandes…

Hace unos semanas  Francesc de Carreras recomendaba con entusiasmo un libro, encareciendo su urgente lectura. Me refiero a La utilidad de lo inútil. Manifiesto, (Acantilado, 2013) de Nuccio Ordine. Ignoro por qué incomprensibles razones ha causado tan buena impresión en el catedrático constitucionalista, pero el volumen no es sino un bienintencionado florilegio de citas que defienden, con más ardor que persuasión, con más entusiasmo que capacidad de convicción racional, la necesidad de la continuación de los estudios humanísticos y, sobre todo, el carácter de espacio de excepción de los campus universitarios, un espacio casi arcádico donde la desinteresada dedicación al saber nos hará más libres, más felices y más humanos, desentendiéndonos de las nefandas e imperativas exigencias de la rentabilidad y la economía productiva. La loa de los saberes inútiles –disposición hacia el conocimiento que comparto plenamente– se formula desde una ingenuidad de naturaleza romántica, absolutamente naíf y risible, a poco que se escarbe en buena parte de las citas escogidas para demostrar que hemos de dejarnos llevar por la pasión de lo inútil si aspiramos a realizarnos como personas en toda nuestra integridad. 
Los múltiples responsables de esta deriva recesiva no sienten turbación alguna por el hecho de que quienes paguen sean sobre todo la clase media y los más débiles,  millones de inocentes seres humanos desposeídos de su dignidad, se nos dice de mal principio, porque, contradiciendo la tesis fundamental del manifiesto, el autor, Ordine,  destaca que la pobreza nos desposee de la dignidad, de donde se infiere que ésta ha de estar, sobre todo, en nuestra capacidad de gasto y/o de ahorro. Así pues, ¿nuestra dignidad es la del homo economicus? Todo el ensayo parece empeñado en luchar contra el pragmatismo de la vieja máxima: primum vivere, deinde philosophare. Y defiende que ese vivere solo puede serlo desde la asunción de los beneficios que nos deparan como personas los llamados saberes inútiles, de los cuales se habla en términos demasiado simples como para poder tomar en serio el texto: En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte. Excesivamente simplón, en efecto.
Nuccio Ordine defiende la necesidad de afirmarnos en valores humanísticos que doten de verdadero contenido espiritual nuestras vidas, o como él dice: Identificar al ser humano con su mera profesión constituye un error gravísimo: en cualquier hombre hay algo esencial que va mucho más allá del oficio que ejerce. No obstante, Nietzsche ya había dejado establecido que una profesión es el espinazo de la vida, algo, a mi modo de ver, incuestionable. Me resulta muy difícil comprender esta discriminación que reclama el autor entre la necesidad de ganarse la vida –sobe la que otro día me extenderé–, por un lado, y en que esa vida sea, por el otro, la mejor vida, la vida completa, en ningún caso la dominada por la necesidad de lo material. A este respecto es clarificadora la cita de George Bataille escogida por Ordine, porque resume con abrumadora claridad la ingenuidad radical de la que parte esta defensa bien intencionada de los saberes inútiles: En el dominio de la actividad humana, el dilema adquiere esta forma: o se emplea la mayor parte de los recursos disponibles (es decir, del trabajo) en fabricar nuevos medios de producción –y entonces tenemos la economía capitalista (la acumulación, el crecimiento de las riquezas)– o se derrocha el excedente sin tratar de aumentar el potencial de producción –y entonces tenemos la economía de fiesta. (…) en el primer caso, el valor humano es función de la productividad; en el segundo, se asocia a los más bellos logros del arte, a la poesía, al pleno desarrollo de la vida humana. En el primer caso, no nos ocupamos sino del futuro, al cual subordinamos el presente; en el segundo, sólo cuenta el instante presente, y la vida es liberada, al menos de tiempo en tiempo, y en la medida de lo posible, de las consideraciones serviles que dominan un mundo consagrado al crecimiento de la producción. ¡La economía de fiesta! Me parece estar asistiendo a la sesión catequística de la revolución anarquista que se describe en la película Tierra y Libertad de Ken Loach, y que tanta vergüenza ajena retrospectiva producía. Esta retórica inflamada de vacuidad, ¡cuánto daño ha hecho al bello ideal del amejoramiento moral y foral de la especie! Menos mal que Ordine, por mor de la ecuanimidad que ha de presidir la reflexión intelectual, nos aporta el punto de vista del gran analista del siglo XX, George Steiner, quien nos ha recordado, oportunamente que la elevada cultura y el decoro ilustrado no ofrecieron ninguna protección contra la barbarie del totalitarismo. Una tesis defendida brillantemente por Gabriel Jackson en su magnífico libro Civilización y barbarie, en el que analiza, sobre todo, los movimientos nacionalistas y el fascismo, a cuyo hechizo salvaje sucumbieron mentes diríase que preclaras, como la de Martin Heidegger, por ejemplo.

Llenar un volumen de buenas intenciones puede ser edificante, al viejo estilo de los manuales de conducta, pero es evidente que la Universidad, más allá de ser el espacio donde se ha de manifestar el saber sin constreñimientos ni exigencias de orden productivo inmediato, tampoco puede ignorar que ha de ser el centro de formación de ese espinazo de la vida que reclamaba Nietzsche, y que la excelencia profesional no ha de estar reñida, en modo alguno, con la pasión por el saber, por cualquier saber. Al modo de Bataille, cuando Ordine habla de la función de la universidad y de su labor fomentadora del saber en estado puro y libre de exigencias, parece olvidar por completo el contexto socioeconómico en que se ha de producir esa dedicación, como si los fondos destinados a ese menester nunca se vieran amenazados por las crisis económicas y el estado pudiera preservar ese espacio como una isla suspendida sobre las miserias del vivir cotidiano. Será deseable y hasta necesario, no lo niego, pero ¿es justo?  Para serlo yo, no quiero acabar sin recoger una cita del propio Ordine en que recapitula el mejor de los beneficios que puede depararnos ese cultivo de los saberes inútilesEl dogmatismo produce intolerancia en cualquier campo del saber: en el dominio de la ética, de la religión, de la política, de la filosofía y de la ciencia, considerar la propia verdad como la única posible significa negar toda búsqueda de la verdad.(…) Sólo la conciencia de estar destinados a vivir en la incertidumbre, sólo la humildad de considerarse seres falibles, sólo la conciencia de estar expuestos al riesgo del error pueden permitirnos concebir un auténtico encuentro con los otros, con quienes piensan de manera distinta que nosotros. Por tales motivos, la pluralidad de las opiniones, de las lenguas, de las religiones, de las culturas, de los pueblos, debe ser considerada como una inmensa riqueza de la humanidad y no como un peligroso obstáculo. Pero a esta conclusión puede llegarse también desde la compatibilidad entre dos esfuerzos numismáticos: mejorar las condiciones materiales de vida y mejorar la propia vida. Como decía el gran enemigo de lo útil, Téophile Gautier: el rincón más útil de una casa son las letrinas…, ignorando, en su dogmatismo estético, la capacidad inspiradora del lugar… Que el arte sea lo que mejor nos consuela de vivir, según Gautier, no ha de impedir que aspiremos a vivir sin que la vida necesite consuelo. 

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