sábado, 31 de mayo de 2014

Sábados de intendencia o la microeconomía en día de cobro.

            Entre mis diversas dedicaciones caseras, el apartado de la intendencia, que llevo a cabo todos los sábados con exquisita y rigurosa puntualidad -aunque a lo largo de las semanas se hayan de hacer discretas compras de reposición- es uno de los más gratificantes. Hoy ha coincidido con día de paga, y ello se ha notado. Un cambio de la noche al día. En el mercado, el pescadero estaba rendido, y buena parte de la jornada laboral ha empezado con los encargos por teléfono, que lo han desbordado. No he encontrado los gallos, y ha tenido que salir a pedirlos para mí a un colega, que ha respetado el precio de mi pescadero. El rape, sin embargo, era espléndido y a un precio, 15'80€, que tampoco puede considerarse su compra como lanzar la casa por la ventana. Pero el ambiente de hoy era el propio de alguna celebración especial, popular, entrañable. Supongo que cobrar y tener "líquidez" casi puede considerarse, en estos tiempos duros, motivo de celebración. Esto me recuerda que ayer mismo, el dueño de la pequeña tienda donde suelo comprar los cartuchos para la impresora me ha comunicado que el próximo 21 de junio baja la persiana para siempre.  Pone fin a unos diez años de existencia en el barrio. Y así, la ley de la oferta y la demanda, y algunas sentencias judiciales, como la del desalojo de Can Vies, van transformando incesantemente los barrios. De cuando me instalé en esta Izquierda del Ensanche hasta hoy, bien pocos son los negocios que han sobrevivido a la vorágine de las quiebras y los cambios de gustos, de tendencias, etc. ¡Como para que luego vengan hablándote de la Barcelona de toda la vida o de la Barcelona eterna o de la Barcelona Cap i Casal de la Catalunya eterna, y medieval...! Los vecinos van muriendo por ley de vida y no son sustituidos por otros como ellos, sino que los pisos se convierten en apartamentos turísticos y vamos quedando los pocos propietarios que en este mundo somos, relegados a la categoría de "cuerpo a extinguir", como los funcionarios de Educación, que en el inmediato futuro serán sustituidos por monitores de esplai titulados, a juzgar por cómo el Departament azuza el descenso de calidad de los centros públicos.
        No sé si todos los encargados de la intendencia familiar tenemos los mismos problemas, pero no es inusual que durante el sábado recale, quien esto escribe, en, al menos, siete u ocho comercios, grandes y pequeños, donde cumplir con  su cometido. El pan en la panadería -que suena a tomadura de pelo cuando no lo es, porque hoy en día te venden pan hasta en las gasolineras, como todo el mundo intendente sabe; el periódico, en el quiosco; lo integral, en Véritas; lo básico en Lidl; la carne, los quesos y el fiambre en el súper pequeño cercano; lo vegetal en la frutería de toda la vida; la leche de soja con menos azúcar en el Carrefour de Las Ramblas, que ya es apartarse, por cierto...; las bolsas de basura orgánicas, en el Bon Preu; el pescado en el mercado, y de vez en cuando en Consum, donde suelen tener unas cigalitas frescas para hacer salteadas con pimienta que son caprichos de primeros de mes, como para el resto de los mortales.
           En Fortunata y Jacinta aparece un entrañable personaje, Estupiñá, al que podríamos considerar como nuestro santo patrón laico, los intendentes. Animo a descubrirlo. Y ahora que hemos mencionado a Galdós, que tan bien describió la manirrotura de los madrileños del quiero y no puedo, es evidente que el cargo de intendente o ecónomo mayor lleva aparejado el de tesorero, porque no es tarea fácil la de intentar cuadrar los gastos y los ingresos en los hogares de clase media-baja. En quienes viven en precario, ya ni te cuento. Más aún si todavía hay bocas filiales que se apuntan al banquete, en modo alguno platónico, porque jalan la boquitas que es un bel contento... La preocupación de no llegar a final de mes es una de las principales y más duras angustias que cualquier ser humano puede sufrir, y se han de tener muy claros los límites del gasto para no incurrir en esos desequilibrios que resuelve el arroz a la cubana durante siete días ininterrumpidamente... No estoy muy seguro de que todo esto de lo que hoy hablo sea materia comprensible para quienes confunden el valor y el precio, y me temo que quizás unos cursillos adecuados podrían ayudar a quienes no saben organizarse a conseguir los resultados deseados por necesarios. Ayuda mucho haber tenido padres manirrotos, desde luego, porque la angustia de esperar el "sobre" a fin de mes no se la deseo a nadie.
          La largueza en el gasto que nos caracteriza, catalanes incluidos, que en eso hace mucho ya que dejó de haber aquella diferencia abismal entre Cataluña y el resto de España; del mismo modo que dejó de existir el culto al trabajo y a la labor bien hecha: nos hemos vueltos chapuceros y algo más perezosos; puede comprobarse, en día de cobro, en la abundancia del gasto en flores y plantas, y, sobre todo, en las terrazas abarrotadas donde, como el milagro de los panes y los peces, aparecen raciones de patatas bravas y cervezas bidónicas...
           Un día hermoso, preludio de otros tristes a partir del 20 del próximo mes, como se podrá comprobar por el inevitable descenso en la compra de artículos pirotécnicos con que saludar al santo de mi onomástica, ese del que aquí decimos: De joans, joseps i ases, n'hi ha a totes les cases... También a la mía, con descuento...
       




martes, 27 de mayo de 2014

Triste campaña; apagado desenlace...

Ni los que supuestamente han ganado, porque en realidad han perdido todos, hemos perdido todos, en las pasadas elecciones al parlamento europeo tenían el cuerpo para descorches ni jaranas ni gritos de euforia ni apenas sonrisas que no fueran las muy archisabidas de circunstancias. Ganó la abstención por goleada, a pesar de que Podemos sólo pudo asomar la cabeza para devenir casta en cuanto hayan de organizarse, tomar decisiones y, si ello llega, asumir responsabilidades. Ni una sola palabra en el trabajo el lunes siguiente a la más sosa de las noches electorales que me hayan sido dadas vivir. Ni una miserable conversación sobre las mismas en los refilones callejeros para los que dilato los pabellones auditivos hasta la paquidermia. Nada. Desierto de juicios. Cada uno a sus asuntos. Y todos, muy lejos de vibrar ni lo más mínimo con esos resultados que, a pesar de las anécdotas sorprendentes -para eso están esas vacaciones electorales que nos permitimos los europeos cada cinco años: para descansar del ejercicio del voto responsable o el útil o el comprometido- apenas han significado un corrimiento de opinión que nos lleve a una situación peligrosa, insostenible o caótica. Los votantes nos hemos dado el gustazo de votar libérrimamente y así, en cada país, se han ajustado cuentas que nada tienen que ver con el proyecto europeo, una realidad que sigue mereciendo todo el apoyo del continente en su conjunto. La alternativa sí que es, realmente, el ¡sálvese quien pueda!, y, en ese caso, España puede poco, y Podemos, nada.
En conjunto, a nivel individual, no estoy descontento. He ejercido un derecho al que no quiero renunciar. Antes que abstenerme votaría en blanco -ya lo he hecho alguna vez- y los resultados españoles nos han dejado mensajes que, como es de rigor, no tendrán buenos lectores que sepan calar en su último significado.
El bipartidismo está tocado de muerte. Y se lo han ganado a pulso. Toda la campaña del PSoE se basaba en una idea-fuerza (que así las llaman los cursis estrategas electorales, versión moderna de los viejos fablistanes o charlatanes de feria): "no somos lo mismo que el PP", y sin embargo, después de dos semanas y cientos de miles de euros gastados, no parece que hayan convencido a los electores de la bondad del enunciado. El PP, siempre osado como los ignorantes, se ha atrevido a cantar la patética victoria de los derrotados, y el ridículo se pasa una y otra vez de móvil a móvil, con los brazos en uve de vino de Cañete. Al inefable Cayo Lara, dispuesto a converger con el diablo, a través del norteño Meyer, taciturno como una urna en el depósito entre elección y elección, enseguida le salen las cuentas del frente popular para el que Podemos puede ofrecerse, a la espera de ver las condiciones onerosas de la confluencia entre la rigidez del viejo aparato comunista y la labilidad del militante cibernético. En Cataluña la bofetada al secesionismo ha sido tan sonora como patéticos los esfuerzos que hacen los requetés políticos y mediáticos secesionistas por disimularla. Querrán reescribir sus declaraciones preelectorales, porque en Cataluña ya se reescribe todo, con un desparpajo sólo comparable a la atrevida incompetencia comunicativa de Marta Rovira, pero bien clarito -y acaso hijo del clarete- quedó: Una oportunidad de oro para que los catalanes le demostrásemos al mundo lo siguiente: que la gran mayoría (pongamos ese 80% del que no se apea el NHMas) votaría a partidos que defienden la consulta y la creación del nuevo estado; que somos un solo pueblo con una sola alma con una sola lengua y con dos o tres banderas: la senyera y dos cubanyeres; que las urnas iban a rebosar de votos entusiastas, al paso alegre de la paz cataláunica de cara al sol del nuevo estado europeo: ése del estado somos nosotros y seremos, y ojito con el que nos lo discuta...; y que, de paso, íbamos a demostrar que para europeístas nadie como nosotros... A la primera ocasión en que los castillos aéreos -por otro nombre onanismo mental, dicho así a lo fino, para no ofender- han tenido que sufrir la dura prueba de las urnas, ésa en la que no votan las palabras mentirosas, falaces, tramposas, embaucadoras y perversas de los secesionistas, sino cada hijo de vecino con la papeleta que le da la gana escoger, o bien acogiéndose al derecho democrático de no votar -y entonces vaya Vd. a saber qué significado puede tener esa negativa, aunque no parece aventurado intuir que algo de rechazo, en el grado que sea, parece manifestarse hacia el sistema, ¿no?-, entonces, el resultado ha sido de chasco mayúsculo: el 25% del censo electoral ha respaldado con entusiasmo  genital el nacimiento del nuevo estado catalán. ¿Nadie celebró el inicio del largo parto? ¿No corrió el cava? ¿No hubo un concierto de e-mails, teletipos, llamadas, noticias de prime-time, de late-show, de ediciones electrónicas celebrando la gran noticia del mundial acontecimiento? Algo falla en este sainete que se va acercando al final que le pondrán las urnas en las próximas elecciones autonómicas, aunque bien pudiera ser que en las municipales se avanzara algo de esa agonía que acaba de comenzar, porque las agonías de sainete son así, de guardarropía, es decir, de nadar y de guardar la ropa, esto es, el sueldo mensual, como el chaquetero de Ernest Maragall ha probado con eficacia sólo comparable a la de Mascarell.
Acabado todo, he tenido la sensación de que Europa está deseando que la rapten de nuevo para refugiarse en Creta y llevar una vida más plácida, y humilde...

sábado, 24 de mayo de 2014

Los santos entresijos del 9 de noviembre de 2014


Pocos ignoran, en España, nadie en Cataluña, y casi todos en el resto del mundo, que el día del título el gobierno catalán cuya legitimidad se la otorga la constitución española pretende convocar una "consulta" para atentar contra esa constitución y robarle la soberanía al pueblo español, de la que emana la legitimidad de esa constitución gracias a la cual gobiernan, para romper la unidad nacional establecida en esa constitución.
Es de perogrullo, recordar lo anterior.
Es de linces en peligro de extinción  aguzar el ingenio para descubrir por qué ha sido elegida esa fecha, para sorpresa e indignación de los secesionistas que a ella se adhieren como las rémoras a los buques y a los cetáceos -que conviene, de vez en cuando, salir de las lapas y las piedras..- a poco que lean esta indagación. Es obvio que si después de ella no cambian la fecha, ello responderá a la asunción acrítica de uno de los signos de identidad del catalanismo político: el victimismo, que, contradiciendo lúdicamente el significante, quiere decir ensimismamiento en la derrota.
El santoral del día 9 de noviembre no constituye, precisamente, un motivo de gozos y alegrías premonitorias para los alegres votantes secesionistas. Repasémoslo santo a santo. Como hay santos y santas de diferentes categorías, también en esto de la santidad hay clases y divisiones, iremos de la principal hasta el último de la fila, hasta el telonero, por así decirlo.
(Inciso: ¡Ay, aquellos tiempos en los que a los zagales les caía encima el nombre que tocaba en el santoral para el día de su llegada al mundo! Y entre Rútilo y Nicerata era una suerte descomunal nacer el día de San Juan, está claro...) 
 El día 9 de noviembre está dedicado muy principalmente a Nuestra Señora de la Almudena, ¡patrona de Madrid!, como nadie ignora, y albergada en uno de los más sosos y desangelados templos que erigirse puedan. Pero, además, almudena, palabra de origen árabe, significa ciudadela, cuya relación  con el imaginario victimista nacionalcatalanista está fuera de toda duda...
Le sigue en orden de importancia Teodoro, de quien se dice que, como aguerrido San Jorge, derrotó a un peligroso dragón. Fue ajusticiado porque, al parecer, entró una noche en el templo de Cibeles y lo incendió.
Eustolia y Sopatra, monjas y vírgenes -y si se señala que lo fueron, por algo será...- fundaron un monasterio que sometieron a la regla de San Basilio, que es el nombre que en la tradición griega lleva San Nicolás, es decir, el equivalente de nuestros Reyes Magos, o sea, quienes por arte de magia y birlibirloque han de traernos nuestros más queridos deseos, siempre independientes de las crisis.
Orestes es el próximo, y su nombre significa habitante de los montes, que es lo que ha hecho CiU, tirarse al monte -y disculpen la insorteable ambigüedad de la expresión-. Se cuenta de él que derribó de un soplo las estatuas paganas y que nació en Tiana... de la Capadocia. 
Agripino fue obispo de Nápoles, es decir, de la cuna de la cosa nostra mafiosa, que es el fundamento, reiteradamente expuesto, del nuevo estado de nueva planta, porque som com  som y som i serem significan exactamente, en buen castellano: yo me lo guiso y yo me lo como. Agripino, además, tuvo la mala fortuna de no poder competir con  el sanguíneo San Genero en esa dura competición por el patronazgo de las ciudades, regiones y estados.
Benigno fue discípulo de San Patricio, patrón de Irlanda, aguerrida tierra que se secesionó, a sangre y fuego, de Inglaterra, perdiendo su lengua propia en la batalla, por cierto. De él se dice que está enterrado en la abadía de Glastonbury, donde se cree que fue enterrado el rey Arturo, sí, sí, el de Camelo...t, en efecto. Por si fuera poco, el último abad de la desaparecida abadía, Richard Whiting fue colgado, ahogado y descuartizado como traidor, en 1539, que así se las gastaban en los ideales tiempos milenarios de donde, en algunas mentes delirantes, procede la grandeza de las naciones.
Timoteo, el discípulo predilecto de Saulo, el converso, como lo son el NHMas y tantísimos pobres de espíritu más.
Ursino de Bourges, casi de Borges..., significa osito muy feliz, que, simbólicamente, viene a describir la felicidad abraciva (léase a la catalana) rovirana en su intervención congresual.
Y, finalmente,  un Erifredo, ermitaño aislado, al que ni se le encuentra en Google, casi como al futuro estado secesionista en la comunidad internacional.
Si con estos antecedentes la caverna secesionista aún baila alrededor del tótem consultor del 9 de noviembre, obrarán como se espera de sus genes políticos victimistas, y se añadirá a la larga lista de fechas para la que ya se inventará algún pastel conmemorativo con o sin cubanyera.

viernes, 16 de mayo de 2014

De lemas y males: una triste campaña electoral

            Echando la vista atrás, que es prerrogativa de la edad avanzada, descubro entristecido la diferencia esencial entre la actual campaña para el parlamento europeo y las muchas que he vivido a lo largo del actual periodo democrático: la ciudad en campaña era el paisaje contra el que se recortaban los ciudadanos, afanados en su quehaceres privados y sabedores, hasta cierto punto, de que sus minucias particulares no podía competir con esos destinos históricos que se dirimían en dichas campañas. Nos sentíamos envueltos por carteles, mensajes, canciones, banderas, mítines, y era imposible no enterarse del momento que vivíamos. No había debates, es cierto, pero la ausencia del contraste civilizado de pareceres forma parte del núcleo esencial del pueblo español, algo así como nuestra particular cadena nacional de ADN. 
             Estos días, sin embargo, ¿quién sabe, si no pone un excesivo empeño de ingenuidad histórica en ello, que estamos a una semana vista de unas elecciones en que, por vez primera, podemos elegir directamente al Presidente de la Comisión en un Parlamento europeo con renovados poderes, es decir, con una merma evidente del nacionalismo que tanto distorsiona el proyecto europeo? Nada, por las calles, hace sospechar que vivamos momentos decisivos. La crisis, como las muy ingeniosas de El Criticón de Gracián, nos han aguzado el ingenio y nos han devuelto al pequeño mundo de nuestros intereses cotidianos, materiales y trascendentales, y que, lamentablemente, incluyen aun la supervivencia, para no pocos compatriotas.
Con desgana y escarmiento he ido pasando revista a los lemas electorales que se dirigían también a mí, supongo, aunque yo suelo vivir esos mensajes como un insulto a la poca inteligencia en la que me reconozco como persona, y no he apreciado nada en ellos que me haga pensar en que siquiera valga la pena interesarse por debates como el mantenido entre dos funcionarios del PP y del PSOE que cumplieron con creces con la idiosincrasia de sus respectivas formaciones.
               Con nadie, ni en el trabajo ni en el ocio, he hablado de estas elecciones. Mi experiencia personal me lleva a concluir que la abstención puede ser desídica hasta lo inconcebible. Mi actitud personal es la de optar por el mal menor y votar a un partido que contribuya a disolver el bipartidismo estilo Restauración que ha llevado casi a la putrefacción al sistema y que ha generado unos automatismos corruptos, clientelares y de miseria intelectual que ha devaluado las antiguas ideologías a la categoría de dogmas eclesiales.
               Antes pudo decirse, yo mismo lo dije y escribí, que las elecciones eran la "fiesta" de la democracia. Hoy son un lastre carísimo, un lujo que no merece la pena permitirnos, cuando vemos tanta necesidad a nuestro alrededor, y tantos dramas. ¿Qué dicen esos lemas electorales? Lugares comunes. Zafiedades eclesiásticas. Vulgaridades de manual. Son en última instancia, la corrupción de los sueños de buena parte de la sociedad. 

miércoles, 7 de mayo de 2014

Sobremesas agridulces...

   Creí que me escapaba, en parte por un vergonzoso pacto de silencio, en parte por chiripa y, sobre todo, por la solidez de los vínculos, pero al final llegaron: las sobremesas en las que la puta secesión se coló de rondón para aguachirlear  la fiesta de la amistad longeva. La conclusión, dolorosa, a la que uno, yo, llega es que se trata de un contenido de alto nivel emocional, no apto para la discusión serena y mucho menos racional. Que la política se haya convertido en un sucedáneo del fútbol no es lo mejor, desde luego, para tomar decisiones de calado, o simplemente para tomar decisiones, las que sean, consultivas o electorales. Sometido a la prueba excesiva -algo así como la ISO de la amistad- de soportar pseudoargumentos y mucha rabia acumulada, me queda el poso de dos higlights de aúpa: "Es que puede pasar algo serio" y "nosaltres". Planteado al primer interlocutor si lo serio es que nos matemos como se matan en Ucrania, sostiene que eso es poco, con lo cual, el menosprecio de la vida humana se sitúa por debajo de los niveles en que la fijó el fascismo. Frente al "nosaltres" del segundo interlocutor, un plural del que se nos excluye, a mí y a mi familia, y ante la exigencia de que me clarifiquen quién establece el cupo, mediante qué atributos y si eso supone tratar de quedarse por la "vía" rápida con los bienes de los excluidos, que no otra cosa pasó en Alemania, no obtengo más que silencio tenso. Lo rompo para añadir una coda dramática: nadie me va a quitar, sin que yo luche por ello, mis propiedades, ni voy a permitir de brazos cruzados que se establezcan estatutos de catalanidad que nos dividan, al estilo fascista, entre buenos y malos patriotas, mero pretexto para iniciar purgas y limpiezas de las que no falta horrorizada memoria.
Es evidente que la falacia de que un cambio tan radical -lo suyo sería llamarle revolucionario, pero cuando lo acaudillan fuerzas ultrarreaccionarias, como que da no sé qué, cometer esa impropiedad, ¿no?- no altere la realidad del presente se sostiene menos aún que el aéreo castillo de naipes de las colas perrunas atadas con longanizas, y ese es el momento en que advierto que la pasión del interlocutor se tambalea ante la implacable frialdad analítica: ¿Cómo iba a mantenerse una prosperidad que se ha alcanzado como parte de un estado  si la secesión es un lapo agrio lanzado a su rostro -el de sus ciudadanos- con un resentimiento tricentenario?
Me cuesta aceptar que la irracionalidad haya calado tan fácilmente entre quienes hasta hoy consideraba que no se dejarían embaucar, pero la coacción social sobre lo patrióticamente correcto va, parece, pero que mucho más allá de la corrección política.
Tengo un regusto agridulce. Nada se ha roto. Pero todo se puede romper. Después de más de 40 años de amistad, ¿ha de ser éste de la alienación nacionalista su final? ¡Ah, el inmisericorde dios de la patria! Y menos mal que todas esas amistades mías son tan agnósticas como yo..., o lo eran.