lunes, 28 de diciembre de 2015

La casa por la ventana: dime cómo consumes...


                            

Retratarse ante el mostrador: el celebrante capitalismo del ágape y el bebercio.
        Moverse por la realidad depara congojas, decepciones y tristezas en función del ancho de visión con que cada uno actúa en ella. No es infrecuente, pues, que nos coloquemos las orejeras con las que no apartar la vista de la veredita estrecha de nuestros egoísmos particulares, de modo que nos pasen desapercibidas las desgracias y las carencias ajenas.Ahora bien, en estas fechas en que las tradiciones gastronómicas disparatadas nos obligan a todos, desde las instituciones caritativas hasta los hogares de cada cual, un observador atento que hace cola en la carnicería, la charcutería, la pescadería o tantos otros comercios no puede dejar de percibir la amplísima escala adquisitiva con que el común de los mortales nos acercamos a esos comercios para hacer un alarde consumista en el que es probable que se nos vaya el parvo ingreso de la paga extra, y ello si se ha cobrado la tal, puesto que no son pocas las empresas en las que se posterga ese abono en función de la disponibilidad de la "tesorería".
         No hay escaparate que no sea un fiel reflejo de la disparidad de niveles adquisitivos, y lo usual es, haciendo caso omiso de las propias limitaciones presupuestarias, mirar de hincar el diente en productos a cuyo consumo se lanzan alegremente los desposeídos por tratarse del famoso engaño de "una vez al año", auténtico duro portugués donde los haya, puesto que no hay familia en la que no se tire la casa por la ventana no menos de cuatro veces al año, si no más. Y cuanto más alejado de nuestras costumbres cotidianas esté el capricho, más nos parece que honremos el imperativo consumista gástrico de estas fiestas. Si no fuera por el precio, hasta las gulas nos parecerían ya cosa de "andar por casa", de "pobretes". En eso se ha de reconocer que han hecho mucho por subir el nivel consumista los programas televisivos dedicados a la cocina.
        Quienes, por razones de alergias y otras afecciones, vivimos atados a dietas más o menos monótonas, pero evitadoras de episodios urticáricos muy desagradables, vemos con estupefacción que nuestros productos habituales casi desaparecen de la primera línea del consumo y son sustituidos por otros que, supuestamente, van a otorgarle a la mesa una distinción y una rumbosidad propias de un concepto aristocrático, elitista, de la existencia. Y ahí es donde entra el mal de la observación, porque resultan hirientes las cábalas de quienes sopesan uno u otro tipo de jamón "del país", más propio para taco en lentejas que para otros menesteres, por ejemplo, o un paté de cerdo entreverado de senderuelos y robellones, por no hablar de una mousse de cabracho perfectamente coloreada y aditamentada con glutamato monosódico, aunque no falte la sabia decisión de un lomo embuchado pedido en onzas, y en corte transparente... Nos hemos dejado arrastrar a la moda del "picoteo" y nada puede cocinarse que no vaya precedido por ese dispendio que deja las neveras llenas de sólidos platos con fundamento que habrán de degustarse en los días siguientes a la gran comilona: la paletilla de cordero; las chuletas de cabrito; la escudella, el cocido, etc. Más suerte tienen, por su relativa ligereza, los pescados: el besugo, la zarzuela de pescado y marisco, las doradas a la sal o la lubina a la espalda... A mí me llegan al alma esas cábalas de quienes repasan las cuentas y las piezas y no acaban nunca de parecer satisfechos de haber escogido lo adecuado y en cantidad suficiente. Tampoco me parece que sufran por tener tan serias limitaciones, porque la imaginación en la cocina sí que está al alcance de todas las fortunas, escasas, medias o superiores, y no necesariamente la abundancia es sinónimo de bien comer, como todo el mundo sabe.
            Hace tiempo que mis nochebuenas en familia nuclear se organizan en torno al "capricho" de cada cual, que suele repetirse con carácter ritual, aunque siempre hay alguna novedad, como mis patatas a lo pobre de este año: cebolla, pimiento verde y rojo y patatas red pontiac, todo hecho con un aceite de arbequina de primera extracción en frío. ¡Arrasó! Ni el sbrinz tradicional, ni el foie gras de oca (regalado) ni el brie con salmón pudieron luchar contra una combinación tan espectacular. Y junto a ellas, unos calabacines a la plancha sin otro aderezo que la sal y la pimienta pusieron la verdadera distinción que faltaba. Ni siquiera la televisión encendida nos estorbó el modesto condumio del que alegremente dimos cuenta con sosiego, deleite y armonía mandibular.
           

domingo, 13 de diciembre de 2015

La fama y la privacidad


                          

Abordar o respetar a un personaje público en los espacios públicos.

           Como en muchos otros aspectos de la vida, fue de mi conjunta de quien aprendí, en este caso, que a una persona famosa que pasea por un espacio publico ha de respetársele el derecho a la privacidad. Fue con motivo de haberse cruzado ella, ¡nada menos que con Cortázar!, en pleno paseo de éste por el Barrio Gótico de Barcelona. "¿Y no se te ocurrió cruzar dos palabras con él, decirle lo que ha significado su obra para ti, para nosotros?" "Me pareció una intromisión deleznable: tenía derecho a pasear a sus anchas ("y largas", añadí) sin que los moscones ávidos de literatura se acercaran a él y le impidieran disfrutar del paseo". Establecido el criterio, que me parece admirable, lo he cumplido siempre al pie de la letra. Y viene esto a cuenta de haberme cruzado ayer con Julio Anguita por las calles del Ensanche barcelonés. Caminaba el prócer cordobés con su aire de visir malvado, su traje de pana al estilo de los judíos ultraortodoxos y esa ausencia de "cordialidad" espontánea, sustituida por el rictus contraído de quien tiene la alta misión de revelar a los pobres infelices mortales las altísimas verdades del barquero. Cuando lo divisé, a cosa de cinco metros, comenzó la lucha interior entre mi impulso "político" -acercarme a un político como quien está en el foro, se planta delante y dice: "hablemos"- y el aprendido imperativo ético de respetar su anonimato, su privacidad. Me pasó por la memoria su trayectoria política y, sobre todo, la infame "pinza" con el caudillito para darle el sorpasso por la izquierda -aún cree él, Lenin bendito lo acune, que es de ella- al PSOE, lo que, en aquel momento, etiqueté como la "conjura de los mediocres", algo que sigo defendiendo, porque Anguita entró en política como un iluminado, como un maestrillo que tiene su librillo, aunque ni siquiera como el rojo de Mao, y, por la última vez que lo vi en ese Sálvame DeLuxe de la política que es La Sexta, advierto que continúa con la misma prosopopeya programática, la misma convicción de que el eje de la realidad universal pasa por su persona y sus propuestas y que nadie, salvo él, sabe cómo establecer las condiciones para que accedamos al paraíso proletario en la Tierra. En lo que se tarda en recorrer los escasos cinco metros que nos separaban sufrí una aceleración cronológica que a punto estuvo de hacerme perder pie (mi sufrido trocánter...) y tener necesidad de apoyarme en la pared de la Farmacia que tenía al lado, por suerte para mí, en caso de vahído, está claro. Finalmente pudo más el recuerdo del sabio criterio de mi conjunta y lo vi pasar y alejarse con ese empaque de la falsa solemnidad que tan bien describió Monterroso, y seguí camino de mis quehaceres feministos: jefe de intendencia y de cocina, entre otros. 
          Como soy tan casero, ¡lo que hubiera dado por haber podido ser simplemente "amo de casa"!, algo para lo que, modestamente, creo reunir sólidas condiciones, han sido relativamente pocas las ocasiones en que me he cruzado con personajes de relevancia pública, lo cual me ha permitido cumplir con el criterio respetuoso con total facilidad. El caso más evidente ha sido el de Terenci Moix, de quien era vecino, con quien me cruzaba cada dos por tres y a quien jamás importuné, por supuesto, ni siquiera cuando, diagnosticado el enfisema pulmonar, paseaba él por la acera de mi manzana con la mochila del oxígeno y los tubitos en la nariz, y con un cigarro en la boca, diciéndose, me imagino, que a morir que son dos días, lo que no tardó en cumplirse, claro. Tentado estuve de decirle que tenía más valor que el Guerra, pero respeté su suicidio nicotínico con notable entereza. Los pasitos de procesión con que se desplazaba despertaban una enorme ternura en quien veía a simple vista el sufrimiento de la degeneración corporal. Y seguía entrando, incluso, en la pequeña tienda de antigüedades relativas del barrio, supongo que para adquirir postales y carteles cinematográficos de los años 40 y 50, por los que sentía pasión. 



       
        Fue noticia de relumbrón, en su día, el desplante agresivo de Fernando Fernán Gómez contra un moscardón que se empeñó en hacer valer no sé cuáles derechos de importunación que sacaron de quicio al genial cascarrabias, como puede verse en el vídeo. Cada cual es como es, y bien puede encontrarse un importunador con una reacción desaforada como la del gran actor y director. Pero no ha sido esa posibilidad, repito, la que me ha llevado a respetar la privacidad de quienes han de soportar un peaje de la fama excesivamente gravoso, sino la éxtima (y luego íntima) convicción del derecho a la privacidad que no pierden quienes por la razón que sea han accedido a la notoriedad publica.
       

jueves, 3 de diciembre de 2015

El rito electoral cuatrienal (si todo va bien).


                                   
José Ramón Sánchez


La campiña (sic) electoral o la suspensión del principio de realidad.


Llega ese momento esperado por las fuerzas políticas y temido por la ciudadanía: ¡La campiña electoral! Y no hay errata, ni puede haberla, porque se nos invita a ir de merienda, no tanto al reino de Alicia, donde hay más conflictos de los que parece, cuanto al de Jauja, un tópico de las utopías bienintencionadas con que nos regalan quienes hacen de la evasión de la realidad un arte, un métier, un oficio, un cometido, un truco de ilusionismo barato y populachero del que hasta el más cándido de los espectadores señala su imperfección manifiesta y su simplicísima invención. Los españoles estamos curados de espantos, después de tantos viajes como hemos hecho a la campiña electoral, esa excursión que nos deja en el hermoso prado de la felicidad terrena, a medio camino entre el Tigris y el Éufrates, o poco menos, pero sin huríes, de momento. Van cambiando los medios y los espacios de las alocuciones, así como las estrategias persuasivas; pero en esa gran feria de vanidades y medio verdades que son las visitas a la campiña electoral es difícil que nos dejemos engatusar, si es que no asistimos ya venc/didos de antemano a la interesada excursión. Los tiempos del caciquismo están lejos, pero ciertos tics para movilizar a las masas aún siguen teniendo predicamento, como los secesionistas catalanes se han encargado de demostrarnos fehacientemente durante tres temporadas apogeísticas, a las que es difícil que una cuarta les tome el relevo, pero nunca se sabe. Las tradiciones se van renovando y serán pocos, la noche electoral en la campiña, los que se dediquen a pegar carteles en las sufridas paredes de nuestras ciudades y pueblos, al margen de ese que será retransmitido por las televisiones. Habrá un convocante inicio de fiesta y ya se empezará, desde el minuto 1, a levantar el decorado de cartón piedra catalínico de la España que, como dijo aquel, cada vez más aquel, no conocerá, después de su paso por el gobierno, el de quien gane y llegue a gobernar (o el del que pierda y llegue a gobernar),  ni la madre que la parió. No es lo de los cojos andarán, los ciegos verán y los hepáticos tendrán un hígado trasplantado en cosa de días, pero no muy lejos andarán las cosas. El merchandising tradicional de los globos, las gorras, las camisetas, los mecheros, etc., será sustituido, me imagino, por los lápices de memoria con el anagrama del partido, con el riesgo consiguiente de que en él se almacenen todas las promesas después incumplidas que oiremos en la verde campiña de la feraz esperanza. En términos clásicos, hablamos de un locus amoenus, pero la presencia speakercorneriana de un inflamacorazones (cualquier soplapollas de los muchos que rodean a los líderes máximos) romperá el hechizo clásico para endilgarnos una retahíla de bienaventuranzas y milagros que aborchornarían a cualquier aficionado a Mesías, menos al Nada Honorable Mas, presto a prodigar mandamientos y a recibir mandatos que exprimir hasta desfigurarlos. La campiña electoral se parece mucho a los pósters naífos de la primera elección del PSOE, los dibujados por José Ramón Sánchez, pero en cada territorio adquiere un matiz distinto, con el sustrato fuertemente pueblerino de las muchas romerías en las que "todo es posible".Vuelven a invitarnos a visitarla, aunque mucho me temo que buena parte del espacio campiñero será virtual, como ya se advierte en Gorjeolandia, por ejemplo, donde ejércitos de clones partidistas acaparan el espacio sonoro con mentiras de tomo y lomo, confiando en que el bosque de gorjeos falaces nos oculten el sólido tronco hiperradial e hiperramificado de la corrupción de cada cual. No entra dentro ni de lo imaginable ni de lo previsible que la campiña electoral acabe convertida en el Jardín de las Delicias, pero que vamos a ver muchos monstruos y monstruosidades de toda naturaleza no nos cabe la menor duda, ¡ni tanto así!

lunes, 16 de noviembre de 2015

Un género televisivo maldito: las retransmisiones parlamentarias.


                                                           
El soso espectáculo de la palabra política en televisión: cómo aburrir más que los oradores.

Si hay un género televisivo maldito, ese es, sin duda, el de las retransmisiones parlamentarias, sean de investidura, de mociones de censura, de plenos trascendentales o comisiones de investigación, entre otras "animadas" sesiones que ni los oradores ni os realizadores televisivos logran convertir jamás en un espectáculo digno de ser seguido.
Hay jubilados que salen a la plaza a ver pasar gentes de toda condición, espectáculo bastante más motivador que el de las sesiones de las que hoy hablo; yo, sin embargo, soy, por mi pasión por la dialéctica, un adicto a las retransmisiones parlamentarias, de ahí que me vea capacitado, después de una experiencia de 38 años en los que me habré "tragado"  más de un centenar de retransmisiones de ese tipo, para elaborar una crítica de dichos programas. 
No entro, por supuesto, ni en la calidad ni en las razones más o menos sólidas de los oradores, allá cada cual con sus rémoras o con sus remos, sus virtudes o sus defectos, sino en lo que, a mi parecer, no ha contribuido lo más mínimo a desarrollar en nuestro país un interés genuino por la vida parlamentaria, algo a lo que incluso Azorín se dedicó profesionalmente, a resultas de lo cual disponemos hoy de un hermoso volumen titulado Parlamentarismo español. Como otros muchos españoles, me aficioné a la crónica parlamentaria, como actividad complementaria de la contemplación maratoniana de los plenos, en las estupendas de José Luis Martín Prieto. Así pues, con este bagaje, me creo en condiciones de defender un severo juicio crítico contra los realizadores televisivos que nos endilgan unas retransmisiones de las sesiones parlamentarias tan ágiles como las esculturas de Botero y tan entretenidas como los documentales sobre el Gran Colisionador de Hadrones de Ginebra...
El teatro filmado mediante la cámara fija situada frente al escenario, recurso, por cierto, de muchas películas con directores escasamente imaginativos, es más atractivo que las actuales retransmisiones parlamentarias. Lo suyo propio, casi de manual,es estar enfocando constantemente al orador y, de vez en cuando, pero que muy de vez en cuando, efectuar un contraplano con el interpelado para captar algo de sus reacciones gestuales. Ignoro si hay leyes escritas o verbales que prohíban recrearse en las diferentes actividades de los parlamentarios cuando asisten a un pleno, desde el uso de móviles u ordenadores, pasando por la lectura de la prensa, algún libro (¡a escasísimos se les ha "pescado" cometiendo semejante desatino!) o redactando algunas notas manuscritas; pero en el plano general del hemiciclo a espaldas del orador hasta el más lerdo de los espectadores es capaz de distinguir "movimientos" entre sus señorías que merecerían el uso del zoom instantáneo para "descubrir" signos con los que dejar volar la imaginación política o humana, porque de todo hay en los hemiciclos del Señor...
Me vienen a la cabeza, por ejemplo, las curiosas miradas perseverantes de la pareja RullTurull hacia su izquierda escañal, donde tiene su asiento la pizpireta Jefa de la Oposición, ¡esta vez sí plenamente congruente con tal designación!, después de esa "ocurrencia" surrealista de un Junqueras oponiéndose a sí mismo como sostenedor del Gobierno;  la no menos intensa y sorprendente atención, casi de documental de La 2, de la cupaire Gabriel hacia sus compañeros del otro lado del hemiciclo roto por la distribución de escaños independentistas y Constitucionalistas, los señores Albiol y Millo; o la hipergestualidad de una Andrea Levy, espatarrada en el escaño y ascando chicle en plan poligonera que más parecía ella la antisistema que los modositos cupaires del otro lado del río de los peldaños. Son, con todo, pequeñas gotas en el desierto visual de los intervinientes, quienes, a pesar de sus mayores o menores gracias oratorias, enternecedoramente mínima en Marta Rovira, y jocosamente máxima en Iceta, por ejemplo,  logran acabar aburriendo al espectador, quien pediría algún picoteo más frecuente en las reacciones de los miembros y miembras de la cámara legislativa (por cierto, una cámara legislativa a punto de termitarse, por el escaso uso que de tal atribución ha hecho en la pasada legislatura el gobierno de CiU, ahora en funciones como de CDC..., porque el panorama de partidos catalanes cambia a una velocidad directamente proporcional al severo estatismo de los oradores que se suceden con monótona regularidad a lo largo de cada sesión). De la última sesión de investidura frustrada del NHMas, por ejemplo, chocaba lo suyo, por ejemplo, que el plano de las reacciones nos ofreciera a un gesticulante NHMas, como luchando contra su propia soledad, y solo una parte de la persona de su Vicepresidenta, con quien sostenía constantes intercambios de descalificación de los oradores. La mímica de la Vicepresidenta Neus Munté, además, un prodigio de recursos tópicos propios de una persona escasamente dotada para la comunicación no verbal (¡ni para la verbal!) fue totalmente desaprovechada por el realizador, quien casi debería de haber designado una cámara que se fijase en ella. ¿Qué espectadores -en el supuesto de que haya más frikis que yo de este tipo de antiespectáculos- no habrá echado de menos la recepción de los diferentes discursos en gentes de tanto renombre como Junqueras, Lluís Llach o los propios jefes de los grupos parlamentarios, por no hablar de la esfinge maragata de la Presidenta de la Cámara, toda una sinfonía de gestos tartajas...(pues sí, entre las muchas originalidades de la señora Forcadell está la de ser tartamuda gestual, que no es, aunque lo parezca, extravagancia idiótica, sino patología más extendida de lo que parece)? Todos, sin duda. 
No sé si este apunte crítico servirá en el futuro para cambiar hábitos tan arraigados entre los realizadores televisivos de las sesiones parlamentarias (y no sé si entre ellos deben de correr comentarios al estilo de "aquí me gustaría ver a Spielberg" o "esto tiene menos ritmo que una película de Bergman" o "esto no lo hace entretenido ni el Santiago Segura"); pero ahí queda como aportación, acaso única, para contribuir a ese benemérito fin.

martes, 3 de noviembre de 2015

Falsas aleluyas de un fondista fondón.



                    

Las primeras torpes zancadas del zancarrón...

Después de la operación del talón, espolón recortado y extirpadas las calcificaciones, y rehabilitada, con poco éxito, la bursitis del trocánter, el fondista fondón lleva dos semanas dale que te pego a una afición sin la que la vida se ve de otra manera, más aburrida, menos vital y menos sana.Comencé en el tapiz rodante alternando el caminar con un trote que llego al quilómetro a los pocos días, tras lo cual, no me anduve con rodeos, sino que corruve ya por L'Escorxador mis primeros tres quilómetros pomposos y paquidérmicos, para ridículo propio y espanto de quienes, viéndome a ese ritmo, no sabían si me entrenaba para estatua humana en las Ramblas (de hecho me tuve que espantar un par de palomas que se me posaron con total descaro...), para anuncio de la cámara lenta de una videocámara o si bien estaba a punto de dar, propiamente, mis últimos pasos, antes de darle al pavimento el beso chato y eterno de un infarto masivo que me derrumbara de bruces contra él (el pavimento). Llegué de vuelta al domicilio y aún tuve redaños como para hacer una tabla de estiramientos que a durísimas penas cumplieron su cometido, de lo tensos que tenía todos los músculos, perfectamente protegidos, sin embargo, con su generoso sebo correspondiente. Andando los días he ido arriesgándome a sufrir cualquier lesión imprevisible y he aumentado no solo la distancia, sino también la velocidad, de empezar a 7'5km/h, ritmo del niño corredor de 2 años, aproximadamente, en un entorno seguro, llegué ayer nada menos a que 10'5km/h, lo que supone correr a unos 5'48" por quilómetro, aunque no aguanté más de tres quilómetros y el pulso se me disparó a 168ppm, es decir, que puede decirse que corría en sprint... Teniendo tan gloriosos antecedentes como el de tener una media de 4'25" en un maratón, excuso decir el baño de humildad que estoy recibiendo estos días primerizos en mi vuelta a una de las actividades, después de caminar, comer y joder, más propias de la especie humana: la carrera.
       Correr, cuando se hace por la calle, supone matricularse en un curso avanzado de psicología de la conducción, sobre todo cuando se corre por la calzada y se ha de compartir el espacio con los conductores,  a cuyas reacciones se ha de estar muy atento porque puede irnos en ello la vida. No es mala muerte, la sufrida en acto de servicio atlético, aunque el amor a la carrera y a la competición está tan arraigado en los maratonianos que para eso conviene llevar bien repasaditas siempre las lecciones de ese manual de psicología que acaba uno escribiendo al interpretar las maniobras de los conductores con quien se cruza, como yo, en terrenos como el muy peligroso de la montaña de Montjuïc, que antaño fuera circuito de Fórmula 1 y que hogaño tantos fangios como la cruzan lo reeditan, aun desconociendo aquel dato. Desde las mujeres prudentes que se apartan de ti invadiendo el otro carril, como si fueras un ciclista, hasta el taxista que se arrima al bordillo para hacerte saltar a la dura acera, marcando la ley de uso de la calzada con una meliflua sonrisa de superioridad envidiosa en la boca, pasando por quienes se cruzan contigo y comienzan a gesticular como si mataran un enjambre de abejas para indicarte que has de ir por la dura acera de cemento en vez de por el blando alquitrán de la calzada, son muchas las reacciones de quienes toleran mal la presencia de un anciano peripatético al que reducirían, si estuviera en su volante, en un geriátrico... Aprovechando esa conmiseración y superioridad autoindulgentes de los conductores, descubrí un día que si me hartaba de poner descompuestas caras de sufrimiento en el instante de cruzarme con ellos, se atenuaban las protestas y aun hasta algún conato de lágrima he creído advertir alguna vez, fugacísimamente, por supuesto, una leve mueca de compungido sentir que les ha obligado a avergonzarse de la ráfaga de luces o de la bocina inmisericorde con que me han querido afear tan saludable conducta atlética como la que llevo practicando más de 20 años.
        En este reencuentro con mi vida móvil, voy conformándome, de momento, con correr en el gimnasio -aún la cadera se acuerda del costalazo que me pegué, antes de operarme, al equivocar la pisada, sacar un pie fuera de la cinta y dejar el otro inmóvil en ella, lo que me abrió en un arco imposible que dio conmigo en tierra, para susto de la monitora de sala y ninguna contusión seria, por fortuna- y con las salidas a L'Escorxador, nombre la mar de alegórico, por cierto. Es duro, el reencuentro con la salud, y requiere la perseverancia que Filípides sabe que yo poseo; pero no es menos cierto que el esfuerzo descoyunta de tal manera que uno acaba entendiendo somáticamente aquellas bárbaras penas de descuartizamiento que tanto alegraban las reuniones populares en la Edad Media. Tener objetivos, sin embargo, es definitivo (en todos los sentidos de la palabra, por supuesto), y ahí anda mi deseo luchando con mi realidad para saber cuándo voy a ser capaz de atreverme con la primera carrera de 10K, con la primera Media maratón, después y, finalmente, con la prueba de pruebas, de la que ya llevo dos años apartado, para mi mal. Veré si los consigo, y si sin verecundia.

domingo, 18 de octubre de 2015

La cavernícola percusión de la aprobación y el rechazo: el aplauso.




El desconcertante protocolo del aplauso.

Aplaudir va con la especie. De suyo debe de haber sido, desde las cavernas, una de las primeras manifestaciones de aprobación o desaparobación con que nos expresamos. Los golpes rítmicos, un conjunto dentro del cual cabría incluir el fenómeno de los aplausos, constituyen una sensata señal de humanidad. De hecho, algo que nos parece tan racional como el sufragio procede, en origen, de los golpes que daban los guerreros contra el escudo para respaldar un caudillaje. Así pues, que nos hemos movido siempre entre los golpes y el ritmo está fuera de duda. Pero a lo que voy, lo que me trae a esta pantalla, es a la generalización abusiva que se ha hecho del aplauso para circunstancias para las que, evidentemente, no nació. Lo suyo, de siempre, ha sido la relación entre el aplauso y las acciones dirigidas al público, sean de palabra o de obra, y se ha ofrecido, usualmente, como recompensa para el discurso o la buena acción. El terreno del arte ha sido una instancia donde el aplauso ha hallado fácil y apropiado acomodo, porque, además del salario, constituye el aire que le permite a los artistas seguir respirando en su monádica burbuja de vanidad y orgullo. Ayer tuve la ocasión de practicarlo, el aplauso, con generosidad e intensidad, porque la contemplación y audición de Nabucco, con una ejecución modélica del Va pensiero, sull'ali dorate, dio de sí para el entusiasmo de las palmas repicantes, hasta el punto que el maestro obedeció el "da capo" que puntuaron las palmas con fervor. Mucho me temí, en un momento dado, que algún pruseísta exaltado, no excesivamente aficionado a la ópera, por supuesto, se atreviera a lanzar un Visca Catalunya que me hubiera arruinado la representación, pero no hubo ta y pude disfrutar a mis anchas de una impecable, función. Traigo a colación la función de ópera solo por una razón, mientras que en un concierto es impensable subrayar con aplausos alguna melodía o arreglo afortunado, en la ópera no está mal visto interrumpir la función no solo con aplausos, sino hasta con bravos, bravas, bravi e incluso hasta con algunas flores llovidas de los pisos superiores donde habitan los admirables melómanos de escasos recursos. Es llamativo observar, por ejemplo, tras alguna aria o dúo, algún conato de aplauso que no llega a cuajar. En el teatro se oyen, entonces, como desangelados, casi rarezas, incluso como equivocaciones de novatos que se han dejado arrebatar por la emoción generosa cuando lo que toca, por el silencio ajeno, es el pujoliano "no toca". En cualquier caso, siempre es digno de observación ese juego de la provocación capaz de arrastrar el aplauso general o de quedarse en sincopadas  palmadas aisladas y timoratas.
       
Todo lo anterior sirve de preámbulo a la costumbre reciente, muy reciente de aplaudir en las concentraciones en honor de las víctimas de la violencia sexual o, en su día, de la violencia terrorista. Es curioso que ese afán aplaudidor no se haya contagiado aún a las capillas de los tanatorios, donde suele imperar un recogimiento, un silencio, asaz respetuosos. ¿Qué lleva a los reunidos en las ocasiones mencionadas a concluir el acto con una salva de aplausos? No sé si se ha reflexionado sobre ello, pero, a poco que se haga, advertiremos lo heteróclito de tal costumbre. Me atrevo a decir que incluso me parece poco o nada respetuosa, sino una banalización, como esos aplausos que ordena el regidor de algunos programas de televisión o el jefe de la claque de algunos espectáculos teatrales. Poco a poco incluso se han ido introduciendo los silbidos usamericanos como señal de aprobación, cuando lo propio nuestra era usarlos para el rechazo, lo que no excluía el lanzamiento de huevos y vegetales diversos, como queda atestiguado desde los corrales de comedias, donde la ausencia de tales objetos volantes perfectamente identificados implicaba el éxito, la aceptación de la obra.
       Al margen de los aplausos de aceptación o rechazo ha habido siempre aplausos de tipo ritual, ya civiles ya religiosos, y no es menos cierto que algún que otro aplauso real ha significado alguna vez incluso  decapitación o fusilamiento o ahorcamiento; aunque también el requerimiento para que se acerque algún criado.
       Ya traje un día a estas pantallas al vecino que camina aplaudiendo sonoramente, pero sin gracia ninguna, y con quien, por cierto, hace muchos meses que no me cruzo por el barrio. Lo traje porque quería señalar la ausencia total de espíritu musical en aquella tortura aplaudidora, que solía acompañar de una entonación musical oral igualmente desafortunada. Nada que oír, por supuesto, con ese recital de percusión palmera que significa el acompañamiento palmero de algunos cantaores flamencos, sobre todo en el palo de las bulerías, un frenético ritmo para el que se ha de tener un sentido del ritmo tan extraordinario como el de los músicos de jazz.
       En definitiva, sería prudente, además de bueno, que ejerciéramos cierta restricción social del aplauso, porque, al margen de la ambigüedad propia del mensaje, tan fácilmente malinterpretable, no parece que, por muy antigua que sea su práctica, que sean de recibo en ciertas manifestaciones solidarias en las que continúo pensando que el silencio es la mejor manera de manifestarse.


miércoles, 7 de octubre de 2015

Teoría de la Reflejación


                                                                       

Epistemología del reflejo*

Hace tiempo que tenía ganas de abordar esta costumbre tan extendida que a veces he llegado a pensar que forma parte de nuestro ADN, poco menos que al mismo nivel que el cerebro reptiliano. Por la ilustración queda claro a lo que me refiero: la decidida voluntad de "sorprendernos" en los reflejos que las superficies reflectantes nos ofrecen, en una ciudad, con una generosidad que casi estoy dispuesto a excusar el pecado narcisista en que tantas personas caen no diré que inadvertidamente, sino sin malicia. Podríamos incluir en este hábito la contemplación franca en superficies especulares, por supuesto, porque muy a menudo es de tal naturaleza la agresiva respuesta que recibimos (pongamos por caso los espejos de los probadores de El Corte Inglés) que casi nos sorprenden más que esas otras sorpresas que, sobre todo en las lunas de los escaparates, buscamos con ahínco cada tres pasos, y somos capaces de no desperdiciar ni los reflejos de unos azulejos inmaculados o alguna plancha metálica pulida hasta la extenuación. Se trata, ya digo, de un impulso irreprimible, y mi doble experiencia, como protagonista y como espectador, me dice que ni la aberrante devolución  de imagen de los feriantes espejos cóncavos y convexos es capaz de disuadir a nadie de seguir obedeciéndolo. Para darse cuenta de la universalidad de la práctica solo tiene uno que buscarse en las ventanas y puertas del metro mientras los túneles las azogan para percatarse de con cuántas miradas coincide en ellas, de las que habrá que apartarse al poco rato, no sea que se entienda, entonces, si persiste en el intercambio,como una búsqueda de ligue antes que como un encuentro fortuito.
¿Qué se busca en ese reflejo deseado? Cada cual es hijo de sus sorpresas, sin duda, pero hay, me parece,  una necesidad común de confirmación de la idealización de nuestra mejor autocontemplación, esa que guardamos en el escriño de la autoestima porque la descubrimos azarosamente un maravilloso día en que coincidieron, con serena complacencia, el bulto con el reflejo. Con todo, no hay que menospreciar los fines menores no estrictamente ontológicos: que un peinado se mantenga incólume; que la raya del pantalón -¡esa antigualla!- se perfile con trazo marcial; que el escote no descienda tanto que del canalillo se pase al Canal de Isabel II; que la patilla de hacha no lo sea de azadón ni de rastrillo; que el bigote adolescente tenga tomo; que los zapatos sienten como un guante; que la mirada -¡esa mirada!- continúe siendo tan seductora como solemos creer que es; que el vestido de punto no  pronuncie la "barriguita" o que el blusón demisrusosesco disimule a la perfección el barrigón cervecero; que la firmeza de las nalgas se afirmen;que el nudo de la corbata no se haya vuelto estrábico; y tantos otros, entre los que se halla un curioso refinamiento: admirar a una mujer o un hombre hermosos sin ceder a la mirada franca y, sin duda, irrespetuosa.
Louise Bourgeois confesó que en su casa no había espejos; pero buena parte de sus celdas/células, sin embargo,  están llenas de ellos, de tal manera que los objetos creados pueden contemplarse en reflejos sorprendentes que nos abren una nueva vía de conocimiento de esos objetos "instalados" en ellas. En la vida cotidiana la observación subrepticia de nosotros mismos busca también, por elevación, descubrir  facetas de nosotros mismos, no solo físicas, que nos pudieran haber podido pasar desapercibidas: confiamos ciegamente en que de ese reflejo medio en sombras, por lo general, que advertimos en tantas superficies, emerja un yo inédito que nos persuada de nuestra singularidad, de nuestra importancia, de nuestro talante...extraordinarios. Todos aspiramos a lo extraordinario, a salir del magma de lo ordinario, y nadie ha de reprochárselo; otra cosa son, claro está, los reflejos que nos devuelven esas superficies.
A veces, como ocurre con la ilustración, quien se persigue en el reflejo desvaído de sí mismo va buscando lo que "pudo haber sido" y, acaso por los propios deméritos, no se llegó a ser. Hay mucho "fluido de conciencia" en el mudo diálogo del bulto y el reflejo, pero eso cae ya más del lado de la literatura que del artículo de costumbres, sin duda, aunque en el caso del indigno President que ha convertido la Generalitat en Particularitat bien podría ensayarse el diálogo que parece entreverse entre el figurón y el reflejo, entre la prosopopeya y la etopeya inmisericorde que le devuelve la oscura superficie donde se metamorfosea la vieja arrogancia en delirio tremendo, la chulería inhóspita en avejentamiento desquijarado, la pompa historicista en histeria suicida y el supremacismo étnico en aldeanos cuarteles de invierno; bien se pudiera, en efecto, porque forma parte de las costumbres la burla del relumbrón de los pisaverdes y los currutacos, aunque la corrupción le añade un aura penal à la Damocles que lo hace más carne de sucesos y de crónica de tribunales que de bienhumorado artículo de costumbres o creación literaria. ¡Cómo chirrría el solo hecho de escribir "literaria" en el envilecido contexto de su persona!

*Está claro que el título y la reflexión tienen poco que ver, pero nadie me negará que tiene una innegable capacidad motora; que es algo así como un "motivo dinámico" narrativo, ¿no?

domingo, 27 de septiembre de 2015

El voto del lisiado y Lisias inspirando el voto...


              


Votar a la pata coja y a la pata la llana, tras pasar por la sanidad de los recortes...


Finalmente, tras haberme interesado por si pensaban o no llamarme para el preoperatorio -y no pensaban hacerlo porque lo daban por hecho, ¡el de hacía un año, tras el cual me citaron para el año siguiente en quirófano!-, me lo hice y a los dos días entraba en quirófano para quitarme las calcificaciones y desmochar el agudo espolón que me ha atormentado desde hace años, a pesar de lo cual no menos de cinco maratones he concluido. 
He observado con atención como se manifestaban los recortes en este proceso de relativa poca importancia. La ausencia de camilleros para llevar los pacientes a los quirófanos me hizo estar casi una hora de espera en la sala de reanimación antes de entrar. La anestesista, muy amable, me acribilló a pinchazos el pie para dormirlo, uno de los cuales estuvo en un tris de hacerme aborrecer la tauromaquia para siempre... Acto seguido, sin embargo, el cirujano procedió con el bisturí a realizar la incisión y me lo hizo cuando aún la anestesia no había surtido efecto, lo que me provocó un grito de dolor que fue atajado inmediatamente, sin más aviso ni inquisición, con una mascarilla contra la cara como si el propio Mas no quisiera oír mis quejas, lo que me transportó a un leve cielo donde perdí el conocimiento mientras el encargado del taller me limpiaba el talón y me lo dejaba listo para otros cien mil kilómetros de entrenamientos, medias y maratones. Hubiera pedido las alas de Mercurio, ya puestos, pero apenas pude si meramente saludar a mi cirujano antes de que se afanara en su benemérita labor. Eso sí, cuando salí de allí, y a pesar de que querían internarme una noche, me convenció de que mejor en casa, y salí renqueante, aunque con el pie como un bloque de mármol que tardó exactamente doce horas en despertarse por completo.
A pesar del reposo, pierna en alto, a que estoy obligado, hoy me he levantado dispuesto a ir a votar, lo que he hecho apoyándome en mi conjunta y en un paraguas endeble cuyas flexiones parentéticas me han asustado más que la posible victoria de los secesionistas neofascistas contra quienes iba dispuesto a votar.
El ambiente en la Universidad de Barcelona, llena esta de la quinta edad -yo para esto de las edades me guío por San Isidoro, que anima mucho más...- de un barrio, el Ensanche, proclive al nacionalismo irredento, tenía un sí sé qué de entre misa de doce y tortell de diumenge en el que me he sentido no solo incapaz de dar ni un paso, de lo atestado que estaba el espacio, y por mi propia limitación talonar (de talón sin fondos, propiamente...), sino incluso de respirar, dada las vaharadas de beatería xenófoba que me llegaban como un incienso al dios chico de la patria megalómana... Mi mesa, curiosamente, ocupaba un espacio que me ha reconfortado, al lado de la estatua de Alfonso X El Sabio. Recordando Cantigas, Partidas y el Lapidario he sobrevivido al momento y, después de votar, he vuelto a mi descanso, tras haber recorrido menos de un kilómetro en casi media hora, a ritmo de caracol sin babas.
No sé cómo acabarán estas elecciones, pero tienen más de punto y seguido que de punto y final, de polémica y discordia que de entente y convivencia. La intolerancia xenófoba, supremacista y megalómana ha zanjado el espacio y ha cavado trincheras, y la experiencia nos dice que este tipo de guerras, ademas de ser largas, enquistan odios muy difíciles de extirpar. Confío en que la imposibilidad de formar gobierno por parte de los secesionistas sea la señal inequívoca de que buscar el enfrentamiento entre catalanes solo puede convertirnos o en una reedición del PaísVasco en sus más trágicos momentos o en la Bélgica del Sur. En cualquier caso, todos salimos perdiendo. Pero, al final, y ese es el aviso a los navegantes hacia el absurdo, la democracia acaba imponiéndose contra quienes pretenden saltarse las leyes y gobernar desde la impunidad de la ley de la jungla.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

Las campañas electorales ya no son lo que eran o la indigencia del discurso político



                             

El lugar común de las campañas electorales ha quedado desierto: lánguida la publicidad, rituales los mítines, tristes los reclamos y una lluvia gruesa de mentiras rep(l)icantes...

Pasearse por una ciudad en campaña electoral solía dar mucho de que hablar y, en efecto, se hablaba de los carteles, se hablaba de los candidatos, se hablaba incluso, los más lectores, de algún programa, y se hacía en cualquier lado: consultas de médicos, barras y mesas de bar, bancos de las plazas públicas... Todo eso pertenece al pasado. Los terminales y las redes sociales han desplazado los debates de la praesentia al espacio virtual. No estoy muy convencido de que los debates entre candidatos, sobre todo si son tan grises como los de la actual campaña autonómica catalana, congreguen ante las pantallas a muchos espectadores, y el escarmiento que todos tenemos respecto de lo imposible que es salvar el abismo entre las promesas electorales y las medidas de gobierno reales, nos ha ido volviendo escépticos, muy escépticos, respecto de lo que, como todos dicen, "nos jugamos". Hay implícita una ludopatía en el "juego político" que rebaja no poco la antaño tan noble actividad, reduciéndola a una suerte de ruleta en la que, en la noche electoral, se empuja a la bolita, con el recuento, para que se decante , en votos y escaños, o en votos o en escaños, o en "Virgencita que me quede como estoy", a favor de los jugadores cualificados, quienes viven del cuento en el que se nos reserva el triste papel de votantes comparsas. Dada la crisis, la ciudad ha ganado mucho en limpieza durante las campañas. Las banderolas en las farolas pasan casi desapercibidas, los plafones de cartón son salvajemente atacados por fuerzas rivales, vallas casi no hay quien ponga y se han puesto de moda las carpas emanadoras de folletos y los típicos globitos, y si no se es partido, el merchandising financiador ad hoc. Si he de juzgar por mi contacto con las calles, y paseo mucho,  Barcelona no parece especialmente motivada para tan solemne ocasión como, según pretenden unos, nada menos que la creación quimérica de un nuevo estado, algo así como la República Catalana del Noreste Ibérico. Es importante que aparezca lo de Ibérico por las exportacones de Casademont a USA, aunque tendrían que quitar la bailarina sevillana y poner una colla sardanista, que no sé yo si tendrá el mismo gancho mercadotécnico... En cualquier caso, oigo pocas conversaciones al vuelo sobre el tema. En el hospital, porque ando en pruebas preoperatorias, ni una sola palabra en las largas esperas del turno; ni en los comercios, ¡y hasta ni siquiera con las amistades! Escindida la sociedad catalana por obra y gracia del supremacismo nacionalista, el primer éxito de tal jugada política ha sido la recuperación del Tótem (la Nación) y del Tabú (queda aparcado el tema en las relaciones amistosas y aun familiares para "tener la fiesta en paz", cualquiera de ellas en las que la adversidad política no impide que hayamos de vernos. También le podríamos llamar autocensura, también. Todo, como se ve, muy propio de aquel otro Movimiento Nacional al que éste catalán tan de cerca sigue, Imperio y Unidad de Destino en la Universal incluidos, por cierto).
La publicidad, los eslóganes, las consignas, todo lo relacionado con la campaña tiene una ausencia de imaginación que choca estrepitosamente con ese chovinismo tan propio de nuestra tierra en la que o vivimos en la Hipérbole o nos morimos de asco. No tenemos, ya, término miedo: nos da miedo que todo lo nuestro no sea Histórico, Trascendental, Lo nunca visto... Perdido el sentido del ridículo, esta campaña ha servido, al menos, para desnudar a todos cuantos intervienen en ella: nunca como en la presente se había puesto tan de manifiesto la indigencia intelectual de fuerzas políticas y candidatos. La simplificación masticada de los mensajes ofende a la inteligencia, y la utilización fraudulenta de los poderes públicos en favor de quienes mandan alcanzan niveles de república calçotera, ciertamente.
Como lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, la carnaza de los anzuelos de la presente campaña se ignora qué presas quiere pescar, y es muy posible, dado el nivel de mentiras que los encuestados exhiben ante las empresas demoscópicas, que, como se decía antes, la noche electoral "sea de infarto", aunque tendremos, ¡faltaría más!, el éxito indiscutible de todas y cada una de las siglas presentadas, se gobierne o no se gobierne, se retroceda o no se retroceda y aunque se avance entre poco y casi nada. 
El nivel de farsa grotesca que se ha alcanzado en las presentes autonómicas solo puede ser comparable al que habremos de padecer de aquí a tres meses para las generales, hasta despuçés de las cuales es muy posible que ni siquiera pueden ser interpretados los resultados del 28-S.
Con lo caras e improductivas que son las campañas electorales, ¿no va siendo hora ya de suprimirlas de nuestro ordenamiento jurídico? al fin y al cabo, la responsabilidad democrática de cada ciudadano ha de consistir en estar puntualmente informado a lo largo de cuatro años de cuáles han sido las labores del gobierno y de la oposición, ¿por qué, entonces, este derroche de nuevos ricos de las campañas electorales para convencer apenas a un 20% de indecisos que, al final acaban absteniéndose? Cada vez las veo más como un despilfarro que no creo que estemos en condiciones de permitirnos. Aunque ya se sabe lo poco que aquí nos cuesta tirar la casa por la ventana a fuer de rumbosos...

jueves, 3 de septiembre de 2015

Nonálogo del patriotismo catalán… De tal palo…


                    
"El patriotismo es el último refugio de los canallas"


La estafa de la fábula que no cesa… a la luz de las Luces.

Para pasar, pues, un hombre por buen catalán, o lo que es lo mismo, por catalán amante de su patria, es menester que crea, confiese y sostenga a la faz de todo el universo(…) lo primero, que fuera de Cataluña no se halla nobleza propiamente dicha, o que a lo menos la nuestra es más ilustre, más rancia y más antigua que la de las demás naciones, y que vale más un don  que todos los monsieures, monsegneures, signores, monsignores y lores del mundo. Lo segundo, que nuestra lengua es la más sonora, abundante, expresiva y la más digna de ser hablada por hombres que hay, hubo y habrá en ningún tiempo: que nuestra corte es la más brillante, magnífica y populosa de todas; que nuestros templos, palacios y demás edificios públicos son los más suntuosos, y nuestras cosas las más bien dispuestas y más alhajadas de la tierra; que nuestras damas son las más lindas y garbosas de todo el orbe conocido y por conocer; que una sola de nuestras sardanas vale más que cuanto ha producido la Italia, y aun también la Grecia en la antigüedad; que nuestras fiestas son las más lucidas, nuestras diversiones, sin exceptuar las noches de San Juan y San Pedro, ni las corridas de toros, las más racionales; nuestras legumbres, nuestras frutas, nuestras viandas la más delicadas y sabrosas; y en general todas nuestras cosas las mejores del universo. Lo tercero, que la nación catalana es por su naturaleza (…) la más valerosa de cuantas se conocen. Lo cuarto que la religión católica florece en Cataluña como en ninguna parte. Lo quinto, que Cataluña ha sido en todos tiempos, es y será hasta la consumación de los siglos docta y sabia, y que si algo se ignora en ella es justamente lo que no conviene saber. Lo sexto, que nuestras leyes, usos, estilos, prácticas y costumbres son todas conformes a la recta razón, y que no hay entre ellas una siquiera que con justicia pueda ser reprendida o censurada. Lo séptimo, que la agricultura está y estuvo siempre entre nosotros en el pie más floreciente, sin que haya en todo su territorio palmo de tierra inculto que convenga reducir a cultivo, ni alguno que pueda o debe producir más de lo que produce. Lo octavo, que nuestras fábricas, nuestra industria y nuestro comercio se hallan y se hallaron en todos tiempos en el más alto punto de perfección posible o a lo menos en el estado en que conviene estén y se mantengan por siempre jamás para nuestra verdadera y permanente prosperidad. Lo nono, que nuestra población es cuanto puede y debe ser, y que lejos de faltarnos, nos sobra aún gente: por cuanto es claro que canta menos haya, tanto más baratos estarán los víveres, que es lo que importa. En fin, que nuestra nación es la más rica y poderosa de todas, o que a lo menos ella sola goza de aquella dorada medianía, que tanto exageran filósofos y poetas, que sola puede producir el contentamiento de sí propio, y que no conduce menos para la felicidad general de un pueblo que para la de cada ciudadano en particular. Pero aunque no es preciso dar ni aventurar por estos artículos la vida, ni aun exponerse al menor riesgo de perder valor de dos maravedises, no basta con todo creerlos, confesarlos y sustentarlos en la manera que queda referid; es menester obrar también y portarse en todo y por todo de una manera conforme a tales principios, y proceder en su consecuencia. En fin, supuesto que nuestros mayores nada nos han dejado que hacer por el interés del público, el buen catalán debe pensar no más que en dejar bien a sus hijos y tener por máxima fundamental de toda su conducta esta antigua y famosa copla:
                   En este mundo iñimigo
                   De nadie se ha de fiar:
                   Cada cual mire por sigo,
                   Tú por tigo y yo por migo
                   Y percurarse salvar.


Se advierte fácilmente, ¡espero!, la naturaleza de juego paródico que hay en este nonálogo en el que, a través de la pluma ilustrada de Luis Cañuelo, redactor casi único del periódico El Censor, publicado entre 1781 y 1787, se buscaba parodiar el patriotismo español que tanto obstaculizaba el advenimiento del progreso y la europeización del país en el siglo XVIII. Cámbiese catalán y Cataluña por español y España y tendrá a su disposición el lector la sátira original, salvo la pequeña licencia de convertir en “sardanas” lo que en el original son “tonadas, seguidillas y tiranas”, por supuesto. ¿Qué es lo novedoso de esta sátira del XVIII en este siglo XXI de nuestros gozos y pesares? Pues la imposibilidad de su formulación, en la Cataluña actual, tal como yo la ofrezco, es decir, tal y como fue escrita, so pena de excomunión y estigma de anticatalanismo por parte de los milenaristas de la secesión. Semejante libertad de crítica me parece reñida con el ambiente de Movimiento Nacional que asiente enfervorizadamente a cualquier texto del jaez del parodiado en este recuerdo de uno de esos escritores ilustrados que precedieron a Larra y que supieron crear lo más parecido a una actitud intelectual moderna. Las propuestas patrióticas del secesionismo rampante ( y nada lampante) que domina buena parte del escenario político catalán, y que busca una mayoría escañada que poco o nada tiene que ver con los votos individuales de la población para proclamar la independencia de un territorio que en modo alguno le pertenece, constituye un estremecedor viaje al antiguo Régimen que los demócratas catalanes del siglo XXI habremos de evitar el próximo 27 de setiembre, a pesar de todas las triquiñuelas de una convocatoria que bien cabría denominar “disuasoria”, al escoger, con la cobardía típica del President más mediocre que haya tenido nunca la Generalitat, un día que forma parte de un puente festivo. Le saldrá el tiro por la culata, sin duda.

lunes, 24 de agosto de 2015

La fisioterapia o el microcosmos...



                             

De La arboleda de los enfermos al taller de los lisiados.

      Lo primero, ya se ha visto en el título, quedar bien. ¿Qué mejor para ello que una mención a la Teresa olvidada de nuestra literatura mística, Teresa de Cartagena, quien se adelantó a Teresa de Jesús en la práctica de la escritura autobiográfica y a quien podemos considerar, por tanto, la pionera del género en nuestras letras? Una vez cumplido ese objetivo, que equivale al chiste con que en Usamérica se ha de iniciar cualquier speech que se precie, lo propio es adentrarnos en esa experiencia tan común como juancarlina de "pasar por el taller" para reparar las averías propias de muchos orígenes diversos: la edad, el trabajo, los accidentes, la inconsciencia, la impostura..., etc. 
          Una sala de fisioterapia es algo así como un microcosmos en el que, a averiada escala, tiene uno la oportunidad de ver la rica complejidad de la sociedad humana, porque nos damos cita en ella el súmmum de la trivialidad, un muestreo casi científico de lo que somos, a lesionado día de hoy. La presencia de esas cabinas inhóspitas, separadas por la escasa urdimbre de una tela liviana, permite concebir la sala como un espacio de confesión en el que, de box a box, a poco que no esté uno aquejado del mal de Teresa de Cartagena, la sordera, y no tenga remilgos de exquisito (primmirat en catalán, que me parece voz más ajustada al hecho), se acaba enterando, en voces susurrantes, de la vida, obras, milagros, trapacerías y aun hasta delitos inconfesables de quienes tienen la locuacidad por norma y el abuso por escuela, además de andar muy mal de fisionomía, porque confundir a las fisioterapeutas con acogedores oídos estáticos es de una crueldad intolerable. Algo de conversación agradecen, las profesionales, pero el exceso nos convierte en algo así como en la primera causa de enfermedad laboral de dichas profesionales. 
        A pesar de su titulación y de las innumerables prácticas que hayan hecho, lo primero que le llama la atención al lisiado es que ninguna de ellas te pone nunca pero que nunca nunca, las manos encima. Como mucho, al otro lado de un aparato con la fricción del cual, los ultrasonidos, por ejemplo, se supone que te han de aliviar el dolor producido por tu lesión específica (en mi caso una trocanteritis del fémur, una bursitis aguda) que arrastro desde hace dos años y que ha acabado por imposibilitarme la carrera y afearme el estilo atlético de la zancada..., vulgo "cojera de cojones"). 
         Nunca he conocido un sector profesional más casto, y hará bien el lisiado soñador en apartar de su escenario onírico la idea de unas manos fuertes, poderosas, reduciendo una lesión muscular a través de un doloroso y reparador masaje. Todos los que he recibido, he tenido que pagar por ellos, lo cual es pagar porque te hagan ver las estrellas...entre lagrimones..., y quien los recibió lo sabe. Descartado el contacto físico, es inconcebible, para quien haya tenido la suerte de no frecuentar dichas salas, la cantidad de instrumentos de tortura y de posibilidades de ejercicios específicos que podemos hacer para recuperar la funcionalidad perdida. No escondo con qué frecuencia, entre los usuarios, nos miramos con suspicacia y hasta con envidia, cuando vemos que a unos los ponen en aparatos que, curiosamente, nunca son válidos para la lesión que padecemos. Sí, entre los usuarios se extiende el convencimiento de que hay lesionados privilegiados, o de pago, frente a los pobretes a los que se les ponen tres corrientes, un poco de calor, cuatro ejercicios y hala, para casa, sin molestar... Por otro lado, ¡qué superiores a las nuestras nos parecen esas lesiones de mano que exigen sentarse en la mesa central y "jugar" con todos los cacharritos que la ocupan, como si de un hámster  o la mano Sabazia se tratase... No, nunca estamos satisfechos con lo que nos obligan a hacer, y de ahí la queja que repelen las profesionales con displicencia y, solo en rarísimas ocasiones, con una fresca: "Está segura de que esto es lo que me toca..." "Si lo sabrá el doctor..." "Pues no noto que me haga gran cosa"... ¡Ah, he ahí el desquite con que nos rebelamos contra la ciencia establecida!: Será lo que nos toca, pero no hay manera de mejorar. Venganza tan exquisita se convierte, sin embargo, en una muestra de insolidaridad total, porque aumentarán las sesiones y alargarán la lista de espera... (Siete meses he esperado yo para una molestia incapacitante...)
          Hay algo de escaparate social en una sala de fisioterapia y no poco de teratología, porque desde el carnicero que tiene la muñeca destrozada de tanto filetear la carne, hasta el repartidor de butano que tiene el hombro literalmente machacado, pasando por la anciana que no puede siquiera alzar el brazo para llegar a la primera estantería de los armarios de la cocina, es infinita la variedad de los que vivimos atormentados por dolores óseos, musculares o una combinación de ambos y que nos acogemos al sagrado de la sala con la esperanza de salir como si hubiéramos cruzado el Jordán...
            Ningún tema tan socorrido como el de las relaciones familiares en esas confidencias de camilla que acabamos escuchando los de los boxes cercanos y, en algunos casos de voces baritonales o mezzosopranescas, la sala entera. La vehemencia de las revelaciones solo son comparables con el aburrimiento de quienes las escuchamos, de ahí mi mutismo, que puede ser tenido por impertinencia o desabrimiento, cuando es la más alta expresión del respeto, a mi entender. De vez en cuando me permito alguna comparación desfavorable: me duele como si hubieran sustituido las aceras por lechos de fakires, y cosas así que me granjean fama de perro verde, de viejo perro verde, pero obediente. Claro que, dada mi experiencia en la frecuentación de estos talleres, a veces advierto que incluso se me trata con el respeto debido a quienes han hecho de la autoayuda fisiológica un complemento indispensable de las autolesiones infligidas por la ambición o el desvarío, que de todo hay.
             Dentro de poco me operarán para limpiarme las calcificaciones de una bursitis del talón y afeitarme, de paso, el bravío cuerno del espolón. Confío en que esto de ahora y lo de mañana me permitan empezar a soñar con disputarle el cetro del maratoniano más viejo a Fauja Singh, quien lo acabó con 100 años.          

domingo, 16 de agosto de 2015

Fragmentos de itinerario.

                                                                 
 Trayecto, introyecto…
      

     Desde Barcelona hasta Vélez Rubio imposible encontrar en domingo un periódico a lo largo del trayecto. En un área, la dependienta incluso se ufanó: “De prensa nada de nada, qué va…”

Un paisano de unos 70 años lee, en Vélez-Rubio, el titular de El País silabeando: “Es-pa-ña a-ún corre el pe-ligro de a-ca-bar…” Vuelve la vista hacia mi persona y sentencia: “Es que tenemos muy malos jefes”. Y añade: “Si a los que roban les cortaran el brazo, acabao el problema”. Se me ocurre decirle: “Hombre, eso es lo que hacen algunos musulmanes”. No me contestó, pero advertí una mirada de mente en proceso y entrecejo presto a la indignación, si a él se llegara, al final del proceso, digo.

En una emisora local : “Juan Solo, el rey de las baladas cortavenas”…

Eliocroca era el nombre antiguo de Lorca.

El Parador de Lorca, edificado sobre los restos de una sinagoga excavada en la roca para que el techo no sobrepasara el campanario de una iglesia ubicada un centenar de metros más abajo, en la ladera del cerro donde se yergue, imponente, el castillo. Una atrevida (y encarecida) decoración férrea que resultó ser una protección antisísmica.

¿Qué vale toda la sofisticación gastronómica ante un bien horneado pan de costra crujiente?

En el WC de Puntas de Calnegre está estropeado el mecanismo automático de la luz y facilitan al cliente la llave y una linterna…

Esas frases que tanto ilustran los crucigramas: Litchenberg: “Es bien sabido que los ratitos son más largos que los ratos”.

Camareros con camisa negra y corbata roja de diferente medida según la categoría. La jerarquía en el ADN laboral.

El poeta cartagenero José Martínez Monroy, en cuya producción tiene versiones de poemas en catalán, curiosamente. Murió jovencísimo, de 24 años de edad.

Poso junto a la verja del “nuevo” Instituto Isaac Peral de Cartagena, ubicado donde, en el antiguo, hoy desaparecido, aprobé, es decir, me regalaron, el ingreso con un 5 pelao, es decir, donde inicié la tortuosa senda de mi fracaso escolar…

Maqbara significa cementerio.

Lengua fenicia escrita en los colmillos de elefante hallados entre los pecios de un barco hundido en San Javier: Bd’ štrt bd : “de bod astart”: “Tu atento servidor”.

“La tirada de Afrodita”: todas las tabas habían de caer con la misma cara boca arriba. Cuando se obtenía esa tirada, el presagio para la navegación era excelente.

La corredera es un artilugio náutico para medir la velocidad en la navegación.  Una plancha de madera iba cambiando de cara a medida que pasaban los nudos de la cuerda que iba largando un carrete. Del recuento de esos nudos quedó hablar de los nudos como unidad de velocidad para la navegación.

El real de a 8 circuló por todo el mundo y fue imitado por el dólar usamericano.


Lenguaje púnico: Cart.hadast: Cartagena.

Entrar por primera vez en Albacete. Edificios notables, un pasaje pseudoparisino, un museo del arma blanca. Y saber, desde el Reina Sofía, que Benjamín Palencia debería ser hijo ilustre de la ciudad. De momento es Iniesta, claro…

Madrid con 20º a mediados de agosto o vivir en el Paraíso.

Visitar por primera vez el Reina Sofía. Descubrir el Guernika y reparar en que lo he visto en tres emplazamientos distintos: El Moma, en el exilio; el Casón del Buen Retiro, protegido contra cualquier ataque ultra; en el Reina Sofía, accesible al público.

Descubrir el interesantísimo Museo Romántico en Madrid.

Y Haydn en Radio2 de RNE: Sinfonías 6,7 y 8: Le matin, Le midi, Le soir.


Y tira leguas, a 100, colgado del paisaje, del silencio, del bajorrelieve nuboso, de Haydn y de que cualquier trayecto te inyecta en el presente y te proyecta (catapulta) al pasado insepulto.

viernes, 24 de julio de 2015

El Turismo o la vía purgativa


                              


Turismo, tormento tremendo... o la humildad del éxtasis en serie.
       
       Aun dentro de los presupuestos modestos se accede a la condición de turista, y aun hay quienes, por disfrutar de ella, se endeudan alegremente, siguiendo las tramposas invitaciones de los operadores turísticos o las aleves de los ofrecimientos crediticios de los bancos. Turista, como persona física fiscal, lo somos todos, si bien en muy distintas condiciones. Con todo, y salvo que se viva en la burbuja de las grandes fortunas, las condiciones en que se desarrolla la dura actividad del turista afectan a todos por igual. Se trata de un cierto ecosistema que nos acoge y nos determina, y en el que, querámoslo o no, nos sometemos a rigurosas leyes que pautan nuestra actuación turística.
       La masificación es, sin duda, el peor de los escollos que ha de sortear el turista para desempeñar su egoísta labor de degustación estética. No cabe imaginar que exista aún aquello que solía denominarse "rincón paradisíaco", y del que se nos aseguraba su existencia con juramentos y documentos gráficos conseguidos tras enfrentarse a quienes nos impiden captarlo sin que los hilillos de la plastilina masificadora de los curiosos impertinentes se mezclen con nuestra instantánea, con la siguiente crispación de nuestra sístole cardíaca. No existen, pues los "lugares únicos". Si acaso, los "púnicos", porque es casi una campaña cartaginesa a través de los Alpes lo que se ha de realizar para siquiera acceder a la contemplación de ciertos lugares de interés avalados por la Internacional Touroperator Association (que me acabo de inventar) como puntos de interés neurálgico que no pueden dejar de visitarse aun a pesar de perecer la paciencia, la estabilidad psíquica y el equilibrio emocional en el intento.Uno de ellos es, por ejemplo, el puente colgante sobre un profundo tajo geológico que permite una visión lateral del castillo Neuschwanstein, mandado construir por Ludwig II de Baviera, el famoso rey loco wagneriano retratado por Luchino Visconti en su famosa película. El castillo, situado en un "enclave único", rodeado de altos picos montañosos en las estribaciones de los Alpes, y al que se accede en procesión desde un pequeña pueblecito al borde de "un lago idílico", exige una reserva de no menos dos semanas de antelación, en época estival, y guardar un riguroso turno de entrada. Para el turista heterodoxo, la mejor alternativa es renunciar a dicha entrada y rodear a través de la naturaleza el castillo, para lo cual ha de  atravesar el puente de la imagen, donde las aglomeraciones de fraternales turistas ávidos de inmortalizarse con el castillo de fondo consiguen que se forma una cola en la que, si no se es espabilado, puede uno bien bien permanecer alrededor de las dos horas. El espabilamiento consiste en abrirse paso a fuerza de codos alegando que no se quieren fotografías, sino llegar al otro extremo, donde, por cierto, hay sitio suficiente para tomar esas mismas fotos que las masas se empeñan en tomar nada más pisar el puente. Las situaciones jocosotensas bien puede imaginarlas cada cual a partir de ciertas obesidades mórbidas, por ejemplo, que vuelven tal travesía una aventura más difícil que el paso de las Termópilas para los persas. La moda de los candados también ha llegado a ese puente, si bien de forma muy incipiente, aunque, andando el tiempo, y a pesar de la estructura de hierro del mismo, es posible que se haya de proceder a retirarlos, como ha sucedido en París. Franqueada esa dificultad, y si los palos de los selfies no le han dañado a uno ningún globo ocular, no por ello deja uno atrás las masas intrépidas que, por escarpadas laderas, con chanclas o con tacones, triscan como los rebecos hacia la visión no menos única en la que se ha de hacer idéntica cola que en el puente. Sí, llega un momento en que la subida se empina tanto que solo ya los filodeportistas están en condiciones de llegara ella, para contemplar desde allí, a las masas en todo su esplendor, una vez alcanzada la singularidad de la visión nietzscheana. Se ha de sudar lo suyo, sin embargo, y si la temperatura en la Baviera alemana se dispara hasta casi los 40º en un tórrido julio, el paseo alpino se convierte casi en una tortura que te deja molido, confuso, con la cara desencajada y la vista extraviada. ¡Ni el chucrut con la salchicha hervida correspondiente te recompone!
            Si quiere evitarse la masificación es posible que se vea una ciudad que no podamos compartir con nadie, del mismo modo que si se va a ver cierto museo, apenas nos hallaremos con 15 personas en la exhibición, como sucede en la Haus der Kunst de Múnich, un espectacular edificio construido bajo el régimen nazi en el que se exhiben, acaso en justo desquite, lo que ellos llamaban Entartete Kunst, "arte degenerado", lo que genera un contraste muy expresivo. Que resuenen entre esos muros castradores los acordes desgarrados y transgresores de la movida alemana de los 80 es todo un espectáculo.
            Los más elementales actos de la vida cotidiana, como el de la alimentación, se complican hasta el absurdo con la masificación, del mismo modo que el calor excesivo, sahariano, cacereño, en el centro de Europa, convierte la visita en algo surrealista, pues no es una zona preparada para resistir dichas temperaturas. 
             Apartarse de la grey nos hace correr el riesgo de perdernos la contemplación del eco de nuestra propia admiración multiplicada en serie, y ello es una experiencia que no se debe uno ahorrar. Bien está la heterodoxia para la vida común; pero en tanto que turistas, hemos de compartir el destino con nuestros fraternales comviajeros, y saber extraer de ellas hermosas lecciones de humildad.

jueves, 9 de julio de 2015

Ornitología de volar por casa...




               


Pájaros, pajaritos, pajarracos...

        De un tiempo a esta parte, acuciado por los calores, he descubierto el placer de la lectura muy temprana en la tumbona de la galería que da al patio interior de la manzana del Ensanche donde vivo. A diferencia del protagonista de la película de Hitchcock [Permítaseme el inciso. Como el nombre del director inglés me sale subrayado con el rojo pertinente de los errores, he querido comprobar que no estuviera mal escrito, para lo que he pulsado el botón auxiliar del ratón, buscando la corrección y descubro que me propone sustituirlo ¡nada más ni nada menos que por "cochinito"! No further comments...] renuncio a la contemplación de las oreadas vidas de mis vecinos y me concentro en las sesudas lecturas donde tengo a bien devanarme los sesos mientras algo de aire me consuela de los rigores de estos calores julianos que me dejan hecho juliana. Antes de mi reciente afición, sin que pueda decirse que viviera de espaldas a la galería, porque tiendo las lavadoras, no ignoraba lo que, desde hace años, se comenta en Barcelona, que las gaviotas anidan en las azoteas de las fincas y que incluso nidifican (vulgo anidan...) en ellas, lo que se ha convertido en una molestia insoportable para quienes tienen la costumbre, por vivir en los pisos superiores, de subir a la azotea a tender la ropa. Las gaviotas quedan muy bien en Juan Salvador Gaviota y en algunos cuadros marineros, pero cuando uno ha de enfrentarse a una gaviota hembra dispuesta a lanzarse contra quien sea en legítima defensa natural de su nido, ¡ay, amigos, cómo se complica la cosa y de qué modo expone, ese uno, su propia integridad física cuando un pajarraco con alas y cuya envergadura sobrepasa el metro y medio se viene para ese mismo y desvalido uno y se empeña en picotearle la cabeza como las agresivas e inteligentes urracas australianas a las que solo el atrevimiento de mirarlas fijamente a los ojos es capaz de detener su ataque (si bien hay que tener valor, cuajo, para exponer los ojos desnudos a su ataque, desde luego...). Desde mi tumbona, solo el áspero graznido chirriante de las gaviotas me distrae de la lectura, máxime cuando, ignoro por qué razón, desde que salgo a leer a la tumbona, han descendido su vuelo planeador un par de pisos, de modo que, antes de encaramarse a la azotea me pasan a escasos tres metros, con el susto tremendo que me llevo si antes no les ha dado por graznar. La gaviota ha ido invadiendo los barrios aledaños al puerto y ya ha llegado hasta la altura de la Plaza de la Universidad, cerca de la cual moro. En su lucha por dominar el hábitat, y por alimentarse, no son extraños los curiosos vuelos vultúricos de las gaviotas en pos de las palomas o de las cotorras argentinas (por oriundas de allá, claro, no por otra cosa..., que hay muchos malpensados sueltos), a las que, a menudo, cazan en pleno vuelo en una calle sobre el tráfico rodado, en una escena que corta la respiración, la verdad, por raíces conductuales ecológicas que tenga la modesta caza de altanería
        Todo esto no tendría la menor importancia si no fuera el prólogo de un suceso extraordinario y amedrentador, porque, teniendo abierta la casa en la galería y en los balcones que dan a la calle, no hace ni tres días, mientras yo estaba leyendo Felices los felices, de Yasmina Reza, me sobresaltó que una gaviota relativamente joven se posara en la balaustrada sin temor alguno a mi presencia. Con aire displicente di un par de palmadas para ahuyentarla, pero ella no hizo ni caso. Cerré el libro como quien da un portazo, a ver si la felicidad estentórea la invitaba a seguir disfrutando del vuelo, pero allí siguió, ajena a mis recursos. No diré que riéndose de mi, porque ignoro si las gaviotas pueden reírse de seres patosos y timoratos como yo, pero si imperturbable, como si yo fuera una molestia a la que ya estuviera acostumbrada. Un "¡Pero qué hostias se ha creído este pajarraco que...!", seguido de una incorporación relativamente airosa, porque cuesta salir de esa tumbona como de un Fórmula 1, tuvieron el desdichado resultado de que la gaviota se espantara y, quiero creer que desorientada, se introdujera en el interior del piso... "¡Me cago en todos los demonios habidos y por haber...!" renegaba yo del Señor de las Moscas que acababa de convertir en Señor de las Gaviotas..., y con cautela y más miedo que vergüenza, me metí en el piso tras el animal parta tratar de ahuyentarlo como lo intentaba Woody Allen con unas langostas en la cocina de Diane Keaton... Lo del aleteo de cartón de esos pajarracos dejó de ser una descripción literaria para convertirse en una suerte de orfeón donostiarra afónico pero voluntarioso, y las pasadas de su vuelo desesperado por sobre mi cabeza algo bastante más peligroso que el vuelo rasante de la avioneta en North by Northwest sobre la confundida presencia de Cary Grant en un cruce de caminos como en el que yo me encontraba. Los techos de mi vivienda no son muy altos, lo que significa que el animal, poco hecho a la urbanidad, chocaba con tantos obstáculos que a duras penas podía mantener un par de metros lo más parecido a un vuelo. Se mostró gallinácea, pero la rotundidad de su pico, arma terrible para un ser  de carnes abundantes como yo, disuadía de cualquier acercamiento poco amistoso. Fui persiguiéndola de una parte de la casa a la otra, pero no parecía encontrar la corriente de aire que, siguiéndola, la hubiera sacado, ilesa, de mi hábitat violado y volado... Acostumbrado a perseguir escurridizos mosquitos de verano, feroces como tigres vampíricos, poca experiencia tenía yo para tratar de buscar una solución a la creciente desesperación que notaba en el animal, lo que me trajo a la memoria, para acabar de hacerme la puñeta, la imagen de la paloma atrapada tras el armario en la terrorífica película de Bigas Luna Angustia. La experiencia más cercana a la presente fue cuando una paloma se quedó atrapada en el balcón que, dada su estrechez, le impedía desplegar las alas para coger impulso y salir. Aquel día, haciendo un alarde de heroísmo, eché una toalla sobre la paloma, la cogí a mogollón y la dejé ir por los aires, hacia los que se elevó mientras yo me quedaba con la toalla como un vulgar mago de barraca. La verdad es que hacer lo mismo con el pajarraco que se me había colado en el piso me imponía algo más que respeto. Coger la escoba e irla empujando suavemente hacia la galería (versión políticamente correcta de "liarme a escobazos para hacer retroceder a la fiera hacia la galería") era una posibilidad, desde luego, pero, dada la intranquilidad y la desorientación del animal, que parecía haber iniciado una visita a todas las habitaciones del piso, como si fuera un familiar lejano que se presenta de improviso, no podía juzgar si sería una medida adecuada. Se me pasó por la cabeza llamar a los bomberos y a la policía municipal, porque con los animales pocas bromas puede permitirse cualquiera, se le ocurre al mismo cualquiera matar una lagartija enorme que se nos ha colado en la tienda de campaña en Tenerife y resulta que puede acabar delante de un tribunal por haber "atentado" contra una especie en peligro de extinción. Como mi experiencia reciente con los bomberos había sido la propia de un ridículo espantoso, no me atreví, claro, y me dije, "Juan, esto lo tienes que "gestionar" por ti mismo", me dije "gestionar" porque era una manera de quitarle hierro al asunto y porque no quería ni imaginarme que se me ocurriera llevar a la práctica las barbaridades que se me estaban pasando por la calenturienta sesera cinegética, propia de un demente desesperado... Gandhi fue la inspiración subitánea que me permitió salir del embrollo con bien y sin daño para nadie, ni para el anfitrión ni para la huéspeda. Nada de violencia, me dije. Astucia, que es virtud catalana de reciente implantación. Cogí el libro de Reza y sin jaculatoria alguna me senté en el sillón orejudo y comencé a leer, o mejor dicho, a hacer que leía, para que el animal se relajase y no me viera como una amenaza, sino como un eventual aliado para recobrar, entre ambos, la vastedad del azul del cielo y el rinconcito del tejado donde acaso estuvieran sus padres, intranquilos por la tardanza. Todo antes de que se pusiera a graznar y esos enormes progenitores se sumaran a la visita, claro está. Después, con la serenidad que me había deparado el reposo, se me ocurrió la brillante idea de imitar Garbancito: fui a la nevera, saqué un lenguado que había descongelado la noche anterior y comencé a desmigajar su blanca carne. Después tracé el famoso senderito desde la balaustrada de la galería hasta el vestíbulo, donde en esos instantes la gaviota se entretenía en picotear el cable del teléfono y retrocedí sobre mis pasos para esperar el milagro que efectivamente se produjo. El animal siguió el sendero del pescado y salió a la galería. En ese momento cerré la puerta de golpe, lo que la asustó sobremanera y de un salto alzó el vuelo, no sin antes, llevarse en el pico el trozo de lenguado que había depositado en lo alto de la barandilla. Y ahí acabó mi pesadilla matinal. Una vez acabada, el sol inundaba con su lengua de fuego inmisericorde la galería y tuve que refugiarme en el lado norte de la casa para poder seguir leyendo Felices los felices, ahora con mayor motivo.

[Queda terminantemente desaconsejado hacer una lectura política del presente texto, que pertenece al azaroso orden de la movida vida doméstica]

lunes, 29 de junio de 2015

Turista en la propia ciudad.


                          




     Extraño entre iguales.


        A la gente de libro nos cuesta salir de casa, porque en ella tenemos los mil territorios de nuestro particular turismo, y no necesariamente en forma de atlas o libros de viaje, aunque también. La modestia y austeridad de nuestros viajes chocan, sin embargo, con la intensa pasión con que los vivimos, cuando el material se presta a ello, claro está; e incluso, a veces, hasta sufrimos no pocos desengaños, como les ocurre a los turistas geográficos, que no a los literarios, los históricos y los artísticos, minoría selecta de quienes nos sentimos, desde la soledad casera, mucho más cercanos.
         Salir de casa una tarde de domingo de finales de junio y recorrer zonas de la ciudad en las que durante muchos años no hemos puesto siquiera el pie convierte al ciudadano en un extraño turista entre turistas que, como es de obligado cumplimiento, cumplen con su protocolo visitante no solo con impecable decoro, sino incluso con pulcro esmero. Si la hora es la de la cena, de ellos, y los espacios son los del barrio de la Ribera, de la Barceloneta y de la zona baja de las Ramblas, la presencia del lector en ellos le produce una sensación de irrealidad total, porque no es imposible que hayan pasado más de veinte años sin pasear por algunas de las calles de intestinal trazado del barrio de Ribera, donde incluso, en la lejana juventud de los 20 años llegó a trabajar, en el fantasmagórico edificio de la Delegación de Hacienda. 
        No quiero entrar en el debate identitario de lo que pueda suponer sentirse barcelonés alguien que, literalmente, vive de espaldas a su ciudad, salvo los barrios inmediatos a su domicilio, que sí patea por necesidad pero con gusto, del mismo modo como la propia ciudad vivió durante décadas de espaldas al mar que ahora ha redescubierto con la creación de la Villa Olímpica, privilegiada zona residencial para quienes pudieron pagarse pisos de exorbitantes precios entonces y ahora. 
       La sensación constante de redescubrir ciertos rincones, ciertos edificios, el propio pasado de uno en ellos con cuarenta años menos y una pajarera en la cabeza, junto a la extrañeza del desconocimiento de tantos comercios y lugares de restauración , así como del tipo de gentes que los recorren, esos extraños turistas que son calcados como clones y entre los que el paseante acaso, salvo por el moreno-paleta, no desentone; la sensación de que, a lo largo del paseo habremos de ponernos a ver cartas de restaurante para evaluar en cuál puede uno dejar sus sudados ahorros o el consuelo de la ducha que nos espera en el hotel tras la caminata..., todo ello irrealiza el paseo de los amantes del libro por esas callejuelas donde el capitalismo, a través de su siamés, el comercio, adquiere el rango de institución fundamental de las sociedades humanas. 

       Si se le suman al espacio las bicicletas, los patinadores, los skaters, los corredores y los descomunales triciclos rickshaw, y algunos tan tambaleantes como tempraneros borrachos qué duda cabe de que la sensación de claustrofobia e indudable peligro físico que siente el amante del libro en un paseo como el de la Barceloneta hacia el hotel Vela le hace añorar, a esas horas, la cómoda tumbona en la terraza donde leer a la fresca y subrayar con fresco ingenio todo aquello que apela a su sensibilidad y a su inteligencia, que no suele ser poco. Los lectores no ignoran, además, porque es noticia del día, que el Club Natación Barcelona, que posee la piscina cubierta más antigua de España, ha de venderla, junto con más patrimonio, para hacer frente a su 
millonario déficit. Que el paseante hubiera entrenado en ella, ésta de aquí al lado, cuando era joven promesa de la natación española añade un buen chorreón de nostalgia al incómodo paseo...

        La expresión "sentirse fuera de lugar" es apropiada, sin duda, por más que el lugar suela usarse a menudo para autodefinirse, e incluso para hacerlo por oposición a otros espacios mayores o menores: catalán no; barcelonés sí, por ejemplo, que he oído mil veces a tantos como defensa frente a la visión excluyente del nacionalismo identitario. El paseo me ha llevado a la constatación del inmenso esfuerzo de generosa fe que se ha de hacer para identificarse con algún lugar; el descomunal ejercicio de abstracción que ha de hacerse para que la geografía, y una Historia tergiversada, como lo son todas, te determine y fortalezca eso que Tsipras parece haber bebido en todos los perversos nacionalismos: la dignidad nacional y el orgullo de ser de donde eres, que no pasa, en el fondo, de un circunstancial estar donde estás, de tan limitado radio.