martes, 6 de enero de 2015

De este año no pasa que...


Limpieza de fondos del depósito de propósitos de principio de año.

De vez en cuando, sea en años bisiestos, sea cuando después de alguna siestecilla tras las infinitas y copiosas comidas familiares de la navidad nos da por ahí, sea cuando sea, es muy conveniente entrar en esa bodega oscura donde se han ido almacenando los viejos buenos propósitos para el año que comienza, ese espacio lóbrego y fétido donde hemos ido arrumbándolos con cierto alivio, fundado descanso y creciente remordimiento, y hacer una limpieza a fondo de la ciénaga de madre espesa que han criado.
La mayoría de ellos están los pobres hechos unos zorros y, como algunos entes de malas películas de ficción, a medio camino entre fantasmas y dibujos animados, se deshacen, desmoronándose y formando montículos de arena propia de relojes de tan simple mecanismo. 
Nadie está exento de formarse esos propósitos, usualmente de enmienda, puesto que esos propósitos es usual que suelan repetirse ad nauseam con toda la desfachatez e incumplimiento de que somos capaces, que no son pocos. Somos rápidos en la formulación: "De este año no pasa que...", pero más que tardos en la realización. Hay, incluso, una clasificación de los más socorridos, que dependen no solo de los tiempos que corren sino también de los menguados e inmóviles ánimos con que, apenas formulados, tropiezan. Dicho y olvidado, podríamos decir, acaso exagerando algo el escaso tiempo que media entre el propósito y el desistimiento.
"Apuntarse al gimnasio" junto con "matricularse en la escuela de idiomas para acabar de una vez por todas de dominar ese inglés que tanto se me resiste" son dos clásicos indudables. Compite con ellos "quitarse diez quilos", porque el antiguo "los quilitos que me sobran" son ya quilazos que se miden por decenas, dado el sedentarismo fomentado por las nuevas tecnologías, que llevan camino de hacer realidad aquella civilización de obesos inmóviles que se describía con crítica certera en Wall-E, una de las mejores películas de animación que haya visto. 
La lista es variopinta y, sometida a crítica sociológica, puede darnos una imagen diacrónica bastante exacta de la evolución de nuestra sociedad carpetovetónica, tan abierta a las últimas tendencias como anclada en las más atávicas costumbres. No es extraño que la última fiesta navideña sea la epifanía y que ésta se epitome (sic, que existe..., incrédulos lectores) en la famosa carta a sus viajeras majestades. Los adultos escriben en ella estos pósitos de los que venimos hablando, puesto que lo propio de ellos es lo de ser proyectados hacia el futuro pro-, pero, sorprendentemente, una vez realizados. Un pósito es lo puesto,  y ahí es adonde yo quería llegar, porque la etimología de la palabra nos indica claramente que en vez de tratarse de actividades que se contemplen de manera incoativa, se ven como algo que, por arte de magia, sin duda, se realizará, pero sin que medie nuestro esfuerzo constante, perseverante. La famosa cólera del español sentado, que tanto sirve para subir a Podemos a los altares de la demoscopia como para acaso ignorarlos, el día de las elecciones, y volver al redil del más vale pájaro en mano, se manifiesta en esos fondos de los buenos propósitos que conviene, en estos días postmonárquicos, dejar como una patena para echar los recién inaugurados este 2015 en el que quien más quien menos cree que la revolución le solucionará la vida sin mover ni un dedo y sin renunciar a lo poco que tengan. Me parece que lo del fondo común es el menos común de los deseos, como pasa con el sentido de idéntica naturaleza.
Cada cual es muy dueño, al menos..., de echar a esa bodega oscura los propósitos que quiera, faltaría más; pero ha de saber que, aunque le parezca mentira, acaban fermentando y, al final, hieden. Y sus mefíticos hedores suben hasta apoderarse de nuestra escuálida voluntad para reprocharnos tal falta de talante. Asomarse a ella es un ejercicio terapéutico, palimpséstico, porque por los restos de lo nunca cumplido podremos evaluar la dimensión de nuestras locas ambiciones. 
Podemos aprender mucho de esta inexcusable labor de limpieza, sin duda, a poco que pongamos en ellos los cinco sentidos. Hasta es posible que hallemos allá abajo, más que desfigurado, el sexto con el que, tan a menudo, formulábamos la compleja operación del vano deseo.

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