domingo, 18 de octubre de 2015

La cavernícola percusión de la aprobación y el rechazo: el aplauso.




El desconcertante protocolo del aplauso.

Aplaudir va con la especie. De suyo debe de haber sido, desde las cavernas, una de las primeras manifestaciones de aprobación o desaparobación con que nos expresamos. Los golpes rítmicos, un conjunto dentro del cual cabría incluir el fenómeno de los aplausos, constituyen una sensata señal de humanidad. De hecho, algo que nos parece tan racional como el sufragio procede, en origen, de los golpes que daban los guerreros contra el escudo para respaldar un caudillaje. Así pues, que nos hemos movido siempre entre los golpes y el ritmo está fuera de duda. Pero a lo que voy, lo que me trae a esta pantalla, es a la generalización abusiva que se ha hecho del aplauso para circunstancias para las que, evidentemente, no nació. Lo suyo, de siempre, ha sido la relación entre el aplauso y las acciones dirigidas al público, sean de palabra o de obra, y se ha ofrecido, usualmente, como recompensa para el discurso o la buena acción. El terreno del arte ha sido una instancia donde el aplauso ha hallado fácil y apropiado acomodo, porque, además del salario, constituye el aire que le permite a los artistas seguir respirando en su monádica burbuja de vanidad y orgullo. Ayer tuve la ocasión de practicarlo, el aplauso, con generosidad e intensidad, porque la contemplación y audición de Nabucco, con una ejecución modélica del Va pensiero, sull'ali dorate, dio de sí para el entusiasmo de las palmas repicantes, hasta el punto que el maestro obedeció el "da capo" que puntuaron las palmas con fervor. Mucho me temí, en un momento dado, que algún pruseísta exaltado, no excesivamente aficionado a la ópera, por supuesto, se atreviera a lanzar un Visca Catalunya que me hubiera arruinado la representación, pero no hubo ta y pude disfrutar a mis anchas de una impecable, función. Traigo a colación la función de ópera solo por una razón, mientras que en un concierto es impensable subrayar con aplausos alguna melodía o arreglo afortunado, en la ópera no está mal visto interrumpir la función no solo con aplausos, sino hasta con bravos, bravas, bravi e incluso hasta con algunas flores llovidas de los pisos superiores donde habitan los admirables melómanos de escasos recursos. Es llamativo observar, por ejemplo, tras alguna aria o dúo, algún conato de aplauso que no llega a cuajar. En el teatro se oyen, entonces, como desangelados, casi rarezas, incluso como equivocaciones de novatos que se han dejado arrebatar por la emoción generosa cuando lo que toca, por el silencio ajeno, es el pujoliano "no toca". En cualquier caso, siempre es digno de observación ese juego de la provocación capaz de arrastrar el aplauso general o de quedarse en sincopadas  palmadas aisladas y timoratas.
       
Todo lo anterior sirve de preámbulo a la costumbre reciente, muy reciente de aplaudir en las concentraciones en honor de las víctimas de la violencia sexual o, en su día, de la violencia terrorista. Es curioso que ese afán aplaudidor no se haya contagiado aún a las capillas de los tanatorios, donde suele imperar un recogimiento, un silencio, asaz respetuosos. ¿Qué lleva a los reunidos en las ocasiones mencionadas a concluir el acto con una salva de aplausos? No sé si se ha reflexionado sobre ello, pero, a poco que se haga, advertiremos lo heteróclito de tal costumbre. Me atrevo a decir que incluso me parece poco o nada respetuosa, sino una banalización, como esos aplausos que ordena el regidor de algunos programas de televisión o el jefe de la claque de algunos espectáculos teatrales. Poco a poco incluso se han ido introduciendo los silbidos usamericanos como señal de aprobación, cuando lo propio nuestra era usarlos para el rechazo, lo que no excluía el lanzamiento de huevos y vegetales diversos, como queda atestiguado desde los corrales de comedias, donde la ausencia de tales objetos volantes perfectamente identificados implicaba el éxito, la aceptación de la obra.
       Al margen de los aplausos de aceptación o rechazo ha habido siempre aplausos de tipo ritual, ya civiles ya religiosos, y no es menos cierto que algún que otro aplauso real ha significado alguna vez incluso  decapitación o fusilamiento o ahorcamiento; aunque también el requerimiento para que se acerque algún criado.
       Ya traje un día a estas pantallas al vecino que camina aplaudiendo sonoramente, pero sin gracia ninguna, y con quien, por cierto, hace muchos meses que no me cruzo por el barrio. Lo traje porque quería señalar la ausencia total de espíritu musical en aquella tortura aplaudidora, que solía acompañar de una entonación musical oral igualmente desafortunada. Nada que oír, por supuesto, con ese recital de percusión palmera que significa el acompañamiento palmero de algunos cantaores flamencos, sobre todo en el palo de las bulerías, un frenético ritmo para el que se ha de tener un sentido del ritmo tan extraordinario como el de los músicos de jazz.
       En definitiva, sería prudente, además de bueno, que ejerciéramos cierta restricción social del aplauso, porque, al margen de la ambigüedad propia del mensaje, tan fácilmente malinterpretable, no parece que, por muy antigua que sea su práctica, que sean de recibo en ciertas manifestaciones solidarias en las que continúo pensando que el silencio es la mejor manera de manifestarse.


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