martes, 20 de diciembre de 2016

La nueva y vieja comedia eterna: "Art", de Yasmina Reza.



Las flaquezas de la amistad; las fortalezas del rencor: Art, de Yasmina Reza, por primera vez en catalán en Barcelona. 

Tener el teatro a dos manzanas, a la misma distancia que el cine en versión original, lo hace a uno, definitivamente, hombre de barrio, lo que me recuerda que le debo a ese concepto, tan arraigado en la vida vecinal de la Barcelona del noucents y, en realidad, de siempre, una breve reflexión que repase los límites nada estrechos de esa actividad pública en permanente erosión, desde aquellos tiempos en los que en cada azotea, de los barrios populares de la ciudad, al menos, casi sin excepción, solían los vecinos celebrar juntos la revetlla de Sant Joan e instalar una hoguera monumental en cada cruce del Ensanche. Frente a esa realidad, los protagonistas de Art representan una vida doméstica, recluida, ajena a la vida ciudadana, y llena de malentendidos, rencillas, heridas no cicatrizadas y no poca mala leche, vertida a propósito de la decisión de uno de ellos, el mejor situado, un existoso dermatólogo, de comprar un cuadro blanco por 200.000€, ¡un Andrews! Pronto advierte el espectador, por el tono cómico de las interpretaciones, que va a presenciar un espectáculo despiadado en el que saldrán a la luz las miserias de tres amigos cuyas relaciones, por parejas cambiantes, nos ofrecen un entretenido juego de complicidades y de desencuentros que nos permitirán calibrar, muy desde fuera, lo que podríamos llamar la "radical insinceridad de las relaciones humanas cordiales", un eficaz disfraz para mantener la "paz social" y la armonía entre los seres humanos allegados. Art es una pieza teatral eminentemente cómica, a pesar de las relaciones humanas profundas que analiza con absoluto rigor y no poco desencanto. Hay, sí, humor negro, ciertamente; pero la gran vena humorística de la pieza surge de lo que podríamos llamar los pequeños y casi intrascendentes acontecimientos de la vida cotidiana, como la propia compra del cuadro o el inminente casamiento de uno de los personajes. Pocos días antes de ir a ver Art, había vuelto a ver, en la TV, Un dios salvaje, la película de Polanski sobre otra obra de Reza, Le Dieu du Carnage, con la que la presente tiene mucho que ver tanto desde el punto de vista de la confección dramática como de la perspectiva crítica desde la que se aborda la vida cotidiana en una metrópolis moderna. Art ya se había representado en Barcelona con anterioridad en dos excelentes montajes, uno con Josep Maria Flotats, Josep Maria Pou y Carlos Hipólito y la otra con Ricardo Darín, Óscar Martinez y Germán Placios, ambas, ya lo he dicho, en castellano, y que por una u otra razón, no recuerdo bien, no vi. La traducción catalana, a cargo de Jordi Galceran, la representan tres actores, Pere Arquillué, Francesc Orella y Lluís Villanueva, dotados de una comicitat tan magnífica que las risas de todo el teatro forzaron más de un silencio de los actores y, en el monólogo extraordinario de Arquillué, incluso una ovación cerrada a mitad de la obra. Supongo que la condición de divos televisivos locales de Arquillué y Orella, el exitoso Merlí, algo habrá contribuido a que la obra se represente a teatro lleno cada día, pero la verdad es que el clima de comicidad que instalan los tres a lo largo de la representación es exactamente el que exige la obra de Reza. La aclimatación catalana de la obra, Maragall, Torregrosa, etc., está muy lograda y el catalán empleado fluye con la espontaneidad propia del mejor catalán coloquial alejado de esa tentación arcaizante que tan del agrado es de quienes hacen patria excluyente  del lenguaje de todos en estos días de quimeras políticas y nacionalismos de aldea. Los personajes, con quienes los espectadores conectamos fácilmente, porque, a fuer de individualidades bien perfiladas, tienen algo de arquetipos: todos somos amigos sí y tenemos amistades así, se van desnudando a lo largo de la obra a través de situaciones bien comunes en las que tampoco es difícil que alguna vez nos hayamos visto, si es que hemos tenido la valentía suficiente como para "aclarar" algunas de esas relaciones rutinizadas e insatisfactorias en las que permanecemos por comodidad o por miedo a las verdades que puedan ponerles punto final. Que la obra sea divertidísima de principio a fin no quita que se ventilen en ella visiones muy deprimentes del hombre contemporáneo, pero, insisto, se agradece que prime el sentido del humor del artefacto cómico por encima de las negruras del desencanto. Los tres actores han perfilado sus protagonistas con suficiente individualidad como para que apreciemos las tres psicologías bien diferenciadas con las que construye la autora su obra. Arquillué es, al parecer, quien más sorprende en su papel cómico, viniendo de papeles de villano en Aló3 que, por descontado, nunca he visto; Orella compone el suyo en un registro cercano al del profesor de Filosofía que interpreta en la misma televisión, a quien tampoco he visto en ella, y, finalmente, Lluís Villanueva, a quien vi en La soledad, de Rosales, en un papel también muy distinto del excelente que representa en Art. No descansa en su interpretación la función, pero ha de reconocerse que sirve como hilo conductor y catalizador de la necesidad de lavar los trapos sucios que sienten los tres amigos para revivir, más que revitalizar su amistad, herida de muerte por esa rutina que engulle todo cuestionamiento honesto sobre la verdad de lo que pensamos y sentimos de y por los demás, aquellos que, desde una relación tan profunda como la amistad, contribuyen poderosamente a la definición de nosotros mismos. Hasta el 19 de febrero hay tiempo para ir a ver esta maravilla de actuación que difícilmente decepcionará a nadie. La escenografía es tan simple como efectiva, y los cambios de escena están resueltos con una agilidad que hace corta la representación, pues no hay ni un momento de decaimiento o de impasse, todo progresa adecuadamente, como ya no se dice en la escuela, y tuve la sensación de que al público el final lo pilló por sorpresa, porque hubiera continuado acaso media hora más esa esgrima de floretes sin botón, dispuestos a batirse, como los duelistas de Ridley Scott, eternamente, hasta llegar a la última sangre, que no acaba corriendo, no se me asusten lo futuros espectadores. Vayan, vayan, que, ¡y no se le puede pedir más al teatro!, reirán hasta decir basta y pensarán hasta que el pensar les duela.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Elogio de la superficialidad



Ensayo y error...es.


A ver si lo consigo. El título ha salido solo, como si nada, coser y cantar, en un plis plas. Supongo que el recuerdo de algo leído, ¿acaso de Nietzsche?, ¿o me confundo con lo de la máscara como el mejor rostro?, me habrá impulsado hasta coronar tan breve marbete bajo el que intentar, ignoro con cuánta fortuna, dar cumplida cuenta de esa intuición: la calidad de lo superficial es algo digno de elogio. Ensayo cómo se escribe un ensayo y me acojo al método científico del "ensayo y errores..." por los que no pediré disculpas, está claro. De que es grande el atrevimiento de este observador compulsivo de la vida cotidiana no cabe la menor duda; y menos aún de que puede que me haya metido en el famoso callejón sin salida, de tan bello nombre catalán atzucac, de origen árabe, az-zuqâq, "calle estrecha", y sin salida, supongo, como la chiquillería esa del prusés. Un conocimiento etimológico, por otro lado, al alcance de una simple orden de búsqueda en Google, donde, con todo, no es tan fácil encontrar, como parece, todo cuanto se busca. Pero sigamos con la superficialidad. Tiene mala fama. A todo lo superficial  le cae encima una tonelada de desprecio funeral. Sin embargo, la superficie corporal es donde recibimos las mejores estimulaciones eróticas, por ejemplo; o la superficie abrillantada, llena de reflejos inverosímiles, de un coche nos seduce para comprarlo, además de muchas otras características, está claro; ¡y lo agradecidos que les estamos a las pulimentadas superficies de los espejos de los escaparates donde confirmar nuestro mejor perfil o nuestra apostura y galanura o el perfecto corte del traje que estrenamos o el gorro que nos cobija del frío de los eneros, un mes al que la cuesta pluraliza que es un primor y un helor, del corazón y de la cartera; y en una gran superficie consolamos nuestra sed de compras los sábados por la tarde; ¡y cómo agradecemos las palabras superficiales de una conversación de compromiso, es decir, donde menos comprometidos nos sentimos! Se advierte enseguida, así pues, que lo superficial desempeña un cometido sustancial en nuestras vidas. Me atrevería a decir que la superficialidad es algo así como una manera de vivir, casi una profesión de fe, e incluso me atrevería a decir que los superficiales formamos una clase social, muy distinta de la de los "profundos", esos "fundidos en la probeta" del laboratorio de la distinción, el rigor, las alturas intelectuales, las severidades académicas, las ideas trascendentales, y el desprecio a los superficiales, está claro. La superficialidad no es atributo que pueda adquirirse, sino marca indeleble de nacimiento y de contexto, si esta palabra no fuera, per se, un término propio de los profundos, y de ahí que me arrepienta de haberla usado, así como también ese latinismo que me atrevo a usar porque incluso entre los latinismos cabe la distinción entre superficiales y profundos: todos decimos per se, casi con insultante poderío, como con beodo entusiasmo se repite a ebrio coro lo del in vino veritas, pero apenas nadie dice cálamo currente, salvo los profundos... Ser superficial hay que saber llevarlo; del mismo modo que un clásico, Zabaleta, si mal no recuerdo, decía algo así como que hay que saber saber, algo que no se nos puede imputar a los devotos de la superficialidad.Quienes estamos enamorados de la superficialidad solemos tener pocos problemas y menos controversias, y hasta podríamos ser buenos políticos, políticos "de raza", con fundamento, políticos enraizados en la maceta más plana del bosque social. Lo acostumbrado, en nuestra sociedad, es juzgar a partir de la superficie, porque son innúmeras las superficies que no admiten honduras en las que sumergirse, sencillamente porque la superficie es frontera y estado al mismo tiempo, es decir, todo lo que hay, sin más, por más que a quienes calzan coturnos en el abismo les parezca delgado terreno en el que indagar razones y reducido escenario en el que representar raciocinios o endilgar proclamas. Huy, huy, huy..., esto de las metáforas y las comparaciones me parece que tiene más de laberinto que de muleta para el discurso. De repente repto, me ha parecido, y no enmascarado... Sí, algo de reptil hay en lo superficial. El trato exige suavidad en el contacto y ausencia de garras o pezuñas, porque no todas las superficies pertenecen al reino mineral. ¿Se cae en la cuenta lo suficiente en que una prenda de ropa se aprecia mucho mejor cuando se palpa su superficie y se comprueban cualidades que la vista no sabe apreciar? ¿Y qué diríamos de los alimentos, la superficie macada de algunos de los cuales es capaz de provocarnos hasta cierta repugnancia? La textura, que nada tiene que ver con el contexto mencionado ut supra (¡he aquí una buena dosis de superficialidad tecnocrática latinizante, por cierto!), de los alimentos, ¿no es la razón de ser de una palabra tan pegada a lo superficial como "organoléptico", aunque poco sobada...? Por la superficie de las peras o de las fresas o de los melocotones, por no hablar de la cuarteada de los higos más dulces, nos paseamos con la aprensión o la confianza de quienes esperamos ver confirmadas en ella las señales de la sanidad y el placer anticipado del gusto. La tez del rostro, ¿no es acaso la culminación de los estratos orgánicos que la posibilitan? Y nadie va a discutirme que nos enamoramos de esa superficie (unida a la del resto del cuerpo, sea vea o no) cuyos propietarios tanto trabajan para acrecentar su buena presencia y su mejor cara, disimulando defectillos de trazado y realzando, si ello cabe, las perfecciones generosas de la naturaleza que da, frente a la Salamanca de la cirugía estética que presta en falso; y en modo alguno nos enamoramos de macizos músculos, de soberbios tendones, de corrientes venas, de anfractuosos huesos y de adipocitos oportunos, por más que todos ellos juntos contribuyan a los fundamentos de la superficie donde nos recreamos con delectación probada, como ocurre con las personas hermosas que suelen castigarnos las cervicales cuando con ellas nos cruzamos por la calle... La superficialidad de la Tierra, resuelta en esos paisajes de todas las formas posibles ante los que nos extasiamos, como si nuestros ojos fueran manos que nos permitieran acariciarlos, recorrerlos como los niños la superficie de los juguetes primeros de la más tierna infancia, ¿qué es sino ejemplo acabado de lo más propio de lo superficial? De alguna manera, y aquí el ensayista se lanza a la pirueta, todo lo importante en esta vida es mera superficie, y el arte de saber apreciarlas, en todos los órdenes de la vida, nos colmará de relajada felicidad. No es fácil, que conste.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Dime qué retratas y te diré...


La fotografía como arbitraria selección de las polimórficas facetas de lo real

En los siglos XVIII y XIX los álbumes privados de ilustraciones solían tener un contenido erótico que fue renovado con entusiasmo con la llegada del daguerrotipo y consolidado con la fotografía tal y como hoy la entendemos; pero en nuestros días, habiéndose popularizado la práctica de la fotografía hasta el extremo de que todos creemos tener algo que enseñar en ese campo, ignoremos o no los fundamentos técnicos de la misma, se ha diversificado notabilísimamente la elección de los temas. Los fotógrafos aficionados tendemos, sin embargo, a especializarnos: retratos, paisajes, naturalezas muertas, árboles, ciudades, animales -domésticos o salvajes, o ambos-, flores, personas en situaciones cotidianas, tipos estrafalarios, etc. La fotografía no ha devenido octavo arte porque el cine que las anima le ha ganado la partida y porque  la vía de los museos como aval de prestigio se ha demostrado una opción equivocada, ¡letal!, para sus intereses artísticos y, sobre todo, para sus posibilidades crematísticas. 
Nadie se ve capaz de hacer una película (que no sean las de acontecimientos de la vida familiar) y, sin embargo, todos nos creemos aptos para acumular bytes en nuestros dispositivos de todo tipo, que no para impresionar negativos, como hacíamos antes, cuyo precio de revelado se disparaba y se sigue disparando ¡Lo que había que pensárselo antes para que el revelado no fuera la puntilla económica de unas vacaciones discretas! Hoy, por suerte, todos tenemos el dedo flojo y nos hartamos de disparar y de borrar y de disparar y de borrar... ad náuseam.  
No pasará desapercibido, me imagino, a los escasos visitantes de esta Provincia, que en mi fotografía de perfil aparezca retratando un insecto volador ubicado estratégicamente en un espejo que permite devolver parte de mi imagen aficionada al métier de Daguerre, librándoles a los espectadores de la visión completa de mi poco agraciada persona. Y es esa la escogida porque resume a la perfección la extraña caza que persigue mi objetivo caprichoso, tanto que por fuerza tengo abierto desde siempre un archivo con el nombre de Colección particular, que es, como los buenos aficionados a la poesía no ignoran, el título de una antología de la poesía de Jaime Gil de Biedma, y ello porque la caza de imágenes ¡cómo no ha de ser, por su propia irracionalidad de ser, poesía! Pues eso, desde esa perspectiva de quien crea la imagen que ve y quiere conservarla está confeccionada mi colección. Hay en ella de todo y, como no es cuestión de aburrir los ojos de los lectores ni de provocarles una blefaritis que les fuerce a la reconfortante caída forzosa de los párpados, me limito a ofrecer unas cuantas instantáneas de muy diversa naturaleza, para contentamiento de quienes las aprecien y motivo idóneo para ejercer la indiferencia por parte de quienes ni quieran pasear la vista por ellas. Van sin explicación, porque la poesía, aunque se indignen los profesores de literatura, tampoco debería explicarse...


Expresionismo

Diagonal de niebla

Alfa y omega

Altered states

Lisboagrafía

Fenilalanina


Pajarita posada sobre el papel

La vía estrecha

La nuez de Ad

Abarrotado espejo.

Sitiado

corner's nerd

cristal pintado

Fálica aldaba

Fe encalada

Fachada de citalíneas

Espero no haber colmado la impaciencia de provincianos ni de otras gentes de buen leer que hayan tenido a bien perder unas ojeadas condescendientes a estas capturas tan propias de mi pasión por la vida cotidiana. Caso de que, por esos azares de la vida, complacieran a alguien, que no dude de que aún quedan visiones al estilo de las presentes en ese nutrido archivo de mis miradas extraviadas donde van a parar mis impresiones bitales (sic).


miércoles, 23 de noviembre de 2016

La aritmética hiperbólica....


Los datos y los hechos de la política: una reciprocidad coja.


Llevamos ya más de cuatro años de movilizaciones prosecesionistas y aún me siguen preocupando los niveles hiperbólicos con que se pretende influir en los ciudadanos para conseguir no solo ese objetivo político golpista, sino cualquier otro que incluso quepa dentro de la legalidad constitucional. Bien podría decirse que en cuestiones de recuento, tan propias de la aritmética, andamos en este país algo más que flojos, lo que explicaría el bajo nivel de los educandos en la que antes era la materia coco por excelencia del currículo educativo y hoy, sin embargo, suele aprobarse por recuento de votos de profesores decididos a regalar el aprobado "por Junta", por más que en ese arrejuntamiento le parezca a este observador que pueda haber indicios de asociación para delinquir... La estimación cubera de los asistentes a las manifestaciones golpistas, celebradas al modo y manera del añejo sindicalismo vertical, se ha convertido en un baile agarrado de cifras a cuyos miembros emparejados, guarismos y asistentes, no los separa ni la más horrrísona estridencia de la inverosimilitud o, directamente, la imposibilidad física de su posible realidad en el espacio, y aun me atrevería a decir que en el tiempo, porque esas masas homogeneizadas han de convivir en un estrechamiento asfixiante a veces durante cuatro y cinco horas. Así, es frecuente que, para ese prusés, por ejemplo, se haya acostumbrado a elevar la cifra de asistentes a volúmenes de millones de personas cuya presencia en las calles probablemente tendrían iguales o similares efectos a la ocupación por parte de un obeso mórbido de 150 kg de una talla 38 de pantalón, por poner un ejemplo gráfico. Hubo, es cierto, una empresa Lynce, dedicada a contar manifestantes uno por uno, con un profesionalismo y pulcritud que no dejaban lugar a dudas cuando ellos revelaban el resultado de  su evaluación de los asistentes a tal o cual acontecimiento político. ¿Qué ocurrió? Pues que la "modestia" de cualquier manifestación enfrió tantísimo la encendida demagogia de los promotores que, a mi entender, se confabularon todos, defensores y censores (que serían a su vez defensores de otras cosas...) para evitar una flacidez demostrativa que apagara definitivamente cualquier causa digna de justificar la movilización ciudadana. A su manera, la visión hiperbólica de todo, que tan ridículamente se ha manifestado en esas demostraciones sindicales del prusés, se extiende a cualquier actividad de la vida social, de ahí que la demoscopia se haya dejado influir por esa inverosimilitud de lo real, no computado con rigor profesional, para sumarse al carnaval de las cifras locas de todo tipo, desde los niños en riesgo de inanición hasta los afectados por la pobreza energética, las listas de espera para ser operado, los asistentes a las manifestaciones de todo tipo, los pronósticos de voto, la popularidad de los líderes y cualquier realidad que necesite ser medida. Al final, como no podía ser de otra manera, todas las medidas han sido hinchadas artificialmente y nos es imposible, a la mayoría de ciudadanos, tener una visión ajustada a la realidad, no distorsionada por los intereses creados de los diferentes agentes de la vida social; andamos, pues, como con las famosas camisas de once varas, tropezando de continuo y de continuo ignorando las medidas del campo de juego de nuestra existencia. Podríamos decir, así pues, que los datos y los hechos siguen caminos ya paralelos ya divergentes, pero, en cualquier caso, son realidades ajenas la una a la otra y nunca van a acabar convergiendo en una misma identidad, que sería lo deseable. Todo esto hace el análisis social y político muy complicado, porque en este carnaval de engaños, en este baile de tan malos disfraces, parece que no haya participante interesado en saber con exactitud matemática a qué se juega o qué se celebra. Tengo la impresión de que nos dejamos llevar por quienes quieren, a su vez, llevarnos al huerto aromático de la demagogia florida y, aturdidos por el embriagador aroma de esas hierbas medicinales tan penetrantes, consentimos en ser halagados, que es siempre el preámbulo de ser estafados, ¡y aun estofados! No hay manera de que en este país de todos los demonios cuadren las cuentas ni los hechos tengan un naturaleza incontrovertible e irrefutable, y de ahí esa desazón aldeana de quienes seguimos tenazmente espantando la mosca tras la oreja, esa que, ¡bendito díptero!, nos avisa del engaño manifiesto de que nos hacen objeto, ese para el que, cuando queremos reaccionar y agruparnos por millones... ¡cómo no!, ya no hay remedio, ¡ni reparación!

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La inmisericorde daga de la tendinitis intratable.



La pata de ganso en la pata de elefante...

Dejémonos de clásicos, de la Historia o de la Literatura, y centrémonos en un drama cotidiano cual es este de la tendinitis de la pata de ganso, un cruce ferroviario de tendones donde mueren tres músculos del entramado de ellos que pueblan nuestras extremidadades inferiores. Después de dos jornadas de entrenamiento en cuestas pronunciadas, me quedé cojo, literalmente, imposibilitado de hacer el juego talón puntera de la pierna izquierda que me permitiera desplazarme sin apoyar únicamente el talón y llevar la poderosa pierna atlética que ilustra estas líneas tiesa como la clásica pata de palo de los piratas ilustres.
Autorretrato parcial/pernil de Juan Pérez.
Temí, por la irradiación del dolor a la articulación, que me hubiera roto el menisco, la rótula o los ligamentos cruzados, anterior y posterior, lesión de cuya gravedad todos sabemos por los futbolistas. Como en urgencias se limitaron a constatar que no había rotura ósea, me mandaron para casa con la recomendación de tomar ibuprofeno. Fui al fisio y gracias a su primera actuación descarté que hubiera algo serio de rodilla y me encontré con ese descubrimiento del tendón "pata de ganso", cuyo ridículo nombre no le hace justicia al dolor lancinante que me trae a mal traer, ¡y a peor caminar!, desde que lo sufrí. Como no admite un cyriax que me provocaría una pérdida de conocimiento por el dolor insoportable, y las agujas de la acupuntura y el calor apenas han tenido sino un efecto muy superficial, me temo que no hay más que esperar a que me llamen del servicio de rehabilitación de la Seguridad Social, lo cual, si todo sigue el ritmo previsto por la lista de espera, es posible que ocurra cuando ya haya vuelto a entrenar por habérseme curado la lesión por el descanso, más los remedios caseros que le aplico: el programa de desinflamación del electroestimulador, pomada calorífica, rayos infrarrojos y reposo, más la hiperbenéfica ducha escocesa que tanto suele aliviar en casos de contracturas o roturas fibrilares leves. Los ejercicios de estiramiento para aliviar el tendón palmípedo ni son fáciles ni indoloros, y cuesta lo suyo mantener el tipo mientras ese nudo tendinoso se retuerce y parece que una sierra te parte la pierna en dos o te están clavando un rejón de castigo con particular vehemencia e impiedad. Quienes hayan padecido de este mal corriente en quienes corren sabrán que no hay peor momento que el de levantarse después de estar un buen rato sentado. ¡Particular momento de la apoteosis del dolor es ese! Poco a poco, con la lentitud del despertar del lirón careto o la del koala que se hubiera desayunado un valium, la corva va tensándose hasta conseguir esa curvatura de arco olímpico desde donde se lanza un grito homérico, por estentóreo, que dicta el final del recorrido. En ese momento estamos ya en disposición de lanzar hacia la aventura del paso inmediato ese cayado que, apoyado en el talón, y rígido como  la convincente cojera de James Mason en El séptimo velo nos va a permitir hacernos la ilusión de que no estamos tan escacharrados como en realidad lo estamos. Con el temor a un mal tropiezo o a una mala caída de octogenario en apuros, recorremos los pocos metros que nos separan, en casa modesta, de la cocina y del baño y creemos que estamos a un paso de darlo, por fin, con la firmeza de quien, en nada, volverá a trotar y a correr como  un tarahumara por Chihuahua. Después de un largo mes de gansitis aguda, con unos dolores de atormentado por la Inquisición, y tras conocer, en veintidós años de maratoniano, dolores insufribles en todas las partes de mi cuerpo, estoy dispuesto a declarar solemnemente que esta tendinitis de la pata de ganso es el más horrible de cuantos tormentos musculares, tendinosos y óseos que he sufrido en estos alegres y correteantes años de fondista fondón. Por decirlo en breve: soy incapaz de desear que alguien lo padezca. ¡Ni siquiera al enemigo que no tengo le desearía mal de esta naturaleza tan atroz e incapacitante!

viernes, 28 de octubre de 2016

¿No es obra para ser representada…?: La travestida “Celestina” de José Luis Gómez.




Entre Chiquito de la Calzada y un decorado para West Side Story: la decepción inmensa de La Celestina, de José Luis Gómez.

Por esas casualidades de la vida, en poco tiempo he ido al teatro -y aún me queda por ver, el próximo Marzo, El tío Vania…- más veces que en los últimos tres años. Va como va. Vaya esta devoción a Talía por la que, por razones que no vienen al caso, no he podido dedicar a Euterpe… en el Liceo. El año que viene lo repararé. No voy a hacer una comparación entre la obra de Pasqual y la adaptación de Gómez, pero, teatralmente, sale ganando la obra del reusense.  El respeto que debería inspirar un clásico como La Celestina hubiera debido bastar para disuadir a José Luis Gómez, a pesar de su infinita sabiduría teatral y su magnífica trayectoria, nunca lo suficientemente ponderada, de llevar a las tablas con tantas carencias una obra divina en la que ni siquiera la exhibición de lo humano, aun a fuer de pudorosa, logra trasladar al espectador ni una diezmillonésima parte del interés que la obra sí logra transmitir al lector valiente que en ella se interna. La más que discutible adaptación de las escenas, que es una suerte de inevitable reescritura de la obra, deja al espectador devoto de la obra de Rojas con la sensación de haber visto el esqueleto, y no completo, de una de las muchas obras cumbres de la literatura española. No soy un meapilas de los clásicos, y del mismo modo que el Renacimiento adaptó al escenario y las costumbres de su tiempo la pintura religiosa, aún recuerdo que una versión de Boulez y Chéreau de la tetralogía wagneriana ambientada en el siglo XIX fue lo que me convirtió en operófilo de por vida, por ejemplo. Lo que quiero dejar claro es que La Celestina, que pertenece al género de la llamada comedia humanística, para ser degustada en morosa lectura entre personas “al cabo de la calle” de las infinitas referencias cultas y populares que en ella se dan cita perfecta, puede que no sea el mejor texto al que acudir para hacer una versión teatral que tan coja se nos ofrece, tan plana, tan irrelevante, tan escasa de la verdadera pasión que advertimos en la obra de Rojas. Y no se trata de que, salvo excepciones, los actores y actrices no hayan sabido hacer su trabajo, sino de que ese trabajo les venía, acaso, demasiado grande, comenzando por el propio Gómez y su caracterización transgresora del personaje inmortal. No acabo de entender, sinceramente, el porqué de la opción andaluza de una Celestina nacida en Castilla, y menos aún una gesticulación que, como dejo, con tristeza, reflejado en el título de esta crítica, me recuerda más a Chiquito de la Calzada que a la sabia vieja puta dominadora de todos los registros de la persuasión, los cuales se supone que debería haber exhibido sobrada e inequívocamente a través de la obra. He de reconocer que cuando Gómez parece olvidarse del deje andaluz entra mucho más en el personaje de la alcahueta, aunque en modo alguno logra ni hacerle sombra al imborrable recuerdo de la gran interpretación que de Celestina hizo Amelia de la Torre, en la versión cinematográfica de Fernández Ardavín (cuya adaptación de otro de nuestros grandes clásicos, El Lazarillo de Tormes, fue nada menos que Oso de oro en el famoso festival de Berlín), una gran actriz, dueña de una dicción espectacular contra la que poco puede, ¡y hablo de uno de los grandes de nuestro teatro por méritos más que reconocidos!, José Luis Gómez, cuya voz en no pocas ocasiones, sobre todo hablando de espaldas al público, se pierde y lo deja un poco a oscuras, cuando tan luminoso es, en general y en particular, el discurso de Rojas, sea cual sea, el personaje a través del cual lo vehicula. Es absurdo, ante una versión teatral de un texto que, aparentemente, por su complejidad espacial, y su desmesurada retórica, es irreductible a su escenificación, pedir una fidelidad que ni puede ni debe mantenerse; pero una cosa es la infidelidad necesaria y otra muy distinta no haber sabido llevar a las tablas la esencia transgresora de la obra, teniendo la necesidad, además, de subrayarlo a través de la brocha gorda de los símbolos judíos para “orientar” al espectador acerca de esa transgresión, cuando el propio texto de Rojas, sobre todo en el hermosísimo, a fuer de emocionantemente retórico, plancto de Pleberio, perfectamente dicho por Chete Lera, quien es capaz, a pesar de tan breve intervención, de transmitir la pérdida del padre que ha convertido a su hija en “su obra” vital a la que, de ningún modo, esperaba sobrevivir, y de ahí el drama; cuando ese texto, decía, se basta y se sobra para descubrir aquel pensamiento que iba más allá de la ortodoxia cristiana católica. En términos generales, la obra se ve, a pesar de sus defectos, con agradable comodidad, más por lo que el espectador redondea, en calidad de conocedor individual del texto, que por lo que se le ofrece. No son personajes, ninguno de ellos,  de grito y gesto fácil, sino de ingenio vivo y actuación interesada, de ahí que, en numerosas ocasiones, se eche de menos más sutiliza, más fineza, más “retórica”, en el sentido de la persuasión obrante por medio de las razones engañosas que propiamente la burda manifestación de los deseos o las necesidades. Pongamos por ejemplo la noche de amor entre los amantes, que, en escena, se resuelve poco menos que en una violación, para desconcierto de cualquiera que sepa que la tensión entre franqueza y encubrimiento retórico es una de las bazas fundamentales de la obra de Rojas. Desde ese punto de vista, queda muy sepultada la dimensión paródica que se encarna en la pobre y desgarrada Celestina, respecto de la burguesa y educada madre de Melibea, en Calisto, respecto del ideal del amor cortés; en la propia Melibea respecto del mismo ideal que el de Calisto, en los criados respecto del amo herido de amor, del Macías redivivo, de quien se burlan y de quien esperan sacar el máximo provecho material posible… Hay buenas intenciones en el montaje, sin duda, y, a pesar de la pobreza escenográfica, demasiado chata y, en parte, la de las calles, mal resuelta verticalmente, se aspira a transmitir con la mayor pureza posible, en conveniente adaptación al castellano estándar de nuestros días, la obra de Rojas, lo que solo se consigue en parte, como que he querido mostrar. José Luis Gómez ha pretendido emular al Ismael Merlo de La casa de Bernarda Alba, tan en su papel de mujer-verdadero hombre de la casa de la obra lorquiana, pero le ha salido más el Tootsie, versión pobretona, de Dustin Hoffman que la verdadera Amelia de la Torre que todos, con cierta edad, atesoramos en el recuerdo. He de reconocer que me duele haber salido decepcionado del faraónico templo teatral del imposible nuevo estado catalán, a pesar de haber acudido lleno de ilusión y esperanza a lo que había imaginado como una suerte de apoteosis teatral alrededor de uno de nuestros mejores clásicos. Otra vez será, supongo.



lunes, 17 de octubre de 2016

Y después de "El camino al 18 de julio"... "In memoriam. La quinta del biberó."





Un emocionado homenaje de Lluís Pasqual a "La quinta del biberón", sacrificada en la batalla del Ebro.

La anécdota: caminamos por la calle Muntaner, mi conjunta y yo, y veo un anuncio farolero de la obra consignada en el título de esta observación. Digo: "Nena, me temo lo peor, de esa obra. ¡A saber desde qué beatería republicana se ha compuesto!" Apenas tres horas después, a menos de una hora del comienzo de la función, nos llaman nuestros amigos Charo y Paulí y nos ofrecen dos entradas a precio reducido, 6€, porque les han fallado dos alumnos que se habían comprometido. Conferenciamos dos minutos y aceptamos.
La obra:  In memoriam es una obra escrita y dirigida por Lluís Pasqual acerca de la vida, y sobre todo la muerte, de los jóvenes reclutados por el ejército republicano que recibieron el apodo de La quinta del biberón. La implicación familiar de Pasqual, un tío suyo murió en aquella infausta carnicería a que condujeron a los desdichados jóvenes en el frente del Ebro, y la labor de campo, recogiendo testimonios directos de quienes sobrevivieron a la tragedia, se advierten enseguida, a poco de iniciarse la representación, en la fortísima carga emocional desde la que se ha concebido un espectáculo austero y contundente, pues con reducidísimos medios materiales se consigue una máxima efectividad de la puesta en escena. En un segundo plano de la escena, las presencias complementarias de las imágenes proyectadas (casi no puede concebirse ya un espectáculo teatral sin ellas, por cierto) y de los músicos y un cantante lírico que interpretan obras de Monteverdi redondean una propuesta escénica que parece inspirarse en aquellas viejas teorías del teatro pobre de Grotowski. Hay una poderosa base documental, es cierto, pero la dramatización de los testimonios vivos, y los que nos han llegado a través de los textos de los participantes en aquella suerte de "ceremonia de la traición" que fue su reclutamiento y su envío como auténtica "carne de cañón" al frente del Ebro, consigue hacer llegar al espectador una representación totalmente veraz de lo que fue la vida de aquellos jóvenes, casi niños, enfrentados a una realidad en parte inexplicable y casi totalmente ajena, salvo por los casos raros, y mínimos, de los voluntarios. Después de la lectura del libro de Payne, me maravilla que el azar me haya puesto delante de lo que significó la continuación del libro, es decir, el después del 18 de julio, o sea, el Horror con las mayúsculas añadidas del Odio y la Barbarie. Al margen de cierta ambigüedad calculada en algunos pasajes de la obra, algunas simplificaciones de trazo grueso, como la visión maniquea que subraya uno de los soldados tras oír sucintas y descontextualizadas declaraciones de políticos y militares de la época: "Eso era la política", subraya, en contraste con su patética realidad se seres abandonados a su desventura en trincheras desguarnecidas de protección y de intendencia; al margen de todo ello, decía, la obra acentúa, inequívocamente, un pensamiento antibelicista muy en la linea de obras señeras con ese planteamiento: Johnny cogió su fusil, Rey y Patria, Historia de un soldado, La chaqueta metálica, Sin novedad en el frente, El fuego y todas esas obras que intentan convencer a sus espectadores o lectores de lo que saben de cor: la irracionalidad de la guerra, el tremendo fracaso de la especie que supone haber dirimido, desde que el mundo es mundo, a través de la violencia extrema, los conflictos humanos. Nada que objetar, pues, a esa perspectiva que, además, logra muy efectivamente su propósito, porque, aun conocidas de cabo a rabo esas vidas, las experiencias de las trincheras, la sinrazón del enfrentamiento a muerte entre "hermanos", la alienación del nacionalismo y el crónico sinsentido de la tristemente necesaria institución militar; a pesar de que nada nuevo se representa sobre las tablas, es lo cierto que el autor de la dramatización de esos testimonios ha conseguido impactar al espectador con la exacta dimensión del drama, lindante con la literatura del absurdo, de aquellos adolescentes ofrecidos al dios de la guerra de las miserias políticas de los dirigentes de ambos bandos. Hay, y es de agradecer la valentía de Lluís Pasqual, una feroz crítica del gobierno republicano en sus últimos estertores, cuando los comunistas lo controlaban y prefirieron, como sanguinarios dioses soviéticos, sacrificar a una generación de jóvenes a quienes se les robaba el futuro contra toda lógica política y militar, porque la derrota definitiva de la República estaba, por entonces, más que cantada, en vez de negociar una rendición honrosa. Prieto ya lo dijo, como lo recoge Payne, que la guerra civil a la que se abocaban, poco antes de que estallara, sería terrible, porque ninguno de los contendientes estaba dispuesto a librar una lucha que no fuera sin cuartel, hasta el exterminio del contrario. Y así fue. En la obra de Pasqual, impecable desde esa visión humanista del ser cuyo destino lo han escrito los dioses sin dejarle la más mínima posibilidad de rebelarse contra él -ahí está el estremecedor testimonio de quienes fueron fusilados tras caer en la menos de las flaquezas más comprensibles del mundo-; en esa obra, digo, he echado en falta, más allá dele presente muy conocido de las lamentables condiciones materiales y morales de los reclutados, más información íntima sobre esas vidas: su relación con los padres, con los hermanos, con las posibles novias o amores platónicos de esas edades, con su vida rural, tan alejada de la de la gran capital que ya era entonces Barcelona, de sus deseos, de sus esperanzas, de sus planes de futuro, de sus aficiones, de su formación... Las situaciones tópicas, conocidas a través de muchas fuentes históricas y artísticas, dejan algo frío al espectador curtido y al resabiado, pero no se puede negar que Pasqual logra conectar con un puiblico al que, sinceramente, no sé si "li farà el pes" la severa crítica a la República como institución concebida casi desde un punto de vista religioso, es decir, totalitario. En cualquier caso, el sentido carácter de homenaje a las jóvenes víctimas de una República que acabó perdiendo las plumas de su condición democrática con el paso de los años, y cuyos años de guerra civil fueron el corolario del insensato asalto a la legalidad que supuso la insurrección del 34, se alza, poderoso, como un tributo necesario que, lastimosamente, ¡ay!, consolará ya a pocos supervivientes de aquellos terribles hechos.
El epílogo: Hace cinco años, mi hija Marcela representó en su escuela, Projecte, en el último curso de la ESO, un espectáculo, creado por los alumnos, que consistió en la lectura de las cartas que cada uno de ellos, como familiares de los reclutados de la quinta del biberón escribían a sus hijos, hermanos o amigos, según fuera la personalidad que cada uno de los redactores de esas epístolas hubiera escogido. Casi puedo decir, y no como padre, sino como espectador, que me emocionó más aquel homenaje anónimo y tan sentido que el estupendo espectáculo profesional al que asistí ayer. Quiero decir, en última instancia, que el recuerdo de aquellas vidas tan maltratadas por el destino seguirá vivo mientras, de forma profesional o aficionada, la memoria popular los convoque.

miércoles, 12 de octubre de 2016

“El camino al 18 de julio”: una lectura actualísima de un capítulo aberrante de nuestra historia, escrito magistralmente por Stanley G. Payne.






En un subtítulo elocuente y certero se condensa lo peor que le pudo pasar a la Segunda República, tan denigrada como añorada por los totalitarios de ambos bandos: La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936). Payne nos sitúa en la encrucijada de los hechos irrefutables que nos condujeron al abismo de la última guerra civil en España. Que cada cual saque sus consecuencias. 

En la vida cotidiana que observo con atención, esmero y dudosos resultados también entran los libros y, sobre todo, los amigos que, de tanto en tanto, te dicen: “Tienes que…”, y rellenan los puntos suspensivos con un título que, casi siempre, porque ellos te conocen y saben cuáles son tus gustos, te sorprende. Mi amigo José Luis, de momento exJoselu, por sabia decisión reflexiva propia, quien anda escandalizado consigo mismo por el proceso de revisión crítica a que está sometiendo sus convicciones políticas, con una juventud ultraizquierdista, me recomendó un libro de Payne, ¿Por qué la República perdió la guerra?, que le había abierto una hermosa brecha de incredulidad respecto de la visión idealizada que había tenido hasta ahora de su propio republicanismo y la defensa acrítica de una República, la Segunda, de la que suele hablarse, desde la izquierda antisistema, con la misma devoción beata con que otros hablan de la Santísima Trinidad, sin ruborizarse. Fui a La Central a buscarlo, después de asegurarme de que dispusieran de ejemplares, pero al llegar allí y enfrentarme a los títulos del autor, leí un título, El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936), que respondía fielmente a lo que yo iba buscando, porque durante mucho tiempo, toda una vida laboral entre pseudoizquierdistas aburguesados de medio pelo, di por sentado que el peor mal de nuestra democracia no es otro que la ausencia de demócratas verdaderos, esto es, auténticos observantes de las leyes que permiten su existencia. El concepto de “erosión de la democracia”, en estos tiempos en que hasta se permiten desear la muerte, en Twitter, a un niño con cáncer por el solo hecho de ser un aficionado taurino o en que un asesino vasco es recibido en su pueblo con todos los honores y se le sienta, simbólicamente, en el sillón del alcalde para homenajearlo, o en que un representante de la “nueva política”, Zapata, banaliza el holocausto con un macabro y desalmado chiste sobre los hornos crematorios nazis; ese concepto de erosión de la convivencia, porque si la democracia es algo no es otra cosa que un ámbito de convivencia sujeto a las leyes, me interesó tanto que, desoyendo la recomendación de mi amigo, lo adquirí. Pensé inmediatamente, claro está, que sería una buena oportunidad para intercambiarlo por el suyo cuando lo acabase. Acabado está y ha sido tan impactante la descripción de hechos que he leído que, en realidad, en este libro se responde con toda claridad a la pregunta del libro que mi amigo José Luis me recomendaba. El historiador norteamericano se sitúa ideológicamente en el fiel de la balanza que se corresponde con la legalidad y desde ese punto seguro va haciendo un repaso de cuantas veces se conculca el Derecho y se violan las leyes para explicar el sectarismo irresponsable que condujo a un final que, como apunta desoladoramente en las conclusiones de su libro, todos deseaban: Hay que reconocer la verdad, y es que en julio de 1936 casi todo el mundo pedía un régimen autoritario para España. Es evidente que unos lo querían de una forma y otros de otra, pero que tanto en las declaraciones de Largo Caballero como en las de Quiroga o en las de Gil-Robles que Payne recoge en su libro se evidencia claramente que la Guerra Civil se contemplaba como la manera de aplastar al contrario para que no volviera a levantar cabeza, en nuestro caso nacional particular, como una manifestación del viejo cainismo que parece haber marcado a fuego nuestra realidad histórica, un cainismo que, en 2016, vuelve, desgraciadamente, a ver renuevos inquietantes en las declaraciones de las fuerxas políticas antisistema que, por esos dudosos azares de la política, no solo están en condiciones de poner o quitar gobiernos, como en Cataluña, sino de acaparar los titulares mediáticos de la actualidad, y en cuya acrítica y beata exaltación romanticoide de la Segunda República se advierte enseguida el germen de ese cainismo totalitario del que parece que no haya manera de desprendernos. Largo Caballero en Claridad, el 15 de julio: ¿No quieren este gobierno? Pues que se sustituya por un gobierno dictatorial de izquierdas, ¿No quieren el estado de alarma? Pues que haya guerra civil a fondo”. Gil Robles, consumado aquel atentado criminal contra la democracia que fue el asesinato del diputado conservador radical Calvo Sotelo: Vosotros, que estáis fraguando la violencia, seréis las primeras víctimas de ella. Muy vulgar, por muy conocida, pero no menos exacta, es la frase de que las revoluciones, como Saturno, devoran a sus propios hijos. Ahora estáis muy tranquilos, porque veis que cae el adversario. Ya llegará un día en que la misma violencia que habéis desatado se volverá contra vosotros. Me interesó el libro de Payne, con su preciso subtítulo,  porque, a su manera, en este año que llevamos de gobierno en funciones, que coincide con la aparición y ascensión política de Podemos, básicamente una fuerza antisistema, se ha ido produciendo un inequívoco deterioro del sistema democrático en el plano de la agresividad ideológica y en el de la convivencia social, aunque esto último se advierta más en las redes sociales cibernéticas que propiamente en la realidad cotidiana de las calles y pueblos de España, como si hubiéramos aprendido la lección de la República y hayamos preferido disparar con fogueo, en vez de con fuego real, aunque ciertos niveles expresivos, a través del insulto y la calumnia, no anden muy lejos del fuego real. Me interesó conocer aquel periodo desde el punto de vista del funcionamiento del Congreso, sobre todo, porque, hasta que volvimos a tener democracia, a la lectura de la historia de aquel periodo le faltaba la experiencia personal, en los nacidos durante el franquismo, de ver a los partidos en su salsa parlamentaria, muy otra, está claro, de la sopa de aguachirle de las irrepresentables cortes franquistas, tercio familiar incluido. Desde esa perspectiva parlamentaria, la verdad es que cuesta no poco hacerse a la idea, viendo la urbanidad con que se comportan nuestros actuales parlamentarios, de la agitación tumultuosa que presidió entonces la vida parlamentaria. Como cuenta el socialista Antonio Ramos Oliveira: Las Cortes, desde que comenzaron a funcionar, asfixiaban al Gobierno y actuaban de caja de resonancia de la guerra civil, pues devolvían a la nación, centuplicada, su propia turbulencia. Los diputados se injuriaban y se agredían de obra; cada sesión era un tumulto continuo, y como casi todos los presentes, cabales representantes de la nación, iban armados, podía temerse cualquier tarde una catástrofe. En vista de la frecuencia con que se exhibían o insinuaban las armas de fuego, se adoptó la denigrante precaución de cachear a los legisladores a la entrada. Si a esa descripción unimos los atropellos legales que se cometieron en el ejercicio del poder a lo largo del periodo que recoge Payne en su libro, unos hechos que permiten llegar a la conclusión de que las elecciones de febrero de 1936 constituyeron un “pucherazo” clásico, porque, sin tener aún datos fiables de los resultados, el Presidente Alcalá-Zamora, aceptó la renuncia de su jefe de gobierno, Portela Valladares, y nombró a Azaña, cuyo gobierno sería el encargado de validar los resultados, quien aceptó aun a sabiendas de la irregularidad que se estaba cometiendo, como dice Payne: Ni siquiera Azaña lo deseaba, porque sabía bien que era irregular que los ganadores crearan un gobierno antes del escrutinio final y de la convocatoria de la segunda vuelta de las elecciones, hallamos que la erosión del derecho fue tan clamorosa que, por supuesto, las reticencias de Azaña a la hora de aceptar el encargo de Alcalá-Zamora, no fueron óbice para que, desde el poder, la validación de actas se hiciera ad libitum para conseguir una mayoría inequívoca. Como indica Payne, nunca se conocieron los resultados exactos de las elecciones del 36. La Junta Central del Censo indicó eventualmente que el Frente Popular había obtenido 4.363.903 votos; la derecha y el centro en listas combinadas un total de 4.155.153; y el centro en listas separadas 556.008.  En cualquier caso, lo que al lector del libro de Payne le resulta meridianamente claro era que el ejercicio del poder no suponía supeditarse al cumplimiento de las leyes, y, por lo tanto, la inseguridad jurídica estaba a la orden del día. La historia de esa erosión democrática arranca de mucho antes, ciñéndonos exclusivamente al periodo republicano, claro está, desde la insurrección socialista del 34, en la que se abogaba sin ambages por una guerra civil en la que se dirimiera, “de una vez por todas” la hegemonía política y social de los trabajadores frente a los patronos, dicho en los burdos términos de la época. La derivada principal de esas intentonas totalitarias fue la instalación consuetudinaria de la violencia como forma de acción política. Gil-Robles se especializó, parlamentariamente, en leer regularmente en la cámara el estadillo de muertos, heridos y destrozos inmuebles llevados a cabo por esa violencia que condicionó de forma determinante el devenir de los acontecimientos. De hecho, el asesinato político de Calvo-Sotelo, que horrorizó a “extremistas” tan reconocidos como Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga o Felipe Sánchez Román, éste último compañero de estudios de Calvo Sotelo, abogado defensor de Largo Caballero y de quien Azaña dijo: Sánchez Román está ahora en auge entre la gente de oposición. Como tiene más entendimiento y más habilidad que casi todos los diputados adversos al gobierno, cada vez que habla lo escuchan con arrobamiento, porque les provee de lo que más falta hace: ideas y argumentos. En opinión de Payne, Felipe Sánchez Román elaboró la propuesta más sensata para superar el fracaso del gobierno del Frente Popular, como lo reconoció Azaña. En calidad de miembro fundador y representante del exiguo Partido Nacional Republicano, trasladó el 25 de mayo a la ciudadanía el acuerdo político de su partido, entre cuyas medidas indispensables para la formación de un gobierno constitucionalista fuerte podemos leer: a) reprimir severamente la incitación a la violencia revolucionaria como forma de contienda civil o política; b) desarme general; c) disolución de las organizaciones económicas, profesionales, políticas o confesionales cuya actuación amenace gravemente la independencia, la unidad constitucional, la forma democrático-republicana o la seguridad de la República española; d) prohibición del funcionamiento de sociedades uniformadas o militarizadas; e)se exigirá responsabilidad a las autoridades por las infracciones de las leyes cometidas en el ejercicio de sus funciones. Se podrá probar, en donde las circunstancias lo exijan, a los alcaldes del ejercicio de la política de orden público, transfiriéndola a otras autoridades, institutos o delegados especiales; f) se reformará el reglamento de la Cámara, modificando la estructura y funciones de las comisiones parlamentarias, para que con el auxilio de los organismos técnicos rindan eficacia y rapidez en el trámite formativo de las leyes. Y en las consideraciones generales, después de ofrecerse a Izquierda Republicana y a Unión Republicana para concertarse, añadían:  Una vez concertados, los republicanos invitarán públicamente al Partido Socialista Obrero a compartir con los republicanos las funciones de gobierno para realizar los objetivos del plan político aprobado. Como ha sido frecuente en este país, los intentos de la racionalidad por abrirse paso en la vida política y en las relaciones sociales no fueron acompañados por la fortuna. No tenemos más que pensar en el rechazo que por ambos extremos del arco parlamentario sufrió el sensato  intento de Pedro Sánchez de formar un gobierno de centro-izquierda con Ciudadanos para intentar regenerar la política española. Ese fracaso se entiende menos en la Segunda República si tenemos en cuenta, como señala Payne, que una característica fundamental de todos los Gobiernos republicanos de izquierda o de derecha era su insistencia en el equilibrio presupuestario y su gran aversión a los déficits, una coincidencia que, en 2016, separa radicalmente a los “nuevos” partidos, porque mientras Podemos es partidaria del imposible que sugería la ignorancia del hermano de Alberto Garzón, Eduardo, de darle “a la máquina de hacer billetes” para asegurar la riqueza nacional, en Ciudadanos son partidarios, como los republicanos, de controlar el déficit y que no se nos vaya de las manos y con él la posible riqueza del país. El libro de Payne es una colección de hechos, no de opiniones, como buen libro de historiador, y es el lector el que ha de hacerse una composición de lugar de qué fue la Segunda República y, concretamente, el periodo final de la misma que condujo a la Guerra Civil. Es política ficción saber cómo hubiera reaccionado uno en momentos históricos ya pasados, pero no olvidemos que Gil-Robles, jefe máximo de la CEDA, acabó siendo defensor de CCOO en el proceso político-sindical más famoso del franquismo, el 1001, y conjurado contra Franco en el no menos famoso Contubernio de Múnich; pero leyendo en profundidad ese proceso de erosión democrática, lo que tengo claro es que buena parte de los emocionados y líricos defensores del Frente Popular del 36 con quienes convivo en la España de hoy representan una opción totalitaria y violenta, acrítica, que, caso de llegar al poder, abocaría a la sociedad a una radicalización en la que no tardaría en aparecer la violencia, esa por la que tanta afinidad política siente Pablo Manuel Iglesias al defender a quienes como Otegui quisieron hacer de ella el único instrumento de acción política. En fin, dejo de referir anécdotas tan graciosas como la de que los conjurados militares rebeldes del 36 llamaran a Franco Miss Canarias de 1936, ante su coqueta indecisión a la hora de adherirse al Movimiento del que, irónicamente, desaparecido Mola, acabaría apoderándose en beneficio propio, pero no ignoro que la paciencia de los lectores es escasa y mi propensión a la grafomanía excesiva. Ahí está el libro, con todo, que no me dejará por mentiroso respecto de su notabilísimo interés. Una auténtica lección de Historia.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El prusés traducido


El secesionismo catalán desde el punto de vista filológico.
Desde que Orwell inventó el concepto de neolengua, y una concreta, para la sociedad descrita en su novela 1984, una clásica distopía -voz esta, por cierto, que ni el IEC ni la RALE se aprecian de incluirla en sus diccionarios de referencia, por el talante conservador y poco amigo de innovaciones que comparten ambas entidades-, heredera indiscutible del Mundo feliz de Huxley, no son pocos los gobiernos de todo el mundo, sin distinciones de sistemas de gobierno, a pesar de que es más empleada en sociedades sometidas al totalitarismo, que han recurrido a la neolengua para tratar de establecer una lectura de la realidad que sea, en verdad, una creación de la misma. Lo que sucede, sin embargo, es que estos intentos de creación son llevados a cabo por gente poco creativa, nada sutil, muy incompetente y torpe, y su intento se acaba convirtiendo en un ridículo espantoso que causa vergüenza ajena, e indignación. Tener una neolengua como herramienta de acción política, aunque sea construida a partir de una lengua minoritaria con ínfulas de mayoritaria y con delirios de grandeza de algunos de sus hablantes -afección común de los pobres de espíritu- quiere decir que todos los mensajes se tienen que traducir para poder entenderlos como es debido y no caer en el error inmenso de tomar algo por lo que en realidad no es. Necesitamos, pues, un truchimán o trujamán de bolsillo que nos permita traducir de la neolengua a la lengua empleada por todos. No es un juego, sino algo bastante serio como para denunciarlo -la creación de este neolenguatge perverso- como intento de subversión de la realidad con la finalidad evidente de llegar a una dominación política al margen de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos libremente expresada de acuerdo con la legalidad vigente, porque, una vez creada la neolengua, quienes no la comparten quedan excluidos del grupo que la toma como señera de identidad deriática, valga el neologismo catalán. El trabajo traductor, a menudo, no es fácil, a tenor del proceso de enmascaramiento del referente real que se lleva a cabo con el objeto de hacer aparecer el nuevo concepto casi como surgido de forma espontánea y natural, como corolario de unos hechos deseados, queridos, más que propiamente reales. Lo que conviene, por lo tanto, es pasar de la teoría a los hechos y advertir cómo en la Cataluña de nuestros días se ha instaurado una neolengua cuya traducción es justo y necesario que sea conocida por todo el mundo, para advertir del sutil intento -¡ay, aquella Invassió subtil tan preclara de Calders!- de dominación política que esconde detrás, sobre todo hacia los ciudadanos que tienen como lengua materna la otra lengua oficial de la comunidad, inexistente, despreciable y anomalía histórica -anomalía que los xenófobos de entre ellos extienden a sus hablantes- para la totalidad de usuarios de la neolengua del poder regional. Así pues, conviene tener muy claro qué quieren decir ciertos usos lingüísticos que lo tienen todo de máscara y fachada detrás de las cuales se esconde el fruto del huevo de la serpiente:
Generalidad, es decir, Particularidad, el gobierno de un puñado por un mandato, los suyos.
Medios de comunicación públicos, esto es, Medios de alienación y agitprop de uso privado del gobierno.
Prensa libre, es decir, prensa sometida a satisfacer la complacencia de quienes otorgan las subvenciones con dinero público.
Sociedad civil, es decir, pesebrismo y fondo de reptiles.
Derecho a decidir, aberración conceptual con que se quiere esquivar un derecho inexistente en nuestro ordenamiento jurídico: el derecho de autodeterminación.
Elecciones plebiscitarias, fatua pamplina que incluye la clásica contradictio in adiecto que conocen incluso nuestros poco preparados bachilleres del fracasado modelo educativo de éxito...
DUI (Declaración unilateral, tartamuda, de la inindeindependencia), que quiere decir exactamente Cd’E, es decir, traducido, Golpe de estado.
Consulta sí o sí, que es tanto como mesas petitoria del voto caritativo por el amor de la madre patria, este andrógino platónico; mesas que serán colocadas en la calle bajo el amparo de una ley autonómica que de ningún modo garantiza una vinculación legal de la consulta con una toma de decisión posterior orientada a la creación de una nueva legalidad que, además, sólo llegaría a constituirse como tal mediante el hecho -altísimamente improbable- del reconocimiento ajeno.
Legalidad democrática, es decir, por encima de constituciones, de elecciones y de la soberanía popular, el dividido partido gobernante decide qué es y qué no es democrático en el ámbito del territorio donde ejerce sus competencias autonómicas actuales, definidas por la Constitución española, única instancia política que justifica su presencia al frente de la autonomía.
Consejo asesor para la transición nacional, o sea, una pandilla de amigos nacionales que con ademán de momento histórico, muy del gusto del transcendentísimo presidente de la Particularidad, le dicen aquello que quiere escuchar, con total solemnidad nacional.
País vecino, es decir, el resto de España, antes el Estado español, expresión esta última caída en desuso por la ambición secesionista que busca la creación del Estado catalán.
Cataluña, nuevo estado de Europa, quiere decir exactamente... ¡nada!, ¡no quiere decir nada!, son las palabras encarnadoras del vacío más evidente. Porque, muy a menudo, la neolengua se especializa en darle el cuerpo de las palabras a la inexistencia de realidad, a su ausencia, al agujero, a la nada.
Proceso, alusión paradójicamente dinámica a una voluntad estática, y valga la anfibología neológica.
Hacienda propia, único de los casos en que el sentido literal se impone al sentido figurado de la expresión común: propia quiere decir que se quedan el dinero público para autogestionarlo, palabra que descompuesta preceptivamente significa: auto: yo mismo; y gestionar: apropiarse.
Poble català, dícese de aquellos individuos certificados como tales por el comité de adjudicación de la nacionalidad intachable, aun siendo una minoría evidente en el total de la población de la región.
Et sic de caeteris.
Orwell, de hecho, no inventó nada, porque desde los tiempos de los escribanos del antiguo Egipto, sabemos, como nos lo recordó Lewis Carroll, que lo importante, por lo que al lenguaje toca, no es tanto qué significan las palabras, sino quién manda.

viernes, 26 de agosto de 2016

El manifiesto de los 2310 revisitado



Una radiografía del prusés secesionista con 33 años de antelación.

[Rescato para esta Provincia un artículo, como otros anteriores, que aparecieron en Crónica Global, pero que no había colgado aquí. Aprovecho la relectura de aquellos artículos para devolver a su patria chica cuantos me parecen aún dignos de interés. Dado el debate sobre el manifiesto koiné y el último "incidente" rufianesco  en la universidad catalana de verano, me parece hasta necesaria la relectura de este artículo.]

Dígase cuanto antes: Los 2310 firmantes del manifiesto al que históricamente se le suelen restar los 10 firmantes iniciales, no se sabe si por aquello bíblico de que los últimos serán los primeros, fueron unos visionarios con quienes la sociedad catalana tiene contraída una deuda de gratitud que quizás un grupo como C’s o como UPyD, si llega a entrar en el Parlamento autonómico, debería intentar saldar públicamente le escueza a quien le escueza, porque desde tan lejos como el 25 de enero de 1981 nos avisaron con lucidez de la deriva totalitaria del nacionalismo catalán que, como una Salomé d’envelat, se ha ido despojando de los siete velos de su hipocresía táctica hasta ofrecernos el desnudo monstruoso del Estado propio en el que institucionalizar la corrupción como instrumento de dominación del autárquico Movimiento Nacional. A la edad vista del Mesías (el fetén), resulta esclarecedor leer este conjunto de juicios políticos, sociológicos y culturales, también educativos, que retratan, desde tan lejos, nuestro degradado presente. Leamos con atención, porque, ya entonces, no daban puntada sin hilo los "abajo firmantes" a los que les cayó encima toda la demagogia del Movimiento Nacional cuyas vergüenzas son el pan nuestro informativo de cada día, pan de algarrobas de posguerra, además: la tendencia actual hacia la intransigencia y el enfrentamiento entre comunidades, lo que puede provocar, de no corregirse, es un proceso irreversible en el que la democracia y la paz social se vean gravemente amenazadas. A pesar de que aquellos firmantes nos parezcan adivinos, no lo eran, porque fanatismos pederásticos como los de la ANC o Unum Cultural ya existían entonces, aunque sin el respaldo suficiente para enseñar su cara más agresiva y parafascista. No hay, en efecto, ninguna razón democrática que justifique el manifiesto propósito de convertir el catalán en la única lengua oficial de Cataluña. A día de hoy, en que ningún ayuntamiento, salvo en época de elecciones, utiliza el castellano, bien puede decirse que tampoco exageraban, ¿no? El destierro, es decir, la muerte civil oficial del castellano es un hecho, sin que ningún gobierno central haya creído que le concernía evitarlo, porque el chanchulleo con los votos de Minoría Catalana era el pasaporte para gobernar en el país, presumiendo, además, de la catalanidad en la intimidad. El principio de cooficialidad, pensamos, es jurídicamente muy claro y no supone ninguna lesión del derecho a la oficialidad del catalán, derecho que todos nosotros defendemos hoy igual que hemos defendido en otro tiempo, y acaso con más voluntad que muchos de los personajes públicos que ahora alardean de catalanistas. ¿Dónde queda hoy un principio tal, consagrado en la Constitución y en el Estatuto de Autonomía? Como si en la China de Mao estuviéramos, la Revolución cultural catalanizadora arrasó con la posibilidad de una autonomía escrupulosamente bilingüe a nivel oficial, y de aquellas lluvias de propaganda adoctrinadora nos movemos en los lodos de hoy. Resulta en este sentido sorprendente la idea, de claras connotaciones racistas, que altos cargos de la Generalidad repiten últimamente para justificar el intento de sustitución del castellano por el catalán como lengua escolar de los hijos de los emigrantes. Se dice sin reparo que esto no supone ningún atropello, porque los emigrantes 'no tienen cultura' y ganan mucho sus hijos pudiendo acceder a alguna. El menosprecio constante de la lengua materna de la mayoría de la población y de su cultura en esa lengua han ido alcanzando cotas tan delirantes que, por ser parte de mi experiencia directa, quiero resumir en la firme nesciencia de una joven licenciada en filología catalana cuando se la interpeló sobre la existencia de la cultura catalana en lengua española, como el caso de Juan Marsé. "¿Marsé? –dijo, y le ahorro al lector la descripción de sus aires de suficiencia– Eso es subcultura". ¿Es una respuesta así un caso de xenofobia o connotaciones racistas? Para mí es evidente que sí. ¿En virtud de qué principio puede negarse a los hijos de los emigrantes de cualquier lugar de España el acceso directo a esa lengua y a ese patrimonio cultural? ¿Acaso en nombre del mismo despotismo que pretendió borrar de esta misma tierra una lengua y una cultura milenarias? La historia prueba que esto fracasa. En efecto, repetir la historia como bufonada no ha sido el mejor camino para acabar 'de una vez por todas' con una lengua y una cultura tan catalanas como la que se manifesta en catalán, les guste o no a los unitodos: una lengua, un pueblo, un estado, un partido, un líder..., y cuya vitalidad –recuérdese a quiénes querían ver en la feria de Frankfurt...– no tiene visos de decaer. A 33 años vista de este diagnóstico lúcido, ha crecido el número de ploramiques que lamenta día sí y al otro también la asnotombe (por aquello de la pegatina nacional) de la desaparición del catalán y de la cultura en catalán, y constatan, los agoreros, que cada año desciende el número de catalanes que lo tienen como lengua materna. Y aun a pesar de esa cómoda lucha (con el poder político y el mediático de su parte) seguimos igual o peor de como estábamos hace 33 años. Se ve que no se equivocaban, los firmantes, con tan taxativo juicio histórico. Se evidencia cierta falta de honestidad para afrontar las verdaderas causas lingüísticas, culturales y políticas que puedan impedir el desarrollo de la cultura catalana en este intento de culpabilizar a los castellanohablantes de la situación por la que atraviesa la lengua catalana. Hubo un tiempo de atrición en el que incluso Carod Rovira se lamentaba de haber ofendido al dios de la realidad y reconocía que haber convertido el catalán en la lengua de poder le había hecho mucho daño y había mermado su capacidad de extensión e intensión. El mediocre y nepotista político ya ni se acuerda de aquellas declaraciones, ahora que cree que tiene a su alcance nada menos que un estado hecho y derecho con el que excluir de la ciudadanía a los no catalanoparlantes o a los bilingües que nos resistamos a la deriva parafascista del Movimiento Nacional. El derecho a recibir la enseñanza en la lengua materna castellana ya empieza hoy a no ser respetado y a ser públicamente contestado, como si no fuera este derecho el mismo que se ha esgrimido durante años para pedir, con toda justicia, una enseñanza en catalán para los catalanoparlantes. La patética figura de Aïna Moll contradiciéndose y renegando de su defensa ferotge de la enseñanza en la lengua materna para los catalanoparlantes, según las exigencias de la UNESCO, y reconociendo, cuando se impuso la inmersión (un sistema educativo soviético que debería haber suscitado un mayor rechazo en el gobierno central en su momento, lo cual nos hubiera ahorrado no poco fracaso escolar...) que eso de la enseñanza en lengua materna eran garambainas trasnochadas, lo dice todo para el buen “recordador”. Se intenta defender la enseñanza exclusivamente en catalán con el argumento falaz de que, en caso de que se respetara también la enseñanza en castellano, se fomentaría la existencia de dos comunidades enfrentadas. Falaz es el argumento porque el proyecto de una enseñanza sólo en catalán puede ser acusado -y con mayor razón- de provocar esos enfrentamientos que se dice querer evitar. Con este tipo de falacias hemos dado (en el Quijote no se dice “topado”, que conste...), tan recias como los muros de la iglesia contra la que dio D. Quijote. Desde entonces, y a pesar de que los sistemas educativos del País Vasco o de Valencia anulaban la falacia de los fanáticos catalanistas, seguimos soportando antiargumentos como éste. Se va acabando, sin embargo, el tiempo de su vigencia, como lo demuestra el despertar de quienes ejercen sus derechos. Pocos, de momento, pero todo es empezar... La lengua se ha convertido en un excelente instrumento para desviar legítimas reivindicaciones sociales que la burguesía catalana no quiere o no puede satisfacer. Y sin embargo, ahí tenemos a los sindicatos, que se autodenominan de clase, del bracete con Unum Cultural y la ANC dispuestos a perpetrar su traición a los trabajadores y a darles, en vez de un buen convenio, un boletín de suscripción a Unum Cultural. Es que no hay nada como que te exploten en la lengua de los patronos, ¡dónde va a parar! No es menos criticable el acoso propagandístico creado en torno a la necesidad de hablar catalán si se quiere «ser catalán» o simplemente vivir en Cataluña. En este punto sí que hay que reconocer que cedieron a la tentación andaluza de la hipérbole, porque si lo de entonces era “acoso propagandístico”, ¿cómo bautizarían a lo de nuestros días: campañas goebbelsianas? Ya hemos visto el eco mediático que ha suscitado en la prensa del Movimiento la caída del Santo Padre de la catalanidad moderna, atrapado con las manos en la masa, o mejor dicho, en la morterada... Mientras no se reconozca políticamente la realidad social, cultural y lingüísticamente plural de Cataluña y no se legisle pensando en respetar escrupulosamente esta diversidad, difícilmente se podrá intentar la construcción de ninguna identidad colectiva. Cataluña, como España, ha de reconocer su diversidad si quiere organizar democráticamente la convivencia. Es preciso defender una concepción pluralista y democrática, no totalitaria, de la sociedad catalana, sobre la base de la libertad y el respeto mutuo y en la que se pueda ser catalán, vivir enraizado y amar a Cataluña, hablando castellano. Esta conclusión la podrían firmar ahora mismo, con la cabeza bien alta, tanto C’s como Societat Civil Catalana. Lo que aquellos firmantes no intuyeron es que 33 años después de su certero análisis surgiera un impulso de contestación tan potente al Movimiento Nacional que fuera capaz de plantarle cara y abortar su deriva totalitaria. En eso estamos. También gracias a ellos que trazaron un mapa tan exacto como fiable de la verdadera realidad catalana.

lunes, 22 de agosto de 2016

La Bruyère leído desde el asedio secesionista





La secesión delirante vista desde el análisis del carácter.

Según el existencialismo de Sartre, las personas viven su presente condicionadas por el futuro hacia el que se dirigen, el cual se encarga, una vez recibidos los objetivos que cada ser proyecta en él, de marcar los pasos ineludibles por los que se ha de llegar a ellos. El presente, así pues, desaparece, convertido en mero puente precario. Viene esta reflexión a cuento del poder que, sin embargo, tiene el presente para condicionar la lectura del pasado que supuestamente habría de condicionarlo a él. De este juego cruzado de influencias quiero rescatar, para quienes pudieran estar interesados en estas cosas del leer, la extraña sensación que me ha producido leer un autor clásico desde las circunstancias acezantes del presente; porque lo normal, de suyo, es comprender el presente desde las lecturas del pasado. Que el día a día de la realidad política nos transforma la vida llega incluso hasta el punto de leer textos clásicos destacando en ellos afirmaciones, teorías, pensamientos o juicios que, en otras circunstancias, nos hubieran vuelto ciegos a ellas. Es el caso del proceso secesionista catalán cuyos disparatados fundamentos convierten gran parte de nuestro presente en una suerte de ejercicio de estilo político al margen de la realidad, realizado, para más rizo, por quienes gobiernan, no por quienes desde la oposición se rebelarían contra la supuesta opresión española que justificara, al menos, ese impulso secesionista. Jean de La Bruyère es un autor cuya obra clásica Los caracteres no necesita ni presentación ni juicios críticos que descubran lo que ya hace mucho tiempo se sabe de ella: que ha de ser una lectura imprescindible. La extraordinaria traducción de Consuelo Berges, además, contribuye no poco a la degustación. De La Bruyère recordaba Flaubert que era uno de esos clásicos a los que se ha de estar releyendo permanentemente. Quizás contribuyera a la cimentación de su prestigio el honesto y nada afectado ejercicio de humildad propio de quienes se dedican al trabajo intelectual de La Bruyère cuando reconoce que lo que él ha querido escribir no son máximas: son como leyes morales, y confieso que no poseo ni bastante autoridad ni bastante genio para hacer de legislador; incluso sé que habré pecado contra el uso de las máximas, que las exige cortas y concisas, como los oráculos. La finura analítica de La Bruyère permite al lector que hace esa lectura desde el asedio que sufrimos percibir ciertos juicios como argumentos irrebatibles. Si cuando habla de la vida familiar nos dice que el interior de las familias suele estar agitado por las desconfianzas, los celos y la antipatía, mientras que apariencias de satisfacción, tranquilidad y alegría nos engañan haciéndonos suponer una paz que no existe; pocas familias ganan cuando se profundiza en ellas. A veces una visita interrumpe una pelea doméstica que solo espera, para volver a empezar, que os despidáis, ¿a quién no se le viene a las mientes la propaganda del famoso e idílico oasis catalán? ¿Quién puede dejar de ver que hay un inevitable conflicto familiar en torno a la legítima propiedad de la catalanidad y, en última instancia, a sobre cómo organizar la convivencia en la familia? Desde esta óptica ha de releerse esta precisa observación del autor parisino: En el trato social, la que primero cede es la razón. Los más discretos suelen ser dominados por el más loco o el más extravagante. Si bien hemos de hacer la salvedad de que ese “trato social” ha de traducirse por la “arena política” donde se dirime la cuestión. No son pocas las voces que se han alzado contra la perversión de una doctrina dogmática que ha instalado la política en el seno de las relaciones sociales y familiares con su peor cara, la del fanatismo. Todo se sacrifica en aras del nuevo ídolo, el ordine nuovo (no el de Gramsci, claro) del nuevo estado catalán, y pocos son quienes dejen de asentir a esta terrible aserción de La Bruyère: Digamos valientemente una cosa triste y dolorosa de pensar: no hay persona en el mundo tan ligada a nosotros por la amistad y el afecto, por mucho que nos quiera, por muchos ofrecimientos de servirnos y aun por muchos favores que nos haga alguna vez, que no lleve en sí disposiciones próximas a romper con nosotros por interés y a convertirse en nuestro enemigo, no por otra razón poderosa que la de haber tenido la desgracia infinita de comprobarlo personalmente. De hecho, si, como dice nuestro autor: exponerse a una gran pérdida es una gran puerilidad, no cabe duda ninguna de la puerilidad desde la que se ha construido este artefacto nacionalpatriótico, y las terribles consecuencias que puede llegar a tener. De momento, esas pérdidas son de carácter sentimental. Mejor ni pensar de qué otra naturaleza podrían llegar a ser. Nuestro autor, fino escrutador de la sociedad de su tiempo y, por ende, de la de todos los tiempos, de ahí su carácter de clásico bien vivo, cuya obra interesa tanto a los europeos del siglo XXI como a los franceses del XVII, no puede dejar de percibir la inevitable atomización social, pilar básico del edificio social. Niega, desde la observación, el futuro unanimismonacional romántico, desacreditándola por la base, la de las innumerables agrupaciones humanas cuyos códigos individuales conviven con otros en un mismo espacio político y social: La ciudad está dividida en diversas sociedades que son como otras tantas repúblicas, con sus leyes, sus costumbres, su jerga, sus chistes. Mientras el clan se mantiene en todo su vigor, nada que no provenga de los suyos le parece bien dicho ni bien hecho; incapaz de apreciar lo que viene de fuera, llegan hasta despreciar a las gentes que no están iniciadas en sus misterios. El hombre más inteligente del mundo que la casualidad traiga hasta ellos es recibido como extranjero; se siente como en un país lejano del que no conoce ni los caminos, ni la lengua, ni las costumbres; ve una gente que charla, murmura, habla al oído, ríe a carcajadas y luego cae en un sombrío silencio; se desconcierta y ya no sabe colocar una sola palabra, ni siquiera escuchar. ¿Describe o no describe este texto al clan secesionista, cerrado en su particular círculo de tiza caucasiano? Del mismo modo que describe otros, por supuesto. Pero quiero hacer notar la condición de extranjero que se adjudica a quienes no forman parte de esa república independiente de su solar patrio. Al fin y al cabo, como dice el parisino en palabras esclarecedoras que la tribu secesionista adjudicaría a Lucifer: quien dice pueblo dice muchas cosas. Es ésta una expresión muy vasta y asombraría ver lo que abarca y hasta dónde se extiende. Y añade, a modo de ejemplo, un par de divisiones que no agotan, por supuesto, esa vastedad que caracteriza al concepto: está el pueblo que es contrario a los poderosos, esto es, el populacho y la multitud; está el pueblo que es contrario a los sabios, a los inteligentes y a los virtuosos, esto es, los poderosos y los humildes. Quizás de la labilidad de ese concepto se derive la fantasía del poder político que anima a los actuales impulsores de la Particularidad: cuando se pretende innovar o cambiar algo en una república, se atiende más al momento que a las cosas en sí. En ciertas circunstancias se tiene la evidencia de que no sería fácil atentar contra el pueblo; en otras resulta claro que se puede hacer con él lo que se quiera. Esa atención al momento es, como diría Izaguirre, el momentazo de la movilización de todos los secesionistas, porque no hay más que aquellos que se comprometen a través de la movilización. Por otro lado, la atomización social tiene su justa correspondencia en la individual, porque la inestabilidad y complejidad del yo postfreudiano, la incapacidad contemporánea del sujeto para definirlo de modo satisfactorio es el pan nuestro de cada día de corrientes de tanta ascendencia intelectual como el Deconstructivismo, que La Bruyère parece prefigurar cuando nos dice que un hombre desigual no es un hombre solo, sino varios: se multiplica tantas veces como nuevos gustos y maneras diferentes tiene; en cada momento es lo que no era y muy pronto será lo que nunca ha sido: se sucede a sí mismo. No preguntéis qué carácter tiene, sino cuáles son sus caracteres; ni cómo es su genio, sino cuántas clases de genio se hallan en él. De ahí, y acabo, que parezca hazaña imposible ser capaz de representar políticamente un solo pueblo, una volkgeist que solo anida en la entraña de la quimera: todo es postizo en el humor, las costumbres y las maneras de los hombres: (…) las exigencias de la vida, la situación en que uno se encuentra, la ley de la necesidad, fuerzan la naturaleza y causan grandes cambios. Por eso un hombre, en el fondo y en sí mismo, no puede ser definido: demasiadas cosas ajenas a él le alteran, le cambian, le trastornan; no es preciosamente lo que es o lo que parece ser. En resumen, justo lo contrario del antipensamiento dogmático que se nos ofrece como la quintaesencia críptica del ideal soberanista: Som i serem.