domingo, 17 de abril de 2016

El paraíso de segunda mano: las librerías de viejo de barrio.



Negocio floreciente, ¿negocio próspero? Frecuentadores felices, aun a fuer de exigentes.

         De un tiempo a esta parte, me he percatado de que lo que yo creí que estaba llamado a desparecer, el negocio de las librerías de viejo o de lance, conoce un auge en mi barrio que me ha llevado a sospechar si no estamos ante algo así como la declaración final de quiebra del soporte en papel para el mundo de la creación intelectual, hasta hace nada sustentada en ese objeto, peligroso para tantos regímenes políticos y organizaciones religiosas, el libro, con el que los viejos del lugar nos hemos relacionado desde que sentimos la "llamada" de sus infinitos caminos. En apenas dos años, se han multiplicado las librerías en las que poder perderse unas horas agradables y poco gravosas económicamente. En los tiempos mozos, las librerías de segunda mano alrededor de la Universidad de Barcelona eran mi segunda patria; en la edad adulta, con la mejora, relativa, de los ingresos, pude frecuentar más las de primera mano, pero sin dejar de visitar los templos de los que siempre he sido devoto. No sé a cuánto equivaldrían hoy en euros las 500 pesetas que, hacia 1980, me pidieron una vez por un hermoso diccionario etimológico de la lengua griega, a cuya adquisición renuncié sin haber dejado de lamentarme por ello desde entonces, año sí y al otro también, como se advierte en estas líneas. En estos tiempos en que ni las bibliotecas quieren libros en papel y que los herederos de gente lectora han de pagar para que se los lleven de la casa heredada, que florezcan las librerías de viejo en mi barrio casi me ha parecido un milagro, y mayor aún el que casi siempre, a la caída de la tarde, se llenen de clientes potenciales que,  sin embargo, por su alto nivel de exigencia, pueden pasarse un par de horas mirando y remirando por los cuatro rincones y salir del establecimiento sin haber dejado ni un misero euro que, bien mirado, se debería de pedir como entrada, aunque solo fuera por el "uso del local" y para compensar el desvelo de haber reunido tantísimos libros en espacios, usualmente, tan pequeños. Incluso dos modestas tiendas de antigüedades a las que más les cuadra el nombre de chamarilerías, surtidas de trastos trasnochados e inútiles, tienen su rinconcito de libros, usualmente infames, pero lo tienen. Así pues, ahora que la pensión se encoge y tirita de frío, he hallado una fuente de placer barato al que no quiero recurrir en demasía, porque, a cierta edad, estirar más el brazo que la manga, en cuanto al caudal de lecturas en espera se refiere, puede provocar un acusado estado depresivo. ¡Son tantas las obras que nos quedan por leer y tan veloces las horas que se nos escapan! A veces, incluso la redacción de estas observaciones minúsculas se puede considerar competencia desleal de las lecturas pendientes, como la del pequeño volumen que adquirí el viernes por 2'50 euros: Celebration of Awareness. A call for institutional revolution, de Ivan Illich, una suerte de precedente remoto de la joven indignación de nuestros días, aunque con mayor fundamento intelectual, obviamente. Como iba de paso, al cual me salió, apenas me entretuve en ver los lomos de los ordenados en la estantería que estaba en la puerta, lo que significa que un día de estos tendré la tarde ocupada en el interior de aquel pequeño local. 
             De hecho, las librerías de lance han existido siempre, y las han frecuentado escritores de toda laya.
Pío Baroja en  una librería de viejo en 1941
Incluso la historia de don Quijote nace de unos legajos que se venden de segunda mano y que el narrador adquiere con gusto porque en ellos se halla la continuación de la historia de don Quijote. En mi infancia, había otro negocio que competía con ellas, no diré, por su modestia, que en condiciones de igualdad, pero sí  en cuanto al reclamo de visitantes, me refiero a los puestos de compra-venta de novelas baratas del oeste y de detectives, así como de tebeos, y algunas otras publicaciones como las revistas del corazón, que yo frecuenté entonces por los tebeos, como una prefiguración de mi posterior afición a las librerías de viejo. En Madrid, en la calle Guzmán el Bueno, iba a una cuyo dueño, en una suerte de chamizo encajado en la mitad del portal de una finca, se sentaba literalmente sobre montones de esas publicaciones que por unos céntimos alquilaba o vendía o cambiaba, casi todas ellas escritas por Marcial Lafuente Estefanía y su cohorte de pseudónimos, un oficial de la literatura al que, al menos, ha de agradecérsele, que no contribuyera a la depauperación del idioma que significa renunciar a la lectura; por Corín Tellado, una mujer de novelas tomar, o por Francisco González Ledesma, el popular Silver Kane, aunque acaso la estrella fuera, en el apartado del oeste, el autor norteamericano Zane Grey, cuyo solo nombre indicaba ya lo fetén del producto.

La historia de las librerías de segunda mano, así pues, no solo es larga, sino que tiene derivaciones, como la que acabo de señalar, muy interesantes. A su manera, aquellos quiosquillos de compra venta, cambio y alquiler eran los vídeoclubes que sí que han pasado ya a mejor vida, aunque la aparición de las tiendas de vídeos de segunda mano, como la mi muy querida de Tallers 79 o la instalada en el vestíbulo del metro de Plaza de Universidad, se añaden al florecimiento que hoy destaco. Sigue existiendo en muchas capitales, me imagino, la costumbre de instalar tenderetes con libros de ocasión, como en el Rastro madrileño o en el mercado de San Antonio barcelonés, a imitación de instalaciones fijas como la Cuesta Moyano, también en Madrid, o los buquinistas del Sena, por ejemplo. Nadie aficionado a la lectura se acredita como tal si no ha rebuscado hasta la invasión acárica en montones o estantes donde, usualmente sin orden ni concierto, o con poco, se guardan preciados tesoros de la humanidad al alcance de todos los bolsillos.
       Me alegra sobremanera que, al margen de los comercios de informática que domina la zona donde vivo, vayan apareciendo, casi como sociedades secretas, estas librerías de segunda mano en las que no es difícil coincidir, como antaño, con quienes entramos en ella con la más altas esperanzas, aunque salgamos, también a  menudo, con los más desolados fiascos: la obra barata y anodina parece darse cita en los estantes con terrible profusión. Cuesta hallar la aguja en ese pajar, pero ¡ay, cuando se encuentra...! No hay libreros de lance ignaros y saben valorar lo que pasa por sus manos, por eso existe esa otra división de honor que es la bibliofilia, a la que nunca he podido acceder. Otra cosa sería si me lo pudiera permitir, está claro. Suerte de las exposiciones artísticas que permiten apreciar desde los papiros hasta los códices medievales pasando por cualquier edición prínceps de obras fundamentales del canon, del de Bloom y del de cada hijo de vecino.



            ¡Estamos, pues, de enhorabuena!

2 comentarios:

  1. Nunca he sido melómano ni bibliófilo. No he entendido esa pasión por las ediciones raras o princeps, pero puede que sea por desconocimiento o falta de dinero para cultivar tan estilizada vocación. Mi casa (y la tuya) serían ya de por sí una librería de viejo con sus anaqueles llenos de libros de hace diez, veinte, treinta o cuarenta años. Uf. Ahora compro más en digital. Tengo una biblioteca interesante en este formato que continúa la virtual que, de paso, no tiene activa ninguna afición entre mis hijas. Supongo que acabará en alguna librería de viejo, sin saber qué hay de valioso en ella. Incluso he ofrecido algunos ejemplares antiguso a través de Amazon para ver si alguien lo tiene. Por cierto ese diccionario etimológico griego, es posible que lo tengas en Amazon. No sé si sabes que se pueden comprar ejemplares de segunda mano ofrecidos por particulares. y prácticamente de todo se puede conseguir, aunque a precios no necesariamente asequibles.

    Me ha gustado mucho tu artículo. Desconocía este fenómeno librero en tu barrio y me congratulo de ello. Yo no seré cliente de estas librerías, pero todo lo que sea antiguo me gusta.

    Enhorabuena por vivir en un barrio tan interesante.

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    1. Ser "del barrio" tiene, a veces, sus pros. En uno tan céntrico como el mío, en esta BCN turistizada hasta casi lo insoportable, abundan más los contra, pero, hecho el balance, no me quejo. Podría ser peor. Pienso en el centro de Florencia, donde creo que no debe de vivir ni un solo nativo de la península itálica, y se me abren las carnes. De momento hay mezcla y van volviendo comercios a los que desplazó, en sus buenos tiempos, la informática. Lo de las librerías de segunda mano, propiamente de tercera, cuarta o quinta, porque son innumerables las manos por las que pueden pasar ciertos libros, me ha sorprendido gratamente. Nunca entro en ellas en busca de algo concreto, porque la experiencia es de no hallarlo nunca, sino a la aventura del encuentro, del "mira tú qué tenemos por aquí, ya tenía yo ganas de echarte el ojo encima..." del que se sigue una lectura harto satisfactoria. LO que estoy temiendo es que acaben (espero que siga para largo) la remodelación del Mercat de Sant Antoni, porque, alrededor de su promesa, se está generando una oferta turística de primera magnitud que cambiará el barrio hasta no sé si dejarlo irreconocible.

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