domingo, 24 de julio de 2016

La bisoñez política como peaje de la juventud contestataria.


De la juventud, la experiencia y la política

[Asediado por los acuchilladores del parquet, los carpinteros de aluminio y los pintores..., recupero algunos artículos que aparecieron en Crónica Global y no en esta Provincia Mayor..., a la que ahora los añado para, acaso, solaz de algunos provincianos generosos.]


La construcción de una persona es un proceso a largo plazo en el que se van consolidando su carácter, su pensamiento y sus sentimientos a través de las experiencias y los conocimientos a las que se enfrenta y a los que accede, si aquellas y estos no son, en realidad, una y la misma cosa. En los tiempos modernos se han reducido notablemente las franjas vitales: hablamos, comúnmente, de primera, segunda y tercera edad: niño, adulto y anciano, si bien hacemos subdivisiones en ellas, y las ampliamos a infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y ancianidad. Esta ampliación es la que coincide con Isidoro de Sevilla, quien reconoce hasta seis edades en sus Etimologías –obra de más que amena lectura-, cuyas delimitaciones temporales, sin embargo, nos provocan una sonrisa y algún agradecimiento: de 0 a 7 años: infancia; de 7 a 14 años: niñez; de 14 a 28 años: pubertad; de 28 a 50 años: juventud; de 50 a 70 años: madurez y de 70 en adelante: senectud. Que con 28 años se considere que una persona vive en la “pubertad”, dada la edad media a la que se van los hijos de casa, sobre los 30-35, tiene su gracia; del mismo modo que sobre todo millones de mujeres, y principalmente las actrices de cine, no dudarían en agradecer de todo corazón que la juventud se extienda hasta los 50…Viene todo esto a cuento de los acelerados cambios sociales que está sufriendo nuestra percepción de las edades y nuestra valoración de las mismas. Si en las tribus primitivas el umbral de la madurez son los doce años, a partir de los cuales los niños ya pueden acceder, mediante las pruebas iniciáticas, a la condición de guerreros, en nuestra sociedad actual es perfectamente normal que, como he dicho antes, no llegue la emancipación, de la mayoría de los jóvenes, hasta los 35 años. Emanciparse de la autoridad de los padres y tener una vida propia, lo que antes llamábamos ganarse la vida… es, prácticamente, un concepto en serio peligro de extinción: hoy en día se supone que ha de ser el estado/dios el que me proporcione una vida digna: una casa, un trabajo con un salario suficiente, una seguridad social única en el mundo, unas pensiones astrofísicas, etc., y que prácticamente, por la gracia de ser español uno tenga derecho a todo…, sin que haya uno de poner apenas nada de su parte, lo que me recuerda el aforismo de Santiago Rusiñol: cuando un hombre pide justicia es que quiere que le den la razón. Emanciparse, pues, permitía a las personas enfrentarse a los grandes retos de la existencia y forjar, en esa lucha cotidiana, su personalidad, sus ideas, su sensibilidad y la vivencia profunda de las emociones. La teoría aristotélica de la tabula rasa aún tiene vigencia, si se considera el carácter acumulador como construimos nuestras vidas, y a nadie le parece que una persona esté “completa”, sin haber tenido que atravesar ese camino temporal de la experiencia y el conocimiento: El saber gasta tiempo. El silencio con que sube el árbol les desespera del fruto, escribió Polo de Medina. El ocaso de las estrellas deportivas que no digieren el paso de la fama universal a la vida alejada de sus triunfos es prueba inequívoca de que “no estaban preparados”, solemos decir, para ese trance, porque les faltan “experiencias”, “vivencias”, que les completen como personas. Zeus condujo a los hombres al saber, estableciendo como ley el aprender sufriendo, escribió Esquilo. Y el valor formativo, a todos los niveles, de la superación de las dificultades nos sigue pareciendo algo así como la piedra de toque de una personalidad madura. Jardiel Poncela, tan agudo siempre, nos dejó dicho en sus Máximas mínimas que la juventud es un defecto que se corrige con el tiempo. Estamos, sin embargo, en un momento histórico en que las edades ya no se caracterizan por las virtudes o carencias de cada una, sino por el nicho de negocio que se forma en torno a ellas, potenciándolas como realidades aisladas que no formaran parte de un proceso. Esta perversa concepción estática de las edades tiende a alargar los estadios temporales hasta más allá de lo verosímil, y andamos en un tris de volver a caer en aquellos tópicos barrocos del viejo niño o de la anciana niña que tanto movieron a risa a nuestros antepasados. La infantilización general que ha sufrido la sociedad en los últimos 30 años es, sin duda, la responsable de una realidad política que, como mínimo, impone respeto, si no asusta: que jóvenes de veintipocos años lideren movimientos políticos para organizar la vida de sus semejantes y hablen poco menos que ex cathedra sobre lo divino y lo humano, desde tan cortísima experiencia de la vida choca tanto, al menos, como aquellos tópicos barrocos. Es indudable que el ritmo de maduración de las personas no es uniforme, pero no lo es menos que tener una visión propia de la vida exige haber vivido un cúmulo de experiencias, cada cual las suyas, de las que extraer un saber vivo, un conocimiento enraizado en el tejido social, la razón vital de la que hablaba Ortega.. Si Longino decía que un juicio literario es el resultado final de una larga experiencia, ¿habrá de ser el juicio político algo que la requiera más corta, o que no la requiera en absoluto? La figura del político, tan estrechamente ligada a la teoría política, sobre todo desde Maquiavelo y desde Guicciardini, hasta el punto de ser indiscernible dónde comienza una y dónde la otra, porque ambas se funden, para ofrecernos la solidez de un proceso de formación; esa figura, digo, exige unas habilidades específicas a las que difícilmente se accede sin la experiencia vital en que se forjan. Si aprender a vivir es saber leer lo real en lo que se nos da escenificado, como escribió Castillo del Pino en su libro de aforismos, no hay duda de que ese aprendizaje no se adquiere de la noche a la mañana, porque entramos, con él, en el resbaladizo terreno de la interpretación, y ahí todas las vivencias y conocimientos son siempre pocos. Eso lo sabía muy bien Tagore, cuando concluyó: leemos mal en el mundo y después decimos que nos engaña. Me parece encomiable que la juventud haya vuelto a la política y que la res publica vuelva a estar entre las preocupaciones de los jóvenes, porque de ahí solo bienes para la sociedad pueden derivarse. Ahora bien, cuando un aspirante nada menos que al puesto de secretario de IU, Alberto Garzón, nos dice que su principal bagaje es la juventud; o que el líder de Podemos en Barcelona, Bertomeu, apenas tenga 22 años no muy claros ideológicamente, a juzgar por sus escasos hechos políticos, uno tiende a pensar que, como dice un buen amigo mío, a los candidatos a ocupar puestos políticos se les debería exigir haber cotizado a la seguridad social como trabajadores por cuenta ajena o propia un número mínimo de años… Rafael Alberti escribió una obra titulada El hombre deshabitado que parece venir al pelo para describir, superficialmente, eso sí, y con algo de humor, las biografías de unos jóvenes que, saltándose el meritoriaje, aspiran a organizarnos la vida con una fe digna de una mejor causa: la de forjarse a sí mismos. Shakespeare decía que los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes, y me temo que ese es mi caso y, probablemente, el de cuantos saben lo que supone la inacabable construcción de uno mismo. Paul Valery lo definió a la percepción, y ciertamente no era joven cuando lo hizo…: La juventud concluye a partir del momento en que lo que yo pienso se imprime en lo que yo hago, en tanto que lo que yo hago se incrusta en lo que yo pienso. No pasemos, pues, de la gerontocracia sui géneris española, porque, a diferencia de la antigua soviética, la nuestra la hemos decretado alrededor de los 50, a la infantocracia o adolescencracia de tanta fragilidad política y humana como se nos ofrece cada día a nuestra consideración y nuestra vergüenza ajena. Quizá no estaría de más recordarles a los jóvenes triunfadores políticos que se ufanan de su juventud como el divino tesoro cuya fugacidad aún ni sospechan, metidos en la vorágine de su entusiasmo, la sagaz observación del fundador de la Pepsi-Cola, Donald Kendall: el único lugar donde el éxito viene antes que el trabajo es en el diccionario. ¿O son pagafantas de los votantes?

jueves, 21 de julio de 2016

La maldición de Lord Chandos o el flatus vocis del secesionismo.

  
La lírica cerril, y ubetense, de la épica secesionista catalana…, con Chandos al fondo.

[Un gorjeo de Xavier Torrens me ha inducido a rescatar este artículo que publiqué en Crónica Global mientras duró mi colaboración en dicho diario, hoy ya cerrada.]

Si para Heidegger el poeta es el mago de la tribu el depositario de las palabras esenciales, los políticos secesionistas, con el paráclito Mas a la cabeza –y Mascarell a los pies– han asumido un rol poético –del griego poieo: ‘hacer’– mediante el cual quieren convertirse en auténticos chamanes de la tribu catalana, a la que le ofrecen no sólo las depuradas, las prístinas palabras de la tribu, sino también la única interpretación posible de dichas palabras sanadoras y el vínculo que, a través de ellas, los liga a su esencia atemporal y al cuerpo místico del catalanismo. Ante los oídos atónitos de los infieles –los de los fieles están cerrados y sellados con el lacre de la adhesión inquebrantable–, los popes/poetas secesionistas desgranan sus conceptos taumatúrgicos como una letanía miraculosa que exalta ardores cocidos con el veneno banderizo del viejo carlismo en el ara de la excelsitud patriótica: Secesión. Derecho a decidir. Nuevo estado. Estructuras de Estado. Hacienda propia. Sociedad civil. Legalidad democrática. Consulta. Somos y seremos. El gobierno de los mejores. Cataluña, potencia económica. Espolio. Independencia. Milenarismo. Viejo país de Europa. Proceso. Nación. Países catalanes. Resistencia al invasor. Indignación. Referendo. Instituciones. Lengua. Cultura. Democracia. Unidad. Propuesta cívica. Lo nuestro. Choque. Esclavitud. Genocidio. Honestidad. Vecindad. Ejemplaridad. Proceso constituyente. España nos roba. Recursos. Nosotros. Tradición. Declaració unilateral. Desafección et sic de caeteris. El delirio poético que los guía avanza sin otro objetivo que pretender rehacer la realidad a su antojo, recrearla, a fuerza, como es lógico, de negar la realidad en la que viven, la única, sin embargo, que tienen, pero de la que quieren salir con la nítida determinación de quienes se creen revestidos con el poder divino. Llegará el día en que la impostura se deshará como la niebla matutina de comienzos de otoño en la plana de Vic cuando sale el sol que apenas calienta, pero que sí ilumina. Dejo de lado el carácter religioso, profundamente religioso, pseudocristiano y católico –el expansionismo es consustancial al nacionalismo– del Movimiento Nacional, aunque está uno tentado de irse por esa digresión como los dirigentes secesionistas se van por las ramas ante la tajante negativa internacional a reconocerlos como estado en el concierto de las naciones. Prefiero atenerme a lo prometido en el título: explicar en qué consiste la famosa maldición de lord Chandos. El 22 de agosto de 1603, lord Chandos, retirado a sus posesiones, escribió al filósofo Francis Bacon, en contestación a una misiva de éste reclamándole que restableciese el trato social con quienes ansiaban oír de él y leer sus sobras, una carta en la que le confesaba el mal profundo e irreversible que lo aquejaba. Desde el inicio, ¡Quién es el hombre para hacer planes!, reconoce el agudo diagnóstico del filósofo al recordarle la conclusión de su carta: Concluye usted con el aforismo de Hipócrates Qui gravi morbo correpti dolores non sentiunt, iis mens aeggrotat (Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos). ¿Cuál es el mal de Lord Chandos? Él, poeta genuino, lo dice con toda claridad: Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa.(…) Sentía un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras "espíritu", "alma", o "cuerpo". En mi fuero interno me resultaba imposible emitir un juicio sobre los asuntos de la corte, los acontecimientos del parlamento o lo que usted quiera. Y no por escrúpulos de ningún género, pues usted conoce mi franqueza rayana en la imprudencia, sino más bien porque las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como setas mohosas. Lord Chandos, pues, se ha instalado en un estado de descreimiento absoluto respecto de los conceptos vehiculados por el lenguaje. Éste se le ha vuelto, en su conjunto, y especialmente en el de los usos abstractos del mismo, una suerte de capullo sin crisálida, un envoltorio del vacío: Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío.(…) Pensé en guiarme por los textos de Séneca y Cicerón. Esperaba curarme con esa armonía de conceptos limitados y ordenados. Pero no podía llegar hasta ellos. Comprendía esos conceptos: veía ascender ante mí su maravilloso juego con bolas doradas. Podía moverme a su alrededor y ver cómo jugaban entre sí; pero sólo se ocupaban de ellos mismos, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellos me invadió una sensación terrible de soledad; me sentía como alguien que estuviese encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos; huí de nuevo al exterior. De ahí, en consecuencia, la resignación con que reconoce ante el creador del Novum Organum, sus antiguos sueños, ya imposibles de cumplir, dado el abatimiento, el descreimiento conceptual que le embarga y desde el que ve sus antiguos esfuerzos creativos desde la desolación del presente: Yo también jugué con otros planes. Su benévola carta también los resucita. Hinchados con una gota de mi sangre, revolotean todos ante mí como mosquitos tristes junto a un muro sombrío sobre el que ya no cae el sol luminoso de los días felices. Es, por lo tanto, muy probable que, enfrentados, cuando llegue el momento, a la dureza imperativa de la realidad única y auténtica que compartimos todos, los ahora eufóricos propietarios del discurso secesionista comiencen a ser aquejados por esta maldición de Lord Chandos y comiencen a reconocer digos en donde dijeron Diegos, porque llegará el día en que la impostura se deshará como la niebla matutina de comienzos de otoño en la plana de Vic cuando sale el sol que apenas calienta, pero que sí ilumina. Las luces, ahora apagadas en esos vocablos altisonantes y arrojadizos, se encenderán para que, desolados, como Lord Chandos, comprueben los antipoetas secesionistas, desazonados, que sólo han agitado fantasmas sin entidad, ídolos efímeros que, como los mosquitos tristes de Chandos, es posible que les hayan chupado la sangre del entendimiento a cuantos fanáticos les han creído. En el fondo, poco profundo, la verdad, los secesionistas son paradigma del deseo que expresó con tanta concisión como ironía el malogrado regeneracionista Ángel Ganivet al hablar del ideal jurídico de los hidalgones españoles: llevar en el bolsillo una carta foral con un solo artículo: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana.


*La carta de Lord Chandos fue escrita en 1902 por Hugo von Hofmannstahl.

viernes, 15 de julio de 2016

Conducir es un placer descriptible... o ansí.



Del panóptico al misticismo en el volante del karma...
        


 De las ocho acepciones de la palabra conducir, me quedo con la quinta, "guiar un vehículo automóvil", que no es, ni con mucho, la más usada, porque las ensoñaciones políticas o emprendedoras de buena parte de la población se quedan con la cuarta, "guiar o dirigir un negocio o la actuación de una colectividad", dado que los delirios de grandeza forman parte del paisaje cotidiano y encuentran en esa acepción lo más parecido a un consuelo ante la imposibilidad real de pasar de la acepción a la realidad, salvo en el caso de muy pocas personas con auténtico "mando en plaza", a las que, por lo general, sufrimos con escaso entusiasmo, creciente desconfianza y nula fe. Allá, pues, quienes cifren el engaño de su desengaño en ser gerifaltes de antaño, próceres de envarado ademán y verbo flamígero, moiseses de patrias escogidas o, en su versión más arraigada, alcalde pedáneo de cuatro casas arrejuntás, porque yo me queda con el discreto pero exigente gobierno de  mi automóvil, en el que no caben ni despistes ni alardes ni piques irracionales ni transgresiones del código que nos ordena, no siempre congruentemente, la actividad. 
Se conduce por profesión, por necesidad o por vocación. Yo lo hago por lo último, jamás me cansa conducir, y hasta hace bien poco, era el único auriga de la unidad familiar de destino en lo plural, lo que implicaba tiradas tan largas como volver de Roma a Barcelona de una tacada, por ejemplo. O de Lisboa a Castellón. O de Barcelona a Amsterdam... Por simple que sea el mecanismo de la conducción de un vehículo, y por repetidos que puedan ser los paisajes que se frecuentan en esa dedicación placentera, hay algo de discreto misticismo en el complejo mindfulness con que se ha de realizar, porque se establece una suerte de conexión entre la percepción interior y la percepción exterior en el acto de conducir: tan atentos al propio estado, a las propias manifestaciones del cuerpo y de la mente, como embelesado en la contemplación a veces detallista, a veces panorámica, de los lugares por los que conducimos, como lo que somos, un mal endémico de la naturaleza. 
Gobernar el coche exige escasa dedicación física, pero una total concentración psíquica, y cualquier conductor sabe que el principal enemigo de la conducción segura no es ni el alcohol, ni las drogas ni la enfermedad mental (con ser amenazas de primer orden) sino la distracción, siendo el adormilamiento la peor manifestación de ella. De hecho, quedarse dormido al volante, siquiera sea por nanosegundos, casi siempre deletéreos, revela la incongruencia de la definición académica de adormitarse: "dormirse a medias". ¿A medias? ¿Puede uno "dormirse a medias"? ¿Con un ojo abierto y el otro cerrado...? Si "fútbol es fútbol", según el viejo y archiconocido teorema de Boskov, si se esta dormido se está dormido y no admite, "dormirse", ni el "a medias" ni "entre sí y no" ni "entre dos luces" ni nada semejante. Lo único seguro que admite es el ir de Guatemala a Guatepeor, eso sí. Quienes hayan estado al borde del accidente, previsiblemente mortal, por una "cabezadita" irresponsable al volante sabrán de qué hablo. Teniendo claramente identificado, así pues, el peor enemigo del conductor, resulta obvio que no hay mejor solución para combatir ese estado del "adormitarse" que parar, cerrar los ojos un cuarto de hora, hacer después veinte flexiones abdominales, estiramientos de las piernas y los brazos, darse un buen lingotazo de agua fresca y después continuar camino.
Conducir tiene, en ese estado de levitación móvil en que nos sitúa el diseño de la máquina, muchas recompensas, sobre todo si el conductor sabe escoger la música adecuada para cada trayecto, desde Billie Holyday hasta Wagner, pasando por Camarón,  Miguel de Molina, Jero Romero, los Beatles, Tam Tam Go o Dietrich Fisher Diskau... La profunda relajación que se alcanza yendo por la estrechita vereda del carril más lento sin sobrepasar los 100 km/h en ningún momento, gracias al regulador de velocidad, salvo en el caso de correr el riesgo de chocar contra un tráiler contundente, un vehículo especial o un conductor zen..., obra maravillas en el estado de ánimo, en la inventiva y aun en la estimativa. 
Cuando se conduce un vehículo familiar en el que, sobre el espejo retrovisor cuelga un letrero que dice: "Prohibido distraer a la copilota durmiente", se entenderá ese proceso místico que lleva al conductor de uno a uno mismo sin perder de vista ni a los demás ni al medio ni lo que tiene por delante ni lo que le viene por detrás, en una suerte de insólita reinvención del panóptico de Bentham... Con todo, conducir es una actividad que, cuando la copilota o el copiloto de turno despiertan, y se relaja la prohibición, induce al fecundo cruce de confidencias y de reflexiones de carácter existencial. Conducir, en esos momentos, se parece mucho al quedarse en blanco en el curso de una lectura, suspendida la intelección y engolfada la imaginación en sus extravagantes territorios. Hablo, como habrán advertido fácilmente los conductores, de la conducción por autopista o autovía. Cuando se pasa a carreteras secundarias, porque ya hasta las antiguas "nacionales" lo son, se gana mucho en primitivismo paisajístico, sin duda, pero ciertos estados del firme y el trazado de algunas de esas trochas, que tal denominación admiten, hasta escalofríos es capaz de meter en el cuerpo del auriga en ciertos lugares, como en las enrevesadas cuestas del sur de Tenerife, por ejemplo..., o en el intestinal trazado de la comarcal entre Vic y Berga, por Prats de Lluçanès, 60 km en la que la recta más larga no pasa de los 200 metros... carretera por la que circulé bajo una nevada que no me permitió pasar de los 10 km/h... Las anécdotas de la conducción suelen competir en las reuniones masculinas de veteranos con las de la mili, y no siempre llevan las de perder. Y como no conviene degenerar en anecdotista, aquí me meto en el área de descanso, piso el freno, levanto el de mano y hago el mutis del incurso en el poético pie quebrado.