domingo, 1 de enero de 2017

Año ¿nuevo?, fiebre vieja...


La alucinante vida febril.

Las décimas sin poesía de la destemplanza te cambian la vida. Tiritas a la noche, y sudas y te hielas y te abrasas y te empapas de fiebre licuada. Te levantas y la flojera casi te hace trastabillar. El cilindro irregular y cárdeno del pene te arde en la mano y el chisguete de orina ocre y humeante se bifurca  más allá de la ávida garganta de la taza burlada. Ya sabes que no estás para nada ni para nadie, ni para ti. O peor, acabas de entrar en ti de la peor manera posible: cada articulación, cada músculo, cada recodo de la garganta en carne viva, cada expectoración arrancada con voluntad de aguerrido espeleólogo al tubo escarnecido, cada tiritona que te sacude los hombros y los brazos como un títere de cachiporra, cada paso sobre la nube de algodón gestatoria que te lleva de aquí para allá sin percatarte apenas de lo que te rodea, cada vértigo que te amenaza con derribarte de forma fulminante son vividos por ti con una conciencia meticulosa que te acrecienta el malser, porque ya no eres sujeto susceptible del malestar. Flotas en lo que te parece una realidad sin contornos, cuando se trata propiamente de una ausencia de la realidad que te ha dejado con un embotamiento en el que no sabes cómo orientarte y del que ignoras cómo salir. Noluntad, eres, ahora. Y santito levitante, a fuer del torbellino en cuya chimenea pareces instalado desde que las piernas temblorosas chocaron, al amanecer, contra el frío nocturno de la habitación.
Hubo un tiempo de juventud en que la destemplanza no se extendía al deseo, y con no poco orgullo exhibías una gozosa vitalidad fálica que ahora te parece fragmento de un desmesurado cuento fantástico. Hoy, por el contrario, la vida febril te impone un cansancio eterno, un embotamiento que te aísla en una dimensión cuyos territorios siempre admiten una nueva exploración, aun a pesar de que hay constantes, paisajes invariables.
Lo que peor llevas es que te bailen las palabras, así como que se desvanezcan los sonidos o se vuelvan estridentes. Pero abrir un libro y que las líneas inicien una danza difícil de seguir sin que el vértigo te tumbe, ¡qué desazón! En el retorcimiento de las cuerdas impresas en la página, las palabras hacen cabriolas circenses mientras se ríen, o así te lo parece al menos, de tu confusión y de tu palidez de hoja reciclada. No mucho mejor llevas la administración de los fármacos que, diseñados para evitarte la llaga siempreviva de la faringe y facilitar la fluidez de una mucosidad pardoverdeamarillenta, te destroza el estómago y te deja sin apetito y, lo que es peor, sin gusto. Por eso -¡terror del equilibrio bascular, obra de tan fina diplomacia nutritiva!- no te apetece otra cosa que dulce, y casi solo dulce ¡Y cómo resistir, en estado de tan suma debilidad!
En invierno es más soportable el asedio. La calefacción te ofrece un microclima tropical desde el que te parece inverosímil el albornoz con el que te abrigas en tus paseos de caminante sin meditación posible. El cerebro de tu destemplanza es una ciénaga de mermelada y polvo de tiza en un encerado desgarrado por la rebeldía resentida de la ignorancia. Te instalas en el sillón de cuero y enciendes la televisión para adormecerte al ritmo, más febril aún que el latido de tus sienes, de sus imágenes invasoras e insignificantes, doctrinales... Despiertas entre sudores y temblores. Te asustan los rostros y los gritos, los decorados, las luces, el plauspúblico rasurado, la vida hortera que se te mete hasta los huesos temblequeantes...Renuncias.
En verano la fiebre es una urgencia de delirios y vértigos. El agua te repele y el jugo de la naranja tiene el sabor desvergonzado a moco de un beso acatarrado. Sueñas, entonces, con el invierno y las calles anegadas de lluvia desde tu balcón bien cerradito, hecho un mirón del espacio intangible entre tus ojos y la esparcida realidad sobre la que el agua lava sus mil pecados.
El cuerpo destemplado tiene siempre el alma haragana y los sentidos en huelga. La vida que se nos presenta ante la indolencia peca de amorfa y descarada. No la reconocemos, ni nos reconoce. Sombras matinales aisladas en el suburbano, bultos incomunicados, eso somos en la fiebre. Porque a veces el delirio de la destemplanza nos urge a salir, a vencer la barrera ardiente de la maldición, ¡y en mala hora  nos atrevemos a recorrer apenas una manzana entre estertores y convulsiones! La heroicidad se diluye como se nos licúa el pulso agitado. La garganta nos muerde con su aspereza en la insensatez, y la lengua sucia de la ceniza de la amigdalitis imposible nos mancha las palabras que escupimos en la bacinilla, las que no nos liberan.

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