jueves, 26 de enero de 2017

La vida onomástica

 onomástica

La parva propiedad del nombre propio.
El nombre hace a la persona, que nace sin él, conviene recordarlo, por más que la identificación entre el nombre y los rasgos físicos y morales de una persona sea la obra delicada y perseverante de una azarosa biografía. Hay quienes nunca llegan a la altura de su nombre, y otros cuya vida se reduce a su nombre, del que son hipóstasis imperfecta. Con todo, lo peor de los nombres es la celebración de la onomástica, una fiesta de exaltación poética cuyos orígenes mitad  religiosos, mitad profanos, se pierden en la noche de los tiempos, aquellos en los que el nombre de las personas parecía surgir de  sueños premonitorios. ¿Qué han de celebrar un Juan, un José, un Francisco, un Julián, un Luis, un Germán, un Isidro, un Enrique, un Pedro, un Javier o un Antonio frente a lo mucho que habrían  de hacerlo un Evandro, un Ludolfo, un Críspulo e incluso un Sisenando?
Y llega el día fatal del calendario en que quienes nos rodean se empeñan en celebrar -cada vez con  menor entusiasmo, todo sea dicho de paso- que paseemos por la vida un nombre antipático, inverosímil, una cruz, una ofensa, un enigma, una indiscreción, un delito -que sí tiene nombre-, un anatema, un escarnio o una puñalada trapera y calendaria. “Hoy es tu santo”, te dicen los más entusiastas de la vida onomástica -especie, afortunadamente, en bienaventurado peligro de extinción- con un memo alborozo que ni entiendes ni compartes, y te sonríen como esperando que te salgan por los ojos fuegos artificiales. Otros te lo dicen y se paran ante ti a la espera de saber si la invitación va a ser rumbosa, de compromiso o simplemente no la va a haber. Hay otros que se enteran al leer el periódico, se te acercan y te dicen algo así como: ¡Vaya, de santo, eh!, y te dan un golpe en la espalda que casi te provoca una luxación de clavícula. Lo que más agradeces es la laica ignorancia de quienes viven ajenos al santoral y han desterrado de su mundo festivo una celebración tan de viejo régimen. Apenas oyes que te recuerdan el día que es con la sonrisita lela y la preguntita: ¿a que no sabes qué día es hoy?, se te va la mente a la radio y a los redichos discos dedicados, aunque afortunadamente nunca fuiste el destinatario de ninguna de aquellas dedicatorias candorosas.
Quisieras no saberlo, que no es lo mismo. Pero lo sabes. Sabes que el día de tu onomástica ha llegado, cual sea, y no puedes evitar la comezón de una inquietud desasosegadora. ¿Que hay en la discreta morfología  de tu nombre para que hayas de celebrarlo? Se espera de ti que te habite durante toda la jornada una suerte de beatífica expresión de complacencia y plenitud, que no te enfades por nada del mundo y que derrames toda una cornucopia de gentilezas, amabilidades, sonrisas y parabienes. Has de tener un detalle, porque no hay onomástica sin que te retrates, y has de ser bien rumboso, como corresponde a tan magno acontecimiento: nada menos que llamarse como a uno le llaman, porque uno mismo, salvo en trances deportivos de desfallecimiento, jamás se llama a sí mismo. Te gustaría podérselo decir -¡gritárselo!- a todo el mundo, que tú nunca te  llamas, que tu nombre no es “tu” nombre, sino el de los demás, y que deberían ser ellos, si quieren, quienes lo celebraran, no tú, pues tú eres perfecta y confortablemente anónimo, y te encanta ese estado de anonimia ¿ignominiosa?
Nada más tibio, en los tiempos que corren -¡y hay que ver cómo corren!-, que la celebración onomástica. Quienes tienen la desgracia de tener alrededor a  felicitadores profesionales, poco pueden hacer para escaparse de esa vida onomástica que  se multiplica, entonces, por el número exacto de las amistades. Cierta suerte es que la onomástica coincida con el cumpleaños, pero esa jugada maestra, también de la vieja escuela, ha desaparecido de las prácticas sociales. Lo habitual es duplicar las jornadas de exaltación personal. Pero mientras el cumpleaños tiene un sentido bien definido: ponernos delante el espejo desde donde se ríe de nosotros el abismo descarado del tiempo, la onomástica aparece cada día más, a ojos de quienes como yo no se reconocen en el nombre anodino por el que son llamados, como un insulso sinsentido incapaz de generar el más mínimo entusiasmo o la emoción más superficial.
La vida onomástica, además, exige la temible correspondencia social, lo que es un engorro de insospechadas dimensiones. Sobre todo porque los entusiastas de dicha vida llevan una férrea contabilidad de quiénes se acuerdan de la fecha en cuestión y proceden a felicitar a los biennombrados. ¡Suerte de que para los nombres más comunes siempre hay varios santos de idéntico nombre en distintos días, lo cual es una coartada altamente estimable! ¿Y qué se regala por la onomástica? ¿Cómo medir, en términos de albricias, el nivel del desembolso para una festividad tan letrada? Un cumpleaños permite y a menudo exige el dispendio; ¡pero una onomástica! El riesgo de quedar en ridículo sólo es comparable a la mema ilusión de quien se cree que nuestro nombre es la bandera de nuestro Estado, el símbolo de nuestra plenitud existencial; algo así como decir Andrés, pongamos por caso común, y abrirse las puertas de la gloria al son de las campanas que flotan colgadas del campanario de las nubes. Es difícil vivir al margen de la vida onomástica, pero, por más que ande en declive la costumbre, debería formar parte de nuestro programa de vida la exigencia moral de acabar de darle el empujoncito final para despeñarla por el barranco de los rancios recuerdos de antaño, ¿o debería decir de otrora?

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