viernes, 5 de mayo de 2017

Juan Marsé (e Ignacio Echevarría) on tour: presentación del libro de Juan Marsé “Colección Particular”.



La excepcional oportunidad de celebrar el fino y socarrón humor menestral de Juan Marsé en su propia voz: Colección Particular , la cuentística reunida del autor que debería editarse, en próximas ediciones, con un CD con la grabación del acto de ayer en la biblioteca Jaume Fuster.





Mi Conjunta me dijo que iría a una “conferencia” de Marsé, y me presté enseguida a acompañarla. La biblioteca Jaume Fuster, además, donde se celebraba el acto -un joven hubiera dicho evento…- se ha fusionado con el entorno confuso de la Plaza de Lesseps y se ha convertido en un centro ciudadano de primera magnitud, con una vida exuberante y una cálida sensación de cultura en movimiento, inquietud lectora y sosiego anímico que constituyen una invitación permanente a frecuentarla. Fuimos con mucha antelación, tanta que hasta tuve tiempo de hacerme el carnet de la red de bibliotecas, no tanto por el fondo bibliográfico cuanto por el filmográfico, porque pueden conseguirse películas descatalogadas. Leímos durante un rato, tomamos un café -preceptivamente descafeinado- y a la que nos volvimos hacia la entrada al acto, ya se había formado una cola que, después de añadirnos nosotros a ella, fue creciendo vigorosamente, anuncio de la expectativa que, ¡afortunadamente!, aún es capaz, en estos tiempos desleídos, de levantar Juan Marsé en su propia ciudad. Comenzó el acto, con los habituales problemas de ajustes de sonido y audición, y enseguida Ignacio Echevarría -el gran divo de la crítica, represaliado por el País por su impagable recensión de la novela de Atxaga, El hijo del acordeonista- nos puso al corriente del tipo de acto en el que estábamos: la presentación del libro que Echevarría ha prologado y del que es antólogo, adelantándose a la presentación formal del funcionario de la biblioteca quien precisó que la cola de dedicatorias se hiciera a la izquierda de la sala para favorecer la salida de quienes no buscaran la firma. Echevarría relató su experiencia como “lector de Marsé con una antigüedad de 40 años  y “comprador” de sus libros, concepto en el que hizo varias veces énfasis a lo largo de la presentación, algo impensable en un acto de esta naturaleza veinte años atrás. Detallo el contenido de la obra publicada, sin que en ningún momento se hiciera mención de la coincidencia del título con el de la edición de la poesía completa de Gil de Biedma, lo que no dejó de extrañarme. Se trata de un libro que recoge la cuentística de Marsé, que incluye un inédito, Conócete a ti mismo, Fritz, escrito a petición de Trueba como guion y que ahora se recoge en esta antología como cuento; guion, ha confesado Marsé, que Trueba no llegó a leer porque tras decirle Marsé que no le había gustado nada su película sobre El embrujo de Shanghai, el director dio por rota la amistad con el novelista, tan maltratado siempre cinematográficamente, a pesar de su reconocida cinefilia. La presentación comenzó con la evocación de la anécdota “de mili” que dio pie a la transformación en cuento escrito, Teniente Bravo, que Marsé, antes de escribirlo, contaba casi “a petición”. Cuando lo leí recuerdo que se me saltaron las lágrimas de la risa, ayer, en la presentación , Marsé, con su gracejo socarrón consiguió que volviéramos a reír de la misma manera, por el modo como nos recreó, de nuevo, ¡y como si fuera la primera vez que la contaba!, la anécdota del capitán y el potro, ya inmortal. Echevarría le fue dando pie para que Marsé  marcara, con una gracia fresca y deliciosa, las distancias con el “novelista obrero” que los señoritos catalanes de la revolución creían haber encontrado en él: “les decepcioné mucho, en efecto”. Como añadió: “He sido siempre un apasionado de la ficción”, por más que esta se desarrolle, en sus novelas, en tiempo y circunstancias muy concretos. A medida que avanzaba la presentación, Marsé fue sintiéndose cómodo -hay que agradecerle a Echevarría la parte alícuota que le corresponde- e hizo revelaciones sobre Si te dicen que caí, un “magma de historias”, dijo,  que solo comenzaron a ordenarse para él como un libro orgánico a partir de la inserción de las aventis, aunque la primer versión tenía una estructura tan compleja que , sin hacerla ilegible, complicaba mucho la correcta recepción de la novela, y de ahí la revisión que hizo de ella años más tarde (Mi buen amigo Dimas Mas se tomó la molestia de cotejar ambas versiones en un extenso artículo para el suplemento literario de El Diari de Barcelona, La Il·lustració). Marsé se complace en presentarse como un autor “artesano”, un “orfebre” -él que lo fue, literalmente, al comienzo de su vida laboral- del idioma, con el que lucha a brazo partido para tratar de sacar partido de sus limitaciones. Echevarría, descreído, casi le reprochaba que eso fuera una pose, porque, a su parecer, el de Echevarría, detrás de la obra de Marsé hay un edificio conceptual brillante y exquisito. Marsé, con una cazurrería muy de Josep Pla -a quien me recordó en no pocas ocasiones- se lo rebatía al interlocutor y antólogo. Echevarría le pregunto si no le había tentado nunca escribir en catalán, y Marsé reveló que tenía el título, Sentiments i cèntims, pero que la novela no había manera de que le saliera… Y entonces fue cuando, en uno de esos momentos mágicos que a veces se producen en estos actos, Marsé echó mano de otra anécdota que incluso Echevarría parecía desconocer, a juzgar por cómo la celebró, de cuando lo entrevistaron para Televisa, en México. Una entrevista que discurría dentro de lo habitual  hasta que apareció la pregunta tópica entre las tópicas: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” Después de unos segundos tratando de no defraudar a la joven presentadora, porque una reflexión de ese tipo “no me interesaba lo más mínimo”, dije que el fondo, “porque qué es una novela sin una buena historia, etc.” Cuando Marsé se iba “por uno de esos pasillos interminables de Televisa”, le alcanzó el técnico de sonido y le dijo que  habían tenido un problema al registrar la entrevista y que el audio había fallado por completo, que tenían que volver a repetir la entrevista. Pues nada, “si se ha de repetir, se repite” y volvió Marsé a contestar a las mismas preguntas hasta que llegó la fatídica del fondo y la forma: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” “De la forma, contesté inmediatamente, ante el pasmo de la entrevistadora.  ¿De qué sirve una buena historia si…?” Y ahí ya nuestras risas, la de los asistentes, volvieron inaudible una continuación que Marsé, por su parte, ya había detenido, porque la anécdota se había acabado, no nuestro regocijo.  Como el antólogo iba repasando los cuentos que integraban el volumen, más los textos que escribió en el El País y que dan título al volumen, desembocamos, a propósito de El fantasma del cine Roxy, en su maldita relación con el cine. De ahí salió una afirmación curiosa: “El guion que escribió Erice sobre El embrujo de Shanghai es mejor que mi novela” -Erice fue la primera opción para dirigir la adaptación de la novela, lo que no acabó siendo, para desazón de Marsé, y ya dijimos antes cómo acabó su relación con Trueba… Habló, sin embargo, del único guion que escribió, por encargo, para el cine, para el director Germán Lorente, quien solo les indicó que había de aparecer un piano, un pianista negro y la siguiente frase: Chico Lionel hizo más intensa la nostalgia de Scott Fitzgerald, y aquello sí que fue un devanarse los sesos sobre dónde, cómo y cuándo él y un colega con quien escribía el guion -"trabajos alimenticios, bien pagados", dijo-, podían meter la frasecita de marras…, casi como si fuera el famoso “austrohúngaro” que aparece impepinablemente en todas las películas de Luis Berlanga…Cerró la anécdota con el recuerdo de que Lorente abandonaría pronto el cine español, ¡afortunadamente”, para irse a Italia a dirigir pornos…Reveló, así mismo, que existe un corto alemán erótico, o pornográfico, no recordaba, sobre su relato erótico La liga roja en el muslo moreno, pero que él no lo había visto (yo lo he buscado en internet, pero me ha sido imposible dar con él, y supongo que la traducción del traductor de Google Rote Strumpfband auf den Oberschenkel moreno tampoco me ha ayudado mucho…). Por razones de horario y cuando se nos pasó al público la oportunidad de hacer preguntas, el turno quedó reducido a una pregunta intrascendente que cerró anodinamente un acto tan magnífico y divertido. Reconozco que me quedé con las ganas de coger el micrófono y decirle: Señor Marsé, muchísimas gracias por haber escrito Teniente Bravo, mis costillas flotantes no piensan lo mismo.

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