sábado, 29 de julio de 2017

Hablando no se entiende la gente...


Bueno, enseñanzas...

Anda por la red un texto excepcional de Gustavo Bueno, catedrático emérito y provocador donde los haya, en el que argumenta, con su acostumbrada pasión dialéctica, contra la tesis popular de que "hablando se entiende la gente", y llega a la conclusión contraria: que hablamos, básicamente, para no entendernos, para marcar las distancias entre nosotros consolidando el apego a la posición indestructible, al baluarte inexpugnable de la propia opinión. Se produce entonces el llamado "diálogo de sordos", que es descripción insuperable de cualquier sesión parlamentaria donde, renegando de su origen etimológico y político, “parlar”,  el parlamento cede ante la realidad todopoderosa de los números, porque en nuestro parlamentarismo, tal y como está concebido, bastaría que hubiera en los plenos un solo representante por partido, con la delegación del resto de los votos, puesto que jamás -salvo las excepciones que confirman, etc.- va a infringirse la férrea disciplina de voto que caracteriza nuestro sistema democrático. Así pues, ¿cómo ha de extrañar que la preocupación social por la expresión correcta, el buen uso de los argumentos, la capacidad de persuasión, la voluntad de estilo, etc. prosperen? Es imposible. Está por ver el día en que el portavoz de un partido suba a la tribuna de oradores y diga: después de haberles escuchado atentamente, sus razones nos han convencido y vamos a votar con Vds. la propuesta que han presentado…Una de dos, o se convertía en una anécdota que se repetiría por generaciones, como en la Edad Media los milagros o en nuestros días la sangre de San Genaro (que incluso se licuó al ganar el Nápoles el Scudetto…) o regeneraba de tal modo la vida política que abriría un nuevo tiempo e incluso una nueva concepción del sistema democrático que sería estudiada en el extranjero como lo fue la Transición. La experiencia cotidiana no alienta la segunda posibilidad, porque parece formar parte de nuestro ADN hispánico hablar a gritos y razonar (es un decir) con sofismas y eslóganes, a tenor de las comparecencias públicas de los portacoces de los partidos. ¡Cuánto echo de menos un programa como el de José Luis Balbín, La clave!, ajeno, o casi,  a la dictadura de la limitación horaria y al enojo de la publicidad, aquello sí que era un auténtico culto a la razón. En nuestra edad del Twitter y las consignas, un programa como 59 segundos, por ejemplo, en el que se le cortaba  desconsideradamente al razonante cuando éste intentaba construir su edificio argumental, supone una agresión tan desmesurada contra el amor a la palabra y al razonamiento que no hay manera de soportarlo. ¡Suerte del ensayo y de la ficción! Pero se trata de artes sordas y escasamente transitivas: del autor al lector y ahí muere el eco. Quizás proliferen de aquí a poco las antiguas tertulias de café como tribunas donde los aprendices puedan formarse como lo hicieron tantos intelectuales en aquellas famosas de finales del XIX y el primer tercio del XX:
-        D. Ramón, ¿qué cuesta más, escribir un cuento o una novela?
-        Una novela, dónde va a parar…
-        ¿Por qué?
-        Porque obliga a estar más tiempo en casa…

Los teléfonos móviles y las redes sociales, los cafés virtuales de nuestro tiempo, evidentemente no solo no son lo mismo, sino que constituyen una regresión hacia la edad de oro del orgullo satánico del soliloquio: guasapear, gorjear, feisbuquear… son monólogos ante anfiteatros de sombras . Todos nos quejamos de que nadie nos escucha, de que solo se nos busca como oyentes de mensajes, confidencias, trenos y homilías que nos endilgan inmisericordemente, porque para eso están los amigos, ¿no?  Tiempos siniestros, vivimos, para la comunicación cordial, humana; aunque esplendorosos para la transmisión de mensajes que, por su propia naturaleza, están incapacitados para construir el tópico de que hablando nos entendemos. Si la antigüedad clásica nos avisaba de que “los amigos, pocos y escogidos”, el tribalismo moderno nos exige que sean innumerables y sin discriminación posible. Si el diálogo pudo haber sido hace tiempo un intercambio de razones, hoy en día lo es exclusivamente de los dudosos axiomas de nuestra alienación favorita. Dicho de otra manera, hablando no nos entendemos porque hemos sustituido la lengua viva por su simulacro fosilizado. No es que oigamos como quien oye llover, sino como quien aproxima al oído la caracola y está convencido de escuchar, inequívocamente, el rumor del mar.

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