viernes, 22 de septiembre de 2017

El pasado vasco, ¿el futuro de Cataluña?: La casa de mi padre, de Gorka Merchán.


Cine político con resonancias chabrolianas: “La casa de mi padre” o la herida incicatrizable, un estremecedor choque de relatos.


Sigo estremecido aún, tras la tensa contemplación de una película sobre el drama familiar vasco que supuso, y sigue suponiendo, la irrupción del terrorismo como arma política en aquella privilegiada zona geográfica española. Tras la dictadura, todos pensamos que ETA renunciaría a la violencia y se “incorporaría” a la vida política española en igualdad de condiciones con los otros partidos para defender pacíficamente, mediante la palabra, un ideal de independencia al que, por lo que vemos ahora en Cataluña, no le parece fácil encajar la derrota legal que supone ser incapaz de luchar contra un estado de derecho que prácticamente hace imposible la consecución de ese ideal fantasioso, autoritario y criminal, si nos atenemos a la realidad histórica de España en sus más de quinientos años de Historia. Sigo en estado de choque, porque no solo la película, sino el coloquio posterior, con el director, con Gorka Landáburu, víctima del terror, y una estudiosa de la violencia y su traslación cinematográfica compactaron un estado de ánimo y una reflexión que por fuerza le dejan a uno, por insensible que quiera o finja ser, sumido en un dolor sordo, constante y agudo. He visto la película con una doble visión: la de la propia película y la de los tumultos orquestados contra la acción de la ley en defensa de la democracia en Barcelona, frente a un gobierno, el de la Generalidad, que los días 6 y 7 de setiembre se colocaron del otro lado de la ley, en una acción de desafío al estado que ha hallado una justa respuesta en la desarticulación del referéndum ilegal propuesta por el gobierno catalán y en la consiguiente puesta a disposición judicial del nivel no aforado de funcionarios y cargos políticos empeñados en llevar tal referéndum a cabo. No he leído Patria. O, mejor dicho, la he leído indirectamente a través de mi Conjunta. Pero ahí la tengo, en el estante-vestíbulo, no ignorando que mis pocas prisas nacen del seguimiento doloroso que he hecho toda mi vida, a golpe de siniestros titulares, de ese fenómeno a medio camino entre la delincuencia común y la política descerebrada. Sé que se trata de una historia “concreta”; pero haber leído tanto de tantos le deja a uno la falsa sensación de estar “al cabo de la calle”. La película por fuerza tiene mucho que ver con la novela, porque se trata de un enfrentamiento familiar que toma como pretexto el regreso de un empresario amenazado por ETA para acompañar a su hermano, exactivista de la banda, de la que ya ha renegado, en los últimos momentos de su enfermedad terminal. El empresario y su mujer vuelven de Argentina, donde ha vivido casi todos los años de su vida su hija, esta con un fuerte acento argentino que no tienen los padres, lógicamente. Se trata de un estupendo recurso narrativo, de un factor de distanciamiento, para que, con ojos externos, exentos de la contaminación de las pasiones que afectan al resto de personajes, veamos la índole peculiar de un conflicto que rompe familias en enfrentamientos que pueden llegar incluso a desear la desaparición del miembro de la familia que no se aviene a comulgar con el ideal patriótico que domina la vida cotidiana con un poder de coerción que Haneke plasmó a la perfección en La cinta blanca, una radiografía exquisita de la genealogía del nacionalismo autoritario (si es que hay alguno que no lo sea…).El hijo del hermano enfermo es militante de la kale borroka y está a un paso de empuñar la pistola para proseguir ese camino que lleva de la ikastola a la kale borroca y a las pistolas y las bombas. El encargo del hermano enfermo es que lo aparte de ese camino. Las tensiones entre la mujer del empresario, la cuñada viuda, que pretende “seducir” para la causa a la sobrina llegada del más allá del océano y alguna historia paralela, como la del periodista que renuncia a los escoltas para no “perder” su vida, que sigue haciendo con total heroísmo día tras día hasta que es asesinado con el famoso “tiro en la nuca”, o la propia historia amorosa entre los primos, el “preetarra” y la “argentina” sirven para describir, a grandes rasgos, una vida social en un pequeño pueblo costero no identificado, aunque fue rodada en Hernani, Fuenterrabía, Rentería y Tolosa, en la que, por mor de la narración, se concentran unos personajes y unos actos que se ajustan a la intención expositiva del relato, aunque choque, a simple vista, la libertad de acción de los terroristas. Queda claro que el empresario que vuelve renuncia a que le asignen la escolta que le ofrecen, lo que lo deja expuesto a que sea asesinado, como su compañero periodista. Esa “tensión” de la amenaza constante es una presencia fílmica de primer orden que, sin llegar al Mcguffin del maestro, nos tiene atados a la silla y sospechando de cualquier sombra. Estamos ante una película que sin los actores y actrices que tiene podría haber sido un bodrio espantoso. Pero la labor de los cinco principales: Gómez, Suárez, Echegui, Angulo y un excepcional Juan José Ballesta, que me recordó enormemente la actuación de otro gudari, Óscar Jaenada, en Todos estamos invitados, de Gutiérrez Aragón, una película que, para más casualidad, se estrenó el mismo año que la presente y con la que guarda no pocas similitudes, sobre todo por lo que al posicionamiento crítico frente al terror se refiere. Landáburu destaca de aquellos años de plomo algo en lo que no he dejado de pensar obsesivamente desde que empaticé con las víctimas: el silencio espeso y viscoso que se cierne sobre toda una comunidad; un silencio cómplice; un silencio Albal que todo lo envuelve y casi adecenta: si no se habla de ello, no existe. Si existe y no te toca, cojonudo… Ver La casa de mi padre no es fácil, sin que a uno se le dispare la vena vengativa, el odio que alienta a la parte filoterrorista de la población que, como en el caso de la cuñada, se siente agraviada por haber padecido el abuso de la autoridad y cree, en estremecedora respuesta que “hay motivos por los que es necesario dar la vida”, opuesta a la convicción de la sobrina de que ningún motivo justifica matar a nadie. Estamos, pues, ante dos concepciones de esas que se llaman “diametralmente opuestas”, porque se trata de un enfrentamiento, de posiciones que no se está dispuesto a reconsiderar ni por un momento. Que, además, anden de por medio, las rencillas de la vida cotidiana, las pequeñas historias de los rencores, los agravios o los desencuentros de una vida en una pequeña localidad, otorga a la película ese aire chabroliano que menciono en el título, un espacio reducido en el que las pasiones parecen dispararse en relación con la opresión del medio. La película, teniendo en cuenta la fortísima carga ideológica que hay en ella, no se ve con los ojos críticos habituales. Fluye, por así decirlo, con una caligrafía transparente que permite seguir la historia con agilidad y una buena planificación de los momentos esenciales que forman parte de la historia. Hay encuadres y secuencias muy conseguidas, pero la sensación de vida conseguida es de tal naturaleza que vamos más allá del concepto de documental y entramos directamente en “la vida misma” representada ante nuestros ojos atónicos con un extraordinario convencimiento que va mucho más allá de la lectura simbólica que admite y del uso discriminado de las señas de identidad. Insisto, la situación golpista que vivimos en Cataluña me ha hecho ver la película con un ojo puesto en la historia que cuenta y con el otro en las noticias alarmantes de los tumultos callejeros que intentan hacer triunfar un golpe de estado que en modo alguno puede ni debe triunfar. Me ha parecido una película valiente, desacomplejada, efectiva argumentalmente y con la virtud de poner las cartas sobre la mesa para que los espectadores lleguemos a nuestras propias conclusiones. El director se quejaba del silencio que halló como respuesta a su propuesta; la indiferencia de quienes, imagino, hubieran querido que “machacara” hasta el aniquilamiento a esta o a aquella parte, en función de las ideas que cada cual defiende. Lo que no sea “hacer sangre”, en este país tan apasionado, ya sabemos que no se estila y que se tacha de “equidistante”, sino de “complaciente” con el terror, por ejemplo. En fin, a mí me parece una película muy interesante y positiva, que toma partido por la vida e incluso, en el futuro inmediato, por el amor, como se manifiesta en la caricia con que se separan los dos jóvenes enamorados a los que separa la trinchera del odio…Hay que verla, de verdad. Por la verdad.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La "fallida" secesionista...



Un conflicto entre la democracia española y el totalitarismo del Movimiento Nacional catalán

Vivimos ahora mismo un curioso tiempo de interregno parlamentario que coincide con el apogeo del movimiento totalitario que aspira a instaurar una dictadura nacionalista de pensamiento único en Cataluña, tierra plural donde las haya, aunque sometida a una dictadura mediática de lo políticamente correcto que, a lo largo de casi 30 años de ocupación del poder, ha sido hecho coincidir con las aspiraciones identitarias de carácter xenófobo que avergüenzan a cualquiera que comparta mínimamente los rudimentos de la democracia tal y como se entiende en la propia España constitucional y en  los países de nuestro entorno. Desde hace ya cinco años la escalada secesionista ha ido preparando un asalto al Estado que, a mi modo de ver, ha hecho perder a sus impulsores el sentido de la realidad, porque andan, esos activistas a sueldo de los presupuestos públicos -los dineros de todos-, confiados en su famoso "ara sí" que acabará seguramente en un buen puñado de oraciones ante las aras de los templos pidiendo que llegue esa independencia que de estar "a tocar" se convertirá en un cometa como el Haley, de espaciadísimas apariciones ante los ojos de los terrícolas. Tras el bochornoso espectáculo vivido en el Parlamento catalán por parte de una mayoría de escaños que no refleja, paradójicamente, la minoría de votos a la que representan -gracias a la ley electoral española a la que se acogen de mil amores, porque una ley propia (Cataluña es la única comunidad autónoma del estado español que no tiene ley electoral propia, como es bien sabido...) les dejaría sin esa mayoría de la que tanto se ufanan-, esa mayoría parlamentaria ha decidido cerrar a cal y canto el Parlamento a la espera de lo que ocurra el pregonado 1O en el que habrá, al decir de los secesionistas totalitarios, un supuesto choque de legalidades, y, al decir de los constitucionalistas, la prohibición de ese intento de referéndum que incumple todos los requisitos que, para ser considerado como tal, establecen los más reputados organismos internacionales, como la Comisión de Venecia, por ejemplo. Así pues, y a pesar de que las leyes españolas están más que vigentes, y con arreglo a ellas se juzgará a quienes las están violando y ultrajando, los golpistas secesionistas creen que vivimos en la legalidad de una ley de Transitoriedad que nos llevaría a los catalanes, con un puñado de síes que surjan en esas urnas de cuya presencia en los colegios electorales aún se duda con bastante credibilidad, nada menos que a establecer de facto e ipso facto una República Catalana.  Esta situación reverdece en la memoria aquel interregno que significó la Guerra Civil en los pueblos de Aragón en los que los anarquistas establecieron su ideal de la sociedad sin estado, algo que reflejó, para vergüenza fílmica ajena, Ken Loach en Tierra y libertad, en la que las discusiones de los anarcosindicalistas, tan sonrojantes, están a la altura de lo que hoy oímos a activistas de la supuesta ultraizquierda, diseminados por un abanico de entidades políticas que más forman un  guirigay que un frente popular. Quiere pues, el gobierno de un Presidente de la Generalidad no escogida por los ciudadanos en las urnas, que nos sintamos cómodos en este interregno autoritario y delictivo, porque va a ser, nos dicen, el trampolín para la DUI y la convocatoria de las futuras elecciones constituyentes de la nueva república. Como se advierte, por la descripción, nos movemos en la política-ficción vendida con la garantía de hecho consumado, y ahí es cuando comienzan a suscitarse todo tipo de interrogantes acerca de la viabilidad de este tercer conato, desde 1934, de proclamación de una república independiente catalana en España. La imprudencia y el populismo de honda raigambre fascista de los dirigentes que nos han puesto en esta situación es posible que se traduzca en un apartamiento judicial de la vida política de esos dirigentes y que todo acabe en la convocatoria de unas nuevas elecciones autonómicas a las que ninguno de ellos, probablemente inhabilitados, se podrá presentar. El gobierno hará bien en garantizar, sobre todo, el orden público, cuya degradación fue causa de tantos males en la Segunda República, al decir de Payne. Y la política de paños calientes seguida por el indolente Presidente del Gobierno Central, Mariano Rajoy, una vergüenza democrática en el poder, por cierto, es probable que solo consiga enconar la situación. Se ha de pasar por ello y se ha de dejar claro que frente a las amenazas golpistas ha de prevalecer la ley, igual para todos. Si el inefable Homs, tan dicharachero antes, tan callado ahora, nos amenazó con el hundimiento de la democracia española si el salía condenado, ¿cómo tomar en serio esas supuestas y bobaliconas amenazas de que "Europa no permitirá que..." tan en boga en boca de delincuentes que han perpetrado un golpe de Estatuto y un golpe de Estado en dos sesiones que han quedado para el archivo de las infamias contra la democracia. Vivimos, pues, tiempos de tensa espera y de cruce de declaraciones, amenazas, juramentos, chulerías, desplantes y ni se sabe cuántas escenificaciones de la impotencia de unos y el temor de los otros a activar el victimismo que condicione negativamente la única salida posible: las elecciones autonómicas. En fin, que estamos entretenidos, es cierto; pero, a decir verdad, es posible que estuviéramos más tranquilos si, además, hubiera, ya, algunos detenidos. 

martes, 5 de septiembre de 2017

El turismo, el rutismo…


La toponimia o el hontanar popular de la lírica. Los nombres del lugar y el lugar de los nombres.


El turismo es una forma de rutismo, no lo olvidemos. La mejora en los medios de transporte a veces nos hace olvidar que el turista es, por definición, “el que se echa a los caminos a la buena de dios”, con indudable afán de descubrir realidades desconocidas, y a veces incluso rutas nunca antes transitadas, aunque esto es más propio de los aventureros, de los que los turistas son bastante menos que el pálido reflejo Curiosamente, en el siglo XXI, a diferencia del XIX, cuando nace, con los viajeros románticos ingleses, no hay turista en nuestros días que no sepa “exactamente” a dónde va. De hecho, el quijotesco salir a los caminos puede considerarse la antítesis del turisteo. No solo se escogen destinos de los que prácticamente se conoce todo de antemano, sino que es frecuente “estudiar” con antelación recorridos y objetos de interés, naturales o artísticos, para “no perderse nada” de aquello que, según sea el destino, se pagará “a precio de oro”. Se quiere reducir al mínimo la posibilidad de los imprevistos y garantizar al máximo el rendimiento de la inversión en conocimiento de países, ciudades, espacios naturales privilegiados, etc. “Conocer” es una palabra cuya polisemia, aplicada al turismo, incluye incluso el antónimo, y de ahí que tantos turistas prefieran el verbo “hacer” al verbo “conocer”: “hemos hecho el Machu Pichu”; “hemos hecho las islas griegas”; “hemos hecho Islandia”, etc. El conocimiento, al menos en la forma tradicional del mismo, se revela como un imposible, en el caso del turismo, como sucede en Corea del Norte, pongamos por caso un extremo, cuyos turistas, ¡que haylos!,  apenas entran en contacto sino con lo que el Régimen -allí sí que puede hablarse del Régimen con toda propiedad secuestrativa, no del del 78 nuestro, como hacen algunos con cierta ligereza… de cascos- decide que entren. Durante muchos años -ahora hace tiempo que me he “retirado” de esas veladas…- viajé intensa  y gratuitamente a través de las amistades que te invitaban a una cena-encerrona de la que no salías sin que te hubieran vaciado el cargador de veinte carros de diapositivas (ahora con las cámaras digitales la proporción debe de ser propia de la física de los grandes números…). ¡Menudo repertorio de asombros léxicos fui capaz de desarrollar en aquellas veladas! ¡Lo que ha contribuido mi afición a la lectura de diccionarios para mantener mis amistades! En mi casa somos de los de decidir “a última hora”, lo cual significa que una semana antes de salir por la puerta sufrimos un par de días locos tratando de “atar” el alojamiento para ir, al menos, con la única seguridad de dormir bajo techado, en vez de vernos obligados a hacerlo bajo capota. No por ser “de última hora” suelen ser nacionales nuestros destinos, sino por la convicción de que España es, sin ningún género de dudas, un país idóneo para el turismo, el rutismo e incluso la aventura. Disponiendo de pocos días, muchas ganas de variar el escenario de cada día y más aún de perdernos por esas carreteras que llevan a lugares insospechados, nuestra ruta nos llevó por Sigüenza, Ávila, Salamanca, Isla Santa Cristina, Olhos de Agua, Córdoba, Ciudad Real, Toledo y Madrid, rompeolas de las Españas -actualmente, para Pedro Sánchez, “rompeolas de las naciones españolas”, que consuena más-, con las derivadas correspondientes, claro está, porque nada más emocionante que la casa museo y la tumba de Juan Ramón en Moguer ni más exótico que la aldea de El Rocío, un pueblo del Far West desde el que nos embarcamos -el camión se movía sobre el terreno de dunas como un barco- en un más que recomendable viaje al corazón de Doñana. Sin embargo, no es mi intención venir a contarle a nadie un viaje sin historia, y mucho menos la historia de un viaje tan vulgar como los millones de ellos que se hacen cada año en todo el mundo. He venido a esta Provincia acogedora a dejar memoria de algo que suele pasarnos desapercibido cuando, sobre todo quien conduce, desvía levemente la atención hacia los infinitos topónimos que cubre nuestra red de carreteras. Los antropónimos constituyen, prácticamente, un conjunto limitado que, para desesperación de sus poseedores se va repitiendo ad náuseam, incluso cuando algunas aportaciones novedosas pretenden marcar una diferencia que se anula enseguida. Sí, hay familias en las que el antropónimo pretende singularizar hasta lo inverosímil, y las frustraciones que eso causará algún día llegarán  a la literatura. La toponimia, sin embargo, es el terreno propio de lo singular. Si hay 34 Springfield que reclaman ser la cuna de los Simpsons, mientras que en España es imposible que haya 28 Moríñigos, pongamos por caso. De siempre he sentido predilección por esas voces toponímicas que constituyen, en la mayoría de los casos, obras cimeras de poetas populares, algo así como un poema de una palabra en la que resuenan mil ecos líricos. Siempre voy más allá de la palabra en sí y trato de remontarme al momento fundacional que hay detrás de ella, un auténtico relato del descubrimiento, de la gracia, de la intuición, de la ficción, incluso. Sé que mi buen amigo, el primum inter clones Juan Poz, siempre le ha dado vueltas a la composición de un relato para el que tiene título, Comarca, y contenido, la historia pasando por ella desde el neolítico hasta el presente, pero para la que nunca ha tenido las palabras exactas ni el estilo elíptico imprescindible, porque se trata -dice el- de un relato de escasas páginas… En fin, allá él. Lo mío es el pasmo continuo del conocimiento nominal de esos topónimos que invitan a ver desengaños de escasas casas y, si hay suerte, espectaculares paisajes envolventes que justifican la elección del lugar. Lugareño siempre me ha parecido una suerte de timbre de gloria terrícola. Siempre he querido ser “lugareño”, pero no tengo más lugar que una playa en Tetuán, la arena blanca y un sol cegador… La toponimia es disciplina que tiene pocos pero fervientes seguidores, y menos lectores, a pesar de que los topónimos vienen a ser algo así como instrumentos indispensables de la Historia general y de la historia minúscula de un territorio. Siempre los he contemplado desde el punto de vista del acto poético, por más que la rudeza o agresividad de algunos invite a renunciar a dicha perspectiva, pero me quedo con los ejemplos que me avalan, antes que con los que me contradicen y que, poco a poco se van corrigiendo, como los “matajudíos” que tanto escándalo han levantado últimamente. Desde Barcelona hasta Ayamonte, me he hartado de descubrir auténticas joyas nominales que, a menudo, de verlas repetidamente en nuestros desplazamientos, pueden perder su indudable potencial poético: Candasnos, Alfajarín, Calatorao, Lodares, Estriégana, Daganzo…, de resonancias tan cervantinas, Galapagar, Fontiveros…, fuente de las verdades, podríamos traducir libérrimamente, donde nació nada menos que Juan de Yepes Álvarez -por poético nombre Juan de la Cruz-, Salvadiós, ¡ahí es nada!, Gimialcón, cercvano al anterior, Aldealengua, donde tendrían que convocarse los congresos internacionales de la lengua española, Rágama, Arapiles…, de bélicas resonancias de la Guerra del francés, Martinamor, Cabezabellosa, Talaván, Alcuéscar…, una muestra de la inacabable lista de topónimos árabes que no desaparecieron de nuestra territorio ni con la fortísima represión religiosa que siguió a la conquista de Granada, Usagre, Bormujos, Bollullos Par del Condado…, que me trajeron enseguida los versos de San Juan: la noche sosegada/ en par de los levantes de la aurora…, ¡y Moguer!, pero sobre Moguer anda el Poz episódico preparando su pinito lírico que no le quiero pisar. En todo caso, no puedo dejar de reseñar una brevísima visita de una tarde a Ciudad Real,  donde nunca había estado. Hablo con escaso o nulo conocimiento, por lo tanto, pero, al margen de llegar en tarde grande con procesión de velas por toda la ciudad camino de la Catedral, nada de cuanto vi concitó mi atención, menos mi sorpresa y nada en absoluto mi admiración, si hacemos excepción de os restos de la antigua Puerta de Toledo que han ubicado en la Plaza de su mismo nombre. Pensé en que el nihilismo y el abatimiento de mi amigo David están más que justificados, y que vivir en Ciudad Real, si la mente vuela tan libre, debe de ser un contraste mortificador de devastadora naturaleza. En fin…