miércoles, 22 de abril de 2026

Venturas* y desventuras de los escritores noveles (y aun publicados).

 

El patético espectáculo de la degradación cultural sufrida en este primer tercio del siglo XXI.

                    Hace un par de años comenté la traducción de Josep Maria Terricabras de El malestar en la civilización, de Sigmund Freud, un ensayo que el vienés escribió durante las vacaciones de verano y sin ayuda bibliográfica ninguna. Allí expliqué por qué volví a releer un libro que, en su día, leí en castellano con otro título, El malestar en la cultura: «Quería repasar el nivel de degradación que, en justa correspondencia con el nivel político de este septenio, se ha producido en una cultura en la que campa la «bandería» a sus anchas, orillando cualquier posibilidad no ya de un canon más o menos consensuado, sino incluso de la libre expresión subjetiva ante los actos culturales, sin que esa libertad lleve aparejado el encasillamiento ideológico del emisor. Se trata, como ha intuido el intelector, que para eso lo es, de una variante de la famosa «polarización» que, en España, es nítido eufemismo de nuestro cainismo secular». Y la autocita sigue siendo útil, porque hoy quiero reflexionar sobre la erosión que está sufriendo en nuestro país la relación de los autores, noveles o publicados, con la mayoría de las editoriales de nuestro país. No se trata, propiamente, de un ejercicio jeremíaco, sino de levantar acta de, en la mayoría de los casos, la falta absoluta de cortesía, es decir, aquello que antes llamábamos «buena educación», a la hora de responder a los autores que les envían sus originales. Dejo de lado el valor emocional que suelen tener esos envíos para quienes aspiran a engrosar la infinita lista de autores publicados, de esos que, una encuesta o mal formulada o mal leída, decía que, en librerías, no se vendía ni siquiera un ejemplar, que esa es otra..., y me atengo al hecho tan sencillo como protocolario del secular «acuse de recibo» o, según la política de cada editorial, de la declinación del interés editorial por el envío, acaso con las viejas palabras que dieron pie al nombre de mi bitácora literaria: Diario de un artista desencajado: «Lamentamos comunicarle que, a pesar del indudable interés de la propuesta que nos ha hecho llegar, su obra no encaja en nuestra línea editorial»; muy libre decisión de la que el aspirante a las mieles o las hieles de la publicación se quedaba con la piadosa mentira que lo animaba a seguir enviando la misma obra a otras editoriales, con la incombustible esperanza de que «algún lector» en algún lugar de privilegio descubriera las virtudes «evidentes» del texto enviado.

          Es cierto que muchas editoriales ya avisan en sus páginas web de que no admiten «manuscritos no solicitados», lo cual es obvio que no impide a muchos de esos noveles deseantes enviarlos por si pudieran ser la «excepción» que confirmara la regla. Otras, sin embargo, y me atrevería a decir que la mayoría, utilizan el ominoso «silencio administrativo», esto es, la callada por respuesta, y da igual el tamaño de la editorial, grande o pequeña, perteneciente a un gran grupo o una aventura independiente. En última instancia, no entra en el trabajo de las editoriales la crítica textual para dar detalladas razones de por qué  tal o cual texto no reúnen las virtudes necesarias para persuadir al editor de fatigar la imprenta para sacarlo a la luz en un mercado cada vez más raquítico y distante de lo que la gran mayoría de esos noveles considera que hacen: auténtica literatura. y no productos infames como los premios Planeta, obrejas de cortos vuelos, como las de los autores mediáticos, las sagas fantásticas o las muy diversas manifestaciones de lo políticamente correcto, en estos tiempos wokistas, cuyo máximo exponente acaso sea la «literatura oficial al servicio del Régimen» que se ha encarnado  en una impostura llamada Uclés, el caso paradigmático de a quien la simple reproducción de sus textos en una plataforma social, X, sin censura añadida, le ha granjeado la merecida rechifla universal.

          Al margen de la falta de educación básica aludida y de los rumbos comerciales del sector editorial, deberíamos considerar algunos factores que pueden ser considerados determinantes en la crisis que vive el sector, a pesar de que sigue aumentando el número de publicaciones. En cierto sentido, la peor alarma social  que ha de considerar el sector es el fracaso del sistema educativo, que no garantiza que salgan los jóvenes de los estudios obligatorios con un nivel de lectura suficiente como para poder leer ni siquiera obras tan poco exigentes como las descritas con anterioridad. Junto a realidad tan grave, y no por efecto de ese colapso educativo, se ha de considerar el paulatino descenso del número de lectores, una dolorosa realidad  que contrasta, ¡y de que manera!, con el sustancial aumento del número de escritores que aspiran a conseguir los laureles de la publicación, ¡la primera piedra de una sólida carrera! Será por esto, y por todo lo dicho anteriormente, que la democratización del acceso a la autopublicación, con esa maravilla que es la impresión bajo demanda, ha aliviado, de algún modo, el anhelo de exposición pública de buen número de esos autores que han crecido exponencialmente, si los comparamos con el número menguante de los lectores. De hecho, editoriales hay, ¡ a patadas!, que prometen poco menos que una fulgurante carrera literaria si se edita con ellas, hasta que el desolado novel entra en sus webs y contempla la lista infinita de «Nuestros autores», un cementerio de vanidades en el que sepultaría la propia a poco que contrate los servicios de alguna de ellas.

          La historia juega a favor de los noveles, sin duda, porque son innumerables las obras que no pasaron los filtros de las editoriales y alcanzaron, después no poca ración de gloria, aunque en algunos casos póstuma. Menos llamativos, para esos noveles, son los escritores que crearon con cierto desdén hacia el mundo editorial y puesta la mira en la perfección de su genio personal. No es halagüeña, desde luego, la imagen de la madre de Kennedy O’Toole llevando el manuscrito de su hijo de editorial en editorial, con un fervor que, al final, tuvo recompensa; tampoco que Marcel Proust, desengañado por las negativas recibidas, hubiera de autopublicarse el primer volumen de su magna obra; ni que Carrie de Stephen King fuera rechazada treinta veces o que novelas que Doris Lessing envió con pseudónimo a diversas editoriales fueran todas ellas rechazadas...En resumidas cuentas, una negativa editorial no es un juicio apodíctico, ni una sentencia estética, sino un mero cálculo de posibilidades de recuperar el dinero de la hipotética inversión. Además, cuanto más innovadora  y arriesgada estilísticamente sea la obra, más probabilidades tiene de tropezarse con un lector editorial incapaz de justipreciarla.

          Escribir no es publicar, ni publicar ha de significar nada especial para quien está comprometido con la escritura. Para darse cuenta de lo que significa en la vida de alguien la literatura,  solo hay que pasearse una agradable mañana de domingo primaveral por el mercado de libros viejos, como, por ejemplo, el de San Antonio, en Barcelona. Allí encontrará pirámides de libros con autores cuyos nombres solo pertenecen al archivo abarrotado del olvido, lo cual es la más efectiva de las terapias para curar la hidra de la vanidad que en todos los que empuñan la pluma, le susurran al micro o ejercitan la agilidad digital sobre un teclado suele crecerles con hondas raíces en el vasto y fértil terreno del ego. Que la actividad constante, cada vez más perfeccionada, dentro de las limitaciones de cada cual, no le baste al orfebre del verbo es señal de que no es la literatura el arte que profesa, sino una pálida imitación de la misma como mero instrumento para acceder a la adulación y acaso a la celebridad enfermiza de quienes leen lo que les prescriben desde las plataformas de poder de la edición como aquello que es imprescindible leer, prescripciones, para que se vea semejante sinsentido, que casi nunca incluyen a los clásicos, que son la verdadera escuela del gusto.


*Si el corrector automático se empeña en hacerme cambiar «venturas» por «aventuras», no quiero ni pensar en los pobres infelices que se dejen llevar por la Inteligencia Aduladora para «mejorar» lo que el caletre les dé de sí..., ignorando el dicho famoso: «Lo que naturaleza no da...».


Carta de rechazo a Gertrude Stein. Imagen cortesía de British Library