El patético espectáculo de la degradación cultural sufrida en este primer tercio del siglo XXI.
Hace
un par de años comenté la traducción de Josep Maria Terricabras de El
malestar en la civilización, de Sigmund Freud, un ensayo que el vienés
escribió durante las vacaciones de verano y sin ayuda bibliográfica ninguna.
Allí expliqué por qué volví a releer un libro que, en su día, leí en castellano
con otro título, El malestar en la cultura: «Quería repasar el
nivel de degradación que, en justa correspondencia con el nivel político de
este septenio, se ha producido en una cultura en la que campa la «bandería» a
sus anchas, orillando cualquier posibilidad no ya de un canon más o menos
consensuado, sino incluso de la libre expresión subjetiva ante los actos
culturales, sin que esa libertad lleve aparejado el encasillamiento ideológico
del emisor. Se trata, como ha intuido el intelector, que para eso lo es, de una
variante de la famosa «polarización» que, en España, es nítido eufemismo de
nuestro cainismo secular». Y la autocita sigue siendo útil, porque hoy quiero
reflexionar sobre la erosión que está sufriendo en nuestro país la relación de los
autores, noveles o publicados, con la mayoría de las editoriales de nuestro
país. No se trata, propiamente, de un ejercicio jeremíaco, sino de levantar
acta de, en la mayoría de los casos, la falta absoluta de cortesía, es decir,
aquello que antes llamábamos «buena educación», a la hora de responder a los
autores que les envían sus originales. Dejo de lado el valor emocional que
suelen tener esos envíos para quienes aspiran a engrosar la infinita lista de
autores publicados, de esos que, una encuesta o mal formulada o mal leída,
decía que, en librerías, no se vendía ni siquiera un ejemplar, que esa es
otra..., y me atengo al hecho tan sencillo como protocolario del secular «acuse
de recibo» o, según la política de cada editorial, de la declinación del
interés editorial por el envío, acaso con las viejas palabras que dieron pie al
nombre de mi bitácora literaria: Diario de un artista desencajado: «Lamentamos
comunicarle que, a pesar del indudable interés de la propuesta que nos ha hecho
llegar, su obra no encaja en nuestra línea editorial»; muy libre decisión de la
que el aspirante a las mieles o las hieles de la publicación se quedaba con la
piadosa mentira que lo animaba a seguir enviando la misma obra a otras
editoriales, con la incombustible esperanza de que «algún lector» en algún
lugar de privilegio descubriera las virtudes «evidentes» del texto enviado.
Es cierto que
muchas editoriales ya avisan en sus páginas web de que no admiten «manuscritos
no solicitados», lo cual es obvio que no impide a muchos de esos noveles
deseantes enviarlos por si pudieran ser la «excepción» que confirmara la regla.
Otras, sin embargo, y me atrevería a decir que la mayoría, utilizan el ominoso «silencio
administrativo», esto es, la callada por respuesta, y da igual el tamaño de la
editorial, grande o pequeña, perteneciente a un gran grupo o una aventura
independiente. En última instancia, no entra en el trabajo de las editoriales
la crítica textual para dar detalladas razones de por qué tal o cual texto no reúnen las virtudes necesarias
para persuadir al editor de fatigar la imprenta para sacarlo a la luz en un
mercado cada vez más raquítico y distante de lo que la gran mayoría de esos
noveles considera que hacen: auténtica literatura. y no productos infames como
los premios Planeta, obrejas de cortos vuelos, como las de los autores
mediáticos, las sagas fantásticas o las muy diversas manifestaciones de lo políticamente
correcto, en estos tiempos wokistas, cuyo máximo exponente acaso sea la «literatura
oficial al servicio del Régimen» que se ha encarnado en una impostura llamada Uclés, el caso paradigmático
de a quien la simple reproducción de sus textos en una plataforma social, X, sin
censura añadida, le ha granjeado la merecida rechifla universal.
Al margen de
la falta de educación básica aludida y de los rumbos comerciales del sector
editorial, deberíamos considerar algunos factores que pueden ser considerados
determinantes en la crisis que vive el sector, a pesar de que sigue aumentando
el número de publicaciones. En cierto sentido, la peor alarma social que ha de considerar el sector es el fracaso
del sistema educativo, que no garantiza que salgan los jóvenes de los estudios
obligatorios con un nivel de lectura suficiente como para poder leer ni
siquiera obras tan poco exigentes como las descritas con anterioridad. Junto a realidad
tan grave, y no por efecto de ese colapso educativo, se ha de considerar el
paulatino descenso del número de lectores, una dolorosa realidad que contrasta, ¡y de que manera!, con el
sustancial aumento del número de escritores que aspiran a conseguir los
laureles de la publicación, ¡la primera piedra de una sólida carrera! Será por
esto, y por todo lo dicho anteriormente, que la democratización del acceso a la
autopublicación, con esa maravilla que es la impresión bajo demanda, ha
aliviado, de algún modo, el anhelo de exposición pública de buen número de esos
autores que han crecido exponencialmente, si los comparamos con el número
menguante de los lectores. De hecho, editoriales hay, ¡ a patadas!, que
prometen poco menos que una fulgurante carrera literaria si se edita con ellas,
hasta que el desolado novel entra en sus webs y contempla la lista infinita de «Nuestros
autores», un cementerio de vanidades en el que sepultaría la propia a poco que
contrate los servicios de alguna de ellas.
La historia
juega a favor de los noveles, sin duda, porque son innumerables las obras que
no pasaron los filtros de las editoriales y alcanzaron, después no poca ración
de gloria, aunque en algunos casos póstuma. Menos llamativos, para esos
noveles, son los escritores que crearon con cierto desdén hacia el mundo
editorial y puesta la mira en la perfección de su genio personal. No es
halagüeña, desde luego, la imagen de la madre de Kennedy O’Toole llevando el
manuscrito de su hijo de editorial en editorial, con un fervor que, al final,
tuvo recompensa; tampoco que Marcel Proust, desengañado por las negativas
recibidas, hubiera de autopublicarse el primer volumen de su magna obra; ni que
Carrie de Stephen King fuera rechazada treinta veces o que novelas que Doris
Lessing envió con pseudónimo a diversas editoriales fueran todas ellas
rechazadas...En resumidas cuentas, una negativa editorial no es un juicio apodíctico,
ni una sentencia estética, sino un mero cálculo de posibilidades de recuperar
el dinero de la hipotética inversión. Además, cuanto más innovadora y arriesgada estilísticamente sea la obra,
más probabilidades tiene de tropezarse con un lector editorial incapaz de justipreciarla.
Escribir no es
publicar, ni publicar ha de significar nada especial para quien está
comprometido con la escritura. Para darse cuenta de lo que significa en la vida
de alguien la literatura, solo hay que
pasearse una agradable mañana de domingo primaveral por el mercado de libros
viejos, como, por ejemplo, el de San Antonio, en Barcelona. Allí encontrará
pirámides de libros con autores cuyos nombres solo pertenecen al archivo
abarrotado del olvido, lo cual es la más efectiva de las terapias para curar la
hidra de la vanidad que en todos los que empuñan la pluma, le susurran al micro
o ejercitan la agilidad digital sobre un teclado suele crecerles con hondas
raíces en el vasto y fértil terreno del ego. Que la actividad constante, cada
vez más perfeccionada, dentro de las limitaciones de cada cual, no le baste al
orfebre del verbo es señal de que no es la literatura el arte que profesa, sino
una pálida imitación de la misma como mero instrumento para acceder a la
adulación y acaso a la celebridad enfermiza de quienes leen lo que les
prescriben desde las plataformas de poder de la edición como aquello que es
imprescindible leer, prescripciones, para que se vea semejante sinsentido, que
casi nunca incluyen a los clásicos, que son la verdadera escuela del gusto.
*Si el corrector automático se empeña en hacerme cambiar «venturas» por «aventuras», no quiero ni pensar en los pobres infelices que se dejen llevar por la Inteligencia Aduladora para «mejorar» lo que el caletre les dé de sí..., ignorando el dicho famoso: «Lo que naturaleza no da...».
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| Carta de rechazo a Gertrude Stein. Imagen cortesía de British Library |

