jueves, 2 de julio de 2026

«Hay una luz sobre la cama», de Torcuato Luca de Tena, la sociedad española en 1969.

 


La primera representación teatral profesional a la que asistí, con 16 años, en Madrid.

 

          Descubrí el teatro en vivo a la edad de doce años, y la primera obra que vi fue La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, representada por los alumnos cadetes de la Academia General del Aire de San Javier en el transcurso de unas jornadas culturales y deportivas llamadas Los estratosféricos, en la que actuó mi hermano mayor. Hube de esperar hasta los 16 para, por mi cuenta, e ignoro qué información en aquellos días me motivó a dar el paso, gastara buena parte del muy escaso capital para mis gastos que me mandaban mis padres en la adquisición de una entrada para esta obra de Torcuato Luca de Tena, en el Teatro Bellas Artes, en Madrid.

          A Manuel Galiana lo había visto en televisión, y me impresionó, sobre todas, su actuación en El último reloj, de Chicho Ibáñez Serrador en su serie Historias para no dormir, una actuación del cuento de Allan Poe, El corazón delator. No sé si ese conocimiento influyó o no en mi deseo de verlo actuar en vivo, pero lo cierto es que saque mi entrada y allí que me senté, todo ufano, dispuesto a presenciar el más viejo espectáculo del mundo. Ya estaba crecidito para mi edad, y no percibí que mi presencia allí extrañara a quienes se sentaban cerca de mí. La obra, una versión de José Tamayo, representada por su Compañía Lope de Vega jugaba, en un espacio abierto, con las luces para delimitar los espacios y la aparición de los personajes. Solo al final  supe que esa cama y las luces que había sobre ella representaban un espacio hospitalario, una clínica mental donde el protagonista estaba siendo tratad de su trastorno. No en balde, el doctor que interviene en el primer fuego graneado de intervenciones nos marca el tono general de la obra: Doctor: Ser hombre maduro es aceptar la existencia del mal entre nosotros. Su inmadurez, Jaime, reviste caracteres patológicos.

          Poco a poco irán apareciendo, junto al protagonista los personajes que nos van a permitir conocer la historia de Jaime y el porqué de su crisis de identidad. El protagonista es un joven que admira a su madre, muerte hace tiempo, que se dedica a preparar oposiciones a cátedra de Historia, porque le parece que la Historia es el camino recorrido por el hombre desde sus orígenes a nuestros días y que  la Historia no se está quieta, como las figuras de un cuadro, sino que está en perpetuo movimientos, como la música. Lo hace en compañía de un amigo, Justo Maqueira, a quien le preocupa que su amigo se haya apartado tanto del mundo durante tanto tiempo, va para más de tres años: No deseo ofenderte, Jaime, pero... quisiera estar seguro de que tu retraimiento obedece solo a causas morales. ¡Llevas tres años sin salir con una chica ni para ir a un cine! Más adelante, Jaime sacará de dudas a su compañero, una vez que sepamos la posición que Jaime ocupa en su familia, huérfano de madre y, en cierta manera, huérfano también de padre, porque el protagonista está convencido de que los afanes académicos le importan un bledo a su padre:  Lo único que le preocupaba de mí, y parecía ofenderle, era el hecho que consideraba insólito de no haber tenido nunca a mi edad trato íntimo con ninguna mujer. A veces pensaba que se sentía orgulloso de mí sabiéndome en la cama de un burdel que no en mi cátedra de Universidad. De esa preparación no me llamó entonces el hecho de que se empastillara para prepararlas: Estoy muy nervioso. Llevo en el cuerpo un montón de cafés y dos «simpatinas» para no dormirme y seguir estudiando. Pero, más tarde, recuerdo mi propio uso de las «centraminas» y el «katovit», en dosis muy moderadas, para preparar las mías a profesor de Secundaria.

Un poco antes se nos ha presentado el personaje de Tonuca, cuya figura ambigua llama enseguida la atención de los espectadores, y mucho más de un inexperto joven de dieciséis años: Porque es aquí, en su casa, donde hoy empiezo a trabajar. De doncella particular de usted. ¿Ahora se desayuna? ¡Nada menos que de «doncella particular»! En efecto se trata de un eufemismo para encubrir los innobles fines de su padre: desvirgarlo. Sanmiguel, un socio de su padre y amigo de la familia, será, bastante más adelante, el encargado de trazar el retrato completo de la «doncella»: Esa chiquita es una de las golfas más conocidas de Madrid, una de las golfas más conocidas de Madrid. Ella es menor, ¿sabes? Y eso se cotiza. Es de las más caras..., de las más caras. Dímelo a mí. Son revelaciones que a esa edad mía he de confesar que me turbaron e instruyeron a partes iguales, aunque mi inveterado romanticismo se ponía del lado de Jaime, incapaz de considerar a Tonuca como la veía su padre, con ojos cinegéticos: No seas primo, hijo. Yo, a tu edad..., con una gacelita así, metida en casa... Se entiende, pues, el abismo que hay entre padre e hijo, un estado que yo hacía mío con absoluta facilidad, dados los encontronazos de todo tipo que tenía con el mío, dos modos de ver la vida absolutamente  incompatibles, hasta que la vida nos separó durante más de veinte años de espeso silencio.

Pero lo que me llegaba muy adentro era sentirme inmerso en la acción que se representaba en las tablas, y no tardó en meterse dentro de mí el veneno de la representación, y en ello, lo reconozco, la actuación apasionada de Manuel Galiana, fue3 decisiva. De hecho, un año más tarde, estando yo en el Colegio Mayor Siao-Sin, porque allí nos llevaron a los miembros de la Residencia Blume para amortizar tan costosa construcción —hoy sede de la UNED—, respondí al requerimiento que hizo Fernando (Fano) Meijide para crear un grupo de teatro y me sumé con entusiasmo. Recuerdo que presentamos El canto del fantoche lusitano, de Peter Weiss, en el Certamen de Teatro Universitario, pero, en el último momento, la representación fue suspendida por la policía, a requerimiento de la embajada de Portugal, aunque, pasando la cita de boca en boca, organizamos la representación en otro Colegio diferente de donde nos impidieron la actuación y conseguimos presentarla. Creo que desde entonces ya no me abandonó jamás el veneno del teatro, y aun hoy, sé que muchos de mis actos, totalmente privados, tienen ese dulcísimo origen. Tuve un grupo y escribí, actué y dirigí para y en él, pero, pasados los años, solo la escritura ocasional de alguna obra me ha quedado como pecio del Tiempo, además de mi tendencia al histrionismo privado, por supuesto.

 

Lo que no creo que llegara a entender, como en la lectura de hoy sí he comprendido, es la dura crítica social que alberga la obra, porque el padre es un empresario que ante las dificultades de sus empresas se plantea deslocalizar la producción, llevándola a África, a Nairobi, para lo que, previamente, ha de descapitalizar, de modo delictivo, las empresas para las que, al decir del hijo, Jaime, han recibido créditos blandos del gobierno: ¡Es un dislate de los gordos! —le redarguye el padre, don Carlos—Pretendiendo salvar con inyecciones financieras a industrias mal planeadas solo consiguen fomentar la inflación, hundir la moneda y provocar el delirio en la carrera de precios. [...] No eran créditos para malvivir lo que necesitábamos del Estado, sino permiso para cerrar unas fábricas improductivas. ¡Cerrar, cerrar y mil veces cerrar, antes que gastar millones en poner inyecciones de sueros a los muertos! [...] La única solución viable la di yo. Conservar la fábrica e Getafe, cerrar las de Manresa y Aviles y montar otra en Nairobi. Ya se advierte que las prácticas económicas franquistas, aunque disfrazadas, siguen teniendo vigencia, y me refiero, claro está a los famosos rescates de empresas de las que tanto se han lucrado los miembros del PSOE y de socios de gobierno.

El meollo de la obra, pues, más allá de la muerte del padre desfalcador y evasor de divisas —por cierto, estábamos a un año del estreno, que tuve el privilegio de ver en un certamen de teatro experimental en el Teatro Marquina, de Castañuela 70, al que accedí a fuerza de empujones y en cuyo trance perdí la uña entera del pie izquierdo...— se centra en el conflicto psicológico entre un hijo tan poco hijo de su padre y, sin embargo, atrapado en una feroz escisión. Jaime se lo confiesa a su amigo Justo:  No te equivoques. No es que tenga miedo al mundo por llevar tres años encerrado, sino que me he encerrado porque las gentes me dan miedo. Y asco. La presencia ajena me repugna. Es algo visceral. Huyo del mundo porque no me es grato. De las gentes, porque las temo. De esto hace ya mucho. Y tú lo sabes. Lo de ahora es distinto. No es un problema de inmadurez, como creía mi padre; ni de nervios, como creía yo. Es algo nuevo de lo que soy consciente y me llena de horror... [...] ¡Tengo dos almas! ¡YO SOY DOS! [...] Una de estas almas siente un impulso irresistible a volver a la infancia... quizá porque entonces fui muy feliz. [...] Mi padre... La otra de mis almas... ¡Cómo le odia, Justo, cómo le odia! [...] No le odio por vengarme del mal que me ha hecho. Le odio, pura y simplemente, por haber sido un garambainas, fatuo y vulgar; una caricatura de hombre, un arlequín de la bellaquería. Y, sobre todo, por ser mi padre. [...] Pero mi otra alma, Justo, la que quiere volver a ser niño, le quiere todavía. Le sigue queriendo entrañablemente... He ahí una confesión que por fuerza había de llamar mi atención y meterme algún escalofrío en el cuerpo, porque lo que luego aprendería en Machado como «heterogeneidad del ser» se me manifestaba en esa obra como un duplicidad que, en todo caso, hacia imposible la autoidentificación conmigo mismo, sin que la duda sobre mi propia personalidad no me arruinara la vida. De hecho, imagino que, desde aquella sesión de teatro, no he dejado ni un día de reconocer la pluralidad en mi interior y de no saber nunca no a qué, sino a quién atenerme...

A titulo anecdótico, me llama poderosamente la atención una reflexión de Tonuca, por lo que tiene de actual, cuando se entera de los trapicheos del padre de Jaime: ¿Y si no era suyo para qué se mete en libros de caballerías a arreglar las cuentas de nadie? Y si se mete... ¿por qué no se cobra una comisión por su trabajo, alma de cántaro? O sea, que los actuales comisionistas que inundan las portadas de la actualidad, desde el expresidente Zapatero hasta ministros del PSOE y otras malas hierbas que medran a su amparo, no son fruto actual, sino herencia secular de este país. Esa misma Tonuca, que responde al tipo de la prostituta sentimental con espíritu maternal es la que pretende evitarle a Jaime los males propios de su falta de maduración, de ahí que se nos presente como como una suerte de mujer experimentada, a pesar de ser descrita como menor de edad...:  Pero usted, pobretico mío, ¿sabe lo que está bien y lo que está mal? ¡A otro perro con ese hueso! ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo? Eso no lo sabe ni...Dios...

Con ese escepticismo, también muy nuestro y secular —aún habrían de pasar muchos años hasta llegar, en una de mis excursiones por el abigarrado paisaje del pensamiento, hasta la lectura de Francisco Sánchez y descubrir su famoso Quod nihil scitur, «que nada se sabe»—, salí del teatro entusiasmado y desconcertado, asfixiado por las mil y una preguntas que a mí mismo me hacía y desolado por la ausencia absoluta de respuestas convincentes. Tenía dieciséis años...

 

lunes, 29 de junio de 2026

El ventanal indiscreto

 

        


Estanque de los narcisos y puesto cinegético.


          Durante la profunda inclemencia de los calores veraniegos, y hasta recuperarme positivamente de la operación del tibial posterior, continúo ejercitándome en el gimnasio, donde un leve aire acondicionado permite la práctica deportiva sin sufrir los males asociados a una climatología tan adversa como la de estos meses que se abren ante nosotros como una maldición, una amenaza y una tortura.

          El gimnasio de las Piscines Picornell tiene un enorme ventanal de punta a punta del espacio que se abre visualmente al muy generoso de la piscina olímpica de verano donde, durante estos meses, se amontonan sólfilos, bañistas, familias enteras, turistas, y otras hierbas urbanas que combaten los mismos rigores pero con otras finalidades.

          Bien desde la elíptica de zancada variable, bien desde la cinta corredora, donde puedo llegar a estar, entre una y otra,  la hora u  hora y media de práctica cardiosaludable, ese ventanal se convierte en mi particular Ventana indiscreta bien discreta, porque el chorro de luminosidad que inunda la pileta y sus orillas convierte el ventanal en el terso espejo perfecto para todos los narcisismos que en el recinto se dan cita, que no son pocos, y a mí me invisibiliza casi por completo. Para «descubrirme», los narcisos o los juguetones, que de todo hay, han de apoyarse en la pared de cristal y ponerse las manos a modo de orejeras para ver qué raras especies regamos con nuestro propio sudor la esbelta (ejem, ejem...) planta corporal que nuestros progenitores tuvieron a bien regalarnos (y a quienes unos y otros, según quiénes, reprochamos o agradecemos el regalito, claro está...).

          Aunque no suelo dispersarme en la observación sociológica de cuanto se puede contemplar a través del ventanal, porque aprovecho mi tiempo, como alguna vez creo ya haberlo dicho, para ver películas o, en su defecto, algún partido de tenis de Grand Slam, he de confesar que, de unos años acá, me fijo cada vez más en los desastres que la moda de los tatuajes ha perpetrado en infinidad de cuerpos a los que convierte no ya en cuerpos-anuncio, cuanto en exhibición antiestética de las más soeces y vulgares ilustraciones de tinta que hayan sido diseñadas jamás. Ignoro si todos esos motivos icónicos que identifico son «creación original» del entintador o motivos de alguna infernal plantilla que ellos aplican como los grafiteros para algunas pintadas de carácter político, como las que aparecieron con el careto presidencial tras la dana en Valencia.

          Los tatuajes, desde mi infancia, los he asociado siempre con los marineros y con los miembros de la Legión. Más tarde, una película magnífica, El hombre ilustrado, de Jack Smight, me persuadió de que los tatuajes podrían tener otra dimensión, aunque, basada en relatos de Bradbury, ya se entendía que era una dimensión desconocida. Mucho más tarde, en 2002, vi una película tenebrosa y de muy cuidada estética relativa a un coleccionista de los tatuajes  que un maestro japonés había entintado en torsos humanos: Tattoo (Tatuaje), de Robert Schwentke. El coleccionista perseguía a las obras de arte vivientes y las mataba para despellejarlas cuidadosamente y «colgar» las piezas de arte epidérmicas en una colección particular de disfrute único en una bodega acorazada. Entre ambos extremos cinematográficos, el oscuro mundo de los tatuajes se ha ido democratizando a la par que achabacanando y, junto a perfectas obras de arte, no es difícil contemplar las tinturas más soeces e irritantes con las que se nos agrede la vista a poco que, sin desearlo por nuestra parte, se exhiban ante nosotros en cualquier espacio común. Como en tantas otras cosas, el uso indiscriminado de los famosos, porque todo indica que entintarse crea adicción, ha arrastrado tras de ellos a legiones de seres perfectamente anónimos a los que sus tatuajes les han permitido ingresar en la amplia nómina de impresentables.

Que todo está en la medida, es axioma que sirve para cualquier arte, incluso para el del tatuaje, porque alguna vez puede hablarse de él, pero muy raramente, como un «arte». Lo normal es el pistoletazo (los más finos prefieren «dermógrafo») grueso y un alucinante mundo de motivos inverosímiles, si no surrealistas, aunque el efecto surrealista proviene, habitualmente, de la mezcla de motivos en una misma zona corporal. Es evidente que podemos adaptar el tópico y decir lo de «dime qué te tatúas y te diré quién eres», sobre todo porque hay objetos tan elocuentes que cuesta no identificar el modo de pensar o las aficiones o las pasiones o el culto de la persona que se tatúa, que sé yo, el propio rostro de Cristo, una Inmaculada, Tor, Júpiter, la famosa foto del Che Guevara, un Fórmula 1, la hoz y el martillo o cualquier otro elemento perfectamente identificable.

          En aquellos lejanos años de la niñez los tatuajes estaban socialmente muy mal vistos, y, como dije, se consideraban una práctica marginal. Además de marineros y legionarios era posible verlos en el mundo del boxeo o en alguien que se hubiera movido por el lejano oriente. En una película, Promesas del este, de Sidney Lumet, extraordinaria,  supimos que los tatuajes tienen códigos, cuentan historias y acreditan jerarquías. En otra, Alabama Monroe, de Felix Van Groeningen, el tatuaje se nos vuelve poesía y drama. Y en las cárceles de Bukele aprendemos lo que hay tras ellos en los miembros salvajes de las maras, que los convierten en signos de identificación y de pertenencia. Pero ha sido su uso por parte de los futbolistas y otras estrellas mediáticas lo que les ha otorgado cierta respetabilidad social, de tal manera que ya es frecuente encontrarlos en no pocas profesiones, como todas las relacionadas con la sanidad, la política allende la izquierda y muchas otras propias del sector servicios. Aún no abandera la práctica ningún político de altura ni los sacerdotes católicos ni los miembros de la jurisprudencia, pero todo se andará...

          Desde mi discreta atalaya he podido observar composiciones que me han inducido a aguzar la vista para comprobar que veía lo que estaba viendo, y no se trataba de un espejismo propio de la solanera que cae sobre la piscina a esas inclementes horas  p.m. en que frecuento el gimnasio por mor de no haber de esperar demasiado para cumplir mi circuito de aparatos musculadores de los oblicuos, dorsales y glúteos —como exigen mis tocadas 3,ª 4ª y 5ª lumbares—, antes de centrarme en los de cardio y, si la tarde da de sí, acabar con unos largos en la piscina interior, también semivacía. Las ilustraciones que acompañan estas notas del natural pueden parecer exageradas, pero doy fe de que así, y aun peores, he visto yo las combinaciones de tatuajes en las sufridas piernas, brazos y dorsos de cuantos veranean en la piscina. Dejo de lado los brazos absolutamente entintados, como una manga de color, que es capricho op-art de sus orgullosos exhibidores, o esos cuellos gargantillados con un vergel de hojas aceradas y puntiagudas que parecen una carlanca de mastín. Lo que me llama la atención es el conjunto anárquico de objetos que recuerdan las páginas de los artículos del bazar de Lidl o las páginas iniciales del suplemento dominical de La Vanguardia. A su manera, el referente es el Rastro, por supuesto: la mezcolanza sin orden ni concierto. Y, se me crea o no, en tan pocos centímetros cuadrados yo he visto, juntos, casi rozándose, una cafetería Oroley, un escuálido ramo de margaritas, una llave inglesa, una corona de espinas, unos pendientes, una granada, una diminuta máquina de tren de vapor, una corona real, el nombre del ¿amado? —ese que la protagonista de Alabama Monroe se tatúa y acaba borrando cuando su historia de amor fracasa—, un par de alas de ángel (o de arcángel, que mi angelología no llega a tanto como para distinguirlas...) y un saxo...

          No se me escapa que dentro de poco, quienes solo ostentamos las cicatrices de las intervenciones quirúrgicas y aquella vacuna agresiva que parece un huevo estrellado o un diminuto parche de tamboril seremos algo así como los «marcados» por la ausencia, y en muchos casos, ¡paradójicamente!, seremos quienes más usamos la tinta... para escribir.

miércoles, 17 de junio de 2026

La degradación de la política o el desesperado numantinismo de vía estrecha.


Un caso patológico de lapismo político.

 

          La política es el mundo del que se puede hablar con mayor libertad en esta vida, porque el hecho, lamentable, de no tener filtro alguno para el ejercicio de las responsabilidades a que se pueden optar a través de la representación popular nos convierte a todos en doctores de dicha ciencia, sin haber tenido que superar crédito alguno de ningún tipo, ni académico ni laboral ni personal. No diré que es el famoso Patio de Monipodio, o la Bribia quevedesca, pero hasta la extensión, vía redes sociales, del poder de opinar, a cualquiera que a ello se atreva, sin otro púlpito que una plataforma a cuyos algoritmos se someta, el mundo de la acción política y el de la opinión «formada» habían estado «secuestrados» por un cuarto poder demasiado estrechamente unido al primero, lo cual dejaba «fuera de juego» a centenares de miles de ciudadanos, cada uno de ellos con su currículo, sus méritos, su prestigio social, académico,  personal, o bien todo lo contrario, como las propias plataformas muestran con insultante generosidad (y ello sin contar los famosos bots fraudulentos que amplifican la voz de su amo desde las técnicas de reproducción «in cloaca»).

No es fácil, así pues, detectar cuáles son los resortes efectivos del Poder, aunque la corrupción del (des)gobierno de Su Excelencia, P.S. nos ha permitido ver que se siguen reproduciendo como en los viejos tiempos de aquellas otras cloacas del Estado desde las que Felipe González reclamaba poder luchar contra la violencia homicida de ETA, y alguna palada de cal viva apareció por los escaños antes del abrazo que estrechó la erótica del poder entre quienes lo representaron con toda clase de dulzura político-emocional. Sí sabemos que una «moción de censura destructiva» nos instaló en un ciclo de degradación política que parece estar llegando a su fin, dada la gravedad de todos los casos judiciales que se le han abierto al (des)gobierno numantino del lapista número 1 de nuestra clase política: heredero infumable del viejo poltronismo franquista al que se supone que quería enterrar a paladas de cieno de ese lodazal inexpropiable al que ha denominado «el lado bueno de la Historia». El antidemocrático hecho de no presentar Presupuestos durante tres años consecutivos —lo que habría hecho dimitir a cualquier otro Presidente de nuestras democracias más cercanas—, amén de la explícita  voluntad de seguir (des)gobernando sin el concurso del Poder Legislativo y amedrentando al Poder Judicial desde la colonizada Fiscalía del Gobierno son, todos ellos, motivos harto suficientes como para presentar —una vez retirado el apoyo de una fuerza de la que dependía su precaria mayoría parlamentaria (de hecho nunca existente salvo para auparlo al Poder y regalar el retorcimiento de la Constitución para conceder una amnistía a los golpistas que lo auparon a su cargo/prebenda)— una moción de confianza que verificase el hecho de seguir contando, o no, con la mayoría que, con muy distintos intereses, lo situó en la Moncloa, degradada, tras estos ocho años, en moncloaca.

Se agotan los calificativos para describir las tropelías contra nuestro sistema democrático que están cometiendo quienes convirtieron en faro moral de su obra política a un chorizo que se ha presentado ante el juez para dar explicaciones sobre unos cargos que pueden dar con sus huesos de títere de dictadores en la cárcel. Sí, pongamos que hablamos de zp, a quien aún defienden desde el psoe de Su Excelencia como antes pusieron las manos en el fuego por el cariñosísimo y sobón Cerdán y dedicaron una larguísima ovación parlamentaria a Ábalos, en reconocimiento de su feminismo socialista y su defensa del socialismo allá donde hubiera pupilas dispuestas a recibir el ardoroso mensaje  e intermediarios propensos a reconocerle sus muchas influencias políticas. Valle-Inclán escribió El ruedo ibérico sobre el reinado de Isabel II, que daba para lo   que escribió y para más, pero mucho me temo que los niveles patéticos de miseria moral que hemos conocido en la corte de Pdr Snchz van a necesitar algo más que el esperpento para ser retratados convenientemente. Quizás las sentencias judiciales acaben conformando el mejor relato sobre el *octenio ominoso que estamos viviendo. En breve caerá la primera de un rosario de ellas que nos ilustrarán sobre las prácticas mafiosas en que ha acabado cayendo quien, dueño de una mediocridad insultante y un afán de arribista sin escrúpulos, ha pagado, como Dorian Gray, su paso por la vida-jet entre las cirigañas y adulaciones de quienes lo han rodeado y cortejado como en las viejas cortes faraónicas, y no precisamente las del Ay, va, ay, va... Pero está escrito que se va. Lo hará tarde y mal. Pero pasará a la historia de las crónicas de tribunales, que leerán, si aún existen, los aprendices de periodistas a los que les encarguen buscar las fuentes de, pongamos por caso, la corrupción política, porque en ese futuro en el que escriban, estos hechos de hoy serán el antecedente de los de su presente...

La más clara sensación de agotamiento de un político, de su partido y de una legislatura es el aburrimiento profundo en que nos sume a los interesados por lo que alguna vez se consideró «un arte», y cuyas historias hemos leído con mucho más interés en los clásicos grecolatinos que en la degradada actualidad, indigna de que gastemos el tiempo en prestarle una atención que podemos emplear en otros menesteres de mayor enjundia y más gratos a los sentidos, a la razón y a la imaginación. Dicho en plata: «¡Que les den!»

jueves, 4 de junio de 2026

Mi querido quirófano...

 


Entrar bípedo y salir trípedo y saltimbanqui...

 

            Soy un adicto a las intervenciones quirúrgicas. Las tengo por esos momentos de máxima sabiduría de la especie en que el ser humano corrige la obra divina y la mejora o la empeora, según los resultados. Lo mío es la predilección por la anestesia general, pero las dos últimas operaciones me las han practicado con anestesia parcial, de cintura para abajo, para el menisco, una, y otra, esta de ahora, para el tendón tibial posterior. Aunque me taparon como si fueran a hacerme una exploración ginecológica, pude ver en las placas de la lámpara central del quirófano las maniobras del cirujano para operar por laparoscopia, aunque con excesiva fragmentación, pero lo suficiente para identificar las maniobras, sin sentir absolutamente nada, por supuesto. La anestesista, amparada en que aparecía en mi historial una alergia a la penicilina, me dijo que me «bloquearía» la pierna, por lo que se me «despertaría» algunas horas después del despertar de la epidural, proceso que llevó, en el box de reanimación, sus buenas siete horas, un poco para mi desesperación, porque, tras haber leído El País, quería irme cuanto antes para casa, aunque estaba perfectamente atendido por las enfermeras con las que hice una prueba de mantenerme en pie totalmente infructuosa. Salí en silla de ruedas, pero la transición de la silla a las muletas y de estas al taxi casi dan conmigo, de espaldas, en el suelo, porque, al parecer, aún andaba algo aturdido. Desde el taxi hasta el domicilio tripodeé con idéntico desequilibrio, aunque llegué ileso hasta la sillita que me subió hasta el rellano del ascensor. Hube de reconocer que manejar las muletas fiado a la seguridad de una sola pierna, por fuerte que esté, no es fácil. El postoperatorio dictaba tres días, sin contar el de la operación, con la pierna en alto y sin jamás tocar el suelo. De hecho, aún llevo el calcetín azul de la operación puesto.

          Pensé, tan positivo soy siempre, que esto de manejar las muletas sería coser y cantar, pero como hace milenios que no las usaba, me ha costado lo suyo convertirme en el Cojo Manteca, que se hizo célebre en la Transición, aunque continuamente me venían a la memoria los chistes de Chumy Chúmez y de Gila. Sentarme en el mejor sillón de la casa fue un consuelo, pero, también, un desafío, porque subir desde tan bajo, apoyándose solo en la fuerza de la pierna derecha, cuesta lo suyo. También me ha venido a la memoria el salto de altura de los juegos paralímpicos, en los que vi a un cojo desprenderse de la muleta en el último momento y después correr a la pata coja para realizar un admirable salto.

          La dificultad que intuí para ducharme ha resultado ser mínima, gracias a la silla de la bañera y a la bolsa del alto cubo de basura no orgánica que tenemos, con la que preservo la integridad enjuta del miembro.

          A medida que pasan los días, la destreza aumenta, pero no estoy exento de accidentes como el ocurrido al pisar con la muleta en una alfombra, deslizarse ambas, alfombra y muleta y estar a punto de cometer el error de apoyarme con toda mi fuerza en un pie recién salido del quirófano. Como estaba cerca de la cama, tuve el reflejo de dejarme caer hacia ella, lo que me salvó de lo que hubiera sido una auténtica escabechina interna, porque un tendón tocado es más delicado que las cuerdas de un Stradivarius.

          Como el cirujano, joven, tuvo a bien darme todas las explicaciones antes de la operación «salvífica», tras la que me aseguraba que podría volver a correr maratones, no me he metido en la IA ni en foros especializados para enterarme de otros casos, salvo en uno que me salió casi al paso, porque los algoritmos no descansan y, apenas has dado tú un dato de ti, todo se conjura para ofrecerte cuanto se sabe de ese asunto. Se me ha quedado, con todo, una hermosa errata: «Hola, me duele mucho el tendón trivial posterior...», y me he dicho que ni en el sufrimiento podemos perder el buen sentido del humor.

          Aún no he tomado ningún analgésico, aunque continúo con la heparina, religiosamente, porque tengo el triste recuerdo de una querida compañera de trabajo a la que escayolaron una pierna por un accidente de esquí y murió tras ser desescayolada, horas después, súbitamente. Una muerte dulce, pero atroz, cuando tienes menos de cuarenta años. No estoy escayolado, porque, aunque era el plan, cambió a un vendaje comprensivo, dado el buen estado del tendón, no así el de la vaina que lo rodea. Estoy a punto de que se cumplan los tres días para calzarme una talonera de esparto y comenzar a apoyar tibiamente el pie, a ver cómo reacciona la zona. Mientras, sigo con mis equilibrios, yendo de salón al estudio y, a veces, con descansos en el sillón, aunque me cueste levantarme. Lo peor de todo, con mucho, es el comienzo de la urticaria que me produce el vendaje. Parecía cosa de poco y de ejercitar el estoicismo habitual, el «de fábrica», pero la noche pasada han sido de tal magnitud los picores que ni con mi socorrido lexxema farmacéutico -¡qué ironía para un filólogo...!- ni con el hielo aplicado sin protección, aun a riesgo de quemarme la piel, he podido disminuirlos. A las 5 de la madrugada he estado tentado de pedir un taxi e ir a urgencias para que me quiten el vendaje, antes de arrancármelo yo como un salvaje desesperado. Aún no sé si mañana lo haré, porque otra noche toledana en Barcelona no hay quien la soporte. Supongo que comenzar a usar la talonera y apoyar el pie es posible que me distraiga, ¡pero esos picores malditos...! Paciencia, a talonar y, si el frío no lo remedia, de naja a urgencias...

          ¡Y Su Excelencia sin dimitir...!    

 

 

 


miércoles, 22 de abril de 2026

Venturas* y desventuras de los escritores noveles (y aun publicados).

 

El patético espectáculo de la degradación cultural sufrida en este primer tercio del siglo XXI.

                    Hace un par de años comenté la traducción de Josep Maria Terricabras de El malestar en la civilización, de Sigmund Freud, un ensayo que el vienés escribió durante las vacaciones de verano y sin ayuda bibliográfica ninguna. Allí expliqué por qué volví a releer un libro que, en su día, leí en castellano con otro título, El malestar en la cultura: «Quería repasar el nivel de degradación que, en justa correspondencia con el nivel político de este septenio, se ha producido en una cultura en la que campa la «bandería» a sus anchas, orillando cualquier posibilidad no ya de un canon más o menos consensuado, sino incluso de la libre expresión subjetiva ante los actos culturales, sin que esa libertad lleve aparejado el encasillamiento ideológico del emisor. Se trata, como ha intuido el intelector, que para eso lo es, de una variante de la famosa «polarización» que, en España, es nítido eufemismo de nuestro cainismo secular». Y la autocita sigue siendo útil, porque hoy quiero reflexionar sobre la erosión que está sufriendo en nuestro país la relación de los autores, noveles o publicados, con la mayoría de las editoriales de nuestro país. No se trata, propiamente, de un ejercicio jeremíaco, sino de levantar acta de, en la mayoría de los casos, la falta absoluta de cortesía, es decir, aquello que antes llamábamos «buena educación», a la hora de responder a los autores que les envían sus originales. Dejo de lado el valor emocional que suelen tener esos envíos para quienes aspiran a engrosar la infinita lista de autores publicados, de esos que, una encuesta o mal formulada o mal leída, decía que, en librerías, no se vendía ni siquiera un ejemplar, que esa es otra..., y me atengo al hecho tan sencillo como protocolario del secular «acuse de recibo» o, según la política de cada editorial, de la declinación del interés editorial por el envío, acaso con las viejas palabras que dieron pie al nombre de mi bitácora literaria: Diario de un artista desencajado: «Lamentamos comunicarle que, a pesar del indudable interés de la propuesta que nos ha hecho llegar, su obra no encaja en nuestra línea editorial»; muy libre decisión de la que el aspirante a las mieles o las hieles de la publicación se quedaba con la piadosa mentira que lo animaba a seguir enviando la misma obra a otras editoriales, con la incombustible esperanza de que «algún lector» en algún lugar de privilegio descubriera las virtudes «evidentes» del texto enviado.

          Es cierto que muchas editoriales ya avisan en sus páginas web de que no admiten «manuscritos no solicitados», lo cual es obvio que no impide a muchos de esos noveles deseantes enviarlos por si pudieran ser la «excepción» que confirmara la regla. Otras, sin embargo, y me atrevería a decir que la mayoría, utilizan el ominoso «silencio administrativo», esto es, la callada por respuesta, y da igual el tamaño de la editorial, grande o pequeña, perteneciente a un gran grupo o una aventura independiente. En última instancia, no entra en el trabajo de las editoriales la crítica textual para dar detalladas razones de por qué  tal o cual texto no reúnen las virtudes necesarias para persuadir al editor de fatigar la imprenta para sacarlo a la luz en un mercado cada vez más raquítico y distante de lo que la gran mayoría de esos noveles considera que hacen: auténtica literatura. y no productos infames como los premios Planeta, obrejas de cortos vuelos, como las de los autores mediáticos, las sagas fantásticas o las muy diversas manifestaciones de lo políticamente correcto, en estos tiempos wokistas, cuyo máximo exponente acaso sea la «literatura oficial al servicio del Régimen» que se ha encarnado  en una impostura llamada Uclés, el caso paradigmático de a quien la simple reproducción de sus textos en una plataforma social, X, sin censura añadida, le ha granjeado la merecida rechifla universal.

          Al margen de la falta de educación básica aludida y de los rumbos comerciales del sector editorial, deberíamos considerar algunos factores que pueden ser considerados determinantes en la crisis que vive el sector, a pesar de que sigue aumentando el número de publicaciones. En cierto sentido, la peor alarma social  que ha de considerar el sector es el fracaso del sistema educativo, que no garantiza que salgan los jóvenes de los estudios obligatorios con un nivel de lectura suficiente como para poder leer ni siquiera obras tan poco exigentes como las descritas con anterioridad. Junto a realidad tan grave, y no por efecto de ese colapso educativo, se ha de considerar el paulatino descenso del número de lectores, una dolorosa realidad  que contrasta, ¡y de que manera!, con el sustancial aumento del número de escritores que aspiran a conseguir los laureles de la publicación, ¡la primera piedra de una sólida carrera! Será por esto, y por todo lo dicho anteriormente, que la democratización del acceso a la autopublicación, con esa maravilla que es la impresión bajo demanda, ha aliviado, de algún modo, el anhelo de exposición pública de buen número de esos autores que han crecido exponencialmente, si los comparamos con el número menguante de los lectores. De hecho, editoriales hay, ¡ a patadas!, que prometen poco menos que una fulgurante carrera literaria si se edita con ellas, hasta que el desolado novel entra en sus webs y contempla la lista infinita de «Nuestros autores», un cementerio de vanidades en el que sepultaría la propia a poco que contrate los servicios de alguna de ellas.

          La historia juega a favor de los noveles, sin duda, porque son innumerables las obras que no pasaron los filtros de las editoriales y alcanzaron, después no poca ración de gloria, aunque en algunos casos póstuma. Menos llamativos, para esos noveles, son los escritores que crearon con cierto desdén hacia el mundo editorial y puesta la mira en la perfección de su genio personal. No es halagüeña, desde luego, la imagen de la madre de Kennedy O’Toole llevando el manuscrito de su hijo de editorial en editorial, con un fervor que, al final, tuvo recompensa; tampoco que Marcel Proust, desengañado por las negativas recibidas, hubiera de autopublicarse el primer volumen de su magna obra; ni que Carrie de Stephen King fuera rechazada treinta veces o que novelas que Doris Lessing envió con pseudónimo a diversas editoriales fueran todas ellas rechazadas...En resumidas cuentas, una negativa editorial no es un juicio apodíctico, ni una sentencia estética, sino un mero cálculo de posibilidades de recuperar el dinero de la hipotética inversión. Además, cuanto más innovadora  y arriesgada estilísticamente sea la obra, más probabilidades tiene de tropezarse con un lector editorial incapaz de justipreciarla.

          Escribir no es publicar, ni publicar ha de significar nada especial para quien está comprometido con la escritura. Para darse cuenta de lo que significa en la vida de alguien la literatura,  solo hay que pasearse una agradable mañana de domingo primaveral por el mercado de libros viejos, como, por ejemplo, el de San Antonio, en Barcelona. Allí encontrará pirámides de libros con autores cuyos nombres solo pertenecen al archivo abarrotado del olvido, lo cual es la más efectiva de las terapias para curar la hidra de la vanidad que en todos los que empuñan la pluma, le susurran al micro o ejercitan la agilidad digital sobre un teclado suele crecerles con hondas raíces en el vasto y fértil terreno del ego. Que la actividad constante, cada vez más perfeccionada, dentro de las limitaciones de cada cual, no le baste al orfebre del verbo es señal de que no es la literatura el arte que profesa, sino una pálida imitación de la misma como mero instrumento para acceder a la adulación y acaso a la celebridad enfermiza de quienes leen lo que les prescriben desde las plataformas de poder de la edición como aquello que es imprescindible leer, prescripciones, para que se vea semejante sinsentido, que casi nunca incluyen a los clásicos, que son la verdadera escuela del gusto.


*Si el corrector automático se empeña en hacerme cambiar «venturas» por «aventuras», no quiero ni pensar en los pobres infelices que se dejen llevar por la Inteligencia Aduladora para «mejorar» lo que el caletre les dé de sí..., ignorando el dicho famoso: «Lo que naturaleza no da...».


Carta de rechazo a Gertrude Stein. Imagen cortesía de British Library


viernes, 27 de marzo de 2026

Conducir, una pasión tranquila.

 

La mirada equina a la realidad desde la intimidad con ruedas.

 

          Desde que leí el hermoso libro de David Le Breton, Elogio del Caminar, donde deja a los automovilistas a los pies de los caballos, tengo clavada esa espinita y el deseo de sacármela mediante un elogio de la conducción que, sin competir con el caminar, porque soy el primero que reconozco la superioridad de la bipedación, sitúe pasión tan tranquila en el lugar que merece, porque, además, forma parte emblemática de la modernidad, aunque su extensión nos haya traído problemas climáticos que junto a la ganadería intensiva y a las energías fósiles constituyen un auténtico quebradero de cabeza para muchos países que se mueven entre la sequía y el anegamiento por lluvias casi tropicales.

          Acotemos el terreno, porque conducir es una palabra con amplísimo campo referencial, pues ahí entran quienes trabajan con vehículos, desde los taxistas, hasta los camioneros, pasando por los autobuseros, los tractoristas, los *ambulancieros, los pilotos de Formula 1 y tantos otros a quienes su profesión «encadena» a las cuatro ruedas sin dejarles tiempo ni espacio ni predisposición para disfrutar de esta pasión tranquila que es conducir sin agobios, urgencias o necesidad, que es de la que yo pretendo decir dos o tres banalidades.

          Conducir un turismo por recreo implica que, siempre que el coche esté en condiciones, esto es, que haya pasado las revisiones obligatorias y nuestro taller de confianza nos diga que no nos va a surgir ningún problema mecánico ―siempre dentro, claro está, de lo previsible lógicamente, porque a veces las inesperadas meigas mecánicas te arruinan cualquier desplazamiento, por supuesto―; implica, decía, que nos lanzamos a la carretera con un estado de ánimo al volante que nos va a permitir disfrutar de lo de dentro y de lo de fuera, porque conducir es vivir en dos espacios de forma simultánea, el del interior del coche y el del exterior. Supongo que es experiencia común, al menos entre las parejas, longevas o no, que compartir el habitáculo del coche invite al coloquio, a las confidencias y, sí, también a los apasionados intercambios de puntos de vista sobre cualquier extremo de los muchos a los que la realidad, nacional e internacional, nos obliga, como si del hecho de hablar casi visceralmente al respecto supusiera poder modificar algo de esa realidad. La familia, las amistades y los propios proyectos personales de los emparejados se llevan la parte del león de esos diálogos automovilizados..., aunque, antes de entrar en ellos, y dependiendo de  la hora a la que se emprenda el viaje, las noticias o la música clásica suelen preparar el terreno.    

          Para el conductor, sobre todo, que ha de hacerlo sin perder ripio de cuanto pasara fuera del coche, la atención se divide entre muchos requerimientos, porque el control del tráfico, quienes nos adelantan, los más, y a quienes adelantamos, los menos, exige su puntito de tensión, sobre todo si se produce alguna congestión en la vía, algo que ocurre al salir de la gran ciudad donde se habite. Salvado ese obstáculo, es el paisaje, contemplado, como sugiero, casi con una perspectiva equina, aquello a lo que se presta una atención que, según el conocimiento que tengamos de la ruta, gana en acuidad o no. El conductor apasionado descubre novedades incluso en paisajes una y mil veces vistos, porque la luz no es siempre la misma, ni las posibles, y siempre hermosas, formaciones nubosas, o porque, según las estaciones, se atrapa un momento u otro del proceso de crecimiento de los cultivos, o porque alguna, casi seguro que fraudulenta, concesión reciente ha convertido en Gólgota de las renovables el perfil mondo y lirondo de las sierras que caen dentro del horizonte de nuestra vista.

          Lo esencial para disfrutar de la conducción es la relajación, la calma interior y habitacular..., porque algunas conducciones familiares privan de esa actitud, sobre todo cuando las criaturas se convierten en géiseres estomacales que te obligan a parar y a limpiar el recinto interior con las socorridas toallitas húmedas, tan escasamente biodegradables. Se trata, por lo tanto, de una pasión que viven con intensidad las personas de edad madura, de provecta edad, los *diosos y los viejos en perfecta forma física. Si el coche es automático, y es probable que de aquí a poco todos lo sean, o que compartan ambas posibilidades como ocurre en el Kia Niro que yo conduzco, aún se dan más circunstancias favorables para convertir el conducir en un placer que, insensiblemente, nos va acercando al lugar de destino sin que sintamos la necesidad imperiosa de llegar «cuanto antes». Siempre tendré en la memoria lo que se puede considerar como parte relativa de esta pasión conductora: Los autonautas de la cosmopista, de Carol Dunlop y Julio Cortázar, una aventura sociofantástica en la que, de todos modos, se conduce lo justo entre las áreas de servicio que la pareja inspecciona como si fueran aventureros en el más exótico de los parajes.

                Este placer del que hago aquí el elogio implica que a quien va disfrutando de él le cuesta dios y ayuda parar, y como la velocidad de crucero sobrepasa muy justamente los 100 km/h, lo cual motiva que algún camionero nervioso, me haga todo tipo de señales luminosas y acústicas para que acelere, antes de dedicarse a  hacer lo que debe, poner el intermitente, abrirse y adelantarme, porque, imagino, deben sacar la peregrina conclusión de que un turismo que vaya más lento que ellos es como una burla de su dura profesión, y es justo lo contrario, un respeto máximo, aunque hayan de hacer el esfuerzo de cambiar de carril para adelantarme; como no paso de ese límite, decía, el gasto de gasolina se ajusta de tal manera que, con un depósito, puedo ir conduciendo hasta mas de las cuatro horas que no suelo franquear porque las lumbares imponen su ley y porque, dada mi inclinación al insomnio, trato de evitar a toda costa el peligro de las «cabezaditas». Los estándares de seguridad de las últimas promociones de vehículos ya llevan el control automático de la permanencia en el carril y la disminución de velocidad para ponerse a la par del coche que viaja delante, si se ha escogido conectar la velocidad automática, lo que permite viajar con los pies fuera de los pedales sin riesgo alguno.

          Parte bien curiosa de la conducción, en viajes de más de 500 km, son los momentos de soledad, por siestecillas de la copilota o de todo el pasaje, en los que se tiene la sensación de atravesar el espacio en fase de gravitación, porque la percepción se desprende de una rutina que casi no nos exige atención alguna y la mente viaja a abismos interiores en los que se representan mil y un argumentos y reflexiones que convierten el vehículo en lo más parecido a una mónada que se desplaza sin tocar el suelo y en la que se ventilan las más caprichosas dialécticas, porque hablar con uno mismo sin decir ni mu es algo que la conducción favorece. Del mismo modo, la percepción del paisaje cobra otra dimensión, porque el único destinatario de la emoción o la epifanía de lo nunca visto es el propio perceptor, quien siempre tiene el cuidado exquisito de no perturbar el descanso ajeno. Ser el único despierto al volante otorga un plus de responsabilidad que contribuye a la satisfacción íntima que ya siente el conductor por sus experiencias contemplativas, íntimas y éxtimas.

          Desde esa paradójica vocación de lentitud se contempla con no poca piedad el nerviosismo de los Mesalas que, dada mi velocidad de crucero, te llenan los ojos de destellos de las luces largas mientras tardo lo mío en reintegrarme a mi derecha, tras adelantar a un tráiler que solo viaja 5km/h más lento que yo... A veces saludo con una sonrisa y un monárquico agitar de la mano, mientras observo su desquiciamiento nervioso, Y al segundo ya sigo en lo mío, disfrutando de la travesía y abierto a cualquier novedad del paisaje, porque su inmovilidad de referente pictórico es más falsa que los paisajes de dunas. Le Breton decía que no se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa, y ello fundamentalmente porque caminar permite también, entre otras cosas, descubrir el silencio: la experiencia de caminar descentra el yo y restituye el mundo, inscribiendo así de pleno al ser humano en unos límites que le recuerdan su fragilidad a la vez que su fuerza. Recordemos que un mundo tranquilo y silencioso acaba por convertirse en un mundo inquietante en el que se sienten perdidos todos aquellos que están acostumbrados al ruido, por eso el hecho de caminar activamente se convierte en una suerte de metamorfosis del individuo: el camino nos transforma. ¿Qué de esa afirmación no es aplicable a la conducción? Podríamos ponernos estupendos y certificar que el ruido propio del automóvil en su desplazamiento es una agresión al ser humano y que está en las antípodas del silencio que solo a través de un paso de montaña o en una meseta vastísima puede percibir el viajero que camina. Hecha esa salvedad, he de reconocer que la capacidad del conductor para sentir la fisicidad del paisaje depende solo de su imaginación y del recuerdo del contacto con los elementos naturales: si se ha vivido mínimamente en contacto con la naturaleza, en cualquier etapa de la vida, por urbanita que uno haya acabado siendo, nunca se pierde la experiencia de ese contacto que llevamos dentro. ¡Qué presente tengo aún los alrededores de Serradilla, cuando, a mis seis años, llevábamos los caballos a beber a la laguna y el cuello descendente del animal me parecía un tobogán inmenso! ¡O el olor de la menta y la hierbabuena! ¡O el tacto de esparto de las albardas! ¡O la caricia del hermoso pelo de los inteligentes burros! Insisto, no defiendo que sea lo mismo moverse en el paisaje a pie o sobre ruedas, pero la aventura interior tanto se da en uno como en otro caso, por no hablar del ensimismamiento casi místico que produce la contemplación de las líneas que separan los carriles o la que separa la carretera, continua o intermitente, cuando tiene dos direcciones.

          Durante un tiempo de mi juventud, conducir de noche aumentó el placer de la conducción, pero la factura gravosa de la edad me lo ha hecho imposible. La fatiga ocular no te deja saborear la noche, ni tampoco conducir demasiado tiempo contra el sol. En condiciones adecuadas, sin embargo, van cayendo insensiblemente los quilómetros a medida que el buceo en la intimidad se extiende con sus movimientos sin gravedad, como trabajan los buzos en la reparación de los cascos. Tiene el conductor la sensación de flotar dentro del vehículo, por amarrado que vaya con el cinturón de seguridad, lo que no impide, en la mayoría de los accidentes, su muerte o su semidestrucción.  Lo esencial es atenerse al placer para evitar el riesgo, aunque lanzarse a una carretera es tirar una moneda al aire. Siempre me impresionó la novela que me contó mi amigo Josep, no sé si era de Updike, en la que dos existencias solo coinciden en el fatal accidente en que se estrella un coche contra el otro. Se va narrando la vida de ambos, de forma paralela,  hasta esa fatal coincidencia en el tiempo y en el espacio. No recuerdo el título y la IA me pide mas datos, que no tengo. Sí, como es obvio, hay un factor de riesgo inevitable en el hecho de sentarse al volante, está fuera de toda duda, y cuando se ha visto a algún camión dar bandazos de un lado a otro de la autopista, poco antes de lanzarte a la aventura de adelantarlo, es difícil que el miedo no forme parte, más o menos acallado, del viaje; un miedo que se tiene de los propios despistes o cabezaditas, desde luego. Solo la prudencia y el amor a la conducción como un fin en sí misma te permite viajar confiado y alerta, entregado al placer y siempre con la mosca tras la oreja, figurada, que no realmente, porque es sabida la distorsión y el peligro intrínseco que provocan las moscas, las avispas o los mosquitos cuando se hacen con el control del habitáculo.

          Conducir es experiencia muy común, la mayor parte de la población la tiene, pero hay quienes se niegan, y no con mal criterio, porque conducir en ciudad, por ejemplo, nada tiene que ver con la pasión conductora de la que hablo, aunque amplía el conocimiento sociológico de las reacciones humanas al volante, desde luego. Amigo tengo que, de su natural tímido y reservado, a la que se ponía al volante se convertía en un volcán de improperios a todo conductor viviente, a poco que, a su juicio, hiciera alguna maniobra que se apartara de lo normal o del código... ¡A saber los que se habrán acordado, con las peores invectivas, de una alcaldesa de Barcelona de cuyo nombre ni quiero acordarme! ¿Quién no tiene la experiencia de que por una manifestación de sesenta personas en el centro de la ciudad se convierta esta en un caos para la locomoción?  

          Quedémonos, sin embargo,  con el magnífico sabor de boca y de alma que le reporta al espíritu la contemplación de las bellezas naturales que obligan tantas veces a levantar el pie del «acelerador», ¡qué palabra tan agresiva!, para demorar el disfrute de lo imperecedero. Para el aficionado al cine, además, ¡qué mejor road movie que la propia al volante, seleccionando todos los encuadres, la luz y la banda sonora...!

lunes, 16 de febrero de 2026

Érase un hombre a un carrito pegado, érase un carro superlativo...

Andanzas de intendencia...

 

          Tengo un amigo, tocayo, pues Juan se llama, con quien me cruzo a veces por mi barrio y por el suyo, zona fronteriza, que siempre se sorprende de no verme con el carrito de la compra, dada la frecuencia con que me tropiezo con él arrastrándolo de comercio en comercio, hasta la compra total. Es actividad que me recuerdo haciéndola desde siempre, porque fui el único de mis cinco hermanos que acompañaba a mi madre al mercado Guzmán el Bueno, en la calle Andrés Mellado, en Madrid, muy interesado yo, además, en el modo experto como seleccionaba el género y pedía, con nombres específicos las partes de la ternera que compraba para dar de comer a la tropa, con excepción del primogénito que estudiaba ya en la Academia General del Aire en San Javier. Era un modo interesado de sisar algo en las vueltas, cuando me tocaba ir solo, porque eso de la «paga» era ficción, de ahí que, poco antes de llegar a Madrid, con once años, me hubiera aventurado a trabajar poniendo pimientos abiertos a secar, un cesto en el que hubiera cabido yo, las manos destrozadas y una paga ínfima. Se ve que aprendí poco, porque, tres años más tarde, siempre con restricción severa de líquido, estando ya en la Residencia Blume, entré a trabajar como distribuidor de fruta por los mercados de Madrid, saliendo del de Legazpi, entonces mayorista de frutas y verduras. No tardé en comprender lo que significó el trabajo de construcción de las pirámides de Egipto, a juzgar por cómo, con una soga que me pasaba por la frente y que bajaba hasta sostener ocho cajas de frutas, recorría los pasillos del mercado para dejarlas en los puestos correspondientes. Se supone que, como deportista de élite, yo debía dormir mis ocho o nueve horas, pero a las 6’00 de la mañana viajaba en la parte superior descubierta del camión contemplando cómo se despertaba la ciudad para deslomarme en esos repartos en los que no duré más de cinco días, a pesar de lo que sorprendió a mis explotadores mi consistente fuerza física. Está claro que tenían razón: «En esto hubieras hecho carrera», me decían.

          Ser jefe y esclavo de intendencia, todo en uno, en la familia no es posición envidiable, pero tampoco la peor de las tareas en el reparto doméstico, aunque confieso mi predilección por el tendido de la ropa de esas lavadoras nocturnas antes de retirarnos a dormir, con temperaturas de 5 o 6 grados, o mi dilecta tarea: arreglar la cocina, sobre todo lavar la vajilla, porque ahí sí que, como en la compra, el placer es total. Dada mi inclinación a las tareas de la casa, previo pago, que mi madre sabía negociar muy bien, y en mí hallaba un interesado receptor a sus propuestas, nada de las tareas domésticas me es ajeno. Guiso, tiendo la ropa, barro, friego, hago la cama, ¡raramente retiro el polvo!, ¡nunca plancho!, y, sobre todo, me ocupo de que no falte ni un ajo ni una mandarina, aceite, embutidos, carne, pescado, cereales y una larguísima lista de productos cuya enumeración me llevaría algunas páginas. Estar al tanto de que no falte nada no es fácil, máxime si el siervojefe ha renunciado, por respeto a sí mismo, a elaborar la lista correspondiente y lo fía todo ―estrategia antialzheimeriana― a la memoria que poco a poco el tiempo va erosionando. Me resisto, pero eso a veces implica alguna salida extra, después de haber recorrido no menos de seis comercios distintos, porque la intendencia requiere una inversión andariega que me río yo de los del Camino de Santiago, si tuvieran que hacerse cargo de la intendencia que me toca y que, modestamente, creo que saco adelante con notable éxito. A veces, es cierto, y visto desde fuera, debo parecer ridículo, parado ante un pasillo, esperando que venga a las mientes el producto que sé que falta de ese espacio concreto, porque la memoria de la intendencia se mueve por referencias espaciales, no nominales: los pasillos  de la droguería, las vitrinas de los yogures, los estantes del café, el del cereal, ¡bendita avena mía de cada día!, el pasillo de las latas, el de las especias... Los recorro y, usualmente, me viene enseguida el rayo luminoso de la carencia que me lanza las manos hacia el producto inexistente en la casa.

          Frente a la tendencia a comprarlo todo en un centro comercial, esa costumbre importada de Usamérica, soy lo que bien puede llamarse un «hombre de barrio», que compra cada producto allá donde lo tienen o donde lo tienen mejor que en otros sitios. Así a bote pronto: la tienda especializada en frutos secos; el Lidl, donde tienen el aceite Olisone, primera extracción en frío, excelente, y la leche de avena barista a un precio con el que otros súpers no pueden competir; Véritas ―cuyo nombre comercial parte las letras por la mitad, lo cual siempre me ha hecho pensar que algo de verdad le restaban a lo que vendían...―, donde el tofu ahumado y el seitán tienen su asiento, así como el Rooibos natural; de ahí a la panadería donde he dejado el encargo, días antes, de los moldes de trigo sarraceno; la verdulería, donde tienen unas zanahorias y unas judías verdes, estas de precio astronómico, a las que no me resisto, como tampoco a los guisantes de lágrima ni a las granadas mollares, que están a punto de cerrar la temporada ―¡en mala hora la industria cosmética se fijó en las virtudes de la granada, que tanto fruto aparta de los anaqueles de las verdulerías, así como las embotelladoras de zumos de fruta!, aunque reconozco que el zumo de granada de Consum, sobre todo en los veranos ardientes, es una recompensa de la que no suelo privarme, antes de emprender el camino de vuelta a Ítaca; y después el Consum, donde hago la mayor parte de la compra, de tal manera que, además de llenar lo que queda del carro, he de añadir una bolsa gigante que ato a la barra del carro para no llevarla a peso, lo que viene a sumar, por lo general, casi unos cincuenta quilos.

          Lo mejor de las labores de intendencia es el ejercicio de selección del material. Enfrentarse a los kiwis, los tomates solcat, el calabacín, el brócoli, los plátanos de Canarias, las peras, las manzanas, las patatas Red Pontiac, originarias de Usamérica, la cebolla dulce que enjuga las lágrimas... Para cualquier producto se ha de ejercitar una labor de selección que evite en lo posible el manoseo, porque anda que no maduran los aguacates con tanta cata como los clientes solemos hacer, como sucede con los melones o las piñas. Ser lo más parecido a un experto implica que, por lo general, los precios se van hacia arriba cuando uno no cubre el expediente, sino que quiere que los suyos paladeen lo que lleva. Así, de los casi catorce tipos de jamón que venden en la charcutería, solo el Montaraz, cuando la paletilla está bien al final y es bien magra, de unos 80€ el quilo, merece la pena comprarlo, como el pavo asado Tello, que tampoco es precisamente barato, pero tiene una calidad contrastada. Es curioso, ahora que voy escribiendo sobre estas nimiedades en las que empleo una gran cantidad de mi tiempo, tiempo del que no disfruto para atender a otros menesteres intelectuales más suculentos que la propia comida, pero tengo la sensación de ser una suerte de valetudinario youtuber prescribiendo a sus seguidores los mejores productos con los que llenar la cesta de la compra... Para el pescado, curiosamente, aunque el de Consum es excelente, tengo un puesto que frecuento desde que llegué al barrio en 1986 ―aún recuerdo que durante unos quince días, subía al barrio de Gracia  para hacer allí la compra, porque lo ignoraba todo de nuestra nueva dirección―, y sigo yendo. Allí me han visto ir a comprar llevando a mis dos hijos, uno en brazos y la otra en el coche, y eso es algo que ni ellos olvidan ni yo, ni Jaume y Ana ni Miquel, ahora.

          Ser jefe de intendencia significa tener una visión del IPC muy distinta de la de los gobiernos de turno. Y la propaganda gubernamental choca frontalmente con la percepción de quien, si traduce en pesetas lo que se gasta en algunos alimentos básicos, se lleva las manos a la cabeza y solo piensa y lamenta que nos hayamos vuelto locos: ¡un pan de molde de espelta, 1200 pts! Y que conste que no me parece mal que los productores en origen, no los excesivos intermediarios, se beneficien y obtengan las rentas que merecen, pero la sempiterna carrera alcista de los precios del carro de la compra es una realidad tan contundente que bien puede decirse que ningún político la conoce de primera mano, día a día, salvo, seguramente en forma de pose propagandística, Fraga Iribarne, cuando preguntaba siempre a Felipe González si sabía cuál era el precio del quilo de garbanzos... Pero quien recorre las calles y los comercios arrastrando el carro de los nutrientes con los que mantener a la familia sana y unida (¡hay que ver cómo se cuelga el hijo vegano del buen jamón serrano...!) no ignora que la formación de ese IPC sufre una descompensación que convendría revisar, porque es lo más engañoso que ha creado la ciencia económica. El peso de los bienes y servicios en ese IPC es un engaño tan tremendo como el que sufrimos con la imposición del euro en 2002. Así que cogí la bolsita de la nueva moneda del palé que nos guardaban los bancos a cada cliente, tardé segundos en decir que las 150 pesetas del ejemplar de El País iban a subir en menos que cantaba el gallo de la estafa, a la moneda de euro, 166 pesetas. Y así fue. Y, desde entonces, fuimos escalando a unos precios que no se correspondían ni con los salarios ni con los servicios. Y ahí estamos. Carrito en ristre; cartera sombría; familia satisfecha. A verlas venir...