miércoles, 6 de marzo de 2019

Un discurso político y la política en un discurso.




Respuesta de Rajoy, el 8 de abril de 2014, a los comisionados catalanes, Rovira, Turull y Herrera,  que pedían se les transfiriera la competencia para organizar un referéndum de autodeterminación.

Es curioso que en los largos años de dedicación oyente a los plenos del Congreso de los Diputados, en los que me he tragado infinidad de discursos de todo pelaje, solo uno me haya parecido que expresaba a la perfección la esencia de lo que es nuestra democracia, y casi lamento decir que quien lo profirió en su día haya sido, sin duda, uno de los más mediocres políticos que hayamos tenido en el ejercicio del poder desde 1977. Intuyo que detrás de él, del discurso, está la mano de la abogacía del estado y que sería bueno, en aras de la honestidad intelectual, que se conociera cuanto antes el nombre o los nombres de los que lo escribieron o, en su defecto, suministraron las idea que con claridad meridiana trazan las únicas líneas rojas que se pueden trazar en el seno de nuestra democracia, porque se habla en él, insisto, de  las condiciones sine qua non de nuestra democracia, fundada sobre la Constitución de 1978 y gracias a la cual podemos seguir existiendo como pueblo unido cuyos derechos nadie ha arrebatado, aunque unos pocos dementes, actualmente sometidos a juicio, lo hayan intentado. El Parlamento de Cataluña decidió enviar al Congreso de los Diputados -en vez de haber ido el Nada Honorable Artur Mas (Àrtur para los acomplejados) para acabar siendo vapuleado como lo fue el señor Ibarretxe cuando se presentó en el Congreso con idéntico espíritu separatista- una delegación compuesta por tres personas cuyos destinos del 14 acá son bien dispares: Herrera está fuera de la política, descabalgado de IC-V, y repescado por el psoe de snchz como Director general del Instituto para Diversificación y Ahorro de la Energía en el Ministerio de Transición Ecológica; Marta Rovira es una fugada de la Justicia y Jordi Turull, en prisión preventiva para que no consume una fuga idéntica a la de Puigdemont, Rovira et alii, y actualmente sometido a Juicio en el Tribunal Supremo por los “hechos” presuntamente delictivos -aprobar leyes inconstitucionales de desconexión del ordenamiento jurídico español, convocar un referéndum ilegal y proclamar la Repùblica catalana-  cometidos en setiembre y octubre de 2017. En aquella ocasión, los comisionados explicaron con toda la libertad del mundo la pretensión de que el Gobierno de España les concediera la competencia para convocar dicho referéndum de autodeterminación, si bien se cuidaron muy mucho de usar dicha expresión, sustituida por el eufemismo “derecho a decidir”, una aberración conceptual que tuvo no poco éxito popular en las abonadas tierras de la intolerancia secesionista. Seguí en su momento la respuesta de Mariano Rajoy con total interés, porque tenía para mí que lo que estaba en discusión era cuál era la concepción democrática de nuestra sistema político que impedía legalmente acceder a dicha petición extracompetencial. Y Rajoy, lo confieso, no me decepcionó. Enseguida advertí que otros habían puesto los conceptos y él la voz, y quizás prueba de ello fue la ausencia, en su discurso, de esas socarronerías gallegas a las que tan aficionado ha sido siempre el expresidente. Se trataba, por decirlo en términos solemnes, de un Discurso de Estado, no de un discurso ni de Presidente de Gobierno ni de Presidente del PP, y a fe que tal condición satisfizo todas mis expectativas, porque, por primera vez, seguía un razonamiento jurídico de primer nivel que me explicitaba cuáles eran las posibilidades reales de acción no solo del Parlamento, sino, sobre todo, del Presidente de Gobierno, es decir, las auténticas e inimitables líneas rojas que incluso protegen la Constitución de la hipotética deriva autoritaria de una mayoría absoluta o de una reforma de la Constitución que pretenda eliminar lo que son los derechos fundamentales de los ciudadanos, empezando, claro está, por la soberanía nacional. Se trata, como se advierte, de un discurso constitucionalista en el mejor sentido de la palabra, pero ajustado al ámbito por excelencia del debate político: el Parlamento. He querido hoy recordar aquel discurso porque, a mi modesto entender -quizás el propio de mis muchas limitaciones- se trata de un momento crucial en nuestro parlamentarismo, de un hito al que acaso no se le ha reconocido el valor fundamental (como fundamento de nuestro sistema democrático) que tuvo, que tiene y que espero que siga teniendo para el bien de nuestro país.
         A continuación, expongo aquí los fragmentos imprescindibles y teóricos de ese discurso que marcaba los límites de un diálogo que, como acaba de descubrir el frívolo ingenuo que nos gobierna, no solo existen, sino que ponen de manifiesto la raíz autoritaria de la imposición de quienes, desde el golpismo secesionista, dicen defenderlo a capa y espada. Recuerdo, a título anecdótico, que aquel pleno también pasó al anecdotario por el bochorno que sufrimos todos los catalanes al oír los discursos de quienes, supuestamente, nos representaban a todos, pero, en realidad, solo a quienes acabarían dando un golpe de estado, proclamación de la República catalana incluida. Herrera fue entonces, como actualmente la alcaldesa Immaculada Colau, el compañero de viaje de aquella insensatez que derivó en transgresión de las leyes. La pobreza expresiva, conceptual, de la señora Rovira dejó muestras indelebles de que aquella aventura no podía acabar bien, como ahora lo estamos comprobando. Rajoy supo allegar los materiales precisos para construir un discurso que, a día de hoy, y visto el desarrollo de los acontecimientos históricos, lo reivindican como un político leal al ordenamiento constitucional en su conjunto. Insisto, con todo, en que sería bueno que se supieran sus «fuentes» para honrarlas públicamente como se merecen. En el ínterin, lean quienes quieran oír argumentos de primera calidad, este discurso digno de ser enmarcado como un sucinto recordatorio de las poderosas  virtudes de la Constitución de 1978:

Señor presidente del Congreso de los Diputados, señora Rovira, señor Turull, señor Herrera, representantes del Parlament de Catalunya, señoras y señores diputados, las razones que me mueven para intervenir hoy aquí van más allá de la literalidad de la iniciativa que debatimos. Acudir a esta Cámara para exponer la posición de este Gobierno es para mí un ejercicio de responsabilidad. Quien ha presentado esta proposición de ley ha optado por trasladar el debate de sus propuestas a la sede de la soberanía popular. Lo considero un acierto. Debatir en esta Cámara es una muestra del papel primordial que en democracia tiene el Congreso de los Diputados. Es reconocer y respetar la representación que aquí se ejerce de todos los españoles sin excepción. Por eso intervengo. Más allá de acordar o no la delegación o transferencia de una competencia, quiero dirigirme a todos los ciudadanos, y muy especialmente a los ciudadanos de Cataluña, para transmitirles que, como presidente del Gobierno, soy y seré el presidente de todos. Trabajo por el bienestar de todos, lucho por sus derechos y por sus libertades que con esfuerzo logramos entre todos y entre todos hoy conservamos; y, por todo ello, defiendo la permanencia de Cataluña en España porque no concibo España sin Cataluña ni concibo una Cataluña fuera de España y de Europa. Esta es para mí no solo una cuestión de legalidad o de balanzas, es una cuestión de sentimientos, de afectos, de historia compartida y de futuro.
El preámbulo deja claro, a diferencia de nuestro actual presidente, que Rajoy se considera el Presidente de todos los catalanes, algo que snchz ha desmentido con sus actos al recibir exclusivamente a los secesionistas y negociar con ellos, sin haber recibido en ningún momento a la ganadora de las elecciones en Cataluña, Inés Arrimadas, ni interesarse por las reivindicaciones de quienes se oponen frontalmente a los designios secesionistas de quienes están en el poder autonómico, pero sin «representar» los intereses de «todos» los catalanes.
         Señorías, hoy voy a hablar del desafío que algunos pretenden plantear al Estado, un proyecto de ruptura del que esta proposición de ley es solo una pieza instrumental. Intervengo para reiterar algo que todos los ciudadanos saben, incluso quienes han defendido hoy aquí esta iniciativa: que no hay democracia sin ley. Intervengo también para explicar a todos los ciudadanos, particularmente a los de Cataluña, lo mucho que nos une y los riesgos que entraña un proyecto de fractura. […] Dicho esto, con su permiso, voy a entrar en materia. Lo que ustedes, señores representantes del Parlament de Catalunya, han pedido a este Parlamento —no al Gobierno de España ni a su presidente sino a este Parlamento— es que deleguemos en la Generalitat de Catalunya la competencia para autorizar, convocar y celebrar un referéndum consultivo para que los catalanes se pronuncien sobre el futuro político colectivo de Cataluña. Previamente a esta petición nos han anunciado, a través de los medios de comunicación, al Gobierno de España y también a esta Cámara que el día 9 de noviembre de este año harán un referéndum en el que formularán dos preguntas: ¿Quiere que Cataluña se convierta en un Estado? En caso afirmativo, ¿quiere que este Estado sea independiente? Y nos ofrecen —lo acabamos de escuchar aquí— un acuerdo que consiste en que digamos que sí a esta decisión que ustedes unilateralmente han adoptado.
         La distinción entre Congreso y Gobierno es de una pertinencia total. Igualmente, Rajoy recuerda que estamos ante una falsa política dialogante, porque se va al Parlamento a pedir una autorización para algo que ya ha sido convocado unilateralmente, fuera de la ley, con fecha incluida. Es decir, un paripé representativo frente a hechos consumados.
 Señores comisionados del Parlament de Catalunya, señorías, voy a explicarles con toda cordialidad por qué me parece que no se puede acceder a lo que nos solicitan. Las razones que expondré van más allá de mi posición política, de mi programa de Gobierno, de mis ideas, de mis opiniones o de mis conveniencias. Se apoyan en el único terreno por el que en un asunto como este me está permitido transitar: la ley y el deber; lo que autoriza o rechaza la ley unido a lo que exigen o prohíben los deberes de mi cargo. Señorías, lo que hemos escuchado antes en la lectura del comunicado del Gobierno puede resumirse en muy pocas palabras: no es posible atender a lo que nos solicita el Parlament de Catalunya porque no lo permite la Constitución. No lo permite porque, independientemente del uso que se le quiera dar, se trata de una competencia indelegable. El Parlament de Catalunya reclama para la Generalitat la competencia para autorizar un referéndum. Ha optado por pedir a las Cortes Generales, al Parlamento de la nación, que le transfiera, que le dé la capacidad, la competencia de autorizar por sí misma ese referéndum. Señorías, el referéndum es una manifestación de un derecho fundamental, el derecho de participación política, y como tal, por imperativo de nuestra Constitución, ha de ser regulado en ley orgánica, y al Estado corresponde con carácter exclusivo la regulación de las condiciones de su ejercicio. Esa misma Constitución atribuye al Estado la competencia exclusiva en materia de referéndum como es autorizar o denegar su convocatoria; ese es el contenido mismo y único de la competencia, y esa autorización estatal es la garantía del derecho de participación política que la Constitución reconoce a todos los españoles. En efecto, señorías, si se repasan en nuestra ley suprema las competencias exclusivas del Estado, salta a la vista que se trata de aquellas que afectan a todos los españoles, a sus derechos, a su nacionalidad, a su igualdad. Esa es la idea de Estado que recoge la Constitución, como la inmensa mayoría de las constituciones, el que administra lo que es común, lo que los constituyentes no quisieron dejar en manos de otras administraciones porque importaba a todos, y a todos por igual. Señorías, sobre estas competencias exclusivas se estableció la cautela de que, aunque pudieran delegarse algunas funciones, ninguna de ellas podría transferirse en su totalidad. El Estado debería conservar siempre la titularidad de sus competencias para no dejar a los ciudadanos, a sus derechos y a su igualdad desguarnecidos o, si lo prefieren, para no privar al Estado de su principal razón de ser y existir; en otras palabras, señorías, la titularidad de las competencias exclusivas es indelegable. Si este Parlamento, este, tuviera la potestad de transferir la titularidad de todas las competencias exclusivas, estas Cortes tendrían la posibilidad de liquidar la Constitución y el Estado mismo sin el concurso ni la aprobación del conjunto de los españoles. Este es el tema, señorías. Pues bien, en el caso que nos ocupa, la autorización para celebrar un referéndum, no cabría otra opción que delegar la titularidad, pero es una competencia que no es divisible, consiste exclusivamente en la autorización. Lo que se solicita abarca todo el contenido de la competencia; transferirlo equivale a vaciarla, es decir, a perder la titularidad. Por decirlo de otra manera, el Estado puede autorizar o no un referéndum, lo que no puede hacer es delegar en otros para que lo autoricen, que es lo que ustedes solicitan. Dicho esto, a mayor abundamiento añado: lo que tampoco está permitido es autorizar —no hablo ya de delegar— un referéndum cuyo propósito sea radicalmente contrario a la Constitución. Lo que pretende ese referéndum, independientemente de los eufemismos con que se camufle, es proclamar una soberanía que no existe porque nuestra Constitución no la reconoce. Como todos ustedes saben, el Tribunal Constitucional acaba de pronunciarse en este sentido. Señorías, la soberanía del pueblo, la soberanía española corresponde a todos los españoles, a todos. No existen soberanías regionales, ni provinciales, ni locales; no existen ni se pueden crear, ni se podrían admitir, al menos con esta Constitución. Esto importa mucho, señores portavoces, porque no estamos hablando solamente de Cataluña. Hablamos de España entera, de los intereses de España, del futuro de España y de quién está facultado para tomar las decisiones que afectan a toda España; de eso hablamos. En todo aquello que les atañe los españoles tienen derecho a intervenir y, como es natural, ni quieren ni deben quedarse callados, ni nosotros podríamos discutir semejante privación de tan fundamental derecho. (Aplausos). Señorías, por eso están ustedes aquí, por eso han venido a depositar su solicitud en la sede de la soberanía española. Siendo esto así, que lo es, ¿qué sentido tiene solicitar que una parte de los españoles puedan tomar decisiones en nombre de todos los demás? Señorías, ni este Gobierno que yo presido, ni las Cortes Generales, ni el Parlament de Catalunya, nadie, puede legítimamente privar de manera unilateral al conjunto del pueblo español, único titular de la soberanía, de su derecho a decidir sobre el futuro colectivo. En resumen, estas son las razones por las que pienso que no se puede atender la solicitud que ustedes plantean. Ni la competencia que demandan es transferible ni el propósito para el que la solicitan es conforme a la ley. Cualquiera de ambas cosas, a mi entender, choca abiertamente contra la Constitución. Señorías, si como acabo de decir, este Parlamento tuviera la capacidad de transferir la titularidad de todas las competencias exclusivas o de romper la soberanía nacional, estas Cortes se estarían situando por encima mismo del conjunto del pueblo español. Esto no es así porque nuestra Constitución nació en 1978 y es, por fortuna, hija de su tiempo, por eso nos permitió construir lo que hoy, como ustedes saben, se llama una democracia constitucional, es decir, una democracia avanzada que asegura la protección de la soberanía nacional y la inviolabilidad de los derechos fundamentales de los españoles. No los protege contra el mal tiempo; los protege contra el Gobierno —sí—, contra las mayorías —sí— y contra cualquiera que no sea el conjunto del pueblo soberano, es decir, el conjunto del pueblo español. (Aplausos). Señorías, la nuestra, como todas las constituciones modernas, protege la soberanía nacional y también los derechos fundamentales, y lo hace frente a toda clase de amenazas; por eso no permite que los cambios de Gobierno o los vaivenes de las mayorías puedan repercutir en ellos. ¿Qué les parecería, por ejemplo, que llegara al Gobierno un partido o una coalición de partidos con mayoría absoluta y dispusieran que los españoles no son iguales ante la ley o que se suprime el secreto de las comunicaciones y que nadie fuera libre para entrar y salir libremente de España? ¿Por qué no es siquiera imaginable que esto ocurra? Porque la Constitución, por fortuna, no lo permite; más aún, prohíbe incluso que los titulares de los derechos puedan renunciar a ellos. No permite, por ejemplo, que se suprima el derecho de huelga ni aunque los soliciten los trabajadores, ni que se pueda renunciar al derecho a la libertad de expresión o a los derechos de reunión y manifestación entre otros. Por eso además encomienda a un alto tribunal la tarea de enjuiciar la constitucionalidad de las leyes para estar seguros de que ninguna ley, aprobada aquí —claro que sí, aquí— lesiona los valores, los principios y los derechos que recogimos en la Constitución. Gracias a todo eso todo el mundo sabe de antemano que puede confiar en que ningún Gobierno, sean cuales sean sus principios políticos, hará determinadas cosas, no porque no quiera a lo mejor, sino porque, afortunadamente, no puede. Esa es la razón, señorías, por la cual la Constitución se empeña en prohibir obstinadamente ciertas cosas. De nada sirve, frente a esa realidad insoslayable, vestir las reclamaciones de calor popular. Algunas cosas no cambian ni con manifestaciones ni con plebiscitos. Eso no es posible, ahora no es posible. Se redactó la Constitución de manera que no fuera posible, y esto es lo que yo deseo que entiendan, aunque no lo compartan, pero lo deseo. No se trata de una cuestión de voluntad política, ni de flexibilidad, ni de hallar un punto de encuentro, ni de que cedamos más o menos. No es algo que podamos resolver el señor Mas —aunque hubiera venido hoy— y yo con un café; aunque tomáramos quinientos, seguiría faltándonos lo que no tenemos: la potestad que la Constitución nos niega. (Prolongados aplausos). Señorías, esta es la realidad, salvo que se cambie la Constitución; y para cambiar la Constitución hay reglas que no se pueden saltar. Estas son nuestras reglas de convivencia, las únicas que cuentan, las únicas vigentes; porque, señorías, cada constitución clausura el pasado y abre un capítulo nuevo en la convivencia. A ningún francés de la V República se le ocurre apelar a las normas de la IV; sería ridículo. En España ocurre igual; de nada sirve apelar al pasado, porque las constituciones son como los testamentos, señorías, la última anula todas las anteriores. Cada constitución es un punto y aparte en la historia que deja las cuentas saldadas. Por eso se vota en referéndum, para que lo que se acuerda solemnemente entre todos pueda obligar a todos. Nadie impuso a nadie la Constitución en 1978. En Cataluña, por ejemplo, la refrendó el 90,4% de los ciudadanos que acudieron a las urnas, muy por encima de la media del conjunto de España. Lo hicieron porque quisieron, por su propio interés, por las razones que fuera. No consideraron que fuera una mordaza; es más, consideraron que era una garantía. No pensaron que era un grillete, sino una salvaguarda. Esa fue la más genuina, la más libre y la más auténtica autodeterminación de Cataluña. (Aplausos). Señores representantes del Parlament de Catalunya, señorías, esto es lo que dice la ley. Yo, como presidente del Gobierno, estoy obligado a cumplir la ley, y no me pidan que deje de hacerlo. Pídanme otra cosa, pero no me pidan que incumpla la ley. No me pidan que me salte la soberanía nacional. Yo estoy obligado a cumplir la ley y todos los que están aquí también están obligados a cumplir la ley.
Esta es la parte doctrinal, llamémosla así, del discurso, donde se expone con total claridad lo que les está permitido a los gobernantes y que, a mi entender, ni siquiera una reforma de la Constitución sería capaz de anular, en la medida en que suprimir derechos fundamentales pecaría ipso facto de anticonstitucionalidad, del mismo modo que no puede invocarse una mayoría absoluta que cambie la constitución para anular la soberanía nacional y «fragmentarla» en soberanías autonómicas, regionales o provinciales. Rajoy levantó ante los delegados catalanes el muro imponente de la Constitución, que tiene sus propias salvaguardas, para bien de todos, como estamos viendo, sobre todo, desde que las derechas nacionalistas en Cataluña decidieron abrazar los postulados de la extrema derecha y llevarnos a una concepción identitaria, supremacista y xenófoba de un supuesto sujeto histórico soberano llamado un sol poble cuyos «intérpretes» interesados solo buscan la división de los ciudadanos de la autonomía y asegurar su situación de privilegio en el entramado social a todos los niveles, desde la política hasta la enseñanza pasando por los medios de comunicación e incluso, hasta donde puedan, por la vida económica.
Ante esta realidad que acabo de exponerles y que ustedes mismos comprenden que es infranqueable, se las han ingeniado para buscar maniobras de distracción que desvíen los focos de la cuestión fundamental y trasladen el debate a otros terrenos. Señorías, en los últimos tiempos hemos escuchado algunas afirmaciones que sinceramente pienso que solo sirven a quienes quieren el enfrentamiento, la fractura y la división para justificar su propio proyecto y que en nada ayudan a la convivencia, la concordia y el progreso. Permítanme también darles mi opinión sobre ese asunto. Les voy a dar mi opinión; les voy a decir lo que pienso, igual que ustedes dijeron lo que ustedes piensan. No es verdad que en Cataluña sufran una opresión insoportable; no es verdad, señorías. No es verdad que se persiga la lengua catalana o que se asfixie su cultura, no es verdad. No es verdad que se pongan trabas al desarrollo económico ni que se torpedee el bienestar, no es verdad. Tampoco es verdad que no se les ayude en las dificultades o que se les aplique un trato discriminatorio respecto a otras comunidades autónomas, no es verdad. Tampoco es verdad que en los países civilizados, cuando una región quiere apartarse, le abran la puerta para que salga llevándose una porción del territorio común; eso no pasa, señorías, en ningún lugar del mundo. (Aplausos). No me hablen de Escocia porque, como ustedes saben o deberían saber, responde a supuestos históricos y constitucionales muy distintos. Por cierto, si Escocia tuviera la mitad de la mitad de las competencias que tiene Cataluña, no se tomarían allí tantas molestias. (Aplausos). En suma señorías, yo no puedo compartir —por eso lo afirmo aquí— una hipotética historia de agravios, no puedo asumir su relato de opresión. Sinceramente, no puedo aceptarlo porque no es verdad, yo no lo veo así. Señorías, yo veo las cosas de otra manera. Yo veo esos siglos de historia en común; siglos de unión compartida, generaciones de españoles unidos en un destino común, en las ilusiones, en los éxitos, en las dificultades y en las diferencias, que en democracia siempre hemos resuelto con voluntad de entendimiento. He vivido también lo que hemos hecho juntos en los últimos años, que han sido momentos de prosperidad y de concordia. Señorías, nuestra Constitución ha sido el gran exponente de todo esto; no solo nos ha dado un sistema democrático y la garantía de nuestros derechos, también un grado de autogobierno sin parangón en nuestra historia y en los países de nuestro entorno. Nunca en la historia, nunca, Cataluña ha tenido un nivel de autogobierno como el que tiene en el día de hoy, nunca, y ha sido gracias a la Constitución española. Todo esto, el sistema democrático, los derechos españoles y el sistema de autogobierno no existirían si no existiera la Constitución española. (Aplausos). Señorías, bajo la vigencia de esta Constitución Cataluña alcanzó en 2007 una renta per cápita del 120% de la media de la Unión Europea —repito, bajo la vigencia de esta Constitución—, y no es casualidad que desde 1978 el crecimiento experimentado en nuestro país haya sido muy superior al registrado por cualquiera de las países de la OCDE. Señorías, a pesar de la crisis que estamos viviendo, todos juntos formamos parte de una exitosa historia de progreso que sitúa a España entre los cinco países del mundo que más ha avanzado en los últimos cincuenta años. Por eso tampoco puedo compartir su relato. Perdónenme la vanidad —perdónenmela, si hacen el favor—, pero tal vez yo creo en Cataluña más que ustedes. (Aplausos). Al menos yo no me siento en la necesidad de demostrar a cada paso que Cataluña existe. Me consta que existe, que es uno de los puntales de nuestra patria, que no se entiende a España sin ella del mismo modo que resultaría incomprensible Cataluña sin el resto de España. (Aplausos). Señorías, amo a Cataluña como a las demás comunidades; no como algo simplemente entrañable, sino como algo propio. Valoro mucho lo que nos aporta su diversidad, su lengua, su cultura, el espíritu emprendedor e innovador de los catalanes, su amor al trabajo, a la obra bien hecha, a la feina ben feta. (Aplausos.—Rumores). Señorías, valoro, en fin, la inmensa aportación de Cataluña a nuestro pasado, a nuestro presente y —estoy seguro de ello— a nuestro futuro. Lo importante no es que lo valore yo, que soy una persona, una más; lo importante es que en estas palabras que acabo de pronunciar se siente representada una gran mayoría de los españoles que no viven en Cataluña, aunque nada tengan que ver con las ideas que yo defiendo.
Son muchos los que han insistido en que no se combatía el relato nacionalista, si bien lo que acaso quieran decir es que no se daba la tabarra con el contrarrelato como los secesionistas  la han dado con el suyo, y en eso podemos estar de acuerdo, pero en esa sesión Rajoy trazó las líneas maestras de un contrarrelato impecable que, dada su contundencia fáctica ni siquiera merece la degradación de la repetición ad náuseam que sus oponentes llevan a cabo, repitiendo bulos, mentiras, fakes, que se dice ahora, sobre una invención con las patas más cortas aún que la mentira.
Lo siento, señorías, por razones legales, pero también por lo que acabo de señalar, no puedo aceptar sus argumentos. Tampoco puedo aceptar —y entiendan bien lo que voy a decirles— que se intente tergiversar por algunos —digamos que por algunos— el verdadero significado y alcance de las cosas. Por ejemplo, nadie discute el verdadero derecho a decidir. Todos los españoles lo ejercemos habitualmente. ¿Acaso acudimos a las urnas por otro motivo? Lo hacemos para decidir. En cuarenta y una ocasiones han acudido los ciudadanos catalanes a las urnas desde que volvió la democracia a nuestro país. Señorías, los habitantes de cada comunidad tienen derecho a escoger quién gobierna su autonomía, pero no tienen derecho a decidir qué hemos de hacer con España. Cada catalán, como cada gallego o cada andaluz, es copropietario de toda España, que es un bien indiviso. Ningún español es propietario de la provincia que ocupa, como ningún vecino es propietario de las calles por las que transita. La autonomía no supone transferencia de soberanía; no otorga la propiedad del territorio, sino la responsabilidad de gobernarlo con arreglo a la ley. (Aplausos). Señorías, el derecho a decidir sobre su futuro político lo tiene el conjunto del pueblo español y no solo una parte del mismo. Yo no tengo derecho, como gallego, a decidir sobre el futuro de Galicia sin contar con el criterio del resto de los españoles. Tal y como ustedes están planteando el derecho a decidir lo que están haciendo —fíjense lo que les voy a decir—, a lo mejor sin darse cuenta o sin querer, es privar al resto de los ciudadanos españoles de su derecho a decidir lo que quieren que sea su país. Eso es lo que está ocurriendo. Señorías, una parte no puede decidir sobre el todo. Esto no ocurre en ninguna Constitución del mundo, en ninguna. No hay una sola Constitución en el mundo que diga que una parte puede decidir sobre el todo, tampoco la nuestra, salvo que lo modifique quien tiene el derecho a decidir, que es el conjunto de la soberanía nacional. Señorías, la otra argucia que algunos cultivan consiste en afirmar que el referéndum es un ejercicio democrático, por tanto, saludable, y que votar encarna la esencia de la democracia. ¿Cómo es posible que un demócrata —dicen— prohíba una votación? Sin duda votar es un derecho democrático. Lo es, pero no en cualquier sitio, ni de cualquier manera, ni sobre cualquier asunto. Votar es democrático, sí, claro que lo es. La democracia no se entiende sin las urnas, sí, pero no bastan las urnas para que un acto sea democrático. ¿Qué es lo que falta? Falta el respeto a la ley. La esencia de la democracia es el respeto a la ley, es decir, el propósito —señorías, esto es muy importante, si queremos ser, y lo somos, y tenemos derecho a serlo, una democracia seria— de no reconocer otra autoridad por encima de los ciudadanos que la de la ley; eso es la democracia. (Aplausos). Señorías, la esencia de la democracia es que todo, incluidas las votaciones, y todos, incluidos los parlamentos y los Gobiernos, tienen que atenerse a las normas. Ser demócrata implica aceptar esa obediencia a la ley. Por eso se dice, con razón, que la democracia es el imperio de la ley. En suma, señorías, ni la ley permite satisfacer su pretensión, ni sus argumentos son asumibles, al menos para quien les está hablando.
Que Rajoy dedicara buena parte de su discurso a rebatir las falacias del prusés, algo que hizo con la brillantez de la serenidad y la ausencia de énfasis innecesario, no bastó, sin embargo, para que, por aquellas épocas, aún el psC defendiera «con uñas y dientes» la falacia de esa aberración conceptual que recibió el nombre eufemístico de «derecho a decidir», que escondía la auténtica cara que de lo que se exigía, una vez caída la careta: el «derecho de autodeterminación» por su cara bonita, que vale tanto como la de ese adefesio del identitarismo autoritario y xenófobo de quienes lo defienden.
No quisiera terminar esta intervención sin hablar de lo que ustedes no hablan, de las consecuencias que tendrían para los ciudadanos que viven en Cataluña lo que ustedes proponen, porque también es muy importante que la gente sepa muy bien qué es lo que se les está proponiendo. Ustedes diseñan un futuro idílico en el que todo sale bien, y los inconvenientes no aparecen, ni siquiera en la letra pequeña. Señorías, creo que cuando alguien habla en serio expone las ventajas y los inconvenientes. Nada hemos escuchado nunca de los segundos. Ni siquiera citan la evidencia —insisto, la evidencia— de que Cataluña sería más pobre, que saldría de Europa sine die, del euro, de la ONU y de los tratados internacionales. ¿Han explicado ustedes a los ciudadanos de Cataluña que perderían todos los derechos que les corresponden en España como ciudadanos españoles, porque dejarían de serlo, incluso el de libertad de entrada y circulación en su propia patria y en todo el espacio europeo? ¿Les han explicado también que perderían sus ventajas como europeos, entre otros, los fondos comunitarios, las ayudas agrícolas y que se quedarían fuera también del mercado único, con todo lo que eso significa para una economía tan pujante como la catalana en el mundo global? ¿Sabe usted lo que puede significar salir del BCE para las entidades financieras de Cataluña y para todas las personas que tienen allí sus ahorros, ya sea en forma de depósitos, planes de pensiones o fondos de inversión? No voy a continuar, pero podría dedicarle mucho tiempo a explicar aquí cuáles son las consecuencias de esa decisión. Perdónenme —hablaba alguno de ustedes en su intervención—, nos dicen que vagamos por el espacio. No había oído yo esa expresión. Yo creo que lo que están ofreciendo ustedes es lo más parecido que se puede imaginar a la isla de Robinson Crusoe. (Aplausos). Señorías, lo menos que cabría pedir a quienes plantean proyectos de ruptura es que expliquen con sinceridad sus consecuencias. Cuando alguien está planteando a la gente una deriva que les obliga a escoger, a optar o a renunciar a una parte de lo que ahora tienen debe tener la honestidad de contar también los riesgos y el coste de esa renuncia. Creo que es lo mínimo que se puede pedir a los dirigentes políticos responsables y, desde luego, es lo mínimo que se merecen los ciudadanos de Cataluña, que tienen derecho a saber.

Recordemos que estamos en 2014, cuando se pronuncia este discurso en el Congreso de los Diputados, y que aún estaba por venir la campaña pro referéndum Ara és l’hora en la que, entre otras lindezas, se prometía, con la nueva Repùblica, helado de postre cada día, la versión moderna de «atar los perros con longaniza», y que el NH Mas anunciaba que no solo no se irían los bancos, sino que vendrían poco menos que en procesión a la “nueva Cataluña”…(aquí, como para todas las indignidades de esta época que va camino de convertirse en la «Década ominosa» de Cataluña, siempre podemos decir aquello típico de las televisiones: «dentro vídeo»…). Es decir, que desde tan temprana fecha como 2014, Rajoy tuvo la agudeza de señalar las «miserias propagandísticas» de un movimiento social y político que recordaba las peores épocas de Europa allá por los años 30 del pasado siglo. Los acontecimientos posteriores le han dado la razón.
Señorías, no quiero alargarme más. Les agradezco su presencia entre nosotros. Espero que, si no para darles una satisfacción, mis palabras hayan servido, al menos, para que nos entendamos un poco mejor. Como ya he señalado, no se puede y no se debe conceder lo que nos solicitan. Esta Cámara no puede aceptar que se les ceda una competencia intransferible para convocar un referéndum que tiene como objeto liquidar el régimen constitucional. No significa esta negativa —como a veces escuchamos— que se le cierren todas las puertas. Ya ven que no se ha cerrado nada que estuviera antes abierto. Otra cosa es que ustedes reclamen que se abran puertas donde no existen, y además que se abran para su exclusivo uso particular. Hay una puerta abierta de par en par para aquellos que no estén conformes con el actual estado de cosas, iniciar los trámites para una reforma de la Constitución. Eso mismo les ha dicho el Tribunal Constitucional. Quienquiera que desee modificar la Constitución, quienquiera que pretenda que España se disuelva, se fragmente, cambie de nombre o lo que sea, en vez de solicitar a esta Cámara lo que no está en manos de esta Cámara ha de emprender el camino de la reforma constitucional. Insisto, se lo acaba de recordar también el Tribunal Constitucional. Ya ven, señorías, que si no se les da satisfacción no es porque no se les escuche o, como suelen decir, no se les entienda. Les escucha todo el mundo, todo el mundo: los empresarios que avisan de los peligros de la secesión; los trabajadores inquietos por las incertidumbres que algunos siembran, en especial quienes están buscando trabajo y que no entienden que nos distraigamos con estas polémicas; las instituciones de la Unión Europea, que han sido tajantes para que nadie se llame a engaño; el Tribunal Constitucional, que nos ha recordado lo que dice la Constitución; el Gobierno de España; yo mismo, que he repetido las cosas hasta el aburrimiento; esta Cámara, que les está escuchando hoy, y a quien no escucha es porque no ha querido venir. Les escucha todo el mundo, todo el mundo, señorías. (Aplausos). Se les escucha y se les entiende muy bien. Yo les entiendo muy bien, pero yo no les puedo reconocer lo que en mi opinión no tienen: no tienen razón. Por mi parte no queda sino asegurarles una vez más mi disposición al diálogo, siempre —como es obvio— que se produzca dentro de los límites que nos exige la Constitución y sobre aquellas cuestiones que la Constitución nos permite dialogar. Señorías, yo soy el presidente del Gobierno de España. Yo no puedo dialogar con cualquiera sobre lo que no es mío. Yo no puedo dialogar, por ejemplo, sobre la supresión de los derechos fundamentales, porque no son míos, son de los españoles; ni puedo dialogar sobre la soberanía nacional, porque tampoco es mía. Yo puedo dialogar sobre todo aquello a lo cual me autoriza la Constitución pero no dispongo de otro margen y, si me lo permiten, el señor Mas, que es el representante del Estado en Cataluña, tampoco. Compartimos los dos las mismas limitaciones y exactamente por las mismas razones. Hay muchas cosas sobre las que dialogar, muchos problemas reales que se están viendo pospuestos por atender a los insolubles. Eso sí que me preocupa. Y me inquieta además que esto se haga en un momento en que España, y dentro de ella Cataluña, comienza a ver claramente los primeros signos de recuperación del crecimiento y sobre todo del empleo y la confianza en nosotros mismos. Termino ya. Señorías —ha estado muy de actualidad estos días—, se alaba mucho el consenso y la concordia que presidieron la Transición. Contra lo que puedan pensar quienes no habían nacido entonces y escuchen lo que se dice hoy, no surgió el consenso porque no existieran diferencias o porque se borraran. No fue tal. Si aquello tiene alguna posibilidad de servirnos de modelo es porque entonces existían las mismas o mayores discrepancias que hoy. No nació el consenso porque nadie renunciara a sus ideas, el mérito de aquella avenencia radica en que sin disolver los profundos desacuerdos de partida, sin rebajar nadie sus propios planteamientos, supimos —o supieron— acotar un terreno común sobre el que construir una convivencia democrática. Levantamos la casa que debía albergar nuestras diferencias. Y lo hicimos porque compartíamos un objetivo tan simple como vivir juntos y en paz, un objetivo que a mi modesto entender conserva hoy el mismo atractivo que entonces: vivir unidos y en paz. A este terreno del acuerdo, a ese hogar común, lo llamamos entonces Constitución. Señorías, una Constitución que no era de nadie, pero que aceptamos todos a condición de que nadie pudiera modificarla a su arbitrio. En eso, sobre todo en eso, consiste la lealtad constitucional. No es posible alabar aquel consenso y al mismo tiempo negar su fruto principal; sería tan contradictorio como aplaudir la causa y rechazar el efecto. Los valores de la Transición —el consenso, la altura de miras, la concordia, la voluntad de convivencia— se condensan todos en nuestra Constitución. No fueron disquisiciones sobre la esencia de la nación lo que nos unió y nos une a los españoles, sino la voluntad de compartir la vida e imaginar juntos un futuro mejor. Porque nos sentimos mejor juntos que separados; porque nos entendemos mejor entre nosotros que con cualesquiera otros; porque compartimos todas las peripecias del pasado, la mayor parte de nuestras costumbres y, sí, casi toda nuestra sangre como aquí se ha recordado hoy, y porque además nos conviene: juntos formamos un grupo humano con grandes posibilidades de abrirse paso con éxito en la vida y en el mundo. A todo esto, a lo que nos unió en 1978 y que nos une todavía hoy, a todo esto, vagamente, sentimentalmente, sin ningún afán trascendental, lo llamamos patria, pero si a ustedes no les gusta podemos llamarle futuro, un futuro de paz, de entendimiento, de convivencia y de bienestar para todos al que no tenemos derecho a defraudar. Muchas gracias. (Prolongados aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario Popular, puestos en pie).
Ahí queda eso, esta pieza oratoria de imborrable recuerdo para mí y que he querido compartir con quienes o no la oyeron en su momento (entiendo que esto de seguir plenos del Congreso es un vicio poco compartido y que, seguramente, no dice nada bueno de quien persiste en él con contumacia…) o, habiéndola oído, acaso no la recuerdan o quizá no le dieron la importancia que a mi entender tiene, porque fijó una posición que no era del PP ni del Presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, sino una posición constitucional que yo comparto plenamente, como creo que debería compartirla la totalidad de la ciudadanía.

viernes, 1 de marzo de 2019

"Por nuestras calles" de Miquel Escudero: La cultura como polis.


Un acto de resistencia ciudadana y política: Un colega, un libro, una sensibilidad...

De un tiempo a esta parte, las presentaciones de libros se han convertido en motivo de manifestación política y en muchos casos, como el presente, en un acto voluntarioso y meritorio de resistencia al main stream ideológico que, con dineros ajenos, domina el panorama de los media catalanes, avasallando a la sociedad con un discurso de agitprop secesionista cargadito de emocionalidad y con toneladas de irracionalidad airada. Por ello, asistir en la sede de Societat Civil Catalana -en mi caso por primera vez- a la presentación del libro de Miquel Escudero, Por nuestras calles, publicado en la editorial Ediciones Hildy, del diario digital elCatalán.es, resistencia cultural frente a ese emocionalismo primitivo que se ha enseñoreado de buena parte de nuestros conciudadanos, los que, para más INRI, dominan los resortes del poder en la Comunidad. Estábamos en familia, como quien dice, escasa asistencia, sobresaliente para un lunes a las 19'00, sin embargo, y con un selecto y nutrido grupo de presentadores del acto: Sergio Fidalgo, Pau Guix, Enric Millo y Joan Ferran. El acto discurrió en buena medida por el cauce de la política, porque los artículos de Escudero reunidos en el libro, con un título tan contrapolítico como el que levanta la voz contra el grito francofraguista del prusés: els carrers seran sempre nostres, abordan de lleno nuestro presente lleno de incertidumbres, temores y sólidas esperanzas. Como mandan los cánones de este tipo de actos, no hubo interviniente que no hiciera la laudatio de un escritor que suma las dos culturas, como quería Snow, la científica y la humanística, las matemáticas y la filosofía, y cuya acreditada capacidad analítica del día a día de nuestra vida política garantiza al lector de este volumen una oportunidad para el diálogo y la reflexión de primer nivel. Fidalgo y Guix, ambos autores de la misma editorial, fueron breves para facilitar las intervenciones de Ferran y Millo, ambos político en ejercicio, lo cual le daba al acto esa dimensión de resistencia de la que antes hablaba, porque ninguno de los dos ahorró críticas a las políticas incluso de sus propios partidos en lo referente al tema "nacional", que tantas desgracias nos ha traído a los catalanes desde 2012. Ferran destacó la capacidad de "agitador" cultural de Ecudero y fijó las líneas básicas de pensamiento que nutren el volumen: Defensa de los Derechos Humanos, Eclecticismo ideológico, Constitucionalismo y respeto sacrosanto a las opiniones ajenas. Enric Millo se confesó admirador de Ferran y de cómo fue él uno de los primeros en levantar la voz contra la deriva autoritaria del nacionalismo identitario en CAT, para después centrarse en una de las expresiones que le llamaron la atención en el volumen: ¿Cómo se deja de odiar? A partir de ahí nos trasladó su impresión sobre la dificultad de que tal cosa ocurra en un plazo breve de tiempo, y su convicción de que cualquier solución al conflicto evidente no puede pasar sino por el estado de Derecho. Reivindicó la acción del gobierno Rajoy frente a la determinación secesionista y antidialógica de los independentistas, de la cual dedujo la inmensidad del daño y el mal que semejante actitud puede deparar a los ciudadanos. Finalmente, el autor, Miquel Escudero,  destacó lo que él considera las condiciones imprescindibles de la acción política desde la no militancia en ningún partido concreto. "La voluntad de concordia sin acuerdo", una expresión de Julián Marías, sería algo así como el frontispicio de su edificio cívico, a la que seguirían el trato cortés y humano a los adversarios, ¡jamás a los "enemigos", que en democracia no existen!, una reivindicación encendida de la tolerancia, del civismo y de la preeminencia de las leyes. Escudero realizó una reivindicación de la ciudadanía y de las obligaciones que como ciudadanos contraemos con el bien común. Entre esas obligaciones, a juicio del autor, está la inexcusable de formarnos cuturalmente, y de potenciar el afán ilustrado por aprender: sapere aude. Escudero puso mucho énfasis en reivindicar lo que él llamó nuestros "activos sociales" como parte de una Historia que es preciso conocer y valorar en sus justos términos. Finalmente, desde el respeto a la Constitución, y por higiene intelectual, Escudero abominó de los nacionalismos, de cualesquiera, situando el patriotismo constitucional de Habermas por encima de esos identitarismos vergonzosos y exaltadores de las más bajas pasiones humanas. En el coloquio posterior, y dado el aire de acto resistente, fue inevitable oír una misma cantinela mil veces repetida , y mil veces cierta, sobre la maldad intrínseca del movimiento independentista, de ahí que, en mi turno, me limitara a preguntar si el libro no debería llevar como subtítulo: "La cultura como polis", porque las calles de la cultura son verdaderamente las únicas que deberían ser nuestras.


sábado, 16 de febrero de 2019

Música de cámara: el paraíso musical entre cuatro paredes... Mozart, Beethoven, Haydn, Chopin, Debussy...


El privilegio de un concierto de cámara: El prodigio de la simbiosis mitológica entre un pianista y su instrumento: un retrato parcial.

Algo debo de haber hecho bien a lo largo de mi asendereada existencia, tan poblada de infinidad de relaciones humanas como para que, al cabo de tantos años, haya tenido el privilegio de acceder a la amistad de un ser tan particular como Rafael Carreras, tan dotado para la expresión artística, en su doble condición de escritor y de músico, un doblete no tan común como pueda creerse,  Boris Vian es el único que me acude a esta memoria mía tan deteriorada. Siendo un virtuoso del piano -consideración hecha, que conste, desde mi estrcito amateurismo musical, desde mi desconocimiento riguroso de esa ciencia mirífica-, aún me llama más la atención la prodigiosa capacidad intelectora de quien usa con discreción, eficacia y contundencia lacónica su perspicacia hermenéutica y su pasión por las lenguas muertas y vivas. Para un profesor, acostumbrado a detectar en la adolescencia los valores evidentes de algunos de sus alumnos, ¿qué encuentro le cabe más maravilloso que el de tropezarse, treinta años después, con aquel adolescente convertido en la realidad granada de aquellas virtudes insinuadas? Exento de exhibicionismo, algo que me parece incomprensible en quien dedica tantos esfuerzos a un arte que diríase proyectado de suyo hacia el público, hacia el eco social que recompense una disciplina tan ardua, tan exigente, como para tener un solo destinatario, Rafael ha tenido a bien deleitarnos a mí y a unos cuantos amigos y familiares con unos conciertos que, siendo él, además, profesor de música, nos ilustra con las circunstancias precisas para redondear una actuación, la suya, que, y hablo por mí mismo, a mí me sitúa en la esfera más próxima al éxtasis artístico, solo comparable a esas inolvidable sesiones de ópera en las que orquesta y cantantes son una plenitud sonora que logra eclipsar la realidad toda y dejarte suspendido en las notas de melodías donde se mece o agita el corazón como en su placenta propia. La sala del concierto es una habitación no excesivamente grande, y en ella, el sonido del piano, que responde a una ejecución precisa, sutil, poderosa, eléctrica, rítmica, melódica, acariciadora, sentida... sobre la que, en todo momento, se advierte el control  técnico dictando las órdenes precisas para que la partitura se traduzca como debe serlo: con la fidelidad del gusto propio; ese sonido, digo, crea un espacio propio que se superpone, como una burbuja gigante que se expandiera hasta coincidir con los límites de la propia sala, y ahí, sin movernos del sitio, nos sumergimos los siete privilegiados que pudimos dejarnos inundar por ese caudal sonoro lleno de matices que nos llevaban desde la delicadeza de Debussy, hasta la complejidad de Beethoven, pasando por la visión lúdica de Mozart, la voz clara y melódica de Haydn, la arquitectura magistral de una suite de Bach o el vals número 3 de Chopin, la pieza favorita de Josep Anselm Clavé, quien, en su agonía, pidió a su hija Áurea que se la interpretase...No voy a negar que se me escaparon algunas lágrimas, porque Clavé, para mí, es como de la familia, y en la cómoda tengo una foto entrañable de él, con el blusón proletario, tocando una guitarra, con la que recorría los bares donde se embrutecían los obreros para convencerlos de que el camino del arte era, también, un camino de redención social e individual, y de ahí el nacimiento de sus famosos Cors d'en Clavé. La experiencia de asistir a un concierto tan fenomenal, en estricta intimidad, en un ambiente de fervor musical, es, insisto, una experiencia que todos deberían tener. Es algo así como un viaje a siglos anteriores, antes de que los sistemas de reproducción pusieran la música al alcance de todos, y entonces, sabiendo el oyente que goza de un privilegio, la vivencia de la música es totalmente diferente de la que tenemos por costumbre, esa mala costumbre que ¡tan a menudo! la reduce a banda sonora de lo que estemos haciendo... Me cuesta, ya digo, expresar esa suspensión particular en que me sume la audición de unas piezas que tengo, repito, el privilegio de ver surgir de un movimiento de manos que me hipnotiza, porque da la sensación de que los dedos en esos desplazamientos vertiginosos o morosos o acompasados sobre las escalas del piano apenas rocen las teclas para arrancar los sonidos de las notas que, a derecha e izquierda, se atraviesan, se enzarzan, se repiten, se contraponen, se mezclan, se separan, se superponen, ¡hasta diríase, en algunos momentos, que luchan entre ellas! El resultado es ese embeleso -etimológicamente: en belleza- del que quisieras no salir nunca... Hace ya una semana, y aun sigo, en ciertos momentos del día, sumergido en él. 

sábado, 2 de febrero de 2019

La inseguridad. La astucia.


El instinto de supervivencia: entre el prejuicio y la ingenuidad.

Nueve de la mañana. Domingo. La calle desierta, salvo algún transeúnte despistado que va de retirada en una zona "animada" del Ensanche barcelonés. Voy por los periódicos del domingo como cada semana. Paso por un establecimiento que abre tempranísimo, junto a un bar de los doce de la calle que recoge a los trasnochadores para un desayuno de urgencia o las últimas copas. De ida, advierto la presencia de un joven  magrebí subido a una bicicleta de las que se llevan de pie, tocado con gorra hacia atrás, manteniéndose en un ejercicio de equilibrismo sobre las dos ruedas,junto a otro, algo más mayor, con quien habla. Me llama la atención que hablan y miran a su alrededor. Una alerta inmediata se me dispara: buscan víctimas propiciatorias. Pero el único que pasa caminando por delante de ellos soy yo. Sigo mi camino y llego a la otra esquina de la manzana donde compro los diarios. A la vuelta entro en el establecimiento para comprar leche. Ignoro si los dos jóvenes me han visto sacar la cartera y pagar. Salgo de la tienda e inicio mi camino por la acera hasta la siguiente esquina. Advierto que el joven de la bicicleta pedalea detrás de mí y percibo que el otro, a nuestra misma altura, está en la otra acera. Decido cambiar de acera y "arrastro" tras de mí al de la bicicleta. En ese momento baja un coche que obliga a la bici a pedalear ligero para pasar al otro lado. En ese momento, siglos de astucia vistas en las películas de espías, me mueven a retroceder sobre mis pasos, porque, unos metros más abajo, está la entrada de un hotel, donde siempre hay alguien en recepción. Sigo mi camino y advierto que los dos "presuntos" atracadores se desvían hacia la esquina superior hablando entre ellos en árabe No sé árabe, pero me temo que se dirán algo así como: "¡Pero qué gilipollas eres, tío, ya se nos ha escapado! ¿Por qué no te has quedado con él en la otra acera?", lo que me induce a pensar que se trataba, ¡para suerte mía!, de dos aficionados de medio pelo. Eso sí, el susto no me lo quita ni Hermes, aunque, armado con el quilo del tetrabrick de leche y las buenas sesiones de pesas que me meto entre pecho y espalda, seguro que en mi defensa no hubiera sido, salvo armas blancas que brillaran por medio, el que más iba a recibir (como le dije a un Director que me quería impedir, en jornada de huelga, el derecho a trabajar. "Vendremos un piquete", me dijo. "Pues sabes lo que te deseo, D., que no seas de los primeros del grupo, porque a mí me lo impediréis, pero, hasta diez o así...de vosotros, las hostias que voy a repartir las vais a recordar todo vuestra vida. Al día siguiente fui a trabajar como cualquier otro día. Yo solo. Cumplí mi jornada laboral y me fui). En la esquina del hotel, un vecino exatleta y de 1'90, estaba cogiendo un taxi porque salía de viaje... Supongo que esto debo contabilizarlo en la brillante radiografía de la vida de la ciudad de nuestra alcaldesa secesionista SÍSÍColau: Barcelona no es una ciudad insegura, pero tiene un problema específico de seguridad,solo a la altura de mentes privilegiadas como la suya, que por algo ha llegado a alcaldesa, está claro... Aunque la Generalidad no le va a la zaga, porque se declara impotente ante el caso de los jóvenes marroquíes menores que llegan a BCN y sobre los que no ejerce la obligación de amparo y custodia que por su condición exigen, jóvenes sobre cuyos hábitos  y hábitats ya informan sobradamente los medios de comunicación como para que yo me asuste de haber sufrido lo que ¡afortunadamente! no ha quedado más que en un susto mayúsculo, pero susto al fin y al cabo, ¡a cincuenta metros de mi domicilio! En fin. Supongo que tener cierta edad induce a los delincuentes a fijarte como "presa fácil", pero cuando pasas por la calle y llegas a la conclusión inequívoca de que te has convertido en una, me río yo de quien me hable de prejuicios de ningún tipo. El instinto de supervivencia existe. Él me libró esta vez. Confío en que me siga sirviendo para esquivar situaciones tan comprometidas como la del pasado domingo. 

domingo, 20 de enero de 2019

La aventura empresarial y las "botigues" de barrio.



   



Quesarium, ¿experimento, perspectiva de futuro o demanda del presente?

Cerca de la Pl. Goya, en la calle Muntaner, por donde suelo pasar a menudo, han abierto hace unos meses una tienda de "diseño" llamada Quesarium. Está ubicada en un tramo de calle en el que hay, en apenas una setentena de metros, doce establecimiento de restauración - miento, once, que acaba de cerrar uno de ellos, justo al lado del que me ocupa la atención- de diversa naturaleza y muy desigual público consumidor. Mi naturaleza d'home de barri, preocupado por esas aventuras empresariales del pequeño comercio, siempre me ha llevado a realizar, ante la apertura de los muchos que he conocido en mi larga residencia en el que vivo, una evaluación inicial de las perspectivas halagüeñas o agoreras de los mismos. El caso de Quesarium me ha sorprendido, porque en un barrio popular que está dejando de serlo, Sant Antoni, para convertirse en gueto turístico,  una boutique del queso o una delicatessen, tanto monta, no parece, en principio, que haya de tener un público cuyas compras justifiquen semejante negocio, precedido, además, por una sonora inversión, pues remodeló de arriba abajo un local antes ocupado por una casa de ordenadores y regentado por una cooperativa que acabó sucumbiendo al descenso que las ventas de lo cibernético ha experimentado en este mismo barrio, antaño meca ciudadana de dicho mercado. La decoración del local, con amplias zonas de penumbra, con poca iluminación cenital y con una quesera monumental a la entrada de la tienda donde se exponen selectas variedades de queso que, sin embargo, no pueden ser contempladas desde el exterior, porque se ha despreciado el concepto "escaparate", tan consustancial al del propio establecimiento comercial, no anima a pararse, ante una puerta que se abre automáticamente por la cercanía del cliente, y tratar de distinguir si algún género de los exhibidos pudiera ser del gusto y/o necesidad del observador. En los pocos meses que lleva abierto el negocio, jamás he tenido la oportunidad de ver compradores en su interior, lo cual no significa nada, porque no estoy "apostado" frente a él todo el día, por supuesto. El barrio, hasta no hace mucho considerado uno de los típicos barrios "menestrales" de la ciudad, no creo yo que dé para formar una clientela  si no diaria,  sí regular, que es la que permite sobrevivir a un negocio de alimentación con bienes perecederos, aunque buena parte de los quesos tienen fechas muy largas de caducidad. He hecho una pequeño investigación y el local tiene su página web: http://www.quesarium.com/, su blog y su página de Instagram, lo cual viene a corroborar la dimensión cibernética que ha de tener cualquier negocio que se abra, lo que le quitaría, a la ubicación concreta, el valor operativo que solía tener en los barrios anteriormente, al estar "abierto al mundo", como suelen decir quienes, a veces, venden más por internet que in praesentia... No sé si será este el caso. Sigo vigilante, al respecto. A mí, como vecino suyo, me "impone", porque uno entiende que su poder adquisitivo, a mirada de buen degustador, no está para esas alegrías exquisitas y ha de conformarse con la tabla de quesos del Consum, que no está nada, pero que nada mal, sea dicho en honor a la verdad. No sé si nuestros convecinos turistas, siempre distintos, ¡cada semana!, pueden convertirse en esa clientela "regular" que compre la cena para degustarla en la habitación del hotel, como mi Conjunta y yo solemos hacer cuando viajamos, porque la edad no da para comer y cenar en restaurante, ni la pensión tampoco..., pero me extrañaría. De momento, ha aparecido como por ensalmo en el barrio y su presencia imponente de exquisitez impropia de este barrio constituye un reto comercial que me ha llamado tanto la atención como para dejar noticia de ello en esta página abierta, bien lo saben los pocos que la frecuentan, al latido de la vida cotidiana.




domingo, 6 de enero de 2019

Ara fa 40 anys… La política deportiva en Barcelona: «Todo estaba por hacer y todo era posible».




Una mirada diacrónica a la políticas deportivas de la ciudad de Barcelona desde los primeros ayuntamientos democráticos hasta hoy.


En el Museo Olímpico y del Deporte Juan Antonio Samaranch -no entiendo esta manía institucional de catalanizar nombres que jamás han sido oídos en boca de los protagonistas en catalán-  hay colgada una exposición relativa a los 40 años de políticas deportivas del Ayuntamiento de Barcelona desde las primeras elecciones municipales democráticas. El comisario de la exposición es mi entrañable amigo Joan Carles Burriel, profesor y exdirector del INEFC, en colaboración con Sixte Abadía. El pasado 13 de diciembre se inauguró la exposición con una mesa redonda sobre esas políticas deportivas públicas. El acto fue presentado por Marta Carranza, también vieja amiga, presidenta de la Fundación Barcelona Olímpica y comisionada de deportes del Ayuntamiento de Barcelona, y a sus breves palabras de bienvenida al acto, siguió un coloquio, moderado por el periodista deportivo de TV3. Jordi Fandiño, en el que debatieron los comisarios de la exposición junto con Enric Truñó, concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona en el período 1979-1998, es decir, uno de los máximos responsables de los Juegos Olímpicos BCN'92, y Laia Palau, jugadora profesional de baloncesto. Reconozco que cuando cogí el paraguas y me dirigí a dicha celebración pensé que íbamos a ser entre 25 y 30 personas mal contadas y, como suele pasar en esos casos, desperdigadas por los cuatro rincones de la sala de actos… Para mi sorpresa, dado lo muy específico del asunto, poco atractivo para las masas o públicos numerosos, se llenaron las gradas (¡y no solo de familiares!) del rincón de actos del Museo y dio comienzo una amenísima charla en torno a una actividad que puede parecer muy burocrática -las políticas deportivas- pero que, por el contrario, esconde, ¡a flor de piel!, una pasión por el deporte y por la difusión de la práctica deportiva a todos los niveles sociales, sexos y edades que los administrados hemos de agradecer. En el pleistoceno, Joan Carles y yo nos iniciamos como pioneros de los cursillos de natación para escuelas en el Club Natació Catalunya bastante antes de las llegada de la democracia a la iniciativa pública. Yo seguí un derrotero filológico, pero él siempre siguió vinculado al deporte de forma directa y, más tarde, como profesor del INEFC y durante varios años como Director del mismo. Su tesis doctoral sobre políticas deportivas publicas lo convertía en el comisario idóneo para esta exposición que puede verse hasta el 14 de marzo, de martes a domingo de forma gratuita. Ojo, no voy a engañar a nadie: se ha de haber tenido una relación intensa con el deporte y con la política para disfrutar de una exposición que incluye, eso sí, como gancho popular, todo lo relativo al gran éxito deportiva de estos años: la organización de los Juegos Olímpicos. No solo los paneles informativos, sino también los videos son altamente interesantes, aunque no para personas no interesadas por el deporte.
El debate, muy enriquecido con las confidencias humanas, demasiado humanas, de Enric Truñó, a quien ha de agradecérsele su sinceridad y llaneza sin afectación,  y de otros  responsables públicos, algunos presentes en el acto y otros presentes a través de un vídeo grabado específicamente para la exposición, trató, sobre todo, del gran reto que suponía para el Ayuntamiento articular una política deportiva pública que no existía. Aunque esa situación pudiera entenderse como una ventaja para crear ex nihilo, está claro que lo que hacía era multiplicar las incertidumbres sobre cuáles habrían  de ser los caminos que deberían seguirse, porque eran muchos los frentes abiertos: el deporte de base, el deporte escolar, el deporte popular, el deporte profesional… Marta Carranza nos facilitó una encuesta en su presentación que hablaba de que aproximadamente el 70% de los barceloneses dedicamos más de dos días a la práctica deportiva, lo que nos sitúa en el top del ránking de ciudades “deportivas”. Pero el deporte es también profesión y espectáculo, y un cultivo de la base no tiene sentido si esa dedicación no puede alcanzar, después, la práctica de élite e incluso la profesionalidad como echaba de menos Laia Palau que ha desarrollado su carrera profesional como baloncestista fuera de su propia ciudad natal. Joan Cales Burriel, que ejercía en el debate como “repartidor del juego temático”, muy a lo Xavi en el Barça, fue poniendo el énfasis en la responsabilidad de las instituciones a la hora de articular políticas que tuvieran en cuenta los esfuerzos federativos y lo que podríamos llamar, la dedicación lúdica al deporte como actividad al servicio de las necesidades integrales sanas de cualquier individuo. Se ha hecho mucho y bien, pero en la mente de todos los participantes en el coloquio bullía la idea de que aún hay mucho por hacer y que la situación en modo alguno puede permitirnos la complacencia o siquiera “tomarnos un descanso”… La adjudicación de la organización de loa JJOO vino a complicar más la situación, pero ha de decirse que, en resumen, esa organización supuso un impulso definitivo para la consolidación de las políticas deportivas municipales, tanto de creación y gestión de nuevas instalaciones como de crecimiento del número de practicantes. La aparición de torneos escolares de forma paralela a los torneos federativos, sin competir con ellos, ha significado un extraordinario paso adelante para imbuir a las nuevas generaciones de la necesidad de la práctica deportiva permanente a lo largo de su vida. Quienes no concebimos la vida sin una sólida actividad física, siempre estaremos agradecidos a las políticas públicas que ponen el deporte al alcance de todos, pues esa ha de ser la verdadera naturaleza del servicio público. La buena relación con las organizaciones privadas y con los entes federativos se vio, en el debate, que era el único camino de seguir progresando en esas políticas públicas, complementando esfuerzos. Hay, en resumen, un objetivo que comparten el deporte y las humanidades: a partir de los 14 años, los escolares que habían sido lectores, dejan de serlo; y lo mismo pasa, no sé si en mayor o menor medida, con la práctica deportiva. Evitar ambas “deserciones” ha de ser el norte de la estrategia política en estos asuntos, deportivos y educativos. Voto por ello.





viernes, 21 de diciembre de 2018

Endesa no tiene clientes, sino siervos… (+ Adenda)



La irresponsabilidad de una empresa que maltrata a sus abonados: la luz, como servicio básico, quizás no debería estar en manos privadas/depravadas...

Todos nos quejamos, con razón, del SAT, el servicio de atención al cliente  que la mayoría de las empresas tiene subcontratados a operadores, usualmente ubicados no en España, sino en países terceros desde donde a ciertas personas les pagan para quitarse de encima a los clientes molestos que, como en el caso de Endesa, nos quejamos de un corte de suministro que, sin causa natural o social de fuerza mayor, terremoto, atentado terrorista, etc., se alarga hasta 14 horas en las que todos los vecinos de una finca, ancianos, adultos, niños, etc. sufrimos los rigores del invierno y las incomodidades manifiestas de no disponer de luz. Los teleoperadores contratados como “Servicio de Averías” por la compañía, se limitan a mentir al cliente, diciéndole que hay una “avería masiva” y que en hora y media restablecerán el servicio. Te dan un número de incidencia. Llamas a la hora y media y todo sigue igual. Les explicas que hace un mes tuvisteis otra avería semejante y que la compañía tardó casi 10 horas en reconocer que era de la compañía, después de haberle hecho gastar dinero a la Comunidad en un electricista que lo verificase. Pues a pesar de ser tan evidente el patrón de la avería, ni puñetero caso. Vuelta a llamar y vuelta al engaño masivo de la afectación masiva. Un poco cabreado, se te ocurre preguntarle si no será que los cdr han hecho un sabotaje con motivo de la visita de snchz a la ciudad condal (mai a la vida “reial”, como pretenden en Netflix), y el operador te dice: Ahorita mismo no podemos verificar que la avería se deba al motivo que Vd. nos expone. Tendría que consultarlo con mis superiores , y lo animé a que lo hiciera, no fuera a ser que… Nueva llamada y una prolija explicación tuya en la que reiteras, aunque les da igual lo que les digas, que en las dos manzanas contiguas, la propia y la de enfrente, todas las fincas tienen luz y que eso no casa de ninguna de las maneras con lo de la “afectación masiva”. Ni caso, de nuevo. La avería se declara a las 16’00. A las 4’30 a.m, después de haber llamado cada hora y media al servicio de averías, en un crescendo de airada indignación,de repente se te pone una operadora, en inteligible castellano, que te dice que han anulado todos los avisos porque para la compañía no hay ninguna avería en nuestra finca que les competa a ellos, y que tengo que buscarme un electricista para que nos arregle una avería de la finca, no de Endesa. Al borde del infarto, tras una noche sin dormir, en calidad de presidente de la comunidad, llamando cada hora y media, incurres en las amenazas y les dices que te vas a un juzgado de guardia para acusarlos de negligencia grave en la atención de un bien básico a personas mayores y niños. Que si quieres arroz, Catalino… A las 8’30 a.m. llaman, finalmente, los técnicos de Endesa, diciendo que llegan en hora y media, pero que si la avería es nuestra, hemos de abonar el servicio. Le digo que por qué no me han dicho eso a las cuatro de la tarde del día anterior y por qué no han venido entonces. Ellos no saben nada. En el servicio de Averías se lavan las manos. Así que he concertado la cita para que vengan los técnicos, vuelvo a llamar al servicio de Averías y me repiten la cantinela: hay una avería masiva y están trabajando en ello, sin saber que los técnicos vienen de camino. Llegan los técnicos y, en efecto, se trata de una avería de la compañía que nos ha desatendido durante 14 horas un frío día de invierno y que, por supuesto, como la de hace un mes, solo nos afecta a nosotros. Uno de los dos técnicos me dice, con no poca sorna, que, si quiero que me atienda alguien de “aquí”, de CAT, que pida que me atiendan en catalán, y así hablaré con alguien de aquí, me entenderán mejor y es posible que me atiendan antes…, aunque eso no lo pueden asegurar, porque la compañía ha recortado en personal, en mantenimiento y en atención a un mercado, el español, que ya le interesa poco. A los tres días nos la vuelen a cortar porque necesitan localizar la avería y quienes vinieron no hicieron un puente que les permitiera buscarla sin dejarnos sin luz. Durante más de una hora me tienen en el vestíbulo de la finca siguiendo de cerca unos trabajos de búsqueda como el de quienes buscan metales por la mañana en la playa con un detector… Al final se van, porque han localizado la avería ¡y eso se lo dijimos al servicio de averías cuando el corte de luz a las 16’00h! en el mismo lugar que la de hace un mes. Se van, pero amenazan con volver, y eso sí, me recuerda que, cuando tengamos una avería, llamemos cuantas más personas mejor, porque solo de ese modo proceden a enviar los técnicos, a ellos... El dueño de la tienda de uno de los bajos está que trina, en plena campaña de navidad…, pero ellos van a cursar denuncia por daños, por supuesto. Nosotros deberíamos, pero te complican tanto la vida para hacerlo, pierdes tanto tiempo vital en ella, que, una vez vuelta la luz, tratas de recuperar lo que el apagón te robó, y recuerdas, entre acongojado y desesperado al Jack Lemmon de El Prisionero de la Segunda Avenida. ¡Perra vida de abonado en la que solo crece la espiga nutrida de la indignación!

Adenda: Nos vienen a "localizar" la avería y nos vuelven a dejar sin luz. Con técnicas algo rudimentarias, a mi ignaro malentender en estos menesteres, buscan por ultrasonidos y luego por contacto acuoso dónde está el cable roto. Marcan un sitio posible. Se van. Vienen otros. Cavan y se encuentran con una avería de una tubería de agua. Hasta que no la arreglen, ellos, la luz, no pueden hacer nada. A las 8.a.m llegan dispuestos a localizar, de nuevo y a tiro fijo, la situación del cable averiado.  LO primeor es cortarnos la luz. Bajo y les digo que hay un scape de agua donde, presumiblemente, está la avería. ¡Entonces, tras haber cortado la luz, se acercan a la zanja y dsscubren que, en efecto, está llena de agua! Pero, oiga, ¿es que no pueden Vds. confirmar con el Agua que la hayan arreglado, antes de venir y cortarnos, pobres de nosotros, la luz, a la hora del desayuno? ¡Qué va, esos del Agua trabajan fatal...!, me dice. A las 9'30 -seguimos en a.m.-  los del Agua cavan y cavan y vuelven a cavar, y solo les sale agua, agua, agua, y sin peces en ese río... Vuelvo del gimnasio y no están. No sé si la han arreglado, pero después de sacar tres sacos de arena, han echado las planchas y no sé si volverán los de la luz para volver a cortárnosla,  en esta página kafkiana que me está tocando vivir como Presidente (sic, sí, con una mayúscula como mandan los cánones del sufrimiento infraestructural), y a la que se sumó, ayer por la noche, el atasco entre dos pisos de cuatro personas, una de ellas un bebé, y una perrita, para rescatar a las cuales hube de avisar a los bomberos que, ¡al menos algo funciona!, vinieron enseguida y los "liberaron" de tan angustioso y peligroso encierro forzado. En fin... (que es un fin que está a punto de finiquitarme a mí...) Casi estoy por pedir, si la palmo de esta, que esparzan mis cenizas en la zanja de la avería...