miércoles, 28 de septiembre de 2022

El tardío y gozoso descubrimiento de las Pitiusas.

La calma en la movida; la serenidad en el alboroto; la relajación en el estrés... De cala en cala por Ibiza y un breve (y oneroso) desembarco en Formentera...

 

    Estaba convencido de que mi Conjunta y yo éramos de los pocos españoles que aún no habían visitado Ibiza y Formentera. Mi sorpresa, al volver, es que son no pocos los amigos que confiesan no haber estado nunca, lo cual me ha permitido convertirme en propagandista fervoroso de su visita. Imagino que la visión internacional de Ibiza como el centro de la vida nocturna superficial, la sosa moda Adlib (lo que imagino que significa Ad libitum, esto es, «a mi capricho»), el recreo de los famosos y su fama de cara, además de antiguo paraíso de las drogas incitaban a su visita a ciertas personas deseosas de tener experiencias fuera de lo común. No hacía mucho que había visto yo More, de Barbet Schroeder, uno de los puntales de la Nouvelle Vague, y confieso que, más allá de la historia narrada, un proceso de destrucción personal a través del consumo de drogas, la belleza de la isla me cautivó completamente. Mi Conjunta —esas divergencias de pareja tan frecuentes al escoger destino vacacional— quería ir a Formentera; a mí me tiraban más los espectaculares paisajes de Ibiza que había visto en la película; al final, como casi siempre, decidieron los operadores y la inviabilidad de ciertos vuelos y ciertos hoteles.

         Total, que nos presentamos en Ibiza y, atravesándola de noche, algo que, con coche de alquiler, siempre temo, llegamos sin excesivos tropiezos al hotel donde teníamos la reserva, en los alrededores de Santa Eulalia,  en Es Canar, concretamente, muy cerca de donde abre sus puertas los miércoles el magnífico mercadillo hippy que tiene visita obligada.. La habitación con terraza nos sorprendió, así como, a lo largo de la estancia, la amabilidad de todo el personal del establecimiento. Pero nuestro objetivo estaba claro: ¡las calas! Pasada la noche, nos despertamos ya con ese afán ajeno de empezar a conocer las famosas calas ibicencas, y a fe que, día tras día, tuvimos tiempo para conocer lo mejor y lo peor, aunque todas las playas tienen una calidad extraordinaria, por masificadas que estén.

         He de reconocer que al turismo de playas, calas, etc. suelo ir «arrastrado», y aunque soy sensible a los paisajes de tantas calas recónditas como hemos visitado, no es menos cierto que me superan las incomodidades propias de dichas excursiones y baños: ¡estoy reñido con la fina arena de las playas, con el sol, el calor y, si se tercia, con las medusas! La incomodidad suprema de la lectura en la playa me desespera, sobre todo porque no sé leer sin subrayar y el exceso de luz es tan perjudicial para mi vista como la ausencia de ella, ¡y si le añadimos la catarata que me atormenta desde hace un tiempo, pues hacemos el pleno! Otra cosa es que haya de descender hacia el mar por lo más parecido a un acantilado, recordando, acaso, el descenso por la ladera de la montaña con que se abre Aguirre o la cólera de Dios, de Herzog, ¡tan impresionante! Menos mal que los amables dependientes del hotel nos facilitaron una sombrilla que me permitió recorrer bajo ella los interminables caminos que mi Conjunta abría sobre las playas que nos acogieron con un agua excesivamente caliente y una temperatura ambiente abrasadora…

    

    Ibiza tiene pocas carreteras cómodas que recorran la isla, pero infinitas de tipo comarcal por las que conviene perderse a veces para adentrarse, como lo hicimos nosotros en el norte montañoso y muy arbolado de la isla, cuando recorrimos los alrededores de Portinatx, Cala San Vicente, San Juan y la renombrada Cala Xarraca. Como le sugerí a mi Conjunta que viéramos More, yo de nuevo, la película se nos acabó convirtiendo en una suerte de guía para visitar las localizaciones que en ella aparecen. Nos despertamos tarde, pero conseguimos identificar y fotografiar las rocas de la cala de Punta Galera y, ya en Formentera, después de una larga caminata bajo un sol inclemente, una visión lejana del molino del XVIII que está desmantelado, sin las aspas, y en una propiedad privada. Cuando, al cumplirse los 50 años de la película, Schroeder lo visitó, se llevó una decepción terrible. Él tiene casa en la isla, la que perteneció a su madre, quien se instaló y vivió en ella después de desertar de la Alemania nazi y de abandonar, por eso mismo, el idioma alemán. La comparte con su hermana, y la buscamos, pero nos fue imposible llegar hasta ella. ¡Menos mal que esa misma jornada la acabamos en Punta Galera! Lo que sí recorrimos fueron las calles de Ibiza que aparecen en la película, a pesar del tráfico humano que, a la caída de la tarde, hace imposible visitar con calma la ciudad, y menos aún hacer alguna fotografía sin tanta densidad humana.

    

         Visitamos, ¡y cómo no!, el segundo centro neurálgico de Ibiza, San Antonio, además de la capital y el paseo marítimo donde se ubican las grandes atracciones discotequeras de la isla. Masificado como nos pareció que estaba,  su larguísima playa daba la sensación contraria, y paseamos por ella con total tranquilidad hasta que descubrimos unas piscinas en las que se entraba supuestamente para ligar y cuyo chundachún atronador no nos impidió contemplar el desfile de aspirantes al ligue de honor, jóvenes y jóvanas, ataviados con los insólitos hábitos decorosos que se exigían a la entrada para poder entrar. De más está decir que lo único que percibe el paseante es la música estridente, porque está cuidadosamente protegido de las miradas indiscretas o, como las nuestras, discretas y casi sociológicas.

    


    

    La entrada en Ibiza, sin otra referencia que «el aparcamiento de IKEA» fue todo un baño de desesperación circulatoria. Una vez encontrado el sitio, el paseo de diez minutos desde el aparcamiento al centro de la ciudad, es un alivio, aunque después la inmensa cantidad de visitantes te hace sentirte demasiado acompañado en la visita. Es todo un arte, el de hacerse el remolón para dejar pasar las oleadas y hallar intersticios en los que poder hacer las fotografías de rigor y sentir el pulso antiguo del espacio sin la presión observadora, casi profesional, de los visitantes, porque no hay otro modo de descubrir esos rincones que suelen pasar desapercibidos si no se visita la ciudad con la ingenuidad de quien descubre un posible paraíso. En ese aparcamiento nos sucedió el único percance desagradable de nuestra estancia en las islas, porque dejamos el coche en el aparcamiento cuando, con el Ferry, viajamos hasta Formentera, para conocer, siquiera fuese muy someramente, la isla que había de ser el destino original  de nuestras vacaciones. Visitamos las playas de Ses Illetes, las más cercanas al puerto, y, por esos azares de los horarios de los autobuses, acabamos comiendo en el chiringuito más caro que nadie sea capaz de imaginar. Uno de esos sitios en los que, repasada la carta, el primer instinto es levantarse; el segundo, «pagar la inocentada», y así fue, aunque comimos de lujo y pagamos como tal, desde luego. A la vuelta, sin embargo, agotados tras la maratoniana jornada —ahí ha de incluirse la caminata para descubrir el molino de la película, doble, en realidad, una fallida y otra certera…—, descubrimos, acojonaícos, que el coche había desaparecido, y en el lugar donde estuvo el nuestro, había ahora otro. A pesar de que el robo fue considerado, mis rápidas investigaciones telefónicas lograron darme la respuesta más satisfactoria imaginable: se lo había llevado la grúa a un depósito municipal que estaba a menos de medio quilómetro del aparcamiento. Insisto, donde estuvo aparcado mi coche, había otro, y allí seguía. Y en la misma línea del nuestro estaba el aparcamiento lleno, esto es, la grúa ibicenca, como todas las grúas municipales, no sirve para facilitar la circulación, ninguno de nosotros la estorbaba, sino exclusivamente para recaudar, y así hubimos de tomarlo, como un impuesto al sufrido turista que se identifica por llevar un coche de alquiler. Muy desagradable, porque el sofoco que nos llevamos fue mayúsculo. Por cierto, el coche de alquiler, un Ford Puma, aunque estaba configurado en alemán, nos dio un resultado magnífico, y es sumamente cómodo. Acostumbrado como estoy al automático de Kia, el tránsito a la conducción del Puma fue comodísima.

         Está claro que la naturaleza es el principal atractivo de Ibiza, y el descubrimiento diario de sus calas nos ha deparado un placer enorme, pero el propio hecho de viajar con el coche a través de la isla, por cualesquiera carreteras, relaja y entretiene a cualquiera, y permite descubrir constantemente espacios dignos de una visita demorada. Como ocurre siempre con destinos que se revelan más interesantes de lo que imaginabas antes de ir, Ibiza nos ha dejado tan buen sabor de boca que no sería extraño que no tardáramos en volver, acaso en Ferry desde Jávea, después de visitar su Parador Nacional, claro…

 


        


jueves, 15 de septiembre de 2022

Elogio [necesario] del deporte.

 




El deporte como escuela de valores y depósito sin fondo de placeres.

                                                 Mens sana in corpore sano                                                                                                                                                        Juvenal

Llevaba tiempo rondándome la idea de hacer un «elogio del deporte» desde mi vivencia biográfica del mismo, porque mi cuerpo y el deporte son uno desde la más remota infancia, mucho antes de que me convirtiera casi en un profesional del mismo y de que constituyera una rutina a la que he dedicado miles de horas con un agradecimiento eterno a mi fuerza de voluntad para perseverar en esas distintas practicas: fútbol, lanzamiento de peso, salto de trampolín, natación, waterpolo, remo, tenis, atletismo… Ningún deporte me es ajeno, excepto aquellos en los que la variante mecánica, como el motor, impiden que los resultados dependan, al cien por cien, del esfuerzo físico: ¡qué diferencia hay entre el motociclismo y el ciclismo, por ejemplo!, lo que no quiere decir, obviamente, que esos deportes mecanizados no exijan del deportista un esfuerzo físico considerable.

Dos acontecimientos recientes, la conquista del primer Grand Slam, por parte de Carlos Alzaraz, y el fallecimiento de Jean-Luc Godard, apasionado de ese deporte elegante, tan potente como artístico y tan cercano a la coreografía como a los malabarismos circenses, han acabado por empujarme a la redacción de estas líneas. Y he escogido el género de la loa, aunque en prosa, guiado por mi agradecimiento a una práctica del cuerpo de la que, al margen de las lesiones, solo he recibido plácemes profundos y aun entusiasmos de difícil descripción.

Me recuerdo, pasados los siete primeros años de mi vida, corriendo siempre detrás de un balón, nadando, montando en bicicleta y, en el colmo de los refinamientos, jugando al tenis, allá por los doce. Conocí muy pronto, pues, las dos vertientes del deporte: la colectiva y la individual, y ambas tienen sus poderosos atractivos y sus sombras, por supuesto, aunque las dos prácticas en las que más h perseverado, la natación y el atletismo de fondo, han sido individuales. Aún recuerdo el razonamiento impecable que me ofreció mi hijo, con 7 u ocho años, cuando quiso cambiar el fútbol por el hockey hierba: «porque toco más la bola». Hoy, a sus treinta y pico, sigue jugando a ese deporte y es entrenador titulado, aunque ahora no ejerza. A los nueve o diez años, los partidos del fútbol en el recreo, con aquellos tanteos de balonmano y de escándalo, 18-10, 22-8…, en los que metíamos un  gol por minuto, siguen tan frescos en mi memoria, sesenta años después, como si los hubiera acabado de disputar ayer. No había orden ni estrategia, salvo la magia del clásico que conocí mucho después: «a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo»…, ¡pero aquella euforia, aquella alegría divina, aquel éxtasis, aquel arrebato, aquella solidaridad, aquella comunión humana en la victoria o en la derrota…! Incomparable: la ebriedad pura del placer más intenso.

Cuando, en una de mis vidas plurales, fui profesor de instituto, tanto mis alumnos como sus padres solían quedarse muy impresionados al oírme, ¡al profesor de literatura!, recomendarles con entusiasmo la práctica del deporte, con la mayor intensidad, y si podía ser federado y participar en competiciones, mejor que mejor: La disciplina, la responsabilidad, el compromiso, la moderación en el triunfo y la plena aceptación del fracaso, el reconocimiento de las virtudes ajenas, siempre merecedoras de tanto elogio como de sana envidia, el rigor constante de los entrenamientos, la cortesía como forma de relación social, la poderosa ambición de la autosuperación, el equilibrio entre el esfuerzo y el descanso, la recompensa de la buena forma física… ¡si es que no había más que ventajas para afrontar en mejores condiciones la durísima tarea del trabajo intelectual, que a tantos vence por no estar acostumbrados a la dureza del ejercicio y al vencimiento de las dificultades! Para que se vea mi bonhomía, jamás se me ocurrió que, a edades tan tempranas, leyeran el Juan de Mairena, de Machado, cuyo protagonista es, precisamente, un más que peculiar profesor de educación física, algo a lo que, ya ejerciendo, le di alguna que otra vuelta, aunque tuviera que pasar por hacer otra carrera, la del INEF…. De lo que estoy convencido, no obstante, es de que solo aquellos que siguieran mis indicaciones deportivas disfrutarían con fundamento del libro machadiano.

Los verdaderos deportistas somos poco aficionados, paradójicamente, a la contemplación del deporte, porque nuestro placer es practicarlo. Y menos aún, a la lectura de esa suerte de deturpación absoluta del periodismo que es el mal llamado «periodismo deportivo», un cultivo del sectarismo, la banalidad y la mitomanía, digo de mejores causas. Con todo, a nadie le amarga el dulce de ver espectáculos de máximo interés, la decimocuarta del Real Madrid, la Copa del Mundo de la selección nacional de fútbol, los Tour de Induráin, las hazañas de imposibles adjetivos de Rafael Nadal o la épica lucha de la selección nacional de baloncesto contra la selección usamericana, entre tantos ejemplos de tantos deportes en los que siempre ha destacado algún deportista español, aunque las nacionalidades, para quien admira la superación de las marcas, poco o nada significan: ¡anda que no voló durante años y años en mi memoria Bob Beamon en Méjico!, del mismo modo que Cassius Clay bailó sobre el cuadrilátero su danza deletérea años y años…

Aunque me inicié en la pileta como saltador de trampolín, dure sobre él lo poco que tardé en destacar como nadador, para sorpresa de mis sucesivos entrenadores, lo que me llevó a la Residencia Joaquín Blume de Madrid, porque, por traslado familiar, hube de fichar por un club murciano. Desde los quince hasta los veinte años, con la cabeza dentro del agua mañana y tarde, bien puede decirse que desarrollé un autismo deportivo que me alejó tanto de la sociedad como me acercó a mis propios pensamientos y emociones. Rumiador profesional es quien entrena para competiciones tan «suaves» como los 1500 libres, los 400 estilos o los 200 mariposa a lo largo de los más de 10.000 quilómetros, que nadé en mi vida como nadador, antes de escoger la vía de secano y otros deportes más sociables, como el tenis, por ejemplo y, después, el atletismo de fondo, en el que aún persevero, después de 26 maratones sobre las castigadas piernas. De aquella época gloriosa de mi adolescencia solo un recuerdo se impone al resto, ¡y hubo algunos que fueron verdaderos motivos de orgullo, como la internacionalidad o varios subcampeonatos de España!, por la dimensión de la hazaña: haber nadado en entrenamiento, en el Club Natación Bañolas, a las órdenes de quien fue mi primer entrenador en el PMM de Madrid, Albert Stauffer,  una serie única y cronometrada de 1500 estilo mariposa, en un tiempo de 21 minutos 30 segundos, a las 7’00h, para tener toda la tranquilidad ambiental del mundo. ¡Cuánto hubiera deseado, entonces, que sonara en la radio el Imagine, de John Lennon, que salió por aquellas fechas y oía, en los entrenamientos de tarde, casi cada día!


Supongo que un elogio del deporte en estos tiempos mórbidos de la epidemia de sobrepeso que azota la sociedad enpantallada y adicta a la comida basura, será una incorrección política de tomo y lomo, pero nada más terrible que el futuro diseñado por aquella joya de la animación que fue Wall-E, de Andrew Stanton. En todo caso, nada reprocho a nadie, sobre todo si, como pasaba en mis años mozos, ciertos profesores de educación física son incapaces de despertar el entusiasmo por los beneficios descritos antes en sus alumnos. Cierto, cierto, la excusa de «la vida moderna» y la imposibilidad de «jugar en la calle» han hecho mucho contra la práctica deportiva, pero, si se quiere, se puede, que es un dicho tan viejo como lo es el placer inmenso que se deriva de la práctica deportiva intensa y metódica.

Andando el tiempo, tras perder traumapsicológicamente a mi sempiterna pareja de tenis, orienté mis pasos hacia la conquista del Everest que fue conseguir acabar un maratón, algo que hice en 1995, recién nacida mi hija, contando yo, para redondear la coincidencia con los 42 kilómetros, 42 años de edad. Se alinean frente a mí, como un feliz recordatorio, los 28 cuadernos en los que queda constancia de esta vida atlética mía, entreno tras entreno y en donde también figura mi más precioso recuerdo, al margen de haber acabado el primer maratón: la semana en que, tras haber llegado a los 100 km de entrenamiento, corrí el medio maratón de Barcelona y conseguí hacer 1h 27m, un proeza que  nunca se correspondió con la de bajar de las 3h en el maratón, porque justo el año en que intentaba asaltar esa proeza, 2004, sufrimos el atentado terrorista del 11M en Madrid. La angustia por los muertos y heridos, sumada a la ansiedad por saber que toda mi familia madrileña estaba bien, me llevó a forzar el ritmo de las series, para bajar de 4m el quilómetro, y bajé, sí, pero  me lesioné con tan mala fortuna que hube de perderme mi gran objetivo… Después ya llegó una severa afección hepática y se quedó en el limbo de los justos tan exigente aspiración.

Las lesiones, sin embargo, y acumulo experiencia por toneladas sobre ellas, porque mi morfotipo endomorfo es más propio de velocistas, no de fondistas, los ectomorfos; las lesiones, digo, han sido una escuela constante de conocimientos fisiológicos y médicos de primera magnitud. Mi madre, recientemente fallecida, solía admirarse de que le hiciera la competencia a su hijo doctor, y me daba tanto crédito que, a veces, me consultaba a mí sus padecimientos por no molestar al doctor oficial… Explorar el cuerpo, tener conciencia de todo él, sentirlo hasta la más mínima articulación o hasta el músculo en apariencia más insignificante, a menudo en compañía de los buenos fisios que he tenido siempre la fortuna de haber encontrado, sigue siendo motivo de profunda satisfacción. Eso tiene el deporte, si profesado con profunda vocación: hasta de las adversidades se extraen intensos placeres.

En las postrimerías del franquismo, el deporte estaba anatematizado por los intelectuales de izquierda, que lo englobaban en el capítulo del panem et circenses, en el de la alienación de las masas, etc. —aunque llegada la democracia, Canal+ escogiera, ¡mira tú por dónde!, el fútbol y los toros como reclamo para la suscripción a la primera televisión privada por cable—, de ahí mi marginalidad, yo diría que incluso «sospechosa», entre mis supuestos pares. El deporte, sin embargo, te fortalece también ante la marginación, porque te permite desarrollar una confianza en ti mismo que nunca se acerca al narcisismo, y menos aún a la misantropía; nunca he conocido a gente más humilde que a los deportistas, sabedores, ¡siempre!, de que, por altas que sean sus hazañas, vendrán quienes las dejarán chicas. ¡La cantidad de veces que he repetido y requeteaseverado que nadie logrará emular jamás a Rafael Nadal! Y hoy, y vuelvo al comienzo que me animó a escribir este elogio, Carlos Alcaraz me ha metido todas las legítimas dudas en mi convicción… Aunque fuera con zapatillas no homologadas y espoleado por liebres únicas, ¡cómo no quedarse pasmado ante la barrera de las 2h en el maratón que destrozó Eliud Kipchoge con la pasmosa elegancia del esfuerzo invisible!

Nunca me olvidaré de una anécdota doméstica que viví en las carretas de los alrededores de Calpe cuando salí a entrenar al mediodía en agosto y me crucé con un ciclista que, para animarme, me gritó: «¡Viva el deporte!», y a quien yo, a un paso del golpe de calor, le balbucí: «Pues yo voy muerto…» Poco después me senté en un bordillo y saqué del bolsillo las monedas de emergencia que siempre llevo y me compré un agua helada que me permitió regresar a casa…

 

 

 

 

        

miércoles, 3 de agosto de 2022

Crónicas de Robinson desde Torilandia (I)

 


Un viaje intrépido y una experiencia proindivisa…

    «Aún no me lo creo ni yo», que se suele decir cuando alguien toma una decisión de forma improvisada, aunque haya sido precedida de no pocas reflexiones para sopesar los famosos pros and cons, que decimos nosotros. No es fácil saber cuándo se ha acabado un ciclo, una estancia o una fidelidad, como la que yo he guardado a Laputa, donde tanto he aprendido, sobre todo de ese arte de recursos inverosímiles que responde al nombre de política y que siempre me había parecido un entretenimiento de niños ociosos en las horas de recreo sin nada mejor que hacer. Aunque la distancia permite una mayor objetividad, porque uno no se deja llevar por sentimientos que tienen una inverosímil capacidad de arrastre, iba notando yo que mis días en Laputa, a pesar de tantas distracciones festivas, intelectuales y galantes, me pesaban con ese algo de empalizada que tenía mi propia defensa en mi isla, y era de esperar que tarde o temprano deseara acercarme más a Torilandia, no solo porque cualquier objeto de estudio es un poderoso polo de atracción, sino porque el contacto directísimo con la realidad añade, a mi modesto entender, un plus de información y verdad que la distancia no puede salvar.

    Dicho y hecho, a través de un triple salto vital. Ignoro los recursos fantásticos de los que mi anfitrión, en esta Provincia Mayor, se ha servido para hacerme pasar de Laputa a ¡nada menos que Madrid!, sede del retalgobierno de Torilandia, una suerte de patchwork que, al final, ni cubre a los necesitados ni necesita a los cubiertos, pero que se empeña, es lo primero que he oído en cuanto me ha sido dado desayunar en un café de barrio, en gobernar para deshacer una realidad nacional que tantos países han contemplado con envidia desde cuando en su imperio «no se ponía el sol». ¡Qué diferencia tan abismal entre los habitantes de Laputa y los de Torilandia, al menos los de la capital, tan abrasadora, porque el mes de agosto,«puño en rostro», que ya me han dicho, para dar pie a una entretenida conversación de la que he salido con un apelativo, «guiri», que hubiera hecho las delicias de Gabriel Betteredge, el más fiel lector de mi vida que a nadie que haya visto publicada la suya le ha sido dado tener. No sé por qué me acuerdo de él precisamente ahora, en esta nueva estancia en un país como Torilandia tan poco industrioso, y donde mis habilidades no creo que me hagan ganar la reputación que mi solitaria aventura edificó para satisfacción de Betteredge, el más agudo mayordomo del mundo, hecha salvedad de una discreta versión posterior suya que fue Jeeves. 

    Pero yo no estoy aquí para lucir mis mañas ni para hablar de mayordomos, sino para constatar que desde las pasadas elecciones que colocaron el engaño y la mentira en el gobierno de la nación, con absoluto descaro, la vida de Torilandia ha sido un desvivir continuo solo aliviado por la caridad confederal europea sin nosotros, algo, nuestra ausencia de ese proyecto, que solo es comparable a la famosa peste que viví en mi infancia, y que les debemos a cuantos jubilados siguen creyendo en nuestro desaparecido imperio. «En todas partes cuecen habas», es, entre lo que he oído hasta ahora, lo que mejor describe la situación.

    Tras una pandemia contra la que ha luchado con medidas inconstitucionales el pomposo falso solemne que rige los destinos de una patria en serio peligro de desaparición, dadas las tensiones centrífugas generadas por  quienes, ¡paradójicamente!, sostienen al caudillo en su palacete; y después de una crisis que se sobrelleva por dichos fondos europeos, de los que la satanizada extrema derecho les libró de dar cuenta en el Congreso, una diabólica agresión bélica de los rusos a Ucrania ha puesto lo que antes se llamaba, no sé si ahora también, «el tablero internacional», patas arriba y con la seria amenaza, no tanto de la conflagración bélica a escala universal, que también, sino de la catástrofe económica basada en la escasez y la carestía de las fuentes energéticas. Eso si, mientras otros países, a despecho de sus esfuerzos por mejorar el clima global, han decidido volver al carbón y a la energía nuclear, el gobierno del caudillo socialista verde, sostenible, resiliente y autoritario se ha inclinado por racionar el uso de la energía. De momento con recomendaciones; pero no se espera que, apelando a no sé qué compromisos confederales, la cosa pase a mayores y se creen las famosas policías de barrio para denunciar los microusos insolidarios... 

    Sí, sí, no dejo de pensar que deben de pensar ustedes, a su vez, que llevo años en Torilandia, en vez de los escasos meses en los que me he impuesto en esta apasionante disciplina absolutamente fuera de razón que es la política torilandesca ¡a todos los niveles!; pero a lo largo de mi vida creo haber dado sobradas muestras del poderoso ingenio que me anima y de mi indómita capacidad de aprendizaje, ¡algo de lo que se quiere privar, voto a Fénelon, a los estudiantes de Torilandia, a quienes se les hurta acrisolar sus virtudes a través del esfuerzo que lleva al mérito, de cómo se les allana el camino para acabar convertidos en dóciles votantes!; todo ello me permite, así pues, exhibir mis discretos progresos, que confío en superar pronto. Si algo bueno tiene Torilandia es que se improvisan magisterios en cada esquina y púlpitos en cada balcón. Y como yo soy de natural curioso...

    Muchos recuerdan que el gran aficionado a las grandes frases propias de los falsos solemnes, un concepto elaborado por un remoto autor guatemalteco de sonoro y altivo nombre, Augusto Monterroso, quizás menos conocido de lo que debiera ser, pero tan notable que quien llega a conocerlo no puede dejar de frecuentarlo, dejó para la posteridad impresa su gran ambición: Ser recordado por «haber arreglado la economía torilandesca», ¡ahí es nada! Si algo caracteriza decididamente a un clásico «tonto», pariente de los bobos, los necios y los ignaros,  es creer que puede intervenir en lo que de él no depende, porque eso revela la cortedad de sus razonamientos y la escasa lógica con que los formula. ¡Cuánto más discretos suelen ser nuestros gobernantes insulares, a fuer de sincero y sin pizca de chauvinismo execrable! No es mi propósito hacer comparaciones siempre odiosas por definición, sino comprender esta realidad que, vista desde tan cerca, empuja ciertamente a la desazón y la desesperanza: sobra postureo y falta estudio y convicción.

    No entiendo por qué el amable anfitrión de Provincia Mayor ha estimado oportuno que mi primer contacto con Torilandia haya sido en Madrid, porque bien podría haber «naufragado» en cualquier otra parte de tan hermoso territorio: la sofocante Sevilla, la fructífera Murcia, la, al parecer, semiinexistente Teruel, la «explosiva»  Ceuta o la «ardida» Zamora, por no hablar siquiera de la supremacista Barcelona donde tiene el resguardo de su Provincia Mayor, pero no es algo por lo que me haya de interesar. Bien está lo que bien acaba. Y, como se sabe de antiguo, ubi bene, ubi patria, algo de lo que mi propia vida es ejemplo cimero. No pierdo la esperanza, ahora que aquí me hallo, de ir conociendo cuanto necesite conocer, no para convertirme en un «hispanista» o algo parecido, ¡líbreme Elliot!, sino, todo lo más, dada mi fe actual, en un ucrónico George Borrow, aunque tengo para mí que, contra cierta creencia vaticanista, ningún país más descreído que Torilandia, a pesar de los irracionales y absurdos esfuerzos proselitistas a favor del islam que hacen las supuestas fuerzas políticas de izquierdas, avergonzadas de la Reconquista, y dispuestas a ver en la represión de la mujer practicada por los islamistas una revolución feminista, pero eso son trastornos mentales que ya encontrarán su diagnóstico y su medicación, aunque ninguna tan efectiva como apartarlos, mediante los votos,  de los púlpitos gratuitos que da la pertenencia a la estructura del Poder.

    Pues dicho queda, he entrado a saludar y ya me he extendido demasiado. Nos vemos.

 

miércoles, 29 de junio de 2022

La escapada: La Val d’Aran.


Encumbrados en la humildad del sendero lacustre; enamorados de un valle único…

 

         Abandonar la gran ciudad —por mucho que su alcaldesa *populérrima (esto es, lo peor del populismo…) la haya degradado, Barcelona aún puede ser considerada una gran ciudad— y dirigirse a la Val d’Aran para hacer alguna excursión en el enclave protegido del Parc Nacional d’Aigüestoertes, aunque sea en el breve espacio de dos días, supone un desahogo, una desconexión de las rutinas y una liberación de las servidumbres habituales que debería estar prescrito por la Seguridad Social para ahorrarse muchas bajas y mejorar la salud mental y física de los asegurados.

         No me parecía que se necesitaran tres horas de viaje para llegar, porque en modo alguno equiparaba e desplazamiento al de acercarse a Zaragoza, pero las carreteras nacionales no desdobladas en autovías tienen eso, y más si son frecuentadas por camiones, que tanto ralentizan la marcha. El verano, además, ¡en este país tan turístico!, parece ser el momento en que los conservadores de las carreteras deciden hacer las reparaciones de rigor, con el consiguiente y mayúsculo cabreo de los sufridos usuarios.

         He de reconocer que, como buen ermitaño dedicado a la filología y la creación literaria que soy, me cuesta horrores ser arrancado de mis rutinas; pero cuando ello sucede, tengo, a veces, la suerte inmensa de acercarme a lugares o parajes que me arrebatan por su belleza o por su interés histórico, monumental, artístico o antropológico. En este caso mi objetivo era conocer algo del Parc Nacional d’Aigüestortes, porque un conocimiento extenso solo lo depara una vacación de, como mínimo, un mes, pel cap baix y «estar» en La val d’Aran.  Que la experiencia haya sido breve no le ha restado ni un ápice de interés y belleza al recorrido que hicimos por el Circ Lacustre de Colomers, solos, en un paraje a unos 2400 metros de altura. 

    Apenas nos cruzamos con un grupo de turistas, acompañado por un guía local, y esa fue, aparte de la nuestra, la única presencia humana en ese Circo. El día amaneció lluvioso y eso supongo que amilanó a los exploradores; no así a nosotros, que nos encasquetamos los chubasqueros y nos dispusimos a pasar por lo que nos cayera. Al final, salvo la ascensión hasta la presa, no cayó lo que se esperaba y apareció un sol potente que nos acompañó casi todo el camino de cabras, porque, a esas alturas, los senderos no son para pasear, sino para triscar. Miráramos hacia donde miráramos, no había punto cardinal en el que no se nos quedara prendada la vista durante un buen rato. Como, a pesar de nuestro destino, no íbamos bien calzados, aunque sí con el bar a cuestas para el refrigerio pertinente, no nos detuvimos en exceso en ningún paraje, y fuimos sumando lagos pequeños y hermosos a nuestro ábaco de maravillas pirenaicas. Cuesta ver un peligro en esas alturas y entregados a tanta belleza, pero no ignorábamos que hacia las 16’00 h comenzaría a descargar una tormenta anunciada en los nubarrones oscuros que viajaban hacia nuestra ubicación. 

    Dada la altura, nos sorprendió la vegetación y nos divirtió la escasa fauna con que compartimos camino: mariposas que hubieran hecho las delicias de Nabokov y una hermosa libélula azul que me acompañó un buen trecho, como heraldo de nuestro victorioso caminar circular. De los corpulentos moscardones, pocos, mejor no acordarse. Quizás el lago con una pequeña isla en su interior resuma a la perfección la hermosura del paraje. En la memoria tenía L’estany de Sant Maurici como referencia, pero las rutas que nos facilitaron en el Parador de Arties, situado en un pueblo que merece ser visitado, aunque la incompatibilidad horaria nos privó de contemplar el interior del templo, algo que sí hicimos, para nuestro placer, en Bossòst, nos acabó llevando a esa ruta de lagos que intuimos de muy buen ver sin equivocarnos nada. Incluso el desplazamiento en taxi desde donde se ha de aparcar obligatoriamente hasta desde donde se inicia la ascensión al Circo, tuvo su encanto, y nos recordó, por los baches del camino y la excelente suspensión del vehículo a la travesía por el Coto de Doñana, que hicimos años atrás.

         Caminar con rodillas de cartílagos deshilachados y meniscos mordidos no es, desde luego, lo más recomendable, pero he de confesar que no me di cuenta de ello hasta que la mayor hazaña de la visita me lo pareció subir al taxi para volver… Como la hora de comer se nos echó encima, lo hicimos en los Banhs de Tredòs, a plena satisfacción de los tres comensales que nos rehicimos de ciertas penalidades con la excelente cocina del lugar. La ducha fría y unos buenos estiramientos de columna en el Parador me devolvieron a la articulación del paso y los movimientos básicos, de ahí que pudiéramos desplazarnos a Bossóst. El valle, en pendiente hacia la frontera francesa es una suerte de santuario natural hiperconectado con el mundo, a juzgar por las construcciones, en su mayoría respetuosas con el medio, y no hay pueblo en el que no se pueda admirar una iglesia o unas construcciones de tipo tradicional adaptadas al clima extremo que allí se vive en invierno. El recepcionista insistió mucho en que la mejor época para visitar el Parque es en octubre, con el cambio de color de la hoja, porque en agosto no hay quien viva con el calorazo que se los come. Nuestros tres días de sol y lluvia nos han acompañado con unas temperaturas sobre los 18º que nos han permitido desquitarnos de la ola de calor que habíamos sufrido un par de semanas antes en Barcelona.

         La impresión ha sido tan indeleble que ya nos hemos conjurado para volver y rendir pleitesía a Sant Maurici, amén de otras rutas por Artiga de Lin o Montgarri, pero antes habremos de hacer un hueco para ir a conocer el tren cremallera que sube hasta la Vall de Núria, donde aún no hemos estado, como perfectos ermitaños que somos… De vuelta quisimos visitar el castillo de Benabarre, pero el lunes sigue siendo día nefasto para el turismo en este país que tanto depende de él, paradójicamente… ¡Ni comer allí pudimos! En fin, cosas nuestras…







miércoles, 15 de junio de 2022

Presentación de« Popping Corn», la versión inglesa de «Poemitas de maíz», de Mendigo Diego

 

Un acto cultural, la revelación de la deslumbrante voz poética de Manolo marcos, autor de Tácticas de payaso y la celebración amistosa de la palabra en una librería mítica: Documenta.

 

Hace unos días se presentó en la famosa librería Documenta, aún con su fundador, Josep Cots, y su eterna corbata de lazo,  al frente, la traducción al inglés, en edición bilingüe,  del libro de Mendigo Diego, Poemitas de maíz, traducido como Popping Corn por el autor de la versión inglesa y al tiempo editor de la obra Rafael Peñas Cruz.

         Una tarde calurosa de esta canícula desorientada que vivimos, nos reunimos alrededor de un acto cultural tan literalmente esotérico en nuestros días, como es la presentación no ya de un libro de poemas, lo cual podría considerarse hasta cierto punto «normal», sino de la traducción al inglés de un libro del heterónimo, Mendigo Diego, del poeta, artista plástico y músico Manolo Marcos, autor de un poemario Tácticas de payaso, del que hice una fervorosa crítica, dada la calidad del mismo y lo novedoso que suponía, en 2016, cuando apareció, ver un retoño de lo mejor de la tradición surrealista de nuevo en circulación, por más que sea en capillas ilustradas de la reducida secta de los lectores de poesía.

 

 

    El acto, presidido por el entusiasmado editor y traductor del libro, que nos transmitió plenamente la pasión que siente por la obra de Mendigo Diego, consistió en la lectura de algunos poemas en su doble versión, la española, a cargo del autor, Mendigo Diego; la inglesa, a cargo de Minie Marx, conocida actriz de Els Joglars y de series populares de TV3, la televisión autonómica de Cataluña, amén de una sólida carrera internacional. He de reconocer que la seriedad profunda del estoico andaluz que es Manolo Marcos era el vehículo perfecto para una poesía que destaca, entre otros valores, por la comicidad inherente a las imágenes afortunadas que pueblan los poemas, y de la que la traducción nos da cumplida cuenta, por más que se advierta, a veces, la imposibilidad cierta de captar resonancias profundas y connotaciones ligadas a los significantes y sus múltiples juegos expresivos:


Puse nombre a las cosas, por ejemplo:

Quise llamar hormiga a una lágrima.

 

Solo porque la vi caer

De una mejilla hasta el suelo.

 

Y porque echó a correr

por la máquina leve de este verso.

Si esto es lo que llaman metáfora…

Solo digo lo que vi. No digo Diego.

 

I gave names to things, for example:

I wished an ant to be called a tear.

 

Just because I saw her fall

From one cheek onto the ground.

 

An because it began to run

Through the faint machinery of these lines.

If this is what is called metaphor…

I just say what I saw. I keep to my word.

 

Más tarde, se abrió un debate sobre el surrealismo y sobre su significado en el arte contemporáneo, así como la comparación entre las diferentes corrientes de vanguardia que arrancan con la creación del Dadaísmo de Tristan Tzara, para lo cual intervino una profesora de universidad que nos ilustró sobre la materia, aunque sin salirse de las líneas generales de lo de sobra conocido sobre el tema. A mí, incluso, me dio la impresión, oyendo recitar los poemas al autor, solemne y cáustico al tiempo, que esos poemas de índole surrealista estaban más emparentados con nuestra tradición popular, como la de los romances viejos, que con otra cosa. De hecho, y dada la insistencia con que el editor echaba de menos que Manolo Marcos no hubiera traído el saxo que domina con maestría equivalente a la escritura de su poesía, tentado estuve de arrancarme yo con un romance aflamencado que está en la base de la mejor poesía española de todos los tiempos: el Romance del prisionero,  que dejo aquí para torturar los oídos de los lectores desprevenidos…, porque, a mi atrabiliario entender, las imágenes de la poesía popular han nutrido aventuras como la del Creacionismo de Vicente Huidobro, que sería algo así como nuestro surrealismo castizo avant la lettre.

Hay autores que se han forjado en el cultivo de un don innato para la poesía, enriquecido por lecturas que siempre son provechosas y, sin duda, muy satisfactorias, pero que no alteran ese impulso, esa locura por el verbo en movimiento delirante que advertimos en los poemas de Mendigo Diego y en las Tácticas de payaso, de Manolo Marcos: ¡Habría que oír la voz andaluza y contenida de Manolo al recitar esta joya de Poemitas de maíz!:


El ya no más de tu siempre,

Tu cuerpo sediento de maíces.

Tu vientre imantado, saturnal,

Esa epidermis de las palabras

Cuando el envés del mundo se nos muestra.

Alma púber

De raíces sentimentalmente urdidas

En estupor pueril; clama por la belleza

Que te robaron,

Deja que entre la luz hasta el hueso.

 

El acto tuvo un reducido pero selecto público que me pareció complacido con el conocimiento, en voces tan cualificadas, la española y la inglesa, de una obra que, más allá del público propio español de un poeta cordobés, va a tener la fortuna de viajar a los lectores de habla inglesa. De hecho, ya hay apalabrada, al parecer, una presentación del libro en Inglaterra, lo cual no deja de ser un timbre de orgullo para el autor y un reconocimiento a su voz poética, acostumbrada, como suele suceder en el género de la poesía, a la «inmensa minoría» a la que se dirigía su conterráneo JRJ.

A todos los interesados en la poesía no pueden pasarles desapercibidas estas dos obras que revelan un talento tan especial como lo es el talante humano del autor de ambas, a quien me precio de poder llamar amigo, a fuer de lector devoto de su obra deslumbrante.


 

domingo, 5 de junio de 2022

La caída…

 

Confesión de una conversión…

Acogiéndome a la pluralidad de opiniones que caracteriza a la magnífica revista digital que es Ataraxia, me voy a tomar la libertad de teclear un artículo sobre nuestro bien amado líder nacional, Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, a quien, con relativa frecuencia, se ha denostado desde esas mismas páginas, aunque, eso sí, con encomiable sentido del humor, esa cortesía que abre todas las puertas.

Imagino que al leer el título de estos párrafos en loor del prócer algunos habrán imaginado lo que está lejos de ser. En efecto, esa no es la caída célebre de un dictador, sino la de un fustigador de quien cuenta la leyenda que cayó del corcel, herido por la revelación divina y oyó su nombre en las altas esferas de la música celestial que lo reconvertía en defensor de aquellos a quienes combatía: tal es el referente que ha de ser tenido en cuenta para lo que sigue.

Quiero disculparme, en primer lugar, por haber propalado, desde Gorjeolandia, alguna que otra indignación contra a quien ahora veo como la encarnación de todas las bondades políticas que han llegado al Poder, aunque por los habituales renglones torcidos del Señor, para hacernos más libres, más felices, más, sanos, más seguros, más amables, más correcto, más feministas, más ecológicos, más resilientes y más sumisos a sus logros políticos, prestos a inscribirse con letras de oro en los anales de la Historia Oficial de nuestro país, en el negociado pertinente del ministerio correspondiente.

Me ha costado un tiempo, ¡cuatro años, exactamente!, apearme de la inquina que, ¡incomprensiblemente!, me suscitaba un político que con tanta finura psicológica como amor propio se ha descrito a sí mismo, por mano ajena, en un volumen que no tengo empacho en declarar que puede significar para nuestra juventud lo que significó el Libro Rojo de Mao para la China o El hombre unidimensional, de Marcuse, para la generación hippie. Bien lo señaló en sus páginas: que él era «algo más» que un rostro guapo, y que teníamos que descubrir todas sus virtudes para darnos cuenta del alcance histórico de su misión, actualmente en curso: desterrar el fascismo de la ultraderecha de España y «arreglar» nuestra Economía, la macro y la micro. Solo los declarados enemigos de la justicia social ponen, con esas metáforas sólidamente avaladas por la mejor tradición de la oratoria hispana que ÉL usa, «palos en las ruedas» a un proyecto que, insisto, solo los «resentidos» por el éxito de sus decisiones discuten y combaten.

A Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, insigne doctor en Economía por la universidad privada Camilo José Cela, una elección con la que ha querido manifestar su respaldo a la pluralidad educativa española —las malas lenguas defienden que en cualquier universidad pública no hubiera pasado el riguroso filtro que se exige a tales trabajos—se le ha querido desprestigiar por cualquier vía, y ello cuando, como auténtico Faro de Occidente, ha tenido que gobernar con una pandemia, la erupción de un volcán, una crisis económica y una guerra que amenaza con traernos lo peor, algo que sus actuales socios de mayoría parlamentaria intentaron por otras vías en tiempos tan lejanos que traerlos al presente no es sino un acto insano de insidia política que se descalifica a sí misma. Sus indultos nos han traído a Cataluña la «pax castellonensis», aunque aún no ha sido reconocida como se merece. Supongo que dentro de veinticinco años habrá fastos que la conmemoren como a ello se ha hecho acreedora. ¿Quién puede negar que en Cataluña vivimos en el mejor de los mundos posibles? Bueno, sí, los agoreros y los insatisfechos, aquellos que van perdiendo todo apoyo electoral y a quienes solo les queda el grito de la agitación para dar señal de vida.

Confieso paladinamente que me costó, al principio, empatizar con una persona tan dedicada en cuerpo y alma al bien de los demás, porque la abnegación y el desvelo que ha manifestado para con los males de sus compatriotas merecen no tanto una biografía política como una hagiografía, a tenor de la santidad laica que trasminan sus decisiones, ¡y ahí están los palmeros, que no me dejarán mentir! Pero el nuestro es un país de envidiosos y rencorosos donde los haya, como nadie ignora. ¡Cómo no fui capaz de congeniar con su finísimo sentido del humor!, por ejemplo. ¡Cómo me arrepiento de mi obcecación contra un político que ha venido a devolverle a esa dedicación las mayúsculas con que se escribirá eternamente su nombre! Sus dotes de «seductor» están harto más que acreditadas, ¡y cómo duele eso en este país en el que tanto se envidia el palmito ajeno! No es lo mismo pasearse con un ritmo musical al caminar casi obamaniano, que hacerlo con los sincopados ochenta quilos de un metro setenta, que debe de ser, imagino, la media nacional. Fotografías hay, inequívocas, en las que mujeres de todos los colores políticos y de todas las clases sociales, muestran su rendida admiración a quien casi estoy seguro que podemos calificar ya como «el mejor presidente de nuestra democracia», un título, hasta ahora, poco disputado, pero que, desde ahora, tendrá un ocupante indiscutible.

Desprestigiar es una ocupación nacional que alimenta a quienes respiran por la herida de su insignificancia, a quienes son incapaces de ver las virtudes ajenas, reconocerlas y, como ahora mismo hago yo, ensalzarlas. Solo hay que pensar en las auténticas campañas de desprestigio que sufre continuamente Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, por cualquier motivo, sea por un traspié geográfico, «Ahora voy a Huesca, luego iré a Aragón»; sea por un neologismo en inglés, «amortiguate», perfectamente inteligible para el hablante de cualquier lengua, por otro lado; sea por un lapsus que quien está acostumbrado a trabajar con innúmeros datos cada día puede, ¡y aun debe…!, cometer: «19 de cada 10 jóvenes no se han emancipado»…

La tesis que defiendo, así pues, en esta retractación de mi enemiga hacia un personaje político que, bien reflexionado, ¡no nos merecemos!, es que, a pesar de haberme explayado en sentido contrario con mi parcialmente errónea teoría del Todovalismo, bien se echa de ver que no todo vale para criticar a alguien como Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, un gobernante providencial como pocos y más eficaz que todos sus predecesores en la lucha por conseguir la igualdad, la fraternidad y la libertad de todos los españoles. ¿A quién no ha beneficiado? ¿Por quién no se ha desvelado? ¡Cómo no vamos a loar a un político que, literalmente, se ha convertido en un nefelibata con el único objetivo de estar en el acto allá donde se le necesita, sea un volcán, una inundación, una plaga de topillos o una defensa del sano ocio que atrae inversiones? Insisto: no-nos-lo-merecemos… Y con mayor razón lo sabremos cuando, como pronostican sesgadas encuestas sin apenas medios, frente a las amplísimas del ilustre señor Tezanos, director del CIS, para nuestra desgracia, haya de desalojar la Moncloa «De los sos ojos tan fuertemientre llorando…», porque la tarea de redención de España es infinita y una legislatura es un lapso que solo a sus detractores se les hace eterno y a sus admiradores, entre los que a partir de este artículo me cuento, un nanosegundo.

 

P.S. Me hago cargo de la perplejidad de mis compañeros de redacción, pero Ataraxia es reconocida, frente a los media tradicionales, por la auténtica libertad de expresión de quienes participamos en ella. Imagino que más de uno pensará que he rizado el rizo de la ironía. Allá cada cual con sus pensamientos. El mío, expresado queda, es consagrar mi vida a la defensa del débil frente a los poderosos, y ahora intuyo que los vientos electorales van en esta dirección…, lo cual me aleja del oportunismo y me acerca a la verdad y a la memoria histórica: esto no es un panfleto adulador, sino un ejercicio de hiperdulía, como políticamente se merece quien ha hecho del feminismo la necesidad básica de nuestra vida diaria. Amén.

 

 

martes, 24 de mayo de 2022

Las compañías de seguros y la indefensión del asegurado: un caso de abuso psicológico por parte del RACC.

La lucha individual de un abonado para que la compañía de seguros haga frente a sus evidentes  responsabilidades o cómo los desalmados te pueden poner al borde del infarto...

    Hace ya algun tiempo, en esta misma Provincia...,  escribí un artículo significativamente titulado Endesa no tiene clientes, sino siervos. ¡Quién me iba a decir que casi habría de calcar idéntica o mayor indignación en este caso contra el RACC y su seguro del hogar, tan pésimamente gestionado! Como la historia es larga, lo mejor es empezar por los antecedentes. Hace seis años, el seguro del RACC me reparó un escape de agua, pero, en vez de cambiar el trozo de tubo de cobre que tenía el poro que causó tan gran destrozo en el piso inferior, deshabitado en aquel momento,  y en la pared del patio de luces, se limitó a, en palabras de uno de los lampistas que nos han venido, a hacer una chapuza, esto es, una soldadura que ha durado, antes de volver a perder agua por ella, estos seis años.

    Dada noticia de la fuga a 29 de marzo, he de decir que ayer, ¡23 de mayo!, vino finalmente el carpintero a colgar el armario de la cocina que había sido descolgado para reparar una avería, algo que fue hecho hace ya más de un mes... El 31 de marzo vino un operario para "explorar" la avería. Puesto en comunicación con la responsable de la empresa, y a la vista de lo que el operario le enseñaba por las fotos y una videollamada, la encargada aseveró, con una contundencia que incluyó la amenaza de que yo había de hacerme cargo de los daños a la vecina, que allí no había ningún escape y que esa avería no era suya, que allí no se les había perdido nada. Llegué a hablar con esa señora, quien de unos malos modos rayanos en la agresión verbal, reiteró que allí no había ninguna avería, a pesar de que el operario tardó nada en ver que por la juntura de las baldosas llegaba agua al mármol. El operario  medio disculpó a la señora y llegaron al acuerdo de pedir un peritaje con videollamada.  Hecha la cual, quedó claro que se había reproducido la misma avería de hacía seis años. Vinieron y picaron la pared para descubrir exactamente eso. Ante las fotos con verdín de la tubería, la empresa reparadora se agarró a un concepto que me repitieron hasta la saciedad: ¡"corrosión"!, que allí había corrosión y que eso caía del lado del descuido del propietario. A todo esto, háganse a una idea de que llevábamos tres semanas con el agua cerrada en un piso con cuatro personas para no causar más daños a la vecina del piso de abajo. Cuando, finalmente, el perito autorizó el arreglo y vino el lampista, este empezó a limpiar la tubería de cobre para hacer el empalme del tubo que nos permitiera volver a tener agua corriente. Apareció, entonces, al margen de donde estaba la chapuza que hicieron en su día, una tubería de cobre brillante, inmaculada, a la que le hice las fotos que adjunto, porque ¡ni se quiera saber la cantidad de veces que me repitieron, quienes no querían hacerse cargo del siniestro, que teníamos la p.... corrosión, concepto que usaban como un talismán, como un escudo e incluso como un mazo para martirizarme y ponerme al borde del infarto, lo confieso, dada la estresante excitabilidad que me producía hablar con personas que incluso negaban que hubiera un escape de agua en mi domicilio. ¡Y yo, además, que no dejaba de recordar el aforismo de Unamuno en el que habla de que las palabras son monumentos más duraderos que el bronce...!



Fue tal mi indignación que no tardé en escribir una carta de queja al RACC para informarles de lo sucedido, carta a la que me respondieron con buenas palabras y nulos actos, porque lo que he tenido que luchar contra esa empresa reparadora que cambiaba de opinión cada dos por tres solo puede escribirse en el libro blanco de las infamias o de cómo las empresas de seguros se recochinean de sus asegurados. Cada vez que reclamaba la presencia del operario que tocase en esa fase del siniestro, parecían complacerse en alargar una semana o dos su comparecencia... Insisto, una fuga de agua se ha resuelto en un plazo de ¡54 días! No sé si es un récord de recochineo del cliente, pero no debe de andar muy lejos. Mi indignación, decía, me impulsó a escribir esta carta al RACC: 

Barcelona a 8 de abril de 2022

Muy señores míos:

                            Me dirijo a Vd.s en calidad de socio del RACC desde hace muchísimos años, y de su Seguro de Hogar desde 2011, porque, desgraciadamente, se ha vuelto a reproducir la fuga de agua que se nos produjo en la tubería del agua de la cocina en 2016. En aquel momento, los operarios «parchearon» la avería —el detector de fugas que vino el jueves, día 7, habló directamente de  «chapuza»—y, tras casi un par de meses en observación, volvieron a cerrar la pared y montar el armario correspondiente. De lo que el Seguro no se hizo cargo en su momento fue de la reparación de la pared comunitaria que había sido afectada, como verán por la fotografía, razón por la cual, al avisarme una vecina de que «parecía» que tenía un escape, le dije que eso eran «restos» de la antigua avería.

Finalmente, al descubrir que se filtraba agua por el zócalo de mármol de la cocina y que nuestra ventana estaba húmeda, llamé al RACC para que se hicieran cargo de la fuga. Me asignaron este número de siniestro: xxxxxxxxx.  Y aquí ha empezado mi «odisea», porque el encargado habló con una señora a quien había de reportar lo que veía y esta se empeñó en que allí ella, ¡a través de una foto!, no veía que eso fuera «nuestro», del RACC. El operario se llama AO, y estuvo amable y correctísimo en todo momento; la señora del teléfono, ignoro cuál es su nombre, pero de muy malas maneras, vino a decirme que eso era una avería antigua y que si la vecina tenía algún daño había de ser yo quien se los abonase. Ahí, una vez que acabé de hablar con ella, andaba yo ya casi montado en cólera, pero, afortunadamente, programaron una inspección del perito a través de una videollamada. De ella el perito sacó en claro que había de venir un detector de fugas. Finalmente, vino este y descubrió, en efecto, que la fuga de agua existía y que se producía justo en el trozo de tubería que «parchearon» en 2016 los operarios del RACC. Diciéndome que había de venir un carpintero para desmontar el armario y proceder él a la reparación, les escribo la presente sin que, desde el jueves, día 7 de abril,  hayan venido ni el carpintero ni el fontanero, teniendo nosotros  el agua cerrada para no causar daños, y hoy, sábado, en que les escribo, con la presencia inexcusable de mi suegra para el fin de semana, siendo, nosotros, cuatro residentes en el domicilio.

         Ayer, viernes, reclamé la presencia del carpintero y el fontanero para acelerar una situación en la que llevamos ya desde el lunes, 28 de marzo, porque el primer operario que vino, ÁO, lo hizo el día 1 de abril. Cuando llamé para «agilizar» la reparación, al número XXXXXXXXX, me atendió una señora que me comunicó que estaba pendiente la autorización del perito para enviar a ambos operarios. Esa señora, sin embargo, comenzó a referirme que la tubería estaba «en mal estado» y que el RACC no iba a concederme sino lo que ella llamó la «puntual», ignorando que la fuga se ha producido no en cualquier otro lado de la tubería, lo que sería congruente con su calificación, sino única y exclusivamente, como pueden apreciar por la fotografía, en el punto exacto donde hicieron el «parche». Añadió a continuación que los trabajos de cerramiento de la avería y los daños a la zona común del edificio habrían de correr por mi cuenta, dada la supuesta condición de la tubería.

Lo único cierto, y se lo pongo por escrito por si hubiera de necesitar acudir a los tribunales, es que el RACC, cuando parcheó la avería en 2016 JAMÁS me comunicó ni de palabra ni por escrito que la tubería estuviera en mal estado y hubiera de ser cambiada —algo que hubiera procedido a hacer, aunque hubiera sido a mi costa, una vez que la pared estaba abierta— ni que, si se producía una nueva fuga en la misma tubería, lo que ha sucedido, el RACC  no se haría cargo de la misma. Prueba de lo que les digo es que, sin advertir de que nos hacían un «parche» y que lo suyo hubiera sido cambiar la tubería, parcial o totalmente, procedieron a tapar lo picado, a poner las baldosas y colgar el armario.

         Como Vds. comprenderán, ¡y aún seguimos con el agua cortada en aras de la buena vecindad y para evitarles a Vds. que aumente el coste de los daños a terceros que ha producido la avería!, mi sorpresa ha rayado en la estupefacción, primero, y luego, ya me excusarán, en la indignación. Años y años pagando religiosamente la cuota de socios del RACC, nuestra y de mis hijos, y diez años el seguro de hogar, todo ello religiosamente, ¿y vengo a encontrarme ahora con esto? Yo estoy dispuesto a entender cualquier razonamiento que sea consistente y lógico, pero lo que las dos señoras que me han atendido hasta ahora me han mostrado ha sido un «pilatismo» —porque ellas tendrán el agua de la que nosotros apenas podemos disponer— impropio del espíritu del RACC que nos llevó a hacernos socios de la entidad, , un «pilatismo»  basado en razones tan peregrinas como el buen o el mal estado de una tubería oculta a los ojos de cualquiera, porque todas van empotradas y sin haber mediado aviso ni advertencia sobre posibles averías futuras una vez que arreglaron la de 2016. Les pediría, pues, que atiendan la presente reclamación para evitar que, en el futuro, otros afectados, según cómo se resuelva el siniestro que me afecta, puedan pensar en la posibilidad, como yo lo estoy haciendo, de darme de baja de su Seguro de Hogar, dadas las circunstancias que les he reseñado. Con la confianza de que actuarán para que así no sea, quedo a la espera de sus noticias.
Cordialmente,
Socio XXXXXXXXXXX

    Tras una séptica respuesta del RACC ¡el 9 de mayo!, aún hube de enviarles dos correos del tenor de los siguientes: 

    Buenas tardes, lamento comunicarles que seguimos como estábamos. Se ha presentado un operario de  otra compañía de reparación y tras anunciarnos que nos llegaría el albañil para tapar la pared y alicatarla, este no se ha presentado. Hecha la pertinente reclamación, me dicen que resulta que están a la espera de que el perito autorice los trabajos, es decir, que regresamos al punto de partida, porque en la anterior compañía esa autorización ya estaba concedida... En fin, padeciendo como jamás se me hubiera ocurrido que pudiera sucederme,  la espantosa ley de Murphy, quedo a la espera de que se acabe este penso calvario para un jubilado. Las reclamaciones judiciales solo están, lamentablemente, al alcance de gentes con posibles, por eso apelo a su compasión para que actúen de una vez, en vez de acudir a un juzgado, que sería lo suyo.

Quedo, pues, a la espera de que tengan a bien acabar de arregarnos la avería.

    Muy señores míos. Me dirijo a Vds. para ver si, arrastrándolo desde el 31 de marzo, cuando avisamos del escape de agua, pueden, por favor, concluir los arreglos de este siniestro en el que parecen haberse conjurado todas las dilaciones y los males, aunque, por lo menos, se arregló el escape y ni molestamos a la vecina de abajo ni estamos privados de agua. A más de mes y medio de la apertura del siniestro, aún nos falta que nos vuelvan a colocar el armario de la cocina, ¡el de la vajilla!, y arreglen los desperfectos causados en la pared del patio de luces. He llamado mil veces a su servicio de reparaciones y tengo la impresión de que cuanto más reclamo esos arreglos, más se empecinan en dilatarlos. Estando como estamos en sus manos, les ruego tengan a bien agilizar esos arreglos. Por los correos anteriores pueden comprobar el grado de desaliento y de indignación que nos anima.

Quedo a la espera de sus noticias.

    Como toda respuesta, entre ambos correos hallé una carta del RACC en el buzón. Se me derretía el cerumen de los oídos pensando en las disculpas hiperbólicas que habría de leer ¡y hasta pensé , si seré ingenuo..., que, para compensarnos por las penalidades sufridas hasta nos invitarían a pasar un fin de semana en algún hotelito con encanto...! Abrí el sobre y, con el siniestro aún sin concluir, me encuentro con la comunicación de que me van a pasar el próximo mes de junio el recibo del seguro al cobro... Ahí sí que ya no pude más y cogí el teléfono para llamar a otra compañía e interesarme por el precio de un seguro del hogar. Entonces descubro que, coon las mismas prestaciones, los 460 eurazos que me ha costad el RACC se convierte en 260 razonables euros en la otra compañía. ¡Con qué inmensa delectación he ordenado en el banco devolver cualquier recibo del RACC del seguro de hogar! Ahora lo que toca es abrir un periodo de reflexión para, dada mi indignacion, seguir siendo socios, mis hijos y yo, de una entidad que no ha estado de ninguna de las maneras a la altura de su supuesta fama. 

    Después de la ingrata y hasta humillante experiencia que he tenido con esta empresa de seguros, creo que, dadas las evidencias, ¡el agua como, el algodón, no engaña!, he sido objeto de un encarnizamiento para ahorrarse una reparación a todas luces casi delictivo. El modo como todos estos peritos y empresas reparadoras han jugado con nosotros y nos han alargado durante casi dos meses una simple avería producida por un deficiente arreglo de la misma casa de seguros debería de poder tener una vía de reparación que contemplara los gravosos daños psicológicos que causan dilaciones en el arreglo de un simple escape de agua como el nuestro, que provocaba daños a terceros.

    No sé cómo me irá con la nueva compañía, pero ya estoy pensando si la mejor inversión de mis ahorros no será la contratación de una buena defensa jurídica...