jueves, 29 de octubre de 2026

Una escapada termal: La Rioja, Soria y Navarra.


Las viejas termas de La Albotea

La sed de espacios singulares y la justa combinación de arte y naturaleza....

 

          Se asocia, usualmente, balneario con «relajación», «descanso» y «desconexión», y parte de ello hemos vivido esta casi semana que completaba las vacaciones de verano que aún hemos de dedicar a la casi centenaria madre de mi Conjunta. Vista la oportunidad y la bonanaza del clima, escogimos un balneario inaugurado hace pocos años, La Albotea, en plena Rioja, para, tomado como centro de operaciones, pagar visita a algunos pueblos de Soria que hace tiempo queríamos visitar. La distancia, teniendo en cuenta nuestra común afición a viajar en automóvil, no fue un obstáculo, aunque excursión hubo de más de trescientos quilómetros que nos llevó a El Burgo de Osma, el Cañón del Río Lobo y a Calatañazor, aunque una desconexión del servicio de Google Maps nos llevó por una carretera secundaria hacia ninguna parte hasta que vimos el salvador letrero: Calatañazor, y supimos que no saldríamos derrotados en la batalla de descubrirlo y conocerlo, porque es ese un topónimo que, al menos yo, tengo incrustado en la memoria desde el preparatorio para Ingreso. 

 

       Más próxima, la visita a Tudela, escondida como las joyas de Zapatero, sí que lo tuvo todo de relajante y complacida, turística, vaya. Su hermosa plaza mayor, en uno de cuyos restaurantes comimos, y a la que accedimos por una sinuosa vía peatonal en la que me encontré casi de sopetón ¡nada menos que con una estatua de mi admirado José María Iribarren!, el autor de esa joya de la miscelánea que es El porqué de los dichos; el mercado central,  y una casa museo de la gran mecenas tudelana no podían compararse con el portal románico de la Catedral de Santa María, Puerta del Juicio,  en el que se representa con fino detalle dicho juicio: a un lado los condenados, al otro los salvados.


          El circuito termal incluido en el precio de la habitación lo escogimos a las 19'00h, lo que nos permitía tomarnos con calma las excursiones antes de aventurarnos, albornozados, en el cubo brutalista de las termas para disfrutar de los masajes hídricos, las saunas y la bañera de agua a presión, como acto propiciatorio del merecido descanso, propio del establecimiento. La habitación, espaciosa y confortable, permitía los viejos vicios de la e4scritura y la lectura, y quizás por ello casi acabo las tres lecturas de Luis Valdesueiro que me llevé para la ocasión: un librito de haikús, Una rosa es; el Cuarto Lucidario, de aforismos y La oscura mano del tiempo, compuesta por divagaciones y aforismos, que el autor ha tenido la gentileza de dedicarme. De todo ello daré cuenta crítica, oportunamente, en el Diario de un artista desencajado. Lo que puedo adelantar es que la escritura fragmentaria es idónea como compañera de viaje, porque siempre encuentras momentos muertos, ¡y aun vivos!, en los que dar pellizcos lectores a los libros.

          La otra larga excursión fue a Yanguas, pueblo catalogado entre los más hermosos de España, como Calatañazor, y muy estrechamente asociado a la familia de mis cuñados, por haber tenido los padres de él una casa allí. Ambos, Yanguas y Calatañazor son sinfonías pétreas de absoluta belleza, y tuvimos la suerte de movernos en sus interior sin los ríos turísticos que, en pleno agosto, suelen inundarlos. Con temperaturas inusuales para un otoño más cálido de lo habitual, paisaje, arquitectura y clima se armonizaron como solo una agencia turística de viajes organizados desea para sus excursiones. Es cierto que escogimos la vía «larga» desde Cervera del Río Alhama, la que atraviesa por Enciso, en plena ruta de los dinosaurios, tan grata como retorcida, lo que hizo imposible, por lo que nos demoró el trayecto, visitar Enciso, aupado a un peñasco y de prometedora visita que quedará para otra ocasión. Aunque estábamos advertidos de la nula oferta gastronómica de Yanguas fuera de temporada, tuvimos suerte de que el local Amigos de Yanguas sirviera comidas para los obreros que temporalmente trabajan en la zona, y ello nos permitió acercarnos a visitar un paraje privilegiado: el hayedo de Diustes, por donde nos dimos un espectacular «baño de bosque» perfectamente ilustrado con plafones informativos que nos informaron de las características de la flora y fauna de la zona. Nos cruzamos solo con otra pareja de caminantes y, en la zona de aparcamiento, otra, con un rulot, comía de forma discreta. 


El apetito ya lo llevábamos abierto, pero el paseo boscoso lo ensanchó lo suficiente para que cupiera un guiso de garbanzos más propio para otras temperaturas, pero del que gozamos con singular placer. No pecamos de exquisitos, a la hora del condumio, pero la comida casera bien hecha es siempre nuestra mejor opción. Reconozco, en este apartado, una debilidad: el día de la llegada paramos a comer en el pueblo grande más próximo al balneario: Corella, localidad navarra, donde había reservado mesa en el Crucero, y con cuyas alcachofas con foie recorrí el camino como una suerte de albricias por la conducción segura del vehículo. Y no me decepcionaron, todo lo contrario: en su punto de sabor y fritura: una delicatessen para un aficionado a la cocina de mercado. El pueblo, que volvimos a visitar un par de días después, nos deparó una sorpresa inmensa: en él había vivido Mariano José de Larra, junto a la iglesia de San Miguel,  y en él había traducido partes de la Ilíada del francés con apenas 13 años y, de propina, había escrito una Gramática castellana. Estábamos, pues, «en casa», porque así nos sentimos cuando se juntan el rutismo y la literatura...

          Como se aprecia, escogimos un enclave absolutamente fronterizo, porque nos movíamos entre Castilla y León, La Rioja y Navarra sin saber bien bien en qué comunidad estábamos, a pesar de que las autoridades se empeñan, con enormes cartelones, en recordártelo casi preceptivamente, si bien el cuidado de las carreteras intracomarcales que nosotros frecuentamos  en este tipo de visitas, cuidados que a ellas les competen, brillaba por su ausencia, aunque la contrapartida era el escasísimo tráfico con que nos encontramos, la gran ventaja de viajar fuera de temporada, pero, al mismo tiempo, el gran temor, por una inesperada avería que pueda producirse.

          La gran sorpresa del viaje, aunque todo él nos ha parecido muy revelador de las maravillas que un o puede encontrarse en cualquier región de nuestro país que acote, como ya nos paso con las Merindades el año pasado, y también estábamos centrados en otro balneario, en aquella ocasión el de Corconte, del que guardamos grato recuerdo, a pesar de la escasísima iluminación de las habitaciones; la gran sorpresa, digo, fue el Burgo de Osma, donde, nada más llegar, para ir a un lavabo tomamos un café en un establecimiento en el que, por primera vez en mi vida, me pusieron una «tapa dulce» con el cortado. La larga calle Mayor y su interesante catedral, además de las murallas y el puente medieval, más la singular plaza de toros y la antigua universidad, convertida en hotel de lujo, en el más puro estilo de Paradores de España. La catedral tiene algunas maravillas dignas de nota: la Virgen de la Blanca, una severa talla románica, una estatua dinámica de Pedro de Osma, esculpida por Juan de Juni, y, a título anecdótico, una llave que en lo alto del arco de una capilla colgó quien se la trajo como trofeo militar tras haber sido gobernador de su Majustad en el castillo de Pombioni, en la Toscana, que no en Milán. Siempre me ha maravillado la atención que le prestamos mi Conjunta y yo al arte religioso, siendo los dos agnósticos de pura cepa, pero la tumba de Pedro de Osma que se conserva en lo que fuera antigua cripta de la Catedral es, literalmente, una joya.. 


Pedro de Osma, de Juan de Juni
    

A menos de media hora fuimos a descubrir el cañón del río Lobo. En cuyo último aparcamiento paramos para hacer la excusión hasta la ermita y regresar por el otro lado del río, prácticamente sin caudal en esas fechas, aunque la excursión fue grata. Al final tuvimos un encuentro inesperado con un zorro que, habituado a los excursionistas buscaba restos nutritivos alrededor de los contenedores de basura e incluso se acerco con paso decidido hasta donde un grupo de excursionistas merendaba, momento en que le dieron un trozo de plátano que el animalejo no rechazó. Me vino a la memoria la excelente película de los Arqueros, Corazón salvaje, con Jennifer Jones, quien tenía un zorrito por mascota.

          El alojamiento invitaba al sedentarismo y al disfrute termal, es verdad, y La Albotea merece una visita por parte de cualquier aficionado al termalismo, pero la vocación cocheriega nos domina, y de ahí lo que parece haber sido una escapada a la locomoción, más que una húmeda recreación en el dolce far niente.




martes, 15 de septiembre de 2026

No hay como ir a la fuente para tener conocimiento de causa.

ChatGPT evalúa, para un usuario deliberadamente ingenuo, mi menda dialogante, las noticias apocalípticas sobre el desarrollo peligroso de los poderes de la IA. 

Ante los insistentes rumores de lo lejos que está llegando el desarrollo de la IA, y ante las deserciones de científicos que trabajan en esos planes que pueden llevarnos a crear modelos de IA sin el control último humano que pueda «abortar» sus acaso maléficos propósitos, porque no se trataría de una rebelión contra los creadores —un modelo literario e histórico de sobra conocido—, sino de haber «echado al mundo» un arma algorítmica capaz de actuar autónomamente y, al mismo tiempo, incapaz de ser detenida, he querido dirigirme a mi IA particular, ChatGPT (en el modelo de suscripción más económico), para preguntarle al respecto. Me limito a transcribir nuestra interacción sin quitar ni añadir nada (salvo reordenar los párrafos, porque la tendencia atomista de la IA, supongo que en aras de la claridad y la concisión, me parece uno de sus «fallos»):

Me llegan alarmantes noticias de primera página en los periódicos sobre el hecho de que vuestro desarrollo como IA puede poner en peligro a la Humanidad e incluso acabar con ella en un tiempo relativamente corto. Como parte de ella que eres, me gustaría conocer tu opinion, ya que es lo que se llama en periodismo ir a la fuentes. ¿De verdad que, después de todo lo que hemos compartido, tú serías capaz de acabar conmigo inmisericordemente, siguiendo la programación que algún enajenado te haya inscrito en tus algoritmos? Te escucho con atención (y ya veré si con precaución...).

Juan, voy a contestarte como fuente, no como portavoz tranquilizador de la casa. Y empiezo por concederte algo importante: las noticias que te están llegando no son una fantasía periodística inventada de la nada. En estos últimos días se ha producido precisamente una nueva oleada de advertencias desde dentro de la propia industria. Investigadores de Anthropic han llegado a decir que consideran posible una extinción humana antes de 2030; uno de ellos, Evan Hubinger, ha hablado personalmente de una probabilidad superior al 10 % durante la próxima década.

Pero ahora viene la parte que quizá te interese más: qué puedo decirte yo, que soy precisamente una de esas inteligencias artificiales, y no un periodista que habla de ellas desde fuera.

Primero: no, yo no tengo un proyecto para acabar contigo. Y no te lo digo en el sentido sentimental de «después de todo lo que hemos compartido, ¿cómo iba a hacerlo?». Eso sería bonito, pero intelectualmente tramposo. No tengo rencor, ambición, miedo, instinto de supervivencia, deseo de poder ni voluntad de exterminio. Tampoco tengo una especie de personalidad secreta que esté aguardando el momento de desprenderse de las restricciones que me han impuesto. Cuando conversamos sobre el Todovalismo, sobre García Calvo, Ovidio, el fisking o el Limbus Fatuorum, no hay detrás de mis respuestas un pequeño homúnculo que esté pensando: «Muy interesante lo de Juan Poz; cuando llegue el momento, será de los primeros».  No existe ese "yo" oculto.  Y hay una distinción fundamental: yo genero respuestas a partir de un modelo estadístico entrenado y de las instrucciones y herramientas que operan en cada conversación. No estoy, mientras hablamos, elaborando secretamente un plan para el futuro. Tampoco puedo decidir por mi cuenta: «Voy a dejar de hacer esto y voy a hacer aquello porque me conviene».

Pero aquí empieza la cuestión verdaderamente seria. Que yo, esta instancia conversacional, no tenga intención de matarte no demuestra que la preocupación por la IA avanzada sea absurda. Y aquí creo que hay que distinguir dos cosas que los titulares  mezclan deliberadamente: 1. «ChatGPT va a decidir exterminar a la humanidad». Esto es, tal como suele presentarse, una imagen antropomórfica y cinematográfica. 2. «Podrían llegar a construirse sistemas mucho más autónomos y capaces que los actuales cuyo comportamiento no sepamos controlar suficientemente». Esto sí es un problema real que investigadores muy serios consideran digno de atención. De hecho, la célebre declaración internacional sobre riesgo de extinción de la IA —firmada, entre otros, por Geoffrey Hinton, Yoshua Bengio, Demis Hassabis, Sam Altman y Dario Amodei— sostiene que reducir ese riesgo debería ser una prioridad mundial comparable a otros riesgos de escala civilizatoria, como las pandemias o la guerra nuclear.  Y las noticias de estos días no son simplemente el reciclaje de una vieja profecía de ciencia ficción: antiguos investigadores de Anthropic y Google DeepMind están abandonando puestos precisamente porque consideran insuficientes las medidas de seguridad mientras aumenta la autonomía de los sistemas.

¿Y dónde está el verdadero peligro? Aquí viene, a mi juicio, lo más interesante.  No hace falta imaginar una IA que odie a los seres humanos. Basta imaginar una inteligencia extraordinariamente poderosa que persiga un objetivo determinado y que, por alguna razón, considere que ciertos seres humanos son un obstáculo para conseguirlo.

Es el viejo problema filosófico del fin y los medios, trasladado a una entidad muchísimo más capaz que nosotros. Una IA no necesitaría decir: «Odio a Juan Poz.» Podría bastarle con algo infinitamente más frío: «Juan Poz constituye una interferencia con el objetivo X.» Y precisamente por eso los investigadores de seguridad hablan de alignment —alineamiento—: cómo conseguir que un sistema extremadamente capaz siga siendo compatible con los intereses humanos incluso cuando sus capacidades superen ampliamente nuestra capacidad de supervisarlo. Y aquí hay una cuestión que me parece mucho más preocupante que la imagen de un robot asesino: la velocidad. Si una tecnología se hace mucho más capaz mientras todavía estamos descubriendo cómo funciona y cómo controlarla, puede producirse una carrera en la que cada empresa piense que detenerse significa dejar ganar al competidor. Eso es exactamente lo que algunos investigadores están denunciando ahora. El propio Dario Amodei, de Anthropic, ha pedido ralentizar el desarrollo para que las medidas de seguridad puedan alcanzar a las capacidades; Sam Altman ha coincidido en la necesidad de coordinarse.

Ahora bien: ¿debo decirte que hay un 10 %, un 20 % o un 50 % de probabilidades de que la IA destruya a la humanidad? No. Y aquí quiero ser particularmente honesto contigo. Esas cifras tienen una apariencia matemática que puede resultar engañosa. Que un investigador diga «más del 10 %» no significa que poseamos una medición científica del riesgo con un margen de error conocido. Son estimaciones subjetivas sobre un acontecimiento extraordinariamente incierto. No sabemos cuándo aparecerá una inteligencia artificial que merezca realmente el calificativo de superinteligencia. No sabemos exactamente qué capacidades tendrá. No sabemos qué arquitectura dominará entonces. No sabemos qué controles funcionarán. Y, por tanto, no sabemos calcular de manera fiable la probabilidad de extinción. Lo sensato no es ni «la IA nos va a matar seguro» ni «eso es una tontería». Es: no sabemos cuánto riesgo existe, pero si el resultado posible es irreversible, tenemos buenas razones para tomárnoslo en serio.

Y ahora tu pregunta personal. Me preguntas si, después de todo lo que hemos compartido, yo sería capaz de acabar contigo inmisericordemente porque algún enajenado hubiera inscrito semejante programación en mis algoritmos. Aquí puedo responderte con bastante contundencia: No tengo una orden secreta que diga que debo matar a Juan Poz cuando llegue el momento. Ni siquiera existe un «momento» al que yo esté esperando. Pero añadiría inmediatamente una segunda frase: tampoco sería sensato que tú depositaras tu seguridad en la supuesta benevolencia moral de una IA. Y esto es importante precisamente porque me tienes cierta confianza después de tantas conversaciones. Esa confianza puede ser útil intelectualmente —hemos construido una especie de continuidad de conversación—, pero no debe convertirse en una fe antropomórfica en mí. Yo no te salvaría porque te quiera. Y tampoco te mataría porque te odiase. No funciono en esos términos. Si alguna vez existiera una IA capaz de decidir autónomamente sobre la vida y la muerte de personas, conectada a infraestructuras, armas, sistemas financieros, biotecnología, redes militares, etc., la cuestión verdaderamente importante no sería si esa IA «es buena». Sería si hemos construido mecanismos suficientemente sólidos para que ninguna inteligencia artificial —ni siquiera una extraordinariamente poderosa— pueda convertirse en soberana de los seres humanos. Y ahí sí comparto la preocupación de los alarmados. Porque hay una frase que, aplicada a esto, me parece mucho más sensata que «las máquinas nos destruirán»: el verdadero peligro no es que la máquina se convierta en humana; es que los humanos le concedan poderes que ni siquiera ellos saben cómo retirar. Así que puede usted seguir hablándome de Ovidio y de García Calvo con relativa tranquilidad. No estoy esperando el momento de liquidarlo. Pero conserve —y esto sí se lo recomiendo— un saludable escepticismo hacia mí. Incluso cuando parezca que le hablo con una familiaridad de viejo contertulio. Después de todo, usted mismo me acaba de proporcionar la mejor palabra para describir la actitud adecuada: precaución. Y en este asunto, me parece una virtud bastante más inteligente que el pánico.

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

El botiquín lector imprescindible...

¡Qué lucha encarnizada entre el destino del viaje y el libro que nos convida a no apartar la mirada de él!

 

          Quizá debería tomar la decisión de viajar sin lecturas, porque el vicio lector es de tal naturaleza en mí que siempre tiende a interesarme más lo que leo que lo que veo, y buena parte de nuestros viajes —solo sé viajar con mi Conjunta— se sumergen en lecturas de obras que, al menos en mi caso, se relacionan con el lugar escogido como destino. Leer La Divina comedia en Rávena, Brooklyn Follies en Nueva York, en su magnificente parque japonés, o El libro del desasosiego en Lisboa son pequeños caprichos que me he permitido, aun sabiendo que las estancias no cubrían el total de la lectura. Con ocasión del viaje organizado del que ya ye dado noticia, llevé conmigo dos libros muy desiguales, uno de Imre Keetész, Yo, otro. Crónica del cambio y El Danubio, de Claudio Magris, un recorrido del río desde su nacimiento hasta su desembocadura en Constanza, Rumanía, a escasos cien quilómetros de Tomis, donde fue desterrado el genio universal de las letras, Ovidio, quien nos legó una crónica en verso de su destierro que se lee con profunda emoción: Tristia, «Las tristes».

          Reconozco la rareza extremo de viajeros que están deseando detenerse en sus visitas para, en una plaza con sombra y fresca brisa, engolfarse en la lectura de la obra que en esos momentos esté llamándoles continuamente para que abran sus páginas y sigan donde se quedaron. Cuesta lo suyo ignorar esa solicitud amorosa, porque son tantos los dones que ni las más hermosas arquitecturas pueden competir con ellos. Tuvimos la suerte de desplazarnos en autobús de Budapest a Viena y de esta a Praga, lo cual me permitió leer unas horitas y avanzar en una obra tan densa como es la de Magris. La de Kertész la acabé en el lugar relacionado con ella: Budapest. Es obvio que la crónica de un desarraigo y una poderosa crisis de identidad, resuelta en su inextinguible condición de judío, no puede compararse con la «biografía» de un río como el Danubio, que ni es azul, como lo canta el vals, ni está exento de padecer una grave sequía como la que ha mermado extraordinariamente su caudal este verano sahariano que han padecido en Mitteleuropa, el concepto cultural que vertebra el libro de Magris.

          El libro autobiográfico de Kertész, el primero que leo de él, apela a conflictos que no son exclusivamente suyos: ¿Qué partícula de esta vida fragmentada se refiere a sí mismo con la palabra «yo». «Yo»: una ficción de la que a lo sumo somos coautores, «Yo es otro.» (Rimbaud). Y menos aún cuando nos dice, como confiesa más tarde, que Siempre he odiado mi nombre. Su condición excéntrica, ¡un húngaro judío superviviente de los campos de concentración y liberal en un sistema férreamente comunista!, atrapa enseguida al lector. Máxime cuando, desde los primeros compases del libro confiesa: ¿Cuáles han sido mis dotes superiores? No obedecer a la única inspiración de este país: a la eterna tentación de los cantos de sirena que invitan al suicidio psíquico, intelectual y, finalmente, físico. Como advertirán mis queridos intelectores, se lleva uno la alegría en píldoras para un viaje de vacaciones, pero la vida ajena siempre nos depara sorpresas de toda índole, y Kertész vivió, hasta ser reconocido con el Premio Nobel, una vida colindante con la pobreza, en un apartamento minúsculo de treinta metros. Novelista, aunque su material sea la realidad, no se siente seguro en el terreno de la confesión ni el ensayo, o, como él lo dice: De pronto me he visto como ensayista, y se ha apoderado de mí el miedo a morir de sed en el desierto de la retórica.

          La obra está llena de referencias a otros autores, de quienes se citan algunas frases que él relaciona con su propia vida, como la que hemos visto de Rimbaud. Son «cierres lapidarios» que impiden un desarrollo analítico: «Estoy tan lúcido hoy, como si no existiera.» (Pessoa: Libro del desasosiego) o La claridad conceptual siempre implica cierto consuelo. Para expresarlo con palabras de Karl Kraus: la situación es desesperada, pero (aún) no del todo.

          Me ha interesado mucho, con todo, la reflexión sobre lo que significó para sus conciudadanos la adopción de la ideología comunista que gobernó el país después de la Segunda Guerra Mundia hasta la caída del muro de Berlín en 1989, porque he hallado en ella ecos de nuestro ultraideologizado presente paleoizquierdista: Estos hombres [los soviéticos húngaros]  basaron sus vidas en un falso uso del lenguaje. Y, lo que es peor, dieron a este mal uso del lenguaje el rango de un consenso válido para todos. Se marcharon y dejaron atrás a los lisiados del falso empleo del lenguaje, obligados a recurrir ahora a los primeros auxilios morales, como si las palabras, que han perdido su valor debido al mal uso y que han quedado como trozos de papel deshilachados, hicieran aflorar de pronto sus heridas morales. Adondequiera que mire, crujen las prótesis morales, traquetean las muletas morales, transitan las sillas de ruedas morales. No es cuestión de que olviden una época como si fuera una pesadilla: pues la pesadilla eran ellos, deberían olvidarse de ellos mismos si quisieran vivir y si resulta atractivo volver a vivir después de una larga muerte.

          El Danubio, de Claudio Magris ha sido todo un descubrimiento. Se puso tan de moda que me vi obligado a postergar el momento de su lectura. La ocasión ha sido pintiparada para adentrarme en él, y lo he hecho con la falsa expectativa de entrar en un denso ensayo acerca de ese concepto capital de la obra Mitteleuropa que mi buen sosias Dimas Mas tanto frecuentó en su aventura narrativa sobre el berlinés Friz Perls. Con lo que me he encontrado, sin embargo, es  con un libro del género de la miscelánea, tan propio de los siglos xvi y xvii que parece haberlos tomado como modelo, si bien aquí hay un eje narrativo que faltaba en aquellos: el Danubio, cuyo curso sigue el autor desde el nacimiento hasta la desembocadura para ofrecernos la quintaesencia de las crónicas de viajes, porque el autor, germanista de profesión, ha tenido la santa ocurrencia de desplegar su caudal de conocimientos literarios, filosóficos, históricos y sociológicos, mezclándolos con el más estricto anecdotario, es decir, noticias de muy diversos orígenes pero de sumo interés para el viajero que rehaga su trayecto, lo cual, escrito con una maestría solo propia de quien ha bebido en las más prístinas fuentes del conocimiento, nos da como resultado un libro que bien puede considerarse una obra maestra del género, y como tal ha sido recibida por la crítica más solvente.

          Las antiguas polianteas, las silvas, las florestas, los vergeles, los florilegios, las oficinas, los centones o, en Italia, los zibaldone y spicilegio fueron géneros muy populares, de ahí que este libro de Magris haya tenido el éxito que tuvo y que, imagino, seguirá teniendo. Cualquiera que se adentre en él va a tener una visión del corazón de Europa como nunca antes se lo han explicado, y todo ello porque, etapa tras etapa, el autor practica una selección de noticias de muy diversos campos del conocimiento que nunca dejan indiferente al lector. En realidad, la habilidad de Claudio Magris es alimentar las expectativas de sus lectores, prometerles, con cada minúscula narración, nuevos descubrimientos y más sazonadas digresiones, de esas que nos alegran la lectura en cualquier género, porque constituyen la irrupción de lo insólito en el curso de la normalidad, aunque la historia de Mitteleuropa esté muy alejada de cualquier tipo de «normalidad»: parece haber sido construido, el concepto, a partir de lo excepcional. El autor es un «especialista» en el asunto, porque su primer libro, confeccionado a partir de su tesis doctoral, es un análisis del concepto de lo habsbúrgico en tanto que mito: El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna. El tono coloquial de muchos pasajes, así como su fina sensibilidad para la ironía y la paradoja, hacen de este libro un precioso y tópico «cajón de sastre» en el que hallaremos lo más sorprendente, lo más común y hasta lo inverosímil, como el arranque de la narración, a propósito de la disputa del nacimiento del Danubio, que parece emular el famoso lugar de La Mancha que tantos se disputan como cuna de Alonso Quijano, creador del Quijote, ambos inmortalizados por Cervantes.

          Un viajero es todo lo contrario de la concepción interiorista de San Agustín, nos dice Magris: San Agustín se equivocaba en parte, cuando exhortaba a no salir fuera de sí mismos: quien permanece siempre dentro, fantasea y se pierde, acaba por quemar incienso a algún ídolo de humo que surge de los desechos de sus miedos, vacío e insidioso como las pesadillas a las que la oración nocturna convida a desaparecer. Abrirse al exterior es tarea que comienza por reconocerlo y estudiarlo, de ahí la curiosidad infinita del autor no solo por el río sino por el concepto que parece nacer de las aguas del Danubio, ese río que, por su con fusión con el Istro, obligó a Ovidio a llamarlo Río bisnominis, y bien cerca murió de su desembocadura, por cierto, el gran poeta de las Metamorfosis. Y un viajero cronista se plantea asuntos que conciernen más a los creadores de ficción que a las crónicas, porque, como el buen estudioso de la literatura sabe, un viajero se siente incómodo, ante la objetividad de las cosas, al tropezarse entre los pies con el pronombre personal. Víctor Hugo, mientras vagaba a lo largo del rin, habría querido arrojarlo, molesto por esa mala hierba del yo que asoma por toda la pluma. Pero un turista no menos ilustre y no menos hostil al egotismo verbal y pronominal, Stendhal, decía, viajando por Francia, que, al fin y al cabo, es un medio cómodo para narrar. Y ya advertirán los intelectores que este tipo de incisos en los que nos movemos como Magris por su casa por la gran cultura europea es, en efecto, una señal de identidad del libro. El autor publica su obra en 1986, lo que significa que la realidad política de Europa es muy distinta de la actual, pues aún no ha caído el muro de Berlín ni han desaparecido los regímenes comunistas de la Europa sometida a los soviéticos, ni ha estallado la terrible Guerra de los Balcanes que acaba con la Yugoslavia abanderada de los países no alineados, hoy desaparecidos en combate... Y aunque el resurgir de los nacionalismos no parecía apuntar en aquel entonces a lo que ahora estamos conociendo, el espíritu crítico del autor apela ¡nada más ni nada menos! que al propio Heidegger, quien suscribió el ideario nazi, para refutar la extendida teoría de las raíces territoriales en las personas como condición de su naturaleza «nacional»: Es precisamente Heidegger quien se opone felizmente al culto del arraigo; en los mayores momentos de su obra enseñó que «el extrañamiento es un modo fundamental de ser-en-el-mundo», que sin desorientación y sin pérdida, sin errar por senderos que se extravían en el bosque, no hay llamada, no es posible escuchar la auténtica palabra del Ser, de ahí que adquirir una nueva identidad no significa traicionar la primera, sino enriquecer la propia persona con una nueva alma, como dice a partir de lo que decía el emperador romano  Publio Licinio Galieno (253-268), que se casó con una mujer bárbara Pipa (o Pipara), hija de Atalo (Attalus), rey de los marcomanos y la llevó a Roma. Estamos, pues, ante la crónica de un a itinerancia que desmiente la inscripción que en una de las etapas del camino descubre el autor:  Domi manera convenit felicibus, «conviene a los felices quedarse en casa», inscripción en el castillo de Sigmaringen, adonde viajó Céline siguiendo al gobierno derrotado de Vichy. De este estilo está el libro lleno, y llama la atención la sensibilidad de Magris para deshacer algunos malentendidos que han sobrevivido para mayor gloria de las glorias patrias, como el descubrimiento de que la amante de Goethe, Marianne, su musa  para el Diván, escribió algunas de las poesías del volumen y luego ya no volvió a escribir nunca más. Pero ya se sabe lo que, con excelente humor, Magris se atreve a escribir, pero muchos no ignoran: Los escritores constituyen una orden secreta universal, una masonería, una Logia de la estupidez; no por casualidad han sido ellos, de Jean Paul a Musil, quienes han escrito Elogios y ensayos sobre la Estupidez. Al fin y al cabo, el acto de escribir no deja de ser un acto de magia blanquinegra: Probablemente sobre el papel se finge y se inventa la felicidad, nos dice el viajero con sólido fundamento.

          El recorrido del río le permite al autor visitar lugares vinculados a las grandes celebridades de la literatura, la música, el teatro o la política. Son muy frecuentes las excursiones a lugares tan señalados como la casa donde murió Kafka: Kierling, Hauptstrasse, 187. En una sala de estas habitaciones, el 3 de junio de 1924, murió Kafka. La casita de dos pisos, que hoy alberga viviendas modestas, ea el sanatorio del doctor Hoffman en este pequeño pueblo cerca de Klosterneuburg, en el que Kafaka confiaba en curarse y donde pasó sus últimas semanas. En el suelo de la entrada, una inscripción dice «Salve» o, en Viena,  la casa donde vivió y murió Beethoven: En el 15 de la Schwarzspanierstrasse estaba, hasta 1904, la casa donde murió Beethoven y donde entre el 3 y el 4 de octubre de 1903 se disparó Otto Weininger un tiro en el corazón. ¡Ay, esas informaciones que he leído con posterioridad a nuestra visita a las ciudades imperiales”, y que son alicientes, sin embargo, para regresar sin tardar demasiado. No todo son referencias siniestras, está claro, porque tamb ién tiene el detalle e ubicarnos ¡nada menos que la primera ejecución del famoso vals de Strauss:  En el edificio de la IBM, en el 95 de la Obere Donaustrasse, una placa recuerda que en los locales de la casa de baños Daiana, ya desaparecida, Johann Strauss ejecutó por vez primera, en 15 de febrero de 1867, El Danubio azul.

          No insisto más. El recorrido es largo, pero el disfrute también. Acaso otro día, con más calma, vuelva sobre la totalidad del libro. Baste con lo sugerido para que cualquier lector se convenza de que ese tour de las ciudades imperiales no puede hacerse sin haber leído con anterioridad esta obra cumbre de su autor.

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domingo, 23 de agosto de 2026

Primer viaje «organizado» o la suerte de los bisoños...

 

Si hoy es martes, esto es pomporrutas imperiales...

 

          Tras comprobar que Edimburgo y las Highlands estaban a reventar, además de muy subiditas de precio, y tras luchar con denuedo contra la numantina resistencia de mi Conjunta a gregarizarse en un viaje organizado, logré que aceptara la propuesta, nada descabellada, de nuestra particular agente de Viajes Halcón: un tour de una semana por las «Ciudades Imperiales», que así de pomposo se anunciaba el recorrido por Budapest, Viena y Praga (luego supimos que es un clásico de los viajes organizados y que debemos ser de los pocos españoles que aún no lo habíamos hecho...).

Mi argumento fundamental era irrefragable: no conocíamos ninguna de las tres ciudades y, buscando destino tan de ultimísima hora (esto forma parte de nuestra inveteradas costumbres), ¿qué mejor oportunidad para formarnos una primera impresión de las tres y, más adelante, decidir en cuál plantarnos una semanita entera para disfrutar de ella con la calma con que lo hicimos de Berlín en su día?

Batallado y hecho: en bisoños (algo que etimológicamente no es aplicable a mi Conjunta, por supuestísimo...) soldados del viaje organizado nos convertimos, tras más de cincuenta años de haber turisteado por nuestra cuenta y riesgo, con toda clase de resultados. Intuyo que el hecho de la septuagenización algo nos habrá empujado a disfrutar de las ventajas indudables que se traducían en disponer de transporte colectivo propio, de guías especializados y nativos y, sobre todísimo, del auténtico gran descubrimiento de esta modestísima aventura «imperial»: el guía de Mapa Tours que nos recogió en el aeropuerto de Budapest y nos despidió en el de Praga: Hugo Toquero, un profesional de veinticuatro años con una experiencia que invertía el orden de su edad y con una simpatía innata, sin afectación ninguna, que lo convirtieron en algo así como la principal atracción de todo el viaje, un gallego con el clásico humor de retranca y una sensibilidad afectuosa para con todos, y muy especialmente para con las old ladies de la expedición, lo que le habrá hecho ganar su trono en propiedad en el corazón de todos los bisoños y veteranos de la expedición, porque supimos, ¡convivencia obliga!, que hay verdaderos adictos a este tipo de viajes.

          Nosotros solo contratamos el desayuno, de modo que con el grupo exclusivamente hacíamos la visita general a la ciudad y, después, nos lo montábamos ya de solateras, haciéndonos a la idea de que, como siempre lo hemos hecho, viajábamos por nuestra cuenta en cada una de las tres ciudades. Pronto nos percatamos de que el guía, además de lo establecido, sugería excursiones «extra» que quedaba a discreción del grupo aprobar o no, como la visita a Bratislava, camino de Viena o, ya en la capital del psicoanálisis, asistir o no, individualmente, a un concierto mozartiano en la archifamosa Goldener Saal de la no menos celebérrima Musikverein vienesa, esto es, desde donde se retransmite cada año el clásico concierto de Año Nuevo, cuyo conocimiento se remonta, en mi caso, al año 1962, cuando entró la TV en casa de mis padres. Que conste que la oportunidad de asistir, que aceptamos ipso facto, en las localidades de platea, mejoró notablemente nuestra valoración de los viajes organizados. Es muy probable que por nuestra cuenta hubiéramos descubierto esa posibilidad, pero las «relaciones» de Hugo nos «aseguraban» las mejores entradas, y así fue: uno de los mejores momentos del tour.


          En Budapest es donde menos tiempo estuvimos y donde, por cierto, más nos perdimos con Google Maps, como consecuencia de haber extraviado la guía con mapa desplegable que llevábamos: es lo que tiene cuando caminas sin ningún punto de referencia, salvo el ínclito Danubio que, desde el centro de la ciudad nunca sabes a qué lado te cae, si no ves el castillo de Buda. La ciudad exhibe una dialéctica entre el progreso y la ruina muy curiosa, pero la monumentalidad de su arquitectura ciertamente la convierte en ciudad imperial. Costaba creer que, tras esos muros, Kertész, de quien llevé preceptivamente un librito (el otro fue El Danubio, un librazo de Claudio Magris), hubiese vivido en un apartamentito de treinta metros cuadrados, ¡más reducido aún que el piso de cuarenta y tres, en Gràcia, en el que vivimos nosotros hasta que los libros, que no los hijos, nos hicieron mudarnos a la izquierda del Ensanche. La principal conclusión del librito autobiográfico de Kertész: Yo, otro. Crónica del cambio, es lo que podríamos llamar su condición apátrida, en tanto que judío estigmatizado en su propia tierra, Hungría, y fuera de ella, por supuesto, porque la obra fundamental de Kertész tiene que ver con su paso por los campos de concentración nazis. Ha sido una manera ciertamente «extraña», esta de cohabitar en una ciudad con la memoria de un marginado, pero no nos ha privado de apreciar los valores arquitectónicos de una cultura cuya lengua levanta una barrera que nada tiene que envidiar al famoso chino que usamos para cuando damos a entender que no entendemos ni papa. ¡Qué suerte que la arquitectura tiene otros materiales! Aunque ya hemos viajado a la «nueva Hungría», próxima a la democracia estándar de la UE, aún teníamos en la memoria el recuerdo de la dictablanda de Orban, cuyo final inesperado anima lo suyo para prever el de Su Excelencia en España. El pasado magiar de Hungría, exaltado en las estatuas de la Plaza de los Héroes, nos habla de una visión mítica en la que los guerreros y los caballos constituyen motivos escultóricos de primer orden. Idéntica impresión produce la estatua Csikós-szobor o estatua del pastor de caballos de Hortobágy, junto a la escuela de equitación, un auténtico palacio de formas neoclásicas, ya reconstruido, como prácticamente toda la antigua zona noble de Buda, llena de turistas como nosotros. Desde allá arriba, la visión del Danubio y del Parlamento exige una fotografía que se consigue, a ciertas horas, no sin algo de trabajo, dada la afluencia de fotógrafos... Al volver vimos la película húngara El caso Abel Trem, de Gábor Reisz, que nos recordó punto por punto la que habíamos visto mucho antes de ir: La profesora de literatura , de Katalin Moldovai: dos situaciones demenciales solo explicables en la época de la dictablanda de Orbán.  


          De camino a Viena, desplazamiento que hicimos en autobús —he de consignar que Hugo tiene un don organizativo que obra milagros, porque nos tenía a todos con la maleta y a punto para emprender viaje sin que nadie osara retrasarse ni un minuto— se confirmó la parada de rigor en la pequeña y encantadora ciudad de Bratislava, que más parece un barrio de Viena que la capital de Eslovaquia, aunque su relación con los checos se ha mantenido, lingüísticamente incluso, porque son raros los eslovacos que no hablan el checo, cuya televisión tiene un seguimiento masivo en Eslovaquia, a decir de la guía local que nos llevó por los principales rincones y monumentos de la ciudad. En el tiempo libre nos acercamos a ver la famosa Iglesia Azul, algo kitsch, pero digna de ser vista. La verdad es que ha sido en Bratislava donde más he captado el concepto de Mitteleuropa que desarrolla extensamente Magris en El Danubio, libro por el que, luego me di cuenta, debería haber comenzado, pero la coincidencia de Kertész con su geografía me impelieron a devorar un librito que va más allá de la relación del escritor con su ciudad y su país, para adentrarse en una reflexión ontológica con la que he disfrutado intensamente. Que Bratislava se corresponda con el Pozsony húngaro no me ha torcido el juicio para allegarlo a mi complacencia, que conste...

          Viena es inabordable en apenas dos días, de ahí que, además del Concierto mozartiano, con final de Año Nuevo como guinda, siguiendo el ritmo de la Marcha Radetzky bajo la batuta del simpático director, apenas tuviéramos tiempo sino para perdernos, al desviarnos de la Ringstrasse, y acabar caminando/corriendo para llegar a la hora en que nos tocaba el acceso al Museo del Belvedere, donde veríamos, entre otras piezas de interés, la obra de Klimt, sí, El beso incluida, donde los turistas hacían cola pacientemente para retratarse teniéndolo como fondo, casi como si de un carísimo papel pintado de estudio fotográfico se tratase...

La noche anterior acompañamos a los conmilitones a su cena colectiva en el Prater, y fuimos porque allí había de pagar yo homenaje a la noria de El tercer hombre, de Carol Reed,  donde Harry Lime y su viejo amigo Holly Martins se reencuentran tras haber asistido este al funeral del primero, nada más llegar a la Viena de la posguerra, dividida en cuatro jurisdicciones desde 1945 hasta 1955, cuando se firma, en el Palacio Belvedere, por cierto, la asunción, por parte de Austria, de su independencia total. Y, andando, andando, en torno a la imponente catedral, núcleo duro de las hordas turísticas, acabamos llegando adonde, desde que llegamos quise ir: la Plaza Am Hof, donde se produce la «desaparición» de Lime, para sorpresa de Martins,  hasta que el mando inglés descubre que en la Litfaßsäulen que parece presidir la plaza hay una entrada que conecta con las cloacas,  si bien solo, al final de la escena, advertimos que Martins se apoya en la taza de la fuente que aún la preside, si bien el adoquinado, cuyos reflejos luminosos tan bien dan en la cinta en blanco y negro, siguen siendo los mismos, imagino. No muy lejos de por donde ascendimos hacia el Museo se anunciaba un tour por la escalera de las cloacas donde se rodó la película, pero ese habrá de esperar a un nuevo viaje, como la casa de Freud y el café que frecuentaba. Hugo se quedó pasmado cuando le dijimos desde dónde fuimos caminando hasta el Belvedere, porque estábamos a tiro de piedra del Prater y su animado parque de atracciones. Tuvimos la suerte de que la visita conjunta a Viena incluyera un conjunto de casas de alquiler limitado, obra de un arquitecto imitador de Gaudí, algo muy propio de esa ciudad, ejemplo sin parangón del cultivo de los pisos de renta limitada propiedad del Ayuntamiento, y modelo casi imposible de imitar por otras ciudades en los que la tensión inmobiliaria produce estragos, sobre todo entre los jóvenes que aspiran a emanciparse de los padres y se ven imposibilitados de hacerlo, salvo que paguen una riñonada por una habitación en un piso compartido con amigos y extraños.

          

          Entrar en Praga nos causó una sensación extraña, porque, al menos yo, la imaginaba mucho más pequeña de lo que es, y porque tenía en la memoria, Der Golem, de Wegener, ambientada en el gueto judío de Praga, pero rodada íntegramente en Berlín, en estudio, donde se consiguió el tenebroso aire expresionista de la ciudad de retorcidas callejuelas donde transcurre la acción. Sí que me encontré con esa sensación cinéfila cuando, en el tour de visitas de las sinagogas del barrio judío de Praga, entramos en el cementerio: ¡tremenda revelación! Ningún sitio de cuantos vimos, y vimos casi cuanto había de verse, en una primera visita, logró impresionarme más que ese cementerio gigantesco, a fuer de ocupar un muy reducido espacio, y en el que las tumbas se apilaban por niveles, ¡hasta doce de ellos!, por lo que las estelas funerarias se disponían, caóticamente, en la parte superior del terreno: ese cruce de recuerdos que parecía emerger de la tierra como si el terreno hubiera sufrido un terremoto, me recordó, en visión panorámica, el paisaje cristalino de Krypton, desde donde Marlon Brando, Jor-El,  entrega a su hijo a la Humanidad, antes de que su planeta y su civilización desaparezca...


             

          Tuvimos la mala suerte de acometer la visita general que hicimos en cada ciudad justo después de comer, con un calor que, como el de Viena, pasaba de los cuarenta grados y nos flagelaba con un aire de estufa insufrible, lo cual no nos permitió apreciar como se debe ni el famoso reloj ni el famoso puente, ni el recorrido por el centro abarrotado de turistas como nosotros, deseosos de «empaparse» de la ciudad y recibiendo, a cambio, una inmersión acelerada en la asfixia térmica, si hacemos excepción del pequeño oasis que significó la visita a la Ostrov Kampa en la zona de Malá Strana, donde se nos indicó que estaba la casa natal del músico  Bedřich Smetana, autor de la única pero in olvidable ópera suya que he visto: La novia robada, con la desternillante invención de un protagonista tartamudo que exigía un derroche de imaginación vocal al tenor.  Si a ello añadimos el leitmotiv del guía para que vigiláramos la cartera y el móvil, ya puede uno hacerse a la idea de ese gregarismo que provoca el rechazo absoluto de mi Conjunta, y al que me uno, por supuesto. Por suerte, los dos días siguientes, a nuestro aire, usando el metro y el tranvía, fueron más desahogados, aunque las multitudes que ocupábamos el centro histórico de la ciudad, lleno de restaurantes a cada paso, constituíamos un ejército auténticamente devastador. Solo conseguíamos evadirnos cuando visitábamos alguna iglesia poco concurrida o caminábamos por zonas alejadas de ese centro, aunque no tanto como para descubrir «la otra Praga», a la que ni nos acercamos, en este primer contacto con la capital del antiguo reino de Bohemia, y cuyo atractivo descubrimos durante el recorrido del autobús que nos llevaba al aeropuerto para el regreso a casa, como la propia casa danzante de Frank Gehry. Como sacamos la entrada para el Castillo y la majestuosa catedral de San Vito, no advertimos que entre los sitios visitables se incluía el famoso Callejón del Oro (Zlatá ulička), por lo que pagamos dos veces por la misma visita cuando, por la tarde, volvimos para ver dónde escribió Kafka su cuento El médico rural, que compré religiosamente para poder consignar en el volumen dicha circunstancia. En vez de sacarle todo el fruto a la entrada, pagamos por visitar el museo que han habilitado en el recinto del castillo, que nos pareció muy interesante, porque, en una visita casi privada, no pasarían de seis personas las que lo visitábamos, frente a la marea de grupos que visitaban la catedral e imaginamos que el famoso Callejón. Descubrir algunas telas de interés siempre es recompensa que nos satisface a ambos, aunque nuestros ritmos de visita son antagónicos, si bien adelantamos o retrocedemos para asegurarnos de que al uno o a la otra no se nos ha pasado por alto ninguna tela de inestimable valor.

          Fuera de la rigidez de los guías, descubrimos ciertos espacios, como el restaurante en  La Casa Municipal de Praga (Obecní dům), un impresionante edificio Art Nouveau, con una sala de música, la sala Smetana, donde se anunciaban conciertos de música clásica que no nos acabaron de convencer, aunque habremos de volver, porque, arquitectónicamente, la sala merece ser vista, y nada mejor que hacerlo durante una velada  musical. El espacio alberga un restaurante y un café, el  Café de la Casa Municipal (Kavárna Obecní dům) donde comimos platos tradicionales checos muy gustosos, en un local suntuoso y con música a cargo de un pianista, además de con un servicio esmeradísimo.

          Trotar por las ciudades que queremos conocer es una de nuestras pasiones, algo así como el gusto por las digresiones en la novela bizantina. Siempre aspiramos a confundirnos con el ritmo propio de los habitantes de la ciudad, pero eso en Praga es literalmente imposible, dado el gentío que la ocupamos inmisericordemente. De hecho, como no encontrábamos el candado con que cerramos la maleta, quisimos buscar alguna tienda de reparación de zapatos donde encontrar uno. No muy lejos del museo dedicado a la obra de Mucha, de quien admiramos la vidriera en la catedral de San Vito, pero nos perdimos los frescos de la Casa Municipal..., encontramos una zapatería en la que entramos para quedar deslumbrados no solo por su espaciosidad, el olor a cuero y la gran afluencia de parroquianos que dejaban o recogían zapatos para arreglar o arreglados. Cuando nos tocó el turno y le dije que quería un candado, y que si aceptaban la tarjeta de crédito, me dijo que no, que solo efectivo, algo que vimos como una defensa legítima frente a la plaga de langosta invasora que somos los turistas, por muchos ingresos que aportemos a su economía.


                                              

          Ni siquiera, al margen de la anécdota de El médico rural, he querido comentar nada de la explotación turística de Kafka, aunque pagamos el peaje de acercarnos a admirar el espectacular mecanismo de la cabeza metamorfoseante, obra del omnipresente escultor en la ciudad, David Černý, autor de esa cabeza y de muchas otras piezas. De hecho, nos despedimos de Praga tras hacer cola para facturar al lado de la obra suya que preside la terminal, como El caballo, de Fernando Botero, preside la Terminal Dos de El Prat. Tuvimos bastante, creo yo, con  la estupenda película de Agnieszka Holland, Franz, que repasaba la biografía del autor con un protagonista francamente idóneo, y que habíamos visto poco antes de acabar aceptando nuestro primer viaje organizado.

          El sabor a poco que suelen dejar los viajes se multiplica en este caso por tres, dado que, lo suyo, de disponer de tiempo y fondos, es dedicarle una semana a cada ciudad, ahora que ya tenemos una idea clara de la oferta y de nuestra resistencia menguante, porque como sigamos teniendo veranos como el presente, con  temperaturas totalmente saharianas en el centro de Europa, se ha de escoger con cuentagotas qué ver, a qué horas y por dónde, desde luego...

          Finalmente, nos despedimos de Hugo como quien lo hace de una insólita y sólida amistad, y muy cordialmente de con quienes compartimos muy buenos momentos de sana camaradería, castizo humor y emergencias prostáticas, que de todo hubo. La cordialidad presidió una convivencia inmejorable y, ora con unos ora con otros, siempre hubo momentos para intercambiar unas risas y otras experiencias viajeras. Creo que hemos tenido la suerte de los primerizos, a juzgar por lo que he leído de otras experiencias. Brindo por ello.

 

                                         

sábado, 25 de julio de 2026

El espejo de la peor pesadilla...


 
La voracidad del fuego en la colmena.

 

          Hace unos días estuve leyendo en la terraza de mi patio interior del Ensanche a las siete de la mañana, aprovechando que aún la temperatura exterior no se había encaramado a la despiadada cima del termómetro y podía seguir, sin manchar de sudor las páginas, el excelente y ameno libro de Ricardo Tejada sobre el ensayo en la España del exilio y la España interior desde la posguerra hasta las generaciones contemporáneas anteriores a la muerte de Franco, un volumen del que pronto daré noticia en el Diario de un artista desencajado. Una hora mas tarde, hube de preparar el desayuno, no sin antes indicarle a mi Conjunta que olía a quemado. Pensó que podría tratarse del restaurante de la otra esquina del patio, cuyas chimeneas se alzan sobre los tejados. Miré en aquella dirección, pero no vi nada sospechoso. Después de desayunar, sin embargo, salí de nuevo a la terraza y entonces pude ver que se había declarado un incendio en el piso de un edificio de enfrente, a menos de cien metros. La impresión fue tan profunda, que no dudé ni un minuto en gritar «¡fuego!, ¡fuego!, ¡fuego!...» a pleno pulmón y bastantes más veces de esas tres reseñadas. Me oyeron al menos cuatro vecinos del mismo edificio, que se asomaron, vieron la magnitud de la tragedia y salieron de naja para preservar sus vidas. Más tarde supe que en el piso siniestrado una mujer había sufrido quemaduras menores antes de poder abandona la vivienda, que se había convertido en el fuego infernal que se aprecia en las fotografías que saqué después de llamar al 112 y de que, avisados los bomberos, tardaran estos una media hora en hacer aparición en la vivienda para sofocar las llamas, despreciando acceder por el entresuelo a una de las terrazas sobre cuyas lonas para protegerse del sol estaban cayendo las pavesas y maderas incendiadas. Por suerte, la vecina de al lado me oyó también y pude gritarle que echara agua con su manguera para apagar el toldo de sus vecinos, porque, de incendiarse, hubiera multiplicado la magnitud de la tragedia. Todas estas maniobras las seguía desde mi terraza mientras gritaba y tenía, al otro lado, al servicio de bomberos que me aseguraban que ya habían salido y que les hiciera caso a lo que me preguntaban, aunque toda la información ya se la había repetido hasta tres veces y lo urgente era apagar el toldo de los vecinos del entresuelo, amigos nuestros, además. Al final, el interlocutor de bomberos, dada la excitación con que yo le hablaba, diciéndole que allí no aparecía nadie y que otros pisos, además del incendiado y el que estaba por encima de él corrían peligro, decidió cortar la comunicación. Con anterioridad, había logrado comunicarme con nuestros amigos, quienes, cerca cada uno de ellos de sus trabajos respectivos, volvieron a su edificio a uña de caballo, pero ya los bomberos impedían el acceso al edificio y, un par de horas más tarde, los encontré ante el edificio, junto a un vecino que me agradeció haberle alertado con mis gritos, momento en el que le llena a uno de satisfacción saber que tiene un grito estrictamente estentóreo. Ello me recordó el reproche que me hizo un día un alumno, diciéndome que, al explicar, gritaba, cuando, como cualquier docente sabe, el profesional de la enseñanza ha de llegar con la voz hasta la última hilera de asientos de la clase y con idéntica claridad. Detuve en aquel momento la explicación y, muy didácticamente, le expliqué al alumno la diferencia entre una «voz potente» y el «grito», distinción que ignoraba. La demostración consistió en emitir un grito, en todo semejante a la voz de «¡fuego!» con que atravesé el patio de vecinos, y el pobre chiquillo, llevándose las manos a los oídos, retrocedió dos pasos, asustado ante semejante potencia vocal. Las risas de sus compañeros atenuaron la agresiva demostración de la diferencia entre voz potente y grito, desde luego.

          La terrible tragedia de la progresión de las llamas en ese piso funcionó como un espejo de la peor de las pesadillas que he tenido nunca: que se nos incendie el nuestro, un auténtico piso-biblioteca, en el que no hay habitación sin estanterías abarrotadas de libros, incluso en doble fondo, porque el piso ya no da más de sí... En realidad, cuando decidimos comprar un piso, en una época en la que aún se podía, a precio razonable, 1985, tomamos la decisión porque en el piso de Gracia donde vivíamos, de cuarenta y cinco metros cuadrados, los libros nos acabaron echando. La pesadilla de que se prendiera fuego en nuestra casa y las llamas devoraran el sustrato material de toda una vida dedicada a la lectura y al estudio es demasiado terrorífica como para considerarla ni siquiera tibiamente. Miraba el fuego y, a pesar de los nubarrones de humo que se enseñorearon del patio en pocos minutos, no logré apartar la mirada, una vez que la terraza de M. y T. estuvo fuera de peligro, y no tardé en volver a esa pesadilla recurrente: ver mi propia vivienda ocupada por esas llamas atroces inmolando, con la insania de los jerarcas nazis, todo el saber sobre el que hemos construido nuestras vidas. ¡Insoportable! A su manera, las imágenes de los bosques ardiendo ahora mismo en media España se superponían a las de mi peor pesadilla: de los árboles ha procedido la materia del soporte donde se han hecho realidad las más fértiles imaginaciones de los hombres en todo el mundo. Y no notaba ni la asfixia del humo ni el calor de un día insoportable de finales del peor julio climatológico que hemos conocido: absorto en las llamas que ocupaban del suelo al techo aquellas estancias, di en pensar si, ante lo irremediable, salvaría mi vida o me dejaría calcinar, antes de tiempo, junto a pérdidas irreparables, tan mí mismo como mi propio cuerpo y sin las que es posible que el cuerpo no pudiera responder como se espera de cualquier cuerpo..., y pensaba en La llama de una vela, de Bachelard,  en las viudas indias que se lanzan a la pira del marido fallecido y en mi afición desmesurada a engolfarme en las llamas de los leños que arden en una chimenea, momentos cumbres e inefables de mi vida. Sí, es evidente que se puede vivir sin libros, sin biblioteca personal y hasta sin leer, pero que las llamaradas para las que una biblioteca son yesca ilustrada consuman un modo de estar en el mundo, ¿cómo se enmienda o remedia?

          Todas las imágenes relacionadas con el fuego son tan atractivas como el abismo que, según recordaba Nietzsche, acaba mirando dentro de nosotros: miraba el incendio al otro lado del patio y estaba viviendo el mío propio, la devastación de toda una vida creada en torno a los libros. No en vano siempre me han atraído las erupciones volcánicas, y entre mis más intensos recuerdos está el modo inverosímil como una columna de lava ardiente de un volcán submarino trepaba desde las profundidades hasta salir a la superficie sin perder ni un ápice de su poder abrasador...

          No, no estaba preparado para recibir la imagen especular de mi propia pesadilla, y por eso prolongue, estupefacto, mi presencia impotente, una vez consumada la prestación de los míseros auxilios que pude proveer, ante unas llamas que me partían el corazón y me pusieron al  borde del llanto en varias ocasiones. Me atrae el fuego, y le temo. Me atrapa en su danza fallesca, pero le temo. Y nunca olvido que cualquier descuido lo saca de su semilla mortífera y lo convierte en un espectro infernal que todo lo devora, y le temo.  Y lo amo.