domingo, 23 de agosto de 2026

Primer viaje «organizado» o la suerte de los bisoños...

 

Si hoy es martes, esto es pomporrutas imperiales...

 

          Tras comprobar que Edimburgo y las Highlands estaban a reventar, además de muy subiditas de precio, y tras luchar con denuedo contra la numantina resistencia de mi Conjunta a gregarizarse en un viaje organizado, logré que aceptara la propuesta, nada descabellada, de nuestra particular agente de Viajes Halcón: un tour de una semana por las «Ciudades Imperiales», que así de pomposo se anunciaba el recorrido por Budapest, Viena y Praga (luego supimos que es un clásico de los viajes organizados y que debemos ser de los pocos españoles que aún no lo habíamos hecho...).

Mi argumento fundamental era irrefragable: no conocíamos ninguna de las tres ciudades y, buscando destino tan de ultimísima hora (esto forma parte de nuestra inveteradas costumbres), ¿qué mejor oportunidad para formarnos una primera impresión de las tres y, más adelante, decidir en cuál plantarnos una semanita entera para disfrutar de ella con la calma con que lo hicimos de Berlín en su día?

Batallado y hecho: en bisoños (algo que etimológicamente no es aplicable a mi Conjunta, por supuestísimo...) soldados del viaje organizado nos convertimos, tras más de cincuenta años de haber turisteado por nuestra cuenta y riesgo, con toda clase de resultados. Intuyo que el hecho de la septuagenización algo nos habrá empujado a disfrutar de las ventajas indudables que se traducían en disponer de transporte colectivo propio, de guías especializados y nativos y, sobre todísimo, del auténtico gran descubrimiento de esta modestísima aventura «imperial»: el guía de Mapa Tours que nos recogió en el aeropuerto de Budapest y nos despidió en el de Praga: Hugo Toquero, un profesional de veinticuatro años con una experiencia que invertía el orden de su edad y con una simpatía innata, sin afectación ninguna, que lo convirtieron en algo así como la principal atracción de todo el viaje, un gallego con el clásico humor de retranca y una sensibilidad afectuosa para con todos, y muy especialmente para con las old ladies de la expedición, lo que le habrá hecho ganar su trono en propiedad en el corazón de todos los bisoños y veteranos de la expedición, porque supimos, ¡convivencia obliga!, que hay verdaderos adictos a este tipo de viajes.

          Nosotros solo contratamos el desayuno, de modo que con el grupo exclusivamente hacíamos la visita general a la ciudad y, después, nos lo montábamos ya de solateras, haciéndonos a la idea de que, como siempre lo hemos hecho, viajábamos por nuestra cuenta en cada una de las tres ciudades. Pronto nos percatamos de que el guía, además de lo establecido, sugería excursiones «extra» que quedaba a discreción del grupo aprobar o no, como la visita a Bratislava, camino de Viena o, ya en la capital del psicoanálisis, asistir o no, individualmente, a un concierto mozartiano en la archifamosa Goldener Saal de la no menos celebérrima Musikverein vienesa, esto es, desde donde se retransmite cada año el clásico concierto de Año Nuevo, cuyo conocimiento se remonta, en mi caso, al año 1962, cuando entró la TV en casa de mis padres. Que conste que la oportunidad de asistir, que aceptamos ipso facto, en las localidades de platea, mejoró notablemente nuestra valoración de los viajes organizados. Es muy probable que por nuestra cuenta hubiéramos descubierto esa posibilidad, pero las «relaciones» de Hugo nos «aseguraban» las mejores entradas, y así fue: uno de los mejores momentos del tour.


          En Budapest es donde menos tiempo estuvimos y donde, por cierto, más nos perdimos con Google Maps, como consecuencia de haber extraviado la guía con mapa desplegable que llevábamos: es lo que tiene cuando caminas sin ningún punto de referencia, salvo el ínclito Danubio que, desde el centro de la ciudad nunca sabes a qué lado te cae, si no ves el castillo de Buda. La ciudad exhibe una dialéctica entre el progreso y la ruina muy curiosa, pero la monumentalidad de su arquitectura ciertamente la convierte en ciudad imperial. Costaba creer que, tras esos muros, Kertész, de quien llevé preceptivamente un librito (el otro fue El Danubio, un librazo de Claudio Magris), hubiese vivido en un apartamentito de treinta metros cuadrados, ¡más reducido aún que el piso de cuarenta y tres, en Gràcia, en el que vivimos nosotros hasta que los libros, que no los hijos, nos hicieron mudarnos a la izquierda del Ensanche. La principal conclusión del librito autobiográfico de Kertész: Yo, otro. Crónica del cambio, es lo que podríamos llamar su condición apátrida, en tanto que judío estigmatizado en su propia tierra, Hungría, y fuera de ella, por supuesto, porque la obra fundamental de Kertész tiene que ver con su paso por los campos de concentración nazis. Ha sido una manera ciertamente «extraña», esta de cohabitar en una ciudad con la memoria de un marginado, pero no nos ha privado de apreciar los valores arquitectónicos de una cultura cuya lengua levanta una barrera que nada tiene que envidiar al famoso chino que usamos para cuando damos a entender que no entendemos ni papa. ¡Qué suerte que la arquitectura tiene otros materiales! Aunque ya hemos viajado a la «nueva Hungría», próxima a la democracia estándar de la UE, aún teníamos en la memoria el recuerdo de la dictablanda de Orban, cuyo final inesperado anima lo suyo para prever el de Su Excelencia en España. El pasado magiar de Hungría, exaltado en las estatuas de la Plaza de los Héroes, nos habla de una visión mítica en la que los guerreros y los caballos constituyen motivos escultóricos de primer orden. Idéntica impresión produce la estatua Csikós-szobor o estatua del pastor de caballos de Hortobágy, junto a la escuela de equitación, un auténtico palacio de formas neoclásicas, ya reconstruido, como prácticamente toda la antigua zona noble de Buda, llena de turistas como nosotros. Desde allá arriba, la visión del Danubio y del Parlamento exige una fotografía que se consigue, a ciertas horas, no sin algo de trabajo, dada la afluencia de fotógrafos... Al volver vimos la película húngara El caso Abel Trem, de Gábor Reisz, que nos recordó punto por punto la que habíamos visto mucho antes de ir: La profesora de literatura , de Katalin Moldovai: dos situaciones demenciales solo explicables en la época de la dictablanda de Orbán.  


          De camino a Viena, desplazamiento que hicimos en autobús —he de consignar que Hugo tiene un don organizativo que obra milagros, porque nos tenía a todos con la maleta y a punto para emprender viaje sin que nadie osara retrasarse ni un minuto— se confirmó la parada de rigor en la pequeña y encantadora ciudad de Bratislava, que más parece un barrio de Viena que la capital de Eslovaquia, aunque su relación con los checos se ha mantenido, lingüísticamente incluso, porque son raros los eslovacos que no hablan el checo, cuya televisión tiene un seguimiento masivo en Eslovaquia, a decir de la guía local que nos llevó por los principales rincones y monumentos de la ciudad. En el tiempo libre nos acercamos a ver la famosa Iglesia Azul, algo kitsch, pero digna de ser vista. La verdad es que ha sido en Bratislava donde más he captado el concepto de Mitteleuropa que desarrolla extensamente Magris en El Danubio, libro por el que, luego me di cuenta, debería haber comenzado, pero la coincidencia de Kertész con su geografía me impelieron a devorar un librito que va más allá de la relación del escritor con su ciudad y su país, para adentrarse en una reflexión ontológica con la que he disfrutado intensamente.

          Viena es inabordable en apenas dos días, de ahí que, además del Concierto mozartiano, con final de Año Nuevo como guinda, siguiendo el ritmo de la Marcha Radetzky bajo la batuta del simpático director, apenas tuviéramos tiempo sino para perdernos, al desviarnos de la Ringstrasse, y acabar caminando/corriendo para llegar a la hora en que nos tocaba el acceso al Museo del Belvedere, donde veríamos, entre otras piezas de interés, la obra de Klimt, sí, El beso incluida, donde los turistas hacían cola pacientemente para retratarse teniéndolo como fondo, casi como si de un carísimo papel pintado de estudio fotográfico se tratase...

La noche anterior acompañamos a los conmilitones a su cena colectiva en el Prater, y fuimos porque allí había de pagar yo homenaje a la noria de El tercer hombre, de Carol Reed,  donde Harry Lime y su viejo amigo Holly Martins se reencuentran tras haber asistido este al funeral del primero, nada más llegar a la Viena de la posguerra, dividida en cuatro jurisdicciones desde 1945 hasta 1955, cuando se firma, en el Palacio Belvedere, por cierto, la asunción, por parte de Austria, de su independencia total. Y, andando, andando, en torno a la imponente catedral, núcleo duro de las hordas turísticas, acabamos llegando adonde, desde que llegamos quise ir: la Plaza Am Hof, donde se produce la «desaparición» de Lime, para sorpresa de Martins,  hasta que el mando inglés descubre que en la Litfaßsäulen que parece presidir la plaza hay una entrada que conecta con las cloacas,  si bien solo, al final de la escena, advertimos que Martins se apoya en la taza de la fuente que aún la preside, si bien el adoquinado, cuyos reflejos luminosos tan bien dan en la cinta en blanco y negro, siguen siendo los mismos, imagino. No muy lejos de por donde ascendimos hacia el Museo se anunciaba un tour por la escalera de las cloacas donde se rodó la película, pero ese habrá de esperar a un nuevo viaje, como la casa de Freud y el café que frecuentaba. Hugo se quedó pasmado cuando le dijimos desde dónde fuimos caminando hasta el Belvedere, porque estábamos a tiro de piedra del Prater y su animado parque de atracciones. Tuvimos la suerte de que la visita conjunta a Viena incluyera un conjunto de casas de alquiler limitado, obra de un arquitecto imitador de Gaudí, algo muy propio de esa ciudad, ejemplo sin parangón del cultivo de los pisos de renta limitada propiedad del Ayuntamiento, y modelo casi imposible de imitar por otras ciudades en los que la tensión inmobiliaria produce estragos, sobre todo entre los jóvenes que aspiran a emanciparse de los padres y se ven imposibilitados de hacerlo, salvo que paguen una riñonada por una habitación en un piso compartido con amigos y extraños.

          

          Entrar en Praga nos causó una sensación extraña, porque, al menos yo, la imaginaba mucho más pequeña de lo que es, y porque tenía en la memoria, Der Golem, de Wegener, ambientada en el gueto judío de Praga, pero rodada íntegramente en Berlín, en estudio, donde se consiguió el tenebroso aire expresionista de la ciudad de retorcidas callejuelas donde transcurre la acción. Sí que me encontré con esa sensación cinéfila cuando, en el tour de visitas de las sinagogas del barrio judío de Praga, entramos en el cementerio: ¡tremenda revelación! Ningún sitio de cuantos vimos, y vimos casi cuanto había de verse, en una primera visita, logró impresionarme más que ese cementerio gigantesco, a fuer de ocupar un muy reducido espacio, y en el que las tumbas se apilaban por niveles, ¡hasta doce de ellos!, por lo que las estelas funerarias se disponían, caóticamente, en la parte superior del terreno: ese cruce de recuerdos que parecía emerger de la tierra como si el terreno hubiera sufrido un terremoto, me recordó, en visión panorámica, el paisaje cristalino de Krypton, desde donde Marlon Brando, Jor-El,  entrega a su hijo a la Humanidad, antes de que su planeta y su civilización desaparezca...


             

          Tuvimos la mala suerte de acometer la visita general que hicimos en cada ciudad justo después de comer, con un calor que, como el de Viena, pasaba de los cuarenta grados y nos flagelaba con un aire de estufa insufrible, lo cual no nos permitió apreciar como se debe ni el famoso reloj ni el famoso puente, ni el recorrido por el centro abarrotado de turistas como nosotros, deseosos de «empaparse» de la ciudad y recibiendo, a cambio, una inmersión acelerada en la asfixia térmica, si hacemos excepción del pequeño oasis que significó la visita a la Ostrov Kampa en la zona de Malá Strana, donde se nos indicó que estaba la casa natal del músico  Bedřich Smetana, autor de la única pero in olvidable ópera suya que he visto: La novia robada, con la desternillante invención de un protagonista tartamudo que exigía un derroche de imaginación vocal al tenor.  Si a ello añadimos el leitmotiv del guía para que vigiláramos la cartera y el móvil, ya puede uno hacerse a la idea de ese gregarismo que provoca el rechazo absoluto de mi Conjunta, y al que me uno, por supuesto. Por suerte, los dos días siguientes, a nuestro aire, usando el metro y el tranvía, fueron más desahogados, aunque las multitudes que ocupábamos el centro histórico de la ciudad, lleno de restaurantes a cada paso, constituíamos un ejército auténticamente devastador. Solo conseguíamos evadirnos cuando visitábamos alguna iglesia poco concurrida o caminábamos por zonas alejadas de ese centro, aunque no tanto como para descubrir «la otra Praga», a la que ni nos acercamos, en este primer contacto con la capital del antiguo reino de Bohemia, y cuyo atractivo descubrimos durante el recorrido del autobús que nos llevaba al aeropuerto para el regreso a casa, como la propia casa danzante de Frank Gehry. Como sacamos la entrada para el Castillo y la majestuosa catedral de San Vito, no advertimos que entre los sitios visitables se incluía el famoso Callejón del Oro (Zlatá ulička), por lo que pagamos dos veces por la misma visita cuando, por la tarde, volvimos para ver dónde escribió Kafka su cuento El médico rural, que compré religiosamente para poder consignar en el volumen dicha circunstancia. En vez de sacarle todo el fruto a la entrada, pagamos por visitar el museo que han habilitado en el recinto del castillo, que nos pareció muy interesante, porque, en una visita casi privada, no pasarían de seis personas las que lo visitábamos, frente a la marea de grupos que visitaban la catedral e imaginamos que el famoso Callejón. Descubrir algunas telas de interés siempre es recompensa que nos satisface a ambos, aunque nuestros ritmos de visita son antagónicos, si bien adelantamos o retrocedemos para asegurarnos de que al uno o a la otra no se nos ha pasado por alto ninguna tela de inestimable valor.

          Fuera de la rigidez de los guías, descubrimos ciertos espacios, como el restaurante en  La Casa Municipal de Praga (Obecní dům), un impresionante edificio Art Nouveau, con una sala de música, la sala Smetana, donde se anunciaban conciertos de música clásica que no nos acabaron de convencer, aunque habremos de volver, porque, arquitectónicamente, la sala merece ser vista, y nada mejor que hacerlo durante una velada  musical. El espacio alberga un restaurante y un café, el  Café de la Casa Municipal (Kavárna Obecní dům) donde comimos platos tradicionales checos muy gustosos, en un local suntuoso y con música a cargo de un pianista, además de con un servicio esmeradísimo.

          Trotar por las ciudades que queremos conocer es una de nuestras pasiones, algo así como el gusto por las digresiones en la novela bizantina. Siempre aspiramos a confundirnos con el ritmo propio de los habitantes de la ciudad, pero eso en Praga es literalmente imposible, dado el gentío que la ocupamos inmisericordemente. De hecho, como no encontrábamos el candado con que cerramos la maleta, quisimos buscar alguna tienda de reparación de zapatos donde encontrar uno. No muy lejos del museo dedicado a la obra de Mucha, de quien admiramos la vidriera en la catedral de San Vito, pero nos perdimos los frescos de la Casa Municipal..., encontramos una zapatería en la que entramos para quedar deslumbrados no solo por su espaciosidad, el olor a cuero y la gran afluencia de parroquianos que dejaban o recogían zapatos para arreglar o arreglados. Cuando nos tocó el turno y le dije que quería un candado, y que si aceptaban la tarjeta de crédito, me dijo que no, que solo efectivo, algo que vimos como una defensa legítima frente a la plaga de langosta invasora que somos los turistas, por muchos ingresos que aportemos a su economía.


                                              

          Ni siquiera, al margen de la anécdota de El médico rural, he querido comentar nada de la explotación turística de Kafka, aunque pagamos el peaje de acercarnos a admirar el espectacular mecanismo de la cabeza metamorfoseante, obra del omnipresente escultor en la ciudad, David Černý, autor de esa cabeza y de muchas otras piezas. De hecho, nos despedimos de Praga tras hacer cola para facturar al lado de la obra suya que preside la terminal, como El caballo, de Fernando Botero, preside la Terminal Dos de El Prat. Tuvimos bastante, creo yo, con  la estupenda película de Agnieszka Holland, Franz, que repasaba la biografía del autor con un protagonista francamente idóneo, y que habíamos visto poco antes de acabar aceptando nuestro primer viaje organizado.

          El sabor a poco que suelen dejar los viajes se multiplica en este caso por tres, dado que, lo suyo, de disponer de tiempo y fondos, es dedicarle una semana a cada ciudad, ahora que ya tenemos una idea clara de la oferta y de nuestra resistencia menguante, porque como sigamos teniendo veranos como el presente, con  temperaturas totalmente saharianas en el centro de Europa, se ha de escoger con cuentagotas qué ver, a qué horas y por dónde, desde luego...

          Finalmente, nos despedimos de Hugo como quien lo hace de una insólita y sólida amistad, y muy cordialmente de con quienes compartimos muy buenos momentos de sana camaradería, castizo humor y emergencias prostáticas, que de todo hubo. La cordialidad presidió una convivencia inmejorable y, ora con unos ora con otros, siempre hubo momentos para intercambiar unas risas y otras experiencias viajeras. Creo que hemos tenido la suerte de los primerizos, a juzgar por lo que he leído de otras experiencias. Brindo por ello.

 

                                         

sábado, 25 de julio de 2026

El espejo de la peor pesadilla...


 
La voracidad del fuego en la colmena.

 

          Hace unos días estuve leyendo en la terraza de mi patio interior del Ensanche a las siete de la mañana, aprovechando que aún la temperatura exterior no se había encaramado a la despiadada cima del termómetro y podía seguir, sin manchar de sudor las páginas, el excelente y ameno libro de Ricardo Tejada sobre el ensayo en la España del exilio y la España interior desde la posguerra hasta las generaciones contemporáneas anteriores a la muerte de Franco, un volumen del que pronto daré noticia en el Diario de un artista desencajado. Una hora mas tarde, hube de preparar el desayuno, no sin antes indicarle a mi Conjunta que olía a quemado. Pensó que podría tratarse del restaurante de la otra esquina del patio, cuyas chimeneas se alzan sobre los tejados. Miré en aquella dirección, pero no vi nada sospechoso. Después de desayunar, sin embargo, salí de nuevo a la terraza y entonces pude ver que se había declarado un incendio en el piso de un edificio de enfrente, a menos de cien metros. La impresión fue tan profunda, que no dudé ni un minuto en gritar «¡fuego!, ¡fuego!, ¡fuego!...» a pleno pulmón y bastantes más veces de esas tres reseñadas. Me oyeron al menos cuatro vecinos del mismo edificio, que se asomaron, vieron la magnitud de la tragedia y salieron de naja para preservar sus vidas. Más tarde supe que en el piso siniestrado una mujer había sufrido quemaduras menores antes de poder abandona la vivienda, que se había convertido en el fuego infernal que se aprecia en las fotografías que saqué después de llamar al 112 y de que, avisados los bomberos, tardaran estos una media hora en hacer aparición en la vivienda para sofocar las llamas, despreciando acceder por el entresuelo a una de las terrazas sobre cuyas lonas para protegerse del sol estaban cayendo las pavesas y maderas incendiadas. Por suerte, la vecina de al lado me oyó también y pude gritarle que echara agua con su manguera para apagar el toldo de sus vecinos, porque, de incendiarse, hubiera multiplicado la magnitud de la tragedia. Todas estas maniobras las seguía desde mi terraza mientras gritaba y tenía, al otro lado, al servicio de bomberos que me aseguraban que ya habían salido y que les hiciera caso a lo que me preguntaban, aunque toda la información ya se la había repetido hasta tres veces y lo urgente era apagar el toldo de los vecinos del entresuelo, amigos nuestros, además. Al final, el interlocutor de bomberos, dada la excitación con que yo le hablaba, diciéndole que allí no aparecía nadie y que otros pisos, además del incendiado y el que estaba por encima de él corrían peligro, decidió cortar la comunicación. Con anterioridad, había logrado comunicarme con nuestros amigos, quienes, cerca cada uno de ellos de sus trabajos respectivos, volvieron a su edificio a uña de caballo, pero ya los bomberos impedían el acceso al edificio y, un par de horas más tarde, los encontré ante el edificio, junto a un vecino que me agradeció haberle alertado con mis gritos, momento en el que le llena a uno de satisfacción saber que tiene un grito estrictamente estentóreo. Ello me recordó el reproche que me hizo un día un alumno, diciéndome que, al explicar, gritaba, cuando, como cualquier docente sabe, el profesional de la enseñanza ha de llegar con la voz hasta la última hilera de asientos de la clase y con idéntica claridad. Detuve en aquel momento la explicación y, muy didácticamente, le expliqué al alumno la diferencia entre una «voz potente» y el «grito», distinción que ignoraba. La demostración consistió en emitir un grito, en todo semejante a la voz de «¡fuego!» con que atravesé el patio de vecinos, y el pobre chiquillo, llevándose las manos a los oídos, retrocedió dos pasos, asustado ante semejante potencia vocal. Las risas de sus compañeros atenuaron la agresiva demostración de la diferencia entre voz potente y grito, desde luego.

          La terrible tragedia de la progresión de las llamas en ese piso funcionó como un espejo de la peor de las pesadillas que he tenido nunca: que se nos incendie el nuestro, un auténtico piso-biblioteca, en el que no hay habitación sin estanterías abarrotadas de libros, incluso en doble fondo, porque el piso ya no da más de sí... En realidad, cuando decidimos comprar un piso, en una época en la que aún se podía, a precio razonable, 1985, tomamos la decisión porque en el piso de Gracia donde vivíamos, de cuarenta y cinco metros cuadrados, los libros nos acabaron echando. La pesadilla de que se prendiera fuego en nuestra casa y las llamas devoraran el sustrato material de toda una vida dedicada a la lectura y al estudio es demasiado terrorífica como para considerarla ni siquiera tibiamente. Miraba el fuego y, a pesar de los nubarrones de humo que se enseñorearon del patio en pocos minutos, no logré apartar la mirada, una vez que la terraza de M. y T. estuvo fuera de peligro, y no tardé en volver a esa pesadilla recurrente: ver mi propia vivienda ocupada por esas llamas atroces inmolando, con la insania de los jerarcas nazis, todo el saber sobre el que hemos construido nuestras vidas. ¡Insoportable! A su manera, las imágenes de los bosques ardiendo ahora mismo en media España se superponían a las de mi peor pesadilla: de los árboles ha procedido la materia del soporte donde se han hecho realidad las más fértiles imaginaciones de los hombres en todo el mundo. Y no notaba ni la asfixia del humo ni el calor de un día insoportable de finales del peor julio climatológico que hemos conocido: absorto en las llamas que ocupaban del suelo al techo aquellas estancias, di en pensar si, ante lo irremediable, salvaría mi vida o me dejaría calcinar, antes de tiempo, junto a pérdidas irreparables, tan mí mismo como mi propio cuerpo y sin las que es posible que el cuerpo no pudiera responder como se espera de cualquier cuerpo..., y pensaba en La llama de una vela, de Bachelard,  en las viudas indias que se lanzan a la pira del marido fallecido y en mi afición desmesurada a engolfarme en las llamas de los leños que arden en una chimenea, momentos cumbres e inefables de mi vida. Sí, es evidente que se puede vivir sin libros, sin biblioteca personal y hasta sin leer, pero que las llamaradas para las que una biblioteca son yesca ilustrada consuman un modo de estar en el mundo, ¿cómo se enmienda o remedia?

          Todas las imágenes relacionadas con el fuego son tan atractivas como el abismo que, según recordaba Nietzsche, acaba mirando dentro de nosotros: miraba el incendio al otro lado del patio y estaba viviendo el mío propio, la devastación de toda una vida creada en torno a los libros. No en vano siempre me han atraído las erupciones volcánicas, y entre mis más intensos recuerdos está el modo inverosímil como una columna de lava ardiente de un volcán submarino trepaba desde las profundidades hasta salir a la superficie sin perder ni un ápice de su poder abrasador...

          No, no estaba preparado para recibir la imagen especular de mi propia pesadilla, y por eso prolongue, estupefacto, mi presencia impotente, una vez consumada la prestación de los míseros auxilios que pude proveer, ante unas llamas que me partían el corazón y me pusieron al  borde del llanto en varias ocasiones. Me atrae el fuego, y le temo. Me atrapa en su danza fallesca, pero le temo. Y nunca olvido que cualquier descuido lo saca de su semilla mortífera y lo convierte en un espectro infernal que todo lo devora, y le temo.  Y lo amo.

jueves, 2 de julio de 2026

«Hay una luz sobre la cama», de Torcuato Luca de Tena, la sociedad española en 1969.

 


La primera representación teatral profesional a la que asistí, con 16 años, en Madrid.

 

          Descubrí el teatro en vivo a la edad de doce años, y la primera obra que vi fue La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, representada por los alumnos cadetes de la Academia General del Aire de San Javier en el transcurso de unas jornadas culturales y deportivas llamadas Los estratosféricos, en la que actuó mi hermano mayor. Hube de esperar hasta los 16 para, por mi cuenta, e ignoro qué información en aquellos días me motivó a dar el paso, gastara buena parte del muy escaso capital para mis gastos que me mandaban mis padres en la adquisición de una entrada para esta obra de Torcuato Luca de Tena, en el Teatro Bellas Artes, en Madrid.

          A Manuel Galiana lo había visto en televisión, y me impresionó, sobre todas, su actuación en El último reloj, de Chicho Ibáñez Serrador en su serie Historias para no dormir, una actuación del cuento de Allan Poe, El corazón delator. No sé si ese conocimiento influyó o no en mi deseo de verlo actuar en vivo, pero lo cierto es que saque mi entrada y allí que me senté, todo ufano, dispuesto a presenciar el más viejo espectáculo del mundo. Ya estaba crecidito para mi edad, y no percibí que mi presencia allí extrañara a quienes se sentaban cerca de mí. La obra, una versión de José Tamayo, representada por su Compañía Lope de Vega jugaba, en un espacio abierto, con las luces para delimitar los espacios y la aparición de los personajes. Solo al final  supe que esa cama y las luces que había sobre ella representaban un espacio hospitalario, una clínica mental donde el protagonista estaba siendo tratad de su trastorno. No en balde, el doctor que interviene en el primer fuego graneado de intervenciones nos marca el tono general de la obra: Doctor: Ser hombre maduro es aceptar la existencia del mal entre nosotros. Su inmadurez, Jaime, reviste caracteres patológicos.

          Poco a poco irán apareciendo, junto al protagonista los personajes que nos van a permitir conocer la historia de Jaime y el porqué de su crisis de identidad. El protagonista es un joven que admira a su madre, muerte hace tiempo, que se dedica a preparar oposiciones a cátedra de Historia, porque le parece que la Historia es el camino recorrido por el hombre desde sus orígenes a nuestros días y que  la Historia no se está quieta, como las figuras de un cuadro, sino que está en perpetuo movimientos, como la música. Lo hace en compañía de un amigo, Justo Maqueira, a quien le preocupa que su amigo se haya apartado tanto del mundo durante tanto tiempo, va para más de tres años: No deseo ofenderte, Jaime, pero... quisiera estar seguro de que tu retraimiento obedece solo a causas morales. ¡Llevas tres años sin salir con una chica ni para ir a un cine! Más adelante, Jaime sacará de dudas a su compañero, una vez que sepamos la posición que Jaime ocupa en su familia, huérfano de madre y, en cierta manera, huérfano también de padre, porque el protagonista está convencido de que los afanes académicos le importan un bledo a su padre:  Lo único que le preocupaba de mí, y parecía ofenderle, era el hecho que consideraba insólito de no haber tenido nunca a mi edad trato íntimo con ninguna mujer. A veces pensaba que se sentía orgulloso de mí sabiéndome en la cama de un burdel que no en mi cátedra de Universidad. De esa preparación no me llamó entonces el hecho de que se empastillara para prepararlas: Estoy muy nervioso. Llevo en el cuerpo un montón de cafés y dos «simpatinas» para no dormirme y seguir estudiando. Pero, más tarde, recuerdo mi propio uso de las «centraminas» y el «katovit», en dosis muy moderadas, para preparar las mías a profesor de Secundaria.

Un poco antes se nos ha presentado el personaje de Tonuca, cuya figura ambigua llama enseguida la atención de los espectadores, y mucho más de un inexperto joven de dieciséis años: Porque es aquí, en su casa, donde hoy empiezo a trabajar. De doncella particular de usted. ¿Ahora se desayuna? ¡Nada menos que de «doncella particular»! En efecto se trata de un eufemismo para encubrir los innobles fines de su padre: desvirgarlo. Sanmiguel, un socio de su padre y amigo de la familia, será, bastante más adelante, el encargado de trazar el retrato completo de la «doncella»: Esa chiquita es una de las golfas más conocidas de Madrid, una de las golfas más conocidas de Madrid. Ella es menor, ¿sabes? Y eso se cotiza. Es de las más caras..., de las más caras. Dímelo a mí. Son revelaciones que a esa edad mía he de confesar que me turbaron e instruyeron a partes iguales, aunque mi inveterado romanticismo se ponía del lado de Jaime, incapaz de considerar a Tonuca como la veía su padre, con ojos cinegéticos: No seas primo, hijo. Yo, a tu edad..., con una gacelita así, metida en casa... Se entiende, pues, el abismo que hay entre padre e hijo, un estado que yo hacía mío con absoluta facilidad, dados los encontronazos de todo tipo que tenía con el mío, dos modos de ver la vida absolutamente  incompatibles, hasta que la vida nos separó durante más de veinte años de espeso silencio.

Pero lo que me llegaba muy adentro era sentirme inmerso en la acción que se representaba en las tablas, y no tardó en meterse dentro de mí el veneno de la representación, y en ello, lo reconozco, la actuación apasionada de Manuel Galiana, fue3 decisiva. De hecho, un año más tarde, estando yo en el Colegio Mayor Siao-Sin, porque allí nos llevaron a los miembros de la Residencia Blume para amortizar tan costosa construcción —hoy sede de la UNED—, respondí al requerimiento que hizo Fernando (Fano) Meijide para crear un grupo de teatro y me sumé con entusiasmo. Recuerdo que presentamos El canto del fantoche lusitano, de Peter Weiss, en el Certamen de Teatro Universitario, pero, en el último momento, la representación fue suspendida por la policía, a requerimiento de la embajada de Portugal, aunque, pasando la cita de boca en boca, organizamos la representación en otro Colegio diferente de donde nos impidieron la actuación y conseguimos presentarla. Creo que desde entonces ya no me abandonó jamás el veneno del teatro, y aun hoy, sé que muchos de mis actos, totalmente privados, tienen ese dulcísimo origen. Tuve un grupo y escribí, actué y dirigí para y en él, pero, pasados los años, solo la escritura ocasional de alguna obra me ha quedado como pecio del Tiempo, además de mi tendencia al histrionismo privado, por supuesto.

 

Lo que no creo que llegara a entender, como en la lectura de hoy sí he comprendido, es la dura crítica social que alberga la obra, porque el padre es un empresario que ante las dificultades de sus empresas se plantea deslocalizar la producción, llevándola a África, a Nairobi, para lo que, previamente, ha de descapitalizar, de modo delictivo, las empresas para las que, al decir del hijo, Jaime, han recibido créditos blandos del gobierno: ¡Es un dislate de los gordos! —le redarguye el padre, don Carlos—Pretendiendo salvar con inyecciones financieras a industrias mal planeadas solo consiguen fomentar la inflación, hundir la moneda y provocar el delirio en la carrera de precios. [...] No eran créditos para malvivir lo que necesitábamos del Estado, sino permiso para cerrar unas fábricas improductivas. ¡Cerrar, cerrar y mil veces cerrar, antes que gastar millones en poner inyecciones de sueros a los muertos! [...] La única solución viable la di yo. Conservar la fábrica e Getafe, cerrar las de Manresa y Aviles y montar otra en Nairobi. Ya se advierte que las prácticas económicas franquistas, aunque disfrazadas, siguen teniendo vigencia, y me refiero, claro está a los famosos rescates de empresas de las que tanto se han lucrado los miembros del PSOE y de socios de gobierno.

El meollo de la obra, pues, más allá de la muerte del padre desfalcador y evasor de divisas —por cierto, estábamos a un año del estreno, que tuve el privilegio de ver en un certamen de teatro experimental en el Teatro Marquina, de Castañuela 70, al que accedí a fuerza de empujones y en cuyo trance perdí la uña entera del pie izquierdo...— se centra en el conflicto psicológico entre un hijo tan poco hijo de su padre y, sin embargo, atrapado en una feroz escisión. Jaime se lo confiesa a su amigo Justo:  No te equivoques. No es que tenga miedo al mundo por llevar tres años encerrado, sino que me he encerrado porque las gentes me dan miedo. Y asco. La presencia ajena me repugna. Es algo visceral. Huyo del mundo porque no me es grato. De las gentes, porque las temo. De esto hace ya mucho. Y tú lo sabes. Lo de ahora es distinto. No es un problema de inmadurez, como creía mi padre; ni de nervios, como creía yo. Es algo nuevo de lo que soy consciente y me llena de horror... [...] ¡Tengo dos almas! ¡YO SOY DOS! [...] Una de estas almas siente un impulso irresistible a volver a la infancia... quizá porque entonces fui muy feliz. [...] Mi padre... La otra de mis almas... ¡Cómo le odia, Justo, cómo le odia! [...] No le odio por vengarme del mal que me ha hecho. Le odio, pura y simplemente, por haber sido un garambainas, fatuo y vulgar; una caricatura de hombre, un arlequín de la bellaquería. Y, sobre todo, por ser mi padre. [...] Pero mi otra alma, Justo, la que quiere volver a ser niño, le quiere todavía. Le sigue queriendo entrañablemente... He ahí una confesión que por fuerza había de llamar mi atención y meterme algún escalofrío en el cuerpo, porque lo que luego aprendería en Machado como «heterogeneidad del ser» se me manifestaba en esa obra como un duplicidad que, en todo caso, hacia imposible la autoidentificación conmigo mismo, sin que la duda sobre mi propia personalidad no me arruinara la vida. De hecho, imagino que, desde aquella sesión de teatro, no he dejado ni un día de reconocer la pluralidad en mi interior y de no saber nunca no a qué, sino a quién atenerme...

A titulo anecdótico, me llama poderosamente la atención una reflexión de Tonuca, por lo que tiene de actual, cuando se entera de los trapicheos del padre de Jaime: ¿Y si no era suyo para qué se mete en libros de caballerías a arreglar las cuentas de nadie? Y si se mete... ¿por qué no se cobra una comisión por su trabajo, alma de cántaro? O sea, que los actuales comisionistas que inundan las portadas de la actualidad, desde el expresidente Zapatero hasta ministros del PSOE y otras malas hierbas que medran a su amparo, no son fruto actual, sino herencia secular de este país. Esa misma Tonuca, que responde al tipo de la prostituta sentimental con espíritu maternal es la que pretende evitarle a Jaime los males propios de su falta de maduración, de ahí que se nos presente como como una suerte de mujer experimentada, a pesar de ser descrita como menor de edad...:  Pero usted, pobretico mío, ¿sabe lo que está bien y lo que está mal? ¡A otro perro con ese hueso! ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo? Eso no lo sabe ni...Dios...

Con ese escepticismo, también muy nuestro y secular —aún habrían de pasar muchos años hasta llegar, en una de mis excursiones por el abigarrado paisaje del pensamiento, hasta la lectura de Francisco Sánchez y descubrir su famoso Quod nihil scitur, «que nada se sabe»—, salí del teatro entusiasmado y desconcertado, asfixiado por las mil y una preguntas que a mí mismo me hacía y desolado por la ausencia absoluta de respuestas convincentes. Tenía dieciséis años...

 

lunes, 29 de junio de 2026

El ventanal indiscreto

 

        


Estanque de los narcisos y puesto cinegético.


          Durante la profunda inclemencia de los calores veraniegos, y hasta recuperarme positivamente de la operación del tibial posterior, continúo ejercitándome en el gimnasio, donde un leve aire acondicionado permite la práctica deportiva sin sufrir los males asociados a una climatología tan adversa como la de estos meses que se abren ante nosotros como una maldición, una amenaza y una tortura.

          El gimnasio de las Piscines Picornell tiene un enorme ventanal de punta a punta del espacio que se abre visualmente al muy generoso de la piscina olímpica de verano donde, durante estos meses, se amontonan sólfilos, bañistas, familias enteras, turistas, y otras hierbas urbanas que combaten los mismos rigores pero con otras finalidades.

          Bien desde la elíptica de zancada variable, bien desde la cinta corredora, donde puedo llegar a estar, entre una y otra,  la hora u  hora y media de práctica cardiosaludable, ese ventanal se convierte en mi particular Ventana indiscreta bien discreta, porque el chorro de luminosidad que inunda la pileta y sus orillas convierte el ventanal en el terso espejo perfecto para todos los narcisismos que en el recinto se dan cita, que no son pocos, y a mí me invisibiliza casi por completo. Para «descubrirme», los narcisos o los juguetones, que de todo hay, han de apoyarse en la pared de cristal y ponerse las manos a modo de orejeras para ver qué raras especies regamos con nuestro propio sudor la esbelta (ejem, ejem...) planta corporal que nuestros progenitores tuvieron a bien regalarnos (y a quienes unos y otros, según quiénes, reprochamos o agradecemos el regalito, claro está...).

          Aunque no suelo dispersarme en la observación sociológica de cuanto se puede contemplar a través del ventanal, porque aprovecho mi tiempo, como alguna vez creo ya haberlo dicho, para ver películas o, en su defecto, algún partido de tenis de Grand Slam, he de confesar que, de unos años acá, me fijo cada vez más en los desastres que la moda de los tatuajes ha perpetrado en infinidad de cuerpos a los que convierte no ya en cuerpos-anuncio, cuanto en exhibición antiestética de las más soeces y vulgares ilustraciones de tinta que hayan sido diseñadas jamás. Ignoro si todos esos motivos icónicos que identifico son «creación original» del entintador o motivos de alguna infernal plantilla que ellos aplican como los grafiteros para algunas pintadas de carácter político, como las que aparecieron con el careto presidencial tras la dana en Valencia.

          Los tatuajes, desde mi infancia, los he asociado siempre con los marineros y con los miembros de la Legión. Más tarde, una película magnífica, El hombre ilustrado, de Jack Smight, me persuadió de que los tatuajes podrían tener otra dimensión, aunque, basada en relatos de Bradbury, ya se entendía que era una dimensión desconocida. Mucho más tarde, en 2002, vi una película tenebrosa y de muy cuidada estética relativa a un coleccionista de los tatuajes  que un maestro japonés había entintado en torsos humanos: Tattoo (Tatuaje), de Robert Schwentke. El coleccionista perseguía a las obras de arte vivientes y las mataba para despellejarlas cuidadosamente y «colgar» las piezas de arte epidérmicas en una colección particular de disfrute único en una bodega acorazada. Entre ambos extremos cinematográficos, el oscuro mundo de los tatuajes se ha ido democratizando a la par que achabacanando y, junto a perfectas obras de arte, no es difícil contemplar las tinturas más soeces e irritantes con las que se nos agrede la vista a poco que, sin desearlo por nuestra parte, se exhiban ante nosotros en cualquier espacio común. Como en tantas otras cosas, el uso indiscriminado de los famosos, porque todo indica que entintarse crea adicción, ha arrastrado tras de ellos a legiones de seres perfectamente anónimos a los que sus tatuajes les han permitido ingresar en la amplia nómina de impresentables.

Que todo está en la medida, es axioma que sirve para cualquier arte, incluso para el del tatuaje, porque alguna vez puede hablarse de él, pero muy raramente, como un «arte». Lo normal es el pistoletazo (los más finos prefieren «dermógrafo») grueso y un alucinante mundo de motivos inverosímiles, si no surrealistas, aunque el efecto surrealista proviene, habitualmente, de la mezcla de motivos en una misma zona corporal. Es evidente que podemos adaptar el tópico y decir lo de «dime qué te tatúas y te diré quién eres», sobre todo porque hay objetos tan elocuentes que cuesta no identificar el modo de pensar o las aficiones o las pasiones o el culto de la persona que se tatúa, que sé yo, el propio rostro de Cristo, una Inmaculada, Tor, Júpiter, la famosa foto del Che Guevara, un Fórmula 1, la hoz y el martillo o cualquier otro elemento perfectamente identificable.

          En aquellos lejanos años de la niñez los tatuajes estaban socialmente muy mal vistos, y, como dije, se consideraban una práctica marginal. Además de marineros y legionarios era posible verlos en el mundo del boxeo o en alguien que se hubiera movido por el lejano oriente. En una película, Promesas del este, de Sidney Lumet, extraordinaria,  supimos que los tatuajes tienen códigos, cuentan historias y acreditan jerarquías. En otra, Alabama Monroe, de Felix Van Groeningen, el tatuaje se nos vuelve poesía y drama. Y en las cárceles de Bukele aprendemos lo que hay tras ellos en los miembros salvajes de las maras, que los convierten en signos de identificación y de pertenencia. Pero ha sido su uso por parte de los futbolistas y otras estrellas mediáticas lo que les ha otorgado cierta respetabilidad social, de tal manera que ya es frecuente encontrarlos en no pocas profesiones, como todas las relacionadas con la sanidad, la política allende la izquierda y muchas otras propias del sector servicios. Aún no abandera la práctica ningún político de altura ni los sacerdotes católicos ni los miembros de la jurisprudencia, pero todo se andará...

          Desde mi discreta atalaya he podido observar composiciones que me han inducido a aguzar la vista para comprobar que veía lo que estaba viendo, y no se trataba de un espejismo propio de la solanera que cae sobre la piscina a esas inclementes horas  p.m. en que frecuento el gimnasio por mor de no haber de esperar demasiado para cumplir mi circuito de aparatos musculadores de los oblicuos, dorsales y glúteos —como exigen mis tocadas 3,ª 4ª y 5ª lumbares—, antes de centrarme en los de cardio y, si la tarde da de sí, acabar con unos largos en la piscina interior, también semivacía. Las ilustraciones que acompañan estas notas del natural pueden parecer exageradas, pero doy fe de que así, y aun peores, he visto yo las combinaciones de tatuajes en las sufridas piernas, brazos y dorsos de cuantos veranean en la piscina. Dejo de lado los brazos absolutamente entintados, como una manga de color, que es capricho op-art de sus orgullosos exhibidores, o esos cuellos gargantillados con un vergel de hojas aceradas y puntiagudas que parecen una carlanca de mastín. Lo que me llama la atención es el conjunto anárquico de objetos que recuerdan las páginas de los artículos del bazar de Lidl o las páginas iniciales del suplemento dominical de La Vanguardia. A su manera, el referente es el Rastro, por supuesto: la mezcolanza sin orden ni concierto. Y, se me crea o no, en tan pocos centímetros cuadrados yo he visto, juntos, casi rozándose, una cafetería Oroley, un escuálido ramo de margaritas, una llave inglesa, una corona de espinas, unos pendientes, una granada, una diminuta máquina de tren de vapor, una corona real, el nombre del ¿amado? —ese que la protagonista de Alabama Monroe se tatúa y acaba borrando cuando su historia de amor fracasa—, un par de alas de ángel (o de arcángel, que mi angelología no llega a tanto como para distinguirlas...) y un saxo...

          No se me escapa que dentro de poco, quienes solo ostentamos las cicatrices de las intervenciones quirúrgicas y aquella vacuna agresiva que parece un huevo estrellado o un diminuto parche de tamboril seremos algo así como los «marcados» por la ausencia, y en muchos casos, ¡paradójicamente!, seremos quienes más usamos la tinta... para escribir.

miércoles, 17 de junio de 2026

La degradación de la política o el desesperado numantinismo de vía estrecha.


Un caso patológico de lapismo político.

 

          La política es el mundo del que se puede hablar con mayor libertad en esta vida, porque el hecho, lamentable, de no tener filtro alguno para el ejercicio de las responsabilidades a que se pueden optar a través de la representación popular nos convierte a todos en doctores de dicha ciencia, sin haber tenido que superar crédito alguno de ningún tipo, ni académico ni laboral ni personal. No diré que es el famoso Patio de Monipodio, o la Bribia quevedesca, pero hasta la extensión, vía redes sociales, del poder de opinar, a cualquiera que a ello se atreva, sin otro púlpito que una plataforma a cuyos algoritmos se someta, el mundo de la acción política y el de la opinión «formada» habían estado «secuestrados» por un cuarto poder demasiado estrechamente unido al primero, lo cual dejaba «fuera de juego» a centenares de miles de ciudadanos, cada uno de ellos con su currículo, sus méritos, su prestigio social, académico,  personal, o bien todo lo contrario, como las propias plataformas muestran con insultante generosidad (y ello sin contar los famosos bots fraudulentos que amplifican la voz de su amo desde las técnicas de reproducción «in cloaca»).

No es fácil, así pues, detectar cuáles son los resortes efectivos del Poder, aunque la corrupción del (des)gobierno de Su Excelencia, P.S. nos ha permitido ver que se siguen reproduciendo como en los viejos tiempos de aquellas otras cloacas del Estado desde las que Felipe González reclamaba poder luchar contra la violencia homicida de ETA, y alguna palada de cal viva apareció por los escaños antes del abrazo que estrechó la erótica del poder entre quienes lo representaron con toda clase de dulzura político-emocional. Sí sabemos que una «moción de censura destructiva» nos instaló en un ciclo de degradación política que parece estar llegando a su fin, dada la gravedad de todos los casos judiciales que se le han abierto al (des)gobierno numantino del lapista número 1 de nuestra clase política: heredero infumable del viejo poltronismo franquista al que se supone que quería enterrar a paladas de cieno de ese lodazal inexpropiable al que ha denominado «el lado bueno de la Historia». El antidemocrático hecho de no presentar Presupuestos durante tres años consecutivos —lo que habría hecho dimitir a cualquier otro Presidente de nuestras democracias más cercanas—, amén de la explícita  voluntad de seguir (des)gobernando sin el concurso del Poder Legislativo y amedrentando al Poder Judicial desde la colonizada Fiscalía del Gobierno son, todos ellos, motivos harto suficientes como para presentar —una vez retirado el apoyo de una fuerza de la que dependía su precaria mayoría parlamentaria (de hecho nunca existente salvo para auparlo al Poder y regalar el retorcimiento de la Constitución para conceder una amnistía a los golpistas que lo auparon a su cargo/prebenda)— una moción de confianza que verificase el hecho de seguir contando, o no, con la mayoría que, con muy distintos intereses, lo situó en la Moncloa, degradada, tras estos ocho años, en moncloaca.

Se agotan los calificativos para describir las tropelías contra nuestro sistema democrático que están cometiendo quienes convirtieron en faro moral de su obra política a un chorizo que se ha presentado ante el juez para dar explicaciones sobre unos cargos que pueden dar con sus huesos de títere de dictadores en la cárcel. Sí, pongamos que hablamos de zp, a quien aún defienden desde el psoe de Su Excelencia como antes pusieron las manos en el fuego por el cariñosísimo y sobón Cerdán y dedicaron una larguísima ovación parlamentaria a Ábalos, en reconocimiento de su feminismo socialista y su defensa del socialismo allá donde hubiera pupilas dispuestas a recibir el ardoroso mensaje  e intermediarios propensos a reconocerle sus muchas influencias políticas. Valle-Inclán escribió El ruedo ibérico sobre el reinado de Isabel II, que daba para lo   que escribió y para más, pero mucho me temo que los niveles patéticos de miseria moral que hemos conocido en la corte de Pdr Snchz van a necesitar algo más que el esperpento para ser retratados convenientemente. Quizás las sentencias judiciales acaben conformando el mejor relato sobre el *octenio ominoso que estamos viviendo. En breve caerá la primera de un rosario de ellas que nos ilustrarán sobre las prácticas mafiosas en que ha acabado cayendo quien, dueño de una mediocridad insultante y un afán de arribista sin escrúpulos, ha pagado, como Dorian Gray, su paso por la vida-jet entre las cirigañas y adulaciones de quienes lo han rodeado y cortejado como en las viejas cortes faraónicas, y no precisamente las del Ay, va, ay, va... Pero está escrito que se va. Lo hará tarde y mal. Pero pasará a la historia de las crónicas de tribunales, que leerán, si aún existen, los aprendices de periodistas a los que les encarguen buscar las fuentes de, pongamos por caso, la corrupción política, porque en ese futuro en el que escriban, estos hechos de hoy serán el antecedente de los de su presente...

La más clara sensación de agotamiento de un político, de su partido y de una legislatura es el aburrimiento profundo en que nos sume a los interesados por lo que alguna vez se consideró «un arte», y cuyas historias hemos leído con mucho más interés en los clásicos grecolatinos que en la degradada actualidad, indigna de que gastemos el tiempo en prestarle una atención que podemos emplear en otros menesteres de mayor enjundia y más gratos a los sentidos, a la razón y a la imaginación. Dicho en plata: «¡Que les den!»

jueves, 4 de junio de 2026

Mi querido quirófano...

 


Entrar bípedo y salir trípedo y saltimbanqui...

 

            Soy un adicto a las intervenciones quirúrgicas. Las tengo por esos momentos de máxima sabiduría de la especie en que el ser humano corrige la obra divina y la mejora o la empeora, según los resultados. Lo mío es la predilección por la anestesia general, pero las dos últimas operaciones me las han practicado con anestesia parcial, de cintura para abajo, para el menisco, una, y otra, esta de ahora, para el tendón tibial posterior. Aunque me taparon como si fueran a hacerme una exploración ginecológica, pude ver en las placas de la lámpara central del quirófano las maniobras del cirujano para operar por laparoscopia, aunque con excesiva fragmentación, pero lo suficiente para identificar las maniobras, sin sentir absolutamente nada, por supuesto. La anestesista, amparada en que aparecía en mi historial una alergia a la penicilina, me dijo que me «bloquearía» la pierna, por lo que se me «despertaría» algunas horas después del despertar de la epidural, proceso que llevó, en el box de reanimación, sus buenas siete horas, un poco para mi desesperación, porque, tras haber leído El País, quería irme cuanto antes para casa, aunque estaba perfectamente atendido por las enfermeras con las que hice una prueba de mantenerme en pie totalmente infructuosa. Salí en silla de ruedas, pero la transición de la silla a las muletas y de estas al taxi casi dan conmigo, de espaldas, en el suelo, porque, al parecer, aún andaba algo aturdido. Desde el taxi hasta el domicilio tripodeé con idéntico desequilibrio, aunque llegué ileso hasta la sillita que me subió hasta el rellano del ascensor. Hube de reconocer que manejar las muletas fiado a la seguridad de una sola pierna, por fuerte que esté, no es fácil. El postoperatorio dictaba tres días, sin contar el de la operación, con la pierna en alto y sin jamás tocar el suelo. De hecho, aún llevo el calcetín azul de la operación puesto.

          Pensé, tan positivo soy siempre, que esto de manejar las muletas sería coser y cantar, pero como hace milenios que no las usaba, me ha costado lo suyo convertirme en el Cojo Manteca, que se hizo célebre en la Transición, aunque continuamente me venían a la memoria los chistes de Chumy Chúmez y de Gila. Sentarme en el mejor sillón de la casa fue un consuelo, pero, también, un desafío, porque subir desde tan bajo, apoyándose solo en la fuerza de la pierna derecha, cuesta lo suyo. También me ha venido a la memoria el salto de altura de los juegos paralímpicos, en los que vi a un cojo desprenderse de la muleta en el último momento y después correr a la pata coja para realizar un admirable salto.

          La dificultad que intuí para ducharme ha resultado ser mínima, gracias a la silla de la bañera y a la bolsa del alto cubo de basura no orgánica que tenemos, con la que preservo la integridad enjuta del miembro.

          A medida que pasan los días, la destreza aumenta, pero no estoy exento de accidentes como el ocurrido al pisar con la muleta en una alfombra, deslizarse ambas, alfombra y muleta y estar a punto de cometer el error de apoyarme con toda mi fuerza en un pie recién salido del quirófano. Como estaba cerca de la cama, tuve el reflejo de dejarme caer hacia ella, lo que me salvó de lo que hubiera sido una auténtica escabechina interna, porque un tendón tocado es más delicado que las cuerdas de un Stradivarius.

          Como el cirujano, joven, tuvo a bien darme todas las explicaciones antes de la operación «salvífica», tras la que me aseguraba que podría volver a correr maratones, no me he metido en la IA ni en foros especializados para enterarme de otros casos, salvo en uno que me salió casi al paso, porque los algoritmos no descansan y, apenas has dado tú un dato de ti, todo se conjura para ofrecerte cuanto se sabe de ese asunto. Se me ha quedado, con todo, una hermosa errata: «Hola, me duele mucho el tendón trivial posterior...», y me he dicho que ni en el sufrimiento podemos perder el buen sentido del humor.

          Aún no he tomado ningún analgésico, aunque continúo con la heparina, religiosamente, porque tengo el triste recuerdo de una querida compañera de trabajo a la que escayolaron una pierna por un accidente de esquí y murió tras ser desescayolada, horas después, súbitamente. Una muerte dulce, pero atroz, cuando tienes menos de cuarenta años. No estoy escayolado, porque, aunque era el plan, cambió a un vendaje comprensivo, dado el buen estado del tendón, no así el de la vaina que lo rodea. Estoy a punto de que se cumplan los tres días para calzarme una talonera de esparto y comenzar a apoyar tibiamente el pie, a ver cómo reacciona la zona. Mientras, sigo con mis equilibrios, yendo de salón al estudio y, a veces, con descansos en el sillón, aunque me cueste levantarme. Lo peor de todo, con mucho, es el comienzo de la urticaria que me produce el vendaje. Parecía cosa de poco y de ejercitar el estoicismo habitual, el «de fábrica», pero la noche pasada han sido de tal magnitud los picores que ni con mi socorrido lexxema farmacéutico -¡qué ironía para un filólogo...!- ni con el hielo aplicado sin protección, aun a riesgo de quemarme la piel, he podido disminuirlos. A las 5 de la madrugada he estado tentado de pedir un taxi e ir a urgencias para que me quiten el vendaje, antes de arrancármelo yo como un salvaje desesperado. Aún no sé si mañana lo haré, porque otra noche toledana en Barcelona no hay quien la soporte. Supongo que comenzar a usar la talonera y apoyar el pie es posible que me distraiga, ¡pero esos picores malditos...! Paciencia, a talonar y, si el frío no lo remedia, de naja a urgencias...

          ¡Y Su Excelencia sin dimitir...!    

 

 

 


miércoles, 22 de abril de 2026

Venturas* y desventuras de los escritores noveles (y aun publicados).

 

El patético espectáculo de la degradación cultural sufrida en este primer tercio del siglo XXI.

                    Hace un par de años comenté la traducción de Josep Maria Terricabras de El malestar en la civilización, de Sigmund Freud, un ensayo que el vienés escribió durante las vacaciones de verano y sin ayuda bibliográfica ninguna. Allí expliqué por qué volví a releer un libro que, en su día, leí en castellano con otro título, El malestar en la cultura: «Quería repasar el nivel de degradación que, en justa correspondencia con el nivel político de este septenio, se ha producido en una cultura en la que campa la «bandería» a sus anchas, orillando cualquier posibilidad no ya de un canon más o menos consensuado, sino incluso de la libre expresión subjetiva ante los actos culturales, sin que esa libertad lleve aparejado el encasillamiento ideológico del emisor. Se trata, como ha intuido el intelector, que para eso lo es, de una variante de la famosa «polarización» que, en España, es nítido eufemismo de nuestro cainismo secular». Y la autocita sigue siendo útil, porque hoy quiero reflexionar sobre la erosión que está sufriendo en nuestro país la relación de los autores, noveles o publicados, con la mayoría de las editoriales de nuestro país. No se trata, propiamente, de un ejercicio jeremíaco, sino de levantar acta de, en la mayoría de los casos, la falta absoluta de cortesía, es decir, aquello que antes llamábamos «buena educación», a la hora de responder a los autores que les envían sus originales. Dejo de lado el valor emocional que suelen tener esos envíos para quienes aspiran a engrosar la infinita lista de autores publicados, de esos que, una encuesta o mal formulada o mal leída, decía que, en librerías, no se vendía ni siquiera un ejemplar, que esa es otra..., y me atengo al hecho tan sencillo como protocolario del secular «acuse de recibo» o, según la política de cada editorial, de la declinación del interés editorial por el envío, acaso con las viejas palabras que dieron pie al nombre de mi bitácora literaria: Diario de un artista desencajado: «Lamentamos comunicarle que, a pesar del indudable interés de la propuesta que nos ha hecho llegar, su obra no encaja en nuestra línea editorial»; muy libre decisión de la que el aspirante a las mieles o las hieles de la publicación se quedaba con la piadosa mentira que lo animaba a seguir enviando la misma obra a otras editoriales, con la incombustible esperanza de que «algún lector» en algún lugar de privilegio descubriera las virtudes «evidentes» del texto enviado.

          Es cierto que muchas editoriales ya avisan en sus páginas web de que no admiten «manuscritos no solicitados», lo cual es obvio que no impide a muchos de esos noveles deseantes enviarlos por si pudieran ser la «excepción» que confirmara la regla. Otras, sin embargo, y me atrevería a decir que la mayoría, utilizan el ominoso «silencio administrativo», esto es, la callada por respuesta, y da igual el tamaño de la editorial, grande o pequeña, perteneciente a un gran grupo o una aventura independiente. En última instancia, no entra en el trabajo de las editoriales la crítica textual para dar detalladas razones de por qué  tal o cual texto no reúnen las virtudes necesarias para persuadir al editor de fatigar la imprenta para sacarlo a la luz en un mercado cada vez más raquítico y distante de lo que la gran mayoría de esos noveles considera que hacen: auténtica literatura. y no productos infames como los premios Planeta, obrejas de cortos vuelos, como las de los autores mediáticos, las sagas fantásticas o las muy diversas manifestaciones de lo políticamente correcto, en estos tiempos wokistas, cuyo máximo exponente acaso sea la «literatura oficial al servicio del Régimen» que se ha encarnado  en una impostura llamada Uclés, el caso paradigmático de a quien la simple reproducción de sus textos en una plataforma social, X, sin censura añadida, le ha granjeado la merecida rechifla universal.

          Al margen de la falta de educación básica aludida y de los rumbos comerciales del sector editorial, deberíamos considerar algunos factores que pueden ser considerados determinantes en la crisis que vive el sector, a pesar de que sigue aumentando el número de publicaciones. En cierto sentido, la peor alarma social  que ha de considerar el sector es el fracaso del sistema educativo, que no garantiza que salgan los jóvenes de los estudios obligatorios con un nivel de lectura suficiente como para poder leer ni siquiera obras tan poco exigentes como las descritas con anterioridad. Junto a realidad tan grave, y no por efecto de ese colapso educativo, se ha de considerar el paulatino descenso del número de lectores, una dolorosa realidad  que contrasta, ¡y de que manera!, con el sustancial aumento del número de escritores que aspiran a conseguir los laureles de la publicación, ¡la primera piedra de una sólida carrera! Será por esto, y por todo lo dicho anteriormente, que la democratización del acceso a la autopublicación, con esa maravilla que es la impresión bajo demanda, ha aliviado, de algún modo, el anhelo de exposición pública de buen número de esos autores que han crecido exponencialmente, si los comparamos con el número menguante de los lectores. De hecho, editoriales hay, ¡ a patadas!, que prometen poco menos que una fulgurante carrera literaria si se edita con ellas, hasta que el desolado novel entra en sus webs y contempla la lista infinita de «Nuestros autores», un cementerio de vanidades en el que sepultaría la propia a poco que contrate los servicios de alguna de ellas.

          La historia juega a favor de los noveles, sin duda, porque son innumerables las obras que no pasaron los filtros de las editoriales y alcanzaron, después no poca ración de gloria, aunque en algunos casos póstuma. Menos llamativos, para esos noveles, son los escritores que crearon con cierto desdén hacia el mundo editorial y puesta la mira en la perfección de su genio personal. No es halagüeña, desde luego, la imagen de la madre de Kennedy O’Toole llevando el manuscrito de su hijo de editorial en editorial, con un fervor que, al final, tuvo recompensa; tampoco que Marcel Proust, desengañado por las negativas recibidas, hubiera de autopublicarse el primer volumen de su magna obra; ni que Carrie de Stephen King fuera rechazada treinta veces o que novelas que Doris Lessing envió con pseudónimo a diversas editoriales fueran todas ellas rechazadas...En resumidas cuentas, una negativa editorial no es un juicio apodíctico, ni una sentencia estética, sino un mero cálculo de posibilidades de recuperar el dinero de la hipotética inversión. Además, cuanto más innovadora  y arriesgada estilísticamente sea la obra, más probabilidades tiene de tropezarse con un lector editorial incapaz de justipreciarla.

          Escribir no es publicar, ni publicar ha de significar nada especial para quien está comprometido con la escritura. Para darse cuenta de lo que significa en la vida de alguien la literatura,  solo hay que pasearse una agradable mañana de domingo primaveral por el mercado de libros viejos, como, por ejemplo, el de San Antonio, en Barcelona. Allí encontrará pirámides de libros con autores cuyos nombres solo pertenecen al archivo abarrotado del olvido, lo cual es la más efectiva de las terapias para curar la hidra de la vanidad que en todos los que empuñan la pluma, le susurran al micro o ejercitan la agilidad digital sobre un teclado suele crecerles con hondas raíces en el vasto y fértil terreno del ego. Que la actividad constante, cada vez más perfeccionada, dentro de las limitaciones de cada cual, no le baste al orfebre del verbo es señal de que no es la literatura el arte que profesa, sino una pálida imitación de la misma como mero instrumento para acceder a la adulación y acaso a la celebridad enfermiza de quienes leen lo que les prescriben desde las plataformas de poder de la edición como aquello que es imprescindible leer, prescripciones, para que se vea semejante sinsentido, que casi nunca incluyen a los clásicos, que son la verdadera escuela del gusto.


*Si el corrector automático se empeña en hacerme cambiar «venturas» por «aventuras», no quiero ni pensar en los pobres infelices que se dejen llevar por la Inteligencia Aduladora para «mejorar» lo que el caletre les dé de sí..., ignorando el dicho famoso: «Lo que naturaleza no da...».


Carta de rechazo a Gertrude Stein. Imagen cortesía de British Library