La voracidad del fuego en la colmena.
Hace
unos días estuve leyendo en la terraza de mi patio interior del Ensanche a las siete
de la mañana, aprovechando que aún la temperatura exterior no se había encaramado
a la despiadada cima del termómetro y podía seguir, sin manchar de sudor las páginas, el
excelente y ameno libro de Ricardo Tejada sobre el ensayo en la España del
exilio y la España interior desde la posguerra hasta las generaciones contemporáneas
anteriores a la muerte de Franco, un volumen del que pronto daré noticia en el Diario
de un artista desencajado. Una hora mas tarde, hube de preparar el
desayuno, no sin antes indicarle a mi Conjunta que olía a quemado. Pensó que
podría tratarse del restaurante de la otra esquina del patio, cuyas chimeneas
se alzan sobre los tejados. Miré en aquella dirección, pero no vi nada
sospechoso. Después de desayunar, sin embargo, salí de nuevo a la terraza y
entonces pude ver que se había declarado un incendio en el piso de un edificio
de enfrente, a menos de cien metros. La impresión fue tan profunda, que no dudé
ni un minuto en gritar «¡fuego!, ¡fuego!, ¡fuego!...» a pleno pulmón y
bastantes más veces de esas tres reseñadas. Me oyeron al menos cuatro vecinos del mismo edificio, que se asomaron, vieron la magnitud de la tragedia y salieron de
naja para preservar sus vidas. Más tarde supe que en el piso siniestrado una
mujer había sufrido quemaduras menores antes de poder abandona la vivienda, que
se había convertido en el fuego infernal que se aprecia en las fotografías que
saqué después de llamar al 112 y de que, avisados los bomberos, tardaran estos una
media hora en hacer aparición en la vivienda para sofocar las llamas, despreciando
acceder por el entresuelo a una de las terrazas sobre cuyas lonas para
protegerse del sol estaban cayendo las pavesas y maderas incendiadas. Por
suerte, la vecina de al lado me oyó también y pude gritarle que echara agua con
su manguera para apagar el toldo de sus vecinos, porque, de incendiarse,
hubiera multiplicado la magnitud de la tragedia. Todas estas maniobras las
seguía desde mi terraza mientras gritaba y tenía, al otro lado, al servicio de
bomberos que me aseguraban que ya habían salido y que les hiciera caso a lo que
me preguntaban, aunque toda la información ya se la había repetido hasta tres
veces y lo urgente era apagar el toldo de los vecinos del entresuelo, amigos nuestros,
además. Al final, el interlocutor de bomberos, dada la excitación con que yo le
hablaba, diciéndole que allí no aparecía nadie y que otros pisos, además del
incendiado y el que estaba por encima de él corrían peligro, decidió cortar la
comunicación. Con anterioridad, había logrado comunicarme con nuestros amigos,
quienes, cerca cada uno de ellos de sus trabajos respectivos, volvieron a su
edificio a uña de caballo, pero ya los bomberos impedían el acceso al edificio
y, un par de horas más tarde, los encontré ante el edificio, junto a un vecino
que me agradeció haberle alertado con mis gritos, momento en el que le llena a
uno de satisfacción saber que tiene un grito estrictamente estentóreo. Ello me
recordó el reproche que me hizo un día un alumno, diciéndome que, al explicar,
gritaba, cuando, como cualquier docente sabe, el profesional de la enseñanza ha
de llegar con la voz hasta la última hilera de asientos de la clase y con
idéntica claridad. Detuve en aquel momento la explicación y, muy didácticamente,
le expliqué al alumno la diferencia entre una «voz potente» y el «grito», distinción que
ignoraba. La demostración consistió en emitir un grito, en todo semejante a la
voz de «¡fuego!» con que atravesé el patio de vecinos, y el pobre chiquillo,
llevándose las manos a los oídos, retrocedió dos pasos, asustado ante semejante
potencia vocal. Las risas de sus compañeros atenuaron la agresiva demostración
de la diferencia entre voz potente y grito, desde luego.
La
terrible tragedia de la progresión de las llamas en ese piso funcionó como un
espejo de la peor de las pesadillas que he tenido nunca: que se nos incendie el
nuestro, un auténtico piso-biblioteca, en el que no hay habitación sin
estanterías abarrotadas de libros, incluso en doble fondo, porque el piso ya no
da más de sí... En realidad, cuando decidimos comprar un piso, en una época en
la que aún se podía, a precio razonable, 1985, tomamos la decisión porque en el
piso de Gracia donde vivíamos, de cuarenta y cinco metros cuadrados, los libros
nos acabaron echando. La pesadilla de que se prendiera fuego en nuestra casa y
las llamas devoraran el sustrato material de toda una vida dedicada a la lectura
y al estudio es demasiado terrorífica como para considerarla ni siquiera
tibiamente. Miraba el fuego y, a pesar de los nubarrones de humo que se enseñorearon
del patio en pocos minutos, no logré apartar la mirada, una vez que la terraza
de M. y T. estuvo fuera de peligro, y no tardé en volver a esa pesadilla
recurrente: ver mi propia vivienda ocupada por esas llamas atroces inmolando,
con la insania de los jerarcas nazis, todo el saber sobre el que hemos
construido nuestras vidas. ¡Insoportable! A su manera, las imágenes de los
bosques ardiendo ahora mismo en media España se superponían a las de mi peor pesadilla: de
los árboles ha procedido la materia del soporte donde se han hecho realidad las
más fértiles imaginaciones de los hombres en todo el mundo. Y no notaba ni la asfixia
del humo ni el calor de un día insoportable de finales del peor julio climatológico
que hemos conocido: absorto en las llamas que ocupaban del suelo al techo
aquellas estancias, di en pensar si, ante lo irremediable, salvaría mi vida o
me dejaría calcinar, antes de tiempo, junto a pérdidas irreparables, tan mí mismo como mi propio
cuerpo y sin las que es posible que el cuerpo no pudiera responder como se
espera de cualquier cuerpo..., y pensaba en La llama de una vela, de Bachelard,
en las viudas indias que se lanzan a la
pira del marido fallecido y en mi afición desmesurada a engolfarme en las
llamas de los leños que arden en una chimenea, momentos cumbres e inefables de
mi vida. Sí, es evidente que se puede vivir sin libros, sin biblioteca personal
y hasta sin leer, pero que las llamaradas para las que una biblioteca son yesca
ilustrada consuman un modo de estar en el mundo, ¿cómo se enmienda o remedia?
Todas
las imágenes relacionadas con el fuego son tan atractivas como el abismo que, según
recordaba Nietzsche, acaba mirando dentro de nosotros: miraba el incendio al
otro lado del patio y estaba viviendo el mío propio, la devastación de toda una
vida creada en torno a los libros. No en vano siempre me han atraído las erupciones
volcánicas, y entre mis más intensos recuerdos está el modo inverosímil como
una columna de lava ardiente de un volcán submarino trepaba desde las
profundidades hasta salir a la superficie sin perder ni un ápice de su poder abrasador...
No,
no estaba preparado para recibir la imagen especular de mi propia pesadilla, y
por eso prolongue, estupefacto, mi presencia impotente, una vez consumada la
prestación de los míseros auxilios que pude proveer, ante unas llamas que me
partían el corazón y me pusieron al
borde del llanto en varias ocasiones. Me atrae el fuego, y le temo. Me
atrapa en su danza fallesca, pero le temo. Y nunca olvido que cualquier
descuido lo saca de su semilla mortífera y lo convierte en un espectro infernal
que todo lo devora, y le temo. Y lo amo.











