jueves, 30 de mayo de 2019

Crónicas de Robinson desde Laputa...III






Los carísimos bailes de disfraces electorales...

Llevaba un tiempo apartado de estas crónicas porque he dedicado mi tiempo, además de a conocer a fondo esta isla suspendida, a aprender su idioma, en el que he hecho progresos suficientes como para poder compartir con sus curiosos habitantes lo que para ellos es una pasión que yo nunca tuve en Inglaterra, la políticay que ahora, por razones de birlibirloque, tengo respecto de ese pequeño país, Torilandia, cuya realidad política, y no solo la política, pero sobre todo esta, consigno en estas crónicas incomprensibles para la mayoría de mis actuales conciudadanos flotantes.
Bien podría yo decir lo mismo que mi predecesor en este músico reino, Gulliver, respecto de nombre tan curioso como el de la sede del monarca de reino dividido entre la tierra y el cielo: La palabra que yo traduzco por la isla volante o flotante es en el idioma original laputa, de la cual no he podido saber nunca la verdadera etimología. Lap, en el lenguaje antiguo fuera de uso, significa alto, y untuh, piloto; de donde dicen que, por corrupción, se deriva laputa, de lapuntuh. Pero yo no estoy conforme con esta derivación, que se me antoja un poco forzada. Me arriesgué a ofrecer a los eruditos de allá la suposición propia de que laputa era quasi lapouted: de lap, que significa realmente el jugueteo de los rayos del sol en el mar, y outed, ala. Lo cual, sin embargo, no quiero imponer, sino, simplemente, someterlo al juicioso lector.
Aunque no sea bien mirado en estos predios elevados, porque, incomprensiblemente para sus estándares, se tiene en poco mi inteligencia, dado que no preciso del criado que use conmigo el climenole para salir de la alta concentración y mantener una conversación civilizado con cualquier laputiano, he descubierto que entre estos hay no pocos aficionados al arte de la política y a la discusión franca sobre la actividad de los partidos, sus programas y todo ese mundo de estrategias, intrigas, conjuras, proyectos y otros disparates que a mis convecinos les recuerdan más los proyectos de la Academia de Lagado, en tierra firme, que propiamente algo sensato, juicioso e inteligible. 
Sabedores de mi atención a lo que ocurre en ese horrísono país complejo, se ha convertido en una costumbre para muchos de ellos venir a dialogar conmigo sobre los últimos acontecimientos que sacuden, porque ahí funcionan por sacudidas, no por hechos, su vida política. Así pues, el terremoto que ha supuesto la convocatoria de dos jornadas electorales solo separados por las semanas que la ley exige de separación entre una y otra campaña electoral, nos ha tenido harto ocupados estos días. Como es obvio, desde Laputa otras realidades se ven con una claridad imposible de encontrar en aquellos lugares en los que incluso la supuesta prensa ajena a las luchas partidarias es más sectaria que los propios contendientes, habiéndose convertido en auténtica "prensa de partido" o de "trinchera", escójase ad libitum. Dichos procesos electorales: generales, municipales, autonómicas y europeas, más otros entes regionales, como en sus más que afortunadísimas Islas Canarias, han conseguido que la omnipresencia política de la momia del antiguo Caudillo pasase a mejor vida..., siendo sustituida por la feroz campaña de viejo agitprop por parte de quien, llegado al poder con añejas conjuras de rebotica, aspira a mantenerse agitando el espantajo de "las derechas" poco menos que cavernarias, troglodíticas y poco menos que caníbales y sanguinarias, sedientas de los típicos"niños crudos" que aún alentaban en alguna narración de Bécquer y en algún libelo del autor de las narraciones sobre esta misma isla desde la que pergeño mis crónicas. Hace tiempo que lo presentado como fiesta de la democracia, en sus inicios, las elecciones, se ha convertido en un baile de ajadas imposturas y truculento combate sin cuartel en el cieno de la demagogia, como esos combates de mujeres semidesnudas en el barro: que excitan  el polvo eres y en polvo te has de convertir que todos llevamos dentro... Aquí en Laputa, aunque me distraiga de mis queridos rancionales hispánicos, he de confesar que la atención privilegiada de las mujeres hacia los extranjeros, como es tradición entre los inuit del Ártico, facilitada por la abstracción en que viven sumidos los miembros de esta isla gobernante, me está deparando una estancia tan placentera que, a diferencia de Gulliver, no me va a importar alargarla. Él no pasó de los dos meses; yo llevo ya muchos más, y los que me quedan... La política tiene eso: es una narración interminable en la que los capítulos ni siquiera se escriben semanalmente, sino diariamente. Algo parecido al extraño invento -¡cómo les gustaría a los lagadianos haberlo descubierto!- de la televisión y las series a las que muchos rancionales se aferran como a la lectura de la biblia los evangélicos, esa secta protestante que solo protesta contra la moral ajena, pero no contra la explotación laboral, y que va conformando probables mayorías de extrema derecha allá donde arraiga y crece con fuerza entre los nativos.
Algo denigrante me ha parecido el lamentable espectáculo de ambas campañas: todos han tomado por tontos a todos los votantes. Y sin embargo, estos, escindidos en facciones que expulsan de sí todo lo que no sean sus exclusivos dogmas, han acudido a las urnas dispuestos a enterrar en ellas la voz de los contrarios derrotados. Al final, a pesar de las algarabías postelectorales en las que todos han ganado, salvo, ¡curiosamente!, y por unanimidad irrefutable, el partido de un líder estrafalario, reconvertido en pastor evangélico bolivariano que defendía, como todo programa, la aplicación de una Constitución que ha denigrado sistemáticamente desde su llegada a la política y con la que quería acabar para instaurar un añejo, anticuado, vejestorio y desacreditado comunismo asambleario; al final, digo, resulta que nadie ha ganado, porque, como señalan gozosos los laputianos, todo el mundo le puede hacer la puñeta a todo el mundo: desde que gobiernen quienes no deberían, hasta que se repitan las elecciones generales. Los habitantes de Torilandia suelen decir: "todas las posibilidades están abiertas", que un observador imparcial ha de traducir, de su bellísimo idioma español, a nuestro práctico inglés, como: no tenemos ni p... idea de qué pueda acabar pasando... Recordemos, además, y en eso no hay diferencias entre Inglaterra, Laputa y Torilandia, que la preocupación por la imagen de los líderes pasa muy por encima de lo que usualmente se entiende por "proyecto político". Los laputianos son adictos a las lecturas de los programas políticos, algo que no parece muy extendido entre los votantes rancionales, más amigos de los dimes y diretes y la chismografía, cuando no de los rumores o las intoxicaciones deliberadas.Se respira mal en la vida política rancional. Y con el fuego cruzado entre los pactos municipales y autonómicos y el encargo Real para formar gobierno de la nación, la irrespirabilidad ha ido en aumento tóxico imparable. ¡Suerte que tengo de estar tan alejado del punto geográfico de tan palpitante toxicidad! No conocí a Gulliver, y menos aún a su cronista, pero sí me veo obligado a recordar qué se entendía en Lagado por actividad política, para que esas conclusiones se trasladen a la del país que me atrae desde este mirador privilegiado: 
En la escuela de arbitristas políticos pasé mal rato. Los profesores parecían, a mi juicio, haber perdido el suyo; era una escena que me pone triste siempre que la recuerdo. Aquellas pobres gentes presentaban planes para persuadir a los monarcas de que escogieran los favoritos en razón de su sabiduría, capacidad y virtud; enseñaran a los ministros a consultar el bien común; recompensaran el mérito, las grandes aptitudes y los servicios eminentes; instruyeran a los príncipes en el conocimiento de que su verdadero interés es aquel que se asienta sobre los mismos cimientos que el de su pueblo; escogieran para los empleos a las personas capacitadas para desempeñarlos; con otras extrañas imposibles quimeras que nunca pasaron por cabeza humana, y confirmaron mi vieja observación de que no hay cosa tan irracional y extravagante que no haya sido sostenida como verdad alguna vez por un filósofo.
Y menos en Torilandia.

sábado, 4 de mayo de 2019

Caramba, caramba, ¡cartamba…!



La amistad, el humor y un proyecto quijotesco…

Con motivo de esta movilización general que he emprendido en pro de tan quijotesca aventura como la de editar por cuenta propia y ajena, la de la suscripción popular, un diccionario singular, en pleno siglo XXI, en el que las enciclopedias se han de lanzar a los contendores de reciclaje de papel porque no hay biblioteca ni institución académica que las quiera, me llega al correo la magnífica pieza literaria epistolar de mi amigo Joaquim Parellada, erasmista de pro, lector infatigable, ameno conversador y docto colega, quien se ha «marcado» una pieza promocional en la que se suman la literatura, el humor y la seducción a partes iguales. De hecho, una de los corresponsales del autor hasta ha creído que era una invención de Joaquim para “venderles” una obra escrita por el bajo el pseudónimo de mi heterónimo Dimas Mas. ¡El rizo rizado! que prueba que la literatura no tiene fronteras…, como tampoco las tiene la amistad, y a la prueba me remito:

Queridos amigos, colegas, familiares, todos y todas, 
Uno de mis más antiguos amigos (no solo en las lejanas aulas del patio de Letras sino también en las covachuelas galdosianas de la Delegación de Hacienda de la Vía Layetana), al que algunos ya conoceréis bajo el seudónimo de Dimas Mas, se ha lanzado a la aventura de publicar un nuevo libro, que yo he tenido ocasión de catar, es decir de hojear, titulado El tesoro olvidado. Breve diccionario de elocuencia minimalista. Se trata, en efecto, de un diccionario de voces olvidadas pero existentes en el Diccionario, a las que Dimas añade glosas llenas de sentido del humor y de literatura. 
La edición de este volumen de 700 páginas encuadernadas en tapa dura, ha corrido a cargo de Emilio Pascual, para su editorial Oportet. Pascual fue Director editorial en Anaya y en Cátedra, y a él se debe la magnífica edición de otra novela de Dimas Mas (la de más éxito, probablemente) El tesoro de Fermín Minar en la colección de clásicos Tus libros. Dimas Mas publicó también en Anagrama Nadie en persona, que es una de sus novelas por la que tengo preferencia. 
Como los tiempos que corren son duros, sobre todo para las letras, el buen hombre ha tenido la idea de montar una plataforma de micromecenazgo para lograr su objetivo. La suscripción es ¡sólo! de 30€ y da derecho al diccionario y a algún otro producto literario de propina, como veréis si accedéis a la página en cuestión. 
Las dos o tres entradas que he podido leer del libro me han parecido originales y muy divertidas y, en consecuencia, os animo a realizar la suscripción, tal como acabo de hacer yo mismo. Pensad que, si esta se lleva a cabo (que se llevará) seréis uno de los pocos poseedores de lo que acabará siendo una rareza bibliográfica que podréis legar en vuestro testamento a quien os apetezca. 
Además el libro tiene la ventaja de que lo podéis leer como os dé la gana: no hace falta empezar por el principio. 
Y por último, si no os apetece leerlo (cosa dudosa) siempre podéis comprarlo para regalar: seréis muy originales (aunque luego os arrepentiréis de no haber adquirido uno para vosotros, os advierto). 
En fin, espero con estas líneas seducir al máximo número de compradores, pues de ello depende la comisión que Dimas me ha prometido. Y, claro está, reenviad este correo a quien os apetezca. Como mínimo a diez personas; en caso contrario, no respondo de lo que os pueda pasar (se romperá la cadena, etc.). Eso sí, no os durmáis: tenéis solo 40 días desde hoy mismo para realizar la suscripción. Y recordad: si no os complace, yo no os devuelvo el dinero ni Dimas tampoco, pero esta opción es impensable. 
La página de la suscripción es la siguiente: https://www.verkami.com/projects/23367-descubrir-el-tesoro-olvidado 
Quienes quieran más información pueden entrar en la página de FaceBook del autor, donde está colgada la fotografía de las cubiertas y una palabra como botón de muestra del contenido del diccionario: 
https://www.facebook.com/dimas.mas.3954
Un abrazo fuerte a todos.
J.



sábado, 13 de abril de 2019

Una foto y un destino...


Una torpe pincelada de autoficción...

Ese que ahí veis, de gesto morrocotudo, mirada porfiada, jersey de ochos y airada defensa de la inocencia está castigado en la clase de los "mayores", y, a tanta distancia, lo que aún le sigue sorprendiendo a quien lo ve como "otro" es que apareciera una máquina de fotos, ¡en aquellos años en que ni había aparecido "el desarrollo"!, y él se convirtiera en el objetivo del fotógrafo improvisado. Su hermano mayor tiene la foto "oficial", sentado en la mesa del profesor, con un libro abierto, con el mapa de España detrás y un globo terráqueo sobre la mesa; ese que ahí veis, está sentado con rabia e impotencia, el mapa desenfocado le cae de lado y solo parece tener ojos para imaginar la ficción de la imposible venganza... Ese trasto escolar,  ese perillán, sin otro don que leer con corrección en aquellos años, en libros de lectura con letra cursiva de autores con bigote y perilla, don que luego no  ejercería sino al llegar a los quince años,  se aferra a su indignación ante la injusticia, porque ese enfado nos habla de la justa razón contrariada, y de su contrario: la flagrante injusticia, convertida, para más inri en el hazmerreír de los estudiantes mayores. No sé qué le pasaba por el magín a ese zascandil herido, ni qué chispas de pedernal arrancaban los coscorrones que se dibujaban en su coronilla con ritmo militar; esa imagen es algo así como un complicado emblema de Alciato diseñado para inducir a equívoco, no para ilustrar una virtud común. ¡Cuánto esfuerzo supondría trazar la línea cronológica por la que aquel pedazo de pan mojado en inocentes hieles subversivas llegaría a escribir un diccionario de casi ochocientas páginas rescatando un precioso léxico a punto de ser arrumbado en la covachuela silenciosa, húmeda e inaccesible donde se entierran sin mayor ceremonia de despedida las palabras que algún día estuvieron en la lengua de los hablantes tan vivas como ahora él las rescata! Pero así fue, y así lo cuento yo ahora, que veo a ese botarate a una distancia de sesenta años, reconociéndome aún en ese empecinamiento, en esa testarudez, en ese deseo impetuoso, en esa fiereza egocéntrica de quien tengo para mí que ya intuía qué significaba eso de ser una provincia mayor que el mundo...
En cualquier caso, aquí queda consignada la invitación a los morenos lectores para participar en la tarea de conseguir que ese diccionario El tesoro olvidado. Breve diccionario de la elocuencia minimalista. Quinientas palabras para quien quedar bien quiera, vea la luz, aquí: 
https://www.verkami.com/projects/23367-descubrir-el-tesoro-olvidado

   

miércoles, 6 de marzo de 2019

Un discurso político y la política en un discurso.




Respuesta de Rajoy, el 8 de abril de 2014, a los comisionados catalanes, Rovira, Turull y Herrera,  que pedían se les transfiriera la competencia para organizar un referéndum de autodeterminación.

Es curioso que en los largos años de dedicación oyente a los plenos del Congreso de los Diputados, en los que me he tragado infinidad de discursos de todo pelaje, solo uno me haya parecido que expresaba a la perfección la esencia de lo que es nuestra democracia, y casi lamento decir que quien lo profirió en su día haya sido, sin duda, uno de los más mediocres políticos que hayamos tenido en el ejercicio del poder desde 1977. Intuyo que detrás de él, del discurso, está la mano de la abogacía del estado y que sería bueno, en aras de la honestidad intelectual, que se conociera cuanto antes el nombre o los nombres de los que lo escribieron o, en su defecto, suministraron las idea que con claridad meridiana trazan las únicas líneas rojas que se pueden trazar en el seno de nuestra democracia, porque se habla en él, insisto, de  las condiciones sine qua non de nuestra democracia, fundada sobre la Constitución de 1978 y gracias a la cual podemos seguir existiendo como pueblo unido cuyos derechos nadie ha arrebatado, aunque unos pocos dementes, actualmente sometidos a juicio, lo hayan intentado. El Parlamento de Cataluña decidió enviar al Congreso de los Diputados -en vez de haber ido el Nada Honorable Artur Mas (Àrtur para los acomplejados) para acabar siendo vapuleado como lo fue el señor Ibarretxe cuando se presentó en el Congreso con idéntico espíritu separatista- una delegación compuesta por tres personas cuyos destinos del 14 acá son bien dispares: Herrera está fuera de la política, descabalgado de IC-V, y repescado por el psoe de snchz como Director general del Instituto para Diversificación y Ahorro de la Energía en el Ministerio de Transición Ecológica; Marta Rovira es una fugada de la Justicia y Jordi Turull, en prisión preventiva para que no consume una fuga idéntica a la de Puigdemont, Rovira et alii, y actualmente sometido a Juicio en el Tribunal Supremo por los “hechos” presuntamente delictivos -aprobar leyes inconstitucionales de desconexión del ordenamiento jurídico español, convocar un referéndum ilegal y proclamar la Repùblica catalana-  cometidos en setiembre y octubre de 2017. En aquella ocasión, los comisionados explicaron con toda la libertad del mundo la pretensión de que el Gobierno de España les concediera la competencia para convocar dicho referéndum de autodeterminación, si bien se cuidaron muy mucho de usar dicha expresión, sustituida por el eufemismo “derecho a decidir”, una aberración conceptual que tuvo no poco éxito popular en las abonadas tierras de la intolerancia secesionista. Seguí en su momento la respuesta de Mariano Rajoy con total interés, porque tenía para mí que lo que estaba en discusión era cuál era la concepción democrática de nuestra sistema político que impedía legalmente acceder a dicha petición extracompetencial. Y Rajoy, lo confieso, no me decepcionó. Enseguida advertí que otros habían puesto los conceptos y él la voz, y quizás prueba de ello fue la ausencia, en su discurso, de esas socarronerías gallegas a las que tan aficionado ha sido siempre el expresidente. Se trataba, por decirlo en términos solemnes, de un Discurso de Estado, no de un discurso ni de Presidente de Gobierno ni de Presidente del PP, y a fe que tal condición satisfizo todas mis expectativas, porque, por primera vez, seguía un razonamiento jurídico de primer nivel que me explicitaba cuáles eran las posibilidades reales de acción no solo del Parlamento, sino, sobre todo, del Presidente de Gobierno, es decir, las auténticas e inimitables líneas rojas que incluso protegen la Constitución de la hipotética deriva autoritaria de una mayoría absoluta o de una reforma de la Constitución que pretenda eliminar lo que son los derechos fundamentales de los ciudadanos, empezando, claro está, por la soberanía nacional. Se trata, como se advierte, de un discurso constitucionalista en el mejor sentido de la palabra, pero ajustado al ámbito por excelencia del debate político: el Parlamento. He querido hoy recordar aquel discurso porque, a mi modesto entender -quizás el propio de mis muchas limitaciones- se trata de un momento crucial en nuestro parlamentarismo, de un hito al que acaso no se le ha reconocido el valor fundamental (como fundamento de nuestro sistema democrático) que tuvo, que tiene y que espero que siga teniendo para el bien de nuestro país.
         A continuación, expongo aquí los fragmentos imprescindibles y teóricos de ese discurso que marcaba los límites de un diálogo que, como acaba de descubrir el frívolo ingenuo que nos gobierna, no solo existen, sino que ponen de manifiesto la raíz autoritaria de la imposición de quienes, desde el golpismo secesionista, dicen defenderlo a capa y espada. Recuerdo, a título anecdótico, que aquel pleno también pasó al anecdotario por el bochorno que sufrimos todos los catalanes al oír los discursos de quienes, supuestamente, nos representaban a todos, pero, en realidad, solo a quienes acabarían dando un golpe de estado, proclamación de la República catalana incluida. Herrera fue entonces, como actualmente la alcaldesa Immaculada Colau, el compañero de viaje de aquella insensatez que derivó en transgresión de las leyes. La pobreza expresiva, conceptual, de la señora Rovira dejó muestras indelebles de que aquella aventura no podía acabar bien, como ahora lo estamos comprobando. Rajoy supo allegar los materiales precisos para construir un discurso que, a día de hoy, y visto el desarrollo de los acontecimientos históricos, lo reivindican como un político leal al ordenamiento constitucional en su conjunto. Insisto, con todo, en que sería bueno que se supieran sus «fuentes» para honrarlas públicamente como se merecen. En el ínterin, lean quienes quieran oír argumentos de primera calidad, este discurso digno de ser enmarcado como un sucinto recordatorio de las poderosas  virtudes de la Constitución de 1978:

Señor presidente del Congreso de los Diputados, señora Rovira, señor Turull, señor Herrera, representantes del Parlament de Catalunya, señoras y señores diputados, las razones que me mueven para intervenir hoy aquí van más allá de la literalidad de la iniciativa que debatimos. Acudir a esta Cámara para exponer la posición de este Gobierno es para mí un ejercicio de responsabilidad. Quien ha presentado esta proposición de ley ha optado por trasladar el debate de sus propuestas a la sede de la soberanía popular. Lo considero un acierto. Debatir en esta Cámara es una muestra del papel primordial que en democracia tiene el Congreso de los Diputados. Es reconocer y respetar la representación que aquí se ejerce de todos los españoles sin excepción. Por eso intervengo. Más allá de acordar o no la delegación o transferencia de una competencia, quiero dirigirme a todos los ciudadanos, y muy especialmente a los ciudadanos de Cataluña, para transmitirles que, como presidente del Gobierno, soy y seré el presidente de todos. Trabajo por el bienestar de todos, lucho por sus derechos y por sus libertades que con esfuerzo logramos entre todos y entre todos hoy conservamos; y, por todo ello, defiendo la permanencia de Cataluña en España porque no concibo España sin Cataluña ni concibo una Cataluña fuera de España y de Europa. Esta es para mí no solo una cuestión de legalidad o de balanzas, es una cuestión de sentimientos, de afectos, de historia compartida y de futuro.
El preámbulo deja claro, a diferencia de nuestro actual presidente, que Rajoy se considera el Presidente de todos los catalanes, algo que snchz ha desmentido con sus actos al recibir exclusivamente a los secesionistas y negociar con ellos, sin haber recibido en ningún momento a la ganadora de las elecciones en Cataluña, Inés Arrimadas, ni interesarse por las reivindicaciones de quienes se oponen frontalmente a los designios secesionistas de quienes están en el poder autonómico, pero sin «representar» los intereses de «todos» los catalanes.
         Señorías, hoy voy a hablar del desafío que algunos pretenden plantear al Estado, un proyecto de ruptura del que esta proposición de ley es solo una pieza instrumental. Intervengo para reiterar algo que todos los ciudadanos saben, incluso quienes han defendido hoy aquí esta iniciativa: que no hay democracia sin ley. Intervengo también para explicar a todos los ciudadanos, particularmente a los de Cataluña, lo mucho que nos une y los riesgos que entraña un proyecto de fractura. […] Dicho esto, con su permiso, voy a entrar en materia. Lo que ustedes, señores representantes del Parlament de Catalunya, han pedido a este Parlamento —no al Gobierno de España ni a su presidente sino a este Parlamento— es que deleguemos en la Generalitat de Catalunya la competencia para autorizar, convocar y celebrar un referéndum consultivo para que los catalanes se pronuncien sobre el futuro político colectivo de Cataluña. Previamente a esta petición nos han anunciado, a través de los medios de comunicación, al Gobierno de España y también a esta Cámara que el día 9 de noviembre de este año harán un referéndum en el que formularán dos preguntas: ¿Quiere que Cataluña se convierta en un Estado? En caso afirmativo, ¿quiere que este Estado sea independiente? Y nos ofrecen —lo acabamos de escuchar aquí— un acuerdo que consiste en que digamos que sí a esta decisión que ustedes unilateralmente han adoptado.
         La distinción entre Congreso y Gobierno es de una pertinencia total. Igualmente, Rajoy recuerda que estamos ante una falsa política dialogante, porque se va al Parlamento a pedir una autorización para algo que ya ha sido convocado unilateralmente, fuera de la ley, con fecha incluida. Es decir, un paripé representativo frente a hechos consumados.
 Señores comisionados del Parlament de Catalunya, señorías, voy a explicarles con toda cordialidad por qué me parece que no se puede acceder a lo que nos solicitan. Las razones que expondré van más allá de mi posición política, de mi programa de Gobierno, de mis ideas, de mis opiniones o de mis conveniencias. Se apoyan en el único terreno por el que en un asunto como este me está permitido transitar: la ley y el deber; lo que autoriza o rechaza la ley unido a lo que exigen o prohíben los deberes de mi cargo. Señorías, lo que hemos escuchado antes en la lectura del comunicado del Gobierno puede resumirse en muy pocas palabras: no es posible atender a lo que nos solicita el Parlament de Catalunya porque no lo permite la Constitución. No lo permite porque, independientemente del uso que se le quiera dar, se trata de una competencia indelegable. El Parlament de Catalunya reclama para la Generalitat la competencia para autorizar un referéndum. Ha optado por pedir a las Cortes Generales, al Parlamento de la nación, que le transfiera, que le dé la capacidad, la competencia de autorizar por sí misma ese referéndum. Señorías, el referéndum es una manifestación de un derecho fundamental, el derecho de participación política, y como tal, por imperativo de nuestra Constitución, ha de ser regulado en ley orgánica, y al Estado corresponde con carácter exclusivo la regulación de las condiciones de su ejercicio. Esa misma Constitución atribuye al Estado la competencia exclusiva en materia de referéndum como es autorizar o denegar su convocatoria; ese es el contenido mismo y único de la competencia, y esa autorización estatal es la garantía del derecho de participación política que la Constitución reconoce a todos los españoles. En efecto, señorías, si se repasan en nuestra ley suprema las competencias exclusivas del Estado, salta a la vista que se trata de aquellas que afectan a todos los españoles, a sus derechos, a su nacionalidad, a su igualdad. Esa es la idea de Estado que recoge la Constitución, como la inmensa mayoría de las constituciones, el que administra lo que es común, lo que los constituyentes no quisieron dejar en manos de otras administraciones porque importaba a todos, y a todos por igual. Señorías, sobre estas competencias exclusivas se estableció la cautela de que, aunque pudieran delegarse algunas funciones, ninguna de ellas podría transferirse en su totalidad. El Estado debería conservar siempre la titularidad de sus competencias para no dejar a los ciudadanos, a sus derechos y a su igualdad desguarnecidos o, si lo prefieren, para no privar al Estado de su principal razón de ser y existir; en otras palabras, señorías, la titularidad de las competencias exclusivas es indelegable. Si este Parlamento, este, tuviera la potestad de transferir la titularidad de todas las competencias exclusivas, estas Cortes tendrían la posibilidad de liquidar la Constitución y el Estado mismo sin el concurso ni la aprobación del conjunto de los españoles. Este es el tema, señorías. Pues bien, en el caso que nos ocupa, la autorización para celebrar un referéndum, no cabría otra opción que delegar la titularidad, pero es una competencia que no es divisible, consiste exclusivamente en la autorización. Lo que se solicita abarca todo el contenido de la competencia; transferirlo equivale a vaciarla, es decir, a perder la titularidad. Por decirlo de otra manera, el Estado puede autorizar o no un referéndum, lo que no puede hacer es delegar en otros para que lo autoricen, que es lo que ustedes solicitan. Dicho esto, a mayor abundamiento añado: lo que tampoco está permitido es autorizar —no hablo ya de delegar— un referéndum cuyo propósito sea radicalmente contrario a la Constitución. Lo que pretende ese referéndum, independientemente de los eufemismos con que se camufle, es proclamar una soberanía que no existe porque nuestra Constitución no la reconoce. Como todos ustedes saben, el Tribunal Constitucional acaba de pronunciarse en este sentido. Señorías, la soberanía del pueblo, la soberanía española corresponde a todos los españoles, a todos. No existen soberanías regionales, ni provinciales, ni locales; no existen ni se pueden crear, ni se podrían admitir, al menos con esta Constitución. Esto importa mucho, señores portavoces, porque no estamos hablando solamente de Cataluña. Hablamos de España entera, de los intereses de España, del futuro de España y de quién está facultado para tomar las decisiones que afectan a toda España; de eso hablamos. En todo aquello que les atañe los españoles tienen derecho a intervenir y, como es natural, ni quieren ni deben quedarse callados, ni nosotros podríamos discutir semejante privación de tan fundamental derecho. (Aplausos). Señorías, por eso están ustedes aquí, por eso han venido a depositar su solicitud en la sede de la soberanía española. Siendo esto así, que lo es, ¿qué sentido tiene solicitar que una parte de los españoles puedan tomar decisiones en nombre de todos los demás? Señorías, ni este Gobierno que yo presido, ni las Cortes Generales, ni el Parlament de Catalunya, nadie, puede legítimamente privar de manera unilateral al conjunto del pueblo español, único titular de la soberanía, de su derecho a decidir sobre el futuro colectivo. En resumen, estas son las razones por las que pienso que no se puede atender la solicitud que ustedes plantean. Ni la competencia que demandan es transferible ni el propósito para el que la solicitan es conforme a la ley. Cualquiera de ambas cosas, a mi entender, choca abiertamente contra la Constitución. Señorías, si como acabo de decir, este Parlamento tuviera la capacidad de transferir la titularidad de todas las competencias exclusivas o de romper la soberanía nacional, estas Cortes se estarían situando por encima mismo del conjunto del pueblo español. Esto no es así porque nuestra Constitución nació en 1978 y es, por fortuna, hija de su tiempo, por eso nos permitió construir lo que hoy, como ustedes saben, se llama una democracia constitucional, es decir, una democracia avanzada que asegura la protección de la soberanía nacional y la inviolabilidad de los derechos fundamentales de los españoles. No los protege contra el mal tiempo; los protege contra el Gobierno —sí—, contra las mayorías —sí— y contra cualquiera que no sea el conjunto del pueblo soberano, es decir, el conjunto del pueblo español. (Aplausos). Señorías, la nuestra, como todas las constituciones modernas, protege la soberanía nacional y también los derechos fundamentales, y lo hace frente a toda clase de amenazas; por eso no permite que los cambios de Gobierno o los vaivenes de las mayorías puedan repercutir en ellos. ¿Qué les parecería, por ejemplo, que llegara al Gobierno un partido o una coalición de partidos con mayoría absoluta y dispusieran que los españoles no son iguales ante la ley o que se suprime el secreto de las comunicaciones y que nadie fuera libre para entrar y salir libremente de España? ¿Por qué no es siquiera imaginable que esto ocurra? Porque la Constitución, por fortuna, no lo permite; más aún, prohíbe incluso que los titulares de los derechos puedan renunciar a ellos. No permite, por ejemplo, que se suprima el derecho de huelga ni aunque los soliciten los trabajadores, ni que se pueda renunciar al derecho a la libertad de expresión o a los derechos de reunión y manifestación entre otros. Por eso además encomienda a un alto tribunal la tarea de enjuiciar la constitucionalidad de las leyes para estar seguros de que ninguna ley, aprobada aquí —claro que sí, aquí— lesiona los valores, los principios y los derechos que recogimos en la Constitución. Gracias a todo eso todo el mundo sabe de antemano que puede confiar en que ningún Gobierno, sean cuales sean sus principios políticos, hará determinadas cosas, no porque no quiera a lo mejor, sino porque, afortunadamente, no puede. Esa es la razón, señorías, por la cual la Constitución se empeña en prohibir obstinadamente ciertas cosas. De nada sirve, frente a esa realidad insoslayable, vestir las reclamaciones de calor popular. Algunas cosas no cambian ni con manifestaciones ni con plebiscitos. Eso no es posible, ahora no es posible. Se redactó la Constitución de manera que no fuera posible, y esto es lo que yo deseo que entiendan, aunque no lo compartan, pero lo deseo. No se trata de una cuestión de voluntad política, ni de flexibilidad, ni de hallar un punto de encuentro, ni de que cedamos más o menos. No es algo que podamos resolver el señor Mas —aunque hubiera venido hoy— y yo con un café; aunque tomáramos quinientos, seguiría faltándonos lo que no tenemos: la potestad que la Constitución nos niega. (Prolongados aplausos). Señorías, esta es la realidad, salvo que se cambie la Constitución; y para cambiar la Constitución hay reglas que no se pueden saltar. Estas son nuestras reglas de convivencia, las únicas que cuentan, las únicas vigentes; porque, señorías, cada constitución clausura el pasado y abre un capítulo nuevo en la convivencia. A ningún francés de la V República se le ocurre apelar a las normas de la IV; sería ridículo. En España ocurre igual; de nada sirve apelar al pasado, porque las constituciones son como los testamentos, señorías, la última anula todas las anteriores. Cada constitución es un punto y aparte en la historia que deja las cuentas saldadas. Por eso se vota en referéndum, para que lo que se acuerda solemnemente entre todos pueda obligar a todos. Nadie impuso a nadie la Constitución en 1978. En Cataluña, por ejemplo, la refrendó el 90,4% de los ciudadanos que acudieron a las urnas, muy por encima de la media del conjunto de España. Lo hicieron porque quisieron, por su propio interés, por las razones que fuera. No consideraron que fuera una mordaza; es más, consideraron que era una garantía. No pensaron que era un grillete, sino una salvaguarda. Esa fue la más genuina, la más libre y la más auténtica autodeterminación de Cataluña. (Aplausos). Señores representantes del Parlament de Catalunya, señorías, esto es lo que dice la ley. Yo, como presidente del Gobierno, estoy obligado a cumplir la ley, y no me pidan que deje de hacerlo. Pídanme otra cosa, pero no me pidan que incumpla la ley. No me pidan que me salte la soberanía nacional. Yo estoy obligado a cumplir la ley y todos los que están aquí también están obligados a cumplir la ley.
Esta es la parte doctrinal, llamémosla así, del discurso, donde se expone con total claridad lo que les está permitido a los gobernantes y que, a mi entender, ni siquiera una reforma de la Constitución sería capaz de anular, en la medida en que suprimir derechos fundamentales pecaría ipso facto de anticonstitucionalidad, del mismo modo que no puede invocarse una mayoría absoluta que cambie la constitución para anular la soberanía nacional y «fragmentarla» en soberanías autonómicas, regionales o provinciales. Rajoy levantó ante los delegados catalanes el muro imponente de la Constitución, que tiene sus propias salvaguardas, para bien de todos, como estamos viendo, sobre todo, desde que las derechas nacionalistas en Cataluña decidieron abrazar los postulados de la extrema derecha y llevarnos a una concepción identitaria, supremacista y xenófoba de un supuesto sujeto histórico soberano llamado un sol poble cuyos «intérpretes» interesados solo buscan la división de los ciudadanos de la autonomía y asegurar su situación de privilegio en el entramado social a todos los niveles, desde la política hasta la enseñanza pasando por los medios de comunicación e incluso, hasta donde puedan, por la vida económica.
Ante esta realidad que acabo de exponerles y que ustedes mismos comprenden que es infranqueable, se las han ingeniado para buscar maniobras de distracción que desvíen los focos de la cuestión fundamental y trasladen el debate a otros terrenos. Señorías, en los últimos tiempos hemos escuchado algunas afirmaciones que sinceramente pienso que solo sirven a quienes quieren el enfrentamiento, la fractura y la división para justificar su propio proyecto y que en nada ayudan a la convivencia, la concordia y el progreso. Permítanme también darles mi opinión sobre ese asunto. Les voy a dar mi opinión; les voy a decir lo que pienso, igual que ustedes dijeron lo que ustedes piensan. No es verdad que en Cataluña sufran una opresión insoportable; no es verdad, señorías. No es verdad que se persiga la lengua catalana o que se asfixie su cultura, no es verdad. No es verdad que se pongan trabas al desarrollo económico ni que se torpedee el bienestar, no es verdad. Tampoco es verdad que no se les ayude en las dificultades o que se les aplique un trato discriminatorio respecto a otras comunidades autónomas, no es verdad. Tampoco es verdad que en los países civilizados, cuando una región quiere apartarse, le abran la puerta para que salga llevándose una porción del territorio común; eso no pasa, señorías, en ningún lugar del mundo. (Aplausos). No me hablen de Escocia porque, como ustedes saben o deberían saber, responde a supuestos históricos y constitucionales muy distintos. Por cierto, si Escocia tuviera la mitad de la mitad de las competencias que tiene Cataluña, no se tomarían allí tantas molestias. (Aplausos). En suma señorías, yo no puedo compartir —por eso lo afirmo aquí— una hipotética historia de agravios, no puedo asumir su relato de opresión. Sinceramente, no puedo aceptarlo porque no es verdad, yo no lo veo así. Señorías, yo veo las cosas de otra manera. Yo veo esos siglos de historia en común; siglos de unión compartida, generaciones de españoles unidos en un destino común, en las ilusiones, en los éxitos, en las dificultades y en las diferencias, que en democracia siempre hemos resuelto con voluntad de entendimiento. He vivido también lo que hemos hecho juntos en los últimos años, que han sido momentos de prosperidad y de concordia. Señorías, nuestra Constitución ha sido el gran exponente de todo esto; no solo nos ha dado un sistema democrático y la garantía de nuestros derechos, también un grado de autogobierno sin parangón en nuestra historia y en los países de nuestro entorno. Nunca en la historia, nunca, Cataluña ha tenido un nivel de autogobierno como el que tiene en el día de hoy, nunca, y ha sido gracias a la Constitución española. Todo esto, el sistema democrático, los derechos españoles y el sistema de autogobierno no existirían si no existiera la Constitución española. (Aplausos). Señorías, bajo la vigencia de esta Constitución Cataluña alcanzó en 2007 una renta per cápita del 120% de la media de la Unión Europea —repito, bajo la vigencia de esta Constitución—, y no es casualidad que desde 1978 el crecimiento experimentado en nuestro país haya sido muy superior al registrado por cualquiera de las países de la OCDE. Señorías, a pesar de la crisis que estamos viviendo, todos juntos formamos parte de una exitosa historia de progreso que sitúa a España entre los cinco países del mundo que más ha avanzado en los últimos cincuenta años. Por eso tampoco puedo compartir su relato. Perdónenme la vanidad —perdónenmela, si hacen el favor—, pero tal vez yo creo en Cataluña más que ustedes. (Aplausos). Al menos yo no me siento en la necesidad de demostrar a cada paso que Cataluña existe. Me consta que existe, que es uno de los puntales de nuestra patria, que no se entiende a España sin ella del mismo modo que resultaría incomprensible Cataluña sin el resto de España. (Aplausos). Señorías, amo a Cataluña como a las demás comunidades; no como algo simplemente entrañable, sino como algo propio. Valoro mucho lo que nos aporta su diversidad, su lengua, su cultura, el espíritu emprendedor e innovador de los catalanes, su amor al trabajo, a la obra bien hecha, a la feina ben feta. (Aplausos.—Rumores). Señorías, valoro, en fin, la inmensa aportación de Cataluña a nuestro pasado, a nuestro presente y —estoy seguro de ello— a nuestro futuro. Lo importante no es que lo valore yo, que soy una persona, una más; lo importante es que en estas palabras que acabo de pronunciar se siente representada una gran mayoría de los españoles que no viven en Cataluña, aunque nada tengan que ver con las ideas que yo defiendo.
Son muchos los que han insistido en que no se combatía el relato nacionalista, si bien lo que acaso quieran decir es que no se daba la tabarra con el contrarrelato como los secesionistas  la han dado con el suyo, y en eso podemos estar de acuerdo, pero en esa sesión Rajoy trazó las líneas maestras de un contrarrelato impecable que, dada su contundencia fáctica ni siquiera merece la degradación de la repetición ad náuseam que sus oponentes llevan a cabo, repitiendo bulos, mentiras, fakes, que se dice ahora, sobre una invención con las patas más cortas aún que la mentira.
Lo siento, señorías, por razones legales, pero también por lo que acabo de señalar, no puedo aceptar sus argumentos. Tampoco puedo aceptar —y entiendan bien lo que voy a decirles— que se intente tergiversar por algunos —digamos que por algunos— el verdadero significado y alcance de las cosas. Por ejemplo, nadie discute el verdadero derecho a decidir. Todos los españoles lo ejercemos habitualmente. ¿Acaso acudimos a las urnas por otro motivo? Lo hacemos para decidir. En cuarenta y una ocasiones han acudido los ciudadanos catalanes a las urnas desde que volvió la democracia a nuestro país. Señorías, los habitantes de cada comunidad tienen derecho a escoger quién gobierna su autonomía, pero no tienen derecho a decidir qué hemos de hacer con España. Cada catalán, como cada gallego o cada andaluz, es copropietario de toda España, que es un bien indiviso. Ningún español es propietario de la provincia que ocupa, como ningún vecino es propietario de las calles por las que transita. La autonomía no supone transferencia de soberanía; no otorga la propiedad del territorio, sino la responsabilidad de gobernarlo con arreglo a la ley. (Aplausos). Señorías, el derecho a decidir sobre su futuro político lo tiene el conjunto del pueblo español y no solo una parte del mismo. Yo no tengo derecho, como gallego, a decidir sobre el futuro de Galicia sin contar con el criterio del resto de los españoles. Tal y como ustedes están planteando el derecho a decidir lo que están haciendo —fíjense lo que les voy a decir—, a lo mejor sin darse cuenta o sin querer, es privar al resto de los ciudadanos españoles de su derecho a decidir lo que quieren que sea su país. Eso es lo que está ocurriendo. Señorías, una parte no puede decidir sobre el todo. Esto no ocurre en ninguna Constitución del mundo, en ninguna. No hay una sola Constitución en el mundo que diga que una parte puede decidir sobre el todo, tampoco la nuestra, salvo que lo modifique quien tiene el derecho a decidir, que es el conjunto de la soberanía nacional. Señorías, la otra argucia que algunos cultivan consiste en afirmar que el referéndum es un ejercicio democrático, por tanto, saludable, y que votar encarna la esencia de la democracia. ¿Cómo es posible que un demócrata —dicen— prohíba una votación? Sin duda votar es un derecho democrático. Lo es, pero no en cualquier sitio, ni de cualquier manera, ni sobre cualquier asunto. Votar es democrático, sí, claro que lo es. La democracia no se entiende sin las urnas, sí, pero no bastan las urnas para que un acto sea democrático. ¿Qué es lo que falta? Falta el respeto a la ley. La esencia de la democracia es el respeto a la ley, es decir, el propósito —señorías, esto es muy importante, si queremos ser, y lo somos, y tenemos derecho a serlo, una democracia seria— de no reconocer otra autoridad por encima de los ciudadanos que la de la ley; eso es la democracia. (Aplausos). Señorías, la esencia de la democracia es que todo, incluidas las votaciones, y todos, incluidos los parlamentos y los Gobiernos, tienen que atenerse a las normas. Ser demócrata implica aceptar esa obediencia a la ley. Por eso se dice, con razón, que la democracia es el imperio de la ley. En suma, señorías, ni la ley permite satisfacer su pretensión, ni sus argumentos son asumibles, al menos para quien les está hablando.
Que Rajoy dedicara buena parte de su discurso a rebatir las falacias del prusés, algo que hizo con la brillantez de la serenidad y la ausencia de énfasis innecesario, no bastó, sin embargo, para que, por aquellas épocas, aún el psC defendiera «con uñas y dientes» la falacia de esa aberración conceptual que recibió el nombre eufemístico de «derecho a decidir», que escondía la auténtica cara que de lo que se exigía, una vez caída la careta: el «derecho de autodeterminación» por su cara bonita, que vale tanto como la de ese adefesio del identitarismo autoritario y xenófobo de quienes lo defienden.
No quisiera terminar esta intervención sin hablar de lo que ustedes no hablan, de las consecuencias que tendrían para los ciudadanos que viven en Cataluña lo que ustedes proponen, porque también es muy importante que la gente sepa muy bien qué es lo que se les está proponiendo. Ustedes diseñan un futuro idílico en el que todo sale bien, y los inconvenientes no aparecen, ni siquiera en la letra pequeña. Señorías, creo que cuando alguien habla en serio expone las ventajas y los inconvenientes. Nada hemos escuchado nunca de los segundos. Ni siquiera citan la evidencia —insisto, la evidencia— de que Cataluña sería más pobre, que saldría de Europa sine die, del euro, de la ONU y de los tratados internacionales. ¿Han explicado ustedes a los ciudadanos de Cataluña que perderían todos los derechos que les corresponden en España como ciudadanos españoles, porque dejarían de serlo, incluso el de libertad de entrada y circulación en su propia patria y en todo el espacio europeo? ¿Les han explicado también que perderían sus ventajas como europeos, entre otros, los fondos comunitarios, las ayudas agrícolas y que se quedarían fuera también del mercado único, con todo lo que eso significa para una economía tan pujante como la catalana en el mundo global? ¿Sabe usted lo que puede significar salir del BCE para las entidades financieras de Cataluña y para todas las personas que tienen allí sus ahorros, ya sea en forma de depósitos, planes de pensiones o fondos de inversión? No voy a continuar, pero podría dedicarle mucho tiempo a explicar aquí cuáles son las consecuencias de esa decisión. Perdónenme —hablaba alguno de ustedes en su intervención—, nos dicen que vagamos por el espacio. No había oído yo esa expresión. Yo creo que lo que están ofreciendo ustedes es lo más parecido que se puede imaginar a la isla de Robinson Crusoe. (Aplausos). Señorías, lo menos que cabría pedir a quienes plantean proyectos de ruptura es que expliquen con sinceridad sus consecuencias. Cuando alguien está planteando a la gente una deriva que les obliga a escoger, a optar o a renunciar a una parte de lo que ahora tienen debe tener la honestidad de contar también los riesgos y el coste de esa renuncia. Creo que es lo mínimo que se puede pedir a los dirigentes políticos responsables y, desde luego, es lo mínimo que se merecen los ciudadanos de Cataluña, que tienen derecho a saber.

Recordemos que estamos en 2014, cuando se pronuncia este discurso en el Congreso de los Diputados, y que aún estaba por venir la campaña pro referéndum Ara és l’hora en la que, entre otras lindezas, se prometía, con la nueva Repùblica, helado de postre cada día, la versión moderna de «atar los perros con longaniza», y que el NH Mas anunciaba que no solo no se irían los bancos, sino que vendrían poco menos que en procesión a la “nueva Cataluña”…(aquí, como para todas las indignidades de esta época que va camino de convertirse en la «Década ominosa» de Cataluña, siempre podemos decir aquello típico de las televisiones: «dentro vídeo»…). Es decir, que desde tan temprana fecha como 2014, Rajoy tuvo la agudeza de señalar las «miserias propagandísticas» de un movimiento social y político que recordaba las peores épocas de Europa allá por los años 30 del pasado siglo. Los acontecimientos posteriores le han dado la razón.
Señorías, no quiero alargarme más. Les agradezco su presencia entre nosotros. Espero que, si no para darles una satisfacción, mis palabras hayan servido, al menos, para que nos entendamos un poco mejor. Como ya he señalado, no se puede y no se debe conceder lo que nos solicitan. Esta Cámara no puede aceptar que se les ceda una competencia intransferible para convocar un referéndum que tiene como objeto liquidar el régimen constitucional. No significa esta negativa —como a veces escuchamos— que se le cierren todas las puertas. Ya ven que no se ha cerrado nada que estuviera antes abierto. Otra cosa es que ustedes reclamen que se abran puertas donde no existen, y además que se abran para su exclusivo uso particular. Hay una puerta abierta de par en par para aquellos que no estén conformes con el actual estado de cosas, iniciar los trámites para una reforma de la Constitución. Eso mismo les ha dicho el Tribunal Constitucional. Quienquiera que desee modificar la Constitución, quienquiera que pretenda que España se disuelva, se fragmente, cambie de nombre o lo que sea, en vez de solicitar a esta Cámara lo que no está en manos de esta Cámara ha de emprender el camino de la reforma constitucional. Insisto, se lo acaba de recordar también el Tribunal Constitucional. Ya ven, señorías, que si no se les da satisfacción no es porque no se les escuche o, como suelen decir, no se les entienda. Les escucha todo el mundo, todo el mundo: los empresarios que avisan de los peligros de la secesión; los trabajadores inquietos por las incertidumbres que algunos siembran, en especial quienes están buscando trabajo y que no entienden que nos distraigamos con estas polémicas; las instituciones de la Unión Europea, que han sido tajantes para que nadie se llame a engaño; el Tribunal Constitucional, que nos ha recordado lo que dice la Constitución; el Gobierno de España; yo mismo, que he repetido las cosas hasta el aburrimiento; esta Cámara, que les está escuchando hoy, y a quien no escucha es porque no ha querido venir. Les escucha todo el mundo, todo el mundo, señorías. (Aplausos). Se les escucha y se les entiende muy bien. Yo les entiendo muy bien, pero yo no les puedo reconocer lo que en mi opinión no tienen: no tienen razón. Por mi parte no queda sino asegurarles una vez más mi disposición al diálogo, siempre —como es obvio— que se produzca dentro de los límites que nos exige la Constitución y sobre aquellas cuestiones que la Constitución nos permite dialogar. Señorías, yo soy el presidente del Gobierno de España. Yo no puedo dialogar con cualquiera sobre lo que no es mío. Yo no puedo dialogar, por ejemplo, sobre la supresión de los derechos fundamentales, porque no son míos, son de los españoles; ni puedo dialogar sobre la soberanía nacional, porque tampoco es mía. Yo puedo dialogar sobre todo aquello a lo cual me autoriza la Constitución pero no dispongo de otro margen y, si me lo permiten, el señor Mas, que es el representante del Estado en Cataluña, tampoco. Compartimos los dos las mismas limitaciones y exactamente por las mismas razones. Hay muchas cosas sobre las que dialogar, muchos problemas reales que se están viendo pospuestos por atender a los insolubles. Eso sí que me preocupa. Y me inquieta además que esto se haga en un momento en que España, y dentro de ella Cataluña, comienza a ver claramente los primeros signos de recuperación del crecimiento y sobre todo del empleo y la confianza en nosotros mismos. Termino ya. Señorías —ha estado muy de actualidad estos días—, se alaba mucho el consenso y la concordia que presidieron la Transición. Contra lo que puedan pensar quienes no habían nacido entonces y escuchen lo que se dice hoy, no surgió el consenso porque no existieran diferencias o porque se borraran. No fue tal. Si aquello tiene alguna posibilidad de servirnos de modelo es porque entonces existían las mismas o mayores discrepancias que hoy. No nació el consenso porque nadie renunciara a sus ideas, el mérito de aquella avenencia radica en que sin disolver los profundos desacuerdos de partida, sin rebajar nadie sus propios planteamientos, supimos —o supieron— acotar un terreno común sobre el que construir una convivencia democrática. Levantamos la casa que debía albergar nuestras diferencias. Y lo hicimos porque compartíamos un objetivo tan simple como vivir juntos y en paz, un objetivo que a mi modesto entender conserva hoy el mismo atractivo que entonces: vivir unidos y en paz. A este terreno del acuerdo, a ese hogar común, lo llamamos entonces Constitución. Señorías, una Constitución que no era de nadie, pero que aceptamos todos a condición de que nadie pudiera modificarla a su arbitrio. En eso, sobre todo en eso, consiste la lealtad constitucional. No es posible alabar aquel consenso y al mismo tiempo negar su fruto principal; sería tan contradictorio como aplaudir la causa y rechazar el efecto. Los valores de la Transición —el consenso, la altura de miras, la concordia, la voluntad de convivencia— se condensan todos en nuestra Constitución. No fueron disquisiciones sobre la esencia de la nación lo que nos unió y nos une a los españoles, sino la voluntad de compartir la vida e imaginar juntos un futuro mejor. Porque nos sentimos mejor juntos que separados; porque nos entendemos mejor entre nosotros que con cualesquiera otros; porque compartimos todas las peripecias del pasado, la mayor parte de nuestras costumbres y, sí, casi toda nuestra sangre como aquí se ha recordado hoy, y porque además nos conviene: juntos formamos un grupo humano con grandes posibilidades de abrirse paso con éxito en la vida y en el mundo. A todo esto, a lo que nos unió en 1978 y que nos une todavía hoy, a todo esto, vagamente, sentimentalmente, sin ningún afán trascendental, lo llamamos patria, pero si a ustedes no les gusta podemos llamarle futuro, un futuro de paz, de entendimiento, de convivencia y de bienestar para todos al que no tenemos derecho a defraudar. Muchas gracias. (Prolongados aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario Popular, puestos en pie).
Ahí queda eso, esta pieza oratoria de imborrable recuerdo para mí y que he querido compartir con quienes o no la oyeron en su momento (entiendo que esto de seguir plenos del Congreso es un vicio poco compartido y que, seguramente, no dice nada bueno de quien persiste en él con contumacia…) o, habiéndola oído, acaso no la recuerdan o quizá no le dieron la importancia que a mi entender tiene, porque fijó una posición que no era del PP ni del Presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, sino una posición constitucional que yo comparto plenamente, como creo que debería compartirla la totalidad de la ciudadanía.

viernes, 1 de marzo de 2019

"Por nuestras calles" de Miquel Escudero: La cultura como polis.


Un acto de resistencia ciudadana y política: Un colega, un libro, una sensibilidad...

De un tiempo a esta parte, las presentaciones de libros se han convertido en motivo de manifestación política y en muchos casos, como el presente, en un acto voluntarioso y meritorio de resistencia al main stream ideológico que, con dineros ajenos, domina el panorama de los media catalanes, avasallando a la sociedad con un discurso de agitprop secesionista cargadito de emocionalidad y con toneladas de irracionalidad airada. Por ello, asistir en la sede de Societat Civil Catalana -en mi caso por primera vez- a la presentación del libro de Miquel Escudero, Por nuestras calles, publicado en la editorial Ediciones Hildy, del diario digital elCatalán.es, resistencia cultural frente a ese emocionalismo primitivo que se ha enseñoreado de buena parte de nuestros conciudadanos, los que, para más INRI, dominan los resortes del poder en la Comunidad. Estábamos en familia, como quien dice, escasa asistencia, sobresaliente para un lunes a las 19'00, sin embargo, y con un selecto y nutrido grupo de presentadores del acto: Sergio Fidalgo, Pau Guix, Enric Millo y Joan Ferran. El acto discurrió en buena medida por el cauce de la política, porque los artículos de Escudero reunidos en el libro, con un título tan contrapolítico como el que levanta la voz contra el grito francofraguista del prusés: els carrers seran sempre nostres, abordan de lleno nuestro presente lleno de incertidumbres, temores y sólidas esperanzas. Como mandan los cánones de este tipo de actos, no hubo interviniente que no hiciera la laudatio de un escritor que suma las dos culturas, como quería Snow, la científica y la humanística, las matemáticas y la filosofía, y cuya acreditada capacidad analítica del día a día de nuestra vida política garantiza al lector de este volumen una oportunidad para el diálogo y la reflexión de primer nivel. Fidalgo y Guix, ambos autores de la misma editorial, fueron breves para facilitar las intervenciones de Ferran y Millo, ambos político en ejercicio, lo cual le daba al acto esa dimensión de resistencia de la que antes hablaba, porque ninguno de los dos ahorró críticas a las políticas incluso de sus propios partidos en lo referente al tema "nacional", que tantas desgracias nos ha traído a los catalanes desde 2012. Ferran destacó la capacidad de "agitador" cultural de Ecudero y fijó las líneas básicas de pensamiento que nutren el volumen: Defensa de los Derechos Humanos, Eclecticismo ideológico, Constitucionalismo y respeto sacrosanto a las opiniones ajenas. Enric Millo se confesó admirador de Ferran y de cómo fue él uno de los primeros en levantar la voz contra la deriva autoritaria del nacionalismo identitario en CAT, para después centrarse en una de las expresiones que le llamaron la atención en el volumen: ¿Cómo se deja de odiar? A partir de ahí nos trasladó su impresión sobre la dificultad de que tal cosa ocurra en un plazo breve de tiempo, y su convicción de que cualquier solución al conflicto evidente no puede pasar sino por el estado de Derecho. Reivindicó la acción del gobierno Rajoy frente a la determinación secesionista y antidialógica de los independentistas, de la cual dedujo la inmensidad del daño y el mal que semejante actitud puede deparar a los ciudadanos. Finalmente, el autor, Miquel Escudero,  destacó lo que él considera las condiciones imprescindibles de la acción política desde la no militancia en ningún partido concreto. "La voluntad de concordia sin acuerdo", una expresión de Julián Marías, sería algo así como el frontispicio de su edificio cívico, a la que seguirían el trato cortés y humano a los adversarios, ¡jamás a los "enemigos", que en democracia no existen!, una reivindicación encendida de la tolerancia, del civismo y de la preeminencia de las leyes. Escudero realizó una reivindicación de la ciudadanía y de las obligaciones que como ciudadanos contraemos con el bien común. Entre esas obligaciones, a juicio del autor, está la inexcusable de formarnos cuturalmente, y de potenciar el afán ilustrado por aprender: sapere aude. Escudero puso mucho énfasis en reivindicar lo que él llamó nuestros "activos sociales" como parte de una Historia que es preciso conocer y valorar en sus justos términos. Finalmente, desde el respeto a la Constitución, y por higiene intelectual, Escudero abominó de los nacionalismos, de cualesquiera, situando el patriotismo constitucional de Habermas por encima de esos identitarismos vergonzosos y exaltadores de las más bajas pasiones humanas. En el coloquio posterior, y dado el aire de acto resistente, fue inevitable oír una misma cantinela mil veces repetida , y mil veces cierta, sobre la maldad intrínseca del movimiento independentista, de ahí que, en mi turno, me limitara a preguntar si el libro no debería llevar como subtítulo: "La cultura como polis", porque las calles de la cultura son verdaderamente las únicas que deberían ser nuestras.


sábado, 16 de febrero de 2019

Música de cámara: el paraíso musical entre cuatro paredes... Mozart, Beethoven, Haydn, Chopin, Debussy...


El privilegio de un concierto de cámara: El prodigio de la simbiosis mitológica entre un pianista y su instrumento: un retrato parcial.

Algo debo de haber hecho bien a lo largo de mi asendereada existencia, tan poblada de infinidad de relaciones humanas como para que, al cabo de tantos años, haya tenido el privilegio de acceder a la amistad de un ser tan particular como Rafael Carreras, tan dotado para la expresión artística, en su doble condición de escritor y de músico, un doblete no tan común como pueda creerse,  Boris Vian es el único que me acude a esta memoria mía tan deteriorada. Siendo un virtuoso del piano -consideración hecha, que conste, desde mi estrcito amateurismo musical, desde mi desconocimiento riguroso de esa ciencia mirífica-, aún me llama más la atención la prodigiosa capacidad intelectora de quien usa con discreción, eficacia y contundencia lacónica su perspicacia hermenéutica y su pasión por las lenguas muertas y vivas. Para un profesor, acostumbrado a detectar en la adolescencia los valores evidentes de algunos de sus alumnos, ¿qué encuentro le cabe más maravilloso que el de tropezarse, treinta años después, con aquel adolescente convertido en la realidad granada de aquellas virtudes insinuadas? Exento de exhibicionismo, algo que me parece incomprensible en quien dedica tantos esfuerzos a un arte que diríase proyectado de suyo hacia el público, hacia el eco social que recompense una disciplina tan ardua, tan exigente, como para tener un solo destinatario, Rafael ha tenido a bien deleitarnos a mí y a unos cuantos amigos y familiares con unos conciertos que, siendo él, además, profesor de música, nos ilustra con las circunstancias precisas para redondear una actuación, la suya, que, y hablo por mí mismo, a mí me sitúa en la esfera más próxima al éxtasis artístico, solo comparable a esas inolvidable sesiones de ópera en las que orquesta y cantantes son una plenitud sonora que logra eclipsar la realidad toda y dejarte suspendido en las notas de melodías donde se mece o agita el corazón como en su placenta propia. La sala del concierto es una habitación no excesivamente grande, y en ella, el sonido del piano, que responde a una ejecución precisa, sutil, poderosa, eléctrica, rítmica, melódica, acariciadora, sentida... sobre la que, en todo momento, se advierte el control  técnico dictando las órdenes precisas para que la partitura se traduzca como debe serlo: con la fidelidad del gusto propio; ese sonido, digo, crea un espacio propio que se superpone, como una burbuja gigante que se expandiera hasta coincidir con los límites de la propia sala, y ahí, sin movernos del sitio, nos sumergimos los siete privilegiados que pudimos dejarnos inundar por ese caudal sonoro lleno de matices que nos llevaban desde la delicadeza de Debussy, hasta la complejidad de Beethoven, pasando por la visión lúdica de Mozart, la voz clara y melódica de Haydn, la arquitectura magistral de una suite de Bach o el vals número 3 de Chopin, la pieza favorita de Josep Anselm Clavé, quien, en su agonía, pidió a su hija Áurea que se la interpretase...No voy a negar que se me escaparon algunas lágrimas, porque Clavé, para mí, es como de la familia, y en la cómoda tengo una foto entrañable de él, con el blusón proletario, tocando una guitarra, con la que recorría los bares donde se embrutecían los obreros para convencerlos de que el camino del arte era, también, un camino de redención social e individual, y de ahí el nacimiento de sus famosos Cors d'en Clavé. La experiencia de asistir a un concierto tan fenomenal, en estricta intimidad, en un ambiente de fervor musical, es, insisto, una experiencia que todos deberían tener. Es algo así como un viaje a siglos anteriores, antes de que los sistemas de reproducción pusieran la música al alcance de todos, y entonces, sabiendo el oyente que goza de un privilegio, la vivencia de la música es totalmente diferente de la que tenemos por costumbre, esa mala costumbre que ¡tan a menudo! la reduce a banda sonora de lo que estemos haciendo... Me cuesta, ya digo, expresar esa suspensión particular en que me sume la audición de unas piezas que tengo, repito, el privilegio de ver surgir de un movimiento de manos que me hipnotiza, porque da la sensación de que los dedos en esos desplazamientos vertiginosos o morosos o acompasados sobre las escalas del piano apenas rocen las teclas para arrancar los sonidos de las notas que, a derecha e izquierda, se atraviesan, se enzarzan, se repiten, se contraponen, se mezclan, se separan, se superponen, ¡hasta diríase, en algunos momentos, que luchan entre ellas! El resultado es ese embeleso -etimológicamente: en belleza- del que quisieras no salir nunca... Hace ya una semana, y aun sigo, en ciertos momentos del día, sumergido en él. 

sábado, 2 de febrero de 2019

La inseguridad. La astucia.


El instinto de supervivencia: entre el prejuicio y la ingenuidad.

Nueve de la mañana. Domingo. La calle desierta, salvo algún transeúnte despistado que va de retirada en una zona "animada" del Ensanche barcelonés. Voy por los periódicos del domingo como cada semana. Paso por un establecimiento que abre tempranísimo, junto a un bar de los doce de la calle que recoge a los trasnochadores para un desayuno de urgencia o las últimas copas. De ida, advierto la presencia de un joven  magrebí subido a una bicicleta de las que se llevan de pie, tocado con gorra hacia atrás, manteniéndose en un ejercicio de equilibrismo sobre las dos ruedas,junto a otro, algo más mayor, con quien habla. Me llama la atención que hablan y miran a su alrededor. Una alerta inmediata se me dispara: buscan víctimas propiciatorias. Pero el único que pasa caminando por delante de ellos soy yo. Sigo mi camino y llego a la otra esquina de la manzana donde compro los diarios. A la vuelta entro en el establecimiento para comprar leche. Ignoro si los dos jóvenes me han visto sacar la cartera y pagar. Salgo de la tienda e inicio mi camino por la acera hasta la siguiente esquina. Advierto que el joven de la bicicleta pedalea detrás de mí y percibo que el otro, a nuestra misma altura, está en la otra acera. Decido cambiar de acera y "arrastro" tras de mí al de la bicicleta. En ese momento baja un coche que obliga a la bici a pedalear ligero para pasar al otro lado. En ese momento, siglos de astucia vistas en las películas de espías, me mueven a retroceder sobre mis pasos, porque, unos metros más abajo, está la entrada de un hotel, donde siempre hay alguien en recepción. Sigo mi camino y advierto que los dos "presuntos" atracadores se desvían hacia la esquina superior hablando entre ellos en árabe No sé árabe, pero me temo que se dirán algo así como: "¡Pero qué gilipollas eres, tío, ya se nos ha escapado! ¿Por qué no te has quedado con él en la otra acera?", lo que me induce a pensar que se trataba, ¡para suerte mía!, de dos aficionados de medio pelo. Eso sí, el susto no me lo quita ni Hermes, aunque, armado con el quilo del tetrabrick de leche y las buenas sesiones de pesas que me meto entre pecho y espalda, seguro que en mi defensa no hubiera sido, salvo armas blancas que brillaran por medio, el que más iba a recibir (como le dije a un Director que me quería impedir, en jornada de huelga, el derecho a trabajar. "Vendremos un piquete", me dijo. "Pues sabes lo que te deseo, D., que no seas de los primeros del grupo, porque a mí me lo impediréis, pero, hasta diez o así...de vosotros, las hostias que voy a repartir las vais a recordar todo vuestra vida. Al día siguiente fui a trabajar como cualquier otro día. Yo solo. Cumplí mi jornada laboral y me fui). En la esquina del hotel, un vecino exatleta y de 1'90, estaba cogiendo un taxi porque salía de viaje... Supongo que esto debo contabilizarlo en la brillante radiografía de la vida de la ciudad de nuestra alcaldesa secesionista SÍSÍColau: Barcelona no es una ciudad insegura, pero tiene un problema específico de seguridad,solo a la altura de mentes privilegiadas como la suya, que por algo ha llegado a alcaldesa, está claro... Aunque la Generalidad no le va a la zaga, porque se declara impotente ante el caso de los jóvenes marroquíes menores que llegan a BCN y sobre los que no ejerce la obligación de amparo y custodia que por su condición exigen, jóvenes sobre cuyos hábitos  y hábitats ya informan sobradamente los medios de comunicación como para que yo me asuste de haber sufrido lo que ¡afortunadamente! no ha quedado más que en un susto mayúsculo, pero susto al fin y al cabo, ¡a cincuenta metros de mi domicilio! En fin. Supongo que tener cierta edad induce a los delincuentes a fijarte como "presa fácil", pero cuando pasas por la calle y llegas a la conclusión inequívoca de que te has convertido en una, me río yo de quien me hable de prejuicios de ningún tipo. El instinto de supervivencia existe. Él me libró esta vez. Confío en que me siga sirviendo para esquivar situaciones tan comprometidas como la del pasado domingo.