viernes, 30 de enero de 2026

Del amor y otras invenciones, a propósito de Eva...

 


Del enamoramiento, la construcción y los amantes.

 

          Acabo de ver una película cuya crítica no haré en mi Ojo cosmológico, porque, a veces, hasta los críticos cinematográficos son seres en quienes anida la compasión. Se trata de una supuesta comedia, pero tiene menos sentido del famoso timing propio del género que cualquier infame españolada destapada de la época de la Transición. La  película es boba hasta decir basta, aunque el contrato no sancionado legalmente con mi Conjunta me mantuvo ante la pantalla hasta el incierto final prendidito con alfileres.

          Con todo, la película aborda un tema: la separación matrimonial por desamor y la necesidad, a los cincuenta años, de «volverse a enamorar», vivido casi como un imperativo categórico. No haré hincapié en la sonrojante escena de la protagonista pidiéndole a la doctora que le recete «las hormonas del amor», porque se trata de unas de las peores digestiones de la llamada «comedia romántica» que haya visto nunca. No se trata de que los personajes tengan menos espesor psicológico que el cabello de un sufrido paciente de alopecia, sino de que, por amor a la invención funesta, toda la trama transcurre sobre una superficie social con menor espesor aún que aquel cabello. En la medida en que la protagonista trabaja en una editorial boyante, si nos atenemos a las oficinas y a personal que en ellas trabaja, vamos entrando en razón de cómo se pueden editar obras como la del tal Uclés o premiar con una millonada la de Del Val.

          Pero vayamos al meollo adolescente de la trama: una mujer casada, con dos hijos, con sólida carrera profesional, tiene en Roma un accidentado encuentro con un galán argentino (algo que, de por sí, ya es capaz de explicarlo todo...) y, a partir de ahí, porque le hizo tilín y tolón, la buena mujer, honesta, eso sí, decide separarse para vivir, sin la típica y efímera culpabilidad de los adúlteros, un nuevo enamoramiento. La convivencia conyugal, de la que nada se explica en la película, se desmorona en cuanto la pánfila e inocente enamoradiza confirma que la contemplación furtiva de dos felices y fogosos enamorados le ha dado una profunda envidia; porque a la cándida no se le ocurre otra cosa que decirlo en una reunión de amigos con su esposo delante, quien enseguida hace de ese comentario «un punto de honor», que se decía en el teatro calderoniano, y precipita la decisión de su mujer. La historia abandona en ese momento lo único que hubiera podido tener interés: analizar, a través de su vida conyugal, cómo se ha fraguado el desamor, y escoge el camino trillado de las citas de la mujer con candidatos inverosímiles y otros desvaríos.

          Doy por sentada que dejarse seducir por alguien que nos deslumbre, aunque sea en apariencia, puede ser motivo de un enamoramiento súbito que haga olvidar cualquier otro y que empuje a tomar medidas radicales: separación, divorcio, etc. ―y ahí están los dispares casos patéticos de dos premios Nobel de la literatura en lengua castellana que no me dejarán mentir...―; pero, aun dando eso por sentado, no dejo de preguntarme cómo es posible que se debilite hasta tales extremos un vínculo amoroso que ha llevado a los enamorados a convivir, o a casarse, a tener hijos y, en general, a compartir toda la vida, de tal manera que, en estos casos, la vida propia ha dejado de existir para convertirse en una vida en común. ¿Podríamos hablar, a propósito de quienes reniegan de su vínculo, de «capitalistas del amor» que aspiran a recuperar su «vida propia» o, más propiamente, «la propiedad de su vida» individual desde la que enamorarse de nuevo?  Me importa un bledo que se pudiera, por supuesto. Sigue interesándome más, hoy y siempre, el análisis de la caída, del desmoronamiento, del hundimiento de una unión que hasta ese momento era capaz de darle pleno sentido a las vidas de esos enamorados.

          Enamorarse es arbitrario, y se parece mucho al primer impulso de la ira: que no está en nuestras manos gobernarlo. Algo muy distinto es el emparejamiento a que el amor lleva y donde busca este el espacio de su acomodo y de su supervivencia. Pero en ese proceso, llamémoslo «relato», como le gustaría a Paul Ricœur, sí que ambos enamorados, porque o el amor es recíproco o es un desafinado canto al sol, tienen una responsabilidad decisiva. Estamos hablando de «construcción» ―y también de «narración»―, del levantamiento de un edificio diseñado al alimón  por dos arquitectos que han de conciliar sus diferentes puntos de vista, experiencias y, si las hubiera, versiones del enamoramiento. Si cualquier edificio necesita «mantenimiento», ¡imaginemos cuánto necesitará el del amor! No son edificios que se hundan de un día para otro, siempre que a solidez de sus cimientos no sea saboteada ya por el súbito «desamor» ya por el peor enemigo de dichas construcciones: la negligencia en su cuidado.

          Hay una pueril confianza en que el enamoramiento, como la pasión, se dan de una vez y para siempre, sin que se requieran los muchos cuidados constantes, diarios, que la realidad surgida de tal acontecimiento precisa, ¡exige! El amor no está hecho para los perezosos ni para los inversores ni para los egoístas. No es un «trabajo», pero sí una «ocupación» constante. No es una obligación, sino una ligadura doble con que los enamorados estrechan y refuerzan la intimidad creada para hacerla, ¡paradoja de paradojas!, la unión más libre. Hay quienes se desentienden del amor porque no lo entienden, porque no comprenden, por las razones que de tales tienen el nombre pero no la entidad, que la subyugación requiera ser renovada a cada instante: no hay horas ni minutos para el amor: cualquier segundo se hace eterno para un beso, una caricia o una mirada. Somos, sí, gozosos y orgullosos objetos del amor, cosas-en-sí animadas por una potente y secular llama que consume y vivifica: un prodigio de la metamorfosis diaria del ave fénix que renace cada día de sus cenizas candentes. En las antípodas del relato amoroso está lo de «cría fama...» o, dicho de otra manera, acaso paradójica: nunca se triunfa en el amor si no se triunfa una vez tras otra, día tras día, en un ejercicio de perseverancia quizás solo comparable, ¡ay!, a otras formas prosaicas de la ambición; pero obra diaria es, al cabo, la tarea del amor, sus «trabajos», tan peregrinos, a veces, como los de Persiles y Sigismunda.

          Por todo ello, de esa boba película que se queda en los epifenómenos del amor, tanto todo me irrita, porque, sin reflexión ni consideración alguna salvo seguir una necesidad convertida en la necedad de un cliché: volver a sentir la sensación de ser única y exclusiva no a los ojos de por quien ya se experimentó esa sensación, sino a los del galán seductor de humedecida mirada deseante, la protagonista se deja llevar por un impulso para luego chocar frontalmente con una patética realidad: las escaseces y ofertas penosas del «mercado del amor» en la edad madura.

          Lo dije al principio y lo reitero al final: ¿quién está exento, por una seducción fatal, ¡como un incendio!, de abandonar el edificio donde habitaba su amor y despreocuparse de la suerte aciaga que con esa decisión ha de correr? Nadie. Pero tampoco nadie me hará desistir de la idea de que es obra maestra de la creatividad amorosa saber conservar toda una vida el edificio del amor y legarlo a la memoria de las generaciones futuras. Es una proeza narrativa. Y más normal de lo que se pueda pensar. Lo extraordinario tiene muy bien definidos y establecidos los ritos del cortejo, y sus practicantes se afanan en ellos con admirable complicidad y pasión para ganar el segundo, no la hora ni el día ni el año de la eternidad que se consuma en cada instante.

viernes, 2 de enero de 2026

Natación.

 

El autor.

La zambullida de Mnemósine.

 

          Un talón desplazado hacia el exterior me ha provocado una tendinitis del tobillo que, al decir de la traumatóloga, es posible que solo tenga un remedio quirúrgico. En el ínterin, he decidido suspender mi entrenamiento de carrera y sustituirlo por la natación. Dejo de lado que, al hacer la bolsa para ir a la piscina, cambiando la actividad, no he seguido ninguno de mis hábitos y hasta he tenido que parar el coche en una esquina próxima a casa y pedirle a mi hijo que me pusiera en el ascensor el candado de la taquilla y la pulsera de acceso a las instalaciones.

          Y ahí me veo, enfundado en la mínima prenda que requiere el deporte, con el gorro correspondiente, las gafas y los tapones en los oídos, dispuesto, tras unos breves ejercicios de calentamiento a desafiar la edad, los quilos y la memoria, y muy pendiente de si todo ello me impedirá o no sacar los brazos para consumar los primeros veinticinco metros estilo mariposa nadados en acaso quince años. Los dolores de la 3ª, 4ª, y 5ª vértebras lumbares no parecen aconsejarlo, del mismo modo que la nefasta operación del menisco de la rodilla izquierda me previenen de nadar a braza. Con todo, el primer embate divino ha sido el del olor a cloro, un olor que me acompañó desde los 13 hasta los 20 años en una adolescencia y primera juventud en la que, como quien dice, no saqué la cabeza del agua, siéndome más natural respirar cada cuatro brazadas que andar por la calle silbando tonadas inventadas. Desde la pileta escueta del Parque Móvil de Ministerios, donde me inicié como joven promesa, pasando por las de la Residencia Blume, primero en la piscina del Gimnasio Moscardó y después en  la de la Casa de Campo, más tarde en la descubierta de las famosas medidas del 33’33 m de las instalaciones del Polideportivo San Fernando, en Murcia, muy cerca del Club de Tenis, en cuyas piscinas también entrené; mucho más tarde, lo haría en la de Bañolas, en la del GEiEG de Gerona, y, ya en Barcelona, en la del Sant Andreu y, finalmente, en la del Club Natació Catalunya, donde puse fin a tantos quilómetros recorridos en el más estricto autismo acuático, fortaleciendo una capacidad de concentración que, ahora soy consciente de ello, tan hermosos frutos me ha permitido cosechar en actividades tan distintas como la carrera de fondo, la literatura y la filología.

          Ahí, ultimando el calentamiento antes de zambullirme, se me convirtió el agua de la piscina en espejo donde la memoria se desplazaba a una velocidad que ya me hubiera gustado tener en aquellos tiempos, aunque lo mío ―constitución física obliga...― era la potencia, de ahí que mis pruebas «naturales» fueran los 1.500, los 400 estilos y los 200 mariposa, un estilo, este, que debió de ganarme un crédito infinito a ojos de mis padres, a quienes, así lo decían literalmente, les deslumbró el primer día que consideraron oportuno verme «actuar» en unos campeonatos, y porque mi beca de la Residencia Blume los aligeraba de unos gastos corrientes que, por otro lado, jamás me agradecieron explícitamente, aunque cuando la perdí colaboraron para mantenerme en Bañolas. Años y años de esfuerzos hiperbólicos que no tardaron en compartir su espacio con una inclinación cultural que fue creciendo a medida que aquellos, sin menguar, revelaban agriamente, más allá de los valores tradicionales del esfuerzo, la sana competitividad, el orden y la confianza en uno mismo, el contexto sociopolítico incompatible con una dedicación tan exigente y esclava: capuzar la cabeza y nadar tenía algo metafórico que se me fue revelando insufrible a medida que ciertas inclinaciones, la escritura y la actuación teatral, fundamentalmente, me requerían una distinta organización del tiempo. Incluso, durante un tiempo, coqueteé con el remo, a escondidas de mis obligaciones como nadador en la Blume.

          Ahí, ante la pileta, ahora, ignoraba cómo iba a desempeñarse mi cuerpo en ese elemento del que había desertado para abrazar el de los maratones, no menos exigente y con muy distinta recompensa. Los músculos no diré que temblaban, pero confieso que el pánico a los calambres, algo usual cuando se trabajan los músculos en seco y se los somete, al cabo de muchos años, al esfuerzo acuático que yo ahora les proponía; el pánico, digo, me tenía algo más que inquieto.

          Fue zambullirme, atacar mi vieja mariposa, cumplir los cien estilos y verme que lo del que tuvo, retuvo, iba más allá del tiempo y la falta de costumbre. Decidí hacer el grueso de la jornada al estilo espalda, porque, dentro del póquer de ellos, es el más liviano, dado que permite la respiración constante. ¡En mala hora decidí, después de doscientos metros braza, tras los seiscientos de espalda, coger la tabla y ejercitar las columnas dóricas que me sostuvieron sin desfallecer en veintiséis maratones! Apenas giré, tras las setenta y cinco metros, se me volvieron de paradójico mármol doliente desde la punta del pie hasta la rodilla, lo que me forzó a tirar de los dedos hacia las tibias, con lo que quedé varado en el mismo sitio hasta que hube forzosamente de cambiar a la patada de braza que, para mi sorpresa, me alivió y permitió cumplir los doscientos metros previstos. Y Mnemósine, ¡qué cachonda...!,  se reía las muelas recordándome aquella propulsión juvenil que dejaba un reguero de espuma a medida que avanzaba por la pileta como un avión a reacción...

          «Natación», en esos momentos, no era una práctica atlética, sino un trayecto biográfico lleno del mejor espíritu olímpico, ese sueño que no tardó en revelárseme imposible para mí; lleno, también, de inseguridad vital, de conmoción sexual, de lirismo romántico y del fatal descubrimiento de mis inmensas y atroces lagunas de Ruidera intelectuales, de las que la natación no me sacaba, pues cuanto más en ellas llovía, más tiraba de mí el resguardo a secano de las páginas impresas: otro camino de sueños que aún atravieso con la misma tenacidad con que recorría la pileta una y mil veces con un ardor solo comprable al fuego volcánico de mis fértiles y destructivos insomnios.

          Salí de la pileta rejuvenecido, y aturdido, y acalambrado, y memoriado, y solo el vapor de la sauna fue capaz de envolverme en las nieblas de tanta vida como había vuelto a meterse en mí, abrazada a mis brazadas caudalosas por el pilón de concentración...

         

viernes, 19 de diciembre de 2025

«La mujer nerviosa», de Manuel Segura, diplomado en Alta Psicología y Metapsíquica Experimental.

 

Un curioso manual práctico de exoayuda psicológica de 1960.

 

          De repente, y donde menos imagino, no salta liebre alguna, sino un libro sin cubiertas que la curiosidad me lleva inmediatamente a abrir para descubrir su título y la autoría: La mujer nerviosa por Manuel Segura. Diplomado en Alta Psicología y Metapsíquica Experimental. Publicado por la Editorial Mensaje, ubicada, en su tiempo, en la calle Vallespir, 39 de Barcelona, y hoy desaparecida, como compruebo tras una infructuosa búsqueda en el ISBN y en el buscador de Google. Sí descubro que la metapsíquica fue fundada por Charles Richet, Premio Nobel de Medicina en 1913 por sus estudios sobre la anafilaxia. El término fue sustituido después por el de parapsicología, creado por Max Dessoir. La verdad es que la figura de Richet da como para hacer una digresión de urgencia, dada su afición a la eugenesia y al supremacismo racial blanco. Participó en alguna sesión con la célebre médium Eusapia Paladino, otra que tal baila, pero yo estoy comprometido con este estudio sobre la mujer nerviosa que, nada más comenzar a leer, prometía mucho, dadas las referencias que menciona el autor: Siguiendo el compás científico que se inicia a comienzos de siglo dando a la «caracterología» forma unitaria ―Dilthey, Klages, etc.― avanzada y sintética, todos y cada uno de los diversos temas que son causa de «nerviosismo», se tratan en forma científica, amena y sobre todo muy eficaz. Dilthey es bien conocido, pero no sucede lo mismo con Ludwig Klages, el creador de la grafología como «ciencia» y de la caracterología, en cuyo ámbito de conocimientos publicó Wilhelm Reich un libro capital: Análisis del carácter.

          Tras esa sorpresa inicial, comenzó a molestarme el tono algo panfletario de la exposición, la deficiente escritura y cierta ufanía sobre el alcance práctico de la obra, un autobombo que parecía querer persuadir a las hipotéticas lectoras de que habían encontrado su Enquiridión psicológico, o poco menos:  Esta obra es a modo de inmenso espejo que refleja todos los «comos» (sic) y «porqués» del nerviosismo femenino, señalando los medios psíquicos de curarlo dentro de un estilo apasionante y amenísimo. Teniendo en cuenta que, como dice poco después, De cada diez mujeres, ocho son nerviosas, que es el título del capítulo primero, promete un remedio eficaz e insustituible para curar a esa mujer nerviosa a quien dedica a obra: Practicando la autosugestión consciente, el relajamiento mental y físico y los ejercicios convenientes de gimnasia psicofísica y complementando este tratamiento psíquico con lectura, deportes y otras normas psíquicas, cada caso de nerviosismo es reducido y suprimido rápidamente.

          Recurre, como no podía ser de otro modo, dada la Alta psicología de la que presume, al saber freudiano como guía analítica y práctica, aunque no tardaremos en ver de qué manera particular lo aplica: Toda la Psicoanálisis se fundó en la necesidad de hacer salir a la superficie de mente y alma esas emociones guardadas a fin de que al suprimirlas, suprimir también sus «complejos» anímicos  y sus síntomas físicos que revisten toda clase de dolencias y enfermedades fisiológicamente inexistentes. [El femenino para psicoanálisis es influencia catalana, lengua para la cual es palabra femenina]. Inmediatamente después nos avisa del poder de algunos factores extrapsicológicos: Siguiendo el reconocido principio de que «toda fuerza mayor sojuzga a la menor» y por ello todo nerviosismo no solo personal sino de cuantas personas la rodean, desaparecerá como por mágico efecto, frente a un pensar robusto en sentido digno, elevado, moral, noble y positivo; el tener siempre buenos y nobles pensamientos, buscando el bien en todos y nunca el exclusivamente propio, haciendo siempre el bien por el bien mismo y teniendo ardiente y expectativa fe en las propias energías y en la Divina Providencia, es instrumento maravilloso para «curar» radicalmente todo «nerviosismo» y también todo «complejo» y «neurastenia». Esa intervención religiosa que se aparta de los fundamentos teóricos desarrollados al principio irá adquiriendo mayor relieve a lo largo de la exposición, del mismo modo que, sin duda por la parte de la metapsíquica, recurrirá al método de la autosugestión, inventado por Émil Coué, un psicólogo anterior a la revolución freudiana, y en el que su mantra por excelencia: Tous les jours, à tous points de vue, je vais de mieux en mieux («Todos los días, en todos los sentidos, me va cada vez mejor») será propuesto como método de superación de esos nervios que tanto afectan a la mujer.

          No todos los «nervios» son iguales, de ahí que clasifique a las mujeres nerviosas en dos grandes grupos:  EL PRIMERO lo integran quienes NO SON NORMALES, entendiendo por tal a la que sufre de una mínima, a veces casi insignificante, carencia de su ajuste fisiológico o psíquico; a estas mujercitas los naturales contratiempos y dificultades de la vida las convierten rápidamente en «nerviosas». […] Es el otro grupo aquellas mujeres que SIENDO TOTALMENTE NORMALES, en cuerpo y espíritu, experimentan por azares de la vida, una o varias emociones tan deplorables e intensas que su equilibrio nervioso cede. La clasificación de Manuel Segura se funda en un análisis que plantea una relación interdependiente entre la psique y el físico, de tal manera que ciertos «defectillos» ―así los llama― determinan la aparición de los temidos «nervios» incapacitantes en la mujer. Veamos algunos de ellos: Cualquier «minusvalía» ( o sea, inferioridad, aunque leve y levísima) en el aspecto estético de la mujer, produce en esta una dolencia anímica.[…] Así, la mujer tartamuda, y conste que la tartamudez es grande afectada por la carencia de ajuste psíquico […] lo es en forma mucho más grave que el hombre, se supera mucho más difícilmente. […] Análogamente ocurre con la mujer demasiado baja (pequeñita), gruesa, delgada o alta. […] Son mujeres normales en apariencia, pero preocupadas allá en lo íntimo de sus almitas por ese «defectillo» que siempre las preocupa, y es o el ser muy pequeñas, o muy altas, delgadas como fideos o gruesas como tonelitos; y ese defecto estético las priva de su normal equilibrio nervioso por figurarse cuantas personas as rodean, las observan y critican y creer ha de obstaculizar su felicidad. […] Toda mujer que padezca de un defecto estético y visible será vacilante, tímida, triste y nerviosa. Luego los enumera crudamente: El ojo estrábico, desproporcionado o sustituido. La calvicie precoz. Los dientes deformes, amarillos o que faltan. Los granos o salpullidos del rostro. La carencia de estatura. El defecto de pronunciación.

          La represión freudiana es contemplada por el autor como un recurso que genera el complejo en la mujer: Si el agobio o tensión espiritual se repliega y compulsa a lo más íntimo del ser humano sin encontrar salida, el subconsciente termina por traducirla en una enfermedad, un trauma, un complejo. En consecuencia, lo propio es sacar a la superficie lo que esa represión entierra, para poder disminuir el sufrimiento: Existe el miedo anímico como conjunto y resumen de todo nerviosismo, complejo o neurosis; por ello EL CAMINO ACERTADO ES FOMENTAR, EDUCIÉNDOLA Y DESARROLÁNDOLA, LA SEGURIDAD EN SÍ MISMO, EL APLOMO Y LA FE. Y aunque vuelve a aparecer la fe religiosa en el Cristianismo como recurso de primer orden, no deja de reconocer el autor la verdad de ciertos recursos propios del psicoanálisis: La verdad casi maravillosa de dos normas psicológicas:Jamás pretender ocultar ni soslayar un defecto, bien sea fisiológico o anímico, sino declararlo valientemente y obrando con entera lealtad, para ti y frente a la vida, procurar dominarlo con cuantos medios estén a tu alcance. Nunca reprimir ningún sentimiento, sino analizarlo, estudiarlo, descubrirlo minuciosamente, en su cómo y su porqué, y luego remediarlo.

          Reconozco que no abusa de la verborrea metapsíquica, con raíces gnósticas, y que cuando lo hace parece haber un cierto aire de reconocimiento a la inteligencia y a la razón que se compadece con su preparación académica: Los nervios obedecen perfectamente a la razón y se disciplinan bajo el triple conjunto del alma, mente y cuerpo. Ya los antiguos metapsiquistas, con su idea esotérica del ternario, se refirieron a tal posibilidad, al tratar de los tres principios: activo, pasivo y neutro, y su triple conjunción para educir serenidad, porque, a fin de cuentas, el saber último que destila el libro se centra en lo siguiente: El descubrimiento psicológico llamado «equilibrar su vida». […] Consiste esta norma en trazar cada mujer su vida habitual de manera que deje cada día y cada semana un tiempo para: Sus tareas domésticas. Su trabajo, si lo tiene. Su afición favorita. El cuidado de su belleza y su espíritu. Su vida social. Su bienestar físico. En consecuencia, si la inteligencia dirige, orienta y enfoca la imaginación en su autosugestión consciente, el sentimiento se nutre de ideas altas y elevadas, y la voluntad disciplina el cuerpo físico, los nervios y la nerviosidad desaparecerán como por encanto, siendo sustituidos por una límpida y serena forma de ser, sentir y reaccionar que conducirá, con pasos seguros y firmes, por el ancho sendero de la dicha. […] Habremos alcanzado a donar a esa mujer el «corazón de oro» de que hablan esotéricamente las psicologías china e hindú. No obstante, en todo momento el autor recuerda los deberes religiosos como requisito fundamental pata cualquier curación, lo cual no deja de sonar a algo así como el recurso que evite que su obra sea considerada dentro del terreno de la superchería de lo que actualmente llamamos «parapsicología» o exploración de todos aquellos fenómenos aparentemente sin explicación racional, Por todo ello, la mujer debe disciplinar la mente […] cumpliendo los deberes religiosos puntual y fervorosamente; ocupándose de la vida del alma bajo guía de un buen padre espiritual.

          La parte sustantiva del libro, en tanto que manual explícito, es el de los ejercicios y buenos propósitos que la mujer nerviosa ha de llevar a cabo para poder «equilibrar su vida». Son un poco un cajón de sastre, y, como en las boticas, hay de todo, para mi sorpresa y para la de cualquiera que se atreva a leer esta obrita rara que, por la portada, debió de llamar lo suyo la atención en aquellos tiempos de puro franquismo en los que los «nervios», si exaltados, más requerían un exorcismo que una sesión de terapia. Comencemos, pues, con un ejercicio cercano al psicoanálisis, porque tiene los sueños como objetivo: Para el ejercicio número nueve es preciso acostarse y una vez rezadas las oraciones habituales y ante de dormirse leer lentamente por dos veces el relato consignado y escribir al despertar, al siguiente día, lo soñado nada más despertar y sin corrección alguna. […] El primero de esos relatos narra la odisea del cadáver de Evita Perón, que desconocía, aunque el relato es una mínima parte del relato real y estremecedor de la odisea del cadáver embalsamado de la líder peronista, que acaso exigiera o una narración muy creativa o un documental de lo esperpéntico. […] El segundo relato comienza con una ambigüedad solo propia de nuestro presente, jamás de los años 60: «Melina Ross fue siempre íntima de su amiga Lilian Cenier, y cuando pasados los años, ambas contrajeron matrimonio…».

          Como hablan por sí mismos con mayor elocuencia de la que yo pueda tener, reseño íntegra la prescripción de la «vida equilibrada» y luego los ejercicios de relajación:

Plan de vida equilibrada:

Diariamente, las tareas propias del estudio, profesión o domésticas. […] Dormir nunca menos de ocho horas, Acostarse a eso de las once.

Cada tarde, a primera hora, un leve descanso. Los pies por encima de la cabeza y sin pensar en nada.

Diariamente, media hora de paseo al aire libre y otra media o una de tertulia con las amigas, meriendas, cafés, etc.

Cada noche, quince minutos para charlar consigo misma y hacer ejercicios de superación anímica y mental

Por la mañana, al levantarse, cinco minutos para gimnasia psicofísica seguida de ducha.

 Cada día, un ratito para lectura favorita.

Dos veces por semana, dedicar la tarde al cine o espectáculo preferido.

Los domingos y fiestas, hacer una vida totalmente distinta al reto de la semana y practicar e deporte preferido al aire libre durante todo el día.

 

Ejercicios de relajación:

          Por la mañana al despertar, por la tarde en un rato disponible y por la noche una vez rezadas las oraciones y antes de entregarse al sueño se repetirá en voz suave, más bien baja, veinte veces esta sugestión: «Me siento cada día más tranquila, feliz, audaz y decidida; estoy mejor y mejor».

          Mantenerse totalmente tranquila y sonriente (el sonreír y mantener la sonrisa en el rostro es IMPORTANTÍSIMO) frente a las pequeñas dificultades.

          No abandonar nunca una labor, una cuestión, un trabajo, sin dejarlo preparado para su continuación al día siguiente.

Recomendaciones para la vida cotidiana:

          Acostumbrarse a andar erguida. (Ayudará a ello el baile y el andar sin zapatos los primeros días hasta adiestrarse, con un libro encima de la cabeza que no debe caerse).

          Entre, algunos días a la semana, a comercios de su agrado, pregunte y vea los géneros, chucherías, etc., y después se dar cordialmente las gracias, salga sin comprar nada.

 

          Otras recomendaciones complementarias serían las siguientes:

Después de recibir precisas instrucciones caligráficas sobre el más armonioso trazado de las letras, se le pide a la mujer que escriba cuatro veces esta sugestión:

Me siento día a día mejor y mejor desde todos los puntos de vista; me siento serena y tranquila, feliz y alegre, con una alegría desbordante y comunicativa que a todo y todos se extiende; cada día me siento más ágil y segura de mí misma y sé dominar y triunfar en todas las situaciones y en todos los momentos; soy y cada día lo soy más: AUDAZ, DECIDIDA, VALIENTE, SERENA, ALEGRE, FELIZ, y para seguir siéndolo cada día más y Más, lo escribo y firmo con mi nombre y apellidos.

          Recomienda también oír a solas música alegre y seguir el ritmo con las manos: «Los discos han de ser de música alegre, optimista y pegadiza, como por ejemplo La danza de las horas, French Can Can, Bajo la doble águila, etc.» La danza de las horas, de Amilcare Ponchielli es una pieza de música de ballet que es parte de su ópera La Gioconda, aunque la popularizó Walt Disney en su película Fantasía. French Can Can es una composición de Jacques Offenbach y Bajo la doble águila es marcha militar de Josef Franz Wagner, que se adoptó en 1961 como himno del Grupo Ligero Blindado nº 1, de Ceuta, hoy Regimiento de Caballería Montesa 3.

          Termina esta obra con un sistema destinado tanto a la mujer «algo» nerviosa como a la «nerviosa» y la «muy nerviosa», ya que se trata de robustecer y reajustar el «yo» moral que desgraciadamente se encuentra en nuestra época muy descuidado, debido a dos formas equivocadas de pensar y sentir: el indiferentismo y el grosero materialismo.

Los psicogramas que añade en el último capítulo del libro no tienen desperdicio, pero ocupan nueve hojas, razón por lo cual voy a entresacar aquellos que pueden, a mi juicio, reflejar los verdaderos núcleos de interés del autor en pro de la cura del nerviosismo en las mujeres, un repertorio en el que los inquietos y ávidos lectores descubrirán no pocas recomendaciones muy propias de los libros de exoayuda más vendidos:

          Me propongo hacer de mi vida una obra maestra de verdad, bondad y belleza.

          Me gusta trabajar en grupo con otras mujeres y compartir con ellas diversiones y recreos. Me siento muy a gusto y feliz en compañía de otras mujeres. [He aquí una muestra de sororidad tan prematura que ni siquiera hay contexto social, en 1960, que la explique, salvo las reuniones «de mujeres» como práctica social. Aún recuerdo  las partidas de Pinacle ―predecesoras de las de Bridge…―de mi madre y sus amigas, para quienes hacía unos pasteles que nos impulsaban a desear la retirada de las «zampadoras», con la esperanza de que hubiera sobras que llevarse al paladar…]

          Desde hoy aborrezco las obras a medias y nada dejaré sin terminar ni terminado de forma mediocre; haré todo lo mejor que sepa y pueda; y cada vez lo haré mejor y mejor.

          Sé que la moderación, el justo término medio es el ideal para la conquista de la humana felicidad y por ello pongo siempre en todas mis tareas, afanes y propósitos un poquito de moderación. [Un «poquito», ojo, no vaya a pasarse del término medio a cualquier extremo…]

          Siempre que tengo que hacer varias cosas, escojo para la primera la más difícil o desagradable y termina con la más fácil y gustosa para mí.

          Desde hoy adoptaré la gran fórmula de la psicología japonesa: simplificaré mi vida. Para qué rodearme de un sinfín de cosas y necesidades que no son más que un estorbo casi siempre. [He aquí un curioso anticipo de la mentalidad zen que en la decoración y en el psiquismo ha borrado fronteras en el mundo.]

          Jamás aparentaré más de lo que mis recursos me permitan, ya que el pretender vivir en un círculo social superior al posible es cosa de mujeres vanas y negativas. Y, sin embargo, esa sigue siendo, en 1960 y en 2025, la tentación de muchos hombres y mujeres que cifran en el «aparentar» lo que no son su particular escalera social.]  

          Toda mujer se integra de vestido, cuerpo y alma; el primero se compra, el segundo se hace, y la tercera se cultiva con la caridad, fe y alegría del Divino creador. Así yo cultivaré más y más mi ser moral. [Resulta algo chocante esta devoción religiosa en el diplomado en Metapsíquica Experimental, pero lo cierto es que para cultivar el «ser moral» cualquier doctrina aporta más de lo que resta.]

          Recordare siempre lo que dice HEINE: Una mujer hermosa sin religión es como una flor sin perfume. Yo dedicaré fervorosamente unos minutos cada día a la religión.

          Toda mujer habladora e indiscreta es una carta abierta para todos y que todos pueden leer. [Los tópicos sobre la mujer y el tratamiento condescendiente hacia ella («mujercitas»…) marca temporalmente el texto, sobre todo si el emisor se considera con una formación a la que pocas mujeres accedían en aquellos años, aunque las había, por supuesto.]

          No olvidaré nunca el sabio consejo de Aparisi a las mujeres exhortándolas a la decisión: Puede más la que se atreve a más, y la que ataca es por lo común la que vence. [ Se trata de Antonio Aparisi y Guijarro (1815–1872), campeón del tradicionalismo español, a quien respetó mucho Castelar, quien lo tenía por modelo de orador.]

          Sé que con mis nervios convertidos en mis amigos y con fe en Dios voy aprovechando y recogiendo las gotas de felicidad que la Divina Providencia va ofreciéndome en el curso natural de la vida, Para ser feliz basta poseer dos cosas: conciencia tranquila y corazón puro. [Tanta insistencia en la obra de la fe parece apartar el manual de los estudios psicológicos para acercarlo a una suerte de recetario espiritual para alcanzar la beatitud en el siglo sin profesar en religión.]

          Prometo desde ahora evitar toda discusión, levantar la voz, irritarme…

          Desde hoy prometo hacer grata y amable la vida de cuantos me rodeen, familiares y amigas y amigos, preocupándome de su felicidad y bienestar antes que el de mí misma y ello con serenidad y sin precipitaciones.

          En fin, he aquí, como han podido leer, una visión de la mujer que es tratada como un ser relativamente inferior que necesita, como se proponía en las guías matrimoniales de los años cuarenta, de una guía práctica y espiritual para superar afecciones nerviosas e impedir que se conviertan en una patología, en un complejo. En la medida en que es un manual eminentemente práctico, no hay duda de que muchos de los consejos que aquí se ofrecen no son algo disparatado, sino normas «higiénicas» que tanto valen en 1960 como en la actualidad. Ignoro si el volumen se encuentra  fácilmente en las librerías de segunda mano en la red, pero se ha de estar muy interesado en la arqueología del pensamiento tradicional español para adquirirlo y comprobar que el autor, Manuel Segura, se adscribe a la escuela católica de la psiquiatría encabezada por el Dr. López Ibor, de infausto recuerdo.

domingo, 7 de diciembre de 2025

«Diccionario del léxico motrileño», de Francisco M. Ortega (recopilación y notas).

 




La riqueza de los léxicos locales: la identidad social en las palabras singulares.

        

           ¡Qué vasto campo el de la lexicografía!¡Que apasionante, el estudio de las voces singulares que generamos los grupos sociales! Desde los localismos hasta los argots técnicos de las distintas realidades sociolingüísticas o disciplinas del saber, bien puede decirse que el corpus solemne y canónico recogido en el DRAE es una minúscula parte del anchísimo mar de voces que somos capaces de generar y hacer nuestras, a cualquier nivel, ya digo. Y el famoso «trabajo de campo» es, en estos casos, la única herramienta a nuestro alcance capaz de recogerlas, clasificarlas y establecer, a ser posible, la univocidad o plurivocidad de sus significados. Meterse en esa tarea, que pronto nos desborda, tiene mucho mérito si es un escritor quien a ello se dedica, porque significa una suerte de tributo a la herramienta que nos nutre y nos permite crear en cualesquiera géneros que la palabra es el material imprescindible para la construcción.

          Francisco. M. Ortega se ha arremangado y, con paciencia e insistencia, ha salido a buscar un conjunto de voces que pueden definirse como «habla motrileña», puesto que a esa localidad granadina se ciñe su investigación. Motril tiene para mí, fuertes resonancias vitales, pues me llevan a mi adolescencia, cuando era nadador y tuve la fortuna y el privilegio de ser amigo de Ricardo Pérez de Rueda y sus hermanos, en cuya casa familiar me alojaron y trataron, a pesar de mi hipismo, con cariño y afecto. Entonces, Ricardo y yo éramos nadadores. Ricardo es ahora entrenador de baloncesto y yo humilde pero veterano maratoniano. Hoy, mi amistad con Francisco vuelve a unirme a ese espacio singular en donde oí un fandango de Manolo el Malagueño que me estremeció de tal manera que no lo he podido olvidar desde entonces: Yo entré un día en el manicomio/ y a mí me ha pesado el haberlo hecho/yo vi una loca en el patio/se sacaba y daba el pecho/a una muñeca de trapo. De aquellos tiempos conservo aún una copa ganada en la Travesía del Puerto, y donada por el entonces Ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga…

          Pero volvamos al léxico motrileño que ha compilado Francisco con tanto cariño como rigor, porque el conjunto, unas 500 voces, traza un panorama bastante completo de usos en los que cabe todo, porque me he tomado el placer, ¡jamás la molestia!, de investigar brevísimamente para «fijar» algunos orígenes o localizaciones de las palabras que más me han llamado la atención, justo las que quiero compartir con los hipotéticos lectores de estas páginas misceláneas. Puede parecer extravagancia, tener la afición de leer diccionarios, pero, superada esa leve reticencia, el lector que se engolfe en tesoros como este o cualesquiera otros, de los casi infinitos que hay, porque se «arman» vocabularios de casi cualquier cosa, y ahí están los diccionarios técnicos o tan especializados como el de la construcción, la navegación marítima, la fiesta de los toros, los de las palabras supuestamente «malsonantes»…, ¡prácticamente no hay actividad humana que no exija un vocabulario en el que no solo aparecen las palabras registradas en el del DRAE, sino muchas otras, como algunas de las que he seleccionado de este corpus motrileño, que harán las delicias de cualquier lector que no ignore que las palabras tienen una vida etimológica y pragmática propia! Aunque estén ordenadas alfabéticamente, cada entrada de un diccionario es un mundo y aparte, un mundo propio que puede, por el arte de birlibirloque de sus connotaciones, abrirnos resonancias mágicas, insospechadas, y deleitarnos como solo ese prodigio mirífico de la unión del significante y el significado es capaz de lograr. Invito a los lectores, pues, a que entren en esta resumida aventura de la lectura del diccionario de Francisco M. Ortega, para honra de su patria chica y ensanchamiento de nuestra patria grande de la lengua española.

          Comencemos por Abejorroncho. Insecto de la mitología motrileña. 2. Personaje alelado. Se trata de una voz que parece mezclar abejorro y rechoncho, pero, en realidad, es posible que haya un eco de «aberroncho» en ello, pero no en cuanto al significado, porque aberronchos se llaman a los garbanzos tostados, o torrados.

Y sigamos por esa maravilla poética que es Aguacuajá. Medusa. Dada la transparencia de tan mortal enemiga de los bañistas, como la la llamada «carabela portuguesa» ―porque todo lo malo siempre se achaca a otro país, como la «gripe española» o «el mal francés»…―, ver en ello el agua cuajada solo puede responder al nervio poético tan propio de la vasta región andaluza, que ha dado poetas inigualables a la literatura universal.

La deformación de voces usadas en toda la geografía es señal inequívoca del particularismo que en este entretenido volumen se recoge. Pongamos por caso Antera. Sensación desagradable que se experimenta en los dientes  encías al comer sustancias agrias o acerbas, oír ciertos ruidos desapacibles, tocar determinados cuerpos y aun con solo el recuerdo de estas cosas. Todos conocemos la voz «dentera», pero pocos dicen este motrileñismo fonético tan curioso.

Apollardao. Dicho de una persona: tonta o que no sabe cómo conducirse. Atontado. Esta palabra es una muestra de la influencia de otras hablas cercanas, porque Granada y Almería son territorios próximos a Murcia, región a la que pertenece esta voz, dada la potencia e importancia de un habla regional como el «panocho». Más adelante veremos otros casos de importación de voces que pueden fijarse incluso en territorios tan alejados como las Canarias. O mejor no, aquí las traigo: Engoar. Ganar la voluntad de alguien con halagos para conseguir de él algo. «Engoar» o «engodar», viene del portugués y se aclimató en las islas Canarias, de donde se exportó a Sudamérica. Y Maúro. Persona fastidiosa, molesta, pesada. En Canarias vale  «pueblerino», «cazurro. Viene, al parecer de «maduro», con pérdida de la d fricativa. En mi casa, sin embargo, esta voz que recibí en su momento infantil como un apodo significaba «obcecado», «cabezota», «terco». Claro que mi padre, militar de profesión, profesó en Marruecos y no descarto alguna influencia canaria.

          Arcagüéis. Cacahuetes. No es difícil hallar en la red abundaqnte información o testimonios personales sobre los vocabularios locales. Teodoro Martín, granañino, evoca la circunstancia en la que uso esta palabra, pero con distinto significado del aquí recogido por Francisco. M. ortega: Allí estaba Agustín detrás del mostrador deseando de servir a los clientes aquello que más le apeteciera: el vasillo de vino, al “comandante”, el quinto de cerveza, acompañados de unos «arcagüéis», o garbanzos tostados.  Eso prueba, en todo caso, el uso arbitrario que hacemos del lenguaje, aunque no cabe duda de que «arcagüéis» está bastante más cerca, fonéticamente de «cacahuetes».

          Brísole. Semilla del guisante. ¿No es una maravilla esta voz tan juguetona? Paree que los guisantes reboten al sacarlos de la vaina y caérsenos en el plato donde los estemos desgranando. Ropero Núñez (1989: 61) registra otras variantes léxicas arcaizantes en Andalucía tales como «presole», «presule», «prisole» y «grisole», e  incluso recoge una voz, quizá de origen prerromano, en las Alpujarras, para denominar al guisante: *mángano, no existente en el DRAE, que siempre ha vivido de espaldas a estas maravillas locales, tan llenas de encanto como de muchas otras connotaciones.

Calicatre. Persona poco hábil o de corta inteligencia. Ignoro el origen de este uso de Calicatre para designar al ignaro, porque lo más parecido es el nombre propio griego Calicrates, arquitecto del Partenón. Por otro lado, el calicatre que a mí me suena es el que seguí durante muchos años en La Codorniz, aquel «Kalikatres sapientísimo» del humorista, hoy muy desconocido, Ángel Menéndez Menéndez. Supongo que este calicatre motrileño nada tendrá que ver con «caliqueño», eufemismo para un «polvo», expresión que se remonta  los tiempos del libertinaje francés, como nadie ignora…

Campuzar. Meter a alguien de cabeza en el agua. Aunque en el DRAE aparece «capuzar», y esa es la voz que siempre usé durante mi infancia en las riberas del Mar Menor en Murcia,  no es menos cierto que en Lope de Vega aparece campuzar, aunque hemos de recordar que en el Siglo de Oro hubo una corriente de fablas inventadas para darle verosimilitud a los arcaísmos que, en muchos casos, eran invención feliz de los poetas..

Carlanca. Roña. Solo conocía la primera acepción de la palabra, el collar con pinchos para los mastines como defensa de los lobos. Pero la segunda acepción coincide con este uso motrileño: «roña». La expresión Tener muchas carlancas: tener más conchas que un galápago, sí que me parece absolutamente impenetrable.

Cermeñazo. Golpe que se recibe por una caída o por topar con un cuerpo duro. Acaso tenga que ver esta palabra con el hecho de caerse de un peral, porque la pera «cermeña» es el único nexo que encuentro con la voz aquí reseñada. Piénsese que la voz equivalente del castellano, «castañazo», equipararía ambos aumentativos, si bien los perales frutales no pasan de los cuatro metros, mientras que un castaño pasa de los 30 m, altura a la que se acercan lo perales silvestres, 20 m.

Charquetal. Sitio en que abundan los charcos. Voz expresiva y parangonable a otras como cafetal, por ejemplo. Moratín es autoridad para ella: Cuando llueve, charquetales y almodrote de lodo, y está en el DRAE. Les honra a los motrileños perseverar en su uso y resguardarla de los fríos el olvido o la muerte.

Chuminá. Dicho o hecho sin importancia. En el DRAE aparece «chuminada» como propia del andaluz, y está claro que la pérdida de la d final forma parte de ese dialecto. Pero en Murcia, tierra cercana, como ya hemos visto para otras palabras, el uso añade otra palabra: «chuminá campestre», que redunda en el desprestigio de lo rural, como es habitual en los usos lingüísticos, aunque recordemos que la Generación del 98 recorrió la geografía rural española en busca, precisamente, de todas esas voces que identificaban con el «genio verbal español» y que nutre las obras de autores como Unamuno, Azorin, Machado o Baroja.

Churri-churri. Se trata del juego infantil denominado en otros sitios churro, media manga y mangotera (manga entera), muy jugado en toda España y aun en Europa, si juzgaos por su presencia en el cuadro de Pieter Brueghel el Viejo Juegos de niños (1560), lo cual lo convierte, con el escondite, la peonza, las canicas y otros en los más antiguos.

Descalabacinar. Calentarse la cabeza en averiguar algo sin lograrlo. La calabaza siempre ha sido un referente de la mollera o el cerebro o los sesos, y no para bien, porque tener la calabaza hueca es ser un ignorante y que le den a uno calabazas en las asignaturas supone acarrear en carretilla los suspensos, si pasaban de tres, con la consiguiente reprimenda familiar. Hay algo muy de huerta en esos calabacines que sustituyen en esta ocasión a la calabaza, pero sin renunciar a la escasa complejidad de dicho fruto u hortaliza.

Diustao. Disgustado. Se ha de reconocer que la famosa economía lingüística tiene en este *diustao algo así como el colmo de los colmos. Con todo, enseguida sabemos de qué estamos hablando, porque funciona el oído como reconoce la fisonomía los retratos: enseguida añadimos los rasgos que faltan. Algo parecido ocurre con Estrebes. Aro o triángulo de hierro con tres pies, que sirve para poner al fuego sartenes, perolas, etc., que es evidente deformación de la canónica «trébedes».

          Empercudío. Que está sucio, en especial los niños cuando vuelven de jugar en la calle. Pues aquí donde la vemos es propiamente un cultismo de mucho ringorrango y notable constitucion, tan poco usado como desconocido. Que en Motril forme parte del habla popular nos die bien a las claras que los oídos no le hacen ascos a ningún vocablo, por raro o elitista que nos pueda parecer. El DRAE lo recoge y die de él que es propio de Almería, provincia limítrofe con Granada.

          Enfrangollao. Liado, mezclado. Mal hecho. Si la anterior era rara, esta no le va a la zaga, y, al parecer, forma parte de la más natural costumbre expresiva de los motrileños. El origen es rural, porque «frangollo» vale «granos de legumbres». De donde se deriva «frangollar»: 'quebrantar esos granos' y, por extensión, hacer algo deprisa y mal.

Envarracar. Lloro fuerte y continuado. Me parece que la letra e se lleva la palma de las rarezas de esta recopilación de localismos motrileños, porque ninguna de ellas tiene atisbos de ser o conocida o usada en otras partes. Sin embargo, en los diccionarios de americanismos, esta voz significa «enamorarse ciegamente». Y ya me parecería a mí mucho rodeo que se trajera a colación el «quien bien te quiere te hará llorar» para explicar su uso…

Escalichao: Enfermizo. Aunque lo primero en lo que pensamos es que esta voz sea una deformación de «desgalichado», lo más probable es que provenga de «caliche», voz almeriense que vale 'raja en una vasija', y de ahí, seguramente, la metáfora. Pero no deja de ser una suposición que exigiría comprobaciones testimoniales más precisas.

Esfarato, Desgarbado. Ignoro, porque el autor no habla de ello, qué relación ha tenido Motril con el continente americano desde el punto de vista del tráfico marítimo o simplemente comercial, pero está claro que esta voz procede del americanismo «desfaratar», que vale 'deshacer o arruinar algo'.

Espercojao. Muy limpio. Aseado. Pulcro. Como se advierte, vamos descubriendo que, a pesar de estar bien asentadas en Motril, hay voces que la tradición lexicográfica ubica en otras localidades. Es el caso de la presente, que aparece en el léxico local de Porcuna (Jaén), si bien allí se aplica a los bebés y niños pequeños, de piel sonrosada y bien alimentados, guapos en general.

Faición. Cada uno de los rasgos del cuerpo humano. Bien curiosa es la relación de esta palabra que, en apariencia extrañísima para cualquier hablante del castellano, no lo es para quienes lo somos también del catalán, porque faiçó es palabra de uso corriente en la lengua hermana. Así mismo, recordemos que aparece como faicción en el bable asturiano. Que los catalanismos llegan a todo el Reino de Murcia es evidente, y bien pudiera ser que incluso mas allá, aunque, como en otras palabras, se requeriría mayor investigación al respecto.

Furular. Funcionar. No furular: no funcionar. Otra voz, y ya van siendo muchas, que comparte Motril con el Reino de Murcia, si bien aquí, además, hay un «furulando» que vale 'deambular, pasear sin rumbo'.

Dentro de las voces sobre las que me ha sido imposible hallar ninguna pista que me conduzca a su origen, tradición o familia léxica, en una investigación no exahstiva, lo confieso, hallo Harcheles. Aparejos necesarios para realizar algún trabajo o labor, de la que no es descartable incluso un origen francés. Lostro. Piedra de gran tamaño. Y Rabinda. Mujer indómita, rebelde. Mujer amiga de riñas. Rinquina. Juguete de forma cónica y disco central, terminado en una púa y con un pequeño mango que sirve para hacerlo girar con los dedos. De siempre hemos llamado a eso, de niños, «pirindola», por lo que ignoro absolutamente los tortuosos caminos lingüísticos que ha seguido «rinquina» para afirmarse en ese significado.  

 

Extraña, de suyo, es la muy peculiar Insonrible. Persona que come abundantemente sin llegar a saciarse. Tragón, ansioso. Por extraños caminos lingüísticos, también ha adquirido esta voz el significado de 'sinvergüenza.', de un raro giro al que llegamos desde «deshonrible»,  de «des-» y «honra», de «honrar», procedente a su vez  del latín honorare.

Morralla. Pescada menudo. Aun siendo voz muy extendida, a mí me choca su uso en Cataluña, en cuyo léxico aparece con idéntica forma. En Mejico, sin embargo, significa 'moneda de poco valor', aunque bien pudiera ser por vía metafórica.

Pasaboga. El que va de un sitio a otro. El autor nos dice que así consta en el diccionario recogido por el también motrileño Paco Pérez. Y la única referencia que he podido obtener la asocia con una maniobra marítima para arriar una vela.

Perigüeta: voltereta mental. Maña, ardid. Otra voz Canaria que sin duda nos habla de la influencia de la navegación en las hablas locales y cómo el trato con marinos de todos los orígenes contribuye a adoptar unas u otras voces.  

Pipote. Botijo. En el DRAE, «Pipote, que es diminutivo de pipa, significa: 'barril pequeño para transportar líquidos u otras cosas'. Se recogió por primera vez según el NTLE (Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española), en la obra de Francisco del Rosal (1611), como «pipa» y «pippote», del latín bibo y poto, que significaban “beber”. La voz pipote se emplea en las provincias de Granada (centro y sur) y Almería (suroeste), principalmente, aunque hay algunas acepciones de ella en la zona norte de ambas provincias.

Retotollúo. De aspecto hermoso y saludable. Persona gruesa, fofa. Curioso que una misma voz se use para conceptos antitéticos. Se trata de una voz típicamente malagueña que debió extender su uso por la costa hasta llegar a Motril donde se dividió su significado en los contrarios actuales, porque, en origen, significa 'persona metidita en carnes y muy colorá'. En Guadix, sin embargo, significa algo muy de la poesía popular barroca: el viejo que quiere aparentar ser joven.

Saltabalates. Se dice de una persona pícara que no tiene crianza ni buenos modales. Teniendo en cuenta que los balates vienen a ser una especie de bancales, está claro que hablamos de la persona que roba de lo ajeno. En Cataluña usamos saltataulells, con idéntico significado.

Volón. Corta extensión o duración de una cosa, acción o suceso. (Se ha pasado la tarde en un volón). En el DRAE significa 'empujón, envite', lo que se asocia de inmediato con la celeridad propia de l paso del tiempo.

Yesaire. Enyesador. Me ha llamado la atención esta palaba por la estrecha relación con el catalán de su sufijo: cantaire, dansaire… y guixaire, que es la voz catalana para «yesaire», que resulta ser una voz valenciana, y de ahí el origen de esta voz catalano-motrileña…

Zampalimoscas. Tonto en sentido cariñoso. Aquel que revolotea alrededor de algo sin oficio ni beneficio. Es relativamente generosa la lista de palabras precedidas por «zampa-» en castellano, aunque casi todas se inclinan hacia significados relacionados con comer. «Papamoscas», que vale 'papanatas', se acerca más a la idea tan hermosamente creada en Motril, porque Zampalimoscas tiene una presencia poética que ya quisieran para sí muchos insultos cariñosos como el presente. De hecho, el autor tiene escrito un poemario en el que entra esta voz: Como un zampalimoscas.

Zóquito. Zurdo. Sin duda deformación de zocato, tiene «zóquito» curiosas connotaciones que lindan con la inhabilidad y la cortedad de inteligencia, aunque contempladas desde la bonhomía típica de los habitantes de tan ilustre y marinera ciudad de la costa granadina.

Y aquí quedan estas voces como ejemplo de las cientos de ellas igual de maravillosas  que los lectores podrán encontrar en un léxico tan concreto como singular. ¡Ojalá lo imitaran otros escritores en todos los rincones de España, para que no se pierdan modos tan poéticos de contemplar la realidad y hablar de ella!

martes, 18 de noviembre de 2025

Debate sobre la razón en «El curandero de su honra», de Pérez de Ayala.

 

Una muestra elocuente de la novela intelectual de la Generación del 14.

El presente diálogo, perteneciente a la novela El curandero de su honra, de Ramón Pérez de Ayala, uno de los tres grandes Ramones de nuestro siglo xx: Ramón Gómez de la Serna, Ramón María del Valle-Inclán y Ramón Pérez de Ayala, nos muestra de qué manera la novela española en 1926 estaba en sintonía con los esfuerzos europeos en esa dirección que se manifiestan, sobre todo, en las grandes novelas de ideas que se escriben desde aquel fructífero periodo de entreguerras en adelante, como La montaña mágica, de Thomas Mann, El hombre sin atributos, de Robert Musil o La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, a las que la presente se acerca muy tangencialmente, dada la estructura tradicional de la trama que presenta y el influjo de una tradición costumbrista y realista que late en sus páginas con viva fuerza. Igualmente, no hay que perder de vista el influjo de las Vanguardias, sobre todo por la influencia decisiva del irracionalismo que arranca con el ambiguo Futurismo de Marinetti, preludio de una decantación hacia el culto a la fuerza, la industria, el deporte y la virilidad, semillas inequívocas del fascismo que exaltarían autores como D’Annunzio o Ezra Pound, entre otros.

Colás, el interlocutor de Tigre Juan y sobrino/hijo suyo, se dirige a su padre después de haber tenido una malhadada experiencia militar tras salir de su casa para alistarse, debido a un fracaso amoroso. Enfrentado a su tío/padre, Colás le da voz a una juventud que abominaba, en aquel entonces, de los acartonados e hipócritas valores sociales y personales de una generación caduca y paralizada, incapaz de ofrecer a las nuevas generaciones un ideal de vida por el que luchar y una patria democrática donde realizarse. En la voz de este joven intuimos doctrinas filosóficas como la de Ortega y Gasset, quien defendía una concepción de la razón como «Razón vital», esto es, emanada de la vida, no impuesta a ella desde una suerte de sitial privilegiado que ahoga cuanto de natural y espontáneo hay en el ser humano. Se trata, en consecuencia, de un debate abierto y al que cada cual ha de buscarle una respuesta.

Finalmente, me gustaría destacar la poderosa intuición del «sangrador» Tigre Juan cuando compara la estructura del cerebro y la de los intestinos, como si, con infinita antelación, hubiera descubierto lo que hoy es doctrina científica corriente y moliente: la estrecha relación entre la microbiota y el cerebro, lo que confirma el también viejo dictum cervantino: «La salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago»

 

 

—¡Quiá! Si el matrimonio fuera lo razonable, no me hubiera casado. Sigo juzgando el matrimonio como el mayor disparate. Por eso me he casado. No puedo resistir el hechizo que sobre mí ejerce todo lo irrazonable y disparatado. Un hombre estúpido se casa creyendo realizar un acto razonable y natural, Cuando ya no hay remedio, se le abren los ojos; y es un desesperado. Yo no soy de esos. Me place, me fascina lo absurdo, y hacia ello voy, pero a sabiendas. La vida es un absurdo delicioso. Y lo más absurdo de la vida consiste en que llevamos dentro de la cabeza un aparato geométrico y lógico, la inteligencia, que no tiene otra función que la de registrar y poner en evidencia ese absurdo radical de la vida. Sin ese aparato registrador, viviríamos del todo como los irracionales, sintiéndonos vivir, pero sin saber que vivimos, lo cual no es vivir, ciertamente. Somos irracionales y racionales a la vez. ¡Qué contradicción! ¡Qué absurdo! Irracionales, en cuanto somos seres vivos, pues el vivir es una actividad irracional. Racionales, en cuanto sabemos que vivimos y que no podemos por menos de vivir irracionalmente. Razonamos sobre lo pasado, y aun sobre lo presente, bien entendido que el presente vivo no existe sino como forma próxima y umbral del pasado; pero no es posible razonar sobre el porvenir. Digo, los hombres inteligentes. El porvenir es siempre irracional. Si no lo fuese, tampoco sería porvenir, ni llegaría a cobrar vida. Dos y dos son cuatro. Lo han sido en el pasado. Lo serán en el porvenir. Solo que esto de que dos y dos son cuatro nada tiene que ver con la vida; pertenece a la razón y a la matemática. La razón será lo permanente, si usté quiere. Y la vida es lo mudable; por eso es irracional. La vida, lo que vive, no obedece en cada caso a otra razón que su razón de ser; y esta razón de ser es en cada caso la razón de la sinrazón. Solo el error es vida. El conocimiento es la muerte. Yo, por fortuna, he acertado a distinguir entre la Razón, con mayúscula, que es simplemente la inteligencia, o aparato registrador de la realidad, el cual llevamos dentro de la cabeza; y, de otra parte, la razón de ser de cada criatura viva y cada movimiento de la vida, la razón de la sinrazón. La realidad tiene dos mitades: una, la que no vive; otra, la que vive. Se conoce lo que no vive. Lo que es vivo se vive. Aplicada a lo que no vive, la Razón propende a proclamarse soberana, y así se suele decir que el hombre es el rey de la Naturaleza; porque, como quiera que lo que vive no muda de condición, o si cambia es conforme a modificaciones regulares y siempre idénticas, la Razón atenta echa de ver ciertas pautas o leyes fijas, permanentes, cuyo conjunto se distribuyen las ciencias naturales, de donde se deduce, con aturdimiento orgulloso y pueril, que la Razón del hombre señorea la materia y es, en algún modo, árbitro del futuro de las cosas sin vida. Gran simpleza. El hombre es un simio atacado de megalomanía. Si la piedra cae, no es porque se doblegue a una ley, la de la gravedad, dictada por la Razón, sino que la Razón, a fin de explicarse este fenómeno, lo registra con una fórmula que ha llamado gravedad. Lo mismo que si la Razón vaticina que, dentro de un milenio, dos y dos serán cuatro, no se debe a que la Razón penetre o determine el futuro, sino porque lo que no vive carece de pasado y futuro y es siempre en el mismo estado. Ahora, la vida se define por su potencialidad, por su futuro. La vida pasada ya no es vida. Pero el futuro de la vida es necesariamente irracional, y la Razón no puede anticiparlo, ni, mucho menos, regirlo. La función de la Razón, respecto a la vida, está limitada a actuar sobre el pasado, o sea, sobre lo inmóvil; esto es, la vida que ya no es vida. Como que la Razón es lo contrario de la vida. La vida es lo que muere, porque la vida es lo individual. La Razón es genérica, y no muere. La vida no se puede partir ni repartir. Se dice da la vida por la patria, o por una mujer; mas no se dice dar la vida a. Dar la vida significa que uno la pierde, sin que otro la reciba; por lo tanto, no es en rigor una donación, antes bien un sacrificio, palabra que literalmente quiere decir ejecutar un acto sagrado, o lo que es lo mismo, misterioso, irracional en suma. Solo hay una forma de dar la vida a otro: engendrar. En cambio, la Razón es mostrenca, de todos y de nadie, de suerte que no perece con el individuo; se da y se comunica, sin que por eso padezca merma el donante. Yo no puedo transferir a la vida individual de ninguna otra persona ninguno de los inseparables componentes de mi vida; mis miembros, mi pulso, mis emociones, mi perfil, el color de mis ojos. Pero sí puedo compartir con otros muchos individuos mis principios de Razón y mis ideas, sin que dejen de subsistir en su integridad ideas y principios, para ellos y para mí. Como que mi Razón no es mía, sino que pertenece a la especie, al hombre  en general, pro indiviso. Lo único que es mío, inalienable e intransferible, es mi razón de ser, la razón de mi sinrazón. Si hay algunas ideas mías que los demás no comprenden ni sienten en su plenitud (digo sentir, adrede), y que, en consecuencia, no comparten, esas tales no son ideas de Razón, sino ideas vivas; mi arquetipo congénito, la idea original, el ideal, de mi existencia, mi irracionalidad, mi vida. Pues bien, la Razón superior está para eso; para admirar, para admitir humildemente y con reverencia lo irracional. El hombre es tanto más inteligente en la medida que acierta a justificar fuera de sí, en los demás hombres, el mayor número de vidas individuales, el mayor repertorio de razones de la sinrazón, la cantidad más extensa de irracionalidades; así como el hombre es más artista en la medida que acierta a sentir y hacer sentir, o sea, expresar, con la mayor intensidad, su irracionalidad su vida propia, y otras irracionalidades y vidas ajenas, cuantas más mejor, que viene a ser como multiplicar para los demás hombres las dimensiones y goce de su respectiva vida la de cada cual. He dicho, también adrede, justificar el mayor número de vidas individuales. Justificar: reconocer la justicia que a la vida le asiste, en cada caso y momento, para ser como es, infinitamente diversa en su irracionalidad. Repito que lo irrazonable y en apariencia absurdo me fascina. Por eso, además de haberme casado, he decidido concluir este invierno mi carrera de Derecho, o de Leyes, como dicen otros. ¿Hay algo más absurdo que la profesión de abogado, o jurisconsulto? Todo hecho consumado ha obedecido a una razón suficiente; encerraba, pues, un derecho a la existencia, una ley fatal e intrínseca. Lo que llamamos ley es la explicación inteligible de que un hecho se haya producido. Las leyes han nacido de los hechos, de la vida. Las leyes van a retaguardia, a remolque de la vida y de los hechos. Esto es archievidente. Y, sin embargo, se entiende por lo común (los abogados son los primeros en intoxicarse de esta ilusión), que las leyes son imperativos para lo futuro, en cuya racionalidad inanimada y geométrica (la de las leyes) deberán encuadrarse por fuerza la fluyente irracionalidad de la vida por venir. Pero la vida es vida porque está de continuo engendrando nuevos hechos que a posteriori se explicarán conforme nuevas leyes. Conque, como no sea como curiosidad superflua, ¿para qué sirve el estudio de la carrera de leyes? ¿Me lo quiere usté decir?

          —Te he estado escuchando, Colás, como quien oye llover; y no es burla ni desdén, sino encarecimiento. […] Si te asegurase que he comprendido tu doctrina, faltaría a la verdad. No he comprendido cabalmente, pero he adivinado. En las estampas de los libros de medicina he advertido siempre una gran analogía entre el burujo y revoltiño que hacen los sesos y los que hacen las tripas. […] Me parece también que en sus operaciones guardan estrecha semejanza el vientre y la cabeza. Sobrio y nutritivo alimento garantizan la sanidad, así del uno como de la otra. Caso de empacho, conviene acudir presto a la vía catártica o purgativa. Temo, Colás, que sufres una gran indigestión de la cabeza. Barre y limpia tu cabeza, Colás.[…] Es harto corriente que el huérfano de razón anda sobrado de razones. Quien mucho aspira a demostrar, solo una cosa demuestra: que no sabe a qué carta quedarse.