jueves, 4 de junio de 2026

Mi querido quirófano...

 


Entrar bípedo y salir trípedo y saltimbanqui...

 

            Soy un adicto a las intervenciones quirúrgicas. Las tengo por esos momentos de máxima sabiduría de la especie en que el ser humano corrige la obra divina y la mejora o la empeora, según los resultados. Lo mío es la predilección por la anestesia general, pero las dos últimas operaciones me las han practicado con anestesia parcial, de cintura para abajo, para el menisco, una, y otra, esta de ahora, para el tendón tibial posterior. Aunque me taparon como si fueran a hacerme una exploración ginecológica, pude ver en las placas de la lámpara central del quirófano las maniobras del cirujano para operar por laparoscopia, aunque con excesiva fragmentación, pero lo suficiente para identificar las maniobras, sin sentir absolutamente nada, por supuesto. La anestesista, amparada en que aparecía en mi historial una alergia a la penicilina, me dijo que me «bloquearía» la pierna, por lo que se me «despertaría» algunas horas después del despertar de la epidural, proceso que llevó, en el box de reanimación, sus buenas siete horas, un poco para mi desesperación, porque, tras haber leído El País, quería irme cuanto antes para casa, aunque estaba perfectamente atendido por las enfermeras con las que hice una prueba de mantenerme en pie totalmente infructuosa. Salí en silla de ruedas, pero la transición de la silla a las muletas y de estas al taxi casi dan conmigo, de espaldas, en el suelo, porque, al parecer, aún andaba algo aturdido. Desde el taxi hasta el domicilio tripodeé con idéntico desequilibrio, aunque llegué ileso hasta la sillita que me subió hasta el rellano del ascensor. Hube de reconocer que manejar las muletas fiado a la seguridad de una sola pierna, por fuerte que esté, no es fácil. El postoperatorio dictaba tres días, sin contar el de la operación, con la pierna en alto y sin jamás tocas el suelo. De hecho, aún llevo el calcetín azul de la operación puesto.

          Pensé, tan positivo soy siempre, que esto de manejar las muletas sería coser y cantar, pero como hace milenios que no las usaba, me ha costado lo suyo convertirme en el Cojo Manteca, que se hizo célebre en la Transición, aunque continuamente me venían a la memoria los chistes de Chumy Chúmez y de Gila. Sentarme en el mejor sillón de la casa fue un consuelo, pero, también, un desafío, porque subir desde tan bajo, apoyándose solo en la fuerza de la pierna derecha, cuesta lo suyo. También me ha venido a la memoria el salto de altura de los juegos paralímpicos, en los que vi a un cojo desprenderse de la muleta en el último momento y después correr a la pata coja para realizar un admirable salto.

          La dificultad que intuí para ducharme ha resultado ser mínima, gracias a la silla de la bañera y a la bolsa del alto cubo de basura no orgánica que tenemos, con la que preservo la integridad enjuta del miembro.

          A medida que pasan los días, la destreza aumenta, pero no estoy exento de accidentes como el ocurrido al pisar con la muleta en una alfombra, deslizarse ambas, alfombra y muleta y estar a punto de cometer el error de apoyarme con toda mi fuerza en un pie recién salido del quirófano. Como estaba cerca de la cama, tuve el reflejo de dejarme caer hacia ella, lo que me salvó de lo que hubiera sido una auténtica escabechina interna, porque un tendón tocado es más delicado que las cuerdas de un Stradivarius.

          Como el cirujano, joven, tuvo a bien, darme todas las explicaciones antes de la operación «salvífica», tras la que me aseguraba que podría volver a correr maratones, no me he metido en la IA ni en foros especializados para enterarme de otros casos, salvo en uno que me salió casi al paso, porque los algoritmos no descansan y, apenas has dado tú un dato de ti, todo se conjura para ofrecerte cuanto se sabe de ese asunto. Se me ha quedado, con todo, una hermosa errata: «Hola, me duele mucho el tendón trivial posterior...», y me he dicho que ni en el sufrimiento podemos perder el buen sentido del humor.

          Aún no he tomado ningún analgésico, aunque continúo con la heparina, religiosamente, porque tengo el triste recuerdo de una querida compañera de trabajo a la que escayolaron una pierna por un accidente de esquí y murió tras ser desescayolada, horas después, súbitamente. Una muerte dulce, pero atroz, cuando tienes menos de cuarenta años. No estoy escayolado, porque, aunque era el plan, cambió a un vendaje comprensivo, dado el buen estado del tendón, no así el de la vaina que lo rodea. Estoy a punto de que se cumplan los tres días para calzarme una talonera de esparto y comenzar a apoyar tibiamente el pie, a ver cómo reacciona la zona. Mientras, sigo con mis equilibrios, yendo de salón al estudio y, a veces, con descansos en el sillón, aunque me cueste levantarme.

          ¡Y Su Excelencia sin dimitir...!