La
mirada equina a la realidad desde la intimidad con ruedas.
Desde que leí
el hermoso libro de David Le Breton, Elogio del Caminar, donde deja a los
automovilistas a los pies de los caballos, tengo clavada esa espinita y el
deseo de sacármela mediante un elogio de la conducción que, sin competir con el
caminar, porque soy el primero que reconozco la superioridad de la bipedación,
sitúe pasión tan tranquila en el lugar que merece, porque, además, forma parte
emblemática de la modernidad, aunque su extensión nos haya traído problemas
climáticos que junto a la ganadería intensiva y a las energías fósiles
constituyen un auténtico quebradero de cabeza para muchos países que se mueven
entre la sequía y el anegamiento por lluvias casi tropicales.
Acotemos el
terreno, porque conducir es una palabra con amplísimo campo referencial, pues
ahí entran quienes trabajan con vehículos, desde los taxistas, hasta los
camioneros, pasando por los autobuseros, los tractoristas, los *ambulancieros,
los pilotos de Formula 1 y tantos otros a quienes su profesión «encadena» a las
cuatro ruedas sin dejarles tiempo ni espacio ni predisposición para disfrutar
de esta pasión tranquila que es conducir sin agobios, urgencias o necesidad,
que es de la que yo pretendo decir dos o tres banalidades.
Conducir un turismo
por recreo implica que, siempre que el coche esté en condiciones, esto es, que
haya pasado las revisiones obligatorias y nuestro taller de confianza nos diga
que no nos va a surgir ningún problema mecánico ―siempre dentro, claro está, de
lo previsible lógicamente, porque a veces las inesperadas meigas mecánicas te
arruinan cualquier desplazamiento, por supuesto―; implica, decía, que nos
lanzamos a la carretera con un estado de ánimo al volante que nos va a permitir
disfrutar de lo de dentro y de lo de fuera, porque conducir es vivir en dos
espacios de forma simultánea, el del interior del coche y el del exterior.
Supongo que es experiencia común, al menos entre las parejas, longevas o no,
que compartir el habitáculo del coche invite al coloquio, a las confidencias y,
sí, también a los apasionados intercambios de puntos de vista sobre cualquier
extremo de los muchos a los que la realidad, nacional e internacional, nos
obliga, como si del hecho de hablar casi visceralmente al respecto supusiera
poder modificar algo de esa realidad. La familia, las amistades y los propios
proyectos personales de los emparejados se llevan la parte del león de esos
diálogos automovilizados..., aunque, antes de entrar en ellos, y
dependiendo de la hora a la que se
emprenda el viaje, las noticias o la música clásica suelen preparar el terreno.
Para el
conductor, sobre todo, que ha de hacerlo sin perder ripio de cuanto pasara
fuera del coche, la atención se divide entre muchos requerimientos, porque el
control del tráfico, quienes nos adelantan, los más, y a quienes adelantamos,
los menos, exige su puntito de tensión, sobre todo si se produce alguna
congestión en la vía, algo que ocurre al salir de la gran ciudad donde se
habite. Salvado ese obstáculo, es el paisaje, contemplado, como sugiero, casi
con una perspectiva equina, aquello a lo que se presta una atención que, según
el conocimiento que tengamos de la ruta, gana en acuidad o no. El conductor
apasionado descubre novedades incluso en paisajes una y mil veces vistos,
porque la luz no es siempre la misma, ni las posibles, y siempre hermosas,
formaciones nubosas, o porque, según las estaciones, se atrapa un momento u
otro del proceso de crecimiento de los cultivos, o porque alguna, casi seguro
que fraudulenta, concesión reciente ha convertido en Gólgota de las renovables
el perfil mondo y lirondo de las sierras que caen dentro del horizonte de
nuestra vista.
Lo esencial para disfrutar de la conducción es la relajación, la calma interior y habitacular..., porque algunas conducciones familiares privan de esa actitud, sobre todo cuando las criaturas se convierten en géiseres estomacales que te obligan a parar y a limpiar el recinto interior con las socorridas toallitas húmedas, tan escasamente biodegradables. Se trata, por lo tanto, de una pasión que viven con intensidad las personas de edad madura, de provecta edad, los *diosos y los viejos en perfecta forma física. Si el coche es automático, y es probable que de aquí a poco todos lo sean, o que compartan ambas posibilidades como ocurre en el Kia Niro que yo conduzco, aún se dan más circunstancias favorables para convertir el conducir en un placer que, insensiblemente, nos va acercando al lugar de destino sin que sintamos la necesidad imperiosa de llegar «cuanto antes». Siempre tendré en la memoria lo que se puede considerar como parte relativa de esta pasión conductora: Los autonautas de la cosmopista, de Carol Dunlop y Julio Cortázar, una aventura sociofantástica en la que, de todos modos, se conduce lo justo entre las áreas de servicio que la pareja inspecciona como si fueran aventureros en el más exótico de los parajes.
Este
placer del que hago aquí el elogio implica que a quien va disfrutando de él le
cuesta dios y ayuda parar, y como la velocidad de crucero sobrepasa muy
justamente los 100 km/h, lo cual motiva que algún camionero nervioso, me haga
todo tipo de señales luminosas y acústicas para que acelere, antes de dedicarse
a hacer lo que debe, poner el
intermitente, abrirse y adelantarme, porque, imagino, deben sacar la peregrina
conclusión de que un turismo que vaya más lento que ellos es como una burla de
su dura profesión, y es justo lo contrario, un respeto máximo, aunque hayan de
hacer el esfuerzo de cambiar de carril para adelantarme; como no paso de ese
límite, decía, el gasto de gasolina se ajusta de tal manera que, con un depósito,
puedo ir conduciendo hasta mas de las cuatro horas que no suelo franquear
porque las lumbares imponen su ley y porque, dada mi inclinación al insomnio,
trato de evitar a toda costa el peligro de las «cabezaditas». Los estándares de
seguridad de las últimas promociones de vehículos ya llevan el control
automático de la permanencia en el carril y la disminución de velocidad para ponerse
a la par del coche que viaja delante, si se ha escogido conectar la velocidad
automática, lo que permite viajar con los pies fuera de los pedales sin riesgo
alguno.
Parte bien
curiosa de la conducción, en viajes de más de 500 km, son los momentos de
soledad, por siestecillas de la copilota o de todo el pasaje, en los que se
tiene la sensación de atravesar el espacio en fase de gravitación, porque la percepción
se desprende de una rutina que casi no nos exige atención alguna y la mente viaja
a abismos interiores en los que se representan mil y un argumentos y
reflexiones que convierten el vehículo en lo más parecido a una mónada que se
desplaza sin tocar el suelo y en la que se ventilan las más caprichosas
dialécticas, porque hablar con uno mismo sin decir ni mu es algo que la
conducción favorece. Del mismo modo, la percepción del paisaje cobra otra
dimensión, porque el único destinatario de la emoción o la epifanía de lo nunca
visto es el propio perceptor, quien siempre tiene el cuidado exquisito de no
perturbar el descanso ajeno. Ser el único despierto al volante otorga un plus
de responsabilidad que contribuye a la satisfacción íntima que ya siente el conductor
por sus experiencias contemplativas, íntimas y éxtimas.
Desde esa paradójica
vocación de lentitud se contempla con no poca piedad el nerviosismo de los Mesalas
que, dada mi velocidad de crucero, te llenan los ojos de destellos de las luces
largas mientras tardo lo mío en reintegrarme a mi derecha, tras adelantar a un tráiler
que solo viaja 5km/h más lento que yo... A veces saludo con una sonrisa y un
monárquico agitar de la mano, mientras observo su desquiciamiento nervioso, Y
al segundo ya sigo en lo mío, disfrutando de la travesía y abierto a cualquier novedad
del paisaje, porque su inmovilidad de referente pictórico es más falsa que los
paisajes de dunas. Le Breton decía que no se hace un viaje; el viaje nos
hace y nos deshace, nos inventa, y ello fundamentalmente porque caminar
permite también, entre otras cosas, descubrir el silencio: la experiencia de
caminar descentra el yo y restituye el mundo, inscribiendo así de pleno al ser
humano en unos límites que le recuerdan su fragilidad a la vez que su fuerza.
Recordemos que un mundo tranquilo y silencioso acaba por convertirse en un mundo
inquietante en el que se sienten perdidos todos aquellos que están
acostumbrados al ruido, por eso el hecho de caminar activamente se convierte en
una suerte de metamorfosis del individuo: el camino nos transforma. ¿Qué de
esa afirmación no es aplicable a la conducción? Podríamos ponernos estupendos y
certificar que el ruido propio del automóvil en su desplazamiento es una
agresión al ser humano y que está en las antípodas del silencio que solo a
través de un paso de montaña o en una meseta vastísima puede percibir el
viajero que camina. Hecha esa salvedad, he de reconocer que la capacidad del
conductor para sentir la fisicidad del paisaje depende solo de su imaginación y
del recuerdo del contacto con los elementos naturales: si se ha vivido mínimamente
en contacto con la naturaleza, en cualquier etapa de la vida, por urbanita que
uno haya acabado siendo, nunca se pierde la experiencia de ese contacto que
llevamos dentro. ¡Qué presente tengo aún los alrededores de Serradilla, cuando,
a mis seis años, llevábamos los caballos a beber a la laguna y el cuello
descendente del animal me parecía un tobogán inmenso! ¡O el olor de la menta y
la hierbabuena! ¡O el tacto de esparto de las albardas! ¡O la caricia del
hermoso pelo de los inteligentes burros! Insisto, no defiendo que sea lo mismo
moverse en el paisaje a pie o sobre ruedas, pero la aventura interior tanto se
da en uno como en otro caso, por no hablar del ensimismamiento casi místico que
produce la contemplación de las líneas que separan los carriles o la que separa
la carretera, continua o intermitente, cuando tiene dos direcciones.
Durante un
tiempo de mi juventud, conducir de noche aumentó el placer de la conducción,
pero la factura gravosa de la edad me lo ha hecho imposible. La fatiga ocular
no te deja saborear la noche, ni tampoco conducir demasiado tiempo contra el
sol. En condiciones adecuadas, sin embargo, van cayendo insensiblemente los quilómetros
a medida que el buceo en la intimidad se extiende con sus movimientos sin
gravedad, como trabajan los buzos en la reparación de los cascos. Tiene el
conductor la sensación de flotar dentro del vehículo, por amarrado que vaya con
el cinturón de seguridad, lo que no impide, en la mayoría de los accidentes, su
muerte o su semidestrucción. Lo esencial
es atenerse al placer para evitar el riesgo, aunque lanzarse a una carretera es
tirar una moneda al aire. Siempre me impresionó la novela que me contó mi amigo
Josep, no sé si era de Updike, en la que dos existencias solo coinciden en el
fatal accidente en que se estrella un coche contra el otro. Se va narrando la
vida de ambos, de forma paralela, hasta esa
fatal coincidencia en el tiempo y en el espacio. No recuerdo el título y la IA
me pide mas datos, que no tengo. Sí, como es obvio, hay un factor de riesgo inevitable
en el hecho de sentarse al volante, está fuera de toda duda, y cuando se ha
visto a algún camión dar bandazos de un lado a otro de la autopista, poco antes
de lanzarte a la aventura de adelantarlo, es difícil que el miedo no forme
parte, más o menos acallado, del viaje; un miedo que se tiene de los propios
despistes o cabezaditas, desde luego. Solo la prudencia y el amor a la conducción
como un fin en sí misma te permite viajar confiado y alerta, entregado al placer
y siempre con la mosca tras la oreja, figurada, que no realmente, porque es
sabida la distorsión y el peligro intrínseco que provocan las moscas, las
avispas o los mosquitos cuando se hacen con el control del habitáculo.
Conducir es
experiencia muy común, la mayor parte de la población la tiene, pero hay
quienes se niegan, y no con mal criterio, porque conducir en ciudad, por
ejemplo, nada tiene que ver con la pasión conductora de la que hablo, aunque
amplía el conocimiento sociológico de las reacciones humanas al volante, desde
luego. Amigo tengo que, de su natural tímido y reservado, a la que se ponía al
volante se convertía en un volcán de improperios a todo conductor viviente, a
poco que, a su juicio, hiciera alguna maniobra que se apartara de lo normal o
del código... ¡A saber los que se habrán acordado, con las peores invectivas, de
una alcaldesa de Barcelona de cuyo nombre ni quiero acordarme! ¿Quién no tiene
la experiencia de que por una manifestación de sesenta personas en el centro de
la ciudad se convierta esta en un caos para la locomoción?
Quedémonos,
sin embargo, con el magnífico sabor de
boca y de alma que le reporta al espíritu la contemplación de las bellezas
naturales que obligan tantas veces a levantar el pie del «acelerador», ¡qué
palabra tan agresiva!, para demorar el disfrute de lo imperecedero. Para el
aficionado al cine, además, ¡qué mejor road movie que la propia al
volante, seleccionando todos los encuadres, la luz y la banda sonora...!
