lunes, 16 de febrero de 2026

Érase un hombre a un carrito pegado, érase un carro superlativo...

Andanzas de intendencia...

 

          Tengo un amigo, tocayo, pues Juan se llama, con quien me cruzo a veces por mi barrio y por el suyo, zona fronteriza, que siempre se sorprende de no verme con el carrito de la compra, dada la frecuencia con que me tropiezo con él arrastrándolo de comercio en comercio, hasta la compra total. Es actividad que me recuerdo haciéndola desde siempre, porque fui el único de mis cinco hermanos que acompañaba a mi madre al mercado Guzmán el Bueno, en la calle Andrés Mellado, en Madrid, muy interesado yo, además, en el modo experto como seleccionaba el género y pedía, con nombres específicos las partes de la ternera que compraba para dar de comer a la tropa, con excepción del primogénito que estudiaba ya en la Academia General del Aire en San Javier. Era un modo interesado de sisar algo en las vueltas, cuando me tocaba ir solo, porque eso de la «paga» era ficción, de ahí que, poco antes de llegar a Madrid, con once años, me hubiera aventurado a trabajar poniendo pimientos abiertos a secar, un cesto en el que hubiera cabido yo, las manos destrozadas y una paga ínfima. Se ve que aprendí poco, porque, tres años más tarde, siempre con restricción severa de líquido, estando ya en la Residencia Blume, entré a trabajar como distribuidor de fruta por los mercados de Madrid, saliendo del de Legazpi, entonces mayorista de frutas y verduras. No tardé en comprender lo que significó el trabajo de construcción de las pirámides de Egipto, a juzgar por cómo, con una soga que me pasaba por la frente y que bajaba hasta sostener ocho cajas de frutas, recorría los pasillos del mercado para dejarlas en los puestos correspondientes. Se supone que, como deportista de élite, yo debía dormir mis ocho o nueve horas, pero a las 6’00 de la mañana viajaba en la parte superior descubierta del camión contemplando cómo se despertaba la ciudad para deslomarme en esos repartos en los que no duré más de cinco días, a pesar de lo que sorprendió a mis explotadores mi consistente fuerza física. Está claro que tenían razón: «En esto hubieras hecho carrera», me decían.

          Ser jefe y esclavo de intendencia, todo en uno, en la familia no es posición envidiable, pero tampoco la peor de las tareas en el reparto doméstico, aunque confieso mi predilección por el tendido de la ropa de esas lavadoras nocturnas antes de retirarnos a dormir, con temperaturas de 5 o 6 grados, o mi dilecta tarea: arreglar la cocina, sobre todo lavar la vajilla, porque ahí sí que, como en la compra, el placer es total. Dada mi inclinación a las tareas de la casa, previo pago, que mi madre sabía negociar muy bien, y en mí hallaba un interesado receptor a sus propuestas, nada de las tareas domésticas me es ajeno. Guiso, tiendo la ropa, barro, friego, hago la cama, ¡raramente retiro el polvo!, ¡nunca plancho!, y, sobre todo, me ocupo de que no falte ni un ajo ni una mandarina, aceite, embutidos, carne, pescado, cereales y una larguísima lista de productos cuya enumeración me llevaría algunas páginas. Estar al tanto de que no falte nada no es fácil, máxime si el siervojefe ha renunciado, por respeto a sí mismo, a elaborar la lista correspondiente y lo fía todo ―estrategia antialzheimeriana― a la memoria que poco a poco el tiempo va erosionando. Me resisto, pero eso a veces implica alguna salida extra, después de haber recorrido no menos de seis comercios distintos, porque la intendencia requiere una inversión andariega que me río yo de los del Camino de Santiago, si tuvieran que hacerse cargo de la intendencia que me toca y que, modestamente, creo que saco adelante con notable éxito. A veces, es cierto, y visto desde fuera, debo parecer ridículo, parado ante un pasillo, esperando que venga a las mientes el producto que sé que falta de ese espacio concreto, porque la memoria de la intendencia se mueve por referencias espaciales, no nominales: los pasillos  de la droguería, las vitrinas de los yogures, los estantes del café, el del cereal, ¡bendita avena mía de cada día!, el pasillo de las latas, el de las especias... Los recorro y, usualmente, me viene enseguida el rayo luminoso de la carencia que me lanza las manos hacia el producto inexistente en la casa.

          Frente a la tendencia a comprarlo todo en un centro comercial, esa costumbre importada de Usamérica, soy lo que bien puede llamarse un «hombre de barrio», que compra cada producto allá donde lo tienen o donde lo tienen mejor que en otros sitios. Así a bote pronto: la tienda especializada en frutos secos; el Lidl, donde tienen el aceite Olisone, primera extracción en frío, excelente, y la leche de avena barista a un precio con el que otros súpers no pueden competir; Véritas ―cuyo nombre comercial parte las letras por la mitad, lo cual siempre me ha hecho pensar que algo de verdad le restaban a lo que vendían...―, donde el tofu ahumado y el seitán tienen su asiento, así como el Rooibos natural; de ahí a la panadería donde he dejado el encargo, días antes, de los moldes de trigo sarraceno; la verdulería, donde tienen unas zanahorias y unas judías verdes, estas de precio astronómico, a las que no me resisto, como tampoco a los guisantes de lágrima ni a las granadas mollares, que están a punto de cerrar la temporada ―¡en mala hora la industria cosmética se fijó en las virtudes de la granada, que tanto fruto aparta de los anaqueles de las verdulerías, así como las embotelladoras de zumos de fruta!, aunque reconozco que el zumo de granada de Consum, sobre todo en los veranos ardientes, es una recompensa de la que no suelo privarme, antes de emprender el camino de vuelta a Ítaca; y después el Consum, donde hago la mayor parte de la compra, de tal manera que, además de llenar lo que queda del carro, he de añadir una bolsa gigante que ato a la barra del carro para no llevarla a peso, lo que viene a sumar, por lo general, casi unos cincuenta quilos.

          Lo mejor de las labores de intendencia es el ejercicio de selección del material. Enfrentarse a los kiwis, los tomates solcat, el calabacín, el brócoli, los plátanos de Canarias, las peras, las manzanas, las patatas Red Pontiac, originarias de Usamérica, la cebolla dulce que enjuga las lágrimas... Para cualquier producto se ha de ejercitar una labor de selección que evite en lo posible el manoseo, porque anda que no maduran los aguacates con tanta cata como los clientes solemos hacer, como sucede con los melones o las piñas. Ser lo más parecido a un experto implica que, por lo general, los precios se van hacia arriba cuando uno no cubre el expediente, sino que quiere que los suyos paladeen lo que lleva. Así, de los casi catorce tipos de jamón que venden en la charcutería, solo el Montaraz, cuando la paletilla está bien al final y es bien magra, de unos 80€ el quilo, merece la pena comprarlo, como el pavo asado Tello, que tampoco es precisamente barato, pero tiene una calidad contrastada. Es curioso, ahora que voy escribiendo sobre estas nimiedades en las que empleo una gran cantidad de mi tiempo, tiempo del que no disfruto para atender a otros menesteres intelectuales más suculentos que la propia comida, pero tengo la sensación de ser una suerte de valetudinario youtuber prescribiendo a sus seguidores los mejores productos con los que llenar la cesta de la compra... Para el pescado, curiosamente, aunque el de Consum es excelente, tengo un puesto que frecuento desde que llegué al barrio en 1986 ―aún recuerdo que durante unos quince días, subía al barrio de Gracia  para hacer allí la compra, porque lo ignoraba todo de nuestra nueva dirección―, y sigo yendo. Allí me han visto ir a comprar llevando a mis dos hijos, uno en brazos y la otra en el coche, y eso es algo que ni ellos olvidan ni yo, ni Jaume y Ana ni Miquel, ahora.

          Ser jefe de intendencia significa tener una visión del IPC muy distinta de la de los gobiernos de turno. Y la propaganda gubernamental choca frontalmente con la percepción de quien, si traduce en pesetas lo que se gasta en algunos alimentos básicos, se lleva las manos a la cabeza y solo piensa y lamenta que nos hayamos vuelto locos: ¡un pan de molde de espelta, 1200 pts! Y que conste que no me parece mal que los productores en origen, no los excesivos intermediarios, se beneficien y obtengan las rentas que merecen, pero la sempiterna carrera alcista de los precios del carro de la compra es una realidad tan contundente que bien puede decirse que ningún político la conoce de primera mano, día a día, salvo, seguramente en forma de pose propagandística, Fraga Iribarne, cuando preguntaba siempre a Felipe González si sabía cuál era el precio del quilo de garbanzos... Pero quien recorre las calles y los comercios arrastrando el carro de los nutrientes con los que mantener a la familia sana y unida (¡hay que ver cómo se cuelga el hijo vegano del buen jamón serrano...!) no ignora que la formación de ese IPC sufre una descompensación que convendría revisar, porque es lo más engañoso que ha creado la ciencia económica. El peso de los bienes y servicios en ese IPC es un engaño tan tremendo como el que sufrimos con la imposición del euro en 2002. Así que cogí la bolsita de la nueva moneda del palé que nos guardaban los bancos a cada cliente, tardé segundos en decir que las 150 pesetas del ejemplar de El País iban a subir en menos que cantaba el gallo de la estafa, a la moneda de euro, 166 pesetas. Y así fue. Y, desde entonces, fuimos escalando a unos precios que no se correspondían ni con los salarios ni con los servicios. Y ahí estamos. Carrito en ristre; cartera sombría; familia satisfecha. A verlas venir...

viernes, 30 de enero de 2026

Del amor y otras invenciones, a propósito de Eva...

 


Del enamoramiento, la construcción y los amantes.

 

          Acabo de ver una película cuya crítica no haré en mi Ojo cosmológico, porque, a veces, hasta los críticos cinematográficos son seres en quienes anida la compasión. Se trata de una supuesta comedia, pero tiene menos sentido del famoso timing propio del género que cualquier infame españolada destapada de la época de la Transición. La  película es boba hasta decir basta, aunque el contrato no sancionado legalmente con mi Conjunta me mantuvo ante la pantalla hasta el incierto final prendidito con alfileres.

          Con todo, la película aborda un tema: la separación matrimonial por desamor y la necesidad, a los cincuenta años, de «volverse a enamorar», vivido casi como un imperativo categórico. No haré hincapié en la sonrojante escena de la protagonista pidiéndole a la doctora que le recete «las hormonas del amor», porque se trata de unas de las peores digestiones de la llamada «comedia romántica» que haya visto nunca. No se trata de que los personajes tengan menos espesor psicológico que el cabello de un sufrido paciente de alopecia, sino de que, por amor a la invención funesta, toda la trama transcurre sobre una superficie social con menor espesor aún que aquel cabello. En la medida en que la protagonista trabaja en una editorial boyante, si nos atenemos a las oficinas y a personal que en ellas trabaja, vamos entrando en razón de cómo se pueden editar obras como la del tal Uclés o premiar con una millonada la de Del Val.

          Pero vayamos al meollo adolescente de la trama: una mujer casada, con dos hijos, con sólida carrera profesional, tiene en Roma un accidentado encuentro con un galán argentino (algo que, de por sí, ya es capaz de explicarlo todo...) y, a partir de ahí, porque le hizo tilín y tolón, la buena mujer, honesta, eso sí, decide separarse para vivir, sin la típica y efímera culpabilidad de los adúlteros, un nuevo enamoramiento. La convivencia conyugal, de la que nada se explica en la película, se desmorona en cuanto la pánfila e inocente enamoradiza confirma que la contemplación furtiva de dos felices y fogosos enamorados le ha dado una profunda envidia; porque a la cándida no se le ocurre otra cosa que decirlo en una reunión de amigos con su esposo delante, quien enseguida hace de ese comentario «un punto de honor», que se decía en el teatro calderoniano, y precipita la decisión de su mujer. La historia abandona en ese momento lo único que hubiera podido tener interés: analizar, a través de su vida conyugal, cómo se ha fraguado el desamor, y escoge el camino trillado de las citas de la mujer con candidatos inverosímiles y otros desvaríos.

          Doy por sentada que dejarse seducir por alguien que nos deslumbre, aunque sea en apariencia, puede ser motivo de un enamoramiento súbito que haga olvidar cualquier otro y que empuje a tomar medidas radicales: separación, divorcio, etc. ―y ahí están los dispares casos patéticos de dos premios Nobel de la literatura en lengua castellana que no me dejarán mentir...―; pero, aun dando eso por sentado, no dejo de preguntarme cómo es posible que se debilite hasta tales extremos un vínculo amoroso que ha llevado a los enamorados a convivir, o a casarse, a tener hijos y, en general, a compartir toda la vida, de tal manera que, en estos casos, la vida propia ha dejado de existir para convertirse en una vida en común. ¿Podríamos hablar, a propósito de quienes reniegan de su vínculo, de «capitalistas del amor» que aspiran a recuperar su «vida propia» o, más propiamente, «la propiedad de su vida» individual desde la que enamorarse de nuevo?  Me importa un bledo que se pudiera, por supuesto. Sigue interesándome más, hoy y siempre, el análisis de la caída, del desmoronamiento, del hundimiento de una unión que hasta ese momento era capaz de darle pleno sentido a las vidas de esos enamorados.

          Enamorarse es arbitrario, y se parece mucho al primer impulso de la ira: que no está en nuestras manos gobernarlo. Algo muy distinto es el emparejamiento a que el amor lleva y donde busca este el espacio de su acomodo y de su supervivencia. Pero en ese proceso, llamémoslo «relato», como le gustaría a Paul Ricœur, sí que ambos enamorados, porque o el amor es recíproco o es un desafinado canto al sol, tienen una responsabilidad decisiva. Estamos hablando de «construcción» ―y también de «narración»―, del levantamiento de un edificio diseñado al alimón  por dos arquitectos que han de conciliar sus diferentes puntos de vista, experiencias y, si las hubiera, versiones del enamoramiento. Si cualquier edificio necesita «mantenimiento», ¡imaginemos cuánto necesitará el del amor! No son edificios que se hundan de un día para otro, siempre que a solidez de sus cimientos no sea saboteada ya por el súbito «desamor» ya por el peor enemigo de dichas construcciones: la negligencia en su cuidado.

          Hay una pueril confianza en que el enamoramiento, como la pasión, se dan de una vez y para siempre, sin que se requieran los muchos cuidados constantes, diarios, que la realidad surgida de tal acontecimiento precisa, ¡exige! El amor no está hecho para los perezosos ni para los inversores ni para los egoístas. No es un «trabajo», pero sí una «ocupación» constante. No es una obligación, sino una ligadura doble con que los enamorados estrechan y refuerzan la intimidad creada para hacerla, ¡paradoja de paradojas!, la unión más libre. Hay quienes se desentienden del amor porque no lo entienden, porque no comprenden, por las razones que de tales tienen el nombre pero no la entidad, que la subyugación requiera ser renovada a cada instante: no hay horas ni minutos para el amor: cualquier segundo se hace eterno para un beso, una caricia o una mirada. Somos, sí, gozosos y orgullosos objetos del amor, cosas-en-sí animadas por una potente y secular llama que consume y vivifica: un prodigio de la metamorfosis diaria del ave fénix que renace cada día de sus cenizas candentes. En las antípodas del relato amoroso está lo de «cría fama...» o, dicho de otra manera, acaso paradójica: nunca se triunfa en el amor si no se triunfa una vez tras otra, día tras día, en un ejercicio de perseverancia quizás solo comparable, ¡ay!, a otras formas prosaicas de la ambición; pero obra diaria es, al cabo, la tarea del amor, sus «trabajos», tan peregrinos, a veces, como los de Persiles y Sigismunda.

          Por todo ello, de esa boba película que se queda en los epifenómenos del amor, tanto todo me irrita, porque, sin reflexión ni consideración alguna salvo seguir una necesidad convertida en la necedad de un cliché: volver a sentir la sensación de ser única y exclusiva no a los ojos de por quien ya se experimentó esa sensación, sino a los del galán seductor de humedecida mirada deseante, la protagonista se deja llevar por un impulso para luego chocar frontalmente con una patética realidad: las escaseces y ofertas penosas del «mercado del amor» en la edad madura.

          Lo dije al principio y lo reitero al final: ¿quién está exento, por una seducción fatal, ¡como un incendio!, de abandonar el edificio donde habitaba su amor y despreocuparse de la suerte aciaga que con esa decisión ha de correr? Nadie. Pero tampoco nadie me hará desistir de la idea de que es obra maestra de la creatividad amorosa saber conservar toda una vida el edificio del amor y legarlo a la memoria de las generaciones futuras. Es una proeza narrativa. Y más normal de lo que se pueda pensar. Lo extraordinario tiene muy bien definidos y establecidos los ritos del cortejo, y sus practicantes se afanan en ellos con admirable complicidad y pasión para ganar el segundo, no la hora ni el día ni el año de la eternidad que se consuma en cada instante.

viernes, 2 de enero de 2026

Natación.

 

El autor.

La zambullida de Mnemósine.

 

          Un talón desplazado hacia el exterior me ha provocado una tendinitis del tobillo que, al decir de la traumatóloga, es posible que solo tenga un remedio quirúrgico. En el ínterin, he decidido suspender mi entrenamiento de carrera y sustituirlo por la natación. Dejo de lado que, al hacer la bolsa para ir a la piscina, cambiando la actividad, no he seguido ninguno de mis hábitos y hasta he tenido que parar el coche en una esquina próxima a casa y pedirle a mi hijo que me pusiera en el ascensor el candado de la taquilla y la pulsera de acceso a las instalaciones.

          Y ahí me veo, enfundado en la mínima prenda que requiere el deporte, con el gorro correspondiente, las gafas y los tapones en los oídos, dispuesto, tras unos breves ejercicios de calentamiento a desafiar la edad, los quilos y la memoria, y muy pendiente de si todo ello me impedirá o no sacar los brazos para consumar los primeros veinticinco metros estilo mariposa nadados en acaso quince años. Los dolores de la 3ª, 4ª, y 5ª vértebras lumbares no parecen aconsejarlo, del mismo modo que la nefasta operación del menisco de la rodilla izquierda me previenen de nadar a braza. Con todo, el primer embate divino ha sido el del olor a cloro, un olor que me acompañó desde los 13 hasta los 20 años en una adolescencia y primera juventud en la que, como quien dice, no saqué la cabeza del agua, siéndome más natural respirar cada cuatro brazadas que andar por la calle silbando tonadas inventadas. Desde la pileta escueta del Parque Móvil de Ministerios, donde me inicié como joven promesa, pasando por las de la Residencia Blume, primero en la piscina del Gimnasio Moscardó y después en  la de la Casa de Campo, más tarde en la descubierta de las famosas medidas del 33’33 m de las instalaciones del Polideportivo San Fernando, en Murcia, muy cerca del Club de Tenis, en cuyas piscinas también entrené; mucho más tarde, lo haría en la de Bañolas, en la del GEiEG de Gerona, y, ya en Barcelona, en la del Sant Andreu y, finalmente, en la del Club Natació Catalunya, donde puse fin a tantos quilómetros recorridos en el más estricto autismo acuático, fortaleciendo una capacidad de concentración que, ahora soy consciente de ello, tan hermosos frutos me ha permitido cosechar en actividades tan distintas como la carrera de fondo, la literatura y la filología.

          Ahí, ultimando el calentamiento antes de zambullirme, se me convirtió el agua de la piscina en espejo donde la memoria se desplazaba a una velocidad que ya me hubiera gustado tener en aquellos tiempos, aunque lo mío ―constitución física obliga...― era la potencia, de ahí que mis pruebas «naturales» fueran los 1.500, los 400 estilos y los 200 mariposa, un estilo, este, que debió de ganarme un crédito infinito a ojos de mis padres, a quienes, así lo decían literalmente, les deslumbró el primer día que consideraron oportuno verme «actuar» en unos campeonatos, y porque mi beca de la Residencia Blume los aligeraba de unos gastos corrientes que, por otro lado, jamás me agradecieron explícitamente, aunque cuando la perdí colaboraron para mantenerme en Bañolas. Años y años de esfuerzos hiperbólicos que no tardaron en compartir su espacio con una inclinación cultural que fue creciendo a medida que aquellos, sin menguar, revelaban agriamente, más allá de los valores tradicionales del esfuerzo, la sana competitividad, el orden y la confianza en uno mismo, el contexto sociopolítico incompatible con una dedicación tan exigente y esclava: capuzar la cabeza y nadar tenía algo metafórico que se me fue revelando insufrible a medida que ciertas inclinaciones, la escritura y la actuación teatral, fundamentalmente, me requerían una distinta organización del tiempo. Incluso, durante un tiempo, coqueteé con el remo, a escondidas de mis obligaciones como nadador en la Blume.

          Ahí, ante la pileta, ahora, ignoraba cómo iba a desempeñarse mi cuerpo en ese elemento del que había desertado para abrazar el de los maratones, no menos exigente y con muy distinta recompensa. Los músculos no diré que temblaban, pero confieso que el pánico a los calambres, algo usual cuando se trabajan los músculos en seco y se los somete, al cabo de muchos años, al esfuerzo acuático que yo ahora les proponía; el pánico, digo, me tenía algo más que inquieto.

          Fue zambullirme, atacar mi vieja mariposa, cumplir los cien estilos y verme que lo del que tuvo, retuvo, iba más allá del tiempo y la falta de costumbre. Decidí hacer el grueso de la jornada al estilo espalda, porque, dentro del póquer de ellos, es el más liviano, dado que permite la respiración constante. ¡En mala hora decidí, después de doscientos metros braza, tras los seiscientos de espalda, coger la tabla y ejercitar las columnas dóricas que me sostuvieron sin desfallecer en veintiséis maratones! Apenas giré, tras las setenta y cinco metros, se me volvieron de paradójico mármol doliente desde la punta del pie hasta la rodilla, lo que me forzó a tirar de los dedos hacia las tibias, con lo que quedé varado en el mismo sitio hasta que hube forzosamente de cambiar a la patada de braza que, para mi sorpresa, me alivió y permitió cumplir los doscientos metros previstos. Y Mnemósine, ¡qué cachonda...!,  se reía las muelas recordándome aquella propulsión juvenil que dejaba un reguero de espuma a medida que avanzaba por la pileta como un avión a reacción...

          «Natación», en esos momentos, no era una práctica atlética, sino un trayecto biográfico lleno del mejor espíritu olímpico, ese sueño que no tardó en revelárseme imposible para mí; lleno, también, de inseguridad vital, de conmoción sexual, de lirismo romántico y del fatal descubrimiento de mis inmensas y atroces lagunas de Ruidera intelectuales, de las que la natación no me sacaba, pues cuanto más en ellas llovía, más tiraba de mí el resguardo a secano de las páginas impresas: otro camino de sueños que aún atravieso con la misma tenacidad con que recorría la pileta una y mil veces con un ardor solo comprable al fuego volcánico de mis fértiles y destructivos insomnios.

          Salí de la pileta rejuvenecido, y aturdido, y acalambrado, y memoriado, y solo el vapor de la sauna fue capaz de envolverme en las nieblas de tanta vida como había vuelto a meterse en mí, abrazada a mis brazadas caudalosas por el pilón de concentración...