La zambullida de Mnemósine.
Un talón
desplazado hacia el exterior me ha provocado una tendinitis del tobillo que, al
decir de la traumatóloga, es posible que solo tenga un remedio quirúrgico. En
el ínterin, he decidido suspender mi entrenamiento de carrera y sustituirlo por
la natación. Dejo de lado que, al hacer la bolsa para ir a la piscina,
cambiando la actividad, no he seguido ninguno de mis hábitos y hasta he tenido
que parar el coche en una esquina próxima a casa y pedirle a mi hijo que me
pusiera en el ascensor el candado de la taquilla y la pulsera de acceso a las
instalaciones.
Y ahí me veo,
enfundado en la mínima prenda que requiere el deporte, con el gorro
correspondiente, las gafas y los tapones en los oídos, dispuesto, tras unos
breves ejercicios de calentamiento a desafiar la edad, los quilos y la memoria,
y muy pendiente de si todo ello me impedirá o no sacar los brazos para consumar
los primeros veinticinco metros estilo mariposa nadados en acaso quince años.
Los dolores de la 3ª, 4ª, y 5ª vértebras lumbares no parecen aconsejarlo, del
mismo modo que la nefasta operación del menisco de la rodilla izquierda me
previenen de nadar a braza. Con todo, el primer embate divino ha sido el del
olor a cloro, un olor que me acompañó desde los 13 hasta los 20 años en una adolescencia y primera juventud en la que, como quien dice, no saqué la cabeza
del agua, siéndome más natural respirar cada cuatro brazadas que andar por la
calle silbando tonadas inventadas. Desde la pileta escueta del Parque Móvil de Ministerios,
donde me inicié como joven promesa, pasando por las de la Residencia Blume,
primero en la piscina del Gimnasio Moscardó y después en la de la Casa de Campo, más tarde en la
descubierta de las famosas medidas del 33’33 m de las instalaciones del
Polideportivo San Fernando, en Murcia, muy cerca del Club de Tenis, en cuyas
piscinas también entrené; mucho más tarde, lo haría en la de Bañolas, en la del
GEiEG de Gerona, y, ya en Barcelona, en la del Sant Andreu y, finalmente, en la
del Club Natació Catalunya, donde puse fin a tantos quilómetros recorridos en
el más estricto autismo acuático, fortaleciendo una capacidad de concentración
que, ahora soy consciente de ello, tan hermosos frutos me ha permitido cosechar
en actividades tan distintas como la carrera de fondo, la literatura y la
filología.
Ahí, ultimando
el calentamiento antes de zambullirme, se me convirtió el agua de la piscina en
espejo donde la memoria se desplazaba a una velocidad que ya me hubiera gustado
tener en aquellos tiempos, aunque lo mío ―constitución física obliga...― era la
potencia, de ahí que mis pruebas «naturales» fueran los 1.500, los 400 estilos
y los 200 mariposa, un estilo, este, que debió de ganarme un crédito infinito a
ojos de mis padres, a quienes, así lo decían literalmente, les deslumbró el
primer día que consideraron oportuno verme «actuar» en unos campeonatos, y
porque mi beca de la Residencia Blume los aligeraba de unos gastos corrientes que,
por otro lado, jamás me agradecieron explícitamente, aunque cuando la perdí
colaboraron para mantenerme en Bañolas. Años y años de esfuerzos hiperbólicos
que no tardaron en compartir su espacio con una inclinación cultural que fue
creciendo a medida que aquellos, sin menguar, revelaban agriamente, más allá de
los valores tradicionales del esfuerzo, la sana competitividad, el orden y la
confianza en uno mismo, el contexto sociopolítico incompatible con una
dedicación tan exigente y esclava: capuzar la cabeza y nadar tenía algo
metafórico que se me fue revelando insufrible a medida que ciertas
inclinaciones, la escritura y la actuación teatral, fundamentalmente, me
requerían una distinta organización del tiempo. Incluso, durante un tiempo,
coqueteé con el remo, a escondidas de mis obligaciones como nadador en la Blume.
Ahí, ante la
pileta, ahora, ignoraba cómo iba a desempeñarse mi cuerpo en ese elemento del
que había desertado para abrazar el de los maratones, no menos exigente y con
muy distinta recompensa. Los músculos no diré que temblaban, pero confieso que
el pánico a los calambres, algo usual cuando se trabajan los músculos en seco y
se los somete, al cabo de muchos años, al esfuerzo acuático que yo ahora les
proponía; el pánico, digo, me tenía algo más que inquieto.
Fue
zambullirme, atacar mi vieja mariposa, cumplir los cien estilos y verme que lo
del que tuvo, retuvo, iba más allá del tiempo y la falta de costumbre. Decidí
hacer el grueso de la jornada al estilo espalda, porque, dentro del póquer de
ellos, es el más liviano, dado que permite la respiración constante. ¡En mala
hora decidí, después de doscientos metros braza, tras los seiscientos de
espalda, coger la tabla y ejercitar las columnas dóricas que me sostuvieron sin
desfallecer en veintiséis maratones! Apenas giré, tras las setenta y cinco
metros, se me volvieron de paradójico mármol doliente desde la punta del pie
hasta la rodilla, lo que me forzó a tirar de los dedos hacia las tibias, con lo
que quedé varado en el mismo sitio hasta que hube forzosamente de cambiar a la
patada de braza que, para mi sorpresa, me alivió y permitió cumplir los
doscientos metros previstos. Y Mnemósine, ¡qué cachonda...!, se reía las muelas recordándome aquella
propulsión juvenil que dejaba un reguero de espuma a medida que avanzaba por la
pileta como un avión a reacción...
«Natación», en
esos momentos, no era una práctica atlética, sino un trayecto biográfico lleno
del mejor espíritu olímpico, ese sueño que no tardó en revelárseme imposible
para mí; lleno, también, de inseguridad vital, de conmoción sexual, de lirismo
romántico y del fatal descubrimiento de mis inmensas y atroces lagunas de
Ruidera intelectuales, de las que la natación no me sacaba, pues cuanto más en
ellas llovía, más tiraba de mí el resguardo a secano de las páginas impresas:
otro camino de sueños que aún atravieso con la misma tenacidad con que recorría
la pileta una y mil veces con un ardor solo comprable al fuego volcánico de mis
fértiles y destructivos insomnios.
Salí de la
pileta rejuvenecido, y aturdido, y acalambrado, y memoriado, y solo el vapor de
la sauna fue capaz de envolverme en las nieblas de tanta vida como había vuelto
a meterse en mí, abrazada a mis brazadas caudalosas por el pilón de
concentración...
