viernes, 2 de enero de 2026

Natación.

 

La zambullida de Mnemósine.

 

          Un talón desplazado hacia el exterior me ha provocado una tendinitis del tobillo que, al decir de la traumatóloga, es posible que solo tenga un remedio quirúrgico. En el ínterin, he decidido suspender mi entrenamiento de carrera y sustituirlo por la natación. Dejo de lado que, al hacer la bolsa para ir a la piscina, cambiando la actividad, no he seguido ninguno de mis hábitos y hasta he tenido que parar el coche en una esquina próxima a casa y pedirle a mi hijo que me pusiera en el ascensor el candado de la taquilla y la pulsera de acceso a las instalaciones.

          Y ahí me veo, enfundado en la mínima prenda que requiere el deporte, con el gorro correspondiente, las gafas y los tapones en los oídos, dispuesto, tras unos breves ejercicios de calentamiento a desafiar la edad, los quilos y la memoria, y muy pendiente de si todo ello me impedirá o no sacar los brazos para consumar los primeros veinticinco metros estilo mariposa nadados en acaso quince años. Los dolores de la 3ª, 4ª, y 5ª vértebras lumbares no parecen aconsejarlo, del mismo modo que la nefasta operación del menisco de la rodilla izquierda me previenen de nadar a braza. Con todo, el primer embate divino ha sido el del olor a cloro, un olor que me acompañó desde los 13 hasta los 20 años en una adolescencia y primera juventud en la que, como quien dice, no saqué la cabeza del agua, siéndome más natural respirar cada cuatro brazadas que andar por la calle silbando tonadas inventadas. Desde la pileta escueta del Parque Móvil de Ministerios, donde me inicié como joven promesa, pasando por las de la Residencia Blume, primero en la piscina del Gimnasio Moscardó y después en  la de la Casa de Campo, más tarde en la descubierta de las famosas medidas del 33’33 m de las instalaciones del Polideportivo San Fernando, en Murcia, muy cerca del Club de Tenis, en cuyas piscinas también entrené; mucho más tarde, lo haría en la de Bañolas, en la del GEiEG de Gerona, y, ya en Barcelona, en la del Sant Andreu y, finalmente, en la del Club Natació Catalunya, donde puse fin a tantos quilómetros recorridos en el más estricto autismo acuático, fortaleciendo una capacidad de concentración que, ahora soy consciente de ello, tan hermosos frutos me ha permitido cosechar en actividades tan distintas como la carrera de fondo, la literatura y la filología.

          Ahí, ultimando el calentamiento antes de zambullirme, se me convirtió el agua de la piscina en espejo donde la memoria se desplazaba a una velocidad que ya me hubiera gustado tener en aquellos tiempos, aunque lo mío ―constitución física obliga...― era la potencia, de ahí que mis pruebas «naturales» fueran los 1.500, los 400 estilos y los 200 mariposa, un estilo, este, que debió de ganarme un crédito infinito a ojos de mis padres, a quienes, así lo decían literalmente, les deslumbró el primer día que consideraron oportuno verme «actuar» en unos campeonatos, y porque mi beca de la Residencia Blume los aligeraba de unos gastos corrientes que, por otro lado, jamás me agradecieron explícitamente, aunque cuando la perdí colaboraron para mantenerme en Bañolas. Años y años de esfuerzos hiperbólicos que no tardaron en compartir su espacio con una inclinación cultural que fue creciendo a medida que aquellos, sin menguar, revelaban agriamente, más allá de los valores tradicionales del esfuerzo, la sana competitividad, el orden y la confianza en uno mismo, el contexto sociopolítico incompatible con una dedicación tan exigente y esclava: capuzar la cabeza y nadar tenía algo metafórico que se me fue revelando insufrible a medida que ciertas inclinaciones, la escritura y la actuación teatral, fundamentalmente, me requerían una distinta organización del tiempo. Incluso, durante un tiempo, coqueteé con el remo, a escondidas de mis obligaciones como nadador en la Blume.

          Ahí, ante la pileta, ahora, ignoraba cómo iba a desempeñarse mi cuerpo en ese elemento del que había desertado para abrazar el de los maratones, no menos exigente y con muy distinta recompensa. Los músculos no diré que temblaban, pero confieso que el pánico a los calambres, algo usual cuando se trabajan los músculos en seco y se los somete, al cabo de muchos años, al esfuerzo acuático que yo ahora les proponía; el pánico, digo, me tenía algo más que inquieto.

          Fue zambullirme, atacar mi vieja mariposa, cumplir los cien estilos y verme que lo del que tuvo, retuvo, iba más allá del tiempo y la falta de costumbre. Decidí hacer el grueso de la jornada al estilo espalda, porque, dentro del póquer de ellos, es el más liviano, dado que permite la respiración constante. ¡En mala hora decidí, después de doscientos metros braza, tras los seiscientos de espalda, coger la tabla y ejercitar las columnas dóricas que me sostuvieron sin desfallecer en veintiséis maratones! Apenas giré, tras las setenta y cinco metros, se me volvieron de paradójico mármol doliente desde la punta del pie hasta la rodilla, lo que me forzó a tirar de los dedos hacia las tibias, con lo que quedé varado en el mismo sitio hasta que hube forzosamente de cambiar a la patada de braza que, para mi sorpresa, me alivió y permitió cumplir los doscientos metros previstos. Y Mnemósine, ¡qué cachonda...!,  se reía las muelas recordándome aquella propulsión juvenil que dejaba un reguero de espuma a medida que avanzaba por la pileta como un avión a reacción...

          «Natación», en esos momentos, no era una práctica atlética, sino un trayecto biográfico lleno del mejor espíritu olímpico, ese sueño que no tardó en revelárseme imposible para mí; lleno, también, de inseguridad vital, de conmoción sexual, de lirismo romántico y del fatal descubrimiento de mis inmensas y atroces lagunas de Ruidera intelectuales, de las que la natación no me sacaba, pues cuanto más en ellas llovía, más tiraba de mí el resguardo a secano de las páginas impresas: otro camino de sueños que aún atravieso con la misma tenacidad con que recorría la pileta una y mil veces con un ardor solo comprable al fuego volcánico de mis fértiles y destructivos insomnios.

          Salí de la pileta rejuvenecido, y aturdido, y acalambrado, y memoriado, y solo el vapor de la sauna fue capaz de envolverme en las nieblas de tanta vida como había vuelto a meterse en mí, abrazada a mis brazadas caudalosas por el pilón de concentración...