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Del
enamoramiento, la construcción y los amantes.
Acabo
de ver una película cuya crítica no haré en mi Ojo cosmológico, porque,
a veces, hasta los críticos cinematográficos son seres en quienes anida la
compasión. Se trata de una supuesta comedia, pero tiene menos sentido del
famoso timing propio del género que cualquier infame españolada
destapada de la época de la Transición. La
película es boba hasta decir basta, aunque el contrato no sancionado
legalmente con mi Conjunta me mantuvo ante la pantalla hasta el incierto final
prendidito con alfileres.
Con
todo, la película aborda un tema: la separación matrimonial por desamor y la
necesidad, a los cincuenta años, de «volverse a enamorar», vivido casi como un
imperativo categórico. No haré hincapié en la sonrojante escena de la
protagonista pidiéndole a la doctora que le recete «las hormonas del amor»,
porque se trata de unas de las peores digestiones de la llamada «comedia
romántica» que haya visto nunca. No se trata de que los personajes tengan menos
espesor psicológico que el cabello de un sufrido paciente de alopecia, sino de
que, por amor a la invención funesta, toda la trama transcurre sobre una superficie
social con menor espesor aún que aquel cabello. En la medida en que la
protagonista trabaja en una editorial boyante, si nos atenemos a las oficinas y
a personal que en ellas trabaja, vamos entrando en razón de cómo se pueden
editar obras como la del tal Uclés o premiar con una millonada el de Del Val.
Pero
vayamos al meollo adolescente de la trama: una mujer casa, con dos hijos, con sólida
carrera profesional, tiene en Roma un accidentado encuentro con un galán
argentino (algo que, de por sí, ya es capaz de explicarlo todo...) y, a partir
de ahí, porque le hizo tilín y tolón, la buena mujer, honesta, eso sí, decide
separarse para vivir, sin la típica y efímera culpabilidad de los adúlteros, un
nuevo enamoramiento. La convivencia conyugal, de la que nada se explica en la
película, se desmorona en cuanto la pánfila e inocente enamoradiza confirma que
la contemplación furtiva de dos felices y fogosos enamorados le ha dado una
profunda envidia; porque a la cándida no se le ocurre otra cosa que decirlo en
una reunión de amigos con su esposo delante, quien enseguida hace de ese
comentario «un punto de honor», que se decía en el teatro calderoniano, y
precipita la decisión de su mujer. La historia abandona en ese momento lo único
que hubiera podido tener interés: analizar, a través de su vida conyugal, cómo
se ha fraguado el desamor, y escoge el camino trillado de las citas de la mujer
con candidatos inverosímiles y otros desvaríos.
Doy
por sentada que dejarse seducir por alguien que nos deslumbre, aunque sea en
apariencia, puede ser motivo de un enamoramiento súbito que haga olvidar cualquier
otro y que empuje a tomar medidas radicales: separación, divorcio, etc. ―y ahí están
los dispares casos patéticos de dos premios Nobel de la literatura en lengua
castellana que no me dejarán mentir...―; pero, aun dando eso por sentado, no
dejo de preguntarme cómo es posible que se debilite hasta tales extremos un
vínculo amoroso que ha llevado a los enamorados a convivir, o a casarse, a
tener hijos y, en general, a compartir toda la vida, de tal manera que, en
estos casos, la vida propia ha dejado de existir para convertirse en una vida en
común. ¿Podríamos hablar, a propósito de quienes reniegan de su vínculo, de «capitalistas
del amor» que aspiran a recuperar su «vida propia» o, más propiamente, «la
propiedad de su vida» individual desde la que enamorarse de nuevo? Me importa un bledo que se pudiera, por
supuesto. Sigue interesándome más, hoy y siempre, el análisis de la caída, del
desmoronamiento, del hundimiento de una unión que hasta ese momento era capaz
de darle pleno sentido a las vidas de esos enamorados.
Enamorarse
es arbitrario, y se parece mucho al primer impulso de la ira: que no está en
nuestras manos gobernarlo. Algo muy distinto es el emparejamiento a que el amor
lleva y donde busca este el espacio de su acomodo y de su supervivencia. Pero en
ese proceso, llamémoslo «relato», como le gustaría a Paul Ricœur, sí que ambos
enamorados, porque o el amor es recíproco o es un desafinado canto al sol,
tienen una responsabilidad decisiva. Estamos hablando de «construcción» ―y
también de «narración»―, del levantamiento de un edificio diseñado al alimón por dos arquitectos que han de conciliar sus
diferentes puntos de vista, experiencias y, si las hubiera, versiones del
enamoramiento. Si cualquier edificio necesita «mantenimiento», ¡imaginemos
cuánto necesitará el del amor! No son edificios que se hundan de un día para
otro, siempre que a solidez de sus cimientos no sea saboteada ya por el súbito «desamor»
ya por el peor enemigo de dichas construcciones: la negligencia en su cuidado.
Hay
una pueril confianza en que el enamoramiento, como la pasión, se dan de una vez
y para siempre, sin que se requieran los muchos cuidados constantes, diarios,
que la realidad surgida de tal acontecimiento precisa, ¡exige! El amor no está
hecho para los perezosos ni ara los inversores ni para los egoístas. No es un «trabajo»,
pero sí una «ocupación» constante. No es una obligación, sino una ligadura
doble con que los enamorados estrechan y refuerzan la intimidad creada para
hacerla, ¡paradoja de paradojas!, la unión más libre. Hay quienes se
desentienden del amor porque no lo entienden, porque no comprenden, por las
razones que e tales tienen el nombre pero no la entidad, que la subyugación
requiera ser renovada a cada instante: no hay horas ni minutos para el amor:
cualquier segundo se hace eterno para un beso, una caricia o una mirada. Somos,
sí, gozosos y orgullosos objetos del amor, cosas-en-sí animadas por una potente
y secular llama que consume y vivifica: un prodigio de la metamorfosis diaria
del ave fénix que renace cada día de sus cenizas candentes. En las antípodas
del relato amoroso está lo de «ría fama...» o, dicho de otra manera, acaso
paradójica: nunca se triunfa en el amor si no se triunfa una vez tras otra, día
tras día, en un ejercicio de perseverancia quizás solo comparable, ¡ay!, a
otras formas prosaicas de la ambición; pero obra diaria es, al cabo, la tarea
del amor, sus «trabajos», tan peregrinos, a veces, como los de Persiles y Sigismunda.
Por
todo ello, de esa boba película que se queda en los epifenómenos del amor,
tanto todo me irrita, porque, sin reflexión ni consideración alguna salvo
seguir una necesidad convertida en la necedad de un cliché: volver a sentir la
sensación de ser única y exclusiva no a los ojos de por quien ya se experimentó
esa sensación, sino a los del galán seductor de humedecida mirada deseante, la
protagonista se deja llevar por un impulso para luego chocar frontalmente con
una patética realidad: las escaseces y ofertas penosas del «mercado del amor»
en la edad madura.
Lo
dije al principio y lo reitero al final: ¿quién está exento, por una seducción
fatal, ¡como un incendio!, de abandonar el edificio donde habitaba su amor y
despreocuparse de la suerte aciaga que con esa decisión ha de correr? Nadie. Pero
tampoco nadie me hará desistir de la idea de que es obra maestra de la
creatividad amorosa saber conservar toda una vida el edificio del amor y
legarlo a la memoria de las generaciones futuras. Es una proeza narrativa. Y
más normal de lo que se pueda pensar. Lo extraordinario tiene muy bien definidos
y establecidos los ritos del cortejo, y sus practicantes se afanan en ellos con
admirable complicidad y pasión para ganar el segundo, no la hora ni el día ni
el año de la eternidad que se consuma en cada instante.

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