viernes, 30 de enero de 2026

Del amor y otras invenciones, a propósito de Eva...

 


Del enamoramiento, la construcción y los amantes.

 

          Acabo de ver una película cuya crítica no haré en mi Ojo cosmológico, porque, a veces, hasta los críticos cinematográficos son seres en quienes anida la compasión. Se trata de una supuesta comedia, pero tiene menos sentido del famoso timing propio del género que cualquier infame españolada destapada de la época de la Transición. La  película es boba hasta decir basta, aunque el contrato no sancionado legalmente con mi Conjunta me mantuvo ante la pantalla hasta el incierto final prendidito con alfileres.

          Con todo, la película aborda un tema: la separación matrimonial por desamor y la necesidad, a los cincuenta años, de «volverse a enamorar», vivido casi como un imperativo categórico. No haré hincapié en la sonrojante escena de la protagonista pidiéndole a la doctora que le recete «las hormonas del amor», porque se trata de unas de las peores digestiones de la llamada «comedia romántica» que haya visto nunca. No se trata de que los personajes tengan menos espesor psicológico que el cabello de un sufrido paciente de alopecia, sino de que, por amor a la invención funesta, toda la trama transcurre sobre una superficie social con menor espesor aún que aquel cabello. En la medida en que la protagonista trabaja en una editorial boyante, si nos atenemos a las oficinas y a personal que en ellas trabaja, vamos entrando en razón de cómo se pueden editar obras como la del tal Uclés o premiar con una millonada el de Del Val.

          Pero vayamos al meollo adolescente de la trama: una mujer casa, con dos hijos, con sólida carrera profesional, tiene en Roma un accidentado encuentro con un galán argentino (algo que, de por sí, ya es capaz de explicarlo todo...) y, a partir de ahí, porque le hizo tilín y tolón, la buena mujer, honesta, eso sí, decide separarse para vivir, sin la típica y efímera culpabilidad de los adúlteros, un nuevo enamoramiento. La convivencia conyugal, de la que nada se explica en la película, se desmorona en cuanto la pánfila e inocente enamoradiza confirma que la contemplación furtiva de dos felices y fogosos enamorados le ha dado una profunda envidia; porque a la cándida no se le ocurre otra cosa que decirlo en una reunión de amigos con su esposo delante, quien enseguida hace de ese comentario «un punto de honor», que se decía en el teatro calderoniano, y precipita la decisión de su mujer. La historia abandona en ese momento lo único que hubiera podido tener interés: analizar, a través de su vida conyugal, cómo se ha fraguado el desamor, y escoge el camino trillado de las citas de la mujer con candidatos inverosímiles y otros desvaríos.

          Doy por sentada que dejarse seducir por alguien que nos deslumbre, aunque sea en apariencia, puede ser motivo de un enamoramiento súbito que haga olvidar cualquier otro y que empuje a tomar medidas radicales: separación, divorcio, etc. ―y ahí están los dispares casos patéticos de dos premios Nobel de la literatura en lengua castellana que no me dejarán mentir...―; pero, aun dando eso por sentado, no dejo de preguntarme cómo es posible que se debilite hasta tales extremos un vínculo amoroso que ha llevado a los enamorados a convivir, o a casarse, a tener hijos y, en general, a compartir toda la vida, de tal manera que, en estos casos, la vida propia ha dejado de existir para convertirse en una vida en común. ¿Podríamos hablar, a propósito de quienes reniegan de su vínculo, de «capitalistas del amor» que aspiran a recuperar su «vida propia» o, más propiamente, «la propiedad de su vida» individual desde la que enamorarse de nuevo?  Me importa un bledo que se pudiera, por supuesto. Sigue interesándome más, hoy y siempre, el análisis de la caída, del desmoronamiento, del hundimiento de una unión que hasta ese momento era capaz de darle pleno sentido a las vidas de esos enamorados.

          Enamorarse es arbitrario, y se parece mucho al primer impulso de la ira: que no está en nuestras manos gobernarlo. Algo muy distinto es el emparejamiento a que el amor lleva y donde busca este el espacio de su acomodo y de su supervivencia. Pero en ese proceso, llamémoslo «relato», como le gustaría a Paul Ricœur, sí que ambos enamorados, porque o el amor es recíproco o es un desafinado canto al sol, tienen una responsabilidad decisiva. Estamos hablando de «construcción» ―y también de «narración»―, del levantamiento de un edificio diseñado al alimón  por dos arquitectos que han de conciliar sus diferentes puntos de vista, experiencias y, si las hubiera, versiones del enamoramiento. Si cualquier edificio necesita «mantenimiento», ¡imaginemos cuánto necesitará el del amor! No son edificios que se hundan de un día para otro, siempre que a solidez de sus cimientos no sea saboteada ya por el súbito «desamor» ya por el peor enemigo de dichas construcciones: la negligencia en su cuidado.

          Hay una pueril confianza en que el enamoramiento, como la pasión, se dan de una vez y para siempre, sin que se requieran los muchos cuidados constantes, diarios, que la realidad surgida de tal acontecimiento precisa, ¡exige! El amor no está hecho para los perezosos ni ara los inversores ni para los egoístas. No es un «trabajo», pero sí una «ocupación» constante. No es una obligación, sino una ligadura doble con que los enamorados estrechan y refuerzan la intimidad creada para hacerla, ¡paradoja de paradojas!, la unión más libre. Hay quienes se desentienden del amor porque no lo entienden, porque no comprenden, por las razones que e tales tienen el nombre pero no la entidad, que la subyugación requiera ser renovada a cada instante: no hay horas ni minutos para el amor: cualquier segundo se hace eterno para un beso, una caricia o una mirada. Somos, sí, gozosos y orgullosos objetos del amor, cosas-en-sí animadas por una potente y secular llama que consume y vivifica: un prodigio de la metamorfosis diaria del ave fénix que renace cada día de sus cenizas candentes. En las antípodas del relato amoroso está lo de «ría fama...» o, dicho de otra manera, acaso paradójica: nunca se triunfa en el amor si no se triunfa una vez tras otra, día tras día, en un ejercicio de perseverancia quizás solo comparable, ¡ay!, a otras formas prosaicas de la ambición; pero obra diaria es, al cabo, la tarea del amor, sus «trabajos», tan peregrinos, a veces, como los de Persiles y Sigismunda.

          Por todo ello, de esa boba película que se queda en los epifenómenos del amor, tanto todo me irrita, porque, sin reflexión ni consideración alguna salvo seguir una necesidad convertida en la necedad de un cliché: volver a sentir la sensación de ser única y exclusiva no a los ojos de por quien ya se experimentó esa sensación, sino a los del galán seductor de humedecida mirada deseante, la protagonista se deja llevar por un impulso para luego chocar frontalmente con una patética realidad: las escaseces y ofertas penosas del «mercado del amor» en la edad madura.

          Lo dije al principio y lo reitero al final: ¿quién está exento, por una seducción fatal, ¡como un incendio!, de abandonar el edificio donde habitaba su amor y despreocuparse de la suerte aciaga que con esa decisión ha de correr? Nadie. Pero tampoco nadie me hará desistir de la idea de que es obra maestra de la creatividad amorosa saber conservar toda una vida el edificio del amor y legarlo a la memoria de las generaciones futuras. Es una proeza narrativa. Y más normal de lo que se pueda pensar. Lo extraordinario tiene muy bien definidos y establecidos los ritos del cortejo, y sus practicantes se afanan en ellos con admirable complicidad y pasión para ganar el segundo, no la hora ni el día ni el año de la eternidad que se consuma en cada instante.

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