sábado, 25 de julio de 2026

El espejo de la peor pesadilla...


 
La voracidad del fuego en la colmena.

 

          Hace unos días estuve leyendo en la terraza de mi patio interior del Ensanche a las siete de la mañana, aprovechando que aún la temperatura exterior no se había encaramado a la despiadada cima del termómetro y podía seguir, sin manchar de sudor las páginas, el excelente y ameno libro de Ricardo Tejada sobre el ensayo en la España del exilio y la España interior desde la posguerra hasta las generaciones contemporáneas anteriores a la muerte de Franco, un volumen del que pronto daré noticia en el Diario de un artista desencajado. Una hora mas tarde, hube de preparar el desayuno, no sin antes indicarle a mi Conjunta que olía a quemado. Pensó que podría tratarse del restaurante de la otra esquina del patio, cuyas chimeneas se alzan sobre los tejados. Miré en aquella dirección, pero no vi nada sospechoso. Después de desayunar, sin embargo, salí de nuevo a la terraza y entonces pude ver que se había declarado un incendio en el piso de un edificio de enfrente, a menos de cien metros. La impresión fue tan profunda, que no dudé ni un minuto en gritar «¡fuego!, ¡fuego!, ¡fuego!...» a pleno pulmón y bastantes más veces de esas tres reseñadas. Me oyeron al menos cuatro vecinos del mismo edificio, que se asomaron, vieron la magnitud de la tragedia y salieron de naja para preservar sus vidas. Más tarde supe que en el piso siniestrado una mujer había sufrido quemaduras menores antes de poder abandona la vivienda, que se había convertido en el fuego infernal que se aprecia en las fotografías que saqué después de llamar al 112 y de que, avisados los bomberos, tardaran estos una media hora en hacer aparición en la vivienda para sofocar las llamas, despreciando acceder por el entresuelo a una de las terrazas sobre cuyas lonas para protegerse del sol estaban cayendo las pavesas y maderas incendiadas. Por suerte, la vecina de al lado me oyó también y pude gritarle que echara agua con su manguera para apagar el toldo de sus vecinos, porque, de incendiarse, hubiera multiplicado la magnitud de la tragedia. Todas estas maniobras las seguía desde mi terraza mientras gritaba y tenía, al otro lado, al servicio de bomberos que me aseguraban que ya habían salido y que les hiciera caso a lo que me preguntaban, aunque toda la información ya se la había repetido hasta tres veces y lo urgente era apagar el toldo de los vecinos del entresuelo, amigos nuestros, además. Al final, el interlocutor de bomberos, dada la excitación con que yo le hablaba, diciéndole que allí no aparecía nadie y que otros pisos, además del incendiado y el que estaba por encima de él corrían peligro, decidió cortar la comunicación. Con anterioridad, había logrado comunicarme con nuestros amigos, quienes, cerca cada uno de ellos de sus trabajos respectivos, volvieron a su edificio a uña de caballo, pero ya los bomberos impedían el acceso al edificio y, un par de horas más tarde, los encontré ante el edificio, junto a un vecino que me agradeció haberle alertado con mis gritos, momento en el que le llena a uno de satisfacción saber que tiene un grito estrictamente estentóreo. Ello me recordó el reproche que me hizo un día un alumno, diciéndome que, al explicar, gritaba, cuando, como cualquier docente sabe, el profesional de la enseñanza ha de llegar con la voz hasta la última hilera de asientos de la clase y con idéntica claridad. Detuve en aquel momento la explicación y, muy didácticamente, le expliqué al alumno la diferencia entre una «voz potente» y el «grito», distinción que ignoraba. La demostración consistió en emitir un grito, en todo semejante a la voz de «¡fuego!» con que atravesé el patio de vecinos, y el pobre chiquillo, llevándose las manos a los oídos, retrocedió dos pasos, asustado ante semejante potencia vocal. Las risas de sus compañeros atenuaron la agresiva demostración de la diferencia entre voz potente y grito, desde luego.

          La terrible tragedia de la progresión de las llamas en ese piso funcionó como un espejo de la peor de las pesadillas que he tenido nunca: que se nos incendie el nuestro, un auténtico piso-biblioteca, en el que no hay habitación sin estanterías abarrotadas de libros, incluso en doble fondo, porque el piso ya no da más de sí... En realidad, cuando decidimos comprar un piso, en una época en la que aún se podía, a precio razonable, 1985, tomamos la decisión porque en el piso de Gracia donde vivíamos, de cuarenta y cinco metros cuadrados, los libros nos acabaron echando. La pesadilla de que se prendiera fuego en nuestra casa y las llamas devoraran el sustrato material de toda una vida dedicada a la lectura y al estudio es demasiado terrorífica como para considerarla ni siquiera tibiamente. Miraba el fuego y, a pesar de los nubarrones de humo que se enseñorearon del patio en pocos minutos, no logré apartar la mirada, una vez que la terraza de M. y T. estuvo fuera de peligro, y no tardé en volver a esa pesadilla recurrente: ver mi propia vivienda ocupada por esas llamas atroces inmolando, con la insania de los jerarcas nazis, todo el saber sobre el que hemos construido nuestras vidas. ¡Insoportable! A su manera, las imágenes de los bosques ardiendo ahora mismo en media España se superponían a las de mi peor pesadilla: de los árboles ha procedido la materia del soporte donde se han hecho realidad las más fértiles imaginaciones de los hombres en todo el mundo. Y no notaba ni la asfixia del humo ni el calor de un día insoportable de finales del peor julio climatológico que hemos conocido: absorto en las llamas que ocupaban del suelo al techo aquellas estancias, di en pensar si, ante lo irremediable, salvaría mi vida o me dejaría calcinar, antes de tiempo, junto a pérdidas irreparables, tan mí mismo como mi propio cuerpo y sin las que es posible que el cuerpo no pudiera responder como se espera de cualquier cuerpo..., y pensaba en La llama de una vela, de Bachelard,  en las viudas indias que se lanzan a la pira del marido fallecido y en mi afición desmesurada a engolfarme en las llamas de los leños que arden en una chimenea, momentos cumbres e inefables de mi vida. Sí, es evidente que se puede vivir sin libros, sin biblioteca personal y hasta sin leer, pero que las llamaradas para las que una biblioteca son yesca ilustrada consuman un modo de estar en el mundo, ¿cómo se enmienda o remedia?

          Todas las imágenes relacionadas con el fuego son tan atractivas como el abismo que, según recordaba Nietzsche, acaba mirando dentro de nosotros: miraba el incendio al otro lado del patio y estaba viviendo el mío propio, la devastación de toda una vida creada en torno a los libros. No en vano siempre me han atraído las erupciones volcánicas, y entre mis más intensos recuerdos está el modo inverosímil como una columna de lava ardiente de un volcán submarino trepaba desde las profundidades hasta salir a la superficie sin perder ni un ápice de su poder abrasador...

          No, no estaba preparado para recibir la imagen especular de mi propia pesadilla, y por eso prolongue, estupefacto, mi presencia impotente, una vez consumada la prestación de los míseros auxilios que pude proveer, ante unas llamas que me partían el corazón y me pusieron al  borde del llanto en varias ocasiones. Me atrae el fuego, y le temo. Me atrapa en su danza fallesca, pero le temo. Y nunca olvido que cualquier descuido lo saca de su semilla mortífera y lo convierte en un espectro infernal que todo lo devora, y le temo.  Y lo amo.

jueves, 2 de julio de 2026

«Hay una luz sobre la cama», de Torcuato Luca de Tena, la sociedad española en 1969.

 


La primera representación teatral profesional a la que asistí, con 16 años, en Madrid.

 

          Descubrí el teatro en vivo a la edad de doce años, y la primera obra que vi fue La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, representada por los alumnos cadetes de la Academia General del Aire de San Javier en el transcurso de unas jornadas culturales y deportivas llamadas Los estratosféricos, en la que actuó mi hermano mayor. Hube de esperar hasta los 16 para, por mi cuenta, e ignoro qué información en aquellos días me motivó a dar el paso, gastara buena parte del muy escaso capital para mis gastos que me mandaban mis padres en la adquisición de una entrada para esta obra de Torcuato Luca de Tena, en el Teatro Bellas Artes, en Madrid.

          A Manuel Galiana lo había visto en televisión, y me impresionó, sobre todas, su actuación en El último reloj, de Chicho Ibáñez Serrador en su serie Historias para no dormir, una actuación del cuento de Allan Poe, El corazón delator. No sé si ese conocimiento influyó o no en mi deseo de verlo actuar en vivo, pero lo cierto es que saque mi entrada y allí que me senté, todo ufano, dispuesto a presenciar el más viejo espectáculo del mundo. Ya estaba crecidito para mi edad, y no percibí que mi presencia allí extrañara a quienes se sentaban cerca de mí. La obra, una versión de José Tamayo, representada por su Compañía Lope de Vega jugaba, en un espacio abierto, con las luces para delimitar los espacios y la aparición de los personajes. Solo al final  supe que esa cama y las luces que había sobre ella representaban un espacio hospitalario, una clínica mental donde el protagonista estaba siendo tratad de su trastorno. No en balde, el doctor que interviene en el primer fuego graneado de intervenciones nos marca el tono general de la obra: Doctor: Ser hombre maduro es aceptar la existencia del mal entre nosotros. Su inmadurez, Jaime, reviste caracteres patológicos.

          Poco a poco irán apareciendo, junto al protagonista los personajes que nos van a permitir conocer la historia de Jaime y el porqué de su crisis de identidad. El protagonista es un joven que admira a su madre, muerte hace tiempo, que se dedica a preparar oposiciones a cátedra de Historia, porque le parece que la Historia es el camino recorrido por el hombre desde sus orígenes a nuestros días y que  la Historia no se está quieta, como las figuras de un cuadro, sino que está en perpetuo movimientos, como la música. Lo hace en compañía de un amigo, Justo Maqueira, a quien le preocupa que su amigo se haya apartado tanto del mundo durante tanto tiempo, va para más de tres años: No deseo ofenderte, Jaime, pero... quisiera estar seguro de que tu retraimiento obedece solo a causas morales. ¡Llevas tres años sin salir con una chica ni para ir a un cine! Más adelante, Jaime sacará de dudas a su compañero, una vez que sepamos la posición que Jaime ocupa en su familia, huérfano de madre y, en cierta manera, huérfano también de padre, porque el protagonista está convencido de que los afanes académicos le importan un bledo a su padre:  Lo único que le preocupaba de mí, y parecía ofenderle, era el hecho que consideraba insólito de no haber tenido nunca a mi edad trato íntimo con ninguna mujer. A veces pensaba que se sentía orgulloso de mí sabiéndome en la cama de un burdel que no en mi cátedra de Universidad. De esa preparación no me llamó entonces el hecho de que se empastillara para prepararlas: Estoy muy nervioso. Llevo en el cuerpo un montón de cafés y dos «simpatinas» para no dormirme y seguir estudiando. Pero, más tarde, recuerdo mi propio uso de las «centraminas» y el «katovit», en dosis muy moderadas, para preparar las mías a profesor de Secundaria.

Un poco antes se nos ha presentado el personaje de Tonuca, cuya figura ambigua llama enseguida la atención de los espectadores, y mucho más de un inexperto joven de dieciséis años: Porque es aquí, en su casa, donde hoy empiezo a trabajar. De doncella particular de usted. ¿Ahora se desayuna? ¡Nada menos que de «doncella particular»! En efecto se trata de un eufemismo para encubrir los innobles fines de su padre: desvirgarlo. Sanmiguel, un socio de su padre y amigo de la familia, será, bastante más adelante, el encargado de trazar el retrato completo de la «doncella»: Esa chiquita es una de las golfas más conocidas de Madrid, una de las golfas más conocidas de Madrid. Ella es menor, ¿sabes? Y eso se cotiza. Es de las más caras..., de las más caras. Dímelo a mí. Son revelaciones que a esa edad mía he de confesar que me turbaron e instruyeron a partes iguales, aunque mi inveterado romanticismo se ponía del lado de Jaime, incapaz de considerar a Tonuca como la veía su padre, con ojos cinegéticos: No seas primo, hijo. Yo, a tu edad..., con una gacelita así, metida en casa... Se entiende, pues, el abismo que hay entre padre e hijo, un estado que yo hacía mío con absoluta facilidad, dados los encontronazos de todo tipo que tenía con el mío, dos modos de ver la vida absolutamente  incompatibles, hasta que la vida nos separó durante más de veinte años de espeso silencio.

Pero lo que me llegaba muy adentro era sentirme inmerso en la acción que se representaba en las tablas, y no tardó en meterse dentro de mí el veneno de la representación, y en ello, lo reconozco, la actuación apasionada de Manuel Galiana, fue3 decisiva. De hecho, un año más tarde, estando yo en el Colegio Mayor Siao-Sin, porque allí nos llevaron a los miembros de la Residencia Blume para amortizar tan costosa construcción —hoy sede de la UNED—, respondí al requerimiento que hizo Fernando (Fano) Meijide para crear un grupo de teatro y me sumé con entusiasmo. Recuerdo que presentamos El canto del fantoche lusitano, de Peter Weiss, en el Certamen de Teatro Universitario, pero, en el último momento, la representación fue suspendida por la policía, a requerimiento de la embajada de Portugal, aunque, pasando la cita de boca en boca, organizamos la representación en otro Colegio diferente de donde nos impidieron la actuación y conseguimos presentarla. Creo que desde entonces ya no me abandonó jamás el veneno del teatro, y aun hoy, sé que muchos de mis actos, totalmente privados, tienen ese dulcísimo origen. Tuve un grupo y escribí, actué y dirigí para y en él, pero, pasados los años, solo la escritura ocasional de alguna obra me ha quedado como pecio del Tiempo, además de mi tendencia al histrionismo privado, por supuesto.

 

Lo que no creo que llegara a entender, como en la lectura de hoy sí he comprendido, es la dura crítica social que alberga la obra, porque el padre es un empresario que ante las dificultades de sus empresas se plantea deslocalizar la producción, llevándola a África, a Nairobi, para lo que, previamente, ha de descapitalizar, de modo delictivo, las empresas para las que, al decir del hijo, Jaime, han recibido créditos blandos del gobierno: ¡Es un dislate de los gordos! —le redarguye el padre, don Carlos—Pretendiendo salvar con inyecciones financieras a industrias mal planeadas solo consiguen fomentar la inflación, hundir la moneda y provocar el delirio en la carrera de precios. [...] No eran créditos para malvivir lo que necesitábamos del Estado, sino permiso para cerrar unas fábricas improductivas. ¡Cerrar, cerrar y mil veces cerrar, antes que gastar millones en poner inyecciones de sueros a los muertos! [...] La única solución viable la di yo. Conservar la fábrica e Getafe, cerrar las de Manresa y Aviles y montar otra en Nairobi. Ya se advierte que las prácticas económicas franquistas, aunque disfrazadas, siguen teniendo vigencia, y me refiero, claro está a los famosos rescates de empresas de las que tanto se han lucrado los miembros del PSOE y de socios de gobierno.

El meollo de la obra, pues, más allá de la muerte del padre desfalcador y evasor de divisas —por cierto, estábamos a un año del estreno, que tuve el privilegio de ver en un certamen de teatro experimental en el Teatro Marquina, de Castañuela 70, al que accedí a fuerza de empujones y en cuyo trance perdí la uña entera del pie izquierdo...— se centra en el conflicto psicológico entre un hijo tan poco hijo de su padre y, sin embargo, atrapado en una feroz escisión. Jaime se lo confiesa a su amigo Justo:  No te equivoques. No es que tenga miedo al mundo por llevar tres años encerrado, sino que me he encerrado porque las gentes me dan miedo. Y asco. La presencia ajena me repugna. Es algo visceral. Huyo del mundo porque no me es grato. De las gentes, porque las temo. De esto hace ya mucho. Y tú lo sabes. Lo de ahora es distinto. No es un problema de inmadurez, como creía mi padre; ni de nervios, como creía yo. Es algo nuevo de lo que soy consciente y me llena de horror... [...] ¡Tengo dos almas! ¡YO SOY DOS! [...] Una de estas almas siente un impulso irresistible a volver a la infancia... quizá porque entonces fui muy feliz. [...] Mi padre... La otra de mis almas... ¡Cómo le odia, Justo, cómo le odia! [...] No le odio por vengarme del mal que me ha hecho. Le odio, pura y simplemente, por haber sido un garambainas, fatuo y vulgar; una caricatura de hombre, un arlequín de la bellaquería. Y, sobre todo, por ser mi padre. [...] Pero mi otra alma, Justo, la que quiere volver a ser niño, le quiere todavía. Le sigue queriendo entrañablemente... He ahí una confesión que por fuerza había de llamar mi atención y meterme algún escalofrío en el cuerpo, porque lo que luego aprendería en Machado como «heterogeneidad del ser» se me manifestaba en esa obra como un duplicidad que, en todo caso, hacia imposible la autoidentificación conmigo mismo, sin que la duda sobre mi propia personalidad no me arruinara la vida. De hecho, imagino que, desde aquella sesión de teatro, no he dejado ni un día de reconocer la pluralidad en mi interior y de no saber nunca no a qué, sino a quién atenerme...

A titulo anecdótico, me llama poderosamente la atención una reflexión de Tonuca, por lo que tiene de actual, cuando se entera de los trapicheos del padre de Jaime: ¿Y si no era suyo para qué se mete en libros de caballerías a arreglar las cuentas de nadie? Y si se mete... ¿por qué no se cobra una comisión por su trabajo, alma de cántaro? O sea, que los actuales comisionistas que inundan las portadas de la actualidad, desde el expresidente Zapatero hasta ministros del PSOE y otras malas hierbas que medran a su amparo, no son fruto actual, sino herencia secular de este país. Esa misma Tonuca, que responde al tipo de la prostituta sentimental con espíritu maternal es la que pretende evitarle a Jaime los males propios de su falta de maduración, de ahí que se nos presente como como una suerte de mujer experimentada, a pesar de ser descrita como menor de edad...:  Pero usted, pobretico mío, ¿sabe lo que está bien y lo que está mal? ¡A otro perro con ese hueso! ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo? Eso no lo sabe ni...Dios...

Con ese escepticismo, también muy nuestro y secular —aún habrían de pasar muchos años hasta llegar, en una de mis excursiones por el abigarrado paisaje del pensamiento, hasta la lectura de Francisco Sánchez y descubrir su famoso Quod nihil scitur, «que nada se sabe»—, salí del teatro entusiasmado y desconcertado, asfixiado por las mil y una preguntas que a mí mismo me hacía y desolado por la ausencia absoluta de respuestas convincentes. Tenía dieciséis años...