jueves, 2 de julio de 2026

«Hay una luz sobre la cama», de Torcuato Luca de Tena, la sociedad española en 1969.

 


La primera representación teatral profesional a la que asistí, con 16 años, en Madrid.

 

          Descubrí el teatro en vivo a la edad de doce años, y la primera obra que vi fue La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, representada por los alumnos cadetes de la Academia General del Aire de San Javier en el transcurso de unas jornadas culturales y deportivas llamadas Los estratosféricos, en la que actuó mi hermano mayor. Hube de esperar hasta los 16 para, por mi cuenta, e ignoro qué información en aquellos días me motivó a dar el paso, gastara buena parte del muy escaso capital para mis gastos que me mandaban mis padres en la adquisición de una entrada para esta obra de Torcuato Luca de Tena, en el Teatro Bellas Artes, en Madrid.

          A Manuel Galiana lo había visto en televisión, y me impresionó, sobre todas, su actuación en El último reloj, de Chicho Ibáñez Serrador en su serie Historias para no dormir, una actuación del cuento de Allan Poe, El corazón delator. No sé si ese conocimiento influyó o no en mi deseo de verlo actuar en vivo, pero lo cierto es que saque mi entrada y allí que me senté, todo ufano, dispuesto a presenciar el más viejo espectáculo del mundo. Ya estaba crecidito para mi edad, y no percibí que mi presencia allí extrañara a quienes se sentaban cerca de mí. La obra, una versión de José Tamayo, representada por su Compañía Lope de Vega jugaba, en un espacio abierto, con las luces para delimitar los espacios y la aparición de los personajes. Solo al final  supe que esa cama y las luces que había sobre ella representaban un espacio hospitalario, una clínica mental donde el protagonista estaba siendo tratad de su trastorno. No en balde, el doctor que interviene en el primer fuego graneado de intervenciones nos marca el tono general de la obra: Doctor: Ser hombre maduro es aceptar la existencia del mal entre nosotros. Su inmadurez, Jaime, reviste caracteres patológicos.

          Poco a poco irán apareciendo, junto al protagonista los personajes que nos van a permitir conocer la historia de Jaime y el porqué de su crisis de identidad. El protagonista es un joven que admira a su madre, muerte hace tiempo, que se dedica a preparar oposiciones a cátedra de Historia, porque le parece que la Historia es el camino recorrido por el hombre desde sus orígenes a nuestros días y que  la Historia no se está quieta, como las figuras de un cuadro, sino que está en perpetuo movimientos, como la música. Lo hace en compañía de un amigo, Justo Maqueira, a quien le preocupa que su amigo se haya apartado tanto del mundo durante tanto tiempo, va para más de tres años: No deseo ofenderte, Jaime, pero... quisiera estar seguro de que tu retraimiento obedece solo a causas morales. ¡Llevas tres años sin salir con una chica ni para ir a un cine! Más adelante, Jaime sacará de dudas a su compañero, una vez que sepamos la posición que Jaime ocupa en su familia, huérfano de madre y, en cierta manera, huérfano también de padre, porque el protagonista está convencido de que los afanes académicos le importan un bledo a su padre:  Lo único que le preocupaba de mí, y parecía ofenderle, era el hecho que consideraba insólito de no haber tenido nunca a mi edad trato íntimo con ninguna mujer. A veces pensaba que se sentía orgulloso de mí sabiéndome en la cama de un burdel que no en mi cátedra de Universidad. De esa preparación no me llamó entonces el hecho de que se empastillara para prepararlas: Estoy muy nervioso. Llevo en el cuerpo un montón de cafés y dos «simpatinas» para no dormirme y seguir estudiando. Pero, más tarde, recuerdo mi propio uso de las «centraminas» y el «katovit», en dosis muy moderadas, para preparar las mías a profesor de Secundaria.

Un poco antes se nos ha presentado el personaje de Tonuca, cuya figura ambigua llama enseguida la atención de los espectadores, y mucho más de un inexperto joven de dieciséis años: Porque es aquí, en su casa, donde hoy empiezo a trabajar. De doncella particular de usted. ¿Ahora se desayuna? ¡Nada menos que de «doncella particular»! En efecto se trata de un eufemismo para encubrir los innobles fines de su padre: desvirgarlo. Sanmiguel, un socio de su padre y amigo de la familia, será, bastante más adelante, el encargado de trazar el retrato completo de la «doncella»: Esa chiquita es una de las golfas más conocidas de Madrid, una de las golfas más conocidas de Madrid. Ella es menor, ¿sabes? Y eso se cotiza. Es de las más caras..., de las más caras. Dímelo a mí. Son revelaciones que a esa edad mía he de confesar que me turbaron e instruyeron a partes iguales, aunque mi inveterado romanticismo se ponía del lado de Jaime, incapaz de considerar a Tonuca como la veía su padre, con ojos cinegéticos: No seas primo, hijo. Yo, a tu edad..., con una gacelita así, metida en casa... Se entiende, pues, el abismo que hay entre padre e hijo, un estado que yo hacía mío con absoluta facilidad, dados los encontronazos de todo tipo que tenía con el mío, dos modos de ver la vida absolutamente  incompatibles, hasta que la vida nos separó durante más de veinte años de espeso silencio.

Pero lo que me llegaba muy adentro era sentirme inmerso en la acción que se representaba en las tablas, y no tardó en meterse dentro de mí el veneno de la representación, y en ello, lo reconozco, la actuación apasionada de Manuel Galiana, fue3 decisiva. De hecho, un año más tarde, estando yo en el Colegio Mayor Siao-Sin, porque allí nos llevaron a los miembros de la Residencia Blume para amortizar tan costosa construcción —hoy sede de la UNED—, respondí al requerimiento que hizo Fernando (Fano) Meijide para crear un grupo de teatro y me sumé con entusiasmo. Recuerdo que presentamos El canto del fantoche lusitano, de Peter Weiss, en el Certamen de Teatro Universitario, pero, en el último momento, la representación fue suspendida por la policía, a requerimiento de la embajada de Portugal, aunque, pasando la cita de boca en boca, organizamos la representación en otro Colegio diferente de donde nos impidieron la actuación y conseguimos presentarla. Creo que desde entonces ya no me abandonó jamás el veneno del teatro, y aun hoy, sé que muchos de mis actos, totalmente privados, tienen ese dulcísimo origen. Tuve un grupo y escribí, actué y dirigí para y en él, pero, pasados los años, solo la escritura ocasional de alguna obra me ha quedado como pecio del Tiempo, además de mi tendencia al histrionismo privado, por supuesto.

 

Lo que no creo que llegara a entender, como en la lectura de hoy sí he comprendido, es la dura crítica social que alberga la obra, porque el padre es un empresario que ante las dificultades de sus empresas se plantea deslocalizar la producción, llevándola a África, a Nairobi, para lo que, previamente, ha de descapitalizar, de modo delictivo, las empresas para las que, al decir del hijo, Jaime, han recibido créditos blandos del gobierno: ¡Es un dislate de los gordos! —le redarguye el padre, don Carlos—Pretendiendo salvar con inyecciones financieras a industrias mal planeadas solo consiguen fomentar la inflación, hundir la moneda y provocar el delirio en la carrera de precios. [...] No eran créditos para malvivir lo que necesitábamos del Estado, sino permiso para cerrar unas fábricas improductivas. ¡Cerrar, cerrar y mil veces cerrar, antes que gastar millones en poner inyecciones de sueros a los muertos! [...] La única solución viable la di yo. Conservar la fábrica e Getafe, cerrar las de Manresa y Aviles y montar otra en Nairobi. Ya se advierte que las prácticas económicas franquistas, aunque disfrazadas, siguen teniendo vigencia, y me refiero, claro está a los famosos rescates de empresas de las que tanto se han lucrado los miembros del PSOE y de socios de gobierno.

El meollo de la obra, pues, más allá de la muerte del padre desfalcador y evasor de divisas —por cierto, estábamos a un año del estreno, que tuve el privilegio de ver en un certamen de teatro experimental en el Teatro Marquina, de Castañuela 70, al que accedí a fuerza de empujones y en cuyo trance perdí la uña entera del pie izquierdo...— se centra en el conflicto psicológico entre un hijo tan poco hijo de su padre y, sin embargo, atrapado en una feroz escisión. Jaime se lo confiesa a su amigo Justo:  No te equivoques. No es que tenga miedo al mundo por llevar tres años encerrado, sino que me he encerrado porque las gentes me dan miedo. Y asco. La presencia ajena me repugna. Es algo visceral. Huyo del mundo porque no me es grato. De las gentes, porque las temo. De esto hace ya mucho. Y tú lo sabes. Lo de ahora es distinto. No es un problema de inmadurez, como creía mi padre; ni de nervios, como creía yo. Es algo nuevo de lo que soy consciente y me llena de horror... [...] ¡Tengo dos almas! ¡YO SOY DOS! [...] Una de estas almas siente un impulso irresistible a volver a la infancia... quizá porque entonces fui muy feliz. [...] Mi padre... La otra de mis almas... ¡Cómo le odia, Justo, cómo le odia! [...] No le odio por vengarme del mal que me ha hecho. Le odio, pura y simplemente, por haber sido un garambainas, fatuo y vulgar; una caricatura de hombre, un arlequín de la bellaquería. Y, sobre todo, por ser mi padre. [...] Pero mi otra alma, Justo, la que quiere volver a ser niño, le quiere todavía. Le sigue queriendo entrañablemente... He ahí una confesión que por fuerza había de llamar mi atención y meterme algún escalofrío en el cuerpo, porque lo que luego aprendería en Machado como «heterogeneidad del ser» se me manifestaba en esa obra como un duplicidad que, en todo caso, hacia imposible la autoidentificación conmigo mismo, sin que la duda sobre mi propia personalidad no me arruinara la vida. De hecho, imagino que, desde aquella sesión de teatro, no he dejado ni un día de reconocer la pluralidad en mi interior y de no saber nunca no a qué, sino a quién atenerme...

A titulo anecdótico, me llama poderosamente la atención una reflexión de Tonuca, por lo que tiene de actual, cuando se entera de los trapicheos del padre de Jaime: ¿Y si no era suyo para qué se mete en libros de caballerías a arreglar las cuentas de nadie? Y si se mete... ¿por qué no se cobra una comisión por su trabajo, alma de cántaro? O sea, que los actuales comisionistas que inundan las portadas de la actualidad, desde el expresidente Zapatero hasta ministros del PSOE y otras malas hierbas que medran a su amparo, no son fruto actual, sino herencia secular de este país. Esa misma Tonuca, que responde al tipo de la prostituta sentimental con espíritu maternal es la que pretende evitarle a Jaime los males propios de su falta de maduración, de ahí que se nos presente como como una suerte de mujer experimentada, a pesar de ser descrita como menor de edad...:  Pero usted, pobretico mío, ¿sabe lo que está bien y lo que está mal? ¡A otro perro con ese hueso! ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo? Eso no lo sabe ni...Dios...

Con ese escepticismo, también muy nuestro y secular —aún habrían de pasar muchos años hasta llegar, en una de mis excursiones por el abigarrado paisaje del pensamiento, hasta la lectura de Francisco Sánchez y descubrir su famoso Quod nihil scitur, «que nada se sabe»—, salí del teatro entusiasmado y desconcertado, asfixiado por las mil y una preguntas que a mí mismo me hacía y desolada por la ausencia absoluta de respuestas convincentes. Tenía dieciséis años...