La
primera representación teatral profesional a la que asistí, con 16 años, en
Madrid.
Descubrí el
teatro en vivo a la edad de doce años, y la primera obra que vi fue La
venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, representada por los alumnos
cadetes de la Academia General del Aire de San Javier en el transcurso de unas
jornadas culturales y deportivas llamadas Los estratosféricos, en la que
actuó mi hermano mayor. Hube de esperar hasta los 16 para, por mi cuenta, e
ignoro qué información en aquellos días me motivó a dar el paso, gastara buena
parte del muy escaso capital para mis gastos que me mandaban mis padres en la
adquisición de una entrada para esta obra de Torcuato Luca de Tena, en el
Teatro Bellas Artes, en Madrid.
A Manuel
Galiana lo había visto en televisión, y me impresionó, sobre todas, su
actuación en El último reloj, de Chicho Ibáñez Serrador en su serie Historias
para no dormir, una actuación del cuento de Allan Poe, El corazón
delator. No sé si ese conocimiento influyó o no en mi deseo de verlo actuar
en vivo, pero lo cierto es que saque mi entrada y allí que me senté, todo
ufano, dispuesto a presenciar el más viejo espectáculo del mundo. Ya estaba
crecidito para mi edad, y no percibí que mi presencia allí extrañara a quienes
se sentaban cerca de mí. La obra, una versión de José Tamayo, representada por
su Compañía Lope de Vega jugaba, en un espacio abierto, con las luces para
delimitar los espacios y la aparición de los personajes. Solo al final supe que esa cama y las luces que había sobre
ella representaban un espacio hospitalario, una clínica mental donde el
protagonista estaba siendo tratad de su trastorno. No en balde, el doctor que
interviene en el primer fuego graneado de intervenciones nos marca el tono
general de la obra: Doctor: Ser hombre maduro es aceptar la existencia del
mal entre nosotros. Su inmadurez, Jaime, reviste caracteres patológicos.
Poco a poco
irán apareciendo, junto al protagonista los personajes que nos van a permitir
conocer la historia de Jaime y el porqué de su crisis de identidad. El
protagonista es un joven que admira a su madre, muerte hace tiempo, que se
dedica a preparar oposiciones a cátedra de Historia, porque le parece que la
Historia es el camino recorrido por el hombre desde sus orígenes a nuestros
días y que la Historia no se está
quieta, como las figuras de un cuadro, sino que está en perpetuo movimientos,
como la música. Lo hace en compañía de un amigo, Justo Maqueira, a quien le
preocupa que su amigo se haya apartado tanto del mundo durante tanto tiempo, va
para más de tres años: No deseo ofenderte, Jaime, pero... quisiera estar
seguro de que tu retraimiento obedece solo a causas morales. ¡Llevas tres años
sin salir con una chica ni para ir a un cine! Más adelante, Jaime sacará de
dudas a su compañero, una vez que sepamos la posición que Jaime ocupa en su
familia, huérfano de madre y, en cierta manera, huérfano también de padre,
porque el protagonista está convencido de que los afanes académicos le importan
un bledo a su padre: Lo único que le
preocupaba de mí, y parecía ofenderle, era el hecho que consideraba insólito de
no haber tenido nunca a mi edad trato íntimo con ninguna mujer. A veces pensaba
que se sentía orgulloso de mí sabiéndome en la cama de un burdel que no en mi
cátedra de Universidad. De esa preparación no me llamó entonces el hecho de
que se empastillara para prepararlas: Estoy muy nervioso. Llevo en el cuerpo
un montón de cafés y dos «simpatinas» para no dormirme y seguir estudiando.
Pero, más tarde, recuerdo mi propio uso de las «centraminas» y el «katovit», en
dosis muy moderadas, para preparar las mías a profesor de Secundaria.
Un poco antes se nos ha presentado el
personaje de Tonuca, cuya figura ambigua llama enseguida la atención de los
espectadores, y mucho más de un inexperto joven de dieciséis años: Porque es
aquí, en su casa, donde hoy empiezo a trabajar. De doncella particular de
usted. ¿Ahora se desayuna? ¡Nada menos que de «doncella particular»! En
efecto se trata de un eufemismo para encubrir los innobles fines de su padre:
desvirgarlo. Sanmiguel, un socio de su padre y amigo de la familia, será,
bastante más adelante, el encargado de trazar el retrato completo de la
«doncella»: Esa chiquita es una de las golfas más conocidas de Madrid, una
de las golfas más conocidas de Madrid. Ella es menor, ¿sabes? Y eso se cotiza.
Es de las más caras..., de las más caras. Dímelo a mí. Son revelaciones que
a esa edad mía he de confesar que me turbaron e instruyeron a partes iguales,
aunque mi inveterado romanticismo se ponía del lado de Jaime, incapaz de
considerar a Tonuca como la veía su padre, con ojos cinegéticos: No seas
primo, hijo. Yo, a tu edad..., con una gacelita así, metida en casa... Se
entiende, pues, el abismo que hay entre padre e hijo, un estado que yo hacía
mío con absoluta facilidad, dados los encontronazos de todo tipo que tenía con
el mío, dos modos de ver la vida absolutamente
incompatibles, hasta que la vida nos separó durante más de veinte años
de espeso silencio.
Pero lo que me llegaba muy adentro era
sentirme inmerso en la acción que se representaba en las tablas, y no tardó en
meterse dentro de mí el veneno de la representación, y en ello, lo reconozco,
la actuación apasionada de Manuel Galiana, fue3 decisiva. De hecho, un año más
tarde, estando yo en el Colegio Mayor Siao-Sin, porque allí nos llevaron a los
miembros de la Residencia Blume para amortizar tan costosa construcción —hoy
sede de la UNED—, respondí al requerimiento que hizo Fernando (Fano) Meijide
para crear un grupo de teatro y me sumé con entusiasmo. Recuerdo que
presentamos El canto del fantoche lusitano, de Peter Weiss, en el
Certamen de Teatro Universitario, pero, en el último momento, la representación
fue suspendida por la policía, a requerimiento de la embajada de Portugal,
aunque, pasando la cita de boca en boca, organizamos la representación en otro
Colegio diferente de donde nos impidieron la actuación y conseguimos
presentarla. Creo que desde entonces ya no me abandonó jamás el veneno del
teatro, y aun hoy, sé que muchos de mis actos, totalmente privados, tienen ese
dulcísimo origen. Tuve un grupo y escribí, actué y dirigí para y en él, pero,
pasados los años, solo la escritura ocasional de alguna obra me ha quedado como
pecio del Tiempo, además de mi tendencia al histrionismo privado, por supuesto.
Lo que no creo que llegara a entender,
como en la lectura de hoy sí he comprendido, es la dura crítica social que
alberga la obra, porque el padre es un empresario que ante las dificultades de
sus empresas se plantea deslocalizar la producción, llevándola a África, a
Nairobi, para lo que, previamente, ha de descapitalizar, de modo delictivo, las
empresas para las que, al decir del hijo, Jaime, han recibido créditos blandos
del gobierno: ¡Es un dislate de los gordos! —le redarguye el padre, don
Carlos—Pretendiendo salvar con inyecciones financieras a industrias mal
planeadas solo consiguen fomentar la inflación, hundir la moneda y provocar el
delirio en la carrera de precios. [...] No eran créditos para malvivir lo
que necesitábamos del Estado, sino permiso para cerrar unas fábricas
improductivas. ¡Cerrar, cerrar y mil veces cerrar, antes que gastar millones en
poner inyecciones de sueros a los muertos! [...] La única solución
viable la di yo. Conservar la fábrica e Getafe, cerrar las de Manresa y Aviles
y montar otra en Nairobi. Ya se advierte que las prácticas económicas franquistas,
aunque disfrazadas, siguen teniendo vigencia, y me refiero, claro está a los
famosos rescates de empresas de las que tanto se han lucrado los miembros del
PSOE y de socios de gobierno.
El meollo de la obra, pues, más allá de la
muerte del padre desfalcador y evasor de divisas —por cierto, estábamos a un
año del estreno, que tuve el privilegio de ver en un certamen de teatro
experimental en el Teatro Marquina, de Castañuela 70, al que accedí a fuerza de
empujones y en cuyo trance perdí la uña entera del pie izquierdo...— se centra
en el conflicto psicológico entre un hijo tan poco hijo de su padre y, sin
embargo, atrapado en una feroz escisión. Jaime se lo confiesa a su amigo
Justo: No te equivoques. No es que
tenga miedo al mundo por llevar tres años encerrado, sino que me he encerrado
porque las gentes me dan miedo. Y asco. La presencia ajena me repugna. Es algo
visceral. Huyo del mundo porque no me es grato. De las gentes, porque las temo.
De esto hace ya mucho. Y tú lo sabes. Lo de ahora es distinto. No es un
problema de inmadurez, como creía mi padre; ni de nervios, como creía yo. Es
algo nuevo de lo que soy consciente y me llena de horror... [...] ¡Tengo
dos almas! ¡YO SOY DOS! [...] Una de estas almas siente un impulso irresistible
a volver a la infancia... quizá porque entonces fui muy feliz. [...] Mi
padre... La otra de mis almas... ¡Cómo le odia, Justo, cómo le odia! [...] No
le odio por vengarme del mal que me ha hecho. Le odio, pura y simplemente, por
haber sido un garambainas, fatuo y vulgar; una caricatura de hombre, un
arlequín de la bellaquería. Y, sobre todo, por ser mi padre. [...] Pero
mi otra alma, Justo, la que quiere volver a ser niño, le quiere todavía. Le
sigue queriendo entrañablemente... He ahí una confesión que por fuerza
había de llamar mi atención y meterme algún escalofrío en el cuerpo, porque lo
que luego aprendería en Machado como «heterogeneidad del ser» se me manifestaba
en esa obra como un duplicidad que, en todo caso, hacia imposible la
autoidentificación conmigo mismo, sin que la duda sobre mi propia personalidad
no me arruinara la vida. De hecho, imagino que, desde aquella sesión de teatro,
no he dejado ni un día de reconocer la pluralidad en mi interior y de no saber
nunca no a qué, sino a quién atenerme...
A titulo anecdótico, me llama
poderosamente la atención una reflexión de Tonuca, por lo que tiene de actual,
cuando se entera de los trapicheos del padre de Jaime: ¿Y si no era suyo
para qué se mete en libros de caballerías a arreglar las cuentas de nadie? Y si
se mete... ¿por qué no se cobra una comisión por su trabajo, alma de cántaro?
O sea, que los actuales comisionistas que inundan las portadas de la actualidad,
desde el expresidente Zapatero hasta ministros del PSOE y otras malas hierbas
que medran a su amparo, no son fruto actual, sino herencia secular de este país.
Esa misma Tonuca, que responde al tipo de la prostituta sentimental con espíritu
maternal es la que pretende evitarle a Jaime los males propios de su falta de
maduración, de ahí que se nos presente como como una suerte de mujer
experimentada, a pesar de ser descrita como menor de edad...: Pero usted, pobretico mío, ¿sabe lo que está
bien y lo que está mal? ¡A otro perro con ese hueso! ¿Qué es lo bueno y qué es
lo malo? Eso no lo sabe ni...Dios...
Con ese escepticismo, también muy nuestro
y secular —aún habrían de pasar muchos años hasta llegar, en una de mis
excursiones por el abigarrado paisaje del pensamiento, hasta la lectura de
Francisco Sánchez y descubrir su famoso Quod nihil scitur, «que nada se
sabe»—, salí del teatro entusiasmado y desconcertado, asfixiado por las mil y
una preguntas que a mí mismo me hacía y desolada por la ausencia absoluta de
respuestas convincentes. Tenía dieciséis años...


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