domingo, 28 de abril de 2013

Alò 3



La voz de sus amos.

         Lo de las televisiones regionales ha sido uno de los grandes escándalos de la política de despilfarro y de nacionalismo de aldea que en algunas regiones aún se mantiene, a costa de políticas de empleo y de bienestar social. A eso se suma, en nuestros días, que desde que el PP ha laminado el loable esfuerzo de conseguir una RTVE pública independiente que levó a cabo el PSOE, y ha vuelto al viejo modelo de partido, que ya les llevó a la derrota, RTVE se ha convertido en una especie de macrotelevisión regional de partido de la que los oyentes y espectadores huyen a cada nueva entrega del Estudio general de medios, porque, aunque los toparcas taiferos crean lo contrario,  no somos tontos y sabemos cuándo hemos de emigrar de esos medios en busca de espacios de mayor libertad, sea en cadenas privadas, sea en medios digitales, sea renunciando a dejarse mediatizar por las informaciones sesgadas e interesadas. Al fin y al cabo, está perfectamente comprobado que el exceso de información no ha generado ciudadanos ni más libres ni mejor informados ni más independientes, sino todo lo contrario.
              Las televisiones regionales, como es el caso de Aló3 (antigua TV3), la televisión de partido del nacionalismo secesionista y gerracivilista catalán, son un escándalo de intervencionismo y sectarismo al que debería ponerse fin mediante una ley que prohibiera a las instituciones públicas tener medios de alienación  de masas. Para esta propuesta me baso en el modelo inglés de la BBC: quien quiere verla, ha de pagarla, subscribiéndose, lo cual permite una financiación adecuada, además de tener garantizada por ley la independencia total del poder político de turno o de tuno, porque muchos tunantes, como en Tele Madrid o en Aló3, son los que han querido tener un altavoz propagandístico gratuito, sufragado con el dinero de todos.
                 Esta modesta propuesta aclararía no poco el espacio herziano y, sobre todo, le permitiría al contribuyente tener la certeza de que sus impuestos no estaban siendo usados para que ciertos partidos de espíritu totalitario quieran agredirlos, como pasa con Aló3, dedicada en cuerpo y alma a la causa secesionista y a la propagación de la Cataluña independentista contra otras visiones de Catalunya, como la que la considera como parte de España, menospreciándolas, estigmatizándolas y creando un ambiente enrarecido en el que esas otras legítimas opciones políticas se presentan, paranoicamente, como "el enemigo interior", con el consiguiente deterioro de la vida social. Hemos pasado del antiguo "oasis" al "cenagal".
                Desactivar la subvención política a las televisiones locales (y a los diarios y a las radios y a los grupos de presión ideológicamente afines, etc.) y dejar que la sociedad libremente ofrezca sus iniciativas a los ciudadanos, para que estos escojan -y contribuyan económicamente a su mantenimiento- me parece una necesidad imperiosa. Quien quiera imperios "a lo Berlusconi", que invierta su dinero, no el de los contribuyentes.
Aló3 la definió Calviño en su momento, cuando era poco más que una entelequia, como una "televisión antropológica". ¡Menudo chaparrón de descalificaciones sufrió el inefable Calviño! Hoy, sin embargo, es comparable a cualquier televisión de un país dictatorial, pongamos por caso Venezuela o, exagerando, cierta e irónicamente, Corea del Norte. En cualquier caso, el discurso chovinista de la superioridad de todo "lo catalán" y el racista del menosprecio de quienes no son catalanes son los ejes de su política comunicativa, como lo puede comprobar cualquiera que la sintonice y tenga la santa paciencia de escuchar el etnicismo soberbio que destila.

domingo, 21 de abril de 2013

De empecinamientos y embestidas...

La testarudez desatornillada


No logro entenderlo. ¿Tenemos, los españoles, querencia por los fracasos anunciados? ¿Reside en ese desear ser desairados nuestra forma trágica del destino? Que uno de los héroes patrios sea El Empecinado quizás diga mucho al respecto. Machado habló del español que embiste cuando quiere pensar, y a mucha distancia temporal -pero ninguna histórica- de aquella afirmación hemos de reconocer que el paño rojo al que acudimos apenas ha cambiado, desde cualquiera de las variadas ubicaciones del hemiciclo que, supuestamente, nos representa, y digo supuestamente porque nuestra ley electoral, diseñada para una sociedad a la que el franquismo diseñó apolítica, a imagen del tripudo Dictador de meliflua voz aflautada, representa a unos más que a otros, cercenando el viejo adagio del que presumimos los demócratas frente a otras formas de destrucción política: "un hombre, un voto". Sentada, pues, la radical desigualdad entre los ciudadanos, sigo sin entender, que esa es la reflexión del día, la compulsión española hacia el fracaso y el empecinamiento que incluso se tiene a gala y galardón -y añadan Vds. la ele que, sin alegría elogiosa, le da sentido al juego de palabras- para perplejidad de los espectadores de tan singular querencia.
Al Ministro de Justicia, haciendo un alarde de integrismo católico de una dureza roucaniana, se le ha metido entre ceja y ceja -algo que habrá ocurrido después de no pocos esfuerzos, dada la tupidez superciliar del político ( no le añadan la es. de España al matojo hirsuto, no sean irreverentes)- convertir su ultracatolicismo en norma de toda la sociedad, desdeñando los datos de una encuesta que afirma que solo el 10% de los españoles considera el aborto un delito. ¿Por qué se empeña el galavardo Gallardón -de risible caminar pomposo y ridícula expresión bombástica- en contribuir a que el PP pierda la mayoría en las próximas elecciones? ¿Se trata de un infiltrado del PSOE al que, posteriormente, se le rehabilitará, como su izquierdismo retórico de manual ha  hecho con Verstrynge? 
El reconocimiento de Rajoy -ya anunciado por Rubalcaba con infinita torpeza en el debate electoral entre los dos candidatos nada cándidos- de haber incumplido su programa para cumplir un deber patriótico sobre el que sus compatriotas no han podido expresarse para avalarlo, es la falla invisible del seísmo que tirará por tierra una mayoría absoluta que, como pasó con la segunda legislatura profranquista de Aznar, cuando se ganó el sobrenombre de El Caudillito, la han entendido como una invitación al absolutismo.
He  puesto un ejemplo político de la tendencia entrópica  (coloquialmente, ergo falazmente, hablando), propia, ¡casi genética!, de nuestro país; pero bien podría poner otros ejemplos, como la última película de Almodóvar o cuaquier novela de Pérez Reverte, pero lo dejaremos aquí. El próximo día hablaremos del gobierno..., como amenazaban -y la propia amenaza era lo único trascendental que había que decir- Tip y Coll, nunca lo suficientemente valorados.

domingo, 14 de abril de 2013

La realidad que no pesa...

¿Desaparecerá El Periódico?

Hoy he ido, como mañana de domingo, a comprar los diarios. Siempre he comprado dos, El País y El Periódico (en catalán desde que apareció la traducción al catalán). Suelo desayunarme con ellos, como primer acto dominical. Nada más cogerlo del montón menguante de ellos  (de todos, en realidad), he notado algo extraño, pero como he dormido mal, lo he achacado a mi cansancio general. He ido caminando hacia casa hojeando la portada de El País, y cuando he querido hacer lo propio con El Periódico me he percatado de lo excesivamente delgado que era el periódico de hoy, en comparación con otros domingos, casi como si fuera la edición del mes de agosto. Tan grande ha sido mi sorpresa que incluso he retrocedido hasta el quiosco para decirle al vendedor que en mi ejemplar no venía el cuadernillo interior ni el suplemento Motor. Después de comprobar que todos habían llegado igual, hemos descubierto que, junto al dominical, se adjuntaba un cuadernillo en el que se contenían esos suplementos del domingo y el motor, pero tan escuálido como la propaganda de Media Mark, aunque sin formato tabloide. He indagado si él sabía algo de que atravesara dificultades, el diario, y me ha confirmado que han tenido que cerrar su rotativa y buscar otra, compartida con algún otro diario. Es evidente, pues, que la crisis les ha hecho adelgazar y que, aun cobijados por el antieconómico espíritu subvencionador del gobierno secesionista de la Generalidad catalana, acaban de iniciar su camino hacia la desaparición, o así me lo parece a mí. Antes me hubiera parecido una pérdida, ahora, si se produce el vaticinio, me parecerá un éxito de la realidad contra el sueño alienante.

Un diario es, ante todo, una línea editorial compartida con sus lectores. Cuando esa línea salta por los aires, seducida la empresa por las subvenciones del poder, y el diario se convierte en diario de partido (o de país que tanto vale, porque ese es el objetivo final del nacionalismo: impedir la pluralidad ideológica) no es de extrañar que lleguen las pérdidas de lectores y la lucha por la subsistencia, tan reñida ahora con la explosión de los diarios digitales, que van obteniendo cada vez mayor credibilidad y más lectores. De ser un adalid socialdemócrata en sus buenos tiempos, el populismo de el Periódico se ha impuesto a la línea. ¿Son tiempos de esteladas? ¡Pues por ahí vamos! Y dos higas a la coherencia, y bien presta la mano retorcida forgesiana para coger del fondo de reptiles construido con los recortes a la ciudadanía.

Sí, hoy El Periódico pesaba poco, pero me temo que cuanto más se acerque al secesionismo puro y duro, acabará por competir duramente  con ara, El Punt-avui, el Nou, y otros, por la hegemonía en el nutrido segmento de las hojas parroquiales de partido, y seguirá adelgazando hasta la extinción final. 

Un destino bien triste, por cierto. 

sábado, 6 de abril de 2013

La cubanyera de mi vecino


Del tiempo y sus simbolos...

Va para dos años que uno de mis vecinos del edificio de enfrente, sobre la calle S., colgó con un entusiasmo sin límites una bandera estelada que lucía con la arrogancia propia del dueño. Sus vivos colores alegraban un balcón hasta entonces tirando a siniestro y casposo, sin plantas ni casi vida doméstica que sugiriera que en esa casa la higiene es un valor reputado. Cada mañana, al airear mi dormitorio mis ojos chocaban con la bandera del secesionismo catalán que ha arrasado con la bandera institucional propia de las franjas rojigualdas sin adherencias cubanas, que ese es el origen de la estrella, azul para los carcas conservadores, roja para los carcas pseudoprogresistas: la lucha de Cuba contra el imperialismo español, con resultados tan deprimentes, a largo plazo, que mejor nos ahorramos la crónica de la derrota eterna. El caso es que durante todo este tiempo, además de estudiar con calma los signos distintivos que nos separan a mi vecino y a mí, morfológicos, claro está, porque no he cruzado con él ni una palabra, para entender la predicada supremacía nacional catalana frente a mi evidente charneguismo, de lo que he levantado acta minuciosa es del deterioro constante e irreparable del símbolo atado a los barrotes de hierro oxidado del balcón. Como si fuera una alegoría, el paño de origen chino (los bazares orientales han hecho su agosto vendiendo a los nativos cualquier cacharro con la cubanyera -pongámosle ya su verdadero nombre-, desde fundas para móviles hasta zapatillas de dormir, balones -sin reglamento-, tazas para el zumo de tomate -sin pan-, boinas, camisetas -sin algodón-, bragas, bufandas, mecheros..., cualquier baratija como las que Colón usó para engatusar a aquellos sufridos indianos que no intuyeron la que se les venía encima...) ha ido destiñéndose progresivamente hacia un triste sepia fotográfico, o mejor, hacia una pátina sucísima, que lo ha envejecido como si todos los ideales que representa hubieran caído al fondo del olvido y la bandera fuera, realmente, una bandera de las guerras -perdidas- de nuestros antepasados... La cuerda tensa que la mantenía tersa también se ha aflojado y ahora, como un viejo cargado de años, la cubanyera se ha llenado de arrugas que incluso ocultan la estrella que hace casi dos años orientaba la entusiasta navegación hacia el nuevo estado independiente de la Comunidad Europea y alineable con Andorra, Kosovo y Kirguizistán, entre otras grandes naciones y principados. Hoy  he sentido como una herida incicatrizable el paso del tiempo. Hoy he asistido a la muerte por decrepitud de un estado antes de que nazca. En el fondo, la vida es puro romanticismo: todos acabamos siendo ruinas...