Andanzas de intendencia...
Tengo
un amigo, tocayo, pues Juan se llama, con quien me cruzo a veces por mi barrio y por el suyo, zona fronteriza, que
siempre se sorprende de no verme con el carrito de la compra, dada la
frecuencia con que me tropiezo con él arrastrándolo de comercio en comercio,
hasta la compra total. Es actividad que me recuerdo haciéndola desde siempre, porque fui el único de mis cinco hermanos que acompañaba a mi
madre al mercado Guzmán el Bueno, en la calle Andrés Mellado, en Madrid, muy
interesado yo, además, en el modo experto como seleccionaba el género y pedía,
con nombres específicos las partes de la ternera que compraba para dar de comer
a la tropa, con excepción del primogénito que estudiaba ya en la Academia
General del Aire en San Javier. Era un modo interesado de sisar algo en las
vueltas, cuando me tocaba ir solo, porque eso de la «paga» era ficción, de ahí
que, poco antes de llegar a Madrid, con once años, me hubiera aventurado a
trabajar poniendo pimientos abiertos a secar, un cesto en el que hubiera cabido
yo, las manos destrozadas y una paga ínfima. Se ve que aprendí poco, porque,
tres años más tarde, siempre con restricción severa de líquido, estando ya en
la Residencia Blume, entré a trabajar como distribuidor de fruta por los
mercados de Madrid, saliendo del de Legazpi, entonces mayorista de frutas y
verduras. No tardé en comprender lo que significó el trabajo de construcción de
las pirámides de Egipto, a juzgar por cómo, con una soga que me pasaba por la
frente y que bajaba hasta sostener ocho cajas de frutas, recorría los pasillos
del mercado para dejarlas en los puestos correspondientes. Se supone que, como
deportista de élite, yo debía dormir mis ocho o nueve horas, pero a las 6’00 de
la mañana viajaba en la parte superior descubierta del camión contemplando cómo
se despertaba la ciudad para deslomarme en esos repartos en los que no duré más
de cinco días, a pesar de lo que sorprendió a mis explotadores mi consistente
fuerza física. Está claro que tenían razón: «En esto hubieras hecho carrera»,
me decían.
Ser
jefe y esclavo de intendencia, todo en uno, en la familia no es posición envidiable,
pero tampoco la peor de las tareas en el reparto doméstico, aunque confieso mi
predilección por el tendido de la ropa de esas lavadoras nocturnas antes de
retirarnos a dormir, con temperaturas de 5 o 6 grados, o mi dilecta tarea: arreglar
la cocina, sobre todo lavar la vajilla, porque ahí sí que, como en la compra,
el placer es total. Dada mi inclinación a las tareas de la casa, previo pago,
que mi madre sabía negociar muy bien, y en mí hallaba un interesado receptor a
sus propuestas, nada de las tareas domésticas me es ajeno. Guiso, tiendo la
ropa, barro, friego, hago la cama, ¡raramente retiro el polvo!, ¡nunca
plancho!, y, sobre todo, me ocupo de que no falte ni un ajo ni una mandarina,
aceite, embutidos, carne, pescado, cereales y una larguísima lista de productos
cuya enumeración me llevaría algunas páginas. Estar al tanto de que no falte
nada no es fácil, máxime si el siervojefe ha renunciado, por respeto a sí
mismo, a elaborar la lista correspondiente y lo fía todo ―estrategia
antialzheimeriana― a la memoria que poco a poco el tiempo va erosionando. Me
resisto, pero eso a veces implica alguna salida extra, después de haber
recorrido no menos de seis comercios distintos, porque la intendencia requiere
una inversión andariega que me río yo de los del Camino de Santiago, si
tuvieran que hacerse cargo de la intendencia que me toca y que, modestamente,
creo que saco adelante con notable éxito. A veces, es cierto, y visto desde
fuera, debo parecer ridículo, parado ante un pasillo, esperando que venga a las
mientes el producto que sé que falta de ese espacio concreto, porque la memoria
de la intendencia se mueve por referencias espaciales, no nominales: los pasillos
de la droguería, las vitrinas de los
yogures, los estantes del café, el del cereal, ¡bendita avena mía de cada día!,
el pasillo de las latas, el de las especias... Los recorro y, usualmente, me
viene enseguida el rayo luminoso de la carencia que me lanza las manos hacia el
producto inexistente en la casa.
Frente
a la tendencia a comprarlo todo en un centro comercial, esa costumbre importada
de Usamérica, soy lo que bien puede llamarse un «hombre de barrio», que compra
cada producto allá donde lo tienen o donde lo tienen mejor que en otros sitios.
Así a bote pronto: la tienda especializada en frutos secos; el Lidl, donde
tienen el aceite Olisone, primera extracción en frío, excelente, y la leche de
avena barista a un precio con el que otros súpers no pueden competir; Véritas ―cuyo
nombre comercial parte las letras por la mitad, lo cual siempre me ha hecho
pensar que algo de verdad le restaban a lo que vendían...―, donde el tofu
ahumado y el seitán tienen su asiento, así como el Rooibos natural; de ahí a la
panadería donde he dejado el encargo, días antes, de los moldes de trigo
sarraceno; la verdulería, donde tienen unas zanahorias y unas judías verdes,
estas de precio astronómico, a las que no me resisto, como tampoco a los
guisantes de lágrima ni a las granadas mollares, que están a punto de cerrar la
temporada ―¡en mala hora la industria cosmética se fijó en las virtudes de la
granada, que tanto fruto aparta de los anaqueles de las verdulerías, así como
las embotelladoras de zumos de fruta!, aunque reconozco que el zumo de granada
de Consum, sobre todo en los veranos ardientes, es una recompensa de la que no
suelo privarme, antes de emprender el camino de vuelta a Ítaca; y después el
Consum, donde hago la mayor parte de la compra, de tal manera que, además de
llenar lo que queda del carro, he de añadir una bolsa gigante que ato a la
barra del carro para no llevarla a peso, lo que viene a sumar, por lo general, casi
unos cincuenta quilos.
Lo
mejor de las labores de intendencia es el ejercicio de selección del material.
Enfrentarse a los kiwis, los tomates solcat, el calabacín, el brócoli,
los plátanos de Canarias, las peras, las manzanas, las patatas Red Pontiac, originarias
de Usamérica, la cebolla dulce que enjuga las lágrimas... Para cualquier producto
se ha de ejercitar una labor de selección que evite en lo posible el manoseo,
porque anda que no maduran los aguacates con tanta cata como los clientes
solemos hacer, como sucede con los melones o las piñas. Ser lo más parecido a
un experto implica que, por lo general, los precios se van hacia arriba cuando
uno no cubre el expediente, sino que quiere que los suyos paladeen lo que
lleva. Así, de los casi catorce tipos de jamón que venden en la charcutería,
solo el Montaraz, cuando la paletilla está bien al final y es bien magra, de
unos 80€ el quilo, merece la pena comprarlo, como el pavo asado Tello, que
tampoco es precisamente barato, pero tiene una calidad contrastada. Es curioso,
ahora que voy escribiendo sobre estas nimiedades en las que empleo una gran
cantidad de mi tiempo, tiempo del que no disfruto para atender a otros
menesteres intelectuales más suculentos que la propia comida, pero tengo la
sensación de ser una suerte de valetudinario youtuber prescribiendo a
sus seguidores los mejores productos con los que llenar la cesta de la
compra... Para el pescado, curiosamente, aunque el de Consum es excelente,
tengo un puesto que frecuento desde que llegué al barrio en 1986 ―aún recuerdo
que durante unos quince días, subía al barrio de Gracia para hacer allí la compra, porque lo ignoraba
todo de nuestra nueva dirección―, y sigo yendo. Allí me han visto ir a comprar
llevando a mis dos hijos, uno en brazos y la otra en el coche, y eso es algo
que ni ellos olvidan ni yo, ni Jaume y Ana ni Miquel, ahora.
Ser
jefe de intendencia significa tener una visión del IPC muy distinta de la de
los gobiernos de turno. Y la propaganda gubernamental choca frontalmente con la
percepción de quien, si traduce en pesetas lo que se gasta en algunos alimentos
básicos, se lleva las manos a la cabeza y solo piensa y lamenta que nos hayamos
vuelto locos: ¡un pan de molde de espelta, 1200 pts! Y que conste que no me
parece mal que los productores en origen, no los excesivos intermediarios, se
beneficien y obtengan las rentas que merecen, pero la sempiterna carrera
alcista de los precios del carro de la compra es una realidad tan contundente
que bien puede decirse que ningún político la conoce de primera mano, día a día,
salvo, seguramente en forma de pose propagandística, Fraga Iribarne, cuando
preguntaba siempre a Felipe González si sabía cuál era el precio del quilo de
garbanzos... Pero quien recorre las calles y los comercios arrastrando el carro
de los nutrientes con los que mantener a la familia sana y unida (¡hay que ver
cómo se cuelga el hijo vegano del buen jamón serrano...!) no ignora que la
formación de ese IPC sufre una descompensación que convendría revisar, porque
es lo más engañoso que ha creado la ciencia económica. El peso de los bienes y
servicios en ese IPC es un engaño tan tremendo como el que sufrimos con la
imposición del euro en 2002. Así que cogí la bolsita de la nueva moneda del
palé que nos guardaban los bancos a cada cliente, tardé segundos en decir que las
150 pesetas del ejemplar de El País iban a subir en menos que cantaba el gallo
de la estafa, a la moneda de euro, 166 pesetas. Y así fue. Y, desde entonces,
fuimos escalando a unos precios que no se correspondían ni con los salarios ni
con los servicios. Y ahí estamos. Carrito en ristre; cartera sombría; familia
satisfecha. A verlas venir...

Con tanto ajetreo,
ResponderEliminarestaras , o bien
como Chuarchenager,
o ancho como un junco,
un saludo.
Me acerco más a un fondista fondón, porque, con todo, ni el gimnasio ni la piscina me son ajenos... Un saludo cordial.
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