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Un caso patológico de lapismo político.
La política es
el mundo del que se puede hablar con mayor libertad en esta vida, porque el
hecho, lamentable, de no tener filtro alguno para el ejercicio de las
responsabilidades a que se pueden optar a través de la representación popular nos convierte a todos en doctores de dicha ciencia, sin haber tenido que
superar crédito alguno de ningún tipo, ni académico ni laboral ni personal. No
diré que es el famoso Patio de Monipodio, o la Bribia quevedesca, pero hasta la
extensión, vía redes sociales, del poder de opinar, a cualquiera que a ello se
atreva, sin otro púlpito que una plataforma a cuyos algoritmos se someta, el
mundo de la acción política y el de la opinión «formada» habían estado «secuestrados»
por un cuarto poder demasiado estrechamente unido al primero, lo cual dejaba «fuera
de juego» a centenares de miles de ciudadanos, cada uno de ellos con su currículo,
sus méritos, su prestigio social, académico,
personal, o bien todo lo contrario, como las propias plataformas
muestran con insultante generosidad (y ello sin contar los famosos bots
fraudulentos que amplifican la voz de su amo desde las técnicas de reproducción «in
cloaca»).
No es fácil, así pues, detectar cuáles son
los resortes efectivos del Poder, aunque la corrupción del (des)gobierno de Su
Excelencia, P.S. nos ha permitido ver que se siguen reproduciendo como en los
viejos tiempos de aquellas otras cloacas del Estado desde las que Felipe González
reclamaba poder luchar contra la violencia homicida de ETA, y alguna palada de
cal viva apareció por los escaños antes del abrazo que estrechó la erótica del
poder entre quienes lo representaron con toda clase de dulzura político-emocional.
Sí sabemos que una «moción de censura destructiva» nos instaló en un ciclo de
degradación política que parece estar llegando a su fin, dada la gravedad de
todos los casos judiciales que se le han abierto al (des)gobierno numantino del
lapista número 1 de nuestra clase política: heredero infumable del viejo
poltronismo franquista al que se supone que quería enterrar a paladas de cieno
de ese lodazal inexpropiable al que ha denominado «el lado bueno de la Historia».
El antidemocrático hecho de no presentar Presupuestos durante tres años
consecutivos —lo que habría hecho dimitir a cualquier otro Presidente de
nuestras democracias más cercanas—, amén de la explícita voluntad de seguir (des)gobernando sin el
concurso del Poder Legislativo y amedrentando al Poder Judicial desde la
colonizada Fiscalía del Gobierno son, todos ellos, motivos harto suficientes
como para presentar —una vez retirado el apoyo de una fuerza de la que dependía
su precaria mayoría parlamentaria (de hecho nunca existente salvo para auparlo
al Poder y regalar el retorcimiento de la Constitución para conceder una
amnistía a los golpistas que lo auparon a su cargo/prebenda)— una moción de
confianza que verificase el hecho de seguir contando, o no, con la mayoría que,
con muy distintos intereses, lo situó en la Moncloa, degradada, tras estos ocho
años, en moncloaca.
Se agotan los calificativos para
describir las tropelías contra nuestro sistema democrático que están cometiendo
quienes convirtieron en faro moral de su obra política a un chorizo que se ha
presentado ante el juez para dar explicaciones sobre unos cargos que pueden dar
con sus huesos de títere de dictadores en la cárcel. Sí, pongamos que hablamos
de zp, a quien aún defienden desde el psoe de Su Excelencia como antes pusieron
las manos en el fuego por el cariñosísimo y sobón Cerdán y dedicaron una larguísima
ovación parlamentaria a Ábalos, en reconocimiento de su feminismo socialista y
su defensa del socialismo allá donde hubiera pupilas dispuestas a recibir el
ardoroso mensaje e intermediarios
propensos a reconocerle sus muchas influencias políticas. Valle-Inclán escribió
El ruedo ibérico sobre el reinado de Isabel II, que daba para lo que escribió y para más, pero mucho me temo
que los niveles patéticos de miseria moral que hemos conocido en la corte de Pdr
Snchz van a necesitar algo más que el esperpento para ser retratados
convenientemente. Quizás las sentencias judiciales acaben conformando el mejor
relato sobre el *octenio ominoso que estamos viviendo. En breve caerá la primera
de un rosario de ellas que nos ilustrarán sobre las prácticas mafiosas en que
ha acabado cayendo quien, dueño de una mediocridad insultante y un afán de
arribista sin escrúpulos, ha pagado, como Dorian Gray, su paso por la vida-jet
entre las cirigañas y adulaciones de quienes lo han rodeado y cortejado como en
las viejas cortes faraónicas, y no precisamente las del Ay, va, ay, va... Pero
está escrito que se va. Lo hará tarde y mal. Pero pasará a la historia de las
crónicas de tribunales, que leerán, si aún existen, los aprendices de
periodistas a los que les encarguen buscar las fuentes de, pongamos por caso, la
corrupción política, porque en ese futuro en el que escriban, estos hechos de
hoy serán el antecedente de los de su presente...
La más clara sensación de agotamiento de
un político, de su partido y de una legislatura es el aburrimiento profundo en
que nos sume a los interesados por lo que alguna vez se consideró «un arte», y
cuyas historias hemos leído con mucho más interés en los clásicos grecolatinos
que en la degradada actualidad, indigna de que gastemos el tiempo en prestarle
una atención que podemos emplear en otros menesteres de mayor enjundia y más
gratos a los sentidos, a la razón y a la imaginación. Dicho en plata: «¡Que les
den!»

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