Estanque de los narcisos y puesto cinegético.
Durante
la profunda inclemencia de los calores veraniegos, y hasta recuperarme
positivamente de la operación del tibial posterior, continúo ejercitándome en
el gimnasio, donde un leve aire acondicionado permite la práctica deportiva sin
sufrir los males asociados a una climatología tan adversa como la de estos
meses que se abren ante nosotros como una maldición, una amenaza y una tortura.
El
gimnasio de las Piscines Picornell tiene un enorme ventanal de punta a
punta del espacio que se abre visualmente al muy generoso de la piscina
olímpica de verano donde, durante estos meses, se amontonan sólfilos, bañistas,
familias enteras, turistas, y otras hierbas urbanas que combaten los mismos
rigores pero con otras finalidades.
Bien
desde la elíptica de zancada variable, bien desde la cinta corredora, donde
puedo llegar a estar, entre una y otra, la hora u hora y media de práctica cardiosaludable, ese
ventanal se convierte en mi particular Ventana indiscreta bien discreta,
porque el chorro de luminosidad que inunda la pileta y sus orillas convierte el
ventanal en el terso espejo perfecto para todos los narcisismos que en el
recinto se dan cita, que no son pocos, y a mí me invisibiliza casi por
completo. Para «descubrirme», los narcisos o los juguetones, que de todo hay,
han de apoyarse en la pared de cristal y ponerse las manos a modo de orejeras
para ver qué raras especies regamos con nuestro propio sudor la esbelta (ejem,
ejem...) planta corporal que nuestros progenitores tuvieron a bien regalarnos
(y a quienes unos y otros, según quiénes, reprochamos o agradecemos el
regalito, claro está...).
Aunque
no suelo dispersarme en la observación sociológica de cuanto se puede
contemplar a través del ventanal, porque aprovecho mi tiempo, como alguna vez
creo ya haberlo dicho, para ver películas o, en su defecto, algún partido de
tenis de Grand Slam, he de confesar que, de unos años acá, me fijo cada vez más
en los desastres que la moda de los tatuajes ha perpetrado en infinidad de
cuerpos a los que convierte no ya en cuerpos-anuncio, cuanto en exhibición
antiestética de las más soeces y vulgares ilustraciones de tinta que hayan sido
diseñadas jamás. Ignoro si todos esos motivos icónicos que identifico son
«creación original» del entintador o motivos de alguna infernal plantilla que
ellos aplican como los grafiteros para algunas pintadas de carácter político,
como las que aparecieron con el careto presidencial tras la dana en Valencia.
Los
tatuajes, desde mi infancia, los he asociado siempre con los marineros y con
los miembros de la Legión. Más tarde, una película magnífica, El hombre
ilustrado, de Jack Smight, me persuadió de que los tatuajes podrían tener
otra dimensión, aunque, basada en relatos de Bradbury, ya se entendía que era
una dimensión desconocida. Mucho más tarde, en 2002, vi una película tenebrosa
y de muy cuidada estética relativa a un coleccionista de los tatuajes que un maestro japonés había entintado en
torsos humanos: Tattoo (Tatuaje), de Robert Schwentke. El coleccionista
perseguía a las obras de arte vivientes y las mataba para despellejarlas
cuidadosamente y «colgar» las piezas de arte epidérmicas en una colección
particular de disfrute único en una bodega acorazada. Entre ambos extremos
cinematográficos, el oscuro mundo de los tatuajes se ha ido democratizando a la
par que achabacanando y, junto a perfectas obras de arte, no es difícil
contemplar las tinturas más soeces e irritantes con las que se nos agrede la
vista a poco que, sin desearlo por nuestra parte, se exhiban ante nosotros en
cualquier espacio común. Como en tantas otras cosas, el uso indiscriminado de
los famosos, porque todo indica que entintarse crea adicción, ha arrastrado
tras de ellos a legiones de seres perfectamente anónimos a los que sus tatuajes
les han permitido ingresar en la amplia nómina de impresentables.
Que todo está en la
medida, es axioma que sirve para cualquier arte, incluso para el del tatuaje,
porque alguna vez puede hablarse de él, pero muy raramente, como un «arte». Lo
normal es el pistoletazo (los más finos prefieren «dermógrafo») grueso y un
alucinante mundo de motivos inverosímiles, si no surrealistas, aunque el efecto
surrealista proviene, habitualmente, de la mezcla de motivos en una misma zona
corporal. Es evidente que podemos adaptar el tópico y decir lo de «dime qué te
tatúas y te diré quién eres», sobre todo porque hay objetos tan elocuentes que
cuesta no identificar el modo de pensar o las aficiones o las pasiones o el
culto de la persona que se tatúa, que sé yo, el propio rostro de Cristo, una
Inmaculada, Tor, Júpiter, la famosa foto del Che Guevara, un Fórmula 1, la hoz
y el martillo o cualquier otro elemento perfectamente identificable.
En
aquellos lejanos años de la niñez los tatuajes estaban socialmente muy mal
vistos, y, como dije, se consideraban una práctica marginal. Además de
marineros y legionarios era posible verlos en el mundo del boxeo o en alguien
que se hubiera movido por el lejano oriente. En una película, Promesas del
este, de Sidney Lumet, extraordinaria, supimos que los tatuajes tienen códigos,
cuentan historias y acreditan jerarquías. En otra, Alabama Monroe, de Felix Van
Groeningen, el tatuaje se nos vuelve poesía y drama. Y en las cárceles de Bukele
aprendemos lo que hay tras ellos en los miembros salvajes de las maras, que los
convierten en signos de identificación y de pertenencia. Pero ha sido su uso
por parte de los futbolistas y otras estrellas mediáticas lo que les ha
otorgado cierta respetabilidad social, de tal manera que ya es frecuente
encontrarlos en no pocas profesiones, como todas las relacionadas con la
sanidad, la política allende la izquierda y muchas otras propias del sector
servicios. Aún no abandera la práctica ningún político de altura ni los
sacerdotes católicos ni los miembros de la jurisprudencia, pero todo se andará...
Desde
mi discreta atalaya he podido observar composiciones que me han inducido a
aguzar la vista para comprobar que veía lo que estaba viendo, y no se trataba
de un espejismo propio de la solanera que cae sobre la piscina a esas inclementes
horas p.m. en que frecuento el gimnasio
por mor de no haber de esperar demasiado para cumplir mi circuito de aparatos musculadores
de los oblicuos, dorsales y glúteos —como exigen mis tocadas 3,ª 4ª y 5ª
lumbares—, antes de centrarme en los de cardio y, si la tarde da de sí, acabar
con unos largos en la piscina interior, también semivacía. Las ilustraciones
que acompañan estas notas del natural pueden parecer exageradas, pero doy fe de
que así, y aun peores, he visto yo las combinaciones de tatuajes en las
sufridas piernas, brazos y dorsos de cuantos veranean en la piscina. Dejo de
lado los brazos absolutamente entintados, como una manga de color, que es
capricho op-art de sus orgullosos exhibidores, o esos cuellos
gargantillados con un vergel de hojas aceradas y puntiagudas que parecen una
carlanca de mastín. Lo que me llama la atención es el conjunto anárquico de
objetos que recuerdan las páginas de los artículos del bazar de Lidl o las
páginas iniciales del suplemento dominical de La Vanguardia. A su manera, el
referente es el Rastro, por supuesto: la mezcolanza sin orden ni concierto. Y,
se me crea o no, en tan pocos centímetros cuadrados yo he visto, juntos, casi
rozándose, una cafetería Oroley, un escuálido ramo de margaritas, una llave
inglesa, una corona de espinas, unos pendientes, una granada, una diminuta máquina
de tren de vapor, una corona real, el nombre del ¿amado? —ese que la
protagonista de Alabama Monroe se tatúa y acaba borrando cuando su historia de
amor fracasa—, un par de alas de ángel (o de arcángel, que mi angelología no
llega a tanto como para distinguirlas...) y un saxo...
No
se me escapa que dentro de poco, quienes solo ostentamos las cicatrices de las
intervenciones quirúrgicas y aquella vacuna agresiva que parece un huevo
estrellado o un diminuto parche de tamboril seremos algo así como los «marcados»
por la ausencia, y en muchos casos, ¡paradójicamente!, seremos quienes más
usamos la tinta... para escribir.


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