lunes, 29 de junio de 2026

El ventanal indiscreto

 

        


Estanque de los narcisos y puesto cinegético.


          Durante la profunda inclemencia de los calores veraniegos, y hasta recuperarme positivamente de la operación del tibial posterior, continúo ejercitándome en el gimnasio, donde un leve aire acondicionado permite la práctica deportiva sin sufrir los males asociados a una climatología tan adversa como la de estos meses que se abren ante nosotros como una maldición, una amenaza y una tortura.

          El gimnasio de las Piscines Picornell tiene un enorme ventanal de punta a punta del espacio que se abre visualmente al muy generoso de la piscina olímpica de verano donde, durante estos meses, se amontonan sólfilos, bañistas, familias enteras, turistas, y otras hierbas urbanas que combaten los mismos rigores pero con otras finalidades.

          Bien desde la elíptica de zancada variable, bien desde la cinta corredora, donde puedo llegar a estar, entre una y otra,  la hora u  hora y media de práctica cardiosaludable, ese ventanal se convierte en mi particular Ventana indiscreta bien discreta, porque el chorro de luminosidad que inunda la pileta y sus orillas convierte el ventanal en el terso espejo perfecto para todos los narcisismos que en el recinto se dan cita, que no son pocos, y a mí me invisibiliza casi por completo. Para «descubrirme», los narcisos o los juguetones, que de todo hay, han de apoyarse en la pared de cristal y ponerse las manos a modo de orejeras para ver qué raras especies regamos con nuestro propio sudor la esbelta (ejem, ejem...) planta corporal que nuestros progenitores tuvieron a bien regalarnos (y a quienes unos y otros, según quiénes, reprochamos o agradecemos el regalito, claro está...).

          Aunque no suelo dispersarme en la observación sociológica de cuanto se puede contemplar a través del ventanal, porque aprovecho mi tiempo, como alguna vez creo ya haberlo dicho, para ver películas o, en su defecto, algún partido de tenis de Grand Slam, he de confesar que, de unos años acá, me fijo cada vez más en los desastres que la moda de los tatuajes ha perpetrado en infinidad de cuerpos a los que convierte no ya en cuerpos-anuncio, cuanto en exhibición antiestética de las más soeces y vulgares ilustraciones de tinta que hayan sido diseñadas jamás. Ignoro si todos esos motivos icónicos que identifico son «creación original» del entintador o motivos de alguna infernal plantilla que ellos aplican como los grafiteros para algunas pintadas de carácter político, como las que aparecieron con el careto presidencial tras la dana en Valencia.

          Los tatuajes, desde mi infancia, los he asociado siempre con los marineros y con los miembros de la Legión. Más tarde, una película magnífica, El hombre ilustrado, de Jack Smight, me persuadió de que los tatuajes podrían tener otra dimensión, aunque, basada en relatos de Bradbury, ya se entendía que era una dimensión desconocida. Mucho más tarde, en 2002, vi una película tenebrosa y de muy cuidada estética relativa a un coleccionista de los tatuajes  que un maestro japonés había entintado en torsos humanos: Tattoo (Tatuaje), de Robert Schwentke. El coleccionista perseguía a las obras de arte vivientes y las mataba para despellejarlas cuidadosamente y «colgar» las piezas de arte epidérmicas en una colección particular de disfrute único en una bodega acorazada. Entre ambos extremos cinematográficos, el oscuro mundo de los tatuajes se ha ido democratizando a la par que achabacanando y, junto a perfectas obras de arte, no es difícil contemplar las tinturas más soeces e irritantes con las que se nos agrede la vista a poco que, sin desearlo por nuestra parte, se exhiban ante nosotros en cualquier espacio común. Como en tantas otras cosas, el uso indiscriminado de los famosos, porque todo indica que entintarse crea adicción, ha arrastrado tras de ellos a legiones de seres perfectamente anónimos a los que sus tatuajes les han permitido ingresar en la amplia nómina de impresentables.

Que todo está en la medida, es axioma que sirve para cualquier arte, incluso para el del tatuaje, porque alguna vez puede hablarse de él, pero muy raramente, como un «arte». Lo normal es el pistoletazo (los más finos prefieren «dermógrafo») grueso y un alucinante mundo de motivos inverosímiles, si no surrealistas, aunque el efecto surrealista proviene, habitualmente, de la mezcla de motivos en una misma zona corporal. Es evidente que podemos adaptar el tópico y decir lo de «dime qué te tatúas y te diré quién eres», sobre todo porque hay objetos tan elocuentes que cuesta no identificar el modo de pensar o las aficiones o las pasiones o el culto de la persona que se tatúa, que sé yo, el propio rostro de Cristo, una Inmaculada, Tor, Júpiter, la famosa foto del Che Guevara, un Fórmula 1, la hoz y el martillo o cualquier otro elemento perfectamente identificable.

          En aquellos lejanos años de la niñez los tatuajes estaban socialmente muy mal vistos, y, como dije, se consideraban una práctica marginal. Además de marineros y legionarios era posible verlos en el mundo del boxeo o en alguien que se hubiera movido por el lejano oriente. En una película, Promesas del este, de Sidney Lumet, extraordinaria,  supimos que los tatuajes tienen códigos, cuentan historias y acreditan jerarquías. En otra, Alabama Monroe, de Felix Van Groeningen, el tatuaje se nos vuelve poesía y drama. Y en las cárceles de Bukele aprendemos lo que hay tras ellos en los miembros salvajes de las maras, que los convierten en signos de identificación y de pertenencia. Pero ha sido su uso por parte de los futbolistas y otras estrellas mediáticas lo que les ha otorgado cierta respetabilidad social, de tal manera que ya es frecuente encontrarlos en no pocas profesiones, como todas las relacionadas con la sanidad, la política allende la izquierda y muchas otras propias del sector servicios. Aún no abandera la práctica ningún político de altura ni los sacerdotes católicos ni los miembros de la jurisprudencia, pero todo se andará...

          Desde mi discreta atalaya he podido observar composiciones que me han inducido a aguzar la vista para comprobar que veía lo que estaba viendo, y no se trataba de un espejismo propio de la solanera que cae sobre la piscina a esas inclementes horas  p.m. en que frecuento el gimnasio por mor de no haber de esperar demasiado para cumplir mi circuito de aparatos musculadores de los oblicuos, dorsales y glúteos —como exigen mis tocadas 3,ª 4ª y 5ª lumbares—, antes de centrarme en los de cardio y, si la tarde da de sí, acabar con unos largos en la piscina interior, también semivacía. Las ilustraciones que acompañan estas notas del natural pueden parecer exageradas, pero doy fe de que así, y aun peores, he visto yo las combinaciones de tatuajes en las sufridas piernas, brazos y dorsos de cuantos veranean en la piscina. Dejo de lado los brazos absolutamente entintados, como una manga de color, que es capricho op-art de sus orgullosos exhibidores, o esos cuellos gargantillados con un vergel de hojas aceradas y puntiagudas que parecen una carlanca de mastín. Lo que me llama la atención es el conjunto anárquico de objetos que recuerdan las páginas de los artículos del bazar de Lidl o las páginas iniciales del suplemento dominical de La Vanguardia. A su manera, el referente es el Rastro, por supuesto: la mezcolanza sin orden ni concierto. Y, se me crea o no, en tan pocos centímetros cuadrados yo he visto, juntos, casi rozándose, una cafetería Oroley, un escuálido ramo de margaritas, una llave inglesa, una corona de espinas, unos pendientes, una granada, una diminuta máquina de tren de vapor, una corona real, el nombre del ¿amado? —ese que la protagonista de Alabama Monroe se tatúa y acaba borrando cuando su historia de amor fracasa—, un par de alas de ángel (o de arcángel, que mi angelología no llega a tanto como para distinguirlas...) y un saxo...

          No se me escapa que dentro de poco, quienes solo ostentamos las cicatrices de las intervenciones quirúrgicas y aquella vacuna agresiva que parece un huevo estrellado o un diminuto parche de tamboril seremos algo así como los «marcados» por la ausencia, y en muchos casos, ¡paradójicamente!, seremos quienes más usamos la tinta... para escribir.

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