Si hoy es martes, esto es pomporrutas imperiales...
Tras comprobar
que Edimburgo y las Highlands estaban a reventar, además de muy subiditas de
precio, y tras luchar con denuedo contra la numantina resistencia de mi
Conjunta a gregarizarse en un viaje organizado, logré que aceptara la
propuesta, nada descabellada, de nuestra particular agente de Viajes Halcón: un
tour de una semana por las «Ciudades Imperiales», que así de pomposo se
anunciaba el recorrido por Budapest, Viena y Praga (luego supimos que es un
clásico de los viajes organizados y que debemos ser de los pocos españoles que
aún no lo habíamos hecho...).
Mi argumento fundamental era irrefragable:
no conocíamos ninguna de las tres ciudades y, buscando destino tan de
ultimísima hora (esto forma parte de nuestra inveteradas costumbres), ¿qué
mejor oportunidad para formarnos una primera impresión de las tres y, más
adelante, decidir en cuál plantarnos una semanita entera para disfrutar de ella
con la calma con que lo hicimos de Berlín en su día?
Batallado y hecho: en bisoños (algo que
etimológicamente no es aplicable a mi Conjunta, por supuestísimo...) soldados
del viaje organizado nos convertimos, tras más de cincuenta años de haber
turisteado por nuestra cuenta y riesgo, con toda clase de resultados. Intuyo
que el hecho de la septuagenización algo nos habrá empujado a disfrutar de las
ventajas indudables que se traducían en disponer de transporte colectivo
propio, de guías especializados y nativos y, sobre todísimo, del auténtico gran
descubrimiento de esta modestísima aventura «imperial»: el guía de Mapa Tours
que nos recogió en el aeropuerto de Budapest y nos despidió en el de Praga:
Hugo Toquero, un profesional de veinticuatro años con una experiencia que
invertía el orden de su edad y con una simpatía innata, sin afectación ninguna,
que lo convirtieron en algo así como la principal atracción de todo el viaje,
un gallego con el clásico humor de retranca y una sensibilidad afectuosa para
con todos, y muy especialmente para con las old ladies de la expedición,
lo que le habrá hecho ganar su trono en propiedad en el corazón de todos los
bisoños y veteranos de la expedición, porque supimos, ¡convivencia obliga!, que
hay verdaderos adictos a este tipo de viajes.
Nosotros solo
contratamos el desayuno, de modo que con el grupo exclusivamente hacíamos la
visita general a la ciudad y, después, nos lo montábamos ya de solateras,
haciéndonos a la idea de que, como siempre lo hemos hecho, viajábamos por
nuestra cuenta en cada una de las tres ciudades. Pronto nos percatamos de que
el guía, además de lo establecido, sugería excursiones «extra» que quedaba a
discreción del grupo aprobar o no, como la visita a Bratislava, camino de Viena
o, ya en la capital del psicoanálisis, asistir o no, individualmente, a un
concierto mozartiano en la archifamosa Goldener Saal de la no menos
celebérrima Musikverein vienesa, esto es, desde donde se retransmite
cada año el clásico concierto de Año Nuevo, cuyo conocimiento se remonta, en mi
caso, al año 1962, cuando entró la TV en casa de mis padres. Que conste que la
oportunidad de asistir, que aceptamos ipso facto, en las localidades de platea,
mejoró notablemente nuestra valoración de los viajes organizados. Es muy
probable que por nuestra cuenta hubiéramos descubierto esa posibilidad, pero
las «relaciones» de Hugo nos «aseguraban» las mejores entradas, y así fue: uno
de los mejores momentos del tour.
En Budapest es
donde menos tiempo estuvimos y donde, por cierto, más nos perdimos con Google
Maps, como consecuencia de haber extraviado la guía con mapa desplegable
que llevábamos: es lo que tiene cuando caminas sin ningún punto de referencia,
salvo el ínclito Danubio que, desde el centro de la ciudad nunca sabes a qué
lado te cae, si no ves el castillo de Buda. La ciudad exhibe una dialéctica
entre el progreso y la ruina muy curiosa, pero la monumentalidad de su
arquitectura ciertamente la convierte en ciudad imperial. Costaba creer que,
tras esos muros, Kertész, de quien llevé preceptivamente un librito (el otro
fue El Danubio, un librazo de Claudio Magris), hubiese vivido en
un apartamentito de treinta metros cuadrados, ¡más reducido aún que el piso de
cuarenta y tres, en Gràcia, en el que vivimos nosotros hasta que los libros,
que no los hijos, nos hicieron mudarnos a la izquierda del Ensanche. La
principal conclusión del librito autobiográfico de Kertész: Yo, otro.
Crónica del cambio, es lo que podríamos llamar su condición apátrida, en
tanto que judío estigmatizado en su propia tierra, Hungría, y fuera de ella,
por supuesto, porque la obra fundamental de Kertész tiene que ver con su paso
por los campos de concentración nazis. Ha sido una manera ciertamente
«extraña», esta de cohabitar en una ciudad con la memoria de un marginado, pero
no nos ha privado de apreciar los valores arquitectónicos de una cultura cuya
lengua levanta una barrera que nada tiene que envidiar al famoso chino que
usamos para cuando damos a entender que no entendemos ni papa. ¡Qué suerte que
la arquitectura tiene otros materiales! Aunque ya hemos viajado a la «nueva
Hungría», próxima a la democracia estándar de la UE, aún teníamos en la memoria
el recuerdo de la dictablanda de Orban, cuyo final inesperado anima lo suyo
para prever el de Su Excelencia en España. El pasado magiar de Hungría,
exaltado en las estatuas de la Plaza de los Héroes, nos habla de una visión
mítica en la que los guerreros y los caballos constituyen motivos escultóricos
de primer orden. Idéntica impresión produce la estatua Csikós-szobor o
estatua del pastor de caballos de Hortobágy, junto a la escuela de equitación,
un auténtico palacio de formas neoclásicas, ya reconstruido, como prácticamente
toda la antigua zona noble de Buda, llena de turistas como nosotros. Desde allá
arriba, la visión del Danubio y del Parlamento exige una fotografía que se
consigue, a ciertas horas, no sin algo de trabajo, dada la afluencia de
fotógrafos... Al volver vimos la película húngara El caso Abel Trem, de Gábor
Reisz, que nos recordó punto por punto la que habíamos visto mucho antes de ir:
La profesora de literatura , de Katalin Moldovai: dos situaciones
demenciales solo explicables en la época de la dictablanda de Orbán.
De camino a
Viena, desplazamiento que hicimos en autobús —he de consignar que Hugo tiene un
don organizativo que obra milagros, porque nos tenía a todos con la maleta y a
punto para emprender viaje sin que nadie osara retrasarse ni un minuto— se
confirmó la parada de rigor en la pequeña y encantadora ciudad de Bratislava,
que más parece un barrio de Viena que la capital de Eslovaquia, aunque su
relación con los checos se ha mantenido, lingüísticamente incluso, porque son
raros los eslovacos que no hablan el checo, cuya televisión tiene un
seguimiento masivo en Eslovaquia, a decir de la guía local que nos llevó por
los principales rincones y monumentos de la ciudad. En el tiempo libre nos
acercamos a ver la famosa Iglesia Azul, algo kitsch, pero digna de ser vista.
La verdad es que ha sido en Bratislava donde más he captado el concepto de Mitteleuropa
que desarrolla extensamente Magris en El Danubio, libro por el que,
luego me di cuenta, debería haber comenzado, pero la coincidencia de Kertész
con su geografía me impelieron a devorar un librito que va más allá de la
relación del escritor con su ciudad y su país, para adentrarse en una reflexión
ontológica con la que he disfrutado intensamente.
Viena es
inabordable en apenas dos días, de ahí que, además del Concierto mozartiano,
con final de Año Nuevo como guinda, siguiendo el ritmo de la Marcha Radetzky
bajo la batuta del simpático director, apenas tuviéramos tiempo sino para
perdernos, al desviarnos de la Ringstrasse, y acabar caminando/corriendo para
llegar a la hora en que nos tocaba el acceso al Museo del Belvedere, donde
veríamos, entre otras piezas de interés, la obra de Klimt, sí, El beso
incluida, donde los turistas hacían cola pacientemente para retratarse
teniéndolo como fondo, casi como si de un carísimo papel pintado de estudio
fotográfico se tratase...
La noche anterior acompañamos a los
conmilitones a su cena colectiva en el Prater, y fuimos porque allí había de
pagar yo homenaje a la noria de El tercer hombre, de Carol Reed, donde Harry Lime y su viejo amigo Holly
Martins se reencuentran tras haber asistido este al funeral del primero, nada
más llegar a la Viena de la posguerra, dividida en cuatro jurisdicciones desde
1945 hasta 1955, cuando se firma, en el Palacio Belvedere, por cierto, la
asunción, por parte de Austria, de su independencia total. Y, andando, andando,
en torno a la imponente catedral, núcleo duro de las hordas turísticas,
acabamos llegando adonde, desde que llegamos quise ir: la Plaza Am Hof, donde
se produce la «desaparición» de Lime, para sorpresa de Martins, hasta que el mando inglés descubre que en la Litfaßsäulen
que parece presidir la plaza hay una entrada que conecta con las cloacas, si bien solo, al final de la escena,
advertimos que Martins se apoya en la taza de la fuente que aún la preside, si
bien el adoquinado, cuyos reflejos luminosos tan bien dan en la cinta en blanco
y negro, siguen siendo los mismos, imagino. No muy lejos de por donde
ascendimos hacia el Museo se anunciaba un tour por la escalera de las cloacas
donde se rodó la película, pero ese habrá de esperar a un nuevo viaje, como la
casa de Freud y el café que frecuentaba. Hugo se quedó pasmado cuando le
dijimos desde dónde fuimos caminando hasta el Belvedere, porque estábamos a
tiro de piedra del Prater y su animado parque de atracciones. Tuvimos la suerte
de que la visita conjunta a Viena incluyera un conjunto de casas de alquiler
limitado, obra de un arquitecto imitador de Gaudí, algo muy propio de esa
ciudad, ejemplo sin parangón del cultivo de los pisos de renta limitada
propiedad del Ayuntamiento, y modelo casi imposible de imitar por otras
ciudades en los que la tensión inmobiliaria produce estragos, sobre todo entre los
jóvenes que aspiran a emanciparse de los padres y se ven imposibilitados de
hacerlo, salvo que paguen una riñonada por una habitación en un piso compartido
con amigos y extraños.
Entrar en
Praga nos causó una sensación extraña, porque, al menos yo, la imaginaba mucho
más pequeña de lo que es, y porque tenía en la memoria, Der Golem, de
Wegener, ambientada en el gueto judío de Praga, pero rodada íntegramente en
Berlín, en estudio, donde se consiguió el tenebroso aire expresionista de la
ciudad de retorcidas callejuelas donde transcurre la acción. Sí que me encontré
con esa sensación cinéfila cuando, en el tour de visitas de las sinagogas del
barrio judío de Praga, entramos en el cementerio: ¡tremenda revelación! Ningún
sitio de cuantos vimos, y vimos casi cuanto había de verse, en una primera
visita, logró impresionarme más que ese cementerio gigantesco, a fuer de ocupar
un muy reducido espacio, y en el que las tumbas se apilaban por niveles, ¡hasta
doce de ellos!, por lo que las estelas funerarias se disponían, caóticamente, en
la parte superior del terreno: ese cruce de recuerdos que parecía emerger de la
tierra como si el terreno hubiera sufrido un terremoto, me recordó, en visión
panorámica, el paisaje cristalino de Krypton, desde donde Marlon Brando,
Jor-El, entrega a su hijo a la Humanidad,
antes de que su planeta y su civilización desaparezca...
Tuvimos la
mala suerte de acometer la visita general que hicimos en cada ciudad justo
después de comer, con un calor que, como el de Viena, pasaba de los cuarenta
grados y nos flagelaba con un aire de estufa insufrible, lo cual no nos
permitió apreciar como se debe ni el famoso reloj ni el famoso puente, ni el
recorrido por el centro abarrotado de turistas como nosotros, deseosos de
«empaparse» de la ciudad y recibiendo, a cambio, una inmersión acelerada en la
asfixia térmica, si hacemos excepción del pequeño oasis que significó la visita
a la Ostrov Kampa en la zona de Malá Strana, donde se nos indicó que estaba la
casa natal del músico Bedřich Smetana, autor
de la única pero in olvidable ópera suya que he visto: La novia robada,
con la desternillante invención de un protagonista tartamudo que exigía un
derroche de imaginación vocal al tenor. Si a ello añadimos el leitmotiv del guía para
que vigiláramos la cartera y el móvil, ya puede uno hacerse a la idea de ese
gregarismo que provoca el rechazo absoluto de mi Conjunta, y al que me uno, por
supuesto. Por suerte, los dos días siguientes, a nuestro aire, usando el metro
y el tranvía, fueron más desahogados, aunque las multitudes que ocupábamos el
centro histórico de la ciudad, lleno de restaurantes a cada paso, constituíamos
un ejército auténticamente devastador. Solo conseguíamos evadirnos cuando
visitábamos alguna iglesia poco concurrida o caminábamos por zonas alejadas de
ese centro, aunque no tanto como para descubrir «la otra Praga», a la que ni
nos acercamos, en este primer contacto con la capital del antiguo reino de
Bohemia, y cuyo atractivo descubrimos durante el recorrido del autobús que nos
llevaba al aeropuerto para el regreso a casa, como la propia casa danzante de
Frank Gehry. Como sacamos la entrada para el Castillo y la majestuosa catedral
de San Vito, no advertimos que entre los sitios visitables se incluía el famoso
Callejón del Oro (Zlatá ulička), por lo que pagamos dos veces por la misma
visita cuando, por la tarde, volvimos para ver dónde escribió Kafka su cuento El
médico rural, que compré religiosamente para poder consignar en el volumen
dicha circunstancia. En vez de sacarle todo el fruto a la entrada, pagamos por
visitar el museo que han habilitado en el recinto del castillo, que nos pareció
muy interesante, porque, en una visita casi privada, no pasarían de seis
personas las que lo visitábamos, frente a la marea de grupos que visitaban la
catedral e imaginamos que el famoso Callejón. Descubrir algunas telas de
interés siempre es recompensa que nos satisface a ambos, aunque nuestros ritmos
de visita son antagónicos, si bien adelantamos o retrocedemos para asegurarnos
de que al uno o a la otra no se nos ha pasado por alto ninguna tela de inestimable
valor.
Fuera de la
rigidez de los guías, descubrimos ciertos espacios, como el restaurante en La Casa Municipal de Praga (Obecní dům),
un impresionante edificio Art Nouveau, con una sala de música, la sala Smetana,
donde se anunciaban conciertos de música clásica que no nos acabaron de
convencer, aunque habremos de volver, porque, arquitectónicamente, la sala
merece ser vista, y nada mejor que hacerlo durante una velada musical. El espacio alberga un restaurante y
un café, el Café de la Casa Municipal (Kavárna
Obecní dům) donde comimos platos tradicionales checos muy gustosos, en un
local suntuoso y con música a cargo de un pianista, además de con un servicio
esmeradísimo.
Trotar por las
ciudades que queremos conocer es una de nuestras pasiones, algo así como el
gusto por las digresiones en la novela bizantina. Siempre aspiramos a
confundirnos con el ritmo propio de los habitantes de la ciudad, pero eso en
Praga es literalmente imposible, dado el gentío que la ocupamos inmisericordemente.
De hecho, como no encontrábamos el candado con que cerramos la maleta, quisimos
buscar alguna tienda de reparación de zapatos donde encontrar uno. No muy lejos
del museo dedicado a la obra de Mucha, de quien admiramos la vidriera en la
catedral de San Vito, pero nos perdimos los frescos de la Casa Municipal...,
encontramos una zapatería en la que entramos para quedar deslumbrados no solo
por su espaciosidad, el olor a cuero y la gran afluencia de parroquianos que
dejaban o recogían zapatos para arreglar o arreglados. Cuando nos tocó el turno
y le dije que quería un candado, y que si aceptaban la tarjeta de crédito, me
dijo que no, que solo efectivo, algo que vimos como una defensa legítima frente
a la plaga de langosta invasora que somos los turistas, por muchos ingresos que
aportemos a su economía.
Ni siquiera,
al margen de la anécdota de El médico rural, he querido comentar nada de la
explotación turística de Kafka, aunque pagamos el peaje de acercarnos a admirar
el espectacular mecanismo de la cabeza metamorfoseante, obra del omnipresente
escultor en la ciudad, David Černý, autor de esa cabeza y de muchas otras
piezas. De hecho, nos despedimos de Praga tras hacer cola para facturar al lado
de la obra suya que preside la terminal, como El caballo, de Fernando Botero,
preside la Terminal Dos de El Prat. Tuvimos bastante, creo yo, con la estupenda película de Agnieszka Holland, Franz,
que repasaba la biografía del autor con un protagonista francamente idóneo, y
que habíamos visto poco antes de acabar aceptando nuestro primer viaje
organizado.
El sabor a
poco que suelen dejar los viajes se multiplica en este caso por tres, dado que,
lo suyo, de disponer de tiempo y fondos, es dedicarle una semana a cada ciudad,
ahora que ya tenemos una idea clara de la oferta y de nuestra resistencia
menguante, porque como sigamos teniendo veranos como el presente, con temperaturas totalmente saharianas en el centro
de Europa, se ha de escoger con cuentagotas qué ver, a qué horas y por dónde,
desde luego...
Finalmente,
nos despedimos de Hugo como quien lo hace de una insólita y sólida amistad, y
muy cordialmente de con quienes compartimos muy buenos momentos de sana camaradería,
castizo humor y emergencias prostáticas, que de todo hubo. La cordialidad
presidió una convivencia inmejorable y, ora con unos ora con otros, siempre
hubo momentos para intercambiar unas risas y otras experiencias viajeras. Creo
que hemos tenido la suerte de los primerizos, a juzgar por lo que he leído de
otras experiencias. Brindo por ello.
