¡Qué lucha encarnizada entre el destino del viaje y el libro que nos convida a no apartar la mirada de él!
Quizá debería
tomar la decisión de viajar sin lecturas, porque el vicio lector es de tal
naturaleza en mí que siempre tiende a interesarme más lo que leo que lo que
veo, y buena parte de nuestros viajes —solo sé viajar con mi Conjunta— se
sumergen en lecturas de obras que, al menos en mi caso, se relacionan con el
lugar escogido como destino. Leer La Divina comedia en Rávena, Brooklyn
Follies en Nueva York, en su magnificente parque japonés, o El libro del
desasosiego en Lisboa son pequeños caprichos que me he permitido, aun
sabiendo que las estancias no cubrían el total de la lectura. Con ocasión del
viaje organizado del que ya ye dado noticia, llevé conmigo dos libros muy
desiguales, uno de Imre Keetész, Yo, otro. Crónica del cambio y El
Danubio, de Claudio Magris, un recorrido del río desde su nacimiento hasta su
desembocadura en Constanza, Rumanía, a escasos cien quilómetros de Tomis, donde
fue desterrado el genio universal de las letras, Ovidio, quien nos legó una
crónica en verso de su destierro que se lee con profunda emoción: Tristia,
«Las tristes».
Reconozco la
rareza extremo de viajeros que están deseando detenerse en sus visitas para, en
una plaza con sombra y fresca brisa, engolfarse en la lectura de la obra que en
esos momentos esté llamándoles continuamente para que abran sus páginas y sigan
donde se quedaron. Cuesta lo suyo ignorar esa solicitud amorosa, porque son
tantos los dones que ni las más hermosas arquitecturas pueden competir con
ellos. Tuvimos la suerte de desplazarnos en autobús de Budapest a Viena y de
esta a Praga, lo cual me permitió leer unas horitas y avanzar en una obra tan
densa como es la de Magris. La de Kertész la acabé en el lugar relacionado con
ella: Budapest. Es obvio que la crónica de un desarraigo y una poderosa crisis
de identidad, resuelta en su inextinguible condición de judío, no puede
compararse con la «biografía» de un río como el Danubio, que ni es azul, como
lo canta el vals, ni está exento de padecer una grave sequía como la que ha
mermado extraordinariamente su caudal este verano sahariano que han padecido en
Mitteleuropa, el concepto cultural que vertebra el libro de Magris.
El libro
autobiográfico de Kertész, el primero que leo de él, apela a conflictos que no
son exclusivamente suyos: ¿Qué partícula de esta vida fragmentada se refiere
a sí mismo con la palabra «yo». «Yo»: una ficción de la que a lo sumo somos
coautores, «Yo es otro.» (Rimbaud). Y menos aún cuando nos dice, como
confiesa más tarde, que Siempre he odiado mi nombre. Su condición
excéntrica, ¡un húngaro judío superviviente de los campos de concentración y
liberal en un sistema férreamente comunista!, atrapa enseguida al lector.
Máxime cuando, desde los primeros compases del libro confiesa: ¿Cuáles han
sido mis dotes superiores? No obedecer a la única inspiración de este país: a
la eterna tentación de los cantos de sirena que invitan al suicidio psíquico,
intelectual y, finalmente, físico. Como advertirán mis queridos
intelectores, se lleva uno la alegría en píldoras para un viaje de vacaciones,
pero la vida ajena siempre nos depara sorpresas de toda índole, y Kertész
vivió, hasta ser reconocido con el Premio Nobel, una vida colindante con la
pobreza, en un apartamento minúsculo de treinta metros. Novelista, aunque su
material sea la realidad, no se siente seguro en el terreno de la confesión ni
el ensayo, o, como él lo dice: De pronto me he visto como ensayista, y se ha
apoderado de mí el miedo a morir de sed en el desierto de la retórica.
La obra está
llena de referencias a otros autores, de quienes se citan algunas frases que él
relaciona con su propia vida, como la que hemos visto de Rimbaud. Son «cierres
lapidarios» que impiden un desarrollo analítico: «Estoy tan lúcido hoy, como
si no existiera.» (Pessoa: Libro del desasosiego) o La claridad
conceptual siempre implica cierto consuelo. Para expresarlo con palabras de
Karl Kraus: la situación es desesperada, pero (aún) no del todo.
Me ha
interesado mucho, con todo, la reflexión sobre lo que significó para sus
conciudadanos la adopción de la ideología comunista que gobernó el país después
de la Segunda Guerra Mundia hasta la caída del muro de Berlín en 1989, porque
he hallado en ella ecos de nuestro ultraideologizado presente
paleoizquierdista: Estos hombres [los soviéticos húngaros] basaron sus vidas en un falso uso del
lenguaje. Y, lo que es peor, dieron a este mal uso del lenguaje el rango de un
consenso válido para todos. Se marcharon y dejaron atrás a los lisiados del
falso empleo del lenguaje, obligados a recurrir ahora a los primeros auxilios
morales, como si las palabras, que han perdido su valor debido al mal uso y que
han quedado como trozos de papel deshilachados, hicieran aflorar de pronto sus
heridas morales. Adondequiera que mire, crujen las prótesis morales, traquetean
las muletas morales, transitan las sillas de ruedas morales. No es cuestión de
que olviden una época como si fuera una pesadilla: pues la pesadilla eran
ellos, deberían olvidarse de ellos mismos si quisieran vivir y si resulta
atractivo volver a vivir después de una larga muerte.
El Danubio, de
Claudio Magris ha sido todo un descubrimiento. Se puso tan de moda que me vi
obligado a postergar el momento de su lectura. La ocasión ha sido pintiparada
para adentrarme en él, y lo he hecho con la falsa expectativa de entrar en un
denso ensayo acerca de ese concepto capital de la obra Mitteleuropa que mi buen
sosias Dimas Mas tanto frecuentó en su aventura narrativa sobre el berlinés
Friz Perls. Con lo que me he encontrado, sin embargo, es con un libro del género de la miscelánea, tan
propio de los siglos xvi y xvii que parece haberlos tomado como modelo, si bien
aquí hay un eje narrativo que faltaba en aquellos: el Danubio, cuyo curso sigue
el autor desde el nacimiento hasta la desembocadura para ofrecernos la
quintaesencia de las crónicas de viajes, porque el autor, germanista de
profesión, ha tenido la santa ocurrencia de desplegar su caudal de
conocimientos literarios, filosóficos, históricos y sociológicos, mezclándolos
con el más estricto anecdotario, es decir, noticias de muy diversos orígenes
pero de sumo interés para el viajero que rehaga su trayecto, lo cual, escrito
con una maestría solo propia de quien ha bebido en las más prístinas fuentes
del conocimiento, nos da como resultado un libro que bien puede considerarse
una obra maestra del género, y como tal ha sido recibida por la crítica más
solvente.
Las antiguas
polianteas, las silvas, las florestas, los vergeles, los florilegios, las
oficinas, los centones o, en Italia, los zibaldone y spicilegio
fueron géneros muy populares, de ahí que este libro de Magris haya tenido el
éxito que tuvo y que, imagino, seguirá teniendo. Cualquiera que se adentre en
él va a tener una visión del corazón de Europa como nunca antes se lo han
explicado, y todo ello porque, etapa tras etapa, el autor practica una selección
de noticias de muy diversos campos del conocimiento que nunca dejan indiferente
al lector. En realidad, la habilidad de Claudio Magris es alimentar las
expectativas de sus lectores, prometerles, con cada minúscula narración, nuevos
descubrimientos y más sazonadas digresiones, de esas que nos alegran la lectura
en cualquier género, porque constituyen la irrupción de lo insólito en el curso
de la normalidad, aunque la historia de Mitteleuropa esté muy alejada de
cualquier tipo de «normalidad»: parece haber sido construido, el concepto, a
partir de lo excepcional. El autor es un «especialista» en el asunto, porque su
primer libro, confeccionado a partir de su tesis doctoral, es un análisis del
concepto de lo habsbúrgico en tanto que mito: El mito habsbúrgico en la
literatura austríaca moderna. El tono coloquial de muchos pasajes, así como
su fina sensibilidad para la ironía y la paradoja, hacen de este libro un
precioso y tópico «cajón de sastre» en el que hallaremos lo más sorprendente,
lo más común y hasta lo inverosímil, como el arranque de la narración, a
propósito de la disputa del nacimiento del Danubio, que parece emular el famoso
lugar de La Mancha que tantos se disputan como cuna de Alonso Quijano, creador
del Quijote, ambos inmortalizados por Cervantes.
Un viajero es
todo lo contrario de la concepción interiorista de San Agustín, nos dice
Magris: San Agustín se equivocaba en parte, cuando exhortaba a no salir
fuera de sí mismos: quien permanece siempre dentro, fantasea y se pierde, acaba
por quemar incienso a algún ídolo de humo que surge de los desechos de sus
miedos, vacío e insidioso como las pesadillas a las que la oración nocturna
convida a desaparecer. Abrirse al exterior es tarea que comienza por
reconocerlo y estudiarlo, de ahí la curiosidad infinita del autor no solo por
el río sino por el concepto que parece nacer de las aguas del Danubio, ese río
que, por su con fusión con el Istro, obligó a Ovidio a llamarlo Río bisnominis,
y bien cerca murió de su desembocadura, por cierto, el gran poeta de las
Metamorfosis. Y un viajero cronista se plantea asuntos que conciernen más a los
creadores de ficción que a las crónicas, porque, como el buen estudioso de la
literatura sabe, un viajero se siente incómodo, ante la objetividad de las
cosas, al tropezarse entre los pies con el pronombre personal. Víctor Hugo,
mientras vagaba a lo largo del rin, habría querido arrojarlo, molesto por esa
mala hierba del yo que asoma por toda la pluma. Pero un turista no menos
ilustre y no menos hostil al egotismo verbal y pronominal, Stendhal, decía,
viajando por Francia, que, al fin y al cabo, es un medio cómodo para narrar.
Y ya advertirán los intelectores que este tipo de incisos en los que nos
movemos como Magris por su casa por la gran cultura europea es, en efecto, una
señal de identidad del libro. El autor publica su obra en 1986, lo que
significa que la realidad política de Europa es muy distinta de la actual, pues
aún no ha caído el muro de Berlín ni han desaparecido los regímenes comunistas
de la Europa sometida a los soviéticos, ni ha estallado la terrible Guerra de los
Balcanes que acaba con la Yugoslavia abanderada de los países no alineados, hoy
desaparecidos en combate... Y aunque el resurgir de los nacionalismos no
parecía apuntar en aquel entonces a lo que ahora estamos conociendo, el
espíritu crítico del autor apela ¡nada más ni nada menos! que al propio
Heidegger, quien suscribió el ideario nazi, para refutar la extendida teoría de
las raíces territoriales en las personas como condición de su naturaleza
«nacional»: Es precisamente Heidegger quien se opone felizmente al culto del
arraigo; en los mayores momentos de su obra enseñó que «el extrañamiento es un
modo fundamental de ser-en-el-mundo», que sin desorientación y sin pérdida, sin
errar por senderos que se extravían en el bosque, no hay llamada, no es posible
escuchar la auténtica palabra del Ser, de ahí que adquirir una nueva
identidad no significa traicionar la primera, sino enriquecer la propia persona
con una nueva alma, como dice a partir de lo que decía el emperador romano Publio Licinio Galieno (253-268), que se casó
con una mujer bárbara Pipa (o Pipara), hija de Atalo (Attalus), rey de los
marcomanos y la llevó a Roma. Estamos, pues, ante la crónica de un a
itinerancia que desmiente la inscripción que en una de las etapas del camino
descubre el autor: Domi manera convenit
felicibus, «conviene a los felices quedarse en casa», inscripción en el
castillo de Sigmaringen, adonde viajó Céline siguiendo al gobierno derrotado de
Vichy. De este estilo está el libro lleno, y llama la atención la sensibilidad
de Magris para deshacer algunos malentendidos que han sobrevivido para mayor
gloria de las glorias patrias, como el descubrimiento de que la amante de
Goethe, Marianne, su musa para el Diván,
escribió algunas de las poesías del volumen y luego ya no volvió a escribir
nunca más. Pero ya se sabe lo que, con excelente humor, Magris se atreve a
escribir, pero muchos no ignoran: Los escritores constituyen una orden
secreta universal, una masonería, una Logia de la estupidez; no por casualidad
han sido ellos, de Jean Paul a Musil, quienes han escrito Elogios y ensayos
sobre la Estupidez. Al fin y al cabo, el acto de escribir no deja de ser un
acto de magia blanquinegra: Probablemente sobre el papel se finge y se
inventa la felicidad, nos dice el viajero con sólido fundamento.
El recorrido
del río le permite al autor visitar lugares vinculados a las grandes
celebridades de la literatura, la música, el teatro o la política. Son muy
frecuentes las excursiones a lugares tan señalados como la casa donde murió
Kafka: Kierling, Hauptstrasse, 187. En una sala de estas habitaciones, el 3
de junio de 1924, murió Kafka. La casita de dos pisos, que hoy alberga
viviendas modestas, ea el sanatorio del doctor Hoffman en este pequeño pueblo
cerca de Klosterneuburg, en el que Kafaka confiaba en curarse y donde pasó sus últimas
semanas. En el suelo de la entrada, una inscripción dice «Salve» o, en
Viena, la casa donde vivió y murió
Beethoven: En el 15 de la Schwarzspanierstrasse estaba, hasta 1904, la casa
donde murió Beethoven y donde entre el 3 y el 4 de octubre de 1903 se disparó
Otto Weininger un tiro en el corazón. ¡Ay, esas informaciones que he leído
con posterioridad a nuestra visita a las ciudades imperiales”, y que son
alicientes, sin embargo, para regresar sin tardar demasiado. No todo son
referencias siniestras, está claro, porque tamb ién tiene el detalle e
ubicarnos ¡nada menos que la primera ejecución del famoso vals de Strauss: En el edificio de la IBM, en el 95 de la
Obere Donaustrasse, una placa recuerda que en los locales de la casa de baños
Daiana, ya desaparecida, Johann Strauss ejecutó por vez primera, en 15 de
febrero de 1867, El Danubio azul.
No insisto
más. El recorrido es largo, pero el disfrute también. Acaso otro día, con más
calma, vuelva sobre la totalidad del libro. Baste con lo sugerido para que
cualquier lector se convenza de que ese tour de las ciudades imperiales
no puede hacerse sin haber leído con anterioridad esta obra cumbre de su autor.
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