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| Las viejas termas de La Albotea |
La sed de espacios singulares y la justa combinación de arte y naturaleza....
Se asocia, usualmente, balneario con «relajación», «descanso» y «desconexión», y parte de ello hemos vivido esta casi semana que completaba las vacaciones de verano que aún hemos de dedicar a la casi centenaria madre de mi Conjunta. Vista la oportunidad y la bonanaza del clima, escogimos un balneario inaugurado hace pocos años, La Albotea, en plena Rioja, para, tomado como centro de operaciones, pagar visita a algunos pueblos de Soria que hace tiempo queríamos visitar. La distancia, teniendo en cuenta nuestra común afición a viajar en automóvil, no fue un obstáculo, aunque excursión hubo de más de trescientos quilómetros que nos llevó a El Burgo de Osma, el Cañón del Río Lobo y a Calatañazor, aunque una desconexión del servicio de Google Maps nos llevó por una carretera secundaria hacia ninguna parte hasta que vimos el salvador letrero: Calatañazor, y supimos que no saldríamos derrotados en la batalla de descubrirlo y conocerlo, porque es ese un topónimo que, al menos yo, tengo incrustado en la memoria desde el preparatorio para Ingreso.
Más próxima, la visita a Tudela, escondida como las joyas de Zapatero, sí que lo tuvo todo de relajante y complacida, turística, vaya. Su hermosa plaza mayor, en uno de cuyos restaurantes comimos, y a la que accedimos por una sinuosa vía peatonal en la que me encontré casi de sopetón ¡nada menos que con una estatua de mi admirado José María Iribarren!, el autor de esa joya de la miscelánea que es El porqué de los dichos; el mercado central, y una casa museo de la gran mecenas tudelana no podían compararse con el portal románico de la Catedral de Santa María, Puerta del Juicio, en el que se representa con fino detalle dicho juicio: a un lado los condenados, al otro los salvados.
El circuito
termal incluido en el precio de la habitación lo escogimos a las 19'00h, lo que nos permitía
tomarnos con calma las excursiones antes de aventurarnos, albornozados,
en el cubo brutalista de las termas para disfrutar de los masajes hídricos, las
saunas y la bañera de agua a presión, como acto propiciatorio del merecido
descanso, propio del establecimiento. La habitación, espaciosa y confortable,
permitía los viejos vicios de la e4scritura y la lectura, y quizás por ello
casi acabo las tres lecturas de Luis Valdesueiro que me llevé para la ocasión:
un librito de haikús, Una rosa es; el Cuarto Lucidario, de
aforismos y La oscura mano del tiempo, compuesta por divagaciones y
aforismos, que el autor ha tenido la gentileza de dedicarme. De todo ello daré
cuenta crítica, oportunamente, en el Diario de un artista desencajado. Lo
que puedo adelantar es que la escritura fragmentaria es idónea como compañera
de viaje, porque siempre encuentras momentos muertos, ¡y aun vivos!, en los que
dar pellizcos lectores a los libros.
La otra larga excursión fue a Yanguas, pueblo catalogado entre los más hermosos de España, como Calatañazor, y muy estrechamente asociado a la familia de mis cuñados, por haber tenido los padres de él una casa allí. Ambos, Yanguas y Calatañazor son sinfonías pétreas de absoluta belleza, y tuvimos la suerte de movernos en sus interior sin los ríos turísticos que, en pleno agosto, suelen inundarlos. Con temperaturas inusuales para un otoño más cálido de lo habitual, paisaje, arquitectura y clima se armonizaron como solo una agencia turística de viajes organizados desea para sus excursiones. Es cierto que escogimos la vía «larga» desde Cervera del Río Alhama, la que atraviesa por Enciso, en plena ruta de los dinosaurios, tan grata como retorcida, lo que hizo imposible, por lo que nos demoró el trayecto, visitar Enciso, aupado a un peñasco y de prometedora visita que quedará para otra ocasión. Aunque estábamos advertidos de la nula oferta gastronómica de Yanguas fuera de temporada, tuvimos suerte de que el local Amigos de Yanguas sirviera comidas para los obreros que temporalmente trabajan en la zona, y ello nos permitió acercarnos a visitar un paraje privilegiado: el hayedo de Diustes, por donde nos dimos un espectacular «baño de bosque» perfectamente ilustrado con plafones informativos que nos informaron de las características de la flora y fauna de la zona. Nos cruzamos solo con otra pareja de caminantes y, en la zona de aparcamiento, otra, con un rulot, comía de forma discreta.
El apetito ya lo llevábamos abierto, pero el paseo boscoso lo
ensanchó lo suficiente para que cupiera un guiso de garbanzos más propio para
otras temperaturas, pero del que gozamos con singular placer. No pecamos de
exquisitos, a la hora del condumio, pero la comida casera bien hecha es siempre
nuestra mejor opción. Reconozco, en este apartado, una debilidad: el día de la
llegada paramos a comer en el pueblo grande más próximo al balneario: Corella, localidad
navarra, donde había reservado mesa en el Crucero, y con cuyas alcachofas con
foie recorrí el camino como una suerte de albricias por la conducción segura
del vehículo. Y no me decepcionaron, todo lo contrario: en su punto de sabor y
fritura: una delicatessen para un aficionado a la cocina de mercado. El pueblo,
que volvimos a visitar un par de días después, nos deparó una sorpresa inmensa:
en él había vivido Mariano José de Larra, junto a la iglesia de San Miguel, y en él había traducido partes de la Ilíada
del francés con apenas 13 años y, de propina, había escrito una Gramática
castellana. Estábamos, pues, «en casa», porque así nos sentimos cuando se
juntan el rutismo y la literatura...
Como se
aprecia, escogimos un enclave absolutamente fronterizo, porque nos movíamos
entre Castilla y León, La Rioja y Navarra sin saber bien bien en qué comunidad
estábamos, a pesar de que las autoridades se empeñan, con enormes cartelones,
en recordártelo casi preceptivamente, si bien el cuidado de las carreteras
intracomarcales que nosotros frecuentamos
en este tipo de visitas, cuidados que a ellas les competen, brillaba por
su ausencia, aunque la contrapartida era el escasísimo tráfico con que nos
encontramos, la gran ventaja de viajar fuera de temporada, pero, al mismo
tiempo, el gran temor, por una inesperada avería que pueda producirse.
La gran sorpresa del viaje, aunque todo él nos ha parecido muy revelador de las maravillas que un o puede encontrarse en cualquier región de nuestro país que acote, como ya nos paso con las Merindades el año pasado, y también estábamos centrados en otro balneario, en aquella ocasión el de Corconte, del que guardamos grato recuerdo, a pesar de la escasísima iluminación de las habitaciones; la gran sorpresa, digo, fue el Burgo de Osma, donde, nada más llegar, para ir a un lavabo tomamos un café en un establecimiento en el que, por primera vez en mi vida, me pusieron una «tapa dulce» con el cortado. La larga calle Mayor y su interesante catedral, además de las murallas y el puente medieval, más la singular plaza de toros y la antigua universidad, convertida en hotel de lujo, en el más puro estilo de Paradores de España. La catedral tiene algunas maravillas dignas de nota: la Virgen de la Blanca, una severa talla románica, una estatua dinámica de Pedro de Osma, esculpida por Juan de Juni, y, a título anecdótico, una llave que en lo alto del arco de una capilla colgó quien se la trajo como trofeo militar tras haber sido gobernador de su Majustad en el castillo de Pombioni, en la Toscana, que no en Milán. Siempre me ha maravillado la atención que le prestamos mi Conjunta y yo al arte religioso, siendo los dos agnósticos de pura cepa, pero la tumba de Pedro de Osma que se conserva en lo que fuera antigua cripta de la Catedral es, literalmente, una joya..
A menos de
media hora fuimos a descubrir el cañón del río Lobo. En cuyo último
aparcamiento paramos para hacer la excusión hasta la ermita y regresar por el
otro lado del río, prácticamente sin caudal en esas fechas, aunque la excursión
fue grata. Al final tuvimos un encuentro inesperado con un zorro que, habituado
a los excursionistas buscaba restos nutritivos alrededor de los contenedores de
basura e incluso se acerco con paso decidido hasta donde un grupo de
excursionistas merendaba, momento en que le dieron un trozo de plátano que el
animalejo no rechazó. Me vino a la memoria la excelente película de los Arqueros,
Corazón salvaje, con Jennifer Jones, quien tenía un zorrito por mascota.
El alojamiento
invitaba al sedentarismo y al disfrute termal, es verdad, y La Albotea merece
una visita por parte de cualquier aficionado al termalismo, pero la vocación cocheriega
nos domina, y de ahí lo que parece haber sido una escapada a la locomoción, más
que una húmeda recreación en el dolce far niente.









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