miércoles, 18 de mayo de 2016

Antiturismo de proximidad



Trayecto urbano: Enrique Granados, Tuset, AlfonsoXII, Copérnico, Muntaner, up and down. De San Antonio a La Bonanova: una ciudad, dos mundos, un paseo.


Hay quienes presumen de conocer no solo una ciudad, sino hasta un país. Después de 44 años en Barcelona, son infinitas las calles que jamás he pisado e inacabables las que nunca he recorrido de principio a fin. Por eso me sonrojan tanto esas expresiones ufanas de los ridículos turistas profesionales del  “lo hemos hecho”: “hemos hecho la ruta Maya, hemos hecho las islas griegas, hemos hecho, Nueva York, hemos hecho el caribe, hemos hecho…póngase ad libitum lo  inimaginable, que seguro que se acierta…El otro día, lunes festivo, tiramos hacia arriba instintivamente, sin las dos monedas del desempate, la de Norte-Sur y la de Este-Oeste, y escogimos, después del zigzag de Gran Vía, Aribau y Diputación, una calle revalorizada, Enrique Granados, a quien, aun siendo ilerdense, jamás nadie en su vida llamó Enric, aunque así lo proclamen, insistentes, las mentirosas lápidas que indican en cada cruce que se camina por la calle dedicada al autor de Goyescas. El primer tramo junto al Seminario es el día de la noche que era cuando aún estaba el muro carcelero de obra y ninguno de los establecimientos de restauración donde tan a gusto puede el cansado del mundanal ruido relajarse un rato. Ese tramo se extiende hasta la cercana Plaza de Letamendi. Se trata de una calle prácticamente peatonal en medio del Ensanche, lo que la hace amable y humana. Se escala con facilidad, a pesar de la pendiente, y no son pocos los edificios de mérito que se van descubriendo, aun a pesar, esta sí, de haberla recorrido muchas veces. Cruzada la Diagonal se sigue por Tuset, calle de la gauche divine por excelencia y, en mi caso, del recuerdo de Derzu Uzala en el cine Arcadia, un cine que siempre caía a traspié, viviendo, como vivíamos, en Gracia, y que no tardó en sucumbir a la fiebre de los videoclubes y las nuevas tecnologías. Los pocos vecinos con los que a esa hora vespertina nos cruzamos, van indicando ya la muy distinta naturaleza de los barceloneses de ese inicio de los barrios altos (Por cierto, días atrás tuvimos que dejar de ver la película así titulada, Barrios altos, dirigida por el hijo de Berlanga, una patochada que debió abochornar tanto a su padre que acabo sugiriéndole la vía de la dirección y dirección de producción de series televisivas), cuyas ropas, gestos y el uso del castellano recuerdan aquellos tiempos en los que el catalán tenía fronteras dentro de la ciudad. Travesera de Gracia -que nos hubiera llevado directamente hasta Gracia, una calle por debajo de Ramón y Cajal, junto a Joanich, donde vivimos tantos años en 47m2 hasta que los libros nos obligaron a emigrar- la atravesamos para continuar por Alfonso XII, ¡un Borbón en el callejero, advertimos con insana incredulidad!, una calle en la que comienzan a hacer acto de presencia casas de planta baja que han resistido, en el corazón de la ciudad, la onda expansiva de la especulación. Vamos por detrás de la Clínica del Pilar, donde tan bien me atendieron de la furiosa obstrucción del colédoco, y llegamos hasta San Elías y vamos, bordeando el parque de la mansión de veraneo de los Sagnier, ahora de uso público, y pasamos por delante del Instituto Montserrat, generosos dineros públicos de todos al servicio de quienes viven con total desahogo, donde aprobé las oposiciones a Agregado de Instituto. Seguimos hasta desembocar en Muntaner, aún en la parte alta de Barcelona, barrio por donde miembros de la Escuela de Barcelona vivieron y bebieron, sobre todo lo segundo. Pasado General Mitre, un independentista… argentino (algo así como un Pisarello a la inversa, me imagino), sin dejar Muntaner, mi Conjunta, que acaba de leer los Diarios de Gil de Biedma, me indica que no debemos de andar lejos de donde el poeta tuvo el famoso sótano/picadero, “más negro que mi reputación”, pero no tenemos el número exacto. Muntaner hacia arriba pica, se nota en la tensión de los tendones de Aquiles, dispuestos a llorar la patróclea lesión inminente de los gemelos, y se difumina el esplendor de los pisos con ínfulas del Ensanche, sustituidos por la funcionalidad fría y severa de las construcciones anodinas, salvo muy escasas excepciones. Llegamos hasta la Plaza de la Bonanova y decidimos recorrer Muntaner de arriba abajo, aunque a un ritmo algo ligero, dada la hora. Pasamos por la Torre de los Muñoz Ramonet, cuyas descendientes andan en pleitos con el Ayuntamiento por la propiedad de no pocos cuadros de mérito, unos 500, que atesoró el potentado, quien se  exilió en Suiza por temor a que sus opacos negocios a la sombra de Franco no dieran con sus huesos en la cárcel. Vamos cruzando grandes ejes de la ciudad, como la Travessera, la Diagonal, sobre la que pende la amenaza de la enésima remodelación, ahora para el tranvía llamado Discordia, y pasamos por el Velódromo, un viejo bar de juventud bohemia reconvertido ahora en restaurante con pretensiones. Poco a poco, dejamos atrás las zonas burguesas y volvemos a encontrarnos con el pueblo llano. Pasamos Aragón y dejamos atrás El Punto, centro neurálgico de la movida del Gayxample. Se abrió un bar a su lado y siempre he considerado que perdió la oportunidad de haber sido un restaurante llamado Y coma. Que el amor, la amistad y el ligue no están reñidos con los placeres del estómago, antes todo lo contrario.  Poco antes de llegar a la Gran Vía, pasamos por delante de uno de mis edificios favoritos de Barcelona, donde los hay excepcionales, pero esta Casa China de Joan Guardiola Martínez, que para mí he bautizado como “bajel turco”, me tiene robada la admiración.  

Al final del recorrido inserto ilustraciones de otras obras de Guardiola, un arquitecto apenas conocido, pero tan imaginativo como Gaudí, por lo menos. Seguimos hacia la Gran Vía, madrileñizada por el olvido de su pomposo apellido De las Corts catalanes. Solo nos queda un tramo hasta la Plaza Goya, donde acabamos el recorrido urbano, llena la memoria de una arquitectura que desaparece por completo alrededor de la plaza, frontera con el Raval, presidida por un monumento en homenaje a Francesc Layret donde los de Derecha Republicana de Cataluña suelen hacer, cada vez con menos pompa y jerarquías menores una ofrenda de flores cada primero de mayo. El Raval es, literalmente, “otro mundo”, en permanente ebullición, y por el que caminamos más a menudo, en paseo de radio corto. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Del insomnio y el síndrome de las piernas inquietas...




Insomnia
2. Parece que se ha convertido en un patrón. Me acuesto, leo, me entra la modorrilla, apago y a partir de ese momento inicio la tortura de la resistencia, los picores de la urticaria y la rebelión contra el efecto del orfidal, en el supuesto de que lo suyo fuera tumbarme por K.O. No sé si se debe a la media ración que tomo, pero lo cierto es que no hay manera humana de conciliar el sueño desde que me giro para mi lado, si no hay alegría púbica, e inicio el temido ritual de las vueltas para aquí, para allá y para acullá, el aliviarme del peso de la colcha, del de la propia sábana, sobre todo si es la azul zamorana, que yo digo, por su densidad de zamarra de pastor, y el quedarme en pelotas hasta que el relente nocturno me acobarda y vuelvo a refugiarme bajo la sábana. Cuando, pasada la hora de esos vaivenes, me doy por certificado lo infructuoso de la conciliciación sómnica, me levanto con sigilo, me voy al salón y comienzo a leer o, como ahora, a escribir para dejar constancia de este patrón que algo tiene de nave infernal de los los locos en la que soy el obediente marinero al que no le queda otra que conformarse con su condición y con las órdenes del patrón que la gobierna. En fin, me veo forzado a tomar la decisión de ingerir, mañana, una píldora completa, para observar la reacción. Lo que más me llama la atención de esta crisis y de la reacción a las pastillas es que me ha vuelto, con virulencia, el temido síndrome de las piernas inquietas, que he padecido toda mi vida y al que solo muy recientemente los investigadores le  han puesto un nombre con el que dignificar un padecimiento que puede parecer de risa a quien no lo sufra, pero que nos hace la vida imposible a sus sufridos pacientes. A ver mañana qué tal. Sigo con la lectura de las Ensoñaciones de un paseante solitario, de Rousseau, un titulo que ni escogido adrede para estas familiares e insomnes noches  lluviosas de mayo...

Esto dejé escrito anteayer, y hoy he confirmado que ni siquiera una ración entera de orfidal ha conseguido "tumbarme". Es más, diría que incluso me lo ha puesto más difícil. Es decir, que teniendo en cuenta el carácter fácilmente adictivo de la pildorita en cuestión, es más que probable que busque otros medios de conciliación sómnica.
En cuanto al Síndrome de las piernas inquietas, que sufro desde muy joven, se trata de una afección incómoda, sin duda, pero puede devenir fuente segura de una crisis de ansiedad. Yo lo descubrí cuando comencé a vivir más en los cines que en otros espacios familiares o extraños. El síntoma dominante es el de sentir una pesadez en las piernas que te da la impresión de que se te fueran a quedar inválidas de por vida, que no podrás volver a caminar nunca. Jamás he podido sentarme en un cine en las butacas centrales, siempre he de hacerlo "tocando a pasillo", como en los aviones o en los autobuses, etc. ¡Cuántas veces no he estado sentado, por un despiste o por que no hubiera otras entradas, en mitad de fila y he tenido que golpearme los muslos con los puños para intentar calmar ese desasosiego que te provoca el sentir que la parálisis te está "robando" las piernas, que casi vas a tener que salir de tu sitio instalado en el carrito de los doblemente amputados, con las protecciones metálicas en los nudillos de las manos para poder impulsarte sobre el adoquinado! Un horror. A mi Conjunta le parecía cosa de locos, de muy jóvenes, que a mitad de las películas, estuviéramos o no acaramelados, tuviera que levantarme de un salto, salir al pasillo, retroceder hasta el inicio de la platea y comenzar a sacudir una pierna tras otra como si se me hubieran colado algunos pececillos o algún ratón en las perneras del pantalón, y perseverar en ello hasta que regresaba y volvía a sentarme como si hubiera tenido que ir a los lavabos por una necesidad urgente.  He de reconocer que dedicarme a la práctica del maratón me ha ayudado mucho a controlar el síndrome, pero ayer, curiosamente, como si fuera un efecto secundario del orfidal, estaba tumbado en el sofá, leyendo a Rousseau, y hube de comenzar un ballet de piernas sobre el respaldo, cruzándolas, descruzándolas, sentándome, poniéndome de pie, encogiéndolas, estirando el cuádriceps, dando patadas al aire..., es decir todo un repertorio de los "viejos tiempos", cuando las crisis se presentaban con una agudeza lancinante.
Poca broma, pues, con este Síndrome, poco conocido, pero de muy adversos efectos. Con este ya son dos los Síndromes que me singularizan como paciente, que es una vanidad a la que todos, lo confesemos o no, aspiramos. El otro es el de Caroli, esto es, la tendencia a solidificarse la bilis y formar piedras en el hígado, que ya me dio su peculiar tormento hace algunos años, hospitalización incluida. 900 mg de ursuchol es mano de santo para él...

lunes, 25 de abril de 2016

Quincuagésimo aniversario del debut de Plácido Domingo en el Liceo: Simon Boccanegra.



Una representación excepcional: Plácido Domingo  y Davinia Rodríguez en Simon Boccanegra, de Verdi.

Ignoraba, hasta una semana antes, porque las entradas para el Liceo las sacamos en julio, que la representación de Simon Boccanegra del dia 23 de abril corría a cargo, en el rol principal, de Plácido Domingo, y que ese día era el primero de sus tres actuaciones previstas, así como el feliz quincuagésimo aniversario de su debut en el Liceo, razón por la que, al final de la ópera, se le rindió un doble homenaje, el institucional del coliseo y el entusiasmado del público, al que me sumé hasta quedarme afónico y con las manos tumefactas de la entrega con que rendía tributo a un cantante cuya voz, después de la de Pavarotti, me guió en los primeros tiempos de mi tardía pero sólida afición lírica. No podría haber imaginado más feliz representación. En ella, además, hacía su debut la joven soprano canaria Davinia Rodríguez, cuyas portentosas cualidades la elevarán al estrellato operístico a no mucho tardar. 
Descubrí la ópera, como arte total, con El anillo del nibelungo, de Wagner, en 1982, ya talludito, aunque, con antelación, había coqueteado con ella e incluso había visto, en Boston, un año antes, un Rigoletto ¡nada menos que con quien siempre me ha parecido el cantante de ópera con la voz más hermosa: Luciano Pavarotti! Desde la contemplación durante cuatro sábados seguidos de la tetralogía wagneriana desde el festival de Bayreuth, vista, además, en una televisión "de campaña" minúscula, la pasión por ese arte total ha ido en aumento, y de ahí el esfuerzo económico por asistir a algunas representaciones cada año en el Liceo. 
El mundo de la lírica es tan rico que resulta difícil, a quien abandona los prejuicios y se deja llevar por la música, el canto y la representación no hallar óperas que le emocionen del modo más intenso imaginable, ya sea la famosa Traviata de Verdi, ya La flauta mágica de Mozart, ya El barbero de Sevilla, de Rossini, ya Norma de Bellini, ya  Turandot de Puccini, ya, ¡incluso!,  Wozzek, de Berg u Orfeo y Eurídice, de Gluck, por no añadir títulos que harían de la lista un listín..., porque cuando a uno se le ha metido dentro el sabroso tóxico de la ópera, es difícil concebir la existencia sin acompañarse de sus innumerables y generosas bellezas.
En el Simon Boccanegra del pasado día 23 no solo el reparto fue de insólita altura, sino que la escenografía de Carl Fillion me pareció deslumbrante. La dirección de escena, a cargo del gran director que es José Luis Gómez, redondeó la producción notabilísima a la que tuve la fortuna de asistir. 
Hay un divertidísimo cuento de Cortázar, Las ménades, en el que se describe el extremo de la pasión melómana, y aunque en él se dice que los aniversarios son las grandes puertas de la estupidez, y presumí que los adictos del Maestro no eran capaces de contener su emoción, he de reconocer que en la sesión de Simon Boccanegra se desmintió la primera afirmación y se confirmó la segunda. No era ya el tributo que el aniversario merecía, sino el premio a una calidad tan incuestionable como la de Plácido Domingo. Hay cantantes con mejor técnica, sin duda, pero la calidez del timbre de ciertas voces líricas llega a imponerse sobre ella, al menos en mi apreciación de ellas. Por otro lado, ninguna voz menos "natural", por ejemplo que la de los contratenores que reproducen la voz de los antiguos castrati, y ahí está la excepcional de Philippe Jaroussky, por ejemplo, capaz de conmover como nadie.

domingo, 17 de abril de 2016

El paraíso de segunda mano: las librerías de viejo de barrio.



Negocio floreciente, ¿negocio próspero? Frecuentadores felices, aun a fuer de exigentes.

         De un tiempo a esta parte, me he percatado de que lo que yo creí que estaba llamado a desparecer, el negocio de las librerías de viejo o de lance, conoce un auge en mi barrio que me ha llevado a sospechar si no estamos ante algo así como la declaración final de quiebra del soporte en papel para el mundo de la creación intelectual, hasta hace nada sustentada en ese objeto, peligroso para tantos regímenes políticos y organizaciones religiosas, el libro, con el que los viejos del lugar nos hemos relacionado desde que sentimos la "llamada" de sus infinitos caminos. En apenas dos años, se han multiplicado las librerías en las que poder perderse unas horas agradables y poco gravosas económicamente. En los tiempos mozos, las librerías de segunda mano alrededor de la Universidad de Barcelona eran mi segunda patria; en la edad adulta, con la mejora, relativa, de los ingresos, pude frecuentar más las de primera mano, pero sin dejar de visitar los templos de los que siempre he sido devoto. No sé a cuánto equivaldrían hoy en euros las 500 pesetas que, hacia 1980, me pidieron una vez por un hermoso diccionario etimológico de la lengua griega, a cuya adquisición renuncié sin haber dejado de lamentarme por ello desde entonces, año sí y al otro también, como se advierte en estas líneas. En estos tiempos en que ni las bibliotecas quieren libros en papel y que los herederos de gente lectora han de pagar para que se los lleven de la casa heredada, que florezcan las librerías de viejo en mi barrio casi me ha parecido un milagro, y mayor aún el que casi siempre, a la caída de la tarde, se llenen de clientes potenciales que,  sin embargo, por su alto nivel de exigencia, pueden pasarse un par de horas mirando y remirando por los cuatro rincones y salir del establecimiento sin haber dejado ni un misero euro que, bien mirado, se debería de pedir como entrada, aunque solo fuera por el "uso del local" y para compensar el desvelo de haber reunido tantísimos libros en espacios, usualmente, tan pequeños. Incluso dos modestas tiendas de antigüedades a las que más les cuadra el nombre de chamarilerías, surtidas de trastos trasnochados e inútiles, tienen su rinconcito de libros, usualmente infames, pero lo tienen. Así pues, ahora que la pensión se encoge y tirita de frío, he hallado una fuente de placer barato al que no quiero recurrir en demasía, porque, a cierta edad, estirar más el brazo que la manga, en cuanto al caudal de lecturas en espera se refiere, puede provocar un acusado estado depresivo. ¡Son tantas las obras que nos quedan por leer y tan veloces las horas que se nos escapan! A veces, incluso la redacción de estas observaciones minúsculas se puede considerar competencia desleal de las lecturas pendientes, como la del pequeño volumen que adquirí el viernes por 2'50 euros: Celebration of Awareness. A call for institutional revolution, de Ivan Illich, una suerte de precedente remoto de la joven indignación de nuestros días, aunque con mayor fundamento intelectual, obviamente. Como iba de paso, al cual me salió, apenas me entretuve en ver los lomos de los ordenados en la estantería que estaba en la puerta, lo que significa que un día de estos tendré la tarde ocupada en el interior de aquel pequeño local. 
             De hecho, las librerías de lance han existido siempre, y las han frecuentado escritores de toda laya.
Pío Baroja en  una librería de viejo en 1941
Incluso la historia de don Quijote nace de unos legajos que se venden de segunda mano y que el narrador adquiere con gusto porque en ellos se halla la continuación de la historia de don Quijote. En mi infancia, había otro negocio que competía con ellas, no diré, por su modestia, que en condiciones de igualdad, pero sí  en cuanto al reclamo de visitantes, me refiero a los puestos de compra-venta de novelas baratas del oeste y de detectives, así como de tebeos, y algunas otras publicaciones como las revistas del corazón, que yo frecuenté entonces por los tebeos, como una prefiguración de mi posterior afición a las librerías de viejo. En Madrid, en la calle Guzmán el Bueno, iba a una cuyo dueño, en una suerte de chamizo encajado en la mitad del portal de una finca, se sentaba literalmente sobre montones de esas publicaciones que por unos céntimos alquilaba o vendía o cambiaba, casi todas ellas escritas por Marcial Lafuente Estefanía y su cohorte de pseudónimos, un oficial de la literatura al que, al menos, ha de agradecérsele, que no contribuyera a la depauperación del idioma que significa renunciar a la lectura; por Corín Tellado, una mujer de novelas tomar, o por Francisco González Ledesma, el popular Silver Kane, aunque acaso la estrella fuera, en el apartado del oeste, el autor norteamericano Zane Grey, cuyo solo nombre indicaba ya lo fetén del producto.

La historia de las librerías de segunda mano, así pues, no solo es larga, sino que tiene derivaciones, como la que acabo de señalar, muy interesantes. A su manera, aquellos quiosquillos de compra venta, cambio y alquiler eran los vídeoclubes que sí que han pasado ya a mejor vida, aunque la aparición de las tiendas de vídeos de segunda mano, como la mi muy querida de Tallers 79 o la instalada en el vestíbulo del metro de Plaza de Universidad, se añaden al florecimiento que hoy destaco. Sigue existiendo en muchas capitales, me imagino, la costumbre de instalar tenderetes con libros de ocasión, como en el Rastro madrileño o en el mercado de San Antonio barcelonés, a imitación de instalaciones fijas como la Cuesta Moyano, también en Madrid, o los buquinistas del Sena, por ejemplo. Nadie aficionado a la lectura se acredita como tal si no ha rebuscado hasta la invasión acárica en montones o estantes donde, usualmente sin orden ni concierto, o con poco, se guardan preciados tesoros de la humanidad al alcance de todos los bolsillos.
       Me alegra sobremanera que, al margen de los comercios de informática que domina la zona donde vivo, vayan apareciendo, casi como sociedades secretas, estas librerías de segunda mano en las que no es difícil coincidir, como antaño, con quienes entramos en ella con la más altas esperanzas, aunque salgamos, también a  menudo, con los más desolados fiascos: la obra barata y anodina parece darse cita en los estantes con terrible profusión. Cuesta hallar la aguja en ese pajar, pero ¡ay, cuando se encuentra...! No hay libreros de lance ignaros y saben valorar lo que pasa por sus manos, por eso existe esa otra división de honor que es la bibliofilia, a la que nunca he podido acceder. Otra cosa sería si me lo pudiera permitir, está claro. Suerte de las exposiciones artísticas que permiten apreciar desde los papiros hasta los códices medievales pasando por cualquier edición prínceps de obras fundamentales del canon, del de Bloom y del de cada hijo de vecino.


José Jiménez Aranda.

            ¡Estamos, pues, de enhorabuena!

lunes, 4 de abril de 2016

Del despiadado rejón trasero a la estatua marmórea sin peana...



Entre la lumbalgia, la ciática, el pinzamiento, la potra, la hernia discal y la contractura descomunal y descoyuntal..



          Por primera vez en mi vida, he sufrido un ataque de estatuario inmovilismo agudísimo solo comparable a la fiereza de la peor contractura nocturna y traicionera de los isquios en una cruda noche de invierno o a la súbita inmovilidad de un ataque de ciática que te hace hincar la rodilla en tierra, estés donde estés, aunque sea, contra toda probabilidad de la justicia divina, en una iglesia. De una fiera contractura de los isquios y los gemelos, al trotar dos días después de habérseme practicado una biopsia de próstata, hasta una rigidez total del lado izquierdo del cuerpo, como una extraña hemiplejía de origen muscular, apenas ha pasado un mes. Hace siete días me tuvieron de las 20'00h hasta las 2'30 en un box de urgencias, sin que ni la doctora de guardia ni el traumatólogo supieran ni siquiera intuir qué demonios me torturaban como en un potro medieval ni qué partes de mi cuerpo eran las causantes de tal suplicio, solo comparable, pensaba para mí, y eso me pasa por ser tan aficionado a la exposiciones, al de la "doncella de hierro"... Despachado sin más recomendación que acudir al médico de familia del ambulatorio, regresé a casa con más chulería andante que la de John Wayne en El Dorado, cuyo personaje malconvive con una bala alojada en la espalda que, a veces, le deja tan tieso como a mí mi afección desafecta,  y allí empezó el sinvivir que me ha tenido durante siete días sufriendo como si con un bate de béisbol me golpearan el lomo izquierdo o como si en el saco de boxeo el púgil se cebara en el mismo lado y con él se ensañara, ya que no enseñara, a juzgar por la violencia incontrolada de los golpes, que es lo contrario del científico pugilismo moderno, más amigo del castigo selectivo, tipo puntero láser...Ni de pie, ni sentado ¡ni echado! han tenido mis males remedio... Más de un día, tras haber cedido a la seducción convincente de Morfeo y haber cometido el error de plancharme sobre el colchón, ¡qué esfuerzo heroico no he tenido que sufrir para poder salir de ese infierno viscoelástico donde arquearme apenas ni una décima de grado me hacía gritar como si me estuvieran descoyuntando la extremidad! Ni solo ni acompañado, ¡y mucho peor aún con ayuda!, he podido, a lo largo de estos días de la peor semana álgica de mi vida, ya pasar del tendido supino al prono, o viceversa, ya de la horizontal a la vertical..., que se me aparecía como el sueño mirífico de la erección deseada por un impotente... Para colmo de males tenía hora programada en el dentista y me empeñé en no anularla por mor de una caballerosidad que no se estilo, lo sé... Tenderme en su sillón de los tormentos molares me fue relativamente fácil, pero salir de él... Quiso mi cronenbergiano doctor ayudarme a salir, estirando levemente del  brazo que me había abstenido de darle y el grito atravesó los seis pisos de la finca hasta salir por la chimenea del ático camino de los siete cielos... Los paños calientes de la manta eléctrica y de la bolsa de agua han respondido a su nombre fielmente y, salvo avivarme la urticaria colinérgica, apenas han servido sino para permitirme aguantar, aun muy dolorido, algunos ratos en el sillón. Del rigor de mi inmovilidad puede dar una idea mi incapacidad para vestirme y, sobre todo, calzarme; de manera que durante cinco días, he tenido a mi conjunta como Evo Morales a su edecán, rodilla en tierra, acordonándole los zapatos... para infinita mortificación y vergüenza mía. Yo creo que solo de pensar que no pudiera alcanzar a limpiarme el trasero, me he forzado automáticamente un estreñimiento que me ha durado tres días, y a fe que al cuarto solo entre dolores, con el brazo contrario y poco experto, he conseguido un objetivo que me ha impedido caer en el desprecio de mí... A partir de la prescripción de un antiinflamatorio -¡llevaba, por mis alergias, más de veinte años sin probar ni uno!- el dolor comenzó a remitir lentamente y poco a poco fui haciéndome con las riendas de mi propio aseo y olvidando las lágrimas de dolor e ignorancia con que más de un día me he desayunado... Una sesión de fisioterapia que ya tenía programada para postre de una carrera de medio maratón a la que no he podido asistir me ha revelado que, en efecto, la cadena de contracturas iniciada por isquios y gemelos tras la biopsia se ha extendido al psoas, al glúteo mayor y al cuadrado lumbar, la actividad de todos los cuales afecta a la cadera,que, más que nunca, se me ha convertido en cátedra rígida de piedra... Bien pudiera pensarse, ¡oh, finales felices de los cuentos con perdices!, que la visita al fisio ha sido el comienzo del fin de mis males, pero si alguien no sabe qué es la "punción seca", bástele con imaginarse que, en el punto más doloroso, insoportablemente doloroso, de cada uno de esos músculos -salvo en el psoas, por falta de valor y encomiable prudencia...-, mi buen samaritano Ferran me ha introducido una cánula como si fuera la espada en el hoyo de las agujas de los morlacos y, ensartado dicho punto, ha movido de forma elíptica -¡sin elipsis de ningún desplazamiento...!- la cánula para lograr un efecto desbloqueador que, supuestamente, me había de relajar el músculo asaeteado con tan benéfica como impía precisión... Es decir, que he salido de su moderno potro de tortura a duras penas caminando, pero con la tranquilidad de que ahora, unas horas después, sí que ese principio del fin se está cumpliendo, gracias a lo cual he sido capaz de distanciarme del dolor para escribir el presente cuento de horror...

jueves, 24 de marzo de 2016

El fin de un desencuentro: Montserrat.



Contacto casi furtivo y masificación resignada: Montserrat de paso.

 Después de llevar viviendo en Barcelona más de cuarenta años, hasta ayer nunca había subido a Montserrat. Sé y no sé por qué, teniendo en cuenta la admiración estética que siempre he profesado a ese macizo montañoso que se me lleva detrás la vista así que me aparece en el horizonte visual cuando voy o vuelvo hacia y de Madrid. En parte, algo tiene que ver un refrán: No és ben casat qui no ha estat a Montserrat, pues desde que lo conocí supe que el sentido religioso de la montaña y mi sentido agnóstico de la vida no tenían nada que ver, y mi repudio al vínculo matrimonial me hacía enfadoso pagar tan fuerte peaje como la visita en cuestión. El secuestro que de Montserrat ha hecho el famoso monasterio benedictino, y su virgen de barniz deslustrado, donde Franco fue recibido gozosamente bajo palio, también ha influido lo suyo para sentir cierta aversión a la visita. Estéticamente, sin embargo, tan emparentada con el paisaje turco de la Capadocia y con la ciudad encantada de Cuenca, reúne todas las condiciones para depararme una hermosa experiencia de caminante enamorado de la belleza natural, esa tan trabajosamente formada por la evolución del planeta a lo largo de su ajetreada historia planetaria, y con la que tan difícil le es competir a la artificial de la raza humana.
 Ayer se trataba de una visita "de paso", un alto en el camino a Manresa, adonde hube de ir en el ejercicio de taxista honorario de la Sociedad Limitada de la que formo parte. El plan, visita matinal, almuerzo en Monistrol y regreso a Barcelona hacía vísperas me parecía suficiente para romper un voto no formulado y dejarme seducir por un paisaje que siempre he admirado. La mejor decisión de la visita fue subir al macizo en el famoso tren cremallera, una variante del ferrocarril, el de alta montaña, que bien merece pagar lo mucho que cuesta el billete, porque constituye una singular experiencia. Desde la propia estación de partida se advierte ya que Montserrat es un destino turístico de primera magnitud, y que si llamó la atención de Humboldt, como se la llamaron también esos dos maravillas que son El Teide y el valle de la Orotava, en nada ha de extrañarnos que se pueble de devotos jubilados, japoneses de delicada tez, colegios franceses que les pilla a tiro de piedra y otros especímenes varios del turistaje, como nuestra propia Sociedad Limitada.
Que conste que incluso Himmler visitó Montserrat, convencido de que en las dependencias de la abadía se custodiaba el Santo Grial... Es decir, que de ninguna de las maneras los senderos del macizo invitan al recorrido en recogimiento y afán de trascendencia... Incluso un par de jovenzuelos angloparlantes nos pidieron a mi hija y a mí un selfie, al que nos prestamos no sin mi protesta: But I'm so ugly...que les alegró, pues lo rieron con jocundidad, el resto de su itinerario... El día soleado y despejado permitía ver las nieves de los Pirineos, cuyo nombre, sin embargo, está asociado al fuego,  pirós, por la sensación de estar en llamas que producía el reflejo del sol poniente en la nieve..., y disfrutar del largo camino hasta uno de los extremos del macizo, el de San Jeroni, a cuya cima, por estrecheces de horario, no pudimos ascender, quedándonos apenas a un cuarto de hora de ella.
Las más de dos horas  de paseo dieron de sí, sin embargo, para disfrutar de un paisaje cárstico monumental al que fotografié poco pero con aplicación, queriendo creer ingenuamente que era el primer contemplador de dichas maravillas o, en su defecto, que era el primero en hallar un encuadre no captado con anterioridad. En cualquier caso, lo aconsejable es dejarse impregnar por el paisaje y aspirar a respirar al unísono con él, algo que no lo facilita la urbanización del sendero, pero no era día de aventura, sino de tímido primer encuentro.  
El búho de Minerva
Tiempo habrá para, con él por delante, explorar itinerarios más agrestes y menos frecuentados, y disfrutar con profusión de las sombras benéficas de las encinas y del tacto poroso de las rocas monumentales. La comida en El racó, a 300 metros de la estación, en el centro del pueblo de Monistrol, tan exquisita como bien servida, puso el broche adecuado a la jornada societaria. Y si un refrán me alejó de Montserrat tanto tiempo, otro me anuncia que volveré pronto: A Montserrat, tothom que hi ha anat bé n'ha tornat...


jueves, 17 de marzo de 2016

Elogio de la insociabilidad

                 
¿Discípulo de Caravaggio?
La vida retirada o la compasión sincera de Uno.
    
        ¡Pero cómo es posible que seas tan huraño, que no quieras saber nada de nadie, que no contestes a los guásaps, que no quieras ir a ningún lado, que no aceptes invitaciones de nadie, que haya de ser una hazaña hercúlea sacarte de casa o arrancarte un compromiso...!, oye Uno, este provinciano, con idéntica desgana que sordera, ignorando la profunda incomprensión de quienes Uno, el mismo que sigue redactando, no acaba nunca de comprender cómo puede ser posible que tengan, conociéndolo, el más mínimo interés o afecto en tratarse con él. Ser una persona aburrida, de conversación corta, de genio desabrido, de humor incomprensible, de aspecto patanesco, de opiniones infundadas, parcialidades facciosas y lleno de los más inverosímiles prejuicios, además de innumerables supersticiones, ¿no es bagaje suficiente, ¡y contundente!,  para entender que Uno renuncie a la sociabilidad? Bastante la ha tenido que ejercer a lo largo de su vida laboral como para, en las postrimerías de la biológica, haber de ceder, ¡de nuevo!, a exigencias de las que se va librando con tacha de arrogante, insolidario, egoísta, egotista, egocéntrico, egomaníaco, egolatra, egotonto y cuantas perlas con cuentaegogotas salen de quienes le reprochan a Uno que quiera ser quien es: Uno. Aún no se tiene conciencia, socialmente, de la despiada presión que la sociabilidad y sus muy diversos representantes, vecinos, colegas, familiares, amigos e tutti quanti...ejercen contra quien, por su parte, no cumple sino el precepto de la compasión bien entendida: librar a los demás del trato con quien representa antivirtudes como las expuestas ut supra, alguien, en definitiva, esto es, Uno, de quien deberían querer huir como de las pestes que asolaron en el medievo las ciudades europeas. La vida retirada es una magnífica oda de Luis de León, quien, para ignaros, no era ni un torero, ni un actor de moda, ni un cantaor de flamenco y copla, sino un ascético universitario amante de la música, la poesía y de ese ideal expuesto tan sucintamente en esas tres palabras maravillosas: La, vida y retirada, tres joyas de la lengua española que bien pocos saben tasar en su justo precio. Mi aspiración es hacerlas realidad sin poner tierra por medio ni levantar muros ni subirme, estilita anacrónico, a la columna donde padecer las tentaciones absurdas de la sociabilidad. Una ciudad es el ecosistema idóneo para poder darles, a esas joyas encadenadas, su prístino -permítaseme el arrebato...-  sentido. Y en ello me aparto, es decir, estoy: áspero, torvo, arisco y montaraz para con cualquier intento que me aparte de mi intención, de mi tema(variante femenina...), de mi designio. ¡Y que nadie, Otros, descubran el profundo amor al prójimo que  lleva a Uno a convertirlos en léjimos! Tiene mala prensa la hurañeza (Si hay ufaneza, ¿por qué no habría de haber hurañeza?), y ello concita la unanimidad social que parece imposible, por ejemplo, en otro orden de cosas muy dispar, para ponerse de acuerdo y formar gobierno, a pesar de no ignorar el dineral que costará no conseguirlo y haber de ir a nuevas elecciones. En tiempos lejanos e ingenuos Uno se declaró socialista insociable, pero no conseguía el efecto en los demás que ahora el amplio desierto de la incomunicación es capaz de lograr, una preciosa inaccesibilidad que, aun siendo confundida con orgullo, le permite acercarse al ideal augusto de la vida retirada. No se trata de que, con un poco de suerte y salud, los últimos 30 años de la vida hayan de ser una dedicación exclusiva al ars moriendi, sino de que haya un ars vivendi que permita el ars scribendi y otras artes más, como la muy delicada del cultivo del silencio y la introspección, cabezaditas seniles incluidas... En fin, Uno no acaba de entender que Otros lo tengan en sus puntos de mira como pieza de caza deseada, excepto que de ese modo cinegético cumplan en Uno el enigmático refrán: A burro muerto, la cebada al rabo. No pretende Uno, quien ya acaba, recibir plácemes de quienes incomprensiblemente pueden sentirse desairados por la esquivez y la propensión a dar esquinazo de quien tan humilde, ¡pero casi imposible!, ideal de vida tiene, pero aquí dejo la reflexión por mor de abrir una vía social que, supongo, no pocos otros Unos me agradecerán, desde el compartido y respetuoso silencio.