viernes, 3 de agosto de 2018

Los museos son el veraneo de mileuristas y jubilados…



Faraón, rey de Egipto: Con todas las comodidades, el mejor espectáculo posible…Un museo en verano es un don sobrenatural…

Es evidente que tras un año de trabajo, el espíritu trashumante de nuestra especie, preservado por el cerebro reptiliano, invita a coger carretera y manta y a alejarse cuanto más mejor del epicentro de la cautividad, de la explotación o de la rutina. Que a ese buen propósito se opongan los imponderables de las huelgas aéreas, que la realidad difiera mucho de la reservado con antelación o de que la masificación nos provoque náuseas y la necesidad imperiosa de huir de lo que fue nuestra huida no parece que influya mucho a la hora de cumplir con el rito de la costosa felicidad a plazo fijo. Enrique Tierno Galván, célebre autor de bandos municipales madrileños en su época de alcalde, optaba por veranear el mes de agosto en Madrid, el único en el que la ciudad adquiría unos tintes de humanidad que perdía en los once restantes. No sé si ahora, con el incremento exponencial del turismo que tiene la capital de España, haría y diría lo mismo, pero bien puede ser que sí, sobre todo si, como buen intelectual, se levantase pronto y aprovechara las mejores horas del día en esta época del año. Además del conocimiento de la propia ciudad, que siempre postergamos, el turista en su hábitat habitual tiene a su alcance un institución, los museos, que le permite emprender viajes sorprendentes, llenos de sensibilidad, conocimiento y placer, dignos de la mejor aventura turística que pueda imaginarse. Pongamos por caso, yendo bien lejos, exposiciones al estilo de la de Sebastião Salgado, Génesis, que además coincidió en el tiempo con la película de Wim Wenders, La sal de la Tierra, sobre la vida y la obra del fotógrafo, lo cual supondría, en tiempo de vacaciones, rizar el rizo de la sinergia positiva. Aunque parezca mentira, siempre hay algún museo en la propia ciudad que nunca se ha visitado, sin que ello suceda porque se hayan visitado otros muchas veces. Simplemente ocurre, y cualquiera se lo puede demostrar. Como paso cada dos días por delante del Arqueológico, enfrente del Mercat de les Flors, aún no se me ha ocurrido acercarme un día y conocerlo. Este mes de agosto es el que mejor se presta, sobre todo si la exposición estrella es “El sexo en la época romana”, lo que un día, al pasar por allí con el coche me produjo cierto estupor, porque en la entrada había varios colegios con críos de siete u ocho años… ¿No es muy “temprana” semejante iniciación?, me dije. Concluí que verían otras salas.
En el Caixafòrum están ofreciendo actualmente una exposición, Faraón, rey de Egipto, que supone un viaje en efigie a dicha civilización de notable interés para los aficionados y los profanos, porque todos los objetos expuestos tienen la virtud de abrirnos al conocimiento detallista de aquella civilización aún no conocida el todo. Como tengo por norma, no dirijo yo mi atención a los objetos, sino que dejo que estos me la capturen, momento en el que me dejo llevar sumisamente hasta él y lo contemplo girando con la cámara al hombro a su alrededor, si es posible, para no dejar centímetro sin admiración.
Por deformación profesional, la captura y el deseo de ser capturado coinciden cuando el objeto en cuestión es una muestra de lengua escrita, sean jeroglíficos o sistemas alfabéticos, porque entonces sí que mi pasmo se multiplica hasta casi el orgasmo caligráfico, porque ni la gramática ni la sintaxis ni la semántica, ¡y menos si es una escritura cuneiforme!, me permiten acceder a los relativos misterios allí sepultados. Conviene recordar, para no disparar la fantasía romántica, que la escritura no nació para mostrar el pálpito del corazón enamorado, sino para registrar batallas y contratos…
La exposición, a media luz los dos…cientos, porque se trata de un éxito de público, tiene la medida exacta del volumen de información asimilable en una visita. Las piezas, de diferente valor, tienen todas ellas, sin embargo, un mágico poder de evocación, a poco que la imaginativa del sujeto le funcione y no haya sido erosionada por la pragmática. Es incómodo entrar al mismo tiempo que ciertas personas con sensibilidad pareja a la de uno, porque, entonces, no hay pieza que te capture donde no te encuentres a la misma persona a cada momento, lo que convierte la visita casi en una suerte de competición perceptiva  estimativa. Con mi método, sin embargo, que me permite avanzar y retroceder aleatoriamente, suelo dar esquinazo a esos “pegotes” con quienes puedes acabar identificándote tanto que son ellos quienes parecen indicarte a qué objeto te has de acercar, en vez de esperar a que el propio objeto reclame tu atención.
La posibilidad de hacer fotografías sin flash anima mucho la visita, aunque piezas hay cuya visita ha de esperar a que se saque la foto de rigor del grupo o se cometan los selfies impíos. Los vídeos -¡qué exposición puede montarse hoy que no tenga sus dos o tres vídeos donde descansar unos minutos!- ilustrativos constituyen un aliciente de primer orden para la visita turística, en este caso a Egipto, porque en todas las variedades de planos: panorámico, medio, corto, primer y hasta primerísimo , y con todos los enfoques: picado, contrapicado, etc., vemos con nitidez y sin los agobios propios del calor y la masificación, ciudades, oasis, pirámides, el transcurso del Nilo…, en fin, todo aquello que exige un anodino esfuerzo cuyo pálido retrato en una cena de amigos suele ser, por lo común, insoportable. Quienes viajan no necesariamente tienen, además, los dones de la narración y la descripción. A ese respecto, conviene recordar que Salgari jamás salió de Italia y que el viaje más largo que hizo en barco fue hasta Brindisi. Como soy consciente de mis propias limitaciones narrativas y descriptivas, por nada del mundo me atrevería a entrar en la descripción de los numerosos objetos que se exponen a la curiosidad del espectador y lector, porque en estas exposiciones es donde tienen más sentido que nunca los paneles explicativos, verdaderas síntesis históricas que siempre perecen en el peligro: pecan por defecto. Más allá del interés estético que la civilización egipcia ha tenido siempre, no deja de ser curioso que queramos ir a ver una exposición dedicada a reyes absolutos con poder sobre las vidas y las haciendas de sus súbditos; déspotas en cuya época la mujer era mera fuerza de trabajo y solaz del descanso; y los niños, mano de obra gratuita. Impertinente como es mi magín, me preguntaba si en el 6018 se organizarán exposiciones sobre los máximos dirigentes de la URSS; sobre la dinastía Castro en Cuba e incluso sobre el mismísimo Franco, dictador tan longevo… Está claro que va un mundo de una Pirámide a El valle de los caídos, pero los visitantes de una exposición en un museo solemos ser curiosos y siempre estamos dispuestos a dejarnos sorprender por la perspectiva con que el comisario de la exposición lo enfoca. Lo exótico tiene público. Y doy fe de que esta exposición está siendo un éxito.



4 comentarios:

  1. Soy visitante asiduo del Caixafòrum y, tras la visita a la exposición correspondiente, saco mi iPad y el teclado y escribo mis impresiones sobre ella de un modo radicalmente subjetivo, como has hecho en tu crónica faraónica. Además se está fresquito en este verano inclemente y africano. Reconozco que el tema egipcio nunca ha logrado implicarme demasiado aunque he visto museos con importantes fondos como el de Torino o el Hermitage. El mundo egipcio, por desconocimiento, seguro, me resulta muy alejado de mis intereses y no logro aproximarme a su sentido de la vida y del mundo, así que no es fácil que vaya a esta exposición que reseñas, pero aguardaba como agua de mayo tu siguiente entrada de Provincia mayor por el solaz que me suponen tus comentarios sobre el devenir de la vida cotidiana en una perspectiva de cierta alergia a los viajes y la delectación en tu vida cercana, de barrio y ciudadana. MI padre decía que le repugnaba viajar y que él veía todo el mundo sin moverse de la butaca del cine al que iba todos los días. Yo no le vi viajar en toda su vida, salvo para ir a un apartamento que tenía en Salou.

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    1. ¡Hombre, de Zaragoza a Salou es casi como la odisea de Troya a Ítaca! Tú bien sabes que en los viajes lo importante no es la distancia sino la transformación que sufre el sujeto, y a veces hay transformaciones de no poco calado emocional o ideológico que no nos supone sino desplazarnos cinco paradas de metro...

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    2. Recuerdo esos viajes de Zaragoza a Salou en el coche de las viudas, un Gordini. Pasar el puerto de Fraga era una odisea difícil de imaginar hoy día, y cuando llegaba a tierras catalanas paraba a comerse una butifarra en algún pueblo cercano a Valls. En el entoldado había algún anuncio que recuerdo de la Caja del Panadés, entidad ya desaparecida para mi solaz y satisfacción. Luego en Salou, aquello era tierra española por la cantidad de zaragozanos que había y que han ido cambiando su destino porque les llaman pumas (putos maños) hacia otras localidades de Castellón como Alcocebre o Peñíscola. La Costa Dorada era entonces un espacio menos británico y sí maño. Fueron veraneos de mi pubertad y adolescencia en que Ocaña ganaba el tour a Eddy Merks y el Apolo XI llegaba a la luna en 1969.

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    3. Pero qué superlibro de memorias te empeñas en no querer escribir, mamonazo! Llevo un día entero sin dejar de reír con lo de los "pumas".... En fin, ya no sé cómo convencerte... Tendrás que llegar por ti mismo a la conclusión a la que yo ya he llegado hace muchos años...

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