domingo, 8 de septiembre de 2019

La isla de Oro y de los Pinos... o el inmenso placer de descubrir mediterráneos...



Por la masificación hacia la abstracción, la ascesis y el paisaje: una vacación en Mallorca.
      
    Escoger Mallorca como destino de vacaciones cae, para muchos, dentro de lo anodino, por ser un destino turístico que no parece ofrecer ya ningún aliciente al visitante, por más que sean millones los que la visitan cada año y se conviertan en una población flotante que lo masifica todo, o casi todo. A Mallorca se iban los recién casados de viaje de bodas, e incluso Los Stop, con Cristina al frente,  pusieron de moda una canción de interminable título de sorteo de Navidad: El turista un millón novecientos noventa y nueve mil, novecientos noventa y nueve... y no sé si financiada por la Cámara de Turismo de la isla; pero a Mallorca fueron George Sand y Chopin, y Rubén Darío y Sorolla y Robert GRaves y...
      En cualquier caso, la elección de este año, decidida, como siempre, a ultimísima hora, tenía algo de desafío: ¿sobreviviremos a la masificación?, ¿tendrá Mallorca los tesoros paisajísticos que dicen que tiene?, ¿podremos verla con ojos de viajeros románticos en vez de con ojos de turista de viaje organizado? Otro reto básico era haber escogido uno de los destinos más consolidados de Europa, y, por ello mismo, uno de los que, en cuanto dices que has estado allí, tus interlocutores cambian de conversación, porque algunos "sofisticados del turismo exótico", no se "rebajan" a hablar sobre destinos tan "de tercera", casi "de pobretones", aunque nos gastamos un modesto dineral, sin hacer nada del otro mundo, además
     Pronto salimos de dudas, una vez sorteados los peligros de las huelgas pertinentes que, cada mes de agosto, le agostan a no pocos turistas la resignada ilusión de sus vacaciones. El aspecto infraestructural en un viaje de vacaciones es determinante, como, por ejemplo, llevarte la sorpresa de haber reservado un coche de alquiler en el que a duras penas caben las tres maletas de los viajeros, además de ellos. La segunda sorpresa es que te alojen, la primera noche, en otro hotel, a cambio de volver la siguiente noche a una suite de lujo, por la molestia: con minipiscina y terraza que daban a la albufera de Alcúdia: ¡un negocio redondo! 

     Aunque las comodidades de la vida de hotel son un vicio al que uno se acostumbra rápido, al margen del opíparo desayuno de rigor, lo nuestro es echar el día on the road en todas las direcciones posibles. De hecho, la mismísima tarde de nuestra llegada ya nos fuimos de excursión a las impresionantes cuevas de Artà, a las que llegamos por los pelos, después de haberme peleado no pocas veces con la voz de Google Maps y su endiabladas indicaciones, pero eso es una lucha que acaso necesite un capítulo, y un ring, aparte... Nada que ver con Her, de Spike Jonze, desde luego, y sí mucho con ¿Quién teme a Virgina Woolf?, de Mike Nichols; en cualquier caso, fueron discrepancias que duraron toda la semana y que nos hicieron conocer  quilómetros y quilómetros de paisaje agrícola mallorquín que, de otro modo, nunca hubiéramos hollado con las ruedas de nuestro Fiat Huevo en versión actualizada del siglo XXI; un paisaje que nos revelaba una inmensa extensión de pujante terreno agrícola donde nuestra imaginación condicionada por los ¿informativos? solo nos hacían representarnos centenares de turistas borrachos y, los más jóvenes, practicando el "balconing". Por mor de la corrección política he de decir lo que me incomodaba, en mis peleas, con la voz de Google Maps que esta fuera de mujer... Les sugiero encarecidamente que vayan alternando de mujer y hombre para facilitar la equidad en el insulto...
       Entramos en Mallorca, así pues, por donde a mí más me complugo; por su  puerta subterránea, y lo cierto es que fue un viaje de poco más de un quilómetro que nos satisfizo totalmente y que, como ocurre en las cuevas calcáreas, potencia la imaginación hasta que esta se desborda y te hace ver en dos piedras, por ejemplo, un Balzac enamorado, tallado por Rodin. 
Se habla de "catedrales" por la majestuosidad de bóvedas a una altura de cuarenta metros, pero para los fotógrafos aficionados, no hay detalle que pase desapercibido. Entramos, eso sí, por la diligencia de una taquillera que, a la carrera, nos llevó hasta el grupo que había iniciado la última visita del día, con una generosidad de "buena gente" exquisita. Un comienzo así, porque las cuevas están en un enclave costero privilegiado, tuvieron su reverso en la cena a que nos invitaron por el trueque de la noche en otro hotel: un buffet inmenso, en un comedor que parecía un campo de fútbol. Suerte que llegamos tarde y "la masa" ya había pasado. Pero las comidas o cenas de buffet sí que merecerían otro capítulo aparte: el de las barbaridades a que podemos llegar frente al exceso de oferta y la ignorancia del límite de las propias necesidades.
   Mallorca forma parte del imaginario colectivo por muchas razones, y no son las menores sus playas, su clima, la sobrasada, la ensaimada y Rafael Nadal, pero cada cual tiene su idioimaginario particular que lo guía hacia unos u otros destinos. Las "calas", esa palabra mágica capaz de movilizar a mi Conjunta  para cualquier penosa expedición, por el gozo de la recompensa, no es el menor peaje que un sólfobo ha de pagar para que el bien común tenga un equilibrio razonable. "Cala" tiene una resonancia del primer día del Génesis, al menos para ella. Y suele ser cierto que cualquier esfuerzo de acceso tiene un recompensa de facto. La de San Vicente, que buscamos por la referencia culta de Sorolla, está "viciada" por un hotel que la divide y la degrada, pero aun así, sigue teniendo el atractivo que llevó a Sorolla a pintarla. 
Pero para quienes buscamos, a veces, rastros de escritores, Deià, y en concreto la tumba de Robert Graves era visita obligada, lo mismo que la que a punto estuve de no poder hacer a las Coves del Drach, en una de cuyas barcas homenajeé a Berlanga y El Verdugo: "Don José Luis Rodríguez; don José Luis Rodríguez", iba yo repitiendo ante la estupefacción de mis compañeros de barca que me tomaron por un grillado..., pero cumplí la promesa que le hiciera a Paco Marín...
   Son muchos los paisajes que hemos visitado, a fuerza de quilómetros arrancados al incómodo Fiat, y de todos ellos guardamos uno u otro recuerdo, como el del costalazo que en la cala de Teià, con piedras cubiertas de algas más resbaladizas que la tradicional cucaña, estuvo a punto de dejarme descostillado, aunque salí con bien del entuerto. Y luego una exquisita limonada con menta que compramos para hacer el camino de regreso en busca de un restaurante me acabó de entonar, aunque el italiano del pueblo, con una cocina de insólita autenticidad para la localidad -no había ingrediente de ella que no hubiera sido traído de Italia- , nos elevó al séptimo cielo de la gastronomía.         
      La sierra de Tramontana, yo soy más montanero que playero, tiene una carretera inverosímil desde Sóller hasta Valldemossa, y echamos de menos no haber sido lo suficientemente previsores como para internarnos por algún sendero de montaña y practicar ese senderismo que tanto nos gusta, a la Sociedad Anónima. Por motivos ecologistas lo hicimos para bajar desde la carretera hasta la cala Torta, donde tuvo a bien la perversa medusa lanzarme una descarga eléctrico-venenosa que aún, a casi un mes vista, aún se dibuja en mi codo como una marca infame. 
       En plena montaña, con el mar a los pies, está el pequeño pueblo donde Graves construyó su mundo y aunque los horarios tan ajustados me impidieron ver la casa, no me impidieron subir hasta la cima del pueblo, donde se ubica el cementerio y desde donde los muertos gozan de unas vistas que les alegrarán con su bendita calma la eternidad. La humildad petrificada, me pareció la tumba de Graves, que fotografié con respeto y admiración. 
    Aunque hemos ido a playas de todo tipo, imposibles, como en la que pintó Sorolla, plácidas, como la de Muros, arriesgadas como la de Deià y salvajes como la de Cala Torta, he de decir que Alcúdia y Pollensa, esta con su tradicional Calvari, 365 escalones de piedra hasta llegar a la ermita que preside la localidad, cumplen con todas las expectativas de lo que le pedimos a una visita turística, iglesias incluidas, sobre todo en Alcúdia, aunque, a partir de las 12h la aglomeración es tan intensa que libran desigual combate la necesidad de admirar el tipismo de las poblaciones y la necesidad de huir de la masa-marabunta a cuya gestación nosotros mismos colaboramos, por supuesto. Si, ¡para colmo!, tienes la desgracia de llegar en "día de mercadillo" -¡la pasión de algunos turistas extranjeros!- las posibilidades de sufrir un taque de ansiedad son elevadísimas.
      Palma tuvo dos visitas, una fallida, cuando quedé con mi sobrina Patricia, -realmente una hermana pequeña, dada la edad a la que mi hermano y su mujer la tuvieron-, su marido Jose Luis y la hija de ambos,Lucía, con quienes, ¡la mejor de las compañías!, acabamos haciendo una expedición hacia el sur para disfrutar de un día de playa y de un arroz soberbio, atravesando paisajes agrícolas muy variados y todos de tranquila belleza; y otra exitosa, que es cuando pudimos visitar la Catedral y uno de los grandes objetivos del viaje: la espectacular capilla de Barceló uno de los últimos artistas geniales de nuestro país. Nada, salvo ciertos detalles arquitectónicos, podía competir en ella con esa capilla, permanente llena de visitantes.

        ¡Suerte que disfruto conduciendo!, quién sabe si por mi afición a las road movies o porque no tuve ni carnet ni coche hasta entrado en la treintena, como corresponde a los trabajadores-estudiantes de mi generación. Conviene aclararlo, porque la excursión a uno de los lugares obligados, el faro de Formentor, le lleva a uno por una maravillosa pero eterna carretera que atraviesa densos y hermosos bosques, pero que hacen eterna, con sus infinitas curvas, la llegada al faro. Una vez allí, la abusiva presencia de los coches para tan pocas plazas de aparcamiento anuncia lo que estuvimos a punto de sufrir, un fenomenal atasco entre quienes quieren llegar y quienes quisimos salir antes de que se iniciara la puesta de sol, que es el objetivo de los peregrinos a tan alejado lugar. La cala de Formentor, cerca del hotel de lujo donde se reunían las autoridades "intelectuales" para fallar los premios que llevan el nombre del faro, llena de barcos y con una isla que cierra, por la izquierda, el horizonte, aunque urbanizadísima, tiene algo de salvaje belleza que aún puede descubrirse a primera vista. 

     La bahía de Pollença, más recogida que la de Alcúdia, tiene, sin embargo, una carretera que la bordea por donde es un placer infinito conducir. supongo que la ausencia de arena en la orilla ha impedido que fuera objeto de la codicia empresarial para explotarla, como sí ha ocurrido con la más extensa de Alcúdia, la zona donde estábamos hospedados y cuya carretera/calle mayor, llena de restaurantes y bazares es una soberbia apología del mal gusto, la masificación y la horterez. La bahía de Pollença invitaba a aparcar el coche y recorrerla a pie, desde luego. En otra ocasión. 
      Mallorca, por lo tanto, es un islón maravilloso cuyo conocimiento no agotan ni siquiera los residentes o los nativos, y, es lo que nos pasó a nosotros, a cada paso descubríamos nuevos retos, nuevas visitas posibles, nuevas rutas, nuevos planes, todo ello para ser hecho con una aplicación rigurosa del slow way of life que preconizan los nuevos gurús de la descontaminación cibernética y de las prisas del progreso que no conduce a ninguna parte. Mallorca  está llena, además, de arte por los cuatro costados, y no siempre, cuando viajas como turista que va por primera vez a un destino turístico, eres capaz de desviarte un poco para ir a su encuentro, urgido, como estás, por la "necesidad" de satisfacer curiosidades básicas. Sí que nos llamó la atención la doble exposición de Picasso y Miró en la estación de Sóller, pero no ha sido este un viaje "de museos", como a nosotros nos gusta, sino de naturaleza y de espacios, urbanos y naturales, y nadie va a regresar más contentos que nosotros de este conocimiento que tendrá repeticiones, de ahora en adelante, porque la sierra de Tramontana, con su impresionante presencia a lo largo de uno de los laterales de la isla es un mundo aún inexplorado, a pesar de la visita a Deià y Valldemosa, donde, por cierto, están los bustos de Chopin, Darío y Rosiñol, pero en ningún momento el de Georges Sand, y eso que le di hasta cinco vueltas al jardín de la Cartuja para evitar, si lo consignaba aquí y ahora, que alguien me desmintiera, pero no, la "estirada" señora que en nada congenió con las nativas, no aparece en ningún rincón del jardín. 
   Justo al llegar a Barcelona, me percaté de un error de planificación: entre los libros que debería haberme llevado, como suelo hacer casi siempre, no figuraba:  uno de Rubén Darío que compré y aún no había leído: La isla de oro. El oro de Mallorca. Como lectura a posteriori, pues, no cabe aquí, pero sí en el Diario de un Artista Desencajado, donde el amable lector podrá hallar una recensión ad hoc. Volveremos.

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