jueves, 30 de marzo de 2023

Crónicas de Robinson desde Torilandia (II)

Del incierto sentido de los tiempos políticos y del madrileñismo...

    

No, a pesar de las ubérrimas tentaciones que anidan en urbe tan populosa como la gran villa manchega que es el Madrid cuyos orígenes se pierden en las mil y una noches, tomando del denostado Manzanares, aún innominado, su nombre arábigo de «corriente de agua»; a pesar de las copiosas atracciones que para un ser como yo, curioso e industrioso, tiene esta capital, no me he perdido. Aquí sigo, por cortesía de mi anfitrión, con quien cualquier día de estos he de reunirme, si sus innúmeros afanes le distraen algunas horas de amable conversación en su lengua o en la mía, en la que se afana con voluntad de escolar y contumacia de veterano en el «afincamiento de los codos» que, forzosamente, precede a la iluminación de la sabiduría o de la despabiladura, que tanto monta.

A pesar del acicate que para un observador foráneo tiene el grosero espectáculo político torilandesco, que alcanza niveles próximos al esperpento, una teoría estética a la que nosotros hemos llamado desde siempre grotesque, y que está emparentado, vía verbal, con el nonsense y, muy al fondo, con ese poema no tan suficientemente alabado como merece, el Hudibras, de Butler, Madrid me ha deparado algunas sorpresas tan maravillosas como mi propia y reconocida capacidad de admiración. Por cierto, de la cercanía al nonsense, que apareció en las letras inglesas bastante después de que mis andanzas literarias hubieran cesado, baste destacar la afición que tienen los políticos torilandescos a sostener que, más allá de que  las palabras significan lo que signifiquen, lo importante es siempre quiénes mandan y «sanseacabó», ese estupendo y espurio santo del santoral de las hermosas expresiones populares de este pueblo con tan noble historia de ingenios en las Letras, desde Quevedo hasta el propio creador del esperpento, el galaico, y algo británico o irlandés… —y yo me entiendo— Valle.

Que nadie se siente extranjero en Madrid es uno de los tópicos más verdaderos que yo haya conocido, y es cierto que los lugares y las personas se nos aparecen siempre mediatizados por esos «lugares comunes», y ya, en mis tiempos en la isla, pude comprobar el valor de los españoles en la lucha y en su sentido de la responsabilidad, fiándome de la cual, les dejé en posesión de la isla cuando yo la abandoné, a pesar de que recordé, en parte, esa leyenda negra que a siglo de hoy no me duelen prendas en reconocer lo injusta e interesada que ha sido. El trato afable, la llaneza en el mismo y el respeto a mi idiosincrasia son la norma en mi día a día lleno de descubrimientos, desde los famosísimos «churros y porras» hasta la claridad diamantina de sus cielos, la pureza sin afectaciones de su agua corriente y, en el campo del arte organizado, y a pesar de nuestros acreditados museos, la joya universal que es el Museo del Prado.

No puedo con el tráfico, lo reconozco, y vaya dentro de alguno de esos vehículos infernales o me mueva a pie por tan populosa corte, sufro esa plaga con poca paciencia, y me acuerdo de la paz de mi isla con sufrible nostalgia. La vida nos lleva donde los ingenios quieren… Y en esta Villa y Corte paso mis días de sorpresa en sorpresa y de estupefacción en sobresalto, no sabiendo nunca cuándo se ha alcanzado el culmen de la impostura y la trilería, sea en el Congreso, con bella custodia felina; sea en la forofa prensa de trinchera —ha cuajado en este hermosa lengua «fanático», del latín, voz que nosotros acortamos a fan, pero veo que no ha prendido hooligan ni el posible derivado *juliganismo que es lo propio de esa prensa y de muchas otra actividades—; sea en las barras de los bares, institución universal, pero tan peculiar de este Madrid del que acaso me esté enamorando demasiado; sea en las vocingleras radios y televisiones donde toda mezquindad sofística tiene asiento, tribuna y púlpito.

Tan hecho allá en Laputa a los detalles y las miserias de la política de Torilandia, no deja de sorprender que, contra viento y marea y contra la propia dignidad de quienes gobiernan, el gobierno en ejercicio trampee día tras día para evitar una quiebra que habría de conducir a lo que más temen en el gobierno, después de haber convocado dos en menos de un mes como prologo disparatado al esperpento que ha venido después: nuevas elecciones. Parece que han adoptado la opinión, el motto, del *nobelado escritor tremendista, Camilo José Cela, cuyo retrato debería de presidir los Consejos de Ministros: «Gana quien resiste»; si bien, para ser justos, lo suyo es que compartiera tal puesto de honor con otra de las grandes aportaciones españolas al arte, sutil y grosero al tiempo, de la politiquería: el jesuitismo, uno de cuyos lemas habría de figurar junto al motto de Cela: «En tiempos de turbación, no hacer mudanza». El «tremendismo», sin duda, tan castizo, debió de ser el responsable de convertir la «turbación» en «tribulación», que no es otra cosa que pasar el trillo, ¡ay!, por el alma.

En tiempos muy posteriores a mi aventura vital, las sufragistas británicas dieron un ejemplo al mundo de sacrificio en pro de la consecución de sus derechos, y esencialmente al del voto, del que durante siglos estuvieron excluidas; ahora, aquí en Torilandia, ¡y encumbradas al PODER, así, lleno de mayúsculas, las neofeministas extraviadas que usan y abusan de él han cargado la agenda pública de contrasentidos y demencias con las que el Presidente del Gobierno transige porque le va en ello, ¡y a sus escogidos secuaces!, el seguir disfrutando de las prebendas de su cargo. La resistencia, incluso frente a clamorosos errores legislativos, no es una estrategia, sino un programa de ¿habríamos de decir «desgobierno», para ser más fieles a la realidad? Pues dicho queda, de desgobierno. En términos políticos y humanos, la alianza de dicha presidencia con factores centrifugadores respecto de la solidez e integridad de un país que está en el fundamento de la propia idea de Europa, ¿no ha de tener fatales consecuencias? ¿Todo lo tapa y acalla el dinero europeo solidario que llega con cuentagotas a destinatarios de muy diverso estado y condición, descontadas las corrupciones habituales del sistema?

Hay un punto de hartazgo en la inmovilidad política decretada desde arriba que acaso acabe llevando a una desesperación electoral de la que también la nación se haya de arrepentir después, porque mientras nuestro bipartidismo casi perfecto ha sido ejemplo para el mundo, este de Torilandia no es sino la ley del «¡y tú más!». MI anfitrión pierde su valioso tiempo en pergeñar algo así como una teoría política a la que él ha bautizado como «Todovalismo», que, por lo poco que sé al respecto, es incluso una degeneración del tan traído y llevado maquiavelismo. Ganas tengo ya de verme con él,  pero confieso, también, mi reticencia a tener que abandonar Madrid para desplazarme a la Cataluña de l’avara povertà dei catalani, como los inmortalizó el vate en su comedia divina y humana, muy humana… Ya veremos. Todo llegará. De momento, sigo recorriendo salas del Prado, abismándome en mundos tan distintos como el del Bosco y el de Goya y volviendo siempre, para despedir mi visita, al cuadro de Carlos de Haes, Un barco naufragado, por razones obvias…

 



domingo, 8 de enero de 2023

La vida accidental…

El insólito repertorio de accidentes domésticos que nos tejen los lares, los manes, las larvas y los penates...

 

         No tiene nada que ver con la edad ni con determinadas carencias espaciales o dificultades para la motricidad fina: los accidentes domésticos, de infinito repertorio, no dejan ileso a nadie ni nadie escapa a la acción diabólica de los geniecillos del lugar, sean lares, manes, larvas o penates, pues no son pocos los demonios que se empeñan en divertirse a nuestra costa, diariamente, en lo que se suele concebir como un espacio seguro y libre de todo riesgo: nuestro hogar, y lo llamamos así, y aun le añadimos el garcilasiano «dulce», a pesar de que el origen de «hogar» está en el fuego, uno de los principales enemigos de la incolumidad personal, se manifieste con llama o como simple fuente de calor. Y así, de golpe, acabamos de entrar en la cocina, lugar donde se multiplican hasta el infinito las posibilidades de sufrir los pequeños accidentes que, en no pocas ocasiones, se convierten en «serios» desafíos incluso a nuestra vida, como ocurre si una persona de avanzada edad —eufemismo de «viejo con dificultades motrices»— se cae en el interior del cuarto de baño, otro de los lugares endiablados en los que padecer la agresión de esos diablillos que hacen de nuestro sufrimiento su venenoso placer adictivo: diríase que de nuestros ayes y gritos desgarradores, amén de las lágrimas que concurren si el accidente es agudo, se nutren con tanto provecho como complacencia.

         No hay, en todo hogar, lugar ni rincón donde no anide la posibilidad de una agresión que nos martirice con una sutileza mandarina. Déjese un manojo de cubiertos en el receptáculo donde se secan, al lado de la fregadera, y nótese, de repente, en función de la energía depositada en el acto, cómo el diente de un tenedor entra en la uña del fregador recordándole los hermosos versos del Cantar de Mío Cid…; algo que suele ocurrir cuando adentra la mano para coger los mismos del cajón de los cubiertos y a algún despistado miembro de la familia de dicho hogar se le ha quedado uno orientado hacia la entrada de dicho cajón, en ve de hacia el fondo oscuro del mismo… ¡Cuántas veces no nos han recorrido helados escalofríos el cuerpo al observar las puntas de los cuchillos de cocina en el lavavajillas —por más que los fabricantes recomiendan que no se laven en esos artilugios que tanto nos facilitan la vida doméstica— e imaginar un tropiezo, de los habituales en toda casa, y la consiguiente caída de espaldas sobre ellos, convirtiendo las nalgas en un dolorosísimo acerico…!

         A veces, nuestra laminada memoria inmediatísima favorece esos terribles encuentros, como cuando al abrir la nevera cae un yogur de la inestable torre en que los apilamos para ensanchar la cabida en las mismas y, con la puerta abierta del refrigerador, nos agachamos para recoger los restos del desaguisado y subimos en línea reta y contundente con el occipucio dispuesto a encontrarse en fúnebres nupcias con la puerta abierta…, lo que, en el peor de los casos, nos hace aterrizar sobre los restos del yogur extraviado para lamerlo del mismísimo suelo…, un número de pista de circo que suele amenazar con serio dolor de vientre, del carcajeo que le provoca, a quien siempre da la casualidad que se le ha olvidado algo, vicioso o no, en el abastecido territorio de los fogones. No hablemos ya, por supuesto, de funestas manías, de nebuloso origen desafiante, como la de acercar la palma tersa a la superficie del aceite que se calienta para comprobar el adecuado grado de temperatura para la freidura… De las manías dícense hijos, al parecer de los mitólogos, los manes, lares, larvas y penates, porque, al cabo, juntándose unos con otros, tira más el mal y la risa que propiamente la armonía y la paz, por lo que se cuadruplican los riesgos y mengua en justa proporción la seguridad, la tranquilidad.

         Si no hay silla o esquina de un mueble con el que no se tropiece, cómo no va uno, si trastabilla, a acabar apoyándose en la estantería de los cedés y provocar lo más parecido a la cabalgata de las valquirias, o, en el caso de los anaqueles de la librería, a un pandemonio de las nobles Letras que nos ilustran, provocando la montonera de los autores, pisándose unos a otros los lomos, las cubiertas e incluso las sagradas galerías interiores. ¡Quién no ha abierto la puerta del cuarto de baño justo cuando otro inquilino del hogar, lleno de urgencias evacuadoras, dirige su mano hacia el pomo con la esperanza del inminente asentamiento liberador… O se ha levantado de la mesa, desplazando la silla hacia atrás, en el mismísimo momento en que pasaba el servicial de turno con los platos camino de la fregadera que se quedan, con estrépito de añafiles y panderetas, en el umbral de la cocina…

         Las diferentes horas del día influyen lo suyo en el crecimiento o disminución de los riesgos, aunque nadie está exento del súbito despertar juguetón de esos diosecillos y de su malévola influencia, por supuesto. Por la noche somos más propensos a los malos encuentros, a las encrucijadas y a los tropezones; por las mañanas, a las torpezas de los cuerpos que arrastran aún cierta carencia adormidera, y a la hora de la siesta, cualquier mal encuentro entra dentro de lo previsible, incluso el de caernos de la cama en una siesta agitada de pesadillas facilitadas por los torreznos, la fabada o el cocido…, si no nos levantamos espantados por el rayo y corremos hacia la puerta de entrada, sudorosos, porque nos percibimos envueltos en llamas…

         El uso de los cuchillos, al filetear los ajos y perfilarte las uñas y el hollejo de la yema de la falangeta…; el de los enchufes: ¡esa fraternal conexión electrizante entre el agua del fregadero y la puerta metálica del lavavajillas, teniéndonos como puente, a imitación de las cutres, o de culto, películas sobre el monstruo de Frankestein!; la prenda de ropa que se nos escurre de la mano en los alambres del tendedero cuando corremos en auxilio de la pinza que se nos ha caído por cerrarla en el aire en vez de en la tela, y vemos la pieza de esta caer en majestuoso vuelo planeador hacia el fondo tenebroso del patio de vecindad; el extremo de la sábana con que revestimos la mano para tensarla bajo el colchón sin advertir que vamos a embestir con la uña contra los remaches del cabezal; la bandeja del horno que limpiamos con alardes de malabarista en la fregadera hasta que le damos la vuelta con tan escasa fortuna que el chorro del grifo se dirige hacia nosotros para empaparnos y enfangar el suelo…

         No hay por donde escaparse de la acción tremenda de los diablillos, que jamás aceptan el soborno del culto ni la devoción. Vivimos expuestos a sus trapacerías y nos resignamos con la humildad de quien sabe que ni Securitas Direct ni el seguro de hogar de Santa Lucía, patrona de la buena vista, son capaces de prometernos la seguridad en nuestro propio hogar…

         Resignación, ¡y decoración zen!



 

 

 

domingo, 11 de diciembre de 2022

De los libros de aventuras a la aventura de un libro…





Un libro «arrestado» en la aduana del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas por ADTpostales...

          [Nota bene: 11 de enero de 2023 y el libro sigue sin llegar...]

        El comunicado final:

    Tres meses después de haber reclamado la entrega del libro, y sin haberme podido comunicar con ADTPostals de ninguna de las maneras, en una opacidad solo digna del Falcon de Su Excelencia, recibo la comunicación de que solicitan el retorno del libro a origen, así, sin más, sin ninguna explicación y sin ningún número de teléfono o correo donde pueda comunicarme con un ser vivo para que me explique qué pasa con un «peligroso» libro cuyo coste asciende a 8'90€..., para que no lo dejen entrar en el país. ¡Si al menos supiera que el librero ha tenido la humorada de incluir algún explosivo entre las hojas del libro o algo por el estilo...! En fin, no pienso mover ni un dedo más. Este episodio resume para mí a la perfección la calidad de vida que nos ha traído la moción de censura destructiva, aunque ello signifique coger el rábano por las hojas... He aquí la comunicación incomunicada de ADTPostals, empresa subsidiaria contratada por el amigo de Su Excelencia a quien esta puso a dirigir Correos a dedo.

Comunicado de devolución del envío XXXXXXXXXXXX al cliente por control de fechas

Recibidos

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3 feb 2023, 15:44 (hace 3 días)

para mí

----- CORREO EXTERNOAunque pueda conocer la identidad del remitente, sea precavido con enlaces y archivos adjuntos ------

 Estimado cliente,

Le informamos que se ha solicitado a la Agencia Tributaria, la devolución del envío a origen. Cuando dicho organismo autorice la salida, recibirá una notificación por email. Podrá realizar el seguimiento del envío a través de la web 
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Devuelto por control de fechas

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Tiene derecho a acceder a sus datos personales, rectificar los datos inexactos, solicitar su supresión, limitar alguno de los tratamientos u oponerse a algún uso (por ej. oponerse posteriormente al envío de publicidad), vía e-mail a dpdgrupocorreos@correos.com&nbsp

 En fin, que  aquí acaba la aventura de comprar un libro en e-bay. ¡Una y no más! Sí, he tenido que mirar el año del calendario para constatar que estamos en 2023, cerca de un tercio del siglo XXI.

        Pude encontrar en e-bay un libro que andaba buscando desde hacía tiempo, Hot Springs, escrito por Stuart Miller, acerca del centro de espiritualidad y nuevas tendencias psicológicas e intelectuales de Esalen que marcó los años finales de la década de los 60 en Usamérica, en el seno de aquella corriente que Roszak bautizó como la era de la «contracultura». Como la gran mayoría de los que nutren mi biblioteca es un ejemplar de segunda mano, usado, pues, e ignoro si subrayado, pero me temo que sí, y que tuve la suerte de adquirir por 8’59€. Hace unos días recibí el *corretrónico de la librería que me lo enviaba y me anunciaba su llegada para estos días del mes de diciembre. Hace tres, sin embargo, lo que me trajo en mano una cartero de Correos fueron tres burofax en los que se me apremiaba a aportar documentación no especificada en cierta página web, www.adtpostales.com, donde debía seguir las instrucciones pertinentes. Así lo hice, pero en cuanto llegaba a la descripción del «contenido», el sistema no me dejaba continuar. En dicha página web había una pestaña de «contacto» que ni consignaba teléfono ni dirección *corretrónica, por lo que hube de buscar un teléfono en Google. Hallado este, llamé, pero solo conseguí hablar con una máquina que me remitía a la página web y ahí se acababa todo.

         Incapaz de dar un siguiente paso, de esa calidad era el bloqueo que sufría —metáfora de la opacidad con que Su Excelencia, pdr snchz, oculta información sobre sus destrozos de (des)gobierno y usos autocráticos de los bienes del Estado—, me dirigí a mi oficina de Correos donde, ¡por fin!, un amable funcionario me soportó la jeremiada de mis desventuras postales y se afanó en tratar de poner una reclamación —el «sistema» se lo impidió— y, posteriormente una queja, todo ello en mi nombre, pero ninguna de las dos prosperó. Mientras él se aplicaba a los formularios internos, yo busqué en el móvil si había algún teléfono de la Aduana del aeropuerto madrileño donde debía de reposar mi libro allí secuestrado —¡insisto, para que se tenga conciencia exacta del absurdo del que hablamos: un libro de segunda mano cuyo valor asciende a 8’59€!—, y sí, lo encontré.

         No se trataba exactamente de Correos de la aduana aeroportuaria, sino de la AEAT en dichas instalaciones. Llamé y muy amablemente una funcionaria volvió a oír lo que yo ya calificaba de situación extremadamente absurda y me confesó que estaban hartos de las reclamaciones que les llegaban a ellos de ese servicio subcontratado de Correos, cuya eficacia era nula, me dijo. De sus palabras deduje —dejo el «deducí» para la ninistra de Educación…— que poco menos que media España tenía alguna reclamación contra ese ineficiente servicio que impide que un administrado entre en relación humana con los administradores, por muy subcontrata que sea. Eso sí, la funcionaria me indicó que de los bienes que entran en España ellos solo suelen retener un 2%, lo cual añadía mayor mortificación a mi situación absolutamente kafkiana.

         ¡De nuevo en un callejón sin salida! Volví a llamar a un número de Correos de mi ciudad, buscando alguna salida, pero la también muy amable funcionaria lamentó no poder ayudarme y me indicó que lo único que salía en el expediente del número de envío que yo le daba era que se habían iniciado los trámites, pero sin especificar ni qué trámites ni cómo yo podía acceder a ese conocimiento.

         Total, que un libro usado de ínfimo valor sigue retenido en la aduana de Correos del aeropuerto de Madrid e ignoro si, además de los tres burofax —cuyo precio multiplica por 8 el valor del libro— esa subcontrata maligna ADTpostales va a ponerse de nuevo en contacto conmigo para cualquiera que sea el trámite que haya de cumplir para recibir un libro que, ¡quién me lo iba a decir cuando lo adquirí!, ha resultado ser un «bien» de importación, casi como si se tratara de un incunable o una copia de la Biblia de Mazarino…

         Queda claro que no intento eludir el pago de las tasas que sean de rigor si la adquisición de un libro usado por 8’59 € lo exige, pero no acabo de entender que, dada la irrelevancia del bien, ¡de inestimable valor para mí, sin embargo!, haya de estar retenido en Barajas, pudriéndose de asco sin la mirada de los amantes ojos que están deseando recorrer sus líneas…

         A veces he de desviar la vista dela pantalla del ordenador y asegurarme del año y el siglo en que estamos, la verdad… y no puedo dejar de pensar en que un paniaguado de Su Excelencia dirige lo que le viene grande, y donde está generando un pufo presupuestario, y aún se atreve a subcontratar con quienes representan la incompetencia total y la falta de percepción real del valor de las cosas.

         Sigo en mi espera desesperada…

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Tres calas en la vida cotidiana...

 

Un robo, un deceso y un implante...



    

        El robo

            Ser robado es una experiencia común, sobre todo en una ciudad sin ley, desorientada, desordenada, sucia y caótica cual es la otrora hermosa Barcelona, es decir, tal y como nos la están dejando los socialistas y los comunes de común acuerdo, aupados por un legionario de la política que ni aiquiera aguanto en su escaño el tiempo suficiente para ver la dimensión de su estropicio y regresó a su país para buscar mejores oportunidades políticas. Lo más frecuente, al parecer, son los robos de relojes caros, pero  como el diablo no descansa y todo lo añasca, los amigos de lo ajeno no les hacen ascos a los móviles, que es lo que me robaron a mí en el autobús H12 con una pericia que solo pasado el tiempo está uno en condiciones de reconocer, porque en el momento del robo, orquestado como una coreografía exquisita, y porque andaba yo a ciertos asuntos que me tenían totalmente distraído de mi persona y mis bienes, me volaron un auxiliar dela vida cotidiana en el que ni nos damos cuenta de cuánta información y recuerdos sentimentales somos capaces de introducir y conservar. 
            Saberse robado es una sensación de humillación absoluta. Se entroniza uno a sí mismo como el mayor pardillo del mundo y maldice, entre lágrimas, rabia, desesperación e indefensión contra su poca cabeza y la inseguridad permitida por un Ayuntamiento que está a otras cosas de más enjundia política y a otras baratas luchas paraideológicas que a facilitar una vida segura a sus vecinos. ¡Qué desnudez, de repente, y qué vacío tan grande en el bolsillo lateral de los pantalones cortos donde guardé ¡ahora veo que en mala hora!, el ordenador de bolsillo. Palpaba con incredulidad una y otra vez el bolsillo como si por arte de magia pudiera volver a aparecer. No lo dudé, me bajé en Plaza de España y, en vez de continuar las compras, me fui a la comisaría a poner la denuncia correspondiente: que al menos figure en la estadística de la vergüenza de la sectaria adalesa incompetente que nos (des)gobierna con la complicidad de un partido-muleta del totalitario nacionalismo catalán, el psC.
            ¡Y anda que no habré visto películas de carteristas (y movilistas..., habremos de añadir, ¿no?) que bien que me habrían de haber aleccionado!, pero achaco mi descuido a la necesidad de tener que realizar unas compras urgentes, que no me dejaron atenerme a mis rutinas de seguridad. Pickpocket, de Bresson es la que recordé enseguida, junto con Nueve reinas, de Fabián Bielinsky, pero también Manos peligrosas, de Samuel Fuller, que acabo de ver recientemente porque tenía grabada la impecable operación de sustracción realizada por Richard Widmark. Pongo por delante la calidad, para esquivar la verdadera imagen que también se me vino enseguida a la memoria: la del  paleto emboinado y sin entrañas al que Tony Leblanc le clava el timo de la estampita en Los tramposos, de Pedro Lazaga.
        
    Me reprochaba a mí mismo, con deslenguada ferocidad, haber sido tan imbécil de ir con la guardia caída, expuesto, ¡ay!, a las nubes de rateros que sacan provecho de los incautos como yo lo fui en ese viaje en autobús. Que un joven árabe se empecinara en no apartarse del pasillo, hasta que tuve que llamarle la atención, fue suficiente para que se verificara la sustracción, por parte de alguien que debería de estar sentado y a quien no le costó nada extraerlo, de un  bolsillo cuyo contenido no presiona el cuerpo, está claro. Usualmente siempre soy precavido, y eso me ha librado de algunos sustos, de ahí me autorecriminación: haber confiado en que Barcelona es una ciudad en la que uno puede ir confiado por la calle y los transportes públicos, cuando no es así. Saberlo, además, desde que la incompetencia llegó al poder municipal, aún me hace más culpable de lesa ingenuidad y tremendo pardillismo. ¡Y luego se preguntarán los demás por qué va creciendo la insociablidad y el malhumor! 
            

       


            

             El deceso

            Alos 95 años, después de una vida intensamente vivida y una vejez mayúsculamente mal soportada, a causa del deterioro físico, mi madre murió el pasado agosto, para descanso suyo y de sus hijos y allegados. La última de su propia familia, ha vivido hasta que el corazón ha sido incapaz de soportar los mínimos esfuerzos de la vida cotidiana, muy reducida por la osteoporosis, la cardiopatía, los divertículos, la casi ceguera y otras degradaciones propias de la edad. Me ha dado por revisar estos días la crítica que hice de la Carta a mi madre, de Simenon, cuyo comienzo puede helarle la sangre en las venas a quienes tengan la institución maternal como un pilar de sus vidas, porque arranca con el reconocimiento de que nunca se han querido lo más mínimo. Ese solo inicio basta ya para seguir leyendo con devoción hasta el final. Para mi padre, la madre fue un concepto propio de legionarios que se lo tatúan en el brazo, acaso ejecutor de no pocas maldades: Una divinización absoluta y un respeto sacrosanto. La persona más importante de su vida, por encima de su propia mujer y de sus hijos. Para mí, el origen de mis días y un largo camino hacia el desasimiento.
            Ser el cuarto hijo de cinco te asegura en el escalafón familiar un lugar irrelevante pero muy cómodo. Copada la *benjaminitura e inaccesible la primogenitura, ser el cuarto te permite gozar de la indiferencia de los padres, para quienes lo normal es que pases desapercibido. Ese lugar solitario es el que te permite no sufrir su acoso normativo y coercitivo, al menos no tan intensamente como en el caso del resto de hermanos. No tardas en saber que eres un desconocido para ellos y viceversa, salvo que seas del gremio de los curiosos. Ya de mayor, apenas tienes recuerdos de haber sido especialmente querido, sino, si acaso, tolerado. Pero has gozado de la oportunidad de ir conformándote a partir de tus experiencias y tus muchas o pocas razón e imaginación.
            No ha sido una extraña en mi vida, mi madre, pero tampoco una persona excesivamente importante, ¡y mucho menos decisiva!, por supuesto. Y jamás escriño de confidencia alguna. Es difícil convivir con quien siempre ha vivido aguerridamente a la defensiva y, ¡más difícil aún!, amar a quien nunca se ha dejado querer. No hay hitos que marquen el relato de la distancia. Tuvieron el capricho de tenerte; tú cumples la obligación de respetarlos. No les deja en buen lugar, eso sí, que cuatro seamos la niña que nunca llegó.
            Uno entiende que convivir con seis varones te obliga casi a la sobreactuación, y más aún en los tiempos poco dados al feminismo del franquismo, pero me alegra poder decir en su honor que las actuales feministas, por radicales que sean, no le llegan a mi madre ni a la suela de los zapatos; un proceso, sin embargo, tan combativo, que en él se pierden valores tan esenciales como la afabilidad, la ternura, la serenidad y la empatía, entre otros. Nada reprochable, en definitiva, porque en los tiempos de 
«sacar adelante la prole», ¿quién puede ponerse exquisito?
            No es recuerdo mío, sino suyo, que yo le preguntara, de muy niño, antes de los siete: 
«Mamá, ¿cuándo se es mayor para irse de casa?» Tuve la suerte de hacerlo, parcialmente, muy pronto, a los quince, por mis propios méritos deportivos, Ahora que la distancia es ya infinita entre nosotros, esta evocación me acerca, paradójicamente, a ella más de lo que lo estuve en vida. Así de extrañas son las relaciones entre madres e hijos.

        

         



                  Un implante   

            Es equívoco el epígrafe, cierto, porque, salvo cirugía mayor, (¡de la que ojalá me preserven los años con denuedo...!), bien pudiera pensarse que voy a relatar un proceso, dados mis años, de implante capilar. Amigo tengo que a él se ha sometido, y los políticos nos dicen que esa es una de las principales razones para la tradicional amistad hispanoturca... Pero no.  La mediana edad también abona otro implante más modesto pero mucho más importante que el tupé para la calidad de vida del sujeto. Sí, se trata de una operación de cataratas. De repente, un cuerpo extraño, una lente, se instala en tu cuerpo, sustituyendo el material  «de fábrica», y, sin ser muy amigo de la ciencia-ficción, adquiere uno un ramalazo de cyborg que se certifica aún más en el momento de descubrir el ojo al día siguiente y asistir, pasmado, al descubrimiento de la realidad con una intensidad lumínica y unos colores, como nunca la habías visto. ¡Y lo que choca al descataratizado la nueva visión bícroma: luz cálida con el intacto, luz fría con el implantado, y saltas de un ojo al otro, alborozado,  como un niño con los regalos de Reyes, y escrutas enderredor como un perro olfatea cuanto cae a su alcance... Sales de quirófano como si te hubieran cambiado un ojo en vez de simplemente el cristalino, o como si te hubiera alcanzado una de esas terribles pelotas de goma de la policía, pero la recuperación se inicia ya desde el día siguiente.
            Lo peor es el periodo de adaptación a la doble visión, las gafas con una solo vidrio graduado,y vacía la parte del ojo operado: tiende la vista a cruzarse, a converger en un punto que no necesariamente es el punto de fuga. El ojo herido lagrimea, a pesar del colirio que religiosamente me administran cada día, según la prescripción del cirujano, y tiende el paciente a pensar si no le han cambiado una catarata por un manantial...
        Nada tan cotidiano como una de estas intervenciones, ni nada tan agradecido, porque quienes abusamos de la vista, lectura y cine, sobre todo, recibimos como una bendición salir de las tinieblas de las películas de terror de Corman o la Hammer y poder ver con esta nueva mirada cyborgiana [¡Y perdóneme Jorge Luis...!] el Aleph en su plenitud.
            Ahora solo queda el ajuste estético de una graduación que permita diverger los rayos visuales y permitir la visión de media y corta distancia, para poder trabajar en el ordenador sin el parche fordiano. Hay quienes se liberan de las gafas con júbilo, e incluso me consta que hay quienes las han odiado toda su vida, como una suerte de satánica condena. En mi ingenuidad oftalmológica, yo pedía que me quitaran la caratarata y que me dejaran mi miopía, con la que llevo conviviendo,en feliz matrimonio, medio siglo... A mí siempre me ha encantado usar gafas y las he llevado de todos los tipos, si bien casi h sido mi costumbre lucir diseños de gafas para mujer, como unas que compré en Canal Street en Nueva York, de anciana usamericana de los 40 y que, aun desvencijadas, conservo entre mis recuerdos más queridos.



miércoles, 28 de septiembre de 2022

El tardío y gozoso descubrimiento de las Pitiusas.

La calma en la movida; la serenidad en el alboroto; la relajación en el estrés... De cala en cala por Ibiza y un breve (y oneroso) desembarco en Formentera...

 

    Estaba convencido de que mi Conjunta y yo éramos de los pocos españoles que aún no habían visitado Ibiza y Formentera. Mi sorpresa, al volver, es que son no pocos los amigos que confiesan no haber estado nunca, lo cual me ha permitido convertirme en propagandista fervoroso de su visita. Imagino que la visión internacional de Ibiza como el centro de la vida nocturna superficial, la sosa moda Adlib (lo que imagino que significa Ad libitum, esto es, «a mi capricho»), el recreo de los famosos y su fama de cara, además de antiguo paraíso de las drogas incitaban a su visita a ciertas personas deseosas de tener experiencias fuera de lo común. No hacía mucho que había visto yo More, de Barbet Schroeder, uno de los puntales de la Nouvelle Vague, y confieso que, más allá de la historia narrada, un proceso de destrucción personal a través del consumo de drogas, la belleza de la isla me cautivó completamente. Mi Conjunta —esas divergencias de pareja tan frecuentes al escoger destino vacacional— quería ir a Formentera; a mí me tiraban más los espectaculares paisajes de Ibiza que había visto en la película; al final, como casi siempre, decidieron los operadores y la inviabilidad de ciertos vuelos y ciertos hoteles.

         Total, que nos presentamos en Ibiza y, atravesándola de noche, algo que, con coche de alquiler, siempre temo, llegamos sin excesivos tropiezos al hotel donde teníamos la reserva, en los alrededores de Santa Eulalia,  en Es Canar, concretamente, muy cerca de donde abre sus puertas los miércoles el magnífico mercadillo hippy que tiene visita obligada.. La habitación con terraza nos sorprendió, así como, a lo largo de la estancia, la amabilidad de todo el personal del establecimiento. Pero nuestro objetivo estaba claro: ¡las calas! Pasada la noche, nos despertamos ya con ese afán ajeno de empezar a conocer las famosas calas ibicencas, y a fe que, día tras día, tuvimos tiempo para conocer lo mejor y lo peor, aunque todas las playas tienen una calidad extraordinaria, por masificadas que estén.

         He de reconocer que al turismo de playas, calas, etc. suelo ir «arrastrado», y aunque soy sensible a los paisajes de tantas calas recónditas como hemos visitado, no es menos cierto que me superan las incomodidades propias de dichas excursiones y baños: ¡estoy reñido con la fina arena de las playas, con el sol, el calor y, si se tercia, con las medusas! La incomodidad suprema de la lectura en la playa me desespera, sobre todo porque no sé leer sin subrayar y el exceso de luz es tan perjudicial para mi vista como la ausencia de ella, ¡y si le añadimos la catarata que me atormenta desde hace un tiempo, pues hacemos el pleno! Otra cosa es que haya de descender hacia el mar por lo más parecido a un acantilado, recordando, acaso, el descenso por la ladera de la montaña con que se abre Aguirre o la cólera de Dios, de Herzog, ¡tan impresionante! Menos mal que los amables dependientes del hotel nos facilitaron una sombrilla que me permitió recorrer bajo ella los interminables caminos que mi Conjunta abría sobre las playas que nos acogieron con un agua excesivamente caliente y una temperatura ambiente abrasadora…

    

    Ibiza tiene pocas carreteras cómodas que recorran la isla, pero infinitas de tipo comarcal por las que conviene perderse a veces para adentrarse, como lo hicimos nosotros en el norte montañoso y muy arbolado de la isla, cuando recorrimos los alrededores de Portinatx, Cala San Vicente, San Juan y la renombrada Cala Xarraca. Como le sugerí a mi Conjunta que viéramos More, yo de nuevo, la película se nos acabó convirtiendo en una suerte de guía para visitar las localizaciones que en ella aparecen. Nos despertamos tarde, pero conseguimos identificar y fotografiar las rocas de la cala de Punta Galera y, ya en Formentera, después de una larga caminata bajo un sol inclemente, una visión lejana del molino del XVIII que está desmantelado, sin las aspas, y en una propiedad privada. Cuando, al cumplirse los 50 años de la película, Schroeder lo visitó, se llevó una decepción terrible. Él tiene casa en la isla, la que perteneció a su madre, quien se instaló y vivió en ella después de desertar de la Alemania nazi y de abandonar, por eso mismo, el idioma alemán. La comparte con su hermana, y la buscamos, pero nos fue imposible llegar hasta ella. ¡Menos mal que esa misma jornada la acabamos en Punta Galera! Lo que sí recorrimos fueron las calles de Ibiza que aparecen en la película, a pesar del tráfico humano que, a la caída de la tarde, hace imposible visitar con calma la ciudad, y menos aún hacer alguna fotografía sin tanta densidad humana.

    

         Visitamos, ¡y cómo no!, el segundo centro neurálgico de Ibiza, San Antonio, además de la capital y el paseo marítimo donde se ubican las grandes atracciones discotequeras de la isla. Masificado como nos pareció que estaba,  su larguísima playa daba la sensación contraria, y paseamos por ella con total tranquilidad hasta que descubrimos unas piscinas en las que se entraba supuestamente para ligar y cuyo chundachún atronador no nos impidió contemplar el desfile de aspirantes al ligue de honor, jóvenes y jóvanas, ataviados con los insólitos hábitos decorosos que se exigían a la entrada para poder entrar. De más está decir que lo único que percibe el paseante es la música estridente, porque está cuidadosamente protegido de las miradas indiscretas o, como las nuestras, discretas y casi sociológicas.

    


    

    La entrada en Ibiza, sin otra referencia que «el aparcamiento de IKEA» fue todo un baño de desesperación circulatoria. Una vez encontrado el sitio, el paseo de diez minutos desde el aparcamiento al centro de la ciudad, es un alivio, aunque después la inmensa cantidad de visitantes te hace sentirte demasiado acompañado en la visita. Es todo un arte, el de hacerse el remolón para dejar pasar las oleadas y hallar intersticios en los que poder hacer las fotografías de rigor y sentir el pulso antiguo del espacio sin la presión observadora, casi profesional, de los visitantes, porque no hay otro modo de descubrir esos rincones que suelen pasar desapercibidos si no se visita la ciudad con la ingenuidad de quien descubre un posible paraíso. En ese aparcamiento nos sucedió el único percance desagradable de nuestra estancia en las islas, porque dejamos el coche en el aparcamiento cuando, con el Ferry, viajamos hasta Formentera, para conocer, siquiera fuese muy someramente, la isla que había de ser el destino original  de nuestras vacaciones. Visitamos las playas de Ses Illetes, las más cercanas al puerto, y, por esos azares de los horarios de los autobuses, acabamos comiendo en el chiringuito más caro que nadie sea capaz de imaginar. Uno de esos sitios en los que, repasada la carta, el primer instinto es levantarse; el segundo, «pagar la inocentada», y así fue, aunque comimos de lujo y pagamos como tal, desde luego. A la vuelta, sin embargo, agotados tras la maratoniana jornada —ahí ha de incluirse la caminata para descubrir el molino de la película, doble, en realidad, una fallida y otra certera…—, descubrimos, acojonaícos, que el coche había desaparecido, y en el lugar donde estuvo el nuestro, había ahora otro. A pesar de que el robo fue considerado, mis rápidas investigaciones telefónicas lograron darme la respuesta más satisfactoria imaginable: se lo había llevado la grúa a un depósito municipal que estaba a menos de medio quilómetro del aparcamiento. Insisto, donde estuvo aparcado mi coche, había otro, y allí seguía. Y en la misma línea del nuestro estaba el aparcamiento lleno, esto es, la grúa ibicenca, como todas las grúas municipales, no sirve para facilitar la circulación, ninguno de nosotros la estorbaba, sino exclusivamente para recaudar, y así hubimos de tomarlo, como un impuesto al sufrido turista que se identifica por llevar un coche de alquiler. Muy desagradable, porque el sofoco que nos llevamos fue mayúsculo. Por cierto, el coche de alquiler, un Ford Puma, aunque estaba configurado en alemán, nos dio un resultado magnífico, y es sumamente cómodo. Acostumbrado como estoy al automático de Kia, el tránsito a la conducción del Puma fue comodísima.

         Está claro que la naturaleza es el principal atractivo de Ibiza, y el descubrimiento diario de sus calas nos ha deparado un placer enorme, pero el propio hecho de viajar con el coche a través de la isla, por cualesquiera carreteras, relaja y entretiene a cualquiera, y permite descubrir constantemente espacios dignos de una visita demorada. Como ocurre siempre con destinos que se revelan más interesantes de lo que imaginabas antes de ir, Ibiza nos ha dejado tan buen sabor de boca que no sería extraño que no tardáramos en volver, acaso en Ferry desde Jávea, después de visitar su Parador Nacional, claro…

 


        


jueves, 15 de septiembre de 2022

Elogio [necesario] del deporte.

 




El deporte como escuela de valores y depósito sin fondo de placeres.

                                                 Mens sana in corpore sano                                                                                                                                                        Juvenal

Llevaba tiempo rondándome la idea de hacer un «elogio del deporte» desde mi vivencia biográfica del mismo, porque mi cuerpo y el deporte son uno desde la más remota infancia, mucho antes de que me convirtiera casi en un profesional del mismo y de que constituyera una rutina a la que he dedicado miles de horas con un agradecimiento eterno a mi fuerza de voluntad para perseverar en esas distintas practicas: fútbol, lanzamiento de peso, salto de trampolín, natación, waterpolo, remo, tenis, atletismo… Ningún deporte me es ajeno, excepto aquellos en los que la variante mecánica, como el motor, impiden que los resultados dependan, al cien por cien, del esfuerzo físico: ¡qué diferencia hay entre el motociclismo y el ciclismo, por ejemplo!, lo que no quiere decir, obviamente, que esos deportes mecanizados no exijan del deportista un esfuerzo físico considerable.

Dos acontecimientos recientes, la conquista del primer Grand Slam, por parte de Carlos Alzaraz, y el fallecimiento de Jean-Luc Godard, apasionado de ese deporte elegante, tan potente como artístico y tan cercano a la coreografía como a los malabarismos circenses, han acabado por empujarme a la redacción de estas líneas. Y he escogido el género de la loa, aunque en prosa, guiado por mi agradecimiento a una práctica del cuerpo de la que, al margen de las lesiones, solo he recibido plácemes profundos y aun entusiasmos de difícil descripción.

Me recuerdo, pasados los siete primeros años de mi vida, corriendo siempre detrás de un balón, nadando, montando en bicicleta y, en el colmo de los refinamientos, jugando al tenis, allá por los doce. Conocí muy pronto, pues, las dos vertientes del deporte: la colectiva y la individual, y ambas tienen sus poderosos atractivos y sus sombras, por supuesto, aunque las dos prácticas en las que más he perseverado, la natación y el atletismo de fondo, han sido individuales. Aún recuerdo el razonamiento impecable que me ofreció mi hijo, con 7 u ocho años, cuando quiso cambiar el fútbol por el hockey hierba: «porque toco más la bola». Hoy, a sus treinta y pico, sigue jugando a ese deporte y es entrenador titulado, aunque ahora no ejerza. A los nueve o diez años, los partidos del fútbol en el recreo, con aquellos tanteos de balonmano y de escándalo, 18-10, 22-8…, en los que metíamos un  gol por minuto, siguen tan frescos en mi memoria, sesenta años después, como si los hubiera acabado de disputar ayer. No había orden ni estrategia, salvo la magia del clásico que conocí mucho después: «a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo»…, ¡pero aquella euforia, aquella alegría divina, aquel éxtasis, aquel arrebato, aquella solidaridad, aquella comunión humana en la victoria o en la derrota…! Incomparable: la ebriedad pura del placer más intenso.

Cuando, en una de mis vidas plurales, fui profesor de instituto, tanto mis alumnos como sus padres solían quedarse muy impresionados al oírme, ¡al profesor de literatura!, recomendarles con entusiasmo la práctica del deporte, con la mayor intensidad, y si podía ser federado y participar en competiciones, mejor que mejor: La disciplina, la responsabilidad, el compromiso, la moderación en el triunfo y la plena aceptación del fracaso, el reconocimiento de las virtudes ajenas, siempre merecedoras de tanto elogio como de sana envidia, el rigor constante de los entrenamientos, la cortesía como forma de relación social, la poderosa ambición de la autosuperación, el equilibrio entre el esfuerzo y el descanso, la recompensa de la buena forma física… ¡si es que no había más que ventajas para afrontar en mejores condiciones la durísima tarea del trabajo intelectual, que a tantos vence por no estar acostumbrados a la dureza del ejercicio y al vencimiento de las dificultades! Para que se vea mi bonhomía, jamás se me ocurrió que, a edades tan tempranas, leyeran el Juan de Mairena, de Machado, cuyo protagonista es, precisamente, un más que peculiar profesor de educación física, algo a lo que, ya ejerciendo, le di alguna que otra vuelta, aunque tuviera que pasar por hacer otra carrera, la del INEF…. De lo que estoy convencido, no obstante, es de que solo aquellos que siguieran mis indicaciones deportivas disfrutarían con fundamento del libro machadiano.

Los verdaderos deportistas somos poco aficionados, paradójicamente, a la contemplación del deporte, porque nuestro placer es practicarlo. Y menos aún, a la lectura de esa suerte de deturpación absoluta del periodismo que es el mal llamado «periodismo deportivo», un cultivo del sectarismo, la banalidad y la mitomanía, digno de mejores causas. Con todo, a nadie le amarga el dulce de ver espectáculos de máximo interés, la decimocuarta del Real Madrid, la Copa del Mundo de la selección nacional de fútbol, los Tour de Induráin, las hazañas de imposibles adjetivos de Rafael Nadal o la épica lucha de la selección nacional de baloncesto contra la selección usamericana, entre tantos ejemplos de tantos deportes en los que siempre ha destacado algún deportista español, aunque las nacionalidades, para quien admira la superación de las marcas, poco o nada significan: ¡anda que no voló durante años y años en mi memoria Bob Beamon en Méjico!, del mismo modo que Cassius Clay bailó sobre el cuadrilátero su danza deletérea años y años…

Aunque me inicié en la pileta como saltador de trampolín, dure sobre él lo poco que tardé en destacar como nadador, para sorpresa de mis sucesivos entrenadores, lo que me llevó a la Residencia Joaquín Blume de Madrid, porque, por traslado familiar, hube de fichar por un club murciano. Desde los quince hasta los veinte años, con la cabeza dentro del agua mañana y tarde, bien puede decirse que desarrollé un autismo deportivo que me alejó tanto de la sociedad como me acercó a mis propios pensamientos y emociones. Rumiador profesional es quien entrena para competiciones tan «suaves» como los 1500 libres, los 400 estilos o los 200 mariposa a lo largo de los más de 10.000 quilómetros, que nadé en mi vida como nadador, antes de escoger la vía de secano y otros deportes más sociables, como el tenis, por ejemplo y, después, el atletismo de fondo, en el que aún persevero, después de 26 maratones sobre las castigadas piernas. De aquella época gloriosa de mi adolescencia solo un recuerdo se impone al resto, ¡y hubo algunos que fueron verdaderos motivos de orgullo, como la internacionalidad o varios subcampeonatos de España!, por la dimensión de la hazaña: haber nadado en entrenamiento, en el Club Natación Bañolas, a las órdenes de quien fue mi primer entrenador en el PMM de Madrid, Albert Stauffer,  una serie única y cronometrada de 1500 estilo mariposa, en un tiempo de 21 minutos 30 segundos, a las 7’00h, para tener toda la tranquilidad ambiental del mundo. ¡Cuánto hubiera deseado, entonces, que sonara en la radio el Imagine, de John Lennon, que salió por aquellas fechas y oía, en los entrenamientos de tarde, casi cada día!


Supongo que un elogio del deporte en estos tiempos mórbidos de la epidemia de sobrepeso que azota la sociedad enpantallada y adicta a la comida basura, será una incorrección política de tomo y lomo, pero nada más terrible que el futuro diseñado por aquella joya de la animación que fue Wall-E, de Andrew Stanton. En todo caso, nada reprocho a nadie, sobre todo si, como pasaba en mis años mozos, ciertos profesores de educación física son incapaces de despertar el entusiasmo por los beneficios descritos antes en sus alumnos. Cierto, cierto, la excusa de «la vida moderna» y la imposibilidad de «jugar en la calle» han hecho mucho contra la práctica deportiva, pero, si se quiere, se puede, que es un dicho tan viejo como lo es el placer inmenso que se deriva de la práctica deportiva intensa y metódica.

Andando el tiempo, tras perder traumapsicológicamente a mi sempiterna pareja de tenis, orienté mis pasos hacia la conquista del Everest que fue conseguir acabar un maratón, algo que hice en 1995, recién nacida mi hija, contando yo, para redondear la coincidencia con los 42 kilómetros, 42 años de edad. Se alinean frente a mí, como un feliz recordatorio, los 28 cuadernos en los que queda constancia de esta vida atlética mía, entreno tras entreno y en donde también figura mi más precioso recuerdo, al margen de haber acabado el primer maratón: la semana en que, tras haber llegado a los 100 km de entrenamiento, corrí el medio maratón de Barcelona y conseguí hacer 1h 27m, un proeza que  nunca se correspondió con la de bajar de las 3h en el maratón, porque justo el año en que intentaba asaltar esa proeza, 2004, sufrimos el atentado terrorista del 11M en Madrid. La angustia por los muertos y heridos, sumada a la ansiedad por saber que toda mi familia madrileña estaba bien, me llevó a forzar el ritmo de las series, para bajar de 4m el quilómetro, y bajé, sí, pero  me lesioné con tan mala fortuna que hube de perderme mi gran objetivo… Después ya llegó una severa afección hepática y se quedó en el limbo de los justos tan exigente aspiración.

Las lesiones, sin embargo, y acumulo experiencia por toneladas sobre ellas, porque mi morfotipo endomorfo es más propio de velocistas, no de fondistas, los ectomorfos; las lesiones, digo, han sido una escuela constante de conocimientos fisiológicos y médicos de primera magnitud. Mi madre, recientemente fallecida, solía admirarse de que le hiciera la competencia a su hijo doctor, y me daba tanto crédito que, a veces, me consultaba a mí sus padecimientos por no molestar al doctor oficial… Explorar el cuerpo, tener conciencia de todo él, sentirlo hasta la más mínima articulación o hasta el músculo en apariencia más insignificante, a menudo en compañía de los buenos fisios que he tenido siempre la fortuna de haber encontrado, sigue siendo motivo de profunda satisfacción. Eso tiene el deporte, si profesado con profunda vocación: hasta de las adversidades se extraen intensos placeres.

En las postrimerías del franquismo, el deporte estaba anatematizado por los intelectuales de izquierda, que lo englobaban en el capítulo del panem et circenses, en el de la alienación de las masas, etc. —aunque llegada la democracia, Canal+ escogiera, ¡mira tú por dónde!, el fútbol y los toros como reclamo para la suscripción a la primera televisión privada por cable—, de ahí mi marginalidad, yo diría que incluso «sospechosa», entre mis supuestos pares. El deporte, sin embargo, te fortalece también ante la marginación, porque te permite desarrollar una confianza en ti mismo que nunca se acerca al narcisismo, y menos aún a la misantropía; nunca he conocido a gente más humilde que a los deportistas, sabedores, ¡siempre!, de que, por altas que sean sus hazañas, vendrán quienes las dejarán chicas. ¡La cantidad de veces que he repetido y requeteaseverado que nadie logrará emular jamás a Rafael Nadal! Y hoy, y vuelvo al comienzo que me animó a escribir este elogio, Carlos Alcaraz me ha metido todas las legítimas dudas en mi convicción… Aunque fuera con zapatillas no homologadas y espoleado por liebres únicas, ¡cómo no quedarse pasmado ante la barrera de las 2h en el maratón que destrozó Eliud Kipchoge con la pasmosa elegancia del esfuerzo invisible!

Nunca me olvidaré de una anécdota doméstica que viví en las carretas de los alrededores de Calpe cuando salí a entrenar al mediodía en agosto y me crucé con un ciclista que, para animarme, me gritó: «¡Viva el deporte!», y a quien yo, a un paso del golpe de calor, le balbucí: «Pues yo voy muerto…» Poco después me senté en un bordillo y saqué del bolsillo las monedas de emergencia que siempre llevo y me compré un agua helada que me permitió regresar a casa…