sábado, 16 de junio de 2018

Mercado de San Antonio: De la plaza de abastos al Mercat de Disseny o de Disney...


El fantasma del pueblo en el desangelado mercado "de qualité"...

He esperado hasta que me "tocara ir", como he hecho siempre desde hace 32 años que vivo en el barrio. He ido solo, con mi Conjunta y solo con mi prole, de días, de meses y de años... Lo han inaugurado deprisa y mal porque el contrato con el Lidl penalizaba los retrasos. No fui a la inauguración. He ido hoy, sábado, que me tocaba. Ha sido un alivio salir de los barracones en que apenas se podía circular. La mejora del viejo mercado que era seña real de identidad de nuestro barrio y de la propia ciudad, porque se le suman los encantes de ropa y las paradas de libros viejos los domingos, es evidente. Otra cosa es que esa remodelación haya respetado el símbolo sobre el que operaban los arquitectos, y a mí me parece que no. Son pocas las paradas que se comunican, y los arreglos de las mismas, que han corrido por cuenta de los propietarios, nos han deparado una sucesión de "boutiques" de la alimentación que compiten en elegancia y fachada para atraer no sé aún bien bien a que público, porque mucho me temo que muchos desertores durante las obras han encontrado acomodo en otros negocios que han sabido jugar con esa ausencia: Consum, entre Urgell y Villarroel, por ejemplo, que, remodelado y ampliado, ve ganar clientes a mansalva. Otros negocios han salido de los alrededores del mercado y se han metido dentro, porque ya tenían su puntito de "exquisitos" y ahora han encontrado su puesto en una plaza de la que ya me va a ser imposible decir, por ejemplo, "mañana tengo que ir a la plaza", a tenor del ambiente "selecto" que se respira en su interior; una atmósfera muy seria, muy educada, muy rígida, con paradas de lujo y género también de lujo, caro y selecto. La impresión primera ha sido decepcionante, pero reconozco que las instalaciones aún funcionan a medio gas. Hoy no he visto los encantes abiertos, aunque el hecho de que no "den" al exterior, como en el Mercat del Ninot, por ejemplo, le va a restar al perímetro exterior una vida que hubiera conectado mejor con lo que antes era y significaba el mercado. He tenido la misma sensación que tuve al entrar, por curiosidad, en el del Ninot,, ¡exacta! Y esa clonicidad es lo que me tiene mohíno. ¡Qué desgracia que no se haya sabido ni captar la esencia del mercado ni disponer sus paradas de tal manera que los usuarios habituales de él tuviéramos la sensación de estar "en casa", en "nuestra plaza"! Me produce tristeza reconocerlo, pero hoy me he sentido un extraño, un intruso en "mi" mercado de toda la vida. Y la presencia de los seguratas me ha hecho pensar exactamente en eso: estaba en un templo dedicado al turismo, y se había de asegurar que nada ni nadie los molestara. Ni una voz de reclamo loando el genero, ni un reina, mira quines sardines tinc, que es belluguen..., ni nada por el estilo. Quienes compraban lo hacían en un silencio respetuoso. ¡Ni siquiera desde los bares salia una algazara que indicara un resto de la vida que tuvo ese espacio tan deteriorado entonces y tan lleno de verdadera alegría popular, la que combatía las penas de la miseria y celebraba la virtud del culto a los buenos alimentos!  De momento, por fuera, el mercado impone por sus dimensiones, pero la ausencia de vida en el perímetro de la fachada le otorga un aire de fortín poco amable y poco propenso a las fotos turísticas, a diferencia de lo que ocurre con los planos superiores del edificio. En la pequeña gradería sobre los restos de murallas antiguas, en la bajada al supermercado Lidl, se apreciaban desde primera hora los restos de latas y papeles del minibotellón de quienes en ella se hayan instalado para esparcirse. Tiene unas entradas decepcionantes, porque no permiten una visión que "succione" a quien atraviese sus puertas, pues para "palpar" el frígido ambiente de esta boutique de boutiques en que han convertido el viejo y venerable mercado de San Antonio se han de recorrer sus pasillos, poco dados a la vida popular del barrio. No sé, parece como si un hipotético modelo del barrio de San Gervasio o de San Cugat, la pijovilla cercana, nos lo hubieran metido con calzador en nuestro popularísimo San Antonio, y nos lo hubieran desfigurado por completo. Insisto, se trata de una aproximación primera y a una hora temprana. Pero no sé yo si habré de rectificarme. ¡Ojalá! Mientras tanto, seguiré yendo cada vez que me toque reponer el pescado, por fidelidad a Miquel, donde compro tras la jubilación de Jaume y Ana, sus vecinos de parada; pero, con pena lo digo, me he sentido hoy como un extraño, como el turista al que le dicen "tienes que ver ese mercado, ya verás...". Hoy he ido, he comprado, lo he visto, y me he marchado desilusionado. ¡Y es tan necesaria la ilusión para ir a comprar a la "plaza"! Sin embargo, hoy me sentido desplazado...




martes, 12 de junio de 2018

Crónicas de Robinson desde Laputa... I



La intrahistoria  contemplada desde la suspensión lúcida del agrimensor de la nesciencia social...

Escribir es adoptar siempre un punto de vista y una personalidad que lleva la voz cantante y cuya coherencia difícilmente puede ser puesta a prueba más allá del propio espacio en el que se manifiesta, es decir, las paginas de esta Provincia Mayor donde es acogida. Yo no soy nadie, ciertamente, de ahí que haya escogido como alias el de un superviviente clásico, ingenioso, eficaz, metódico e industrioso. Alojado temporalmente en Laputa, esta crónica mía, la de un Robinson-sin-Viernes, pretende echar un vistazo a hechos acaecidos en un país diminuto, mucho más que Balnibarbi, pero lleno de contradicciones y disparates, tantos cuantas ambiciones políticas esos animales dóciles a los que llaman "votantes" son capaces de proveer con ingenuo entusiasmo cada cierto tiempo, legal o ilegalmente, porque en ese diminuto país, vanidoso y soberbio, hay quienes votan según la ley de leyes que los gobierna a todos, la Constitución, y otros que lo hacen por las bravas y a la intemperie, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, aunque pretenden darle impronta de realidad incontrovertible y sagrada que obliga, como voto religioso o como código deontológico, a no sé qué mandamientos que condicionan su insubordinación política frente a la capital de su reino, Madrid, un nombre que representa, para estos últimos, las seis letras del fuego eterno de la maldición, la condenación, la esclavitud y algunos agravios más de inaudita gravedad.  Las clásicas hormigas con que se compara a los humanos cuando contemplados desde la altura, es comparación ridícula, si oída desde esta Laputa aérea, porque, como pasa en los globos aerostáticos, llegan hasta aquí las estridentes voces de sus disidencias, sus desencuentros, sus arrogancias y sus chulerías de medio pelo, por lo que, por pequeños que se les vea, sus voces los engrandecen y finchan sus bultos hasta el ridículo de los globos de bazar o de las gomas de mascar. Andan los tales revueltos por dos acontecimientos notables en sus anales, ridículos en mi Crónica de esa intrahistoria banal. En una parte del territorio, con autonomía administrativa, han elegido Mandamás de ella a un sujeto que ha regalado a una parte de sus compatriotas los más fieros, desagradables, humillantes, agresivos, descalificadores y vomitivos  insultos que imaginarse puedan, mucho más, está claro, que los que aquí en Laputa puedan oírse respecto de los necios capitalinos de Lagado.  Son gente racista, al parecer, esto es, que solo admiten como interlocutores a quienes son exactamente como ellos, y desprecian a todos los demás, excepto que reúnan dos condiciones: que sean ricos y les hagan préstamos, uno, y, otro, que les regalen los oídos con alabanzas y la vista con cirigañas constantes. El otro acontecimiento sonada ha sido la destitución de quienes gobernaban porque han sido condenados, miembros de ese partido, por corrupción, esto es, aprovecharse de su posición de privilegio en el Poder para aumentar sus propios bienes y competir deslealmente en las elecciones contra los adversarios. Todos estaban de acuerdo en desalojarlos del Poder; pero no todos ni con la forma de hacerlo, ni con el diseño del calendario político que acompañaba tal expulsión del Poder. Sus diarios, unas gacetillas menesterosas pero fanfarronas y tendenciosas, echaban chispas dialécticas, esto es, fuegos de artificio o de san Lorenzo o fatuos, a cuenta de si la suma de fuerzas votantes de la moción eran incompatibles entre sí y solo se habían compatibilizado por pactos vergonzosos o, como ellos dicen, "contranatura", un concepto cuya comprensión, a estas alturas, se me escapa por completo. Es el caso que andan tirándose los trastos unos a otros, de forma muy diferente a como nuestros sabios de la Academia de Lagado los intercambian, los trastos, para poder entenderse cabalmente. Son curiosos esos seres poco inteligentes, por lo general, muy dicharacheros, también por general, y poco propensos a concordar acción y pensamiento. El país es hermoso, sobre eso no hay duda, y suelen ponerlo, hospitalariamente, o por precios asequibles, a disposición de todo el mundo, lo que les granjea "la admiración de propios y extraños", como ellos dicen, aunque ni ellos mismo saben, tengo para mí, qué quieren decir exactamente. En esa díscola comarca del noreste andan muchos de sus habitantes amarillos de ira, e incluso de iras varias, y dispuestos a llegar a las manos contra sus compatriotas, que traducido quiere decir, obligar por la fuerza a los demás a cantar la palinodia de sus errores, entre los cuales el más grave es, por supuesto, el de no reconocer sus ictéricas virtudes, la belleza de su territorio, la hermosura de su lengua y la obligación de que todos piensen como ellos. Aunque Laputa es ciudad animada, yo vine con la condición de que se respetara mi avatar biográfico, esto es, poder vivir aislado para pensar mejor, para sentir mejor y para comunicarme mejor. Poco a poco, quiero creerlo así, podré ir entrando en los intríngulis -a los miembros de esa península les encanta esa palabra, la reverencian como si estuvieran usando una fórmula mágica del grimorio- de naturalezas complejas a fuerza de primitivas; primitivas a fuerza de nesciencia y complacencia en la superioridad de sus prejuicios... 

viernes, 25 de mayo de 2018

La lengua ideológica del amor...


Los amantes monolingües.


Tengo observado que entre la juventud catalana se está produciendo un fenómeno que afectará al  futuro de la comunidad a no muy largo plazo: el establecimiento de lazos amorosos -y a la larga es posible que la descendencia correspondiente- entre  quienes comparten la misma lengua, una tendencia que excluye la fértil unión de parejas mixtas, que, hasta la fecha, eran las más comunes en nuestro territorio. Es sabido que los jóvenes tienen un alto sentido del grupo y de la cohesión grupal, a la que someten cualquier rasgo individual de personalidad por valioso que les pueda parecer. La ideologización abusiva del uso del catalán ha llevado a que nuestros jóvenes se separen por la lengua a la hora de establecer relaciones de amistad y amorosas. Cada vez resulta más extraña la creación de parejas bilingües, en el sentido de la unión de dos lenguas maternas diferentes, y hablamos del catalán y del castellano, porque otros bilingüismos diferentes sí que ganan terreno día a día, y cada vez son más frecuentes las parejas internacionales. En Cataluña, sin embargo, la radicalización del debate secesionista va de la mano de esa división de la juventud  que prefiere emparejarse exclusivamente en una lengua, algo que reza, sobre todo, para el catalán, más cerrado en este aspecto. El dicho coloquial castellano asevera que "tiran más dos tetas que dos carretas", pero si a la carreta va subida la defensa heroica y minyonesca de la lengua catalana, poco pueden las "tetas" castellanas, todo sea dicho con pesar y como demérito de los insensibles a los triunfos del amor. Ahí están los de la CUP, pseudoprogres donde los haya, totalitarios acreditados e ilusos manifiestos, que cortan en seco cualquier intento de aproximación de cualquiera a quien se le ocurra dirigirse a ellos en castellano. El panorama amoroso de Cataluña quizás tenga poca importancia a día de hoy, pero evoluciona, a mi parecer, hacia la clausura de dos comunidades que complicarán, y mucho, la convivencia en el futuro a medio plazo. La quimera de que formemos, los catalanes,  "un solo pueblo", esgrimida por los secesionistas como argumento es falsa de raíz, y este apunte sociológico que aporto insinúa que más nos acercaos al caso belga de escisión comunitaria que al melting pot norteamericano. A mí me parece lamentable, pero el poder de las ideologías se pone de manifiesto en la orientación  de conductas que van incluso contra la naturaleza. Me pongo en la piel de  un nano al que li agradi una Carmen "de bandera" a la que haya de renunciar para que el resto del grupo no se le eche encima y lo machaque por el hecho de que le guste una espanyolista, porque las ideologías tienen eso, son capaces de borrar  incluso la percepción de lo objetivamente bello, ¡no digamos de lo bueno! Hace poco emitieron por televisión la película sobre el infiltrado en ETA, Lobo, que tanto contribuyó a la lucha contra los asesinos. Lo mejor de la película, con ser, al tiempo, lo aparentemente más inverosímil, eran las reuniones de la banda y sus intentos de pseudorazonamiento. A la que surgía el más mínimo atisbo de discrepancia, uno del grupo entonaba el Eusko Gudariak, todos le seguían, puño en alto y voz en grito, y ahí se acababa la dialéctica, que continuaba, después, con la de las pistolas que eliminaban "físicamente" a quienes se habían atrevido a discrepar, caso Yoyes, por ejemplo.  Mucho me temo que más de un joven catalanoparlante debe de estar hasta los mismísimos de Els Segadors, aunque si supieran que tiene su origen en una canción erótica, y que el bon cop de falç es metáfora transparente, es posible que vieran bien "desviarse" desde la sublimidad del carro hasta donde no es necesario ser un héroe para ser bien recibido.

viernes, 4 de mayo de 2018

Eta y yo...


El terrorismo siempre interpela individualmente; y exige, sin embargo, una respuesta colectiva.

Que nadie malentienda lo que mi malicia expresiva ha querido dar a entender para llamar la atención del hipotético lector: un titular así quiere decir, lo que el subtitulo aclara suficientemente. Y lo terrible es que, en España, todos podemos hacer nuestro ese titular, porque todos hemos convivido, a duras y hondas  penas, con esa barbarie criminal desde edades, como en mi caso, tan tempranas como los 15 años, en 1968, cuando leí en los titulares de los diarios de la época, en Madrid, uno de los primeros asesinatos de ETA, sin acabar de comprender exactamente el modo brutal como iba a convertirse en un sucesión inacabable de golpes dolorosos a o largo de los años de mi juventud y de mi madurez. Con la misma sinceridad he de reconocer que el misterioso asesinato de Carrero Blanco, magnificado después por la película de Pontecorvo, con la excelente escena de la voladura del coche en maqueta por encima del edificio contiguo al atentado, lo viví, en la estela de "los que sabían", como el augurio de la imposibilidad de la continuación del Régimen. El clima de ansiedad, temor y hostigamiento hacia las fuerzas de seguridad del Estado y hacia el Ejercito tuve ocasión de vivirlo en mi propia casa -soy hijo de militar- cuando, pasando las Navidades en casa -yo vivía habitualmente en Madrid como becario de la Blume-, y tras un nuevo atentado de ETA,  una noche, mi padre, salió en pijama empuñando la pistola y gritando que los de ETA venían a por él y que ahí, en pleno diciembre helado, los esperaba, dispuesto a descerrajarles cinco tiros... Aún tengo grabada aquella patética imagen que solo muchos años después reviví viendo La patrulla fantasma, de John Ford. Hasta la llegada de la democracia, hubo una suerte de "reconocimiento" de la acción de ETA contra el Régimen, como si fuera una "fuerza" más en la dirección del cambio para acabar con la Dictadura. Ahora bien, llegada la democracia y el momento del abandono de las armas, como sí hicieron los poli-milis, la sorpresa de todos fue la decisión de ETA de continuar su cadena de asesinatos con la vista puesta en esa "liberación nacional de Euskalherría" contra todas las vías democráticas habidas y por haber. De vanguardia de la lucha antifranquista a verdugos de las libertades, así podría resumirse el cambio de paradigma. Desde el empecinamiento en la vía del terror, la crudeza inexplicable -injustificable lo fue siempre, antes y después de la muerte de Franco- de la cadena de asesinatos de ETA han jalonado la vida de todos y cada uno de los españoles que hemos convivido con esa barbarie que solo hallaba refugio, complicidad y apoyo en algunos sectores de la sociedad vasca, los mismos que contribuyeron a esa perpetuación que no parecía acabar nunca: la iglesia vasca; los partidos abertzales, concretamente lo que solíamos definir como "brazo político de ETA", es decir, Herri Batasuna; el mismísimo PNV, a pesar de haber sufrido en sus carnes ese mismo terror; el terror de los empresarios amenazados de muerte que se sometían a la extorsión económica que financiaba a la banda terrorista..., es decir, un escenario favorable a esa relativa impunidad de que gozaba la banda en el País Vasco. La nula influencia de esa vía terrorista en la política española, que seguía afirmándose en la vía democrática, incluso contra asonadas nostálgicas del franquismo como el intento de golpe de  estado, forzó a ETA a un crescendo de su actividad mortífera que nos llevó a los grandes atentados que nos han marcado a sangre y fuego con un horror insufrible y una firmeza democrática inquebrantable. Todos hemos hecho nuestra la lucha contra esa barbarie criminal, y a todos nos hundieron en la tristeza infinita atentados como el de Zaragoza, el de Vic, el de Hipercor, el asesinato de Tomás y Valiente o el de Ernest Lluch y, por sus especiales circunstancias dramáticas, la "ejecución" de Miguel Ángel Blanco, que supuso algo así como el punto y aparte definitivo en la movilización social contra esa barbarie que, aun a pesar de haber entrado en la vía de su desaparición, aún nos seguiría afligiendo muchos años más, y sirvan los mencionados como representación de todas y cada una de las víctimas de aquel delirio asesino. La  manifestación de rechazo a la muerte de Blanco fue la primera y última vez que he llevado a mis dos hijos -muy pequeños entonces- a una manifestación, y por el carácter cívico, no político, de la misma. Ha habido tiempo incluso para que ETA llegara al cine, y si La fuga de Segovia, de Imanol Uribe, al margen de la condición de miembros de ETA de sus protagonistas, era una buena película del género de evasiones carcelarias, Días contados, del mismo autor, me produjo un rechazo visceral intensísimo, porque entendía que allí se daba una intolerable "complicidad" emocional con la barbarie en un momento, además, en el que era imposible ningún tipo de ambigüedad, porque eso ha tenido siempre el terrorismo: no caben equidistancias ni terceras vías: o estás con él o contra él. Ahora, desde el presente desde el que nos quieren edulcorar con el perdón y el olvido aquellos brutales asesinatos, es necesario que todos y cada uno de nosotros recordemos que en nuestras vidas hay un capítulo, aún sin cerrar, que se titula como esta breve memoria: ETA y yo. Cada cual sabrá el contenido de ese capítulo de su vida, pero, atento como he estado a las declaraciones de la banda y a la expresión de su confusísimo ideario supuestamente ideológico -en realidad un pastiche de tópicos mal digerido-, lo que me ha aterrorizado siempre ha sido la posibilidad de que ese tipo de discursos pudiera acabar "cuajando" en una fuerza política mayoritaria que hiciera imposible la simple convivencia en un territorio, al modo como ha acabado sucediendo en tantos y tantos pueblos pequeños y medianos del País Vasco, un proceso que, desgraciadamente, estamos viendo que vuelve a ocurrir, ahora en Cataluña, tras la fallida declaración de la nonata república catalana de la demencia separatista. Si alguien tiene un momento para acercarse a la mgnífica película El Lobo, de Miguel Courtois, en el que aparece un magnífico retrato de aquella demencia paraideológica de los asesinos que recomiendo vivamente. Durante algunos años alimenté la idea de una narración en la que la banda, después de tomar con una estrategia de comando israelí la RTVE, exigía que se transmitise lo que tenían que "revelarle" al pueblo español. Las autoridades dudan entre cortar la señal, sacrificando a los rehenes, o dejarles que "larguen" cuanto tengan que decir. Deciden lo segundo y la lógica expectación del país, ¡share del 100%!, deja paso, a medida que avanza la exposición demencial de los terroristas, a una hilaridad nacional que acaba disolviendo el drama en el más espantoso de los ridículos jamás televisados... Recientemente, la publicación de Patria, de Aramburu, que aún no he leído, me reservo hasta que nadie se acuerde ya de ella..., y películas como La casa de mi padre, de Gorka Merchan, además de documentales básicos como La pelota vasca, de Medem, nos han permitido un acercamiento a la explicación del conflicto que aún está vivo en la vida y en la política española y del que no nos vamos a librar tan fácilmente. Irene Villa, nadie más autorizado que ella, para comentar la "despedida" de ETA, ha dicho que a los criminales no hay que prestarles atención. Hacerlo, como lo han hecho el PNV y Podemos, por ejemplo, supone tomar partido contra las víctimas, ensanchar su dolor y hacerle un flaco favor al proyecto de convivencia que jamás de los jamases ha de olvidar cuantísimo dolor sembró y cosechó una banda criminal como ETA. Ni ellos, ni sus herederos políticos en activo merecen nada que no sea el desprecio más profundo de quienes tanto hemos sufrido sus delirios asesinos.

jueves, 12 de abril de 2018

Dos días de distancia y sosiego: Valencia como salida...


Las comparaciones son odiosas; viajar a Valencia, escapando del odio secesionista, un oasis incomparable...

Uno viaja poco y cuando puede hacerlo escoge destinos que, por su cercanía al lugar de residencia, Barcelona, no parecen, a priori, tener muchos alicientes para los "verdaderos" viajeros, esos que necesitan leguas al cuadrado para sentir la experiencia del viaje. Reconozco que para quienes viajamos como Xavier de Maistre por nuestra celda/habitación día tras día, un discreto viaje a Valencia es una aventura tan exótica -en su planteamiento- como para otros un viaje a Papúa Nueva Guinea. Un viaje familiar, además, tiene algunos alicientes que reformulan el concepto de "aventura", porque concertar los intereses de tres personas distintas y un solo presupuesto verdadero para dos días y medio de actividades, no es tarea fácil, que conste. El objetivo era Valencia, cercana y compleja, distinta y muy próxima, una Comunidad en la que hemos pasado muchos veranos familiares junto al Peñón de Ifach, con gloriosas ascensiones al mismo con las criaturas en los hombros..., y en la que están los orígenes paternos de mi Conjunta. Cuando han pasado más de 30 años sin visitar de nuevo una ciudad, nada puede estar más claro que esa ciudad va a ser tan distinta que, salvo los "monumento imperecederos", todo lo demás te parecerá "nou de trinca". La urbanización de las orillas del Turia es el caso paradigmático, con el gran complejo futurista que alberga muy cerca ya de la desembocadura y que atrae a los turistas tanto o más que el Modernismo arquitectónico barcelonés. Ni siquiera se nos había pasado por la imaginación que Valencia fuera capaz de atraer un turismo masivo, al estilo del de Barcelona, de ahí nuestra sorpresa cuando nos vimos inmersos en la  marabunta de visitantes que lo ocupábamos todo, a todas horas y con una tenacidad visitante a prueba de bombas. Comparar ciudades es absurdo. Cada una tiene su personalidad, y a veces la de no tener ninguna, que ya sucede. Instalarse en la capital valenciana en un hotel cómodo y funcional, bien comunicado por el metro, permite al turista saber de inmediato que está en "otro" lugar muy distinto del "agitado" por los demonios nacionalistas con tendencia golpista. En Valencia -tópica ciudad de las flores...- se disfrutan todos los colores, frente al amarillo canario con que se han empeñado en vestir Cataluña los supremacistas, para mortificación de quienes asociamos dicho color con lo que se asocia tradicionalmente: los celos, la traición y los esquiroles, en el lado de los sentidos negativos, claro.
Desde la estación y la plaza de toros, hasta la maravilla de su incomparable Mercado Central de Abastos o la Lonja de la seda, pasear por la ciudad de Valencia, a pesar de la masificación turística, tiene un punto de relajación que se ha vuelto casi imposible en Barcelona, una ciudad no sé si ya definitivamente crispada, por mor de la intolerancia supremacista de los xenófobos nacionalistas aldeanos.
Sufrimos durante los dos días un viento con aire justiciero que, por las noches, en un decimocuarto piso, envolvía la habitación, pegándose a los cristales de la fachada, a medio camino entre el sudario y el cobertor de sofá. Alejarse de ciertos conflictos aunque sea durante breve tiempo, como en este viaje, permite oxigenarse, liberarse de la sutil presión ambiente que intenta hegemonizar la vida ciudadana a todos los niveles, políticos, sociales, deportivos, lúdicos, artísticos... Nada quieren que se escape del chapapote amarillo/amarillista que pretende, en vano, ¡por suerte!, inundarlo todo y se queda, ¡y cómo no!, a medias, e incluso diría yo, a ojo de buen cubero, que a una cuarta parte... Pasear por Valencia, por lo tanto, ha sido un placer, una recompensa, un premio extraordinario en la lotería del sosiego anímico y en la del placer estético. Nos hubiera vustado coger el tranvia para ir a la Malvarrosa, pero una inoportuna huelga nos privó del placer literario, pero no de disfrutar, gracias al autobús, de las playas a las que abría las ventanas de su palacete Blasco Ibáñez cuando en él se alojaba. Decimos que Barcelona ha recuperado la playa. En Valencia, puede decirse que la playa ha conquistado una ciudad... Como siempre, un creador pega la oreja a las conversaciones para coger el pulso de la calle. Y en esa encuesta de urgencia, y en unos espacios poco propensos, todo se ha de decir, advierte, no sin sorpresa, el restringidísimo uso del valenciano en la vida cotidiana, algo que ya recuerda de los veranos en Calpe. En cualquier caso, lo que se nota, a pesar de las posibles luchas políticas que pueda haber de fondo, que haylas, una distensión ciudadana que no se ve alterada por los ramalazos de intolerancia con que en Barcelona sufrimos el delirio del prusés en pos de la quimera. Nos hemos sentido, los tres viajeros, cada uno de forma diferente, muy libres y relajados en nuestra efímera estancia. España es un país en el que se come bien en cualquier parte, y en la playa de la Malvarrosa hubiera sido un delito de lesa majestad no hacerlo. Aunque costó, por la fiesta y por la hora, encontrar un sitio sin reserva previa, lo logramos y triunfamos, gastronómicamente, aunque con un clásico modesto: el arroz negro y fritura de calamares, de unos calamares que se deshacían en la boca de puro tiernos. A mi Conjunta y a mí nos supo mal no tener tiempo para ir al IVAM, porque somos amigos de los cementerios, como diría Ramón Gómez de la Serna, y también hubiéramos añadido con gusto algún espectáculo de ópera en la Ciudad de las Artes, pero entendimos que eso requiere ulteriores visitas aún más rápidas y concretas. Visitamos, sí, la Catedral, y mereció la pena, siquiera fuera por contemplar la escultura del mal ladrón, ese del que todo el mundo ignora su nombre de pila, frente al recordado Dimas del buen ladrón: Gestas, se llamaba el orgulloso desgraciado. Como buenos turistas -siempre despierto a quien conmigo vaya diciendo que el turismo es un trabajo duro y que, donde quiera que estemos, hemos ido a trabajar...- no pudimos dejar de tomarnos la sacrosanta horchata en la horchatería a la que contemplan casi tres siglos de existencia, aunque de poco fue, porque el buen tiempo fresco amenazaba con impedírselo a mi Conjunta -un delicado sistema térmico complejísimo...-, aunque yo -un basto aguantar carros y carretas térmicas- me la hubiera tomado. Viajar sin lujo pero con comodidad es una recompensa que nos merecemos todos.  Los amantes de la lectura, además, lo agradecemos.  Aparcado Galdós durante esos días, en los tiempos muertos de las esperas solía avanzar en el segundo volumen de Antonio de Torquemada: Jardín de flores curiosas, que contrastaba, con sus ficciones geográficas, con la verdad de tomo y lomo de una ciudad llena de Historia por todos sus rincones.  Tuvimos a suerte de ser jornada de puertas abiertas del Palau de la Generalitat y pudimos ver una espectacular y poderosa escultura/chimenea de Benlliure sobre el Infierno de la Divina Comedia que he colgado al final de esta evocación. El hecho de que la avenida por la que circunvalamos la ciudad para llegar al hotel -gracias al exacto gps de nuestra hija- se llamara De los Hermanos Machado nos trajo inmediatamente a la memoria el paso del poeta republicano por la ciudad, y a mi Conjunta y a mí no nos pareció mal que ambos hermanos estuvieran unidos en el homenaje, como ellos lo estuvieron emocionalmente en vida, aunque no políticamente, pero esta distancia jamás menguó aquella cercanía íntima. Valencia está comenzando a comerle el terreno a nuestra hermosa ciudad Condal, y, poco a poco, la amabilidad de la ciudad levantina se va convirtiendo en un destino turístico que permite esquivar el desagradable brote nacionalista de unos jóvenes agitadores que amenazan con hacer imposible la vida tranquila en la ciudad, y que tienen al turista como enemigo, y a quienes no son de su secta como potenciales objetivos de sus represalias. Poco a poco vamos volviendo  a donde parece que las autoridades de nuestro Ayuntamiento se sienten cómodas: las barricadas y la agitación pseudorevolucionaria. Esperemos que no acaben trayéndonos el pistolerismo de los años 30 del pasado siglo... Son muchas, pues, las razones que nos han permitido disfrutar durante dos días de la vida de una ciudad hermosa, limpia, dinámica y sosegada: un más que posible destino en caso de que la demagogia populista del nacionalismo ultraconservador catalanista nos empujara a abandonar nuestra ciudad, desde luego. La conclusión es que no tardaremos otros 30 años en volver, seguro. Sé que nunca iría en Fallas, eso sí, pero, fuera de ellas, me imagino que cualquier época del año es buena para dejarse caer y callejear y leer y empaparse de un ritmo de vida humano, muy humano, y cordial, muy cordial. Y, finalmente, para un par de filólogos enamorados del cantar de Mio Cid, Valencia es parte de ese recorrido que  incluyó nuestra visita, en su tiempo, a Santa Gadea o al monasterio de Cardeña.




jueves, 15 de marzo de 2018

El matadero como templo expiatorio en homenaje a una de nuestras fuentes de vida.



La arquitectura del agradecimiento: los mataderos, obras de arte.

Desde que me detuve ante la fachada del matadero de Tortosa, enamorado de la arquitectura modernista que había alojado el cruento sacrificio de los animales que nos han facilitado durante tantos siglos la salud, no he dejado de preguntarme sobre el porqué de esa tendencia arquitectónica a revestir el acto sacrificial con  un  continente artístico tan exquisito.
Es evidente, me parece, que se trata de un homenaje merecido a una de nuestras principales fuentes de vida, un cordial agradecimiento erigido con la delicadeza compasiva con que el verdugo suele ahorrar sufrimiento  a las víctimas, aunque los métodos sacrificiales solo hayan mejorado en cuanto al ahorro de sufrimiento en las víctimas desde hace relativamente poco. La exquisitez del diseño de tales edificios, a medio camino entre lo industrial y lo ornamental tiene que ver, imagino, con la necesidad de plasmar el insólito contraste entre el acto sanguinario y la concepción artística del edificio que lo alberga, de modo que se viera a través de él una suerte de celebración solemne del último trance, acogido entre muros que no lo celebran, sino que lo acogen, con respeto e incluso con devoción.
Es un rito, no hay duda. Y no se busca un lugar apartado y oscuro, donde perpetrar una profanación, sino un edificio estilizado y hermoso donde se verifique la ceremonia de la necesidad y de donde salga, con todas las garantías de salubridad, el producto hacia los mercados -¡ágoras selectos de la socialización!- para acabar, posteriormente, en los estómagos de la población agradecida. Contraste, esa es la ley humana básica que opera desde los albores de la humanidad. Y cuando se acentúa de la manera que lo hace en los mataderos, hemos de reconocer en tal realidad una muestra exquisita de nuestra más noble condición.
Arropar arquitectónicamente el sacrificio de las reses y otros animales con tantas galas airosas, en las que predomina el uso del ladrillo, ¡la arcilla!, elemental y metáfora de nosotros mismos…, dice mucho de nuestra condición y de los progresos morales e la especie. Prueba de la intencionalidad reverencial de esos templos de diseños humanistas es que, cumplida su labor y superado su espacio por las exigencias  higiénicas del proceso de las carnes, es que han sido destinados, en buen número de casos, a templos de la cultura, a albergue acogedor de la expresión artística en sus muy variadas facetas, cuando no se han reconvertido en hiperalmacenes del saber escrito y audiovisual, bibliotecas y mediatecas que acogen la doble sed de conocimiento y de diversión que nos aqueja a los humanos.
Si repasamos lentamente las arquitecturas de esos templos, advertimos enseguida el mimo exquisito con que los arquitectos que los diseñaron se preocuparon por  que la luz tuviera matices de catedral en el interior de las naves, o la profusión de arcos, con la solemnidad clásica de los mismos. A mí me impresiona, sin embargo, la imagen de la ruina de ese matadero argentino erguido en la nada y desafiando con su desvencijado cuerpo, atravesado de las inmisericordes heridas del tiempo y del olvido, la memoria de quienes lo animaron: animales y humanos.
Si hoy son bibliotecas, ese solemne edificio impresiona como las ruinas de las grandes salas de cine en el Detroit fantasmal de la poscrisis, los restos varados en tierra de nadie de lo que fue una pujante ciudad industrial. Sí, los mataderos han sido templos y lo siguen siendo: cambian los materiales de construcción; permanece la devoción, la compasión y el agradecimiento.





martes, 27 de febrero de 2018

Presentación de “Empantanados”, de Joan Coscubiela.



 La política desde la profunda convicción humana íntima: Empantanados, de Joan Coscubiela, o la bandera de la ética frente al incivismo de la barbarie.

Fui a la presentación un cuarto de hora antes “para coger sitio”, pensé, infeliz de mí…Llegué y la gente necesitada de rendir homenaje emocionado a Coscubiela no solo llenaba la sala, sino que se agolpaba en los laterales y en el fondo y comenzaba a arracimarse fuera del local, junto a la puerta de acceso. No diré que había un lleno “hasta la bandera”, pero debería, aunque allí no hubo ni una, ¡y ni un puñetero lacito supremacista! El autor ya estaba metido en la agradable faena de dedicar ejemplares, pero la organización funcionó como debe y comenzó el acto a la hora prevista. El editor de Península recuerda que fue el vibrante discurso de Coscubiela el 7 de setiembre del 17 lo que le decidió a encargarle un libro que recogiera la experiencia parlamentaria que había vivido él, que habíamos padecido todos. Y enseguida  cedió la palabra a una de las dos personas que presentaban el acto (“evento” solo lo dicen los menores de 50, y el público superábamos de largo esa media de edad…), el periodista Javier Pérez Andújar, premio Ciudad de Barcelona y polémico pregonero de las Fiestas de la Mercè. Andújar, en su estilo de supuesta retórica menor, por los referentes cotidianos y el encantador sello individual de quien parece haberse colado en la fiesta de los poderosos sin saber muy bien por qué, fue desgranando un repertorio de intuiciones, descripciones y pullas políticas que no solo colocaron en su contexto el libro sino que trazaron una aproximación crítica a su contenido con fina perspicacia y clara intuición. Andújar, que siempre habla y escribe desde la realidad más próxima, divirtió a la audiencia al calificar a Joan Coscubiela de auténtico Youtuber, más que sindicalista, a juzgar por el eco hallado por su libro, impropio tanto del sindicalismo como de la política. De hecho, dijo Andújar, tuvo tanto éxito con su discurso del 7 de setiembre, “que hasta dejó la política”.  Andújar trazó un paralelismo entre la película Objetivo Birmania, pasada por la televisión la noche de la muerte de Franco, y calificó a Coscubiela y al jefe de filas de CSQEP (unas siglas, por cierto, que pasarán a la historia de las antisiglas políticas por excelencia…) Lluís Franco Rabell,  como “la patrulla nipona”, esa unidad desesperada que lucha contra el potente invasor y que no ignora su terrible destino: desaparecer en la jungla, y todo ello sin tener nunca la certeza de que los suyos estén con ellos. En ese momento de la presentación, las relaciones entre la actual CeC y los dirigentes de la extinta CSQEP acapararon las referencias, porque mientras la patrulla nipona reconocía a los CeCs, estos se desentendían de ellos y los dejaban en una dura orfandad política, como se constató en la fractura (¡otra más!) del grupo en el Parlamento. Andújar pasó revista sucintamente a la biografía de un luchador cuyo padre la policía se lo llevo de casa detenido cuando tenía 10 años, que se hizo abogado laboralista y defendió a los marineros de la Barceloneta y del Puerto de Barcelona, que fue diputado en Madrid, y el primero, según las actas, en llamar “corrupto” a Rajoy, Secretario General de CCOO y, finalmente, diputado en el Parlamento, donde ha acabado encontrando su momento de gloria política cuando, como destacó Andújar, Coscubiela se olvidó de las tácticas y las estrategias y liberó su profundo sentimiento humano de lo que para él es la vivencia de la democracia, por encima de las banderías de partido y dichas tácticas y estrategias. Si hubo una adhesión de cierta parte de la cámara a sus palabras, no surgía de las ideologías de los adherentes, sino de la intimidad individual que empatizaba hasta la cachas con lo que Coscubiela desgranó desde el atril de los oradores como el abecé del sistema democrático, algo que, en situaciones difíciles como la que vivimos, conviene recordar desde la emoción íntima de la convicción individual profunda. Andújar, quien nombró comandante en jefe de la patrulla nipona a Rabell, dijo de ambos que pertenecían a especies en peligro de extinción: el sindicalismo y el activismo vecinal. Ahora, al decir de Andújar, la calle no alimenta a la política, sino los platós y una profesionalidad sin contacto con la sociedad, una casta con leyes de supervivencia y reproducción que poco o nada tiene que ver con los fenómenos naturales propios de cualesquiera sociedades. Para caricaturizar, con lengua bífida, esa situación, elogio Andújar que en el libro de Coscubiela no se mencionara ni una vez Juego de tronos, pero sí a Rosa Luxemburg, Maquiavelo y otros. La segunda parte del “entrañable” acto, porque el clima de cordialidad amistosa que se respiraba iba mucho más allá de la curiosidad que a veces atrae a la gente a este tipo de actos (allí todos estábamos en sintonía con la valentía que demostró Coscubiela en su famoso discurso y con la ironía dulce pero demoledora de Andújar), consistió en una entrevista no preparada que le hizo Neus Tomás y que le permitió al autor, además de defender esa visión humanista de la acción política por encima de las perversas tácticas y estrategias, pasarle factura a lo que él ha denominado soviet carlista del prusés. De hecho, cuando la periodista le preguntó si alguien del mundo secesionista, después de su discurso y del referéndum fallido del 1 de octubre, se le había acercado a decirle que tenía razón, Coscubiela se limitó a responder que lo están haciendo a diario, muchos de ellos, y públicamente: Mas, Munté, Forn, Forcadell.., aunque aún les falte, como sugirió, dar el paso de dirigirse sinceramente a sus votantes y decirles que aquello que les habían prometido son incapaces de conseguirlo. Coscubiela distinguió entre las bases de la “izquierda” ecosocialista (la herencia del viejo PSUC) y el “estado mayor” actual de los CeCs: han recibido el apoyo caluroso, afectuoso, de las primeras y la indiferencia y distancia del segundo. E incluso llegó a decir lo que es vox pópuli, por otro lado, que la ambigüedad de Immaculada Colau ante el prusés y su decantación política por favorecer el referéndum le había dado las alas que este necesitaba para poder mantenerse en movimiento incluso sin aire… A lo que sí renunció Coscubiela fue a ejercer de profeta, aun con todo el bagaje de su experiencia, porque, como buen izquierdista utópico, ha visto que sus profecías sobre la consecución del socialismo en nuestra sociedad habían fallado estrepitosamente. Las reflexiones de Coscubiela se movieron siempre dentro de un análisis sereno de los hechos, sin ceder a sentimentalismos ni a optimismos o pesimismos extremos, pero sí hubo un punto de desolación en su discurso cuando reconoció que lo que habíamos conocido hasta la eclosión del prusés, y que el denominó catalanisme inclusiu, sí que había desaparecido, y mucho se temía que definitivamente. Cerró el acto, Coscubiela, con una encendida defensa de los lazos fraternos y de clase que unen a los españoles de cualquier región y nacionalidad de España, así como una defensa de la visión del resto de España como un territorio donde anida mucho más sentido común del que se estila por “casa nostra” entre los “nostrats”. ¿Su deseo para el futuro? Que la izquierda se construya mirando hacia él y a Europa, en vez de hacerlo mirando hacia el pasado. Se le veía emocionado y un punto superado por una circunstancia que tiene su punto de gesto casi heroico: oponerse a la corriente dominante -cada vez menos, eso sí…- del discurso secesionista desde una convicción democrática que, ¡gracias, Coscu!, y aunque tarden en reconocerlo, fue el auténtico momento en que se le recordó al Reigdemont que iba democráticamente desnudo, como lo sigue estando, para su vergüenza y la de todos nosotros.