viernes, 1 de abril de 2022

Celebración de Rosamerón, una nueva realidad de tomo y lomo (y enjundia).

 


Los amigos se reúnen; los amigos se convierten en editores; los amigos lo celebran con sus amigos: Bienhadada Rosamerón.

 

El día 30 de marzo, recién entrada la primavera, tres amigos que decidieron crear la editorial Rosamerón, quisieron, una vez aparecidos ya los cuatro primeros volúmenes de la misma, reunirse con sus amistades para celebrar el éxito de la empresa, haber salido a las aguas turbulentas del «mercado» bajo la admirable bandera de la lectura lenta y brindar por un futuro halagüeño.

Invitado por el paradigma de la cordialidad, Gregorio Luri, allá que fui, pensando que, conociendo solo a Gregorio, quien tenía comprensibles labores de anfitrión a las que atender, solo iba a disfrutar con los discursos de rigor, especialmente con el suyo. El inusual lugar de reunión, la Gran Bodega Salto, en el corazón del popular barrio de Poble Sec, la calle Blesa, y al que así se llama porque la industrialización temprana de Barcelona le robó el agua abundante que bajaba de Montjuïc, ya daba a entender que no se trataría de lo que popularmente se conoce como una «puesta de largo», un «estreno solemne» o un «acto académico».

Y así fue. Desde mi irrelevante condición de pulpo abstemio en el consabido  garaje (¡Qué sería de los de minoritaria condición si no se hubiera inventado el agua tónica, con su pertinente luquete de limón y los siempre cool cubitos de hielo!), nadaba, encantado, en el plácido oleaje de buenas vibraciones que se respiraba en el abarrotado local.  Tímido, demi natural, ni siquiera me atreví a elogiarle personalmente al diseñador  que tenía al lado el magnífico logo de la editorial.  Quede en estas líneas, donde me muevo con mayor soltura, la felicitación. Y llegaron los discursos, con los que me defiendo mejor que en imposibles conversaciones con, eso sí, amables y sonrientes desconocidos, todos ellos ataviados, como yo mismo, con el invisible y reconocible mandil del supremo interés por la cultura.



Francisco Martínez Soria, antiguo editor de Ariel, llamémosle, a lo Luc Besson,  «el profesional», entre los tres socios, nos adelantó el fundamento de  la nueva realidad editorial: ir al encuentro de nuestro presente, para, desde la inequívoca pluralidad del pensamiento,  poder, en estos tiempos de confusión y de devaluación de los conceptos, pasar acaso de la opinión a la convicción o al auténtico conocimiento, que no es poco… Gregorio, en su turno, explicando el poderoso aliento poético que hay en una empresa como la creación de una editorial, auténtica salida quijotesca donde las haya, nos recordó el sustrato homérico que intuíamos: «salimos de casa —dijo— para encontrar el camino de regreso a casa», y ni a mí, ni a todos los presentes, ni a quienes ya han comprado alguno de los volúmenes aparecidos, nos ha cabido ninguna duda de que, con Rosameron, volveremos más sabios, esto es, reconociéndonos, sin trampa ni cartón, en la mejor versión de nosotros mismos.

A continuación, ¡no se fuera a perder de vista que, al fin y al cabo, promocionar los libros de la editorial es un deber sacratísimo!, Francisco nos presentó al autor del último libro publicado por la editorial, Contra el diagnóstico, de Marcos Obregón, un análisis vivencial de la enfermedad mental y de sus repercusiones a partir del caso del propio autor. La valentía con la que Obregón, desde su evidente fragilidad emocional, nos habló del proceso de escritura y edición de su libro  me bastó, entre otras razones que no vienen al caso,  para decidir que no pasará de este fin de semana que «obre» en mis manos.

El contraste, ¡y que es la vida sin ellos!, con la intervención del poeta Josep Pedrals, devolvió el ánimo festivo a la reunión. La representación de Pedrals, porque la teatralidad de su actuación es un factor decisivo, en el ámbito de la poesía burlesca —¡cuánto de viejo juglar de plazas y ferias había en ella!— llenó el espacio de ilustraciones divertidísimas de la teoría gracianesca generosamente vertida en su  Agudeza y arte de ingenio. Ya en catalán, ya en castellano, Pedrals derrochó ingenio, sutileza y socarronería como para haber estado más de una hora larga escuchándolo, pero como hasta actos así tienen el tiempo tasado, un comprensiblemente acongojado cantante, Verdú —«¡Muy alto han dejado el listón…!»—, sumó sus acordes a la parlanchina cordialidad de los presentes, y antes de que él acabará de complacer a la audiencia hube yo de arrojar algo de la tinta que me sustenta y escabullirme hacia la salida para llegar al Consum antes de que cerraran y comprar esas pequeñas cosas que caen bajo el dominio de quien es jefe de intendencia de su casa.

Ante el frigorífico de los yogures, el pasillo del papel higiénico y y los viciosos anaqueles del chocolate, me seguía extrañando que a lo largo de la cordial reunión en ningún momento hubiera sido recordado mi venerado Juan Ramón, algo incomprensible, dado el nombre de la editorial, Rosamerón, cuando suya es la más breve y recordada poesía: ¡No le toques ya más, que así es la rosa!  

Dedicada principalmente al ensayo, el tan amplio cajón de non-fiction  en inglés, esperemos que, en un futuro no muy lejano, consolidado ya el proyecto,  se abra a otros géneros como el aforismo o la novela: audere est facere




 

 

lunes, 28 de marzo de 2022

La guerra léxica; la muerte real.


La batalla entre la libertad y el agitprop..

    Se comienza llamando guerra a la invasión del dictador Putin y se acaba asumiendo que si se contribuye a la defensa de Ucrania estamos poniendo al mundo al borde de la tercera guerra mundial e incluso de una guerra nuclear. Me perdonarán mis limitaciones, pero no lo acabo de entender.  Si mientras Putin alineaba tropas y armamento al otro lado de las fronteras de Ucrania, Europa y otros aliados de Ucrania hubieran hecho lo propio, invitados por el gobierno ucraniano, ¿se hubiera lanzado tan alegremente al ataque Putin, sabiendo que hubiera habido una fuerza similar a la suya enfrente? De hecho, la precaria paz mundial que hemos vivido, sin entrar ahora en las guerras que, por unas u otras razones, siguen aún librándose sin tantos aspavientos de la comunidad internacional, como la del Yemen, ¿no se ha debido al equilibrio del miedo?, ¿a saber que un enfrentamiento no contemplaría vencedores y vencidos, sino solo vencidos? ¿Por qué no se ha procedido de la misma manera y se ha dejado a Putin que invada Polonia..., perdón, Ucrania, con una justificación teórica que se le abren las carnes de la indignación a quienes la escuchan? Las políticas agresivas de hecho cuentan con el factor sorpresa del bis dat qui cito dat (Quien golpea primero, golpea dos veces), lo cual parece poner en tela de juicio cualquier reacción del mismo tenor a esa iniciativa sanguinaria, porque, aunque las batallas no llegan con toda su crudeza a nuestros televisores, los muertos van apareciendo y se suman en nuestra conciencia como el más lamentable retrato de nuestra cobardía, a la que los dirigentes mundiales suelen llamar prudencia

    Como se advierte, y desde que cruzaron las fronteras al amparo de la Z del viejo caballero español émulo de Robin Hood, estamos en presencia de una batalla verbal que se libra en todos los frentes, Rusia incluida, donde ya pasan de 15.000 los detenidos por protestar contra la agresiva demencia del dictador. Desde tan lejos como España lo está de Ucrania, lo que nos ha sorprendido a todos es que el ejército ucranio, ayudado con armamento menor de quienes quisieran ver formar parte al país de la UE, ha sido capaz de resistir más de un mes al que se ufanaba de ser una máquina de guerra imparable, el mismo prestigio del que se vanagloria la dictadura china. Eso, hasta el momento, es el acontecimiento más decisivo de cuanto ha ocurrido, y determinará el rumbo de la invasión y la resistencia ucraniana, así como el agravamiento de las sanciones a Rusia para que, desde el interior, sus ciudadanos comprueben que su dictador particular los lleva al desastre, no a la pírrica gloria malentendida de aplastar a sangre y fuego a un país vecino.

    Como ya ocurrió con  la triste guerra de los Balcanes, la UE, que asistió paralizada a las matanzas cometidas por los serbios, está jugando un papel menor y sobre todo retórico: infatigable defensa moral, pero sin ningún compromiso material en soldados y armas que contribuirían a equilibrar las fuerzas y a conceder a Zelenski unas perspectivas de independencia total de Rusia que ahora peligran, porque ya habla de ceder parte del país, el este, y Crimea a las fuerzas invasoras, de modo que asegure el resto como país independiente. 

    Es cierto que las sanciones están actuando en la retaguardia rusa, pero no lo es menos que la inflamada retórica del nacionalismo puede convencer fácilmente a las personas más simples de los sacrificios que han de hacer para que la camarilla putiniana siga disfrutando de sus privilegios, aunque no ya de seguir enriqueciéndose, como hasta ahora, porque el mundo les ha dado la espalda; pero mientras Alemania y Francia no salgan de su calculada prudencia respecto de Putin y del suministro del gas ruso, difícilmente acabará de materializarse en toda su dimensión el alcance de esas sanciones.

    Entiendo que en una situación de conflicto como la que vive Ucrania, haya habido una diáspora como la que estamos viviendo, y es posible que tal fenómeno haya conseguido la plena dedicación de hombres, y no pocas mujeres, al esfuerzo bélico, sin tener que exponer a los suyos al efecto mortal de los bombardeos; pero, hecho no poco a la antigua usanza, sigo suponiendo que en una lucha contra un invasor, todas las fuerzas son necesarias, y que el compromiso total del pueblo soberano ha de organizarse en torno a ese movimiento defensivo contra el invasor. En fin, confiemos en que ese éxodo tenga pronta fecha de caducidad y puedan volver para reconstruir un país que los rusos están tratando de aniquilar material y humanamente.

    He leído bastante sobre la legitimidad rusa para asegurarse la tranquilidad en "su" patio trasero, pero esa dinámica de Guerra Fría quedó abolida con la caída del muro de Berlín, y se supone que estábamos en otra fase de la Historia. El retroceso ha llevado a comparar a Putin con Hitler, aunque él ha invadido Ucrania, como decía en su delirante justificación, para desnazificarla, como si las minorías nostálgicas nazis que haya en Ucrania tuvieran una capacidad de representación política suficiente como para convertirse en una amenaza contra tan poderoso vecino. Hace poco se defendía el "fin de a Historia", y ahora hasta hemos retrocedido un siglo para encontrárnosla con su peor cara posible e imaginable. Nada comparable, sin embargo, a la hipocresía de los socios de gobierno del reciente Antonio Sánchez, quienes poco menos que defendían que, dada la correlación de fuerzas entre Ucrania y Rusia, los primeros debían dejarse invadir y hasta dar las gracias por ello... ¿Cabe mayor traición a los ideales democráticos? Pero la defensa de la poltrona tiene, en nuestro país, una tradición que sobrepasa de largo las exigencias de la dignidad. Percibo una política de percebes prácticamente incrustados en el Poder, y de ahí no hay percebeiros que los arranquen, desgraciadamente. 

    Asistimos al desigual enfrentamiento militar y seguimos en nuestra zona de confort, ignorando qué significa que  un bloque de pisos a doscientos metros de nuestra vivienda  en el centro de Barcelona haya sido destruido por un bombardeo; que no tengamos que ir corriendo a la estación de metro de Universidad para buscar cobijo mientras cruzan las calles las sirenas que nos urgen a hacerlo; que salgamos, temerosos, de nuestra vivienda y no logremos encontrar ni una tienda de víveres donde comprar desde el pan hasta la verdura o una garrafa de agua, porque el suministro ha sido cortado por los bombardeos; ahora arrecia el frío y la lluvia y en las casas nos abrigamos con seis capas de ropa para no quedarnos helados... Sí, la guerra en la televisión puede ser un tristísimo espectáculo, pero recuerda uno el conflicto sirio y recuerda que en él los rusos luchaban junto al dictador, y aquellas escenas de las ciudades destruidas son ahora las cercanas de Ucrania, aunque el antiguo presidente prorruso haya huido en coche (no en el maletero, cono huyó el secesionista catalán que negoció en las cercanías de Putin traernos esta destrucción a Cataluña) a la Rusia de sus amores y sus prebendas. Con lo que no contaba Putin, y podemos estarle profundamente agradecido los demócratas europeos, es que el ejército ucranio estuviera tan bien dirigido y que el presidente Zelenski se haya convertido en un mandatario a la altura de su compromiso con quienes lo eligieron, con muy buen criterio. Su presencia en su puesto de mando marca mucha distancia con quienes, en Europa, ni siquiera asumen sus limitaciones y sus errores.

    



         

miércoles, 16 de febrero de 2022

Dublín, un viaje al corazón de Azar.

 


Entre la devoción joyceana, el irlandesismo de John Ford y la épica lucha contra Inglaterra por la independencia, un contacto emotivo con la isla verde y hospitalaria.  

            Desde la llegada de la pandemia no habíamos viajado, mi Conjunta y yo,  más allá de los límites peninsulares. Ahora, con motivo de ir a ver a nuestra hija, que perfecciona su inglés para desempeñarse adecuadamente en su trabajo como profesora de Primaria, en esa especialidad, hemos tirado de los ahorros pandémicos para darnos el gustazo de pasar una semana en Dublín, un destino ideal para dos amantes de las ciudades con pedigrí literario y artístico. Ha sido un viaje preparado por Azar con todo lujo de detalles, porque ignorábamos, cuando nuestra divinidad predilecta escogió la fecha, que, durante nuestra estancia en la capital de Irlanda, se celebraría el centenario de la publicación del Ulises, tal día como el 2 de febrero de 1922, fecha, así mismo, del nacimiento del autor en 1882. Tras habernos pateado la ciudad los dos primeros días, llegó el 2 y nosotros, en nuestro recorrido joyceano, que bien podríamos haberlo hecho ese día como cualquiera de los otros siete,  comenzamos por el Belvedere jesuítico donde estudió, y del que vimos salir a un alumno, acompañado por su padre, con una expresión traumatizada que nos dejó acongojados. Caminaba el larguirucho y escuálido chaval como si pisara sobre nubes, mientras su padre, llevando del cuadro una bicicleta, lo escoltaba en silencio y quién sabe si compunción o decepción. Seguimos después hasta el cercano museo, al que quisimos ir aun a sabiendas de que, por la información de Google, sabíamos que estaba cerrado. Allí estábamos, solos, de pie, frente al edificio en el que hubiéramos pagado casi cualquier precio para entrar, de haber estado abierto. Antes de alejarnos, en busca de otros destinos ulisianos, de repente, para nuestra estupefacción, se abrió la puerta del museo y un joven vestido informalmente se nos acercó, con aires inequívocos de secta secreta y complicidad intuida para preguntarnos si éramos admiradores y lectores de Joyce, a lo que respondimos afirmativamente con entusiasmo. Nos invitó, entonces, a asistir a un brunch y a la celebración del centenario de la novela a partir del mediodía, entonces eran las 10'00h. Nos apuntó en un cuaderno y garantizamos nuestra asistencia. Una vez que, justo antes de viajar a Dublin supimos que se celebraba el centenario, por los artículos aparecidos en los diarios, tomé la decisión de comprar un ejemplar del Finnegan's Wake y empezar a leerlo así que sobrevoláramos tierra irlandesa, y, de hecho, lo llevaba conmigo en la mochila permanentemente, durante nuestra visita, para ir avanzando en su lectura, una práctica sobre la que ya escribí aquí. O sea, que si el joven sectario nos hubiera pedido una contraseña de nuestra vinculación a la secta de devotos lectores del hermético escritor, bien hubiera podido yo producir -valga el anglicismo- el libro para satisfacción del joven anfitrión que nos invitó, un poco al estilo, me pareció, de los speakeasies de Chicago durante la tormentosa ley seca. 

            No nos alejamos mucho de nuestro objetivo, y cuando decidimos enfilar nuestros pasos hacia él, no tardé en identificar a dos personas de avanzada edad con las que aventuré que coincidiríamos en la celebración, como así resultó ser. Los devotos lectores somos cofradía fácilmente identificable, y cuando nos cruzamos por la calle, sabemos reconocernos apenas hemos cruzado la mirada, como si lleváramos impresas en los ojos los miles de páginas por las que hemos viajado. La casa de estilo georgiano en la que entramos con todas las bendiciones de los anfitriones albergaba en la planta baja el buffet prometido y en la primera planta una exposición de pinturas sobre algunos capítulos del libro hechas según el estilo de distintos autores, Otto Dix, El Bosco o Dalí entre ellos. Más tarde, hubo una lectura expresivísima de un capítulo del Ulises, imagino que a cargo de un actor de teatro, a juzgar por el dominio de la voz y los recursos dramáticos empleados, pero doy fe, compungidamente, de que apenas llegué a entender sino un 10% , ¡como mucho!, del texto recitado en aquella sala medianamente abarrotada en la que apenas se oía, lo cual se sumaba a mis sólidas carencias en el listening, a las que trataba de poner remedio oyendo cada día, en el hotel, las noticias de la BBC, pero ha de reconocerse que ese inglés no es el inglés nuestro de cada día. A la lectura le siguió el recital musical con esas canciones tradicionales irlandesas que aparecen siempre en cualquier película de Ford para que quienes las canten acaben llorando de nostalgia y un fragmento del Don Giovanni de Mozart muy bien cantado por el tenor y la soprano que nos habían deleitado con las canciones tradicionales. Sobrevolaba la ceremonia un aire de complicidad en la devoción que, sin duda, iba mucho más allá de la propia obra literaria de Joyce, actualmente un icono de la ciudad, para bien o para mal, aunque ya se sabe que los escritores representativos de un pais tienen el dudoso mérito de acabar siendo los menos leídos, ¡y a nadie le sorprendería que en España el 80% de los españoles confesará no haber leído el Quijote! ¡Pues imaginemos el Ulises o el Finnegan's Wake! Algunos de los asistentes, llevados por el hábito del Bloomsday, que se celebra el 14 de junio de cada año, se vistieron a la moda de 1904, como una suerte de folclore que daba vistosidad al acto, pero también, en parte, lo trivializaba como factor turístico, por más que nosotros, en obligada condición de tales, hemos seguido también parte de ese recorrido y hemos comido en el David Byrne -aunque ha desaparecido del menú el sandwich de gorgonzola...- y hemos visitado la Sweny's Chemist donde adquirimos la preceptiva pastilla de jabón de limón, tras seguir atentamente las explicaciones de las anécdotas del propietario, quien incluso nos cantó una canción tradicional gaélica y nos dijo que tenía mucha relación con España, Valencia y Barcelona, donde vive parte de su familia.

            Dublín es una ciudad dividida por el río Liffey y en la que uno se orienta enseguida, a partir del eje central que supone la calle O'Connell, el espacio central que ocupa en ella el Trinity College, con visita obligada a la vieja biblioteca, y dos parques muy próximos, el victoriano Stephen's Park y el Merrion Square, junto a la casa natald e Oscar Wilde. Tanto en el primero como en el segundo hay dos estatuas de Joyce y de Wilde, 



aunque menos conocida es la de Joyce que alberga el jardín interior del lujoso Merrion Hotel, donde entramos para mi mortificación futura, porque el contraste con nuestro Castle Hotel, el más antiguo de Dublín, con una decoración decimonónica, pero con unos ventanas antiguas de madera por las que se colaba el frío más desconsiderado, y un baño de Hostal de pueblo, me insinuaba ya el camino del ahorro futuro para nuestra vuelta ni se sabe cuándo a una ciudad tan acogedora.

        El turismo es un trabajo como cualquier otro, y sus practicantes han de saber que no se les pueden pegar las sábanas, aunque el reparto en turnos del desayuno es una estupenda obligación para espabilarse y disponer de horas de visita que siempre se quedan cortas. ¡Menos mal que sin salir de nuestra propia calle, en sentido oeste, hay museos como la Hugh Lane Gallery tan estupendos, en continente y contenido, que te ahorran caminatas! Lo recorríamos como siempre, tasando la belleza en cuanto tropiezas con ella, hasta que descubrimos que en su interior se conserva el estudio del pintor Francis Bacon, trasladado desde Londres, pieza por pieza, y reinstalado fielmente en este museo. Aunque hay cinco cuadros de Bacon, espectaculares como todos los suyos, es su estudio la mejor obra de arte que se puede contemplar, porque responde al precepto literario de Lope:  oscuro el borrador y el verso claro

Parece imposible que el pintor pudiera desenvolverse en el caos en el seno del cual trabajaba, pero una colección de fotografías de su vivienda en el edificio donde tenía el estudio nos habla bien a las claras del austero modo de vida del artista, unas dependencias que, actualmente, hasta rechazarían algunos sin techo si se las facilitaran los servicios sociales del Ayuntamiento. 

        En el avión leí una sucinta guía de Dublín de la que subrayé todo aquello que debíamos ver, aunque nuestra especialidad turística es patearnos la ciudad para que nos salgan al azar los sitios que nos llaman la atención. Es cierto que guiar guía bien una guía que te ahorra tiempo, pero la satisfacción de ir descubriendo en el acto de visitar tiene también sus encantos. Christ Church, que hallamos cerrada a los visitantes, nos permitió saber, sin embargo que Handel estrenó El Mesías en ese recinto y, en la calle, por un numeroso coro, para celebrar la antigüedad de la primera calle dublinesa Fishamble Street, construida por los vikingos para unir el río con el mercado. Pero nuestro objetivo no era esa catedral, sino la de San Patricio, donde trabajó más de 30 años el otro escritor dublinés cuya fama debería de preceder a la del mismísimo Joyce, Jonathan Swift. 

Allí se encuentra su máscara mortuoria, parecidísima al rostro de Pepe Isbert, por cierto, y el púlpito de madera con ruedas que él hacía que se desplazara por el templo para despertar a quienes se dejan arrullar por sus predicaciones... Allí se puede leer el epitafio que bien debería incitar a sus lectores a extender tal acto a sus obras inmortales: «Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, deán de la catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad.» De hecho, es sorprendente la afinidad que podemos encontrar entre la obra de Swift y la de Joyce, e imagino que la ironía y la facilidad para los juegos verbales forman parte de ella.

        Es muy agradable pasear por Dublín, y eso que nosotros hemos ido en un mes, febrero, propenso a los cielos plomizos, el viento helado y las lluvias impertinentes, pero, con todo, se trata de una ciudad muy animada, universitaria y centro privilegiado para el estudio del inglés como segunda o tercera lengua. La práctica del lunch, entre 12'30 y 14'00 anima la ciudad y llena sus muchos restaurtantes, algunos tan históricos, ¡e historiados!,  como el Bank, situado en el que fuera sede del Banco de Irlanda, y en todos los que estuvimos comimos con enorme placer a un precio relativamente asequible.

Como recorrimos de este a oeste más de diez quilometros de la ciudad, nuestras suelas son testigos de ese placer urbano, ¡y eso que pasamos muy cerca del Phoenix Park!sin siquiera descubrirlo, porque llegamos hasta la cárcel de Kilmainham, donde un amabilísimo portero nos indicó, tras tan larga caminata nuestra, que se habçia de hacer reserva on-line, y que probáramos para el día siguiente. Lo hice, pero estaba ya todo lleno. Le indiqué que al dçia siguiente viajábamos a Cork y que nos sería imposible. Sucedió, eso sí, lo inesperado. Mientras leíamos un cartel turístico sobre la cárcel para interés de caminantes, el mismo amable portero vino corriendo hasta nostros y nos dijo que se habían producido dos cancelaciones y que, en consecuencia, podíamos entrar, que la visita comenzaría en breves momentos. ¡Benditas cancelaciones! La visita a la cárcel es un curso acelerado de historia patriótica sobre la independencia de Irlanda, en efecto ¡nada que ver en modo alguno con la patochada catalana del prusés, un sainete miserable orquestado a beneficio de las élites políticas nacionalistas para seguir esquilmando los presupuestos dentro del Estado español!—, pero también sobre la historia sin más de Irlanda y sobreel carácter de una institución represiva que, sin embargo, una vez fuera de uso, ha servido de escenario cinematográfico para peliculas como The italian job, En el nombre del padre o Michael Collins. Conviene ir  bien abrigado para la visita, si se visita en invierno, porque el viento helado que te acompaña es glacial, en modo alguno infernal. La representación de las celdas donde se hacinaban unos presos que estaban sometidos a un regimen de circulación del aire que impedía la propagación de enfermedades infecciosas era ciertamente escalofriante. En esa visita se nos habló pormenorizadamente de la época de la hambruna provocada por el mildiú de la patata, a partir de 1845, cuando el país perdió un millón de vidas y otro millón de emigrados,y cuando la gente delinquía para ser detenida y poder alimentarse. Supongo que será la norma, pero tuvimos un guía cuya dicción inglesa era de una claridad absoluta, como si siguiera el modelo del inglés de la BBC, lo que nos permitió seguirlo con provecho y placer, porque se veía que el hombre disfrutaba hablando.
Quizás esa visita, de las muchas que hicimos en Dublín y alrededores, sea de la que más grato recuerdo tengo, aunque le haga competencia la excursión que hicimos a los acantilados de Moher, en el este de la isla, junto a la ciudad costera y universitaria de Galway. Solo por darme pereza acostumbrarme a conducir por la izquierda, y por los peligros que un despiste suponían, renuncié a alquilar un coche para ir a ver el escenario de El hombre tranquilo, de Ford, Cong, bautizado Innisfree por el cineasta, según un poema de Yeats. Queda pendiente para otra visita. En ese vbiaje tuvimos la suerte de tener un conductor y guía fuera delo común. Un derroche de simpatía y amenidad que nos hizo disfrutar del viaje, e incluso nos cantó canciones tradicionales irlandesas, invitándonos a sumarnos al coro de la de Molly Malone. En los acantilados, donde el guía nos advirtió de que el tiempo cambiaba cada cinco minutos, tuvimos, en efecto, la experiencia de pasar del sol a la lluvia yal granizo casi sin solución de continuidad. El viento casi huracanado impedía el paso y, al girarme la cámara hacia la espalda sin yo advertirlo, creí que me la había arrancado. Ni que decir tiene que cualquier fotografía en aquellas condiciones era un desafío a la congelación de las manos, pero no me arredré por elo y pasee por la cimas de los acantilados para conseguir las mismas fotografías que todos los turistas sacan ese esos acantilados majestuosos. Al fondo, entre nieblas, se adivinaba el perfil de las Islas de Aran, caras a cualquier cinéfilo que haya visto el impresionante documental Man of Aran, de Robert J. Flaherty, uno de los grandes documentales de la Historia del Cine. Aunque Galway le promete mucho al visitante, nuestra visita fue tan breve que apenas tuvimos tiempo más que para recorrer el centro comercial de ciudad.


    
    

Nuestra segunda gran excursión, en ferrocarrilesta vez, fue al sur de la isla, a Cork. Tanto hacia el este como hacia el sur, no hay grandes diferencias en el paisaje, si bien hacia el sur se alzan algunos reluieves montañosos completamente ausentes en el viaje al este. La partición mininifundista del terreno se debe al empeño de los terratenientes ingleses de evitar cualquier competencia por parte de los  nativos, a los que explotaron hasta la saciedady más allá. En Cork reservé desde Barcelona una visita guiada de carácter  histórico.  Nuestra sorpresa mayúscula consistió en que éramos los únicos turistas interesados en ese tour. La guía, una mujer amable y empapada hasta la médula de la historia de la ciudad, nos convirtió en objeto prioritario de su saber, e intento transfundírnoslo a una velocidad propia de una edición abreviada de la enciclopedia británica, y todo ello, además, deteniéndonos en rincones castigados por un viento helado que si a ella no la privaban del uso de la lengua, a nosotros nos cortaba la respiración... De vez en cuando intercambiábamos alguna que otra pregunta y respuesta, pero como llevaba consigo un aspirante a sucederla enfocó la visita para que el aspirante no periera ni una coma de su copiosa información. Una lástima, porque lo que podría haber sido una relajada visita se nos convirtió en un auténtico turf al más puro espíritu del Gran National. Y lo cierto es que apenas dejamos espacio de interés en la ciudad sin su cumplida referencia histórica. Un clásico ejemplo de inadecuación. Nuestro unánime asentimiento constante deberia de haberle indicado que confundía los términos de la visita, pero ahí aguantamos, como tres valientes, la catarata de datos para los que, ciertamente, no estábamos preparados. 

    Si visitamos la biblioteca antigua de la Trinity, no dejamos de hacer lo propio con la biblioteca pública más antigua de Irlanda, la Marsh's Library, contigua a la catedral de San Patricio y dirigida, en tiempos, por el propio Swift, aunque en ella se sentaron para trabajar dos autores muy disímiles: Joyce y Bram Stoker, quien buceó en los fondos de la misma para la confección de su Drácula y de otros libros relacionados con las artes nigrománticas. Todo ello nos fue relatado por una amabilísima trabajadora de la institución, a quien debimos de caerle en gracia, por nuestro vivísimo interés por todo lo relacionado con los libros y su almacenamiento, una afición que hubiera comprendido así que hubiera traspasado el umbral de nuestra modesta vivienda y hubiera tropezado con un muro de libros en forma de corchete que ocupa todo el vestibulo de entrada, en buena parte de cuyos estantes, además, se apilan los libros para doblar la capacidad de dichas baldas. 

  Sí, por supuesto, la célebre valle Grafton, núcleo comercial, junto a la calle Henry, fueron visitadas convenientemente, y con todos los tiempos atmosféricos imaginables. Callejeando desde la residencia de nuestra hija hasta el centro, descubrimos un edificio que no figuraba en la guía que adquirí en Barcelona y que, de haberlo hecho, me hubiera llevado a rendirle visita el primer día denuestro medineo: el mercado de flores y verduras, un edificio de ladrillo rojo con esculturales entradas y unos dibujos con ladrillos de diferentes colores muy en la linea de lo más parecido al estilo mudéjar de Teruel, mutatis mutandis. De mi predilección por los mercados ya he dejado noticia en diferentes pasajes de esta Provincia, pero reconozco una inclinación muy íntima a esos lugares del trato social nuclear. Y ello a pesar de que trabajé tres días como repartidor de fruta por los mercados de Madrid, llevando a la espalda siete y ocho cajas sostenidas por una correa que aseguraba en la frente, para ganar una miseria, todo sea dicho de paso, aunque la lección social aprendida allí la considera una de las más importantes de mi vida.

        Hemos caminado tanto que, como no podía ser de otro modo, nos ha pasado facturta ambos. A mi Conjunta, un tobillo descarnado; a mí, un esbozo de contractura en el sóleo.  Por eso era una delicia recogernos a una hora insólita para nuestra vida corriente, hacia las siete u ocho de la tarde, y disfrutar de la habitación, del inglés de la BBc, aunque también de los canales irlandeses, y de la lectura. Reconozco que me quedé abstraído durantesu buena media hora en un programa del canal en gaélico al que le puse los subtítulos para, como hago con cualquier lengua nueva que oigo, tratar de descubrir ciertos aspectos reconocibles o emparentados con el resto de lenguajes europeos. Por un prurito nacionalista, en los trenes y autobuses, la preeminencia de la información es del gaélico, pero en la vida cotidiana no creo recordar haberlo oído en ningún sitio. Romanticismos y regiones. Es cierto que hay núcleos, como las islas de Aran, donde domina el gaélico, ciertamente, pero, por lo que leí al repecto, el uso no va más allá del 25% de la población, algo más que el vasco, por ejemplo, y menos que el catalán. 

        La última excursión, a fuer de modesta, porque llegamos al destino con el tren de cercanías en menos de media hora, fue a Sandycove, en la costa. ¿Qué se nos perdió allí? Visitar otro museo de Joyce, también cerrado al público y que, como el de Dublín, abrió excepcionalmente el día del centenerario de la novela: Martello Tower.

En ella vivió Joyce una semana y ella es el escenario del inicio de la aventura de Stephen Dedalus en el Ulises. El pueblecito de costa nos recibió en una mañana soleada, una luz extraña durante nuestra estancia en Dublín. Junto a la torre, una playita recoleta contemplaba el baño ¡en febrero!, de varios bañistas aguerridos cuya contemplación en las imaginamos que frías aguas del mar nos metieron el más afilado de los fríos en el cuerpo. De alguna manera, Sandycove nos recordaba a Sitges, aunque su frente marítimo no era tan extenso, pero se trataba, también, de una zona residencial.
No había nuchos visitantes que buscaran, como nosotros, la torre, pero tuvimos ocasion de cruzarnos con no pocas personas que hablaban en español, algo que, en Dublín, era tan frecuente que nos planteamos si ese destino es el mejor para «
soltarse» en el uso del inglés, porque incluso en tiendas y en restaurantes se nos agtendió rápidamente en nuestra lengua, contra nuestra voluntad de querer practicarlo.

            Si los turistas somos pesados con el álbum fotográfico, hacerse pesado por escrito es imperdonable. Renuncio, pues, a seguir troceando nuestra visita, si bien me guardo el derecho a añadir o restar en función de las reacciones que me lleguen. Hicimos tantas foografías, que aún mi Conjunta no ha tenido tiempo de vaciarlas en la memoria externa del ordenador. Ello significa que no podré ilustrar esta crónica sino con algunas que tomé con la cámara del móvil.

            Hemos regresado con tan buen sabor de boca, que imagino en el futuro no muy lejano otra visita, porque hemos vuelto con la sensación de haber añadido un hito más a nuestra geografía emocional, quizás cuando acabe el enmarañado, divertidísimo y obra maestra de la imaginación y el ingenio,  Finnegan'sWake, si él no acaba antes conmigo...

P.S.Quizás debido al viaje a Berlín que tenemos pendiente desde hace tantos años, a mi Conjunta no se le cayó «Berlín» de la boca durante nuestros días allí... Y así va Azar escribiendo el plan de nuestros destinos turísticos.



lunes, 14 de febrero de 2022

Leo Strauss o el arte de leer: un breve apunte sobre el rigor hermenéutico.

Los arduos caminos de la comprensión de los otros salvaguardando el respeto a la verdad: los fundamentos del trabajo intelectual serio, riguroso, objetivo.

Comprender las palabras de otro hombre, vivo o muerto, puede significar dos cosas diferentes, que por el momento llamaremos «interpretación» y «explicación». Entendemos por «interpretación» el intento de verificar qué dijo el hablante y cómo comprendía en realidad lo que dijo, sin tener en cuenta si expresó esa comprensión de manera explícita o no. Entendemos por «explicación» el intento de verificar las implicaciones de sus enunciados de las cuales no tenía conciencia. Por consiguiente, advertir que una declaración determinada es una ironía o una mentira corresponde a su interpretación, mientras que advertir que una declaración dada se basa en un error o es la expresión inconsciente de un deseo, un interés, un prejuicio o una situación histórica corresponde a su explicación. Es obvio que la interpretación debe preceder a la explicación. Si esta no se basa en una interpretación adecuada, no será la explicación del enunciado que se debe explicar, sino una ficción de la imaginación del historiador. Es también obvio que, dentro de la interpretación, la comprensión del significado explícito de un enunciado debe preceder a la comprensión de lo que el autor sabía pero no dijo explícitamente: no podemos advertir o, en todo caso, no podemos probar que un enunciado es una mentira antes de haber entendido el enunciado en sí mismo.
         La comprensión cierta, demostrable, de las palabras o los pensamientos de otro hombre se basa, forzosamente, en una interpretación exacta de sus declaraciones explícitas. Sin embargo, «exactitud» significa cosas diferentes en diferentes casos. Algunas veces, la interpretación exacta requiere sopesar con cuidado cada palabra usada por el hablante, mas esa cuidadosa consideración sería un procedimiento muy inexacto en el caso de una observación casual de un pensador o un hablante poco riguroso. Por lo tanto, a fin de saber qué grado o tipo de exactitud se requiere para la comprensión de un escrito dado debemos, ante todo, conocer los hábitos de escritura del autor. No obstante, puesto que esos hábitos solo llegan a conocerse de verdad a través de la comprensión de la obra del autor, parecería que al principio no podemos hacer otra cosa que guiarnos por nuestras ideas preconcebidas sobre su carácter. El procedimiento sería más sencillo si hubiera un modo de verificar la manera de escribir de un autor antes de interpretar sus obras. Es opinión generalizada que las personas escriben como leen. Por norma, los escritores cuidadosos son lectores cuidadosos, y viceversa. Un escritor cuidadoso desea que se lo lea con cuidado. Solo puede saber qué significa ser leído con cuidado por haber hecho él mismo lecturas cuidadosas. La lectura precede a la escritura. Leemos antes de escribir. Aprendemos a escribir mediante la lectura. Un hombre aprende a escribir bien al leer bien buenos libros y al leer con sumo cuidado libros escritos con sumo cuidado. Por consiguiente, podemos adquirir cierto conocimiento previo de los hábitos de escritura de un autor si estudiamos sus hábitos de lectura. La tarea se simplifica si el autor en cuestión se refiere en forma explícita a la manera correcta de leer libros en general o de leer un libro en particular que ha estudiado con mucha atención. Spinoza dedicó un capítulo de su tratado a la cuestión de cómo leer la Biblia, que él había leído y releído con sumo cuidado. Para decidir cómo leer a Spinoza, deberíamos echar una mirada a sus reglas para leer la Biblia.
         «La historia de la Biblia», tal cono Spinoza la concibe, consiste en tres partes: a) conocimiento exhaustivo del lenguaje de la Biblia; b) compilación y ordenamiento lúcido de los enunciados de cada libro bíblico respecto de cada tema significativo, y c) conocimiento de la vida de todos los autores bíblicos, de sus caracteres, su estructura mental e intereses; conocimiento de la ocasión y el tiempo de la composición de cada libro, de sus destinatarios, de su suerte, etc.

La formulación que hace Spinoza de su principio hermenéutico («todo el conocimiento de la Biblia debe deducirse exclusivamente de la propia Biblia») no expresa con exactitud lo que de hecho exige.

Así, la interpretación de la Biblia no consiste en entender a los autores bíblicos exactamente como ellos se entendían a sí mismos, sino en entenderlos mejor de lo que ellos mismos se entendían. Podemos decir que la formulación espinoziana de su principio hermenéutico no es más que una expresión exagerada y por lo tanto inexacta del punto de vista siguiente: el único significado de cualquier pasaje bíblico es su significado literal, salvo que razones derivadas del uso indudable del lenguaje bíblico exijan la comprensión metafórica del pasaje.

Según nuestro principio, las primeras preguntas que deben dirigirse a un libro serían de esta índole: ¿Cuál es su tema, es decir, cómo lo designó o entendió el autor? ¿Cuál es su intención al ocuparse de ese tema? ¿Qué preguntas plantea a su respecto, o de qué aspecto del tema se ocupa exclusiva o primordialmente?


jueves, 30 de diciembre de 2021

Crónicas de Robinson desde Laputa (VII)

 

No hay legislatura que cien años dure, ni Todovalismo que no supure el pus de su inminente pudrimiento...


    Lo peor que podía pasar ha pasado: en Torilandia se han acostumbrado a la pandemia, y la resignación a acabar contagiados, todos, discurre en progresión directa a las transformaciones del virus para escapar de los remedios de laboratorio que buscan plantarle un Vade retro, Virunás en todo semejante a la vieja higa con que se anatematizaba la presencia del diablo, que siempre se las arreglaba para hacer acto de presencia y seducir, como íncubo o como súcubo, a las débiles voluntades de escasa fe en los recursos ilimitados del Señor. Que el mal siempre triunfa no es una opinión extrapolada de la ambigua experiencia de lo real, sino una constatación científica, pero de la ciencia seria, no la de los nigromantes y charlatanes que pretenden hacer pasar por sabiduría cuatro ensalmos de grimorio.

    Para colmo de males están experimentando una revolución social que consiste en  sustituir los hechos por las declaraciones y estas han ido adquiriendo un perfil tan agresivo que fácilmente las palabras se confunden con dagas, dardos y puñales, prestos, todos ellos, a recibir en sus perfiles acerados el destello deletéreo de la luz lunar cuyo palor se desliza por ellos para embutir su helor paradójico en la herida que abren en la carne viva, algo menos viva, todo sea dicho, después de la agresión. Todo Torilandia parece haberse convertido en un ágora de dagas voladoras untadas con el curare que nada cura y todo lo mata. Los ecos de las voces han acabado teniendo más densidad que estas, y todo, políticamente, se fía al rebote en los muros que cierran esa ágora, de modo que se repitan machaconamente los más simples enunciados. Es una pelea desigual, y estéril. Aquí en Laputa se hacen cruces todos de que realmente los pobres torileños hayan de escoger entre tan menguados representantes como no les va a quedar más remedio que hacer cuando llegue el momento oportuno. Como aquí el tiempo pasa de manera muy diferente de como transcurre en la Tierra, a nosotros nos parece que están casi a punto de volver a las urnas; pero allá abajo desde el (des)gobierno que los rige ignoran cuándo se acabarán los tiempos felices de su duración, incertidumbre que a la oposición le ha caído como una piedra de molino sobre sus esperanzas de que pasen lo  más velozmente posible, ¡como si estuviera en sus deseos lograrlo!

    Ni siquiera el movimiento de líderes que han renunciado a su capacidad de influir en la vida del país desde posiciones de poder, como ha sido el caso de un vicepresidente que "ha salido de naja", esa estupenda expresión popular de los torileños para describir a los cobardes que rehúyen sus responsabilidades, ha logrado "animar el cotarro", ¡otra que tal baila!; como si el virus maléfico hubiera abortado toda capacidad de respuesta a la incongruencia (des)gubernamental; como si el miedo se hubiera apoderado de todo el mundo y nadie se atreviera a plantar cara, más allá de los insultos de rigor, a la incoherencia de la disparatada coalición de desgobiernos.

     Mi experiencia  me dice que el miedo es el mejor aliado de quien gobierna, por eso la tranquilidad social permite al usuario habitual de los bienes del Estado a título privado pavonearse de la solidez de su posición política, si bien sabe, como lo saben todos los torileños, que está en manos de aliados capaces de humillarlo desde un supremacismo de carácter étnico que no se consentiría, no ya solo en mi Inglaterra natal, sino tampoco en ninguno de los grandes países de la Europa milenaria, ¡y menos aún en la Balnibarbi con la que Laputa está íntimamente imantada! Literalmente incomprensible para todos los laputienses es un juego político como el de Torilandia,  en el que unos luchan por hacer desaparecer el Estado en el que medran y otros se inhiben a la hora de defenderlo, fiándolo todo a que ellos llevan las riendas del Leviatán.

    Reducir la política, que ha de servir a la sociedad para el progreso material y espiritual de esta, a los mediocres personalismos que se exhiben en Torilandia no puede por menos que decepcionar a cualquier observador, cualificado o no, de esa realidad picaresca en la que se persigue, sobre todas las cosas, salir beneficiado a toda costa, siguiendo al pie de la letra el verso de uno de sus eximios poetas, Luis de Góngora y Argote: Ande yo caliente y ríase la gente..., autor de un poema que, antagónico del místico de San Juan de la Cruz, al que, pasado el tiempo se dio en llamar Cántico espiritual, siempre me ha recordado el momento de mi naufragio: Soledades, una recreación de la Naturaleza desde la sensualidad más exquisita; y siempre me pregunté si alguna vez, además de en la Corte, de donde poco provecho sacó, vivió don Luis como  náufrago absoluto, pero jamás desesperado.

    Discúlpeseme, desde mi ignorancia, ese recuerdo de las Letras españolas que con tanta delectación humana y divina he acabado leyendo, porque cuando regresé al seno de la Iglesia, tras la lectura de la Biblia, El cantar de los cantares fue lectura consoladora donde las hubiera, y la paráfrasis del frailecico abulense un auténtico éxtasis.

    Esa pandemia que asuela a los torileños va durando ya bastante más de lo que las pestes nos azotaron a nosotros, pero lo chocante y significativo del asunto es que ni quienes gobiernan ni quienes son tan mal gobernados parecen haber aprendido nada de lo sucedido, y todo se va en un tejer y destejer, como el de la reina que esperaba a otro náufrago tan ilustre como yo, aunque mayor en prez; un reiniciarlo todo cada pocos meses en un vaivén pendular que desconcierta las ánimas, apoca los espíritus y demuele las esperanzas... No son los tiempos, sin embargo, los que están en crisis, sino los hombres y sus menguadas luces para la acción de gobierno, y ese es mal de difícil remedio, porque las  nuevas generaciones tienden a hacer buenas a las anteriores, como nadie ignora, de lo que se sigue la otra epidemia nostálgica, la de los consensos de la Constitución del 78, que ahora se añoran con dulce delectación dolorida...

    Sursum corda!, abatidos torileños: no hay legislatura que cien años dure ni Todovalismo -al decir de uno de sus menguados ingenios- que  el potente reflector de la luz del sentido común, auspiciado por la Razón, no descomponga. Ardo ya en deseos de que el horizonte de tan bello país se libre de las nubes de esa estantigua amedrentadora de la corrección política, que tantas horas de franca diversión, por sus salidas estrafalarias, nos ha deparado aquí en la serenísima Laputa a todos los observadores de ese espacio singular en los arrabales de Europa, pero sobre esos disparates, que merecen observación aparte, volveré otro día.

    

martes, 7 de diciembre de 2021

«I me mine» or the hard and loving relationship with the English language…

 


An old, but unhelpful, life pal that always has cheated me with the promise of the impossible fluency... (Esbozo autobiográfico)

 

         Tan pronto como a mis 10 años, los militares del colegio donde me inicié en el antiguo Bachillerato decidieron que las nuevas generaciones habían de abandonar el francés y educarse en el inglés, al que le veían bastante más futuro que al francés que habían estudiado mis hermanos mayores, lo que ameritaba una intuición de primera, dado el declive de la francofonía que hemos podido constatar después.

Mi primer profesor fue el señor Abril, quien se empeñó, jocosamente para nosotros, en que lo llamáramos Mr.April, and so we did. Lo recuerdo como un jovencísimo Luis Varela con gafas metálicas e indiscutible, para todos los de la piara discente, «aire británico», con un vestuario impecable, porque todos aprendimos ese año que nuestro Taylor is rich, cuando aún ni sabía yo que los trajes los hicieran los sastres…. Medía sus pasos, sus palabras y era insólitamente cortés, atento y un punto afectado. De él solo conservo una anécdota escatológica. Siéndome imposible tragar un denso gargajo, no se me ocurrió otra cosa que escupirlo en el pasillo y taparlo piadosamente con un trozo de papel. Mr.April caminaba por los pasillos enseñándonos vocabulario. Al llegar al papel se empeñó en que supiéramos que para «recoger un papel del suelo» habíamos de emplear el verbo To pick up. For instance, this one… y señaló el trozo de papel caído a mis pies. Dobló su erguida columna hasta coger el papel con los dedos mientras repetía, haciendo con la mano izquierda el gesto de que repitiéramos con él:  I pick this paper up «¡Pero quien ha sido el marrano que…!», cambió súbitamente de lengua para asegurarse de que se le entendía a la perfección…,y no tardó, claro está, en asociar mi cercanía con la tropelía, por lo que, ¡una vez más!, recorrí the long and winding road until the Principal’s room

Los discos en inglés fueron, pronto, mi contacto más frecuente con el idioma de Samuel Johnson, a quien aún tardaría más de cincuenta años en conocer… Elvis Presley, Chubby Checker, The Beatles, Bill Haley and his Comets, The Rolling Stones… comenzaron a sonar en nuestra casa en esos mismos años, si no antes, porque la hermana de mi primo Carlos trabajaba en Nueva York y nos proveía,  aunque la impronta de Mr. April guarda para mí el aura del primer contacto con el inglés. Cuando llegó la televisión bien pudiéramos haber tenido alguna oportunidad pedagógica de aproximarnos al inglés de forma sistemática, pero durante los duros años del franquismo fue imposible tal uso social de la televisión. Para enseñarnos las «Leyes fundamentales del Movimiento»  sí que nos endilgaron Crónicas de un pueblo; pero para aprender inglés las familias habían de gastar el dinero que no tenían, y la mía, numerosa, menos aún.

Amante de la música, y con relativa habilidad para el canto, no tardamos mi hermano pequeño y yo en formar un dúo a imitación del famoso de  Simon and Garfunkel, allá por los 16 o 17 años, aunque incluíamos muchas canciones de otros artistas en nuestro repertorio. La necesidad de imitar bien el original y desbrozar las letras para entenderlas me fue de mucha ayuda. Como el Colegio Mayor Siao-Sin, donde residía a título de deportista de semiélite, no de universitario, acogía a estudiantes usamericanos, no tardé en intentar mantener rudimentarias conversaciones llenas de expresiones «aindiadas», con infinitivos y mucha gesticulación manual,  con esos amables y afectuosos colegiales, lo que contribuyó a darme cierta soltura para salir del paso.

Como en la carrera escogí catalán e italiano, mi siguiente contacto, al acabarla, fue ganar en buena lid con otros aspirantes, una plaza de lector de español en Boston, para lo cual me preparé con un curso de tres meses en el IEN, ya desaparecido, de Barcelona, en la calle Vía Augusta, donde incluso llegué a actuar con mi hermano. Compañera mía de curso era la ya desaparecida Montserrat Roig, cuyo inglés era bastante más flojo que el mío, que ya era decir.

Como el mundo es de los osados, allá que me fui yo a hacer las Américas, concretamente la usamericana, con estupendos deseos y parvas realidades. Mi inmersión en el idioma: radio, prensa, televisión, cine, novelas, ensayos, etc., y conversaciones en cualquier sitio con cualquiera, me fueron ayudando a orientarme, de forma no académica en el enrevesado idioma de marras. Recuerdo epifánico de aquella instancia fue la visión de un clásico, To have and have not, de Howard Hawks, del que salí emocionado por haberla comprendido casi totalmente ¡sin haber necesitado en ningún momento traducir cada frase al español! Puede decirse que me dejé llevar y la recompensa fue extraordinaria. Justo lo contrario ocurrió, sin embargo, cuando, en mala hora, se nos ocurrió, a mi Conjunta y a mí, ir a ver Tess, de Polanski, ambientada en los condados rurales de Dorset,  Inglaterra. ¡Salimos del cine sin haber entendido ni jota!, y nos afiliamos inmediatamente a la malignidad de Bernard Shaw de que Inglaterra y Estados Unidos son «dos países separados por un mismo idioma». Y aún hoy, en mi curso actual en la EOI sigo teniendo more difficulties for  Brittish English. Far more than for the American  English.

De mi aventura americana me traje una inmensa facilidad para la lectura en inglés y muy relativa para el listening comprehension, y fui perdiendo, con el paso del tiempo, la escasa fluidez que conseguí en aquel año de las American Lights… Me dio de sí incluso para atreverme con algunas traducciones sencillitas, pero, como pasa con cualquier idioma, la falta de uso lo oxida considerablemente. Algo de acicate tuve cuando, para completar méritos, hice un cursillo de unos meses para aprobar el tercer curso de la EOI, que ameritaba un títulejo estupendo para sumar puntos para el concurso de méritos para acceder a la condición de catedrático. Y volvió a habitarme el olvido, aunque he seguido practicándolo continuamente: mucha lectura; películas en versión original, con subtítulos en inglés, y ocasionales conversaciones turísticas. Ahora, por purita envidia de mi Conjunta, que filigranea su inglés en C1, he decido ponerme, por primera vez en mi vida, a aprender algo de los rudimentos gramaticales de la lengua, razón por la que me he incorporado a las clases del cuarto curso de la EOI, sin pretender apelar a los deslavazados conocimientos que tengo para ver si salto algún curso, sino partiendo del posterior a la acreditación que obtuve en su día.

Y aquí estoy, perfectamente dispuesto a seguir disfrutando del aprendizaje de una lengua que, como para la mayoría de compatriotas, es siempre una asignatura eternamente pendiente. Luis Merlo ha inmortalizado con magnífico humor el sempiterno «inglés nivel medio» que, según él, hemos creado los españoles, para envidia del mundo entero. No es cuestión de parafrasearlo, sino de ir a verlo aquí para pasar un *estupendous momen

Propiamente, nadie puede decir que «sabe» inglés, porque esa sabiduría incluye tantos requisitos que muy pocos lo cumplirían todos, no solo en España, sino incluso abroad. Como todas las lenguas, es intrínsecamente bella y tiene, como especial virtud, una capacidad para el neologismo que en el español, por ejemplo, nos cuesta lo suyo aceptar. Pensemos en un texto del muy denostado Unamuno, Almas de jóvenes, en uno de cuyos párrafos incluye nada menos que dos neologismos y un localismo salmantino: *oribería, *videzuelas y cogüelmo…

Todas las lenguas están llenas de triquiñuelas, de false friends, de apócopes, de simplificaciones, de términos familiares, comfy, sin ir más lejos,  de usos complejos que nos sorprenden tanto como nos irritan, pero que, a la postre, cuando se las ama tanto, influido acaso porque se ha estudiado a fondo la propia, su aprendizaje constituye una de las grandes pasiones de la vida. Welcome to Paradise!, al de Milton, a los infiernos empedrados de Johnson y al Manhattan Transfer de Dos Passos, entre miles más.

jueves, 21 de octubre de 2021

Una carta-documento sobre el estado actual del sistema educativo.

La educación por de dentro y frente al agitprop de los poderes públicos propiciadores de la devastadora corrección política.


Haber trabajado treinta y cinco años en la enseñanza no te enseña a conocerla bien, pero hay cosas que no te pasan desapercibidas. Puede ser que tantos años de servicio no te permitan tener una opinión fundada sobre un sistema educativo, pero hay cosas que  es imposible no percibirlas. Cuando en Cataluña se impulsó una reforma educativa del sistema, auspiciada por el gurú de la pedagogía  César Coll, quien, al parecer, ha impulsado también la última reforma educativa del gobierno de Pdr Snchz —según su propia estrategia comunicativa, porque darle un buen bocado distorsionador al código expresivo es una marca distintiva de quien (des)gobierna—, fue opinión unánime de los profesionales que se estaba «egebeizando» la Secundaria, algo que, años después se hizo patente cuando, la «nueva secundaria» incorporó dos cursos de la antigua EGB y los maestros con una licenciatura en la especialidad se incorporaron a los institutos, teniendo aquellos dos cursos en «propiedad», algo que, pasados unos años, perdió su vigencia y ambos cursos pasaron a ser los dos primeros de los cuatro de la nueva ESO que desde aquella Reforma se imparte. En aquel momento auroral de la Reforma, la distinción entre asignaturas obligatorias y optativas permitió que el alumnado eligiera casi el 40% de su currículo, lo cual en modo alguno subió la calidad del sistema, sino que inició el camino para rebajarla no pocos escalones, porque, como pronto se advirtió, las «optativas», aunque diseñadas con la mejor intención de «abrir» los horizontes intelectuales de los discentes, devinieron auténticas y tradicionales «marías» que restaron muchas provechosas horas de aprendizaje en materias troncales. La LOE de 2006, de infausta memoria, trajo la consagración de la ESO y ahí seguimos, aunque con las correcciones y contracorrecciones de los partidos o coaliciones que llegan al poder, porque si algo caracteriza nuestro sistema educativo es la imposibilidad de todas las fuerzas políticas para ponerse de acuerdo en garantizar un sistema que no esté dominado por la perspectiva ideológica de quienes gobiernan, quienes tienden a ver la enseñanza más cómo un instrumento para sus fines clientelares que como una necesidad de los discentes para forjarse un futuro.

Viene esta breve introducción a cuento de una carta que acabo de recibir de mi buen amigo J, a quien le habían concedido una plaza de interino para todo el curso en el instituto donde él estudió en su momento, lo cual añadía cierta ilusión matizada a la concesión. Ha tardado un suspiro en percatarse de que, con su sudado doctorado de Historia a cuestas —no como el regalado y sableado a y por quien nos (des)gobierna a lomos de los conjurados en la célebre moción de censura destructiva—, su sensibilidad artística —excelente novelista— y su sentido del decoro y de la dignidad no podía seguir colaborando en esa obra de destrucción masiva de las esperanzas de los alumnos en que se ha convertido nuestro sistema educativo al servicio de las instancias de poder que se suceden en el gobierno de esta pobre España larriana, donde educar es, ¡en el siglo XXI!, llorar desconsoladamente de impotencia ante una desfiguración del hecho educativo de tal magnitud que en todos nuestros centros educativos debería inscribirse sobre el dintel de las puertas de acceso: Vosotros que entráis, abandonad toda esperanza. Sorprende el triunfalismo de las autoridades respecto de lo que se les está ofreciendo a quienes sus ingresos no les permiten buscar alternativas, y aunque en el profesorado funcionario hasta hace poco había unos controles de acceso que garantizaban la inequívoca calidad de quienes accedían al sistema, se ha comenzado a extender, al menos en Cataluña, la potestad de las direcciones de los centros para «escoger» perfiles que se escapan del sistema de acceso mediante concurso-oposición, lo cual puede acabar llevándonos a la vieja arbitrariedad del amiguismo que se dio en las postrimerías del franquismo cuando tantos profesores se necesitaban y no había oposiciones para cubrir las vacantes. En fin, aquí lo importante es la carta de mi amigo J, no estas consideraciones casi técnicas que la preceden. Conviene, así pues, concederle la palabra para que nos llegue el retrato objetivo de lo que el sistema educativo puede ofrecernos en estos tiempos en que (des)gobierna la corrección política con toda su fuerza destructiva…

 

 

Querido Juan, tengo dos noticias, ya sabes, una buena y otra mala. Empezaré por la última: he renunciado a la plaza de interino en el instituto. Y la buena es que menos mal que renuncié. Puede parecer un galimatías, pero en mi cabeza tiene sentido. El caso es que hacía 11 años que no daba clase en Secundaria, y lo que me encontré fue un patio de recreo a lo bestia: chavales desbocados, horarios imposibles, mucha más carga lectiva; muchísimas más reuniones con todo el mundo, con los padres, con el Departamento de Orientación, con Jefatura de Estudios, con el Departamento de Historia, con los alumnos, con los bedeles…; guardias increíbles como vigilante de pasillo; clases de 1.º y 2º de ESO (sí, ya sé que también son parte de Secundaria, pero es que, cuando estuve la última vez, en los institutos había maestros que se encargaban de estos cursos, y ahora no); 9 grupos de clase, ¿te lo puedes creer? Y entre ellos solo uno de 2.º de Bachillerato. Por si fuera poco, en una clase tenía dos chavales con hiperactividad, y en otra uno con trastorno grave de la personalidad. Y todo eso sin apoyo. Y, además, reuniones de evaluación interminables por las tardes, donde cada uno se presentaba con su cadaunada. Y, lo peor de todo, profesores tan añudos como yo pero si cabe más infantiles que sus alumnos, o completamente desmotivados, desnortados. Comparé los libros de texto que me dieron con los que conservaba de entonces y, ¡sorpresa!, a mismo curso y misma asignatura, muchas más fotos, textos descafeinados y actividades de risa…

Puede que pienses que soy un blando, o que no vivo en la realidad, pero no se parece en nada a lo que viví hace 11 años, te lo aseguro. Así que pensé que yo no soy capaz de fingir tanto y tan seguido, y que no podía aportar nada digno a este mundo educativo en el que solo prima, como en la propia sociedad de la que es reflejo, la inmediatez, lo último, lo nuevo, por más que sea tan efímero que al segundo siguiente nadie se acuerde de lo que ha visto, oído o sentido (quizá porque en realidad no sienten ya nada), y que sigan buscando, como si les fuera la vida en ello, lo siguiente, tan vacío e intrascendente como lo anterior.

Renuncié, sí, y pienso que es la mejor decisión que he tomado nunca. Renuncié al sueldo mejor, a la estabilidad durante todo del curso, a la comodidad de estar al lado de casa… Pero también a dejar de ser yo, a mimetizarme con el entorno, un enjambre de imbéciles que detesto, al paripé de me duele esto o aquello para justificar una baja cobarde… Prefería dejarlo, mandarlo a la mierda y volverme a mi oscura oficina a seguir tramitando papeles en una burocracia que detesto pero que, en el fondo, comprendo mejor que ese mundo de la educación que se me hace tan extraño.

 Así que, Juan, amigo mío, aquí estoy, de nuevo, una vez más, en el camino… Siento que este correo sea solo una descarga de adrenalina, pero es que todavía tengo ansiedad por lo que he pasado. Te prometo que la próxima vez no hablaré de mi libro…

Un fuerte abrazo

         Ténganla presente cuando la ninistra del ramo aparezca en televisión loando la excelencia cuyo rastro están contribuyendo a hacer desaparecer de un sistema en el que, a lo largo de esos treinta y cinco años de dedicación, he conocido los mejores profesionales gobernados por los más mediocres gestores que imaginarse pueda.

         Siempre traigo a colación, cuando del sistema educativo se habla, el único gesto congruente de un ministro del ramo, el de Ángel Gabilondo, el único ministro que renunció expresamente a imponer «su» reforma educativa sin consenso. Ello no llevo a la reflexión de que deberían sentarse en una mesa de diálogo para lograr un consenso que evitara tanto vaivén en el sector y fijara prioridades que todos aceptaran—aunque sí la crean para asegurarse la permanencia en el poder, invitando a ella a quienes niegan los más elementales principios democráticos, como la primacía de la ley, por ejemplo—, sino que alentó, con el cambio de poder, otra nueva ley que ha traído, con el nuevo cambio de poder, otra que anula la anterior, et sic de cæteris, ¡ay!, para nuestro mal

¿Irremediable? De momento todo pinta que sí, a juzgar por la carta de J. Aquí queda, y le agradezco su generosidad para autorizar su publicación, aunque sea en un lugar tan apartado como el de este cajón de sastre que es Provincia mayor que el mundo eres.