domingo, 24 de agosto de 2014
PARKCELONA TEMÁTICA o la reivindicación de un nuevo final de año...
Sobrevivir a la vida cotidiana en las dos últimas semanas de agosto en la Parkcelona temática en que se ha convertido nuestra ciudad, y frente a la que la valiente e indignada, por hastío, rebelión de los vecinos de la Barceloneta pretende poner coto vedado, resulta difícil.
Para el vecino con rutinas establecidas que le dirigen los pasos de forma automática, encontrar sus suministros habituales -el queso fresco de cabra, el pan de espelta, etc.- se convierte en una humilde aventura que ha de tomarse con el poco humor que le quede después de haberse indignado hasta las cejas por la desfachatez pujolista y por el raka raka peridista de los secesionistas trabucaires. Ni el periódico es fácil hallarlo, salvo a cuatro manzanas de distancia y solo hasta cierta hora relativamente temprana. Se trata de un turismo interior de barrio cuyos itinerarios van variando cada verano, porque la facilidad con que se abren y cierran comercios en Parkcelona va camino de convertirlo en récord Guiness.
Para este observador de lo cotidiano, cruzarse con los vecinos desorientados, respecto de los que se siente absolutamente solidario, pero poco comunicativo -que los hay la mar de plomos- por experiencia en oídos ajenos, forma parte de esos hábitos remozados de finales de temporada. Ignoro por qué razón el 31 de agosto no ha sido considerado Nochevieja y el 1 de setiembre, Año Nuevo, porque incluso los buenos propósitos tienen más eco en estas fechas que en las ya obsoletas de diciembre y enero, ¡y ahí están las colecciones de quiosco para dar fe! A ver si Podemos se anima e incluye entre sus reivindicaciones laicas desligar la transición del año del calendario religioso y atenernos, ¡por fin!, a lo que exige la sana razón. No son solo los escolares los que inician el año en setiembre, sino toda la sociedad en su conjunto.
Al observador le gusta ver libros de segunda mano en las estanterías de las librerías que los venden, y quizás de ahí le venga la afición a recorrer los pasillos abarrotados de artículos de los supermercados de las grandes superficies. Es costumbre vulgar y muy socorrida, sobre todo en los calurosos días del verano, pero ¿quién ha dicho que este observador no sea profundamente vulgar? Recorrerlos es tarea de atleta, no obstante, porque se echan sus buenas horas en el repaso consumista. En mi descargo he de decir que mi anticonsumismo me impide no coger nada más allá de lo estrictamente necesario. Soy inmune a la exposición generosa del género. Además, los estratosféricos precios de los únicos libros que merecen la pena me han escarmentado.
Parkcelona se vuelve poco a poco una ciudad del ocio chabacano, aunque se revista con decoraciones de Nouvelle, como la de la tasca Moritz, y hay en ella un sí sé qué de locales clónicos que no auguran, para el futuro, nada bueno, ni nuevo.
Ignoro si cuando triunfe la secesión -ya he visto alguna rana luciendo una muy incipiente pelambrera estilo mohicano...- la salida a la calle de las agrupaciones de coros y danzas ocupando cada plaza de la ciudad le dará ese aire, ese calor, esa singularidad tan peculiar que consiga acabar con la actual despersonalización. Por la sección femenina del secesionismo no quedará, sin duda...
jueves, 14 de agosto de 2014
Estampas del Ferragosto
Lo primero que ha de decirse es que no existe el ferragosto en esta España nuestra de las autonosuyas gobernadoras, pero sí un curioso efecto del cambio climático que casi nos impide hablar ya de Écija como de la "sartén de Andalucía", o de España, ya puestos, porque llevamos un verano muy resultón en cuanto a "la calor", y, aunque en el pasado se hubiera hecho, no sé si este agosto se hubieran frito los huevos sobre las piedras de Cáceres al sol justiciero de las 17'00h que, como bien sabe el común de los mortales agostados, es el de la famosa hora nona, de no nay quien ponga un pie en la calle, salvo si quiere perder, licuado, lo que detrás le sigue.
Una playa desierta almeriense: virgen, salvaje, solitaria, paradisíaca, y la retahíla de calificativos que exciten la libido turística de cualquiera. La estampa del intrépido nadador que se adentra sin más espectadores que su valor y su pareja de hechos en las inciertas aguas mediterráneas: tres brazadas enérgicas, dos respiraciones y, de repente, una sacudida eléctrica, de picana militar argentina; el nadador alza el brazo y observa electrificado, que de él penden los raros murciélagos con patas blancas que, como flecos de un traje de baile de Georgie Dann, le incitan a dar un grito prístino -por el marco-, horrorizado -por el picor- y dolorido -porque ya han comenzado los efectos deletéreos de su caricia-, mientras, con instinto equivocado, porque no son abejas ni avispas, se tira en la arena de la orilla y se reboza como una croqueta, antes de volver a desempolvarse con agua de mar filtrada de intrusas... Claro que el agua estaba hoy más caliente que ayer, claro que sí...
Un descenso en picado de un quilómetro hasta el cocito del pueblo serrano, donde un letrero puesto, acaso, con malévola intención, avisa al intrépido explorador que se apresta a recorrer el sendero real entre Capileira y Bubión, en la Alpujarra granadina. Al otro quilómetro de haber desbrozado como en una jungla birmana el sendero que de real solo tiene el hecho de no ser inventado, y de llevar las piernas con más arañazos que en una lucha de gatos en el interior de una bolsa cerrada, y el calzado mojado de andar por el torrente que desciende por el camino real, el exlorador y su esforzada exploradora se encuentran con otros caminantes perdidos con quienes solo pueden intercambiar gestos y nombres propios. Nos aseguramos mutuamente una cómoda continuación del camino hacia la meta deseada, pero al cabo de medio quilómetro añadido, es evidente que sus gestos y la mapística son tan incompatibles como el nacionalismo catalán y la honestidad, por usar un referente cercano. Los exploradores se reúnen, conferencian y, ante la perspectiva de hundirse dos quilómetros en la incierta corriente del Poqueira, sin atisbo de hallar camino ascendente seguro, se confiesan derrotados e inician, con los mismos pesares, y sin calzado goretex, el camino de vuelta por el sendero de un torrente que solapa su viaje con el supuesto camino real. Cuando coronan la plaza donde una sombra y una mesa los invitan a premiarse: un generoso plato alpujarreño se dibuja sobre la carta, tal que así:
Y ahí se acaba la aventura y se inicia la introspección...
A algunos conductores les irrita tener que frenar mientras tú consumas un adelantamiento a 95km/h por hora de un camión que circula a 90km/h, simplemente porque te demoras en él casi un quilómetro... La verbena de luces cortas, largas e intermitentes que montan cada vez que los freno en seco, aunque me avisen desde casi un quilómetro que vienen lanzados y que no se me ocurra abrirme para adelantar antes que ellos, me anima a intensificar el tormento. Es una refinada crueldad, lo reconozco. Mientras no he llegado a la mitad del camión, mantengo el intermitente izquierdo encendido. Cuando llego a la mitad, lo apago. Cuando estoy a punto de rebasarlo, enciendo el derecho, para indicar que voy a cambiar de carril, pero me voy cambiando tan lentísimamente de carril que me hallo entero en el de la derecha al cabo de medio quilómetro después de haber adelantado al camión. Una vez que los propietarios del carril izquierdo me adelantan, correspondo a sus fugaces muecas exasperadas con un saludo manual que imita el cansino limpiaparabrisas, unido a mi más relajada sonrisa.
martes, 5 de agosto de 2014
Je m’acusse….!
De haber engañado a todos todo el tiempo; de haber creado una autonomía, auténticamente autonoMÍA; de, por motivos ahora confesados, urgir al pueblo pipiolo (babau) de Cataluña a crear un estado propio, sí, propio, que eso es lo mío, la propiedad y cómo mantenerla a salvo del depredador fisco español; de haber despreciado por activa y por pasiva a los maricones, a los gitanos, a los moros –con la ayuda de mi jardinera favorita–, a los socialistas, a los extremeños e incluso hasta a Cervantes, que nada tiene que ver con nuestra cultura catalana y al que se empeñan en metérnoslo hasta en la escudella; de haber dado lecciones de moral patriótica, económica, política, social, boletaire, excursionista y de lo que se me pusiera por delante; de haber dejado con la palabra en la boca, a quienes tenían la osadía de preguntarme, con mi motto favorito: “hoy no toca”; de haber defenestrado al tibio Roca i Junyent i de haber encumbrado al ojito derecho de mi señora, a pesar de las pésimas referencias de mi doble y querido Prenafeta; de querer construir un estado étnico y tener una masa analfabeta que admire la cultura de los amos y desee integrarse en ella como esos benditos inmigrantes a quienes pastorea Colom con la zanahoria de alcanzar el cielo de Aquí, aunque sigan rindiendo pleitesía al dios Alà; de haber salido al balcón de la Particularidad a protegerme de la investigación del caso Banca Catalana, que, como el nombre indica, era de Cataluña, no mía, y por eso era un ataque a nuestras milenarias instituciones y al pueblo en general, y al General del pueblo, ergo yo; de no haber tenido ni una idea propia que se distinguiera del resentimiento metafísico que siempre hemos sentidos los auténticos catalanes como yo (y mi familia) porque esos castellanos imperialistas nunca nos han dejado ser quienes somos (ni, sobre todo, poseer lo que poseemos); de no haberme espabilado a tiempo para no haber de pasar por este doloroso trance de la humillación sin paliativos; de tener pánico a “cumplir” como los senadores romanos caídos en desgracia –a pesar de haberles dicho a amigos míos que lo mío, ahora, es que me muriera y que se me rindieran los más altos honores patrióticos, de modo y manera que nunca ya me alcanzara el oprobio ni la mancha que ahora me tiene embreado y emplumado ante la opinión pública, esa que yo me he pasado siempre por el arco del triunfo–; de haber suscitado el odio contra esos “españolistas” que se complacen en la Cataluña real, y que detestan la imaginaria y exclusiva (para socios adheridos) que yo siempre he querido para mis compatriotas y que ahora, ¡ay!, acaso peligre por esta confesión; de no haber movido ni un dedo pedagógico para evitar que se fuera enquistando en el seno social un larvado enfrentamiento entre los unos y los otros, entre los nuestros y los invasores, con el consiguiente riesgo de la fractura social que no sé si admite ya sutura alguna; de haber hecho oídos sordos a todo lo que no fuera precedido por el más del 3%, porque el ingenuo y desinformado Maragall se quedó corto, como él lo era para esto de la política; de no haber tenido nunca, ni por equivocación, ni un átomo de humildad, ni siquiera la cristiana; de haber alimentado durante generaciones el afán de superioridad con que venimos al mundo la gent superba i ufana, para que todo el mundo sepa que somos la gent catalana, espejo de virtudes mercantiles y cívicas, espejo que hoy rompo con tristeza y pidiendo perdón, a medias, però…, que tampoc no s’ha de fer d’un gra massa…; de haber jugado siempre al regate corto de la ganancia rápida en Madrid, como un vulgar trilero con la bolita de los votos de la Minoría Catalana; de haber cometido el grave error de buscar un chivo expiatorio, Madrit, que me ha acabado dando un mordisco donde más duele, en el patrimonio familiar, que es la auténtica patria, como he de confesar con vergüenza; de no haber contribuido ni lo más mínimo, durante mis 23 años de gobierno, a la creación de una cultura democrática, sino al franquista ordeno y mando; de…, sí, je m’acusse de ser un impostor democrático y reconozco la raíz totalitaria de mi pensamiento y de mi praxis, y deseo que, cribada mi vida, como yo ahora anticipo, la hagiografía histórica patria no me aparte al rincón de las aberraciones, al capítulo de la teratología política, sino que me incluya, aunque discretamente, ya lo entiendo, en el capítulo de los visionarios precursores de nuestra envidiada onfalocracia… Visca Catalunya lliure!…de mí.
martes, 29 de julio de 2014
Gràcies, MI (molt indigne) Pujol!
De las victorias electorales del Virrey a la pasión por la lexicografía...
Ahora que todos hacen leña del árbol caído y chistes del que no tuvo tiempo para arreglar esos asuntillos familiares de los cuatro cuartos de l'avi hasta que los sabuesos de la Agencia Tributaria, no la que Vd. quería, claro, esa de "casa nostra", seva, en realidad, y que váyase a saber qué supuesto trato distinguido le habría deparado, sino la de todos, la respaldada por la soberanía nacional; antes de que esos sabuesos, digo, se le hubieran tirado a la yugular de los evasores con nombres, apellidos y folletinesco origen de los fondos, pues algunos lo remontan a la "espantá" con riñón folrat de Banca Catalana, ésta sí que la seva de la ceba; ahora, digo, que tan mal dadas le vienen, quiero yo alzar mi voz agradecida a su persona.
Gracias a Vd. presidente incombustible de un ideal sectario y totalitario, reafirmé durante 23 años mi compromiso con mi lengua castellana hasta niveles que, a veces, me han vuelto incomprensible para quienes lo dominan como aficionados o lo desprecian como fanáticos, porque desde las primeras elecciones que Vd. ganó con un mísero 27%, a pesar de lo cual ya se entronizó como virrey del 80% de los catalanes, como aún sus herederos sostienen contra el viento y la marea de las encuestas reales de los votos; desde ese día, insisto, inicié una costumbre que he mantenido hasta su ocaso político, y que ahora sigo por puro vicio.
Aquella noche infausta del 20 de marzo de 1980, sabidos los resultados, me acerqué a mi mesa de trabajo y cogí el Casares, su famoso Diccionario ideológico de la lengua castellana que, a pesar del título, poca ideología, en la acepción común de esta palabra, tiene, más allá de algunas definiciones donde le asoma la suya, poco recomendable. Lo abrí y, como si de leer En busca del tiempo perdido se tratase, comencé a leerlo por la A y no lo solté hasta haber leído la última palabra de la Z. No solo lo leí, claro está, sino que llevado por mi afán de eterno aprendiz, incluso tomé notas. En las siguientes elecciones le tocó el turno al Diccionario de uso del español, de María Moliner, ¡esa proeza femenina hecha amor y pasión lexicográficos! En las siguientes, para regodeo y placer de mi menda lectorenda, me eché entre pecho y espalda los 6 tomos, ¡6 hermosos tomos! del Diccionario crítico-etimológico castellano e hispánico de Joan Corominas y José Pascual, y sin que ni el tiempo ni la autoridad competente me lo impidieran... En la siguiente le tocó el turno al Diccionario de dudas de la lengua española, Manuel Seco. Más tarde el canónico Diccionario de la lengua española, vigésima tercera edición, de la RAE y, finalmente, volcado por ese proceso hacia la especialización, el Diccionario etimológico indoeuropeo de la len gua española, de Edward A. Roberts y Bárbara Pastor.
¡Cómo no voy a estarle yo agradecido al MI Pujol! Lamento que mi diletantismo lexicográfico tenga un origen tan impresentable, pero como la vida da tantas vueltas, ¿acaso hubiera leído yo, sin ese aliciente de las derrotas políticas y morales autonómicas, todos esos diccionarios que me han hecho pasar tantas horas de inenarrable placer?
Como de bien nacidos es ser agradecidos, que sirvan estas líneas de sincero agradecimiento al pésimo ladrón y defraudador que ha sido ese político innoble que, después de ponerse el mundo por montera y pontificar con tanta desvergüenza, ha acabado, fiel virrey, remedando al rey del que tanto escarnio han hecho los secesionistas que el encabezaba, como gran capgrós del Movimiento Nacional: "lo siento, me he equivocado y no lo volveré a hacer, lo prometo". ¡Ay, los colofones que pone la Historia, perdón, la historieta...!
domingo, 27 de julio de 2014
La invasió sobtada
Paráfrasis costumbrista de La invasió subtil
Va para el año que la familia ecuatoriana con sus tres hijos lleva instalada en nuestra finca. Un buen día, al coincidir en el ascensor, Jorge Enrique me saludo con cierto énfasis: "Bon dia tenguis, Joan". Yo me quedé un poco chocado, no solo por la catalanización de mi nombre -aunque renuncié a ponerme en plan Carod y le ahorré al buen vecino la defensa numantina de mi nombre de pila bautismal y registro civil, algo que en modo alguno podía hacer el impostado Josep Lluís del Carod-, sino, sobre todo, por el tono de orgullo con que se adelantó a mi soso buenos día del castellano que ambos compartimos como lengua de cuna, y obvié, por supuesto, la leve humillación de corregirle el subjuntivo. Lo comenté con mi oíslo y ella me corroboró no solo el cambio diomático del marido, sino también de Dulce Fernanda, su señora esposa, quien, a duras penas, me reveló mi oíslo, quise hacerle entender no sabía que oferta de llus y escuérpora había trobado en el mercato. "¿Estás aprendiendo catalán?", le preguntó mi oíslo. "Bueno, més o mens", contestó con cierta resignación la joven ecuatoriana. Mi oíslo, que es una lince psicológica, enseguida intuyó que en esa medio confesión había un trasunto del que acabaría enterándose. De hecho, no caímos en la cuenta de que desde hacía unos tres meses habían dejado de oírse por el patio de luces los insistentes ritmos de los Sanjuanitos que celebran la identificación con la Pacha mama, y en modo alguno creímos que las canciones de Lluís Llach, las canciones tradicionales de Serrat, el ball de la civada, y tantas otras, provenían de su piso, en vez del del secessionista, vía cubanyera al balcó, Artur Mengual, que está uno por encima del de ellos. Nos costó un poco enterarnos bien de qué era lo que ocurría, pero como los niños no pueden guardar secretos y menos cuando expertos adultos sonsacadores les preguntan por tan sonados cambios en sus vidas, acabamos sabiéndolo todo con espardenyes i d'altre senyals, porque Jorge Enrique, llevado de un celo extraordinario ni siquiera dudó en implantar como parte del vestuario oficial de la casa las espardenyes y la barretina, para todos sus miembros, con, al parecer, no poca vergüenza sufrida por los hijos adolescentes.
En el interior de la casa, al parecer, se había desterrado el castellano y entre los miembros de la familia sólo se hablaban en catalán chapurriao -Not to be confused with the Lapao...- En vez de las reproducciones del monumento a los Próceres de la Independencia y de las impresionantes paisajes de las Islas Galápagos y del impresionante volcán Tunguragua, que nos enseñaron con tanto orgullo la primera vez que nos invitaron a tomar café, ahora colgaban de las paredes del salón una foto aérea de Montserrat y otra del Pi de les tres branques, antes del salvaje atentado.
Con ímprobos esfuerzos, los chiquillos vinieron a decirnos, de forma harto sutil pero transparente, que a su padre le había entrado un ataque de catalanitis que los traía a todos por el callejón de la amargura. Entre los canelones, la escudella , la butifarra con secas, y el sempiterno fuet de Vic para todos los bocadillos, sin excepción, se había vuelto todo un poco extraño. Por otro lado, el hijo pequeño, aún en primaria, había sido inscrito ya en una colla castellera para convertirse en el primer anxaneta de origen ecuatoriano, mientras que ellos no paraban de, cada sábado, bailar sardanas una detrás de otra, cortas y largas.
Cuando, finalmente, interesados por ese proceso de fusión catalanista, más que propiamente integración, interpelamos directamente a Jorge Enrique por ese cambio suyo, de su familia, tan extraordinario, tuvimos, mi oíslo y yo, que soportar una mitin integracionista que parecía un eco de la acción evangelizadora de Àngel Colom, encargado por el truhán Pujol, de llevar la buena nueva del evangelio catalanista, en plan Domund, a los indígenas de tierras allende el mar.
Dulce Fernanda, al principio, creyó que su marido había sufrido una enajenación, o una cataluñización, que lo había transformado por entero. Y en cierto modo era así. Ahora, en vez de diarios de su tierra, Jorge Enrique no llevaba otros diarios que Ara o la versión catalana de La Vanguardia, más esta última que la recogía gratis en las cercanías; y en casa, fuimos testigos de ello, se veía con fruición Alò3 y sus filiales. Y hace dos días, ha desplegado en su balcón, una cubanyera de 24 metros cuadrados que ha conseguido que nos confundan con un edificio oficial de la Generalidad.
Mi oíslo y yo tuvimos la misma intención: nos lanzamos al volumen del inmenso Pere Calders y leímos la invasió subtil, madre espiritual de la presente invasió sobtada.
jueves, 17 de julio de 2014
Contestadores automáticos....
La libertad creativa vs. el contestador automático.
Contra lo que pudiera pensarse, no voy a hablar de quienes, a la hora de dar la réplica en un diálogo, si es civilizado, o en una discusión, si es primitiva, ni siquiera han escuchado a su interlocutor y ametrallan sus respuestas de forma inmisericorde y casi fanatizada, no. Quiero hablar sobre lo que podríamos considerar ya como una institución de la vida moderna, de la que apenas se habla y cuya presencia se va extendiendo de forma tan cruel como esos correos electrónicos a los que se nos pide que no respondamos porque "han sido generados automáticamente". Quizás debería hablar, porque está en la raíz del asunto, de los "automatismos", tantos y tan variados, que presiden las relaciones humanas y, sobre todo, las políticas. Piénsese, por un momento, en las declaraciones-carnaza partidarias de los fines de semana, cuando los segundos o terceros "espadas" del bipartidismo imperfecto repiten hasta la saciedad las mismas réplicas y contrarréplicas en un alarde de automatización que la robótica, a su lado, es casi casi un proceso poético. Como la insociabilidad, la timidez y la irascibilidad habitan en mí, no siempre con mi conformidad, he desarrollado una especie de alergia a las conversaciones telefónicas de las que me han rescatado los contestadores automáticos. Mientras que la irritabilidad me hace insoportable cualquier conversación teléfonica in praesentia, hablar con el contestador automático me relaja y a menudo suelo resultar hasta ingenioso e incluso chispeante. He descubierto que hablar in absentia incluso me motiva. Despierta mi escasa vena creativa. Ahora bien, entre todos los contestadores automáticos que me ha sido dado conocer -y algunos "personalizados" (con cancioncillas, rimas, chistes horrorosos o un despliegues de puerilidad inmarcesible) son una invitación a colgar de forma expeditiva-; entre todos ellos, digo, hay uno con el que no puedo, ante el que fracaso espectacularmente: el servicio de petición de cita médica del Catsalut, y ello en cualquiera de los dos idiomas, catalán y castellano en que suelo intentarlo por si suena la flauta del concierto. La incomunicación con el sistema ilustraría a la perfección algún capítulo del famoso libro de Castilla del Pino. Lo único que me consuela es que la máquina tiene un rasgo de humanidad y reconoce paladinamente que "estamos teniendo problemas para identificarle". Solo ese reconocimiento me mueve a intentarlo una y otra vez. El problema básico es con el nombre, a la que le digo Juan Poz Fez, la máquina, con paradiña de penalti incluida entre nombre y apellido y apellidos, me suelta: "Ha dicho: Ivan Pernel Fiscales. ¿Es correcto? Diga sí o no". Uno dice que sí, claro está, ¿qué va a decir después de ocho intentos?, pero la máquina, con cortesía renacentista, devuelve: "Lo siento, no le he entendido. Diga sí o no". Ese es el momento en que uno, es decir, yo, en este caso el único, comienza a decir ¡SÍ, SÍ, SÍ!, a voz en grito -como fielmente refleja la tipografía-, casi hasta caer en el sollozo que corona el rosario afirmativo. Después de 28 minutos de intentona -me niego siempre a llegar a la media hora exacta, por un más que sorprendente amor propio- el sistema se rinde (algo extraño estando yo totalmente a su merced y dispuesto a aceptar la cita que me dan para un ambulatorio en Arbúcies con una doctora impronunciable el miércoles que no he pedido a la hora que a la máquina le da la gana) y me dice que me va a pasar "con un gestor". En ese momento, purificado por la catarsis de la tragedia automática, agradezco la voz de la operadora con un entusiasmo que le sorprende a la interlocutora, quien duda si se las tiene que ver con un lunático, y después de expresar mi fe irredenta en la especie humana habladora, confirmo la cita.
Es la excepción que confirma la regla.
lunes, 7 de julio de 2014
¿Secesión? El género dentro, por el calor...
Al
cúmulo de ridiculeces conseguido por el secesionismo catalán desde que sus
promotores románticos decidieron jugárselo todo a la única carta de la creación
de un estado viejo, casposo, totalitario y muy xenófobo, y cuya prolija
enumeración equivaldría retórica y musicalmente, si fa no fa, en extensión a un
monólogo del club de la comedia, único teatro donde dichas aspiraciones pueden
hallar la audiencia que las aprecie en lo mucho que valen como entretenimiento;
a ese cumulonimbo, para ser más exacto, cuya definición en la wikipedia
describe a la perfección el fenómeno secesionista, a poco que se domine el arte
malicioso de la hermenéutica y se sepan leer con propiedad las crípticas
señales atmosféricas:
Los cumulonimbus o cumulonimbos son nubes de gran
desarrollo vertical, internamente formadas por una columna de aire cálido y
húmedo que se eleva en forma de espiral rotatorio. Su base suele encontrarse a
menos de 2 km de altura mientras que la cima puede alcanzar unos 15 a 20 km de altitud.Estas nubes suelen producir lluvias
intensas y tormentas eléctricas, especialmente cuando ya están plenamente
desarrolladas. Se abrevia Cb. *
a ese cúmulo, digo, se suma ahora el parón
estival que sin duda afrontará dicho movimiento hiperconcienciado cuyos aguerridos y pederàsticos militantes, como
cualquier hijo de vecina, se sentirán agobiaditos por los calores del julio y
el agosto.
Se
ha de tomar nota de que semejante pausa bimestral, cuando el destino de un
pueblo pende de una consulta y se necesita no solo la movilización de un día de
fiesta, sino la “decidida y férrea voluntad de todo un pueblo por escoger su
propio destino”, según la retórica secesionista al uso y al abuso, choca más
que mucho con la idea de que tal secesión constituya de facto una necesidad de
esa parte del pueblo catalán que, teóricamente, no puede soportar por más
tiempo el estado de esclavitud a que lo tiene reducido el bárbaro imperio
español.
¿Cómo
es posible –se pregunta mi ingenuidad congénita – que sea compatible broncearse
en la playa, visitar Lanzarote, recorrer las Rías Bajas, alquilar un
apartamento en Málaga o irse al Caribe con la dedicación exclusiva que exige la
liberación de un pueblo oprimido y maltratado? Ignoraba yo, que tantas cosas
ignoro, que una secesión se llevara a cabo en horas laborables robadas con no poco riesgo a la empresa, o que sea, por
así decirlo, una actividad extraescolar, aunque quizás el hecho de la presencia
de tanta criatura abusada ideológicamente justifique lo de la extraescolaridad…
La épica de la liberación nacional se resiente un poco cuando uno busca los
frescos aires de la Sierra de la Vera en Extremadura o del Vallle del Jerte
-¡territorios tan enemigos!- para realizar caminatas que nos reconcilian con la
naturaleza, y cuando todo ha de fiarse a
la concentración en días señalados que no estorben el trabajo nuestro de cada
día, que el jefe –no fotem!– no está para hostias secesionistas y el curro está ahora más que
chungo…
Me
temo que para las próximas Navidades, el caganer de éxito será el del secesionista
en Puerto Vallarta…
*(Me tomo la libertad de usar el texto porque contribuyo modestamente a la supervivencia de la wikipedia, por supuesto)
*(Me tomo la libertad de usar el texto porque contribuyo modestamente a la supervivencia de la wikipedia, por supuesto)
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