viernes, 15 de noviembre de 2013

Confesiones secesionistas


Casuística confesional de la secesión (traducida del catalán para gracia de los lectores foráneos -forajidos para los secesionistas- de esta Provincia).

Nil- Ave Catalunya purísima…
Gregorio XVIII.- Para la gloria concebida. Tú dirás, hijo.
Nil.- Padre, me acuso de que me gusta una chica…
Gregorio XVII.- Hombre, mozo, eso es bien normal, y más a tu edad...
Nil.- Sí, pero es una chica que no es de los nuestros, que ni siquiera habla en catalán y a quien nuestra lucha le trae sin cuidado.
Gregorio XVII.- Ah, eso ya es muy diferente, muchacho… ¿Y cómo se llama la chica?
Nil.- Silvia, Silvia del Río*.
Gregorio XVII.- Inequívocamente no es de los nuestros, como tú dices.
Nil.- Yo no, padre, mis amigos lo dicen, que son los que me han comido el coco para que ni se me ocurra salir con ella, que sería una imperdonable traición a la causa… Son ellos quienes casi me han obligado a venir a pedirle consejo
Gregorio XVII.- ¿Y tú eso no lo ves también, hijo mío, que la causa no admite estas traiciones?
Nil.- Yo lo que veo es que está como un tren y que me gusta con locura… digo…
Gregorio XVII.- Ya me hago cargo, hijo, que la edad lleva esa pasión del brazo donde quiera que va…
Nil.- Es que hacemos algo más que ir del brazo, padre…
Gregorio XVIII. No, si era un modo de…, dejémoslo.
Nil. Pero es que yo no quiero dejarla. Ya sé que vive al margen de lo nuestro, pero ¿por qué lo nuestro político me ha de quitar lo nuestro con ella?
Gregorio XVII.- Hay momentos en la vida, hijo, en que la política pasa por encima de todo, incluso por encima de nuestros afectos más apasionados. ¡El deber nos llama! ¡La Patria nos reclama todos los sacrificios!
Nil.- A mí quien me llama es ella, padre, eso es lo que me remuerde la conciencia, no ser capaz de convivir con las dos cosas.
Gregorio XVII.- La patria es muy celosa, hijo, y no le gusta la competencia. Si el Cristo dijo: “Déjalo todo y sígueme”, la Patria dice otro tanto: Déjala a ella y sígueme…
Nil.- No sé.., no sé…
Gregorio XVII.- No se trata de saber nada, hijo, sino de actuar. Deja el saber para nosotros, y tú limítate a actuar con toda tu fe y toda tu energía. ¿No ves que si sales de Silvia entrarás en alguna Mireia o en alguna Roser…? En el buen sentido del verbo entrar, por supuesto…
Nil.- Su puesto no lo podría ocupar ninguna, Padre; ella es única, aunque sea distinta de nosotros.
Gregorio XVII. Te veo muy tibio, hijo, poco defensor de la Patria amenazada y de nuestra lengua sacrosanta…
Nil.- No, si yo con ella hablo en catalán, porque me dice que me entiende mejor que si hablo en castellano…
Gregorio XVII.- ¡Bendita sea la Moreneta! Eso ya es un progreso, hijo. ¿Estás seguro de que no podrías convencerla de la justicia de nuestra causa y de la exigencia histórica del ahora o nunca que nos mueve?
Nil.- ¡Niño, pero qué loquillo que estás, qué cosas dises! ¿Cómo se va a separar Catalunya de España? ¿Pero vais a volar las fronteras para convertiros en una isla...?, ¡amos ya!, me dice ella, y ahí se acaba todo. Ya no hay manera de sacarle más nada. Pasa de lo nuestro, Padre.
Gregorio XVII.- Pues si quieres que te absuelva, yo te ordeno que seas tú quien pase de ella, si es que quieres formar parte del pueblo elegido que camina hacia la gloria, hacia el paraíso nacional…
Nil.- Tenía mis dudas, Padre, pero ahora salgo de aquí firmemente convencido. ¿Pasar de ella? ¡”Pasar en ella”, quiero, cuanto más mejor, porque silvino soy, en Silvia creo y a Silvia adoro, y más felicidad puedo hallar en ella -ahora lo veo claro, y no cuando duermo, como decía nuestro poeta- que en ese paraíso donde ella no tiene cabida.

Gregorio XVII.- Ni… ‘cachis… 

* Silvia del Río fue el pseudónimo de un eminente y socarrón escritor catalán.

viernes, 8 de noviembre de 2013

La irrealidad literaria catalana


Un realismo, el de la literatura catalana, sin apenas realidad...

                               Soy lector. Lo confieso. Casi avergonzado. No uso móvil. Lo confieso también. Casi con orgullo. Y esa afición lectora se vierte sobre cualquier tipo de escritura. E incluso hago lo mismo que solía hacer Cervantes: leo hasta los papeles que me encuentro caídos por la calle. Ahora también libros, no sólo papeles, porque la práctica del crossbooking siembra las calles de libros que, dicho sea de paso, son ilegibles la mayoría de ellos. Es una moda que invita a aliviar la biblioteca particular, más que a enriquecerla, sobre todo si, teniendo la afición a la lectura y la colección de lo que se lee, los volúmenes amenazan con tapizar todas las paredes de la vivienda. También soy aficionado a la lectura de los prospectos de los medicamentos, un género con poco público, pero quiero creer que selecto. Lean, por ejemplo, el del Roacután, y tras haberlo hecho llegarán a la conclusión  de que las novelas de terror de Stephen King son más inocentes que el Pulgarcito...
                      Leo en catalán, como lo hago en castellano y, de tanto en tanto, en inglés, para que no se me oxide definitivamente. Y quiero constatar hoy la inexistencia de la corriente realista en la literatura catalana, ya entendamos el realismo como mímesis ya como interpretación (y uso estos conceptos con la laxitud que permite un espacio como este observatorio), como síntoma, sin duda, de una negación de la realidad que se traslada al mundo político nacionalista y al mundo subjetivo de cada catalán, siempre dentro de la subespecie secesionista. Cualquiera que haya leído una novela catalana ambientada en una ciudad importante de Cataluña, pero también en otras más pequeñas e incluso hasta en algún minúsculo pueblo, habrá advertido que a lo largo y ancho de sus muchas o pocas páginas es no solo raro, sino imposible, hallar una palabra en castellano, y menos aún un diálogo o alguna expresión coloquial en castellano, y menos aún la presencia de un personaje que tenga el castellano como lengua habitual de comunicación. Me recuerda, a su modo, a aquellas primeras salidas de los reporteros de Aló3 a ciudades como Hospitalet y Santa Coloma, donde empleaban más tiempo en encontrar a quien les contara lo que sucedía o les diera su opinión, en catalán, que propiamente a la tarea informativa: del orden de 3 horas para encontrar al catalanoparlante idóneo -que las cribas ya comenzaron mucho antes de las multas por los rótulos-, y de 45 segundos para recoger la información o la opinión. 
                    Para una novela cuya acción trascurre en Barcelona, digamos que tiene un mérito indiscutible conseguir deformar la realidad hasta el punto de que la verdadera realidad de la ciudad no aparezca en ella. Y no lo digo solo por el castellano, es obvio, porque Barcelona es un mosaico lingüístico en el que resulta harto difícil vivir exclusivamente en catalán. Quizás por eso chirriaba tan exageradamente una versión catalana de aquel podrido bodrio propagandístico de Woody Allen que fue Vicky, Cristina, Barcelona -una auténtica woodyfarra, como la calificó con enorme acierto Salvador Moreno peralta, en el que la protagonista, si no recuerdo mal, viene a Barcelona a "estudiar la identidad catalana" -en el guión original venía, como el 90% de los americanos jóvenes, a estudiar español. 
                    Esta molesta inclinación hacia la deformación de la realidad puede explicar, sin duda, el decantamiento del catalanismo político hacia la fantasía, los cantos de sirena y las quimeras. 
                    No soy escritor, eso es evidente, pero si me propusiera serlo -quién sabe, a lo mejor acabo animándome, a juzgar por ese hueco "realista" que deja la novela catalana-, está claro que en mi primera novela cada cual saldría hablando como lo hace habitualmente o como lo hacen los personajes entre sí de forma habitual. No me extraña que tengamos un conflicto freudiano tan grande entre la realidad y el deseo en esta tierra.

viernes, 1 de noviembre de 2013

IDENTIDAD Y CRIOTERAPIA


LA IDENTIDAD FRIGORÍFICA

Buscar las raíces es una forma  subterránea de andarse por las ramas.
       (José Bergamín)
Uno de los grandes reclamos de los partidos nacionalistas de todo el mundo es la apelación a sus “señas de identidad”, a esos rasgos supuestamente exclusivos de una colectividad que permiten caracterizar individual y colectivamente a todos sus miembros, como un sello genético que los singulariza frente a los demás pueblos e individuos. Hay mucho de misticismo barato en ese surtido de creencias casi inmutables que, con  todo desparpajo acrítico, creen los nacionalistas que “van a misa” para identificarles ante el resto del mundo de forma unívoca e inequívoca. El gran signo identificador es, por supuesto, la lengua, por más que lo que con ella se haga está más que lejos de poder caracterizar a nadie de modo singular. A continuación, es artículo de fe el “som i serem” tan crípticos como el jehoviano “Yo soy el que soy” que zanja todas las disputas porque no se apela a la razón, sino a la fe y a la creencia. Le siguen las bondades de la tierra, “únicas en el mundo” y concluyen con esa “manera de ser”, con ese “tarannà” propio y exclusivo, incompartible (y a partir de ahora, por lo que se ve, incompatible con el del resto de España). Como el movimiento secesionista catalán ha exacerbado las creencias en las singularidades propias del catalán y de “lo” catalán como algo que está en la base de la abismal distancia que los separa del resto de los españoles, no estaría de más que pasáramos revista somera a algunas de esas cualidades singulares que dan fe de ese misticismo barato. Vaya por delante que una recapitulación de esos signos externos e internos, totos ellos eternos…,  que defienden los secesionistas, no añadirían, a los motivos folclóricos, nada que no puedan compartir con ellos gentes tan distantes como los de la Patagonia, Kyoto o Nueva Zelanda. Choca el esencialismo catalanista con la realidad mestiza, propísima, más que meramente propia, de lo catalán. He vivido en 7 autonomías y puedo y debo confesar que en todas ellas he hallado los mismos tipos de personas, hablasen la lengua que hablasen. Que he conocido siesos sevillanos impresentables y cachondísimos barceloneses descacharrantes; extremeños trabajadores y cumplidores y gerundenses viva la virgen, y ladrones en todas partes… He vivido en el extranjero y puedo y debo confesar que he visto más semejanza entre algunos catalanes y norteamericanos que entre un catalán de la ciudad de Barcelona y otro de Gurb, aunque estos hablen el mismo idioma. No se trata tanto del tópico antiquísimo del menosprecio de corte y alabanza de aldea o del abismo que hay entre el mundo urbano y el mundo rural, sino de que las psicologías no vienen definidas por pertenencia a un pueblo o a una lengua, sino en relación con un substrato de especie que, para bien o para mal, nos asemeja de forma espectacular a todos los habitantes del mundo. De aquí que ciertos localismos tengan alcance universal, y que ciertos pretendidos universalismos sean irreconocibles porque no entroncan con la raíz local de la que nacen las semejanzas. Dicho todo esto, la cultura es el principal enemigo de los nacionalismos: como antes mencioné, hay más semejanzas entre un catalán ilustrado y un alemán ilustrado que entre esos dos seres y un ignorante de sus propios países, o un adherido en cuerpo y alma a las supersticiones de la tribu. Identidad comparte raíz con idéntico y hay mucho de congelación, de ultracongelante, en esa decidida voluntad de ajustarse a una estampa rígida que, supuestamente, le dice al mundo quién es uno. Para los nacionalistas la vida no es cambio sino fidelidad a un estado primigenio, invariable, sólido, rocoso, de ahí la veneración por la tierra, entendida como rocas, montes, bosques y ríos, aunque todos se destrocen para hacer negocios. En este siglo de la puesta en tela de juicio del sujeto por parte del pensamiento que ha renegado de los grandes sistemas capaces de explicar la realidad, resulta chocante que doctrinas tan primitivas, basadas en creencias de raíz supersticiosa, se apoderen de personas que, supuestamente, han sido preparadas para rechazarlas. Que ese apoderamiento, por otro lado, vaya unido al uso político que hacen de ellas para alcanzar un poder mediante el que satisfacer tan bajos instintos es lo que los convierte en seres despreciables.
En resumidas cuentas, que  frente a la identidad rocosa del nacionalismo hemos de oponer la búsqueda constante de la identidad que nunca es igual a sí misma, una situación que nos acerca a todos los seres de todas las geografías y todas las lenguas.


viernes, 25 de octubre de 2013

El desquite de las camarógrafos aficionados




Vigilantes y vigilados


Cuando comenzaron a aparecer las primeras cámaras policiales en las calles de nuestras ciudades, pueblos, comercios, sucursales bancarias, edificios de la Administración, instituciones académicas, etc., muchos pusieron el grito en el cielo contra esa práctica controladora que limitaba tan poderosamente el derecho constitucional a la privacidad e incluso a la libertad individual. Los amantes de las cámaras, la policía sobre todo, se las prometían muy felices, porque daban un paso gigantesco en el cumplimiento de su sueño (el mismo que el de Obama) de tener controlados a todos, sean potencialmente peligrosos o no, para prevenir males ulteriores que, como se ha demostrado, en modo alguno se evitan antes de que sucedan. El homicidio del empresario que vivía en el Raval, golpeado inmisericordemente por un “escamot mossulà”, ha puesto de manifiesto que en la era de las cámaras telefónicas el vigilante se convierte en vigilado y el uso de la cámara se vuelve un ojo acusador que reduce considerablemente el margen de impunidad con que hasta el presente han solido comportarse las fuerzas y cuerpos de seguridad, sean estatales o autonómicas. Quien más quien menos, en estos tiempos cibernéticos, va provisto del tercer ojo periodístico, y lo usan. Ahí tenemos a esos gorilillas uniformados que mientras aporreaban al acorralado empresario se pensaban que la noche los amparaba, que actuaba como un manto que los volvía invisibles Tal grado de ingenuidad ya debería haber bastado para destituirles por incompetentes, al margen de cómo acabe el proceso judicial contra ellos. Esperemos, en todo caso, que el gobierno “enemigo” del PP no venga en su auxilio y los indulte, como hizo con los torturadores convictos, y no confesos porque en este país sostener paladinamente la propia responsabilidad ha pasado a mejor vida desde hace mucho tiempo. No hay más que ver cualquier inicio de proceso judicial para comprobar que los acusados se comportan exactamente como lo que son: niños con cuerpo de adulto: “yo no he hecho nada, señora jueza”, “yo soy inocente”, “le juro por mi madre que no sé de qué me habla…”, etc.

Por otro lado, es sorprendente, en nuestros días, ese afán intervencionista para controlar desde la Gran Hermandad la vida y milagros de los ciudadanos, porque son estos quienes le ahorran a la policía buena parte de su labor con la ingente cantidad de información pública y sobre todo privada que cuelgan sobre ellos mismos en la red de redes. Son esos mismos ciudadanos que se quejan de la falta de libertad que suponen esas cámaras vigilantes o los barridos en busca de mensajes incriminatorios quienes, paradójicamente, se autosecuestran en un zulo de escasísimos centímetros cuadrados de pantalla durante la mayor parte de la jornada, aunque ello no les impida caminar a ciegas con incierta suerte sobre su seguridad física. Vivimos tiempos paradójicos, desde luego. Mientras, sin embargo, los vigilantes vigilados se enfrentarán a su torpeza, su ingenuidad, su amateurismo y su nula moralidad pública y privada.

sábado, 19 de octubre de 2013

El sociólogo inocente.


Dime qué lengua hablas y te diré quién no eres...

       Desde la perspectiva del sociólogo inocente Cataluña es un espacio apasionante para la investigación. Se trata de una comunidad en la que se dan tantas situaciones lingüísticas diferentes que muy probablemente a ello se deba la insatisfacción de quienes quieren a toda costa imponer un imposible monolingüismo, condenado al fracaso, si nos atenemos a los datos de la realidad, tan tercos ellos, tan indomables, a pesar de los esfuerzos normativos, ultracatalanizadores y sancionadores. 
       Hace tiempo, Eduardo Mendoza, trilingüe insigne, porque vivía del inglés hasta que los libros lo "quitaron" de ello, confesó en un artículo lo muy atractivo que le resultaba, cuando entraba en cualquier comercio, en un taxi o en una reunión, no saber en qué idioma, si en catalán o en castellano, se iniciaría el contacto con sus interlocutores, lo que le permitía hacer divertidas cábalas al respecto, no siempre con el resultado previsto. 
        Eso me ocurre en el súper de la esquina. Con las dependientas de la carnicería y la charcutería hablo en castellano, entre ellas se hablan en catalán, con la cajera hablo en catalán, la cajera con las dependientas en catalán y, estando todos juntos, me dirijo a unas en castellano, porque el primer día lo hice así, y a la cajera en catalán, también porque el primer día lo hice así. Ninguno de los cuatro, al hablarnos, hacemos ningún tipo de patria ni defendemos ideología alguna. A veces la cajera se cambia al castellano y, con las dependientas a veces intercambio alguna frase en catalán. Cosas de la tierra. Siempre ha sido así desde los ya más de 40 años que llevo aquí. Y así me imagino que seguirá siendo. Una pareja amiga, de Gerona, que se hablan entre ellos siempre en catalán, ella le llama a él Pepe, no Josep ni pep, Pepe, con toda naturalidad, pero a mí jamás se me ocurriría llamarle Pepe, sino Josep, que es como me dirijo a él, también con toda naturalidad. 
      De todos son conocidas historias lingüísticas de famosos como el cantante de Sopa de Cabra que es castellanoparlante en familia y catalanoparlante y catalanocantante fuera de ella, y que, por cierto fue crucificado por la caverna independentista. A nadie se le oculta que el NH Artúr (lo acentúo, aunque no toca, para ver si se va perdiendo la cursi costumbre de llanificarlo "a la americana", Àrtur, aunque él "llano", discursiva e ideológicamente ya lo es de por sí, desde luego..) Mas ha hablado siempre en casa en castellano con su mujer, aunque a ella le tenga prohibido dirigirse a él en público en la lengua familiar... Es decir, que el divorcio autonómico entre la realidad y el deseo a nivel político es aún mayor a nivel lingüístico. En este aspecto, bien puede decirse que el empeño del Movimiento Nacional es el de asumir el rol de quien quiere exigir "parli'm en cristià", para desquitarse de lo que, en la mayoría de los casos, no vivió, porque el tiempo pasa para todos. Y se da el espectáculo patético de quienes se quejan de que les obligaran a estudiar en castellano cuando han hecho toda su enseñanza bajo el imperio de la inmersión, pero ya se sabe que los tics de la protesta son pura anacronía y, en este caso, estrictamente ucronía...
Pasearse por Barcelona, para el sociólogo inocente, es una fiesta continua. Con la masiva ocupación turística del centro de la ciudad, ni siquiera el castellano es ya, al menos en la céntrica parte de mi barrio de la izquierda del Ensanche, la lengua dominante, porque oigo más inglés, francés y ruso que castellano y catalán. Con todo, el fenómeno de los conversos, aquellos que quieren "hacer méritos", continúa siendo el mismo que cuando yo llegué aquí: gente acomplejada que quema sus raíces y se abraza a un clavo ardiendo para quemarse a gusto, aunque sea rechazada a la hora de acceder al núcleo íntimo de la natividad (no la religiosa, claro, sino la de los nativos, es decir, los mestizos propios del lugar). Es el caso de las dependientas sudamericanas de la panadería que se empecinan en hablarme en catalán cuando yo me dirijo a ellas en castellano y me miran con un aire de superioridad  nacional que me produce escalofríos por el servilismo que advierto. Y no tienen la jefa cerca, que conste.
        En fin, aquí queda el apunte de esta vivencia plurilingüe que tanto anima nuestros días. No entro, por supuesto, en los cambios de lengua a lo largo del mismo discurso, o en la inclusión constante de términos de la otra lengua distinta de la que se está hablando, porque entonces habría hecho esta entrada sobre el catallano o el castelán, que, a su manera, tiene tanta tradición en nuestra autonomía como el spanglish en Nueva York. Para mi suegra, por ejemplo, no existe la merluza, sino el lluç. Y así seguiría... Bueno, me cito para otra entrada más adelante. A ver si ejerzo de auténtico sociolingüista y recopilo datos "fefaents" para ilustrar a mis escasísimos lectores, a quienes tanto aprecio.

jueves, 10 de octubre de 2013

El reto verdadero



Solo ante el peligro

              Dejémonos de tonterías, el verdadero reto de una "provincia mayor" normal y corriente es descubrir que la cisterna del váter se ha estropeado y que no deja de salir agua, lo que exige una reacción inmediata. Como es sábado -nadie ignora que estos accidentes domésticos de singular trascendencia ocurren en fin de semana-, lo primero que se me ocurre es llamar al RACC. El servicio del "manitas" no entra, porque anda el agua de por medio y eso son ya "saberes especializados", de "alta especialización" pienso para mí. Así pues, me facilitan amablemente un fontanero al módico precio de 43€/h más el IVA correspondiente, materiales aparte, pero sin cobrar el desplazamiento, lo cual me deja casi al borde de las lágrimas por semejante rasgo de humanidad de esos profesionales de la luz y el agua para con los socios del RACC -confieso que se me había ocurrido sacar el adjetivo raccista para calificar a los socios, pero conste que me he dado cuenta a tiempo y dejo esta nota para que se vea lo bien y oportunamente que funciona la corrección política-. Agradezco el ofrecimiento y digo que me lo pensaré, aunque nada más oír los precios me lo he pensado en menos de una milésima de segundo y sé que no, que ha llegado el momento de demostrar que uno no sólo es una provincia mayor que el mundo, sino, además, un héroe del bricolaje dispuesto a ganar muchísimos enteros en la opinión de su Conjunta. Una vez tomada la sublime decisión, se inicia un procedimiento que se sabe cómo comienza, retirando la tapa de la cisterna, pero que se ignora cómo acaba, aunque la experiencia de otras ocasiones indica que volviendo a pedir el auxilio de un profesional al precio que sea.
      El caso es que la crisis aprieta y está en entredicho el honor de un hombre corriente que ha decidido aventurarse hacia el alto grado de la heroicidad. 
      Retirada la tapa, advierto que el mecanismo de control del llenado de la cisterna, un complejísimo sistema de boyas que permiten detener el proceso de llenado cuando el agua que entra ha desplazado hacia arriba la boya a la que va unido el resorte que logra detener el llenado, que ese mecanismo, digo, se ha estropeado a causa del uso y por mera antigüedad, como cualquier otro mecanismo biológico. Lo trasteo un poco, por si fuera cuestión de los dos golpecitos que, como en los teléfonos de cabina pública, un vídeo de segunda mano o un expendedor de bebidas tantas cosas arregla y descubro que, como toda respuesta a mi acercamiento de tanteo, se inicia una pérdida de agua por la parte de abajo de la cisterna, justo por donde entra la tubería que la alimenta de agua.  
      Pregunto en la tienda de materiales de obra que tengo al lado de casa y me dicen que la cosa es sencillísima, que he de desenroscar el mecanismo que no funciona y enroscar el que ellos me venden.  Si la rosca es más pequeña, he de llevarme una rosca adaptadora al calibre pertinente. Pregunto, de paso, por esa leve "perdida" que, al llegar a casa, es ya una "gran" pérdida, y me dicen que he de enroscar al mismo tiempo las dos tuercas, la del interior del váter que está en el fondo de la cisterna y la que se ha de apretar por fuera y por debajo de la cisterna. Como soy persona bracicorta, salgo de la tienda con aire sombrío, ceño fruncido, acusando preocupación y arrepentido de no haber hecho mi buena FP de lampistería.
Me percato, con el recambio en la mano de que un arreglo semejante necesita más tiempo del que dispongo, porque tenemos invitados a comer y he de acabar una laboriosa paella vegetal. Total, que lo dejo todo “abierto” y postergo un día completo la decisión de ponerme manos a la faena. Mientras, el mecanismo antiguo aún funciona si se tira del mecanismo estropeado hacia arriba, lo que detiene el agua al borde de la cisterna, sin que se derrame, aunque cada vez que se hace (¡imposible no acordarse de ello!) ha de esperarse a que se llene y se llena uno de la duda razonable de que no funcione la “manualidad”.

       Al día siguiente también hay invitado, pero es un familiar directo y ello casi representa un aliciente para sumergirme en la faena y, si salgo del entuerto, ponerme alguna medalla lampística. Advierto que el mecanismo estropeado puedo sacarlo con facilidad, aunque en el transcurso de esos movimientos desplazo la rosca que tapa el agujero por donde entra la toma de agua, por lo que la fuga del preciado y carísimo elemento se convierte en un serio problema. Cierro la llave de paso, pero su escasa media vuelta no cierra del todo el paso de agua. Aun así, desenrosco la toma de agua por debajo del váter y, después de recoger con un mocho un buen cubo del fluido. Voy por otro cubo para que el tubo por el que llega el agua de la toma general al váter pueda desaguar con control. Mientras, como en el fondo de la cisterna aún quedaban dos dedos de agua, va saliendo con lentitud pero sin descanso, lo que me obliga a seguir ejerciendo de mochero.  En cuanto el fondo de la cisterna está seco, bien seco, procedo a la instalación del recambio. No me olvido de poner la cinta de teflón para sellar la juntura y procedo a enroscar el nuevo “set” controlador del llenado, el cual lleva un dispositivo para regular la carga de la cisterna y poder ahorrar agua. Una vez instalado, toca la difícil tarea de enroscar al mismo tiempo las dos tuercas de dentro y de fuera de la toma de agua. Lo primero que hago es centrar bien la que se ajusta al agujero del tubo por dentro de la cisterna. Después, manteniéndola con la mano izquierda, procedo a enroscar la de debajo de la cisterna. Cuando la fuerza de mis poderosos dedos no da más de sí, agarro bien el tubo rígido por donde asciende el agua dentro de la cisterna y con una llave inglesa procedo a ir ajustando la tuerca externa con precisión industrial supervisada por algunos curiosos que disfrutan con el espectáculo de una provincia en obras. Finalmente, y ante la expectación general de los allegados, abro la llave de paso, lleno la cisterna  la uso. El mecanismo funciona perfectamente: al llegar al límite establecido, la cisterna se para y por el váter no sale ni una gota. Ahora bien, compruebo, para mi desolación, que, “por debajo”, pierde, levemente, pero pierde. Pido espacio e intimidad y continúo con la labor. Ahora no sólo cierro la llave de paso del váter, sino la general y me aseguro, después del vaciado de la cisterna que todo queda resequísimo, antes de proceder al desenroscado conjunto de las tuercas pertinentes. Añado algo de teflón, casi por superstición, más que por convencimiento científico, y con magnífico ojo de buen cubero ajusto la chapa interior para tapar las fugas y vuelvo a enroscar la parte inferior. Como no rezo, hago lo que más se le parece, renegar en arameo y acordarme de siete generaciones familiares cuando, en la intimidad de mi provincia, pruebo yo solo el mecanismo. La prueba del papel de váter funciona: ni una sola gota ha caído en él después de coronar con éxito tan difícil intervención. “Pues no era tan difícil, ¿no?”, es todo el premio que recibe la alta intervención quirúrgica practicada. Para mí pienso que esos 80 euros bien ahorrados me equiparan con unas buenas zapatillas de correr, sumándole otros 30, claro, porque el jogging, con los precios de las mismas por las nubes, se ha convertido ya en vueling.

miércoles, 2 de octubre de 2013

La realidad y el deseo...


Vida oficial y vida real

Cuando en una sociedad se ha producido el divorcio que existió, por ejemplo, durante las postrimerías del franquismo, ambas vidas, ambas realidades se producen de espaldas la una a la otra. ¿Quién diablos se interesaba por lo que hacían las cortes franquistas, con aquellos "procuradores" elegidos por "tercios"? ¿Quién hablaba de si habían decidido esto o lo otro? ¿Quién conocía siquiera el nombre del presidente, ya que no había fuerzas opositoras, que todos eran expresión magnífica del unanimismo, ¡que no, desgraciadamente, del unamunianismo!? Pues lo mismo ocurre ahora en Cataluña, mutatis mutandi, que no hay que cambiar mucho, la verdad sea dicha, porque parece haberse impuesto un cierto "matonismo ideológico" desde el poder que deja poco lugar a dudas de cuál sea la raíz de planta tan maléfica. Quiero decir con este preámbulo que cuando deambulo, y lo hago mucho, por mi barrio, yo soy un "hombre de barrio", atento al microcosmos, antes que a la hipérbole histórico-mesiánico-mosaica que pretende ocupar toda la realidad sin que, la pobre, pueda traspasar más frontera que la de su reducido mundo de seguidores fanatizados, como la nación manda, me percato, digo, de que el vergonzoso Debat de Política General, que ni siquiera llega, nominalmente, a debate sobre el Estado de la Nación, a pesar de las protestas continuas sobre la ineluctabilidad de ambas pretensiones, no es que haya pasado sin pena ni gloria, sino que ni siquiera ha pasado, ha ocurrido. Ni una frase -porque ideas, todo sea dicho en honor a la verdad, no se ha escuchado ninguna- ni latiguillo ni eslogan ni ningún insulto elegante o desplante ingenioso ha llegado a la memoria de las gentes con las que me he cruzado estos días. Ni en los bancos de la calle, ni en las colas del mercado, ni en la parada del autobús, ni en el bar de la esquina, ni en la charcutería, ni en el súper de toda la vida, ni en los bancos del parque, ni en la copistería ni en la farmacia ¡ni en la barbería! he oído dos retazos de conversación que hayan tenido como objeto el famoso debate de política general. Creo recordar que hay una obra que se titula Los secuestrados de Altona, y me acuerdo del título, pero no del autor, porque no soy persona demasiado leída, sino muy paseada, y me parece que es del todo aplicable a quienes nos representan desigualmente: Los autosecuestrados de la Ciudadela, porque parece que se hayan metido en ella para protegerse de la realidad en vez de para influir en ella, excepto en cuestiones anecdóticas como la reescritura de nuestra Historia taurina comunísima con el resto de España. Como si la famosa quema de los conventos de Barcelona en 1835 no hubiera tenido su origen en una protesta por la mansedumbre de los toros que se lidiaban en la plaza de San Miguel de la Barceloneta...
El título de esta entrada es ya un lugar común, pero fue el título de un libro de poemas cuya lectura sería muy instructiva para cuantos hacen del "choque de trenes o de autos" una filosofía de la Historia. Disculpen el cierre. Me ha dado un golpe de calor intelectual. Prometo enmienda.Estos octubres calurosos acaban con cualquiera.