lunes, 6 de enero de 2014

Navidad y sus insinceras dádivas...


                                                               

 El extraño síndrome del Dr. Capra y Mr Scrooge.

                              ¡Por fin! ¡Qué ganas tenía de que se acabaran estas fiestecitas! ¡Estaba hartito ya, de tantas celebraciones! ¡Pero quién coño se inventó esto de las Navidades, ¿El corte inglés?! ¡Y para postre, los regalitos de los huevos! A mí el año que viene no me pillan, ¡vaya que no! Y este año, además, me ha tocado todo a mí, en mi casa; claro, con eso de que “como tu comedor es tan grande…” ¡El año que viene, de vacaciones a Mozambique! ¡Saturadita estoy, saturadita; menudo hartazgo…! ¿Navidades? ¡Sacaperras!, eso es lo que son las navidades; se lo montan de coña para dejarte a dos velas
Todas esas expresiones están “tomadas del natural” durante estos días de fiestas: en el ascensor, en la panadería, en el quiosco de prensa, cazadas al vuelo en la plaza, en la cola del cine… Revelan la otra cara, la scroogiana –preconversa– del empacho de bondad caprana con que nos regala la tradición y el capital. Del mismo modo que hay un síndrome stendhaliano que explica el vértigo que se apodera de quien consume una ración excesiva de arte en poco tiempo, lo que nos sucede a todos los turistas que no podemos pagarnos más de una semana en destinos que requieren casi un mes; de igual manera hay un síndrome caprano que explica el exceso de bondad que somos capaces de experimentar y que nos conduce a un estado de postración que, sin solución de continuidad, nos hace convertirnos en su contrario: Mr. Scrooge, antes de su bobalicona y cobarde conversión forzada con las peores malas artes del más tramposo de los autores burgueses.
A nadie en su sano juicio le pueden parecer razonables estas fiestas que explotan los bajos instintos emocionales para birlarte la extra que te permitiría ir un poco más desahogado durante un par de mesecillos. Son nocivas e inmorales, y deberíamos formar una suerte de Movimiento Scrooge que reivindicara el derecho a pasar de ellas desde el 24 de diciembre hasta el 7 de enero, como si no existieran; reivindicar que no nos atosiguen emocionalmente –una versión hardcore  del acoso comercial– y no tener que dar explicaciones por no “alegrarnos” al usísono de todos los ¡sí, sí, sí! borreguiles que se embarcan en este tren con los ojos chispeantes por la “ilusión” navideña.
La realidad, sin embargo, está más cerca de la esquizofrenia del título que de la unanimidad entusiasta y consumista, y en no pocos hogares se vive con delectación el momento estelar de ajustar cuentas pendientes con el padre intransigente, el hermano borde, la hermana imbécil, la madre insoportable, el cuñado coñazo, el primo ¡te doy una hostia que…!, etc., porque las posibilidades son infinitas y todas ellas se practican con una entrega inexplicable si no se asiente a la escisión que todos sufrimos entre el merengue caprano y la atrabilis scroogiana.
El remate de las fiestecitas es la festividad cruel de los Reyes Magos –y eso no lo digo yo, pobre de mí, que soy Juan Poz Sinmás, sino la psiquiatra Alice Miller en La llave perdida, creo recordar-, una epifanía cuya magia anda tan devaluada como la ilusión infantil de unos niños que hace tiempo que saben, desde que para Zapatero la crisis era un invento de quienes conjuraban contra España, que los reyes no son los padres, sino los abuelos. Quienes hayan visto la película Un padre en apuros (Jingle All the Way) y se hayan sentido identificados con el padre agobiado que tan bien interpreta Terminator, con un lado cómico muy potente, se habrán reído lo suyo con  una película que te divierte de puro boba. Se trata de una de esas películas malas de solemnidad cuya inverosimilitud capta a la perfección, sin embargo, el drama de las fiestas navideñas, sobre todo para quienes las viven como una imposición, es decir, como el 50% de la población, según encuesta hecha por los propios Reyes Magos y cedida gentil y republicanamente al CEO… En definitiva, que hemos de preguntar, a parientes, vecinos, amigos y colegas, qué tal las fiestas, cómo se lo han pasado y qué piensan  de la Navidad, ahora que ya todo ha pasado, y todo es lo peor, porque, a poco que se hurgue en la herida, podemos captar nuevos socios para el Club Scroogista con el que poner de moda la insumisión navideña que muestre ese Mr. Scrooge que todos llevamos dentro y del que, por una u otra razón, queremos desentendernos cuando tocan a rebato las campanas del exceso saturnal. ¡No al chantaje emocional! ¡No al consumo irracional!, podrían ser los lemas que presidieran nuestra movilización por las calles más céntricas para animar a los timoratos a liberar la individualidad *contestaría que llevan dentro y oponerse al despilfarro y a la alienación de unas fiestas que, bajo la apariencia de entrañables, te roban hasta las entrañas, y, si no, te las descomponen a fuerza de comilonas disparatadas… ¿Las Navidades? Dalas, dalas, no te las quedes, libérate…

*Si será conservador el Word de Microsoft que apenas escrito contestataria, va y me la transforma en este contestaría que hasta ahora me había pasado desapercibido. Queda anotado. Tengo que desactivar el corrector automático..., y alertar el mío propio.









domingo, 29 de diciembre de 2013

Un banco, una plaza, una mirada...



El gran espectáculo:
Improviografías prêt á rester.
 (Breve introducción teórica)

               Se ha ofrecido, sobre todo en la despiadada publicidad, la figura de los jubilados en los bancos de los parques ciudadanos, y aun de los paseos, como una suerte de desván de trastos viejos arrumbados cuando, en realidad, son, aunque nadie repara en ello, una inagotable cantera de relatos biográficos cuya breve extensión compite con la intensión compulsiva con que se enuncian. Digámoslo sin reparo y cuanto antes: es un arte. No tiene público, pero sus obras existen y están al alcance de muy pocos, un desconocimiento que este observador (también convulsivo) quiere remediar, o intentarlo, al menos. Se trata de un arte milenario plagiado, aunque no siempre mejorado, por escritores de toda laya. No se trata de los conocidos cuentacuentos tribales, auténticos correveidiles, glosados en el magnífico libro de Vagas Llosa sobre el arte de novelar, Viaje a la ficción, sino de un género distinto que se ha perfeccionado a lo largo del tiempo, si bien no siempre, cuando uno toma asiento junto a los artistas, puede tener la seguridad de hallarse junto a un maestro, a un pobre imitador o a un principiante prometedor, duda que se disipa apenas han comenzado a brotar de sus bocas, manantial caudaloso, las biografías efímeras, porque esta condición añade a este arte narrativo una dimensión muy peculiar y le confiere buena parte de su encanto y de su valor. Asentir a los primeros es garantizarse unos momentos extraordinarios de intenso placer literario; sufrir a los segundos, un tormento fácilmente excusable; tolerar a los últimos, una benemérita acción que otros oyentes agradecerán. 
              En la teoría literaria moderna se presta cada vez más atención al receptor. Las audiencias de este arte desconocido tienen, también, una gran importancia, en la medida en que los creadores son muy receptivos a las manifestaciones de agrado o desagrado de su público, lo que les lleva a potenciar sutilmente aquello que es mejor recibido, lo cual redunda en la perfección de su arte, al revés justamente de lo que ocurre con los artistas reputados, que tienden a la repetición vulgar para mantener el fervor del favor ya conquistado.   Los narradores nunca repiten la misma biografía, aunque muchas de ellas se parezcan hasta casi confundirse, pero la improviografía –que así la podríamos clasificar, con la v transgresora y normativa a un tiempo– es el privilegiado espacio de los matices definidores, singularizadores, y si ínfimos, de mayor mérito. El rizo rizado de las improviografías es hacerlas de quienes, acaso en alguna de esas sillas solitarias de las plazas, desde las que es imposible acceder a este nuevo arte que descubro, se dedica a lo mismo, en un ejercicio narcisista, con los transeúntes de quienes los metaimproviógrafos han distraído la atención, si bien ahí se mezclan ingredientes como la rivalidad, los celos y otros que modifican el género hasta casi alterarlo radicalmente. Quienes quieran iniciarse en la audición de este género forzosamente han de compartir el mismo banco con el narrador y mantener un consistente aire de distracción, para el que hojear el periódico, pero lentamente, de modo que el artista perciba ese lento paso de las páginas como una invitación, es un recurso comúnmente aceptado. Es absolutamente irrespetuoso atreverse a ir más allá de las normales muestras de asentimiento, que han de hacerse con delicada cortesía. Contraproducente al máximo es interrumpir al artista con una petición de aclaración o de repetición de algún pasaje o detalle. Hemos de sufrir en silencio nuestros despistes o nuestra falta de atención y mejorar la capacidad de concentración en el hilo, ¡tan pasajero, ay!, del relato. ¿Cuál es el detonante de una improviografía? ¡Ah, ése es el gran misterio de la creatividad de los veteranos artistas! No todas las persona que pasan por delante del improviografiador son capaces de suscitar la dinámica narrativa, e incluso bien puede decirse de muchas de ellas que antes la sofocan que la encienden. Hay personas que llevan escritas sus biografías en el gesto, el andar, el modo de gesticular al hablar por el móvil, el modo de vestir e incluso en la manera de llevar bultos. Son anodinas para nuestros artistas. Otras, sin embargo, revelan en un detalle insólito, y que sólo el artista experto sabe captar, la existencia de un misterio atractivo que les empuja con inexplicable fuerza a iniciar la improviografía, siempre y cuando halle a su lado un destinatario, por supuesto. Pueden decírselas para sí, en silencio, y en cierta forma debe de formar parte de su aprendizaje, pero la manifestación plena de esta arte sólo se produce cuando el poder evocador de la palabra se sonoriza. No es lo mismo leer un resumen-recuerdo de una improviografía que oírla íntegra en directo, pero en atención a los amables lectores de estas observaciones de la vida cotidiana, traeré en la próxima entrega un pálido reflejo de la práctica de este nuevo arte.   

sábado, 21 de diciembre de 2013

Carta, en catallano, de la Forcadell al Poz.



Malquerido Juan Poz:
                                    li escribo porque me an dicho que es vosted un crítico feros del nuestro movimiento nacional para la independensia que, de una vez per totes, nos separi de un país tan endarrerido i poco desenvolupado como la Espanya que, parece ser, segon me disen quienes toman nota de todos vostedes pera elaborar las llistas de los enemigos del nuestro pueblo, vosted defiende a capa i espasa. Li quiero desir que vosted no entenderá nunca lo que significa el nuestro movimiento nacional, porque vosted es incapaç d’entender què significa ser catalán i el urgullo que tenemos todos nosotros de serlo, que es lo más grande que se puede ser en esta vida. A vosted le carcome la envedia, porque nunca ha sentido aqueste esperit de “germanor” –que li desimos en catalán- i que no es exastamente la solidaritat, que disen vostedes. És vosted un descregudo i un escéptico i por les venes de vosted no correrá nunca el sentido de pertenença a un pueblo tan fuera de mida como el nostro poble catalán. Me hace lástima que vosted sia incapaç d’entendrer la dimensión trascendental d’aquesta pertenença, perquè todo y que s’afani en escribir en catalán, con eisó solo no basta per a sentirse catalán com nosaltros. És igual que haigui vivido quasi toda la seva vida entre nosaltres. Nunca arribará a ser com nosaltres. Somos de una otra clase. Podria haver li escrito en catalán, porque vosted lo escribe, peró he querido tornarle el “favor” i enviarle el mio menysprecio en la seva llengua, peraque vea que no “em duelen prendes” –como dicen vostedes– i no “se me cain els anellos”. Como hasía mucho tiempo que no lo escribía, hasta y todo me ha hecho grasia adresarme a vosted en la llengua en que vosted siente i que tanto nos ha fecho sofrir a nosaltros. Somos una nació milenària i tornaremos, puede ser, a sofrir, peró también a vencer, i nunca gente com vosted podrá impedir que los catalanes reeiximos en la defensa de les nostras convinsiones.
Li deseo lo pior.

Carme Forcadell

sábado, 14 de diciembre de 2013

Las separaciones: ¿Una moda?



Las translúcidas razones del desamor

Efectuar el mismo recorrido urbano diariamente, en este caso para ir al trabajo y regresar a casa, permite al observador atento percatarse de realidades que acaso para muchos otros pasan desapercibidas. Los horarios nos acercan a quienes los comparten con nosotros durante ciertos tramos de esos itinerarios, y aunque nos cruzamos y estamos harto de reconocernos, jamás damos el paso de saludarnos para conocernos, porque un afán comunicativo semejante quizás sería incluso mal interpretado. La sociabilidad expansiva se considera una agresión.

Soy muy sensible a las separaciones, e interpreto con facilidad las señales del distanciamiento, del desencuentro, del rencor y de los más mínimos agravios que se fruncen en el entrecejo, acordillerándolo, o en los labios, apiñonándolos. Se ha establecido estadísticamente que el verano es mala época para las parejas, quizás porque han de convivir las ¡24 horas del día! sin tener la costumbre, y porque han de hacerlo de manera abrupta de un día para otro, cuando se abre la veda de las vacaciones y ambos contendientes se encuentran frente a frente, dispuestos a compartirlo o sufrirlo todo. Ignoro, de las personas con quienes me cruzo, el origen de sus morros, de su frialdad y de su desamor, pero lo evidente me basta para tomar nota de los poderes de ese potente desamor, ¡tan poderoso o más que el propio amor! Al margen de las biografías in itinere, a las que tan aficionado soy, porque me permiten escribir biografías imaginarias que nunca han de ser falsadas, por más que yo las falsee, en los tres últimos meses he sido testigo de no pocas separaciones, como si, curiosamente, se hubieran puesto de moda. La primera, la de la pareja que regenta el quiosco de prensa. Acostumbrado a ver al hombre en su garito, expuesto a la intemperie —que en sí no tiene sentido negativo, aunque sí le hemos echado los hablantes esa adversa connotación— los 330 días del año, me quedé sorprendido al ver a su mujer a las 6 de la mañana del domingo (acompañada por su padre): «A partir de ahora lo llevaré yo sola», fue toda la explicación, que me recordó el intento de usurpación de Alexander Haig: I’m in charge now, tras el atentado que sufrió Reagan. Ante legítimas parcas explicaciones huelgan las cuestiones. Tomé nota. «Que sea para bien»   , fue todo lo que me atreví a decir, amparado en mi antigüedad clientelar.

Durante años me he cruzado con una pareja mixta, él, nativo, ella, o cubana o dominicana, a simple vista y nula audición, que caminaban juntos y, a veces, ella colgada del brazo de él. Nunca hablaban. Es hora temprana, la de nuestro cruce, y poco amiga de la locuacidad. Comenzaron a separarse dos baldosas, aunque seguían caminando juntos. Es llamativa la expresión de reconcentración que exhiben dos seres que tienen muchas cosas que decirse, o que gritarse, y que se instalan en el mutismo absoluto que las bufandas del invierno permitían camuflar. Transmitían ese estado de «estar a punto de explotar» que tan nítidamente captan lo no involucrados en la querella. Trabajan en dos cafeterías diferentes. Al separarse, al llegar al primer destino, ella seguía recta y él giraba a la izquierda, sin decirse nada, ni gestualmente. Este otoño la separación se ha consumado. Él sigue inalterable, como si hubiera echado el ancla en el proceso y no tuviera intención de modificar los hábitos de la indiferencia. Ella, sin embargo, ha cambiado y mejorado su aspecto, sonríe, se maquilla y hasta su manera de caminar se ha transformado: antes cruzaba los brazos y se autoestrechaba casi en gesto de protección, de defensa; ahora, sin embargo, penden los brazos, los hombros se han alineado y los pechos han salido de la represora madriguera. A él he dejado de verlo. Habrá escogido otro camino u otro empleo u otra localidad. Con ella sigo cruzándome, pero ni se fija en el observador.

Las razones para divorciarse formarían un hermoso capítulo del libro nacional de los disparates, que en Inglaterra es todo un señor género literario, el nonsense, pero el carácter radicalmente individual de quienes las sostienen, aunque coincidan con otros, por un lado; y la complejidad infinita que involucra dos ¡o cuatro o cinco o seis biografías!, por otro, convierten las separaciones en un proceso casuístico ante el que las viejas polémicas sobre el sexo de los ángeles podrían considerarse geometría incontestable.  

Una pareja allegada y otra del ámbito familiar han decidido seguir caminos opuestos. Antes era común devenir oído de monólogos infinitos y redundantes hasta la saciedad. Ahora apena hay explicaciones: «Que se ha acabado, y ya está, y no hay más que hablar. Finito. ¡Y punto!», aunque a uno le extrañe una parte del desahogo, porque, llevado por la confusión, entiende que el «nada que hablar» era en el seno de la pareja, no con el negado confidente. Detecto cierta banalización en esto de las separaciones. No han de convertirse en una tragedia helénica, por supuesto, pero hay algo así como un «gatillo flojo» —nada que ver con el gatillazo!, que si es recurrente justifica cualquier separación…— en la toma de la decisión, una facilidad y rapidez, que nos habla de cierta incapacidad para asumir la contrariedad, la divergencia, los errores, los malentendidos, los temperamentos, las adversidades. La instrumentalización del otro se ha convertido casi casi en ley. El «si no me sirve para…» o el aún  más hiriente: «si ni me sirve para…» forman parte de esas pseudorrazones que el oyente escucha estremecido. En cualquier caso, se trata de un proceso, a pesar de la banalización, que tiene dos momentos muy marcados: el del dolor inicial: «¡Cómo ha podido hacerme esto!» y el del alivio final: «¡Como he podido estar tan ciego/a!». Entremedias, claro está, hay un rosario interminable de dimes y diretes que consume la paciencia del más devoto de los amigos. 

Ahora acabo de enterarme, uno no sabe si por efecto de esta ola de separaciones que nos invade, que una de las Cataluñas reales quiere separarse de todas las españas reales e imaginarias. Estoy perplejo. No sé si la psicología de masas o el magnífico libro de Canetti: Masa y poder, me ayudarán a sacar algo en claro. Tengo observadas a las dos miembras —seamos políticamente correctos al Zapatero and Bibiana old style— de la pareja, pero, a pesar de haber visto la aburrida y cansina La vida de Adele, no sé si en las parejas homosexuales los patrones de conducta se asemejan a las heterosexuales o hay diferencias que pueden escapársele al no ejerciente. Cuando haya descubierto algo de relieve a partir del tribadismo de la tribu *divorciante, traeré la reflexión a este blog. Del roce nace el cariño, dicen, y aun el placer, pero algo ha fallado en esta pareja centenaria. ¿Será la tan cacareada incompatibilidad de caracteres? ¿O habrá denuncia por medio de malos tratos físicos y psicológicos? Sigo atento.

viernes, 6 de diciembre de 2013

EL DÍA CONSTITUIDO




6 DE DICIEMBRE, DÍA DE LA CONSTITUCIÓN: Notas de observaciones tomadas del natural.

Ayer murió Mike Ehrmauntrat en un capítulo sombrío y al tiempo tierno de Breaking Bad –una serie excepcional-, y justo después La 1 conectaba con 24h para ofrecer un programa sobre la muerte de Mandela, con un presentador, por cierto, que, desconociendo su función, acaparaba la palabra y en modo alguno agilizaba la rancia tertulia que se montaron en la tele del PP. Esta mañana, después de comprobar, y criticar, la escasa importancia que tenía para Crónica Global la muerte de Mandela, he trabajado un poco después de desayunar y a las 11’30h he cogido el portante para asistir  a la manifestación/celebración del día de la Constitución española. Es día festivo, en efecto, pero han abierto todos los comercios del centro, no como estrategia anticontitucionalista, sino para adelantar el cobro de los impuestos consumistas navideños.
Camino de Urquinaona no he visto mucho “movimiento” protestante, ni una pancarta, ni una bandera, tampoco personas que, al pasar junto a ellas, tuvieran en la conversación pillada al vuelo ni la palabra “manifestación”, ni “constitución”, ni “España”, ni “Cataluña”, sino “zapatos”, “me han dicho que…”, “¿Dónde comeremos?”, et sic de caeteris. De hecho, hasta que no llegué a la propia plaza de Urquinaona no salí de una duda que se apoderó de mí mientras recorría la Ronda de Sant Pere: ¿Me he equivocado de hora? La despejé nada más doblar la esquina de la Ronda y entrar en la Plaza para descubrir el final de la manifestación. Decepcionado por la escasa presencia, que ni cubría por entero la plaza, he ido bajando por Vía Laietana en busca de la dimensión exacta del número de congregados. Mi sorpresa ha sido que bastante antes de llegar a la boca del metro, ya estaba la pancarta con los impulsores del acto y los responsables de los partidos que lo apoyaban. Siendo muy generoso, no creo que pasáramos de 3000 las personas allí reunidas. Pero da igual. La gran victoria de la celebración de hoy no estaba en el reducido número de manifestantes que recorríamos, generosamente separados unos de otros, la Vía Laietana, sino el convencimiento de miles de con ciudadanos nuestros que están plenamente convencidos de la irreversibilidad de la vigencia de la Constitución, de que ningún serio peligro loa amenaza y de que, por tanto, es innecesario manifestarse para defenderla. La presencia abundante de banderolas del PP parecía convertir la manifestación de hoy en un acto partidista - y ya conocemos el inmovilismo del PP frente a posibles cambios institucionales– lo cual parece estar reñido con una celebración en la que han de caber también posiciones como las que proponen el cambio de la Constitución de acuerdo con las previsiones para hacerlo que ella misma establece. Ciertos cánticos y gritos –más la ausencia de banderolas de C’s, quizás porque sus seguidores somos críticos con el abuso de los símbolos y su excesivo valor identitario–, contribuyeron a generar en mí un “efecto distancia” respecto de ciertos contenidos de la celebración. En este sentido, digamos que siento la misma repulsión hacia el reflejo especular de la parafernalia secesionista. La vivencia de la patria, como la de la religión, ha de pertenecer al ámbito de la intimidad Seguro que así serían más sólidos los fundamentos de ambas, si así fuera.  Pero somos un país que tiende a la algarabía y eso nos pierde. De hecho, la manifestación de hoy más parecía una manifestación nacionalista antinacionalista (y a buen entendedor…) que propiamente la celebración de nuestra Carta Magna. Fiel al espíritu observador de lo cotidiano que me caracteriza, en ciertos tramos de la marcha me he “descolgado” a los márgenes del arroyuelo humano para “palpar” las reacciones de los espectadores ajenos a la manifestación. Y he encontrado de todo. He aquí una muestra documental:  “Son pepistas”; “haurien de continuar tot dret, caure al mar i enfonsar-s’hi, tots”: “Look, daddy, a demonstration”; “Yo a quien te quiero es a ti, Jordi”; “Nem ràpit, fills, no mireu, nem, nem”; “estos defienden la unidad de España”; “………..” ¿?(en ruso); “ja ha sortit la xusma a passeig”; “estos deberían pagar dos veces los impuestos, en Madrid y en Cataluá” (sic, sí, en castellano); “El Rajoy ya tendría que estar en la cárcel, y todo su gabinete”; “quatre gats, tot plegat”, y muchas más que se interrogaban sobre lo que habrían de comprar de cara a la Navidad próxima y que no reproduzco por carecer de interés. Cuando he “parat l’orella” al lado de la Feria de Santa Lucía, me he acercado a los puestos más cercanos y me he llevado la sorpresa de que la iconografía cubanyera se ha apoderado del negocio belenístico. Supongo que habrá belenes este año en cuyos portales de Belén ondee la cubanyera del mismo modo que lo hará –por incongruente que sea tal elección– en el castillo de Herodes, que entonces sería lo más parecido a la estructura de estado… No quiero atreverme a pensar que los pañales del nen “ros i blanquet!” –pura expresión del racismo tan arraigado en la mentalidad nacionalhordalista catalana– también serán cuatribarrados, como son blaugranas los pijamos y calzoncillos de tantos culés, pero después de lo visto, no volveré para comprobarlo, la verdad…
Al final de la marcha se han levantado dos tablados, uno para los jóvenes que nos han recordado las virtudes de la Constitución, después de habernos ilustrado los organizadores sobre la reescritura estalinista de la Historia que hace Trias respecto de la plaza de la Constitución, y otro para los periodistas, donde se amontonaban, cada uno con su intención , que casi no dejaba espacio para el uso de las cámaras. Camino de vuelta a casa,  bajando por la calle Fernando, que fue el VII de los Borbones, de infausta memoria, pero al que se ve que Trias tiene en alta estima, porque no ha sugerido, aparte de quitarle el número y el apellido, dedicársela, la calle, al mesías Mas o a alguno de los anteriores; bajando por ella hacia las Ramblas, digo, había estacionados hasta cinco furgones de los Mozos de la Escuadra (creados, recordémoslo, para combatir a quienes lucharon contra Felipe V, lo cual es el colmo de la empanada mental de nuestros actuales secesionistas) y al cruzarme con los que estaban de pie al lado del vehículo en ninguna de las parejas que vigilaban hablaban entre ellos en  catalán, pero esto último no me ha llamado la atención porque lo tengo registrado como “habitual” en mi cuaderno de apuntes del natural.

viernes, 29 de noviembre de 2013

La Moreneta caganera.

El cagarro daurat... El zurullo dorado...

He aquí un asunto que parece haber nacido para alimentar estas humildes páginas, atentas, por definición programática, a los prodigios de la vida cotidiana. ¡Por fin una controversia a la altura de un pueblo culto  y de un futuro estado modélico! Que la escatología -acabo de ponerme el tuxedo (Del territorio que lleva el nombre del jefe algonquino P' tauk-Seet-though - "El Hogar del Oso", según información al alcance de todo el mundo) expresivo- forma parte de la cultura popular catalana es algo tan incuestionable que dudo mucho de que los obispos y mossenes que tan enérgica y hasta judicialmente han protestado puedan llegar a entender el alto honor que le han hecho a la religión católica y a la Moreneta en particular: la han popularizado, humanizado y avecindado, aun más, si cabe, y con el mayor de los respetos, porque al Olimpo Caganeril no accede cualquiera, y lo extraño es que haya pasado tanto tiempo sin que haya entrado en él.
Ya la tenemos, y con un zurullo dorado que me parece muestra de una delicadeza que no se aviene con el impulso transgresor inicial que supone esta figura tradicional del belén. Lo suyo hubiera sido, para humanizarla más, haberla significado, realzado es la palabra idónea, con unos moscones verdes posados sobre el divino excremento y que mientras que con  una de sus manos se alzara manto y túnica, con la otra hubiera tenido la delicadeza de pellizcar la nariz del niño –como hizo D.Quijote cuando Sancho se convirtió en caganer viviente ante los Batanes–, todo ello en cuclillas, claro, que es como manda la tradición y con las sagradas nalgas al aire. Puede entenderse que la hayan dejado en su actitud sedente porque, como todo el mundo sabe, muchos tronos son también cagaderos.

 Los mefíticos aires estatales, acaso fortalecidos por la ingestión masiva de los Aromas de Montserrat, han conseguido que en este rincón noreste de la Hispania romana ya no se entienda nada de nada y que el baile de disfraces político se haya “encomanat” a cualquier profesión, la religiosa incluida. ¿Cómo es posible, entendible, comprensible, inteligible, etc. que la iglesia de los pobres no alce la voz contra la creciente pauperización de la sociedad catalana y toquen a rebato contra la supuesta blasfemia y quieran poco menos que llevar ante la Inquisición a los festivos escatólogos populares que han cumplido con una tradición milenaria –ésta sí que sí, no la defendida por el GH Mas (Nada Honorable Mas)? Vivimos en el país de las preguntas, aunque algunas sean de dificíliiiiiiisima formulación.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Una vez al año



    Las trampas sociales       

            Hay seres sociables, ultrasociables y, atenuémoslo, seres poco proclives a la vida social. Cuando uno tiene la desgracia de pertenecer al tercer grupo, ha de escuchar una suerte de argumento, coacción, amenaza que, de desoírlo, puede afectar su vida familiar seriamente, incluso hasta el punto de perderla, caso de no jugar a ese perverso y desequilibrado juego de las negativas: “¡De ninguna de las maneras, me niego!”, y de las cesiones:  "Sí, pero me la debes…":
              “Pero si es una vez al año…”
              Es el “pero” dramático que escucha el insociable con la mirada suplicante del perro que pretende que el amo no descargue el golpe sobre su lomo, o la ama…
              La lista de acontecimientos que “sólo”, siguiendo las normas sociales no escritas pero con rango de ley de obligado cumplimiento, se celebran una vez al año es tan larga que, según los casos, el ser huraño o misántropo o simplemente amante de la soledad y de “sus cosas” se ve comprometido para casi los 545 días del año…, porque esos 180 –en menguada estimación- en que se han de cumplir las obligaciones de toda índole se sufren doblemente…
 A esta situación, más común de lo que puede parecer, porque la sociabilidad de la especie tiene más de mito que de realidad, aunque no el gregarismo, que ese sí que algunos es lo único que llevan escrito en el ADN, se le ha de añadir, como es lógico, un castigo obvio: ser miembro de una familia numerosa y que la socia o el socio también lo sea. ¡Ahí es el acabose!
                 Cumpleaños, onomásticas, Nochebuena, Navidad, San Esteban, Año Viejo, Año Nuevo, aniversarios de bodas, misas de difuntos, citas con los amigos, cenas o comidas con los colegas, la celebración del amigo invisible, la fiesta de carnaval, la castañada, la salida a la nieve, la salida de semana santa, la reunión de vecinos, la necesaria salida a elegir y comprar un electrodoméstico sin el que no se puede vivir, el día de la ópera, la velada teatral, el viaje de fin de semana para renovar lazos indestructibles, la compra de un nuevo colchón, los vídeos y las fotos de los viajes de los amigos, la presentación de novios o novias de la prole, la  barbacoa en el merendero, las visitas hospitalarias (a cierta edad tan frecuentes como los entierros), las fiestas de fin de curso, las graduaciones…, todo ello escrito a tecla pronta y sin pausa, porque de hacer la lista exhaustiva esta entrada iba a parecerse más a un índice que a la amarga queja que es.

                   ¿Cómo puede alguien construir su individualidad en, y con, esas condiciones? ¿Cómo puede alguien edificar su personalidad si le andan sacando de su casa y de sus casillas con cada nueva cita concertada? ¿Qué puede ofrecer en el comercio con los demás sino un apunte, un borrador defectuoso de lo que podría ser? Frente a las exigencias de la sociabilidad hemos de oponer que la sociabilidad bien entendida, como la verdadera caridad, empieza por uno mismo. A ver si me libro de la próxima y me puedo escabullir para salir a cumplir mi labor de observador atento de nuestra maravillosa vida cotidiana, en la que, a veces, entran novelas de terror como la presente…