miércoles, 15 de junio de 2022

Presentación de« Popping Corn», la versión inglesa de «Poemitas de maíz», de Mendigo Diego

 

Un acto cultural, la revelación de la deslumbrante voz poética de Manolo marcos, autor de Tácticas de payaso y la celebración amistosa de la palabra en una librería mítica: Documenta.

 

Hace unos días se presentó en la famosa librería Documenta, aún con su fundador, Josep Cots, y su eterna corbata de lazo,  al frente, la traducción al inglés, en edición bilingüe,  del libro de Mendigo Diego, Poemitas de maíz, traducido como Popping Corn por el autor de la versión inglesa y al tiempo editor de la obra Rafael Peñas Cruz.

         Una tarde calurosa de esta canícula desorientada que vivimos, nos reunimos alrededor de un acto cultural tan literalmente esotérico en nuestros días, como es la presentación no ya de un libro de poemas, lo cual podría considerarse hasta cierto punto «normal», sino de la traducción al inglés de un libro del heterónimo, Mendigo Diego, del poeta, artista plástico y músico Manolo Marcos, autor de un poemario Tácticas de payaso, del que hice una fervorosa crítica, dada la calidad del mismo y lo novedoso que suponía, en 2016, cuando apareció, ver un retoño de lo mejor de la tradición surrealista de nuevo en circulación, por más que sea en capillas ilustradas de la reducida secta de los lectores de poesía.

 

 

    El acto, presidido por el entusiasmado editor y traductor del libro, que nos transmitió plenamente la pasión que siente por la obra de Mendigo Diego, consistió en la lectura de algunos poemas en su doble versión, la española, a cargo del autor, Mendigo Diego; la inglesa, a cargo de Minie Marx, conocida actriz de Els Joglars y de series populares de TV3, la televisión autonómica de Cataluña, amén de una sólida carrera internacional. He de reconocer que la seriedad profunda del estoico andaluz que es Manolo Marcos era el vehículo perfecto para una poesía que destaca, entre otros valores, por la comicidad inherente a las imágenes afortunadas que pueblan los poemas, y de la que la traducción nos da cumplida cuenta, por más que se advierta, a veces, la imposibilidad cierta de captar resonancias profundas y connotaciones ligadas a los significantes y sus múltiples juegos expresivos:


Puse nombre a las cosas, por ejemplo:

Quise llamar hormiga a una lágrima.

 

Solo porque la vi caer

De una mejilla hasta el suelo.

 

Y porque echó a correr

por la máquina leve de este verso.

Si esto es lo que llaman metáfora…

Solo digo lo que vi. No digo Diego.

 

I gave names to things, for example:

I wished an ant to be called a tear.

 

Just because I saw her fall

From one cheek onto the ground.

 

An because it began to run

Through the faint machinery of these lines.

If this is what is called metaphor…

I just say what I saw. I keep to my word.

 

Más tarde, se abrió un debate sobre el surrealismo y sobre su significado en el arte contemporáneo, así como la comparación entre las diferentes corrientes de vanguardia que arrancan con la creación del Dadaísmo de Tristan Tzara, para lo cual intervino una profesora de universidad que nos ilustró sobre la materia, aunque sin salirse de las líneas generales de lo de sobra conocido sobre el tema. A mí, incluso, me dio la impresión, oyendo recitar los poemas al autor, solemne y cáustico al tiempo, que esos poemas de índole surrealista estaban más emparentados con nuestra tradición popular, como la de los romances viejos, que con otra cosa. De hecho, y dada la insistencia con que el editor echaba de menos que Manolo Marcos no hubiera traído el saxo que domina con maestría equivalente a la escritura de su poesía, tentado estuve de arrancarme yo con un romance aflamencado que está en la base de la mejor poesía española de todos los tiempos: el Romance del prisionero,  que dejo aquí para torturar los oídos de los lectores desprevenidos…, porque, a mi atrabiliario entender, las imágenes de la poesía popular han nutrido aventuras como la del Creacionismo de Vicente Huidobro, que sería algo así como nuestro surrealismo castizo avant la lettre.

Hay autores que se han forjado en el cultivo de un don innato para la poesía, enriquecido por lecturas que siempre son provechosas y, sin duda, muy satisfactorias, pero que no alteran ese impulso, esa locura por el verbo en movimiento delirante que advertimos en los poemas de Mendigo Diego y en las Tácticas de payaso, de Manolo Marcos: ¡Habría que oír la voz andaluza y contenida de Manolo al recitar esta joya de Poemitas de maíz!:


El ya no más de tu siempre,

Tu cuerpo sediento de maíces.

Tu vientre imantado, saturnal,

Esa epidermis de las palabras

Cuando el envés del mundo se nos muestra.

Alma púber

De raíces sentimentalmente urdidas

En estupor pueril; clama por la belleza

Que te robaron,

Deja que entre la luz hasta el hueso.

 

El acto tuvo un reducido pero selecto público que me pareció complacido con el conocimiento, en voces tan cualificadas, la española y la inglesa, de una obra que, más allá del público propio español de un poeta cordobés, va a tener la fortuna de viajar a los lectores de habla inglesa. De hecho, ya hay apalabrada, al parecer, una presentación del libro en Inglaterra, lo cual no deja de ser un timbre de orgullo para el autor y un reconocimiento a su voz poética, acostumbrada, como suele suceder en el género de la poesía, a la «inmensa minoría» a la que se dirigía su conterráneo JRJ.

A todos los interesados en la poesía no pueden pasarles desapercibidas estas dos obras que revelan un talento tan especial como lo es el talante humano del autor de ambas, a quien me precio de poder llamar amigo, a fuer de lector devoto de su obra deslumbrante.


 

domingo, 5 de junio de 2022

La caída…

 

Confesión de una conversión…

Acogiéndome a la pluralidad de opiniones que caracteriza a la magnífica revista digital que es Ataraxia, me voy a tomar la libertad de teclear un artículo sobre nuestro bien amado líder nacional, Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, a quien, con relativa frecuencia, se ha denostado desde esas mismas páginas, aunque, eso sí, con encomiable sentido del humor, esa cortesía que abre todas las puertas.

Imagino que al leer el título de estos párrafos en loor del prócer algunos habrán imaginado lo que está lejos de ser. En efecto, esa no es la caída célebre de un dictador, sino la de un fustigador de quien cuenta la leyenda que cayó del corcel, herido por la revelación divina, y oyó su nombre en las altas esferas de la música celestial que lo reconvertía en defensor de aquellos a quienes combatía: tal es el referente que ha de ser tenido en cuenta para lo que sigue.

Quiero disculparme, en primer lugar, por haber propalado, desde Gorjeolandia, alguna que otra indignación contra a quien ahora veo como la encarnación de todas las bondades políticas que han llegado al Poder, aunque por los habituales renglones torcidos del Señor, para hacernos más libres, más felices, más, sanos, más seguros, más amables, más correctos, más feministas, más ecológicos, más resilientes y más sumisos a sus logros políticos, prestos a inscribirse con letras de oro en los anales de la Historia Oficial de nuestro país, en el negociado pertinente del ministerio correspondiente.

Me ha costado un tiempo, ¡cuatro años, exactamente!, apearme de la inquina que, ¡incomprensiblemente!, me suscitaba un político que con tanta finura psicológica como amor propio se ha descrito a sí mismo, por mano ajena, en un volumen que no tengo empacho en declarar que puede significar para nuestra juventud lo que significó el Libro Rojo de Mao para la China o El hombre unidimensional, de Marcuse, para la generación hippie. Bien lo señaló en sus páginas: que él era «algo más» que un rostro guapo, y que teníamos que descubrir todas sus virtudes para darnos cuenta del alcance histórico de su misión, actualmente en curso: desterrar el fascismo de la ultraderecha de España y «arreglar» nuestra Economía, la macro y la micro. Solo los declarados enemigos de la justicia social ponen, con esas metáforas sólidamente avaladas por la mejor tradición de la oratoria hispana que ÉL usa, «palos en las ruedas» a un proyecto que, insisto, solo los «resentidos» por el éxito de sus decisiones discuten y combaten.

A Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, insigne doctor en Economía por la universidad privada Camilo José Cela, una elección con la que ha querido manifestar su respaldo a la pluralidad educativa española —las malas lenguas defienden que en cualquier universidad pública no hubiera pasado el riguroso filtro que se exige a tales trabajos—se le ha querido desprestigiar por cualquier vía, y ello cuando, como auténtico Faro de Occidente, ha tenido que gobernar con una pandemia, la erupción de un volcán, una crisis económica y una guerra que amenaza con traernos lo peor, algo que sus actuales socios de mayoría parlamentaria intentaron por otras vías en tiempos tan lejanos que traerlos al presente no es sino un acto insano de insidia política que se descalifica a sí misma. Sus indultos nos han traído a Cataluña la «pax castellonensis», aunque aún no ha sido reconocida como se merece. Supongo que dentro de veinticinco años habrá fastos que la conmemoren como a ello se ha hecho acreedora. ¿Quién puede negar que en Cataluña vivimos en el mejor de los mundos posibles? Bueno, sí, los agoreros y los insatisfechos, aquellos que van perdiendo todo apoyo electoral y a quienes solo les queda el grito de la agitación para dar señal de vida.

Confieso paladinamente que me costó, al principio, empatizar con una persona tan dedicada en cuerpo y alma al bien de los demás, porque la abnegación y el desvelo que ha manifestado para con los males de sus compatriotas merecen no tanto una biografía política cuanto una hagiografía, a tenor de la santidad laica que trasminan sus decisiones, ¡y ahí están los palmeros, que no me dejarán mentir! Pero el nuestro es un país de envidiosos y rencorosos donde los haya, como nadie ignora. ¡Cómo no fui capaz de congeniar con su finísimo sentido del humor!, por ejemplo. ¡Cómo me arrepiento de mi obcecación contra un político que ha venido a devolverle a esa dedicación las mayúsculas con que se escribirá eternamente su nombre! Sus dotes de «seductor» están harto más que acreditadas, ¡y cómo duele eso en este país en el que tanto se envidia el palmito ajeno! No es lo mismo pasearse con un ritmo musical al caminar casi obamaniano, que hacerlo con los sincopados ochenta quilos de un metro setenta, que debe de ser, imagino, la media nacional. Fotografías hay, inequívocas, en las que mujeres de todos los colores políticos y de todas las clases sociales, muestran su rendida admiración a quien casi estoy seguro que podemos calificar ya como «el mejor presidente de nuestra democracia», un título, hasta ahora, poco disputado, pero que, desde ahora, tendrá un ocupante indiscutible.

Desprestigiar es una ocupación nacional que alimenta a quienes respiran por la herida de su insignificancia, a quienes son incapaces de ver las virtudes ajenas, reconocerlas y, como ahora mismo hago yo, ensalzarlas. Solo hay que pensar en las auténticas campañas de desprestigio que sufre continuamente Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, por cualquier motivo, sea por un traspié geográfico, «Ahora voy a Huesca, luego iré a Aragón»; sea por un neologismo en inglés, «amortiguate», perfectamente inteligible para el hablante de cualquier lengua, por otro lado; sea por un lapsus que quien está acostumbrado a trabajar con innúmeros datos cada día puede, ¡y aun debe…!, cometer: «19 de cada 10 jóvenes no se han emancipado»…

La tesis que defiendo, así pues, en esta retractación de mi enemiga hacia un personaje político que, bien reflexionado, ¡no nos merecemos!, es que, a pesar de haberme explayado en sentido contrario con mi parcialmente errónea teoría del Todovalismo, bien se echa de ver que no todo vale para criticar a alguien como Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, un gobernante providencial como pocos y más eficaz que todos sus predecesores en la lucha por conseguir la igualdad, la fraternidad y la libertad de todos los españoles. ¿A quién no ha beneficiado? ¿Por quién no se ha desvelado? ¡Cómo no vamos a loar a un político que, literalmente, se ha convertido en un nefelibata con el único objetivo de estar en el acto allá donde se le necesita, sea un volcán, una inundación, una plaga de topillos o una defensa del sano ocio que atrae inversiones? Insisto: no-nos-lo-merecemos… Y con mayor razón lo sabremos cuando, como pronostican sesgadas encuestas sin apenas medios, frente a las amplísimas del ilustre señor Tezanos, director del CIS, para nuestra desgracia, haya de desalojar la Moncloa «De los sos ojos tan fuertemientre llorando…», porque la tarea de redención de España es infinita y una legislatura es un lapso que solo a sus detractores se les hace eterno y a sus admiradores, entre los que a partir de este artículo me cuento, un nanosegundo.

 

P.S. Me hago cargo de la perplejidad de mis compañeros de redacción, pero Ataraxia es reconocida, frente a los media tradicionales, por la auténtica libertad de expresión de quienes participamos en ella. Imagino que más de uno pensará que he rizado el rizo de la ironía. Allá cada cual con sus pensamientos. El mío, expresado queda, es consagrar mi vida a la defensa del débil frente a los poderosos, y ahora intuyo que los vientos electorales van en esta dirección…, lo cual me aleja del oportunismo y me acerca a la verdad y a la memoria histórica: esto no es un panfleto adulador, sino un ejercicio de hiperdulía, como políticamente se merece quien ha hecho del feminismo la necesidad básica de nuestra vida diaria. Amén.

 

 

martes, 24 de mayo de 2022

Las compañías de seguros y la indefensión del asegurado: un caso de abuso psicológico por parte del RACC.

La lucha individual de un abonado para que la compañía de seguros haga frente a sus evidentes  responsabilidades o cómo los desalmados te pueden poner al borde del infarto...

    Hace ya algun tiempo, en esta misma Provincia...,  escribí un artículo significativamente titulado Endesa no tiene clientes, sino siervos. ¡Quién me iba a decir que casi habría de calcar idéntica o mayor indignación en este caso contra el RACC y su seguro del hogar, tan pésimamente gestionado! Como la historia es larga, lo mejor es empezar por los antecedentes. Hace seis años, el seguro del RACC me reparó un escape de agua, pero, en vez de cambiar el trozo de tubo de cobre que tenía el poro que causó tan gran destrozo en el piso inferior, deshabitado en aquel momento,  y en la pared del patio de luces, se limitó a, en palabras de uno de los lampistas que nos han venido, a hacer una chapuza, esto es, una soldadura que ha durado, antes de volver a perder agua por ella, estos seis años.

    Dada noticia de la fuga a 29 de marzo, he de decir que ayer, ¡23 de mayo!, vino finalmente el carpintero a colgar el armario de la cocina que había sido descolgado para reparar una avería, algo que fue hecho hace ya más de un mes... El 31 de marzo vino un operario para "explorar" la avería. Puesto en comunicación con la responsable de la empresa, y a la vista de lo que el operario le enseñaba por las fotos y una videollamada, la encargada aseveró, con una contundencia que incluyó la amenaza de que yo había de hacerme cargo de los daños a la vecina, que allí no había ningún escape y que esa avería no era suya, que allí no se les había perdido nada. Llegué a hablar con esa señora, quien de unos malos modos rayanos en la agresión verbal, reiteró que allí no había ninguna avería, a pesar de que el operario tardó nada en ver que por la juntura de las baldosas llegaba agua al mármol. El operario  medio disculpó a la señora y llegaron al acuerdo de pedir un peritaje con videollamada.  Hecha la cual, quedó claro que se había reproducido la misma avería de hacía seis años. Vinieron y picaron la pared para descubrir exactamente eso. Ante las fotos con verdín de la tubería, la empresa reparadora se agarró a un concepto que me repitieron hasta la saciedad: ¡"corrosión"!, que allí había corrosión y que eso caía del lado del descuido del propietario. A todo esto, háganse a una idea de que llevábamos tres semanas con el agua cerrada en un piso con cuatro personas para no causar más daños a la vecina del piso de abajo. Cuando, finalmente, el perito autorizó el arreglo y vino el lampista, este empezó a limpiar la tubería de cobre para hacer el empalme del tubo que nos permitiera volver a tener agua corriente. Apareció, entonces, al margen de donde estaba la chapuza que hicieron en su día, una tubería de cobre brillante, inmaculada, a la que le hice las fotos que adjunto, porque ¡ni se quiera saber la cantidad de veces que me repitieron, quienes no querían hacerse cargo del siniestro, que teníamos la p.... corrosión, concepto que usaban como un talismán, como un escudo e incluso como un mazo para martirizarme y ponerme al borde del infarto, lo confieso, dada la estresante excitabilidad que me producía hablar con personas que incluso negaban que hubiera un escape de agua en mi domicilio. ¡Y yo, además, que no dejaba de recordar el aforismo de Unamuno en el que habla de que las palabras son monumentos más duraderos que el bronce...!



Fue tal mi indignación que no tardé en escribir una carta de queja al RACC para informarles de lo sucedido, carta a la que me respondieron con buenas palabras y nulos actos, porque lo que he tenido que luchar contra esa empresa reparadora que cambiaba de opinión cada dos por tres solo puede escribirse en el libro blanco de las infamias o de cómo las empresas de seguros se recochinean de sus asegurados. Cada vez que reclamaba la presencia del operario que tocase en esa fase del siniestro, parecían complacerse en alargar una semana o dos su comparecencia... Insisto, una fuga de agua se ha resuelto en un plazo de ¡54 días! No sé si es un récord de recochineo del cliente, pero no debe de andar muy lejos. Mi indignación, decía, me impulsó a escribir esta carta al RACC: 

Barcelona a 8 de abril de 2022

Muy señores míos:

                            Me dirijo a Vd.s en calidad de socio del RACC desde hace muchísimos años, y de su Seguro de Hogar desde 2011, porque, desgraciadamente, se ha vuelto a reproducir la fuga de agua que se nos produjo en la tubería del agua de la cocina en 2016. En aquel momento, los operarios «parchearon» la avería —el detector de fugas que vino el jueves, día 7, habló directamente de  «chapuza»—y, tras casi un par de meses en observación, volvieron a cerrar la pared y montar el armario correspondiente. De lo que el Seguro no se hizo cargo en su momento fue de la reparación de la pared comunitaria que había sido afectada, como verán por la fotografía, razón por la cual, al avisarme una vecina de que «parecía» que tenía un escape, le dije que eso eran «restos» de la antigua avería.

Finalmente, al descubrir que se filtraba agua por el zócalo de mármol de la cocina y que nuestra ventana estaba húmeda, llamé al RACC para que se hicieran cargo de la fuga. Me asignaron este número de siniestro: xxxxxxxxx.  Y aquí ha empezado mi «odisea», porque el encargado habló con una señora a quien había de reportar lo que veía y esta se empeñó en que allí ella, ¡a través de una foto!, no veía que eso fuera «nuestro», del RACC. El operario se llama AO, y estuvo amable y correctísimo en todo momento; la señora del teléfono, ignoro cuál es su nombre, pero de muy malas maneras, vino a decirme que eso era una avería antigua y que si la vecina tenía algún daño había de ser yo quien se los abonase. Ahí, una vez que acabé de hablar con ella, andaba yo ya casi montado en cólera, pero, afortunadamente, programaron una inspección del perito a través de una videollamada. De ella el perito sacó en claro que había de venir un detector de fugas. Finalmente, vino este y descubrió, en efecto, que la fuga de agua existía y que se producía justo en el trozo de tubería que «parchearon» en 2016 los operarios del RACC. Diciéndome que había de venir un carpintero para desmontar el armario y proceder él a la reparación, les escribo la presente sin que, desde el jueves, día 7 de abril,  hayan venido ni el carpintero ni el fontanero, teniendo nosotros  el agua cerrada para no causar daños, y hoy, sábado, en que les escribo, con la presencia inexcusable de mi suegra para el fin de semana, siendo, nosotros, cuatro residentes en el domicilio.

         Ayer, viernes, reclamé la presencia del carpintero y el fontanero para acelerar una situación en la que llevamos ya desde el lunes, 28 de marzo, porque el primer operario que vino, ÁO, lo hizo el día 1 de abril. Cuando llamé para «agilizar» la reparación, al número XXXXXXXXX, me atendió una señora que me comunicó que estaba pendiente la autorización del perito para enviar a ambos operarios. Esa señora, sin embargo, comenzó a referirme que la tubería estaba «en mal estado» y que el RACC no iba a concederme sino lo que ella llamó la «puntual», ignorando que la fuga se ha producido no en cualquier otro lado de la tubería, lo que sería congruente con su calificación, sino única y exclusivamente, como pueden apreciar por la fotografía, en el punto exacto donde hicieron el «parche». Añadió a continuación que los trabajos de cerramiento de la avería y los daños a la zona común del edificio habrían de correr por mi cuenta, dada la supuesta condición de la tubería.

Lo único cierto, y se lo pongo por escrito por si hubiera de necesitar acudir a los tribunales, es que el RACC, cuando parcheó la avería en 2016 JAMÁS me comunicó ni de palabra ni por escrito que la tubería estuviera en mal estado y hubiera de ser cambiada —algo que hubiera procedido a hacer, aunque hubiera sido a mi costa, una vez que la pared estaba abierta— ni que, si se producía una nueva fuga en la misma tubería, lo que ha sucedido, el RACC  no se haría cargo de la misma. Prueba de lo que les digo es que, sin advertir de que nos hacían un «parche» y que lo suyo hubiera sido cambiar la tubería, parcial o totalmente, procedieron a tapar lo picado, a poner las baldosas y colgar el armario.

         Como Vds. comprenderán, ¡y aún seguimos con el agua cortada en aras de la buena vecindad y para evitarles a Vds. que aumente el coste de los daños a terceros que ha producido la avería!, mi sorpresa ha rayado en la estupefacción, primero, y luego, ya me excusarán, en la indignación. Años y años pagando religiosamente la cuota de socios del RACC, nuestra y de mis hijos, y diez años el seguro de hogar, todo ello religiosamente, ¿y vengo a encontrarme ahora con esto? Yo estoy dispuesto a entender cualquier razonamiento que sea consistente y lógico, pero lo que las dos señoras que me han atendido hasta ahora me han mostrado ha sido un «pilatismo» —porque ellas tendrán el agua de la que nosotros apenas podemos disponer— impropio del espíritu del RACC que nos llevó a hacernos socios de la entidad, , un «pilatismo»  basado en razones tan peregrinas como el buen o el mal estado de una tubería oculta a los ojos de cualquiera, porque todas van empotradas y sin haber mediado aviso ni advertencia sobre posibles averías futuras una vez que arreglaron la de 2016. Les pediría, pues, que atiendan la presente reclamación para evitar que, en el futuro, otros afectados, según cómo se resuelva el siniestro que me afecta, puedan pensar en la posibilidad, como yo lo estoy haciendo, de darme de baja de su Seguro de Hogar, dadas las circunstancias que les he reseñado. Con la confianza de que actuarán para que así no sea, quedo a la espera de sus noticias.
Cordialmente,
Socio XXXXXXXXXXX

    Tras una séptica respuesta del RACC ¡el 9 de mayo!, aún hube de enviarles dos correos del tenor de los siguientes: 

    Buenas tardes, lamento comunicarles que seguimos como estábamos. Se ha presentado un operario de  otra compañía de reparación y tras anunciarnos que nos llegaría el albañil para tapar la pared y alicatarla, este no se ha presentado. Hecha la pertinente reclamación, me dicen que resulta que están a la espera de que el perito autorice los trabajos, es decir, que regresamos al punto de partida, porque en la anterior compañía esa autorización ya estaba concedida... En fin, padeciendo como jamás se me hubiera ocurrido que pudiera sucederme,  la espantosa ley de Murphy, quedo a la espera de que se acabe este penso calvario para un jubilado. Las reclamaciones judiciales solo están, lamentablemente, al alcance de gentes con posibles, por eso apelo a su compasión para que actúen de una vez, en vez de acudir a un juzgado, que sería lo suyo.

Quedo, pues, a la espera de que tengan a bien acabar de arregarnos la avería.

    Muy señores míos. Me dirijo a Vds. para ver si, arrastrándolo desde el 31 de marzo, cuando avisamos del escape de agua, pueden, por favor, concluir los arreglos de este siniestro en el que parecen haberse conjurado todas las dilaciones y los males, aunque, por lo menos, se arregló el escape y ni molestamos a la vecina de abajo ni estamos privados de agua. A más de mes y medio de la apertura del siniestro, aún nos falta que nos vuelvan a colocar el armario de la cocina, ¡el de la vajilla!, y arreglen los desperfectos causados en la pared del patio de luces. He llamado mil veces a su servicio de reparaciones y tengo la impresión de que cuanto más reclamo esos arreglos, más se empecinan en dilatarlos. Estando como estamos en sus manos, les ruego tengan a bien agilizar esos arreglos. Por los correos anteriores pueden comprobar el grado de desaliento y de indignación que nos anima.

Quedo a la espera de sus noticias.

    Como toda respuesta, entre ambos correos hallé una carta del RACC en el buzón. Se me derretía el cerumen de los oídos pensando en las disculpas hiperbólicas que habría de leer ¡y hasta pensé , si seré ingenuo..., que, para compensarnos por las penalidades sufridas hasta nos invitarían a pasar un fin de semana en algún hotelito con encanto...! Abrí el sobre y, con el siniestro aún sin concluir, me encuentro con la comunicación de que me van a pasar el próximo mes de junio el recibo del seguro al cobro... Ahí sí que ya no pude más y cogí el teléfono para llamar a otra compañía e interesarme por el precio de un seguro del hogar. Entonces descubro que, coon las mismas prestaciones, los 460 eurazos que me ha costad el RACC se convierte en 260 razonables euros en la otra compañía. ¡Con qué inmensa delectación he ordenado en el banco devolver cualquier recibo del RACC del seguro de hogar! Ahora lo que toca es abrir un periodo de reflexión para, dada mi indignacion, seguir siendo socios, mis hijos y yo, de una entidad que no ha estado de ninguna de las maneras a la altura de su supuesta fama. 

    Después de la ingrata y hasta humillante experiencia que he tenido con esta empresa de seguros, creo que, dadas las evidencias, ¡el agua como, el algodón, no engaña!, he sido objeto de un encarnizamiento para ahorrarse una reparación a todas luces casi delictivo. El modo como todos estos peritos y empresas reparadoras han jugado con nosotros y nos han alargado durante casi dos meses una simple avería producida por un deficiente arreglo de la misma casa de seguros debería de poder tener una vía de reparación que contemplara los gravosos daños psicológicos que causan dilaciones en el arreglo de un simple escape de agua como el nuestro, que provocaba daños a terceros.

    No sé cómo me irá con la nueva compañía, pero ya estoy pensando si la mejor inversión de mis ahorros no será la contratación de una buena defensa jurídica...


viernes, 1 de abril de 2022

Celebración de Rosamerón, una nueva realidad de tomo y lomo (y enjundia).

 


Los amigos se reúnen; los amigos se convierten en editores; los amigos lo celebran con sus amigos: Bienhadada Rosamerón.

 

El día 30 de marzo, recién entrada la primavera, tres amigos que decidieron crear la editorial Rosamerón, quisieron, una vez aparecidos ya los cuatro primeros volúmenes de la misma, reunirse con sus amistades para celebrar el éxito de la empresa, haber salido a las aguas turbulentas del «mercado» bajo la admirable bandera de la lectura lenta y brindar por un futuro halagüeño.

Invitado por el paradigma de la cordialidad, Gregorio Luri, allá que fui, pensando que, conociendo solo a Gregorio, quien tenía comprensibles labores de anfitrión a las que atender, solo iba a disfrutar con los discursos de rigor, especialmente con el suyo. El inusual lugar de reunión, la Gran Bodega Salto, en el corazón del popular barrio de Poble Sec, la calle Blesa, y al que así se llama porque la industrialización temprana de Barcelona le robó el agua abundante que bajaba de Montjuïc, ya daba a entender que no se trataría de lo que popularmente se conoce como una «puesta de largo», un «estreno solemne» o un «acto académico».

Y así fue. Desde mi irrelevante condición de pulpo abstemio en el consabido  garaje (¡Qué sería de los de minoritaria condición si no se hubiera inventado el agua tónica, con su pertinente luquete de limón y los siempre cool cubitos de hielo!), nadaba, encantado, en el plácido oleaje de buenas vibraciones que se respiraba en el abarrotado local.  Tímido, demi natural, ni siquiera me atreví a elogiarle personalmente al diseñador  que tenía al lado el magnífico logo de la editorial.  Quede en estas líneas, donde me muevo con mayor soltura, la felicitación. Y llegaron los discursos, con los que me defiendo mejor que en imposibles conversaciones con, eso sí, amables y sonrientes desconocidos, todos ellos ataviados, como yo mismo, con el invisible y reconocible mandil del supremo interés por la cultura.



Francisco Martínez Soria, antiguo editor de Ariel, llamémosle, a lo Luc Besson,  «el profesional», entre los tres socios, nos adelantó el fundamento de  la nueva realidad editorial: ir al encuentro de nuestro presente, para, desde la inequívoca pluralidad del pensamiento,  poder, en estos tiempos de confusión y de devaluación de los conceptos, pasar acaso de la opinión a la convicción o al auténtico conocimiento, que no es poco… Gregorio, en su turno, explicando el poderoso aliento poético que hay en una empresa como la creación de una editorial, auténtica salida quijotesca donde las haya, nos recordó el sustrato homérico que intuíamos: «salimos de casa —dijo— para encontrar el camino de regreso a casa», y ni a mí, ni a todos los presentes, ni a quienes ya han comprado alguno de los volúmenes aparecidos, nos ha cabido ninguna duda de que, con Rosameron, volveremos más sabios, esto es, reconociéndonos, sin trampa ni cartón, en la mejor versión de nosotros mismos.

A continuación, ¡no se fuera a perder de vista que, al fin y al cabo, promocionar los libros de la editorial es un deber sacratísimo!, Francisco nos presentó al autor del último libro publicado por la editorial, Contra el diagnóstico, de Marcos Obregón, un análisis vivencial de la enfermedad mental y de sus repercusiones a partir del caso del propio autor. La valentía con la que Obregón, desde su evidente fragilidad emocional, nos habló del proceso de escritura y edición de su libro  me bastó, entre otras razones que no vienen al caso,  para decidir que no pasará de este fin de semana que «obre» en mis manos.

El contraste, ¡y que es la vida sin ellos!, con la intervención del poeta Josep Pedrals, devolvió el ánimo festivo a la reunión. La representación de Pedrals, porque la teatralidad de su actuación es un factor decisivo, en el ámbito de la poesía burlesca —¡cuánto de viejo juglar de plazas y ferias había en ella!— llenó el espacio de ilustraciones divertidísimas de la teoría gracianesca generosamente vertida en su  Agudeza y arte de ingenio. Ya en catalán, ya en castellano, Pedrals derrochó ingenio, sutileza y socarronería como para haber estado más de una hora larga escuchándolo, pero como hasta actos así tienen el tiempo tasado, un comprensiblemente acongojado cantante, Verdú —«¡Muy alto han dejado el listón…!»—, sumó sus acordes a la parlanchina cordialidad de los presentes, y antes de que él acabará de complacer a la audiencia hube yo de arrojar algo de la tinta que me sustenta y escabullirme hacia la salida para llegar al Consum antes de que cerraran y comprar esas pequeñas cosas que caen bajo el dominio de quien es jefe de intendencia de su casa.

Ante el frigorífico de los yogures, el pasillo del papel higiénico y y los viciosos anaqueles del chocolate, me seguía extrañando que a lo largo de la cordial reunión en ningún momento hubiera sido recordado mi venerado Juan Ramón, algo incomprensible, dado el nombre de la editorial, Rosamerón, cuando suya es la más breve y recordada poesía: ¡No le toques ya más, que así es la rosa!  

Dedicada principalmente al ensayo, el tan amplio cajón de non-fiction  en inglés, esperemos que, en un futuro no muy lejano, consolidado ya el proyecto,  se abra a otros géneros como el aforismo o la novela: audere est facere




 

 

lunes, 28 de marzo de 2022

La guerra léxica; la muerte real.


La batalla entre la libertad y el agitprop..

    Se comienza llamando guerra a la invasión del dictador Putin y se acaba asumiendo que si se contribuye a la defensa de Ucrania estamos poniendo al mundo al borde de la tercera guerra mundial e incluso de una guerra nuclear. Me perdonarán mis limitaciones, pero no lo acabo de entender.  Si mientras Putin alineaba tropas y armamento al otro lado de las fronteras de Ucrania, Europa y otros aliados de Ucrania hubieran hecho lo propio, invitados por el gobierno ucraniano, ¿se hubiera lanzado tan alegremente al ataque Putin, sabiendo que hubiera habido una fuerza similar a la suya enfrente? De hecho, la precaria paz mundial que hemos vivido, sin entrar ahora en las guerras que, por unas u otras razones, siguen aún librándose sin tantos aspavientos de la comunidad internacional, como la del Yemen, ¿no se ha debido al equilibrio del miedo?, ¿a saber que un enfrentamiento no contemplaría vencedores y vencidos, sino solo vencidos? ¿Por qué no se ha procedido de la misma manera y se ha dejado a Putin que invada Polonia..., perdón, Ucrania, con una justificación teórica que se le abren las carnes de la indignación a quienes la escuchan? Las políticas agresivas de hecho cuentan con el factor sorpresa del bis dat qui cito dat (Quien golpea primero, golpea dos veces), lo cual parece poner en tela de juicio cualquier reacción del mismo tenor a esa iniciativa sanguinaria, porque, aunque las batallas no llegan con toda su crudeza a nuestros televisores, los muertos van apareciendo y se suman en nuestra conciencia como el más lamentable retrato de nuestra cobardía, a la que los dirigentes mundiales suelen llamar prudencia

    Como se advierte, y desde que cruzaron las fronteras al amparo de la Z del viejo caballero español émulo de Robin Hood, estamos en presencia de una batalla verbal que se libra en todos los frentes, Rusia incluida, donde ya pasan de 15.000 los detenidos por protestar contra la agresiva demencia del dictador. Desde tan lejos como España lo está de Ucrania, lo que nos ha sorprendido a todos es que el ejército ucranio, ayudado con armamento menor de quienes quisieran ver formar parte al país de la UE, ha sido capaz de resistir más de un mes al que se ufanaba de ser una máquina de guerra imparable, el mismo prestigio del que se vanagloria la dictadura china. Eso, hasta el momento, es el acontecimiento más decisivo de cuanto ha ocurrido, y determinará el rumbo de la invasión y la resistencia ucraniana, así como el agravamiento de las sanciones a Rusia para que, desde el interior, sus ciudadanos comprueben que su dictador particular los lleva al desastre, no a la pírrica gloria malentendida de aplastar a sangre y fuego a un país vecino.

    Como ya ocurrió con  la triste guerra de los Balcanes, la UE, que asistió paralizada a las matanzas cometidas por los serbios, está jugando un papel menor y sobre todo retórico: infatigable defensa moral, pero sin ningún compromiso material en soldados y armas que contribuirían a equilibrar las fuerzas y a conceder a Zelenski unas perspectivas de independencia total de Rusia que ahora peligran, porque ya habla de ceder parte del país, el este, y Crimea a las fuerzas invasoras, de modo que asegure el resto como país independiente. 

    Es cierto que las sanciones están actuando en la retaguardia rusa, pero no lo es menos que la inflamada retórica del nacionalismo puede convencer fácilmente a las personas más simples de los sacrificios que han de hacer para que la camarilla putiniana siga disfrutando de sus privilegios, aunque no ya de seguir enriqueciéndose, como hasta ahora, porque el mundo les ha dado la espalda; pero mientras Alemania y Francia no salgan de su calculada prudencia respecto de Putin y del suministro del gas ruso, difícilmente acabará de materializarse en toda su dimensión el alcance de esas sanciones.

    Entiendo que en una situación de conflicto como la que vive Ucrania, haya habido una diáspora como la que estamos viviendo, y es posible que tal fenómeno haya conseguido la plena dedicación de hombres, y no pocas mujeres, al esfuerzo bélico, sin tener que exponer a los suyos al efecto mortal de los bombardeos; pero, hecho no poco a la antigua usanza, sigo suponiendo que en una lucha contra un invasor, todas las fuerzas son necesarias, y que el compromiso total del pueblo soberano ha de organizarse en torno a ese movimiento defensivo contra el invasor. En fin, confiemos en que ese éxodo tenga pronta fecha de caducidad y puedan volver para reconstruir un país que los rusos están tratando de aniquilar material y humanamente.

    He leído bastante sobre la legitimidad rusa para asegurarse la tranquilidad en "su" patio trasero, pero esa dinámica de Guerra Fría quedó abolida con la caída del muro de Berlín, y se supone que estábamos en otra fase de la Historia. El retroceso ha llevado a comparar a Putin con Hitler, aunque él ha invadido Ucrania, como decía en su delirante justificación, para desnazificarla, como si las minorías nostálgicas nazis que haya en Ucrania tuvieran una capacidad de representación política suficiente como para convertirse en una amenaza contra tan poderoso vecino. Hace poco se defendía el "fin de a Historia", y ahora hasta hemos retrocedido un siglo para encontrárnosla con su peor cara posible e imaginable. Nada comparable, sin embargo, a la hipocresía de los socios de gobierno del reciente Antonio Sánchez, quienes poco menos que defendían que, dada la correlación de fuerzas entre Ucrania y Rusia, los primeros debían dejarse invadir y hasta dar las gracias por ello... ¿Cabe mayor traición a los ideales democráticos? Pero la defensa de la poltrona tiene, en nuestro país, una tradición que sobrepasa de largo las exigencias de la dignidad. Percibo una política de percebes prácticamente incrustados en el Poder, y de ahí no hay percebeiros que los arranquen, desgraciadamente. 

    Asistimos al desigual enfrentamiento militar y seguimos en nuestra zona de confort, ignorando qué significa que  un bloque de pisos a doscientos metros de nuestra vivienda  en el centro de Barcelona haya sido destruido por un bombardeo; que no tengamos que ir corriendo a la estación de metro de Universidad para buscar cobijo mientras cruzan las calles las sirenas que nos urgen a hacerlo; que salgamos, temerosos, de nuestra vivienda y no logremos encontrar ni una tienda de víveres donde comprar desde el pan hasta la verdura o una garrafa de agua, porque el suministro ha sido cortado por los bombardeos; ahora arrecia el frío y la lluvia y en las casas nos abrigamos con seis capas de ropa para no quedarnos helados... Sí, la guerra en la televisión puede ser un tristísimo espectáculo, pero recuerda uno el conflicto sirio y recuerda que en él los rusos luchaban junto al dictador, y aquellas escenas de las ciudades destruidas son ahora las cercanas de Ucrania, aunque el antiguo presidente prorruso haya huido en coche (no en el maletero, cono huyó el secesionista catalán que negoció en las cercanías de Putin traernos esta destrucción a Cataluña) a la Rusia de sus amores y sus prebendas. Con lo que no contaba Putin, y podemos estarle profundamente agradecido los demócratas europeos, es que el ejército ucranio estuviera tan bien dirigido y que el presidente Zelenski se haya convertido en un mandatario a la altura de su compromiso con quienes lo eligieron, con muy buen criterio. Su presencia en su puesto de mando marca mucha distancia con quienes, en Europa, ni siquiera asumen sus limitaciones y sus errores.

    



         

miércoles, 16 de febrero de 2022

Dublín, un viaje al corazón de Azar.

 


Entre la devoción joyceana, el irlandesismo de John Ford y la épica lucha contra Inglaterra por la independencia, un contacto emotivo con la isla verde y hospitalaria.  

            Desde la llegada de la pandemia no habíamos viajado, mi Conjunta y yo,  más allá de los límites peninsulares. Ahora, con motivo de ir a ver a nuestra hija, que perfecciona su inglés para desempeñarse adecuadamente en su trabajo como profesora de Primaria, en esa especialidad, hemos tirado de los ahorros pandémicos para darnos el gustazo de pasar una semana en Dublín, un destino ideal para dos amantes de las ciudades con pedigrí literario y artístico. Ha sido un viaje preparado por Azar con todo lujo de detalles, porque ignorábamos, cuando nuestra divinidad predilecta escogió la fecha, que, durante nuestra estancia en la capital de Irlanda, se celebraría el centenario de la publicación del Ulises, tal día como el 2 de febrero de 1922, fecha, así mismo, del nacimiento del autor en 1882. Tras habernos pateado la ciudad los dos primeros días, llegó el 2 y nosotros, en nuestro recorrido joyceano, que bien podríamos haberlo hecho ese día como cualquiera de los otros siete,  comenzamos por el Belvedere jesuítico donde estudió, y del que vimos salir a un alumno, acompañado por su padre, con una expresión traumatizada que nos dejó acongojados. Caminaba el larguirucho y escuálido chaval como si pisara sobre nubes, mientras su padre, llevando del cuadro una bicicleta, lo escoltaba en silencio y quién sabe si compunción o decepción. Seguimos después hasta el cercano museo, al que quisimos ir aun a sabiendas de que, por la información de Google, sabíamos que estaba cerrado. Allí estábamos, solos, de pie, frente al edificio en el que hubiéramos pagado casi cualquier precio para entrar, de haber estado abierto. Antes de alejarnos, en busca de otros destinos ulisianos, de repente, para nuestra estupefacción, se abrió la puerta del museo y un joven vestido informalmente se nos acercó, con aires inequívocos de secta secreta y complicidad intuida para preguntarnos si éramos admiradores y lectores de Joyce, a lo que respondimos afirmativamente con entusiasmo. Nos invitó, entonces, a asistir a un brunch y a la celebración del centenario de la novela a partir del mediodía, entonces eran las 10'00h. Nos apuntó en un cuaderno y garantizamos nuestra asistencia. Una vez que, justo antes de viajar a Dublin supimos que se celebraba el centenario, por los artículos aparecidos en los diarios, tomé la decisión de comprar un ejemplar del Finnegan's Wake y empezar a leerlo así que sobrevoláramos tierra irlandesa, y, de hecho, lo llevaba conmigo en la mochila permanentemente, durante nuestra visita, para ir avanzando en su lectura, una práctica sobre la que ya escribí aquí. O sea, que si el joven sectario nos hubiera pedido una contraseña de nuestra vinculación a la secta de devotos lectores del hermético escritor, bien hubiera podido yo producir -valga el anglicismo- el libro para satisfacción del joven anfitrión que nos invitó, un poco al estilo, me pareció, de los speakeasies de Chicago durante la tormentosa ley seca. 

            No nos alejamos mucho de nuestro objetivo, y cuando decidimos enfilar nuestros pasos hacia él, no tardé en identificar a dos personas de avanzada edad con las que aventuré que coincidiríamos en la celebración, como así resultó ser. Los devotos lectores somos cofradía fácilmente identificable, y cuando nos cruzamos por la calle, sabemos reconocernos apenas hemos cruzado la mirada, como si lleváramos impresas en los ojos los miles de páginas por las que hemos viajado. La casa de estilo georgiano en la que entramos con todas las bendiciones de los anfitriones albergaba en la planta baja el buffet prometido y en la primera planta una exposición de pinturas sobre algunos capítulos del libro hechas según el estilo de distintos autores, Otto Dix, El Bosco o Dalí entre ellos. Más tarde, hubo una lectura expresivísima de un capítulo del Ulises, imagino que a cargo de un actor de teatro, a juzgar por el dominio de la voz y los recursos dramáticos empleados, pero doy fe, compungidamente, de que apenas llegué a entender sino un 10% , ¡como mucho!, del texto recitado en aquella sala medianamente abarrotada en la que apenas se oía, lo cual se sumaba a mis sólidas carencias en el listening, a las que trataba de poner remedio oyendo cada día, en el hotel, las noticias de la BBC, pero ha de reconocerse que ese inglés no es el inglés nuestro de cada día. A la lectura le siguió el recital musical con esas canciones tradicionales irlandesas que aparecen siempre en cualquier película de Ford para que quienes las canten acaben llorando de nostalgia y un fragmento del Don Giovanni de Mozart muy bien cantado por el tenor y la soprano que nos habían deleitado con las canciones tradicionales. Sobrevolaba la ceremonia un aire de complicidad en la devoción que, sin duda, iba mucho más allá de la propia obra literaria de Joyce, actualmente un icono de la ciudad, para bien o para mal, aunque ya se sabe que los escritores representativos de un pais tienen el dudoso mérito de acabar siendo los menos leídos, ¡y a nadie le sorprendería que en España el 80% de los españoles confesará no haber leído el Quijote! ¡Pues imaginemos el Ulises o el Finnegan's Wake! Algunos de los asistentes, llevados por el hábito del Bloomsday, que se celebra el 14 de junio de cada año, se vistieron a la moda de 1904, como una suerte de folclore que daba vistosidad al acto, pero también, en parte, lo trivializaba como factor turístico, por más que nosotros, en obligada condición de tales, hemos seguido también parte de ese recorrido y hemos comido en el David Byrne -aunque ha desaparecido del menú el sandwich de gorgonzola...- y hemos visitado la Sweny's Chemist donde adquirimos la preceptiva pastilla de jabón de limón, tras seguir atentamente las explicaciones de las anécdotas del propietario, quien incluso nos cantó una canción tradicional gaélica y nos dijo que tenía mucha relación con España, Valencia y Barcelona, donde vive parte de su familia.

            Dublín es una ciudad dividida por el río Liffey y en la que uno se orienta enseguida, a partir del eje central que supone la calle O'Connell, el espacio central que ocupa en ella el Trinity College, con visita obligada a la vieja biblioteca, y dos parques muy próximos, el victoriano Stephen's Park y el Merrion Square, junto a la casa natald e Oscar Wilde. Tanto en el primero como en el segundo hay dos estatuas de Joyce y de Wilde, 



aunque menos conocida es la de Joyce que alberga el jardín interior del lujoso Merrion Hotel, donde entramos para mi mortificación futura, porque el contraste con nuestro Castle Hotel, el más antiguo de Dublín, con una decoración decimonónica, pero con unos ventanas antiguas de madera por las que se colaba el frío más desconsiderado, y un baño de Hostal de pueblo, me insinuaba ya el camino del ahorro futuro para nuestra vuelta ni se sabe cuándo a una ciudad tan acogedora.

        El turismo es un trabajo como cualquier otro, y sus practicantes han de saber que no se les pueden pegar las sábanas, aunque el reparto en turnos del desayuno es una estupenda obligación para espabilarse y disponer de horas de visita que siempre se quedan cortas. ¡Menos mal que sin salir de nuestra propia calle, en sentido oeste, hay museos como la Hugh Lane Gallery tan estupendos, en continente y contenido, que te ahorran caminatas! Lo recorríamos como siempre, tasando la belleza en cuanto tropiezas con ella, hasta que descubrimos que en su interior se conserva el estudio del pintor Francis Bacon, trasladado desde Londres, pieza por pieza, y reinstalado fielmente en este museo. Aunque hay cinco cuadros de Bacon, espectaculares como todos los suyos, es su estudio la mejor obra de arte que se puede contemplar, porque responde al precepto literario de Lope:  oscuro el borrador y el verso claro

Parece imposible que el pintor pudiera desenvolverse en el caos en el seno del cual trabajaba, pero una colección de fotografías de su vivienda en el edificio donde tenía el estudio nos habla bien a las claras del austero modo de vida del artista, unas dependencias que, actualmente, hasta rechazarían algunos sin techo si se las facilitaran los servicios sociales del Ayuntamiento. 

        En el avión leí una sucinta guía de Dublín de la que subrayé todo aquello que debíamos ver, aunque nuestra especialidad turística es patearnos la ciudad para que nos salgan al azar los sitios que nos llaman la atención. Es cierto que guiar guía bien una guía que te ahorra tiempo, pero la satisfacción de ir descubriendo en el acto de visitar tiene también sus encantos. Christ Church, que hallamos cerrada a los visitantes, nos permitió saber, sin embargo que Handel estrenó El Mesías en ese recinto y, en la calle, por un numeroso coro, para celebrar la antigüedad de la primera calle dublinesa Fishamble Street, construida por los vikingos para unir el río con el mercado. Pero nuestro objetivo no era esa catedral, sino la de San Patricio, donde trabajó más de 30 años el otro escritor dublinés cuya fama debería de preceder a la del mismísimo Joyce, Jonathan Swift. 

Allí se encuentra su máscara mortuoria, parecidísima al rostro de Pepe Isbert, por cierto, y el púlpito de madera con ruedas que él hacía que se desplazara por el templo para despertar a quienes se dejan arrullar por sus predicaciones... Allí se puede leer el epitafio que bien debería incitar a sus lectores a extender tal acto a sus obras inmortales: «Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, deán de la catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad.» De hecho, es sorprendente la afinidad que podemos encontrar entre la obra de Swift y la de Joyce, e imagino que la ironía y la facilidad para los juegos verbales forman parte de ella.

        Es muy agradable pasear por Dublín, y eso que nosotros hemos ido en un mes, febrero, propenso a los cielos plomizos, el viento helado y las lluvias impertinentes, pero, con todo, se trata de una ciudad muy animada, universitaria y centro privilegiado para el estudio del inglés como segunda o tercera lengua. La práctica del lunch, entre 12'30 y 14'00 anima la ciudad y llena sus muchos restaurtantes, algunos tan históricos, ¡e historiados!,  como el Bank, situado en el que fuera sede del Banco de Irlanda, y en todos los que estuvimos comimos con enorme placer a un precio relativamente asequible.

Como recorrimos de este a oeste más de diez quilometros de la ciudad, nuestras suelas son testigos de ese placer urbano, ¡y eso que pasamos muy cerca del Phoenix Park!sin siquiera descubrirlo, porque llegamos hasta la cárcel de Kilmainham, donde un amabilísimo portero nos indicó, tras tan larga caminata nuestra, que se habçia de hacer reserva on-line, y que probáramos para el día siguiente. Lo hice, pero estaba ya todo lleno. Le indiqué que al dçia siguiente viajábamos a Cork y que nos sería imposible. Sucedió, eso sí, lo inesperado. Mientras leíamos un cartel turístico sobre la cárcel para interés de caminantes, el mismo amable portero vino corriendo hasta nostros y nos dijo que se habían producido dos cancelaciones y que, en consecuencia, podíamos entrar, que la visita comenzaría en breves momentos. ¡Benditas cancelaciones! La visita a la cárcel es un curso acelerado de historia patriótica sobre la independencia de Irlanda, en efecto ¡nada que ver en modo alguno con la patochada catalana del prusés, un sainete miserable orquestado a beneficio de las élites políticas nacionalistas para seguir esquilmando los presupuestos dentro del Estado español!—, pero también sobre la historia sin más de Irlanda y sobreel carácter de una institución represiva que, sin embargo, una vez fuera de uso, ha servido de escenario cinematográfico para peliculas como The italian job, En el nombre del padre o Michael Collins. Conviene ir  bien abrigado para la visita, si se visita en invierno, porque el viento helado que te acompaña es glacial, en modo alguno infernal. La representación de las celdas donde se hacinaban unos presos que estaban sometidos a un regimen de circulación del aire que impedía la propagación de enfermedades infecciosas era ciertamente escalofriante. En esa visita se nos habló pormenorizadamente de la época de la hambruna provocada por el mildiú de la patata, a partir de 1845, cuando el país perdió un millón de vidas y otro millón de emigrados,y cuando la gente delinquía para ser detenida y poder alimentarse. Supongo que será la norma, pero tuvimos un guía cuya dicción inglesa era de una claridad absoluta, como si siguiera el modelo del inglés de la BBC, lo que nos permitió seguirlo con provecho y placer, porque se veía que el hombre disfrutaba hablando.
Quizás esa visita, de las muchas que hicimos en Dublín y alrededores, sea de la que más grato recuerdo tengo, aunque le haga competencia la excursión que hicimos a los acantilados de Moher, en el este de la isla, junto a la ciudad costera y universitaria de Galway. Solo por darme pereza acostumbrarme a conducir por la izquierda, y por los peligros que un despiste suponían, renuncié a alquilar un coche para ir a ver el escenario de El hombre tranquilo, de Ford, Cong, bautizado Innisfree por el cineasta, según un poema de Yeats. Queda pendiente para otra visita. En ese vbiaje tuvimos la suerte de tener un conductor y guía fuera delo común. Un derroche de simpatía y amenidad que nos hizo disfrutar del viaje, e incluso nos cantó canciones tradicionales irlandesas, invitándonos a sumarnos al coro de la de Molly Malone. En los acantilados, donde el guía nos advirtió de que el tiempo cambiaba cada cinco minutos, tuvimos, en efecto, la experiencia de pasar del sol a la lluvia yal granizo casi sin solución de continuidad. El viento casi huracanado impedía el paso y, al girarme la cámara hacia la espalda sin yo advertirlo, creí que me la había arrancado. Ni que decir tiene que cualquier fotografía en aquellas condiciones era un desafío a la congelación de las manos, pero no me arredré por elo y pasee por la cimas de los acantilados para conseguir las mismas fotografías que todos los turistas sacan ese esos acantilados majestuosos. Al fondo, entre nieblas, se adivinaba el perfil de las Islas de Aran, caras a cualquier cinéfilo que haya visto el impresionante documental Man of Aran, de Robert J. Flaherty, uno de los grandes documentales de la Historia del Cine. Aunque Galway le promete mucho al visitante, nuestra visita fue tan breve que apenas tuvimos tiempo más que para recorrer el centro comercial de ciudad.


    
    

Nuestra segunda gran excursión, en ferrocarrilesta vez, fue al sur de la isla, a Cork. Tanto hacia el este como hacia el sur, no hay grandes diferencias en el paisaje, si bien hacia el sur se alzan algunos reluieves montañosos completamente ausentes en el viaje al este. La partición mininifundista del terreno se debe al empeño de los terratenientes ingleses de evitar cualquier competencia por parte de los  nativos, a los que explotaron hasta la saciedady más allá. En Cork reservé desde Barcelona una visita guiada de carácter  histórico.  Nuestra sorpresa mayúscula consistió en que éramos los únicos turistas interesados en ese tour. La guía, una mujer amable y empapada hasta la médula de la historia de la ciudad, nos convirtió en objeto prioritario de su saber, e intento transfundírnoslo a una velocidad propia de una edición abreviada de la enciclopedia británica, y todo ello, además, deteniéndonos en rincones castigados por un viento helado que si a ella no la privaban del uso de la lengua, a nosotros nos cortaba la respiración... De vez en cuando intercambiábamos alguna que otra pregunta y respuesta, pero como llevaba consigo un aspirante a sucederla enfocó la visita para que el aspirante no periera ni una coma de su copiosa información. Una lástima, porque lo que podría haber sido una relajada visita se nos convirtió en un auténtico turf al más puro espíritu del Gran National. Y lo cierto es que apenas dejamos espacio de interés en la ciudad sin su cumplida referencia histórica. Un clásico ejemplo de inadecuación. Nuestro unánime asentimiento constante deberia de haberle indicado que confundía los términos de la visita, pero ahí aguantamos, como tres valientes, la catarata de datos para los que, ciertamente, no estábamos preparados. 

    Si visitamos la biblioteca antigua de la Trinity, no dejamos de hacer lo propio con la biblioteca pública más antigua de Irlanda, la Marsh's Library, contigua a la catedral de San Patricio y dirigida, en tiempos, por el propio Swift, aunque en ella se sentaron para trabajar dos autores muy disímiles: Joyce y Bram Stoker, quien buceó en los fondos de la misma para la confección de su Drácula y de otros libros relacionados con las artes nigrománticas. Todo ello nos fue relatado por una amabilísima trabajadora de la institución, a quien debimos de caerle en gracia, por nuestro vivísimo interés por todo lo relacionado con los libros y su almacenamiento, una afición que hubiera comprendido así que hubiera traspasado el umbral de nuestra modesta vivienda y hubiera tropezado con un muro de libros en forma de corchete que ocupa todo el vestibulo de entrada, en buena parte de cuyos estantes, además, se apilan los libros para doblar la capacidad de dichas baldas. 

  Sí, por supuesto, la célebre valle Grafton, núcleo comercial, junto a la calle Henry, fueron visitadas convenientemente, y con todos los tiempos atmosféricos imaginables. Callejeando desde la residencia de nuestra hija hasta el centro, descubrimos un edificio que no figuraba en la guía que adquirí en Barcelona y que, de haberlo hecho, me hubiera llevado a rendirle visita el primer día denuestro medineo: el mercado de flores y verduras, un edificio de ladrillo rojo con esculturales entradas y unos dibujos con ladrillos de diferentes colores muy en la linea de lo más parecido al estilo mudéjar de Teruel, mutatis mutandis. De mi predilección por los mercados ya he dejado noticia en diferentes pasajes de esta Provincia, pero reconozco una inclinación muy íntima a esos lugares del trato social nuclear. Y ello a pesar de que trabajé tres días como repartidor de fruta por los mercados de Madrid, llevando a la espalda siete y ocho cajas sostenidas por una correa que aseguraba en la frente, para ganar una miseria, todo sea dicho de paso, aunque la lección social aprendida allí la considera una de las más importantes de mi vida.

        Hemos caminado tanto que, como no podía ser de otro modo, nos ha pasado facturta ambos. A mi Conjunta, un tobillo descarnado; a mí, un esbozo de contractura en el sóleo.  Por eso era una delicia recogernos a una hora insólita para nuestra vida corriente, hacia las siete u ocho de la tarde, y disfrutar de la habitación, del inglés de la BBc, aunque también de los canales irlandeses, y de la lectura. Reconozco que me quedé abstraído durantesu buena media hora en un programa del canal en gaélico al que le puse los subtítulos para, como hago con cualquier lengua nueva que oigo, tratar de descubrir ciertos aspectos reconocibles o emparentados con el resto de lenguajes europeos. Por un prurito nacionalista, en los trenes y autobuses, la preeminencia de la información es del gaélico, pero en la vida cotidiana no creo recordar haberlo oído en ningún sitio. Romanticismos y regiones. Es cierto que hay núcleos, como las islas de Aran, donde domina el gaélico, ciertamente, pero, por lo que leí al repecto, el uso no va más allá del 25% de la población, algo más que el vasco, por ejemplo, y menos que el catalán. 

        La última excursión, a fuer de modesta, porque llegamos al destino con el tren de cercanías en menos de media hora, fue a Sandycove, en la costa. ¿Qué se nos perdió allí? Visitar otro museo de Joyce, también cerrado al público y que, como el de Dublín, abrió excepcionalmente el día del centenerario de la novela: Martello Tower.

En ella vivió Joyce una semana y ella es el escenario del inicio de la aventura de Stephen Dedalus en el Ulises. El pueblecito de costa nos recibió en una mañana soleada, una luz extraña durante nuestra estancia en Dublín. Junto a la torre, una playita recoleta contemplaba el baño ¡en febrero!, de varios bañistas aguerridos cuya contemplación en las imaginamos que frías aguas del mar nos metieron el más afilado de los fríos en el cuerpo. De alguna manera, Sandycove nos recordaba a Sitges, aunque su frente marítimo no era tan extenso, pero se trataba, también, de una zona residencial.
No había nuchos visitantes que buscaran, como nosotros, la torre, pero tuvimos ocasion de cruzarnos con no pocas personas que hablaban en español, algo que, en Dublín, era tan frecuente que nos planteamos si ese destino es el mejor para «
soltarse» en el uso del inglés, porque incluso en tiendas y en restaurantes se nos agtendió rápidamente en nuestra lengua, contra nuestra voluntad de querer practicarlo.

            Si los turistas somos pesados con el álbum fotográfico, hacerse pesado por escrito es imperdonable. Renuncio, pues, a seguir troceando nuestra visita, si bien me guardo el derecho a añadir o restar en función de las reacciones que me lleguen. Hicimos tantas foografías, que aún mi Conjunta no ha tenido tiempo de vaciarlas en la memoria externa del ordenador. Ello significa que no podré ilustrar esta crónica sino con algunas que tomé con la cámara del móvil.

            Hemos regresado con tan buen sabor de boca, que imagino en el futuro no muy lejano otra visita, porque hemos vuelto con la sensación de haber añadido un hito más a nuestra geografía emocional, quizás cuando acabe el enmarañado, divertidísimo y obra maestra de la imaginación y el ingenio,  Finnegan'sWake, si él no acaba antes conmigo...

P.S.Quizás debido al viaje a Berlín que tenemos pendiente desde hace tantos años, a mi Conjunta no se le cayó «Berlín» de la boca durante nuestros días allí... Y así va Azar escribiendo el plan de nuestros destinos turísticos.



lunes, 14 de febrero de 2022

Leo Strauss o el arte de leer: un breve apunte sobre el rigor hermenéutico.

Los arduos caminos de la comprensión de los otros salvaguardando el respeto a la verdad: los fundamentos del trabajo intelectual serio, riguroso, objetivo.

Comprender las palabras de otro hombre, vivo o muerto, puede significar dos cosas diferentes, que por el momento llamaremos «interpretación» y «explicación». Entendemos por «interpretación» el intento de verificar qué dijo el hablante y cómo comprendía en realidad lo que dijo, sin tener en cuenta si expresó esa comprensión de manera explícita o no. Entendemos por «explicación» el intento de verificar las implicaciones de sus enunciados de las cuales no tenía conciencia. Por consiguiente, advertir que una declaración determinada es una ironía o una mentira corresponde a su interpretación, mientras que advertir que una declaración dada se basa en un error o es la expresión inconsciente de un deseo, un interés, un prejuicio o una situación histórica corresponde a su explicación. Es obvio que la interpretación debe preceder a la explicación. Si esta no se basa en una interpretación adecuada, no será la explicación del enunciado que se debe explicar, sino una ficción de la imaginación del historiador. Es también obvio que, dentro de la interpretación, la comprensión del significado explícito de un enunciado debe preceder a la comprensión de lo que el autor sabía pero no dijo explícitamente: no podemos advertir o, en todo caso, no podemos probar que un enunciado es una mentira antes de haber entendido el enunciado en sí mismo.
         La comprensión cierta, demostrable, de las palabras o los pensamientos de otro hombre se basa, forzosamente, en una interpretación exacta de sus declaraciones explícitas. Sin embargo, «exactitud» significa cosas diferentes en diferentes casos. Algunas veces, la interpretación exacta requiere sopesar con cuidado cada palabra usada por el hablante, mas esa cuidadosa consideración sería un procedimiento muy inexacto en el caso de una observación casual de un pensador o un hablante poco riguroso. Por lo tanto, a fin de saber qué grado o tipo de exactitud se requiere para la comprensión de un escrito dado debemos, ante todo, conocer los hábitos de escritura del autor. No obstante, puesto que esos hábitos solo llegan a conocerse de verdad a través de la comprensión de la obra del autor, parecería que al principio no podemos hacer otra cosa que guiarnos por nuestras ideas preconcebidas sobre su carácter. El procedimiento sería más sencillo si hubiera un modo de verificar la manera de escribir de un autor antes de interpretar sus obras. Es opinión generalizada que las personas escriben como leen. Por norma, los escritores cuidadosos son lectores cuidadosos, y viceversa. Un escritor cuidadoso desea que se lo lea con cuidado. Solo puede saber qué significa ser leído con cuidado por haber hecho él mismo lecturas cuidadosas. La lectura precede a la escritura. Leemos antes de escribir. Aprendemos a escribir mediante la lectura. Un hombre aprende a escribir bien al leer bien buenos libros y al leer con sumo cuidado libros escritos con sumo cuidado. Por consiguiente, podemos adquirir cierto conocimiento previo de los hábitos de escritura de un autor si estudiamos sus hábitos de lectura. La tarea se simplifica si el autor en cuestión se refiere en forma explícita a la manera correcta de leer libros en general o de leer un libro en particular que ha estudiado con mucha atención. Spinoza dedicó un capítulo de su tratado a la cuestión de cómo leer la Biblia, que él había leído y releído con sumo cuidado. Para decidir cómo leer a Spinoza, deberíamos echar una mirada a sus reglas para leer la Biblia.
         «La historia de la Biblia», tal cono Spinoza la concibe, consiste en tres partes: a) conocimiento exhaustivo del lenguaje de la Biblia; b) compilación y ordenamiento lúcido de los enunciados de cada libro bíblico respecto de cada tema significativo, y c) conocimiento de la vida de todos los autores bíblicos, de sus caracteres, su estructura mental e intereses; conocimiento de la ocasión y el tiempo de la composición de cada libro, de sus destinatarios, de su suerte, etc.

La formulación que hace Spinoza de su principio hermenéutico («todo el conocimiento de la Biblia debe deducirse exclusivamente de la propia Biblia») no expresa con exactitud lo que de hecho exige.

Así, la interpretación de la Biblia no consiste en entender a los autores bíblicos exactamente como ellos se entendían a sí mismos, sino en entenderlos mejor de lo que ellos mismos se entendían. Podemos decir que la formulación espinoziana de su principio hermenéutico no es más que una expresión exagerada y por lo tanto inexacta del punto de vista siguiente: el único significado de cualquier pasaje bíblico es su significado literal, salvo que razones derivadas del uso indudable del lenguaje bíblico exijan la comprensión metafórica del pasaje.

Según nuestro principio, las primeras preguntas que deben dirigirse a un libro serían de esta índole: ¿Cuál es su tema, es decir, cómo lo designó o entendió el autor? ¿Cuál es su intención al ocuparse de ese tema? ¿Qué preguntas plantea a su respecto, o de qué aspecto del tema se ocupa exclusiva o primordialmente?