sábado, 30 de noviembre de 2024

El óbito, el lapso, el silencio, el temblor y el sollozo…

 

Entre Hipnos y Tánatos, una travesía angustiosa: un apunte del natural…

 

          ¡Cerrado por obras! Soñé que me quitaba la vida con un fusil. Cuando salió el disparo, no me desperté, sino que me vi yacer, un rato, como un cadáver. Solo entonces me desperté.

                              (Walter Benjamin, Dirección única.)



       Que yo recuerde, habré soñado mil veces estar en riesgo de muerte inexorable, situación frente a la que, como un resorte, abría los ojos y salía con decisión y energía de sueño tan amenazador para mi integridad física. Ni caída ni inmersión ni choque frontal ni herida de arma de fuego o blanca ni inevitable aplastamiento por avalancha o hundimiento de un edificio, ladera montañosa o árbol enfermo han consumado nunca su amenaza letal.

          Ayer, con la santa inocencia de los insomnes, atravesé el pasillo de casa, a tientas, como siempre, para esquivar el zapatero que sobresale, y en un repente completamente inesperado, caí de bruces cuan corto soy sin que ni siquiera notara el golpe contra el suelo. Imaginaba que habría causado algún estrépito y que pronto alguien de la familia acudiría en mi socorro. Pero yo no estaba simplemente caído, sino muerto. Desaparecido. Ni sé cuánto tiempo tardó en desaparecer mi conciencia de la realidad. Supe distinguir el momento de otros similares: alguna lipotimia y, sobre todo, el placer inenarrable de la desaparición de la vida mediante la anestesia general para cualquier intervención quirúrgica, uno de esos momentos privilegiados en que la desconexión de lo real es absoluta.     

           No, ni era una lipotimia ni estaba anestesiado: estaba muerto. Y mi último acto consciente fue  pensar que, en mi nueva condición, iba a comprobar si, estando muerto, era capaz de oír la reacción de los vivos ante mi óbito. ¡Tremendo, el lapso tan fugaz en que se disolvió el atrevimiento post mortem! Tuvo la doble condición de lo eterno y lo inexistente. Y sí sé que me vi tendido, muerto, camino del rigor mortis, e instalado en un silencio de un espesor tan grueso que recordaba la desesperación de los enajenados gritando sin que nadie los oiga en una habitación insonorizada, abrazados a ellos mismos.                 Hablar de la inmovilidad de mi cuerpo yacente es un ejercicio eufemístico. Pretendía oír las señales cálidas de la vida y nada identificable con ellas me llegaba, nada percibía. Imagino que aún no habría desaparecido de mí la temperatura que nos hace humanos, pero yo literalmente «no estaba»… 

             Tuve dos reacciones que no olvidaré nunca: una, moví los dedos de la mano que agarraban el embozo y, solo después de otro lapso menos terrible, enjugué las lágrimas que habían comenzado a rebosar el compungido lagrimal merced a mis contenidos sollozos.

           ¿Por qué a oscuras me percibí pálido y fantasmal? 

           Con gesto de Lázaro que se deshace del sudario, retiré la sábana, la manta y la colcha y me senté como un personaje de Hopper en el borde de la cama. Tardé unos momentos en levantarme y pasar al cuarto de baño contiguo para orinar y confirmar que corrían por mi interior los más elementales fluidos vitales… 

            Volví al lecho, aún sollozando, y no podía conciliar el sueño ni a mí conmigo mismo: disociado, seguía contemplándome caído en el pasillo, sin oír que nadie ni me auxiliara ni lamentara mi torpe óbito, porque desde dentro de la muerte fue el silencio absoluto, que imaginé como el cero absoluto de la temperatura, esos menos doscientos y pico grados…, lo que me convenció de haber traspasado la frontera última de la realidad para dejar de ser. 

             Ni hubo túneles, ni puertas, ni luces, ni revelaciones ni cánticos ni beatitudes de ninguna clase: NADA, y era aterrador única y exclusivamente porque «volví» a la vida…

          Lo único distinto que hice en la vigilia de aquella noche tenebrosa fue vacunarme contra la gripe…

sábado, 23 de noviembre de 2024

Alma embarrada, cántaro roto…


 La barrobasada impía del clima; la incuria administrativa; la vida mutilada… y la esperanza, como siempre, a lomos de la solidaridad… 

          Hay noticias que te sobrecogen apenas las has oído. En estos tiempos en que la inmediatez nos permite contemplar incluso los fenómenos en el mismo momento en que se producen, nada puede paliar el horror que nos ha producido la contemplación de la devastación producida en los alrededores de Valencia, provocada por una vieja conocida del Levante español: la «gota fría». [¡Qué frivolidad, hablar de «gota», para lo que ha caído y el daño humano y material que ha producido!]

 Desde el mismo día en que las aguas bajaron de nivel y quedó al descubierto el cenagoso limo espeso que lo cubrió todo, tengo una congoja embarrada que se ha apoderado de mí y que no me suelta, por más que los ejemplos de solidaridad vecinal  hayan contribuido a paliar ese retorcimiento doloroso de la fatalidad climática y la falta de previsión humana. Sí, tengo el alma embarrada, y su humedad y suciedad no me la quito ni con agua ni con lejía ni con la esperanza de que, al secarse, pueda desescombrarla con un enérgico e indignado movimiento del cuerpo. 

 Llevo ya semanas encenagado, mirando a las paredes impolutas de mi casa y viendo en ellas las señales de hasta dónde llegó el torrente desatado que lo anegó todo a su paso. Me muevo por mi domicilio, donde todo funciona como un reloj: la luz, el agua, el gas… y contemplo mi biblioteca sobrecogido por la visión de una lengua de agua y cieno que la sepulta y destroza irremisible e inapelablemente… ¡Con lo que yo he temido al fuego siempre, frente a tanto papel, y ahora descubro una variante infernal de la destrucción sin llama que me aterra, que me convierte poco menos que en un lector de terracota como los de la famosa tumba china del emperador  Qin Shihuang di!

Todas las historias terribles drenan el lagrimal por igual. Y todos los cadáveres arrastrados por el torrente con alma de rabión me han dejado en compunción inconsolable. He sido nadador y siempre le he temido al mar y a los ríos. Y puede haber habido noticia feliz de quien se haya salvado de las aguas como redivivo Moisés; pero ¡qué poco puede hacerse, se nade con la habilidad que se nade, contra la furia desatada de las aguas apocalípticas! Los relatos de las personas asidas a personas que, de repente, han dejado de sentir en sus manos las manos de quienes a ellos se agarraban, para ni siquiera ver cómo los arrastraba la muerte empapada y violenta, ¡cómo hallarán consuelo, cómo podrán volverse a mirar las manos sin sentir el dolor de la pérdida como un mutilado siente su miembro ausente…! Para los espectadores lejanos, geográficamente, de la tragedia —cercanos desde el dolor incomportable—,  la destrucción de las cosas ha ofrecido motivos de espanto insufrible: la empalizada de coches al final de una calle; los sótanos anegados o, al cabo de unos días, los apilamientos de enseres domésticos que representan vidas, no cosas: los sofás donde se ha vivido, dormido y amado; los juguetes de hijos o nietos; ¡los álbumes de fotos!; las alfombras donde se ha retozado; los frigoríficos que nos han aliviado durante el estío tan ardiente como inclemente…; los armarios desfondados con el escogido yo del vestuario hecho jirones de barro abrasivo…; todo aquello de lo que hemos dicho que era nuestro y a lo que, como vio Unamuno, esas personas le han pertenecido, se apila frente a cada edificio como el cadáver atropellado de las existencias que a ese todo vivían estrechamente unidas. Desde la sólida verdad que late en el fondo de cada tópico, ¿qué palabras puede haber, al margen de las de la escueta enumeración, para dar cuenta de la tragedia que hay tras cada uno de esos enseres ahora apilados como escombros de una vida? La visión desgarradora del llanto de personas muy mayores que repiten, vueltas hacia el abismo de la incredulidad y el espanto, ¡que lo han perdido TODO!, me hace casi imposible mantener la vista serena y seca para contemplar tantísimo sufrimiento… ¡Nosotros!, que perdemos o nos roban un móvil y nos parece que se nos caiga el mundo encima…

Contemplar el interior devastado de tantísimas viviendas donde el barro impetuoso ha impuesto, en una «pascua» literal, la desolación y el silencio espeso del cieno deja al espectador lejano en un silencio pavoroso, incrédulo ante tanta destrucción, y severamente dañado por la inmediata solidaridad que lo lleva a ponerse en el lugar del otro, esa nada absoluta en la que los más severos damnificados han amanecido como si hubieran caído en un estado de profundísimo estupor que los protegiera frente a la devastación sin límites que los rodea. Y en ese paisaje apocalíptico vagan, como perros abandonados cruelmente a muchos quilómetros del que fuera su hogar, quienes buscan a sus familiares desaparecidos, de quienes no saben nada y temen lo peor, escrito en la desencajada articulación de sus nombres, repetidos a diestro y siniestro, a cualquiera, para que alguien pueda darles razón…; porque «la razón», ¡esa!, están en un tris de perderla por la ausencia de nuevas que los tranquilicen, consuelen o sumerjan en el dolor definitivo de la pérdida confirmada.

¡Lo que me está costando pergeñar estos apuntes lancinantes…! Pero quiero acabarlos, me cueste la angustia que me cueste, porque deseo transmitir a los damnificados que alguna vez puedan llegar a leerlos, que algunos compatriotas suyos hemos sentido como propia su inmensa y apabullante desgracia, y quiero pedirles disculpas por haber roto con palabras que pueden pecar de pretenciosas el silencio religioso del dolor por la pérdida, el silencio lleno de compasión y sufrimiento con que muchos hemos contemplado sucesos que nunca deberían de haber ocurrido de la forma como ocurrieron, por la incuria de quienes ni quiero mencionar en esta muestra de solidaridad para no mezclar otros cienos perversos con el natural de esos barrancos mortales que los han sumido en la desolación.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Ha cerrado Tupperware: una historia personal de su presencia en España.

 



Un capítulo empresarial en la vida de mi madre, hasta entonces de profesión «sus  labores».

Madre, que sé que aún escuchas y entiendes nítidamente desde tu sordera fingida en la efigie de tu recuerdo…, quiero comunicarte que hace unos días también ha dejado de existir la marca a la que diste algunos de los mejores años de tu vida: Tupperware. Ya sé que lo primero que se te vendrá a la cabeza es que te estoy tomando el pelo y que eso es imposible, y que ya está bien de intentar confundir a una persona mayor y abusar de su candidez, algo que tú jamás has poseído, porque te perdían tantos resabios y cautelas y desconfianzas.

Pues sí, aquella empresa en la que demostraste al mundo que las «nuevas españolas», allá por el 68 del añorado siglo, teníais una capacidad de emprendimiento que no sé si deja chica al de las actuales, pero sí que, al menos, no está por debajo, se ha hundido y desaparece de la vida comercial, aunque con la gran fortuna de haberle dado nombre a unos enseres que hace tiempo que fabrican muchos otros. Nadie va a decir «te lo pongo en un recipiente hermético y te lo llevas», pudiendo decir «te lo pongo en un táper», porque hasta hemos castellanizado el tupperware como lo hicimos con el football en su momento. No sé si esa escasa gloria —impresionante desde los ojos de tu hijo filólogo y estudioso de la vida de las palabras…— bastará para que tu memoria de aquellos años, en los que hubo de todo en nuestras vidas y, principalmente. en la tuya, ocupe el lugar que creo que le corresponde.

Aún tu marido trabajaba en el Ejército cuando te sumaste a la cadena de vendedoras con demostración en domicilio con que se introdujo la firma en España. ¡Aquellas noches en las que nos hartábamos de empaquetar los regalos que les hacíais a las que asistían y, sobre todo, a la anfitriona, a la que había de agasajarse para que otras de las presentes le tomaran el relevo! A aquella presentación vendrían, después, las horas de empaquetado de los pedidos que siempre superaban las existencias que llevabas a las reuniones. Todo muy americano, como lo supo plasmar exactamente Roberto Bodegas en una película, siete años más tarde: Los nuevos españoles, aquellos representantes de Bruster &Bruster que yo vi, en su día, sustituyendo la trama por las «nuevas españolas» como tú, que se abrieron paso en el negocio y recibieron la prebenda de una región donde introducir el género, en tu caso, la Región Sureste, con el cuartel general ubicado en Murcia. Como yo ya estaba becado en la Residencia Blume para deportistas que levantaban alguna expectativa, seguía tus actividades desde la distancia pero con admiración e interés. Levantar una estructura comercial, reclutar las presentadoras, proveer el género, andar siempre de viaje para supervisar el funcionamiento impecable del proceso, organizar los famosos congresos en los que incluso se cantaba un himno alusivo a vuestra fidelidad, modelo adhesión inquebrantable, a la marca que a tantas ayudaba a financiar sus caprichos o a llegar a final de mes o a complementar otros sueldos y apuntarse al desarrollismo de la época.

Que tu marido pidiera una excedencia para sumarse a la aventura empresarial y que tú lo tuvieras «subordinado» a tus órdenes fue un cambo de papeles que no sé si el militarote llevó de buen grado, tan ducho él en el ordeno y mando; pero en cuanto vio los excelentes ingresos que generaba el negocio, se sumó a tu fuerza emprendedora y pronto la Delegación Sureste fue uno de los ojitos derechos de la Central en España. Hasta cuatro Seat 850 había aparcados a las puertas del domicilio-oficina donde residíamos por aquel entonces. Y el señor de la casa tuvo el capricho de un MG que poco menos rompía la barrera del sonido, a tenor de cómo pisaba el acelerador…

¡Cómo se celebraban los nuevos diseños «rompedores», los nuevos utensilios que jamás acababan de completar las infinitas necesidades de una cocina moderna! Todo discurría a pedir de boca, gracias, madre, a tu capacidad infinita para la dirección y a tu don de gentes que te permitía seducir al lucero del alba, y en eso hacías una pareja envidiable con tu hombre, quien, entre tantas mujeres, galleaba como un don Juan pasadito de años, pero donoso en sonrisas, miradas delicuescentes y labia amoscatelada. La historia de adúlteros amores clandestinos se resolvió merced al oportuno infarto que a punto estuvo de dejarte viuda y a nosotros benditos huérfanos; pero como no hay mal que por bien no venga, una amenaza desestabilizadora de tal calibre fue seguida por una promoción a una zona más amplia, razón por la que hubisteis de cambiar el domicilio y la sede de la zona a Alicante.

Yo seguía en la Residencia, y no seguí muy de cerca el tiempo del descalabro, cuando llegaron los desencuentros entre la Central de España y vosotros, a cuenta de las cuentas, claro, que, en el mundo de los negocios es lo que determina el ser o no ser, el estar o no estar, el sobrevivir o el salir por piernas, camino de otro destino o ventura o rutina… Lo que está claro es que de donde sale más que se ingresa solo se sigue la quiebra, y no se ha de haber estudiado Economía para saberlo. Y tanto tú, madre, como tu marido, habéis sido muy «rumbosos» siempre, con esa alegría de quien ha pasado privaciones y no se ha podido permitir nunca el más mínimo lujo. Puestas en claro las cuentas y lo gastado, estaba claro que el negocio se había ido a pique, y que tu marido hubo de pedir el reingreso en el Ejército y tú acompañarlo a su nuevo destino, ¡imagino con qué frustración y congoja!

Pues eso, madre, que una época tan intensa de tu vida, tan trascendental, por lo que sucedió años más tarde, acaba de cerrar su aventura comercial, y a mí me ha dado por rendirte este breve homenaje a tu fortaleza, tu empuje y tu dignidad, para sobresalir y defenderte con tanta entereza en un mundo de hombres como antes eran los hombres. Acaso algún día, si el tiempo es generoso con este septuagenario, convierta esa época en una narración más extensa, la que tú te merecerías. Un beso, madre.

jueves, 19 de septiembre de 2024

El hastío, hastial especular de la soberanía popular de la que se burla la política mal entendida…

Obra de Ponciano Ponzano
 

…o  cómo alejar a los ciudadanos de su casa soberana para amarrarse al Poder. 

Reconozco que nuestra irrealidad política me supera. Me confieso sin armas, más allá de la sindéresis y el tradicional sentido común, amén de la experiencia de casi cincuenta años prestándole una privilegiada atención que no me ha deparado, al cabo, sino el fruto borde del desencanto,  para orientarme en el amargo maremágnum en que lleva instalada nuestra vida pseudopolítica, agravada desde la llegada heterodoxa al Poder de quienes han hecho del Todovalismo el único discurso para mantenerse en él contra viento, marea, votos y, sobre todo, principios que se decía defender como fronteras sólidas de nuestra vida en común como Estado de derecho.

Lo público, aquel procomún que antes justificaba una vida de servicio a los demás, compatible con una sólida formación individual y, en muchos casos, el correspondiente prestigio académico, ha devenido un pesebre particular donde engordan los oportunistas sin oficio ni beneficio, y cuyo único mérito es el de la adulación a la jerarquía del partido que controla la libre ejecución de los Presupuestos, en cuyas numerosas partidas siempre encuentran acomodo las aspiraciones de quienes forman la tupida red de intereses que sostienen a un partido o coalición en el Poder.

Es evidente, menos para quienes doblan sus rodillas por la devota presión de la idolatría partidaria, que la degradación de nuestro sistema democrático ha alcanzado unos niveles de deterioro difícilmente imaginables no hace ni una década, en un proceso similar, si no idéntico, al sufrido por la comunidad autonómica catalana desde que las luchas contra los recortes sociales del gobierno de Convergència i Unió se convirtieron, por arte de birlibirloque, en el prusés para la independencia. El mismo malabarismo trilero del incompetente artur mas lo estamos sufriendo ahora con el federalismo plurinacional con que el perdedor de las últimas elecciones generales, Su Excelencia «el exhumador»,  ha desarrollado un plan de gabardina reversible para, como el camaleón, cambiar de principios y de color, de modo que la ingeniería mediática que lo avala convenza a sus votantes de que Rebelión en la granja es una novela subversiva que ha de ser prohibida como lo que es: la santa patrona de los bulos, contraria a la memoria histórica canónicamente establecida por quienes mandan.

¡Qué agotamiento!, el de la atención, continuada o intermitente, a las tropelías, el nepotismo, las arbitrariedades, los caprichos, los engaños masivos, la invasión sectaria de las instituciones supuestamente «de todos», las venganzas, las esquilmaciones de las arcas públicas, el uso egoísta de los bienes del Estado, la necesidad narcisista de Su Excelencia de ser aplaudido y aclamado, a imitación de su  Consejo de Mininistros… No hay día sin un escándalo de la arbitrariedad con el que desayunarnos resignadamente, porque la destrucción del Estado para nadie es plato de buen gusto, y ningún español puede alegrarse de que el Reino de España haya sido puesto en almoneda por quien con más compromiso y ahínco debiera conservarlo como se lo legaron las generaciones anteriores- Cualquier bocazas secesionista a quien la ley electoral le da la representatividad de la soberanía nacional que no tiene echa su cuarto a espadas para ensanchar con su daga la herida de la división, bajo la complaciente mirada de quien en ellos se sustenta ejecutivamente.

Hemos atravesado los siglos venciendo  todo tipo de desafíos, y es muy posible que nos sucedan generaciones nuevas que desbaraten tan sombríos planes como los autocráticos que se ciernen como oscuros nubarrones cainitas sobre nosotros, pero confieso que, a mí al menos, me pillan devastado por la necedad, la ignorancia y la nefasta religiosidad «civil» que ocupan el primer plano de la actualidad pseudopolítica. Hacia donde vuelva la vista no hallo sino campanudos heraldos de la mediocridad que anuncian con sus pífanos horrísonos el paso altivo del escritor que no escribe, del gobernante que no gobierna, del cum laude regalado, del mentiroso contumaz, del contaminador ecológico y del enamorado pichón que pone firme al Estado en defensa de su pichona…

Los regímenes totalitarios no triunfan por la fuerza. Triunfan porque se apoyan en la mediocridad, ¡tan extendida!, con la que conectan íntimamente y que siempre les provee de «cuadros» dispuestos a defender con uñas y dientes el Régimen que es su pan (aunque sea escaso…) y el de sus hijos. ¡Qué gran país, España, si hubiera una oposición digna de él! La esperanza es lo último que se pierde, sí; pero cuando la vemos tan maltratada y hecha jirones, nos entran todas las dudas y los temores en el cuerpo.

 

 

         

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Fuertev(i)entura, el descubrimiento; Lanzarote, el descanso.

Reivindicación del turista en estos tiempos de estigma e impostura.

          Confieso que me ha costado lo mío planificar las minivacaciones a que las responsabilidades de todo un año me hacían acreedor, no tanto por la ausencia de destinos cuanto por el rechazo que la figura del «turista» suscita entre cierto pensamiento mágico-siniestro que cree poder prescindir alegremente de una bendición económica que supone casi el 13% del PIB de nuestro país, dotado como pocos, por sus bellezas naturales, monumentos históricos, gastronomía y tradiciones populares seculares a atraer visitantes. Con esa prevención en mente, y tras dos semanas de intensa dedicación familiar, mi Conjunta y yo decidimos escoger algo que pudiéramos descubrir y algo que, ya conocido, nos permitiera la vida muelle del descanso merecido.

          Nos repartimos, así pues, entre Fuertev(i)entura y Lanzarote. Cualquiera que haya viajado por Fuertev(i)entura entenderá el paréntesis que hace honor a una característica climática, el viento, que nos acompañó incansablemente a lo largo de los cuatro días que estuvimos en la isla acaso menos turística de todas las del archipiélago, pero que, para nosotros, fue todo un descubrimiento, fundamentalmente por nuestra inveterada afición a las playas salvajes en las que no siempre la contemplación estética va acompañada de la satisfacción sensual del baño reparador. Instalados en el norte, en El Cotillo, un pequeño pueblo en plena expansión turística, pero aún tranquilo y con mayoritaria población nativa, no tardamos ni siquiera medio día de aclimatación para iniciar recorridos que nos llevaran a ver los atractivos de la isla, como el famoso volcán apagado Calderón Hondo, hasta cuyo cráter llegamos tras una excursión en la que nos vimos literalmente «asediados» por ardillas cuya presencia, dada la ausencia de arbolado en muchísimos quilómetros a la redonda, nos intrigó lo suyo. Como todo tiene una explicación, somos los odiados turistas, al parecer, los que alimentamos a esa especie invasora cuyos primeros ejemplares llegaron en 1965 que han crecido hasta el millón actual, en toda la isla, pues las volvimos a ver en la otra punta de la larga isla, Morro Jable, quizás la parte más turística, aunque con playas extraordinarias y quilométricas capaces de albergar cien veces más el número de turistas actuales. 



Nuestra base de operaciones norteña tenía suficientes alicientes, como el impresionante Parque Natural de las Dunas de Corralejo donde nuestro amigo Eolo nos impidió el baño, pero nos permitió la caza fotográfica. Ahí tampoco, a pesar de algunos edificios turísticos lamentables, sentimos que, como turistas, fuéramos mal recibidos, algo que no ocurrió en ningún momento en los ocho días que estuvimos en las islas. 



Nada que ver con otros espacios menos amplios y masificados como la Costa Brava catalana, con calas como la de Aigua Blava, con control de acceso, al estilo de lo que ocurre en ciertas calas de las Baleares, de Palma e Ibiza. En Fuertev(i)entura es raro sentirse en un destino masificado, excepción hecha de la parte sur, de Morro Jable, adonde se llega tras un largo viaje por carreteras de toda condición y paisajes bien hermosos. En el paseo marítimo de Morro Jable fue donde descubrimos que Willy Brandt fue de los primeros mandatarios europeos en descubrir la isla, todavía en tiempos de Franco, y hay fotos de la Guardia Civil del dictador rindiendo honores al Todopoderoso líder de la socialdemocracia alemana y europea, el padrino de Felipe González, a cuyo partido, el PSOE, ayudó económicamente, del mismo modo que proyectó internacionalmente la figura del joven líder sevillano. Brandt convivió con los pescadores e hizo excursiones turísticas a lomos de asnos por tortuosos caminos de tierra. Y siempre fue fiel a los encantos de esta isla que, geológicamente, fue la primera en emerger de este archipiélago con el que se asocia el mito platónico de la Atlántida.



          Cada isla es distinta, y en Fuertev(i)entura conviven dos paisajes de opuesta tonalidad: el oscuro de las piedras volcánicas, como las costas próximas a El Cotillo, el paraíso, por cierto, de los turistas en caravana que se extienden por todas esas costas salvajes de piedras, como las muy hermosas que rodean el Faro de Tostón, y el blanquecino amarillento de las dunas que, en según qué lugares, cruzan las carreteras sin llegar a impedir el tránsito, aunque, en tiempos de vendaval, bien pudiera ser que ocurriera. Los pueblos de la isla que fuimos conociendo, con edificios que usualmente no sobrepasan las dos alturas, se extienden hermosos y limpios como manchas blancas sobre el terreno, si vistos desde la lejanía, y en sus desérticos centros de población destaca una idéntica estructura en los templos y el poco movimiento de personas, y daba igual la hora. Si en algún espacio se tiene sensación de relajación y ausencia absoluta de estrés, es en localidades como La Oliva, Antigua, Tindaya, Casillas del Ángel o Pájara. Corralejo, con su puerto, donde tomamos el Ferry para pasar a Lanzarote ya tiene más estructura de pueblo costero al uso de España, pero, aun así, es incomparable con localidades similares de la península como la masificada Mazarrón en la hermosa costa de Águilas, otro de esos descubrimientos, el parque natural de Cabo Cope y Puntas del Calnegre, que justifican el turismo por nuestro país en justo reconocimiento a sus bellezas.

          Cuatro días dan mucho de sí, pero con ellos no se agota una isla cuya costa occidental, excepto El Cotillo, hubimos de dejar para otra ocasión que, si la salud no lo impide, figura ya entre los proyectos a medio plazo; máxime si, tras las excursiones del día, descontamos las horas de retiro que nos gusta dedicar al descanso, la lectura, la cena frugal de fruta y yogur en la habitación del hotel (muy acogedor el que escogimos al azar, Hotel Coral Beach, con un trato exquisito y unas instalaciones renovadas y cómodas) y, si se tercia, alguna película de Filmin en el móvil…





          A Lanzarote fuimos como jubilados usamericanos a Miami: sol, playa, descanso y confort. Por primera vez en cincuenta y un años de viajes, tras haberlos hecho de todo tipo; camping con tienda canadiense; remolque, pensiones, hostales, hoteles y apartamentos, quise darle una alegría a mi Conjunta y escogí, para la calma chicha de la playa a la que no faltamos un solo día de los cuatro que en él estuvimos, un hotel de cinco estrellas, con una parte de la instalación reservada solo para adultos, es decir, sin familias con niños ni mascotas…, con su piscina privada y dos tanques de jacuzzi… El «club» selecto incluía un té espléndido, con tres bandejas de «nutrientes», desde lo saldo hasta lo dulce, y, después,  barra libre de bebidas. Como siempre nos pasa, solo un día usamos el servicio de té, y ninguno el de las bebidas, pero la tranquilidad de una habitación con salita y una terraza donde leer con absoluto silencio nos pareció impagable. En el fondo, se trataba de un lujo a imitación del de la jet, pero a la altura de la clase media que, alguna vez, hace el esfuerzo para llegar adonde usualmente ni se le ocurre ir. Por cierto, en esos días coincidimos en el hotel y, después, en un restaurante, con un inconfundible ministro canario de Rajoy. La Playa Dorada, aun siendo de las pocas «blancas» de los alrededores, y de tener numerosos bañistas, permitía estar de forma holgada, y, a mí, refugiarme junto a unas rocas que proyectaban su sombra para poder seguir la entretenida lectura del libro sobre los lugares comunes de Léon Bloy, aun escociéndome que representara, indirectamente, en esos días, a la figura del burgués a quien desprecia, insulta y de quien abomina a lo largo de todo el libro, si bien he de decir que el violento escritor se refiere más a la mentalidad burguesa filistea, de la que, ¡por suerte!, creo andar lejos.

          La necesidad de descanso, la pereza que promueve el confort y nuestra excelente predisposición hacia el dolce far niente ilustrado no impidieron que hiciéramos una breve excursión a pie hasta los acantilados de la Playa Papagayo, ubicada en el  Parque Natural de los Ajaches. Podríamos haber ido uno de los días, pero la comodidad del paseo de quince minutos del hotel hasta Playa Dorada      nos convenció de ahorrarnos una buena caminata cuyo retorno, dado que, por precaución, no solemos estar más de una hora en la playa, hubiera sido, bajo el sol justiciero que tuvimos los cuatro días, un auténtico calvario. La belleza de esas playas vírgenes es, per se, motivo suficiente para acercarse a ellas, y hay quienes las califican como las playas más bellas de España, que ya es decir, con las playas que tenemos la suerte de disfrutar en nuestro privilegiado litoral.

                               

          Salí con la prevención del turista molesto que contribuye a la degradación del territorio, pero desde el mismísimo primer día que aterrizamos en Fuertev(i)entura supe que mi generosidad en el gasto contribuía poderosamente al desarrollo y mejora del nivel de vida de las personas que viven en él. Y eso siempre me ha parecido que un turista responsable ha de hacerlo: ser generoso en el gasto. Para tan pocos días como uno está conociendo realidades distintas de la propia, no se puede ni se debe escatimar. Lo segundo que ha de hacer el turista consciente es respetar los entornos y no contribuir ni a su suciedad ni a su degradación, y tratar de dejar la menor huella posible de su paso, excepción hecha de las fotografías que tan hermosos lugares como estas dos islas invitan a coleccionar abundantemente.

          Dejamos a otros el turismo de aventura. La nuestra ha sido ver con ojos vírgenes espacios también vírgenes y poco frecuentados, sin perder de vista la civilización de la urbanidad y el respeto. Amigos tenemos que han estado viniendo a las islas año tras años y han pasado por todas las del archipiélago, y no me extraña.

 

 Finalmente, una curiosidad estética: un detalle de la primera estación del Vía Crucis pintado sobre piedra volcánica:


y una imagen de adonde nuestro amor a la lectura siempre nos lleva: 






martes, 6 de agosto de 2024

La mirada suspendida de las postrimerías.


El homo faber frente a la impotencia última.

Cuando se llega a cierta edad, usualmente pasados los noventa, y el cuerpo apenas responde ya a la posibilidad de mantener una actividad cotidiana reparadora, la mirada de las personas sedentes se gira hacia un vacío fronterizo con el olvido y con recuerdos muy escogidos, aunque confusos, precisos como el detalle magnífico de un novelista decimonónico y, a menudo, anodinos como el tiempo que se abre ante uno en su cruel repetición del aburrimiento eterno en que se acaba teniendo la certeza de sobrevivir con un esfuerzo tan descomunal como pasivo.

Cada persona es un mundo, pero cuando la ausencia total de formación, salvo la de la escuela de la vida, que no todos aprovechan del mismo modo, nos deja solos ante las horas, sin tener «nada que hacer», aunque se ansíe salir del impedimento general de un  cuerpo que ni fuerzas para levantarse del asiento tiene, el ánimo se ensombrece e incluso aparece el enfado, porque ese «no hacer nada» es la más agresiva señal de que solo vivimos ya para esperar la muerte que nos continúe el descanso, porque, en esas condiciones, las siestas eternas son el refugio frecuente de quien no está para pocos ni muchos trotes.

Hay destinos que no se escogen, aunque se crea la bella ficción de que todos, sin distinción, somos portadores del libre albedrío. Imaginemos una vida sin instrucción, lindante con el analfabetismo y con nulo interés inveterado en cualquier cosa que traspase los férreos límites del círculo familiar o la alienación de Tele 5, pongámosle noventa y siete años encima y pensemos cuál será su sentimiento de la vida, limitada por severas carencias físicas.

Es difícil la convivencia, en esos casos, porque la persona, como un disco rayado, repite sus cuatro frases de rigor hasta la extenuación, y han de ser correspondidas porque allí no hay una «comunicación», sino una función fática del lenguaje, y la compasión y el respeto obligan a eso y a más. No se trata del Alzheimer, infinitamente más cruel que la leve demencia senil de la que acaso nadie nos escapemos, pero no anda lejos del terrible tormento el relativo autismo que no sale del mundo mínimo que puede expresar la persona de esa edad y condiciones.

«Acompañar» es palabra inoperante, porque, en realidad, tal persona «exige» la presencia constante a menos de medio metro del familiar de turno, y si no es así, incluso puede provocarle una crisis de llanto tremebundo, porque la sensación real y física de «abandono» es punzante como una herida de arma blanca. No es fácil ese acompañamiento que no es tal, sino la preocupación por la criatura sin edad a la que volvemos cuando alcanzamos edades tan avanzadas, porque se la ha de cuidar casi como a un bebé, pero cuidándonos mucho de respetar la poca o mucha autonomía que le quede a la persona, cuyos arrebatos de ira, además, suelen dejar a los cuidadores al borde del llanto: la ingratitud legendaria de los niños es un espejo de la de los ancianos. Y el mito del anciano afable, sonriente, dulce y respetuoso, pues eso, que tiene más de mito que de realidad. Ya lo decía Machado, que «no todas las canas son venerables»; pero en estos casos de longevidad extrema está en juego el instinto de supervivencia, porque la persona «teme» realmente por ser abandonada como un recién nacido en la puerta de una iglesia.

Cuando se quiere respetar la voluntad de una persona de no ser llevada a una residencia geriátrica, sus familiares han de ser conscientes de la vida que hipotecan en aras de complacer ese deseo, porque, de repente, la propia vida desaparece para convertirse uno en mera herramienta del bienestar del otro. En términos cristianos hablaríamos de «sacrificio», y quienes sean personas religiosas incluso agradecerán tener un menester que afiance sus méritos ante el Juez del Alto Tribunal, llegado el momento; para los agnósticos solo cabe hablar de «compromiso», que se aceptará en uno u otro grado en función de la propia historia: no siempre las relaciones padres-hijos avalan que los hijos hagan por los padres lo que los padres no hicieron por sus hijos. Lo habitual, con todo, es hacer más, bastante más, de lo que la evaluación del debe y el haber acredita.

La mirada de la persona anciana que, imposibilitada de mantener un rico intercambio de pareceres con sus allegados, se abisma en un silencio rencoroso y decepcionado, no es fácil de contemplar sin una inmensa compasión, aunque nada se pueda hacer por remediarla. A veces causa espanto, contemplar, de soslayo, la fiereza de una mirada que solo se lamenta de que no haya nadie que la aparte de la monotonía del vacío; sobre todo cuando sus imposibles interlocutores son amantes del silencio o la lectura. El ceño se frunce y los labios se crispan, y, de tanto en tanto, unos ojos muy abiertos tropiezan con los tuyos y parecen decirte: «¡Bueno, nadie me va a entretener! ¡Voy a tener que seguir sentada en este sillón como un trasto inútil? ¡Pues vaya, qué ingratos! ¡Pues si no queréis estar conmigo, llevadme a mi casa y no me obliguéis a estar aquí!»

En ese momento sonríes, antes de seguir con la lectura de la prensa, y no tardas en percatarte de que el sueño profundo ha vuelto a llevarse a la persona al ensayo intenso del porvenir…

martes, 23 de julio de 2024

Del PODER a los poderes…

 
 


No tan viejas reflexiones sobre el Poder, anteriores al ejercicio autocrático que está haciendo el PSOE de él en nuestros días, laminando la separación constitucional de los mismos.

 

Todos los partidos políticos, sin distinción, aspiran a conseguir el PODER (sic, sí, porque en el imaginario de todos ellos siempre se ha escrito con mayúsculas, para hacerles creer a los electores en la pervivencia de uno de los atributos de la divinidad, instancia a la que los partidos sustituyen desde una óptica laica, la omnipotencia), aunque, como aspiro a mostrar en esta reflexión, en la realidad que cae fuera de los discursos, los eslóganes y las menguadas ideologías que por él compiten, el poder se ha de escribir con las humildes minúsculas de andar por casa.

Aún escuece entre el electorado, creo yo, el repertorio de promesas incumplidas por el PP apenas fue elegido, con desinformada ilusión, por once millones de votantes. El poder, del que Podemos ha hecho recientemente «marca» electoral, no se reveló, en el caso del PP, con suficiente fuerza como para materializarse de modo que casaran las promesas y los hechos. La famosa derrota convertida en medalla: «Hemos hecho lo que se tenía que hacer» (traducido: «hemos hecho lo que nos han dicho que hagamos»), no puede ocultar el trecho inmenso que hay entre lo prometido a los votantes y lo incumplido; entre la demagógica concepción del poder y su discreto, banal y gris ejercicio.

          El para qué, la finalidad de ese legítimo objetivo que es la conquista del poder, sería lo que marcaría las diferencias entre los partidos, si bien, como muestra la presente legislatura, ni siquiera una mayoría absoluta ha sido capaz de conseguir que viéramos la magnífica cola de pavo real de ese poder anunciado, y que se ha venido ejerciendo de tal manera que lo único que se ha conseguido ha sido empeorar las condiciones de vida de los votantes con menos recursos, y manifestarse en ámbitos de la vida social en los que ninguna necesidad había de que se ejerciera, como la ley mordaza, la de montes y costas para facilitar la especulación o la afortunadamente fallida del aborto. Y sin que se ejerciera para atajar el drama de los desahucios, por ejemplo.

«Cuando lleguemos al PODER…», anuncian y/o prometen los líderes bonanovistas de todos los partidos con un entusiasmo solo parejo a su ingenuidad y/o a su mendacidad; pero los electores descubrirán que  aquello que Guerra prometió con frase desgarrada: «El día en que nos vayamos, a España no la va a conocer ni la madre que la parió», no fue más que eso, una frase más, poco lúcida, del repertorio de las muchas que han jalonado la historia de nuestra democracia actual, porque la ineficacia de la acción política en España es algo que, en efecto, se conoce desde la madre que la parió, como la Historia ha dejado sentenciado.

Lo propio sería hablar de «poderes», como cuando nos referimos a la estructura del estado: legislativo, ejecutivo y judicial. Porque lo propio del poder en este primer tercio del siglo XXI es su atomización, su reparto, no diré que impecablemente democrático, pero sí incontrovertiblemente real, lo cual permite un ejercicio del mismo acorde con la creciente complejidad de nuestras sociedades, poco hechas al ordeno y mando vertical de una mayoría parlamentaria, y menos aún si esta es absoluta. De hecho, esta realidad: «mayoría absoluta» –que en nuestro país ha sepultado gobiernos de González y de Aznar, y va camino de hacer lo mismo con el de Rajoy– en modo alguno puede entenderse como «poder absoluto», que es lo que los usufructuarios de la misma a veces han tenido la tentación de pensar. Y de ahí los choques ácidos, y a veces hasta virulentos, con el poder de los administrados.

Desde esta perspectiva, que todos somos poder, en diferente grado de intensidad, fuerza y representatividad, resulta difícil entender el afán de algunos depositarios de esos «poderes» en transformarse en instancias políticas que sacrifican el poder social conseguido, a veces con loables esfuerzos, para aspirar a la conquista de ese PODER desde el que se nos promete «cambiarnos la vida», con ademanes de ordeno y mando…, como si cada cual no fuera el autor del guion de su propia vida. Hay, en el fondo, una concepción ingenua y romántica en esa creencia transformadora del poder, una ficción de la que, a todos los políticos, les despiertan los convenios internacionales, la implacabilidad de las leyes (como Syriza acaba de comprobar) y los límites de la Constitución. Claro que es cierto que escribir los acuerdos del Consejo de Ministros en el BOE es una demostración inapelable del ejercicio del poder, pero no siempre ese hecho implica siquiera que lo allí escrito se cumpla, se traduzca en la observación de una conducta.

El ejemplo más patético de la añeja concepción del poder político lo encarna el escasamente honorable Presidente Mas y su corte de secesionistas de campanario de aldea. Ni siquiera lo establecido con pomposa solemnidad de república bananera en el DOGC puede tener capacidad de obligar a los ciudadanos, máxime si anda por medio un Tribunal Constitucional que te marca los límites reales del ejercicio del poder, como recién lo acaba de hacer el Tribunal de Garantías Estatutarias. Perseverar en el anuncio e intento de cumplimiento de medidas anticonstitucionales no puede llevar sino, al margen del desprecio jurídico, al más espantoso de los ridículos. Si consideramos la proyectada DUI, deberíamos de inventar una tercera clasificación: mayúsculas, minúsculas y ¿párvulas?, para considerar la naturaleza de ese nuevo poder al que los defensores de la tal aspiran.

Michel Foucault fue un brillante analista de las relaciones de poder en la sociedad occidental, y a él se debe un concepto «la microfísica del poder» que nos es útil para entender que las relaciones verticales de poder han sido sustituidas por relaciones horizontales, aún escasamente comprendidas y/o valoradas por unos políticos que viven todavía en el sueño antiguo del Príncipe maquiavélico; pero plenamente ejercidas por la ciudadanía a través de movimientos espontáneos (o no tanto) en defensa de bienes y/o derechos. Por todo ello es por lo que resulta incomprensible la insistencia de actores políticos como Podemos, por ejemplo, en un mantra, el de la «toma del PODER» —o su angelical versión de «asaltar los cielos»—, mediante el que se aspira a lograr la instauración de unos ideales que chocan abiertamente con los nuevos poseedores de ese poder.

El viaje del poder absoluto a su absoluta atomización exige que nos adaptemos a una realidad cambiante que hace tiempo que se llevó por delante, como un tsunami, añejas concepciones del ya inexistente PODER.