lunes, 22 de agosto de 2016

La Bruyère leído desde el asedio secesionista





La secesión delirante vista desde el análisis del carácter.

Según el existencialismo de Sartre, las personas viven su presente condicionadas por el futuro hacia el que se dirigen, el cual se encarga, una vez recibidos los objetivos que cada ser proyecta en él, de marcar los pasos ineludibles por los que se ha de llegar a ellos. El presente, así pues, desaparece, convertido en mero puente precario. Viene esta reflexión a cuento del poder que, sin embargo, tiene el presente para condicionar la lectura del pasado que supuestamente habría de condicionarlo a él. De este juego cruzado de influencias quiero rescatar, para quienes pudieran estar interesados en estas cosas del leer, la extraña sensación que me ha producido leer un autor clásico desde las circunstancias acezantes del presente; porque lo normal, de suyo, es comprender el presente desde las lecturas del pasado. Que el día a día de la realidad política nos transforma la vida llega incluso hasta el punto de leer textos clásicos destacando en ellos afirmaciones, teorías, pensamientos o juicios que, en otras circunstancias, nos hubieran vuelto ciegos a ellas. Es el caso del proceso secesionista catalán cuyos disparatados fundamentos convierten gran parte de nuestro presente en una suerte de ejercicio de estilo político al margen de la realidad, realizado, para más rizo, por quienes gobiernan, no por quienes desde la oposición se rebelarían contra la supuesta opresión española que justificara, al menos, ese impulso secesionista. Jean de La Bruyère es un autor cuya obra clásica Los caracteres no necesita ni presentación ni juicios críticos que descubran lo que ya hace mucho tiempo se sabe de ella: que ha de ser una lectura imprescindible. La extraordinaria traducción de Consuelo Berges, además, contribuye no poco a la degustación. De La Bruyère recordaba Flaubert que era uno de esos clásicos a los que se ha de estar releyendo permanentemente. Quizás contribuyera a la cimentación de su prestigio el honesto y nada afectado ejercicio de humildad propio de quienes se dedican al trabajo intelectual de La Bruyère cuando reconoce que lo que él ha querido escribir no son máximas: son como leyes morales, y confieso que no poseo ni bastante autoridad ni bastante genio para hacer de legislador; incluso sé que habré pecado contra el uso de las máximas, que las exige cortas y concisas, como los oráculos. La finura analítica de La Bruyère permite al lector que hace esa lectura desde el asedio que sufrimos percibir ciertos juicios como argumentos irrebatibles. Si cuando habla de la vida familiar nos dice que el interior de las familias suele estar agitado por las desconfianzas, los celos y la antipatía, mientras que apariencias de satisfacción, tranquilidad y alegría nos engañan haciéndonos suponer una paz que no existe; pocas familias ganan cuando se profundiza en ellas. A veces una visita interrumpe una pelea doméstica que solo espera, para volver a empezar, que os despidáis, ¿a quién no se le viene a las mientes la propaganda del famoso e idílico oasis catalán? ¿Quién puede dejar de ver que hay un inevitable conflicto familiar en torno a la legítima propiedad de la catalanidad y, en última instancia, a sobre cómo organizar la convivencia en la familia? Desde esta óptica ha de releerse esta precisa observación del autor parisino: En el trato social, la que primero cede es la razón. Los más discretos suelen ser dominados por el más loco o el más extravagante. Si bien hemos de hacer la salvedad de que ese “trato social” ha de traducirse por la “arena política” donde se dirime la cuestión. No son pocas las voces que se han alzado contra la perversión de una doctrina dogmática que ha instalado la política en el seno de las relaciones sociales y familiares con su peor cara, la del fanatismo. Todo se sacrifica en aras del nuevo ídolo, el ordine nuovo (no el de Gramsci, claro) del nuevo estado catalán, y pocos son quienes dejen de asentir a esta terrible aserción de La Bruyère: Digamos valientemente una cosa triste y dolorosa de pensar: no hay persona en el mundo tan ligada a nosotros por la amistad y el afecto, por mucho que nos quiera, por muchos ofrecimientos de servirnos y aun por muchos favores que nos haga alguna vez, que no lleve en sí disposiciones próximas a romper con nosotros por interés y a convertirse en nuestro enemigo, no por otra razón poderosa que la de haber tenido la desgracia infinita de comprobarlo personalmente. De hecho, si, como dice nuestro autor: exponerse a una gran pérdida es una gran puerilidad, no cabe duda ninguna de la puerilidad desde la que se ha construido este artefacto nacionalpatriótico, y las terribles consecuencias que puede llegar a tener. De momento, esas pérdidas son de carácter sentimental. Mejor ni pensar de qué otra naturaleza podrían llegar a ser. Nuestro autor, fino escrutador de la sociedad de su tiempo y, por ende, de la de todos los tiempos, de ahí su carácter de clásico bien vivo, cuya obra interesa tanto a los europeos del siglo XXI como a los franceses del XVII, no puede dejar de percibir la inevitable atomización social, pilar básico del edificio social. Niega, desde la observación, el futuro unanimismonacional romántico, desacreditándola por la base, la de las innumerables agrupaciones humanas cuyos códigos individuales conviven con otros en un mismo espacio político y social: La ciudad está dividida en diversas sociedades que son como otras tantas repúblicas, con sus leyes, sus costumbres, su jerga, sus chistes. Mientras el clan se mantiene en todo su vigor, nada que no provenga de los suyos le parece bien dicho ni bien hecho; incapaz de apreciar lo que viene de fuera, llegan hasta despreciar a las gentes que no están iniciadas en sus misterios. El hombre más inteligente del mundo que la casualidad traiga hasta ellos es recibido como extranjero; se siente como en un país lejano del que no conoce ni los caminos, ni la lengua, ni las costumbres; ve una gente que charla, murmura, habla al oído, ríe a carcajadas y luego cae en un sombrío silencio; se desconcierta y ya no sabe colocar una sola palabra, ni siquiera escuchar. ¿Describe o no describe este texto al clan secesionista, cerrado en su particular círculo de tiza caucasiano? Del mismo modo que describe otros, por supuesto. Pero quiero hacer notar la condición de extranjero que se adjudica a quienes no forman parte de esa república independiente de su solar patrio. Al fin y al cabo, como dice el parisino en palabras esclarecedoras que la tribu secesionista adjudicaría a Lucifer: quien dice pueblo dice muchas cosas. Es ésta una expresión muy vasta y asombraría ver lo que abarca y hasta dónde se extiende. Y añade, a modo de ejemplo, un par de divisiones que no agotan, por supuesto, esa vastedad que caracteriza al concepto: está el pueblo que es contrario a los poderosos, esto es, el populacho y la multitud; está el pueblo que es contrario a los sabios, a los inteligentes y a los virtuosos, esto es, los poderosos y los humildes. Quizás de la labilidad de ese concepto se derive la fantasía del poder político que anima a los actuales impulsores de la Particularidad: cuando se pretende innovar o cambiar algo en una república, se atiende más al momento que a las cosas en sí. En ciertas circunstancias se tiene la evidencia de que no sería fácil atentar contra el pueblo; en otras resulta claro que se puede hacer con él lo que se quiera. Esa atención al momento es, como diría Izaguirre, el momentazo de la movilización de todos los secesionistas, porque no hay más que aquellos que se comprometen a través de la movilización. Por otro lado, la atomización social tiene su justa correspondencia en la individual, porque la inestabilidad y complejidad del yo postfreudiano, la incapacidad contemporánea del sujeto para definirlo de modo satisfactorio es el pan nuestro de cada día de corrientes de tanta ascendencia intelectual como el Deconstructivismo, que La Bruyère parece prefigurar cuando nos dice que un hombre desigual no es un hombre solo, sino varios: se multiplica tantas veces como nuevos gustos y maneras diferentes tiene; en cada momento es lo que no era y muy pronto será lo que nunca ha sido: se sucede a sí mismo. No preguntéis qué carácter tiene, sino cuáles son sus caracteres; ni cómo es su genio, sino cuántas clases de genio se hallan en él. De ahí, y acabo, que parezca hazaña imposible ser capaz de representar políticamente un solo pueblo, una volkgeist que solo anida en la entraña de la quimera: todo es postizo en el humor, las costumbres y las maneras de los hombres: (…) las exigencias de la vida, la situación en que uno se encuentra, la ley de la necesidad, fuerzan la naturaleza y causan grandes cambios. Por eso un hombre, en el fondo y en sí mismo, no puede ser definido: demasiadas cosas ajenas a él le alteran, le cambian, le trastornan; no es preciosamente lo que es o lo que parece ser. En resumen, justo lo contrario del antipensamiento dogmático que se nos ofrece como la quintaesencia críptica del ideal soberanista: Som i serem.

viernes, 12 de agosto de 2016

El décimo círculo. (Adenda dantesca.)



¡Peligro, [desesperación por] obras!

“Ya puestos…” es una trampa argumental en la que fui cazado por mi generosidad malentendida, por mi altruismo trasnochado y por un amor sólidamente construido. “Ya puestos…” comenzó siendo un “toca pintar” y acabó convirtiéndose en el parquet acuchillado y en el cambio de seis metros de ventanal del salón que da al patio interior del Ensanche: de la ajada carpintería de aluminio casi pre-industrial a un ventanal de resina con cuarterones estilo inglés, más un acabado con vidrios de seguridad y puerta y ventana con anclajes para disuadir a los émulos de Cary Grant en la película más francesa de Alfred Hitchcock, una estructura rematada por dos arcos irregulares, a medio camino entre el medio punto y el carpanel que se tuvieron que rectificar con la obra correspondiente para que encajara la estructura en los huecos respectivos. La lectura será un bien espiritual impagable, pero mover, como hemos hecho estos días, más de 5000 volúmenes de los estantes a las cajas y de estas a unas habitaciones y de estas a otros antes de devolverlos a sus librerías para proceder a vaciar las siguientes y vuelta a empezar, ha supuesto una paliza corporal de una naturaleza tan demoledora que ¡en mala hora, he llegado a pensar, me dio por aficionarme a la lectura! Uno de los pintores, lector especializado en la Primera Guerra Mundial y en ajedrez me confesaba: “¡Y yo que creí, con mis casi 200 volúmenes, que tenía una señora biblioteca! El patatús le dio cuando hube de reconocer por amor a la verdad, que no a la vanidad, bien lo sabe Hermes, que el 90% de ellos habían sido leídos… “Aunque no se note…”, me apresuré a decirle, para desembarazarlo, no fuera a ser que se nos acomplejara y diera las manos demasiado aligeradas de pintura, por esos supersticiosos respetos del no molestar que inspiran los ambientes donde se cultiva la dedicación intelectual. Le aseguré que, como lucrativa, más lo era su profesión pintora que la nuestra profesoral, y cuando tocaba pasar las noches de claro en claro vaciando habitaciones para que los señoritos pintores entraran al día siguiente en ellas sin tropezar con nada que les impidiera pasar el rodillo o el pincel no se me iba de la cabeza que si lo suyo estaba más que bien pagado, nuestro esforzado trabajo de estibadores no había dinero en el mundo que lo pagara… “Mira, nena, me has pillado en esta porque es la última, que si no…”, argumentaba, incontestablemente, porque dentro de veinte años, cuando toque de nuevo, ya con 84, no muevo yo ni el Montaigne intocable de mi mesita de noche… Lamento decir que he comulgado con todos los tópicos: “a la casa le viene bien una limpieza total y moverlo todo y llegar a todos los rincones y limpiar todos los libros, ¡uno por uno!, ¡y ordenar el trastero!, y, en resumida cuenta, hacer limpieza “a fondo”; pero no es menos cierto que, además de la experiencia de vivir de camping en el propio dormitorio, porque a la cocina se accede a través del salón acuchillado, esas noches de movida y de abarrotar las habitaciones libres como cuando cargábamos el coche para las vacaciones con la prole diminuta y llevábamos la baca como los marroquíes que atraviesan la península en julio y agosto, nos suponía derrumbarnos en el colchón, cada noche, como se espatarran los caballos de los picadores a los que los veterinarios se ven incapaces de coserles el vientre para evitar que se “desorganicen” en un abrir de patas y postrer cerrar de ojos. Día hubo en que coincidieron, una mañana, los instaladores del ventanal, el zocalero que remataba el trabajo del acuchillador y los pintores que nos instalaban, ¡los cuatro en el mismo espacio!, una pared insonorizadora para ahorrarnos la presencia glugluante del baño de la vecina ¡a todas horas!, y ello a pesar de tenerla antigua “tapizada” con una librería que ocupa los cuatro metros de pared que son frontera acústica más que permeable y líquida… con ella. Hoy, una semana después de la movidita, lo que más me sorprende es haber pasado la dura prueba sin haber perdido los nervios en ninguna ocasión, aunque motivos para ello húbolos, sin duda. Como que a aquella escena de camarote célebre se sumara, además de las tres ramas laborales presentes, la de la señora de la limpieza haciendo la cocina “a fondo” después de haber hecho lo mismo con un baño mientras el otro estaba ocupado por los pintores, con la consiguiente necesidad, si se hubiera presentado, perentoria como suele ella hacerlo, de bajar a un bar con el desconsiderado “apretón” a cuestas… No sucedió tal cosa afortunadamente, y pasamos la dura prueba con total control de los esfínteres… Sí, claro, luego queda todo “como nuevo, pero el renovado viejo esfuerzo exigido a una máquina corporal que dejó atrás hace tiempo la conciliación de “energía” y “briosa” deja, a su vez, secuelas que exigen serias reparaciones. De momento, ahorrarnos el estrés de unas vacaciones al uso, porque es cierto, he de reconocerlo, que la epifanía del orden permite reinstalarte en el propio domicilio como si se estuviera haciendo un intercambio en otro país. Todo se ve con otros ojos, y hasta entre los viejos libros se descubren sorpresas de todo tipo; desde una foto entrañable usada como punto de libro hasta dos billetes de cincuenta euros guardados en la única caja fuerte que ningún caco abriría… Lo peor, con todo, lo insufrible, ha sido la anárquica flexibilidad horaria de quienes parece que establezcan como naturaleza propia del autónomo tener las jornadas de trabajo más reducidas posibles, con la consiguiente desesperación de quienes aspiran, legítimamente, a quedarse a solas, como bien casados, en su propia casa… Que den las 10 a.m. y que aún no haya aparecido nadie: “Oiga, es que nosotros venimos desayunados…” Que a las 13’30 se suspenda toda acción para ir a comer y, después de haber vuelto a las 14’30, acabarlo todo a las 16’30, porque ‘no van a dejar’, lo que toque, ‘a medias…’ Cuando Dante describió su infierno es evidente que descuidó incluir el círculo décimo de las reformas domésticas, ese mudancing indoor que es el más terrible deporte jamás inventado. Dejo de lado que, encima, le toque a uno, por dejarse llevar por las recomendaciones de las amistades, un pintor cantamañanas que sea adicto al móvil, modelo en sus ratos libres y con una tendencia al escaqueo tan escandalosa que, de no ser por el ayudante, ¡un héroe abrochado al deber!, es probable que hubiéramos acabado teniendo nuestros más y menos. Es una situación extraña, ciertamente, la de ser cliente cuando te has dado un palizón de órdago a la grande para que todo fuera lo más rápido posible y cuando tu nivel adquisitivo al lado de esos felices autónomos pudientes apenas sobrepasa el sesquimileurismo. ¡Tentado estuve, por el “movimiento de enseres”, de pedirle una rebaja en el precio, la verdad! Hoy, recuperado el blanco inmaculado de las paredes, contemplado el ventanal como si habitara en un cottage y habiendo recobrado el parquet su color original, además de tener bien ordenadita toda la biblioteca, donde antes campaba a sus anchas la anarquía, bien puede decirse que ningún otro círculo dantesco tiene semejante final, a pesar de los pesares.



miércoles, 3 de agosto de 2016

¿Preguntas pertinentes?




¿De qué hablamos cuando hablamos de la política...?
¿Hablamos de una profesión, para cuyo ejercicio, bien curiosamente, no se exige ningún requisito, ni acreditar unos conocimientos mínimos, ni una experiencia, ni haber demostrado capacidad alguna, ni siquiera tener unos rudimentos de lo que entendemos que cae bajo el radio de acción de tal mester, es decir, la totalidad de la vida de una sociedad, desde la creación de leyes hasta el reparto de los dineros públicos y la creación de infraestructuras, pasando por el gobierno de la policía y el ejército? ¿Hablamos de la política como de la suprema oportunidad, para quienes nunca han demostrado competencia alguna, de auparse a centros de decisión desde donde modificar la realidad cotidiana de millones de personas?Plantear en este país la posibilidad de un examen de los candidatos a ocupar los puestos políticos de la administración, con la excepción del presidente del gobierno, se vería como un atentado antidemocrático. Y, sin embargo, como podemos ver cada legislatura, y con rigor artístico definitivo en la película Tempestad sobre Washington, de Otto Preminger, forma parte del sistema democrático de una democracia tan antigua como la de Usamérica. ¿Por qué no habría de ser importable que políticamente los candidatos a ocupar puestos de tantísimo relieve sufrieran un examen donde quedara acreditado un mínimo de competencia para desempeñar el cargo? ¡Cuántas vergüenzas ajenas nos hubiésemos ahorrado! Y cuántos sinsentidos como pueblan nuestra geografía y nuestras normativas. El miedo ancestral de los españoles a los exámenes -y el desdén tradicional hacia el conocimiento y el aprendizaje- permite que una profesión cada vez más especializada sea desempeñada por quienes de ninguna manera someten su preparación al juicio, no tanto ya de los que saben, sino de sus propios colegas, quienes, por evitar el compadreo, y sobre todo el escarnio de los de la oposición, se lo pensarían muy mucho antes de echar a los leones a según qué candidatos. Estoy convencido de que esas sesiones para determinar la idoneidad de los tales acabarían ocupando un lugar privilegiado en la cuota de pantalla televisiva. Si ya la retransmisión de plenos del Congreso nos deja un sentimiento de desolación, de páramo, de pobreza, política e intelectual, de que la que habría de ser la profesión más noble del mundo, se reduce, en esa y otras sesiones a un ejercicio burdo de trilerismo, matonismo demagógico y aberrante lógica ytumasera, es necesario, con carácter de urgencia, redefinir la profesión y establecer unos filtros mínimos -sólo hay qué ver qué políticos en Washington han pasado esos exámenes...- para el desempeño de la misma.¿Hablamos, por el contrario, de la política como el instrumento adecuado para la realización de nuestro proyecto de vida individual?¿Hablamos de la política como la panacea que nos traerá esa felicidad cuyo objetivo recogía destacadamente la Pepa romántica, en 1812?¿Hablamos de la política como "un tema de conversación" en el que podemos desahogarnos y sumar disparates que son más celebrados cuanto más hiperbólicos; un cotilleo de barra libre para el insulto; una cadena de despropósitos conceptuales que pretendemos hacer pasar por opiniones fundadas; un "terreno" que pisamos con la confianza de quien sabe que jamás han de pedirle cuenta de la racionalidad de su posición; un espacio de impunidad para la amenaza y la difamación; una escuela del odio y el sectarismo?¿Hablamos de la política como algo realmente "ajeno", como si fuéramos espectadores irresponsables de una representación en la que, sin embargo, hemos elegido nosotros a los actores, a los principales y secundarios?¿Hablamos de la política como un asunto turbio y sucio que procuramos dejar a un lado en ciertas relaciones sociales y familiares para que no empañen con su fétido aliento partidario nuestra vida cotidiana?¿Hablamos de la política como si "nada" tuviera que ver con nuestras vidas, nuestros proyectos, nuestros sueños, nuestras aspiraciones, nuestros sueldos, nuestras amistades, nuestros amores, nuestras adquisiciones, nuestros viajes, nuestras lecturas, nuestras infinitas elecciones diarias, comunes y corrientes?¿Hablamos de la política como de una actividad en la que es mejor no meterse, salvo si se que quiere medrar para "aprovecharse" del posible cargo al que pueda accederse, para el clásico “forrarse”, más allá de las prebendas propias de los mismos?¿Hablamos de la política como el único modo de ascenso social sin pasar por la dureza del aprendizaje en cualquier disciplina académica y sin haber conocido la experiencia laboral?¿Hablamos de la política como de un mal menor?¿Hablamos de la política como de una necesidad que, sin embargo, nos empeñamos en reconocer como lo que es?¿Hablamos de la política como de una ciencia esotérica -en vez de exotérica- a la que solo acceden ciertas personas cuya vida gira exclusivamente alrededor de ella y a la que sacrifican lo que los demás concebimos como una vida "normal"; unos saberes crípticos, amén de aburridísimos, que les permiten explicarlo todo, sin excepción alguna?¿Hablamos, en fin, de la política como del arte del ilusionismo, del arte de la superchería, del arte del embaucamiento, del arte contra el que nos defendemos con la seguridad de quienes rechazan también el queso?¿Tenemos respuestas satisfactorias para esas preguntas? Debiera ser un imperativo ético y cívico que cada cual busque las suyas.

domingo, 24 de julio de 2016

La bisoñez política como peaje de la juventud contestataria.


De la juventud, la experiencia y la política

[Asediado por los acuchilladores del parquet, los carpinteros de aluminio y los pintores..., recupero algunos artículos que aparecieron en Crónica Global y no en esta Provincia Mayor..., a la que ahora los añado para, acaso, solaz de algunos provincianos generosos.]


La construcción de una persona es un proceso a largo plazo en el que se van consolidando su carácter, su pensamiento y sus sentimientos a través de las experiencias y los conocimientos a las que se enfrenta y a los que accede, si aquellas y estos no son, en realidad, una y la misma cosa. En los tiempos modernos se han reducido notablemente las franjas vitales: hablamos, comúnmente, de primera, segunda y tercera edad: niño, adulto y anciano, si bien hacemos subdivisiones en ellas, y las ampliamos a infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y ancianidad. Esta ampliación es la que coincide con Isidoro de Sevilla, quien reconoce hasta seis edades en sus Etimologías –obra de más que amena lectura-, cuyas delimitaciones temporales, sin embargo, nos provocan una sonrisa y algún agradecimiento: de 0 a 7 años: infancia; de 7 a 14 años: niñez; de 14 a 28 años: pubertad; de 28 a 50 años: juventud; de 50 a 70 años: madurez y de 70 en adelante: senectud. Que con 28 años se considere que una persona vive en la “pubertad”, dada la edad media a la que se van los hijos de casa, sobre los 30-35, tiene su gracia; del mismo modo que sobre todo millones de mujeres, y principalmente las actrices de cine, no dudarían en agradecer de todo corazón que la juventud se extienda hasta los 50…Viene todo esto a cuento de los acelerados cambios sociales que está sufriendo nuestra percepción de las edades y nuestra valoración de las mismas. Si en las tribus primitivas el umbral de la madurez son los doce años, a partir de los cuales los niños ya pueden acceder, mediante las pruebas iniciáticas, a la condición de guerreros, en nuestra sociedad actual es perfectamente normal que, como he dicho antes, no llegue la emancipación, de la mayoría de los jóvenes, hasta los 35 años. Emanciparse de la autoridad de los padres y tener una vida propia, lo que antes llamábamos ganarse la vida… es, prácticamente, un concepto en serio peligro de extinción: hoy en día se supone que ha de ser el estado/dios el que me proporcione una vida digna: una casa, un trabajo con un salario suficiente, una seguridad social única en el mundo, unas pensiones astrofísicas, etc., y que prácticamente, por la gracia de ser español uno tenga derecho a todo…, sin que haya uno de poner apenas nada de su parte, lo que me recuerda el aforismo de Santiago Rusiñol: cuando un hombre pide justicia es que quiere que le den la razón. Emanciparse, pues, permitía a las personas enfrentarse a los grandes retos de la existencia y forjar, en esa lucha cotidiana, su personalidad, sus ideas, su sensibilidad y la vivencia profunda de las emociones. La teoría aristotélica de la tabula rasa aún tiene vigencia, si se considera el carácter acumulador como construimos nuestras vidas, y a nadie le parece que una persona esté “completa”, sin haber tenido que atravesar ese camino temporal de la experiencia y el conocimiento: El saber gasta tiempo. El silencio con que sube el árbol les desespera del fruto, escribió Polo de Medina. El ocaso de las estrellas deportivas que no digieren el paso de la fama universal a la vida alejada de sus triunfos es prueba inequívoca de que “no estaban preparados”, solemos decir, para ese trance, porque les faltan “experiencias”, “vivencias”, que les completen como personas. Zeus condujo a los hombres al saber, estableciendo como ley el aprender sufriendo, escribió Esquilo. Y el valor formativo, a todos los niveles, de la superación de las dificultades nos sigue pareciendo algo así como la piedra de toque de una personalidad madura. Jardiel Poncela, tan agudo siempre, nos dejó dicho en sus Máximas mínimas que la juventud es un defecto que se corrige con el tiempo. Estamos, sin embargo, en un momento histórico en que las edades ya no se caracterizan por las virtudes o carencias de cada una, sino por el nicho de negocio que se forma en torno a ellas, potenciándolas como realidades aisladas que no formaran parte de un proceso. Esta perversa concepción estática de las edades tiende a alargar los estadios temporales hasta más allá de lo verosímil, y andamos en un tris de volver a caer en aquellos tópicos barrocos del viejo niño o de la anciana niña que tanto movieron a risa a nuestros antepasados. La infantilización general que ha sufrido la sociedad en los últimos 30 años es, sin duda, la responsable de una realidad política que, como mínimo, impone respeto, si no asusta: que jóvenes de veintipocos años lideren movimientos políticos para organizar la vida de sus semejantes y hablen poco menos que ex cathedra sobre lo divino y lo humano, desde tan cortísima experiencia de la vida choca tanto, al menos, como aquellos tópicos barrocos. Es indudable que el ritmo de maduración de las personas no es uniforme, pero no lo es menos que tener una visión propia de la vida exige haber vivido un cúmulo de experiencias, cada cual las suyas, de las que extraer un saber vivo, un conocimiento enraizado en el tejido social, la razón vital de la que hablaba Ortega.. Si Longino decía que un juicio literario es el resultado final de una larga experiencia, ¿habrá de ser el juicio político algo que la requiera más corta, o que no la requiera en absoluto? La figura del político, tan estrechamente ligada a la teoría política, sobre todo desde Maquiavelo y desde Guicciardini, hasta el punto de ser indiscernible dónde comienza una y dónde la otra, porque ambas se funden, para ofrecernos la solidez de un proceso de formación; esa figura, digo, exige unas habilidades específicas a las que difícilmente se accede sin la experiencia vital en que se forjan. Si aprender a vivir es saber leer lo real en lo que se nos da escenificado, como escribió Castillo del Pino en su libro de aforismos, no hay duda de que ese aprendizaje no se adquiere de la noche a la mañana, porque entramos, con él, en el resbaladizo terreno de la interpretación, y ahí todas las vivencias y conocimientos son siempre pocos. Eso lo sabía muy bien Tagore, cuando concluyó: leemos mal en el mundo y después decimos que nos engaña. Me parece encomiable que la juventud haya vuelto a la política y que la res publica vuelva a estar entre las preocupaciones de los jóvenes, porque de ahí solo bienes para la sociedad pueden derivarse. Ahora bien, cuando un aspirante nada menos que al puesto de secretario de IU, Alberto Garzón, nos dice que su principal bagaje es la juventud; o que el líder de Podemos en Barcelona, Bertomeu, apenas tenga 22 años no muy claros ideológicamente, a juzgar por sus escasos hechos políticos, uno tiende a pensar que, como dice un buen amigo mío, a los candidatos a ocupar puestos políticos se les debería exigir haber cotizado a la seguridad social como trabajadores por cuenta ajena o propia un número mínimo de años… Rafael Alberti escribió una obra titulada El hombre deshabitado que parece venir al pelo para describir, superficialmente, eso sí, y con algo de humor, las biografías de unos jóvenes que, saltándose el meritoriaje, aspiran a organizarnos la vida con una fe digna de una mejor causa: la de forjarse a sí mismos. Shakespeare decía que los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes, y me temo que ese es mi caso y, probablemente, el de cuantos saben lo que supone la inacabable construcción de uno mismo. Paul Valery lo definió a la percepción, y ciertamente no era joven cuando lo hizo…: La juventud concluye a partir del momento en que lo que yo pienso se imprime en lo que yo hago, en tanto que lo que yo hago se incrusta en lo que yo pienso. No pasemos, pues, de la gerontocracia sui géneris española, porque, a diferencia de la antigua soviética, la nuestra la hemos decretado alrededor de los 50, a la infantocracia o adolescencracia de tanta fragilidad política y humana como se nos ofrece cada día a nuestra consideración y nuestra vergüenza ajena. Quizá no estaría de más recordarles a los jóvenes triunfadores políticos que se ufanan de su juventud como el divino tesoro cuya fugacidad aún ni sospechan, metidos en la vorágine de su entusiasmo, la sagaz observación del fundador de la Pepsi-Cola, Donald Kendall: el único lugar donde el éxito viene antes que el trabajo es en el diccionario. ¿O son pagafantas de los votantes?

jueves, 21 de julio de 2016

La maldición de Lord Chandos o el flatus vocis del secesionismo.

  
La lírica cerril, y ubetense, de la épica secesionista catalana…, con Chandos al fondo.

[Un gorjeo de Xavier Torrens me ha inducido a rescatar este artículo que publiqué en Crónica Global mientras duró mi colaboración en dicho diario, hoy ya cerrada.]

Si para Heidegger el poeta es el mago de la tribu el depositario de las palabras esenciales, los políticos secesionistas, con el paráclito Mas a la cabeza –y Mascarell a los pies– han asumido un rol poético –del griego poieo: ‘hacer’– mediante el cual quieren convertirse en auténticos chamanes de la tribu catalana, a la que le ofrecen no sólo las depuradas, las prístinas palabras de la tribu, sino también la única interpretación posible de dichas palabras sanadoras y el vínculo que, a través de ellas, los liga a su esencia atemporal y al cuerpo místico del catalanismo. Ante los oídos atónitos de los infieles –los de los fieles están cerrados y sellados con el lacre de la adhesión inquebrantable–, los popes/poetas secesionistas desgranan sus conceptos taumatúrgicos como una letanía miraculosa que exalta ardores cocidos con el veneno banderizo del viejo carlismo en el ara de la excelsitud patriótica: Secesión. Derecho a decidir. Nuevo estado. Estructuras de Estado. Hacienda propia. Sociedad civil. Legalidad democrática. Consulta. Somos y seremos. El gobierno de los mejores. Cataluña, potencia económica. Espolio. Independencia. Milenarismo. Viejo país de Europa. Proceso. Nación. Países catalanes. Resistencia al invasor. Indignación. Referendo. Instituciones. Lengua. Cultura. Democracia. Unidad. Propuesta cívica. Lo nuestro. Choque. Esclavitud. Genocidio. Honestidad. Vecindad. Ejemplaridad. Proceso constituyente. España nos roba. Recursos. Nosotros. Tradición. Declaració unilateral. Desafección et sic de caeteris. El delirio poético que los guía avanza sin otro objetivo que pretender rehacer la realidad a su antojo, recrearla, a fuerza, como es lógico, de negar la realidad en la que viven, la única, sin embargo, que tienen, pero de la que quieren salir con la nítida determinación de quienes se creen revestidos con el poder divino. Llegará el día en que la impostura se deshará como la niebla matutina de comienzos de otoño en la plana de Vic cuando sale el sol que apenas calienta, pero que sí ilumina. Dejo de lado el carácter religioso, profundamente religioso, pseudocristiano y católico –el expansionismo es consustancial al nacionalismo– del Movimiento Nacional, aunque está uno tentado de irse por esa digresión como los dirigentes secesionistas se van por las ramas ante la tajante negativa internacional a reconocerlos como estado en el concierto de las naciones. Prefiero atenerme a lo prometido en el título: explicar en qué consiste la famosa maldición de lord Chandos. El 22 de agosto de 1603, lord Chandos, retirado a sus posesiones, escribió al filósofo Francis Bacon, en contestación a una misiva de éste reclamándole que restableciese el trato social con quienes ansiaban oír de él y leer sus sobras, una carta en la que le confesaba el mal profundo e irreversible que lo aquejaba. Desde el inicio, ¡Quién es el hombre para hacer planes!, reconoce el agudo diagnóstico del filósofo al recordarle la conclusión de su carta: Concluye usted con el aforismo de Hipócrates Qui gravi morbo correpti dolores non sentiunt, iis mens aeggrotat (Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos). ¿Cuál es el mal de Lord Chandos? Él, poeta genuino, lo dice con toda claridad: Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa.(…) Sentía un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras "espíritu", "alma", o "cuerpo". En mi fuero interno me resultaba imposible emitir un juicio sobre los asuntos de la corte, los acontecimientos del parlamento o lo que usted quiera. Y no por escrúpulos de ningún género, pues usted conoce mi franqueza rayana en la imprudencia, sino más bien porque las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como setas mohosas. Lord Chandos, pues, se ha instalado en un estado de descreimiento absoluto respecto de los conceptos vehiculados por el lenguaje. Éste se le ha vuelto, en su conjunto, y especialmente en el de los usos abstractos del mismo, una suerte de capullo sin crisálida, un envoltorio del vacío: Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío.(…) Pensé en guiarme por los textos de Séneca y Cicerón. Esperaba curarme con esa armonía de conceptos limitados y ordenados. Pero no podía llegar hasta ellos. Comprendía esos conceptos: veía ascender ante mí su maravilloso juego con bolas doradas. Podía moverme a su alrededor y ver cómo jugaban entre sí; pero sólo se ocupaban de ellos mismos, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellos me invadió una sensación terrible de soledad; me sentía como alguien que estuviese encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos; huí de nuevo al exterior. De ahí, en consecuencia, la resignación con que reconoce ante el creador del Novum Organum, sus antiguos sueños, ya imposibles de cumplir, dado el abatimiento, el descreimiento conceptual que le embarga y desde el que ve sus antiguos esfuerzos creativos desde la desolación del presente: Yo también jugué con otros planes. Su benévola carta también los resucita. Hinchados con una gota de mi sangre, revolotean todos ante mí como mosquitos tristes junto a un muro sombrío sobre el que ya no cae el sol luminoso de los días felices. Es, por lo tanto, muy probable que, enfrentados, cuando llegue el momento, a la dureza imperativa de la realidad única y auténtica que compartimos todos, los ahora eufóricos propietarios del discurso secesionista comiencen a ser aquejados por esta maldición de Lord Chandos y comiencen a reconocer digos en donde dijeron Diegos, porque llegará el día en que la impostura se deshará como la niebla matutina de comienzos de otoño en la plana de Vic cuando sale el sol que apenas calienta, pero que sí ilumina. Las luces, ahora apagadas en esos vocablos altisonantes y arrojadizos, se encenderán para que, desolados, como Lord Chandos, comprueben los antipoetas secesionistas, desazonados, que sólo han agitado fantasmas sin entidad, ídolos efímeros que, como los mosquitos tristes de Chandos, es posible que les hayan chupado la sangre del entendimiento a cuantos fanáticos les han creído. En el fondo, poco profundo, la verdad, los secesionistas son paradigma del deseo que expresó con tanta concisión como ironía el malogrado regeneracionista Ángel Ganivet al hablar del ideal jurídico de los hidalgones españoles: llevar en el bolsillo una carta foral con un solo artículo: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana.


*La carta de Lord Chandos fue escrita en 1902 por Hugo von Hofmannstahl.

viernes, 15 de julio de 2016

Conducir es un placer descriptible... o ansí.



Del panóptico al misticismo en el volante del karma...
        


 De las ocho acepciones de la palabra conducir, me quedo con la quinta, "guiar un vehículo automóvil", que no es, ni con mucho, la más usada, porque las ensoñaciones políticas o emprendedoras de buena parte de la población se quedan con la cuarta, "guiar o dirigir un negocio o la actuación de una colectividad", dado que los delirios de grandeza forman parte del paisaje cotidiano y encuentran en esa acepción lo más parecido a un consuelo ante la imposibilidad real de pasar de la acepción a la realidad, salvo en el caso de muy pocas personas con auténtico "mando en plaza", a las que, por lo general, sufrimos con escaso entusiasmo, creciente desconfianza y nula fe. Allá, pues, quienes cifren el engaño de su desengaño en ser gerifaltes de antaño, próceres de envarado ademán y verbo flamígero, moiseses de patrias escogidas o, en su versión más arraigada, alcalde pedáneo de cuatro casas arrejuntás, porque yo me queda con el discreto pero exigente gobierno de  mi automóvil, en el que no caben ni despistes ni alardes ni piques irracionales ni transgresiones del código que nos ordena, no siempre congruentemente, la actividad. 
Se conduce por profesión, por necesidad o por vocación. Yo lo hago por lo último, jamás me cansa conducir, y hasta hace bien poco, era el único auriga de la unidad familiar de destino en lo plural, lo que implicaba tiradas tan largas como volver de Roma a Barcelona de una tacada, por ejemplo. O de Lisboa a Castellón. O de Barcelona a Amsterdam... Por simple que sea el mecanismo de la conducción de un vehículo, y por repetidos que puedan ser los paisajes que se frecuentan en esa dedicación placentera, hay algo de discreto misticismo en el complejo mindfulness con que se ha de realizar, porque se establece una suerte de conexión entre la percepción interior y la percepción exterior en el acto de conducir: tan atentos al propio estado, a las propias manifestaciones del cuerpo y de la mente, como embelesado en la contemplación a veces detallista, a veces panorámica, de los lugares por los que conducimos, como lo que somos, un mal endémico de la naturaleza. 
Gobernar el coche exige escasa dedicación física, pero una total concentración psíquica, y cualquier conductor sabe que el principal enemigo de la conducción segura no es ni el alcohol, ni las drogas ni la enfermedad mental (con ser amenazas de primer orden) sino la distracción, siendo el adormilamiento la peor manifestación de ella. De hecho, quedarse dormido al volante, siquiera sea por nanosegundos, casi siempre deletéreos, revela la incongruencia de la definición académica de adormitarse: "dormirse a medias". ¿A medias? ¿Puede uno "dormirse a medias"? ¿Con un ojo abierto y el otro cerrado...? Si "fútbol es fútbol", según el viejo y archiconocido teorema de Boskov, si se esta dormido se está dormido y no admite, "dormirse", ni el "a medias" ni "entre sí y no" ni "entre dos luces" ni nada semejante. Lo único seguro que admite es el ir de Guatemala a Guatepeor, eso sí. Quienes hayan estado al borde del accidente, previsiblemente mortal, por una "cabezadita" irresponsable al volante sabrán de qué hablo. Teniendo claramente identificado, así pues, el peor enemigo del conductor, resulta obvio que no hay mejor solución para combatir ese estado del "adormitarse" que parar, cerrar los ojos un cuarto de hora, hacer después veinte flexiones abdominales, estiramientos de las piernas y los brazos, darse un buen lingotazo de agua fresca y después continuar camino.
Conducir tiene, en ese estado de levitación móvil en que nos sitúa el diseño de la máquina, muchas recompensas, sobre todo si el conductor sabe escoger la música adecuada para cada trayecto, desde Billie Holyday hasta Wagner, pasando por Camarón,  Miguel de Molina, Jero Romero, los Beatles, Tam Tam Go o Dietrich Fisher Diskau... La profunda relajación que se alcanza yendo por la estrechita vereda del carril más lento sin sobrepasar los 100 km/h en ningún momento, gracias al regulador de velocidad, salvo en el caso de correr el riesgo de chocar contra un tráiler contundente, un vehículo especial o un conductor zen..., obra maravillas en el estado de ánimo, en la inventiva y aun en la estimativa. 
Cuando se conduce un vehículo familiar en el que, sobre el espejo retrovisor cuelga un letrero que dice: "Prohibido distraer a la copilota durmiente", se entenderá ese proceso místico que lleva al conductor de uno a uno mismo sin perder de vista ni a los demás ni al medio ni lo que tiene por delante ni lo que le viene por detrás, en una suerte de insólita reinvención del panóptico de Bentham... Con todo, conducir es una actividad que, cuando la copilota o el copiloto de turno despiertan, y se relaja la prohibición, induce al fecundo cruce de confidencias y de reflexiones de carácter existencial. Conducir, en esos momentos, se parece mucho al quedarse en blanco en el curso de una lectura, suspendida la intelección y engolfada la imaginación en sus extravagantes territorios. Hablo, como habrán advertido fácilmente los conductores, de la conducción por autopista o autovía. Cuando se pasa a carreteras secundarias, porque ya hasta las antiguas "nacionales" lo son, se gana mucho en primitivismo paisajístico, sin duda, pero ciertos estados del firme y el trazado de algunas de esas trochas, que tal denominación admiten, hasta escalofríos es capaz de meter en el cuerpo del auriga en ciertos lugares, como en las enrevesadas cuestas del sur de Tenerife, por ejemplo..., o en el intestinal trazado de la comarcal entre Vic y Berga, por Prats de Lluçanès, 60 km en la que la recta más larga no pasa de los 200 metros... carretera por la que circulé bajo una nevada que no me permitió pasar de los 10 km/h... Las anécdotas de la conducción suelen competir en las reuniones masculinas de veteranos con las de la mili, y no siempre llevan las de perder. Y como no conviene degenerar en anecdotista, aquí me meto en el área de descanso, piso el freno, levanto el de mano y hago el mutis del incurso en el poético pie quebrado.

lunes, 27 de junio de 2016

Vivian Maier: Fotógrafa de calle y de sí misma. Una exposición memorable.





Vivian Maier: una vida oscura de fotógrafa luminosa...

Dada la ilustración fotográfica de mi perfil, recordada ut supra, a nadie le puede extrañar que fuera con anticipado gozo y robusta preconvicción placentera al encuentro con las fotografías de Vivian Maier en la sala de exposiciones Collectània, sita en la calle Julián Romea, quien fuera excepcional actor murciano en el lejano y bullente ochocentismo de esta ciudad, donde tan grata memoria dejó de su buen hacer, como lo atestigua que uno de nuestros principales teatros lleve su nombre. Leí la noticia en El País y enseguida me sentí atraído por esa virtud ahora recompensada post mórtem, lo que garantizaba in vitam una dedicación insobornable al arte de la fotografía, sin la perversa mediatización del estigma de la fama que tantas carreras artísticas echa a perder. Vivian Maier era una fotógrafa de calle, atenta tanto a sí misma como a cuanto la rodeaba. De hecho, sus autorretratos en sombra, en la que se perfila el inconfundible sombrero, el abrigo y los brazos en jarra para sostener la cámara a la altura del abdomen constituyen algo así como una marca de fábrica, una señal de identidad, un auténtico copyright identificador que puede compararse con la clásica silueta de Tati, el perfil de Hitchcock, las gafas de Woody Allen o el canotier de Chevalier. Son frecuentes, además, los autorretratos que juegan con los reflejos y los espejos, creando juegos de perspectivas que incluso hacen dudar al espectador del lugar exacto de donde ha sido tomada la fotografía.
La exposición es lo suficientemente representativa de su evolución como fotógrafa y como filmadora, porque también se incluyen filmaciones con un valor documental próximo al de la mayoría de sus fotografías, que captan instantes de la vida cotidiana en las calles de Nueva York o de Chicago. No se trata de composiciones cuidadas, elaboradas, porque Maier está atenta al instante de lo que sucede ante su cámara, siempre alerta y captando, por lo general, imágenes "robadas" y llenas de auténtica vida urbana, con una estética en blanco y negro que nos remite al instante a los excelentes encuadres del mejor cine de los años cuarenta y cincuenta, en la que tan memorables películas se rodaron. La sensibilidad social de Maier, así como el exquisito gusto por el retrato psicológico permiten disfrutar enormemente en una exposición cuyo éxito de público atestigua el valor de su trabajo.  Después de haber visto hace poco Trumbo, en la que Kirk Douglas tanto papel tiene como productor y actor principal de Espartaco, llaman la atención las fotos del estreno que hizo Maier. A veces, la niñera profesional que fue Maier está tan atenta a lo sorprendente, que se acerca a lo real maravilloso, como la escena del jinete sobre una suerte de percherón bajo el metro elevado o el elegante mendigo negro llevando de la correa un bóxer blanco.
A mí, tan observador de lo cotidiano mínimo, me han parecido maravillosas esas fotos de detalle en las que aparece un peinado femenino visto por detrás o la foto de cintura para abajo de una pareja que se coge de la mano, dos brazos hipercontrastados, el de la mujer y el del hombre, de alabastro el de ella, oscuro, nervudo y venoso el de él. Tengo predilección, así mismo, por esas fotos que juegan con los reflejos en los charcos y que tanto me recuerdan una escena espectacular de Charles Laughton pisoteando, borrachín, la luna en los charcos en la increíble película de David Lean El déspota, que aprovecho para recomendar vivamente. Hay una en la que unos rótulos luminosos de la calle se reflejan en una banda de agua que parece abrir una sima en la calle, en el vacío de la cual parecen colgar como por arte de magia...
No tengo conocimientos técnicos para valorar la perfección o imperfección de las fotografías de Maier, pero está claro que es capaz de captar la atención del espectador y de satisfacer todas las expectativas con que acuda a la exposición.   Dentro de esa fotografía-verité, digámoslo así, en terminología cinematográfica, hay verdaderas escenas impactantes, como la de la discusión de una pareja mientras a su lado, con el resto de la calle desierta, pasa otra que se afana en no querer enterarse de lo que en esa discusión se ventila, aun a pesar del tono amenazador del hombre, que acorrala a la mujer contra la pared... Imposible "enfocar" una escena que a buen seguro ha captado de forma subrepticia, y de ahí su impactante valor documental. La sensibilidad de Maier por el vestuario, los rostros, los objetos, los edificios, por la vida común en general, nos permite tener una visión bastante cercana de la vida cotidiana en los años que se recogen en la exposición. Luego están, a modo de juego, algunas fotografías en las que Maier se "inserta" en la celebridad, a través de su reflejo en algún cuadro de una serie de actores y actrices célebres, por ejemplo, en una técnica que emplea con frecuencia, como la de introducirse en los escaparates a través de su presencia en las superficies reflectantes, sean espejos u objetos metálicos. Hay, ciertamente, algunas fotografías en las que se advierte el esfuerzo compositivo, pero, al margen de los juegos de mise en abyme a través de los espejos, esa artificialidad suele perjudicar las tomas. Maier es más ella misma en el espacio exterior que en el interior. Es raro que en sus auterretratos sonría, pero hay uno de ellos, en los que aparece reflejada accidentalmente en un espejo que sostiene un obrero en que tal cosa sucede, acaso como muestra de felicidad por la oportunidad cazada al vuelo. En resumen, se trata de un "descubrimiento", de una artista que lo fue toda su vida sin que jamás fuera reconocida por ella, lo que la dota de una veracidad y de una libertad creadora que se manifiesta con todo su esplendor en la exposición que visitamos mi Conjunta y yo.