martes, 16 de mayo de 2017

Un debate de bate y tente tieso...


Un  retrato cruel de la vulgaridad política o la falsación del axioma clásico: "es lo que hay".

Ayer seguí, cuaderno en mano, el debate de los tres aspirantes a ser aupados por los militantes al cargo de Secretario o Secretaria General del PsoE. Se ha de agradecer que la moderadora quedara eclipsada, a lo que contribuyó, además de su buen hacer profesional, que, a pesar de las pullas, los tres debatientes rehuyeran, salvo escasísimas excepciones, el cuerpo a cuerpo, conscientes de que la imagen de contienda callejera que podrían dar redundaría en el desprestigio del partido al que los tres quieren representar como máxima autoridad electa. Un debate es, en principio, una confrontación de ideas, de proyectos, de una visión de la realidad y de sus problemas y de las soluciones que se ofrecen para resolverlos. Nadie puede ignorar que un debate tiene varios contextos y que deriva en una u otra dirección en función de cuál de ellos privilegien los oradores. Sumemos a ello el carácter inequívoco de acto electoralista, que era la razón de ser de la celebración del mismo, y tendremos una visión de la complejidad  del acontecimiento que, sin embargo, ha defraudado las expectativas legítimas de quienes buscábamos en él una explicación razonada de por qué cada uno de los tres "merece" el voto de los militantes socialistas. No me perderé en la digresión de si han de ser solo los militantes quienes elijan al Secretario General, sin la posibilidad de que los "votantes" puedan, con ciertas condiciones, participar también, porque ese debate de si el Partido es de los militantes o de estos y los votantes ni siquiera se planteó ayer en el debate. Tampoco quiero hacer un resumen de las posiciones de los tres candidatos, que hoy están en la prensa o en la grabación del debate que seguro que se encuentra en internet. Lo que pretendo, como viejo seguidor de debates políticos de todo tipo -maratonianas sesiones parlamentarias incluidas-  desde que se instauró la democracia en España, es acercarme a una visión sin prejuicios de las tres intervenciones. Empezaré por decir que me sorprendió la tranquilidad elocutiva de Susana Díaz, cuya versión mitinera siempre me ha parecido degradante y muy lejos de la altura política que se ha de exigir a quien pretende convertirse nada menos que en la primera presidenta de Gobierno de España. Como suele decirse, ganó en la distancia corta, e incluso exhibió un capacidad de crítica despiadada que "tocó" al candidato Sánchez, quien adoptó una estrategia "a la defensiva" y victimista -esto último quizás se le ha contagiado de sus buenas relaciones con las fuerzas nacionalistas- más centrada en la reivindicación de su figura como Secretario General que en la comunicación de las razones por las que se le debería volver a elegir. Díaz llevó el enfrentamiento a un terreno personal que no estaba contraindicado en el debate, porque, como pudo advertirse, ideológicamente -si es que el concepto de idea cabe ser usado para caracterizar sus propuestas sin que se resiente la propiedad lingüistica  en este caso- estaban muy cerca los tres, tanto que son imperceptibles las diferencias de matiz que pudiera haber entre ellos; se trataba, en consecuencia, de marcar las diferencias "personales" a la hora de gestionar el partido. La única diferencia "real", evaluable objetivamente, que apareció en el debate fue la promesa solemne de Díaz de dimitir, si no superaba los resultados electorales de Sánchez, y marcharse a su casa. Ninguno de los otros dos la secundó, curiosamente. También hubo otra diferencia, esta de tipo organizativo, entre los tres candidatos, porque entre el concepto asambleario del PsoE que defendió Sánchez y el concepto tradicional representativo de Díaz, y también de López, hay algo más que un abismo, hay lo que señalaron Díaz y López: convertir el PsoE en un Podemos bis, algo, a todas luces, incongruente, y por ahí flaqueo mucho Sánchez. La otra gran pulla del debate, sobre la que se habla poco, nada en la SER, por ejemplo, y nada en la crónica del debate de Anabel Díaz, en El País, fue la arbitrariedad de Sánchez en la elaboración de las listas y en el abuso de autoridad que supuso la disolución de la ejecutiva de Tomás Gómez. Susana Díaz, con gran habilidad dialéctica, cifró en un nombre: Irene Lozano, antigua diputada de UPyD, quien se significó por haber despreciado pública y notoriamente al PsoE, y a quien Sánchez, obviando la labor de tantas y tantas mujeres socialistas con acreditada solvencia política, escogió para los primeros puestos de la lista de Madrid. El debate era un debate intrapartidario, y quienes viven la vida interna de los partidos saben, perfectamente,  el valor que tiene la denuncia que hizo Díaz de ese comportamiento frívolo de Sánchez en la elaboración de las listas, premiando la política de escaparate por encima de la lógica interna del partido.Por esa vía comenzó el declive político, por cierto de Felipe González, cuando "fichó" a un juez estrella, Garzón, cuyas ambiciones iban bastante más allá de para lo que González lo había fichado. Si añadimos el recuerdo grotesco de la urna tras la cortina para la votación del Comité Federal que acabó votando contra las tesis del Secretario General, lo que provocó su dimisión, el retrato que trazó Díaz de Sánchez por fuerza habrá hecho reflexionar a muchos de los votantes que no han avalado a nadie, que ascienden, al parecer, a 70.000. Sería gracioso que esa masa "indecisa" se decantara por el fiel de la balanza que acabó representando Patxi López, fiel al modelo de Javier Fernández, cuya franqueza y claridad de exposición imitó con notable provecho. López quiso representar al socialista "de toda la vida" -y en eso luchaba contra Díaz, y con alguna ventaja, porque Díaz recurrió al hilo histórico de los barones, mientras que López a los militantes de base de las casas del pueblo- con un espíritu confraternizador que, me imagino, habrá llegado nítidamente a sus destinatarios, porque también nos llegó a los espectadores sin derecho a voto, pero no imparciales. Me llamó la atención que de los tres candidatos el único que sacó información gráfica para corroborar sus posiciones fue Sánchez, mientras que los otros dos confiaron plenamente en el poder de sus razones dichas, sin apoyo visual de ningún tipo. Como las propuestas sociales eran todas de una vaguedad tan descorazonadora como descalificadora, enseguida se advirtió que todo el juego dialéctico se reduciría a una cuestión meritocrática. Y ahí es donde el debate se hundió estrepitosamente, porque la falta de pudor a la hora de destacar los méritos propios y de ningunear los ajenos provoca siempre en cualquier espectador la sensación de las luchas de corral, de vuelo tan corto. Sánchez cometió el error de "anexionarse" a López y dar por hecha una unión "natural" que enfrentaría al PsoE de izquierdas, ellos, con el PsoE de la derecha, ella. Fue un error de mucho bulto y es elocuente para afinar el juicio político que merece un candidato bien intencionado que se ha ido escorando hacia una posición esencialista que, como bien definió mi querido Juan Poz, "pretende convencer a sus votantes de que son la vida que no llevan". Si a eso le añadimos el sesgo victimista de quien no supo "leer" los resultados electorales de dos elecciones consecutivas y estaba dispuesto a que se celebraran las terceras, con la consiguiente pasokización del PsoE, lo que el comité Federal, con oportuno sentido de la realidad, impidió, la imagen resultante de Sánchez en el debate se completa, y no a su favor.  No sé si el alarmismo de López sobre la posible fractura del PsoE tiene suficiente base real para que los votantes del PsoE lo tengan en cuenta antes de emitir su voto, pero quedó claro, esa fue una de las grandes virtudes del debate, que este no giraba en torno a las dos opciones maniqueas de Sánchez: El PsoE de la abstención a Rajoy o el PsoE del "no es no" al mismo Rajoy -maniqueísmo que desmontó Díaz con su apelación a las contundentes derrotas contra el peor PP, lastrado por la corrupción-, sino a la supervivencia del antiguo PSOE, hoy en declive y en viaje a ninguna parte, si no son capaces de encontrar su lugar en estos tiempos políticos de la volatilidad, el capricho, la indignación y la incongruencia. Me extrañó que no hubiera ninguna referencia ni análisis a y de las recientes elecciones francesas, de las que tanto podemos aprender, y sobre las que las posiciones de los candidatos tanto nos hubieran ilustrado sobre su propio pensamiento. De hecho, la "fraternidad" que repitió Díaz hasta cuatro veces, fue lo único "francés" que apareció en el debate. La guinda del debate la puso López, quien, con esa campechanía de imitación "asturiana", detuvo el flujo del mismo con una pregunta incisiva sobre si Sánchez sabía lo que era una nación, y allí fue el buenote de Pedro a caerse con todo el equipo de su superficialidad, de su trivialidad y de su inconsistencia política. La trampa era evidente, y no supo esquivarla. Hoy es trending topic -se dice así, ¿no?- en Twitter y otras plataformas. Quiso desquitarse cuando reprochó a López que no hubiera dimitido como él, cuando la Gestora cambió el no por la abstencion, pero ni en esa oportunidad le salieron bien las cosas, porque López, perro viejo y bregado, le dio una lección de lo que es el comportamiento democrático que permite la existencia misma de los partidos, poniendo de relieve las veleidades egoístas de a quien se acusa de estar casado políticamente con el yo, mi, me, conmigo. Recordemos que la pulla contra la Susana Díaz preferida por la derecha, también se volvió en su contra, cuando esta le recordó que acaso el PP se sienta mucho más cómodo con quien pierde ante ellos elección tras elección. En fin, como se advierte, emplearon todos el bate en el guiñol del debate y, al final, quienes hemos salido perdiendo somos los votantes no militantes, a quienes muchas razones en el futuro se nos habrán de dar para poder volver a confiar en que el PSOE sea una alternativa real al gobierno del PP. De momento, y a pesar de que ninguno de los candidatos estuvo a la altura de lo que debe esperarse de un futuro,o futura, Secretario General del PsoE, me inclino a sugerir que el voto oculto de esos 70.000 militantes expectantes debería ir a Patxi López para que, como quería Platón en El político, tejiera una red de alianzas que permitiera recomponer el partido y, guiados por el principio de realidad, no pierdan de vista los problemas, algunos dramáticos, de sus conciudadanos. Ya veremos.

sábado, 13 de mayo de 2017

Sólfilos o Sólfobos...



El calor o la destrucción: Tiempo de encendido sufrimiento.


                   Las divisiones binarias atraviesan el espectro social como paralelos y meridianos que nos permiten ubicarnos en el mundo. Parece que poco seamos  si no dividimos por dos y nos alistamos en uno de los campos. A veces la propia sociedad lo propicia y no nos queda más remedio que encuadrarnos, aun a riesgo de perder mucho en la cuadratura: de Letras o de Ciencias; de mar o de montaña; del Madrid o del Barça; de derechas o de izquierdas (si a estas alturas de siglo acaso esta división, como muchas otras de las consignadas, sigue teniendo sentido); de ciudad o de campo; de armas o de Letras; de iglesia o del siglo; de bar o de casa; de música clásica o moderna; de novela o de poesía; de verano o de invierno (porque las transiciones de primavera y de otoño le sientan mal a todo el mundo, la primavera a los hipotensos y ambas a los alérgicos), y, la que tiene más sentido de todas: de calor o de frío, o, más al aire de los tiempos; sólfilos sólfobosYo odio el calor, vaya por delante. El frío, sin embargo, me parece la encarnación de la vida plena. No es de extrañar que agostar lo hayamos escogido para la ruina del cuerpo y que los meses del frío contemplen nuestra mayor cota de actividad febril y apasionada (¡febrerillo loco!). El frío nos estimula, nos impulsa, nos arrastra al hacer, al ir, al venir, al atrevimiento, en suma; el calor nos machaca, inmisericorde, como el hombre del mazo pericodelgado y nos deja lastrados de galvana y flaqueza, casi sin respiración e inundados de transpiración, aptos apenas para la raspa tendida o la inmersión en la bañera on the rocks.  Es conversación lacónica y jadeante del hora a hora del moroso pasar agobiante del calor: "In-so-por-ta-ble", nos cruzamos unos con otros, hartos de llevarlo encima; "in-su-fri-ble", constatamos con un hilo de voz sudada; "esto-no-hay-quien-lo-aguante", convenimos de consuno, sabedores de que no es un decir, sino un tenue grito de socorro hacia los fríos septentrionales, que se hacen de rogar.  Hay sólfilos, sin embargo, que se ríen inmisericordes de los sólfobos. Son secta. Se les identifica por la piel de color cuero viejo y arrugada. Aguantan la inclemencia del sol más que los lagartos en invierno y la reciben con el ignorante agradecimiento de quienes desprecian el cáncer futuro por el bronce del presente. Son seres que ríen, aunque se les llenen de sudor las encías, y se burlan de quienes huimos hacia las sombras, las sombrillas y los sombrajos. Son extraños vampiros de los rayos mordientes que parecen quejarse de que algunos sólfobos les robemos, aun sin querer, parte de ellos, simplemente por atrevernos a cruzar la calle, atravesar una plaza dura o, mal de males, esperar un autobús a techo descubierto... Sí, esta división entre sólfilos sólfobos la tengo por la única ajustada al plano de lo real: dos territorios, dos ideologías, dos actitudes vitales, dos lenguas distintas, dos orientaciones: fotofilia y fotofobia, cada una de ellas con sus artes y sus letras, con sus músicas y sus recogimientos, con sus enemistados caracteres y sus opuestas aspiraciones. Anticiclónicos y meridionales, los sólfilos; borrascosos y septentrionales, los sólfobos¡Y, desgraciadamente, no hay justo medio! ¡No tiene la Ilustración poder sobre el clima! ¡Ni la religión! 

miércoles, 10 de mayo de 2017

Aló 3


La voz de sus amos.

         Lo de las televisiones regionales ha sido uno de los grandes escándalos de la política de despilfarro y de nacionalismo de aldea que en algunas regiones aún se mantiene, a costa de políticas de empleo y de bienestar social. A eso se suma, en nuestros días, que desde que el PP ha laminado el loable esfuerzo de conseguir una RTVE pública independiente que levó a cabo el PSOE, y ha vuelto al viejo modelo de partido, que ya les llevó a la derrota, RTVE se ha convertido en una especie de macrotelevisión regional de partido de la que los oyentes y espectadores huyen a cada nueva entrega del Estudio general de medios, porque, aunque los toparcas taiferos crean lo contrario,  no somos tontos y sabemos cuándo hemos de emigrar de esos medios en busca de espacios de mayor libertad, sea en cadenas privadas, sea en medios digitales, sea renunciando a dejarse mediatizar por las informaciones sesgadas e interesadas. Al fin y al cabo, está perfectamente comprobado que el exceso de información no ha generado ciudadanos ni más libres ni mejor informados ni más independientes, sino todo lo contrario. Las televisiones regionales, como es el caso de Aló3 (antigua TV3), la televisión de partido del nacionalismo secesionista y gerracivilista catalán, son un escándalo de intervencionismo y sectarismo al que debería ponerse fin mediante una ley que prohibiera a las instituciones públicas tener medios de alienación  de masas. Para esta propuesta me baso en el modelo inglés de la BBC: quien quiere verla, ha de pagarla, subscribiéndose, lo cual permite una financiación adecuada, además de tener garantizada por ley la independencia total del poder político de turno o de tuno, porque muchos tunantes, como en Tele Madrid o en Aló3, son los que han querido tener un altavoz propagandístico gratuito, sufragado con el dinero de todos. Esta modesta propuesta aclararía no poco el espacio herziano y, sobre todo, le permitiría al contribuyente tener la certeza de que sus impuestos no estaban siendo usados para que ciertos partidos de espíritu totalitario quieran agredirlos, como pasa con Aló3, dedicada en cuerpo y alma a la causa secesionista y a la propagación de la Cataluña independentista contra otras visiones de Catalunya, como la que la considera como parte de España, menospreciándolas, estigmatizándolas y creando un ambiente enrarecido en el que esas otras legítimas opciones políticas se presentan, paranoicamente, como "el enemigo interior", con el consiguiente deterioro de la vida social. Hemos pasado del antiguo "oasis" al "cenagal". Desactivar la subvención política a las televisiones locales (y a los diarios y a las radios y a los grupos de presión ideológicamente afines, etc.) y dejar que la sociedad libremente ofrezca sus iniciativas a los ciudadanos, para que estos escojan -y contribuyan económicamente a su mantenimiento- me parece una necesidad imperiosa. Quien quiera imperios "a lo Berlusconi", que invierta su dinero, no el de los contribuyentes. Aló3 la definió Calviño en su momento, cuando era poco más que una entelequia, como una "televisión antropológica". ¡Menudo chaparrón de descalificaciones sufrió el inefable Calviño! Hoy, sin embargo, es comparable a cualquier televisión de un país dictatorial, pongamos por caso Venezuela o, exagerando, cierta e irónicamente, Corea del Norte. En cualquier caso, el discurso chovinista de la superioridad de todo "lo catalán" y el racista del menosprecio hacia quienes "ellos" deciden que no son catalanes son los ejes de su política comunicativa, como lo puede comprobar cualquiera que la sintonice y tenga la santa paciencia de escuchar el etnicismo soberbio que destila.

viernes, 5 de mayo de 2017

Juan Marsé (e Ignacio Echevarría) on tour: presentación del libro de Juan Marsé “Colección Particular”.



La excepcional oportunidad de celebrar el fino y socarrón humor menestral de Juan Marsé en su propia voz: Colección Particular , la cuentística reunida del autor que debería editarse, en próximas ediciones, con un CD con la grabación del acto de ayer en la biblioteca Jaume Fuster.





Mi Conjunta me dijo que iría a una “conferencia” de Marsé, y me presté enseguida a acompañarla. La biblioteca Jaume Fuster, además, donde se celebraba el acto -un joven hubiera dicho evento…- se ha fusionado con el entorno confuso de la Plaza de Lesseps y se ha convertido en un centro ciudadano de primera magnitud, con una vida exuberante y una cálida sensación de cultura en movimiento, inquietud lectora y sosiego anímico que constituyen una invitación permanente a frecuentarla. Fuimos con mucha antelación, tanta que hasta tuve tiempo de hacerme el carnet de la red de bibliotecas, no tanto por el fondo bibliográfico cuanto por el filmográfico, porque pueden conseguirse películas descatalogadas. Leímos durante un rato, tomamos un café -preceptivamente descafeinado- y a la que nos volvimos hacia la entrada al acto, ya se había formado una cola que, después de añadirnos nosotros a ella, fue creciendo vigorosamente, anuncio de la expectativa que, ¡afortunadamente!, aún es capaz, en estos tiempos desleídos, de levantar Juan Marsé en su propia ciudad. Comenzó el acto, con los habituales problemas de ajustes de sonido y audición, y enseguida Ignacio Echevarría -el gran divo de la crítica, represaliado por el País por su impagable recensión de la novela de Atxaga, El hijo del acordeonista- nos puso al corriente del tipo de acto en el que estábamos: la presentación del libro que Echevarría ha prologado y del que es antólogo, adelantándose a la presentación formal del funcionario de la biblioteca quien precisó que la cola de dedicatorias se hiciera a la izquierda de la sala para favorecer la salida de quienes no buscaran la firma. Echevarría relató su experiencia como “lector de Marsé con una antigüedad de 40 años  y “comprador” de sus libros, concepto en el que hizo varias veces énfasis a lo largo de la presentación, algo impensable en un acto de esta naturaleza veinte años atrás. Detallo el contenido de la obra publicada, sin que en ningún momento se hiciera mención de la coincidencia del título con el de la edición de la poesía completa de Gil de Biedma, lo que no dejó de extrañarme. Se trata de un libro que recoge la cuentística de Marsé, que incluye un inédito, Conócete a ti mismo, Fritz, escrito a petición de Trueba como guion y que ahora se recoge en esta antología como cuento; guion, ha confesado Marsé, que Trueba no llegó a leer porque tras decirle Marsé que no le había gustado nada su película sobre El embrujo de Shanghai, el director dio por rota la amistad con el novelista, tan maltratado siempre cinematográficamente, a pesar de su reconocida cinefilia. La presentación comenzó con la evocación de la anécdota “de mili” que dio pie a la transformación en cuento escrito, Teniente Bravo, que Marsé, antes de escribirlo, contaba casi “a petición”. Cuando lo leí recuerdo que se me saltaron las lágrimas de la risa, ayer, en la presentación , Marsé, con su gracejo socarrón consiguió que volviéramos a reír de la misma manera, por el modo como nos recreó, de nuevo, ¡y como si fuera la primera vez que la contaba!, la anécdota del capitán y el potro, ya inmortal. Echevarría le fue dando pie para que Marsé  marcara, con una gracia fresca y deliciosa, las distancias con el “novelista obrero” que los señoritos catalanes de la revolución creían haber encontrado en él: “les decepcioné mucho, en efecto”. Como añadió: “He sido siempre un apasionado de la ficción”, por más que esta se desarrolle, en sus novelas, en tiempo y circunstancias muy concretos. A medida que avanzaba la presentación, Marsé fue sintiéndose cómodo -hay que agradecerle a Echevarría la parte alícuota que le corresponde- e hizo revelaciones sobre Si te dicen que caí, un “magma de historias”, dijo,  que solo comenzaron a ordenarse para él como un libro orgánico a partir de la inserción de las aventis, aunque la primer versión tenía una estructura tan compleja que , sin hacerla ilegible, complicaba mucho la correcta recepción de la novela, y de ahí la revisión que hizo de ella años más tarde (Mi buen amigo Dimas Mas se tomó la molestia de cotejar ambas versiones en un extenso artículo para el suplemento literario de El Diari de Barcelona, La Il·lustració). Marsé se complace en presentarse como un autor “artesano”, un “orfebre” -él que lo fue, literalmente, al comienzo de su vida laboral- del idioma, con el que lucha a brazo partido para tratar de sacar partido de sus limitaciones. Echevarría, descreído, casi le reprochaba que eso fuera una pose, porque, a su parecer, el de Echevarría, detrás de la obra de Marsé hay un edificio conceptual brillante y exquisito. Marsé, con una cazurrería muy de Josep Pla -a quien me recordó en no pocas ocasiones- se lo rebatía al interlocutor y antólogo. Echevarría le pregunto si no le había tentado nunca escribir en catalán, y Marsé reveló que tenía el título, Sentiments i cèntims, pero que la novela no había manera de que le saliera… Y entonces fue cuando, en uno de esos momentos mágicos que a veces se producen en estos actos, Marsé echó mano de otra anécdota que incluso Echevarría parecía desconocer, a juzgar por cómo la celebró, de cuando lo entrevistaron para Televisa, en México. Una entrevista que discurría dentro de lo habitual  hasta que apareció la pregunta tópica entre las tópicas: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” Después de unos segundos tratando de no defraudar a la joven presentadora, porque una reflexión de ese tipo “no me interesaba lo más mínimo”, dije que el fondo, “porque qué es una novela sin una buena historia, etc.” Cuando Marsé se iba “por uno de esos pasillos interminables de Televisa”, le alcanzó el técnico de sonido y le dijo que  habían tenido un problema al registrar la entrevista y que el audio había fallado por completo, que tenían que volver a repetir la entrevista. Pues nada, “si se ha de repetir, se repite” y volvió Marsé a contestar a las mismas preguntas hasta que llegó la fatídica del fondo y la forma: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” “De la forma, contesté inmediatamente, ante el pasmo de la entrevistadora.  ¿De qué sirve una buena historia si…?” Y ahí ya nuestras risas, la de los asistentes, volvieron inaudible una continuación que Marsé, por su parte, ya había detenido, porque la anécdota se había acabado, no nuestro regocijo.  Como el antólogo iba repasando los cuentos que integraban el volumen, más los textos que escribió en el El País y que dan título al volumen, desembocamos, a propósito de El fantasma del cine Roxy, en su maldita relación con el cine. De ahí salió una afirmación curiosa: “El guion que escribió Erice sobre El embrujo de Shanghai es mejor que mi novela” -Erice fue la primera opción para dirigir la adaptación de la novela, lo que no acabó siendo, para desazón de Marsé, y ya dijimos antes cómo acabó su relación con Trueba… Habló, sin embargo, del único guion que escribió, por encargo, para el cine, para el director Germán Lorente, quien solo les indicó que había de aparecer un piano, un pianista negro y la siguiente frase: Chico Lionel hizo más intensa la nostalgia de Scott Fitzgerald, y aquello sí que fue un devanarse los sesos sobre dónde, cómo y cuándo él y un colega con quien escribía el guion -"trabajos alimenticios, bien pagados", dijo-, podían meter la frasecita de marras…, casi como si fuera el famoso “austrohúngaro” que aparece impepinablemente en todas las películas de Luis Berlanga…Cerró la anécdota con el recuerdo de que Lorente abandonaría pronto el cine español, ¡afortunadamente”, para irse a Italia a dirigir pornos…Reveló, así mismo, que existe un corto alemán erótico, o pornográfico, no recordaba, sobre su relato erótico La liga roja en el muslo moreno, pero que él no lo había visto (yo lo he buscado en internet, pero me ha sido imposible dar con él, y supongo que la traducción del traductor de Google Rote Strumpfband auf den Oberschenkel moreno tampoco me ha ayudado mucho…). Por razones de horario y cuando se nos pasó al público la oportunidad de hacer preguntas, el turno quedó reducido a una pregunta intrascendente que cerró anodinamente un acto tan magnífico y divertido. Reconozco que me quedé con las ganas de coger el micrófono y decirle: Señor Marsé, muchísimas gracias por haber escrito Teniente Bravo, mis costillas flotantes no piensan lo mismo.

martes, 2 de mayo de 2017

La cubanyera de mi vecino


Del tiempo y sus símbolos...

Va para dos años que uno de mis vecinos del edificio de enfrente, sobre la calle S., colgó con un entusiasmo sin límites una bandera estelada que lucía con la arrogancia propia del dueño. Sus vivos colores alegraban un balcón hasta entonces tirando a siniestro y casposo, sin plantas ni casi vida doméstica que sugiriera que en esa casa la higiene es un valor reputado. Cada mañana, al airear mi dormitorio mis ojos chocaban con la bandera del secesionismo catalán que ha arrasado con la bandera institucional propia de las franjas rojigualdas sin adherencias cubanas, que ese es el origen de la estrella, azul para los carcas conservadores, roja para los carcas pseudoprogresistas: la lucha de Cuba contra el imperialismo español, con resultados tan deprimentes, a largo plazo, que mejor nos ahorramos la crónica de la derrota eterna. El caso es que durante todo este tiempo, además de estudiar con calma los signos distintivos que nos separan a mi vecino y a mí, morfológicos, claro está, porque no he cruzado con él ni una palabra, para entender la predicada supremacía nacional catalana frente a mi evidente charneguismo, de lo que he levantado acta minuciosa es del deterioro constante e irreparable del símbolo atado a los barrotes de hierro oxidado del balcón. Como si fuera una alegoría, el paño de origen chino (los bazares orientales han hecho su agosto vendiendo a los nativos cualquier cacharro con la cubanyera -pongámosle ya su verdadero nombre-, desde fundas para móviles hasta zapatillas de dormir, balones -sin reglamento-, tazas para el zumo de tomate -sin pan-, boinas, camisetas -sin algodón-, bragas, bufandas, mecheros..., cualquier baratija como las que Colón usó para engatusar a aquellos sufridos indianos que no intuyeron la que se les venía encima...) ha ido destiñéndose progresivamente hacia un triste sepia fotográfico, o mejor, hacia una pátina sucísima, que lo ha envejecido como si todos los ideales que representa hubieran caído al fondo del olvido y la bandera fuera, realmente, una bandera de las guerras -perdidas- de nuestros antepasados... La cuerda tensa que la mantenía tersa también se ha aflojado y ahora, como un viejo cargado de años, la cubanyera se ha llenado de arrugas que incluso ocultan la estrella que hace casi dos años orientaba la entusiasta navegación hacia el nuevo estado independiente de la Comunidad Europea y alineable con Andorra, Kosovo y Kirguizistán, entre otras grandes naciones y principados. Hoy  he sentido como una herida incicatrizable el paso del tiempo. Hoy he asistido a la muerte por decrepitud de un estado antes de que nazca. En el fondo, la vida es puro romanticismo: todos acabamos siendo ruinas...

sábado, 15 de abril de 2017

Viernes Santo en el tubo resonante...



El ataúd de las fotografías íntimas.


A las 7'30 de la mañana de un viernes santo, sin un alma por la calle, salvo la perdida mía, con el 59 que inicia su perezosa andadura a las 8'45, me llego a titubeante pie ayuno hasta el Hospital Clínico para someterme a la tortura de una resonancia magnética de la próstata, como manda la edad y, sobre todo, el 28 de PSA que tiene a mi urólogo entre desconcertado, alarmado y desconsolado, no sé si a partes iguales. Me citan por la entrada de Córcega, pero, como es festivo, está cerrada. He de entrar por Villarroel. Pido información de la ubicación del sótano al de seguridad y me remite al mostrador de información. De camino, un médico me dirige hacia “entre las escaleras 3, 5 y 7”, indicándome que baje por ahí al sótano, que no hay pérdida. Pero la hay. A través de pasillos vacíos, excepción hecha de mi alma perdida, llego a lo que parece la sala de espera principal. Paso la tarjeta por el código de barras del dispensador de citas y me sale el papelito por el que me citarán. Me siento a leer. Con Platón entre las manos, la aparición de una cucaracha -segunda alma en la sala- gigantesca que se dirige a mí con la velocidad de quien aún no ha desayunado, aunque no creo que haya sido paciente del tubo de resonancias- consigue que me desvíe del mundo ideal hacia el material para percartarme de que mi presencia no la intimida, antes al contrario, va lanzada, como si pretendiera remontar vuelo al llegar a mis zapatos y deslizarse por el interior de mi pantalón. Antes de que tal cosa suceda, me levanto de un salto grotesco y me sitúo a espaldas de la invasora en un espacio en el que se supone que no debería estar. En vez de pisarla, la debilidad compasiva del ayuna me mueve a espantarla, aunque casi he de llegar a tocarla para que la cucaracha rubia, pero poco seductora, agite rítmicamente los élitros coriáceos y acelere su paso hacia el zócalo por el que se desliza hacia el final de la amplia sala de espera. Después aparecen dos mujeres arregladísimas que se acomodan unos asientos más allá de donde estoy. Como me ven leyendo, y después de cruzar un saludo breve, hablan con voz de iglesia. No tardan en avisarme. Primer pasillo, la enfermera que me abre una vía en la vena. Vuelvo a la sala. No tardan en volver a avisarme. Segundo pasillo. Entro en la sala de la resonancia, pero aparece, ignoro por dónde, la enfermera con un chute de Buscapina Compositum que me va a fastidiar el día, porque ya sé que me provoca reacción alérgica, como el Nolotil o el Ibuprofeno, entre centenas de medicamentos más. Me desnudo, me pongo la bata y me hacen pasar al ataúd cilíndrico. Me atan a la altura de la cintura el dispositivo que me fotografiará laminarmente la próstata para saber si ha hecho nido o no algún tumor cancerígeno, que es el temor del urólogo y el mío propio, claro está. De paso, los brazos, que caen dentro del dispositivo, han de restar inmóviles. El joven técnico, amable y sonriente, a pesar del día y de la hora, me pone en la mano izquierda una pera que he de apretar con insitencia si “la cosa” va mal, me veo imposibilitado de “soportarlo” y quiero que me saque de “allí”, lo que él hará “inmediatamente” -¡qué consoladora una palabra acabada en mente, con lo que afean y degradan las narraciones, aun a pesar de que, a veces, sean inexcusables!-. “Media horita y listo”, me dice para animarme. “¿Todo bien? ¿Vamos allá?” El enérgico “Allá” no es una dirección, como todo el mundo sabe, sino el espacio adverso de un túnel en el que apenas se cabe y cuyo techo dista milímetros de la punta del apéndice nasal. La imagen recurrente es la del enterrado en vida que despierta del estado cataléptico y descubre, para su horror, que no solo está vivo en el féretro de la muerte, sino que, detrás de la tapa que no va a poder abrir, hay su buen quintal métrico de tierra, por lo menos. Mi suerte fue que, al centrar el aparato en la próstata, la cabeza estaba tan cerca del final de túnel que mirando hacia arriba distinguía no solo la luz sino algo del resto de la habitación. Con todo, hube de recurrir al poder de concentración más intenso de que soy capaz para relajarme, cerrar los ojos y apartar el pensamiento del tiempo, de mi incomodidad, de los conatos de comezón que me aparecían por todo el cuerpo, etc., y respirar acompasadamente. Eran las 8’30h de la mañana y no había dormido ni medio bien, una hora y media en vela, haciendo un crucigrama, pero el ruido de la máquina -contra cuya agresión me instalaron unos auriculares protectores- era tan intenso que no había manera de “caer dormido”, ¡con lo que lo hubiera yo agradecido!  El peor momento fue cuando, apartándome de mi intención inicial, me dio por calcular a qué altura de la media hora me encontraba. Desentendido como estaba, hice cálculos hacia atrás y trataba de recordar cuántos “turnos” de inyección de sonidos estridentes había sufrido para, tomándolos como base, deducir algo.  Abandoné el intento y procuré distraerme de la tentación fortísima que me temblaba en los dedos para alertar al encargado, haciéndole evidente que mi serenidad había tocado techo… y que “necesitaba” urgentemente ser sacado del cilindro tétrico en el que se me había consumido la serenidad y la esperanza de cumplir. En ese momento, sin embargo, oí su voz fresca y juvenil: “¿Cómo va eso?” “Va”, respondí, por si captaba la ironía del absurdo e imposible movimiento, pero no. “Tres minutos y ya estamos”, añadió. Y ahí sí que desaparecieron todas las inquietudes. ¿Cómo no iba yo a poder sumar tres minutos más al tormento vivido? Después vinieron los elogios por mi capacidad de resistencia, pero salí, como siempre que me *ataúdan, con flojera de piernas, la incipiente urticaria por la Buscapina que ya se abría camino, y un vacío de estómago que me llevó hasta el 59 sobre nubes de algodón, sin azúcar.

domingo, 2 de abril de 2017

Días de Radio...



La radio: donde la palabra reina en la república de las voces.


Es curiosa la supervivencia e incluso el auge, me atrevería a decir, de un medio de comunicación como la radio, diríase que, tras la invención de la televisión, poco menos que llamado a desaparecer. Sin embargo, no solo no es una reliquia del pasado, sino una pujante realidad del presente. Ignoro qué relación tienen los demás con la radio, pero la mía es que oigo más horas de radio al día que horas veo de televisión, sin que tampoco, dada mi afición a la lectura y  otras manifestaciones artísticas o sociales, puedan considerarse excesivas. Pero cuantas horas paso en la cocina, y ese sí que es mi reino, ha de contarse que son horas de radio. De un tiempo a esta parte, sin embargo, y eso es lo que quiero contar, tengo más que serios problemas para sintonizar la SER. Me explico. Al modo de aquella película, La Trampa, con Catherine Zeta-Jones y Seann Conery, en la que la actriz había de atravesar un espacio cuajadito de células fotoeléctricas que tendían una red que permitían atrapar a cualquier ladrón que intentara acceder a la codiciada pieza tras la que andan, en mi cocina pasa lo mismo. Tengo el transistor en la repisa de la campana, pero a la que me muevo hacia izquierda, para trabajar sobre la mesa de mármol, atravieso una de esas señales e inmediatamente la emisora se me cambia a una sudamericana cuya potencia eclipsa la de la SER apenas me muevo. Procedo, entonces a retirar el aparato y lo coloca, debajo de los armarios, sobre la tostadora, donde se defiende mejor de las agresiones de esas emisoras que no sé siquiera si son piratas o legales. A la que vuelvo hacia la fregadera, por donde quien cocina no puede dejar de pasar a cada rato, vuelve a saltar la emisora y, entonces, he de trasladarla  a la estantería que hay sobre la mesa, etc. ¡Un tormento! No se acaba ahí, porque, una vez perdida mi emisora de referencia, me las veo y deseo para entre Radio Taxi, radio Vaughan, y las radios latinas antedichas volver a sintonizar la SER, la que, cuando logro fijarla, casi me da un vuelco de alegría el oído. No soy radiodependiente, pero advierto, no sin cierto orgullo, que he acabado inculcando la afición a mis hijos, quienes, cada dos por tres, me "secuestran" el transistor para realizar diferentes menesteres, desde ducharse hasta afeitarse pasando por ordenar la habitación o cualquier otra labor para la que la radio es siempre una grata compañía. Supongo que en otra ocasión aludí a mi afición a cocinar en compañía de Radio Olé, y así es. Del mismo modo que no desayuno o como sin los informativos de la SER, tampoco cocina sin Radio Olé. Inexplicable, con todo, pero es lo que escucho, y quienes se zampan mis "creaciones" culinarias -el último invento La perla negra: un arroz de verduras con morcilla de Burgos...- no se quejan en absoluto. De cuando la crianza de los hijos -pasa ya de los 20 años- se me quedó, por cierto, la costumbre de oír las retransmisiones de los partidos de fútbol, de tal manera que, desde entonces, ya me ha sido imposible, salvo casos excepcionales, asistir a la retransmisión televisiva de un partido sin tener la enojosa sensación de estar "perdiendo y desaprovechando" el tiempo, algo que se extiende, salvo por la parte cinematográfica, al resto de la programación. La radio tiene la virtud indiscutible de ser un medio en el que la palabra lo es todo, porque con ella se construye y deforma la realidad. Se conoce mejor a las personas simplemente oyéndolas que viéndolas. Y la palabra hablada permite tener un conocimiento de la sociedad que les es imposible de conseguir a los medios escritos o a los audiovisuales. Esta afición la traslado al automóvil, sobre todo desde que se me estropeó el cargador de CDs y me negué a gastarme un dineral para reponerlo. Ahí, sin embargo, me ocurre lo mismo que en la cocina: la lucha de emisoras en el espacio abierto radioeléctrico deja chiquita La matanza de Texas, la verdad..., y la primera víctima, ¿no se adivina?, es siempre la SER. En los 600 km de un trayecto habitual Barcelona-Madrid, no son menos de 6 o 7 las emisoras que voy ganando y perdiendo, lo que me permite tener un conocimiento bastante preciso del estilo de radio que se gastan por esas comarcas de nuestra piel de toro, algo así como la divertida sección de la prensa comarcal en el programa de Javier del Pino, A vivir que son dos días. Ignoro si las generaciones jóvenes -al margen de las combativas emisoras de barrio- mantienen con la radio una relación tan afectiva como la mía, pero para quienes nacimos antes de la llegada de la televisión a España, qué duda cabe de que la relación con la radio tiene un vínculo difícil de perder y acaso de explicar, porque la imantación de la radio en la niñez de ayer quizás solo sea comparable a la de los videojuegos para los niños de hoy. No se trata de echar el oído atrás y rescatar, melancólicamente, aquellos espacios de humor con Pepe Iglesias, El Zorro, zorrito para mayores y pequeñitos..., -de donde me vendrá la querencia de la SER, me imagino...-o la gravedad con que mi padre oía "el parte" o nuestra asistenta, mientras planchaba y yo la acompaña, el serial de sobremesa; sino de reconocer cómo la vida de tantos y tantos ha estado marcada, a lo largo del tiempo, por ese culto a la palabra hablada que es complemento indispensable de la palabra escrita. Lo de la lucha en el espacio radioeléctrico que vivo en mi cocina es signo inevitable de estos tiempos tan competitivos que vivimos, en los que, sin embargo, las nuevas tendencias políticas quieren erradicar la lucha por la supervivencia que ha marcado a generaciones de seres humanos desde que o el azar o la necesidad nos hizo parecer en el planeta.