jueves, 18 de enero de 2018

Dos viejos amigos viejos hacen camino al andar...


El delta del Llobregat o la naturaleza encajonada...
Coincidimos, Jose(lu) y yo, en las oposiciones a Secundaria en el 82 y acabamos compartiendo destino en Berga, donde nos conocimos y donde iniciamos una amistad que aún hoy dura. Él es un caminante nato, yo un corredor de fondo. Son dos especialidades muy distintas, y, tras nuestra excursión hoy de cuatro horas y media al fallecimiento y desaparición del Llobregat, más que a su desembocadura, porque propiamente no acaba de "entrar" el río en el mar, he podido comprobarlo al llegar a casa: ¡estoy muerto!, con tensiones en el sóleo de la columna derecha, y un dolor difuso en el talón de la izquierda, donde, en su tiempo, hubo un espolón del que me tuve que operar porque se había vuelto en exceso agresivo.  Repuesto con una ensalada y dos filetillos de gallo, bruixa en catalán, que ya son distancias léxicas, me he quedado dormido ante un horripilante film de Donen, Al diablo con el diablo, y heme aquí dispuesto a confesar una cierta decepción caminera por el resultado de la misma y un gozo enorme por haber podido compartir la caminata -viajata...acabo de leer en Galdós- con un viajero excepcional como Jose, quien con sus anécdotas de viaje y sus experiencias lectoras, Vida y destino, de Grossman, ha sido la última, ha conseguido no solo que la caminata haya sido amena y provechosa, sino que se haya hecho corta, a pesar de la distancia que hemos recorrido. Después de dejar atrás el campo del RCD Espanyol -edificio del que aún se oían los ecos festivos de la victoria ayer sobre el eterno rival, el FC Barcelona, hemos cruzado autopistas y la vía férrea para pasar a la orilla derecha del río, mirando hacia el mar, y adentrarnos en ese sorprendente espacio agrícola donde se cultivan las sabrosas alcachofas del Prat, que no sé si son denominación de origen, pero deberían serlo, si no lo son ya. Por una senda bien marcada, hemos ido dejando atrás la zona industrial de Cornellà y, aunque aún hemos tenido que pasar por debajo de dos autovías enormes, la última la de Castelldefels, que es la salida natural de la ciudad hacia las terminales 1 y 2 del aeropuerto de El Prat, la sensación de estar integrados en un ecosistema agrario que nada tenía que ver con la gran metrópolis no nos ha abandonado nunca. El día ha sido luminoso, pero frío. La buena marcha que llevábamos nos ha guarecido perfectamente de cualquier atisbo de pasar frío. El río, después de sortear un terreno lleno de islotes poblados de cañaverales, se ha como concentrado en sí mismo, en su destino de río, pronto a fenecer en el mar y ha adquirido una fisonomía de río mediano, que es a lo que el aprovechamiento de su caudal lo reduce. A medida que nos acercábamos al mar, han ido desapareciendo las pocas fábricas que aún jalonan su lecho, prestas a competir con el agro para el aprovechamiento de sus aguas. Muy cerca ya de la desembocadura, el vuelo algo más que rasante de los aviones que aterrizaban centenares de metros más allá, como si lo fueran a hacer en los campos de lechugas y alcachofas, imponía su presencia sonora y visual, siempre capaz de impresionar a quienes tan de cerca los ven como nosotros los hemos visto. Diríase que alargando el brazo pudiéramos sentir el roce frío de su duro y brillante buche metálico... Nos hemos asomado a un mirador, antes de llegar a la playa, y hemos visto unos caballos en la orilla, lo que me ha traído a la memoria la excursión por Doñana que hicimos el verano pasado, y que el pobre Jose ha tenido que soportar con su probado estoicismo, aunque he tratado de ser tan lacónico como la frecuentación de Gorjeolandia me ha permitido. Habría aves, sin duda, pero no llevábamos prismáticos y hemos decidido seguir nuestro camino. Al poco hemos llegado al mirador elevado que se abre a lo que propiamente yo esperaba como desembocadura "solemne" del Lobregat: ese momento en que las aguas diversas se reúnen en un abrazo de líquida solidaridad, pero no ha habido tal: una playa virgen, eso sí, donde está prohibido el paso a las personas, bajo multa de 100€, pero ni rastro del torrente (mi imaginación añadía "impetuoso") que imaginaba reuniéndose con el mar. Mi imaginación -¡qué mala compañera para según qué viajatas, y aun hasta viajes!- volaba constantemente a ese dato espectacular de la desembocadura del Amazonas: el río se adentra, allí, con su caudal dulce, durante casi 100 km en el mar...
He tenido que torcerle el cuello al recuerdo y traer en su lugar el de la desembocadura del Besós, a la que llegamos corriendo Josep y yo, desde Santa Coloma por la urbanizada orilla izquierda del río. Y allá se iban una y la presente, desde luego..., en cuanto a desdoro mortuorio. Después nos hemos acercado a las ruinas del edificio de carabineros, una suerte de vigilancia costera creada en el XIX, para múltiples usos, y, finalmente, al mirador del Semáfor, también en ruinas, como nos gusta a quienes, como Jose y yo, vemos en ellas, herencia del Romanticismo, mucho más de lo que veríamos si estuvieran en activo.
El recorrido, insisto, por campos donde algunas masías daban a entender que nos hallábamos en un paisaje interior de la Cataluña agrícola, ha sido placentero y relajante para unos urbanitas confesos.
Entre películas y novelas, entre anécdotas íntimas, confidencias propias de la amistad profunda, y recuerdos profesionales, hemos desandado el camino no sin antes hacer la parada obligatoria para un tentempié, el suyo sólido, el mío líquido, que nos ha permitido llegar, cansados pero enteros, al origen de nuestra modestísima aventura. Ha sido curioso y atractivo, entre esas agresivas heridas que las autovías infligen al territorio, ir descubriendo paisajes, tan de mañana casi en soledad, porque han sido pocos los excursionistas con quienes nos hemos cruzado, y descubrir, hacia el final, por ejemplo, un pastor con su rebaño de ovejas, como si  siguiera una antigua vía pecuaria..., ajeno al entorno hostil del incesante tráfico rodado, las chimeneas infatigables de las fábricas y el estrés de la vida urbana en general, del que huíamos quienes, corriendo, en bicicleta o andando, disfrutábamos de una luz espléndida, un sol tibio y un cierto gris que corría...

Y, de vuelta, siempre, a lo lejos, Montserrat, envuelta en niebla y ficción....

lunes, 8 de enero de 2018

Participación ciudadana o K ante el Castillo (de naipes) de la política española...


Justificación a posteriori a las apostillas o la última sobre el ejercicio de la crítica y la acción política extrapartidaria.

Diversas deberían ser las vías mediante las cuales los ciudadanos pudiéramos participar en la política sin tener que pasar por las horcas caudinas de la afiliación militante o los estrechos cauces partitocráticos de participación. Podemos intentó una variación asamblearia a través de sus famosos círculos, hoy tan oxidados que ni con un jeringazo de oxitocina serían capaces de alumbrar alguna idea política transformadora de la realidad. El activismo en las redes sociales se ha descubierto como una vía apropiada para lograr una influencia política que a través de los cauces establecidos cotaba mucho conseguir. Otra sería la que Juan Poz intentó a través de esas apostillas dirigidas a un líder de un gran partido para tratar, ingenuamente, ¡ay!, de influir en la acción política. Si una lección puede extraerse del ímprobo esfuerzo -ya se ha visto que inútil, pero en modo alguno ciego- que supuso en su momento la redacción de esas apostillas, ello es que las jerarquías de los partidos suelen estar ciegas y sordas ante análisis que, incluso viniendo de personas afines a sus ideologías, suelen desnudar sus carencias, mostrar sus limitaciones y, en resumidas cuentas, inhabilitar un proyecto que se revela, a todas luces -menos a las de esos dirigentes- inviable. La política no es ciencia exacta. De ahí la facilidad con que todos aventuramos teoremas, hipótesis, definiciones y predicciones con una facilidad casi ofensiva para el sentido común. Es difícil, pues, discernir el famoso grano de la paja. Otra cosa es que, como sucede con esas apostillas, escritas hace tantos años, la realidad presente confirme las más que sólidas intuiciones que entonces se vertieron en ellas. Pero no escribo estas líneas para reivindicar la buena visión política de Juan Poz, sino para denunciar ese telón de fibra de vidrio que aísla a los dirigentes de los partidos de sus votantes o de los ciudadanos en general, y que impide que a aquellos les llegue la genuina expresión de una visión política formada en la base, en las raíces de la realidad. Castilla del Pino fue el gran teórico de la incomunicación, y su libro uno de los primeros best-sellers de la literatura psi en nuestro país. Pues bien, si algo ha quedado claro tras la publicación de esas apostillas que no conocieron más destino que el tristemente oscuro de la papelera de reciclaje, ello es que sigue habiendo una incomunicación radical entre las bases y las jerarquías políticas, por más que recientes neopopulismos apelen a las bases como estrategia de consecución del poder para después ejercerlo al modo más tradicional del mundo, esto es, de espaldas a esas bases, como el ejemplo de Vistalegre II ha demostrado respecto de Vistalegre I, en el campo de Podemos, por ejemplo; o como la reconquista del poder en el PSOE por parte de un podemizado (en las formas) Pedro Sánchez. Reconozco que las vías tradicionales -militancia, vida de agrupación, etc.- son útiles y necesarias, pero cuando las circunstancias individuales no permiten participar a través de ellas, los ciudadanos -al estilo de las oficinas abiertas a los votantes de los diputados de distrito británicos- deberíamos poder hacer llegar nuestros análisis políticos a las cúpulas y, si ellos lo merecen, esperar una respuesta que nos confirme la validez de esa participación. Ojo, no hablo de "quejas" ni de "peticiones" ni de nada por el estilo, sino de legítimas reflexiones sobre los problemas del partido para su incardinación social o de cómo mejorar la acción política tomando como base un análisis lo más objetivo posible de la realidad, al margen de los prejuicios ideológicos o de casta. En fin, mirando hacia atrás sin ira, no dejo de sentir una cierta melancolía por el esfuerzo hecho, mayor, sin embargo, por el tiempo perdido por la organizacion social que se presentaba como el reflejo de "la verdadera Cataluña" y ha quedado reducida a una imagen borrosa y desorientada, desnortada y más propensa a la autoextinción que a la resurrección como la fuerza que, en tiempos menos complejos, todo se ha de decir, llegó a ser. Los tiempos cambian. Y el inmovilismo se paga. Mucho más en política. Ninguna fuerza política parece tener presente el axioma bursátil: rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras. Y eso ha querido demostrar mi querido Juan Poz con sus apostillas. De su lectura no sé si se llega a entrever algo parecido a lo que podríamos denominar, si la pomposidad no lo impidiera, un "pensamiento político", pero sí, en todo caso, una legítima y acezante preocupación por la buena marcha de la cosa pública.

sábado, 6 de enero de 2018

Apostillas al documento presentado por Iceta al Duodécimo Congreso del psC. VIII


Octava tanda de apostillas motu

proprio a un lenguaje político 

caduco...

  
Tejer una amplia alianza social para el progreso
El PSC tiene que crecer ampliando su espacio de influencia política y su capacidad de representación electoral. Tenemos que ser más, tenemos que ser más capaces de atraer a los activistas progresistas y a los ciudadanos y ciudadanas más conscientes y de incorporar a la política a los recién llegados. *Sindicalistas, creadores y emprendedores que compartan los valores de la libertad, la igualdad y la justicia social, tienen que encontrar en nosotros interlocución y espacio abierto para el debate y el compromiso político. Nos dirigimos también a los catalanistas de talante liberal, **a los que creen en la necesidad de afirmar la unidad civil de nuestro pueblo, nuestro autogobierno y una relación fraternal y de respeto con el resto de pueblos de España. Nos dirigimos también a los que quieren ver una izquierda renovada, capaz de modernizar sus planteamientos, de adaptarlos a la realidad del siglo XXI, de recoger lo mejor de las luchas por la igualdad de derechos, del feminismo, del ecologismo político. Nos dirigimos también a sectores críticos de izquierdas, que han percibido hasta ahora una excesiva complacencia de la socialdemocracia con respecto al sistema económico capitalista que genera desigualdades, desequilibrios, crisis y pobreza. ***Nos dirigimos también a los sectores federalistas y soberanistas críticos con el actual marco constitucional, que quieren dar respuesta a la voluntad de autogobierno y de respeto a la personalidad nacional de Catalunya pero piensan que la separación de Catalunya del resto de España no es un proyecto factible. La renovación del PSC aspira a recoger estas sensibilidades en un proyecto político sólido, vigoroso y de amplias fronteras.
         *Este enunciado, que esas fuerzas “encuentren en nosotros interlocución”, en su aparente buena intención esconde una preeminencia del Partido en el diálogo que difícilmente puede motivar a nadie para acercarse a él desde aquellas posturas críticas, porque, en todo caso, ha de ser al revés, que el Partido busque la interlocución en aquellos colectivos a los que quiere acercarse, despreciando la prepotencia habitual desde la que se suele considerar cualquier aportación razonable. Humildad viene del latín humus, que significa tierra, y de eso se trata, de volver a las raíces de la convivencia con la base del Partido para poder elaborar la estrategia que responda a sus necesidades, a las de los más necesitados, sin descuidar, por supuesto que quien aspire a formar mayoría de gobierno ha de tener como horizonte el impulso de la creación de riqueza que permita después redistribuir los beneficios de forma que no se ponga en peligro la estabilidad del estado del bienestar. Permíteme un pequeño juego de palabras: El proyecto socialista debería de favorecer el Estado del bienser, antes que el del bienestar, aunque no me importa conceder que éste suele ser el primer paso para conseguir aquél. 
         **En este otro enunciado sí que se cuela una afirmación implícita más que preocupante: ¿está en riesgo la unidad civil de nuestro pueblo? Y antes de eso, ¿qué quieren decir exactamente dos términos tan vagos como “unidad civil” y “pueblo”? Aquí hay un toque a rebato de carácter nacionalista que no se compadece con un planteamiento socialista, si el socialismo se concibe con la fuerte impronta internacionalista con que nació. El concepto “pueblo” en este contexto adquiere un carácter monolítico que poco o nada tiene que ver con la descripción de una realidad cambiante en la que a duras penas caben las identidades y las lealtades fijas, que aparecieron párrafos atrás. La contradicción es seria y requiere una reflexión, porque es difícil construir un discurso coherente si no se definen con precisión los conceptos que utilizamos. No ignoro que el discurso político es de su natural ambiguo y que ha de huir de las precisiones como de la peste, porque lo contrario es condenarse al compromiso ineludible, pero, si ello es así, tampoco cabe entonces vestirse con la toga de la solemnidad y andar haciendo proclamas que implican un esfuerzo definitorio que se rehúye.
         ***He aquí una muestra del deseo de abarcar acaso más de lo lógicamente razonable, porque suponer que el PSC pueda converger con los “soberanistas críticos con el actual marco constitucional” vale tanto como mezclar el agua y el aceite, la verdad; de igual modo que resulta más que peculiar la idea de que haya “soberanistas” que consideren no “factible” el secesionismo que va implícito en su propia denominación: “soberanismo”. Ese deseo lógico de ensanchar la base social del partido es un exceso de representación que solo lleva a la confusión, a la indeterminación y a futuros conflictos. Concluir, pues, que sea posible, con esa amalgama, construir un proyecto político “sólido, vigoroso y de amplias fronteras” cae totalmente dentro del marco del ilusionismo político. Este discurso, tan ambicioso como impreciso, es el que han rechazado los votantes del PSC, y volver a insistir en él, en esa imagen tomada del nacionalismo convergente, el “pal de paller” de la sociedad catalana, abocará al Partido a futuros desencuentros con el electorado. ¿Es todavía posible, tras el escoramiento nacionalista del PSC, afirmar que el Partido sigue siendo el mejor reflejo de la sociedad catalana? Ya no, desgraciadamente. Y cuanto antes se asuma esta realidad, más fuertes serán los fundamentos de la futura orientación del Partido. Que en ese proceso haya notables abandonos entra dentro de lo normal, como lo demuestran Mascarell y Sobrequés, pero, una vez despejada la niebla conceptual en que vive instalado el Partido, ingresos habrá, sin duda, que contrarresten esas salidas. El PSC ha de aspirar a ser un partido de masas, no de notables.
Cuando se habla de la autonomía del proyecto político del PSC, de forma casi inconsciente parece que sólo nos referimos a la autonomía del PSC con respecto del PSOE, pero también hay que afirmar la profunda autonomía de nuestro proyecto con respecto de otras fuerzas catalanistas y de otros partidos catalanes de izquierdas. *Desde esta autonomía, el PSC ha de tejer una amplia alianza social por el progreso, capaz de establecer complicidades políticas pero también una profunda sintonía con el movimiento sindical y el asociacionismo progresista, con el objetivo de ganar la batalla de las ideas y de ampliar el apoyo social a un proyecto de reformas que promueva la justicia social.
         *Las alianzas las carga el diablo, por lo que se ve, y no parece, Miquel, que la dirección del partido haya sacado las conclusiones pertinentes del fracaso de los dos tripartitos. Resulta hermoso, desde el intelectualismo de izquierdas, eso de “ganar la batalla de las ideas”; pero un partido que aspira a gobernar ha de ganar “la batalla de las realidades”, que obras son amores… Ideas ha habido para dar y tomar, en el Estatut, pero la convicción social de la ineficacia del Tripartito ha calado de un manera tan profunda que incluso las excelentes obras del mismo, como la Ley de Barrios entre otras, no parece que hayan valido nada, en la conciencia de los votantes, frente al desprestigio de la ineficacia y la arbitrariedad de muchas medidas de los socios de gobierno. Reitero mi convicción de que si Pasqual Maragall hubiera disuelto el Parlament tras el escándalo de la entrevista de Carod con ETA y hubiera convocado a los catalanes a unas elecciones para gobernar por sí solo, sin las muletas de dos partidos “minusculares”, hubiera sacado lo más cercano a la mayoría absoluta. Entones sí que se hubiera ganado la batalla de las ideas gracias a la solidez de los principios. Pero como se escogió el “ya escampará” en vez del “así, no”, se materializó en el ámbito de los principios, lo que se ha dado en llamar el “pensamiento débil”, cuyas consecuencias hemos recogido en las últimas elecciones autonómicas y locales. Finalmente, y dada la reiteración con que aparece el concepto de “justicia social”, tengo para mí que ese concepto, que da nombre al peronista Partido Justicialista argentino, supone una deriva hacia el populismo que respira demagogia por todos sus poros. Y no vale la pureza de la intención con que se esgrime, sino la connotación, en este caso negativa, que los conceptos acaban contrayendo cuando son de dominio público.
Los objetivos del 12º Congreso
*El PSC tiene que renovar y ampliar su proyecto político de unidad civil y cohesión social, un proyecto socialista, catalanista y federalista, capaz de impulsar reformas en profundidad para asegurar el progreso económico, la justicia social, la libertad y la responsabilidad individual, la paridad y la sostenibilidad. Un proyecto capaz de aglutinar mayorías y de ganar la batalla de la ideas, con una organización más abierta, más acogedora, más transparente, más participativa, más moderna y más eficaz. Este es nuestro reto: una renovación profunda, sólida y colectiva.
         *Esta reiteración ad nauseam de un único mensaje, construido, además, con la argamasa de la indefinición, el ilusionismo, y otros desatinos del discurso político acrítico, es un acabado ejemplo, Miquel, del agotamiento del discurso del PSC, o de su actual dirección, para ser más exactos. Y con palabras viejas y manidas no se construye una alternativa seria a la simplicidad demagógica del nacionalismo convergente y afines.
Todo esto está a nuestro alcance. Pero tiene que ser un trabajo colectivo, de abajo hacia arriba. Una labor que tiene que recibir el apoyo, el impulso y el aliento de una nueva dirección.
*Es imprescindible una dirección fuerte, colegiada, capaz de recoger todos los acentos para impulsar un proyecto sólido, coherente y unívoco, consciente de **la necesidad de un relevo generacional, con ***un liderazgo que piense más en necesidades colectivas que en ambiciones individuales y que no condicione la decisión sobre la futura candidatura socialista a la presidencia de la Generalitat, que tendremos que tomar a través de elecciones primarias que tendrán que ir precedidas de un Congreso que apruebe la nueva oferta programática del partido y consolide el proceso de renovación que se abrirá en el Congreso que celebraremos en otoño de 2011.
         *Ya comenté con anterioridad las connotaciones derechistas y autoritarias que tiene la expresión “dirección fuerte”, que se opone, además, casi como si se tratara de un oxímoron, al “colegiada” que le sigue. Colegiada sí, y a ser posible con un programa claro, comprensible y capaz de suscitar la ilusión no sólo de lo deseable, sino, sobre todo, de lo posible. El recurso de las promesas electorales es lo primero que un nuevo lenguaje político ha de condenar; de igual modo que se tendría que oponer, un nuevo concepto de la política, al despilfarro de las campañas electorales: la obligación de los ciudadanos es enterarse qué se hace con su voto a lo largo de los cuatro años de la legislatura, y ha de recordársele que la democracia no sólo es un repertorio de derechos, sino también de obligaciones.
         **Es más que chocante –e indicio evidente de la desorientación que se evidencia en este informe- que se hable en párrafos anteriores de ganar la batalla de las ideas y ahora se proponga, casi como una panacea, un relevo generacional. ¿Acaso envejecen las ideas? ¿La juventud defiende mejor ciertas ideas? ¿Desde cuándo la experiencia ha dejado de ser un aspecto favorable de las personas? ¿Ha de desperdiciarse el capital político de una persona cuando, hacia los 60 años, está en el apogeo de sus capacidades intelectuales, emocionales y políticas? Se habla del relevo generacional de personas que tienen entre 50 y 60 años como si de quitarse de encima un régimen gerontocrático se tratara… En cualquier caso, ¿esta propuesta de relevo no choca, a su vez, con la elección de Rubalcaba, persona experimentado donde las haya? Sacralizar la juventud es una herencia de la publicidad, de la mercadotecnia; del mismo modo que venerar la ancianidad es bandera de las sociedades ultraconservadoras, véase el caso del “culto a Pujol, al gran avi convergente” que practica CiU. Ya dejó dicho Machado que no todas las canas son venerables, desde luego; pero de ahí a pensar que a la primera que le salga a un  gobernante ha de ir pensando ya en el retiro me parece un despropósito. Consumir líderes al ritmo que se consumen en nuestros días los ha convertido, efectivamente, en un artículo de consumo: agotada la novedad se vuelven enojosos y se convierten en una rémora para el Partido. Considero que el PSC ha de oponerse a esa tendencia suicida que desaprovecha un rico caudal de experiencia: las personas no han de valer por su edad, sino por sus conocimientos, su experiencia, su intuición, su seriedad, su honradez y una larga serie de virtudes que no es necesario enumerar.
         ***Supongo que es una cuestión que sólo un Congreso puede decidir, pero nuestra tradición democrática indica bien a las claras que el Secretario General de un partido es, automáticamente, el candidato a la Presidencia del Gobierno, por lo que la bicefalia –¡de haberla!, porque podría convertirse, esa partición de responsabilidades,  en mera subordinación del candidato electoral a las directrices partidarias, lo que le restaría autoridad política– que se propone no solo no encaja en lo comúnmente aceptado, sino que es una innovación muy peligrosa por lo que acabo de señalar. Con todo, cualquier experimento no tiene sentido hasta que no se ha sometido a la experiencia de su realización. 
*Hoy necesitamos una nueva dirección que conozca bien el partido y su gente, capaz de sumar voluntades y multiplicar esfuerzos, de unir sensibilidades, de comunicar bien, de transmitir esperanza e ilusión, de conjugar el “nosotros” por encima del “yo”, no anteponiendo nunca la ambición personal a la colectiva y con la capacidad de tejer amplias complicidades en los espacios progresistas.
         *Supongo, Miquel, que te das cuenta de que en este párrafo se vierte una crítica indirecta a la actual dirección que, en tu calidad de miembro de la misma, parece autoinhabilitarte para la futura dirección. Si se aspira a todo eso que reseñas, ello supone que no es lo que se tiene ahora mismo, por lo que la responsabilidad de que tales objetivos no se hayan alcanzado no puede encontrarse sino en quienes han gobernado el Partido hasta hoy, desde el último Congreso. Si eres consciente de ello, no me queda sino quitarme el sombrero y mostrarte mi admiración por la valentía política de semejante harakiri. Espero que los miembros del Congreso sepan apreciarlo y confiar en lo que este párrafo tiene de propósito de enmienda.
Una dirección con la voluntad de construir un puente hacia el futuro. Y de hacerlo lo suficientemente ancho y fuerte como para acoger todo lo que somos, todo lo que representamos, y para dejar paso cuando corresponda a quienes hayan de culminar el viaje que comienza en el 12º Congreso. Un Congreso de cambios, que abre un período de más cambios todavía.
De cara a preparar el 12º Congreso del PSC quisiera compartir con todos y cada uno de los y las militantes del PSC las convicciones, el diagnóstico, los objetivos y la hoja de ruta esbozados en este documento.

martes, 2 de enero de 2018

Apostillas al documento presentado por Iceta al Duodécimo Congreso del psC. VII


Séptima entrega desde la base a la que se apela, hipócritamente, desde la cúspide jerárquica..., ¡ay, tan alejada!

El test sobre la viabilidad de este nuevo pacto será el acuerdo entre el PSC y el PSOE sobre el nuevo horizonte federal de España que tiene que servir también para *actualizar la relación entre los dos partidos, asumiendo la expresión de la opinión y el voto diferenciados del socialismo catalán en el marco de un grupo parlamentario federal de todos los socialistas en el Congreso de los Diputados en aquellas cuestiones de importancia transcendental para Cataluña que no hayan podido ser acordadas previamente. Es **el modelo practicado con éxito en el Bundestag de la República Federal Alemana entre la CDU y la CSU. Nuestra vocación permanente es la de llegar a acuerdos, pero para los federalistas la voluntad de acuerdo no puede ser nunca entendida como aceptación de imposiciones.
         *¿De verdad se cree en la dirección del PSC-psoe que sus votantes “vivimos” la tensión de la doble pertenencia al socialismo a nivel organizativo? Desde fuera, aunque sea un fuera, como se ve por mis comentarios, tan cercanísimo, eso forma parte de un debate artificial que sólo alimenta el otro falso debate que tanto parece afectar a una dirección acomplejada frente a la manida estrategia del nacionalismo: las tópicas acusaciones de la “obediencia española” del PSC. Y lo que no puede ocurrir jamás de los jamases es que el adversario político marque las reglas del juego e incluso sus contenidos. Si después de haber tenido a un campeón del nacionalismo como Montilla (desafección por medio) amenazando al gobierno central a diestro y siniestro, aún CiU puede esgrimir, con beneficios electorales, la acusación de “obediencia española” es que hay un conflicto de fondo que se ha de resolver, y ello tiene que ver con las reflexiones que he dejado consignadas en párrafos anteriores.
         ** Me choca, sinceramente, que se ponga como ejemplo de organización un partido tan derechista como los alemanes citados. En mi imaginario político la “Baviera de Strauss” era lo más parecido al franquismo o al folclorismo político de la “Galicia de Fraga”; modelos que en modo alguno pueden tomarse como referente.
Mejorar nuestra conexión con la sociedad
Aun siendo difíciles las tareas antes señaladas, no agotan ni de lejos el trabajo que tenemos por delante. Tenemos que reaccionar también a los evidentes problemas de conexión del PSC con la sociedad, de haber reducido demasiado a menudo la acción política a la pura gestión de políticas públicas desarrolladas desde las instituciones, a las dificultades de traducir en acción y compromiso político una coincidencia social mayoritaria con los valores que queremos representar, recogidos en la Declaración de principios del partido aprobada por unanimidad en nuestro 11º Congreso celebrado en 2008.
El PSC tiene que recuperar su capacidad de agregación, *hace falta que vuelva a convertirse en referencia de una mayoría social progresista, capaz de representar a los trabajadores, a las clases populares y a los ciudadanos que comparten las ideas de progreso. El PSC ha de reencontrar su vocación de laboratorio de ideas, de espacio creativo y acogedor para el debate y la acción política, *rehaciendo desde abajo hasta arriba su conexión con la ciudadanía, con los exponentes más creativos y dinámicos de nuestra sociedad.
*He aquí dos ejemplos “de manual” de la vaciedad conceptual que ya he señalado con anterioridad y que aquí vuelve a repetirse. No sólo se trata de la reiteración de un concepto polémico donde los haya “progresista/progreso” sobre el que podría celebrarse un congreso monográfico, sino de la confusión entre lo posible y lo deseable: “hace falta”, “ha de reencontrar”, “rehaciendo su conexión con la ciudadanía”… Fórmulas retóricas que sirven para rellenar párrafos y para alejarse, con ellos, completamente de la realidad. Ya lo comenté con anterioridad, pero esos “exponentes creativos y dinámicos” en modo alguno querrán participar en una estructura organizativa tan jerarquizada y burocratizada como actualmente lo es cualquier partido político, en los que la democracia interna y el debate casi brillan por su ausencia. La famosa “disciplina” de partido ¿no debería sustituirse, al menos en parte, por la conciencia política de cada representante, que habría de ser libre de poder votar según sus convicciones, coincida o no con la posición del Partido, al modo como se hace en Inglaterra y Usamérica, por ejemplo? Obiols, hace años, ya quería acercar el Partido a modos de organización más flexibles, de ahí la incorporación de las primarias, pero nos hemos quedado a medio camino y se ha pensado que lo más efectivo, electoralmente, era la imagen de fortaleza y de seriedad, de las que Montilla sería el mejor ejemplo, pero la sociedad a la que se les proponen esos valores es muy distinta de la surgida tras el franquismo. La vida de Partido, lejos del contacto con las realidades del día a día, le ha llevado a divorciarse de esos sectores a los que ahora propones, Miquel, que el Partido se acerque. Para ello, sin duda, es el Partido el que ha de cambiar, ¡y mucho!, si quiere conseguir ese objetivo que me parece encomiable.
Tenemos que recuperar el impulso fundacional, la vocación de suma, la generosidad y *la apertura que hagan nuevamente atractiva la pertenencia al partido, una militancia ilusionante y eficaz, con la flexibilidad suficiente para que todo el que quiera aportar sus ideas, su tiempo y su esfuerzo pueda hacerlo desde la libertad *y con la confianza en que su aportación será reconocida. Hay que mejorar los mecanismos de información, comunicación y debate para hacerlo posible, también a través de la utilización creativa de las nuevas tecnologías.
         *Estoy totalmente de acuerdo con esos objetivos, y sobre ellos ya me explayé en las reflexiones que te envié antes de que me hicieras llegar estas tuyas. Para ello, no obstante, mucho habrán de cambiar las estructuras del Partido y, sobre todo, el fuerte espíritu militar jerárquico que ha sido característico de los partidos de izquierda desde la lejana fundación de los primeros partidos socialistas europeos. No estamos acostumbrados a la discrepancia y al respeto que se debe a quienes sostienen postulados distintos dentro de un mismo campo ideológico. De lo que se trata es de que “la última palabra” no sea la de la autoridad, sino la de la persuasión de la mejor argumentación y la mayor proximidad a lo real y a lo factible.
*Para los socialistas es vital volver a conectar con nuestra base tradicional, pero también establecer nuevos vínculos con las nuevas generaciones y con los sectores más emprendedores e innovadores, resolviendo las tensiones entre aquellos que ven la globalización como una oportunidad, y los que la temen y se resisten al progreso, **siendo conscientes de que no es fácil construir identidades y lealtades fijas en un mundo tan cambiante. Necesitamos forjar una alternativa a la hegemonía liberal-conservadora también para evitar que los miedos y las incertidumbres creadas por la crisis sean aprovechadas por populismos demagógicos de tipo identitario y/o de ultraderecha.
         *Es evidente que un suelo electoral de un 20% del electorado permite hablar de “nuestra base tradicional”, pero de lo que se trata es de analizar la erosión que ese suelo electoral ha sufrido a lo largo de las elecciones, porque de ese análisis surgirá el perfil más próximo a lo que se puede considerar como “base tradicional”. El mayor engaño en el que se pueda caer a la hora de plantear ese análisis es creer que todos los miembros de esa “base” son clónicos, es decir, identificados con una u otra de las famosas dos almas del Partido, por ejemplo. La gran variedad de matices que pueden encontrarse entre los votantes del Partido aconsejan replantear la “solidez” de esa expresión: “nuestra base tradicional”, sobre todo porque líneas más adelante se halla una afirmación que invita a reconsiderar la seguridad de esta afirmación. Sí, es tiempo de revisar incluso lo que se cree más firme y seguro
         **No es fácil, en efecto, pero no deja de ser cierto también que nuestra democracia se ha construido en torno a esas dos lealtades básicas, al PP y al PSOE,  que funcionaron como pilares del nuevo edificio democrático tras la larga dictadura, de ahí el hundimiento del PC , por ejemplo y la absorción de la extrema derecha por el PP. La lealtad en el caso del PSC se cruza con la reivindicación nacional y complica enormemente la situación, tanto como para pensar que haya dos lealtades, una para las generales y otra para las autonómicas, un bucle difícil de resolver, sobre todo  con el desenfoque emocional con que se acostumbra a considerar. La lucidez de tu afirmación, Miquel, choca con buena parte del texto en el que se obvia ésta, como si se tratase de un comentario anecdótico en vez de uno de los ejes fundamentales del proceso de reflexión que ha de producirse en el próximo congreso. Si el gran problema contemporáneo es la indeterminación del sujeto, el proceso de deconstrucción que ha sufrido el concepto del yo y la casi imposibilidad de la identidad como un firme asidero en tiempos de perplejidad y desconcierto, ¿cómo es posible que se salude con tanta ingenuidad conceptual la identidad de todo un pueblo y se haga de ello bandera? Sólo desde la proximidad al pensamiento mágico pueden defenderse posiciones así, la verdad.
El malestar social causado por la crisis ha puesto en evidencia un descontento profundo con la política y la conciencia creciente de los estragos causados por la economía del mercado global. *Una profunda regeneración de la política y la interlocución con sectores críticos con el actual modelo socioeconómico son imprescindibles para volver a conectar con amplios sectores sociales. Una conexión con la sociedad que también tiene que mejorar a través de **la presencia en las redes sociales y la práctica de una verdadera política 2.0.
         *Más buenas intenciones y tópicas palabras para un mensaje que puede sostenerse desde todas las posiciones del arco parlamentario. Lo conveniente es detallar esa regeneración y hacer de ella bandera, como el urgentísimo de las listas abiertas o la circunscripción única para las elecciones generales: si todos los diputados representan al pueblo español, ¿por qué han de sufrir los votantes la restricción geográfica a la hora de votar? Los parlamentarios han de trabajar por los intereses generales de los ciudadanos del país, no cada uno por los de esta o aquella región o nacionalidad, por lo tanto, es de urgente necesidad que podamos votar a cualquier candidato de cualquier candidatura de todo el país. La tendencia “controladora” de los partidos, su segunda naturaleza, seguro que contemplan una propuesta así como una invitación al caos, pero o nos movemos en esa dirección, la de que los votantes comprueben que algo se mueve, o la distancia entre los votantes y los partidos se volverá insalvable.
         **Lo más actual no quiere decir necesariamente lo más conveniente. No hay que sacralizar nada, porque eso es propio de una actitud no poco “paleta”. Ni el misoneísmo ni el filoneísmo. La red se ha convertido en un espacio privilegiado para explotar la inseguridad ontológica de las personas, que difícilmente se identifican en ella con su nombre propio y sí casi siempre con alias desfiguradores. La presencia en la red es importante, no lo discuto, pero las relaciones humanas requieren el contacto personal, la presencia, las sensaciones, las sinergias, las simpatías, etc. Si algo bueno ha tenido el movimiento 15-M ha sido el redescubrimiento del ágora, de la calle, del diálogo, de la discusión pública, del diálogo socrático… Y esa es la vía en la que se debería perseverar. Las complicidades personales garantizan la lealtad electoral, incluso por encima de las legítimas posiciones ideológicas. En la red apenas hay diálogo, sino intercambio de monólogos y de insultos. Pongo por caso el blog del compañero Joan Ferran. En uno de los posts abogaba por el diálogo con la gente como herramienta fundamental de una concepción de la política más cercana. Mi sorpresa fue comprobar, cuando quise hacer algún comentario al respecto, que el blog no admitía comentarios, es decir, negaba de raíz el diálogo por el que tanto abogaba. Este tipo de contradicciones son las que han de resolverse desde estructuras que, nacidas con rigidez de otros tiempos, han de adaptarse a la flexibilidad de los actuales.
La necesaria renovación de la democracia exige reivindicar la acción política y mejorar los mecanismos de representación y participación democráticas, promoviendo la aprobación de una ley electoral catalana que permita *la elección directa de diputados en distritos uninominales garantizando la proporcionalidad del sistema, erradicando la corrupción y todo abuso de poder, y promoviendo mecanismos de rendimiento de cuentas de los cargos electos.
         *Aquí se produce en cierta manera aquello de las churras y las merinas, porque de una ley electoral no se desprende la erradicación de la corrupción, del abuso del poder y la instauración de controles de los cargos electos, que están sometidos al imperio de la ley, al tribunal de cuentas, etc. A ver si ahora vamos a pasar del inmovilismo total al fetichismo de cualquier movimiento como si solo de uno de ellos dependiera la renovación de nuestra democracia. Estúdiense bien las cosas, escójanse las opciones que le dan mayor poder de decisión a los ciudadanos y reajusten los partidos sus estructuras en función de esa cesión de poder, que es lo procedente. Y lo decisivo, por supuesto, la transferencia de poder “real” a los ciudadanos, no un simple simulacro que conseguiría el efecto contrario del deseado: ampliar el abismo entre representantes y no-representados.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Apostillas al documento presentado por Iceta al Duodécimo Congreso del psC. VI


Sexta entrega: Crónica del fracaso "nacional" anunciado del socialismo catalán... 

La necesidad de renovar el proyecto nacional del socialismo catalán
Ciertamente tenemos los mismos retos que toda la izquierda europea. Pero nuestro combate se desarrolla en una nación concreta, Catalunya, que comparte *con el resto de pueblos de España un mismo Estado, **que no reconoce todavía plenamente su plurinacionalidad, pluriculturalidad y plurilingüismo, que no es todavía plenamente el Estado Federal que deseamos.
         *Ya he señalado con anterioridad que los españoles no se ven a sí mismos organizados en “pueblos” al modo político como en esta ponencia se usa y cuya raíz romántica tan lejos está de la ciudadanía constitucional que representa la votación de la Constitución de 1978. Por este camino conceptual se acortan tanto las diferencias ideológicas con el nacionalismo que el PSC se vuelve masa indiferenciada, al integrarse en ese discurso emocional.
         **Sí que lo reconoce. Y reconocer que lo reconoce sería el primer mensaje que marcaría distancia con el discurso exclusivista del nacionalismo. ¿Cómo no va a reconocerse la pluriculturalidad y el plurilingüismo en un país cuyas diferencias culturales y sus cuatro lenguas nos convierten en quizá el país más singular de Europa? Debajo de esa queja, más que juicio, late el afán soberanista, e incluso secesionista, porque lo que se alimenta con ella es el marcar distancias para exagerar los supuestos “fets diferencials” que, “al capdavall” no van más allá de lo anecdótico, de lo folclórico, si no se quiere caer en el joseantonismo de la unidad de destino en lo nacional, lo universal y todos esos absurdos nacionalistas e imperialistas tan del agrado de D’Ors. Reconocer que el Estado reconoce las nacionalidades y proclama que lo específico de España es la pluralidad de costumbres, culturas, lenguas, etc., y que ello es, acaso, su principal riqueza como país, es defender una realidad objetiva, lo cual no implica que no sea perfeccionable, pero lo que un partido socialista no puede hacer es pasarse, acríticamente, al bando nacionalista, so pena de renunciar al socialismo como guía inspiradora de su acción política.
 El proyecto socialista en Catalunya está estrechamente ligado a una concepción radicalmente democrática del autogobierno, que *interpreta el catalanismo político desde una perspectiva progresista, de unidad civil y de cohesión social, y que encuentra en **el federalismo el hilo conductor de un entendimiento fraternal con el resto de los pueblos de España, de Europa y del mundo.
         *Sobre el mito de la “unidad civil” y la “cohesión social” habría mucho que hablar. Tan tópicas expresiones ¿acaso sugieren que yo me he de sentir cohesionado y unido a sujetos indeseables como Millet o como el paniaguado Àngel Colom, como los filomafiosos Prenafeta y Alavedra? ¿Qué suerte de expresión querubínica  es ese canto de la unidad y de la cohesión? ¿Acaso no defiende el socialismo intereses sociales que poco o nada tienen que ver con los de otros colectivos a quienes representan otros partidos, como ha de ser en democracia? ¿A qué vienen los cantos navideños del amor universal? ¡Menuda ingenuidad! El párrafo parece sacado de una película de Capra, pero sin su sabiduría narrativa, claro está. Lo que el socialismo ha de buscar es la defensa de aquellos que menos posibilidad de defenderse tienen frente a quienes detentan poderes capaces de imponerse hasta el extremo de regresar a formas de esclavitud laboral que creíamos superadas, como ocurre con los contratados en las explotaciones agrícolas de la unida y cohesionada Cataluña, por ejemplo, o en los talleres clandestinos de las mafias chinas, por poner otros ejemplos no connotados “nacionalmente”. Tengo para mí que cada vez que oigo esos salmos unitarios lo que se está escondiendo es que la desunión y la falta de cohesión son ya una realidad, y que se manifiesta, por ejemplo, en los altísimos índices de abstención que hay, o en los cada vez más frecuentes choques culturales entre la Administración catalana y quienes quieren ejercer su derecho al uso del castellano, como lengua propia de Cataluña que es, porque negar eso es convertir en “impropia” a la mitad de los habitantes de nuestro país o, como sugirieron los soberanistas, en una “anomalía histórica”, ¡tan cerca, ay, de la “animalía” con la que esos patriotas suelen caracterizar a los otros catalanes!, como es frecuente leer en las publicaciones de esos ámbitos ideológicos.
         **No ignoro el porqué de la contumacia con que se vuelve una y otra vez al mito del federalismo piimaragalliano, que no es otro que la necesidad de autoafirmación simbólica en el establecimiento de la “diferencia”, de la “distancia”, de la “otredad”, como rasgo identitario. ¿Es necesario repetir que el federalismo ya está aquí y que recibe el nombre de España de las Autonomías? ¿Sorprende aún a alguien el hecho de que seamos una monarquía autonomista? La aceptación del diseño constitucional, con todas sus carencias, sus limitaciones y sus incongruencias sería el mejor mensaje que podría llegarles a nuestros votantes. La pereza conceptual nos lleva a veces a inercias que, aun teniendo encomiables tradiciones, han de ser superadas para renovar, para actualizar los mensajes socialistas. El entendimiento fraternal no se produce entre pueblos, sino entre personas. Convendría, pues, usar un preparado de laboratorio para combatir la caspa de los mensajes, que tan poco dice del espíritu innovador de a quien se le cae en ellos.
El pacto constitucional de 1978 fue una meta histórica en el proceso de conciliar el ansia de autogobierno del pueblo catalán y la vertebración de un proyecto español común adecuado a una nación de naciones. Ciertamente el desarrollo del autogobierno de Catalunya y el proceso de reconocimiento de la realidad plurinacional de España han topado con *obstáculos e incomprensiones, entre las que destacan la presión centralizadora y uniformizadora de la derecha española que ha encontrado en algunos sectores progresistas una complicidad o una pasividad descorazonadora. **La hostilidad de la derecha española es también la principal causa del bloqueo a la reforma del Senado, pieza imprescindible en la evolución federal del Estado de las Autonomías, a través de la reforma de la Constitución.
         *Algo errado va el juicio sobre la “presión centralizadora” de una derecha que antes bien ha hecho bandera del autonomismo frente a la Administración Central, sobre todo si está gobernada por el PSOE, como hemos tenido ocasión de comprobar repetidamente en sus insubordinaciones frente a las propuestas y directrices de la Administración Central. El conflicto ha de plantearse, a mi parecer, en otros términos y, sobre todo, ha de hacerse una poderosa autocrítica del modo como se ha entendido esa pluralidad. En cierta manera, es paradójico que se reclame el plurilingüismo en el Estado y que se niegue desde la Administración catalana, que se convierte así en una monstruosa paradoja gobernante: se queja de que no se reconoce lo que ella no está dispuesta a reconocer. Por este camino sólo se llega al ridículo intelectual, aunque, desde según qué perspectivas nacionalistas, se accede a la gloria del más acendrado patriotismo…
         ** ¿Por qué no correr un tupido velo sobre una reforma del Senado que con gobiernos de mayoría absoluta el PSOE siempre se negó a emprender? El maquillaje estético de la Cámara plurilingüe –después de haber renunciado a una pedagogía efectiva sobre la transformación del Estado que suponía el Estado de las Autonomías- no acaba de parecer sino un espectáculo de opereta que va contra el sentido común de un gasto en traductores absurdo entre quienes comparten una misma lengua. ¿Es tarde ya para eso? Para la pedagogía, nunca. Para salvar el Senado, sí. A mí me parece una Cámara absolutamente prescindible, un gasto suntuoso que no se puede permitir un país pequeño, como el nuestro. Se habla en párrafos anteriores de controlar los gastos en salarios de las empresas en dificultades, pero ¿cómo se explica esta política de embudo para los actores políticos de un país sobre el que se cierne la amenaza de la intervención? Ya es tarde para el Senado. Descanse en paz. Es decir, que, ahorrándonos muchos dineros, no notaremos que haya desaparecido.
*El proceso de elaboración del Estatuto de 2006 pretendía superar algunos obstáculos y señalar una nueva etapa en el desarrollo del autogobierno de Cataluña. A pesar de los avances conseguidos de los que el nuevo sistema de financiación constituye una buena prueba, la hostilidad manifiesta del PP a la reforma y la feroz campaña anticatalana por este motivo, han proporcionado argumentos a los sectores que consideran que Catalunya no conseguirá nunca un reconocimiento nacional suficiente ni un nivel adecuado de autogobierno en el marco español. Nosotros, en cambio, consideramos que en un mundo de interdependencias crecientes y de soberanías compartidas, el secesionismo, la independencia, no tiene sentido ni futuro. La Sentencia del Tribunal Constitucional sobre los recursos presentados contra el Estatuto, ley orgánica española acordada entre el Parlament de Catalunya y las Cortes Generales, aprobada por éstas y refrendada mayoritariamente por el pueblo catalán, han supuesto un nuevo varapalo, una causa de malestar generalizado entre amplísimos sectores catalanistas y un nuevo argumento a favor de las tesis soberanistas e independentistas. El editorial conjunto de los diarios catalanes, la manifestación del 10 de julio de 2010 y el proceso de consultas independentistas han sido ejemplos evidentes de la insatisfacción creciente de sectores importantes de la sociedad catalana con respecto al alcance del autogobierno de Catalunya, así como de la percepción de insuficiencia e incluso de injusticia del sistema de financiación y, muy en especial, de un insuficiente reconocimiento de la realidad nacional, cultural y lingüística de Catalunya en el marco español.
         *No es éste el lugar para desarrollar una crítica de las estrategias seguidas por el PSC en su corto camino hacia el hundimiento electoral, de una dimensión como jamás la habíamos conocido en derrotas anteriores. Suele hablar la cursilería política de fines de ciclo, de cambios de época, de cambios de paradigma, e incluso de revoluciones o, como se sostuvo en algún párrafo anterior, de cambio de civilización; pero lo cierto es que hay un desajuste tan grande entre las propuestas políticas y la realidad del pueblo que bien puede hablarse de un divorcio cuyas consecuencias aún no se han evaluado con la mesura y la gravedad que el caso requiere. Me limitaré a decir que hay conceptos que los carga el diablo, y eso le ha pasado al PSC con el tan manido de la “desafección”, que le ha estallado en la cara y se la ha dejado que ya no lo reconoce nadie. Dicho brevemente, se ha jugado con el fuego de los sentimientos, porque “desafección” no es un término neutro, sino muy marcado por el sentimiento, por los “afectos”, y ahí el discurso político pisa un terreno tan resbaladizo que bien puede acabar dando, quien se sube a ellos, un traspiés monumental. No hay más que ver la estrechez mental y la falta de cortesía del Trias culé para darse cuenta de los peligros que encierran ciertos usos verbales. Al final, como por arte de birlibirloque, y como ya te avancé en alguno de mis correos, han sido los ciudadanos los que han sentido desafección hacia el PSC. Entiendo que la impostura política de Montilla, algo así como el sueño de la ignorancia, que no de la razón, haya producido el monstruo político de creer que el espíritu del Timbaler del Bruc de la Catalunya eterna se encarnaba en nuestro hombre de Iznájar; pero la impostura ha durado lo que una agitada legislatura ha dado de sí, y ahí se acaba la historia, o el relato, como dicen los modernos a la violeta como Ramoneda. ¡Cuántos esfuerzos  se gastan en Cataluña para fomentar el rechazo a España! Y pensar que eso no tenga respuesta es algo así como pensar que el desdén con amor se paga. La simplificación de los mensajes es una de las grandes pérdidas del sistema democrático y una de las grandes ganancias de los sistemas autoritarios, de ahí que convenga estar siempre alerta contra la incursión en ese terreno de la demagogia en el que solo se habla a fieles, no a espíritus críticos. Si el gran éxito del Estatut ha sido el cambio en la financiación y la posibilidad de que se den a conocer las famosas balanzas fiscales, ¿habíamos de embarcarnos en tamaña aventura simbólica para lograrlo? ¿Quién que viva en Cataluña no va a defender una financiación más justa, un reparto más equitativo de la riqueza? Se optó por el totum revolutum y nos ha salido todito un revolcón. Que al menos sirva para extraer las lecciones pertinentes.
Es en este contexto que el PSC tiene que ofrecer *una alternativa concreta a los dos polos que parecen monopolizar hoy el debate catalanista: por un lado el independentismo sin matices, y por el otro la ambigüedad oportunista de CiU, empecinada en el “derecho a decidir” y un pacto fiscal de perfiles inconcretos. Nuestra alternativa es la recuperación del espíritu del pacto constitucional a partir de un acuerdo federal, un pacto que desarrolle el potencial federal del Estado de las Autonomías y asegure el carácter plurinacional, pluricultural y plurilingüístico de un Estado español eficiente, entendido como **marco de cooperación federal entre administraciones, garante de los derechos de ciudadanía y de la prestación de servicios públicos de calidad, de la adecuada regulación de los mercados e instrumento para la acción europea e internacional. Este acuerdo federal no debe excluir la posibilidad de acuerdos bilaterales subscritos entre el Estado y la Generalitat ni un pacto fiscal solidario en el proceso de revisión del acuerdo de financiación subscrito en el 2009.
         *La afirmación es sorprendente, porque excluye al PSC como “polo” posible del debate abierto en la sociedad catalana, si éste se organiza a partir de dos posturas como las señaladas, que en modo alguno pueden ser consideradas antagónicas, sino meras fases de un mismo proyecto unitario.
         **Se describe lo que hay y lo que se quisiera que hubiera, la relación bilateral, es decir, que le sea reconocida a Cataluña la categoría de pseudoestado, algo que nada tiene que ver con la soberanía nacional que constata la Constitución del 78 como su propio fundamento. Por otro lado, el pacto fiscal solidario sigue siendo una exigencia que en modo alguno puede combatirse desde las torpes amenazas de “desafección” y otros falaces planteamientos políticos por el estilo, sino con la mejora de los mecanismos de redistribución de los ingresos y una dura negociación sobre los techos de la contribución a lo que antiguamente llamaban los tratadistas el procomún y hogaño el estado del bienestar.
*Si no somos capaces de dar contenido a esta alternativa, movilizando a la mayoría de catalanes que creen que esta opción es la que mejor sirve a los intereses del país, y estableciendo complicidades políticas, sociales y culturales en el resto de España en favor de este nuevo pacto federal, Cataluña parece abocada a una lenta deriva hacia un soberanismo oportunista hegemonizado por CiU.
         *El problema insoluble de este planteamiento, ya reiterado, es el de la incapacidad de reconocer que el estado autonómico es, “de hecho”, nuestro  estado federal, y que reclamar este último no pasa de un problema nominal que no va a encontrar la complicidad en el resto de España porque el país no da para tantos “sentimientos” federales, y menos para un pacto que ya se fraguó en la Constituión del 78. La ansiada bilateralidad, desde nuestra perspectiva catalana, no es sino una reivindicación “encomanada” del independentismo nacionalista. Si España se ha caracterizado como país ha sido por estar siempre preguntándose qué era España, como ocurrió con la generación del 98, cuyos principales representantes era todos, paradójicamente, escritores e intelectuales periféricos. Si el ser de un país ha sido siempre el conflicto de su identidad, ¿cómo puede aspirarse a la realización política de esa unión federal casi imposible? Cuando el sentimiento de diferencia respecto del resto de España domina nuestro pensamiento y nuestras emociones lo honesto es declararse independentista, pero ese paso implica una negación de ese “resto”, negación que, por lo general, suele ir unida al menosprecio prepotente. En el fondo, repensar España no parece que haya de ser una cuestión política, sino meramente intelectual. Que después pueda tener consecuencias políticas, pues ya se verá. Pero aspirar a crear un debate artificial para el que las otras partes no solo no están preparadas, sino que no tienen ninguna necesidad de él, es condenarse a la ambigüedad y al fracaso.

         Desde nuestra perspectiva partidista, el famoso problema de las dos almas del partido solo puede resolverse con la fusión de las mismas, de modo que, no sin cierto orgullo, podamos defender la estricta igualdad de ambas, sin complejos paranacionalistas ningunos. Que ello implica señalar las diferencias con otros territorios es algo obvio. Cuando John dos Passos escribió su libro sobre España: Rocinante vuelve al camino, de lo que más se admiró era de cómo España podía ser un único país con las diferencias tan enormes que había entre sus territorios y sus gentes. Esa unidad en la diferencia ha de ser, pues, una seña de identidad que deberíamos defender frente a los exclusivismos nacionalistas. 

jueves, 28 de diciembre de 2017

Apostillas al documento presentado por Iceta al Duodécimo Congreso del psC. V

Qué curiosa criba de personajes, de entonces acá, ha sufrido el Partido...
Sigamos con la quinta entrega de las apostillas de base al discurso político...

El socialismo democrático tiene que saber *recoger los cambios económicos, sociales y culturales para asimilarlos y poderlos gobernar, revitalizar los valores que nos identifican, innovar radicalmente nuestras propuestas y nuestras formas de organización y actuación, e impulsar, en este nuevo contexto, la justicia social, la igualdad de oportunidades, la defensa de la igual dignidad y **el reconocimiento de la igualdad de derechos de todas las personas.
         *En la coletilla de esta frase: “y poderlos gobernar” se trasluce con asombrosa claridad el espíritu intervencionista y prepotente de quien se siente llamado a organizar la realidad desde una concepción del poder casi absolutista, algo que ya se manifestó en la redacción de la pseudocartamagna catalana, puesto que en todo lo relativo a la nacionalidad catalana se ha optado por actuar políticamente desde el simulacro, desde la ficción, antes que desde la realidad. Trasluce, así mismo, el miedo a la libertad ajena y el desamparo ante lo desconocido y, por ello mismo, temido. Esos cambios, tópicamente adjetivados, con la tríada inexcusable del pseudodiscurso político–económico-social-cultural–, se manifiestan, como ha ocurrido con el 15-M, al margen de la capacidad de los partidos para “asimilarlos y poderlos gobernar”, y a la que sospechan esa intención, salen por piernas de la cercanía de los partidos que se les acerquen. Otro tanto ocurre con movimientos como los antidesahucio, los ecologistas, etc.
         **Las coletillas de relleno tienen eso, que aumentan el volumen del mensaje, pero ya se incurre en la redundancia ya en el sinsentido, cada vez que nuestras buenas intenciones no nos dejan percatarnos del alcance exacto de lo afirmado. Que todos seamos iguales ante la ley es algo recogido en la Constitución, y que no necesita mayores impulsos. Que todos los derechos sean exactamente iguales es una afirmación arriesgada, porque parece que la frase dé pie a iniciar una competencia entre derechos que no tiene ningún sentido, excepto que lo que se quiera afirmar es que todos somos iguales porque todos tenemos derechos y esos derechos son iguales entre sí, algo, como ya decía, discutible, y más en estos tiempos de plena expansión de derechos y drástica restricción de deberes. Poner en pie de igualdad derechos como el que garantiza la propiedad privada y el inejercible del de la vivienda digna, por ejemplo, suena casi a sarcasmo. ¿No se trataría, antes bien, de garantizar que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos reconocidos en las leyes?
Para conseguirlo hay que atacar frontalmente la carencia mayor y más urgente que tenemos: la necesidad de renovar profundamente nuestros planteamientos en materia de política económica y fiscal. La provisión universal de servicios públicos de calidad, la reducción de las desigualdades sociales y los desequilibrios territoriales, el ofrecimiento de oportunidades a todos y la erradicación de la pobreza no dependen sólo de mecanismos de transferencia de renta desde las “clases acomodadas” a los “perdedores” de las grandes transformaciones económicas, pero es evidente que en el centro de nuestra reflexión económica habrá que situar una profunda reforma fiscal. *La prioridad es también incorporar a los sectores más débiles de la sociedad en unas mejores condiciones a una economía que tiene que crecer de forma sostenible. Así, la inclusión social tiene que ir vinculada a una política de modernización, competitividad y crecimiento económico, en la que el capital humano, la formación, la investigación y la innovación tengan un papel central.
         *Es admirable el repertorio de buenas intenciones que se puede desplegar cuando de lo que se trata es de “quedar bien” políticamente, de decir lo correcto, lo que se espera y aun lo que se desea que ocurra, independientemente de que tengo poco, algo o nada que ve con la realidad. Afirmaciones como “que tiene que crecer de forma sostenible”, cuando ese crecimiento depende de la acción de terceros a los que, por otro lado, no se les dan los instrumentos legales necesarios para crear empleo, suena a mensaje vacío, pero congruente con los principios ideológicos, aunque incongruente con la realidad. Vincular la inclusión social a políticas como las reseñadas es un contrasentido casi absoluto, porque los sectores más débiles son precisamente aquellos que nada tienen que ver ni con la formación ni con la investigación ni con la innovación. Se trata, por lo tanto, de idear otros planes de inclusión que pasen, en efecto, por la formación, a niveles básicos, y la reorganización del mapa del trabajo en España, acentuando la necesidad imperiosa de la movilidad laboral, por ejemplo.
Avanzar hacia un nuevo paradigma de política económica implica también *un nuevo conjunto de regulaciones e incentivos a la inversión y a la producción, que contribuyan más a **una prosperidad sostenida al alcance de todos. En este momento la renovación ecológica de los patrones de producción y de consumo es inevitable, y eso tiene que proporcionar  también un gran impulso al crecimiento económico. Tenemos que saber maximizar la prosperidad satisfaciendo los criterios de sostenibilidad ecológica y social. Y para ello hacen falta ajustes y reformas para recuperar la competitividad y garantizar el mantenimiento y consolidación de los avances sociales conseguidos. ***Unas reformas que pasan por el acuerdo social y también por la introducción de mecanismos de cogestión en las empresas, que promuevan la participación efectiva de los trabajadores y sus organizaciones representativas en los órganos de dirección empresarial.
         *Así unidos, los conceptos “regulación” e “incentivos”, el mensaje que le llega al emprendedor es la decantación socialista hacia el primero: el intervencionismo; asegurarse un control exhaustivo de la vida empresarial que, al final, la acaba asfixiando. Si por algo se caracteriza nuestro país es, precisamente, por la falta de dinamismo de la actividad económica, lo cual en modo alguno implica que no haya de ejercerse un control sobre las actividades económicas, todo lo contrario. Pero cuando las regulaciones se vuelven más un factor de disuasión de emprender un negocio que de protección del consumidor o del medio ambiente, ¿de dónde saldrá la riqueza que se quiere repartir?
         ** La “prosperidad al alcance de todos” es, de nuevo, una ingenua petición de principio, porque ¿cómo es posible dar por supuesta la prosperidad si ciertas regulaciones disuasorias la hacen imposible? Por otro lado, la simplicidad de que esa prosperidad esté “al alcance de todos”, como si nuestra participación en ella no dependiera de nuestro esfuerzo individual, ¿qué quiere decir exactamente? ¿Que somos hijos del estado paternalista que velará por nosotros, cubriendo nuestras necesidades pero controlando nuestras vidas?
         *** Hay mantras que se repiten como si tuvieran un poder incuestionable. Entre ellos está el del “acuerdo social”. Es obvio que la políticas basadas en acuerdos de los actores sociales son siempre las mejores, pero no es menos cierto que no siempre se consiguen. Ahí está el último desacuerdo entre sindicatos y patronal sobre la negociación colectiva para atestiguarlo. Que la actividad sindical sea de “cogestión” de las empresas no deja de ser un ideal, pero para que eso suceda así primero han de darse algunos cambios de mentalidad que aún no se han producido. La idea de que la empresa es del dueño y de que yo sólo he de defender mis intereses como trabajador me parece una de las principales rémoras de nuestro país. ¡Ojalá pudiera llegarse a la cogestión! Para ello han de cambiar no poco las mentalidades de los sindicatos y de los patronos.
*Pero las reformas no pueden ser sólo locales, tienen que ser globales. Por este motivo hay que reivindicar al mismo tiempo una Europa federal capaz de defender el modelo social europeo y de impulsar una verdadera gobernanza económica común, y una nueva regulación de los mercados globales para asegurar que la economía esté al servicio de las personas y de las sociedades.
         * Con todos mis respetos: bla, bla, bla…, más una apostilla: ¿De verdad que la economía no está también al servicio de las personas y las sociedades? Pensar en términos dicotómicos: economía por un lado y personas y sociedad por otros, revela un pensamiento casi primitivo, a fuerza de simplificación demagógica. Se precisan análisis más finos que revelen las contradicciones reales de nuestras sociedades, no lemas de rebotica agitadora que apestan a naftalina.
Hay que situar en el centro de nuestra reflexión y de nuestra acción cuestiones como, entre otras, *Renta Básica de Ciudadanía, la fiscalidad ecológica, la introducción de **tasas sobre las transacciones financieras, la limitación de los beneficios empresariales cuando se produzcan ajustes de plantillas o deslocalizaciones, ***la limitación de las retribuciones de los directivos que tienen que estar también fuertemente condicionadas por la marcha de la empresa, la introducción de cláusulas sociales y ecológicas en los acuerdos internacionales de libre comercio, la lucha contra el fraude fiscal,**** la introducción de mecanismos de garantía hipotecaria que preserven la vivienda de residencia habitual, la recuperación y revisión del impuesto sobre el patrimonio, una regulación estatal del impuesto de sucesiones para evitar una competencia fiscal a la baja, la eliminación de los paraísos fiscales o la penalización de los movimientos especulativos.
         *Esto suena al viejo adagio de comenzar la casa por el tejado, lo que priva a propuestas semejantes de cualquier viso de verosimilitud. ¿No resulta más oportuno sugerir cómo y dónde se va a crear la riqueza que permita esa “Renta básica de ciudadanía”? Damos por supuesto que el estado del bienestar es el de la redistribución de la riqueza, pero ¿qué ocurre cuando esa riqueza no es sino un arsenal de deudas que nos tiene agarrados por el cuello, hipotecados de por vida? La magnanimidad rumbosa de los buenos sentimientos tiene mucho que ver con un ancestral discurso español de oposición al trabajo que nos ha llevado a no considerar éste como un valor sólido de nuestras costumbres, quizás por las excesivas injusticias que comporta, entre las cuales los misérrimos sueldos no son con mucho la peor. A guisa de ejemplo expongo el caso del anuncio de las loterías de la Generalitat: un  despertador chafado. ¿Dónde queda el proverbial amor al trabajo y a la “feina ben feta” de los catalanes? Arrumbado como una reliquia ante ese menosprecio godo del ganarse la vida con el propio esfuerzo.
         ** ¿Tasas sobre transacciones financieras que se convierten en aumentos de los costes que gravan el consumo y que acaban pagando, en buena lógica, los usuarios de la banca, como un impuesto mediante intermediario? ¿Acaso no somos todos, en mayor y menor medida usuarios de ella?
         ***Extraña sobremanera esa obsesión por limitar el sueldo de quienes libremente contratan una remuneración y la ausencia radical del mismo cuando de lo que se trata es de los sueldos de los políticos, que gobiernan unas “empresas” endeudadas hasta las cejas y con unas expectativas de beneficios nulas. Abrir ese melón electoral implica llenarse inocentemente de tanta vergüenza que más valdría abstenerse de meterse en la tópica camisa de once varas. El miserable espectáculo de las regalías políticas, los sueldos sobredimensionados, los privilegios, etc., sí que merecen una reflexión y, al modo católico, un examen de conciencia, un impulso de contrición y un propósito de enmienda. No es posible, políticamente, seguir predicando lo contrario de lo que se practica e incluso posicionarse contra usos que, en última instancia, responden a la libertad de contratación y ponen en juego recursos generados en el ámbito privado. Otra cosa es que hablemos de empresas financiadas con dineros públicos, por supuesto.
         **** Es obvio que un informe como el presente no es el lugar idóneo para explayarse en qué consistirían esas garantías; pero no es menos cierto que nadie  firma un contrato hipotecario con la amenaza de una pistola en la sien, aunque es probable que se haya podido abusar de la hipotética ingenuidad de algunos adquirentes, aunque para la firma de los contratos sólo se requiere el consentimiento de los firmantes mayores de edad y el compromiso de cumplir lo pactado en el contrato. ¿No es sospechoso de demagogia que en ningún momento se hable de la irresponsabilidad individual de quienes han querido vivir por encima de sus posibilidades y han firmado lo que objetivamente era un despropósito financiero individual o familiar? Establecer esa garantía me parece un mensaje equivocado que no va en la línea de fomentar la responsabilidad individual, sino en la tristemente tópica de poner parches a situaciones que requieren otros planteamientos. En cualquier caso, es cierto que hay innumerables fórmulas de renegociación de la deuda individual que deben explorarse para evitar desahucios que son expulsiones a la marginalidad y al fracaso vital.