viernes, 22 de septiembre de 2017

El pasado vasco, ¿el futuro de Cataluña?: La casa de mi padre, de Gorka Merchán.


Cine político con resonancias chabrolianas: “La casa de mi padre” o la herida incicatrizable, un estremecedor choque de relatos.


Sigo estremecido aún, tras la tensa contemplación de una película sobre el drama familiar vasco que supuso, y sigue suponiendo, la irrupción del terrorismo como arma política en aquella privilegiada zona geográfica española. Tras la dictadura, todos pensamos que ETA renunciaría a la violencia y se “incorporaría” a la vida política española en igualdad de condiciones con los otros partidos para defender pacíficamente, mediante la palabra, un ideal de independencia al que, por lo que vemos ahora en Cataluña, no le parece fácil encajar la derrota legal que supone ser incapaz de luchar contra un estado de derecho que prácticamente hace imposible la consecución de ese ideal fantasioso, autoritario y criminal, si nos atenemos a la realidad histórica de España en sus más de quinientos años de Historia. Sigo en estado de choque, porque no solo la película, sino el coloquio posterior, con el director, con Gorka Landáburu, víctima del terror, y una estudiosa de la violencia y su traslación cinematográfica compactaron un estado de ánimo y una reflexión que por fuerza le dejan a uno, por insensible que quiera o finja ser, sumido en un dolor sordo, constante y agudo. He visto la película con una doble visión: la de la propia película y la de los tumultos orquestados contra la acción de la ley en defensa de la democracia en Barcelona, frente a un gobierno, el de la Generalidad, que los días 6 y 7 de setiembre se colocaron del otro lado de la ley, en una acción de desafío al estado que ha hallado una justa respuesta en la desarticulación del referéndum ilegal propuesta por el gobierno catalán y en la consiguiente puesta a disposición judicial del nivel no aforado de funcionarios y cargos políticos empeñados en llevar tal referéndum a cabo. No he leído Patria. O, mejor dicho, la he leído indirectamente a través de mi Conjunta. Pero ahí la tengo, en el estante-vestíbulo, no ignorando que mis pocas prisas nacen del seguimiento doloroso que he hecho toda mi vida, a golpe de siniestros titulares, de ese fenómeno a medio camino entre la delincuencia común y la política descerebrada. Sé que se trata de una historia “concreta”; pero haber leído tanto de tantos le deja a uno la falsa sensación de estar “al cabo de la calle”. La película por fuerza tiene mucho que ver con la novela, porque se trata de un enfrentamiento familiar que toma como pretexto el regreso de un empresario amenazado por ETA para acompañar a su hermano, exactivista de la banda, de la que ya ha renegado, en los últimos momentos de su enfermedad terminal. El empresario y su mujer vuelven de Argentina, donde ha vivido casi todos los años de su vida su hija, esta con un fuerte acento argentino que no tienen los padres, lógicamente. Se trata de un estupendo recurso narrativo, de un factor de distanciamiento, para que, con ojos externos, exentos de la contaminación de las pasiones que afectan al resto de personajes, veamos la índole peculiar de un conflicto que rompe familias en enfrentamientos que pueden llegar incluso a desear la desaparición del miembro de la familia que no se aviene a comulgar con el ideal patriótico que domina la vida cotidiana con un poder de coerción que Haneke plasmó a la perfección en La cinta blanca, una radiografía exquisita de la genealogía del nacionalismo autoritario (si es que hay alguno que no lo sea…).El hijo del hermano enfermo es militante de la kale borroka y está a un paso de empuñar la pistola para proseguir ese camino que lleva de la ikastola a la kale borroca y a las pistolas y las bombas. El encargo del hermano enfermo es que lo aparte de ese camino. Las tensiones entre la mujer del empresario, la cuñada viuda, que pretende “seducir” para la causa a la sobrina llegada del más allá del océano y alguna historia paralela, como la del periodista que renuncia a los escoltas para no “perder” su vida, que sigue haciendo con total heroísmo día tras día hasta que es asesinado con el famoso “tiro en la nuca”, o la propia historia amorosa entre los primos, el “preetarra” y la “argentina” sirven para describir, a grandes rasgos, una vida social en un pequeño pueblo costero no identificado, aunque fue rodada en Hernani, Fuenterrabía, Rentería y Tolosa, en la que, por mor de la narración, se concentran unos personajes y unos actos que se ajustan a la intención expositiva del relato, aunque choque, a simple vista, la libertad de acción de los terroristas. Queda claro que el empresario que vuelve renuncia a que le asignen la escolta que le ofrecen, lo que lo deja expuesto a que sea asesinado, como su compañero periodista. Esa “tensión” de la amenaza constante es una presencia fílmica de primer orden que, sin llegar al Mcguffin del maestro, nos tiene atados a la silla y sospechando de cualquier sombra. Estamos ante una película que sin los actores y actrices que tiene podría haber sido un bodrio espantoso. Pero la labor de los cinco principales: Gómez, Suárez, Echegui, Angulo y un excepcional Juan José Ballesta, que me recordó enormemente la actuación de otro gudari, Óscar Jaenada, en Todos estamos invitados, de Gutiérrez Aragón, una película que, para más casualidad, se estrenó el mismo año que la presente y con la que guarda no pocas similitudes, sobre todo por lo que al posicionamiento crítico frente al terror se refiere. Landáburu destaca de aquellos años de plomo algo en lo que no he dejado de pensar obsesivamente desde que empaticé con las víctimas: el silencio espeso y viscoso que se cierne sobre toda una comunidad; un silencio cómplice; un silencio Albal que todo lo envuelve y casi adecenta: si no se habla de ello, no existe. Si existe y no te toca, cojonudo… Ver La casa de mi padre no es fácil, sin que a uno se le dispare la vena vengativa, el odio que alienta a la parte filoterrorista de la población que, como en el caso de la cuñada, se siente agraviada por haber padecido el abuso de la autoridad y cree, en estremecedora respuesta que “hay motivos por los que es necesario dar la vida”, opuesta a la convicción de la sobrina de que ningún motivo justifica matar a nadie. Estamos, pues, ante dos concepciones de esas que se llaman “diametralmente opuestas”, porque se trata de un enfrentamiento, de posiciones que no se está dispuesto a reconsiderar ni por un momento. Que, además, anden de por medio, las rencillas de la vida cotidiana, las pequeñas historias de los rencores, los agravios o los desencuentros de una vida en una pequeña localidad, otorga a la película ese aire chabroliano que menciono en el título, un espacio reducido en el que las pasiones parecen dispararse en relación con la opresión del medio. La película, teniendo en cuenta la fortísima carga ideológica que hay en ella, no se ve con los ojos críticos habituales. Fluye, por así decirlo, con una caligrafía transparente que permite seguir la historia con agilidad y una buena planificación de los momentos esenciales que forman parte de la historia. Hay encuadres y secuencias muy conseguidas, pero la sensación de vida conseguida es de tal naturaleza que vamos más allá del concepto de documental y entramos directamente en “la vida misma” representada ante nuestros ojos atónicos con un extraordinario convencimiento que va mucho más allá de la lectura simbólica que admite y del uso discriminado de las señas de identidad. Insisto, la situación golpista que vivimos en Cataluña me ha hecho ver la película con un ojo puesto en la historia que cuenta y con el otro en las noticias alarmantes de los tumultos callejeros que intentan hacer triunfar un golpe de estado que en modo alguno puede ni debe triunfar. Me ha parecido una película valiente, desacomplejada, efectiva argumentalmente y con la virtud de poner las cartas sobre la mesa para que los espectadores lleguemos a nuestras propias conclusiones. El director se quejaba del silencio que halló como respuesta a su propuesta; la indiferencia de quienes, imagino, hubieran querido que “machacara” hasta el aniquilamiento a esta o a aquella parte, en función de las ideas que cada cual defiende. Lo que no sea “hacer sangre”, en este país tan apasionado, ya sabemos que no se estila y que se tacha de “equidistante”, sino de “complaciente” con el terror, por ejemplo. En fin, a mí me parece una película muy interesante y positiva, que toma partido por la vida e incluso, en el futuro inmediato, por el amor, como se manifiesta en la caricia con que se separan los dos jóvenes enamorados a los que separa la trinchera del odio…Hay que verla, de verdad. Por la verdad.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La "fallida" secesionista...



Un conflicto entre la democracia española y el totalitarismo del Movimiento Nacional catalán

Vivimos ahora mismo un curioso tiempo de interregno parlamentario que coincide con el apogeo del movimiento totalitario que aspira a instaurar una dictadura nacionalista de pensamiento único en Cataluña, tierra plural donde las haya, aunque sometida a una dictadura mediática de lo políticamente correcto que, a lo largo de casi 30 años de ocupación del poder, ha sido hecho coincidir con las aspiraciones identitarias de carácter xenófobo que avergüenzan a cualquiera que comparta mínimamente los rudimentos de la democracia tal y como se entiende en la propia España constitucional y en  los países de nuestro entorno. Desde hace ya cinco años la escalada secesionista ha ido preparando un asalto al Estado que, a mi modo de ver, ha hecho perder a sus impulsores el sentido de la realidad, porque andan, esos activistas a sueldo de los presupuestos públicos -los dineros de todos-, confiados en su famoso "ara sí" que acabará seguramente en un buen puñado de oraciones ante las aras de los templos pidiendo que llegue esa independencia que de estar "a tocar" se convertirá en un cometa como el Haley, de espaciadísimas apariciones ante los ojos de los terrícolas. Tras el bochornoso espectáculo vivido en el Parlamento catalán por parte de una mayoría de escaños que no refleja, paradójicamente, la minoría de votos a la que representan -gracias a la ley electoral española a la que se acogen de mil amores, porque una ley propia (Cataluña es la única comunidad autónoma del estado español que no tiene ley electoral propia, como es bien sabido...) les dejaría sin esa mayoría de la que tanto se ufanan-, esa mayoría parlamentaria ha decidido cerrar a cal y canto el Parlamento a la espera de lo que ocurra el pregonado 1O en el que habrá, al decir de los secesionistas totalitarios, un supuesto choque de legalidades, y, al decir de los constitucionalistas, la prohibición de ese intento de referéndum que incumple todos los requisitos que, para ser considerado como tal, establecen los más reputados organismos internacionales, como la Comisión de Venecia, por ejemplo. Así pues, y a pesar de que las leyes españolas están más que vigentes, y con arreglo a ellas se juzgará a quienes las están violando y ultrajando, los golpistas secesionistas creen que vivimos en la legalidad de una ley de Transitoriedad que nos llevaría a los catalanes, con un puñado de síes que surjan en esas urnas de cuya presencia en los colegios electorales aún se duda con bastante credibilidad, nada menos que a establecer de facto e ipso facto una República Catalana.  Esta situación reverdece en la memoria aquel interregno que significó la Guerra Civil en los pueblos de Aragón en los que los anarquistas establecieron su ideal de la sociedad sin estado, algo que reflejó, para vergüenza fílmica ajena, Ken Loach en Tierra y libertad, en la que las discusiones de los anarcosindicalistas, tan sonrojantes, están a la altura de lo que hoy oímos a activistas de la supuesta ultraizquierda, diseminados por un abanico de entidades políticas que más forman un  guirigay que un frente popular. Quiere pues, el gobierno de un Presidente de la Generalidad no escogida por los ciudadanos en las urnas, que nos sintamos cómodos en este interregno autoritario y delictivo, porque va a ser, nos dicen, el trampolín para la DUI y la convocatoria de las futuras elecciones constituyentes de la nueva república. Como se advierte, por la descripción, nos movemos en la política-ficción vendida con la garantía de hecho consumado, y ahí es cuando comienzan a suscitarse todo tipo de interrogantes acerca de la viabilidad de este tercer conato, desde 1934, de proclamación de una república independiente catalana en España. La imprudencia y el populismo de honda raigambre fascista de los dirigentes que nos han puesto en esta situación es posible que se traduzca en un apartamiento judicial de la vida política de esos dirigentes y que todo acabe en la convocatoria de unas nuevas elecciones autonómicas a las que ninguno de ellos, probablemente inhabilitados, se podrá presentar. El gobierno hará bien en garantizar, sobre todo, el orden público, cuya degradación fue causa de tantos males en la Segunda República, al decir de Payne. Y la política de paños calientes seguida por el indolente Presidente del Gobierno Central, Mariano Rajoy, una vergüenza democrática en el poder, por cierto, es probable que solo consiga enconar la situación. Se ha de pasar por ello y se ha de dejar claro que frente a las amenazas golpistas ha de prevalecer la ley, igual para todos. Si el inefable Homs, tan dicharachero antes, tan callado ahora, nos amenazó con el hundimiento de la democracia española si el salía condenado, ¿cómo tomar en serio esas supuestas y bobaliconas amenazas de que "Europa no permitirá que..." tan en boga en boca de delincuentes que han perpetrado un golpe de Estatuto y un golpe de Estado en dos sesiones que han quedado para el archivo de las infamias contra la democracia. Vivimos, pues, tiempos de tensa espera y de cruce de declaraciones, amenazas, juramentos, chulerías, desplantes y ni se sabe cuántas escenificaciones de la impotencia de unos y el temor de los otros a activar el victimismo que condicione negativamente la única salida posible: las elecciones autonómicas. En fin, que estamos entretenidos, es cierto; pero, a decir verdad, es posible que estuviéramos más tranquilos si, además, hubiera, ya, algunos detenidos. 

martes, 5 de septiembre de 2017

El turismo, el rutismo…


La toponimia o el hontanar popular de la lírica. Los nombres del lugar y el lugar de los nombres.


El turismo es una forma de rutismo, no lo olvidemos. La mejora en los medios de transporte a veces nos hace olvidar que el turista es, por definición, “el que se echa a los caminos a la buena de dios”, con indudable afán de descubrir realidades desconocidas, y a veces incluso rutas nunca antes transitadas, aunque esto es más propio de los aventureros, de los que los turistas son bastante menos que el pálido reflejo Curiosamente, en el siglo XXI, a diferencia del XIX, cuando nace, con los viajeros románticos ingleses, no hay turista en nuestros días que no sepa “exactamente” a dónde va. De hecho, el quijotesco salir a los caminos puede considerarse la antítesis del turisteo. No solo se escogen destinos de los que prácticamente se conoce todo de antemano, sino que es frecuente “estudiar” con antelación recorridos y objetos de interés, naturales o artísticos, para “no perderse nada” de aquello que, según sea el destino, se pagará “a precio de oro”. Se quiere reducir al mínimo la posibilidad de los imprevistos y garantizar al máximo el rendimiento de la inversión en conocimiento de países, ciudades, espacios naturales privilegiados, etc. “Conocer” es una palabra cuya polisemia, aplicada al turismo, incluye incluso el antónimo, y de ahí que tantos turistas prefieran el verbo “hacer” al verbo “conocer”: “hemos hecho el Machu Pichu”; “hemos hecho las islas griegas”; “hemos hecho Islandia”, etc. El conocimiento, al menos en la forma tradicional del mismo, se revela como un imposible, en el caso del turismo, como sucede en Corea del Norte, pongamos por caso un extremo, cuyos turistas, ¡que haylos!,  apenas entran en contacto sino con lo que el Régimen -allí sí que puede hablarse del Régimen con toda propiedad secuestrativa, no del del 78 nuestro, como hacen algunos con cierta ligereza… de cascos- decide que entren. Durante muchos años -ahora hace tiempo que me he “retirado” de esas veladas…- viajé intensa  y gratuitamente a través de las amistades que te invitaban a una cena-encerrona de la que no salías sin que te hubieran vaciado el cargador de veinte carros de diapositivas (ahora con las cámaras digitales la proporción debe de ser propia de la física de los grandes números…). ¡Menudo repertorio de asombros léxicos fui capaz de desarrollar en aquellas veladas! ¡Lo que ha contribuido mi afición a la lectura de diccionarios para mantener mis amistades! En mi casa somos de los de decidir “a última hora”, lo cual significa que una semana antes de salir por la puerta sufrimos un par de días locos tratando de “atar” el alojamiento para ir, al menos, con la única seguridad de dormir bajo techado, en vez de vernos obligados a hacerlo bajo capota. No por ser “de última hora” suelen ser nacionales nuestros destinos, sino por la convicción de que España es, sin ningún género de dudas, un país idóneo para el turismo, el rutismo e incluso la aventura. Disponiendo de pocos días, muchas ganas de variar el escenario de cada día y más aún de perdernos por esas carreteras que llevan a lugares insospechados, nuestra ruta nos llevó por Sigüenza, Ávila, Salamanca, Isla Santa Cristina, Olhos de Agua, Córdoba, Ciudad Real, Toledo y Madrid, rompeolas de las Españas -actualmente, para Pedro Sánchez, “rompeolas de las naciones españolas”, que consuena más-, con las derivadas correspondientes, claro está, porque nada más emocionante que la casa museo y la tumba de Juan Ramón en Moguer ni más exótico que la aldea de El Rocío, un pueblo del Far West desde el que nos embarcamos -el camión se movía sobre el terreno de dunas como un barco- en un más que recomendable viaje al corazón de Doñana. Sin embargo, no es mi intención venir a contarle a nadie un viaje sin historia, y mucho menos la historia de un viaje tan vulgar como los millones de ellos que se hacen cada año en todo el mundo. He venido a esta Provincia acogedora a dejar memoria de algo que suele pasarnos desapercibido cuando, sobre todo quien conduce, desvía levemente la atención hacia los infinitos topónimos que cubre nuestra red de carreteras. Los antropónimos constituyen, prácticamente, un conjunto limitado que, para desesperación de sus poseedores se va repitiendo ad náuseam, incluso cuando algunas aportaciones novedosas pretenden marcar una diferencia que se anula enseguida. Sí, hay familias en las que el antropónimo pretende singularizar hasta lo inverosímil, y las frustraciones que eso causará algún día llegarán  a la literatura. La toponimia, sin embargo, es el terreno propio de lo singular. Si hay 34 Springfield que reclaman ser la cuna de los Simpsons, mientras que en España es imposible que haya 28 Moríñigos, pongamos por caso. De siempre he sentido predilección por esas voces toponímicas que constituyen, en la mayoría de los casos, obras cimeras de poetas populares, algo así como un poema de una palabra en la que resuenan mil ecos líricos. Siempre voy más allá de la palabra en sí y trato de remontarme al momento fundacional que hay detrás de ella, un auténtico relato del descubrimiento, de la gracia, de la intuición, de la ficción, incluso. Sé que mi buen amigo, el primum inter clones Juan Poz, siempre le ha dado vueltas a la composición de un relato para el que tiene título, Comarca, y contenido, la historia pasando por ella desde el neolítico hasta el presente, pero para la que nunca ha tenido las palabras exactas ni el estilo elíptico imprescindible, porque se trata -dice el- de un relato de escasas páginas… En fin, allá él. Lo mío es el pasmo continuo del conocimiento nominal de esos topónimos que invitan a ver desengaños de escasas casas y, si hay suerte, espectaculares paisajes envolventes que justifican la elección del lugar. Lugareño siempre me ha parecido una suerte de timbre de gloria terrícola. Siempre he querido ser “lugareño”, pero no tengo más lugar que una playa en Tetuán, la arena blanca y un sol cegador… La toponimia es disciplina que tiene pocos pero fervientes seguidores, y menos lectores, a pesar de que los topónimos vienen a ser algo así como instrumentos indispensables de la Historia general y de la historia minúscula de un territorio. Siempre los he contemplado desde el punto de vista del acto poético, por más que la rudeza o agresividad de algunos invite a renunciar a dicha perspectiva, pero me quedo con los ejemplos que me avalan, antes que con los que me contradicen y que, poco a poco se van corrigiendo, como los “matajudíos” que tanto escándalo han levantado últimamente. Desde Barcelona hasta Ayamonte, me he hartado de descubrir auténticas joyas nominales que, a menudo, de verlas repetidamente en nuestros desplazamientos, pueden perder su indudable potencial poético: Candasnos, Alfajarín, Calatorao, Lodares, Estriégana, Daganzo…, de resonancias tan cervantinas, Galapagar, Fontiveros…, fuente de las verdades, podríamos traducir libérrimamente, donde nació nada menos que Juan de Yepes Álvarez -por poético nombre Juan de la Cruz-, Salvadiós, ¡ahí es nada!, Gimialcón, cercvano al anterior, Aldealengua, donde tendrían que convocarse los congresos internacionales de la lengua española, Rágama, Arapiles…, de bélicas resonancias de la Guerra del francés, Martinamor, Cabezabellosa, Talaván, Alcuéscar…, una muestra de la inacabable lista de topónimos árabes que no desaparecieron de nuestra territorio ni con la fortísima represión religiosa que siguió a la conquista de Granada, Usagre, Bormujos, Bollullos Par del Condado…, que me trajeron enseguida los versos de San Juan: la noche sosegada/ en par de los levantes de la aurora…, ¡y Moguer!, pero sobre Moguer anda el Poz episódico preparando su pinito lírico que no le quiero pisar. En todo caso, no puedo dejar de reseñar una brevísima visita de una tarde a Ciudad Real,  donde nunca había estado. Hablo con escaso o nulo conocimiento, por lo tanto, pero, al margen de llegar en tarde grande con procesión de velas por toda la ciudad camino de la Catedral, nada de cuanto vi concitó mi atención, menos mi sorpresa y nada en absoluto mi admiración, si hacemos excepción de os restos de la antigua Puerta de Toledo que han ubicado en la Plaza de su mismo nombre. Pensé en que el nihilismo y el abatimiento de mi amigo David están más que justificados, y que vivir en Ciudad Real, si la mente vuela tan libre, debe de ser un contraste mortificador de devastadora naturaleza. En fin…

lunes, 7 de agosto de 2017

De Chirico entre 1913 y 1976: El vivaz espíritu de la geometría.

El diálogo misterioso

En Caixafórum de Barcelona, confraternizando armoniosamente con los nativos y los turistas alrededor de De Chirico: un paseo diacrónico.

A De Chirico, como a Modigliani, Juan Gris, Seurat o Rousseau el aduanero hay que quererlos instintivamente, porque sí,  o, si no se conecta con su obra en un afortunado golpe de vista, pasar de ellos y limitarse a apreciar todo aquello que, objetivamente, es digno de aprecio, porque, del mismo modo que no hay libro en el que no pueda hallarse algo bueno, tampoco hay obra pictórica en la que alguna pieza no nos disguste excesivamente. Hay pintores que basan su potencial en la capacidad de persuasión instantánea de su mundo y sus recursos y cuando choca con un espectador refractario a esa realidad, difícil es que a través de una fría indagación en las razones teóricas de la validez de su obra pueda tener el disfrute estético que una obra, como en este caso la de De Chirico, es capaz de deparar. Yo me reconozco ferviente admirador del pintor y, por lo tanto, mi paseo por su exposición me permitió no solo reconocer sus valores universales, sino descubrir, también, otro De Chirico con unas obras casi en las antípodas de la temática que a mi de siempre me ha cautivado: la espiritualización de la geometría y la suma de paisajes, de tiralíneas surrealista y realistas puros y duros en un diálogo entre ellos algo más que curioso. Buena parte del éxito de la exposición -si es que ha sido un éxito, que lo ignoro- puede deberse al ingenioso "paseo" en que se convierte la exhibición, con plaza central incluida. Que muchas pinturas estén como suspendidas en el aire, permitiendo un contacto fluido con el entorno, es todo un acierto. Su autorretato más famoso, porque hay más en la exposición, permite la comparación con otros dos que no conocía, uno disfrazado de personaje barroco y otro desnudo, a medio camino entre Hooper y Lucien Freud. En el retrato de la vejez, el rostro parece encajarse en la estructura craneal, inventando pliegues que otorgan un relieve al desafío perdido de la juventud de la que parece querer burlarse De Chirico. Es apasionante el mundo del autorretrato, y sigo coleccionándolos en un archivo para detenerme alguna tarde en la reflexión sobre ese género tan distinto del de la autobiografía literaria. Los maniquíes, típicos del surrealismo y su animación de lo inerte, forman un nutrido grupo de pinturas -y algunas esculturas- que, a mi entender, no pueden dejar indiferente a ningún espectador sensible, como la Visión metafísica de Nueva York, un poderoso juego especular y una narración simultánea del work in progress de la arquitectura. De Chirico es algo así como el espacio ideal del sueño, el que yo escogería para los míos, si pudiera y no me vinieran dados por esas pulsiones de desconocida genealogía que tantas complicaciones me crea a veces. La simultaneidad de diferentes planos de lo real confiere una vivacidad intensa a lo prodigioso de la escena, porque en De Chirico, como en Magritte -otro de mis pintores preferidos-, el espacio tiene algo de fluido vital, no es un "decorado", ni un marco, ni una tentativa de huida, sino la vida detenida para que pueda ser mejor apreciada y disfrutada. Usualmente son ámbitos crepusculares, los de De Chirico, esa zona del twilight, ambigua, en la que tanto nos ponemos como nos alzamos, cayendo siempre de nuestra parte la selección del momento adecuado para cada escena. Los maniquíes de De Chirico hay no poco de extrañas  naturalezas muertas que apelan al contraste emociona, a la proyección y a la interpretación, más que a la admiración de la mímesis. Ejemplo de ello sería El diálogo misterioso, en el que ambos maniquíes parecen representar la escena de la Academia de Lagado, la capital de Laputa, de Los viajes de Gulliver, en la que los dos personajes van cargados con un saco lleno de todos los enseres que van a necesitar para comunicarse, por ejemplo. El contraste entre los paisajes geométricos y los paisajes románticos estrictos supone una indagación en el diálogo imposible entre el rigor de la ciencia y la pasión del corazón, pero ahí lo deja De Chirico como una propuesta para que el espectador conciba síntesis insólitas. La exposición, muy completa para un autor tan longevo, incluye piezas realistas que nada tienen que ver con ese surrealismo básico desde el que De Chirico construyó lo mejor de su obra. Incluso hay algunos bodegones de escaso mérito, como si le diera pereza competir con los grandes clásicos del género, los flamencos, el español Cotán, el francés Chardin, etc., y se limitara a apuntar ciertas sugerencias que no acaban definiendo un estilo propio, como esa sandía pasada que parece descomponerse a cada nueva visión de la obra: un proceso de "descomposición" que, curiosamente, acaba teniendo un valor descriptivo de los propios bodegones, a los que les faltara esa composición que los acredite como una aportación de mérito en el género. A nivel anecdótico, llama la atención los dos motivos españoles de la exposición, el retrato de una mujer española y un picador sobre un caballo joven y esbelto con una cola flamígera que parece en las antípodas de los jacos con que se suele -o solía- ejecutar esa suerte del toreo. De la exposición, cuyo resumen biográfico final leí con atención, saque una referencia bibliográfica muy curiosa. De Chirico escribió una novela titulada Hebdomeros. un texto que buscaré con ahínco para saber qué grado de competencia adquirió en el dibujo con palabras. La exposición, con un cierto desequilibrio en la selección de obras, lo que da pie a pensar que a ciertos autores la longevidad les es más gravosa que favorable -un juicio del que siempre hemos de exceptuar la figura de Cervantes, está claro-, permite congraciarse con lo mejor de ella y conocer facetas el conocimiento de las cuales tampoco aporta nada a un autor con un sitio bien ganado en la Historia de la pintura.

sábado, 29 de julio de 2017

Hablando no se entiende la gente...


Bueno, enseñanzas...

Anda por la red un texto excepcional de Gustavo Bueno, catedrático emérito y provocador donde los haya, en el que argumenta, con su acostumbrada pasión dialéctica, contra la tesis popular de que "hablando se entiende la gente", y llega a la conclusión contraria: que hablamos, básicamente, para no entendernos, para marcar las distancias entre nosotros consolidando el apego a la posición indestructible, al baluarte inexpugnable de la propia opinión. Se produce entonces el llamado "diálogo de sordos", que es descripción insuperable de cualquier sesión parlamentaria donde, renegando de su origen etimológico y político, “parlar”,  el parlamento cede ante la realidad todopoderosa de los números, porque en nuestro parlamentarismo, tal y como está concebido, bastaría que hubiera en los plenos un solo representante por partido, con la delegación del resto de los votos, puesto que jamás -salvo las excepciones que confirman, etc.- va a infringirse la férrea disciplina de voto que caracteriza nuestro sistema democrático. Así pues, ¿cómo ha de extrañar que la preocupación social por la expresión correcta, el buen uso de los argumentos, la capacidad de persuasión, la voluntad de estilo, etc. prosperen? Es imposible. Está por ver el día en que el portavoz de un partido suba a la tribuna de oradores y diga: después de haberles escuchado atentamente, sus razones nos han convencido y vamos a votar con Vds. la propuesta que han presentado…Una de dos, o se convertía en una anécdota que se repetiría por generaciones, como en la Edad Media los milagros o en nuestros días la sangre de San Genaro (que incluso se licuó al ganar el Nápoles el Scudetto…) o regeneraba de tal modo la vida política que abriría un nuevo tiempo e incluso una nueva concepción del sistema democrático que sería estudiada en el extranjero como lo fue la Transición. La experiencia cotidiana no alienta la segunda posibilidad, porque parece formar parte de nuestro ADN hispánico hablar a gritos y razonar (es un decir) con sofismas y eslóganes, a tenor de las comparecencias públicas de los portacoces de los partidos. ¡Cuánto echo de menos un programa como el de José Luis Balbín, La clave!, ajeno, o casi,  a la dictadura de la limitación horaria y al enojo de la publicidad, aquello sí que era un auténtico culto a la razón. En nuestra edad del Twitter y las consignas, un programa como 59 segundos, por ejemplo, en el que se le cortaba  desconsideradamente al razonante cuando éste intentaba construir su edificio argumental, supone una agresión tan desmesurada contra el amor a la palabra y al razonamiento que no hay manera de soportarlo. ¡Suerte del ensayo y de la ficción! Pero se trata de artes sordas y escasamente transitivas: del autor al lector y ahí muere el eco. Quizás proliferen de aquí a poco las antiguas tertulias de café como tribunas donde los aprendices puedan formarse como lo hicieron tantos intelectuales en aquellas famosas de finales del XIX y el primer tercio del XX:
-        D. Ramón, ¿qué cuesta más, escribir un cuento o una novela?
-        Una novela, dónde va a parar…
-        ¿Por qué?
-        Porque obliga a estar más tiempo en casa…

Los teléfonos móviles y las redes sociales, los cafés virtuales de nuestro tiempo, evidentemente no solo no son lo mismo, sino que constituyen una regresión hacia la edad de oro del orgullo satánico del soliloquio: guasapear, gorjear, feisbuquear… son monólogos ante anfiteatros de sombras . Todos nos quejamos de que nadie nos escucha, de que solo se nos busca como oyentes de mensajes, confidencias, trenos y homilías que nos endilgan inmisericordemente, porque para eso están los amigos, ¿no?  Tiempos siniestros, vivimos, para la comunicación cordial, humana; aunque esplendorosos para la transmisión de mensajes que, por su propia naturaleza, están incapacitados para construir el tópico de que hablando nos entendemos. Si la antigüedad clásica nos avisaba de que “los amigos, pocos y escogidos”, el tribalismo moderno nos exige que sean innumerables y sin discriminación posible. Si el diálogo pudo haber sido hace tiempo un intercambio de razones, hoy en día lo es exclusivamente de los dudosos axiomas de nuestra alienación favorita. Dicho de otra manera, hablando no nos entendemos porque hemos sustituido la lengua viva por su simulacro fosilizado. No es que oigamos como quien oye llover, sino como quien aproxima al oído la caracola y está convencido de escuchar, inequívocamente, el rumor del mar.

martes, 18 de julio de 2017

"DICCIONARIO CRITICO-BURLESCO del que se titula DICCIONARIO RAZONADO MANUAL Para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España", de Bartolomé José Gallardo.




Bartolomé José Gallardo o el afán polemista del XVIII prefigurando el enconado enfrentamiento cainita entre las dos Españas, en aquellos tiempos de Fernando VII, bajo las etiquetas de “liberales” y “absolutistas”.



La aventura galdosiana de Poz es de tal naturaleza -meterse para el cuerpo y el espíritu, seguidos, todos los volúmenes de los Episodios nacionales-, que cuando al paso le surge alguna lectura de esas que enseguida te imantan por lo que prometen, he tenido que tomar la decisión de suplirle y hacerme yo cargo de ellas, para descargarle algo del inmenso placer en el que anda sumido y depararme yo alguno, por estrafalario que parezca. La lectura de diccionarios es, con todo, una afición compartida, no sé si sana, la verdad, a estas alturas de nuestras existencias, pero, al menos yo,  persevero en ella porque difícilmente puede un lector tener mayor sensación de estar descubriendo algo “nuevo” que cuando se sumerge en las entradas, golfos de aguas tranquilas, de ese mar vivo de las palabras. Es el caso de este diccionario de Bartolomé José Gallardo y Blanco (Campanario, Badajoz, 13 de agosto de 1776 – Alcoy, Alicante, 14 de septiembre de 1852), un librepensador que hubo de sufrir en sus carnes la nefasta manía de pensar y de intentar comunicar a sus conciudadanos la primacía de la razón sobre la superstición y de la libertad sobre el absolutismo. Estamos en el primer tercio del siglo XIX, pero este volumen, combativo como ya denuncia el propio título, aún arrastra ecos de las polémicas que atravesaron la segunda mitad del XVIII, cuando de todo, por todo y para todo se publicaban libelos, panfletos y tratados que, sin embargo, se movían en dos espacios muy definidos: la tradición  y el progreso, enunciados quizás demasiado someramente, pero, andando el tiempo, irán revistiéndose de disfraces más reconocibles, como el que en la época de los autores, Gallardo y, al parecer, un canónigo llamado Ayala, estuvo de moda: absolutistas y liberales (o constitucionalistas, de la Pepa). De hecho, Gallardo fue denunciado, llevado a la cárcel  en el Castillo de Santa Catalina, y la edición fue retirada de la circulación. El autor del Diccionario razonado manual se escondía tras dos pseudónimos, Antonio Freire Castrillón y Pastor Pérez, declarados opositores “a las ideas liberales” desde la portada de su panfleto absolutista. Pasados unos meses se revisó el caso y salió absuelto, eso sí. Como réplica al libro del tal clérigo Ayala, Gallardo escoge el método de seleccionar unas cuantas entradas del libro de Ayala y, tras combatirlas con saña, reescribir él lo que desde su punto de vista ha de entenderse por cada uno de esos conceptos que acotan el terreno de lo que han de ser los constantes enfrentamientos civiles que van a vivirse en España desde la llegada de Fernando VII y su enemiga declarada a la Constitución que le arrebataba nada menos que la soberanía nacional, que pasaba de estar representado por el rey a ser representada por todo el pueblo español. Que el enfrentamiento es y será encarnizado, queda claro en el tono de la réplica de Gallardo:  sea cual fuere la causa, del efecto no hay dudar : la guerra tronó. Días ha ya que mi corazón presagió y leal me lo pronosticaba : siempre me temí que, desplumados los aguiluchos de Pirene , tendríamos por lo menos que ponernos careta, cuando no andar a tiros, contra la negra banda de los Cuervos que había de pugnar por sacar los ojos a los que ven claro , para tener el orbe a media luz ó dejarle a buenas noches. La lucha de la luz y las tinieblas había de renacer : lucha terrible y porfiada que apenas deja tal cual respiro a las naciones, y que empezó con el mundo y con él acabará. La radicalidad de las posturas es tal que, de hecho, lo que está en juego es, nada más ni nada menos, que la mismísima libertad de expresión, un derecho pleno del que, entre pitos y flautas, no hemos disfrutado, en toda la extensión del concepto, hasta la Constitución del 78: El diccionarista y sus agavillados no quieren que pensemos ; sino que , digámoslo así, seamos como antes pensados por ellos : ellos quisieran continuar en el alto señorío que se habían arrogado del pensamiento , expidiendo de su mano las licencias de pensar, negándose a reconocérselas a  los que no fueren ángeles de su coro.  Por eso desde el comentario al mismísimo título de la obra que elige como objeto de su crítica y como primera entrada del mismo, Gallardo dispara, como se dice popularmente, con bala: DICCIONARIO RAZONADO, “manual para  inteligencia de ciertos escritores que por  equivocación han nacido en España"— Así se titula el célebre Diccionario, objeto de nuestras lucubraciones. Manual le llama su autor , como quien dice ligero , portátil; o también, que anda de mano en mano , aunque sea como cuenta D. Quijote que andaba el Avellaneda en manos de los diablos. “Para inteligencia de ciertos escritores." Ya: para que lo entiendan los tales escritores, según aquella clausula oficial: se lo comunico a V. para su inteligencia, etc., etc. ¿ No es así? También puede ser por pasiva, estirando algo el sentido. Lo que me parece que va fuera de él es eso de escritores que por equivocación han nacido en España."  Si el Diccionario está escrito para que le entiendan o sean entendidos solos los escritores que por equivocación han nacido en España: así como nuestro Montalván hizo un libro que intitulo Para-todos , nuestro diccionarista podría rotular el suyo Para-ninguno ; porque para nadie está escrito. Nadie se elige el nacer: y donde la elección falta , no cabe equivocación. El hombre no nace donde quiere, sino donde su señora madre le quiere ó le puede parir. Si el nacer estuviera en nuestro arbitrio, pocos nacerían en Guinea , menos nacerían segundones , y casi todos naceríamos mayorazgos. Lo razonado se me quedaba en el tintero. Este tal diccionario se dice razonado ( racionalmente razonando ) por la razón de la sinrazón que a la razón se hace en él a cada renglón, sin razón , ton ni son. Si se lee adecuadamente el texto, descubriremos en él uno de esos conceptos que, andando el tiempo iría transformándose hasta acabar, en la época de la dictadura franquista, convirtiéndose en el de la antiespaña y los antiespañoles, reverdecido hoy, para mayor vergüenza suya, en el actual de los anticatalanes y anticataluña de los secesionistas totalitarios que no parecen haber aprendido nada de la Historia. Siguiendo la política establecida por Lope de Vega sobre cómo había de hablársele al pueblo, Gallardo defiende su expresión llana para ser entendido por todos: De un modo se ha de hablar al Preste-Juan, Y de otro al monaguillo y sacristán; yo he procurado no perder nunca de vista los sujetos a quienes enderezo la plática. Es preciso hablar a cada uno en su lengua ; y porque gastar fililíes y primores de estilo con ciertas gentes vendría a ser lo mismo que a la burra las arracadas , alguna muy rara vez he bajado de mi ordinario tenor, allanándome a su modo de frasear con sus mismas palabras y propios idiotismos. Todo este sacrificio he tenido que hacer en obsequio de la claridad y del mayor aprovechamiento : agradézcanmelo mis discretos lectores , y perdónenmelo ( si pueden ) los de oído melindroso : hablamos para, que nos entiendan; al tonto es menester hablarle en tonto , al sordo o teniente palabras recias, y.. . al buen entendedor pocas palabras. El método, ya digo, consistía en recordar las definiciones de Ayala, las cuales no tardaba en criticar ni desde la propia reproducción de las mismas: CONSTITUCIÓN. Según los filósofos es cierto centón ó taracea de párrafos de Condillac ( y ¿por qué de Condillac nominátim y exclusivamente? ) cosidos con hilo gordo." (El diccionarista no ha podido menos de descubrir la hilaza. ) Tan seguros estamos ( añade ) de que no será de su gusto la que forme el augusto Congreso. Ahí el concepto congreso “augusto” deja bien a las claras dónde radica la soberanía nacional. Veamos otro de esos conceptos políticos propios no solo de aquella época, sino de todas, y que, como conceptos que han pasado de generación en generación, siempre necesitan una crítica generacional: ALTA POLÍTICA. Sinónimo de lo que Bonaparte llama ma politique á moi. En España , desde el tiempo de nuestro político monarca Felipe II , siempre se ha llamado razón de estado , aun en las cosas que no son de razón ni de estado , sino conveniencia propia. No debiera ser sino la suprema ley del bien de la república ( lo que los romanos liberales llamaban salus populi ) : pero en boca de ciertos políticos, la alta política no es más que un comodín para saltar por lo más alto de la razón y la justicia, llevando las leyes do quieran reyes. Y ya puestos, acerquémonos a otro de esos conceptos que incluso hoy en día, en que andamos a vueltas con la gente, qué es la gente y quién la representa mejor,  son capitales: PUEBLO . Por pueblo no se entiende lo que dice el vocabulero , porque... , porque no se entiende , ni se puede entender lo que dice. Que me explique sino el más ladino qué entiende por este montón de palabras: “Pueblo es la colección de figuras ó muñecones que traen los titiriteros, según los filósofos.'' Hagamos de nuevo este artículo historiándole, para que sea menos desabrido. Allá en los tiempos del rey que rabió, cuando diz que los hombres no eran todos unos, sino que unos tenían la sangre roja y otros tenían la sangre azul, unos parece que eran hijos de Dios y otros eran hijos del Diablo; y en suma allá cuando había en el mundo Señores que se decían de horca y cuchillo, y Reyes que eran señores de vidas y haciendas : en aquellos tiempos , digo , por pueblo se entendía la villanesca , ó una grey ruin de animales del campo que también se criaban en poblado , de los cuales otro animal que por andar a caballo se llamaba caballero podía disponer , como disponía de sus podencos. Pero modernamente ya , con esta negra filosofía, este estudio de la naturaleza, esta monserga de los derechos del hombre , y este juego de cubiletes de la división de poderes, se hace ver que villanos y caballeros todos somos hechos de una misma masa ; y en consecuencia se ha variado la significación de la palabra Pueblo, fijándola en dos sentidos. En el más alto y sublime es sinónimo de nación, y significa la reunión de individuos de todas las clases del Estado. En este sentido decimos : el pueblo español es de su natural bizarro , religioso y amante de su rey ; y se dice también (con perdón del señor Lardizábal) la soberanía del PUEBLO. Por pueblo en sentido más humilde ( pero nunca ruin ; que en España no hay pueblo bajo ) se entiende el común de ciudadanos que , sin gozar de particulares distinciones, rentas ni empleos, viven y tienen opción a los más altos destinos y condecoraciones con que la patria remunera el mérito y la virtud. Este pueblo fue el que, el 19 de marzo del inmortal año de 8, derrocó la estatua del bárbaro Nabuco que se había colocado hasta en los templos del Señor. Este fue quien , EL DOS DE MAYO , desarmado , maldecido y abandonado por el débil gobierno de Madrid, se arrojó a las huestes del pérfido Murat , lanzando el primer grito de la independencia española : grito sublime que se oyó en los últimos términos de la monarquía, a despecho del Consejo de Castilla, que mal aconsejado y peor aconsejante , se empeñó en sufocarle con sus lánguidos gañidos. Pero la voz de la libertad triunfó y triunfa; y el proverbio de que la voz del pueblo es voz del cielo, se ve en España casi reducido a evangelio. ¡Gloria eterna al pueblo de Madrid y a todos los pueblos de España! Aunque yo solo lo recoja en parte, es interesante todo la entrada dedicada al concepto “libertad”. Como nadie ignora, la retórica dieciochesca, tan ampulosa, pero, en el campo de la sátira, tan atractiva, como se habrá podido comprobar por lo que llevo destacado, suele tender al exceso, de ahí que no quiera yo, y con estos calores estivales, dejar sin alientos a cuantos hayan decidido pasearse por esta Provincia, tan de puertas abiertas, siempre: LIBERTAD es el derecho que tiene toda criatura racional de disponer de su persona y facultades conforme a razón y justicia. Hay tres especies: natural , civil y política ; o sease , libertad del hombre , libertad del ciudadano, y libertad de la nación. Libertad natural es el derecho que por naturaleza goza el hombre , para disponer de si a su albedrío. Libertad civil es el derecho que afianza la sociedad a todo ciudadano para que pueda hacer cuanto no sea contrario a las leyes establecidas. Y últimamente , libertad política o nacional , es el derecho que tiene toda nación de obrar por si misma sin dependencia de otra, ni sujeción servil a ningún tirano. — He dicho. Y dicho todo lo anterior queda aquí para incitación de curiosos y buceadores en el vasto piélago del pensamiento español que defendió, en los momentos más difíciles, los valores que hoy nos garantiza la Constitución del 78, heredera en línea directa de la Pepa, lo cual pueden hacer con absoluta comodidad en la edición digitalizada por la Biblioteca Virtual de Andalucía, aquí.

jueves, 6 de julio de 2017

Don Giovanni, de refilón....


La ópera en bermudas y móvil... don Giovanni en l'ultimo momento y ch'io non mi pento! de haber asistido...

A última hora, encontramos dos asientos de palco con un 75% de visión que nos permitió animarnos a seguir un don Giovanni  que es ópera diletta del mio cuore por muchas razones, y no es la menos sólida que domine en ella mi tonalidad favorita, el re menor. Teníamos ganas de ir a la ópera, después de un año en blanco, espectáculo cuya democratización necesaria ha transformado lo que antaño era un acto elitista, en un acontecimiento eminentemente turístico, turismo interior y exterior, por supuesto. La mezcla de indumentarias de muy diferente naturaleza se ha convertido ya en rutinaria señal de identidad de esa mêlée de clases, aunque unos a otros nos miremos, a veces, con cierto estupor. Siempre me he preguntado por qué los carcamales que presiden esta sociedad filarmónica no aprovecharon el incendio del coliseo para hacer, de nueva planta, un teatro moderno, con plena visibilidad para todas las butacas y una acústica acorde con las necesidades de tan maravilloso género musical. No. Se escogió duplicar la tradición y honrar a los melómanos esclavistas y explotadores del XIX, como si un diseño tan elitista se correspondiera con las necesidades de un teatro de ópera en el siglo XXI. La ópera, magnífica, aunque me sonó muy pobre la orquesta. Y hubo un detalle que me "descolocó" durante casi toda la representación: el tenor, Marius Kwiecien, excelente en todo momento, era lo más parecido a Pablo Manuel Iglesias que puede encontrarse en el mundo de la ópera, y, claro está, con ese recordatorio superpuesto a su actuación, he de confesar que hube de luchar durante toda la obra con la necesidad constante de apartar la vista de él sin dejar de mirar, ¡un no vivir!, pero constante oír. En el palco de al lado se alojaba un sujeto joven que -y es la primera vez que me encuentro con algo así en el Liceo- no dejó de estar concentrado en la pantalla de su móvil durante la casi totalidad de la representación, aunque se sumara, como quien se despierta con ellos, a los aplausos de la concurrencia cada vez que algún aria o dúo o cuarteto lo requería. ¿Qué sentido tenía hacer algo así, y pagar por ello!? Como teníamos visión reducida, el auxilio de una pantalla nos permitía ver la parte de arriba del escenario, donde también se ubicaba la acción, aunque no agradeceré nunca lo bastante que la mayor parte de ella transcurriera en el piso de abajo, cuya visión completa abarcábamos desde nuestros asientos. Ha sido muy elogiada la escenografía, pero a mí me pareció algo confusa y poco práctica. Y demasiado giratoria. Quizás por ello, se cometió un sacrilegio estético de primera magnitud: poner en el piso de arriba a la estatua del Comendador y a don Giovanni en el piso de abajo. La razón es sencilla, se deshizo, con esa disposición uno de los grandes efectos de la ópera: el momento en que el comendador le da la mano a don Giovanni y le transfiere el helor de la muerte que lo va a arrastrar hasta el infierno. Ese contacto del apasionado y vitalista don Giovanni con la frialdad marmórea de la muerte se nos hurta, pues, y la escena queda, creen, más estética, cuando en realidad queda ridícula y sin sentido. En fin, no se puede ser feliz completamente en la ópera, aunque algunas hay, y de ellas ya he escrito aquí en esta Provincia, que están tocadas por ese don de la perfección. Otro fenómeno del que sí que fue testigo auditivo mi Conjunta, porque estaba más cerca y yo muy concentrado en la música, fue que sonaron dos timbres de móvil, ¡a pesar de que al inicio de la función se insiste convincentemente de que se apaguen! Me temo que como el percance vaya en aumento, vamos a tener que pasar por arcos de detección de móviles al entrar en el teatro, ¡qué menos para evitar la profanación sonora de los móviles en el Templo de Euterpe! En fin, que a pesar de los pesares, no nos arrepentimos de haber ido. Mozart es demasiado Mozart, y el reparto estuvo a la altura de nuestras expectativas: don Giovanni, al final, a pesar del atentado argumental, incluso puede considerarse que llenó de justificado pavor a la audiencia ante su condenación. A modo de cotilleo, quede la constancia de haber coincidido con dos políticos en ejercicio, Collboni, figura decorativa en el Ayuntamiento, y Millo, Delegado del Gobierno en Cataluña. El primero, altivo como corresponde a cierta izquierda pseudoexquisita; el otro, afable y campechano, como corresponde a cierta derecha pseudopopular.