lunes, 20 de febrero de 2017

“1000m2 de deseo” en el CCCB o una abstracción elitista sin visitantes.


 
Adolf Loos. Casa de Josephine Baker

Arquitectura y sexualidad o el abismo entre la carne y el dibujo…

Con la misma curiosidad de siempre y el ánimo abierto para dejarme instruir, subí a la encumbrada exposición del CCCB -todas lo son, y quienes acceden por la empinadísima escalera mecánica lo saben- que tiene por titulo ¡nada menos que 100m2 deseo. Aruitectura y sexualidad. Lo anticipo: deseo, menos del deseable, y propiamente ninguno; metros, muchos, sí, y tan mal iluminados que se convertía en un tormento la lectura de los paneles y las fichas identificadoras de las piezas; arquitectura, mucha y excelente, tanto la clásica como la dieciochesca como la actual; y sexualidad, pues… la representación más común, y en parte muy cutre, de lo que entendemos por tal. ¿Visitantes? Un grupo compacto de 20 unidades que seguían con frialdad glacial las tópicas explicaciones del guía, tres mujeres que entraron delante de nosotros, y mi Conjunta, mi hija y yo. Y ahí se acabó lo que se daba, aunque, a mitad de visita advertí la presencia de otra mujer y un hombre, solos. El silencio, solo roto por el guía, de tono homilético y poco congruente con el tema de la exposición, hablaba de la sexualidad y del espacio y uno, yo, creía que hablaba del proceso de confección de las velas de cera o de la cría del gusano de seda. En cualquier caso, una exposición muy moderna, propia del museo que la acoge,  pero que se quiebra de sutil. He de reconocer que la muestra contenía no pocos vídeos de interés documental, y como del Panóptico de Bentham se ha de hablar cuando se habla de arquitectura y poder, y ya advierto que ahí se incluye la sexualidad, me atrajo mucho una secuencia que se proyectaba de Call Northside 777 (Yo creo en ti), en el interior de una prisión, lugar por excelencia de aplicación de la arquitectura panóptica. De uno de los paneles explicativos recogí un fragmento que ilustrará elocuentemente esa fría abstracción desde la que está concebida una muestra en la que la palabra sexualidad adquiere connotaciones tan gélidas como la impotencia de los eunucos: Los proyectos expuestos muestran el papel de la arquitectura como experiencia sensorial en las estrategias de seducción y cómo la sofisticación en el diseño de artilugios constructivos y mecánicos disparan la imaginación erótica. ¡Ay, lo que va de la realidad al deseo, y viceversa! Es cierto que la Maison de plaisir, de Claude-Nicolas Ledoux, un burdel, tiene una graciosa disposición fálica, y que el edificio que Adolf Loos, el arquitecto de Hitler, proyectó como casa para Josephine Baker es de una modernidad tipo Bauhaus, con techo plano, que resulta muy atractivo, pero he de reconocer que algunas “instalaciones” en el interior de la exposición, supuestamente evocadoras de la relación entre espacio, construcción y sexualidad, me parecieron propiamente una tomadura de pelo, o lo que en los años de la adolescencia denostábamos con la etiqueta más que sexualizada de “paja mental”. Es cierto que hay una reproducción de la cama redonda del creador de Play Boy, e incluso una secuencia de la lucha de James Bond contra dos marciales muchachas, que evocan un mundo de sexualidad tópica y machista que ha dominado nuestra sociedad durante mucho tiempo. De todo el material expuesto, me quedé con una referencia que promete: L’art de joüir, de Julien Offray de La Mettrie, un ejemplar del cual se exponía en una vitrina que no facilitaba en verdad la lectura de su primera página. Mientras iba caminando por tan siniestra exposición, en una penumbra vaga, en silencio de claustro monacal, iba pensando en todos esos lugares donde las relaciones sexuales han buscado cobijo o discreción, y de mi adolescencia llegaba lo que aún conocí: la fila de las pajilleras del cine, y me extrañó que no hubiera entre tantos espacios alusivos al sexo, una fila de butacas expuesta, por ejemplo; y pensé, entre tanta arquitectura, en el edificio Agbar, un falo potente y descomunal levantado junto a la amenaza de una grapadora en una plaza que se llama de las Glorias (le quito el apellido porque me jode el relato); y luego me dije que no necesariamente el espacio condiciona la aparición del deseo y que, a menudo, ni siquiera lo potencia, y menos aún un edificio. Está claro que los lupanares -de lupa, loba- han existido siempre, que el descubrimiento de Pompeya revivió el culto fálico, y que el acondicionamiento de los espacios dedicados exclusivamente al sexo ha buscado una iconografía que, supuestamente, favoreciera esos intercambios de fluidos. Otra cosa es que, en ese terreno, los hortera se haya maridado con lo kitsch y que lo supuestamente excitante lo sea menos que un alioli sin ajo, como el interior de locales no necesariamente dedicados a la burdelería, aunque sí a la seducción.  En fin, que entré con curiosidad y salí totalmente enervado. Amante como soy de todo lo relacionado con la sexualidad, me pareció que esa exposición homilética en la que la teoría se divorcia de la sensación y de la excitación es un fracaso monumental. Con todo, para el adicto a las visitas museísticas, siempre hay, incluso en lo errado, mucho material de interés, como el teatrillo de William Kentridge, titulado  Right Into Her Arms , relacionado con su puesta en escena de la Lulú, de Alban Berg, esa otra estilización abstracta del deseo.



viernes, 3 de febrero de 2017

Entre el agradecimiento y el temblor: los prospectos farmacéuticos, un género literario minoritario.





La obligación convertida en devoción o la familiaridad morbosa con los prospectos farmacéuticos, esa literatura de terror...

Entre la mucha literatura que debería leerse obligatoriamente, y en seria competición con los manuales de funcionamiento de los electrodomésticos, los recibos de la luz, el gas y el agua, y la letra pequeña de las cláusulas de los contratos bancarios, es, sin duda, el género apasionante del prospecto farmacéutico el que menos se frecuenta, y ello a pesar de que, como sucede con la ley, la ignorancia del mismo no exime de sufrir las reacciones adversas que todos los medicamentos tienen ni, menos aún, faculta para una denuncia por negligencia médica, escudo de la nuestra lectora. Rareza por rareza, porque todos somos alguna, o muchas, entre mis pasiones lectoras destaca la de los prospectos farmacéuticos, que repaso con una pasión tan incomprendida por mis allegados como, acaso, congruente con mi pasión por la medicina y todo lo relacionado con ella. ¡De qué, si no, iba yo a haberme leído con verdadera emoción los viejos Aforismos y Sentencias de Hipócrates! Dejo de lado, porque igual hiere la sensibilidad de alguien, recrearme en la delectación que me embarga cada vez que he de pasar por quirófano, la última fue para limar un espolón que había acabado imposibilitándome el andar, y me centro en esa obra de arte de la literatura de aséptico terror que es el prospecto farmacéutico. Por suerte para los pacientes, y a diferencia de otros manuales de uso, el prospecto tiene una estructura muy bien definida que no admite originalidades, aunque sí cierta innovación en la presentación formal del contenido e incluso en su orden o en la relevancia concedida a unos u otros contenidos. Con una estructura muy aseadita: 0. Contenido del prospecto. 1. ¿Qué es? ¿Para qué su utiliza?. 2 Antes de tomar /Qué necesita saber para tomar... (No tome si... Tenga especial cuidado si...) 3. Cómo tomar... 4. Posibles efectos adversos. 5. Conservación. 6. Información adicional. La enunciación básica es la reflejada, pero hay medicamentos cuyo prospecto ni siquiera enumera las partes del mismo, y otros que las subdividen con especificaciones relativas al embarazo, la lactancia, la conducción, el uso de máquinas, si da positivo en el test de dopaje de los atletas, etc. Todos los prospectos, sin embargo, son generosos en el uso de las negritas para los epígrafes y de los recuadros para llamar la atención, Importante para la mujer, por ejemplo, indica alguno, o nos avisa de que su toma puede alterar los valores de las analíticas. Cuando el producto farmacéutico se presenta en forma de inhalador, por ejemplo, se adjunta un dibujo explicativo del funcionamiento del simple mecanismo. Es evidente que la literatura prospectual concentra todo su interés, para los usualmente atemorizados pacientes, en el capítulo de los efectos adversos, es algo así como el capítulo estrella del género, el que, leído con la atención que merece y los escalofríos que provoca, concita el interés de propios y extraños. El buen lector de prospectos, sin embargo, y sin negar el goce espantado de dichos efectos adversos, suele fijarse en mínimas variaciones léxicas o en hallazgos que, por atañer a aspectos casi anecdóticos del medicamento en cuestión, suelen pasar desapercibidos como verdaderos hallazgos retóricos. Reconozco, eso sí, que tanto el tipo de letra como las virtuosas dobleces tipo huevo kinder del texto farmacéutico no contribuyen a la popularización del género, y menos aún el abuso necesario de los tecnicismos con los que el género exige familiarizarse para no perderse del todo en la tormenta perfecta de terminología científica. En descargo de los autores del género ha de decirse que, siempre que pueden, se encargan de traducir algunos nombres: Sangrado de nariz (epistaxis)  o movimientos rápidos e involuntarios de los ojos (nistagmo) lo que permite al lector habitual una notabilísima mejora de sus recursos expresivos. ¡Se imagina alguien lo que es soltar en una reunión una epistaxis o un nistagmo! Pues no digamos si se descuelga uno con un tinnitus que son pitidos en los oídos, para restregárselo al que acabe de lucirse con los ya vulgares acúfenos.... Pero a menudo pueden endilgarnos una letanía de nombres técnicos, sobre todo de medicamentos habitualmente incompatibles con el prospectado, que nos dejan a dos velas, como el que es incompatible con esta amena ristra: Rifampicina; atazanavir; Tacrolimus; Cilostazol; Saquinavir; Clopidogrel; Erlotinib..., ¡una más que insólita lista de los reyes godos, sin duda!  Por otro lado, ¡cuantísima información de utilidad se contiene en este género literario! Tomemos, por ejemplo, el de un medicamento muy común entre los hombres para regular la micción, el Omnic Ocas, y adviértase, en este caso, la benemérita y parentética voluntad explicativa de quien redacta: En hombres (y empieza así tras haber dicho en la línea anterior: Omnic Ocas no está indicado para su uso en mujeres...), se ha comunicado eyaculación anormal (alteración de la eyaculación). Esto significa que el semen no se libera a través de la uretra, sino que va a la vejiga (eyaculación retrógada) o que el volumen eyaculado se reduce o es inexistente (insuficiencia eyaculatoria). Este fenómeno es inofensivo.  Nada que ver con la despiadada redacción de quien, en el Salbutamol Aldo-Unión, nos deja más que a oscuras en uno de los efectos adversos: puede producirse hipocalemia potencialmente grave como consecuencia del tratamiento sistémico de agonistas beta-2, que, en resumidas cuentas, viene a ser un alarmante descenso del potasio. Es cierto que los riesgos se clasifican en cuatro rangos perfectamente delimitados estadísticamente: Muy frecuentes, frecuentes, poco frecuentes, raros, pero, como todo paciente sospecha alguna vez: ¿y quién te dice a ti que no te va a tocar la china y ser uno de esos 10 de cada 10.000 a los que les afecta esa reacción, como el aumento del tamaño de las mamas en los varones, del Omeprazol?  El lector de prospectos va siempre de sorpresa en sorpresa en este género literario, porque que ese mismo Omeprazol pertenezca a un grupo de medicamentos denominados inhibidores de la bomba de protones, ¿a quién no le dispara la imaginación atómica y se ve como el militar a horcajadas de la bomba que se lanza en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú... A veces los redactores del prospecto parece que no se lo piensen dos veces y caigan en el alarmismo más temerario, porque los de Atarax, un antihistamínico, recomiendan nada menos que lo siguiente: No tome Atarax si algún familiar cercano ha fallecido súbitamente por problemas cardíacos, lo que deja a cualquiera algo más que seriamente preocupado. Un prospecto incluye no solo una descripción del producto: Obalix 20 mg comprimidos son blancos, ovales, biconvexos y ranurados, quebrando, en este caso, las leyes básicas de la sintaxis, sino también, como cualquier otro producto del mercado alimentario, con el que las medicinas se relacionan, una lista detallada de sus elementos constituyentes, y ahí es donde hallamos una lista de ingredientes entre los que no es extraño encontrarse con el amarillo de quinoleína (E 104) o el índigo carmín (E 132), el ácido oleico, el ácido tartárico, el aceite de pippermint, etc. La lectura no esta exenta de sorpresas, al estilo de ciertas tramas policíacas en que los autores nos despistan con ciertas contradicciones que buscan desorientarnos para que la revelación final sea más impactante, pero lo de Strepsils, deja de piedra al más pintado. En 2. Antes de tomar, deja bien claro que los niños de 6 a 11 años no deben tomar este medicamento. Niños menores de 6 años: no pueden tomar este medicamento, está contraindicado. Sin embargo, poco antes de abandonar este mismo apartado segundo, leemos: Este medicamento contiene terpenos aportados por el levomentol que, a dosis excesivas pueden producir convulsiones en niños pequeños (menores de 6 años), aunque a las dosis y la vía de administración utilizada en este medicamento, la absorción y actividad de los terpenos es muy baja. ¿Alarmismo, incongruencia? En términos generales, casi cualquier medicación advierte de su incompatibilidad con el alcohol, pero sorprende que las personas que beben, y más si son alcohólicos, hayan de tener una precaución especial ¡con el Gelocatil!: La utilización de paracetamol en pacientes que consumen ha bitualmente alcohol (3 o más bebidas alcohólicas: cerveza, vino, licor... al día) puede provocar daño en el hígado. Las ingenuidades en que caen algunas redacciones son clamorosas, como el de un antidepresivo que recomienda al paciente: Si tiene pensamientos de hacerse daño o suicidarse en cualquier momento, póngase en contacto con su médico o acuda a un hospital directamente, ignorando por completo la realidad de esos pacientes. Es parecida, mutatis mutandi, esa ingenuidad a la general con la que se encabezan todos los prospectos: Si Vd. es alérgico a cualquiera de los componentes de nuestro producto, absténgase de tomarlo... En cierta manera,son reacciones semejantes a las de ciertos Absténgase si... que maravillan al lector. Tomemos el caso del Ibuprofeno, donde leemos: Si padece lupus eritematoso sistémico (enfermedad crónica que afecto al sistema inmunitario y que puede afectar  distintos órganos vitales, al sistema bervioso, los vasos sanguíneos, la piel y las articulaciones) ya que puede producirse meningitis asépticas (inflamación de las meninges que son las membranos que protegen el cerebro y la médula espinal, no causada por bacterias). La pregunta es de cajón, ¿es siquiera concebible que a un paciente así le administren un Ibuprofeno, por más que se crea en las propiedades milagrosas del preparado? Son pocas las contraindicaciones de los recursos tradicionales de herbolario, pero el Ibuprofeno es incompatible con los extractos de hierbas del Ginkgo Biloba y algún antidepresivo con la Hierba de San Juan (Hypericum perforatum), usada para curar depresiones suaves. En el caso de los antiinflamatorios, sin embargo, nada puede tomarse a la ligera, porque cualquier exageración, incluso en el rango de los raros estremece al lector como antaño debieron hacerlo los relatos de Poe y las películas de Corman sobre ellos. No anima mucho, en efecto, leer tan tétrica advertencia como que durante el tratamiento con Celecoxib se han comunicado algunos casos de reacciones hepáticas graves que incluyeron inflamación hepática grave, daño hepático, insuficiencia hepática (algunas on desenlace mortal o que requirieron trasplante hepático). De los casos en los que se especificó cuándo había ocurrido el evento, la mayoría de las reacciones hepáticas graves ocurrieron en el primes mes de tratamiento. A los que se suman los "raros": Hemorragia en el cerebro que causa la muerte y reacciones alérgicas graves (incluyendo shock anafiláctico potencialmente mortal).  Se comprenderá el alto listón que un lector de prospectos farmacéuticos exige a la literatura y al cine de terror, porque ni siquiera los silbidos de "despiste" para esquivar el pavor a que hace frente dicho lector suelen salir de su boca mientras lee material tan estremecedor, aun a fuer de estilísticamente descuidado, por supuesto.

jueves, 26 de enero de 2017

La vida onomástica

 onomástica

La parva propiedad del nombre propio.
El nombre hace a la persona, que nace sin él, conviene recordarlo, por más que la identificación entre el nombre y los rasgos físicos y morales de una persona sea la obra delicada y perseverante de una azarosa biografía. Hay quienes nunca llegan a la altura de su nombre, y otros cuya vida se reduce a su nombre, del que son hipóstasis imperfecta. Con todo, lo peor de los nombres es la celebración de la onomástica, una fiesta de exaltación poética cuyos orígenes mitad  religiosos, mitad profanos, se pierden en la noche de los tiempos, aquellos en los que el nombre de las personas parecía surgir de  sueños premonitorios. ¿Qué han de celebrar un Juan, un José, un Francisco, un Julián, un Luis, un Germán, un Isidro, un Enrique, un Pedro, un Javier o un Antonio frente a lo mucho que habrían  de hacerlo un Evandro, un Ludolfo, un Críspulo e incluso un Sisenando?
Y llega el día fatal del calendario en que quienes nos rodean se empeñan en celebrar -cada vez con  menor entusiasmo, todo sea dicho de paso- que paseemos por la vida un nombre antipático, inverosímil, una cruz, una ofensa, un enigma, una indiscreción, un delito -que sí tiene nombre-, un anatema, un escarnio o una puñalada trapera y calendaria. “Hoy es tu santo”, te dicen los más entusiastas de la vida onomástica -especie, afortunadamente, en bienaventurado peligro de extinción- con un memo alborozo que ni entiendes ni compartes, y te sonríen como esperando que te salgan por los ojos fuegos artificiales. Otros te lo dicen y se paran ante ti a la espera de saber si la invitación va a ser rumbosa, de compromiso o simplemente no la va a haber. Hay otros que se enteran al leer el periódico, se te acercan y te dicen algo así como: ¡Vaya, de santo, eh!, y te dan un golpe en la espalda que casi te provoca una luxación de clavícula. Lo que más agradeces es la laica ignorancia de quienes viven ajenos al santoral y han desterrado de su mundo festivo una celebración tan de viejo régimen. Apenas oyes que te recuerdan el día que es con la sonrisita lela y la preguntita: ¿a que no sabes qué día es hoy?, se te va la mente a la radio y a los redichos discos dedicados, aunque afortunadamente nunca fuiste el destinatario de ninguna de aquellas dedicatorias candorosas.
Quisieras no saberlo, que no es lo mismo. Pero lo sabes. Sabes que el día de tu onomástica ha llegado, cual sea, y no puedes evitar la comezón de una inquietud desasosegadora. ¿Que hay en la discreta morfología  de tu nombre para que hayas de celebrarlo? Se espera de ti que te habite durante toda la jornada una suerte de beatífica expresión de complacencia y plenitud, que no te enfades por nada del mundo y que derrames toda una cornucopia de gentilezas, amabilidades, sonrisas y parabienes. Has de tener un detalle, porque no hay onomástica sin que te retrates, y has de ser bien rumboso, como corresponde a tan magno acontecimiento: nada menos que llamarse como a uno le llaman, porque uno mismo, salvo en trances deportivos de desfallecimiento, jamás se llama a sí mismo. Te gustaría podérselo decir -¡gritárselo!- a todo el mundo, que tú nunca te  llamas, que tu nombre no es “tu” nombre, sino el de los demás, y que deberían ser ellos, si quieren, quienes lo celebraran, no tú, pues tú eres perfecta y confortablemente anónimo, y te encanta ese estado de anonimia ¿ignominiosa?
Nada más tibio, en los tiempos que corren -¡y hay que ver cómo corren!-, que la celebración onomástica. Quienes tienen la desgracia de tener alrededor a  felicitadores profesionales, poco pueden hacer para escaparse de esa vida onomástica que  se multiplica, entonces, por el número exacto de las amistades. Cierta suerte es que la onomástica coincida con el cumpleaños, pero esa jugada maestra, también de la vieja escuela, ha desaparecido de las prácticas sociales. Lo habitual es duplicar las jornadas de exaltación personal. Pero mientras el cumpleaños tiene un sentido bien definido: ponernos delante el espejo desde donde se ríe de nosotros el abismo descarado del tiempo, la onomástica aparece cada día más, a ojos de quienes como yo no se reconocen en el nombre anodino por el que son llamados, como un insulso sinsentido incapaz de generar el más mínimo entusiasmo o la emoción más superficial.
La vida onomástica, además, exige la temible correspondencia social, lo que es un engorro de insospechadas dimensiones. Sobre todo porque los entusiastas de dicha vida llevan una férrea contabilidad de quiénes se acuerdan de la fecha en cuestión y proceden a felicitar a los biennombrados. ¡Suerte de que para los nombres más comunes siempre hay varios santos de idéntico nombre en distintos días, lo cual es una coartada altamente estimable! ¿Y qué se regala por la onomástica? ¿Cómo medir, en términos de albricias, el nivel del desembolso para una festividad tan letrada? Un cumpleaños permite y a menudo exige el dispendio; ¡pero una onomástica! El riesgo de quedar en ridículo sólo es comparable a la mema ilusión de quien se cree que nuestro nombre es la bandera de nuestro Estado, el símbolo de nuestra plenitud existencial; algo así como decir Andrés, pongamos por caso común, y abrirse las puertas de la gloria al son de las campanas que flotan colgadas del campanario de las nubes. Es difícil vivir al margen de la vida onomástica, pero, por más que ande en declive la costumbre, debería formar parte de nuestro programa de vida la exigencia moral de acabar de darle el empujoncito final para despeñarla por el barranco de los rancios recuerdos de antaño, ¿o debería decir de otrora?

miércoles, 18 de enero de 2017

La conquista de la expresión o cómo es imposible coronar el Everest en chanclas... sin congelarse en la mediocridad.



Contra el tópico, tan  adulador como cruel, de "las generaciones mejor preparadas de nuestra Historia".


 Los tópicos tienden a consolidarse en el cuerpo social con tanta mayor solidez cuanto más tienen de mentira que la sociedad, según la clase política, necesita para convencerse de que no vamos, como tal sociedad, más perdidos que una billetera marrón en un bosque alfombrado de hojas otoñales. El de "las generaciones mejor preparadas" que ha tenido nunca este país es uno de ellos, no sé si el más falaz, pero sí el asumido con ese bobo entusiasmo con que los políticos quieren animar a sus clientes, porque ya ha llegado el momento de establecer que la relación clientelar capitalista es el fundamento del funcionamiento de la partitocracia. Recuerdo de cuando dediqué mi vida profesional a la tonsura del pelo de la dehesa de no pocas generaciones de alumnos (a quienes respetuosamente traté siempre de usted, aunque no los obligaba a la reciprocidad de tratamiento), que solía decirles, a todas las edades, desde los 12 hasta los 18, que íbamos a dedicar el curso a aprender a leer, a escribir y, si era posible, a pensar. La cerril suficiencia risueña tan propia de la nesciencia acogía mi "programa" de actividades con la clásica reacción de los "sobrados" que ya llevaban años (y paños, añadían algunos para su coleto) ejercitándose en ese programa en el que algunos consideraban que incluso sobresalían poco menos que cum laude. El desengaño no tardaba mucho en "habitar entre ellos" con su cara hosca de pendiente empinadísima y cima oculta entre nubes, un áspero sendero montañoso de donde nos llega, etimológicamente, el concepto de "mediocridad", porque "mediocre"es, en efecto, el que se queda a mitad de la subida. Apenas les devolvía la "prueba de nivel", ensangrentada como el suelo de un matadero, comprendían, entre "¡glups!" de espesa saliva, que la suficiencia con que acogieron mi propuesta de trabajo bien podía convertirse en el duro hueso de una insuficiencia a la que iba a costar meses de intenso trabajo despegarle el prefijo negativo. Cuando el monte es el de la expresión oral y escrita, es evidente que la ascensión está sembrada de cadáveres de los que, sin embargo, ni se saca enseñanza ni escarmiento; es más, se mira incluso con desprecio a esos fracasados en arte tan "sencilla" como la que todos mis alumnos creyeron, antes de conocerme, que ya dominaban como quien ha aprendido, después de algunos tropiezos serios, a montar en bicicleta y exhibe su habilidad ante los torpes incapaces de mantener un equilibrio en apariencia tan sencillo. Como son frecuentes las ocasiones en que incluso encumbradas figuras políticas se ven atacadas por su deficiente dominio de la expresión oral y escrita, pongamos por caso el singular y cómico del President de la Particularitat, Carles Puigdemont, de apellido tan redundante y al tiempo evocador de la mediocridad de la que hablábamos, quien no se expresa mal en castellano porque su lengua sea el catalán, sino porque se expresa mal en ambas con porfiada ignorancia, sin discriminación alguna, en este caso por razón de lengua; como son frecuentes, decía, las ocasiones en que todos nos sorprendemos de la mediocridad expresiva que nos rodea, y hablando sobre ello con otros colegas, y sin embargo amigos, he creído conveniente escarbar en mis archivos profesionales para extraer de ellos, de cursos relativamente cercanos y de un nivel, bachillerato, que no deje lugar a dudas sobre los muchos años de aprendizaje de los usuarios, algunos ejemplos con rango apodíctico de la dificultad expresiva que suele hallarse en esas generaciones "mejor preparadas" de nuestra historia, lo cual, en términos de ensanchamiento de la élite formada, es cierto, pero totalmente falso si nos referimos al conjunto total de la población. No voy a hacer ningún comentario, porque esas frases, desgraciadamente, se autocomentan solas. Ahora bien, sí me gustaría reivindicar la profesionalidad de cuantos dedican su vida a intentar llevar, a través del la humildad, el esfuerzo y el amor a las lenguas, monte arriba a todos esos alumnos que tropiezan con su lengua, con su cacografía y con la vanidad alimentada por unos políticos sin escrúpulos, siempre dispuestos a vender humo y jamás a enseñar cómo se hace el fuego y se mantiene. A través del muestrario aleatorio que ofrezco, se advierten enseguida las densas nieblas que impiden a tantos alumnos acceder a la sindéresis, de ahí que inspiren más horror que risa esos espesos monstruos -en el sentido poético- incapaces de llegar al verso claro de la buena lógica. En estos tiempos en que la subasta sobre en cuántas lenguas han de ser educados nuestros escolares adquiere ribetes de farsa grotesca, quisiera recordar con este muestrario las penosas dificultades que tiene la mayoría de ellos para ser competentes en una, o en dos, según la autonomía, y la casi imposibilidad de que, con una expresión tan tenebrosa, pueda expresarse algún pensamiento que merezca tan alto nombre. Lleva esta antología desdichada el título con el que se la entregaba a mis alumnos para dedicar el tiempo que fuera necesario a corregir los monstruos, a detectar los perversos mecanismos mediante los cuales se podía haber llegado a escribir lo que a continuación se leerá.  Es moneda corriente entre pueblo tan poco ilustrado como el nuestro la concepción del profesor como alguien a quien casi se le paga "por no hacer nada", o poco menos. Bien, aquí tienen la oportunidad, si alguno de esos pueblerinos llega a entrar en mi Provincia y a leer estas líneas, de aplicar sus muchos conocimientos para tratar no ya de enmendar las frases de esta antología, sino de detectar por qué vericuetos mentales han corrido (que no discurrido) sus autores y ser capaces de arbitrar las medidas oportunas para proveerlos de recursos con los que convertir lengua y pensamiento en un matrimonio bien avenido, ¡y prolífico!

[Nota: Por más que se adviertan errores que parezcan inconcebibles, o torpes fallos de transcripción míos, doy fe de la veracidad de todo lo transcrito, ¡ay!, con harto dolor de corazón y de cerebro, sí, insisto, de cerebro,  porque aunque dicen que el cerebro no siente el dolor, se ha de ser o haber sido profesor para saber que hay ahí una falacia *biologicista.]




Frases manifiestamente mejorables 1º Bach.


El Daniel és el narrador de la historia. Comparte con Susana la ausencia del padre (murió en la guerra) És el primer amor de Susana. El buen amigo del capitán Blay

Porque tiene parentesco con un  personaje de la historia (don Quijote) como la locura y descaro.

Eso que ha dicho daniel me ha llamado un poco la atención porque tiene Razón al decir que cuando uno mire al futuro, no ha sido el futuro que la gente nació si no en el pasado esto me ha llamada mucho la atención.

 Se habla del pasado y creo que aunque hacia en el futuro siempre se vuelve en el pasado.

Danie: dice que a pesar de crecer, es decir, se va siendo más joven, por mucho que el mire al futuro, que siempre hay algo en el pasado, que ha dejado algo y tiene que solucionarlo,

Nos trata de decir son cuento que han dejado marca y por los siglos los heroes, ha adoptado a nuestras vidas.

Es una obra significa de clima espiritual del siglo XV.

Juan Ramón Jiménez con su mente futurista i su inteligencia expresa algo no como sido o exactamente desconosido no entendido en esa edad o tempo con una manera inteligente pero de una manera poética dando etanteria ordenado, emoción al lector y curiosidad para saver la continuacion de cada acto y palabra.

El protagonista demuestra un calido acompañante perfecto sin complicaciones ni temor.

Es una mujer que esta hechando de menos a su amado o a un amigo porque cuando dice mi pecho palpitaba, que esta desesperada de él.

Lo que he explicado si esta bien pues he entendido el texto y si esta mal pues no lo sé.

La lectura de la novela es emocionante descriptible de vidas de una realidad existible explica cosas de guerras, de enfermedad de amor, de vengansa de viajes de engaño y todo con un sol camino, “el sufrimiento” la novella no tiene final feliz en mi opiñon.

El segundo texto, Kim se refiere a su pasado, un pasado en el que cometió muchos errores. Y dice que no está convencido que no es bueno porque se dio cuenta que son errores que no se pueden corregir nunca más.

El terceo más detallado todo le parecía diferente más bonito, más romántico, los sonidos, estrellas, todo verde flores alegría todo lleno de alegría y con la luz de la luna con su reflejo ayí ella buscando a su amado con tantas ganas.

Yo creo que el autor no esta diciendo el sentimiento que tenia por aquella chica y que se puede reflexionar de una version continua y diferente.

El alsentir todo eso supo talvez que era el la dividnidad y talvez pensó que el estaria  alli con todos los animales.

La luna antes de desaparecer queda algo que se ve, y cuando se ve eso, ella  lo mira algo maravilloso, algo divino. Como oro y seda. Que en ese momento ella se siente en un ámbito desplejado.

Cuando el Asno llaman del cordero esta muy alegro porque para el asno el cordero esta hablando con ellos pero con cariño

Y ve marcas de algo celeste en el suelo como si dice que son algo parecido a extraterrestres pero que estava sobre la tierra.

La poesia, sea clara u oscura, no. Manifiesta hechos existenciales, se refiere a que la poesia no habla de las reales cosas que existen, Són un poco immaginàrias, y cuando dice que es una emanación de la vida se refiere a que la vida nos lo ofrece, podremos decir que es un requicito que nos lo ofrece la vida.

Lleva un dolor tan intenso como sí las espinas estubieran clavado en su alma al cual causa pena en si mismo.

Cuando sueña o anda algo eso le preocupa.

En la cuarta creo que aun siente la angustia, ansiedad y desconcierto, pero que de alguna manera la presencia de su amigo  al se dirige la pregunta del ultimo verso; quiero decir que se siente acompañado por su amigo o por su amistad.

Dise que esta “loco de armonia” lo que significa desa tener armonia en su vida.

Tiene la dificultat de expresssar, se siente la melancolía, tristeza y eñoranza. Es algo que es perfectamente serio.

Se refiere a todos los problemas que han tenido, han hecho y hacen que llore.

El escritor expresa que él, a no tener su razón y su sentido, la Vida muy larga y amarga y sus tristezas siente que ya no la soporta este dolor que siente y solo de desahoga escribiendo y expresando su dolor su melancolia a travez de la poesia.

Las manos de Forcat se convierten en una fijación de Daniel, por el aspecto que en la persona de Forcat, se encontraban muchos misterios, dudas e interrogantes mismas dudas que las murmuraciones de la gente ayudó que el interés por conocer más de él llevaran a Daniel, a pretender saber que tramaba, quien era, que escondia, pues todo lo que influía Forcat, tenia una esencia de misterio, que él, Daniel, estava dispuesto a conocer y descubrir.

(Daniel) dice, aun que crezcas no de altura de edad, que pienses en el futuro hare esto esto esto… piensa de conseguir algo pero a lo mejor no consigue nada, o sea en vez de ir adelante va atras.

Dentro de la novela los sucesos en donde el narrador describe donde pasan los sucesos son cuidades de España o de otras partes, aunque la historia fe inventada describe muy bien los lugares que cuentan en la lectura, se puede apreciar ecenas llenas de suspenso, amor acción, drama es una lectura que abarca todo los generos.

Nos comenta que la “literatura descansa en la ficción” ¿por què? porque esta basado en pensamientos más alla de lo que pueda ser, se utiliza un medio de expresión de la lengua escrita, son conocimiento de tanto en libro o textos, habla sobre un tema determinado.

Nos da a entender que la literatura no tiene que porque contener elementos realistas, sino que puede escribirse con elementos de ficción.

Esta afirmación nos dice que en la ficción no existe la literatura.


sábado, 7 de enero de 2017

La vieja retórica política vacía: un artículo de Ignacio Urquizu.



La retórica del lugar común sin referente: Articular el cambio, de Ignacio Urquizu o más piedras para el pavés de la Caína...

Es privilegio de gente ociosa, aun poco cultivada, poder coger un lápiz y sentarse un martes por la tarde a leer y subrayar un artículo de fondo que propone, ¡nada menos que "articular el cambio"!, es decir, según la RAE: 2.tr. Construir algo combinando adecuadamente sus elementos. Ese "algo" no puede ser otra cosa que el tan traído y llevado "cambio" que, si fuera voz que por un accidente cósmico desapareciera del mundo hispanohablante, iba a dejar políticos más míseros que el sabio de la fábula famosa. El señor Urquizu, a quien no tengo el gusto de conocer, ha tratado de construir lo que a él le debe parecer una máquina ingeniosa de acción política que, a poco que se use, logrará votos para el PsoE como mataba fascistas la guitarra de Woody Guthrie. Me hizo ilusión, lo confieso, acercarme  a un intelectual de izquierdas, desde mi humilde condición de observador anónimo. y escasamente formado, de la realidad social, próxima y lejana, para ver si sacaba en claro "exactamente" cuál era el retrato, sin seis ni cuatro, de ese cambio que alterará  de raíz el panorama político español. Llevado por el entusiasmo con que suelo hacer la mayoría de mis cosas, por modestas que sean, como no ignoran los frecuentadores de esta Provincia, me apliqué a la lectura dispuesto a subrayar todas las revelaciones que me iluminaran, que me sacaran de la ceguera política en que suelo vivir, a juzgar por lo mucho que discrepo de casi todos y lo poco en que se tiene mi opinión. He de confesar que la descripción no es el fuerte de Urquizu, pues cuando habla de los modelos de bienestar muy generosos e inclusivos cae en la parquedad, en la que se instala cuando dice que los grupos sociales activos (ecologistas, feministas y otros grupos sociales) acabaron generando cambios en los partidos y en nuestros modelos de bienestar. Al parecer, la ausencia de mecanismos compensatorios en el proceso de globalización y el progreso tecnológico no solo han generado incertidumbre e inseguridades, sino brechas, muchas brechas: perdedores de la globalización, la inmigración, la visión crítica de Europa y una profunda brecha generacional. De ello se deriva que las ambiciones transformadoras requieren coaliciones más amplias. [Hasta el momento, adviértase que de todos esos enunciados no se ha explicitado el contenido del referente: puras enunciaciones tan vagas como dispares podrían las concreciones de ellos. Dar por consabido es otra manera de ignorar.] El autor define que el gran peligro del PsoE, transitando por un momento muy crítico, es que se desarticule el espacio político de centroizquierda. Entre dos fuegos, el de Ciudadanos, con vocación de vertebrar el statu quo y otro, Podemos, liderando la ruptura, el PsoE significa un proyecto político de transformaciones profundas, para lo cual, ineludiblemente, ha de articular una coalición de cambio político. El primer movimiento en ese sentido pasa, según el autor, por rehacer la convivencia con el psC, un proceso que, segun Urquizu se entenderá en clave del encaje de Cataluña dentro de España. [Y adviértase ahora ese complejo catalanista del PsoE que lo lleva a considerar implícitamente la soberanía que defiende el psC, una versión light del *derecho a decidir, y que les permite hablar, irracionalmente, de Cataluña y España en pie de igualdad, como si Cataluña fuera exclusivamente la Cataluña monolítica y uniformizadora del secesionismo o el catalanismo soberanista, y el resto de la población que no comulga con esos postulados poco menos que escoria de la Historia.] La cultura federal basada en la lealtad mutua forma parte de esa interpretación restrictiva de los derechos de los ciudadanos y generosa de los inexistentes de los pueblos que defiende el articulista. La empatía con los antipáticos que preconiza el autor, más suena a concesiones extraconstitucionales de difícil aceptación en un referéndum nacional que a una concepción inequívoca de lo que sea esto a lo que llamamos España. Que el autor venga a decirnos que para articular un nuevo cambio será necesario una coalición social muy plural, donde el conflicto territorial nos pone a prueba, no significa otra cosa que la última posición antedefenestración de Pedro Sánchez: renunciar al proyecto autónomo socialista y entregarse, atado de pies y manos, al caudillismo de Pablo Manuel Iglesias y a los partidos independentistas del Parlamento. ¡Pues bonito artefacto que le ha salido de su articulación al señor Urquizu! ¿Y cómo se ha propuesto llamarlo, Federación de Taifas Ibéricas? En fin, me ha sido casi imposible traducir todos esos conceptos generosos, ardorosos, emotivos, luchadores, progresistas, etc., que ha derramado el señor Urquizu en su artículo, pero estoy seguro de que es mi falta de formación la que lo ha provocado. Prometo enmendarme y, por supuesto, no volver a atreverme a quejarme de la opacidad de los intelectuales socialistas como el señor Urquizu, de quien espero que participara en su tiempo, al menos, en aquella bella campaña que proclamaba !Teruel existe!, y que yo defendí ardorosamente por mi amor a Teruel, a Albarracín y a los Montes Universales.

domingo, 1 de enero de 2017

Año ¿nuevo?, fiebre vieja...


La alucinante vida febril.

Las décimas sin poesía de la destemplanza te cambian la vida. Tiritas a la noche, y sudas y te hielas y te abrasas y te empapas de fiebre licuada. Te levantas y la flojera casi te hace trastabillar. El cilindro irregular y cárdeno del pene te arde en la mano y el chisguete de orina ocre y humeante se bifurca  más allá de la ávida garganta de la taza burlada. Ya sabes que no estás para nada ni para nadie, ni para ti. O peor, acabas de entrar en ti de la peor manera posible: cada articulación, cada músculo, cada recodo de la garganta en carne viva, cada expectoración arrancada con voluntad de aguerrido espeleólogo al tubo escarnecido, cada tiritona que te sacude los hombros y los brazos como un títere de cachiporra, cada paso sobre la nube de algodón gestatoria que te lleva de aquí para allá sin percatarte apenas de lo que te rodea, cada vértigo que te amenaza con derribarte de forma fulminante son vividos por ti con una conciencia meticulosa que te acrecienta el malser, porque ya no eres sujeto susceptible del malestar. Flotas en lo que te parece una realidad sin contornos, cuando se trata propiamente de una ausencia de la realidad que te ha dejado con un embotamiento en el que no sabes cómo orientarte y del que ignoras cómo salir. Noluntad, eres, ahora. Y santito levitante, a fuer del torbellino en cuya chimenea pareces instalado desde que las piernas temblorosas chocaron, al amanecer, contra el frío nocturno de la habitación.
Hubo un tiempo de juventud en que la destemplanza no se extendía al deseo, y con no poco orgullo exhibías una gozosa vitalidad fálica que ahora te parece fragmento de un desmesurado cuento fantástico. Hoy, por el contrario, la vida febril te impone un cansancio eterno, un embotamiento que te aísla en una dimensión cuyos territorios siempre admiten una nueva exploración, aun a pesar de que hay constantes, paisajes invariables.
Lo que peor llevas es que te bailen las palabras, así como que se desvanezcan los sonidos o se vuelvan estridentes. Pero abrir un libro y que las líneas inicien una danza difícil de seguir sin que el vértigo te tumbe, ¡qué desazón! En el retorcimiento de las cuerdas impresas en la página, las palabras hacen cabriolas circenses mientras se ríen, o así te lo parece al menos, de tu confusión y de tu palidez de hoja reciclada. No mucho mejor llevas la administración de los fármacos que, diseñados para evitarte la llaga siempreviva de la faringe y facilitar la fluidez de una mucosidad pardoverdeamarillenta, te destroza el estómago y te deja sin apetito y, lo que es peor, sin gusto. Por eso -¡terror del equilibrio bascular, obra de tan fina diplomacia nutritiva!- no te apetece otra cosa que dulce, y casi solo dulce ¡Y cómo resistir, en estado de tan suma debilidad!
En invierno es más soportable el asedio. La calefacción te ofrece un microclima tropical desde el que te parece inverosímil el albornoz con el que te abrigas en tus paseos de caminante sin meditación posible. El cerebro de tu destemplanza es una ciénaga de mermelada y polvo de tiza en un encerado desgarrado por la rebeldía resentida de la ignorancia. Te instalas en el sillón de cuero y enciendes la televisión para adormecerte al ritmo, más febril aún que el latido de tus sienes, de sus imágenes invasoras e insignificantes, doctrinales... Despiertas entre sudores y temblores. Te asustan los rostros y los gritos, los decorados, las luces, el plauspúblico rasurado, la vida hortera que se te mete hasta los huesos temblequeantes...Renuncias.
En verano la fiebre es una urgencia de delirios y vértigos. El agua te repele y el jugo de la naranja tiene el sabor desvergonzado a moco de un beso acatarrado. Sueñas, entonces, con el invierno y las calles anegadas de lluvia desde tu balcón bien cerradito, hecho un mirón del espacio intangible entre tus ojos y la esparcida realidad sobre la que el agua lava sus mil pecados.
El cuerpo destemplado tiene siempre el alma haragana y los sentidos en huelga. La vida que se nos presenta ante la indolencia peca de amorfa y descarada. No la reconocemos, ni nos reconoce. Sombras matinales aisladas en el suburbano, bultos incomunicados, eso somos en la fiebre. Porque a veces el delirio de la destemplanza nos urge a salir, a vencer la barrera ardiente de la maldición, ¡y en mala hora  nos atrevemos a recorrer apenas una manzana entre estertores y convulsiones! La heroicidad se diluye como se nos licúa el pulso agitado. La garganta nos muerde con su aspereza en la insensatez, y la lengua sucia de la ceniza de la amigdalitis imposible nos mancha las palabras que escupimos en la bacinilla, las que no nos liberan.

martes, 20 de diciembre de 2016

La nueva y vieja comedia eterna: "Art", de Yasmina Reza.



Las flaquezas de la amistad; las fortalezas del rencor: Art, de Yasmina Reza, por primera vez en catalán en Barcelona. 

Tener el teatro a dos manzanas, a la misma distancia que el cine en versión original, lo hace a uno, definitivamente, hombre de barrio, lo que me recuerda que le debo a ese concepto, tan arraigado en la vida vecinal de la Barcelona del noucents y, en realidad, de siempre, una breve reflexión que repase los límites nada estrechos de esa actividad pública en permanente erosión, desde aquellos tiempos en los que en cada azotea, de los barrios populares de la ciudad, al menos, casi sin excepción, solían los vecinos celebrar juntos la revetlla de Sant Joan e instalar una hoguera monumental en cada cruce del Ensanche. Frente a esa realidad, los protagonistas de Art representan una vida doméstica, recluida, ajena a la vida ciudadana, y llena de malentendidos, rencillas, heridas no cicatrizadas y no poca mala leche, vertida a propósito de la decisión de uno de ellos, el mejor situado, un existoso dermatólogo, de comprar un cuadro blanco por 200.000€, ¡un Andrews! Pronto advierte el espectador, por el tono cómico de las interpretaciones, que va a presenciar un espectáculo despiadado en el que saldrán a la luz las miserias de tres amigos cuyas relaciones, por parejas cambiantes, nos ofrecen un entretenido juego de complicidades y de desencuentros que nos permitirán calibrar, muy desde fuera, lo que podríamos llamar la "radical insinceridad de las relaciones humanas cordiales", un eficaz disfraz para mantener la "paz social" y la armonía entre los seres humanos allegados. Art es una pieza teatral eminentemente cómica, a pesar de las relaciones humanas profundas que analiza con absoluto rigor y no poco desencanto. Hay, sí, humor negro, ciertamente; pero la gran vena humorística de la pieza surge de lo que podríamos llamar los pequeños y casi intrascendentes acontecimientos de la vida cotidiana, como la propia compra del cuadro o el inminente casamiento de uno de los personajes. Pocos días antes de ir a ver Art, había vuelto a ver, en la TV, Un dios salvaje, la película de Polanski sobre otra obra de Reza, Le Dieu du Carnage, con la que la presente tiene mucho que ver tanto desde el punto de vista de la confección dramática como de la perspectiva crítica desde la que se aborda la vida cotidiana en una metrópolis moderna. Art ya se había representado en Barcelona con anterioridad en dos excelentes montajes, uno con Josep Maria Flotats, Josep Maria Pou y Carlos Hipólito y la otra con Ricardo Darín, Óscar Martinez y Germán Placios, ambas, ya lo he dicho, en castellano, y que por una u otra razón, no recuerdo bien, no vi. La traducción catalana, a cargo de Jordi Galceran, la representan tres actores, Pere Arquillué, Francesc Orella y Lluís Villanueva, dotados de una comicitat tan magnífica que las risas de todo el teatro forzaron más de un silencio de los actores y, en el monólogo extraordinario de Arquillué, incluso una ovación cerrada a mitad de la obra. Supongo que la condición de divos televisivos locales de Arquillué y Orella, el exitoso Merlí, algo habrá contribuido a que la obra se represente a teatro lleno cada día, pero la verdad es que el clima de comicidad que instalan los tres a lo largo de la representación es exactamente el que exige la obra de Reza. La aclimatación catalana de la obra, Maragall, Torregrosa, etc., está muy lograda y el catalán empleado fluye con la espontaneidad propia del mejor catalán coloquial alejado de esa tentación arcaizante que tan del agrado es de quienes hacen patria excluyente  del lenguaje de todos en estos días de quimeras políticas y nacionalismos de aldea. Los personajes, con quienes los espectadores conectamos fácilmente, porque, a fuer de individualidades bien perfiladas, tienen algo de arquetipos: todos somos amigos sí y tenemos amistades así, se van desnudando a lo largo de la obra a través de situaciones bien comunes en las que tampoco es difícil que alguna vez nos hayamos visto, si es que hemos tenido la valentía suficiente como para "aclarar" algunas de esas relaciones rutinizadas e insatisfactorias en las que permanecemos por comodidad o por miedo a las verdades que puedan ponerles punto final. Que la obra sea divertidísima de principio a fin no quita que se ventilen en ella visiones muy deprimentes del hombre contemporáneo, pero, insisto, se agradece que prime el sentido del humor del artefacto cómico por encima de las negruras del desencanto. Los tres actores han perfilado sus protagonistas con suficiente individualidad como para que apreciemos las tres psicologías bien diferenciadas con las que construye la autora su obra. Arquillué es, al parecer, quien más sorprende en su papel cómico, viniendo de papeles de villano en Aló3 que, por descontado, nunca he visto; Orella compone el suyo en un registro cercano al del profesor de Filosofía que interpreta en la misma televisión, a quien tampoco he visto en ella, y, finalmente, Lluís Villanueva, a quien vi en La soledad, de Rosales, en un papel también muy distinto del excelente que representa en Art. No descansa en su interpretación la función, pero ha de reconocerse que sirve como hilo conductor y catalizador de la necesidad de lavar los trapos sucios que sienten los tres amigos para revivir, más que revitalizar su amistad, herida de muerte por esa rutina que engulle todo cuestionamiento honesto sobre la verdad de lo que pensamos y sentimos de y por los demás, aquellos que, desde una relación tan profunda como la amistad, contribuyen poderosamente a la definición de nosotros mismos. Hasta el 19 de febrero hay tiempo para ir a ver esta maravilla de actuación que difícilmente decepcionará a nadie. La escenografía es tan simple como efectiva, y los cambios de escena están resueltos con una agilidad que hace corta la representación, pues no hay ni un momento de decaimiento o de impasse, todo progresa adecuadamente, como ya no se dice en la escuela, y tuve la sensación de que al público el final lo pilló por sorpresa, porque hubiera continuado acaso media hora más esa esgrima de floretes sin botón, dispuestos a batirse, como los duelistas de Ridley Scott, eternamente, hasta llegar a la última sangre, que no acaba corriendo, no se me asusten lo futuros espectadores. Vayan, vayan, que, ¡y no se le puede pedir más al teatro!, reirán hasta decir basta y pensarán hasta que el pensar les duela.