lunes, 19 de junio de 2017

¿"Nuevo" PSOE o "de nuevo" el PSOE?


Aún se esgrimen los bates, con nombramientos y votos, tras el debate y el Congreso. Una crisis cerrada en falso o ¡cuánto bueno que me equivocara de medio a medio!

Tengo, como saben los frecuentadores de esta Provincia, raras costumbres, desde seguir -completos- debates de investiduras, mociones de censura, discursos de clausura de congresos o lectura de propuestas políticas farragosas como la declaración de Granada, de todo lo cual voy dando liviana cuenta en este territorio más quevediano que ambicioso. Y no es cosa de hombre ocioso y despreocupado, sino tradición que se remonta a los primerísimos años de nuestra democracia, como aquella mágica moción de censura de González, por ejemplo. Téngase en cuenta que los debates políticos de campaña son cosa de hace muy poco y que, en consecuencia, quien quería saber de la acción política de los diferentes partidos con representación parlamentaria tenía que oírlos in situ, y ninguna ocasión mejor que esas investiduras o ciertos plenos que se anunciaban casi como el día D y la hora H, una engañifa política que aún sigue vigente, aunque no creo que tenga tanta capacidad, actualmente, para engañar a los votantes. En política, si algo se aprende pronto, ello es que nunca hay ni día D ni hora H, del mismo modo que en las elecciones, casi hasta la dimisión de Almunia, nunca hubo vencidos. Tras el texto dedicado al debate, me he tomado la molestia, relativa, de ver y oír el discurso de asunción de responsabilidades de Pedro Sánchez al frente, en su segunda etapa, del PSOE, aunque él se presente poco menos que llovido del cielo y sin pasado a sus espaldas, acaso porque dos elecciones perdidas, y consecutivas, no son bagaje de buen agüero, pudiéramos decir..., retorciendo el dicho popular. Lo que más me inquietaba de la figura política de Sánchez sigue haciéndolo: la inconsistencia de un mensaje modernizador que tiene en los tópicos y en las generalidades su asiento. Aunque a él le parezca mentira, ha hecho un discurso del que un 50% lo firmarían no pocos en el PP y, por supuesto, todos en Ciudadanos, algo que hicieron con anterioridad en el intento de gobierno de coalición frustrado por la pinza de Podemos y el PP, porque es evidente,¡apodíctico!, que Podemos es hijo del PP y de sus esfuerzos por ningunear al PSOE para evitar que la descolocada izquierda descolorida de la rosa llegara al poder: mucho mejor, ¡dónde va a parar!, tener enfrente una pseudoizquierda maximalista y utópica -pero de la utopía barata de la corrección política-. Y eso es lo que hemos visto recientemente en la moción conjunta de censura entre ambos, aunque tengo para mí que tanto compadreo les ha acabado pasando factura a ambos, sobre todo porque el discurso de Ábalos, con hechuras de socialista "a la antigua", muy "de casa del pueblo", supo marcar el territorio entre ambos y reivindicarlo, un poco al estilo de Jorge Lorenzo clavando su bandera en los circuitos cuando gana. Recordemos el resultado del debate: Irene María, dantesca; Pablo Manuel pedantesco, y Rajoy más farfullador que nunca. El discurso de clausura del Congreso del PSOE ha sido una suerte de ensayo de mitin electoral en el que ha habido más flojedades que fortalezas, salvo el eslogan al que auguro tiempos mejores: La izquierda de gobierno, frente a la utópica de los círculos. No sé si Sánchez, que anda algo sobrado, se lo había preparado lo suficiente, pero ciertas indecisiones, ciertas torpezas elocutivas, un "digresiones", un "no resulta de ser curioso" y algunos patadones dialécticos más no le han permitido cuajar una buena actuación. Ha sobreactuado en la pintura fraguiana de la situación aunque no garbancee, y se ha despachado con una ristra de tópicos de adoquines del infierno que ha encadenado sin rubor y sin vergüenza por caer en ellos. Me ha parecido que había una contradicción que puede acabar convirtiéndose en un cul-de-sac: la insistencia en "girar a la izquierda" y la revindicación de la socialdemocracia. En Francia esa socialdemocracia ha sido barrida, y la ola centrista se ha llevado también por delante a los insumisos de Mélenchon. Ha insistido Pedro Sánchez en reivindicar el PSOE "de siempre" y, al mismo tiempo en presentarse como el portador de la semilla del "cambio", que no se sabe, haciendo un facilón juego de palabras, si será un auténtico cambiazo, como le reprochan ya quienes, desde los compañeros de viaje de Podemos, señalan sus incoherencias ideológicas, como la defensa de los artículos 1 y 2 de la Constitución frente a la eclosión utopista de soberanías múltiples y nacionales, y, sobre todo, el rechazo a ir de la mano -¡menos mal!. de a quienes tan progresistas les parecen a los de Podemos: Derecha Republicana de Cataluña y los proetarras de Bildu. La moción de censura, que estaba pensada como arma arrojadiza contra Susana Díaz para desalojarla del espacio de "izquierda" -o lo que los de Podemos entienden por tal- se ha acabado convirtiendo en una declaración de guerra a Ciudadanos para evitar, desde ese día en adelante, que les pueden volver a poner en el compromiso de tener que defender el gobierno de Rajoy frente al de Sánchez con Rivera. La ingenuidad más llamativa de Sánchez es creer que aún puede volver a reeditar los acuerdos con Ciudadanos y que Podemos se pueda sumar  a ellos. Ha hecho bien en pretender "recuperar" los socialistas que le birló el izquierdismo de salón de Podemos, pero eso es incompatible, al menos a mi torpe entender, con ocupar el centro que Ciudadanos esta cultivando -y ahora con el referente de Macron. con cierta habilidad. Es cierto que Rivera ha escorado su partido hacia el centro-derecha, y lo que no se sabe es si aún existe ese centro-izquierda al que apela Sánchez con una etiqueta, socialdemocracia, que parece hacer aguas en Europa. Lo de Corbyn ha sido una carambola que no responde a los esquemas del continente y sí mucho al desencanto del Brexit.  La permanente "demonización" del PP, en vez de una inteligente apelación a que tomen las riendas del partido gentes que se planten inequívocamente contra la corrupción y quieran regenerar un partido que, guste o no, sigue siendo el más votado en el hemiciclo, no parece el mejor camino para un objetivo, reformar la Constitución, para el que la colaboración y el entendimiento con el PP no solo es obligado, sino necesario. ¿Con quién cree Sánchez que va a contar para ese cambio constitucional? ¿O le ha subido la fiebre y cree que van a "barrer" al PP del Congreso y que tendrán la mayoría suficiente para hacerlo? Las "recetas" de Sánchez para sacar a los españoles de la crisis y a España de la amenaza de quiebra, a poco que los tenedores de deuda decidan no renovar la confianza en nuestro país, son, en términos generales, de una superficialidad exaltada que asusta. He tenido la sensación que ya tuve durante la larga campaña de primarias: allá donde iba prometía algo cuyo cumplimiento no dependía enteramente de su acción política, en un ejercicio de chovinismo visitante vergonzoso. ¿No lo es, vergonzoso, que hable de crear más y mejor empleo, como si, de la noche a la mañana, nos fuera a plantar en los presupuestos el plan quinquenal correspondiente, que prometa a los "exiliados económicos" que "se los va a traer de nuevo a casa" con todos los honores, esto es, con trabajos de jauja, y otras promesas por el estilo, incluida la supervivencia de la minería del carbón, por ejemplo...?  Finalmente, lo del "problema territorial", que solo es tal en quienes se empeñan en considerar los nacionalismos como la expresión inequívoca de mayorías populares que no existen más que en la propaganda y en la imaginación calenturienta de quienes independizarse mediante un golpe de estado, lo ha tratado con esa superficialidad con que ha construido todo su discurso, tan viejo, en todo caso, como los propios de González, pero sin aquella vieja convicción de quienes querían "modernizar" un país que aún estaba más cerca del XIX que del XX, cuando acabó imponiéndose la transición a la democracia. La plurinacionalidad es una suerte de brindis al sol cuando hay fuerzas, como el nacionalismo catalán identitario, retrógrado y secesionista, que aspira a dar un golpe de estado para quebrar la unidad de la nación recogida en la Constitución. Si la política que nos propone Sánchez es un juego de filigranas nominales en vez de la defensa de conceptos claros y compartidos por todos, le auguro que su entusiasmo acabará estrellándose contra la realidad implacable de las urnas. Y esta es la última reflexión que quisiera hacer.Tras haber perdido dos veces consecutivas contra el PP, intentar "desalojar" a Rajoy por la puerta de atrás de una coalición inverosímil, no solo no tiene sentido, sino que, ¡afortunadamente!, los "actores" ya han dicho con rotundidad que no están dispuestos a prestarse a los intereses electorales de Sánchez. Asi pues, Sánchez se ha citado con las urnas para el más difícil todavía: ganar al PP en ellas, ser el partido más votado de España. Todo lo que no sea eso, mucho me temo que tendría que implicar la renuncia inmediata de Sánchez a la dirección del partido y la convocatoria de un Congreso extraordinario para elegir un nuevo Secretario General, una nueva ejecutiva y, sobre todo, un programa ajustado a los deseos y las necesidades de los españoles. Ya veremos en qué acaba todo. Digamos que este Congreso ha sido la primera vuelta de un proceso que aún no ha terminado. Por ahí cerca se perfila ya, según y cómo sea su oposición a la mayoría actual, unas elecciones anticipadas para las que de poco van a valer discursos tan inespecíficos, tópicos y superficiales, lindando en algunos momentos con la demagogia, como el que ha endilgado a sus seguidores en la clausura del Congreso, seguidores que se merecían un mayor esmero, más altura retórica y principios más sólidos que las arengas de conveniencia. 
Sigo atento el desarrollo de los acontecimientos.

jueves, 15 de junio de 2017

La cultura como hecho cotidiano. Presentación de "Regreso a Twin Peaks", de errata naturae.


Las series como fenómeno social y objeto de atención cutural: Enric Ros, Raquel Crisóstomo e  Iván Pintor teorizan en La central del Raval con lucidez y entusiasmo sobre Twin Peaks y David Lynch.

Ayer por la tarde, un hombre de barrio como yo, se desplazó no más de quinientos metros y asistió, en La central del Raval, a la presentación de un libro que no va a convertirse en best-seller, aunque lo merezca, y que convocó a un público heterogéneo pero muy interesado en el tema del mismo: el análisis de la nueva entrega de Twin Peaks que ha filmado David Lynch, así como de la trayectoria del director, de su mundo cinematográfico y, por supuesto, de las dos primeras temporadas de la serie que, en su momento, supuso un ante y un después para el mundo de las series, tan antiguo como la existencia de la propia televisión, por supuesto. En aquel tiempo yo la seguí, como todos los aficionados a la televisión de calidad, por supuesto, pero he de reconocer que la deriva paranormal y espiritista de la serie me defraudó no poco, no así, por supuesto, la puesta en escena ni la capacidad de crear imágenes de Lynch, un arte en el que solo es comparable a maestros como Fellini, por ejemplo. Lo primero que ha de decirse de la presentacion es que es un placer inigualable el hecho de oír a quienes saben de qué hablan y tienen no solo una capacidad analítica demostrada, sino un sentido del humor, una naturalidad en la expresión y una sensibilidad que conectaron enseguida con el auditorio, o al menos así me lo pareció a mí. La editorial tiene un fondo magnífico y, repasándolo, compraría no menos de 20 libros para cuya lectura no sé si dispongo de suficiente tiempo, teniendo en cuenta los compromisos previos. Que tengan una colección dedicada al mundo de las series no es tanto una extravagancia cuanto lo contrario: una señal inequívoca de buen olfato editorial, porque pocas personas pueden presumir hoy de no haberse enganchado a alguna de las magníficas series que se están produciendo.  Mi estrategia particular al respecto es antifriky, porque hasta que no acaba una temporada y puedo verla "seguida" no me meto en ellas. Mad Men, cuyo libro es el que yo aproveché para comprar,  me ha hecho esperar no poco a que salieran los vídeos de la última temporada, por ejemplo, con el consiguiente sufrimiento. Pero Dos metros bajo tierra o Breaking Bad, sin embargo, las vimos mi Conjunta y yo, a razón de tres y a veces cuatro capítulos de un tirón, día tras día. Por eso a Juan Poz se le ocurrió titular su crítica de Breaking BadUna película de 46 horas y 30 minutos o la atracción magnética de una obra de arte aristotélica. Los tres presentadores elucubraron un buen rato acerca de los valores de la obra de Lynch y, aun a riesgo de espoilear lo suyo, hicieron jugosas comparaciones entre el carácter hiperabstracto de la nueva Twin Peaks y el valor "local" de las primeras entregas. Fueron muchas y muy curiosas las noticias acerca de la obra y la persona de Lynch, sobre todo esa anécdota sobre la "fase preverbal" del director en su relacion con su primera esposa, con quien, al parecer, se comunicaba con gestos y sonidos inarticulados... Más allá de las anécdotas, a este espectador de la presentación le quedó el riguroso análisis del mundo de Lynch y la constante sensación de ser llevados por él al límite de la representación y de la deconstrucción de los códigos narrativos y fílmicos, una permanente transgresión vanguardista de todo sin tener un nexo directo con aquellas vanguardias, aunque compartiendo con ellas buena parte de su necesidad de evasión de lo que Ros etiquetó como la "lógica aristotélica". Me lo pasé muy bien, lo reconozco, pero ¿a quién no le ocurriría lo mismo si se hallara ante tres "fieras" de lo cinematográfico como ayer me hallé yo? A lo largo de este año he asistido a un curso de Historia del Cine, impartido por uno de los presentadores de ayer, Enric Ros, quien nos invitó a asistir a la presentación, lo que, ahora a posteriori, no puedo sino agradecerle mucho, porque, al margen de haber descubierto esta "biblioteca de las series", tan interesante, me permitió pasar una hora y media que contrató poderosamente con la alienación política que me ha supuesto seguir durante dos días interminables, castrianos, una moción de impostura que ha ido de la nada a la más alta cumbre de la miseria... En fin, pequeños actos como el de ayer marcan el pulso de la cultura viva de una sociedad, bastante más allá de sus estructuras políticas, que tienden a anquilosarlo todo con sus discursos demagógicos del odio, la revancha y la imposición. Aprendí mucho, disfruté más y ahora solo me queda leer el libro que me compré, claro, el de Mad Men.

lunes, 5 de junio de 2017

Artroscopia de rodilla para un menisco roto y un cartílago desmelenado…


La rutina hospitalaria de un enamorado de las intervenciones quirúrgicas o la factura de una vida maratoniana.
A cinco días vista de la operación de artroscopia de rodilla para sanear un menisco roto y un cartílago deshilachado, y sin ningún dolor que me quite las ganas de pasearme narrativamente por tal suceso, asomémonos a esos rituales tan comunes a todos los españoles que, un buen día, para nuestro alborozo, recibimos la noticia deseada, tras largos meses de espera: de aquí a tres días le operamos, el día antes le volvemos a llamar para darle instrucciones… Además de rasurar la rodilla desde un palmo por arriba hasta un palmo por debajo, de tomar las pastillas que conservaba desde el preoperatorio a punto de caducar y de enfatizar las rigurosas 6 horas de ayuno total, ¡ni agua, oiga!, me presento en el garaje, me estacionan en un box y dos gentiles enfermeras me “preparan” para bajar a quirófano, adonde llego para ser estacionado su buen rato en la unidad de reanimación antes de entrar en ese reducto subterráneo donde pronto caes en manos del anestesista que te hacer repetir la larga lista de incompatibilidades farmacéuticas que, al menos a mí, me caracterizan. “Sé lo que tengo que hacer”, enfatiza, con acento sudamericano. Y a mí me da poca confianza, claro, porque que te repitan una obviedad así cuando estás a punto de que te taladren la rodilla para ver qué hay ahí dentro y reparar lo que se pueda, te intranquiliza. En cualquier caso, me administra una intradural, ojo, no epidural. Y en menos de un cuarto de hora la sensación es la de estar atado, de cintura para abajo, a la izquierda, a un bloque de mármol de algunas toneladas. Me ponen una barrera entre el cirujano y mi campo visual, pero descubro a mi derecha, parcialmente, el monitor por el que se guía el cirujano para operar y bajo la barrera con la mano, ante el estupor de los presentes, quienes me lo recolocan para que pueda observar las maniobras del cirujano con el instrumental en el interior de la rodilla. Me extrae un trozo de menisco, limpia la cavidad y luego me muestra un cartílago deshilachado y en pésimas condiciones. Me lo “afeita”, dice que tiene poco grosor y firmeza y me anuncia que la única solución consiste en infiltrar ácido hialurónico y a ver cómo va y que, si no funciona, soy candidato a una prótesis. No son noticias agradables para quien, como yo, esperaba salir de la operación con alas mercuriales en los pies que me permitieran renovar mi vida maratoniana. Las imágenes no engañan, desde luego, y la genética menos: todos mis hermanos andan aquejados de artrosis por parte de madre. La pierna derecha se ha ido durmiendo poco a poco, pero no con la pesada intensidad de la izquierda, que sigue siendo ese bloque de mármol o esa maceta de hormigón armado en el que los mafiosos plantaban los cadáveres de sus ajustes de cuentas. Del quirófano me llevan a la sala de reanimación: una hilera de siete camillas con personas con distintos niveles de conciencia y, en general, con pinta de haber sufrido un buen “meneo” quirúrgico. Pido que me incorporen la espalda y domino totalmente la sala. El mármol sigue dormido, la derecha se despierta. Así sentado, casi desafiante, casi me da por imitar a Homer y largar un “¡Me aburro!” que, sin embargo, se me nota en la cara, al parecer, porque las enfermeras, muy amables, como todas las del hospital, insisten en que aún no es tiempo de subir a boxes para acabar de despertarme y marcharme a casa. En un acto heroico muevo el mármol hacia dentro casi dos centímetros. Intento el desplazamiento contrario hacia fuera y la inmovilidad silenciosa del esfuerzo inútil me asusta: me digo que estoy experimentando por primera vez en mi vida lo que es la amputación, del mismo modo que el recuerdo de mi primera anestesia general lo tengo asociado a la muerte súbita. ¡No hay como animarse en situaciones así…! Finalmente, me llega la absolución: me transfieren al piso primero a los boxes donde me recibieron para acabar de despertarme e iniciar la maniobra de salida definitiva. Entré a las 15’30 y voy a salir, si todo va bien, a las 20’30… No, no se me ha pasado “volando”, pero el despertar de la mole en modo alguno ha sido traumático ni doloroso, que es lo que más me sorprende. Me piden una exhibición de movimiento para asegurarse de que “controlo” las extremidades inferiores y no voy a acabar dando un traspiés y con los morros en el suelo. Por suerte, reparo en que, con el desentumecimiento, el vendaje compresivo que me han puesto me va a provocar, como ya lo hizo el del talón en la operación del espolón, una alergia de contacto que me va a llevar a la desesperación y a cortar por lo sabe, rompiéndolo con la tijera y poniéndome la crema Lexxema que me alivia las crisis alérgicas. La enfermera advierte mi determinación, se asusta, consulta con el equipo que me ha operado y, acompañada de una ayudanta, me cambian el vendaje por otro de algodón puro, menos compresivo, pero igualmente aparatoso. Ya veremos, me digo, aunque ha resultado mano de santo el cambio, pues cuatro días después de la intervención, aún no me ha dado ningún ataque alérgico que me desespere, aunque aún me quedan siete días por delante hasta volver a ver al cirujano para que me infiltre el ácido hialurónico, una dosis, he comprobado en internet, que se va los escocedores 300€ que voy a tener que “reunir” con motivo de mi próximo aniversario. Cojo un taxi, me planto en casa, y nada más entrar por el portal con las muletas un vecino nos dice que el ascensor está estropeado. O sea, que, con las mejores trazas alpinistas de Kilian Jornet, en modo cámara lenta, inicio la ascensión al cadalso, porque, para mi mal, no logro conciliar el sueño, no sé hacerlo boca arriba. Me levanto y comienzo ya el compromiso que había adquirido: durante este mes de inmovilidad, más o menos, me leeré, en su integridad, los Episodios nacionales de Galdós. Volver a Galdós, por quien siento devoción, ha sido la mejor decisión que podía haber tomado. Desde el primer volumen vuelvo a sentir la misma cordialidad narrativa que cuando me engolfé en las novelas contemporáneas y, con especial emoción, en Fortunata y Jacinta, El amigo Manso, La desheredada, La de Bringas, Nazarín, Miau y tantas y tantas como me han alegrado la vida lectora. Consciente de que quiero hacer una “buena recuperación” leo hasta diez horas diarias y me muevo lo justo, y con las muletas. Me echan la bronca constantemente, a la que recupero, siquiera sea brevemente, la vertical, y tratan de impedirme que colabore, a mi manera, en ciertas faenas domésticas. El hecho de no sentir ningún dolor y de que a los cinco días pueda ir doblando levemente la rodilla me anima a ciertas veleidades, pero dentro de lo razonable. Todas las horas de lectura son buenas, pero las de 6 a 8 por la mañana, con ese suave fresquito de amanecida, en una galería en la que me siento como el protagonista de La ventana indiscreta, no tienen parangón… Aficionado al Real Madrid, he de decir que el gol del desempate provisional, el de Casemiro, me llevó a encoger la pierna operada para dar el bote pertinente -ignorando cómo sin el auxilio de las muletas…- y ahí sí que el dolor se me agarró como solo esos dolores postquirúrgicos saben hacerlo, pero, ¡por suerte!, no llegué -¡no pude!- a encoger completamente la pierna y continué sentado, aplaudiendo, eso sí, el alivio de ponerse por delante el equipo y garantizar la eventual prórroga que, al final, no fue necesaria. En fin, aún me quedan días de inmovilidad, pero ya voy pudiendo entrar en el ordenador para, como ahora, dejar constancia de esta diminuta aventura quirúrgica a la que seguirá un tratamiento posterior en el que no me queda más remedio que confiar: el asfalto me espera…

miércoles, 31 de mayo de 2017

Actualísima crónica parlamentaria de 2013


Encerrados con un solo juguete: El estreno especioso de Oriol Junqueras.

Me permito tomarle prestado el título al amante bilingüe Juan Marsé para escribir esta crónica parlamentaria parcial. Lo es, parcial,  porque, aun a pesar de que seguí íntegramente el desarrollo de la sesión en que, a consecuencia del artefacto de agitprop que es el llamado "derecho a decidir", se votaba si el pueblo catalán es sujeto político soberano, no pude tener la visión que a mí más me hubiera gustado tener, la que enfoca desde el punto de vista de quien está en el uso de la palabra frente al resto de la cámara, porque es la visión que permite observar las reacciones a las intervenciones de los portavoces, algo que muy parcamente suelen ofrecer las cámaras cuando, desde el punto de vista televisivo, es lo más atractivo de la sesión. Algo así como los barridos que nos ofrecen las cámaras en los intermedios de los partidos de tenis, una práctica que ha arruinado la espontaneidad inicial con que se conducían los espectadores: ahora hay ya espectadores a quienes les interesa más captar la atención de la cámara que seguir el partido. No ha pasado algo así en la sesión parlamentaria, aunque algunos parlamentarios son conscientes de ese control de la cámara y suelen, cuando son enfocados, asentir o disentir con cierto énfasis para que se aprecie su servilismo -antes llamada adhesión incondicional- en las altas instancias del partido. La sesión del Parlamento catalán en la que se votaba sobre si el pueblo catalán es sujeto político soberano, tuvo, en sus señorías, dos actitudes muy diferentes. Por un lado, el bando de los solemnes, CiU, ERC, IC-V y por otro el de quienes, enfurruñados o displicentes, se oponían a que el Parlament tuviera poder para decidir algo así, opuesto a los preceptos de la Constitución española. Y luego estaban los probatasunos de la CUP, que se servían rancho aparte. La división de la cámara se hizo evidente al final de la votación, cuando los partidarios de la soberanía rompieron a aplaudir ni se sabe a qué ni a quién, con un ritmo mecánico exento de toda exaltación, y mucho menos de levitación -algo físicamente imposible en el caso de Junqueras- que contrastaba mágicamente con "el momento estelar en la historia de un pueblo milenario", etc. Cuando un parlamento inicia sus sesiones con un descafeinado golpe de estado, que eso fue la aprobación de la declaración de soberanía, enseguida se sabe que no habrá sorpresas, que cada cual se ajustará a su papel y que, como mucho, algunos podrían violentar la obligatoriedad del voto y desmarcarse, para hacerse notar y quién sabe si proveer  puentes por los que transitar hacia otras formaciones políticas que valoren su "valor contestario y su rebeldía patriótica", como así ocurrió con diputados del PSC ex-psoe que se guardaron la democracia en el bolsillo porque, al parecer, atentaba gravemente, la decisión de la Dirección, contra su conciencia política personal. Los execrados diputados de Unió, sin embargo, votaron siguiendo escrupulosamente el compromiso democrático que da sentido a su federación y cumplieron a rajatabla con su obligación. En la sesión oí por vez primera un discurso más o menos largo del jefe de ERC, Oriol Junqueras, profesor universitario que a mí me pareció profesor de parvulario, o de Secundaria en grupos de nivel bajo. Es alarmante el éxito político de este señor, porque es la simplicidad hecha discurso, es decir, se dirige a un electorado educado por la LOGSE, cuyo nivel de razonamiento todo el mundo algo culto sabe perfectamente cuál es, audiencia a la que adecua el mensaje con frases simples y escasísima subordinación. Utilizó en su intervención una lógica de las verdades del barquero, esas que sólo te permiten ir de una orilla a la de enfrente y vuelta a empezar, cuyos fundamentos son bien conocidos: la legalidad la establezco yo cuando me da la gana, y eso es lo que vamos a decidir aquí. Para los catalanes no existe la legalidad española, sino la legalidad democrática catalana, emanada, al parecer, de una manifestación callejera. A partir de esa premisa, el señor Junqueras desplegó un razonamiento en el que todo encajaba porque sólo se sustentaba en su libre arbitrio. Frente a ese castillo de naipes en el aire, pasó desapercibida la intervención del representante del PSC ex-psoe, quien se limitó, con cierta dureza de guardarropía, a constatar que tal proposición se saltaba a la torera la Constitución y que ellos no seguirían a los poponentes de la declaración por el camino de la ilegalidad. La contundencia de Alicia Sánchez Camacho, sin embargo, quien se expresó en perfectos castellano y catalán a lo largo de su intervención, si bien que empezara en castellano levantó los típicos rumores en la sala cuya traducción no puede ser mas que ésta : "comencem amb les provocacions...", sin pecar de tergiversador, porque se trata de una realidad que se manifiesta en cualquier circunstancia social, que los secesionistas vean el uso del castellano como una provocación; su intervención, decía,  fue un acto de realidad que desmoronó por completo la escasez de razones fundadas de los soberanistas. Tras ella, la intervención de Herrera, el monaguillo nacionalcomunista, tuvo la virtud de, como le sucede siempre, sumir al auditorio en una somnolencia en la que el cámara de televisión tuvo el detalle de no captar los bostezos o ronquidos de sus señorías, aunque desde el otro lado de los televisores, los espectadores pudimos ver con nitidez la espesa nube de incienso del botafumeiro de las piadosas intenciones humanitarias del interviniente, si bien anteponía a ellas el soberanismo, aunque los proponentes del mismo fueran quienes andan jodiendo de lo lindo a los sufridos catalanes con sus recortes presupuestarios y su incapacidad para gestionar la economía regional sin caer en el caos y la paralización, que es, al decir de los patronos y los banqueros, catalanes ambos, a donde lleva la soberanía que busca el estado propio. Albert Rivera fue, acaso, el más explícito: leyó el artículo primero de la Constitución española, donde se establece quiénes son los depositarios de la soberanía nacional, y a partir de ahí, dijo que todo lo demás holgaba, y que para perder el tiempo no era para lo que los habían elegido los ciudadanos. Se despachó a gusto contra CiU y ERC y bienvenidó a Pere Navarro al bloque constitucionalista, momento en el que la cámara enfocó al representante socialista para ver cómo se le formaba en el rostro un rictus de desagrado que a punto estuvo de provocarle un ictus, aunque mantuviera el tipo como pudo. La Camacho había iniciado el saludo de bienvenida al club, que conste. La intervención del probatasuno de la CUP fue tan irrelevante como la del representante de CiU, el corrupto Oriol Pujol, imputado en el asunto de las ITV. El joven moderno probatasuno hizo un alarde de realismo sin precedentes al reivindicar que el verdadero sujeto político es la entelequia denominada Països catalans. El segundo, reprochó al PSC que se alíe con las fuerzas españolistas. Y así se llegó a la votación. Aprobada la declaración de soberanía, comenzaron esos aplausos desconcertados con que los jugadores se pasaban el juguete unos a otros, al estilo de la bola orgásmica que aparece en The Sleeper de Woody Allen. Pareció por un momento, que estaban todo en el orgasmatrón más soso que pueda imaginarse -con la Presidenta de la cámara y la consejera de educación de por medio ya se entiende claro...-. Eran los miembros de una tribu en peligro de extinción que se animaban los unos a los otros para no desfallecer en su intento por transmitir de padres a hijos que un día fueron los reyes del mambo, digo de la sardana, y que si persistían en su reconocido talante segregacionista, autoritario, xenófobo y soberbio acabarían por prevalecer contra las asechanzas de la realidad exterior, llena de gentes diferentes totalmente de ellos, es decir, de la chusma, como solía decir su padre fundador, Pujol.

viernes, 26 de mayo de 2017

“Las personas del verbo. Contra Jaime Gil de Biedma”, de Joan Ollé.



Entre la devoción, la mitomanía y el cabaret poético: Gil de Biedma se parte por tres -yo, tú, él-, en un desnudo integral coreografiado por Joan Ollé.


Después de pasar, sin éxito, por Amposta para despedirnos de Tortosa con un arroz como la zona manda, y encontrárnosla en animado y masificado siglo XIX, seguimos camino para evitar colas en la autopista y llegar a tiempo para el espectáculo de Joan Ollé sobre la vida y la obra de Jaime Gil de Biedma, una suerte de homenaje en el que se quiere pasar revista a la obra humana y literaria del poeta desde sus propios poemas, sus declaraciones y sus Diarios, el último de los cuales se ha publicado recientemente. El “montaje” o la “propuesta escénica” -conceptos que sustituyen el anticuado de “obra teatral”, un género al que, desde el propio mundo teatral, parecen empeñarse en sentenciar a muerte- es simple y no tan efectiva como hubiera sido mejor para el espectáculo, aunque tiene una estructura que será del agrado de cuanto profesorado de literatura vaya a verla, porque se ajusta, como un guante, a esos espectáculos de consumo estudiantil sobre lecturas obligatorias para el bachillerato que han llegado a crear incluso un circuito teatral propio. Este espectáculo, desde esa perspectiva, sería todo un lujo. Hay una suerte de estética cutre, de pobreza de golfería, que, casando bien con algunas facetas humanas del biografiado, no cubren la total complejidad de su persona. Los textos están bien seleccionados, pero la innovación: tres actores encarnando al mismo personaje, sin que ninguno de ellos se adjudique, en principio, a una etapa biográfica, a pesar de las dispares edades de los tres, funciona en ciertos momentos y en otros se revela un obstáculo para el objetivo perseguido: que el público empatice con el poeta y comparta con él su aventura biográfica. Ahí las diferencias de nivel entre unos y otros intérpretes crean cierta disonancia, cierta falta de homogeneidad que afecta a la creación del clímax que se pretende. La exigencia de la impostación elocutiva le quita intimidad a la representación, sobre todo en el impetuoso, aunque escrupuloso Iván Benet; y solo en la voz de Mario Gas se recupera, para desgracia el público mayor que sordea, el tono de confidencia íntima que debería de haber sido la norma en toda la representación. El uso de la filmación, la grabación de voz y el añadido de dos canciones, una de Paco Ibáñez, bien adaptada a su voz por Judit Farrés, aunque se echaba de menos la poderosa voz grave del vasco, sobre un texto de José Agustín Goytisolo, al que le dedicó un álbum realmente imprescindible, y otra de Joan Manuel Serrat, contribuyeron, en algunos momentos, a convertir la escena en una suerte de “cabaret poético” por el que, sin embargo, no se insistió lo que acaso se debería de haber insistido, porque manifestaron no poca gracia los intérpretes en esos momentos y mostraban un lado frívolo del poeta que también existió.  Cada cual, supongo, si lector del poeta, esperaría los poemas que lleva grabados en la memoria. Pensé, durante la representación, que el De vita beata sería el broche de oro de la representación pero  no fue así, y se escogió un apagamiento naturalista en un entorno hospitalario que, francamente, constituyó un anticlímax excesivo. Nada nuevo se aportó, sobre la vida o la obra del autor; ningún poema poco conocido se destacó como olvidada pieza significativa; y se magnificó, a mi entender, la posición política del poeta y su significación ante la represión franquista con un tono excesivamente triunfalista. En conjunto, y a pesar de un movimiento en escena que no siempre respondía a una concepción dramático clara, sino a la necesidad de “mover” a los intérpretes para huir del estatismo parlante, la obra consigue cierta agilidad cinematográfica que permite pasar de unos textos a otros, de unas etapas vitales a otras, con cierto ritmo, sin demorarse ni apresurarse en exceso. Leyendo la nómina del equipo técnico, me ha llamado la atención la presencia en él de un “asesor de dicción en lengua castellana”, tarea para la que, naturalmente…, se ha escogido a un licenciado en Filología Catalana , profesor en la URV. Choca, ¿o no? En fin, supongo que el asesoramiento de un castellanoparlante de soca-rel acaso se hubiera visto como una “intromisión” imperdonable… En todo caso, los tres intérpretes en ningún momento desmerecen fonéticamente del castellano un si es no es aguardentoso de Jaime Gil de Biedma, aunque la impetuosa claridad elocutiva de Ivan Benet marcaba una distancia excesiva con el recuerdo que guardamos del poeta, de su voz y de su recitación. Había algo en la representación de propuesta televisiva, porque en todo momento tuve la impresión de estar viendo una entrega de aquella magnífica L’illa del tresor que Ollé hacía mano a mano con Joan Barril en una televisión catalana que no se si hoy estaría dispuesta a permitírselo.

jueves, 25 de mayo de 2017

Parar en Tortosa: un descubrimiento.


Una ciudad bimilenaria, ceñida al Ebro, o el multiculturalismo de antaño renovado hogaño sin el viejo esplendor.

Si la calle principal está dedicada a Cervantes, y ni se les ha pasado por la imaginación cambiarle el nombre, ello quiere decir que estamos en “territorio amigo”. El Parador, donde nos alojamos, es una antigua fortaleza árabe construida ya sobre una fortificación romana, el castillo de la Suda, que significa pozo. Llegamos tarde y comemos en el Parador, aunque escueza el precio. Yo me echo entre pecho y espalda un potaje de garbanzos, espinacas y bacalao que quita el aliento, y de segundo una lubina al horno, con patatas a la “panadera” que quitado ya el aliento, te hace el vacío…

Un paseo de contacto y nos sale al paso el Museo de Tortosa, instalado en el edificio modernista del antiguo matadero, lo que parece, a primera e intensa vista, increíble, a juzgar por la belleza civil y monumental del edificio, obra de Pau Monguió, como nos explicó el guía de la catedral en la mañana del sábado, un arquitecto que también lo fue de la casa Greco, modernista, situada frente a la Catedral.
Entramos en la oficina de turismo que está abierta y un guía al que cuesta entender lo suyo el cerrado acento tortosí, en parte por alguna pereza enunciativa y acaso también por cierta timidez de carácter, nos marca el único recorrido turístico posible en la ciudad. Seguimos caminando y llegamos a un parque donde se exponen los gigantes y cabezudos de cuya historia no nos enteraremos sino al día siguiente cuando el magnífico guía de la catedral nos cuente la leyenda de la cucafera en que se inspiraron, aunque una de las cabezudas parece haber inspirado el disparate de la Grossa, la lotería independentista catalana.
Atravesamos el parque González y nos acercamos a la orilla del río, junto al que pasear ensancha el espíritu. El antiguo puente del ferrocarril, lleno de rojo colorido, se recorta sobre el río manso, y poco acaudalado, y es, ahora, el inicio de una vía verde para caminantes y ciclistas, por la que al día siguiente nos proponemos pasear un rato. Llama la atención el hecho de que, al margen de la cubanyera gigante instalada en la rotonda de entrada a la ciudad, supongo que por el ayuntamiento, gobernado por la extinta CiU, bajo tolerancia de DRC y con un 40% de abstención, en el largo paseo por la ciudad no he contabilizado sino dos cubanyeres en los balcones, y una de ella bastante “xacrosa”, la verdad. De igual manera, es muy notable la presencia de inmigrantes en la ciudad, tanto árabes como subsaharianos, aunque estos en menor medida. La vocación agrícola de la comarca así debe de justificarlo, me imagino.  Lo curioso es, como pasa en otras ciudades, que la inmigración ocupa el centro de la ciudad donde tantos edificios en mal estado sobreviven a la piqueta que, en zonas aledañas al castillo entró, sin embargo, a saco. Por la noche, en el Parador, después de cenar un poco de fruta y una cuajada, leo en La Vanguardia -que compro de tanto en tanto y exclusivamente por el crucigrama de Fortuny, y por leer la “prensa del régimen”-, que el alcalde de Tortosa, ¡vaya por Maquiavelo, qué coincidencia!, ha mediado entre Gobierno, estibadores, pedecat y el sursum corda para que se aprobara el decreto-ley sobre la reforma del sector de la estiba, por imperativo legal de la UE, aunque en las bambalinas se sospecha un acuerdo para no acusar a CDC en el llamado “cas Palau”, algo así como volver a la vieja política del “peix al cove”. Postre, algo insípido, del día, es el deseo de mi Conjunta de echarle un vistazo en la televisión, como remate de la visita a la Cataluña profunda, que se revela bastante más cosmopolita y pluricultural que el monolitismo supremacista de los defensores de la Catalunya is different, a la película 8 apellidos catalanes, y, aunque engolfado yo en las Elegías de Propercio, y ella en pacífico sueño al cabo de nada, no deja de llenarme de vergüenza ajena un bodrio que hace “aigües” por los cuatro costados y gracia por ninguno.  Habíamos dejado pendiente la visita de la catedral y, camino de ella, reparamos en los Reales Colegios, nos acercamos y volvemos a encontrarnos con el amable guía de la Oficina de Turismo, quien, gentilmente, nos cobra un euro por entrar a visitar el patio del Real Colegio dedicado por los reyes a la integración de moriscos y judíos, un edificio construido por el mismo arquitecto del palacio de Carlos V de la Alhambra de Granada, Pedro Machuca -nos dijo el guía de Turismo, aunque no he encontrado ninguna referencia a ello en internet- y que constituye, con la universidad de los dominicos construida a su lado, el mejor conjunto renacentista de arquitectura civil en Cataluña. El patio, con representación en bajorrelieve de los reyes de la Corona de Aragón y con unos graciosos perfiles moriscos bajo ellos, bien merecía una visita que, por la hora de la mañana, hicimos solos.
Al lado de los Reales Colegios, en una iglesia, ya secularizada, hallamos uno de esos tesoros que no sé si se valora como se debe, me refiero al archivo municipal, un hermosísimo mueble en madera labrada y policromada que parece diseñado para una película sobre el Renacimiento dirigida por Visconti. Quienes hemos sido funcionarios de la Administración, concretamente de Hacienda, estamos en disposición de apreciar como nadie el valor de una obra de arte "funcional" como la que tenemos el privilegio de contemplar. Retiramos con cuidado unas sillas dispuestas para un acto que se celebrará en breve y luego las retornamos a su sitio, de tal modo que la fotografía haga justicia a la belleza de un archivo como no creo haber visto otro igual en mi vida y que, por sí mismo, ya justificaría la visita al recinto.
El guía nos dijo que a las 11 se realizaba una visita guiada a la Catedral y el barrio antiguo que merecía mucho la pena. Y no se equivocó. La hicimos en compañía de un grupo de Castellón curiosamente dividido: las mujeres se apuntaron a la visita guiada, los hombres, salvo dos, prefirieron sentarse en una terraza… Y empezamos una visita llena de explicaciones que el guía iba desgranando con afición y sutil sentido del humor, quizás animado por el hecho de que, al menos uno, mi menda escribenda, tomara notas casi compulsivamente de sus explicaciones prolijas. Muchas, e interesantes, fueron las revelaciones hechas a lo largo de una visita que recomiendo fervientemente a quienes quieran descubrir parte de la historia bimilenaria de Tortosa, antigüedad de la que se ufanaba orgulloso el guía, como si hubiera contribuido poderosamente a ella. Lo importante es que Tortosa fue una ciudad de frontera, un puerto fluvial importantísimo que generó enormes riquezas y que tenía uno de los obispados más deseados de España, que se extendía hasta Valencia. Ramón Berenguer IV la reconquistó a los árabes mediante la estrategia del asedio, que duró seis meses, hasta la capitulación de los moradores. Tengamos en cuenta que la plaza fuerte de Tortosa se distingue por ser la edificación defensiva con más quilómetros de muralla de España, doce, de los cuales aún se pueden visitar no pocos tramos en la parte de atrás del castillo y un tramo que se adentraba hacia el Ebro en los Jardines del Príncipe, que visitamos al día siguiente, el domingo. Mucho tuvieron que ver los judíos, como mediadores para lograr la capitulación de los árabes, pues se inclinaron hacia los cristianos, de lo que sacaron como botín la asignación de un barrio de la ciudad del que hoy no queda más rastro que la estrechez de algunas calles.
Las piedras, traídas de Flix, para la construcción de la catedral incluían también la muy enorme de seis toneladas sobre la que se esculpió la muy hermosa “clau de volta” que cerraba el crucero del altar mayor, una obra tan espectacular como debió de ser la colocación de la misma, tras lo cual ya se consagró al culto esa parte de la catedral. Lo más singular, sin embargo, de la catedral de Tortosa, majestuosa por dentro, es que haya permanecido inacabada, porque, por razones defensivas, los cañones situados por encima en el castillo, cualquier edificación de las torres hubiera sido un obstáculo para la línea de tiro. Así pues, a medias por la falta de fondos, a medias por las exigencias defensivas, la planta de la catedral no está rematada en su fachada por las dos torres diseñadas, con la estatua del Ángel Custodio entre ellas, auténtico patrón de la ciudad, del mismo modo que la Virgen de la Cinta es la patrona. En el interior de la catedral, en el que hay otra capilla que parece otra catedral a escala, nuestras compañeras de visita descubren, en una de las pinturas murales, a un conocido: el párroco de su iglesia que sirvió de modelo, un tan don Salvador, que ejerció, antes de venir a Tortosa, en Alquerías del Niño perdido, un pueblo segregado del de Villarreal tras una larga lucha judicial por su independencia, iniciada en 1929 y acabada en 1985. Todas fotografían al mossén con indudable alegría. La imagen de la titular de la Seo se fabricó en Barcelona, en plata y se duda de si se la representa embarazada o no. Se trata de una capilla que vimos casi de milagro, porque se esperaba a la Consejera portavoz del Gobierno de la Generalidad y a punto estuvimos de tener que dejarlo para otra ocasión, por esa primacía de los cargos políticos a quienes se les abren todas las puertas después de desalojar al “pueblo” de adonde ellos vayan… De salida, volvimos a pasar por la escalera principal de la fachada y, alzando la cabeza, ¡en mala hora!, tropezó la vista indiscreta con los refajos y adiposidades interiores de la mendaz Consejera demagógica, para horror contemplativo donde los haya. A punto estuve de recordarle, con horrísona voz destemplada, y maquillada, una cita de Unamuno, ni venceréis ni convenceréis, pero opté por el piadoso silencio, del que me arrepentí en cuanto, hecha la fotografía de rigor, el grupo del Régimen se adentró en la Catedral. Al fin y al cabo, manifesté el respeto por sus ideas que ellos no tienen a quienes discrepan de su delirio totalitario, aunque mi consuelo sea que, de persistir en él, lo purgarán donde otros delitos, de diferente naturaleza, se purgan: en la cárcel. Un paseo después de comer, el “menjar blanc”, una variante del arroz con leche, nos dejó buen sabor de boca, nos lleva a descubrir una excelente librería, la Viladrich e incluso a poder comprar la prensa del día que acompaño, esta vez, de un semanario de la tierra L’Ebre, porque siempre me gusta leer la prensa local de allá donde voy. Se trata, por lo general, de un periodismo “apegado al terreno” que no desperdicia el espacio para embutir noticias breves que lo convierten en lo más parecido a aquellos antiguos “Diarios de avisos” de los tiempos heroicos de la aparición de los primeros periódicos. Es tal la mezcla de noticias, que resulta difícil distinguir entre lo fundamental y lo anecdótico. Entre las disputas en torno al monumento franquista del río, cuya demolición o traslado evitó el pueblo en un referéndum, y el posible ascenso a “Primera” del equipo local, lo que en páginas interiores uno identifica con la antigua Cuarta División , hoy Primera Regional. Del paseo por la ciudad rescatamos algunos edificios notables y uno, de inspiración egipcia, que nos llama poderosamente la atención.
Se trata de la antigua Clínica Sabaté, obra del maestro de obras Josep Maria Vaquer y construida desde 1914 hasta 1916, aunque algunos la atribuyen a Francesc Escudé, quien no llegó a acabar la carrera de arquitecto. La mañana del domingo la dedicamos a darnos un paseo por los Jardines del Príncipe, así llamados por los que inauguró, su rehabilitación, el entonces príncipe Felipe, acompañado, como reza la placa, por un Molt Honorable Jordi Pujol cuyo título habría de sufrir una rectificación urgente, o sea, un reset que actualice la dimensión histórica del expresidente. Volvemos a encontrarnos en la recepción con el guía “único” y ubicuo, al parecer, de Turismo, con quien cruzamos una sonrisa casi ya de camaradería, aunque nos cobra los tres eurazos de rigor para una visita que propiamente no los vale, pero, bueno, tampoco alegamos la condición de jubilados para reducir el precio a dos, que conste. Los jardines pertenecían al antiguo balneario de Porcar, que tuvo teatro y casino en el siglo XIX y fue lugar de descanso de las élites de toda España. El lugar alberga un museo de esculturas al aire libre del autor abulense Santiago de Santiago sobre las que cualquier juicio estético levantaría polémica. Como son muchas, digamos el piadoso “hay de todo” y, como está dedicada, la exposición, a la aventura del ser humano, destaquemos la primera escultura que he visto de un parto, con motivo de la protesta del autor contra la bomba de Hiroshima.
Acabada la visita, volvimos, no deprisa y corriendo, pero sí con cierta celeridad, porque teníamos entradas para ir a ver el espectáculo de Joan Ollé sobre Jaime Gil de Biedma en el Teatre Lliure de Gràcia. Pero de esto hablaré otro día. Fuimos a Tortosa sin saber nada y volvimos habiendo pasado dos días excelentes en los que si algo destaca, con mucho, de todo lo demás, ello sería la excelente explicación histórica del guía de la catedral. Reiteramos nuestra complacencia y agradecimiento. La ciudad, con todo, ceñida al Ebro y tan reducida, no es extraño que genere una cierta asfixia, si se atiende a la perspectiva de vivir en ella permanentemente, dada, además, la relativamente pobre vida cultural e incluso, y en mi caso particular es algo decisivo, la ausencia de salas de cine. Sí es ciudad, sin embargo, donde pasar una breve temporada con un fin determinado, pongamos una investigación histórica, sociológica o artística, porque el ritmo slow motion de la vida ciudadana lo permite, y, ¡por supuesto, y muy recomendado!, un fin de semana en el que “descubrirla”. Su punto de romanticismo lo puso el escaso caudal del río y la suave ondulación de las algas como si fueran los cabellos de Ofelia:






martes, 16 de mayo de 2017

Un debate de bate y tente tieso...


Un  retrato cruel de la vulgaridad política o la falsación del axioma clásico: "es lo que hay".

Ayer seguí, cuaderno en mano, el debate de los tres aspirantes a ser aupados por los militantes al cargo de Secretario o Secretaria General del PsoE. Se ha de agradecer que la moderadora quedara eclipsada, a lo que contribuyó, además de su buen hacer profesional, que, a pesar de las pullas, los tres debatientes rehuyeran, salvo escasísimas excepciones, el cuerpo a cuerpo, conscientes de que la imagen de contienda callejera que podrían dar redundaría en el desprestigio del partido al que los tres quieren representar como máxima autoridad electa. Un debate es, en principio, una confrontación de ideas, de proyectos, de una visión de la realidad y de sus problemas y de las soluciones que se ofrecen para resolverlos. Nadie puede ignorar que un debate tiene varios contextos y que deriva en una u otra dirección en función de cuál de ellos privilegien los oradores. Sumemos a ello el carácter inequívoco de acto electoralista, que era la razón de ser de la celebración del mismo, y tendremos una visión de la complejidad  del acontecimiento que, sin embargo, ha defraudado las expectativas legítimas de quienes buscábamos en él una explicación razonada de por qué cada uno de los tres "merece" el voto de los militantes socialistas. No me perderé en la digresión de si han de ser solo los militantes quienes elijan al Secretario General, sin la posibilidad de que los "votantes" puedan, con ciertas condiciones, participar también, porque ese debate de si el Partido es de los militantes o de estos y los votantes ni siquiera se planteó ayer en el debate. Tampoco quiero hacer un resumen de las posiciones de los tres candidatos, que hoy están en la prensa o en la grabación del debate que seguro que se encuentra en internet. Lo que pretendo, como viejo seguidor de debates políticos de todo tipo -maratonianas sesiones parlamentarias incluidas-  desde que se instauró la democracia en España, es acercarme a una visión sin prejuicios de las tres intervenciones. Empezaré por decir que me sorprendió la tranquilidad elocutiva de Susana Díaz, cuya versión mitinera siempre me ha parecido degradante y muy lejos de la altura política que se ha de exigir a quien pretende convertirse nada menos que en la primera presidenta de Gobierno de España. Como suele decirse, ganó en la distancia corta, e incluso exhibió un capacidad de crítica despiadada que "tocó" al candidato Sánchez, quien adoptó una estrategia "a la defensiva" y victimista -esto último quizás se le ha contagiado de sus buenas relaciones con las fuerzas nacionalistas- más centrada en la reivindicación de su figura como Secretario General que en la comunicación de las razones por las que se le debería volver a elegir. Díaz llevó el enfrentamiento a un terreno personal que no estaba contraindicado en el debate, porque, como pudo advertirse, ideológicamente -si es que el concepto de idea cabe ser usado para caracterizar sus propuestas sin que se resiente la propiedad lingüistica  en este caso- estaban muy cerca los tres, tanto que son imperceptibles las diferencias de matiz que pudiera haber entre ellos; se trataba, en consecuencia, de marcar las diferencias "personales" a la hora de gestionar el partido. La única diferencia "real", evaluable objetivamente, que apareció en el debate fue la promesa solemne de Díaz de dimitir, si no superaba los resultados electorales de Sánchez, y marcharse a su casa. Ninguno de los otros dos la secundó, curiosamente. También hubo otra diferencia, esta de tipo organizativo, entre los tres candidatos, porque entre el concepto asambleario del PsoE que defendió Sánchez y el concepto tradicional representativo de Díaz, y también de López, hay algo más que un abismo, hay lo que señalaron Díaz y López: convertir el PsoE en un Podemos bis, algo, a todas luces, incongruente, y por ahí flaqueo mucho Sánchez. La otra gran pulla del debate, sobre la que se habla poco, nada en la SER, por ejemplo, y nada en la crónica del debate de Anabel Díaz, en El País, fue la arbitrariedad de Sánchez en la elaboración de las listas y en el abuso de autoridad que supuso la disolución de la ejecutiva de Tomás Gómez. Susana Díaz, con gran habilidad dialéctica, cifró en un nombre: Irene Lozano, antigua diputada de UPyD, quien se significó por haber despreciado pública y notoriamente al PsoE, y a quien Sánchez, obviando la labor de tantas y tantas mujeres socialistas con acreditada solvencia política, escogió para los primeros puestos de la lista de Madrid. El debate era un debate intrapartidario, y quienes viven la vida interna de los partidos saben, perfectamente,  el valor que tiene la denuncia que hizo Díaz de ese comportamiento frívolo de Sánchez en la elaboración de las listas, premiando la política de escaparate por encima de la lógica interna del partido.Por esa vía comenzó el declive político, por cierto de Felipe González, cuando "fichó" a un juez estrella, Garzón, cuyas ambiciones iban bastante más allá de para lo que González lo había fichado. Si añadimos el recuerdo grotesco de la urna tras la cortina para la votación del Comité Federal que acabó votando contra las tesis del Secretario General, lo que provocó su dimisión, el retrato que trazó Díaz de Sánchez por fuerza habrá hecho reflexionar a muchos de los votantes que no han avalado a nadie, que ascienden, al parecer, a 70.000. Sería gracioso que esa masa "indecisa" se decantara por el fiel de la balanza que acabó representando Patxi López, fiel al modelo de Javier Fernández, cuya franqueza y claridad de exposición imitó con notable provecho. López quiso representar al socialista "de toda la vida" -y en eso luchaba contra Díaz, y con alguna ventaja, porque Díaz recurrió al hilo histórico de los barones, mientras que López a los militantes de base de las casas del pueblo- con un espíritu confraternizador que, me imagino, habrá llegado nítidamente a sus destinatarios, porque también nos llegó a los espectadores sin derecho a voto, pero no imparciales. Me llamó la atención que de los tres candidatos el único que sacó información gráfica para corroborar sus posiciones fue Sánchez, mientras que los otros dos confiaron plenamente en el poder de sus razones dichas, sin apoyo visual de ningún tipo. Como las propuestas sociales eran todas de una vaguedad tan descorazonadora como descalificadora, enseguida se advirtió que todo el juego dialéctico se reduciría a una cuestión meritocrática. Y ahí es donde el debate se hundió estrepitosamente, porque la falta de pudor a la hora de destacar los méritos propios y de ningunear los ajenos provoca siempre en cualquier espectador la sensación de las luchas de corral, de vuelo tan corto. Sánchez cometió el error de "anexionarse" a López y dar por hecha una unión "natural" que enfrentaría al PsoE de izquierdas, ellos, con el PsoE de la derecha, ella. Fue un error de mucho bulto y es elocuente para afinar el juicio político que merece un candidato bien intencionado que se ha ido escorando hacia una posición esencialista que, como bien definió mi querido Juan Poz, "pretende convencer a sus votantes de que son la vida que no llevan". Si a eso le añadimos el sesgo victimista de quien no supo "leer" los resultados electorales de dos elecciones consecutivas y estaba dispuesto a que se celebraran las terceras, con la consiguiente pasokización del PsoE, lo que el comité Federal, con oportuno sentido de la realidad, impidió, la imagen resultante de Sánchez en el debate se completa, y no a su favor.  No sé si el alarmismo de López sobre la posible fractura del PsoE tiene suficiente base real para que los votantes del PsoE lo tengan en cuenta antes de emitir su voto, pero quedó claro, esa fue una de las grandes virtudes del debate, que este no giraba en torno a las dos opciones maniqueas de Sánchez: El PsoE de la abstención a Rajoy o el PsoE del "no es no" al mismo Rajoy -maniqueísmo que desmontó Díaz con su apelación a las contundentes derrotas contra el peor PP, lastrado por la corrupción-, sino a la supervivencia del antiguo PSOE, hoy en declive y en viaje a ninguna parte, si no son capaces de encontrar su lugar en estos tiempos políticos de la volatilidad, el capricho, la indignación y la incongruencia. Me extrañó que no hubiera ninguna referencia ni análisis a y de las recientes elecciones francesas, de las que tanto podemos aprender, y sobre las que las posiciones de los candidatos tanto nos hubieran ilustrado sobre su propio pensamiento. De hecho, la "fraternidad" que repitió Díaz hasta cuatro veces, fue lo único "francés" que apareció en el debate. La guinda del debate la puso López, quien, con esa campechanía de imitación "asturiana", detuvo el flujo del mismo con una pregunta incisiva sobre si Sánchez sabía lo que era una nación, y allí fue el buenote de Pedro a caerse con todo el equipo de su superficialidad, de su trivialidad y de su inconsistencia política. La trampa era evidente, y no supo esquivarla. Hoy es trending topic -se dice así, ¿no?- en Twitter y otras plataformas. Quiso desquitarse cuando reprochó a López que no hubiera dimitido como él, cuando la Gestora cambió el no por la abstencion, pero ni en esa oportunidad le salieron bien las cosas, porque López, perro viejo y bregado, le dio una lección de lo que es el comportamiento democrático que permite la existencia misma de los partidos, poniendo de relieve las veleidades egoístas de a quien se acusa de estar casado políticamente con el yo, mi, me, conmigo. Recordemos que la pulla contra la Susana Díaz preferida por la derecha, también se volvió en su contra, cuando esta le recordó que acaso el PP se sienta mucho más cómodo con quien pierde ante ellos elección tras elección. En fin, como se advierte, emplearon todos el bate en el guiñol del debate y, al final, quienes hemos salido perdiendo somos los votantes no militantes, a quienes muchas razones en el futuro se nos habrán de dar para poder volver a confiar en que el PSOE sea una alternativa real al gobierno del PP. De momento, y a pesar de que ninguno de los candidatos estuvo a la altura de lo que debe esperarse de un futuro,o futura, Secretario General del PsoE, me inclino a sugerir que el voto oculto de esos 70.000 militantes expectantes debería ir a Patxi López para que, como quería Platón en El político, tejiera una red de alianzas que permitiera recomponer el partido y, guiados por el principio de realidad, no pierdan de vista los problemas, algunos dramáticos, de sus conciudadanos. Ya veremos.