sábado, 7 de enero de 2017

La vieja retórica política vacía: un artículo de Ignacio Urquizu.



La retórica del lugar común sin referente: Articular el cambio, de Ignacio Urquizu o más piedras para el pavés de la Caína...

Es privilegio de gente ociosa, aun poco cultivada, poder coger un lápiz y sentarse un martes por la tarde a leer y subrayar un artículo de fondo que propone, ¡nada menos que "articular el cambio"!, es decir, según la RAE: 2.tr. Construir algo combinando adecuadamente sus elementos. Ese "algo" no puede ser otra cosa que el tan traído y llevado "cambio" que, si fuera voz que por un accidente cósmico desapareciera del mundo hispanohablante, iba a dejar políticos más míseros que el sabio de la fábula famosa. El señor Urquizu, a quien no tengo el gusto de conocer, ha tratado de construir lo que a él le debe parecer una máquina ingeniosa de acción política que, a poco que se use, logrará votos para el PsoE como mataba fascistas la guitarra de Woody Guthrie. Me hizo ilusión, lo confieso, acercarme  a un intelectual de izquierdas, desde mi humilde condición de observador anónimo. y escasamente formado, de la realidad social, próxima y lejana, para ver si sacaba en claro "exactamente" cuál era el retrato, sin seis ni cuatro, de ese cambio que alterará  de raíz el panorama político español. Llevado por el entusiasmo con que suelo hacer la mayoría de mis cosas, por modestas que sean, como no ignoran los frecuentadores de esta Provincia, me apliqué a la lectura dispuesto a subrayar todas las revelaciones que me iluminaran, que me sacaran de la ceguera política en que suelo vivir, a juzgar por lo mucho que discrepo de casi todos y lo poco en que se tiene mi opinión. He de confesar que la descripción no es el fuerte de Urquizu, pues cuando habla de los modelos de bienestar muy generosos e inclusivos cae en la parquedad, en la que se instala cuando dice que los grupos sociales activos (ecologistas, feministas y otros grupos sociales) acabaron generando cambios en los partidos y en nuestros modelos de bienestar. Al parecer, la ausencia de mecanismos compensatorios en el proceso de globalización y el progreso tecnológico no solo han generado incertidumbre e inseguridades, sino brechas, muchas brechas: perdedores de la globalización, la inmigración, la visión crítica de Europa y una profunda brecha generacional. De ello se deriva que las ambiciones transformadoras requieren coaliciones más amplias. [Hasta el momento, adviértase que de todos esos enunciados no se ha explicitado el contenido del referente: puras enunciaciones tan vagas como dispares podrían las concreciones de ellos. Dar por consabido es otra manera de ignorar.] El autor define que el gran peligro del PsoE, transitando por un momento muy crítico, es que se desarticule el espacio político de centroizquierda. Entre dos fuegos, el de Ciudadanos, con vocación de vertebrar el statu quo y otro, Podemos, liderando la ruptura, el PsoE significa un proyecto político de transformaciones profundas, para lo cual, ineludiblemente, ha de articular una coalición de cambio político. El primer movimiento en ese sentido pasa, según el autor, por rehacer la convivencia con el psC, un proceso que, segun Urquizu se entenderá en clave del encaje de Cataluña dentro de España. [Y adviértase ahora ese complejo catalanista del PsoE que lo lleva a considerar implícitamente la soberanía que defiende el psC, una versión light del *derecho a decidir, y que les permite hablar, irracionalmente, de Cataluña y España en pie de igualdad, como si Cataluña fuera exclusivamente la Cataluña monolítica y uniformizadora del secesionismo o el catalanismo soberanista, y el resto de la población que no comulga con esos postulados poco menos que escoria de la Historia.] La cultura federal basada en la lealtad mutua forma parte de esa interpretación restrictiva de los derechos de los ciudadanos y generosa de los inexistentes de los pueblos que defiende el articulista. La empatía con los antipáticos que preconiza el autor, más suena a concesiones extraconstitucionales de difícil aceptación en un referéndum nacional que a una concepción inequívoca de lo que sea esto a lo que llamamos España. Que el autor venga a decirnos que para articular un nuevo cambio será necesario una coalición social muy plural, donde el conflicto territorial nos pone a prueba, no significa otra cosa que la última posición antedefenestración de Pedro Sánchez: renunciar al proyecto autónomo socialista y entregarse, atado de pies y manos, al caudillismo de Pablo Manuel Iglesias y a los partidos independentistas del Parlamento. ¡Pues bonito artefacto que le ha salido de su articulación al señor Urquizu! ¿Y cómo se ha propuesto llamarlo, Federación de Taifas Ibéricas? En fin, me ha sido casi imposible traducir todos esos conceptos generosos, ardorosos, emotivos, luchadores, progresistas, etc., que ha derramado el señor Urquizu en su artículo, pero estoy seguro de que es mi falta de formación la que lo ha provocado. Prometo enmendarme y, por supuesto, no volver a atreverme a quejarme de la opacidad de los intelectuales socialistas como el señor Urquizu, de quien espero que participara en su tiempo, al menos, en aquella bella campaña que proclamaba !Teruel existe!, y que yo defendí ardorosamente por mi amor a Teruel, a Albarracín y a los Montes Universales.

domingo, 1 de enero de 2017

Año ¿nuevo?, fiebre vieja...


La alucinante vida febril.

Las décimas sin poesía de la destemplanza te cambian la vida. Tiritas a la noche, y sudas y te hielas y te abrasas y te empapas de fiebre licuada. Te levantas y la flojera casi te hace trastabillar. El cilindro irregular y cárdeno del pene te arde en la mano y el chisguete de orina ocre y humeante se bifurca  más allá de la ávida garganta de la taza burlada. Ya sabes que no estás para nada ni para nadie, ni para ti. O peor, acabas de entrar en ti de la peor manera posible: cada articulación, cada músculo, cada recodo de la garganta en carne viva, cada expectoración arrancada con voluntad de aguerrido espeleólogo al tubo escarnecido, cada tiritona que te sacude los hombros y los brazos como un títere de cachiporra, cada paso sobre la nube de algodón gestatoria que te lleva de aquí para allá sin percatarte apenas de lo que te rodea, cada vértigo que te amenaza con derribarte de forma fulminante son vividos por ti con una conciencia meticulosa que te acrecienta el malser, porque ya no eres sujeto susceptible del malestar. Flotas en lo que te parece una realidad sin contornos, cuando se trata propiamente de una ausencia de la realidad que te ha dejado con un embotamiento en el que no sabes cómo orientarte y del que ignoras cómo salir. Noluntad, eres, ahora. Y santito levitante, a fuer del torbellino en cuya chimenea pareces instalado desde que las piernas temblorosas chocaron, al amanecer, contra el frío nocturno de la habitación.
Hubo un tiempo de juventud en que la destemplanza no se extendía al deseo, y con no poco orgullo exhibías una gozosa vitalidad fálica que ahora te parece fragmento de un desmesurado cuento fantástico. Hoy, por el contrario, la vida febril te impone un cansancio eterno, un embotamiento que te aísla en una dimensión cuyos territorios siempre admiten una nueva exploración, aun a pesar de que hay constantes, paisajes invariables.
Lo que peor llevas es que te bailen las palabras, así como que se desvanezcan los sonidos o se vuelvan estridentes. Pero abrir un libro y que las líneas inicien una danza difícil de seguir sin que el vértigo te tumbe, ¡qué desazón! En el retorcimiento de las cuerdas impresas en la página, las palabras hacen cabriolas circenses mientras se ríen, o así te lo parece al menos, de tu confusión y de tu palidez de hoja reciclada. No mucho mejor llevas la administración de los fármacos que, diseñados para evitarte la llaga siempreviva de la faringe y facilitar la fluidez de una mucosidad pardoverdeamarillenta, te destroza el estómago y te deja sin apetito y, lo que es peor, sin gusto. Por eso -¡terror del equilibrio bascular, obra de tan fina diplomacia nutritiva!- no te apetece otra cosa que dulce, y casi solo dulce ¡Y cómo resistir, en estado de tan suma debilidad!
En invierno es más soportable el asedio. La calefacción te ofrece un microclima tropical desde el que te parece inverosímil el albornoz con el que te abrigas en tus paseos de caminante sin meditación posible. El cerebro de tu destemplanza es una ciénaga de mermelada y polvo de tiza en un encerado desgarrado por la rebeldía resentida de la ignorancia. Te instalas en el sillón de cuero y enciendes la televisión para adormecerte al ritmo, más febril aún que el latido de tus sienes, de sus imágenes invasoras e insignificantes, doctrinales... Despiertas entre sudores y temblores. Te asustan los rostros y los gritos, los decorados, las luces, el plauspúblico rasurado, la vida hortera que se te mete hasta los huesos temblequeantes...Renuncias.
En verano la fiebre es una urgencia de delirios y vértigos. El agua te repele y el jugo de la naranja tiene el sabor desvergonzado a moco de un beso acatarrado. Sueñas, entonces, con el invierno y las calles anegadas de lluvia desde tu balcón bien cerradito, hecho un mirón del espacio intangible entre tus ojos y la esparcida realidad sobre la que el agua lava sus mil pecados.
El cuerpo destemplado tiene siempre el alma haragana y los sentidos en huelga. La vida que se nos presenta ante la indolencia peca de amorfa y descarada. No la reconocemos, ni nos reconoce. Sombras matinales aisladas en el suburbano, bultos incomunicados, eso somos en la fiebre. Porque a veces el delirio de la destemplanza nos urge a salir, a vencer la barrera ardiente de la maldición, ¡y en mala hora  nos atrevemos a recorrer apenas una manzana entre estertores y convulsiones! La heroicidad se diluye como se nos licúa el pulso agitado. La garganta nos muerde con su aspereza en la insensatez, y la lengua sucia de la ceniza de la amigdalitis imposible nos mancha las palabras que escupimos en la bacinilla, las que no nos liberan.

martes, 20 de diciembre de 2016

La nueva y vieja comedia eterna: "Art", de Yasmina Reza.



Las flaquezas de la amistad; las fortalezas del rencor: Art, de Yasmina Reza, por primera vez en catalán en Barcelona. 

Tener el teatro a dos manzanas, a la misma distancia que el cine en versión original, lo hace a uno, definitivamente, hombre de barrio, lo que me recuerda que le debo a ese concepto, tan arraigado en la vida vecinal de la Barcelona del noucents y, en realidad, de siempre, una breve reflexión que repase los límites nada estrechos de esa actividad pública en permanente erosión, desde aquellos tiempos en los que en cada azotea, de los barrios populares de la ciudad, al menos, casi sin excepción, solían los vecinos celebrar juntos la revetlla de Sant Joan e instalar una hoguera monumental en cada cruce del Ensanche. Frente a esa realidad, los protagonistas de Art representan una vida doméstica, recluida, ajena a la vida ciudadana, y llena de malentendidos, rencillas, heridas no cicatrizadas y no poca mala leche, vertida a propósito de la decisión de uno de ellos, el mejor situado, un existoso dermatólogo, de comprar un cuadro blanco por 200.000€, ¡un Andrews! Pronto advierte el espectador, por el tono cómico de las interpretaciones, que va a presenciar un espectáculo despiadado en el que saldrán a la luz las miserias de tres amigos cuyas relaciones, por parejas cambiantes, nos ofrecen un entretenido juego de complicidades y de desencuentros que nos permitirán calibrar, muy desde fuera, lo que podríamos llamar la "radical insinceridad de las relaciones humanas cordiales", un eficaz disfraz para mantener la "paz social" y la armonía entre los seres humanos allegados. Art es una pieza teatral eminentemente cómica, a pesar de las relaciones humanas profundas que analiza con absoluto rigor y no poco desencanto. Hay, sí, humor negro, ciertamente; pero la gran vena humorística de la pieza surge de lo que podríamos llamar los pequeños y casi intrascendentes acontecimientos de la vida cotidiana, como la propia compra del cuadro o el inminente casamiento de uno de los personajes. Pocos días antes de ir a ver Art, había vuelto a ver, en la TV, Un dios salvaje, la película de Polanski sobre otra obra de Reza, Le Dieu du Carnage, con la que la presente tiene mucho que ver tanto desde el punto de vista de la confección dramática como de la perspectiva crítica desde la que se aborda la vida cotidiana en una metrópolis moderna. Art ya se había representado en Barcelona con anterioridad en dos excelentes montajes, uno con Josep Maria Flotats, Josep Maria Pou y Carlos Hipólito y la otra con Ricardo Darín, Óscar Martinez y Germán Placios, ambas, ya lo he dicho, en castellano, y que por una u otra razón, no recuerdo bien, no vi. La traducción catalana, a cargo de Jordi Galceran, la representan tres actores, Pere Arquillué, Francesc Orella y Lluís Villanueva, dotados de una comicitat tan magnífica que las risas de todo el teatro forzaron más de un silencio de los actores y, en el monólogo extraordinario de Arquillué, incluso una ovación cerrada a mitad de la obra. Supongo que la condición de divos televisivos locales de Arquillué y Orella, el exitoso Merlí, algo habrá contribuido a que la obra se represente a teatro lleno cada día, pero la verdad es que el clima de comicidad que instalan los tres a lo largo de la representación es exactamente el que exige la obra de Reza. La aclimatación catalana de la obra, Maragall, Torregrosa, etc., está muy lograda y el catalán empleado fluye con la espontaneidad propia del mejor catalán coloquial alejado de esa tentación arcaizante que tan del agrado es de quienes hacen patria excluyente  del lenguaje de todos en estos días de quimeras políticas y nacionalismos de aldea. Los personajes, con quienes los espectadores conectamos fácilmente, porque, a fuer de individualidades bien perfiladas, tienen algo de arquetipos: todos somos amigos sí y tenemos amistades así, se van desnudando a lo largo de la obra a través de situaciones bien comunes en las que tampoco es difícil que alguna vez nos hayamos visto, si es que hemos tenido la valentía suficiente como para "aclarar" algunas de esas relaciones rutinizadas e insatisfactorias en las que permanecemos por comodidad o por miedo a las verdades que puedan ponerles punto final. Que la obra sea divertidísima de principio a fin no quita que se ventilen en ella visiones muy deprimentes del hombre contemporáneo, pero, insisto, se agradece que prime el sentido del humor del artefacto cómico por encima de las negruras del desencanto. Los tres actores han perfilado sus protagonistas con suficiente individualidad como para que apreciemos las tres psicologías bien diferenciadas con las que construye la autora su obra. Arquillué es, al parecer, quien más sorprende en su papel cómico, viniendo de papeles de villano en Aló3 que, por descontado, nunca he visto; Orella compone el suyo en un registro cercano al del profesor de Filosofía que interpreta en la misma televisión, a quien tampoco he visto en ella, y, finalmente, Lluís Villanueva, a quien vi en La soledad, de Rosales, en un papel también muy distinto del excelente que representa en Art. No descansa en su interpretación la función, pero ha de reconocerse que sirve como hilo conductor y catalizador de la necesidad de lavar los trapos sucios que sienten los tres amigos para revivir, más que revitalizar su amistad, herida de muerte por esa rutina que engulle todo cuestionamiento honesto sobre la verdad de lo que pensamos y sentimos de y por los demás, aquellos que, desde una relación tan profunda como la amistad, contribuyen poderosamente a la definición de nosotros mismos. Hasta el 19 de febrero hay tiempo para ir a ver esta maravilla de actuación que difícilmente decepcionará a nadie. La escenografía es tan simple como efectiva, y los cambios de escena están resueltos con una agilidad que hace corta la representación, pues no hay ni un momento de decaimiento o de impasse, todo progresa adecuadamente, como ya no se dice en la escuela, y tuve la sensación de que al público el final lo pilló por sorpresa, porque hubiera continuado acaso media hora más esa esgrima de floretes sin botón, dispuestos a batirse, como los duelistas de Ridley Scott, eternamente, hasta llegar a la última sangre, que no acaba corriendo, no se me asusten lo futuros espectadores. Vayan, vayan, que, ¡y no se le puede pedir más al teatro!, reirán hasta decir basta y pensarán hasta que el pensar les duela.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Elogio de la superficialidad



Ensayo y error...es.


A ver si lo consigo. El título ha salido solo, como si nada, coser y cantar, en un plis plas. Supongo que el recuerdo de algo leído, ¿acaso de Nietzsche?, ¿o me confundo con lo de la máscara como el mejor rostro?, me habrá impulsado hasta coronar tan breve marbete bajo el que intentar, ignoro con cuánta fortuna, dar cumplida cuenta de esa intuición: la calidad de lo superficial es algo digno de elogio. Ensayo cómo se escribe un ensayo y me acojo al método científico del "ensayo y errores..." por los que no pediré disculpas, está claro. De que es grande el atrevimiento de este observador compulsivo de la vida cotidiana no cabe la menor duda; y menos aún de que puede que me haya metido en el famoso callejón sin salida, de tan bello nombre catalán atzucac, de origen árabe, az-zuqâq, "calle estrecha", y sin salida, supongo, como la chiquillería esa del prusés. Un conocimiento etimológico, por otro lado, al alcance de una simple orden de búsqueda en Google, donde, con todo, no es tan fácil encontrar, como parece, todo cuanto se busca. Pero sigamos con la superficialidad. Tiene mala fama. A todo lo superficial  le cae encima una tonelada de desprecio funeral. Sin embargo, la superficie corporal es donde recibimos las mejores estimulaciones eróticas, por ejemplo; o la superficie abrillantada, llena de reflejos inverosímiles, de un coche nos seduce para comprarlo, además de muchas otras características, está claro; ¡y lo agradecidos que les estamos a las pulimentadas superficies de los espejos de los escaparates donde confirmar nuestro mejor perfil o nuestra apostura y galanura o el perfecto corte del traje que estrenamos o el gorro que nos cobija del frío de los eneros, un mes al que la cuesta pluraliza que es un primor y un helor, del corazón y de la cartera; y en una gran superficie consolamos nuestra sed de compras los sábados por la tarde; ¡y cómo agradecemos las palabras superficiales de una conversación de compromiso, es decir, donde menos comprometidos nos sentimos! Se advierte enseguida, así pues, que lo superficial desempeña un cometido sustancial en nuestras vidas. Me atrevería a decir que la superficialidad es algo así como una manera de vivir, casi una profesión de fe, e incluso me atrevería a decir que los superficiales formamos una clase social, muy distinta de la de los "profundos", esos "fundidos en la probeta" del laboratorio de la distinción, el rigor, las alturas intelectuales, las severidades académicas, las ideas trascendentales, y el desprecio a los superficiales, está claro. La superficialidad no es atributo que pueda adquirirse, sino marca indeleble de nacimiento y de contexto, si esta palabra no fuera, per se, un término propio de los profundos, y de ahí que me arrepienta de haberla usado, así como también ese latinismo que me atrevo a usar porque incluso entre los latinismos cabe la distinción entre superficiales y profundos: todos decimos per se, casi con insultante poderío, como con beodo entusiasmo se repite a ebrio coro lo del in vino veritas, pero apenas nadie dice cálamo currente, salvo los profundos... Ser superficial hay que saber llevarlo; del mismo modo que un clásico, Zabaleta, si mal no recuerdo, decía algo así como que hay que saber saber, algo que no se nos puede imputar a los devotos de la superficialidad.Quienes estamos enamorados de la superficialidad solemos tener pocos problemas y menos controversias, y hasta podríamos ser buenos políticos, políticos "de raza", con fundamento, políticos enraizados en la maceta más plana del bosque social. Lo acostumbrado, en nuestra sociedad, es juzgar a partir de la superficie, porque son innúmeras las superficies que no admiten honduras en las que sumergirse, sencillamente porque la superficie es frontera y estado al mismo tiempo, es decir, todo lo que hay, sin más, por más que a quienes calzan coturnos en el abismo les parezca delgado terreno en el que indagar razones y reducido escenario en el que representar raciocinios o endilgar proclamas. Huy, huy, huy..., esto de las metáforas y las comparaciones me parece que tiene más de laberinto que de muleta para el discurso. De repente repto, me ha parecido, y no enmascarado... Sí, algo de reptil hay en lo superficial. El trato exige suavidad en el contacto y ausencia de garras o pezuñas, porque no todas las superficies pertenecen al reino mineral. ¿Se cae en la cuenta lo suficiente en que una prenda de ropa se aprecia mucho mejor cuando se palpa su superficie y se comprueban cualidades que la vista no sabe apreciar? ¿Y qué diríamos de los alimentos, la superficie macada de algunos de los cuales es capaz de provocarnos hasta cierta repugnancia? La textura, que nada tiene que ver con el contexto mencionado ut supra (¡he aquí una buena dosis de superficialidad tecnocrática latinizante, por cierto!), de los alimentos, ¿no es la razón de ser de una palabra tan pegada a lo superficial como "organoléptico", aunque poco sobada...? Por la superficie de las peras o de las fresas o de los melocotones, por no hablar de la cuarteada de los higos más dulces, nos paseamos con la aprensión o la confianza de quienes esperamos ver confirmadas en ella las señales de la sanidad y el placer anticipado del gusto. La tez del rostro, ¿no es acaso la culminación de los estratos orgánicos que la posibilitan? Y nadie va a discutirme que nos enamoramos de esa superficie (unida a la del resto del cuerpo, sea vea o no) cuyos propietarios tanto trabajan para acrecentar su buena presencia y su mejor cara, disimulando defectillos de trazado y realzando, si ello cabe, las perfecciones generosas de la naturaleza que da, frente a la Salamanca de la cirugía estética que presta en falso; y en modo alguno nos enamoramos de macizos músculos, de soberbios tendones, de corrientes venas, de anfractuosos huesos y de adipocitos oportunos, por más que todos ellos juntos contribuyan a los fundamentos de la superficie donde nos recreamos con delectación probada, como ocurre con las personas hermosas que suelen castigarnos las cervicales cuando con ellas nos cruzamos por la calle... La superficialidad de la Tierra, resuelta en esos paisajes de todas las formas posibles ante los que nos extasiamos, como si nuestros ojos fueran manos que nos permitieran acariciarlos, recorrerlos como los niños la superficie de los juguetes primeros de la más tierna infancia, ¿qué es sino ejemplo acabado de lo más propio de lo superficial? De alguna manera, y aquí el ensayista se lanza a la pirueta, todo lo importante en esta vida es mera superficie, y el arte de saber apreciarlas, en todos los órdenes de la vida, nos colmará de relajada felicidad. No es fácil, que conste.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Dime qué retratas y te diré...


La fotografía como arbitraria selección de las polimórficas facetas de lo real

En los siglos XVIII y XIX los álbumes privados de ilustraciones solían tener un contenido erótico que fue renovado con entusiasmo con la llegada del daguerrotipo y consolidado con la fotografía tal y como hoy la entendemos; pero en nuestros días, habiéndose popularizado la práctica de la fotografía hasta el extremo de que todos creemos tener algo que enseñar en ese campo, ignoremos o no los fundamentos técnicos de la misma, se ha diversificado notabilísimamente la elección de los temas. Los fotógrafos aficionados tendemos, sin embargo, a especializarnos: retratos, paisajes, naturalezas muertas, árboles, ciudades, animales -domésticos o salvajes, o ambos-, flores, personas en situaciones cotidianas, tipos estrafalarios, etc. La fotografía no ha devenido octavo arte porque el cine que las anima le ha ganado la partida y porque  la vía de los museos como aval de prestigio se ha demostrado una opción equivocada, ¡letal!, para sus intereses artísticos y, sobre todo, para sus posibilidades crematísticas. 
Nadie se ve capaz de hacer una película (que no sean las de acontecimientos de la vida familiar) y, sin embargo, todos nos creemos aptos para acumular bytes en nuestros dispositivos de todo tipo, que no para impresionar negativos, como hacíamos antes, cuyo precio de revelado se disparaba y se sigue disparando ¡Lo que había que pensárselo antes para que el revelado no fuera la puntilla económica de unas vacaciones discretas! Hoy, por suerte, todos tenemos el dedo flojo y nos hartamos de disparar y de borrar y de disparar y de borrar... ad náuseam.  
No pasará desapercibido, me imagino, a los escasos visitantes de esta Provincia, que en mi fotografía de perfil aparezca retratando un insecto volador ubicado estratégicamente en un espejo que permite devolver parte de mi imagen aficionada al métier de Daguerre, librándoles a los espectadores de la visión completa de mi poco agraciada persona. Y es esa la escogida porque resume a la perfección la extraña caza que persigue mi objetivo caprichoso, tanto que por fuerza tengo abierto desde siempre un archivo con el nombre de Colección particular, que es, como los buenos aficionados a la poesía no ignoran, el título de una antología de la poesía de Jaime Gil de Biedma, y ello porque la caza de imágenes ¡cómo no ha de ser, por su propia irracionalidad de ser, poesía! Pues eso, desde esa perspectiva de quien crea la imagen que ve y quiere conservarla está confeccionada mi colección. Hay en ella de todo y, como no es cuestión de aburrir los ojos de los lectores ni de provocarles una blefaritis que les fuerce a la reconfortante caída forzosa de los párpados, me limito a ofrecer unas cuantas instantáneas de muy diversa naturaleza, para contentamiento de quienes las aprecien y motivo idóneo para ejercer la indiferencia por parte de quienes ni quieran pasear la vista por ellas. Van sin explicación, porque la poesía, aunque se indignen los profesores de literatura, tampoco debería explicarse...


Expresionismo

Diagonal de niebla

Alfa y omega

Altered states

Lisboagrafía

Fenilalanina


Pajarita posada sobre el papel

La vía estrecha

La nuez de Ad

Abarrotado espejo.

Sitiado

corner's nerd

cristal pintado

Fálica aldaba

Fe encalada

Fachada de citalíneas

Espero no haber colmado la impaciencia de provincianos ni de otras gentes de buen leer que hayan tenido a bien perder unas ojeadas condescendientes a estas capturas tan propias de mi pasión por la vida cotidiana. Caso de que, por esos azares de la vida, complacieran a alguien, que no dude de que aún quedan visiones al estilo de las presentes en ese nutrido archivo de mis miradas extraviadas donde van a parar mis impresiones bitales (sic).


miércoles, 23 de noviembre de 2016

La aritmética hiperbólica....


Los datos y los hechos de la política: una reciprocidad coja.


Llevamos ya más de cuatro años de movilizaciones prosecesionistas y aún me siguen preocupando los niveles hiperbólicos con que se pretende influir en los ciudadanos para conseguir no solo ese objetivo político golpista, sino cualquier otro que incluso quepa dentro de la legalidad constitucional. Bien podría decirse que en cuestiones de recuento, tan propias de la aritmética, andamos en este país algo más que flojos, lo que explicaría el bajo nivel de los educandos en la que antes era la materia coco por excelencia del currículo educativo y hoy, sin embargo, suele aprobarse por recuento de votos de profesores decididos a regalar el aprobado "por Junta", por más que en ese arrejuntamiento le parezca a este observador que pueda haber indicios de asociación para delinquir... La estimación cubera de los asistentes a las manifestaciones golpistas, celebradas al modo y manera del añejo sindicalismo vertical, se ha convertido en un baile agarrado de cifras a cuyos miembros emparejados, guarismos y asistentes, no los separa ni la más horrrísona estridencia de la inverosimilitud o, directamente, la imposibilidad física de su posible realidad en el espacio, y aun me atrevería a decir que en el tiempo, porque esas masas homogeneizadas han de convivir en un estrechamiento asfixiante a veces durante cuatro y cinco horas. Así, es frecuente que, para ese prusés, por ejemplo, se haya acostumbrado a elevar la cifra de asistentes a volúmenes de millones de personas cuya presencia en las calles probablemente tendrían iguales o similares efectos a la ocupación por parte de un obeso mórbido de 150 kg de una talla 38 de pantalón, por poner un ejemplo gráfico. Hubo, es cierto, una empresa Lynce, dedicada a contar manifestantes uno por uno, con un profesionalismo y pulcritud que no dejaban lugar a dudas cuando ellos revelaban el resultado de  su evaluación de los asistentes a tal o cual acontecimiento político. ¿Qué ocurrió? Pues que la "modestia" de cualquier manifestación enfrió tantísimo la encendida demagogia de los promotores que, a mi entender, se confabularon todos, defensores y censores (que serían a su vez defensores de otras cosas...) para evitar una flacidez demostrativa que apagara definitivamente cualquier causa digna de justificar la movilización ciudadana. A su manera, la visión hiperbólica de todo, que tan ridículamente se ha manifestado en esas demostraciones sindicales del prusés, se extiende a cualquier actividad de la vida social, de ahí que la demoscopia se haya dejado influir por esa inverosimilitud de lo real, no computado con rigor profesional, para sumarse al carnaval de las cifras locas de todo tipo, desde los niños en riesgo de inanición hasta los afectados por la pobreza energética, las listas de espera para ser operado, los asistentes a las manifestaciones de todo tipo, los pronósticos de voto, la popularidad de los líderes y cualquier realidad que necesite ser medida. Al final, como no podía ser de otra manera, todas las medidas han sido hinchadas artificialmente y nos es imposible, a la mayoría de ciudadanos, tener una visión ajustada a la realidad, no distorsionada por los intereses creados de los diferentes agentes de la vida social; andamos, pues, como con las famosas camisas de once varas, tropezando de continuo y de continuo ignorando las medidas del campo de juego de nuestra existencia. Podríamos decir, así pues, que los datos y los hechos siguen caminos ya paralelos ya divergentes, pero, en cualquier caso, son realidades ajenas la una a la otra y nunca van a acabar convergiendo en una misma identidad, que sería lo deseable. Todo esto hace el análisis social y político muy complicado, porque en este carnaval de engaños, en este baile de tan malos disfraces, parece que no haya participante interesado en saber con exactitud matemática a qué se juega o qué se celebra. Tengo la impresión de que nos dejamos llevar por quienes quieren, a su vez, llevarnos al huerto aromático de la demagogia florida y, aturdidos por el embriagador aroma de esas hierbas medicinales tan penetrantes, consentimos en ser halagados, que es siempre el preámbulo de ser estafados, ¡y aun estofados! No hay manera de que en este país de todos los demonios cuadren las cuentas ni los hechos tengan un naturaleza incontrovertible e irrefutable, y de ahí esa desazón aldeana de quienes seguimos tenazmente espantando la mosca tras la oreja, esa que, ¡bendito díptero!, nos avisa del engaño manifiesto de que nos hacen objeto, ese para el que, cuando queremos reaccionar y agruparnos por millones... ¡cómo no!, ya no hay remedio, ¡ni reparación!

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La inmisericorde daga de la tendinitis intratable.



La pata de ganso en la pata de elefante...

Dejémonos de clásicos, de la Historia o de la Literatura, y centrémonos en un drama cotidiano cual es este de la tendinitis de la pata de ganso, un cruce ferroviario de tendones donde mueren tres músculos del entramado de ellos que pueblan nuestras extremidadades inferiores. Después de dos jornadas de entrenamiento en cuestas pronunciadas, me quedé cojo, literalmente, imposibilitado de hacer el juego talón puntera de la pierna izquierda que me permitiera desplazarme sin apoyar únicamente el talón y llevar la poderosa pierna atlética que ilustra estas líneas tiesa como la clásica pata de palo de los piratas ilustres.
Autorretrato parcial/pernil de Juan Pérez.
Temí, por la irradiación del dolor a la articulación, que me hubiera roto el menisco, la rótula o los ligamentos cruzados, anterior y posterior, lesión de cuya gravedad todos sabemos por los futbolistas. Como en urgencias se limitaron a constatar que no había rotura ósea, me mandaron para casa con la recomendación de tomar ibuprofeno. Fui al fisio y gracias a su primera actuación descarté que hubiera algo serio de rodilla y me encontré con ese descubrimiento del tendón "pata de ganso", cuyo ridículo nombre no le hace justicia al dolor lancinante que me trae a mal traer, ¡y a peor caminar!, desde que lo sufrí. Como no admite un cyriax que me provocaría una pérdida de conocimiento por el dolor insoportable, y las agujas de la acupuntura y el calor apenas han tenido sino un efecto muy superficial, me temo que no hay más que esperar a que me llamen del servicio de rehabilitación de la Seguridad Social, lo cual, si todo sigue el ritmo previsto por la lista de espera, es posible que ocurra cuando ya haya vuelto a entrenar por habérseme curado la lesión por el descanso, más los remedios caseros que le aplico: el programa de desinflamación del electroestimulador, pomada calorífica, rayos infrarrojos y reposo, más la hiperbenéfica ducha escocesa que tanto suele aliviar en casos de contracturas o roturas fibrilares leves. Los ejercicios de estiramiento para aliviar el tendón palmípedo ni son fáciles ni indoloros, y cuesta lo suyo mantener el tipo mientras ese nudo tendinoso se retuerce y parece que una sierra te parte la pierna en dos o te están clavando un rejón de castigo con particular vehemencia e impiedad. Quienes hayan padecido de este mal corriente en quienes corren sabrán que no hay peor momento que el de levantarse después de estar un buen rato sentado. ¡Particular momento de la apoteosis del dolor es ese! Poco a poco, con la lentitud del despertar del lirón careto o la del koala que se hubiera desayunado un valium, la corva va tensándose hasta conseguir esa curvatura de arco olímpico desde donde se lanza un grito homérico, por estentóreo, que dicta el final del recorrido. En ese momento estamos ya en disposición de lanzar hacia la aventura del paso inmediato ese cayado que, apoyado en el talón, y rígido como  la convincente cojera de James Mason en El séptimo velo nos va a permitir hacernos la ilusión de que no estamos tan escacharrados como en realidad lo estamos. Con el temor a un mal tropiezo o a una mala caída de octogenario en apuros, recorremos los pocos metros que nos separan, en casa modesta, de la cocina y del baño y creemos que estamos a un paso de darlo, por fin, con la firmeza de quien, en nada, volverá a trotar y a correr como  un tarahumara por Chihuahua. Después de un largo mes de gansitis aguda, con unos dolores de atormentado por la Inquisición, y tras conocer, en veintidós años de maratoniano, dolores insufribles en todas las partes de mi cuerpo, estoy dispuesto a declarar solemnemente que esta tendinitis de la pata de ganso es el más horrible de cuantos tormentos musculares, tendinosos y óseos que he sufrido en estos alegres y correteantes años de fondista fondón. Por decirlo en breve: soy incapaz de desear que alguien lo padezca. ¡Ni siquiera al enemigo que no tengo le desearía mal de esta naturaleza tan atroz e incapacitante!