martes, 21 de abril de 2015

La politología bien entendida: Byung-Chul Han


                   


Psicopolítica*: la última transformación del Capital. Un lúcido ensayo de Byung-Chul Han


      No nació este blog del observador de lo cotidiano para meterse en honduras teóricas, porque la vida diaria depara ya suficientes motivos como para, si se quiere, elaborar a partir de ella cuantas teorías pretendamos que serían capaces de explicar lo que vemos, nosotros mismos incluidos. La lectura, con todo, también forma parte de esa vida cotidiana, y no ha de asustarnos, de vez en cuando, hablar sobre libros y las ideas que en ellos hallamos o las experiencias estéticas que nos deparan. Para mí, al menos, un lector en la vía pública tiene tanto interés como para ciertas mentalidades amarillistas los sucesos truculentos con que embuten los telediarios hasta cogerles aborrecimiento. En fin, que leí, que subrayé y que aquí, a continuación, se lee el resultado de todo ello.
Son muchos los intentos de caracterizar nuestra época, pero pocos de ellos son los que concitan un consenso unánime en torno a la validez de dicha pretensión. Con frecuencia saltan a los titulares expresiones que intentan sintetizar en una palabra o expresión el espíritu de los tiempos y, a menudo, si tienen éxito, solemos plantearnos qué influyo más en qué, si los tiempos en la sintética fórmula feliz o está en aquellos. Pensemos en la difusión y éxito de una obra como La decadencia de Occidente, de Spengler, que alimentó el radicalismo de los jóvenes nacionalismos alemán e italiano a finales de los 20 y comienzos de los 30 del pasado siglo; o en la premonitoria de Ortega, La rebelión de las masas, cuyo éxito no logró igualar una obra tan concienzuda y vasta como Masa y poder, de Canetti, por ejemplo; o en fórmulas como Una nueva Edad Media, de Berdiàyev; la periodística Guerra fría, incluido el clásico Telón de acero; la Era de la contracultura; la Década prodigiosa; la Era el recelo –procedente del mundo literario francés; la  Sociedad de la sospecha;  El desencanto –en el caso exclusivo de España–;  el fulgurante éxito de ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel; o el no menos triunfal y relativamente reciente diagnóstico de Fukuyama: El fin de la Historia. Todos esos intentos son aproximaciones a una definición sintética del rasgo caracterológico esencial que defina cada uno de los momentos históricos en que fueron formulados.
        Byung-Chul Han, con su libro Psicopolítica, parece haber dado con la formulación del concepto capaz de definir esta época convulsa en la que el Capital, tras la crisis global iniciada por el fraude de las subprime, y otras prácticas nada éticas en la gestión de los fondos de inversión, incluida la existencia inmoral y aberrante de los paraísos fiscales para unos pocos e infiernos austericidas para muchos, ha estado a punto de tener que renunciar a uno de sus sagrados fundamentos: la autorregulación de los mercados. Fue Sarkozy, nada sospechoso de ser un sans-culotte, quien lanzó la idea –caída en saco roto casi apenas haber sido pronunciada– de la refundación del capitalismo, de la que nadie parece hacer bandera hoy, una vez escindidas en nítidos radicalismos las posiciones políticas: el neoliberalismo, por un lado; los movimientos anti sistema, por otro. En medio, una codiciada tierra de nadie por la que luchan varias fuerzas políticas que, indefectiblemente, tendrán que acabar uniéndose para construir una sólida alternativa a los extremos que le achican el espacio político.
        El análisis de Han, quien, a pesar de su nombre, es un intelectual de formación nítidamente europea, doctorado por la Universidad de Friburgo con una tesis sobre Heidegger, nos ofrece una lúcida visión de esta nueva reinvención de sí mismo que está llevando a cabo el capitalismo y a la que él ha denominado Psicopolítica, una especie de refinamiento quintaesenciado de la vieja y zafia explotación capitalista de épocas anteriores. La tesis central de Han es que, al convertirnos en empresarios de nosotros mismos, desaparecen las clases tradicionalmente enfrentadas y su enfrentamiento, la vieja lucha de clases, iniciada con la aparición de las potentes organizaciones obreras, queda huérfana de sentido y desaparece, lo cual explica la actual desorientación de los sindicatos para afrontar con convicción y energía su papel en el mundo actual. Nada, por otro lado, más eficaz para el sistema que la gestión individual de la propia fuerza de trabajo: No es la multitude cooperante que Antonio Gramsci eleva a sucesora posmarxista del “proletariado” [que es la actual apuesta política de Podemos, a través de los movimientos de base, las mareas, las plataformas, etc.], sino la solitude del empresario aislado, enfrentado consigo mismo, explotador voluntario de sí mismo, la que constituye el modo de producción presente. Como deja bien claro Han, la autoexplotación sin clases le es totalmente extraña a Marx, de ahí el contrapeso de Podemos que significa Ciudadanos, más próximos a la nueva concepción económica de nuestro tiempo. Bastan estas dos pinceladas para percatarnos del atavismo ideológico de ciertos planteamientos de los partidos de izquierda, para los que el libro de Han debería de ser de obligada lectura.
        Lo novedoso de este planteamiento del filósofo surcoreano es el cambio de paradigma del poder. La psicopolítica margina el autoritarismo represivo del viejo capitalismo para abrazar la seducción de la autorrealización económica gratificante: La técnica del poder propia del neoliberalismo adquiere una forma sutil, flexible, inteligente, y escapa a toda visibilidad. El sujeto sometido no es siquiera consciente de su sometimiento. (…) De ahí que se presuma libre. (…) En lugar de hacer a los hombres sumisos, intenta hacerlos dependientes. (…) Seduce en lugar de prohibir. No se enfrenta al sujeto, le da facilidades.
        Este proceso de renovación del capitalismo ha comportado el desplazamiento del cuerpo a la psique como terreno de dominación capitalista, y de ahí el nombre de Psicopolítica. De doblegar físicamente al trabajador en la época del autoritarismo represivo, hemos pasado a la dominación psíquica a través de un arma poderosísima que el poder ha puesto en nuestras manos para que, casi inconscientemente, participemos con entusiasmo en la gestión de nuestra propia esclavitud: El Big Data, la llama el autor, correlato evidente del Big Brother del capitalismo autoritario; redes sociales, las usamos nosotros. El hecho de que actualmente ofrezcamos al poder más información sensible privada de la que el propio poder jamás soñó que llegaría a poder “arrancar” de nosotros ha cambiado radicalmente el panorama social. El dataísmo, al parecer del autor, es la creencia dominante según la cual todos somos datos con los que se puede actuar y/o negociar: La creencia en la mensurabilidad y cuantificabilidad de la vida domina toda la era digital (…) El Quantified Self es también una técnica dadaísta que descompone el yo en datos hasta vaciarlo de sentido.
        Se ve con claridad que en el entusiasmo con que colaboramos para que desde el poder se nos compute es vehículo de un control individual, como una especie de capitalismo a la carta, al gusto del consumidor. A quien se le crea la ficción de que es él quien “realmente” ordena y gestiona su vida, con la ayuda y el beneplácito, además, de ese poder “facilitador” y “amable” que prestigia la vía emprendedora como el camino definitivo para el éxito individual y, por lo tanto, social: El Big Data permite hacer pronósticos sobre el comportamiento humano. (…) El me gusta es el amén digital. (…) Cuando hacemos clic en el botón de me gusta nos sometemos a un entramado de dominación.
        Son muchos, pues, los síntomas de que este cambio de paradigmas, el cuerpo por la mente, está vigente. Me permito recordar uno en el que todo el mundo habrá reparado. Antes, cuando sucedía alguna catástrofe, los primeros que se disputaban la llegada al lugar de los hechos eran los médicos y los policías; hoy son los psicólogos quienes les disputan a los dos anteriores ese lugar de privilegio.
        Hacía tiempo que no entraba en un libro tan breve pero con tantas y tan brillantes ideas, por lo que me entristece la imposibilidad de recogerlas en su totalidad, como se merecen, dadas las limitaciones de un artículo de fondo. Me quedo, en todo caso, con la importante distinción que hace el autor entre la emoción y el razonamiento, el correlato de los cuales es la navegación por la red sobreestimulada sensorialmente y la construcción del silogismo como “relato” propio de la razón. Para Han las emociones están reguladas por el sistema límbico, que también es la sede de los impulsos, y constituyen un nivel irreflexivo, semiinconsciente, y se basan, a su vez, en una percepción dispersa. La construcción del silogismo, por el contrario, solo es posible a través de la demora contemplativa, del cerrar los ojos al aturdimiento de la catarata de imágenes propia del capeo constante: Si todo lo racional es un silogismo –concluye Han–   , entonces la era del Big Data es una época sin razón.
        Cuando la razón no actúa, lo que se impone es el juego. La vivencia lúdica de la realidad es otra de las estrategias del poder para consumar la sumisión de los “empresarios de sí mismos”, como no hace mucho pude contemplar en un reportaje de TVE1: a los trabajadores de una empresa se les instruía en una serie de juegos a través de los cuales podían evaluar con criterios más ajustados el desempeño de su trabajo, para mejorar su rendimiento, del que, como no puede ser de otra manera, también se beneficiaba la empresa.
       
*Este libro de Byung-Chul Han ha sido publicado en 2014 en la editorial Herder, en una colección llamada Pensamiento, dirigida por el filósofo, y contumaz debelador de la absurdidad del proceso secesionista, Manuel Cruz. En la misma colección hay publicados otros tres libros del autor cuyas lecturas, a juzgar por la presente, prometen idéntico placer. A ellas me pondré en un futuro inmediato.



domingo, 12 de abril de 2015

Las edades bisagra...


                          

Las edades fronterizas o las  indecisas transiciones autobiográficas...

       La vida está llena de edades conflictivas en las que se dilucida una transición no siempre aceptada con la serenidad que, en algunos casos la condición de la propia edad impide, como de la adolescencia a la juventud, por ejemplo; y que, en otros, las edades con sus despechadas condiciones  hacen imposible, como de la juventud a la madurez o de la madurez a la vejez. Según San Isidoro de Sevilla, el primer enciclopedista europeo -y aprovecho para recomendar con todo entusiasmo la lectura de una obra tan hermosa y divertida como sus Etimologías- son seis las edades de la persona, frente a la simplificadora división tripartita en boga: 1. Del nacimiento hasta los 7 años, la infancia. 2. De los 7 hasta los 14, la niñez. 3. Desde los 14 hasta los 28, la pubertad. 4) De los 28 a los 50, la juventud. 5)  De los 50 a los 70, la madurez. 6) De los 70 hasta la muerte, la senectud. Me imagino que, sobre todo a las posibles  lectoras de esta reflexión, les habrá encantado que el periodo de la juventud se extienda desde los 28 hasta los 50; como imagino que a todos en general les habrá parecido una impropiedad de tomo y lomo hablar de la pubertad para tan tardía edad como los 28. Bien, en cualquier caso, en lo referente a las edades, de lo que se trata es de quedarse con lo mejor de lo que se escuche,lea o piense acerca de ellas. Y no hay pensamiento más positivo que el de solo tener una edad, permanentemente, sujeta a mutaciones, degradaciones, progresos, desviaciones o cualquier maldito capricho de la teratología que nos pueda sobrevenir, y que somos nosotros, una sucesión de yoes axiales la que le da la coherencia que nos evite, en última instancia desgarros como lo que en esas transiciones podemos llegar a sufrir.
      Desde siempre he sentido una atracción intensa por aquellos rostros en los que se estaba verificando un proceso de transición entre edades fronterizas. Hay algo misterioso en esa mirada de los 13 años, por ejemplo, que ha perdido la inocencia del cordero y aún no ha llegado a la lasciva del mandril; esos rostros en los que el bozo va siendo sustituido por la hirsutez vigorosa de los primeros pelos, todo ello en el maro de una tez granujienta sobre la que se aplican emplastos que a duras penas cubren la vergüenza de quienes ya aprenden a mostrarse esquivos y hasta huraños en el rictus de la boca o en el fruncimiento del entrecejo.
      O el rostro de la mujer que abandona definitivamente la juventud para entrar en la madurez, ese momento en que las primeras arrugas convencidas se instalan como el patrimonio indeseado de acaso un matrimonio erosionado. Esos meses, y hasta años, en que el brillo de la mirada y, sobre todo, la música de la sonrisa, entran en hibernación. Hay un desasimiento evidente del mundo, del demonio y de la carne, y un enfado universal con los primeros pasos de la intolerable invisibilidad. Ya no es el rostro el espejo del alma, ni el signo de la afirmación social, sino un mapa de posibles intervenciones urgentes.
       No hay que ser un lince para descubrir en los hombres, contra la incredulidad de las mujeres, que creen que "ellos" nunca pierden la capacidad de seducción, esa transición entre la madurez rotunda del paso firme, la mandíbula prieta, la mirada desafiante, la integridad de la fuerza tensa en cada músculo y el cabello aún en su sitio y la inevitable desesperación creciente por las calvas amenazadoras, la resignación malhumorada por la torpeza corporal que castiga las lumbares incluso en los excesos sexuales,  la insoportable indiferencia con que son vistos por las mujeres, e incluso el desprecio burlón de las más jóvenes; una suma de contratiempos que minan la presencia y desalientan a quienes, ante el agresivo juez del cuarto de baño, se exploran un rostro del que ha desaparecido el yo que más querían e inician el sufrido camino de aceptar el que la tiempo y la naturaleza (y alguna ayudita autodestructiva también...) les va dejando.
       Podría decirse que estamos hechos de transiciones que, como nos muestra Boyhood, apenas son perceptibles, pero siempre obrantes. De hecho, la reacción adecuada a los cambios físicos del otro en el intercambio social, después de cierto tiempo sin tener contacto, forma parte de esa sabiduría cívica que algunos no están dispuestos a ejercitar. La larga lista de expresiones que confirman "que 'apenas' hemos cambiado en tantos años...", que "qué bien nos conservamos...", que "estamos igual que siempre..., algo más viejo, claro...", etc., son una muestra tan inequívoca como patética del repertorio de mentiras con el que hemos de convivir si queremos convivir, en efecto, porque con quien puede intercambiarse ni una palabra si tras un saludo lo primero que nos dicen es: "¡Huy, pero qué envejecido que te veo, ¿te ha pasado algo?" "¡Pues como a ti, imbécil, el tiempo por encima...!", esta uno tentado de contestar con idéntica aspereza.
           Jeanne Moreau ha sido de siempre mi actriz favorita. No se me pregunte por qué. Hace algunos años, sin embargo, le leí una frase que yo mismo había acuñado tiempo atrás y que me ha servido de guía en mi propio proceso de envejecimiento: "El tiempo no es mi enemigo, sino mi aliado". Hasta me atrevería a decir que ese es el secreto de la felicidad. No es preciso recordar que Jeanne Moreau ha impedido, con hermoso criterio moral, que el bisturí le desgracie su bellísimo y personal rostro.

martes, 7 de abril de 2015

¿Tabú u olvido? Lo que se calla al encuestador


                                                             
La enfermedad es la gran preocupación de los españoles, por delante del paro y de la corrupción.

      El prestigio que tienen las enfermedades en la vida social de los españoles difícilmente lo tiene cualquier otro tema sobre el que nos desviemos a discutir unos breves momentos, para descansar del intenso y extenuante placer que nos depara sumergirnos en los pelos y las señales de lo que muchos entendemos, con preclaro fundamento, que es una señal que marca nuestra individualidad con mayor intensidad que una carrera profesional, un amor apasionado, un trabajo bicoca, un chollo mercantil, una afortunada jugada bursátil o una herencia inesperada. 
   Somos el mal que nos aqueja. Y podemos disertar sobre él durante horas, sin power point, sin guión y hasta sin ilustraciones gráficas ni gráficos ilustradores. Se trata de una identidad autoritaria que con dificultad admite el intercambio de historiales, porque es bien sabido que como nuestros males no hay otros males, que todos son mejores que el nuestro y de mejor pronóstico. Todos tenemos, no ya un médico, sino un "cuadro médico" que nos sigue como quien rastrea en las arenas egipcias la existencia de una tumba no profanada; del mismo modo que, ante un problema de orden legal, siempre exhibimos un plural "mis abogados tomarán cartas en el asunto", que nos encumbra poco menos que en Davos, aunque luego debamos hasta la piel que nos cubre para pagarlos. Así pues, no hay mortal que se nos acerque que no se acerque a la susodicha condición tras las dos horas preceptivas que lo hayamos tenido hiperventilado mientras seguía nuestras palabras intentando cada diez minutos, con el aire recogido, interrumpir nuestro relato par endilgarnos el suyo.
      Como en todo, hay especialistas de la descripción que son capaces de hacernos visibles las más mínimas manifestaciones del dolor corporal con un léxico tan minucioso como el del mejor fisioterapeuta o el más afamado traumatólogo o internista: no hay músculo ni hueso ni función orgánica que no halle en sus labios la palabra exacta que defina la afección. Recurrir al tecnicismo rodea de un aura misteriosa, paradójicamente, la naturaleza moliente y corriente del dolor. Una cefalalgia, como bien se sabe, es algo mucho más doloroso que una jaqueca...; y una orquitis..., bien, mejor cambiemos de mal...
      Que no hay dolor como el dolor de uno es lo más humano del mundo y todos miramos con cierta ironía cuando oímos el inapelable "pues anda que lo mío..." o el "calla, calla, que lo mío sí que es de nota...", que tanto incomoda sobre todo a quienes apenas han iniciado su turno narrativo y se ven apremiados a poner el famoso punto en boca que, a ojos de los demás, bien les gustaría que fueran cincuenta que nos la cosieran para no disputarles el protagonismo.
      Nadie ignora el dicho "personas enfermas, personas eternas" con que se suele concluir que los más quejicas son los más longevos; pero lo peor de ese axioma es formar parte de la longevidad sin enfermedad que nos distinga. Se genera una suerte de vergüenza difícil de apreciar por quienes van de mal en mal ganándole años a la muerte con un discurso invariable, y cuando el vergonzoso tiene, por fin, alguna afección curiosa con que presumir, su discurso es oído con la paciencia de quienes aguardan el turno, nunca con el mínimo interés a que la convivencia debería de obligar.
      La vida de mucha gente en este país gira en torno única y exclusivamente a sus padecimiento y a la rigurosa ingesta cotidiana de las medicinas con que los combatimos. Por eso me sorprende que en las encuestas no aparezca este asunto en los primeros puestos de la jerarquía de intereses, máxime cuando, como es el caso de los enfermos de hepatitis C, por ejemplo, han traspasado, los padecimientos, la frontera de la intimidad para convertirse en noticia de apertura de informativos y diarios. Que haya algo de estoica resignación a que, en el fondo, se considere como un asunto individual o a lo sumo familiar no lo descarto, pero sigue extrañándome que a la hora de establecer la jerarquía de las preocupaciones individuales por la que nos pregunta el encuestador nos neguemos a considerar que ésta sea la principal.
      Es difícil vivir de espaldas a esa realidad familiar que nos acecha constantemente. No hay conversación familiar por teléfono que no acabe o empiece por la descripción minuciosa del estado de salud. Como decía con gracia un colega cuando se le preguntaba protocolariamente cómo estaba: "Bien, ¿o quieres que te lo cuente?" 
      Aprender a vivir la enfermedad en el silencio es, sin duda, un aprendizaje que todos deberíamos hacer en las lecturas de los clásicos.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Emigración, turismo, familia...

                                           
Foto: Juan Pérez


¿Podemos hablar de los jóvenes españoles que trabajan en Europa como de "emigrantes"?

      El hecho de tener un hijo trabajando en Alemania, en Múnich, me ha llevado a reflexionar sobre un argumento de política "nacional" que no acabo de entender: ciertas fuerzas políticas de izquierdas esgrimen como un fracaso del gobierno el hecho de que nuestros jóvenes hayan de buscar en Europa un puesto de trabajo que nuestro sistema parece incapaz de ofrecerles. Dejo de lado, ahora, el terrible problema entre la inadecuación de la formación y las necesidades del sistema productivo, una rémora para el progreso económico que no se ha querido (o podido) solucionar en todos los años que llevamos de democracia, y me centro en esa concepción "nacionalista" que afecta a la totalidad de las fuerzas políticas españolas, encerradas en los asfixiantes límites de nuestro país y renunciando a la proyección continental de los individuos que está en el ADN del proyecto europeo. A partir de nuestra entrada en la UE, oficiada con la mayor de los solemnidades, porque significaba devolvernos al mainstream de un proyecto continental del que la dictadura de Franco nos apartó durante casi 40 años, nunca más se me volvió a ocurrir que esa Europa en la que se nos recibía con entusiasmo, algún recelo y enorme generosidad -algo que conviene recordar para los olvidadizos antieuropeístas-, seguía siendo para los españoles "el extranjero", ese mundo "peligroso" de más allá de los Pirineos, adonde se había de viajar para ver El último tango en París o comprar los libros de El Ruedo Ibérico. Desde antes de aquel día, la frecuentación de la literatura y el pensamiento europeos, desde Joyce hasta Sartre, pasando por Shakespeare, Baudelaire, Svevo, Kierkegaard, Nietzsche, Ionesco, Hegel o Leduc, y la necesaria visión de las obras de los cineastas europeos, desde Bergman hasta Rossellini, pasando por Murnau, Gance, Lang, Dreyer, Renoir o Hitchcock -la lista, como la anterior, sería inacabable...-, ya nos había convertido, a los opositores al Régimen (a los antiespañoles...) en europeos de pro. Entrar en Europa era, pues, algo así como el regreso del hijo secuestrado por facinerosos. Desde esta perspectiva, así pues, ¿cómo es posible entender que mi hijo, por ejemplo, que trabaja en Münich con europeos cinco o seis países diferentes,  que habla allí en catalán, castellano, francés e inglés (acaba de comenzar a estudiar el alemán) esté "en el extranjero"? ¿Qué estrecho concepto atávico de lo "extranjero" se alberga en las mentes valderramanianas a las que entristece la lejanía de "lo propio", de la "patria" de ese "emigrante" con su "rosario de dientes de marfil"? Me estremece siquiera pensarlo. Aquella juventud del  "cincel y de la maza" por la que suspiraba Antonio Machado, para liberarnos de la que "ora y embiste", es esa que ha roto las fronteras y ha convertido el continente en nueva patria, algo que ni siquiera algunos gobiernos han acabado de entender todavía, condicionados aún por la idea miserable del nacionalismo más reductor y frustrante, y prisioneros de una diplomacia que sigue rindiendo culto al ídolo obsoleto de la patria chica, en vez de colaborar sin reservas para la creación de los Estados Unidos de Europa y plantar cara a amenazas reales que pretenden convertir el continente en un actor secundario en la escena internacional. De acuerdo con este pensamiento, resulta inexplicable la alianza anglo-franco-alemana con China para la creación de una alternativa al FMI, en vez de haber potenciado el Banco Central Europeo y haberle dado libertad de movimientos para la creación de esa alternativa en nombre de todo el continente. ¡Los viejos ídolos, que nunca acaban de morir del todo!
            Hace unos días hemos ido a visitar a nuestro hijo y puedo confirmar que, a pesar de los notables diferencias culturales entre Alemania y España,  me he sentido en aquella ciudad, como un muniqués más. Y eso que, para un catalán antisecesionista, visitar la cuna del movimiento nacionalsocialista tiene, he de reconocerlo, un morbo añadido... He hecho abstracción de ello y me he fijado en lo que una visita tan corta, de dos días, permite. Se trata de una ciudad con los mismos habitantes que Barcelona, pero con un urbanismo "amigo", podríamos decir. Pocos edificios sobrepasan las 4 alturas y, salvo en el centro, el resto de la ciudad tiene unas calles con muy reducido tráfico, un uso tan general como tradicional de la bicicleta, un respeto sacrosanto a las señales de tráfico y un uso peatonal de la ciudad tan cívico como generoso. Que sea la capital mundial de la cerveza en modo alguno significa que la ebriedad se perciba como una "normalidad" del paisaje humano, a diferencia de lo que ocurre en Barcelona. A este observador de la vida común y corriente le llamó mucho la atención la religiosidad católica de la ciudad y la fácil coexistencia de las identidades bávara y germánica, y eso que todo lo bávaro se exhibe como motivo turístico de primer orden. En el ámbito de la cultura, sin embargo, eché de menos, como mínimo, la existencia de dos estatuas que no pude hallar -lo que no quiere decir que no existan, aunque muy escondidas han de estar, a fe...-, una de Ludwig II, el llamado Rey loco, wagneriano de pro; y otra de Thomas Mann, que más me pareció el "hijo odiado" de la ciudad que el "hijo predilecto" al que se le hace entrega de las llaves de la villa. En todo caso, y tras tantas lecturas sobre la República de Weimar y el ascenso del nacionalsocialismo, no deja de ser una alegría que la ruta turística llamada del III Reich hable de los "infamous places" de aquel movimiento diabólico. De hecho, la casa donde se alojaba Hitler fue convertida en un cuartel de policía para evitar el turismo nostálgico, y su casa natal austríaca es, hoy en día, un centro para el estudio de la multiculturalidad. Por lo demás, Múnich es una ciudad llena de contrastes, como, por ejemplo, que en el llamado Parque de los Ingleses, un espacio que recuerda mucho el Hyde Park londinense,  el Ayuntamiento haya instalado una ola artificial de la que disfrutan, como se aprecia, los surfistas.
                                         
Foto: Juan Pérez

           

No sé si mi posición es un poco panglossiana, pero ¡me cuesta tanto concebir que Europa sea para mí el "extranjero"! Hasta encontré, desde mi condición de crítico cinematográfico, una joya que aquí en nuestro país ha desaparecido: los carteles pintados en los cines de estreno. Una profesión artesanal que poco a poco fue cayendo en el olvido y que antes adornaba nuestras principales avenidas con una pintura mural de altísima calidad. A ver si verlos en el resto de Europa anima a recobrar esa vieja artesanía que en modo alguno molestaba ni afeaba nuestras calles.


Foto: Juan Pérez

viernes, 6 de marzo de 2015

El poder ya no es lo que era...


                             


Del PODER a los poderes…

  
Todos los partidos políticos, sin distinción, aspiran a conseguir el PODER (sic, sí, porque en el imaginario de todos ellos siempre se ha escrito con mayúsculas, para hacerles creer a los electores en la pervivencia de uno de los atributos de la divinidad, instancia a la que los partidos sustituyen desde una óptica laica, la omnipotencia), aunque, como aspiro a mostrar en esta reflexión, en la realidad que cae fuera de los discursos, los eslóganes y las menguadas ideologías que por él compiten, el poder se ha de escribir con las humildes minúsculas de andar por casa.
Aún escuece entre el electorado, creo yo, el repertorio de promesas incumplidas por el PP apenas fue elegido, con desinformada ilusión, por once millones de votantes. El poder, del que Podemos ha hecho recientemente “marca” electoral, no se reveló, en el caso del PP, con suficiente fuerza como para materializarse de modo que casaran las promesas y los hechos. La famosa derrota convertida en medalla: “Hemos hecho lo que se tenía que hacer” (traducido: “hemos hecho lo que nos han dicho que hagamos”), no puede ocultar el trecho inmenso que hay entre lo prometido a los votantes y lo incumplido; entre la demagógica concepción del poder y su discreto, banal y gris ejercicio.
         El para qué, la finalidad de ese legítimo objetivo que es la conquista del poder, sería lo que marcaría las diferencias entre los partidos, si bien, como muestra la presente legislatura, ni siquiera una mayoría absoluta ha sido capaz de conseguir que viéramos la magnífica cola de pavo real de ese poder anunciado, y que se ha venido ejerciendo de tal manera que lo único que se ha conseguido ha sido empeorar las condiciones de vida de los votantes con menos recursos, y manifestarse en ámbitos de la vida social en los que ninguna necesidad había de que se ejerciera, como la ley mordaza, la de montes y costas para facilitar la especulación o la afortunadamente fallida del aborto. Y sin que se ejerciera para atajar el drama de los desahucios, por ejemplo.
“Cuando lleguemos al PODER…”, anuncian y/o prometen los líderes bonanovistas de todos los partidos con un entusiasmo solo parejo a su ingenuidad y/o a su mendacidad; pero los electores descubrirán que  aquello que Guerra prometió con frase desgarrada: “El día en que nos vayamos, a España no la va a conocer ni la madre que la parió”, no fue más que eso, una frase más, poco lúcida, del repertorio de las muchas que han jalonado la historia de nuestra democracia actual, porque la ineficacia de la acción política en España es algo que, en efecto, se conoce desde la madre que la parió, como la Historia ha dejado sentenciado.
Lo propio sería hablar de “poderes”, como cuando nos referimos a la estructura del estado: legislativo, ejecutivo y judicial. Porque lo propio del poder en este primer tercio del siglo XXI es su atomización, su reparto, no diré que impecablemente democrático, pero sí incontrovertiblemente real, lo cual permite un ejercicio del mismo acorde con la creciente complejidad de nuestras sociedades, poco hechas al ordeno y mando vertical de una mayoría parlamentaria, y menos aún si esta es absoluta. De hecho, esta realidad: “mayoría absoluta” –que en nuestro país ha sepultado gobiernos de González y de Aznar, y va camino de hacer lo mismo con el de Rajoy– en modo alguno puede entenderse como “poder absoluto”, que es lo que los usufructuarios de la misma a veces han tenido la tentación de pensar. Y de ahí los choques ácidos, y a veces hasta virulentos, con el poder de los administrados.
Desde esta perspectiva, que todos somos poder, en diferente grado de intensidad, fuerza y representatividad, resulta difícil entender el afán de algunos depositarios de esos “poderes” en transformarse en instancias políticas que sacrifican el poder social conseguido, a veces con loables esfuerzos, para aspirar a la conquista de ese PODER desde el que se nos promete “cambiarnos la vida”, como si cada cual no fuera el autor del guion de su propia vida. Hay, en el fondo, una concepción ingenua y romántica en esa creencia transformadora del poder, una ficción de la que, a todos los políticos, les despiertan los convenios internacionales, la implacabilidad de las leyes (como Syriza acaba de comprobar) y los límites de la Constitución. Claro que es cierto que escribir los acuerdos del Consejo de Ministros en el BOE es una demostración inapelable del ejercicio del poder, pero no siempre ese hecho implica siquiera que lo allí escrito se cumpla, se traduzca en la observación de una conducta.
El ejemplo más patético de la añeja concepción del poder político lo encarna el escasamente honorable Presidente Mas y su corte de secesionistas de campanario de aldea. Ni siquiera lo establecido con pomposa solemnidad de república bananera en el DOGC puede tener capacidad de obligar a los ciudadanos, máxime si anda por medio un Tribunal Constitucional que te marca los límites reales del ejercicio del poder, como recién lo acaba de hacer el Tribunal de Garantías Estatutarias. Perseverar en el anuncio e intento de cumplimiento de medidas anticonstitucionales no puede llevar sino, al margen del desprecio jurídico, al más espantoso de los ridículos. Si consideramos la proyectada DUI, deberíamos de inventar una tercera clasificación: mayúsculas, minúsculas y ¿párvulas?, para considerar la naturaleza de ese nuevo poder al que los defensores de la tal aspiran.
Michel Foucault fue un brillante analista de las relaciones de poder en la sociedad occidental, y a él se debe un concepto “la microfísica del poder” que nos es útil para entender que las relaciones verticales de poder han sido sustituidas por relaciones horizontales, aún escasamente comprendidas y/o valoradas por unos políticos que viven todavia en el sueño antiguo del Príncipe maquiavélico; pero plenamente ejercidas por la ciudadanía a través de movimientos espontáneos (o no tanto) en defensa de bienes y/o derechos. Por todo ello es por lo que resulta incomprensible la insistencia de actores políticos como Podemos, por ejemplo, en un mantra, el de la “toma del PODER”, o su variante: “el asalto a los cielos”, mediante el que se aspira a lograr la instauración de unos ideales que chocan abiertamente con los nuevos poseedores de ese poder.

El viaje del poder absoluto a su absoluta atomización exige que nos adaptemos a una realidad cambiante que hace tiempo que se llevó por delante, como un tsunami, añejas concepciones del ya inexistente PODER. 

lunes, 23 de febrero de 2015

El mercado, eje social.

                                    


El mercado municipal: un centro urbano incomparable.

 Con notable retraso, continúan avanzando las obras de reforma del hermoso mercado municipal de Sant Antoni, en Barcelona. No sé si comparto con muchos el amor a los mercados municipales, pero no hay ciudad o pueblo al que viaje en los que no me interese por conocerlos. Constituyen, para mí, uno de los puntos turísticos más interesantes, por encima de muchas otras obras civiles y religiosas. Un mercado es la Edad Media rediviva, y, a pesar de la variación sustancial que han introducido las grandes superficies en los hábitos de compra de los consumidores, pocas cosas son comparables a la vida en todo su esplendor que nos ofrece un mercado. El último que me impacto fue el del zoco de Tetuán, con algunos olores difíciles de soportar, pero de intensa vivencia. Ya digo que no hay ciudad en la que me informe de dónde hay un mercado antiguo. Así, no se me despinta el espectacular de Muros
                                      



ni tampoco el de Palencia, cercano en materiales al de Sant Antoni:
                          


por no hablar de esa joya entrañable para un amante de Galdós y de los mercados que es el de San Miguel de Madrid: 
                                                 


             Soy, por vecindad, asiduo al de Sant Antoni, en Barcelona, y he seguido las obras de remodelación con la curiosidad con que seguí, en su día, las del aparcamiento subterráneo de la calle Urgell o las espectaculares del Heron City al lado de  la Meridiana, donde excavaron un hoyo gigantesco que me recordó el vaciado del antiguo mercado central parisino de Les Halles, de París, donde rodó Marco Ferreri su lamentable película No tocar a la mujer blanca, cuyo único atractivo fue la batalla recreada en la excavación del antiguo mercado parisino. Aquí: 
                                               



           Me inicié en el de la calle Alberto Aguilera, en  Madrid, a los 9 años, oyendo los expertos consejos de mi madre sobre el porqué de sus decisiones compradoras a la vista del género que nos ofrecían siempre, no tanto bueno, bonito y barato, como en el Rastro, sino fresco, vivito y coleando, amen de regalado, claro. Desde entonces jamás he dejado de ir a la compra, actividad en la que me reputo de experto, por más que no esté exento de que me den gato por liebre, pero es difícil, con más de 50 años de experiencia. Pasear por el mercado, evaluar el género, asomarse al cromatismo, a los olores y, sobre todo, a las conversaciones de la gente me parece una experiencia que debería ser obligatoria para todo el mundo, hombres, mujeres y niños. Hay algo de eternamente humano en esa sucesión de paradas donde se ofrecen los frutos de la tierra y los desvelos de la más antigua profesión. En un mercado me siento en conexión real con la Historia, parte de la deriva de ese fluir humano hacia la nada. La intrahistoria unamuniana se da cita en ellos con maravillosa intensidad, y los tres monos ha de ser quien sea incapaz de captarla en todo su esplendor. El pregón del género, las sospechosas ofertas, la confianza en quien acaba escogiendo las piezas y a quien, sin embargo, se ha de vigilar para que no caiga en el lote nada que, al llegar a casa, se convierta en desperdicio que sube de forma escalofriante el precio del kilo, es una actividad gratificante, aunque se han de pagar ciertos peajes. En el de Sant Antoni, hasta que se cerró para la reforma, era el frío o el calor ambos excesivos. En la carpa que lo suple temporalmente, unos pasillos en los que los clientes de ambos lados casi compran espalda contra espalda y en los que se ve con terror que pretenda avanzar una madre con su retoño en el carrito de rigor, pues, a poco que se le haga sitio, al menos en la zona del pescado, acaba uno encarándose con los agresivos dientes de las merluzas o atacado por las pinzas de las cigalitas vivas, amén de, si es invierno, sentirse golpeado por el frío del lecho de hielo de las paradas.
                 Un mercado municipal es una institución insustituible, básicamente para los alimentos frescos, lo cual no quiere decir que, de otra manera, no sea un placer pasearse por una gran superficie, con más comercios, a veces, que los de una ciudad pequeña y en la que, como en los Malls americanos, alguien pueda pasar buena parte de su vida. No se me despinta la película de Paul Mazursky  Scenes from a Mall nada menos que con Woody Allen y Bette Midler, que escenifican la viejísima y siempre divertida, si bien hecha, guerra de sexos:
                                            

              
               Deseo con fervor que esas obras de restauración de "mi" mercado de Sant Antoni acaben cuanto antes, para poder seguir disfrutando de esas "tranche de vie" que tanto le hacen a uno sentirse miembro cordial de la cadena sin fin de las generaciones...

         

miércoles, 11 de febrero de 2015

ASICS... o tal que así.

                           

La edad de las gestas, los gestos y las indigestiones...

Ser socio de un club de fitness, vulgo gimnasio, es algo casi solo al alcance de las personas jubiladas, si el tal es de propiedad municipal, o eso es lo que el observador deduce nada más entrar en el infinito rectángulo en que se ordenan los artilugios de la tortura donde hervir, de infinitas maneras, el tejido adiposo para controlar un peso desmandado, un colesterol peligroso y un sistema cardíaco que nos pide piedad, fruta  y vegetales, por ese orden. Como ha ido a diferentes horas, puede atestiguar que solo a la de comer, entre las 14h y las 16h puede, el dinámico observador, ejercitarse sin tener que hacer cola ante algunos de los artilugios infernales que se disponen como los vía crucis. Va el observador entrando y saliendo de ellos, cada vez más agotado, y aun acogotado, cuando llega al área de las pesas y las poleas, y en todos ellos se siente reo convicto y confeso de alguna de los delitos usuales en estos casos: el ácido úrico, los trigliceridos o el azúcar, cuyo castigo se cumple en la intensidad de converso con que se entrega a la purificación ejemplar de la encarnadura de un espíritu infinitamente más ligero, y que hasta se avergüenza del estado en que lo tiene prisionero esa celda carnal elástica cuyas paredes se dilatan a golpe de calorías que ahora pretende hervir, como ya se ha dicho y poco se hace. A primeras horas de la mañana, entre 9h y 12h, y a últimas de la tarde, entre 19h y 21h, al observador le disgusta ser tan observado, porque el escrutinio evaluador que los viejos hacen unos de otros es todo menos compasivo, en el primer turno, y el asombro de los jóvenes relativos del segundo parece una colección de neones luminosos que parpadeasen: "¡Pero no se atreverá Vd., buen hombre, con ese peso...!" Y mientras tú demuestras, no sabes a quién,que para musculitos tú y que quien tuvo retuvo, ellos se acercan al monitor de guardia para avisar de algún posible accidente o incluso, según y cómo, de alguna urgencia. Como en toda sociedad bien definida por sus estatutos, un gimnasio es un microcosmos donde se da cita la generosa pluralidad de los caracteres humanos y donde, al atento observador, no le pasan por alto ciertas proezas, ciertas demencias y ciertas aberraciones, amén de ciertas obediencias al dictado de las modas.
          Vigoréxicos son pocos, con los que, ya jubilados, se tropieza el observador, aunque hay sus excepciones, por supuesto: esos viejos fibrosos de tableta marcada y atlética presencia que corren a 13 quilómetros por hora, se estiran como si fueran Nureyev y cargan 60 quilos para los cuádriceps en cinco tandas de veinte alzamientos; los mismos que marcan una resistencia de 15 en la bicicleta y se suben sobre los pedales culebreando la columna y moviendo los hombros al estilo Contador que es un primor, como si su aspiración fuera parecerse a Vigo...Mortensen.
         La mayoría caen dentro del orden de los panzoréxicos, un tipo sanchopanzuno muy del país, que en vez de andar por la montaña en la que está enclavado el club, se suben a la cinta, se agarran a la máquina en un abrazo deletéreo, marcan 5% de desnivel y caminan hacia las nubes con un ardor que desean se transmita a todos y cada uno de los lipocitos o adipocitos, esos de los que juran y perjuran que no saben cómo les han invadido el cuerpo, porque sus comeres son lo más parecido al ayunar... Cuesta mucho arrancar a un andarín de la máquina, y a menudo tapa el contador con la toalla para que nadie sepa cuánto tiempo lleva. La moda de los cascos con música propia hace, además, casi imposible la comunicación. 
      Con regularidad de sociedad bien organizada, cada hora la monitora jefa de sala dirige, para quien se quiera apuntar, una tanda de ejercicios de suelo, estiramientos y abdominales, que constituyen la más refinada tabla de crueldades que haya sido posible concebir. Son 20 minutos que equivalen a una condena de 20 años y un día. Quien haya sentido cómo se estrujan los abdominales hasta convertirse en tallantes de perforación comprenderá el dolor inhumano que se puede llegar a padecer en esa sesión de suelo sin otro aparato por medio que el propio cuerpo tecleado con órdenes precisas, escuetas y dominantes: y uno, y dos, y tres, y cuatro y cinco y seis y....
     La prudencia no parece virtud extendida entre los frecuentadores de estas salas torturadoras y el observador roza el grito cuando ve según qué extenuantes exageraciones sin poder reprimir una angustia que no se traduce en afán solícito de disuadir al  o a la demente, y menos aún en la imitación de tales barbaridades, en disparatada solidaridad.
     Contra lo que pudiera pensarse, hay acaso más  mujeres que hombres en esas salas.Pero cometen los mismos excesos. Como si las cartucheras se redujeran por ensalmo o el vientre se alisara por arte de birlibirloque. La constancia es la llave de las metamorfosis, pero en un gimnasio el paisaje humano es tan cambiante como inmutables los aparatos torturadores que lo amueblan.
      El observador va con tiento y con tacto, y todas las cautelas son pocas para no caer en lesiones que surgen como setas en octubre. Y así, no es extraño que a un tirón en los abductores le suceda una rotura fibrilar en el gemelo o una dislocación del hombro: gajes del oficio, se dice, mientras el masajista -¿cómo podía faltar la obligada figura del verdugo?-  completa la obra de destrucción de los nudos fibrilares con una clase magistral de tortura digital.
     Aún no he preguntado, en recepción, con cuánta frecuencia suelen subir las ambulancias para llevarse a los heridos en el grasiento combate. Un día de estos...