viernes, 28 de mayo de 2021

Lérida, tan lejos, tan cerca..., la gran desconocida para muchos barceloneses.

 

Tres días, con sus gratas sorpresas, en la capital de las Tierras de Poniente, y alrededores...

    Tras casi cincuenta años en Cataluña, tomo la determinación, de común acuerdo con mi Conjunta, en la primera salida tras el fin del estado de alarma que le ha facilitado la toma de medidas represivas a las autoridades autonómicas, tan incompetentes como el propio gobierno central, de viajar a Lérida para conocer una ciudad por la que simplemente había pasado, y de la que no recordaba nada en absoluto. Con parte de los ahorrillos de la reclusión forzada nos hemos regalado una estancia en el Parador Nacional de la ciudad, un antiguo convento, alrededor de cuyo claustro se han construido las habitaciones y en cuya planta baja está la elegante sala principal del edificio y el majestuoso restaurante, que ocupa la antigua capilla. Como solo lleva abierto un par de años, aún no se nota la erosión del tiempo en  el mismo, aunque está esté enclavado, sin embargo, en  la calle de Cavallers, antigua vía principal de la ciudad que ahora comunica el gueto de la inmigración que ha ocupado el casco antiguo de la ciudad y el eje comercial de casi tres quilómetros de tiendas ininterrumpidas, del que tan orgullosos están los ilerdenses en general, y que recorrimos, durante nuestra estancia en no más de cinco o seis ocasiones. Discurre este paralelo al urbanizado cauce del Segre, un espacio natural que viene a ser un desahogo estupendo para los moradores tanto de la parte vieja de la ciudad como de la parte nueva que se extiende desde el río hacia los campos cercanos, muy próximos al núcleo urbano, que nos recuerdan la magnífica realidad agrícola de la ciudad, imán para inmigrantes que acuden para trabajos de temporada, aunque ignoran que sin tener regularizada su estancia en España no pueden ser contratados. Y esa realidad plurirracial y plurilingüística es lo primero que choca apenas sale uno del Parador y se adentra en las calles adyacentes al mismo, por donde pasea el turista con cierto respeto, todo ha de ser dicho, porque llega un momento en que tiene la sensación de que se adentra en terreno ajeno y donde acaso pueda no ser bien recibido, aunque es bien cierto que esa reacción no pasa de ser una sensación en modo alguno respaldada por hechos.

La ciudad está dividida, socialmente. Hay un centro antiguo, dominado por los desposeídos y un centro nuevo, alrededor del mercado Ronda-Fleming y del Camp d'Esports, estadio del Club Lleida Esportiu, con una tipología social muy diferente de la del casco histórico. En día de fiesta, apenas se ve inmigración en esa zona comercial, mientras que, salvo en las terrazas de los bares, apenas se ve a los otros ilerdenses en el casco antiguo. Ambos grupos se mezclan en el eje comercial, pero ambos extremos del mismo presentan paisanajes muy diversos del que pulula por los tramos centrales. Eso sí, ni en uno ni en otro grupo poblacional puede hablarse de una presencia dominante del catalán, lo cual llama poderosamente la atención. En términos coloquiales, hay una presencia de "colgaos" muy llamativa en ambos extremos. 

Por un lado del largo paseo, el que toca a la estación de autobuses, fuimos caminando hacia el Gardeny, una de las colinas que se alzan en la ciudad, en cuyo paraje visitamos las ruinas del castillo templario con un guía excelente que, al final, nos dejó con un vídeo sobre la Orden de muy buena factura para comprender la naturaleza de la Orden de caballeros/monjes no religiosos y primeros banqueros de Europa. 

El Gardeny se alza a menos altura que el promontorio donde se construyó la catedral vieja, reconvertida en fortaleza militar por Felipe V, de infausta memoria en la ciudad.

Pero eso fue la otra visita, también guiada, ambas por funcionarios de Turismo, muy competentes. La tercera, no menos atractiva, lo fue por el eje comercial y las muestras de arquitectura modernista que tanto lucen en cualquier ciudad, sea Lérida, Palencia, Tortosa o Barcelona.

Lo que a nosotros nos gusta es pasear a nuestro antojo, y, de hecho, la visita por la ciudad dobló, con oportunas explicaciones, la que hicimos la tarde anterior solos. En ella recalamos en la antigua Paeria, el Ayuntamiento de la ciudad, así llamada por un latinismo, paers, de paciarii, "hombres de paz" que, a partir del siglo XII instó a Jaume I a cambiar el nombre de Consulado y cónsules de la administración de la ciudad por el actual y entonces ya corriente de Paería y paers.

El bello edificio antiguo de la Paeria  tiene en su sótano restos arqueológicos de gran valor, con una prisión incluida en la que hay bajorrelieves devotos, así como la continuación del pozo que tiene su brocal en el patio del solemne edificio. El edificio cerró sus puertas sin nosotros, huroneando por esos restos, percatarnos de ello, lo que dio pie a la sorpresa del guardia urbano custodio del edificio que se entretuvo un rato en departir con nosotros sobre el edificio, las ruinas, el dragón/coco para los niños de la entrada y la revelación de la existencia de un retablo al que solo se tenía acceso con cierta visita especial que no era, ciertamente, la que la guía nos hizo a la mañana siguiente. Ahí queda pendiente para una próxima visita, porque sí, aunque parezca una ciudad con poco a ningún encanto, al decir de amistades nuestras a quienes sorprende que nosotros se los hayamos visto, ¡e incluso a una nativa que, afincada en Barcelona desde que vino a estudiar, ignoraba que hubiera en su ciudad un castillo templario!, Lérida admite más de una visita. Lo del desconocimiento de nuestra propia ciudad es algo bien normal, no obstante. Son pocos quienes ejercen de turista donde viven, aunque nos convendría... De hecho, y aunque parezca una extravagancia, sigo pensando que algún día mi Conjunta y yo deberíamos instalarnos unos días en un hotel de Barcelona y salir a patearla como acabamos de hacer con Lérida, por ejemplo.Caminar por la ciudad permite descubrir muchas cosas y casas y motivos de interés de todo tipo, sobre todo porque se tiene el ojo adiestrado para lo "llamativo", para aquello que los viajeros curiosos esperamos siempre ver en cualquier desplazamiento: Da igual que sea la antigua Farinera, al lado de la estaciçon ferroviaria, como una reliquia de las máquinas expendedoras de tabaco.

La visita guiada a la catedral/fortaleza fue muy instructiva, porque la guía nos dio un completo recital de historia, costumbres y curiosidades que no se acabó en lo sagrado, sino que se extendió a lo poco que quedaba del viejo castillo que había dominado la ciudad y en cuyas estribaciones creció la misma, como el barrio judío ya desaparecido, y del que no quedaba rastro por la mala calidad de las edificaciones. Los jardines que rodean la catedral vieja son marco para fotos de bodas, por ejemplo, y una fuente constante de nuevos descubrimientos arqueológicos que han impedido, por ejemplo, que puedan subir hasta allí los autobuses, lo que incrementaría las visitas y la recaudación, ciertamente. 

Uno de los días, el sábado, era en régimen de media pensión, por lo que comimos en el Parador, un gozo total, porque la gastronomía local es una de las virtudes de esa cadena hotelera de tanta solera. Pero dos de los otros días comimos al lado del Parador, en  El Celler del Roser, que no tenía nada que envidiar al Parador, y en donde nos metimos entre pecho y espalda un postre del mejor mató que habíamos probado en años, propio de la zona, y, si no me equivoco, porque no supieron decirme el origen exacto, mucho me imagino que era de la excelente marca el Pastoret, de San Guim de Freixenet, a medio camino entre Lérida y Manresa.

Lérida es tierra de frontera, y se agradece, porque, a pesar de la fama de ser una ciudad quelcom esquerpa, advertimos un espíritu abierto y acogedor entre sus gentes muy loable. Es difícil sentirse forastero en una ciudad tan plural a todos los niveles. Me atrevería a decir que mucho más que la propia Barcelona. Es cierto, acaso por la pandemia, que la vida cultura y de ocio de la ciudad estaba muy apagada, pero el interés monumental de algunos espacios como la impresionante iglesia de Sant Llorenç compensaba esa carencia. 

El afán pedestre nos llevó hasta el otro extremo del paseo comercial, donde se alza la monumental estación, y cerca de él desembocamos en el parque que, hasta la urbanización del río debió de hacer las veces de "pulmón" verde de la ciudad, como lo prueban los poderosos plátanos que bordean la amplia avenida principal del parque, por el que, ¡cogimos ya unos días de trepidante calor!, era un alivio pasear. Los palacios polivalentes que hay en él sí que acusan el desgaste del tiempo, y alguno de ellos recuerda la incuria municipal de Barcelona con el edificio del Hivernacle, en el parque de la Ciudadela, que se cae a trozos ante la impasibilidad de las autoridades.

El día de regreso a casa aprovechamos para intentar visitar el monasterio de Vallbona de les Monges, pero solo lo abren en fines de semana. Nuestro gozo en un pozo, porque la localidad, aun "auténtica", tampoco tenía nada especial. Las carreteras comarcales que nos llevaron hasta la localidad sí que constituyeron un auténtico espectáculo sinfónico de verdes y relieves de estirpe toscana o provenzal, y circulando a tan escasa velocidad bien puede decirse que nos recreábamos y enamorábamos a cada quilómetro. Y así llegamos a nuestro segundo objetivo: Guimerà, un pueblo edificado en la ladera de un altozano que corona la torre restaurada de un antiguo castillo cuyas dependencias han dejado "marcadas" las excavaciones en su huella más veraz. Convenía hacer la visita antes de comer en el único restaurante abierto del pueblo, porque de hacerlo en la sobremesa, a fe que hubiéramos padecido, con la solanera de ese día, algo más de lo debido. Guimerá merece la visita, y son innumerables los objetivos que el ojo del fotógrafo aficionado descubre en sus calles, tan hermosas como bien cuidadas. Supusimos que, en pleno verano, el pueblo ha de tener no poco bullicio, pero ese lunes éramos los unicos paseantes por sus calles, para tranquilidad nuestra y disfrute recogido del silencio con que escuchábamos la voz de las piedras hospitalarias.

Volver a casa desde un destino tan cercano tiene siempre algo de "haber salido a hacer un recado" o algo así, y llevar las maletas desde el aparcamiento hasta la casa parece una sobreactuación, pero los desplazamientos cortos tienen, a veces contra pronóstico, recompensas largas. Vuelvo a casa con una realidad ilerdense que se ha hecho su huequecito en mi galaxia de afectos. No pocos amigos andan ya buscando fecha en sus agendas para comprobar por ellos mismos que hemos vivido demasiado tiempo de espaldas a Lérida y privilegiando Tarragona y Gerona, con quienes es cierto que no puede competir en cuanto a atractivos turísticos, pero para el viajero curioso no hay ciudad sin misterio.

Guimerà:  





El claustro de la Catedral vieja, colocado propiament en el atrio de la misma: 





Aunque la guía pasó por alto este recordatorio de cierta devoción franquista de la ciudad, incómoda para el secesionismo que campa a sus anchas, aquí queda recogida para evitar historiografias estalinistas....






viernes, 16 de abril de 2021

Un ñanga en el Sancta Sanctórum de la belleza…

 


Aproximación furtiva al cosmos de la cosmética…

         Si en vez de a leer libros y embarcarme en investigaciones filológicas de nula rentabilidad me hubiera dedicado a hacer dinero, en nada lo hubiera invertido, en el supuesto poco verosímil de haberlo conseguido, con mayor entusiasmo que en procurarle a mi Conjunta un lavabo propio, de uso exclusivo, en nuestra habitación compartida, porque es un hecho que es, esa suma de bodoir y cuarto de aseo con tocador incluso, un espacio donde le gusta estar sola y no ser molestada bajo ningún concepto.

Mientras en mi caso se trata de un espacio exclusiva y rudamente utilitario, en el suyo se convierte en una suerte de laboratorio donde los ingeniosos inventos de la cosmética hallan asiento y destinataria entusiasta. Lubitsch captó algo de lo que ese espacio significa para las mujeres cuando abrió su película Lo que piensan las mujeres con ese excelente gag de las «proezas» aventureras del hombre que ha puesto el pie en todos los rincones del mundo menos en uno donde jamás ha entrado y que nos indica el rótulo que ocupa el plano: Ladies Lounge (Lavabo de Señoras). Como la clase media-baja obliga a compartir espacios, incluso ese sagrado, y como he acompañado de vez en cuando a mi Conjunta a las perfumerías, auténticos templos de la sabiduría cosmética, alta expresión de la investigación científica más avanzada, en todo comparables a los laboratorios farmacéuticos, no me son extraños esos productos en los que en España se gastan casi siete mil millones de euros al año, sí, han leído bien. Acaso para compensar, se trata de un sector industrial que está a punto de superar al aceite de oliva en exportaciones…

Mi curiosidad, he de reconocerlo, lo tiene todo de hermeneuta aficionado a los mensajes, simples o complejos, y de lexicógrafo aficionado a la propiedad comunitaria más bella jamás imaginada: las palabras. Desde el punto de vista del usuario de la cosmética me considero, como señalo en el título, un auténtico miembro de la tribu de los Ñanga, esto es, el ser más primitivo que pueda imaginarse, usuario exclusivo del agua y el jabón elementales, salvo el detalle «exquisito» del uso del champú Klorane que, como desarrollo a continuación, se ofrece al consumidor con el aval de qualité que el uso del francés imprime al producto: Fortifiant &Stimulant Shampooing á la Quinine et aux Vitamines B.  Chute de cheveux- Cheveus fatigués. La cosmética, así pues, tiene un país originario, para el imaginario contemporáneo: Francia. La cosmética no tiene edad, porque untos, ungüentos, pomadas, cremas, aceites, potingues, afeites, tinturas y aun electuarios se remontan casi a la aparición del homo sapiens sapiens sobre la faz de la Tierra, y ahí están los egipcios para, más de tres mil años antes de Cristo, atestiguar la continuidad de unas prácticas que, como el uso de las hierbas medicinales, forman parte de la especie; pero desde que París se convirtió en el centro mundial de la moda, el francés se ha convertido en la «lengua de la cosmética», que funciona como un marbete de garantía indiscutible sobre las bondades de los productos, aunque, cada vez más, alterna el espacio con el inglés, si bien este en segundo plano.

Lo primero que llama la atención al profano en el santuario de la belleza de la mujer es la ingente cantidad de empresas dedicadas al negocio de las promesas reconfortantes: ¡hasta veinte marcas distintas! he clasificado en una breve aproximación a los potingues básicos que figuran en todo tipo de recipientes que, fuera del armario de mimbre donde ahora se almacenan, ocuparían con decoro un tocador con espejo de tres cuerpos, similar al que ocupaba un espacio privilegiado en el dormitorio de mis padres allá por mi ocho años y ante el que mi madre se sentaba como si lo hiciera en el plano de una película usamericana. Cada una de esas empresas tiene productos específicos para cada parte del cuerpo de la mujer, si bien es el rostro, todo él, y destacadamente los ojos y los labios, los que se llevan la palma de la atención estética.

Sin querer ser exhaustivo, quiero recordar algunas expresiones depuradas de la religión de la belleza que profesan todas las mujeres salvo las que, por razones ideológicas, se excluyen y optan por el noble look de la caverna, hijas fieles de la madre naturaleza sin contaminación ninguna de lo artificial, de esa impostura que, en el fondo, son cualesquiera afeites. Lo propio es entrar en una perfumería y oír de labios de las vendedoras experimentadas, auténticas sacerdotisas de dicha religión, el elogio del producto y la descripción pormenorizada de lo que las expresiones francesas más ocultan que explicitan para quienes desconocen el idioma, aunque ciertas raíces léxicas son totalmente paneuropeas y nos dan a entender lo mucho bueno que esas bendiciones pueden hacer por ellas. Los propios nombres de los productos conforman ya un catálogo de «distinciones» maravillosamente exquisitas: Visible Difference; Perfectly Clean; Hydra Beauty MicroSérum; Biocils Yeux Sensibles; Prodigy Powercell Foundation; Haute Exigence Nuit; Phyto- blush éclat; Lotion Tonique Perfectrice; Crème Jeunesse des Mains; Discipline; Douix Polissant

Está claro que acceder a esos frascos diseñados como estuches de joyas y pellizcar la crema milagrosa para acercarla a las inevitables y encantadoras patas de gallo —que a mí siempre me han parecido un bello adorno pícaro de la mirada—, con la esperanza de que ese ungüento obre el deseado e improbable milagro de regenerar/recomponer/restaurar la tersura perdida es todo un ritual al que en muy contadas ocasiones he tenido acceso, porque sé que en esos momentos mágicos de la obra *resurrectora… mi presencia no es en absoluto deseada, y menos si, con esa impertinente curiosidad mía por todo, me intereso inquisitivamente sobre la utilidad, composición y dosificación de los productos miríficos… Hay momentos de privacidad que conviene respetar tan escrupulosamente como la confidencialidad del correo o la inviolabilidad del domicilio —a pesar de las excusas de mal juez de Marlasca para no respetarla con su policía—, porque garantizan la paz del amancebamiento.

Esos productos milagrosos tienen, bajo su nombre, expresiones que para los profanos son indistinguibles de los aditivos, colorantes y conservantes de las etiquetas de los alimentos, o al menos casi tan indescifrables como estos, pero se ve que para las usuarias cualificadas obran como garantías de bellezas que solo esperan —y ahí algunos, no este menda leyenda…, no acaban de entender lo que se espera de ellos cuando se sale del bodoir de la restauración: la admiración incondicional— el reconocimiento del galán de quien esperan que aprecien la composición y el artificio que acentúa, ¡sobre todo!, la naturalidad en su más prístina presentación… A los ñangas pata negra poco han de decirles Foam cleanser; purifyng mask; ¡esta maravilla del Hydratant Repulpant Intense!; o la delicada Douce Gelée demaquillant yeux…; o la impactante Crème d´sedaltérante Peaux normales à Sèches, que parece digna de un menú Michelin; o la mentirosilla Crème aérienne multi.protective Réparation des signes visibles de l’âge; o la que casi se lleva la palma de las promesas datilares: Maquillage subtil e lumineux, sculpte le visage, donne éclat et bonne mine

Del mismo modo que en la nutrición han florecido en los últimos tiempos alimentos prodigiosos que nos prometen poco menos que una longevidad próxima a la inmortalidad, como la quinoa, la semilla de chía, las bayas de goji, el kale (esto es, la berza común, vendida con valor léxico añadido…), en la cosmética se van descubriendo ingredientes cuyos beneficios en términos de belleza al alcance de cualquiera son evidentes. Así, las Native Vegetal Cells;  el Life Plankton Elixir;  el Argan Oil Elixir; el Keratine Thermique, Ceramide 1000;  los Minerales del Mar Muerto; el Acide Hyaluronique + Edelweiss; o la prometedora  Masque baume nourrissant au Beurre de Manfue Sauvage que compite, directamente, al parecer, con la Masque Eclat Express Nettoyant à l’Argile Rouge; el Lipsomal Serum Antioxidant, etc., sin que falten las vitaminas B y C, casi de rigor, por supuesto.

Como buen gañán reconozco que, puesto en el brete de tener que buscar una apariencia que me desmintiera y me afirmara como el imposible galán…, iba a decir del celuloide, pero la realidad me obliga a decir «con celulitis»…, que nunca seré, sería capaz de aplicarme todas esas  mixturas maravillosas una detrás de otra, del mismo modo que le digo a mi hermano médico que, cuando alcance la edad de mi madre, quiero que me den todas las pastillas que ella se toma, para garantizarme llegar a centenario…

Y hasta aquí esta mirada furtiva a un dominio en el que he entrado guiado por la curiosidad y salgo con una confesión: usé, en verano, para unas vesículas que me salieron cerca de los ojos, por el sudor, sin duda, el agua micellar y un tónico astringente tras el lavado del rostro con un  jabón Roc Pro-Cleanse que, si bien no me las eliminaron, me refrescaron de lo lindo…

miércoles, 17 de marzo de 2021

Las estafas en tiempos de pandemia.


Una empresa dedicada al abuso de personas mayores que viven solas y son presa fácil de facinerosos sin escrúpulos.

    Hace unos días, mi vecina H. subió, alarmada, a verme porque, ignoro si por mi condición actual de presidente de la comunidad o porque me ve algo más joven que ella, pero no mucho,  quería consultarme un asunto que la tenía muy preocupada. Vale decir que, por propia confesión de ella, no se aclara mucho con los papeles, los contratos, los plazos, etc., algo, traté de consolarla, para lo que no se necesita ser muy mayor, porque nos es común a buena parte de la población.

    El caso era sencillo. Ella había comprado unos libros de capitales europeas a una empresa que resultó ser Hogar y Belleza, asociada o propiedad o váyase a saber qué, con un tal Moreno Vilches, de negocios diversos. La empresa se empeñaba en pasar a visitarla para firmar unos papeles según los cuales liquidaría lo que aún le faltaba por pagar de aquella compra,2500 euros que ella les había transferido por su propia voluntad cuatro días antes, y sin asesorarse ni conmigo ni con nadie. Mi consejo fue que no recibiera a nadie, excepto que fuera a una hora que yo pudiera acompañarla, y que le enviaran por correo esos "papeles" que, en efecto, recibió a los dos o tres días.

    Bajé yo a verla y entonces me enseñó los papeles que le pasaban a la firma y que eran un nuevo contrato de compraventa por valor de 2500 € de los libros que obraban en su poder, y que en ningún caso explicitaban que era un recibo de conformidad con el pago recibido días antes. La sospecha inicial, tras su confusa explicación del primer día, se confirmó plenamente: estaba ante una estafa colosal que pretendía, atemorizando con papeles a la antigua clienta, una declaración notarial incluida, en la que simplemente se certificaba que la empresa había sacado al mercado ese producto comercial,  y a quien se los vendieron "personalmente", razón por la que conocían sobradamente su situación personal: mujer de edad avanzada que vivía sola, volver a venderle el mismo producto por un importe de 2500€. 

    Le dije que fuera a la atención ciudadana del Ayuntamiento, a la OCU o a un abogado y subí a casa para investigar sobre la empresa, y me encontré enseguida esto, que recorto y pego tal cual lo encontré: 

A mi me lo están intentando hacer, me han dicho que por un juego de sartenes y una goma de riego que me cobraron 1400 euros que pagué por tal de evitar un mal rato a mi madre que era una persona mayor pagué porque me hicieron creer que yo estaba obligado a pagar porque era un cierre de coleccion y decian que yo habia firmado un contrato anteriormente que era un compromiso de compraventa y ya no tenia derecho a desistir el contrato aunque no haya recibido aun la mercancia.el nombre de la empresa es mora vilches y me dice una comercial que dice llamarse María que si no les pago la cantidad de 1700 euros en 36 cuotas de 78 euro9s cada una me van a reclamar el valor total de toda la coleccion que es de 5800 euros,cuando yo no firmé nada de eso y mucho menos siendo consciente del engaño.ahora si es necesario estoy dispuesto a llevar el caso ante los tribunales. por lo pronto cuando han intentado mandarme una segunda coleccion mediante mrv he denegado la aceptacion del envio de la mercancia porque esto es un timo en toda regla.

 Volví a bajar a ver a mi vecina H. para leerle mi descubrimiento y a la mujer le reían los ojos de la alegría de que se hubieran confirmado mis sospechas de que se trataba de una estafa. Es más, rebuscando, en ese rato que yo estuve arriba, entre sus papeles, rescató que ya había pagado la totalidad de la colección, cuyo importe ascendía a 4.200€, aunque ahora la empresa le decía que valía 5.900, y que, si pagaba los 2500E que faltaban por abonar, le perdonaban los 900€ restantes, porque le decían que no había pagado sino 2500€.  

 En definitiva, que mi vecina, asustada por la insistencia de las llamadas de esos estafadores, ya había pagado los 2500€ supuestamente pendientes; pero, no contentos con esa ignominia, ahora pretendían sacarle otros 2500€ más, induciéndola a firmar un nuevo contrato de compraventa.

   No sé si la policía tiene tiempo para investigar estas cosas y para restituir a los estafados el dinero, arrancado a exiguas pensiones, pero debería. Mi vecina H. me ha dicho que ha hablado con un abogado y que el abogado ha hablado delante de ella con los estafadores para decirles que o dejaban de acosar a su representada o los llevaba a juicio, pero me temo que por la tranquilidad que quiere sobre todas las cosas, algo lógico, ha renunciado a recuperar los 2500€ que le han estafado. 

   Sirva este sucinto recuento de hechos como aviso para posibles víctimas, y pediría, desde aquí, que la policía impidiera que se cometan estos abusos sobre la población más desamparada.

miércoles, 10 de marzo de 2021

«El hombre fino al gusto del día», de Mariano de Rementería o la “urbanidad” en 1829.



 Aquellos viejos manuales de «urbanidad» que marcaban los límites del civismo y enseñaban principios morales que garantizaban la convivencia «civilizada».

         ¡Qué sorprendentes, por ignotas, son las vías por las cuales se llega al conocimiento de obras y autores que suelen estar incrustados en el compacto bloque del olvido, un infortunado dado de hormigón sepultado bajo las capas de información que lo cubren todo con afán de hito, en vez de como el modesto palimpsesto que acaban siendo! Es el caso que en uno de esos viajes que se inician en el buscador para verificar un dato acabé un buen día entrando en una referencia que nada me decía: Mariano de Rementeria y Fica, autor de un título que, sin embargo, me llamó inmediatamente la atención: El hombre fino al gusto del día, publicado en 1829, ¡y más aún me la llamó, la atención, el título completo de la portada: El Hombre Fino AL GUSTO DEL DIA, Manual Completo DE URBANIDAD, CORTESIA Y BUEN TONO. Con las reglas aplicaciones y egemplos del Arte de presentarse y conducirse en toda clase de  reuniones, visitas, etc .; en el que se enseña la etiqueta y ceremonial que la sensatez y la costumbre han establecido; con la Guia del tocador y un tratado del Arte cisoria.  La intuición, como en otras ocasiones, me jugó una excelente pasada y no tardé en añadir el volumen a mi «Biblioteca online», para cuando tuviera un momento que nunca tengo hasta que se me impone, bien porque vuelvo a tropezar con el mismo autor, la misma obra o con mi propia necesidad de «descansar» de otros cometidos de mayor enjundia.

         Suelo recordar que yo no fui lector hasta los quince años, en que empecé a serlo sencillamente porque vivía en una residencia deportiva dentro de la Ciudad Universitaria de Madrid, justo al lado de la Facultad de Bellas Artes, además, donde el movimiento contestatario al franquismo y a la moral dominante se daban cita, y como que parecía contraindicado que uno no fuera siempre con un libro en la mano… Eso sí, no se me olvida que, al margen de los tebeos y las ilustraciones de la Colección Historias de Bruguera, solo leí un libro completo antes de aquella edad: Educación y Mundología, de Antonio de Armenteras, publicado  en la editorial Gassó, en 1959. Antonio de Armenteras, de quien apenas se encuentra información en la todopoderosa Google, fue un escritor, jurista, crítico teatral y mago; autor, entre otros libros, de una Enciclopedia de la magia, de un manual de correspondencia comercial, de un florilegio de aforismos, etc.; o sea, estamos ante un divulgador de libros que tuvieron «su momento», del mismo modo que los de horticultura son eternos… Apenas guardo memoria de lo que allí leí, pero sí que aprendí lecciones totalmente anacrónicas sobre cómo observar unas costumbres en la mesa, en el coche, en la calle, etc. que, a fuer de escasamente crítico, advierto que han desaparecido por completo de nuestros usos actuales. Seguramente animado por ese bello recuerdo de mi única lectura propiamente dicha, he acabado acudiendo al manual de don Mariano de Rementería para, en los delicados tiempos del Romanticismo, saber a qué obligaban el protocolo, la etiqueta y los usos «finos».

         Mi sorpresa ha sido mayúscula, porque el «refrito» de Rementería son dos traducciones de varios originales franceses que, a su vez, traducían uno o más originales ingleses, por la atribución que se hace de los mismos a John Bull, encarnación satírica del Reino Unido similar a la del Tío Sam usamericano. Estamos en presencia, pues, de una suerte de compendio de los usos y costumbres que se exigen para ser «urbano» y poder participar, sin desdoro, en la sociedad. El libro, además, es una suerte de refrito de otro sobre cocina escrito por el propio Rementería, porque incluye una suerte de «Arte Cisoria» muy curiosa de leer, pero traída un poco por los pelos al volumen, al margen de su oportunidad, porque «trinchar» bien un pavo, un pollo, un conejo, un lechón o un cabrito nunca es habilidad que esté de más, ciertamente, aunque ya esté en franca decadencia. Mi sorpresa ha sido la de haber encontrado, so pretexto de un manual de urbanidad, una suerte de manual cívico y moral que va más allá de la cortesía para abundar en la formación del carácter y aun de los principios, con un nutrido corpus de sentencias, aforismos, reflexiones y aun preceptos que siguen manteniendo tanta vigencia en nuestros días como cuando fueron formulados en el siglo XIX.

         Huérfano de madre, Rementería, nacido en 1786, fue «cedido» por su padre a unos familiares, quienes lo educaron. Estudio Latinidad y Filosofía y fue escritor y traductor que sobrevivía en el Madrid de la Década Ominosa como pudo. Acabó como profesor de Gramática en la Escuela Normal, y murió en 1841. Escribió un Manual alfabético del Quijote ,  las Conferencias Gramaticales Sobre La Lengua Castellana: O Elementos Esplanados de Ella (1839), una gramática española pensada para sus alumnos de la Escuela Normal de Madrid, y una gramática italiana para principiantes. Colaboró también en diversos periódicos y fue uno de los iniciadores del retrato costumbrista.

         Este tipo de lecturas, al margen de lo anacrónico de buena parte de su contenido, nos permite acercarnos al modo como han ido evolucionando las sociedades, porque, si leemos con atención, vemos mucho más de lo meramente superficial que ataña a las exigencias de las modas. Recordemos, para saber de qué hablamos, la definición que nos sugiere Rementería: Cicerón define la urbanidad: una ciencia que enseña el tiempo oportuno de lo que debemos hacer y decir.  El manual, en ese sentido, no decepciona, porque supone una visita a una sociedad tan alejada de la nuestras como los caballeros andantes lo estaban de don Quijote, cuando Cervantes escribió su magna obra, pero, al mismo tiempo, hallamos ciertas esencias inmutables que son válidas para aquella sociedad y para la nuestra. Por otro lado, al centrarse en la vida cotidiana, son innumerables las noticias con sabor de miscelánea de antigüedades que nos alegran la lectura, como la curiosa defensa del tabaco como un elemento para la higiene bucal: Este método saludable para la salud, que conserva los dientes y la boca sana, era desconocido para nuestros abuelos.

         Que nadie espere, de esta «urbanidad» romántica, nada que ver con nuestra época libérrima, y sí todo con ciertas concepciones de las clases sociales, de la mujer y del hombre que, como ahora sucede incluso con las narraciones infantiles o las películas de Disney, pueden «herir la sensiblidad» de los propensos a ver ataques a diestro y siniestro contra sus verdades reveladas. Situados, pues, en una época en la que las «hermosas» tienen un papel de diosas y los «currutacos» el de rendidos adoradores, el manual de Rementería se fija en las conductas que se han de seguir para poder participar de los diferentes actos sociales que miden, por cómo se conduzcan en ellos las personas, la calidad de las mismas.

         Curiosamente, lo primero que llama la atención del avezado inquisidor de las costumbres es el noble arte del diálogo, para el que nos brinda consejos que echamos de menos en estos tiempos en que el desagarro, el grito, el insulto y lo soez parecen campar a sus anchas. Todo ello en el bien entendido de que le parece una norma áurea la siguiente: Hablar de política en la mesa es una vulgaridad. De ahí que recomiende con insistencia: No habléis jamás de política, porque, excluyendo de esos diálogos a las mujeres, en aquella época, estaba claro que Una sociedad sin mujeres bien pronto viene a parar en tertulia política o en un club masónico. Y la vida social exige la participación de ambos sexos, máxime cuando en ella se compaginan en un mismo espacio la conversación, el baile, el juego y el «ambigú»: También se cena en los bailes, dando a aquella refacción el nombre de «ambigú».  La moderación, y sobre todo la discreción, junto con su pizca de agudeza e ingenio, valores que se heredan de la época del conceptismo barroco, son  valores propugnados por el manual, que huye constantemente de todo lo que  pueda producir conflicto o crear una tirantez que desemboque en la agresión, la burla cruel o el insulto descortés: Decía Fontanelle que si tuviese la mano llena de verdades, se guardaría muy bien de abrirla. Veamos, pues, algunas de las características del conversador que exige la buena sociedad: Un hombre fino evita todo lo que puede ser brusco en sus discursos, y no procura llamar la atención demasiado. No solo ha de buscar la discreción, sino que, contra la tendencia habitual en nuestros días: Basta a cualquiera decir su opinión, y manifestar sus sentimientos, sin que se empeñe en oprimir a su interlocutor con el peso de sus razones; antes bien ha de procurarse no tener demasiada razón. ¡Por amor de Hermes, lo que pensarían de nosotros quienes solo buscan, en la confrontación actual a la que llaman «diálogo», no siendo sino rifa de truhanes, que les den la razón, a toda costa! En la medida en que los originales que traduce Rementería son franceses, no nos ha de extrañar que se usen las excelentes fuentes de los moralistas del XVIII, como cuando se recoge el aforismo de La Bruyère: El espíritu de urbanidad es cierta atención a que nuestras palabras y modales hagan que los demás queden contentos de sí mismos y de nosotros. ¡Menuda delicadeza de espíritu, tan alejada de nuestros usos contemporáneos! He aquí una buena muestra de lo «transgresor» de nuestras bárbaras costumbres actuales puede ser la lectura de este manual de urbanidad. Que la caracterología de los interlocutores es básica para poder distinguir lo «fino» de lo «basto» lo advertimos en la sutileza con que el manual disecciona la práctica social de la conversación, ¡poderoso descubrimiento de la civilización!: A pesar de que los asuntos que se traten hayan de ser honestos, una zumba moderada constituye el encanto de la conversación; alegra sin herir, y la escita sin amargar cuanto se iba entibiando, aunque esa «zumba» ha de saber usada, porque del mismo modo que es muy difícil hablar a tiempo, a los interlocutores se les exige: Sed, pues, alegres sin ser serios, pero guardaos muy bien de haceros graciosos de profesión. De todo ello se deriva un aviso que convino cumplir en su momento y que continúa conviniendo cumplirlo en nuestros días: Sed, pues, sobrios en la narración, porque sobre esto nos suele engañar el amor propio. Evitad los equívocos y las menudencias que suelen ser propias de los titereros y bufones, pues por un dicho agudo que por casualidad pueda salir de vuestros labios, diréis veinte necedades que tal vez hieran a alguno. Como se advierte, toda «contención» es poca para «brillar» en sociedad, sobre todo porque, y da igual la de 1829 que la de 2021, los que entran en el mundo con la pretensión de ser notados y producir efecto, jamás serán admisibles, por cualidades que les asistan, haciéndose cansados y frecuentemente ridículos. ¡Suerte que el manual no nos deja desamparados frente a ese ímpetu en pos de la notoriedad, mal que tanto aqueja a nuestros actuales contemporáneos, quienes lo dan todo por una gotas, por efímeras que sean, de celebridad con fecha de caducidad! El verdadero medio de obtener buen éxito es aparecer penetrado del mérito de los que en la sociedad son principios ciertos de fortuna: el saber aguardar y fastidiarse, nos recomienda el traductor, con un realismo que hunde sus raíces en aquellos postulantes a un empleo de la corte que poblaban las antesalas del palacio real: «saber aguardar» y «fastidiarse», ¡ahí es nada!  No hemos de olvidar, además, en aquella sociedad tan jerarquizada la responsabilidad moral de quienes ocupan las clases elevadas:  No abuséis de la ironía; y si sois superior a las gentes a quienes habláis, no os la permitáis jamás, pues vuestra posición les debe poner a cubierto de vuestros tiros. Estamos en presencia, pues, de un «fino» análisis psicológico que amplía pronto su espectro para incorporar a quienes cae, por su nesciencia, fuera de tales círculos:  Solamente los necios sufren pacientemente los elogios; los mismos de quienes nos dice el manual que la burla desdeñosa es propia de los necios, y no saben cuán difícil es al hombre de genio hacer una cosa perfecta. El otro, el «hombre fino», es aquel que valora sobre todas las cosas el don natural y precioso del talento bien entendido:  De tal manera es la naturaleza humana que tiene celos aun de sus propias cualidades, y no perdona al talento, sino cuando conoce que este se ignora a sí mismo.

Llama la atención de este lector la reivindicación de la mujer vieja que hacen los autores del manual, y que seguramente compartiría Rementería, puesto que en sus manos estuvo la selección de los materiales para su traducción, y, desconociendo los originales, su composición ha de parecernos que refleje lo más estrechamente posible su propia manera de pensar: Nada tienen que ver las arrugas de una mujer que ha pasado su vida en el mundo con su talento, que no envejece jamás. Por otro lado, también me parece ingeniosa su agudeza respeto de la mujer fea: Una mujer fea es la confidente natural de todos los secretos amorosos; se parece a un terreno neutral en donde se va a tratar de la guerra que se quiere hacer a otro país. Así dicho, me recuerda el humor de autores como Jardiel Poncela,  Mihura, Tono y aquellos humoristas de posguerra que se agruparon en torno a La Codorniz, practicando lo que se llamó «humor blanco». El papel esencial de la mujer, en aquella lejana división de los sexos, muy anterior al sufragismo y a la igualdad de derechos entre hombre y mujeres, está muy claro para los compiladores: Los hombres hacen las leyes, ha dicho uno de nuestros escritores, pero las mujeres forman las costumbres.

El manual pasa revista tanto a las reuniones de sociedad, como a la vida familiar, las visitas a domicilio, el arte de trinchar las carnes y pescados, el vestuario y no pocas costumbres, como la saludable del tabaco, por más que recomiende taxativamente: Regla general: no debe fumarse jamás en la calle, algo, por cierto, que incluso hoy, por la pandemia, prohíben nuestras desacreditadas autoridades… Metidos en esa sucesión de «eventos» cotidianos, lo que más llamará la atención de los lectores será sin duda el rico anecdotario de usos y costumbres que se despliega en el texto, capaz de entretener a cualquiera a quien le sorprendan las viejas costumbres. Que, por ejemplo, un convidado tenga exigencias como la siguiente, ¿a quienes no choca?: Un convidado debe a lo menos una hora después de la comida a la persona que le ha convidado. […] No acaba aquí la obligación del convidado: le queda todavía otra que cumplir, cual es una visita llamada la visita de digestión y que se hace a los ocho días como señal de gratitud. ¡Por Pantagruel, qué enojosa costumbre, la «visita de digestión»! Imaginemos ahora que todos aquellos a quienes invitamos, se autoinviten ocho días después, porque en el texto queda claro que no es otra la intención de dicha visita…. Más del agrado de padres con hijos aún por independizarse del hogar familiar son estas observaciones domésticas tan acertadas: Es contra toda regla de urbanidad el recibir a nadie en una casa desordenada, en donde no se ha pasado el plumero. Y esta otra, tan penetrante, psicológicamente: El orden de un aposento anuncia el orden del que lo ocupa, que hemos de leer, para dichos hijos, en sentido inverso, que es el habitual: desorden anuncia desorden…

         El texto dedica no pocas páginas al «Arte Cisoria», un arte que, en España, hizo famoso a Enrique de Villena, autor también de Los doce trabajos de Hércules; pero hace lo propio con una prenda de la indumentaria del  hombre fino que hoy se ha transformado en la mínima expresión de lo que fue en su día: la corbata. Parafraseando a Buffon, el texto llega a afirmar: Por la corbata se juzga al hombre, o permítasenos decir que la corbata es todo el hombre. A partir de aquí, el texto divaga ampliamente alrededor de esa prenda casi genética del hombre para enterar a los lectores de la gran diversidad de nudos y técnicas de doblaje de las tales, de modo que para cada ocasión se emplee el nudo apropiado. Por otra parte, no hemos de olvidar el beneficio postural que favorece la prenda: Sola la corbata es la que obliga al hombre a llevar su cuerpo derecho y la cabeza levantada y con nobleza. Hasta tal punto llega la admiración de los autores por tal prenda que incluso llegan a afirmar que a la verdad, el primero que llegó a plegar una corbata engomada adelantó un paso a las luces e hizo más servicios que las sectas económicas y enciclopedistas juntas. Quienes dominen el arte del uso de la corbata, dispondrán, además, de una suerte de «ojo de buen cubero» para distinguir a sus interlocutores:  Bajo el aspecto literario la importancia de la corbata es mayor en cierto modo: es la divisa del genio, y un ojo observador reconoce en el gusto de la corbata a un poeta o a un químico. Es muy probable que todas esas especificidades sobre prenda tan identificadora las tomaran los autores a quienes traduce Rementería, por las alusiones que se hacen en el texto, de esta publicación: Cravatiana ou Traité Géneéral des Cravatés Ouvrage traduit libremente de l’anglais.  Aparecida en Paris en 1823. A título anecdótica, cabe reseñar entre los diferentes tipos de nudo, los siguientes: El nudo gordiano para visitas de cumplimiento. [El más difícil]. El nudo de brida basta al cazador. El nudo a lo valija conviene para el paseo. El nudo sentimental, para una cita. El nudo a la americana. El nudo a lo Byron. El nudo a lo matemático. El nudo a la oriental. El nudo a lo gastrónomo… Pero eso sí los «pisaverdes» no habían de olvidar jamás que toda corbata rayada o en cuadros es de medio tono y que la corbata de color no se lleva sino en negligé.

         Finalmente, en el capítulo de curiosidades cabe destacar la receta de dentífrico que nos ofrece el texto: Se frotarán [los dientes] con carbón bien pulverizado y pasado por un tamiz de seda o con cualquier otro polvo preparado para este efecto. […] Se compone un dentífrico con partes iguales e polvo de quinina y carbón mezclado con un poco de crema de tártaro, único todo con miel carbonizada. Así como la fuerte oposición al rasurado total de la cara en los hombres, porque, a juicio de los autores, la barba siempre ha dominado a los rasurados, como, con supuesto rigor histórico se afirma: El abandono de la barba ha acarreado periodos de una afeminación general. … Los romanos llevaban barba cuando sometieron a los griegos, que no la tenían, y la habían dejado de llevar cuando fueron vencidos por los godos, que aún la conservaban. Y ofrece el caso particular de Luis VII de Francia: Luis [VII] “El Joven” y Leonor de Guiena [de Aquitania] se separaron porque ella no soportaba ver afeitado a su marido. Decía que se había casado con un monarca, no con un fraile.

         En fin, este El hombre- fino al gusto del día es uno de esos textos que, ya lo han visto, se ha de leer con una sonrisa en la boca y un buen lápiz al costado o, como en este caso de las ediciones Google, con un archivo abierto donde ir pegando lo que se recorta y pega para extractar el texto. De hecho, todo él está lleno de ideas que permiten, a cualquiera, usarlas en contextos bien actuales: La estremada viveza y la estremada pereza impiden ser urbanos, dice el manual; pero, en otro ámbito de la realidad, no anda menos acertado: La galantería es, respecto al amor, lo que la urbanidad respecto a las virtudes sociales. En estos tiempos en que el victimismo ha pasado de ser algo íntimo a un hecho sociopolítico, conviene recordar la última lección de prudencia que nos ofrece tan curioso texto: Es preciso dejar siempre en la propia casa las pesadumbres, y no ir a turbar la alegría de los otros. De igual manera que el «gusto del día» es el espíritu pacífico del respeto a las leyes de la dialéctica: Feliz el hombre de mundo que pudiese deponer el amor propio a la entrada de una sociedad, así como dejar la espada o el bastón a la puerta de la comedia.

lunes, 25 de enero de 2021

El «western»: De «una de vaqueros» a «las geografías morales del héroe»…

 


Anatomía de un género masculino que aúna paisaje exterior y paisaje interior para fundirlos en  códigos tan rigurosos como reveladores de las miserias y grandezas del ser humano.

 

         En las tórridas noches del ferragosto murciano de mi niñez, solíamos ir al cine Brasilia bien provistos de los tomates con sal para la cena, amén del bocata de rigor, y cualquier programa que viéramos siempre comenzaba con un generoso corto de Las aventuras de Kit Carson y su fiel compañero Toro. Aquel fue mi primer contacto con el western, en su variante más familiar y llena de clichés que luego devendrían insufribles, hasta que películas como Soldado Azul, de Ralph Nelson o Un hombre llamado Caballo, de Elliot Silverstein,  ofrecieron una visión de la historia de los nativos norteamericanos desde otra perspectiva muy diferente de la de los conquistadores del Wild West, el «salvaje» oeste.

Con la llegada de la televisión, en mi casa en 1962, Bonanza y Rin Tin  Tin fueron los siguientes contactos asiduos con el género, aunque habría de pasar mucho tiempo para que supiera que el primero tenía más de sitcom que de verdadera película del oeste, y que el segundo era una iniciación infantil al espíritu militar que llovía sobre mojado en el hogar de un hijo de militar de carrera; pero las conservo en el alma de mi memoria con mucho cariño, casi tanto como El virginiano, que la sucedería, porque en mi adolescencia llegaron a apodarme «Trampas», en la Residencia Blume de Madrid, por un cierto parecido con Doug Mcclure.

A partir de entonces, y por la sencilla razón de que era el género favorito de mi padre —y entonces solo había un televisor en casa—, el western formó parte de mi condición de televidente, pero también solía verlos en los cines, porque los programas dobles de mi adolescencia los catalogábamos por “de vaqueros”, “de romanos”, “bélica”, “de amor”, etc. Y un programa con una de vaqueros y otra de romanos era un indiscutible éxito de taquilla, aunque en aquellos años de represión sexual franquista no solo se iba al cine a ver las películas, claro…

         Es el western un género agradecido y, al principio, humilde, sin pretensiones. Recordemos que el maestro de maestros, John Ford, solía presentarse así: «Me llamo John Ford y hago westerns». Pero como está inscrito en lo que, desde el punto de vista blanco se consideró una epopeya, la «conquista» del oeste, era evidente que daba pie a que se forjase todo tipo de leyendas, basadas en todo tipo de personajes, una galería que ha dado de sí lo suficiente como para forjar toda una mitología al respecto.

Si algo me llamaba la atención de las películas del oeste era que jamás me parecieron películas de época, sino contemporáneas, como si esa conquista del oeste se estuviera produciendo en aquellos días en que yo veía las películas, lo que sí sucedía con cualquier otra película, pongamos las del género de terror de la Hammer ambientadas en los mismos años del mismo siglo en el Londres victoriano, pongamos por caso. Ni siquiera los vestidos de las señoras, típicamente decimonónicos, anulaban ese anacronismo. El hecho, además, de la popularidad de los pantalones «vaqueros» como prendas identificadoras de la juventud frente a los típicos de franela de las personas mayores, lo ratificaba.

         Así pues, poco a poco fui conviviendo con los westerns y dominando los diferentes perfiles psicológicos que, como si de un clásico y retórico microcosmos se tratase, me permitieron ir apreciando sus virtudes y sus defectos, sin perder de vista, por supuesto, la variedad de subgéneros y mezclas que permitirían asociar el western con otros géneros, ya fuera el musical, Siete novias para siete hermanos, La leyenda de la ciudad sin nombre, el humor, Los hermanos Mar en el Oeste o el terror, como el reciente Bone Tomahawk, de S. Craig Zahler. El western, de matriz usamericana, ha sido cultivado universalmente, y como perteneciente a tal género ha de contemplarse Los siete samuráis, de Kurosawa o la variante italiana del espagueti western de Sergio Leone, por ejemplo.

         El caballo, la pistola, una geografía de amplios horizontes, el espíritu de venganza, un saloon como enclave primordial de la vida social, la honestidad, la maldad, un porche con mecedora, una diligencia, la injusticia, un sheriff, a ser posible exconvicto o expistolero, una joven que abomina de la violencia, la pendencia entre los agricultores y los ganaderos, la lucha por el acceso al agua, los indios, los fuertes del ejército, los buhoneros, los cuatreros, los silencios impenetrables de los héroes que solo hablan a través de sus actos, sin articular palabra, las mujeres fuertes, capaces de enfrentarse, rifle en mano, a quien haga falta, los hijos tarambanas, los jueces al servicio de los terratenientes, las balas extraídas casi «a pelo», y el sonido metálico cayendo en la palangana, el sudor bajo el sol inclemente en los desiertos, cuando la bota de agua se queda seca, la serpiente que se arrastra sobre la arena y cuya cabeza vuela el pistolero de un disparo, los cactus como soberbio  skyline, el sheriff borracho que se redime en el enfrentamiento contra los malvados, la lealtad insobornable, los viejos amigos enfrentados en bandos opuestos hasta que se ponen, ambos, al servicio de la verdad, las cabañas primitivas con chimenea acogedora, sobre la que cuelga invariablemente la escopeta, el ferrocarril, las manadas de reses cruzando el territorio, guiadas por los cowboys que son emblema del género, y cuya masculinidad se vuelve problemática en Brokeback Muntain, de Ang Lee, para escándalo de puristas (¡y purificadores…!), los búfalos, las travesías imposibles de caravanas en busca de Eldorado, el calvinismo estricto y casi del Ángelus de Millet de los colonos, las nieves y la dura lucha contra los elementos, como en El renacido, de Iñárritu o Las aventuras de Jeremiah Johnson, de  Sydney Pollack, el pianista que toca impertérrito durante la gran pelea, mientras vuelan tiros y botellas y sillas, el racismo contra los indios, los negros y los chinos, el patriotismo de la nación en trance de construirse mediante el genocidio de los nativos, la crueldad, la generosidad, el individualismo a ultranza del héroe, fiado a sus propias fuerzas para luchar contra los entuertos, los forajidos enmascarados, la ausencia secular de la literatura y la ciencia, lo peor de la política, el crepúsculo de un mundo que perece frente al progreso que desarticula el entramado de las leyendas, Billy El Niño, Pat Garret, O.K.Corral, el timbre de la armónica,  la épica de la frontera y sus ríos… y un eterno etcétera que cubre lo humano, demasiado humano, e incluso a veces permite que se adentre en lo divino, sin perder de vista la quimera del oro ni el descubrimiento del petróleo, que parece poner fin a la epopeya, aunque,  casi como parodia de lo que en su día fue la realidad cotidiana del western, aún subsisten los rodeos, y sin olvidar que en esa lenta decadencia la figura del cowboy se degrada hasta la sordidez en películas como Midnight cowboy, de Schlesinger.

El western es un género cardinal de la Historia del Cine, y como tal se le celebra. Y no es de ayer, sino de siempre. Y ahí están las últimas muestras que lo revitalizan, como Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard, por ejemplo, que aporta algo nuevo a los hitos clásicos del género, al incluir la ciencia, la filosofía y la política como ingredientes nucleares de la trama, amén de los tradicionales, por supuesto. Dije al principio que el western era un género masculino, y conviene señalar que ello se debe al papel marginal de la mujer en el género, y de ahí, por ejemplo, películas que intentan paliar esa carencia, como Caravana de mujeres, de William A. Wellman, o la comedia de equívocos, ese otro género con el que se cruza, de forma muy natural el western,  Dos mulas y una mujer, de Don Siegel. A priori, es un género centrado en la exaltación y la crítica de los valores y las maldades del hombre, respectivamente, y la mujer suele jugar un papel subsidiario, pero no por ello menos importante, aunque ello depende mucho de qué películas estemos hablando, porque si hablamos de Johnny Guitar o de Encubridora, está claro que el protagonismo femenino es más que notable, y en igualdad de condiciones con el de los hombres. No es lo habitual, pero también acoge el género la variante de las relaciones problemáticas de los héroes con mujeres que no acaban de entender la necesidad de «aventura» e incluso de cierta soledad por parte de ellos, cuando no son heridas vivas de traumas sufridos en su dura vida.

Entrar en un western significa, por lo general, adentrarse en la aventura del territorio agreste y desconocido, en ámbitos espaciales usualmente  adversos, pero no menos suelen serlo los de ese otro espacio de contornos imprecisos que es la ética individual y la colectiva, a veces en hiriente conflicto. Desde la aparición del género, muy poco después de la invención del cine, y a ese respecto la figura de John Ford es una muestra superlativa de la evolución del género, el amor a la naturaleza, a los caballos y el culto a la individualidad extrema del vaquero que recorre territorios con la seguridad de la autodefensa que significan su rifle y su pistola, los esquemas del western no solo siguen vivos, sino que incluso han «contaminado» benéficamente  otros géneros como el de las películas «de romanos» o el género policiaco. Una película como Gladiator, de Ridley Scott bien puede ser entendida como un western, del mismo modo que sucede con la serie de Harry, el sucio, de Don Siegel o con el clásico de Kurosawa, Yojimbo. Esa capacidad para estructurar un relato en el que, por lo general, un desconocido llega a un sitio en el que ha de dilucidar cuál de los personajes enfrentados entre sí es el depositario de la verdad y el derecho, tomar partido y hacer triunfar la causa del bien, ha permitido, a lo largo del tiempo, tal variedad de argumentos y el dibujo de tantas psicologías que no me extraña que un solo género colme todas las expectativas de muchos espectadores. Como yo soy insaciable, todos los géneros se me quedan pequeños y necesito constantemente viajar de unos a otros para cubrir toda la sed de imágenes y argumentos que me devora; pero el western ocupa siempre un lugar de privilegio, junto al thriller y al musical en mi alma de cinéfilo voraz y escasamente delicado.

jueves, 7 de enero de 2021

«La traviata» en pandemia…

La apoteosis del melodrama en una interpretación entregada… 

         Se nos hacía extraño, volver al Liceo en medio de la pandemia y después de las «amenazas» del poder regional de impedir sus representaciones, en este baile de prohibiciones y permisividades alejado de cualquier principio de racionalidad, lo que está destrozando no solo el rico tejido artístico de nuestra ciudad sino, sobre todo, la economía productiva y los servicios, sin todo lo cual poco «excedente» pueden dedicar los sujetos al consumo del arte, del que tan necesitados estamos, por más que, según cuáles, apenas exijan un gasto significativo, dada la variada oferta gratuita a nuestro alcance. No sucede así con la ópera, un arte magnificente cuyas inversiones se miden por una buena ristra de cifras y cuyas recaudaciones no cubren siempre lo gastado, y de ahí las muy variadas ayudas regionales, municipales, estatales y privadas para sufragar dichos gastos. Todo ello hace que me sienta, en parte, privilegiado, porque, a pesar del desembolso, 150€ por un asiento centrado en la tercera fila del tercer piso, sé que puedo entregarme al deleite estético gracias a la generosidad indirecta de los contribuyentes.

         La estructura financiera de una arte como la ópera, y la excelente versión de La traviata que vimos, llena de emoción a través de la más inspirada de las partituras operística que se han escrito nunca, junto a la de su propio Rigoletto, me llevó a decir, camino de casa, que solo votaría a un partido que llevara en su programa el compromiso de que toda la población de nuestra ciudad había de ver, al menos una vez en su vida, una interpretación de La traviata. Cuando aún no había habido oposiciones para que los profesionales de la música cubrieran dichas plazas en los institutos, tuve la suerte de encargarme de esa asignatura durante algunos años. Pues bien, en mi curso de introducción a la ópera, todos mis alumnos veían varias óperas, y una de ellas, forzosamente, La traviata. Era muy difícil que, bien introducida, fueran insensibles al melodrama total que se representa en escena. Una suerte de amour fou antes de tiempo, llevado a todos los extremos imaginables, como se manifiesta en tantas escenas que, literalmente, nos conmueven, y nos agitan y nos llevan a un éxtasis sensible que no nos deja permanecer estáticos en nuestras butacas. La traviata no es una ópera «de arias» o «dúos» o tercetos» —aun habiéndolos sensacionales— , de números estelares que el público aguarda con expectación; no, La traviata, avanzándose a Wagner, en este sentido, es un continuo sonoro que, sin la perfección del de Wagner, ¡que tanto influyó a Verdi en su última época!, permite seguir la obra salvando el corte que significaba el antiguo «recitativo». ¡Y qué inspiración emocionada la de Verdi! Incluso para el papel del padre de Alfredo, el amante de Violeta, Verdi escribe unas piezas brillantísimas, un contraste que choca mucho desde el plano moral, porque los «padres», en las óperas de Verdi, trasuntos del suyo propio, son realmente la encarnación del mal y de la desventura. En cualquier caso, estamos ante una ópera que fluye exquisitamente hacia un final romántico apoteósico que nos deja anegados en las más delicadas emociones y en el más profundo de los dolores por el destino de la protagonista.

         En su momento,  mediados del XIX, La traviata fue un fracaso, por la elección de una prostituta de lujo como protagonista de la obra, en un «remake» de La dama de las camelias, de Dumas hijo, a quien «robaron», Verdi y su libretista, Francisco Maria Piave, el desarrollo argumental. Hoy, es una de las obras favoritas de todos los públicos de ópera del mundo. En el Liceo fuimos informados de que se ha representado en 261 ocasiones, una cifra considerable que da fe de dicho entusiasmo popular. La versión que vimos reunía una escenografía, iluminación y vestuario magníficos, que resaltaban la doble condición de verismo y austeridad a los que el movimiento de masas en escena sacó un rendimiento total, ballet incluido. La persona que nos «introdujo» la obra —-entrábamos por turnos y a algunos nos tocó esperar una hora en la sala, con los movimientos restringidos— tuvo a bien señalarnos un detalle de la escenografía que, de otro modo, acaso nos hubiera pasado desapercibido: el suelo de los diferentes espacios en que suceden los acontecimientos era el mismo: la lápida funeraria de la tumba de Violeta, una idea fantástica que permite contemplar el transcurrir de los hechos desde la perspectiva trágica del determinismo mortal que constituye la esencia del melodrama: el amor imposible sometido a la implacabilidad del destino.

         Aunque los principales intérpretes  entraron un poco «fríos» en la representación, con un par de deslices sin excesiva importancia, el calor del público, deseoso de celebrar la inmensa emotividad que se desprende de la partitura fue arropándolos con cada vez mayor calidez, de modo que el enfrentamiento de Violeta y Alfredo, cuando él le lanza el dinero a la cara y el barón lo reta a duelo nos pilló a todos en feliz comunión de complacencias. Es posible que la propia asepsia a la que hubimos de ajustarnos nos tuviera, a los espectadores, un poco acongojados, pero en cuanto la Directora, Speranza Scappucci, atacó la Obertura supimos todos, por el excelente sonido de la orquesta, que íbamos a vivir una emocionada noche del arte total que es la ópera. Tanto Ermonela Jaho, una soprano casi especializada en Madama Butterfly,  como  Dmitry Korchak, que le dio perfecta réplica,  secundados por el  clarísimo y elegante barítono Giovanni Meoni, compusieron un trío que se fue apoderando poco a poco del drama para alcanzar ese potentísimo clímax final del último acto. Y así fue, como lo viví lo explico: una incontenible emoción fue apoderándose de quien esto escribe, porque no hay desdicha más terrible que querer vivir y que la enfermedad te lo impida; que recuperar el amor de tu vida y no poder disfrutar de él…

 Insisto, y no lo digo como una boutade: algún partido político, digno de tal nombre, político, debería incluir en su programa el compromiso de «facilitar» que todos los ciudadanos vieran aunque solo fuera una vez en su vida, un montaje de La traviata. ¡Menudo crecimiento moral y artístico el de la sociedad que se atreva a ello!

lunes, 28 de diciembre de 2020

Una pesadilla y una proposición de ley...

 

Una propuesta legal de resarcimiento por la "vida perdida" y por el maltrato psicológico padecido.


    Esta noche pasada he sufrido una pesadilla a la que le he puesto fin, porque me precio de tener el mando único del sueño desde que comprobé, en una pesadilla que me libraré de revelar jamás,  la enorme carga onerosa de sufrimiento que puedo uno ahorrarse. Así pues, cuando todo se pone entre la vida y la muerte, o entre el descrédito de la desesperación y la vergüenza de la cobardía, emerjo al mundo consciente, pongo fin al asunto, me levanto, voy al lavabo y vuelvo a la cama casi exultante por el doble alivio, el fisiológico y el psicológico. No puedo gobernar lo que ocurre en mis sueños; pero puedo evitar que el tamaño de los estragos me devaste. Ignoro por qué diablo estaba yo en una oficina de la Administración, a requerimiento de esta,  sufriendo la inhumana dilación de ser atendido durante más de dos larguísimas horas. Lo que es irrefutable es la frivolidad con que, después de ese martirio de la espera,  y estar yo, literalmente, subiéndome por las paredes, algo bien propio de los sueños, como nadie ignora, el funcionario -¡y yo lo fui durante siete largos años en una Delegación Provincial de Hacienda!- se ha limitado a decirme que no podía atenderme porque me faltaba no sé qué requisito del diablo que le ha sido casi imposible precisar, y, como en el viejo artículo de Larra, me emplazaba a que volviera otro día, cuando parecía claro y manifiesto que se me quitaba de encima en vez de corregir cualesquiera omisiones que, con la tecnología digital, a buen seguro podía subsanar, máxime habiendo sido yo citado por ella. Mi irritación ha sido de las que, tópicamente, no hay palabras para describirla, porque el incendio corporal, la explosión oral *invectodespectiva y la indignación gestual con signos amenazadores de carácter universal -al fin y al cabo el cine mudo es un arte universal, ajeno a la babel de lenguas que caracteriza a nuestra especie- dejaban bien clara la amenaza que suponía mi presencia para el funcionario descortés, elato y soberbio. Con todo, la férrea represión ejercida sobre mi persona ha hallado gracias a ojos del sentido común y me he dedicado a reflexionar de qué modo podría ponerse coto legal al abuso de la Administración sobre los administrados. Teniendo en cuenta que lo de la ventanilla única y la universalidad de los datos que obran en poder de las Administraciones deberían facilitar la vida de los ciudadanos y no entorpecerla, se me ha ocurrido pedirle a un grupo parlamentario, específicamente al más sensible a estos requerimientos, el de Ciudadanos, partido de la Ciudadanía, la elaboración de un  proyecto de ley que tipificara legalmente el abuso de poder de la Administración en su relación con los administrados, de modo que pudiera pedirse una indemnización por el "tiempo de vida robado" en el trato con ella, así como por el "maltrato psicológico recibido" por esa actitud. Nadie ignora que realizar cualquier trámite en cualquier Administración es algo así como entrar en un laberinto en el que, a fuerza de perderlo miserablemente, parece que el Tiempo o no exista o esté gobernado por la mentalidad sádica de quienes deberían ser representantes del pueblo y "facilitadores" de su vida, no un obstáculo para la misma. Quiero entender que la posibilidad de cuantificar los daños en función del tiempo objetivamente "perdido" en las dependencias administrativas obligaría a una diligencia que actualmente es inexistente, sabiendo que la denuncia comportaría una sanción económica que, a la larga, podría mermar lo suyo la recaudación tributaria. ¡El verdadero sueño idílico, no el que yo tuve, es la posibilidad, así mismo, de cuantificar el daño psicológico que se le inflige -todo un vicepresidente del Gobierno es incapaz de distinguir entre dos verbos tan cariñosos como infringir e infligir, pero esto no lo he soñado, sino que lo he *vigiliado-al ciudadano que no recibe la atención debida en su calidad de sostenedor tributario de los propios funcionarios que lo atienden. 
    Pues ya está. A algunos les parecerá una minucia, pero la promulgación de ese derecho podría incorporarse al próximo programa electoral del partido para hacer saber a los ciudadanos cómo puede llegara cambiar su relación con la Administración, y cómo esta se vería obligada, so pena de ser denunciada y acaso condenada gravosamente para las arcas públicas, a no hacerle perder a los administrados ni un minuto de su vida, de su valioso tiempo irreemplazable, si perdido, amén del sufrimiento psicológico que ello comporta, y del que, por mor de mi pesadilla, doy inequívoca fe. Para los escépticos, recuerdo que en el programa del CDS de Adolfo Suárez se incorporó la supresión del Servicio Militar Obligatorio, tal y como estaba diseñado, ¡muy torpemente!, desde tiempos del franquismo, cuando ningún otro partido hablaba del asunto ni, por supuesto, lo consideraba una prioridad. Y, sin embargo, aquella inclusión y los debates que generó acabaron convenciendo al gobierno socialista de entonces de la necesidad de poner fin a una "mili" controvertida que ahora, ¡vaya por dónde!, parece que echemos en falta, dada la mentalidad *taifesca que se está creando en la población española. En fin, aquí queda ese proyecto de ley como sugerencia onírica y política.