sábado, 20 de mayo de 2023

Insomnia…

 


Breve extracto de un *noctario

 

         Primera experiencia nefasta con media pastilla de Orfidal. Al margen de una urticaria galopante que me tiene hiperactivo como un perro sarnoso, y cuyo origen ignoro si está en la patata con judías, en la loncha de jamón de york o en el regaliz de la infusión digestiva, lo cierto es que he tenido una experiencia perturbadora a medio camino entre el sueño de la vigilia y la duermevela. Daba vueltas, luchando, como siempre, contra el exceso de ropa con que se abriga mi Conjunta, cuando ha comenzado una suerte de rueda infernal de órdenes que me impelían, como si fuera obediente devoto en una secta, a adoptar tal o cual postura, a ponerme o quitarme la sábana, a acercarme al borde de la cama, a girar hacia el centro de la misma… Una instancia indeterminable, pero todopoderosa, me forzaba a concentrarme, como si me ordenaran contener la respiración, en una inmovilidad de la que tomaba nota, el tiempo que duraba, aunque yo me afanaba en desbaratarla como una necesidad rebelde de afirmarme en la resistencia a tales órdenes. Lo fundamental ha sido la incomodidad y la humillación por las órdenes recibidas, por la insistencia de las tales y por la amarga sensación de haber entrado en un psiquiátrico y estar recibiendo órdenes contradictorias que unas veces me llevaban a abrigarme, otras a desabrigarme; unas a mantenerme quieto, hasta rígido, otras a girarme hacia el borde exterior de la cama, al tiempo que me veía en la necesidad de contraer los músculos como una rebelión contra la fugaz inmovilidad que me ponía de un humor de perros. He salido de esa lucha como de las mil vueltas que doy siempre antes de ceder al insomnio y levantarme, pero nunca antes había experimentado la angustia de sanatorio mental de esta primera noche de medio Orfidal. Vuelvo a la cama a las cinco y media y solo entonces, no sin dificultad, comienzo a conciliar el sueño. Despierto a las ocho y no puedo ni abrir los ojos. Después, aún muy dormido, he de echarme en el sofá, donde continúo dormido hasta las diez, profundamente.

         Parece que se ha convertido en un patrón. Me acuesto, leo, me entra la modorrilla el sueño, apago y, a partir de ese momento, inicio la tortura de la resistencia, los picores y la rebelión contra el efecto del Orfidal, en el supuesto de que lo suyo hubiera de ser tumbarme por K.O. No sé si se debe a la media ración que tomo, pero lo cierto es que no hay manera humana de conciliar el sueño desde que me giro para mi lado, si no hay alegría púbica, e inicio el temido ritual de las vueltas para aquí y para allá, el aliviarse del peso de la colcha, del de la propia sábana, sobre todo si es la azul «zamorana», que yo le digo, por su densidad de zamarra de pastor, y el quedarme en pelotas hasta que la brisilla nocturna me acobarda y vuelvo a refugiarme bajo la sábana. Cuando, pasada la hora, me doy por certificado lo infructuoso de la conciliación, me levanto, voy al salón y comienzo a leer o, como ahora, a escribir para dejar constancia de este patrón que algo tiene de nave infernal de los locos en la que soy el obediente marinero al que no le queda otra que conformarse con su condición. En fin, me veo forzado a tomar la decisión de ingerir, mañana, una píldora completa, para observar la reacción. Lo que más me llama la atención de esta crisis y de la reacción a las pastillas es que parece acentuarse el temido síndrome de las piernas inquietas, que he padecido toda mi vida, y al que solo muy recientemente los médicos le han puesto un nombre con el que dignificar un padecimiento que puede parecer de risa a quien no lo sufra, pero que nos hace la vida imposible a sus sufridos pacientes. A ver mañana qué tal. Sigo con la lectura de las Ensoñaciones del paseante solitario, de Rousseau, un título que no escogido adrede para estas extrañas e insomnes noches de mayo…

         Ahora sí que la cosa se complica. He pasado de media a una pastilla y aquí estoy… en este tétrico *noctario de la imposibilidad de conciliar el sueño, con el que parece que me he enemistado para siempre. Estoy cansado. He corrido, aunque con dolores, diez quilómetros. Hoy, a diferencia de ayer y de anteayer, quizás por el entrenamiento, no tengo los síntomas desagradables del síndrome de las piernas quietas, que tanto contribuyen a generarme un desasosiego general que, con toda razón, impide el sueño y lo que se le ponga por delante. El «momento» tiene su atractivo, no lo niego.  Ningún hijo en casa y un benefactor silencio que solo rompe el maullido de alguna gatirriña en la colonia gatuna que habita en el patio interior de la manzana, lleno de tejados de comercios y de terrazas protegidas contra sus incursiones; todo ello es el mundo ideal para librarse al trabajo gratificante de la lectura o de la ficción, aunque ambos los sustituyo, en este momento,  con la torpe crónica de una ruptura del ciclo circadiano cuyos efectos ignoro qué dimensión orgánica pueden tener, aunque, a juzgar por cómo la vida me ha enseñado recientemente, mucho me temo que lo acabe somatizando en forma de lesión en cuanto salga de la del cuádriceps. Para mal de males, he cenado fruta, queso y yogur, y se me ha revuelto todo en el estómago. Estoy por hacerme una infusión digestiva Finocarbo, de sabor dulcísimo, al que le añado un poco de regaliz en rama para subirle el dulzor y el buen sabor. Me la juego… Lo suyo, lo del ritual es volver a Rousseau y esperar que poco a poco acabe haciendo algún leve efecto el Orfidal y pueda volver a la comodidad del colchón, porque en este sofá antianatómico tengo más que serias dificultades para descansar en una postura que no me dejé en tensión no pocas partes del cuerpo. Es precioso, como pueden imaginarse; pero, al menos para mi cuerpo maltrecho, una compra equivocada. Son decisiones que no tomamos a la ligera, pero a veces no pensamos en un uso prolongado ¡y a deshoras! Vuelvo a Rousseau. De él volví a la cama, creyendo interpretar adecuadamente los signos del amodorramiento, y, ¡sorpresa, sorpresa!, de nuevo estoy aquí, tras haber consumido no poca paciencia, grandes dosis de contorsiones corporales y una creciente convicción de haber tomado una decisión errónea. En fin, de nuevo a por el ginebrino…, pero han caído la infusión digestiva y los últimos tres dátiles que guardaba en un recipiente hermético en la nevera: ¡He hecho espacio!, una de mis debilidades caseras…

domingo, 30 de abril de 2023

El tenis.

 



Entre el deporte, la meditación y el arte. 

         Sí, a su manera, yo también soy hijo de la pérgola y el tenis, curiosamente en superficie dura, de abrasado, y algo cuarteado…, cemento sobre el que crecían las ampollas, como las de la palma de la mano untada con ajo en las tardes alternativas de frontón. Hijo de cuando a las raquetas de madera había de aplicárseles el protector-corrector con palometas que impedía que se combasen; también de cuando el fair play valía mucho más que la victoria y el «buena» o «fuera» del contrario eran casi ley divina indiscutible. El tenis era inglés. Yo jugaba en Murcia, junto al Mar Menor, hoy en peligro de extinción, enfrente de una Manga en la que no se alzaba ni una edificación y era juego de niños atravesar de uno a otro mar, del Mayor al Menor y viceversa, en esporádicas y largas tardes de asueto y vigilancia familiar. El tenis era juego de señoritos y de militares. Y llamaba extraordinariamente la atención el principal requisito que exigía su práctica: el silencio. No creo haber sido un niño particularmente follonero, pero ver jugar a «los mayores» con ese amor al ritual, con una seriedad respetuosa y amable, parecía infundírsete en cuanto apretabas el mango de la raqueta con la euforia de poder pelotear cuando dejaban las pistas libres y los mocosos nos hacíamos dueños de ellas, soñando con reveses imposibles, voleas majestuosas y passing shots inverosímiles.

         Sin tradición deportiva propia, viví el tiempo en que un humilde recogepelotas simpático, espabilado y con la muñeca más prodigiosa que se haya visto nunca, Manuel Santana, siempre «Manolo», empezó a ganarse la simpatía del país casi con las mismas armas con las que otro Manuel, este Benítez, pero siempre «Manuel», se había ganado la de los aficionados a otro arte, el de la música callada del toreo, que revolucionó de la noche a la mañana. Tomó la alternativa triunfante el «beatle» de los toros, en 1963. Ese mismo años Manolo Santana se hace inmortal al ganar  Ronald Garros, primer español que lo consiguió. Entre el arte de ambos no parece haber relación, pero,  para el aficionado al tenis y al toreo, el «temple», imprescindible en uno y otro, es el mismo. La distancia, respecto de la bola o el morlaco, también es la misma. El don de la oportunidad y el desvelo por adivinar las intenciones del rival o del bicho son los mismos. Si el torero pisa el albero con mimos de geisha o desplantes de atleta, el tenista patina por la tierra batida como si la fuerza de una motora imaginaria halara de él hacia la red para recoger una dejada y devolverla a la esquina inalcanzable… No, no hay mucha distancia entre ambas aficiones, entre ambas artes.

         El tenis tiene una dimensión fantasmagórica que lo asemeja, hasta cierto punto imaginario, al wuxia de las artes marciales chinas, porque la coreografía que en tantas películas se apodera del espacio, en el tenis se celebra a flor de tierra, con idas, venidas, saltos e incluso genuflexiones o patinazos a los que se ha de ser muy insensible para no responder con el asombro y la explosión jubilar del punto ganado, gánelo quien lo gane, porque los verdaderos aficionados al tenis son muy distintos de los de otros deportes, en los que parece que el único lema posible sea «triunfa o avergüénzate»; en el tenis el amo y señor es el «punto» y se celebran con idéntico entusiasmo si lo gana el jugador al que se sigue o su adversario. Claro que hay partidismos y rivalidades y competencia y todas esas circunstancias propias de todos los deportes; pero el tenis no admite el fanatismo, y cuando aparece un brote de él, el resto de los espectadores lo reprueba hasta que se abochorne el «intruso».

         Se ha de haber sido jugador con pareja estable durante años para saber de qué estamos hablando cuando hablamos de «jugar al tenis», que viene a ser, lo he dicho en parte, practicar la liturgia de una religión atlética inigualable. La pareja de tenis es tan definitiva en la vida de uno como la amorosa, y perderla es un drama igual o superior al divorcio. Quienes lo han vivido lo saben. Yo, como corredor, soy un superviviente maltrecho a aquella pérdida, pero al menos no puedo flagelarme con el azote de haber sido quien tomara la iniciativa para tan desastrosa separación. Incluso a pesar de mi iniciación muy temprana en el tenis, cuando aparecí por Madrid con 12 años y estaba pendiente de una prueba para los infantiles del Real  Madrid de fútbol —era yo un nueve fornido y buen rematador de cabeza…—, se cruzó la natación en mi camino y le dediqué, a tiempo total, la siguiente década de mi vida… Son extraños, los caminos deportivos de los humanos, ciertamente.

         El tenis ha ocupado siempre, desde aquella retransmisión de madrugada de la primera y mítica final de la Copa Davis en Australia, en aquellos tiempos en que jugaban Roy Emerson y John Newcombe, dos monstruos que no eclipsaban, sin embargo, al gran campeón del tenis de todos los tiempos: Rod Laver, el «zurdo de oro», quien, pasado al profesionalismo, no pudo jugar contra España aquella final [otro zurdo de oro, este español, Rafael Nadal, habría de continuar las gestas de aquel otro…]; ha ocupado, digo, un lugar preferente en mi condición de espectador amante de casi todos los deportes. Los británicos, inventores de tantos deportes, acertaron en este de lleno, porque la única revolución, en aras de las necesidades de la vida moderna, tan estresante, ha sido rebajar los torneos, menos los del Grand Slam, a tres sets, en vez de a cinco, que es lo tradicional del juego. Contemplar un partido de tenis es sumergirte en una ceremonia ritual en la que vas a tomar partido por la belleza, el riesgo, la fantasía y, por qué no, la fuerza y la decisión. La gama de golpes es finita, pero la pasión y la belleza infinitas. La emoción es de tal naturaleza, que un partido de tenis no se resuelve hasta que se juega la última bola, no hay espacio para el cálculo ni para la especulación: superar al adversario es la única opción, y, para ello, nunca hay tal cosa como «la última bola inapelable», sino, en todo caso, y es frecuente que sea así «la última esperanza a la que agarrarse para continuar». ¿Qué otro deporte puede dar más?

         Después de Manolo Santana ha sido larga la nómina de fantásticos jugadores que han ido renovando la pasión de los aficionados, y ahí está, aún en activo, el inmortal Rafael Nadal, leyenda viva de este deporte, por todo, por sus logros, por su deportividad y por ser un ejemplo de los mejores valores que atesora la práctica deportiva. [Mis antiguos alumnos, cuando me encuentro con alguno de ellos casualmente, no dejan de repetirme lo que les chocaba que, como profesor de Literatura, les recomendara efusivamente que practicaran deporte cada día y si era de competición, mejor. Y me recuerdan, al acabar la clases, enfundándome la ropa deportiva, echarme la mochila a la espalda y volverme (18 kilómetros de por medio) corriendo a casa…]. Ahora, aún Nadal en activo, digo, emerge un fenómeno como Carlos Alcaraz, llamado a todo y capaz de él y de más, dadas sus condiciones.

         ¡Qué felicidad contemplativa, en las postrimerías de mi vida, poder disfrutar de su tenis, un deporte tan caro a mi corazón (y mis piernas…)!

 

lunes, 10 de abril de 2023

La escapada.


El desplazamiento acomodado.

            Salir del entorno habitual, un derredor que, a veces, aprieta casi hasta la asfixia, no es un capricho, sino una necesidad. Darle a los ojos nuevos espacios, interiores y exteriores, es darle al alma una calma que necesita como los pulmones el aire de un espacio desconocido. Viajar está en nuestro ADN. Moverse, llevado por un coche, aunque sea a través de una autopista que sufre el gravoso paso de privada a pública, es una bendición acompañada por las armonías de Radio Clásica. Todo lo mal que duermo antes de un desplazamiento, lo disfruto en cuanto gobierno un coche y devoro kilómetros sin señal alguna de cansancio, hasta que una modorra amenazadora impone la parada pertinente.

            Jávea es un destino con Parador Nacional, tan bueno como lo hubiera sido la Sierra de Cazorla o cualquier otro de esa lista privilegiada de Paradores que invitan a visitar todas las provincias españolas. No hay que complicarse la vida para desconectar y disfrutar de dos elementos esenciales de la escapada: los paisajes y la gastronomía, ambos a ritmo lento. Dos cabos, el de San Antonio, con escalada de dos horas desde el Puerto de Jávea, y el de La Nao, visitado en coche, más la cercana cala de la Granadella son los tres objetivos de tan corto viaje, antes de regresar con la relajación para el entorno habitual, a veces difícil de gestionar. Dos poblaciones, la propia Jávea y Denia, son los núcleos urbanos visitables. Muy interesante el primero, anodino el segundo.

            La mirada atesora cuanto el viaje ha dado de sí, y de ello los aficionados a la fotografía guardamos algunos fragmentos que ya no llegarán a imprimirse en papel, sino que se sumarán a esos ingentes archivos de instantáneas que nos sacarían de quicio si quisiéramos verlas todas para seleccionar algunas. 

            Llevo tiempo pensando que, hijo como soy del desarrollismo, la primera generación televisiva de la historia de España, bien pudiera ser que una autobiografía pudiera escribirse con fotos y moderados pies de ellas, no tanto para circunstanciarlas, cuanto para dar rienda libre al poder de la evocación y de la asociación, actividades tan psicoanalíticas.

            De una escapada puede predicarse lo mismo, por eso hoy, ajeno a la pereza del teclear y al uso de las palabras, ensayo aquí la versión viajera de esa escapada:

Subida a nuestro particular Monte Ventoso de San Antonio, escarpado y placentero. Con los cayados compraos en Bubión y componiendo la perfecta imagen de los senderistas caprinos. Fresco, sol, soledad y silencio.

El empeño contante y la lógica del caos. Besos como latigazos y espumas como coronas. La gota horada la roca; la roca desafía a las olas y las rompe en gotas salobres y flexibles. Los ojos bucean, afloran las branquias.
La costa alicantina como espejo de la balear. Una cala insular pegada al continente. El agua calma la ansiedad de la mirada y la herradura se percibe como señal de la suerte: rodeados de sol y ausentes de compañía forzada.
La mirada sinuosa recorre el frente abrupto que impone su «vade retro» con sólita armonía estética. Los límites imitan el arbitrio del Poder, pero en su aridez anida la vida elemental.


En la azotea el remedo inmoviliza una savia de fragua. ¿Qué aves se posarán en las ramas recalentadas y sin umbría del verano? La mirada se complace en el molipavo real desplegado en las alturas. Y no echa de menos su sombra imposible ni su tronco sin raíces.

            
        En tan escasa ciudad y en barrio tan humilde como el de pescadores, una osadía religiosa y arquitectónica le arranca espíritu al hormigón y un goticismo combado y sin pilares. Quien lo habite se sentirá rejuvenecido en el fervor de sus devotos.

Obra de la naturaleza, la destrucción como la vida. Hay una belleza especial en el árbol seco y tronchado, en su pálida corteza, en sus cuernos agresivos. Alimento del fuego, guarida de insectos: ruinas que mira el ser humano con temor y reverencia. Incrustado en la pendiente, detenido por el viento y los obstáculos, es un alma libre que ha dejado su verdor en los matorrales indiferentes de su entorno.
Hay en el paisaje una cualidad pictórica que nos han enseñado a ver los artistas. Magritte, por ejemplo. Y el detalle de la sombra de una nube suspendida sobre un macizo cobra una vida que va mucho más allá de las palabras que intentan describirla.
¿Pertenece a la teratología vegetal el tronco de la morera? En chino mencionarla es nombrar la innombrable, y su contemplación me permite evocar el alimento de los gusanos de seda antes de convertirse en tristes y cenicientas mariposas bordes arrastrándose, ¡qué horror!, por la inhóspita caja de zapatos. De este tronco, sin embargo, lleno de tumores que son, si traslaticios, temores, se cuelgan los ojos  segundos que son minutos, minutos que son la impaciencia de la compañía.


¿Qué poder de atracción tienen las puertas que se encuadran solas en el visor de la cámara, a poco que el plomo, como en este caso, dibuje arabescos como nervaduras de piedra o de vegetal? Son defensa y misterio. Ostentación y reto. En Burgos se quejan de cambios innovadores. Hacen bien. La puerta de la fe no se cambia así como así.
El mercado estuvo siempre fuera, en la calle, abierto a los cuatro vientos. Si se los cubre, ha de ser con la magnificencia que exige el trueque que nos define como especie. Es otro templo, y a veces no andan lejos el uno del otro.




jueves, 30 de marzo de 2023

Crónicas de Robinson desde Torilandia (II)

Del incierto sentido de los tiempos políticos y del madrileñismo...

    

No, a pesar de las ubérrimas tentaciones que anidan en urbe tan populosa como la gran villa manchega que es el Madrid cuyos orígenes se pierden en las mil y una noches, tomando del denostado Manzanares, aún innominado, su nombre arábigo de «corriente de agua»; a pesar de las copiosas atracciones que para un ser como yo, curioso e industrioso, tiene esta capital, no me he perdido. Aquí sigo, por cortesía de mi anfitrión, con quien cualquier día de estos he de reunirme, si sus innúmeros afanes le distraen algunas horas de amable conversación en su lengua o en la mía, en la que se afana con voluntad de escolar y contumacia de veterano en el «afincamiento de los codos» que, forzosamente, precede a la iluminación de la sabiduría o de la despabiladura, que tanto monta.

A pesar del acicate que para un observador foráneo tiene el grosero espectáculo político torilandesco, que alcanza niveles próximos al esperpento, una teoría estética a la que nosotros hemos llamado desde siempre grotesque, y que está emparentado, vía verbal, con el nonsense y, muy al fondo, con ese poema no tan suficientemente alabado como merece, el Hudibras, de Butler, Madrid me ha deparado algunas sorpresas tan maravillosas como mi propia y reconocida capacidad de admiración. Por cierto, de la cercanía al nonsense, que apareció en las letras inglesas bastante después de que mis andanzas literarias hubieran cesado, baste destacar la afición que tienen los políticos torilandescos a sostener que, más allá de que  las palabras significan lo que signifiquen, lo importante es siempre quiénes mandan y «sanseacabó», ese estupendo y espurio santo del santoral de las hermosas expresiones populares de este pueblo con tan noble historia de ingenios en las Letras, desde Quevedo hasta el propio creador del esperpento, el galaico, y algo británico o irlandés… —y yo me entiendo— Valle.

Que nadie se siente extranjero en Madrid es uno de los tópicos más verdaderos que yo haya conocido, y es cierto que los lugares y las personas se nos aparecen siempre mediatizados por esos «lugares comunes», y ya, en mis tiempos en la isla, pude comprobar el valor de los españoles en la lucha y en su sentido de la responsabilidad, fiándome de la cual, les dejé en posesión de la isla cuando yo la abandoné, a pesar de que recordé, en parte, esa leyenda negra que a siglo de hoy no me duelen prendas en reconocer lo injusta e interesada que ha sido. El trato afable, la llaneza en el mismo y el respeto a mi idiosincrasia son la norma en mi día a día lleno de descubrimientos, desde los famosísimos «churros y porras» hasta la claridad diamantina de sus cielos, la pureza sin afectaciones de su agua corriente y, en el campo del arte organizado, y a pesar de nuestros acreditados museos, la joya universal que es el Museo del Prado.

No puedo con el tráfico, lo reconozco, y vaya dentro de alguno de esos vehículos infernales o me mueva a pie por tan populosa corte, sufro esa plaga con poca paciencia, y me acuerdo de la paz de mi isla con sufrible nostalgia. La vida nos lleva donde los ingenios quieren… Y en esta Villa y Corte paso mis días de sorpresa en sorpresa y de estupefacción en sobresalto, no sabiendo nunca cuándo se ha alcanzado el culmen de la impostura y la trilería, sea en el Congreso, con bella custodia felina; sea en la forofa prensa de trinchera —ha cuajado en este hermosa lengua «fanático», del latín, voz que nosotros acortamos a fan, pero veo que no ha prendido hooligan ni el posible derivado *juliganismo que es lo propio de esa prensa y de muchas otra actividades—; sea en las barras de los bares, institución universal, pero tan peculiar de este Madrid del que acaso me esté enamorando demasiado; sea en las vocingleras radios y televisiones donde toda mezquindad sofística tiene asiento, tribuna y púlpito.

Tan hecho allá en Laputa a los detalles y las miserias de la política de Torilandia, no deja de sorprender que, contra viento y marea y contra la propia dignidad de quienes gobiernan, el gobierno en ejercicio trampee día tras día para evitar una quiebra que habría de conducir a lo que más temen en el gobierno, después de haber convocado dos en menos de un mes como prologo disparatado al esperpento que ha venido después: nuevas elecciones. Parece que han adoptado la opinión, el motto, del *nobelado escritor tremendista, Camilo José Cela, cuyo retrato debería de presidir los Consejos de Ministros: «Gana quien resiste»; si bien, para ser justos, lo suyo es que compartiera tal puesto de honor con otra de las grandes aportaciones españolas al arte, sutil y grosero al tiempo, de la politiquería: el jesuitismo, uno de cuyos lemas habría de figurar junto al motto de Cela: «En tiempos de turbación, no hacer mudanza». El «tremendismo», sin duda, tan castizo, debió de ser el responsable de convertir la «turbación» en «tribulación», que no es otra cosa que pasar el trillo, ¡ay!, por el alma.

En tiempos muy posteriores a mi aventura vital, las sufragistas británicas dieron un ejemplo al mundo de sacrificio en pro de la consecución de sus derechos, y esencialmente al del voto, del que durante siglos estuvieron excluidas; ahora, aquí en Torilandia, ¡y encumbradas al PODER, así, lleno de mayúsculas, las neofeministas extraviadas que usan y abusan de él han cargado la agenda pública de contrasentidos y demencias con las que el Presidente del Gobierno transige porque le va en ello, ¡y a sus escogidos secuaces!, el seguir disfrutando de las prebendas de su cargo. La resistencia, incluso frente a clamorosos errores legislativos, no es una estrategia, sino un programa de ¿habríamos de decir «desgobierno», para ser más fieles a la realidad? Pues dicho queda, de desgobierno. En términos políticos y humanos, la alianza de dicha presidencia con factores centrifugadores respecto de la solidez e integridad de un país que está en el fundamento de la propia idea de Europa, ¿no ha de tener fatales consecuencias? ¿Todo lo tapa y acalla el dinero europeo solidario que llega con cuentagotas a destinatarios de muy diverso estado y condición, descontadas las corrupciones habituales del sistema?

Hay un punto de hartazgo en la inmovilidad política decretada desde arriba que acaso acabe llevando a una desesperación electoral de la que también la nación se haya de arrepentir después, porque mientras nuestro bipartidismo casi perfecto ha sido ejemplo para el mundo, este de Torilandia no es sino la ley del «¡y tú más!». MI anfitrión pierde su valioso tiempo en pergeñar algo así como una teoría política a la que él ha bautizado como «Todovalismo», que, por lo poco que sé al respecto, es incluso una degeneración del tan traído y llevado maquiavelismo. Ganas tengo ya de verme con él,  pero confieso, también, mi reticencia a tener que abandonar Madrid para desplazarme a la Cataluña de l’avara povertà dei catalani, como los inmortalizó el vate en su comedia divina y humana, muy humana… Ya veremos. Todo llegará. De momento, sigo recorriendo salas del Prado, abismándome en mundos tan distintos como el del Bosco y el de Goya y volviendo siempre, para despedir mi visita, al cuadro de Carlos de Haes, Un barco naufragado, por razones obvias…

 



domingo, 8 de enero de 2023

La vida accidental…

El insólito repertorio de accidentes domésticos que nos tejen los lares, los manes, las larvas y los penates...

 

         No tiene nada que ver con la edad ni con determinadas carencias espaciales o dificultades para la motricidad fina: los accidentes domésticos, de infinito repertorio, no dejan ileso a nadie ni nadie escapa a la acción diabólica de los geniecillos del lugar, sean lares, manes, larvas o penates, pues no son pocos los demonios que se empeñan en divertirse a nuestra costa, diariamente, en lo que se suele concebir como un espacio seguro y libre de todo riesgo: nuestro hogar, y lo llamamos así, y aun le añadimos el garcilasiano «dulce», a pesar de que el origen de «hogar» está en el fuego, uno de los principales enemigos de la incolumidad personal, se manifieste con llama o como simple fuente de calor. Y así, de golpe, acabamos de entrar en la cocina, lugar donde se multiplican hasta el infinito las posibilidades de sufrir los pequeños accidentes que, en no pocas ocasiones, se convierten en «serios» desafíos incluso a nuestra vida, como ocurre si una persona de avanzada edad —eufemismo de «viejo con dificultades motrices»— se cae en el interior del cuarto de baño, otro de los lugares endiablados en los que padecer la agresión de esos diablillos que hacen de nuestro sufrimiento su venenoso placer adictivo: diríase que de nuestros ayes y gritos desgarradores, amén de las lágrimas que concurren si el accidente es agudo, se nutren con tanto provecho como complacencia.

         No hay, en todo hogar, lugar ni rincón donde no anide la posibilidad de una agresión que nos martirice con una sutileza mandarina. Déjese un manojo de cubiertos en el receptáculo donde se secan, al lado de la fregadera, y nótese, de repente, en función de la energía depositada en el acto, cómo el diente de un tenedor entra en la uña del fregador recordándole los hermosos versos del Cantar de Mío Cid…; algo que suele ocurrir cuando adentra la mano para coger los mismos del cajón de los cubiertos y a algún despistado miembro de la familia de dicho hogar se le ha quedado uno orientado hacia la entrada de dicho cajón, en ve de hacia el fondo oscuro del mismo… ¡Cuántas veces no nos han recorrido helados escalofríos el cuerpo al observar las puntas de los cuchillos de cocina en el lavavajillas —por más que los fabricantes recomiendan que no se laven en esos artilugios que tanto nos facilitan la vida doméstica— e imaginar un tropiezo, de los habituales en toda casa, y la consiguiente caída de espaldas sobre ellos, convirtiendo las nalgas en un dolorosísimo acerico…!

         A veces, nuestra laminada memoria inmediatísima favorece esos terribles encuentros, como cuando al abrir la nevera cae un yogur de la inestable torre en que los apilamos para ensanchar la cabida en las mismas y, con la puerta abierta del refrigerador, nos agachamos para recoger los restos del desaguisado y subimos en línea reta y contundente con el occipucio dispuesto a encontrarse en fúnebres nupcias con la puerta abierta…, lo que, en el peor de los casos, nos hace aterrizar sobre los restos del yogur extraviado para lamerlo del mismísimo suelo…, un número de pista de circo que suele amenazar con serio dolor de vientre, del carcajeo que le provoca, a quien siempre da la casualidad que se le ha olvidado algo, vicioso o no, en el abastecido territorio de los fogones. No hablemos ya, por supuesto, de funestas manías, de nebuloso origen desafiante, como la de acercar la palma tersa a la superficie del aceite que se calienta para comprobar el adecuado grado de temperatura para la freidura… De las manías dícense hijos, al parecer de los mitólogos, los manes, lares, larvas y penates, porque, al cabo, juntándose unos con otros, tira más el mal y la risa que propiamente la armonía y la paz, por lo que se cuadruplican los riesgos y mengua en justa proporción la seguridad, la tranquilidad.

         Si no hay silla o esquina de un mueble con el que no se tropiece, cómo no va uno, si trastabilla, a acabar apoyándose en la estantería de los cedés y provocar lo más parecido a la cabalgata de las valquirias, o, en el caso de los anaqueles de la librería, a un pandemonio de las nobles Letras que nos ilustran, provocando la montonera de los autores, pisándose unos a otros los lomos, las cubiertas e incluso las sagradas galerías interiores. ¡Quién no ha abierto la puerta del cuarto de baño justo cuando otro inquilino del hogar, lleno de urgencias evacuadoras, dirige su mano hacia el pomo con la esperanza del inminente asentamiento liberador… O se ha levantado de la mesa, desplazando la silla hacia atrás, en el mismísimo momento en que pasaba el servicial de turno con los platos camino de la fregadera que se quedan, con estrépito de añafiles y panderetas, en el umbral de la cocina…

         Las diferentes horas del día influyen lo suyo en el crecimiento o disminución de los riesgos, aunque nadie está exento del súbito despertar juguetón de esos diosecillos y de su malévola influencia, por supuesto. Por la noche somos más propensos a los malos encuentros, a las encrucijadas y a los tropezones; por las mañanas, a las torpezas de los cuerpos que arrastran aún cierta carencia adormidera, y a la hora de la siesta, cualquier mal encuentro entra dentro de lo previsible, incluso el de caernos de la cama en una siesta agitada de pesadillas facilitadas por los torreznos, la fabada o el cocido…, si no nos levantamos espantados por el rayo y corremos hacia la puerta de entrada, sudorosos, porque nos percibimos envueltos en llamas…

         El uso de los cuchillos, al filetear los ajos y perfilarte las uñas y el hollejo de la yema de la falangeta…; el de los enchufes: ¡esa fraternal conexión electrizante entre el agua del fregadero y la puerta metálica del lavavajillas, teniéndonos como puente, a imitación de las cutres, o de culto, películas sobre el monstruo de Frankestein!; la prenda de ropa que se nos escurre de la mano en los alambres del tendedero cuando corremos en auxilio de la pinza que se nos ha caído por cerrarla en el aire en vez de en la tela, y vemos la pieza de esta caer en majestuoso vuelo planeador hacia el fondo tenebroso del patio de vecindad; el extremo de la sábana con que revestimos la mano para tensarla bajo el colchón sin advertir que vamos a embestir con la uña contra los remaches del cabezal; la bandeja del horno que limpiamos con alardes de malabarista en la fregadera hasta que le damos la vuelta con tan escasa fortuna que el chorro del grifo se dirige hacia nosotros para empaparnos y enfangar el suelo…

         No hay por donde escaparse de la acción tremenda de los diablillos, que jamás aceptan el soborno del culto ni la devoción. Vivimos expuestos a sus trapacerías y nos resignamos con la humildad de quien sabe que ni Securitas Direct ni el seguro de hogar de Santa Lucía, patrona de la buena vista, son capaces de prometernos la seguridad en nuestro propio hogar…

         Resignación, ¡y decoración zen!



 

 

 

domingo, 11 de diciembre de 2022

De los libros de aventuras a la aventura de un libro…





Un libro «arrestado» en la aduana del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas por ADTpostales...

          [Nota bene: 11 de enero de 2023 y el libro sigue sin llegar...]

        El comunicado final:

    Tres meses después de haber reclamado la entrega del libro, y sin haberme podido comunicar con ADTPostals de ninguna de las maneras, en una opacidad solo digna del Falcon de Su Excelencia, recibo la comunicación de que solicitan el retorno del libro a origen, así, sin más, sin ninguna explicación y sin ningún número de teléfono o correo donde pueda comunicarme con un ser vivo para que me explique qué pasa con un «peligroso» libro cuyo coste asciende a 8'90€..., para que no lo dejen entrar en el país. ¡Si al menos supiera que el librero ha tenido la humorada de incluir algún explosivo entre las hojas del libro o algo por el estilo...! En fin, no pienso mover ni un dedo más. Este episodio resume para mí a la perfección la calidad de vida que nos ha traído la moción de censura destructiva, aunque ello signifique coger el rábano por las hojas... He aquí la comunicación incomunicada de ADTPostals, empresa subsidiaria contratada por el amigo de Su Excelencia a quien esta puso a dirigir Correos a dedo.

Comunicado de devolución del envío XXXXXXXXXXXX al cliente por control de fechas

Recibidos

Icono

Descripción generada automáticamente

no-reply@adtpostales.com

3 feb 2023, 15:44 (hace 3 días)

para mí

----- CORREO EXTERNOAunque pueda conocer la identidad del remitente, sea precavido con enlaces y archivos adjuntos ------

 Estimado cliente,

Le informamos que se ha solicitado a la Agencia Tributaria, la devolución del envío a origen. Cuando dicho organismo autorice la salida, recibirá una notificación por email. Podrá realizar el seguimiento del envío a través de la web 
www.correos.es


Devuelto por control de fechas

Si tiene algún problema o duda, puede ponerse en contacto con nosotros en 
www.adtpostales.com


Atentamente,

Atención al cliente ADTPostales
Grupo Correos

ATENCION: Este es un mail automático, por favor, no responda a este mensaje

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 En fin, que  aquí acaba la aventura de comprar un libro en e-bay. ¡Una y no más! Sí, he tenido que mirar el año del calendario para constatar que estamos en 2023, cerca de un tercio del siglo XXI.

        Pude encontrar en e-bay un libro que andaba buscando desde hacía tiempo, Hot Springs, escrito por Stuart Miller, acerca del centro de espiritualidad y nuevas tendencias psicológicas e intelectuales de Esalen que marcó los años finales de la década de los 60 en Usamérica, en el seno de aquella corriente que Roszak bautizó como la era de la «contracultura». Como la gran mayoría de los que nutren mi biblioteca es un ejemplar de segunda mano, usado, pues, e ignoro si subrayado, pero me temo que sí, y que tuve la suerte de adquirir por 8’59€. Hace unos días recibí el *corretrónico de la librería que me lo enviaba y me anunciaba su llegada para estos días del mes de diciembre. Hace tres, sin embargo, lo que me trajo en mano una cartero de Correos fueron tres burofax en los que se me apremiaba a aportar documentación no especificada en cierta página web, www.adtpostales.com, donde debía seguir las instrucciones pertinentes. Así lo hice, pero en cuanto llegaba a la descripción del «contenido», el sistema no me dejaba continuar. En dicha página web había una pestaña de «contacto» que ni consignaba teléfono ni dirección *corretrónica, por lo que hube de buscar un teléfono en Google. Hallado este, llamé, pero solo conseguí hablar con una máquina que me remitía a la página web y ahí se acababa todo.

         Incapaz de dar un siguiente paso, de esa calidad era el bloqueo que sufría —metáfora de la opacidad con que Su Excelencia, pdr snchz, oculta información sobre sus destrozos de (des)gobierno y usos autocráticos de los bienes del Estado—, me dirigí a mi oficina de Correos donde, ¡por fin!, un amable funcionario me soportó la jeremiada de mis desventuras postales y se afanó en tratar de poner una reclamación —el «sistema» se lo impidió— y, posteriormente una queja, todo ello en mi nombre, pero ninguna de las dos prosperó. Mientras él se aplicaba a los formularios internos, yo busqué en el móvil si había algún teléfono de la Aduana del aeropuerto madrileño donde debía de reposar mi libro allí secuestrado —¡insisto, para que se tenga conciencia exacta del absurdo del que hablamos: un libro de segunda mano cuyo valor asciende a 8’59€!—, y sí, lo encontré.

         No se trataba exactamente de Correos de la aduana aeroportuaria, sino de la AEAT en dichas instalaciones. Llamé y muy amablemente una funcionaria volvió a oír lo que yo ya calificaba de situación extremadamente absurda y me confesó que estaban hartos de las reclamaciones que les llegaban a ellos de ese servicio subcontratado de Correos, cuya eficacia era nula, me dijo. De sus palabras deduje —dejo el «deducí» para la ninistra de Educación…— que poco menos que media España tenía alguna reclamación contra ese ineficiente servicio que impide que un administrado entre en relación humana con los administradores, por muy subcontrata que sea. Eso sí, la funcionaria me indicó que de los bienes que entran en España ellos solo suelen retener un 2%, lo cual añadía mayor mortificación a mi situación absolutamente kafkiana.

         ¡De nuevo en un callejón sin salida! Volví a llamar a un número de Correos de mi ciudad, buscando alguna salida, pero la también muy amable funcionaria lamentó no poder ayudarme y me indicó que lo único que salía en el expediente del número de envío que yo le daba era que se habían iniciado los trámites, pero sin especificar ni qué trámites ni cómo yo podía acceder a ese conocimiento.

         Total, que un libro usado de ínfimo valor sigue retenido en la aduana de Correos del aeropuerto de Madrid e ignoro si, además de los tres burofax —cuyo precio multiplica por 8 el valor del libro— esa subcontrata maligna ADTpostales va a ponerse de nuevo en contacto conmigo para cualquiera que sea el trámite que haya de cumplir para recibir un libro que, ¡quién me lo iba a decir cuando lo adquirí!, ha resultado ser un «bien» de importación, casi como si se tratara de un incunable o una copia de la Biblia de Mazarino…

         Queda claro que no intento eludir el pago de las tasas que sean de rigor si la adquisición de un libro usado por 8’59 € lo exige, pero no acabo de entender que, dada la irrelevancia del bien, ¡de inestimable valor para mí, sin embargo!, haya de estar retenido en Barajas, pudriéndose de asco sin la mirada de los amantes ojos que están deseando recorrer sus líneas…

         A veces he de desviar la vista dela pantalla del ordenador y asegurarme del año y el siglo en que estamos, la verdad… y no puedo dejar de pensar en que un paniaguado de Su Excelencia dirige lo que le viene grande, y donde está generando un pufo presupuestario, y aún se atreve a subcontratar con quienes representan la incompetencia total y la falta de percepción real del valor de las cosas.

         Sigo en mi espera desesperada…

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Tres calas en la vida cotidiana...

 

Un robo, un deceso y un implante...



    

        El robo

            Ser robado es una experiencia común, sobre todo en una ciudad sin ley, desorientada, desordenada, sucia y caótica cual es la otrora hermosa Barcelona, es decir, tal y como nos la están dejando los socialistas y los comunes de común acuerdo, aupados por un legionario de la política que ni aiquiera aguanto en su escaño el tiempo suficiente para ver la dimensión de su estropicio y regresó a su país para buscar mejores oportunidades políticas. Lo más frecuente, al parecer, son los robos de relojes caros, pero  como el diablo no descansa y todo lo añasca, los amigos de lo ajeno no les hacen ascos a los móviles, que es lo que me robaron a mí en el autobús H12 con una pericia que solo pasado el tiempo está uno en condiciones de reconocer, porque en el momento del robo, orquestado como una coreografía exquisita, y porque andaba yo a ciertos asuntos que me tenían totalmente distraído de mi persona y mis bienes, me volaron un auxiliar dela vida cotidiana en el que ni nos damos cuenta de cuánta información y recuerdos sentimentales somos capaces de introducir y conservar. 
            Saberse robado es una sensación de humillación absoluta. Se entroniza uno a sí mismo como el mayor pardillo del mundo y maldice, entre lágrimas, rabia, desesperación e indefensión contra su poca cabeza y la inseguridad permitida por un Ayuntamiento que está a otras cosas de más enjundia política y a otras baratas luchas paraideológicas que a facilitar una vida segura a sus vecinos. ¡Qué desnudez, de repente, y qué vacío tan grande en el bolsillo lateral de los pantalones cortos donde guardé ¡ahora veo que en mala hora!, el ordenador de bolsillo. Palpaba con incredulidad una y otra vez el bolsillo como si por arte de magia pudiera volver a aparecer. No lo dudé, me bajé en Plaza de España y, en vez de continuar las compras, me fui a la comisaría a poner la denuncia correspondiente: que al menos figure en la estadística de la vergüenza de la sectaria adalesa incompetente que nos (des)gobierna con la complicidad de un partido-muleta del totalitario nacionalismo catalán, el psC.
            ¡Y anda que no habré visto películas de carteristas (y movilistas..., habremos de añadir, ¿no?) que bien que me habrían de haber aleccionado!, pero achaco mi descuido a la necesidad de tener que realizar unas compras urgentes, que no me dejaron atenerme a mis rutinas de seguridad. Pickpocket, de Bresson es la que recordé enseguida, junto con Nueve reinas, de Fabián Bielinsky, pero también Manos peligrosas, de Samuel Fuller, que acabo de ver recientemente porque tenía grabada la impecable operación de sustracción realizada por Richard Widmark. Pongo por delante la calidad, para esquivar la verdadera imagen que también se me vino enseguida a la memoria: la del  paleto emboinado y sin entrañas al que Tony Leblanc le clava el timo de la estampita en Los tramposos, de Pedro Lazaga.
        
    Me reprochaba a mí mismo, con deslenguada ferocidad, haber sido tan imbécil de ir con la guardia caída, expuesto, ¡ay!, a las nubes de rateros que sacan provecho de los incautos como yo lo fui en ese viaje en autobús. Que un joven árabe se empecinara en no apartarse del pasillo, hasta que tuve que llamarle la atención, fue suficiente para que se verificara la sustracción, por parte de alguien que debería de estar sentado y a quien no le costó nada extraerlo, de un  bolsillo cuyo contenido no presiona el cuerpo, está claro. Usualmente siempre soy precavido, y eso me ha librado de algunos sustos, de ahí me autorecriminación: haber confiado en que Barcelona es una ciudad en la que uno puede ir confiado por la calle y los transportes públicos, cuando no es así. Saberlo, además, desde que la incompetencia llegó al poder municipal, aún me hace más culpable de lesa ingenuidad y tremendo pardillismo. ¡Y luego se preguntarán los demás por qué va creciendo la insociablidad y el malhumor! 
            

       


            

             El deceso

            Alos 95 años, después de una vida intensamente vivida y una vejez mayúsculamente mal soportada, a causa del deterioro físico, mi madre murió el pasado agosto, para descanso suyo y de sus hijos y allegados. La última de su propia familia, ha vivido hasta que el corazón ha sido incapaz de soportar los mínimos esfuerzos de la vida cotidiana, muy reducida por la osteoporosis, la cardiopatía, los divertículos, la casi ceguera y otras degradaciones propias de la edad. Me ha dado por revisar estos días la crítica que hice de la Carta a mi madre, de Simenon, cuyo comienzo puede helarle la sangre en las venas a quienes tengan la institución maternal como un pilar de sus vidas, porque arranca con el reconocimiento de que nunca se han querido lo más mínimo. Ese solo inicio basta ya para seguir leyendo con devoción hasta el final. Para mi padre, la madre fue un concepto propio de legionarios que se lo tatúan en el brazo, acaso ejecutor de no pocas maldades: Una divinización absoluta y un respeto sacrosanto. La persona más importante de su vida, por encima de su propia mujer y de sus hijos. Para mí, el origen de mis días y un largo camino hacia el desasimiento.
            Ser el cuarto hijo de cinco te asegura en el escalafón familiar un lugar irrelevante pero muy cómodo. Copada la *benjaminitura e inaccesible la primogenitura, ser el cuarto te permite gozar de la indiferencia de los padres, para quienes lo normal es que pases desapercibido. Ese lugar solitario es el que te permite no sufrir su acoso normativo y coercitivo, al menos no tan intensamente como en el caso del resto de hermanos. No tardas en saber que eres un desconocido para ellos y viceversa, salvo que seas del gremio de los curiosos. Ya de mayor, apenas tienes recuerdos de haber sido especialmente querido, sino, si acaso, tolerado. Pero has gozado de la oportunidad de ir conformándote a partir de tus experiencias y tus muchas o pocas razón e imaginación.
            No ha sido una extraña en mi vida, mi madre, pero tampoco una persona excesivamente importante, ¡y mucho menos decisiva!, por supuesto. Y jamás escriño de confidencia alguna. Es difícil convivir con quien siempre ha vivido aguerridamente a la defensiva y, ¡más difícil aún!, amar a quien nunca se ha dejado querer. No hay hitos que marquen el relato de la distancia. Tuvieron el capricho de tenerte; tú cumples la obligación de respetarlos. No les deja en buen lugar, eso sí, que cuatro seamos la niña que nunca llegó.
            Uno entiende que convivir con seis varones te obliga casi a la sobreactuación, y más aún en los tiempos poco dados al feminismo del franquismo, pero me alegra poder decir en su honor que las actuales feministas, por radicales que sean, no le llegan a mi madre ni a la suela de los zapatos; un proceso, sin embargo, tan combativo, que en él se pierden valores tan esenciales como la afabilidad, la ternura, la serenidad y la empatía, entre otros. Nada reprochable, en definitiva, porque en los tiempos de 
«sacar adelante la prole», ¿quién puede ponerse exquisito?
            No es recuerdo mío, sino suyo, que yo le preguntara, de muy niño, antes de los siete: 
«Mamá, ¿cuándo se es mayor para irse de casa?» Tuve la suerte de hacerlo, parcialmente, muy pronto, a los quince, por mis propios méritos deportivos, Ahora que la distancia es ya infinita entre nosotros, esta evocación me acerca, paradójicamente, a ella más de lo que lo estuve en vida. Así de extrañas son las relaciones entre madres e hijos.

        

         



                  Un implante   

            Es equívoco el epígrafe, cierto, porque, salvo cirugía mayor, (¡de la que ojalá me preserven los años con denuedo...!), bien pudiera pensarse que voy a relatar un proceso, dados mis años, de implante capilar. Amigo tengo que a él se ha sometido, y los políticos nos dicen que esa es una de las principales razones para la tradicional amistad hispanoturca... Pero no.  La mediana edad también abona otro implante más modesto pero mucho más importante que el tupé para la calidad de vida del sujeto. Sí, se trata de una operación de cataratas. De repente, un cuerpo extraño, una lente, se instala en tu cuerpo, sustituyendo el material  «de fábrica», y, sin ser muy amigo de la ciencia-ficción, adquiere uno un ramalazo de cyborg que se certifica aún más en el momento de descubrir el ojo al día siguiente y asistir, pasmado, al descubrimiento de la realidad con una intensidad lumínica y unos colores, como nunca la habías visto. ¡Y lo que choca al descataratizado la nueva visión bícroma: luz cálida con el intacto, luz fría con el implantado, y saltas de un ojo al otro, alborozado,  como un niño con los regalos de Reyes, y escrutas enderredor como un perro olfatea cuanto cae a su alcance... Sales de quirófano como si te hubieran cambiado un ojo en vez de simplemente el cristalino, o como si te hubiera alcanzado una de esas terribles pelotas de goma de la policía, pero la recuperación se inicia ya desde el día siguiente.
            Lo peor es el periodo de adaptación a la doble visión, las gafas con una solo vidrio graduado,y vacía la parte del ojo operado: tiende la vista a cruzarse, a converger en un punto que no necesariamente es el punto de fuga. El ojo herido lagrimea, a pesar del colirio que religiosamente me administran cada día, según la prescripción del cirujano, y tiende el paciente a pensar si no le han cambiado una catarata por un manantial...
        Nada tan cotidiano como una de estas intervenciones, ni nada tan agradecido, porque quienes abusamos de la vista, lectura y cine, sobre todo, recibimos como una bendición salir de las tinieblas de las películas de terror de Corman o la Hammer y poder ver con esta nueva mirada cyborgiana [¡Y perdóneme Jorge Luis...!] el Aleph en su plenitud.
            Ahora solo queda el ajuste estético de una graduación que permita diverger los rayos visuales y permitir la visión de media y corta distancia, para poder trabajar en el ordenador sin el parche fordiano. Hay quienes se liberan de las gafas con júbilo, e incluso me consta que hay quienes las han odiado toda su vida, como una suerte de satánica condena. En mi ingenuidad oftalmológica, yo pedía que me quitaran la caratarata y que me dejaran mi miopía, con la que llevo conviviendo,en feliz matrimonio, medio siglo... A mí siempre me ha encantado usar gafas y las he llevado de todos los tipos, si bien casi h sido mi costumbre lucir diseños de gafas para mujer, como unas que compré en Canal Street en Nueva York, de anciana usamericana de los 40 y que, aun desvencijadas, conservo entre mis recuerdos más queridos.