De lemas y males: una triste campaña electoral
Echando la vista atrás, que es prerrogativa de la edad avanzada, descubro entristecido la diferencia esencial entre la actual campaña para el parlamento europeo y las muchas que he vivido a lo largo del actual periodo democrático: la ciudad en campaña era el paisaje contra el que se recortaban los ciudadanos, afanados en su quehaceres privados y sabedores, hasta cierto punto, de que sus minucias particulares no podía competir con esos destinos históricos que se dirimían en dichas campañas. Nos sentíamos envueltos por carteles, mensajes, canciones, banderas, mítines, y era imposible no enterarse del momento que vivíamos. No había debates, es cierto, pero la ausencia del contraste civilizado de pareceres forma parte del núcleo esencial del pueblo español, algo así como nuestra particular cadena nacional de ADN.
Estos días, sin embargo, ¿quién sabe, si no pone un excesivo empeño de ingenuidad histórica en ello, que estamos a una semana vista de unas elecciones en que, por vez primera, podemos elegir directamente al Presidente de la Comisión en un Parlamento europeo con renovados poderes, es decir, con una merma evidente del nacionalismo que tanto distorsiona el proyecto europeo? Nada, por las calles, hace sospechar que vivamos momentos decisivos. La crisis, como las muy ingeniosas de El Criticón de Gracián, nos han aguzado el ingenio y nos han devuelto al pequeño mundo de nuestros intereses cotidianos, materiales y trascendentales, y que, lamentablemente, incluyen aun la supervivencia, para no pocos compatriotas.
Con desgana y escarmiento he ido pasando revista a los lemas electorales que se dirigían también a mí, supongo, aunque yo suelo vivir esos mensajes como un insulto a la poca inteligencia en la que me reconozco como persona, y no he apreciado nada en ellos que me haga pensar en que siquiera valga la pena interesarse por debates como el mantenido entre dos funcionarios del PP y del PSOE que cumplieron con creces con la idiosincrasia de sus respectivas formaciones.
Con nadie, ni en el trabajo ni en el ocio, he hablado de estas elecciones. Mi experiencia personal me lleva a concluir que la abstención puede ser desídica hasta lo inconcebible. Mi actitud personal es la de optar por el mal menor y votar a un partido que contribuya a disolver el bipartidismo estilo Restauración que ha llevado casi a la putrefacción al sistema y que ha generado unos automatismos corruptos, clientelares y de miseria intelectual que ha devaluado las antiguas ideologías a la categoría de dogmas eclesiales.
Antes pudo decirse, yo mismo lo dije y escribí, que las elecciones eran la "fiesta" de la democracia. Hoy son un lastre carísimo, un lujo que no merece la pena permitirnos, cuando vemos tanta necesidad a nuestro alrededor, y tantos dramas. ¿Qué dicen esos lemas electorales? Lugares comunes. Zafiedades eclesiásticas. Vulgaridades de manual. Son en última instancia, la corrupción de los sueños de buena parte de la sociedad.
viernes, 16 de mayo de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
La convivencia en serio peligro.
Sobremesas agridulces...
Creí que me escapaba, en parte por un vergonzoso pacto de silencio, en parte por chiripa y, sobre todo, por la solidez de los vínculos, pero al final llegaron: las sobremesas en las que la puta secesión se coló de rondón para aguachirlear la fiesta de la amistad longeva. La conclusión, dolorosa, a la que uno, yo, llega es que se trata de un contenido de alto nivel emocional, no apto para la discusión serena y mucho menos racional. Que la política se haya convertido en un sucedáneo del fútbol no es lo mejor, desde luego, para tomar decisiones de calado, o simplemente para tomar decisiones, las que sean, consultivas o electorales. Sometido a la prueba excesiva -algo así como la ISO de la amistad- de soportar pseudoargumentos y mucha rabia acumulada, me queda el poso de dos higlights de aúpa: "Es que puede pasar algo serio" y "nosaltres". Planteado al primer interlocutor si lo serio es que nos matemos como se matan en Ucrania, sostiene que eso es poco, con lo cual, el menosprecio de la vida humana se sitúa por debajo de los niveles en que la fijó el fascismo. Frente al "nosaltres" del segundo interlocutor, un plural del que se nos excluye, a mí y a mi familia, y ante la exigencia de que me clarifiquen quién establece el cupo, mediante qué atributos y si eso supone tratar de quedarse por la "vía" rápida con los bienes de los excluidos, que no otra cosa pasó en Alemania, no obtengo más que silencio tenso. Lo rompo para añadir una coda dramática: nadie me va a quitar, sin que yo luche por ello, mis propiedades, ni voy a permitir de brazos cruzados que se establezcan estatutos de catalanidad que nos dividan, al estilo fascista, entre buenos y malos patriotas, mero pretexto para iniciar purgas y limpiezas de las que no falta horrorizada memoria.
Es evidente que la falacia de que un cambio tan radical -lo suyo sería llamarle revolucionario, pero cuando lo acaudillan fuerzas ultrarreaccionarias, como que da no sé qué, cometer esa impropiedad, ¿no?- no altere la realidad del presente se sostiene menos aún que el aéreo castillo de naipes de las colas perrunas atadas con longanizas, y ese es el momento en que advierto que la pasión del interlocutor se tambalea ante la implacable frialdad analítica: ¿Cómo iba a mantenerse una prosperidad que se ha alcanzado como parte de un estado, si la secesión es un lapo agrio lanzado a su rostro -el de sus ciudadanos- con un resentimiento tricentenario?
Me cuesta aceptar que la irracionalidad haya calado tan fácilmente entre quienes hasta hoy consideraba que no se dejarían embaucar, pero la coacción social sobre lo patrióticamente correcto va, parece, pero que mucho más allá de la corrección política.
Tengo un regusto agridulce. Nada se ha roto. Pero todo se puede romper. Después de más de 40 años de amistad, ¿ha de ser este de la alienación nacionalista su final? ¡Ah, el inmisericorde dios de la patria! Y menos mal que todas esas amistades mías son tan agnósticas como yo..., o lo eran.
Creí que me escapaba, en parte por un vergonzoso pacto de silencio, en parte por chiripa y, sobre todo, por la solidez de los vínculos, pero al final llegaron: las sobremesas en las que la puta secesión se coló de rondón para aguachirlear la fiesta de la amistad longeva. La conclusión, dolorosa, a la que uno, yo, llega es que se trata de un contenido de alto nivel emocional, no apto para la discusión serena y mucho menos racional. Que la política se haya convertido en un sucedáneo del fútbol no es lo mejor, desde luego, para tomar decisiones de calado, o simplemente para tomar decisiones, las que sean, consultivas o electorales. Sometido a la prueba excesiva -algo así como la ISO de la amistad- de soportar pseudoargumentos y mucha rabia acumulada, me queda el poso de dos higlights de aúpa: "Es que puede pasar algo serio" y "nosaltres". Planteado al primer interlocutor si lo serio es que nos matemos como se matan en Ucrania, sostiene que eso es poco, con lo cual, el menosprecio de la vida humana se sitúa por debajo de los niveles en que la fijó el fascismo. Frente al "nosaltres" del segundo interlocutor, un plural del que se nos excluye, a mí y a mi familia, y ante la exigencia de que me clarifiquen quién establece el cupo, mediante qué atributos y si eso supone tratar de quedarse por la "vía" rápida con los bienes de los excluidos, que no otra cosa pasó en Alemania, no obtengo más que silencio tenso. Lo rompo para añadir una coda dramática: nadie me va a quitar, sin que yo luche por ello, mis propiedades, ni voy a permitir de brazos cruzados que se establezcan estatutos de catalanidad que nos dividan, al estilo fascista, entre buenos y malos patriotas, mero pretexto para iniciar purgas y limpiezas de las que no falta horrorizada memoria.
Es evidente que la falacia de que un cambio tan radical -lo suyo sería llamarle revolucionario, pero cuando lo acaudillan fuerzas ultrarreaccionarias, como que da no sé qué, cometer esa impropiedad, ¿no?- no altere la realidad del presente se sostiene menos aún que el aéreo castillo de naipes de las colas perrunas atadas con longanizas, y ese es el momento en que advierto que la pasión del interlocutor se tambalea ante la implacable frialdad analítica: ¿Cómo iba a mantenerse una prosperidad que se ha alcanzado como parte de un estado, si la secesión es un lapo agrio lanzado a su rostro -el de sus ciudadanos- con un resentimiento tricentenario?
Me cuesta aceptar que la irracionalidad haya calado tan fácilmente entre quienes hasta hoy consideraba que no se dejarían embaucar, pero la coacción social sobre lo patrióticamente correcto va, parece, pero que mucho más allá de la corrección política.
Tengo un regusto agridulce. Nada se ha roto. Pero todo se puede romper. Después de más de 40 años de amistad, ¿ha de ser este de la alienación nacionalista su final? ¡Ah, el inmisericorde dios de la patria! Y menos mal que todas esas amistades mías son tan agnósticas como yo..., o lo eran.
miércoles, 30 de abril de 2014
La esperanza de la Décima...
El merengue feliz y expectante...
No es fácil ser merengue en Barcelona y, sin embargo, ningún lugar mejor para un merengue que nuestra ciudad, donde, desde siempre, es decir, desde antes de la maravilla tiquitáquica del Barça de Guardiola, el juego del Madrit se llevaba el reconocimiento unánime de los culés: Com juga aquesta gent! Quin equipàs! Això és jugar al futbol, sí senyor! Com la toquen, redéu! , solían decir cuando el Madrid consiguió las 5 ligas de la quinta del Buitre. Y un reguero de expresiones laudatorias que 12 años más tarde vuelven a recuperarse despés de la doble hazaña alemana del Madrit: apabullar con una calidad y una contundencia rematadora como hacía tiempo que no veíamos.
Después de la victoria del Madrit sobre el Barça en la Copa del Rey, Ramon Solsona, novelista y culé fanático, titulaba su crónica: Força Bayern!, en uno de esos clásicos gestos de antimadritismo que define a algunos culés, aquellos que, independientemente de lo que haya hecho su equipo en la jornada de liga, lo primero que les interesa es: Sí, però què ha fet el Madrit? La derrota de Guardiola, porque también ha de interpretarse así, ha sido doblemente dolorosa para él y doblemente festejada por los merengues, porque, en cierto modo, aunque de rojo, ayer también se estaba ganando al Barça y lo que ha significado un tipo de juego que tanto desespera a los dirigentes del Bayern, y que tanto nos ha amargado estos años a los merengues: no es fácil digerir la contemplación de la impotencia, del gatillazo permanente. Anticipa esta victoria del Madrit la derrota del tiquitaca de la selección espanyola en Brasil? Ya veremos.
Ahora lo que toca es paladear la satisfacción y soñar con la famosa Décima, la conquista de la cual entronizaría, para siempre, al Madrit como el mejor club del mundo, sin lugar a la discusión, por más que la temporada de los 6 títulos del Barça sea, en cierta manera, una gesta de parecida naturaleza.
Ser merengue en Barcelona cuando tienes un culé en la propia casa es lo más natural y agradable del mundo. Y ninguna felicitación más entusiasta que la del propio hijo culé. Y si este culé forma parte de un equipo del Barça, como forma, ahí tenemos a un merengue gritando a pulmón batiente en los partidos: Barça, Barça, Barça! sin ningún complejo. Debemos de ser, supongo, una familia atípica, porque yo me empeñé en que mi hijo no fuese del Madrit, a diferencia de la pasión proselitista de tantos y tantos futboleros que se imponen a sus retoños de una manera avasalladora, sean del club que sean. A mi padre lo enterraron con la insignia de su Atleti, dos hermanos son culés, dos merengues, uno se abstiene, la madre es del Deportivo..., es decir, la pluralidad social en estado puro, todo menos el unanimismo lamentable de tantos y tantos hogares hechos a imagen y semejanza de los jefes de la tribu.
Después de la victoria del Madrit sobre el Barça en la Copa del Rey, Ramon Solsona, novelista y culé fanático, titulaba su crónica: Força Bayern!, en uno de esos clásicos gestos de antimadritismo que define a algunos culés, aquellos que, independientemente de lo que haya hecho su equipo en la jornada de liga, lo primero que les interesa es: Sí, però què ha fet el Madrit? La derrota de Guardiola, porque también ha de interpretarse así, ha sido doblemente dolorosa para él y doblemente festejada por los merengues, porque, en cierto modo, aunque de rojo, ayer también se estaba ganando al Barça y lo que ha significado un tipo de juego que tanto desespera a los dirigentes del Bayern, y que tanto nos ha amargado estos años a los merengues: no es fácil digerir la contemplación de la impotencia, del gatillazo permanente. Anticipa esta victoria del Madrit la derrota del tiquitaca de la selección espanyola en Brasil? Ya veremos.
Ahora lo que toca es paladear la satisfacción y soñar con la famosa Décima, la conquista de la cual entronizaría, para siempre, al Madrit como el mejor club del mundo, sin lugar a la discusión, por más que la temporada de los 6 títulos del Barça sea, en cierta manera, una gesta de parecida naturaleza.
Ser merengue en Barcelona cuando tienes un culé en la propia casa es lo más natural y agradable del mundo. Y ninguna felicitación más entusiasta que la del propio hijo culé. Y si este culé forma parte de un equipo del Barça, como forma, ahí tenemos a un merengue gritando a pulmón batiente en los partidos: Barça, Barça, Barça! sin ningún complejo. Debemos de ser, supongo, una familia atípica, porque yo me empeñé en que mi hijo no fuese del Madrit, a diferencia de la pasión proselitista de tantos y tantos futboleros que se imponen a sus retoños de una manera avasalladora, sean del club que sean. A mi padre lo enterraron con la insignia de su Atleti, dos hermanos son culés, dos merengues, uno se abstiene, la madre es del Deportivo..., es decir, la pluralidad social en estado puro, todo menos el unanimismo lamentable de tantos y tantos hogares hechos a imagen y semejanza de los jefes de la tribu.
lunes, 21 de abril de 2014
La distancia necesaria
Desde el bigbángtico ombligo catalán, pasearse por los madriles periféricos durante una semana es un ejercicio de descomprensión que alivia los humores del cuerpo y serena las tensiones del espíritu. Marcharse a 600 quilómetros permite ver con mayor claridad y aquilatar con más fundamento los juicios sobre la crispación que ANCtenaza Cataluña en estos tiempos de inflación patriótica more lepénico que sufrimos. Perdido en aquella generosidad espacial, hermana megalómana de las aspiraciones imposibles de nuestros patrióticos frentistas, porque de donde hay no se saca, y bastante se opusieron en su momento al Ensanche de Cerdà, comprueba uno enseguida que si toda una autonomía equivale a una ciudad en población y en generación de PIB, lo que aquí sobra a raudales es complejo de inferioridad, y que los de los delirios de grandeza echan de menos que Barcelona no extienda su entramado urbanístico desde Blanes hasta Tarragona y desde el mar hasta Manresa, porque solo así podría respirar el alma nacional sin el corsé de las sufridas estrecheces geográficas que contribuyen, sin embargo, a hacer de Barcelona una de las ciudades más humanas del país, de España, claro está. He vivido en ambas, y ambas forman parte de mi intimidad. Amándolas por igual, he optado por vivir en Barcelona. Y siempre que visito Madrid me doy cuenta de lo necesario que es alejarse hasta la periferia para ver lo inmisericorde del centralismo nacionalista catalán. Al principio notaba enseguida que me faltaba la realidad cotidiana del catalán; hoy, es raro que pasee por mis madriles y que no oiga el catalán con una frecuencia que me resulte familiar, sobre todo por la zona de los museos, donde el uso del catalán crece exponencialmente. Estos días, además, he coincidido una tarde con mi hijo, quien había viajado con otros jóvenes barceloneses, el entusiasmo de los cuales por el Madrit contra el que de siempre les habían prevenido en el sistema educativo de éxito y en las familias carlistonas de algunos de ellos era indescriptible. Que aún hay mucho de provinciano, en el sentido peyorativo del término, en el catalanismo nacionalista sólo se aprecia cuando, como en el reciente caso de Mas, ni siquiera se atrevió a subir a la tribuna de los oradores en el Congreso para preservar la ficción de su solemnidad quiméricamente estatal. Envió a tres espadas melladas cuyos floreos dialécticos provocaron un serio deterioro en el antaño prestigioso buen hacer catalán, porque en buen decir nunca han sido pródigos...
Paseando por Neptuno y el Congreso, no es de extrañar que los buenos nacionalistas consideren su país de opereta, frente a la consistencia de aquel edificio de tomo y lomo donde reside la soberanía nacional, la suya incluida, y que se sientan acomplejados ante las magnitudes. Una sola arteria, el Paseo de la Castellana, Recoletos y Prado añadidos, se impone de tal manera al paseante que no puede por menos que minimizar las polémicas secesionistas y reducirlas a lío de familia, quitándoles toda dimensión política. Del viaje hasta la periferia se sacan muchas conclusiones, y la contemplación de los espacios enseña bastante más de lo que parece. No sé si de Madrid se vaya al cielo; pero sí que desde Madrid se ven con nitidez los celos, que tanto, como se sabe, envenenan aun al mayor de los cuerdos.
martes, 8 de abril de 2014
Ensayo de panfleto charneguista…
¡Ha llegado el día de la Charneguería!
¿No nos han despreciado siempre? ¿No
compararon la llegada de los murcianos con la serie televisiva Los invasores, los del meñique tieso?
¿No se han burlado siempre de nuestros
acentos regionales? ¿No nos han mirado siempre por encima del hombro? ¿No nos
han tratado siempre como escoria? ¿No han arrinconado nuestra lengua al nivel
del bono basura? ¿No desprecian nuestras culturas regionales? ¿No se burlan de
nuestro amor a la patria común, donde está Cataluña, tratándonos como
extranjeros?
Pues bien, ahora ha llegado el
momento de la afirmación Charnega: demostrémosles nuestro auténtico poder otra
vez. Lo hicimos ya con la abstención frente a un Estatut que pretendía ser
Constitución (que hablaba de España y Cataluña como si fueran realidades políticas
distintas) cuando ni siquiera llegaron
al 50% de la participación.
¡Volvámoslo a hacer! Pero ahora en el terreno
que les habíamos cedido demasiado confiadamente: el del poder político.
Está en nuestros votos -o en nuestra
abstención- rebajarles los humos a los "señoritos" que se ciscan en
los santos inocentes charnegos, a esos caciques estadodeseantes (¡oh, flor de
paradojas!) que quieren okupar
ilegalmente la finca Cataluña y apoderarse de los bienes ajenos.
Sí, ha llegado el gran día de los Charnegos.
Escribamos, pues, en las urnas una página gloriosa de la dignidad de los
ciudadanos libres que no se dejan amilanar por el fascismo identitario.
¡A las urnas, futuros parias del
nonato estado catalán!
¡Agrupémonos todos en la lucha final
para defender nuestra ciudadanía española y catalana! ¡No nos dejemos robar la
tierra por la que tanto hemos luchado para ganarnos la vida! ¡No permitamos que
los cegados por el delirio nos lleven al borde del abismo tarpeyo! ¡Hagamos
valer nuestra fuerza: nuestros votos, regados por la indignación y el derecho!
¡Plantémosles cara y luchemos por un territorio que es de todos, tan nuestro
como suyo!
¡Icemos la bandera de la resistencia
contra la vieja y fiera Quimera! ¡Hagamos valer nuestros títulos de propiedad
inalienable! ¡Desbaratemos el atraco a mano armada que pretenden: robarnos los
frutos de nuestro sudor, el fruto de nuestro esfuerzo indesmayable! ¡Rechacemos
su legalidad y hagamos prevaler la de todos, la única que nos ampara!
¡Conquistemos el poder político que
hasta hoy, de demasiada buena fe, habíamos cedido, confiados en la prevalencia
del poder constitucional! ¡Hagámosles reconocer el imperio de la ley!
¡Todos a
las urnas!
¡Por una
Cataluña real y plural!
¡Por una
Cataluña de todos y para todos!
¡Viva el
poder Charnego!
viernes, 4 de abril de 2014
Las estatuas de Barcelona:
un motivo para pasear por la propia ciudad, cámara en ristre…
un motivo para pasear por la propia ciudad, cámara en ristre…
Barcelona no es
una ciudad amiga de las estatuas a pie de calle, como las que se han puesto de
moda en medio mundo, como la de Woody Allen en Oviedo; la de Pessoa en Lisboa; la
de Federico García Lorca en la Avenida de la Constitución de Granada, a la que
en 2012 le mutilaron un pie, por cierto; la de Fernando Quiñones en Cádiz, un
prodigio de gracia y desparpajo; la entrañable de Gaudí en León, delante de la Casa Botines, obra suya, o la de Rosa Chacel en Valladolid, estatuas
que invitan al ciudadano a rodear por los hombros al homenajeado y hacerse una
foto de recuerdo como si hubiesen sido, el broncíneo y el carnal, amigos
íntimos de toda la vida.
Barcelona no es
una ciudad amiga de ese tipo de estatuas, y, además de la de Gaudí, en el Paseo
Manuel Girona y una de Ghandi en un parque entre Llull y Bac de Roda, bien
pocas hay. Otras dos de Gaudí, en el Palau Güell, causan tanta
vergüenza ajena, que mejor dejarlas en el piadoso olvido. Aquí se ha optado por
las estatuas vivientes de las Ramblas, que tampoco desmerecen, desde el punto de
vista artístico.
De hecho, y para
los grandes merecimientos que muchos de sus hijos, ya de la ciudad, ya de
Cataluña, han hecho, no tenemos una ciudad en la que pararse a cada rato para
saber quiénes fueron sus hijos ilustres. Cuando nos decidimos a erigirlas, entonces
nos pierde, a los barceloneses, la megalomanía, como sucede con las estatuas de
Verdaguer, en la plaza de su propio nombre, que de puro elevada ni siquiera se
aprecian los rasgos fisiognómicos del vate; la de Clavé, batuta en ristre, que
corona el Paseo de San Juan por la parte de Gracia, ¡el inmenso Clavé!, de cuyo
macizo pedestal mayestático se bajaría a la carrera si le volviera a correr la
sangre por sus venas de bronce, ¡él, que fue la humildad personificada!, y la
de Colón, señalando en la dirección contraria
del camino que siguió…, apta para lucir la camiseta del Barça como escudo
nacional de Barçalunya…
Es curioso que
la estatua más reciente, en algo equiparable a aquellas cercanas al transeúnte,
sea la del gato de Botero en la recién creada –en términos de crónica de la
ciudad– Rambla del Raval, una estatua apreciada sobre todo por los niños y los
turistas, amén de los amigos de la escultura. Lo más próximo a ese nuevo
concepto de la escultura como ciudadanía inmóvil sería la estatua de Guimerà, en
la placeta del Pi, pero no han podido ahorrarse la peana enaltecedora, no sea
que se lo miren con demasiada familiaridad.
Los caprichos
escultóricos de nuestra ciudad saltan a la vista si uno se pasea por Rambla de
Catalunya, región eminentemente burguesa de la ciudad, donde se han instalado
dos esculturas chocantes: El toro pensant y La girafa presumida…, obras de Josep
Granyer i Giralt. O si recuerda que la estatua a Galceran Marquet, con su “capell
de conseller”, que acaso deberían recuperar nuestros milenaristas gobernantes –para
que lo luzca, ¡pubilla del coneixement!, la inefable Rigau–, le fue adjudicada
de rebote porque se renunció a homenajear –en un arranque nacionalista avant la lettre– a Blasco de Garay,
quien en 1543 hizo en el puerto de Barcelona una demostración de su máquina de
propulsión de las embarcaciones que sorprendió a propios y extraños, pero que
no fue suficiente como para que le granjeara el reconocimiento de los
barceloneses.
Otra cosa son
las estatuas que coronan fuentes, de mayor tradición en la ciudad. Desde la de
Hércules, ahora en Paseo San Juan y en su momento en el paseo de la explanada,
delante de las viejas murallas de la Ciudadela, al lado del Jardín del General (Lancaster) donde se aclimató por
primera vez el níspero en Cataluña, por cierto; hasta la de Diana, en la Gran Vía,
a la altura del antiguo Ritz; pasando por la Font del Trinxa, tan peculiar, en
la esquina de Pelayo con Ronda Universidad.
Dejo para el
final la mención de obras que esculturalmente son fallidas a causa del exceso de
pretenciosidad con que fueron concebidas. Me refiero a la de Macià y a la de la
Colometa, en la Plaza del Diamante. Pero no se funde a gusto de todos, eso es
cierto.
Y para después del final la que bulle alegre en mi recuerdo como muestra de lo que debe ser la fidelidad al esculpido: la de Montaigne en París, justo delante de la Sorbona, una estatua amuleto para quienes estudian allí y, antes de afrontar un examen, acarician el pie del creador del género ensayístico: éste:
viernes, 28 de marzo de 2014
Enclavados
El tormento sin éxtasis de los pins, las claves y las contraseñas
Si un miembro de la generación del 27 que orinaba de joven en los muros del edificio de la Real Academia de la Lengua, de la que luego fue su Director, tituló uno de sus libros Del siglo de oro a este siglo de siglas, bien pudiera cualquier erudito titular otro como La clave de este siglo de claves, más pins y contraseñas, porque nada caracteriza nuestra cotidianidad tanto como el comercio abusivo e infernal que mantenemos con las puñeteras claves, como si viviéramos en una eterna guerra fría que nos obligara a codificarlo todo. Claves para todo: para el DNI electrónico, para operar con nuestro banco en la red, para acceder al ordenador, para el teléfono móvil, para los organismos oficiales, para las empresas de gas, agua y electricidad, para acceder a casi cada página web, para… ¡Es inhumano, se mire como se mire y se cifre como se cifre!, porque las posibilidades de combinación no son infinitas y, por otro lado, sé de buena tinta que la mayoría de los usuarios suele recurrir a lo que todos los ladrones de tarjetas para operar en cajeros automáticos conocen: año de nacimiento, carnet de identidad, años de nacimiento de los hijos, si los hubiere, fechas de boda, etc. Las situaciones en que podemos vernos por el olvido de algunas de esas claves roza en algunos casos la tragicomedia, como me ocurrió en Tenerife, donde olvidé, después de un primer fallo, las claves de las dos tarjetas bancarias, lo que me dejó tirado en plenas vacaciones, al no poder retirar efectivo de ningún cajero. Claro que hay seres previsores, y yo lo soy, que tienen la precaución de apuntar en algún lado, a mano, esas puertas al disfrute de lo propio, de lo honestamente ganado, pero de nuevo el problema se riza lo suyo, porque para evitar la transparencia, ha de apuntarse la clave cifrada, lo que supone, en última instancia una complicación añadida si uno ha olvidado qué diablos se inventó para camuflar esos números salvadores. En mi caso, que ya no lo uso y por eso lo cuento, se me ocurrió camuflarlos en teléfonos inventados. Por no ejemplo, porque no se puede ser tan obvio: Alberto Caja, y a continuación un teléfono con los cuatro números de la clave en él metidos. Descifrar la clave para encontrar la otra clave suele ser, a veces, un trabajo sisífico, y en algunas ocasiones directamente imposible. Nos ponemos zancadillas continuamente y acabaremos mandando tantos avances de seguridad a hacer puñetas. No digo yo que volvamos al ladrillo bajo el cual escondamos los euros, pero todo se andará, o casi. Es muy probable que entre el ocio y el negocio juntemos no menos de veinte o veinticinco claves. ¿Es humano llevar la cuenta de tanto candado? ¿No nos hemos hecho prisioneros de nosotros mismos? Las claves nos han clavado en el fieltro donde los naturalistas clavan las bellas mariposas –en griego, psique–, porque nos vuelven locos y nos dejan en el sitio, esperando la inspiración de Hermes todopoderoso, Trismegisto, tres veces imponente, que nos abra la puerta de nuestro contento o de nuestra desolación, que de todo hay en esos enclaves de nuestra biografía.
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