miércoles, 17 de septiembre de 2014

¿La casa del pueblo? ¿Parlamento o Parlamiento?




Alicia Sánchez entró ayer en el País de las Maravillas del secesionismo catalán y retó al Nada Honorable Mas, rey de la compasión con el viejo virrey, ladrón autodenunciado, a ver si era tan valiente –todo el mundo tradujo simultáneamente el reto con otras palabras más soeces– como para salir al atril y decir lo que el NHMas –imposible confundirlo con gerente de la cadena hotelera, porque allí escogen muy bien al personal y conocen el breve y lamentable historial profesional del presidente– viene diciendo con la boquita pequeña: que “se votará el día 9” diga lo que diga el Tribunal Constitucional. Era una trampa, está claro, porque si dice eso en sede parlamentaria daría argumentos a la Fiscalía, acaso, para actuar de oficio, pero es un ejemplo –hubo más– de eso que se llama «el juego político» y que tanto nos aburre y nos cansa a quienes no formamos parte de él más que cuando nos convocan a las urnas o, en el mejor de los casos, cuando se milita en algún partido y se cumple con la obligación que los militantes –mi felicitación sincera a todos los de todos los partidos sin excepción, porque eso debería ser la norma, no la excepción– asumen libremente.

Mi reto retrospectivo al lector sería: ¿A que no has tenido la valentía de haber seguido íntegra la interminable sesión de intervenciones de la oposición, desde el que no se opone, DRC, hasta los que quieren incendiarlo (o sandaliarlo) todo –y no es metáfora– de la CUP? Pues este observador de la vida cotidiana, y no sé si me he equivocado al creer que la pantomima de ayer forma parte de la vida cotidiana, ha tenido la santa paciencia, el aguerrido humor, la fortaleza auditiva y el equilibrio mental suficiente para dar cima a esa heroicidad por la que reclamo, si no un comentario en que se me loe, sí alguna señal de que se me lea.

Supuestamente, el Parlamento es la casa del pueblo, la sede de la representación popular. Pero, como el propio NHMas dijo en alguna respuesta, nadie sabe a quiénes representa cada cual de los allí presentes, de ahí que él busque la consulta y otros busquen las elecciones anticipadas, que será, esto último, el final más que previsible del tinglado que han montado fuera de la casa del pueblo para hacerse con ella, como un asalto al famoso Palacio de Invierno o a la lejana Bastilla. La diferencia histórica con aquellas situaciones es que asaltaban los desposeídos y en nuestro caso, son los poseedores quienes quieren aumentar sus posesiones y, como ahora se dice, blindarlas, que es corrección política para gobierno autoritario de ordeno y mando, aunque lo desordene todo.

Del pobrísimo espectáculo de ayer –porque lo que ve un espectador es siempre un espectáculo, guste o no a sus protagonistas…– saqué una conclusión vieja. Hace años me decía que si hicieran una encuesta en toda Cataluña sobre el Parlamento, su actividad y sus parlamentarios, el grado de conocimiento e interés por esa «pieza básica» del sistema se acercaría al 1% del total de los, entonces, 6 millones de catalanes. Hoy es posible que ronde el 0’5%... Si no fuera así, no se habría organizado un  Movimiento Nacional desde la calle para lograr lo que se habría de lograr desde el Parlamento, pero si además se da la circunstancia de que algunos inquilinos del Parlamento son los inductores de la creación de esas protestas de estética parafascista, resulta que ni siquiera los moradores de la «casa del pueblo» creen que nada útil pueda allí ser hecho. Si ello es así, si el Parlamento es una necesidad enojosa del sistema, pero no se tiene la convicción de que sea ni necesario ni útil, la farsa que allí se representó ayer alcanza niveles de surrealismo que bien podríamos aspirar a algún tipo de reconocimiento internacional tipo Guiness…, claro.

Acostumbrado como estoy a no dejarme impresionar por lo que veo día tras día, y menos aún por lo que oigo, he de confesar que el cúmulo de intervenciones demagógicas que oí ayer, sobre todo en los turnos de réplica del NHMas, sobrepasa el nivel de tolerancia de cualquier persona con una cierta sensibilidad para el razonamiento lógico. Parecía el baile de los despropósitos y el festival de las mentiras interesadas, si es que hay alguna que no lo sea, porque hasta la literatura busca con ella lectores e incluso ingresos;  del mismo modo que el NHMas fue ayer el vivo retrato –algo más quijarudo y menos orondo– de Isabel II –hija por cierto del «déspota  ominoso» que tiene calle tan principal en Barcelona, la calle Ferran, cerca del Palau de la Particularitat…– cuando, según la pareja que escogía en los bailes palaciegos, había o no cambio de gobierno. Ayer se nos puso de damisela con tropel de admiradores y pretendientes y se hizo la estrecha…Y mentía a todos, y más aún a los que no la pretendían.

Mi propuesta cae por su propio peso: «Parlamiento», en vez de Parlamento se tendría que llamar esa institución donde tanto se denigra la auténtica política, aquella que busca el entendimiento y el compromiso, no la que azuza el enfrentamiento y el odio. En lo que a mi parecer fue un momento estelar del debate y que supongo que habrá pasado desapercibido para el tropel de politólogos que nos tertuliean impíamente, el NHMas –y esa intervención lo descalifica per sempre més– confesó paladinamente -¡y fue uno de esos breves momentos en que la verdad se abre camino entre las zarzas de la demagogia!– que él solo sabe desgobernar para quienes piensan como él, porque, al parecer, ni puede ni quiere ser el presidente de todos los catalanes, sino sólo de los que le votan y de los que se manifiestan aprovechando que él pone a su disposición la infraestructura material que lo permite. Y se atrevió a decir el mientecato (sic, claro, por miente y por cat) que no hay otra manera de gobernar: que unos son los elegidos y los otros a las calderas de Pero Botero, poco menos. El NHMas se presentaba totalmente impregnado de la teoría raholesca de los buenos y los malos catalanes defendida por su consejera áulica y biógrafa babósica a los cuatro vientos de los cuatro medios de la voz de su amo.

Ayer se supone que se debería haber hablado de la realidad, esta cotidiana a la que yo me asomo día sí y día también, pero como se empeñaron en que todo girara sobre Catjauja, ese estado suspendido como el Laputa de Swift, a veces no sabía si eran, las que me llegaban (y me llagaban),  voces de estantiguas o de conciudadanos. Tendré que leer hoy los periódicos para salir de dudas…


viernes, 12 de septiembre de 2014

El postpartido de un encuentro no jugado...


 El día después del extraño partido, con toda la ciudad llena de jugadores que llevaban las camisetas de sus equipos respectivos, la roja (que no La roja) y la amarilla (con no poco de amarillismo ideológico), tiene este ciudadano atento a lo extraordinario de la vida cotidiana las neuronas hechas un buen lío, porque, a la hora de la verdad, resultó que no hubo partido alguno, digno de tal título, sino Un encuentro en que se fundieron ambos equipos para engañarse a sí mismos y darse los dos la victoria sin pelea alguna, esto es, sin oposición de ningún tipo. La ciudad, Barcelona, de la que habían escapado hacia un puente festivo sus fatigados habitantes, se llenó de turistas de comarques i vegueries que se admiraban de las dimensiones de la la antigua gran Babel, de la capital sodomogomorrina a la que con tanto respeto miran desde su amor arraigado al agro. Con docilidad sorprendente para unos ciudadanos supuestamente tan agresivos y testiculares -léanse las advertencias a Madrit sobre las razones por las que harán la consulta y téngase presente la declaración de los mercernarios romanos no solo cuando juraban en un proceso, sino cuando se les afeaba su carácter apátrida: donde van estos va mi patria...-, los dos colores del partido único siguieron al pie de la letra las indicaciones de la catafáltica aspirante a Leni Riefenstahl , Carme Forcadell, y se alinearon con precisión germánica de triste recuerdo sin que nadie pusiera en cuestión ni por un momento un acto tan flagrante de sumisión en aras de una causa encabezada por encausados y a punto de encausar, si se confirman las dificultades de justificación contable de los generosos ingresos de la ANC. 
El ambiente festivo del desfile de comarcanos se rompía aquí y allá por gritos contra España y los españoles que otros comcomarcanos jaleaban con risas de superioridad aplastante, como en los buenos tiempos del Barça, que tanto contribuyó a generar este optimismo golpista que anida en tantos y tantos demagogos que consiguen, según expresión felicísima de Andrés Rábago de hoy en El País: hornearlos para excitarlos al punto del sufle. Ahora bien, nadie ignora el destino inevitable de los suflés, como tampoco nadie ignora cuál será el triste destino político del Nada Honorable Artur Mas cuando en su desesperada huida hacia enlloc -hermosa y utópica villa catalana donde se ha hecho realidad el sueño de una noche de verano de su estado monopatriótico monolingüístico, monoemocional, monoeconómico, monoideológico, y cuantas monerías se quieran añadir...-, acabe en las dependencias adonde suele enviar la Fiscalía General a los sediciosos y golpistas toparcas que enardecen a las masas de yesca y, una vez encendida a hoguera, salen por piernas -hacia paraísos fiscales, mucho más acogedores que los patrióticos de jauja- renegando de haber sido ellos la chispa del perdernal. 
El  atento observador de lo cotidiano sigue sorprendido, el day after, por la extraordinaria ductilidad marcial del 15% de un pueblo que, de nuevo, como avisó Unamuno, se han dejado echar a perder por la estética levantina dels castells de focs artificials i les parades i marxes de torxes d'indubtable esperit feixista: Qué maco! Oi que és maco? Maquíssim! Preciós! Què bufó! Què bonic! Se oía una y otra vez como una suerte de letanía de la religión nacionalista. Y en esas estamos: Los dos equipos han ganado y los dos han perdido, porque  desde el vértice -¡palabra franquista por excelencia!- de la V los ramales se pierden sin que nunca vuelvan a encontrarse...
No sé si habrá salido en alguna foto aérea, pero los anarquistas tuvieron la humorada de convertir en A la V, para que la empanada total nacional quedara como un san Luis... abans del caos promés des de l'ordre marcial.

lunes, 1 de septiembre de 2014

El panfilismo humanístico.



A propósito de un manifiesto buenista o el Observador de lo Cotidiano se calza coturnos que le vienen grandes…

Hace unos semanas  Francesc de Carreras recomendaba con entusiasmo un libro, encareciendo su urgente lectura. Me refiero a La utilidad de lo inútil. Manifiesto. (Acantilado, 2013), de Nuccio Ordine. Ignoro por qué incomprensibles razones ha causado tan buena impresión en el catedrático constitucionalista, pero el volumen no es sino un bienintencionado florilegio de citas que defienden, con más ardor que persuasión, con más entusiasmo que capacidad de convicción racional, la necesidad de la continuación de los estudios humanísticos y, sobre todo, el carácter de espacio de excepción de los campus universitarios, un espacio casi arcádico donde la desinteresada dedicación al saber nos hará más libres, más felices y más humanos, desentendiéndonos de las nefandas e imperativas exigencias de la rentabilidad y la economía productiva. La loa de los saberes inútiles –disposición hacia el conocimiento que comparto plenamente– se formula desde una ingenuidad de naturaleza romántica, absolutamente naíf y risible, a poco que se escarbe en buena parte de las citas escogidas para demostrar que hemos de dejarnos llevar por la pasión de lo inútil si aspiramos a realizarnos como personas en toda nuestra integridad. 
Los múltiples responsables de esta deriva recesiva no sienten turbación alguna por el hecho de que quienes paguen sean sobre todo la clase media y los más débiles,  millones de inocentes seres humanos desposeídos de su dignidad, se nos dice de mal principio, porque, contradiciendo la tesis fundamental del manifiesto, el autor, Ordine,  destaca que la pobreza nos desposee de la dignidad, de donde se infiere que esta ha de estar, sobre todo, en nuestra capacidad de gasto y/o de ahorro. Así pues, ¿nuestra dignidad es la del homo economicus? Todo el ensayo parece empeñado en luchar contra el pragmatismo de la vieja máxima: primum vivere, deinde philosophare. Y defiende que ese vivere solo puede serlo desde la asunción de los beneficios que nos deparan, en tanto que personas, los llamados saberes inútiles, de los cuales se habla en términos demasiado simples como para poder tomar en serio el texto: En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte. Excesivamente simplón, en efecto.
Nuccio Ordine defiende la necesidad de afirmarnos en valores humanísticos que doten de verdadero contenido espiritual nuestras vidas, o como él dice: Identificar al ser humano con su mera profesión constituye un error gravísimo: en cualquier hombre hay algo esencial que va mucho más allá del oficio que ejerce. No obstante, Nietzsche ya había dejado establecido que una profesión es el espinazo de la vida, algo, a mi modo de ver, incuestionable. Me resulta muy difícil comprender esta discriminación que reclama el autor entre la necesidad de ganarse la vida –sobre la que otro día me extenderé–, por un lado, y en que esa vida sea, por el otro, la mejor vida, la vida completa, en ningún caso la dominada por la necesidad de lo material. A este respecto es clarificadora la cita de George Bataille escogida por Ordine, porque resume con abrumadora claridad la ingenuidad radical de la que parte esta defensa bien intencionada de los saberes inútiles: En el dominio de la actividad humana, el dilema adquiere esta forma: o se emplea la mayor parte de los recursos disponibles (es decir, del trabajo) en fabricar nuevos medios de producción –y entonces tenemos la economía capitalista (la acumulación, el crecimiento de las riquezas)– o se derrocha el excedente sin tratar de aumentar el potencial de producción –y entonces tenemos la economía de fiesta. (…) en el primer caso, el valor humano es función de la productividad; en el segundo, se asocia a los más bellos logros del arte, a la poesía, al pleno desarrollo de la vida humana. En el primer caso, no nos ocupamos sino del futuro, al cual subordinamos el presente; en el segundo, sólo cuenta el instante presente, y la vida es liberada, al menos de tiempo en tiempo, y en la medida de lo posible, de las consideraciones serviles que dominan un mundo consagrado al crecimiento de la producción. ¡La economía de fiesta! Me parece estar asistiendo a la sesión catequística de la revolución anarquista que se describe en la película Tierra y Libertad de Ken Loach, y que tanta vergüenza ajena retrospectiva producía. Esta retórica inflamada de vacuidad, ¡cuánto daño ha hecho al bello ideal del amejoramiento moral y foral de la especie! Menos mal que Ordine, por mor de la ecuanimidad que ha de presidir la reflexión intelectual, nos aporta el punto de vista del gran analista del siglo XX, George Steiner, quien nos ha recordado, oportunamente que la elevada cultura y el decoro ilustrado no ofrecieron ninguna protección contra la barbarie del totalitarismo. Una tesis defendida brillantemente por Gabriel Jackson en su magnífico libro Civilización y barbarie, en el que analiza, sobre todo, los movimientos nacionalistas y el fascismo, a cuyo hechizo salvaje sucumbieron mentes, diríase que preclaras, como la de Martin Heidegger, por ejemplo.

Llenar un volumen de buenas intenciones puede ser edificante, al viejo estilo de los manuales de conducta, pero es evidente que la Universidad, más allá de ser el espacio donde se ha de manifestar el saber sin constreñimientos ni exigencias de orden productivo inmediato, tampoco puede ignorar que ha de ser el centro de formación de ese espinazo de la vida que reclamaba Nietzsche, y que la excelencia profesional no ha de estar reñida, en modo alguno, con la pasión por el saber, por cualquier saber. Al modo de Bataille, cuando Ordine habla de la función de la universidad y de su labor fomentadora del saber en estado puro y libre de exigencias, parece olvidar por completo el contexto socioeconómico en que se ha de producir esa dedicación, como si los fondos destinados a ese menester nunca se vieran amenazados por las crisis económicas y el estado pudiera preservar ese espacio como una isla suspendida sobre las miserias del vivir cotidiano. Será deseable y hasta necesario, no lo niego, pero ¿es justo?  Para serlo yo, no quiero acabar sin recoger una cita del propio Ordine en que recapitula el mejor de los beneficios que puede depararnos ese cultivo de los saberes inútiles:  El dogmatismo produce intolerancia en cualquier campo del saber: en el dominio de la ética, de la religión, de la política, de la filosofía y de la ciencia, considerar la propia verdad como la única posible significa negar toda búsqueda de la verdad.(…) Sólo la conciencia de estar destinados a vivir en la incertidumbre, sólo la humildad de considerarse seres falibles, sólo la conciencia de estar expuestos al riesgo del error pueden permitirnos concebir un auténtico encuentro con los otros, con quienes piensan de manera distinta que nosotros. Por tales motivos, la pluralidad de las opiniones, de las lenguas, de las religiones, de las culturas, de los pueblos, debe ser considerada como una inmensa riqueza de la humanidad y no como un peligroso obstáculo. Pero a esta conclusión puede llegarse también desde la compatibilidad entre dos esfuerzos numismáticos: mejorar las condiciones materiales de vida y mejorar la propia vida. Como decía el gran enemigo de lo útil, Téophile Gautier: el rincón más útil de una casa son las letrinas…, ignorando, en su dogmatismo estético, la capacidad inspiradora del lugar… Que el arte sea lo que mejor nos consuela de vivir, según Gautier, no ha de impedir que aspiremos a vivir sin que la vida necesite consuelo. 

domingo, 24 de agosto de 2014

PARKCELONA TEMÁTICA o la reivindicación de un nuevo final de año...




       Sobrevivir a la vida cotidiana en las dos últimas semanas de agosto en la Parkcelona temática en que se ha convertido nuestra ciudad, y frente a la que la valiente e indignada, por hastío, rebelión de los vecinos de la Barceloneta pretende poner coto vedado, resulta difícil. 
      Para el vecino con rutinas establecidas que le dirigen los pasos de forma automática, encontrar sus suministros habituales -el queso fresco de cabra, el pan de espelta, etc.- se convierte en una humilde aventura que ha de tomarse con el poco humor que le quede después de haberse indignado hasta las cejas por la desfachatez pujolista y por el raka raka peridista de los secesionistas trabucaires. Ni el periódico es fácil hallarlo, salvo a cuatro manzanas de distancia y solo hasta cierta hora relativamente temprana. Se trata de un turismo interior de barrio cuyos itinerarios van variando cada verano, porque la facilidad con que se abren y cierran comercios en Parkcelona va camino de convertirlo en récord Guiness. 
        Para este observador de lo cotidiano, cruzarse con los vecinos desorientados, respecto de los que se siente absolutamente solidario, pero poco comunicativo -que los hay la mar de plomos- por experiencia en oídos ajenos, forma parte de esos hábitos remozados de finales de temporada. Ignoro por qué razón el 31 de agosto no ha sido considerado  Nochevieja y el 1 de setiembre, Año Nuevo, porque incluso los buenos propósitos tienen más eco en estas fechas que en las ya obsoletas de diciembre y enero, ¡y ahí están las colecciones de quiosco para dar fe! A ver si Podemos se anima e incluye entre sus reivindicaciones laicas desligar la transición del año del calendario religioso y atenernos, ¡por fin!, a lo que exige la sana razón. No son solo los escolares los que inician el año en setiembre, sino toda la sociedad en su conjunto.
             Al observador le gusta ver libros de segunda mano en las estanterías de las librerías que los venden, y quizás de ahí le venga la afición a recorrer los pasillos abarrotados de artículos de los supermercados de las grandes superficies. Es costumbre vulgar y muy socorrida, sobre todo en los calurosos días del verano, pero ¿quién ha dicho que este observador no sea profundamente vulgar? Recorrerlos es tarea de atleta, no obstante, porque se echan sus buenas horas en el repaso consumista. En mi descargo he de decir que mi anticonsumismo me impide no coger nada más allá de lo estrictamente necesario. Soy inmune a la exposición generosa del género. Además, los estratosféricos precios de los únicos libros que merecen la pena me han escarmentado.
              Parkcelona se vuelve poco a poco una ciudad del ocio chabacano, aunque se revista con decoraciones de Nouvelle, como la de la tasca Moritz, y hay en ella un sí sé qué de locales clónicos que no auguran, para el futuro, nada bueno, ni nuevo. 
             Ignoro si cuando triunfe la secesión -ya he visto alguna rana luciendo una muy incipiente pelambrera estilo mohicano...- la salida a la calle de las agrupaciones de coros y danzas ocupando cada plaza de la ciudad le dará ese aire, ese calor, esa singularidad tan peculiar que consiga acabar con la actual despersonalización. Por la sección femenina del secesionismo no quedará, sin duda...        


jueves, 14 de agosto de 2014

Estampas del Ferragosto


Lo primero que ha de decirse es que no existe el ferragosto en esta España nuestra de las autonosuyas gobernadoras, pero sí un curioso efecto del cambio climático que casi nos impide hablar ya de Écija como de la "sartén de Andalucía", o de España, ya puestos, porque llevamos un verano muy resultón en cuanto a "la calor", y, aunque en el pasado se hubiera hecho, no sé si este agosto se hubieran frito los huevos sobre las piedras de Cáceres al sol justiciero de las 17'00h que, como bien sabe el común de los mortales agostados, es el de la famosa hora nona, de no nay quien ponga un pie en la calle, salvo si quiere perder, licuado, lo que detrás le sigue. 

Una playa desierta almeriense: virgen, salvaje, solitaria, paradisíaca, y la retahíla de  calificativos que exciten la libido turística de cualquiera. La estampa del intrépido nadador que se adentra sin más espectadores que su valor y su pareja de hechos en las inciertas aguas mediterráneas: tres brazadas enérgicas, dos respiraciones y, de repente, una sacudida eléctrica, de picana militar argentina; el nadador alza el brazo y observa electrificado, que de él penden los raros murciélagos con patas blancas que, como flecos de un traje de baile de Georgie Dann, le incitan a dar un grito prístino -por el marco-, horrorizado -por el picor- y dolorido -porque ya han comenzado los efectos deletéreos de su caricia-, mientras, con instinto  equivocado, porque no son abejas ni avispas, se tira en la arena de la orilla y se reboza como una croqueta, antes de volver a desempolvarse con agua de mar filtrada de intrusas... Claro que el agua estaba hoy más caliente que ayer, claro que sí...

Un descenso en picado de un quilómetro hasta el cocito del pueblo serrano, donde un letrero puesto, acaso, con malévola intención, avisa al intrépido explorador que se apresta a recorrer el sendero real entre Capileira y Bubión, en la Alpujarra granadina. Al otro quilómetro de haber desbrozado como en una jungla birmana el sendero que de real solo tiene el hecho de no ser inventado, y de llevar las piernas con más arañazos que en una lucha de gatos en el interior de una bolsa cerrada, y  el calzado mojado de andar por el torrente que desciende por el camino real, el exlorador y su esforzada exploradora se encuentran con otros caminantes perdidos con quienes solo pueden intercambiar gestos y nombres propios. Nos aseguramos mutuamente una cómoda continuación del camino hacia la meta deseada, pero al cabo de medio quilómetro añadido, es evidente que sus gestos y la mapística son tan incompatibles como el nacionalismo catalán y la honestidad, por usar un referente cercano. Los exploradores se reúnen, conferencian  y, ante la perspectiva de hundirse dos quilómetros en la incierta corriente del Poqueira, sin atisbo de hallar camino ascendente seguro, se confiesan derrotados e inician, con los mismos pesares, y sin calzado goretex, el camino de vuelta por el sendero de un torrente que solapa su viaje con el supuesto camino real. Cuando coronan la plaza donde una sombra y una mesa los invitan a premiarse: un generoso plato alpujarreño se dibuja sobre la carta, tal que así: 
                                  

  
Y ahí se acaba la aventura y se inicia la introspección...

A algunos conductores les irrita tener que frenar mientras tú consumas un adelantamiento a 95km/h  por hora de un camión que circula a 90km/h, simplemente porque te demoras en él casi un quilómetro... La verbena de luces cortas, largas e intermitentes que montan cada vez que los freno en seco, aunque me avisen desde casi un quilómetro que vienen lanzados y que no se me ocurra abrirme para adelantar antes que ellos, me anima a intensificar el tormento. Es una refinada crueldad, lo reconozco. Mientras no he llegado a la mitad del camión, mantengo el intermitente izquierdo encendido. Cuando llego a la mitad, lo apago. Cuando estoy a punto de rebasarlo, enciendo el derecho, para indicar que voy a cambiar de carril, pero  me voy cambiando tan lentísimamente de carril que me hallo entero en el de la derecha al cabo de medio quilómetro después de haber adelantado al camión. Una vez que los propietarios del carril izquierdo me adelantan, correspondo a sus fugaces muecas exasperadas con un saludo manual que imita el cansino limpiaparabrisas, unido a mi más relajada sonrisa.

martes, 5 de agosto de 2014

Je m’acusse….!

El rostre quatribarrat

Contrición sin propósito de enmienda...

 De haber engañado a todos todo el tiempo; de haber creado una autonomía, auténticamente autonoMÍA; de, por motivos ahora confesados, urgir al pueblo pipiolo (babau) de Cataluña a crear un estado propio, sí, propio, que eso es lo mío, la propiedad y cómo mantenerla a salvo del depredador fisco español; de haber despreciado por activa y por pasiva a los maricones, a los gitanos, a los moros –con la ayuda de mi jardinera favorita–, a los socialistas, a los extremeños e incluso hasta a Cervantes, que nada tiene que ver con nuestra cultura catalana y al que se empeñan en metérnoslo hasta en la escudella; de haber dado lecciones de moral patriótica, económica, política, social, boletaire, excursionista y de lo que se me pusiera por delante; de haber dejado con la palabra en la boca, a quienes tenían la osadía de preguntarme, con mi motto favorito: “hoy no toca”; de haber defenestrado al tibio Roca i Junyent i de haber encumbrado al ojito derecho de mi señora, a pesar de las pésimas referencias de mi doble y querido  Prenafeta; de querer construir un estado étnico y tener una masa analfabeta que admire la cultura de los amos y desee integrarse en ella como esos benditos inmigrantes a quienes pastorea Colom con la zanahoria de alcanzar el cielo de Aquí, aunque sigan rindiendo pleitesía al dios Alà; de haber salido al balcón de la Particularidad a protegerme de la investigación del caso Banca Catalana, que, como el nombre indica, era de Cataluña, no mía, y por eso era un ataque a nuestras milenarias instituciones y al pueblo en general, y al General del pueblo, ergo yo; de no haber tenido ni una idea propia que se distinguiera del resentimiento metafísico que siempre hemos sentidos los auténticos catalanes como yo (y mi familia) porque esos castellanos imperialistas nunca nos han dejado ser quienes somos (ni, sobre todo, poseer lo que poseemos); de no haberme espabilado a tiempo para no haber de pasar por este doloroso trance de la humillación sin paliativos; de tener pánico a “cumplir” como los senadores romanos caídos en desgracia –a pesar de haberles dicho a amigos míos que lo mío, ahora, es que me muriera y que se me rindieran los más altos honores patrióticos, de modo y manera que nunca ya me alcanzara el oprobio ni la mancha que ahora me tiene embreado y emplumado ante la opinión pública, esa que yo me he pasado siempre por el arco del triunfo–; de haber suscitado el odio contra esos “españolistas” que se complacen en la Cataluña real, y que detestan la imaginaria y exclusiva (para socios adheridos) que yo siempre he querido para mis compatriotas y que ahora, ¡ay!, acaso peligre por esta confesión; de no haber movido ni un dedo pedagógico para evitar que se fuera enquistando en el seno social un larvado enfrentamiento entre los unos y los otros, entre los nuestros y los invasores, con el consiguiente riesgo de la fractura social que no sé si admite ya sutura alguna; de haber hecho oídos sordos a todo lo que no fuera precedido por el más del 3%, porque el ingenuo y desinformado Maragall se quedó corto, como él lo era para esto de la política; de no haber tenido nunca, ni por equivocación, ni un átomo de humildad, ni siquiera la cristiana; de haber alimentado durante generaciones el afán de superioridad con que venimos al mundo la gent superba i ufana, para que todo el mundo sepa que somos la gent catalana, espejo de virtudes mercantiles y cívicas, espejo que hoy rompo con tristeza y pidiendo perdón, a medias, però…, que tampoc no s’ha de fer d’un gra massa…; de haber jugado siempre al regate corto de la ganancia rápida en Madrid, como un vulgar trilero con la bolita de los votos de la Minoría Catalana; de haber cometido el grave error de buscar un chivo expiatorio, Madrit, que me ha acabado dando un mordisco donde más duele, en el patrimonio familiar, que es la auténtica patria, como he de confesar con vergüenza; de no haber contribuido ni lo más mínimo, durante mis 23 años de gobierno, a la creación de una cultura democrática, sino al franquista ordeno y mando; de…, sí, je m’acusse de ser un impostor democrático y reconozco la raíz totalitaria de mi pensamiento y de mi praxis, y deseo que, cribada mi vida, como yo ahora anticipo, la hagiografía histórica patria no me aparte al rincón de las aberraciones, al capítulo de la teratología política, sino que me incluya, aunque discretamente, ya lo entiendo, en el capítulo de los visionarios precursores de nuestra envidiada onfalocracia… Visca Catalunya lliure!…de mí.


martes, 29 de julio de 2014

Gràcies, MI (molt indigne) Pujol!


De las victorias electorales del Virrey a la pasión por la lexicografía...

      Ahora que todos hacen leña del árbol caído y chistes del que no tuvo tiempo para arreglar esos asuntillos familiares de los cuatro cuartos de l'avi hasta que los sabuesos de la Agencia Tributaria, no la que Vd. quería, claro, esa de "casa nostra", seva, en realidad, y que váyase a saber qué supuesto trato distinguido le habría deparado, sino la de todos, la respaldada por la soberanía nacional; antes de que esos sabuesos, digo, se le hubieran tirado a la yugular de los evasores con nombres, apellidos y folletinesco origen de los fondos, pues algunos lo remontan a la "espantá" con riñón folrat de Banca Catalana, ésta sí que la seva de la ceba; ahora, digo, que tan mal dadas le vienen, quiero yo alzar mi voz agradecida a su persona. 
      Gracias a Vd. presidente incombustible de un ideal sectario y totalitario, reafirmé durante 23 años mi compromiso con mi lengua castellana hasta niveles que, a veces, me han vuelto incomprensible para quienes lo dominan como aficionados o lo desprecian como fanáticos, porque desde las primeras elecciones que Vd. ganó con un mísero 27%, a pesar de lo cual ya se entronizó como virrey del 80% de los catalanes, como aún sus herederos sostienen contra el viento y la marea de las encuestas reales de los votos; desde ese día, insisto, inicié una costumbre que he mantenido hasta su ocaso político, y que ahora sigo por puro vicio. 
       Aquella noche infausta del 20 de marzo de 1980, sabidos los resultados, me acerqué a mi mesa de trabajo y cogí el Casares, su famoso Diccionario ideológico de la lengua castellana que, a pesar del título, poca ideología, en la acepción común de esta palabra, tiene, más allá de algunas definiciones donde le asoma la suya, poco recomendable. Lo abrí y, como si de leer En busca del tiempo perdido se tratase, comencé a leerlo por la A y no lo solté hasta haber leído la última palabra de la Z. No solo lo leí, claro está, sino que llevado por mi afán de eterno aprendiz, incluso tomé notas. En las siguientes elecciones le tocó el turno al Diccionario de uso del español, de María Moliner, ¡esa proeza femenina hecha amor y pasión lexicográficos! En las siguientes, para regodeo y placer de mi menda lectorenda, me eché entre pecho y espalda los 6 tomos, ¡6 hermosos tomos! del Diccionario crítico-etimológico castellano e hispánico de Joan Corominas y José Pascual, y sin que ni el tiempo ni la autoridad competente me lo impidieran... En la siguiente le tocó el turno al Diccionario de dudas de la lengua española, Manuel Seco. Más tarde el canónico Diccionario de la lengua española, vigésima tercera edición, de la RAE y, finalmente, volcado por ese proceso hacia la especialización, el Diccionario etimológico indoeuropeo de la len gua española, de Edward  A. Roberts y Bárbara Pastor.
          ¡Cómo no voy a estarle yo agradecido al MI Pujol! Lamento que mi diletantismo lexicográfico tenga un origen tan impresentable, pero como la vida da tantas vueltas, ¿acaso hubiera leído yo, sin ese aliciente de las derrotas políticas y morales autonómicas, todos esos diccionarios que me han hecho pasar tantas horas de inenarrable placer?
Como de bien nacidos es ser agradecidos, que sirvan estas líneas de sincero agradecimiento al pésimo ladrón y defraudador que ha sido ese político innoble que, después de ponerse el mundo por montera y pontificar  con tanta desvergüenza, ha acabado, fiel virrey, remedando al rey del que tanto escarnio han hecho los secesionistas que el encabezaba, como gran capgrós del Movimiento Nacional: "lo siento, me he equivocado y no lo volveré a hacer, lo prometo". ¡Ay, los colofones que pone la Historia, perdón, la historieta...!