sábado, 26 de septiembre de 2020

Destino Nerja en tiempo de pandemia.

 


De la cueva a la hoz del Caminito del Rey o a las cabañas baje y a los palacios subí…

         Salimos del arresto domiciliario, decretado por el lamentable gobierno de España, sin la euforia con la que su endeble presidente «decretó» la victoria sobre el coronavirus y lanzó a sus compatriotas a recorrer los caminos de España para disfrutar de su sol, de sus playas, de sus montañas, de su gastronomía, de sus tesoros artísticos…y una larga serie de relevantes cualidades turísticas que iban a hacer las delicias de tirios y troyanos, sus secuaces y sus detractores. Lo hicimos, por el contrario, con el realismo de la prudencia y la autoprotección escrupulosa que habría de regir nuestra comunicación con el mundo así que iniciáramos nuestro viaje turístico a un rincón de la provincia de Málaga.

         Con lo ahorrado durante los largos meses de confinamiento, mi Conjunta y yo creímos de justicia pro domo sua regalarnos una breve estancia de unos días en una playa con un entorno aún no visitado, pero de belleza acreditada, y en un establecimiento sin lujos asiáticos pero con toda la comodidad posible. Para esto último colaboró una magnífica oferta, con el 50% de descuento sobre el precio habitual, del Parador Nacional. ¡Y allá que nos fuimos!

         Amantes de recorrer nuestra red de carreteras, autovías y autopistas incluidas, a la moderada velocidad de cien quilómetros por hora, lo que permite con total comodidad la contemplación del paisaje y enfrascarse en aguerridos diálogos que exigen absoluta concentración en el uso de los argumentos, planeamos hacer noche ¡en Benidorm (vine i dorm…)!  En ese afán nuestro de ir sumando espacios de nuestra geografía a nuestro humilde y discretísimo historial viajero. Y a fuer de sincero, ¿hay algo más «exótico» que la ciudad rascaciélica del Mediterráneo?

A uno de sus alcaldes le oí hablar del «modelo de turismo vertical» que evitaba la degradación del paisaje al concentrarse, hacia lo alto, en menor extensión geográfica: Se non è vero… La llegada fue triunfal, porque la señora del gps —con quien suelo tener  mis más y mis menos en los viajes…— nos dejó ante la nada, pero confirmando que teníamos nuestro objetivo ante nuestras narices. Dos vueltas más y la decisión “de pedal” —desde el libro no escrito pero firmado por snchz me he prohibido la palabra «manual», salvo casos extremos—: bajarse del coche, caminar y preguntar: en un cuarto de hora dimos con el hotel. Lo primero, comer. Menú del día: cuatro platos, 15 euros. ¡Lo nunca visto en Barcelona! Y la higiene para prevenir el virus cumplida a rajatabla. El mirador de Benidorm permite una visión de ambas playas y sirve de punto de unión entre ellas para los paseantes de media tarde. Muy pocos extranjeros, pero húbolos. Cuando salimos a la mañana siguiente, había gente, a las 9, que hacía cola para coger sitio en una playa extensísima, pero con el acceso controlado.

         La llegada a Nerja, facilísima, nos permitió confirmar que todo el litoral, incluso desde la provincia de Granada, tiene un perfil montañoso que nos recordó, salvando las distancias, a nuestra querida Costa Brava. De hecho, incluso hicimos una excursión a una cala que bien nos podríamos haber ahorrado, porque un autobús lanzadera hacía el recorrido levantando un polvo por el camino de tierra que fue providencial que lleváramos las mascarillas. Entrar en un Parador Nacional tiene, siempre, algo de “entrada señorial”, de saberse en un espacio en el que reina la discreción, el silencio, la complicidad en el descanso, el respeto y el civismo. El de Nerja no fue la excepción, claro está. Todas las habitaciones están orientadas hacia la escarpada costa cuya contemplación es ya el primer regalo de los viajeros. Si además se dispone de un ascensor privado que te permite un cómodo acceso a la playa, la cosa va ascendiendo de «favorable» casi a «privilegio». Como el sol es enemigo serio donde los haya, los baños de mar y de sol nos dividen: tras el paseo de rigor por la orilla y el chapuzón sin medusas, yo ya busco sombra donde seguir leyendo, en este caso los amenísimos Retratos Contemporáneos de RAMÓN, como a él le gustaba que se le conociese, el Ramón por antonomasia mayúscula.

         Nerja es un pueblo hermoso, con un mirador discreto y volcado en el turismo: todos sus comercios tienen esa orientación, al menos en las calles próximas al centro del mismo. No tiene paseo marítimo porque todos son calas que se abren en una fachada  de acantilados de mediana altura En turismo, una gentil funcionaria que no discrimina edades, nos respondió, cuando le preguntamos que se podía visitar en la localidad y los alrededores, que si ya habíamos ido a visitar «la barca de Chanquete»… Me abstuve, claro está, educación obliga, de preguntarle si «ya» se había muerto… Eso sí, como el producto típico de la zona es la miel de melaza, no hay restaurante en el que no te sirvan la tempura de berenjena con dicha miel, de la que el Parador regala un frasco a sus huéspedes, por cierto. El mismo establecimiento que un día nos sorprendió, al retirarnos a nuestra habitación, con una bandeja de frutas frescas variadas que no solo nos entró por los ojos, doy fe…

         Las tardes dedicadas a la actividad turística de ritmo lento, nada de Si hoy es martes, esto es Bélgica… incluyen cinco destinos de indudable interés: Frigiliana; la magnífica Cueva de Nerja, Málaga, Almuñecar y El caminito del Rey. Nos sobró y bastó. Para el último, además, solo encontramos entradas para el día de regreso, por lo que hubimos de madrugar lo nuestro para llegar a tiempo a la salida y luego iniciar el regreso a media tarde, lo que nos hizo pernoctar en Valencia, porque no encontramos abierto ningún hotel de carretera desde Granada a Valencia. 


Frigiliana es una réplica costera de los pueblos blancos de las Alpujarras granadinas, donde tanto disfrutamos hace algunos años, y tiene la singularidad de que, recorriéndolo, ilustran al viajero sobre la guerra. La Cueva de Nerja es singular y bellísima, y se suma a la larga lista de cuevas que hemos visitado en nuestra vida. Me cabe el honor, además, de haber podido visitar la de Altamira hace ahora cincuenta años, cuando aún ni se pensaba en restringir el acceso. Para nosotros las cuevas son un auténtico imán. Hay algo de viaje a la semilla carpenteriano en esta afición tan arraigada, lo mismo que  la de las visitas a las ruinas, como aquella visita que hicimos a Los Millares, allá por el 82, en Almería, para la que tuvimos que ir a pedir la llave con la que abrir la valla que las protegía. Sí, es curioso, viajar, para nosotros, tiene mucho que ver con retroceder… Almuñecar tiene un castillo desde el que se contempla su fachada marítima y un dédalo de callejuelas medievales por las que da gusto perderse en un medineo de media tarde sin el sol inclemente martirizando los cuerpos. Málaga es una ciudad luminosa, bien abierta al mar infinito y llena de vida. Mi afición a los platos propios del lugar me llevaron a la porra antequerana que me suspendió en éxtasis gastronómico. Tiene Málaga algo de recóndita, y un mercado municipal que es una maravilla. 
La Alcazaba ajardinada, aunque muy rehecha, tiene rincones de sabor alhámbrico. 
Y el museo Picasso no está a la altura del prestigio del pintor malagueño; pero con el azote de 38 grados en el exterior, cualquier refugio artístico que dome el aire es siempre una bendición. Nos costó un buen rodeo descubrir el Café de Chinitas, pero en la plaza singular a la que se abren sus puertas nos plantamos para hacer las fotos de rigor, antes de que la salvaje piqueta, si el tiempo y la autoridad no lo impide, acabe con el palacio emblemático del cante jondo, de ecos lorquianos.

         Y, finalmente, la estrella del viaje, o poco menos, El caminito del Rey, que abre su hoz del Guadalhorce a unos 70 quilómetros de Málaga: una travesía a pie de unos tres quilómetros que se recorren, con explicaciones del guía, el nuestro era tan competente como simpático, en unas tres horas. A pesar del calor, se ha de llevar un casco de obra que, en caso de caída, desde esas alturas, me temo yo que protegerá entre poco y nada, pero «favorece» mucho para las fotos… El espectáculo paisajístico es digno de verse y la variedad de flora y fauna del camino enriquece la visita.

Escalofría pensar que por esa plataforma, cosida al borde del precipicio, caminaran, sin mayor protección, los obreros que construían la central hidroeléctrica, aguas arriba. Y pavor el hecho de representarse a los descerebrados que la recorrían ¡en bicicleta”, cuando se consideraba que era el camino más peligroso de Europa, si no del mundo… Como habíamos de regresar para BCN, optamos por subir a la autovía  que va a Granada por el interior, en vez de por la costa, lo que nos llevó, durante 30 quilómetros interminables, por una carretera desierta camino de Antequera, una de esas que en las películas usamericanas dan pie a encuentros de película de terror, como en La matanza de Texas…arbustos, piedras, sequedad y oteros desarbolados. Por desgracia, no teníamos ya  tiempo para visitar Antequera, pero se quedó para un próximo viaje, que lo habrá. Después de dormir en Valencia, en un hotel a las afueras, al estilo de los Fórmula franceses; en un barrio en el que a la mañana siguiente no encontramos ni una mísera cafetería, por lo que tuvimos que seguir camino hasta el área de servicio de Sagunto, nos pusimos a cien mi Conjunta y yo y nos cosimos al carril derecho de la autopista hasta llegar a casita, el mejor parador que conocemos. Nunca, como después de lo del arresto domiciliario, que tanta «ebriedad de poder» le deparó al presidente más mediocre que hemos tenido en la España democrática, después de Aznar, habíamos percibido la profunda y benéfica sensación de liberación que supone el «cambiar de aires», el «desplazarse» por amor a la carretera y a los caballos… de vapor.

 













sábado, 25 de julio de 2020

«Hierro» y El Hierro: El turismo y las series...


Atávicas pasiones en un escenario volcánico único...

          De no haber mediado el coronavirus con su acción deletérea, un día de estos hubiéramos volado a la isla de El Hierro para conocerla y pasar uno días en un escenario natural como hay pocos, después de haber disfrutado hasta la extenuación estética de su hermana mayor: Lanzarote.  Ese temblor ante la belleza natural, que solemos sentir los que tendemos al Romanticismo, por más desnaturalizados que estemos por el Barroco y las Vanguardias, se nos había agarrado al alma de la contemplación con un pellizco tan fuerte que nuestra desolación ha sido inmensa al tener que renunciar a dicho viaje. 
         Hete aquí, sin embargo, que dadas las tres voces desconsoladas de rigor, nos enteramos de que hay una serie española que transcurre íntegra en la isla de Hierro y que tiene por título el propio y escueto nombre de la isla: Hierro. Nos ha faltado tiempo para verla con ojos de recién llegados a la isla que son, y está muy bien buscado el recurso narrativo, los de la jueza protagonista a quien han premiado con destino tan apetitoso para urbanitas de rancio abolengo... 
          Pronto, sin embargo, logramos desasirnos de esa mirada para buscar la libertad del viajero por libre, porque, al margen del seguimiento de la trama, este espectador al menos no perdía ojo de todos y cada uno de los planos que nos mostraban las bellezas espectaculares de una isla que se me ha metido pero que muy adentro, porque ese desnivel, en tan poco espacio, de kilómetro y medio de altura, que tanto me recordó el descenso del Teide por el valle de La Orotava, sugiere unas excursiones para rozar el éxtasis contemplativo. Que la mitad de la isla tenga el paisaje volcánico básico de Lanzarote es, de por sí, otro incentivo más que añadir a la poderosa impresión ascética que provoca un marco natural que es, sin lugar a dudas, la mejor puesta en escena que podría tener cualquier película, o serie, como en este caso. En una película, la repetición de los mismos planos del paisaje -salvo intenciones expresas de quien la dirija- me hubiera parecido una pobreza expresiva; en esta serie, uno de sus indiscutibles aciertos. Los espectadores logramos familiarizarnos con unos paisajes y unas perspectivas que, aun vistos y revistas a lo largo de los capítulos, jamás logran dejarnos indiferentes a su belleza. Da igual que, en plano aéreo, recorramos la costa o que nos internemos en los bosques de laurisilva, o que surquemos en coche las carreteras oscuras del valle por caminos que apenas erosionan la pureza del paisaje en el que han sido abiertos. ¡No digamos ya, cuando las cámaras se sumergen en ese paraíso de buceadores que es la isla! Cualquier rincón de Hierro es un  estado del alma.
         La trama de la serie gira en torno al asesinato de un joven cuyo cadáver es descubierto el mismísimo día de su casamiento. El padre de la novia, para quien trabajaba el chico en una plantación de plátanos, que es tapadera a su vez, de la dedicación de ambos al contrabando de droga, es detenido inmediatamente como sospechoso. Tales hechos suceden justo en los días previos a la celebración de La Bajada, una romería religiosa que acompaña el descenso de la Virgen cada cuatro años, el primer sábado de julio, la festividad por excelencia de la isla. Baja des la ermita de la Dehesa de Sabinosa hasta la capital de la isla, Valverde, desde donde recorrerá, después, los pueblos de la isla, antes de volverla a subir a su ermita. O sea, que propiamente hemos visto la serie "cuando tocaba", en el mes de julio. 
         "En El Hierro todo el mundo se conoce, su Señoría" es el trasfondo social de la investigación judicial del crimen, una realidad que, en vez de favorecerla, la entorpece. Que el padre de la novia haya cumplido condena por homicidio en la península, diez años antes, acaba de "simplificar", en apariencia, las cosas. Con el sobreentendido del falso culpable, un tema clásico en el cine, arrancan unas pesquisas que no tardarán en irse complicando de un modo, sin embargo, muy natural. Los personajes principales corren a cargo de Candela Peña y de Darío Grandinetti, y ambos, sobre todo él, dan la talla sobradamente. Ahora bien, sin la excepcional corte de actores que les rodean, la serie no hubiera sido lo mismo de ninguna de las maneras. Sin Juan Carlos Bellido, el sargento Morata; sin la elegantísima Yaiza Guimaré, la esposa de Grandinetti; sin Kimberley Tell, la hija de ambos; sin Luifer Rodríguez, el abogado de ambos esposos; sin Saulo Trujillo..., en fin, toda la nómina que le da a la serie una verosimilitud extrema, porque, propiamente, salvo casos contados, el plantel de actores sale de las islas Canarias, con lo que ello supone en términos de realismo. El hecho de que la protagonista tenga el mismo nombre que la actriz se debe, creo yo, a esa "naturalidad" de la reserva con que se acoge a la nueva "autoridad" de la isla, donde ejercerla, y más en los días de La Bajada, no es fácil. No he de olvidar, aunque tenga un papel relativamente corto, la aparición de Antonia San Juan como Samir, una jefa del bisnes de la droga en Tenerife: ¡Poderoso e impresionante personaje el que construye con sus excelentes recursos interpretativos!
         En términos generales, y dejando de lado mi interés geográfico y paisajístico -bebía cada plano de esa maravilla volcánica con un ansia infinita de poder pasear por esos espacios tan sugerentes lo antes posible- la trama tiene los suficientes atractivos como para "consumirla" en cuatro noches, a dos capítulos por noche, por exigencia del ritmo circadiano; porque lo verdaderamente suyo es metérsela entre ceja y ceja en dos sentadas, a razón de cuatro capítulos por sesión. No sé si se debe al pautado progreso de la trama o a que no tenía ganas de que se acabara tan pronto, pero el único fallo muy relativo que le encuentro a la serie es lo precipitado del final. Deberían haberlo alargado algo más, de modo que saboreáramos mejor el modo como los criminales siempre acaban cometiendo errores que los delatan; pero, ya digo, es un reproche menor, tras tantas horas de satisfacción narrativa y descriptiva. 
    En cierta manera me ha recordado, y no solo por la presencia dominante de la Guardia Civil, la excelente serie gallega El sabor de las margaritas, cuya segunda temporada no sé si la habrá detenido o no el coronavirus. Con todo, la serie gallega iba a ambientar en territorio urbano su segunda entrega, pues la primera transcurrió en el campo. Me dicen que Hierro puede tener una segunda temporada, pero no sé si el espacio, tan maravillosamente ofrecido en la serie actual, puede servírsele al espectador de manera tal que vuelva a  sentarlo en la butaca del salón e imantarlo a la pantalla con la habilidad con que la primera temporada de la serie lo ha conseguido. Veremos.

jueves, 9 de julio de 2020

Visita a la madre.


La biología y el carácter o el Genio y figura...

          Acabado el arresto domiciliario decretado por el Gobierno, con la aquiescencia de suficientes grupos parlamentarios para llevarlo coercitivamente a la práctica, he viajado los 615 quilómetros, de puerta a puerta, que me separan habitualmente de mi anciana madre, a quien, durante la pandemia, ha cuidado con mimo severo y un punto sobrepasado mi hermano doctor, muy sensible, también, a cualquier enfermedad infecciosa por haber superado una leucemia. Entre delicados andaba el juego, pues.
         Noventa y tres años, con una osteoporosis galopante que te inclina hacia la reverencia, por altiva que seas, amén de la delicadeza coronaria y otras lindezas varias, no son poca cosa; y si se llevan, además, sin perder la confianza en la coquetería que te permite ofrecer la mejor imagen de ti misma con una buena sesión de peluquería y las mejores galas del fondo de armario, son un reto a la despiadada obra biológica del tiempo.
         Madre no hay más que una suele ser una afirmación que pone de manifiesto el vínculo casi sagrado que une, biológicamente, a cualquier hijo con su madre, recordándole no solo de dónde viene, sino, también, las prerrogativas que las madres están dispuestas a ejercer, en forma de cuidado de la prole, hasta el día de su muerte, ¡y por más que sus proletarios pasen de la sesentena...!
         Como mis visitas se producen con un intervalo de entre tres y seis meses, no ha habido ningún plus de emotividad sobreañadida, porque cuando la madre de uno tiende a la sobreactuación, resulta difícil no sentirse abrumado. Mi política de proximidad es por lo tanto, la naturalidad absoluta, la relativización de cualesquiera males y hacer bandera del humor, por más que la interlocutora carezca radicalmente de él, pero eso son ya carencias comunes en muchas gentes con las que nos relacionamos habitualmente.
        Son extrañas las relaciones con la propia madre cuando, siendo esta de tanta edad, los hijos casi parece que les hayan recortado la distancia y hasta las venzan en achaques o deterioro físico. Dos figuras seniles que se sientan una frente a otra, ambas con tantos recuerdos desfigurados que se entabla una dura pugna por quién lleva razón  sobre si tal cosa fue así o asao, y, sin caer en la graciosa rivalidad de Lemmon y Mathau, hay algo de prurito de justo recordar que se dirime en esas sesiones de charlas que solo suelen tener el pasado lejano familiar como tema casi exclusivo de conversación, amén de los achaques presentes, los cuales admiten una y mil variaciones sobre el grado exacto del dolor que provocan o la geolocalización precisa de los mismos. Nunca como en la vejez el cuerpo se convierte en una atlas geográfico, olvidando el atlas político de los deseos.
         Los padres son, para los hijos, figuras inmutables que atraviesan los años desde una vejez que el hijo les adjudica prácticamente desde que ellos tienen siete años, y aunque los padres no pasen de los cuarenta. Ello provoca que su personalidad y su carácter también tengan algo de monolítico; de ahí el "Genio y figura..." del título, porque los hijos "comprobamos" las constantes caracteriológicas de los padres estén estos en la etapa de su vida que estén y a pesar de que incluso hayan rehecho su vida después de un divorcio, por ejemplo. Los padres no cambiamos, por definición, en el libro blanco de las generaciones en el que a todos se nos pone de vuelta y media. Y lo mismo sostenemos los padres como hijos de los nuestros.
         No voy a revelar aquí intimidades descontextualizadas que sé que a mi madre no le gustaría ver escritas, salvo que me atreviera con una narración biográfica de la que renegaría mil veces, tras haberla leído, porque ¿hay algo más distante que la visión que tenemos los hijos de nuestros padres de la que tienen ellos de sí mismos? Simenon sí lo hizo, y escribió un libro maravilloso. Kafka, también, y escribió un libro muy amargo.
          Lo que pretendo es dejar constancia de la obra de resistencia que es cualquier cuerpo humano frente a la muerte: una prodigiosa máquina capaz de superar cualesquiera adversidades frente a las que no se doblega. Tras la muerte de su primogénito, es cierto que mi madre, cuando se siente depre, repite esa letanía de todas las madres a las que la incuria fumadora de algunos hijos las han privado de ellos: que qué hacen ellas aquí, que bien podría haber sido al revés, que aquí ya no pintan nada, et sic de caetaris. En más de una ocasión, ante la insinceridad obvia de tales manifestaciones, cualquier hijo habrá tenido la tentación de decirle: "pues deja de tomar las dieciséis pastillas que te tomas cada día y asunto resuelto"..., pero es tal la crueldad de semejante desenmascaramiento que nadie nunca se atrevería a tan execrable acto. Lo cierto es que el ritual de la ingesta de las pastillas diarias, catorce, creo, en el caso de mi madre, es un hecho significativo del modo como nos aferramos a la existencia con las clásicas uñas y dientes, con un sí sé qué de exhibición de salvajismo y sed de vivir. Y está bien que así sea. 
         A pesar de haber convivido con seis hombres, su marido y cinco hijos, mi madre ha sido un excelente y ordenancista "sargento de caballería" con mando en plaza, en propia y en ajena. Una feminista a fuerza de reivindicarse frente a su circunstancia, y a fe que no he conocido a otra en mi vida tan aguerrida como ella, tan luchadora y tan tenaz y aun contumaz. Aunque hija de tiempos conflictivos y nada propicios para la emancipación de la mujer, echando la vista atrás es admirable la capacidad de lucha de mi madre para no dejarse avasallar ni por su marido ni por sus hijos ni por nadie. Aún nos reímos juntos de la "batalla de los pantalones" que sostuvo con su marido cuando yo no tenía más de nueve años y seguí, como un serial televisivo, unas disputas que ellos debieron de creer que eran privadas, pero que tenían en mí un subyugado espectador a prudente distancia. Y así con casi todo. Porque nada tan evidente como que la mujer ha tenido que ir ganando sus espacios de libertad con luchas como esas, minúsculas, cotidianas, pero trascendentales. Uno ignora de dónde le vienen determinados rasgos de carácter, como este de la rebeldía, y me divierte que haya de de reconocer que me viene de quien, por otro lado, siempre ha militado en el tradicionalismo religioso conservador, antítesis de mi propia manera de pensar. Paradojas familiares.
        Sacar a pasear a mi madre es todo un ritual para quien apenas puede dar veinte pasos sin ahogarse y tener que parar para descansar, antes de llegar a los disputados bancos donde exponerse al sol que, para ella, es la vida. Son muchas personas mayores las que viven en los alrededores y los bancos son presa codiciada, sobre todo en invierno. Una vez, hace un par de años, fue atracada estando en uno de ellos para robarle un collar que, por el tirón salvaje del delincuente, casi nos la degüella... Pero eso son lacras sociales contra las que se declaran incompetentes los munícipes y los ministros, como es evidente para cualquier observador imparcial de nuestra vida política. El ritual del baño regenerador de sol, la mejor vitamina D, es uno de los grandes momentos del día, sin duda, y, a pesar de ser yo solfóbico, no sólfilo como ella, me sumo gustosamente.
          Cuando voy a ver a mi madre no hago otra cosa que acompañarla durante todo el día. Madrid, así pues, es casi una ciudad-enigma para mí. Encerrado en su modesto apartamento de dos piezas, apenas tengo tiempo para leer o continuar otros trabajos que siempre echo en la mochila por si acaso... , un caso que solo se da durante la desconexión de la siesta, tiempo para las noticias, el crucigrama y algo de la lectura nuestra de cada día. Como suele suceder con personas tan mayores que incluso se cansan de hablar, no por ello dejan de requerir una atención que has de satisfacer constantemente: ¡como para quedarse callado unos breves instantes! La seria dificultad de visión le ha supuesto a mi madre una de sus grandes penalidades: ¡no poder leer! Devota como es de la religión de la Meditación Trascendental, uno de sus grandes placeres era leer los libros hagiográficos y místicos de su secta religiosa. Hasta hace poco le leía una señora a quien habíamos contratado para ello, pero como trabajaba en una residencia de ancianos en la que había habido contagios, hubimos de cancelar el contrato por causa de fuerza mayor. Yo siempre la animo a esfuerzos que, quizá solo desde su edad, se vuelven un Himalaya, como dictar lo que le venga en gana: memorias, reflexiones, diatribas... Está claro que a los noventa y tres el élan vital no tiene la elasticidad que a edades anteriores, y que se va quedando rígido, como un presagio del rigor mortis; luego está esa suerte de pereza del ¡qué más da!, esa sabia indiferencia estoica que es un desasimiento natural de todosin que nos cueste nada... La vitalidad corre por debajo de cualquier pesimismo y se manifiesta de las maneras más insospechadas, como la coquetería o el genio desabrido capaz aún de plantar batalla por el prurito del amor propio...
        ¡Ojalá algo de esos genes ultrarresistentes se hayan instalado en mi indomeñable espíritu de fondista fondón...!
        
         

jueves, 25 de junio de 2020

«El ‘confort’ de la Cámara». Un texto jocoso-escatológico de Azorín sobre el Congreso...


La sede de la soberanía popular vista con los ojos críticos de un maestro del estilo: Azorín o la mejor tradición de la muy española picaresca...



                                                                                                                         4 de febrero de 1906

Cuando penetramos en el recinto del templo de las leyes, lo primero que llama nuestra atención es la alfombra que pisan nuestros pies; a juzgar por esta alfombra no sabemos si nos hallamos en un edificio donde se alberga una de las más altas instituciones españolas, o en un viejo casino de provincias, donde el gobernador hace tiempo que no deja jugar. Nada más sucio, más lleno de polvo, más raído que esta alfombra. Y si tendemos nuestra vista por los parajes inmediatos a las puertas por donde se penetra en el salón de sesiones, entonces es posible, es seguro que sintamos la más viva vergüenza. Pero no nos avergoncemos tan aína; todavía nos queda algo que andar en la jornada de hoy. Acaso estando aquí, en la Cámara popular, se nos ocurra escribir una carta; nos dirigimos al escritorio. Si somo diputados, un ujier nos proporcionará papel con e membrete de nuestro distrito. Si no representamos a ningún pedazo de nuestra España, entonces nos acercaremos discretamente a este ujier, le pediremos papel en que escribir, y él, después de mirarnos atentamente, de arriba abajo, nos entregará con mucha lentitud, y como quien nos hace un gran favor, uno o a la sumo dos plieguecillos de cartas. El papel de estos plieguecillos es bastante inferior; pero podemos darnos por satisfechos, por muy satisfechos, si, al fin, lo hemos logrado.
Y ya hemos escrito nuestras cartas. ¿No podrá darse el caso, ahora, de que nosotros, aquí, en el Congreso, sintamos una necesidad inaplazable? Es posible; en este caso, nos encaminamos sin pérdida de momento en busca de una de las camarillas excusadas. Diremos, ante todo, que en el Congreso estas camarillas están situadas en dos departamentos; las tales camarillas tienen, es cierto, un a modo de respiradero o tapa de cristal en el techo; pero estos respiraderos están todos comprendidos bajo el techo común del departamento, y este departamento no tiene más aireación y ventilación que la que puede prestarle el pasillo que circunda la Cámara, y donde los diputados se reúnen.
Y dicho se está que hay días en que, desde el momento en que se penetra en el edificio, se tiene la prueba patente -que el olfato nos proporciona- de esta insoportable y absurda falta de aireación. Y debemos añadir, aunque corramos el riesgo de que no se nos crea, que, para agravar tamaño atentado contra la higiene, hay muchos señores (no sabemos si diputados o no) que se olvidan de tirar de una sutil cadena que existe en tales camarillas, y que no son pocos los días en que en los tan repetidos lugares es absoluta la falta de la indispensable agua corriente. Y sigamos con nuestras aventuras. Cuando hemos salido de los dichos departamentos, nos dirigimos, como es natural, en busca de un lavabo. Mas lavarse las manos es una empresa de las más arduas en el Congreso. Existen en la Cámara popular unos lavabos; pero estos lavabos están reservados exclusivamente a los diputados. Y como es mucha la gente que concurre al Congreso y que no representa al país, resulta que estos concurrentes a la Cámara popular se ven en el trance de no poder lavarse las manos; y resulta también que, como los sindicados lavabos están lejos de las camarillas, los diputados que salgan de estas para dirigirse a aquellos tienen que recorrer un gran trecho de camino, y se ven expuestos al riesgo de encontrarse en su carrera a amigos y conocidos que les tienen la mano con objeto de saludarlos.
¿Qué es lo que en esa situación deben hacer los diputados? Que conteste cada cual como quiera a esta pregunta. Nosotros, en honor de la verdad, hemos de consignar que en uno de los departamentos citados existe una diminuta palangana. Nuestra alegría al descubrirla ha sido inmensa. Pero pronto hemos comprobado que el hilo de agua que arroja el grifo situado sobre ella es tan sutil que hemos tenido que esperar para llenarla dos o tres minutos; hemos visto después que el jabón que se hallaba a su lado era un fragmento tan microscópico, que apenas podíamos cogerlo, y nos hemos dado cuenta, finalmente, de que la hazaleja o toalla en que nos enjugábamos las manos, mas que a blanco, tiraba a gris o a negro. Y tenga en cuenta el lector que esta hazaleja y este jabón podrá encontrarlos los días en que hay sesión en la Cámara, pro no en aquellos festivos o en que la Asamblea no trabaja, puesto que, en ellos, jabón y toalla son cuidadosamente, celosamente, guardados.
¿Diremos que lo mismo pasa con la calefacción, es decir, que En el Congreso no hace frío oficialmente más que cuando los diputados deliberan? ¿Hablaremos ahora de la luz, o sea del esfuerzo gigantesco, enorme, que se hace para no iluminar la Cámara sino cuando ya las tinieblas impiden que nos veamos unos a otros las caras? Clásico se ha hecho en el salón de sesiones el grito de: «¡Luz, luz!» ¿Apuntaremos también, pasando a otro asunto, la falta de escupideras que se nota en algunos parajes de la casa? Una tan solo hemos visto en lugar tan frecuentado como el pasillo circular. Y aprovechamos la ocasión para dejar sentada la costumbre genera que hemos observado en el Congreso de escupir en la alfombra. Y después de esto tendríamos que hablar del servicio deficientísimo del cafetín o cantina; de la tosquedad de los vasos en que se sirve el agua (más propios de una tabernilla que del templo de las leyes); del estado lamentable del moblaje; de la falta de lavabos y departamentos particulares para las señoras que asisten a las tribunas; de la lenidad lamentable en conceder pases de entrada en la Cámara, etc., etc.
Nos contentamos con lo apuntado. ¿Qué idea formarán de la nación española un inglés, un alemán, un francés, un norteamericano, que vengan a España y visiten este edificio en que e alberga uno de los más altos poderes del Estado? La casa es el dato más seguro para juzgar al morador; por los minúsculos detalles de la vida diaria y prosaica, podemos colegir los gustos, las inclinaciones el estado de civilización, la sicología, en fin, de un pueblo. Un millón doscientas veinte mil ochocientas pesetas tenemos entendido que cuesta el entretenimiento anual del Congreso. Ellos bastan para lograr un poco de comodidad y de limpieza.
Ayer no aconteció nada en la Cámara: hemos querido aprovechar esta tregua para hacer las expresadas observaciones.

martes, 2 de junio de 2020

Una reflexión oportuna de Samuel Johnson sobre la democracia británica.



Observaciones sobre el actual estado de la nación o por qué Gran Bretaña es la primera democracia del mundo...

                   «Está por llegar el tiempo en el que todo ciudadano inglés dé por sentado que dispondrá de cumplida información sobre el estado de la nación, tiempo en el que tendrá derecho a ver satisfecha esa expectativa. Y es que, dejando a un lado lo que urjan los ministros, o aquellos que por vanidad o interés pasan a ser acérrimos partidarios de los ministros, en lo tocante a la necesidad de que tenga la ciudadanía confianza en quienes nos gobiernan, y la presunción de sondear con ojos profanos los más recónditos rincones de la política, es evidente que dicha reverencia solo pueden exigirla consejos cuyas deliberaciones todavía no se han puesto en práctica y proyectos aún suspensos y pendientes de deliberación. Sin embargo, cuando un designio da en éxito o en fracaso, cuando los ojos y los oídos de todos son testigos del general descontento, o de la satisfacción general, sobreviene el momento apropiado para desenmarañar la confusión y para esclarecer lo oscuro, para mostrar debido a qué causas se ha producido cada acontecimiento y con qué efectos es probable que termine, para exponer con todos los pormenores lo que el rumor siempre acuna en exclamaciones del común, o bien confunde y sume en el desconcierto debido a relatos mal digeridos e incluso indigestos, para poner de manifiesto, en suma, de dónde proviene la felicidad o la calamidad, y dónde por tanto es preciso esperar una o la otra, y para tender, en fin, con honradez y sin tapujos ante el pueblo las indagaciones que del pasado puedan espigarse y las conjeturas que del futuro puedan estimarse.»  
Aquí vemos, asumido como principio incontrovertible -remacha Boswell, su biógrafo- , que en este país el pueblo es el superintendente de la conducta y de las medidas que tomen aquellos que tienen en sus manos el  gobierno de la nación.
         A ver, ahora, si algún día seremos capaces, en España, de asumir principios democráticos de los que los ingleses disfrutan desde 1756, fecha de esas líneas lúcidas de Samuel Johnson..., y nos olvidamos de la opacidad con que actúan los gobiernos, como si su único poder real fuera ocultar información, en vez de ser transparente y someter sus dichos y sus actos al único "superintendente" capaz de enjuiciarlos y rechazarlos o aprobarlos: la soberanía nacional.


jueves, 21 de mayo de 2020

Irse de cámaras y no a rodar...


Un virus estomacal justo antes del virus pulmonar o la lucha desigual contra los patógenos tan interesados en nuestras humildes carcasas...*

         Los deportistas siempre hemos sido muy sensibles a la biología, especialmente al examen de nuestro propio cuerpo, sobre todo si hemos padecido lesiones que han requerido atención medica y rehabilitación. De ahí a interesarse por la medicina en general hay un corto paso. Yo lo di. Entre mis programas de televisión favoritos estaba uno que no les gustaba nada a los profesionales, porque veían en él una trivialización de un trabajo tan serio como el suyo: En buenas manos. Estaba dedicado a la retransmisión de operaciones quirúrgicas y jamás me defraudó, aunque reconozco que, después de haber visto todas las intervenciones imaginables en el cuerpo humano, nada me impresionó más que una cirugía plástica sobre el rostro, que fue, literalmente, retirado hacia la frente para dejar ante mi atónita mirada el revés de la trama, digámoslo así... Prestar atención a la evolución hacia la vejez del propio cuerpo es, por extraño que pueda parecer, una dedicación gratificante, cuando la curiosidad es la madre de todos los vicios gnoseológicos. Mi madre siempre me dice que equivoqué la carrera, que en vez de Filología, debería de haber hecho medicina, a juzgar por mi interés sobre esa realidad que, en la medida en que nuestros cuerpos son, por definición, falibles, a todos nos afecta.
        ¿Y  a cuento de qué viene el preámbulo confinado? Pues a la insólita intuición de que el ataque vírico que sufrí poco antes de que emergiera la preocupación universal por la pandemia pudiera estar relacionado con ella. La doctora que me visitó en casa diagnosticó una gastroenteritis de origen vírico y, sin otro tratamiento que la dieta blanda y el socorrido paracetamol para la fiebre intensa, me dejó abandonado a un padecimiento insufrible para el que no veía, en el horizonte inmediato, la más mínima mejora. Un día antes de caer en ese lamentable estado en el que me vi sumido había ido al ambulatorio para que me administraran la vacuna contra la agresiva urticaria que tanto me ha hecho sufrir.
        El estado peca de escatológico, porque sufrí una diarrea como jamás la había sufrido en mi vida y que me tuvo tres noches seguidas yendo cada diez minutos al excusado, ido de cámaras, que solía decirse antiguamente, y que me trajo a la memoria la imagen punitiva de una película, Delicias turcas, de Paul Verhoeven, en la que aparece la protagonista, enferma terminal,  a la que se le ha habilitado un lecho en el que puede irse de cámaras sin necesidad de levantarse. Llegué a pensar si lo mío era una disentería, pero la ausencia de sangre impedía tal diagnóstico. Por fuerza, pues, había de seguir en el diagnóstico del virus.
        La fiebre alta, siempre por encima de 38, sin desmayo; la imposibilidad de comer y de beber; la meditación constante en el retrete, apoyado en el lavabo para descansar la cabeza sobre el antebrazo...; todo, pues,  indicaba que había entrado en un proceso de consunción, como si el propio organismo se hubiera rebelado contra sí y me amenazara con no seguir adelante, ¡después de tantos años juntos, con sus buenos y malos momentos...! 
         Ahora, a virus pasado, y sabiendo que, además de la afectación pulmonar, se baraja que la diarrea puede ser un indicador fiable de haber sido infectado, he llegado a preguntarme si aquella insólita virulencia -¡jamás en toda mi vida había pasado una gastroenteritis de esa envergadura! (palabra, por cierto, en las antípodas de mi estado físico...)- no fue un primera manifestación no catalogada de la aparición del virus, que, según las últimas fuentes fiables, corría por nuestra país desde finales de diciembre... ¡Con decir que en cinco días adelgacé cinco quilos, lo digo casi todo! Me era imposible no ya comer, sino incluso beber.  Un asco inmenso me mantenía la boca cerrada, el cuerpo devastado  y el ánimo por los suelos... Me arrastraba por el piso como un auténtico fantasma. 
         Hace unos días vino a la finca el técnico del ascensor, quien fue la única persona que me vio en esa condición lamentable en su día, porque hube de facilitarle la llave de la sala de máquinas, y me recordó lo muy mal que me había visto la vez anterior que vino: "Con  todo esto del virus, me acordé de Vd., y de cómo estaba.Si estuviera así ahora, con la que está cayendo, iba a estar bien cagadico..." ¡No sabía él, tan afectuoso, que cagadico, lo que se dice cagadico, lo estuve entonces...! Si tuviera fiebre en estos días y esa tos seca que dicen que distingue a los infectados, no sabría si, a pesar del peligro que encierra pasar la infección, estaría incluso contento de poder pasarla y "quitármela de encima"...
        Lo pasé tan mal aquellos diez días de debilidad extrema y de deposiciones líquidas en chorro continuo que no creo que los males del nefasto covid-19 me postraran como lo consiguió aquel otro virus anónimo pero lleno de ánimo iniurandi... 
        La recuperación fue tan lenta como súbita fue la caída en la postración. Desde el primer sorbo de agua con limón hasta el primer arroz hervido o la primer manzana asada, cada nuevo paso que daba me reconciliaba con el gusto y con el olfato estragados, dos sentidos a los que, por cierto, también afecta este otro virus. ¡Con qué afán vigilante escrutaba, como redivivo Galeno, las heces para evaluar la consistencia que me permitiera dar por superado el ataque! No fue cosa de tres días ni de cinco, y, como le pasó a mi Conjunta con el primer caldo de pollo que tomó tras el ayuno dictado por la cesárea de nuestro primer vástago, ¡ningún alimento más sabroso que la pechuga de pollo a la plancha cuya mitad, o menos, conseguí comer un día!, fecha que erigí como el hito definitivo de lo que sería una rápida recuperación del peso perdido...
        Cualquier mal pugnaz es un desafío que nos plantea la biología, y cada cual sabe de sus males cuáles son los malos y los peores, pero no le deseo a nadie que pase por el desagüe que sufrí hasta quedar seco como un terrón del desierto de Tabernas y enteco como nunca antes en toda mi vida. Si las pruebas del covid-19 no fueran tan caras, la pasaría por la curiosidad de si han quedado huellas de haber tenido algún contacto con él. En fin, deseo que llegue antes la vacuna que el nefasto momento en que hayan de pasármela porque me lo hayan contagiado... De momento, guantes y mascarillas, ¡incluso para salir a correr! Que si me pilla desprevenido, no me pille desprotegido.
*Teniendo en cuenta que la pandemia del coronavirus advino al poco tiempo de haberme ido yo de las antedichas cámaras, me sugiere mi Conjunta la posibilidad de que haya sido un "adelantado" y que haya pasado la infección del virus "a pie enjuto y culo licuado" en mi propio hogar, por más que no haya contagiado a nadie. En fin, dada la racanería con la que hacen las pruebas del PCR y las serológicas, no sé si llegaré a salir de dudas al respecto. Lo que puedo atestiguar es que los diez días de padecimiento estuvieron a la altura de lo que se cuenta de los enfermos del covid19, desde luego. En fin. Sigamos con la mascarilla y el gel hidroalcohólico...

viernes, 1 de mayo de 2020

Los crucigramas como escuela de léxico y manantial de sorpresas…



El descubrimiento del catalán casi imposible de oír ni en la calle ni en los media…


¿Por qué mots encreuats o mots enreixats, como definió Tísner a sus crucigramas y no *creugrames en catalán? No ignoro que la reforma lingüística de Pompeu Fabra buscaba también, como efecto colateral seleccionar un estándar de lengua que se diferenciara lo más posible del castellano «invasor», de modo y manera que se rompieran los puentes de entendimiento entre ambas lenguas, que fuera de Cataluña se oyera el catalán  como una lengua auténticamente «extranjera», obviando los innumerables lazos léxicos y estructurales que hay entre una y otra y que, con un mínimo de buena voluntad, de conocimientos gramaticales, un amplio vocabulario y un poco de latín escolar  permite una comunicación fluida entre hablantes del castellano y el catalán sin apearse de la propia lengua y, obviamente, sin necesitar un traductor.
         Los puristas son los principales enemigos de la comunicación, aunque se presenten como los primeros defensores de la lengua. Para ellos, como lo era un profesor que tuve en la Facultad y que, para su mal de piedra, nos enseñaba Sintaxis de la lengua española, la invasión del castellano en Cataluña había roto definitivamente el ecosistema sonoro de la lengua, porque se perdían, al contacto con el «todopoderoso» castellano, la «preciosa» fonética primigenia del catalán tal y como se había hablado siempre en Cataluña desde el nacimiento del idioma, allá por… (y en este suspense cada cual pone la fecha mítica que más le cuadra; y aun algunos se remontan, como los vascos con el vascuence, al Génesis…). El purismo tiene algo de secta preconciliar católica. Es algo así como un Lefevrismo que prefiere resucitar el latín, ya puestos, declarando la inequívoca condición de dialectos deturpadores del mismo que fueron, en su día, las lenguas vulgares. La resistencia a ultranza antes que  humillarse al «mestizaje», como acabo de ver en Código 46, de  Michael Winterbottom, una película futurista en la que la koiné dominante mezcla el inglés, el italiano, el francés y el castellano… ¡Menudo debate «nacional» entre el famoso vaixell y el barco supuestamente castellanizado; como entre el petó y el bes o el got y el vas… Ganas, en definitiva, de buscar bronca y de rezumar la caspa del supremacismo identitario.
         Soy una persona muy aficionada a los crucigramas y, en especial, a los de Fortuny, en La Vanguardia, porque, muerto Peko, el autor de los de El País, no hallé mejor relevo para él. En el libro de crucigramas que editó junto con los de Màrius Serra en catalán me faltaban por hacer estos. Ya los he acabados. De 100, solo 7 los he hecho sin cometer fallos, y en los demás, el rango de letras equivocadas va desde 1 a 30, en los días más espesos y aciagos. Me he divertido lo que sí está escrito, y, el deber final ha sido este: ir a buscar al diccionario todas y cada una de las palabras que desconocía o que había oído y/o leído muy pocas veces.
         Está claro que toda lengua posee un caudal léxico inalcanzable para los usuarios, excepto que se sea lexicógrafo, se disponga de una memoria eidética y uno haya preferido sumergirse en los lexicones antes que en la vida. Salvo en ese caso, el resto de los mortales podremos tener un vocabulario mayor o menor, pero jamás nos acercaremos a una competencia máxima. Recordemos que los lexicones han tenido a bien introducir en ellos términos científicos de numerosas disciplinas que nos dejan a los profanos totalmente a oscuras: la botánica, la zoología, la química, etc., añaden al diccionario una dimensión técnica poco menos que imposible de dominar. Por otro lado, ciertas actividades humanas muy especializadas como la agricultura, la ganadería, la pesca -¡y todo el lenguaje de lo relacionado con el mar, la náutica, etc.!- y otras similares, con las que la mayoría de la población ha perdido contacto, tiñen de oscuro, muy oscuro, buena parte de esos diccionarios que alimentan los crucigramas en los que encontramos tales términos como quien halla piras preciosas, maravillosas, pertenecientes a mundos ignorados pero que, como quería Eluard, están en este nuestro de cada día, tan urbano, tan chato, tan inexpresivo…
Comencemos por donde toca, por el principio y veamos tes muestras de voces poco usuales, al menos para quien tiene el catalán como segunda lengua: Acaule. adj. [BO] De tija tan curta que sembla inexistent, ja que en ésser molt curts els entrenusos, les fulles surten totes juntes fent una roseta a la base. El plantatge i l’atzavara són plantes acaules. Acopar. 1 1 v. tr. [LC] Tancar, cloure, (allò que és badat o desplegat). Afrau. m. Congost. [LC] [GL] Vall estreta i pregona entre muntanyes.  Los entendidos advertirán que tomo las definiciones del diccionario del IEC, que viene a equivaler a nuestra RAE, aunque me temo que con más carga ideológica.
No son pocas las palabras que se usan también en español, aunque acaso, como pasa en catalán, no con la frecuencia de uso que nos gustaría a los amantes de voces tan nuestras como aguisar/ Aguisar. v. tr. [LC] ant. Preparar, disposar d’una manera convenient o glabro/glabre. -a. adj. [BO] [ZOA] [MD] Mancat de pèls. Glabro, por cierto, la recoge Dimas en Mas en su diccionario El tesoro olvidado. Atresia/ Atrèsia. f. [MD] Absència congènita d’un orifici natural o oclusió de la llum d’un òrgan tubular. Basilar/ Basilar. adj. [MD] Relatiu a la base, situat a la base, que serveix de base. Ossos basilars del crani. Artèria basilar. Drupa/ Drupa -es. f. [BO] Fruit carnós amb l’endocarpi llenyós i dur, el pinyol, que enclou una sola llavor. Estol/ Estol. 1 m. [TRA] Grup de naus d’un mateix bàndol. 2 m. [LC] Colla 1 1 . Un estol de noies. En este caso de estol, que el español toma del catalçan, restringimos el significado a «comitiva, acompañamiento», lo que amplía notablemente sus posibilidades de  uso. Labro/ Labre.  1 m. [ZOA] Peça imparella de l’aparell bucal dels insectes, situada en posició dorsal respecte a les altres i articulada amb el clipi. 2 m. [ZOA] Vora externa de certes conquilles univalves, que tiene su justificación en el hecho de formar parte de lenguaje científico cuyas raíces grecolatinas lo uniformizan en no pocas lenguas. En otras ocasiones, disponemos de idéntica palabra y muy diferente significado, es el caso de Quisca. 2. f. vulg. Chile. Cierto tipo de cuchillo o arma blanca. 3. f. pl. coloq. Chile. Cabello tieso y Quisca.  f. [LC] [MD] Brutícia adherida a la pell o als pèls, si bien una apasionante investigación etimológica nos iluminaría con alguna luz esa diferencia. Saín/Saïm. 1 m. [LC] Sagí 1 1 .2 m. [LC] Llard, palabra en la que hasta el sinónimo de la definición forma parte del léxico castellano, con la larda, la grasa de los cetáceos o el lardero del «jueves lardero» del inicio de la Cuaresma, el «dijous gras» del catalán. Otras voces, como Sialismo/Sialagog. 1 adj. [MD] Que estimula la formació de saliva.2 m. [MD] Medicament sialagog compartern el prefijo helénico, σίαλον, 'saliva', lo que las acerca enormemente y facilita su comprensión en ambas direcciones. Finalmente, Ustorio/Ustori. adj. [LC] Que té la propietat de cremar, que no pueden dejar de ser iguales en razón de su condición de cultismo procedente del latín:. ustor, -ōris. Entre Chusma y Xurma. 1 f. [LC] [HIH] Conjunt de galiots d’una galera. 2 f. [LC] Conjunt de gent baixa, vil. por ejemplo, no hay más que diferencias fonéticas, algo que se traslada a la grafía y da la falsa impresión de una distancia entre ambas que no existe, lo que se demuestra en cuando nos acercamos al origen etimológico de la palabra. A veces, por el contrario, se muestra a simple vista el origen común etimológico, como pasa con artero/ artec. Artec -ega. adj. [LC] Enginyós a trobar la manera, el camí, etc., d’aconseguir el fi que es proposa, ambas procedentes del latín ars artis.
         Siempre es una fuente de sorpresas el diccionario y, a poco que uno disfrute algunas tardes de él, son muchos los hallazgos que le dejarán boquiabierto, bocabadat, dado el acervo de voces que solemos ignorar que están a nuestra disposición. En los crucigramas aparecen como por ensalmo, por el arte de los cruces no genéticos; pero en la vida corriente puede pasar toda una vida sin que hayamos escuchado o leído ciertas palabras. Para evitar esa circunstancia nació mi afición a la lectura de diccionarios, para haberme dado el gusto de, al menos, haber conocido todas las voces de que disponemos en el archivo oficial de las mismas, por más que esa magna obra no agota, ni mucho menos, la realidad léxica de nuestra lengua, y ahí están los diccionarios de argot, de voces extranjeras, de terminología pluridisciplinar, etc. ¡Una fuente inagotable de lecturas apasionantes! Y todo ello con la convicción de que tal dedicación ni te hace más inteligente ni más informado ni, ¡hasta me atrevería a decir!, mejor persona, aunque sobre esto último tengo mis reservas.
         Yendo de unas lenguas a otras, del español al catalán, al gallego, al portugués, al inglés, al italiano y al francés -ahí se acaban los límites de a lo que uno puede acceder por escrito, en algunos casos con archinotable dificultad-, se da uno cuenta de los lazos que hay entre todas ellas, de ahí que el Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española, de Edward A.Roberts y Bárbara Pastor, sea una suerte de llave maestra del acceso a la felicidad lexicográfica. Pero, al mismo tiempo, también se percata de la singularidad de cada lengua, de lo que, para ella, significan esas voces que o no las conocemos o no las usamos y que deberíamos rescatar para ensanchar nuestro mundo perceptual y también el conceptual, para deleite de nuestros interlocutores. Rescatar palabras del olvido es una forma de cortesía cívica a la que no deberíamos ser ajenos, nadie.
Por las razones anteriores, con qué placer he descubierto voces tan recónditas como Xeflis. m. [LC] [HO] Àpat abundós, cuyo significante, por la propia fonçetica de mi primera lengua, el español, me acerca más a la rechifla que propiamente al festín. O como algo tan específico como a lo que hace referencia Alna. f. [LC] [FIM] Mida equivalent a la distància del colze a la mà, que tanto me recuerda al jeme español, la distancia que hay entre el pulgar y el índice completamente separados…. O como el sinónimo de macarró [macarra, rufián]: Arlot. 1 m. [LC] Home que viu a costa d’una dona prostituïda. No es que el catalán sea especiañmente pudibundo, pero aún me acuerdo del «escándalo» l´çexico que produjo la aparición, en Aló3, del epíteto con el que se saludaba a Sue Ellen, una de las protagonistas de Dallas: ¡Ets una meuca!, que, hasta ese momento, pocos o ninguno había usado en el habla normal y corriente. Beceroles tampoco era muy conocida e hizo fortuna. Y ya se sabe que destronart palabras que la han hecho es labor titánica, de ahí que, al encontrármela en el crucigrama, me llamara tanto la atención Beabà. m. [LC] Beceroles . El nen ja sap el beabà. Imaginemos que cara nos pondría alguien si le dijésemos que nos acercase la Desca, que es para el IEC una Panera plana de forma ovalada. Jamás oída ni leída en 43 años de exquisita atención a la lengua, no sé qué sería más útil para los hablantes: reciclar el diccionario y expurgarlo de lo desconocido o promover por tierra, mar y aire la recuperación de ese caudal de voces que ahora languidece en la sepultura del IEC y en el sueño húmedo de los filólogos desatendidos. Descuiden, no soy de quienes ponen en un brete a los amigos pidiéndoles la desca en un convite; pero sí de los que puede llamar indirectamente su atención sobre una voz tan hermosa: “¿Heu vist quina desca més maca que he comprat…?” Caso muy distinto es el de voces que ni por asomo han cuajado en el castellano, aunque bien hubieran podido hacerlo, porque, como ocurre en el caso de Goètic. adj. [AN] Relatiu o pertanyent a la goècia: f. [AN] Màgia negra, también en castellano un autor como Julio Caro Baroja la ha usado en sus libros de antropología con absoluta propiedad. Ya, ya, un estudioso no hace verano léxico en el diccionario de la RAE, por supuesto, pero es voz con cierto encanto que debería haberse incluido en él. No sé si en la traducción catalana de las aventuras de Harry Potter, de J.K. Rowlings, aparecen con frecuencia goétic y goècia, pero difícilmente, salvo algún tratado sobre las bruixes en la Edad Media, encontrarán mejor oportunidad de hacerlo.
         Otra variedad distinta de voces es aquella que nos remite a una voz existente que viene a ser casi un antónimo de la poco conocida, pongamos or caso Bleda y  Bledà -ana. adj. [LC] Ufanós, que ostenta exuberància de bellesa o de salut. Ésser un o una bleda se define en el IEC como m. i f. [LC] Persona no gens espavilada, mancada de vivor, de tremp. És una bleda assolellada. No en farem res, d’ell: és un bleda; todo lo contrario, como se advierte, de bledà. ¡De lo que es capaz una simple tilde! Y
         Sorpresas como el Ensus. Amunt, pariente inequívoco de nuestro Suso o el Fotjar. v. intr. [LC] [ZOA] [AGR] El porc, el senglar, furgar la terra amb el morro, que, acaso por su cercançia fonética a nuestro follar, quizás haya retraído de su uso, excepto en las zonas rurales, porque el hozar de los cerdos, sobre todo si buscan trufas ha de ser, por fuerza, un verbo socorrido.  no digamos ya, para hecho sorprendente, que una voz como Maimò -ona. 1 adj. [LC] Que fa les coses amb gran lentitud, ronsejant, que da en castellano Maimón (Del ár. clás. maymūn ‘fausto’) 1. m. mico (‖ mono), tenga tan marcada divergencia de significados.  No ocurre así con Talma. f. [LC] [ED] Esclavina llarga que serveix d’abric y nuestra correspondiente Talma. (De F.-J. Talma, 1763-1826, célebre actor trágico francés) 1. f. Especie de esclavina usada por las señoras para abrigo, y por los hombres en vez de capa, dado que ambas proceden de un nombre propio, algo así como las rebecas que se pusieron de moda tras la película de Hitchcock de idéntico nombre. Una última sorpresa es la que me he llevado al reconocer en el Tois -ïssos, nuestro Toisón de oro, orden y condecoración inspirados en la leyenda de los Argonautas y el toisón de oro, como se deduce, efectivamente del significado que recoge el IEC: Toís -ïssos. m. [LC] [AGR] Cap de bestiar de llana d’un a dos anys, quan ja es pot tondre.
         Podría seguir trayendo a estas páginas muchos más ejemplos, no se le oculta a nadie que sea aficionado a los crucigramas, una fuente inagotable de enriquecimiento léxico; pero conviene no abusar de la paciencia de los menesterosos lectores, para quienes solo tengo un agradecimiento infinito por haber tenido la gentileza de distraer sus ojos de más altas lecturas para pasar su mirada por estas líneas a flor de léxico. Gracias.